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Cantos de amor
La situación de las mujeres en España era más libre que entre los otros pueblos mahometanos. En toda la cultura intelectual de su tiempo tomaban parte las mujeres, y no es corto el número de aquéllas que alcanzaron fama por sus trabajos científicos o disputando a los hombres la palma de la poesía. Tan alta civilización fue causa de que se les tributase en España una estimación que jamás el Oriente musulmán les había tributado. Mientras que allí, con raras excepciones, el amor se funda sólo en la sensualidad, aquí arranca de una más profunda inclinación de las almas, y ennoblece las relaciones entre ambos sexos. A menudo el ingenio y el saber de una dama tenían tan poderoso atractivo para sus adoradores, como sus prendas y hechizos corporales; y una inclinación común a la poesía o a la música solía formar el lazo que ligaba dos corazones entre sí86. En testimonio de lo dicho, los cantos de amor de los árabes españoles manifiestan, en parte, una pasmosa profundidad de sentimientos. Algunos respiran una veneración fervorosa de la mujer, a la cual era extraña la Europa cristiana de entonces. En los movimientos y voces del estos cantares se halla una mezcla de blandos arrobos y de violentas pasiones, que recuerdan la moderna poesía por el melancólico. amor a la soledad, y por la estática y soñadora contemplación de la naturaleza. Con todo, un extraordinario esplendor de colorido y otras muchas calidades nos hacen pensar en el origen oriental de estos cantos. Transportémonos por un momento, a fin de conocerlos mejor en su esencia y propiedades, bajo el hermoso cielo de Andalucía, donde nacieron. Anochece; la voz del muecín se ha oído convocando para la oración; los fieles entran en las mezquitas; el silencio reina sobre el cerro a orillas del río; su peñascosa cima está coronada por las almenadas torres y chapiteles de un alcázar; con los últimos resplandores del sol, brillan los dorados alminares de la ciudad; las sombras de los cipreses se proyectan con más extensión; por los arcos de herradura de los ajimeces se percibe movimiento; por entre las rejas se ven vagar blancos velos; y murmurando y alzándose por encima de las copas de los granados, se oye subir del valle el sonido de un laúd. Una voz canta:
Otra voz canta:
Otra tercera voz dice:
Para comprender de cuánta ternura de sentimientos eran capaces las almas más nobles y delicadas de los árabes españoles, se debe leer la descripción del amor juvenil de uno de los más importantes escritores del siglo XI, tal como él mismo nos la ha dejado escrita. «En el palacio de mi padre, dice Ibn Hazm90, vivía una joven, que recibía allí su educación. Tenía dieciséis años, y ninguna otra mujer se le podía comparar en beldad, entendimiento, modestia, discreción y dulzura. Las pláticas amorosas, el burlar y el reír no eran de su gusto, por lo cual hablaba poco. Nadie osaba levantar hasta ella sus pensamientos, y sin embargo, su hermosura conquistaba todos los corazones, pues, aunque orgullosa y reservada en dar muestras de su favor, era más seductora que las que conocen a fondo el arte de encadenar a los hombres. Su modo de pensar era muy severo y no mostraba inclinación alguna por los vanos deleites, pero tocaba el laúd de un modo admirable. Yo era entonces muy mozo, y sólo pensaba en ella. A veces la oía hablar, pero siempre en presencia de otros, y en balde busqué durante dos años una ocasión de hablarle sin testigos. Ocurrió en esto que se dio en nuestra casa una de aquellas fiestas que se acostumbraban en los palacios de los grandes, a la cual asistieron las mujeres de nuestra casa y las de mi hermano, y donde, por último, estuvieron convidadas también las mujeres de nuestros clientes y más distinguidos servidores. Después de pasar una parte del día en el palacio, fueron éstas a un pabellón, desde donde se gozaba de una magnífica vista de Córdoba, y tomaron asiento en un sitio desde el cual los árboles de nuestro jardín no estorbaban la vista. Yo fui con ellas, y me acerqué al hueco de la ventana donde se encontraba la joven; mas apenas me vio a su lado, cuando con graciosa ligereza se huyó hacia otra parte del pabellón. Yo la seguí, y se me escapó de nuevo. Mis sentimientos le eran ya harto conocidos, porque las mujeres poseen un sentido más perspicaz para descubrir las huellas del amor que se les profesa, que el de los beduinos para reconocer la vereda trillada en sus excursiones nocturnas por el desierto. Por dicha, ninguna de las otras mujeres advirtió nada de lo ocurrido, porque estaban todas muy embelesadas con la vista, y no prestaban atención. Cuando más tarde bajaron todas al jardín, las que tenían mayor influjo por su posición o por su edad, rogaron a la dama de mis pensamientos que entonase un cantar, y yo uní mi ruego a los de ellas. Así rogada, empezó, con una timidez que a mis ojos realzaba más sus encantos, a pulsar el laúd, y cantó los siguientes versos de Abbas, hijo de al-Ahnaf: Mientras que cantaba, no fueron las cuerdas de su laúd, sino mi corazón, lo que hería con el plectro. Jamás se ha borrado de mi memoria aquel dichoso día, y aún en el lecho de muerte he de acordarme de él. Pero desde entonces, nunca más volví a oír su dulce voz, ni volví a verla en mucho tiempo. No la culpes, decía yo en mis versos, si es esquiva y huye. No merece por esto tus quejas. Hermosa es como la gacela y como la luna, pero la gacela es tímida, y la luna inasequible a los hombres. Me robas la dicha de oír tu dulce voz, decía yo además, y no quieres deleitar mis ojos con la contemplación de tu hermosura. Sumida del todo en tus piadosas meditaciones, entregada a Dios por completo, no piensas más en los mortales. ¡Cuán dichoso Abbas, cuyos versos cantaste! Y sin embargo, si aquel gran poeta te hubiese oído, se hubiese llenado de tristeza, te hubiera envidiado como a su vencedora, porque, mientras que cantabas sus versos, ponías en ellos un sentimiento de que el poeta carecía, o que no supo expresar. Entre tanto sucedió que, tres días después que al-Mahdi subió al trono de los califas, abandonamos nuestro nuevo palacio, que estaba en la parte de Oriente de Córdoba, en el arrabal de Zahira, y nos fuimos a vivir a nuestra antigua morada, hacia el Occidente, en Balat Mugit; pero, por razones que es inútil exponer aquí, la joven no se vino con nosotros. Cuando Hišam II subió otra vez al trono, caímos en desgracia con los nuevos dominadores; nos sacaron enormes sumas de dinero, nos encerraron en una cárcel, y cuando recobramos la libertad, tuvimos que escondemos. Entonces vino la guerra civil; todos tuvieron mucho que padecer, y nuestra familia más que todos. Entre tanto murió mi padre el 21 de Junio de 1012, y nuestra suerte no se mejoró en nada. Cierto día, asistiendo yo a las exequias de un pariente, reconocí a la joven en medio de las mujeres que componían el duelo. Muchos motivos tenía yo entonces para estar melancólico; se diría que venían sobre mí todos los infortunios, y sin embargo, no bien la volví a ver, me pareció que lo presente, con todas sus penas, desaparecía como por encanto. Ella evocó y trajo de nuevo a mi memoria mi vida pasada, aquellos días hermosos de mi amor juvenil, y por un momento volví a ser joven y feliz, como ya lo había sido. Pero ¡ay, este momento fue muy corto! Pronto volví a sentir la triste y sombría realidad, y mi dolor, acrecentado con las angustias de un amor sin esperanza, se hizo más devorador y violento. Ella llora por un muerto que todos estimaban y honraban, decía yo en mis versos que en aquella época compuse; pero el que vive aún tiene más derecho a sus lágrimas. Es extraordinario que compadezca a quien ha muerto de muerte natural y tranquila, y que no tenga compasión alguna de aquél a quien deja morir desesperado. Poco tiempo después, cuando el ejército de los berberiscos se apoderó de la capital, fuimos desterrados, y yo tuve que abandonar a Córdoba en el verano de 1013. Cinco años pasaron entonces, durante los cuales no vi a la joven. Por último, cuando en el año de 1018 volví a Córdoba, fui a vivir a casa de uno de mis parientes, donde la encontré de nuevo; pero estaba tan cambiada, que apenas la reconocí, y tuvieron que decirme quién era. Aquella flor, que había sido el encanto de cuantos la miraban, y que todos hubieran tomado para sí, a no impedirlo el respeto, estaba ya marchita; apenas le quedaban algunas señales de que había sido hermosa. En aquellos infelices tiempos, la que había sido criada entre la abundancia y el lujo de nuestra casa, se vio de pronto en la necesidad de acudir a su subsistencia por medio de un trabajo excesivo, no cuidando de sí misma ni de su hermosura. ¡Ay, las mujeres son flores delicadas; cuando no se cuidan, se marchitan! La beldad de ellas no resiste, como la de los hombres, a los ardores del sol, a los vientos, a las inclemencias del cielo y a la falta de cuidado. Sin embargo, tal como ella estaba, aún hubiera podido hacerme el más dichoso de los mortales si me hubiese dirigido una sola palabra cariñosa; pero permaneció indiferente y fría, como siempre había estado conmigo. Esta frialdad fue poco a poco apartándome de ella. La pérdida de su hermosura hizo lo restante. Nunca dirigí contra ella la menor queja. Hoy mismo no tengo nada que echarle en cara. No me había dado derecho alguno para estar quejoso. ¿De qué la podía yo censurar? Yo hubiera podido quejarme si ella me hubiese halagado con esperanzas engañosas; pero nunca me dio la menor esperanza; nunca me prometió cosa alguna». Hasta aquí lo que refiere Ibn Hamz de los amores de su juventud. Si examinamos ahora algunos cantos de amor de diversos autores, veremos qué variedad de tonos hay en ellos. El siguiente expresa el alborozo de un alma embriagada de felicidad al ver cumplidos todos sus deseos:
El mismo júbilo inspira esta otra composición:
No son menos apasionados los versos en que la princesa Umm al-Kiram celebra a su querido al-Sammar:
Cualquiera pensaría, al leer la siguiente composición de Said Ibn Yudi, que es obra de un Minnesänger o un trovador. Y sin embargo, el poeta autor de los versos vivió mucho antes, en el siglo IX:
Esta otra breve canción parece un suspiro arrancado de lo íntimo del pecho por el dolor de la ausencia:
Muchos de los cantares cortos recuerdan de una manera pasmosa las seguidillas improvisadas que todas las noches se cantan, al son de la guitarra, bajo los balcones de Andalucía. Así las que siguen:
Una idea que se repite a menudo es la de que dos amantes se ven mutuamente en sueños durante la ausencia, y de esta suerte hallan algún consuelo en su aflicción. Ibn Jafaya canta:
Ibn Darray expresa el mismo pensamiento más sencillamente:
En la canción que sigue reproduce la misma idea el príncipe heredero Abd al-Rahman:
Estos otros versos respiran una pasión tierna y profunda:
En esta otra composición hay un sentimiento más blando:
Por último, muchas de las poesías eróticas de los árabes españoles son, como acontece a menudo con los versos de los pueblos meridionales, más bien que la expresión inmediata del sentimiento, un ingenioso juego de palabras, y una multitud de imágenes acumuladas por la fantasía y el entendimiento reflexivo. A esta clase pertenecen las composiciones que voy a citar. De Ibn Jafaya:
De Ibn Baqi:
De Ibn Saraf:
De Abd Allah Ibn Abd al-Aziz:
De al-Rusafi, A una tejedora:
De Ibn al-Abbar, La cita nocturna:
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