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    Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia
     Adolf Friedrich von Schack ; traducido del alemán por Juan Valera
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- IX -

Poesías varias


Hasta aquí hemos agrupado las diferentes composiciones, atendiendo a la semejanza de su contenido; pero hay muchas que se resisten a esta división por su índole propia y porque el autor ha expresado en ellas sus ideas o sentimientos sobre los hombres y la naturaleza, bajo muy diversos puntos de vista. A menudo se advierte esta diversidad en una misma composición, la cual está como formada de muchas partes, conteniendo cada una distinto asunto, como si fuesen varias composiciones. Esta falta de unidad resalta, por ejemplo, en la famosa qasida en elogio de Córdoba, que estaba en boca de todos los andaluces con el título de El tesoro de la fantasía. Empieza la qasida, a la manera de las antiguas poesías arábigas, hablando con pena y deseo amoroso de las enamoradas ausentes190, y en seguida, y sin transición, hace el poeta el elogio de Córdoba, su patria, lamenta el mal estado de los negocios, por lo cual tiene que privarse de muchos placeres, y dice que por todas partes le aconsejan que emigre y busque fortuna en países extraños; pero él se resuelve decididamente a no abandonar la patria querida. Toda la qasida, que no carece de interés, a pesar de lo defectuoso de su composición, dice como sigue:


   Dé muy lejos el saludo
llega a mí de mis queridas,
como suspiro del aura,
lleno de fragancia rica.
Sobre praderas de aromas
parece que se desliza,
las esencias recogiendo
de rosas y clavellinas.
Dentro de mi pecho infunde
nuevo espíritu de vida,
y mi muerto corazón
para el amor resucita.
Este espíritu suave,
que ellas de lejos me envían,
de la profunda tristeza,
de los pesares me alivia.
Mil amorosos recuerdos
pasan por el alma mía,
cual sobre arena candente
la fresca y húmeda brisa.
Como manso viento lleva
hojas del árbol caídas,
mi corazón arrebatan
las pasadas alegrías;
y me embriagan cual vino,
y todo mi ser agitan,
y despiertan esperanzas
por largo tiempo dormidas.
El perfume de tu amor,
¡oh hermosa! el alma respira,
y cuando te llora ausente,
verte otra vez imagina;
y vuela, el rastro oloroso
tomando siempre por guía,
porque el ansia de lograrte
nuevamente la domina.
De tu aérea vestidura
tocar anhelo la fimbria,
y de lágrimas y besos
enamorados cubrirla.
Arrastro sobre esta tierra
mis penas y mis fatigas,
sin tener consuelo alguno
mi negra melancolía.
Corro del valle de Akik
a la Ruzafa magnífica
(sólo al mentar estos nombres,
De repente mis mejillas
con lágrimas se humedecen);
ya mis pasos se encaminan
al prado de Addun, al claustro191,
a la fúnebre capilla,
o a la puerta de aquel hombre
poderoso, que me brinda
con su vino y su amistad,
que siempre son mi delicia.
Alá le guarde y proteja,
y me conceda la dicha
de poder verle y hablarle
todo el tiempo que yo exista.
A la puerta de Damasco
no quiero hallarme en la vida;
ir a regiones extrañas
mi pensamiento no ansía.
El que su patria abandona,
no bien ausente se mira,
arrepentido lamenta
su arrebatada partida.
¿Qué alcanza ni qué consigue
el que mucho peregrina?
Ganar tal vez con trabajo
su sustento solicita;
pero ¿qué saben los hombres
de lo que Dios determina?
Quien emigrar me aconseja,
con mayor razón podría
aconsejar a un eunuco
el ser padre de familia.
Mi salud en este mundo
y en el otro aquí se cifra;
por nada la deliciosa
Córdoba yo dejaría.
Grande es la ciudad; del río
las ondas son cristalinas;
verde espesura, jardines
y flores bordan su orilla.
Para vivir siempre en Córdoba
más que Noé viviría.
De Faraón los tesoros
déme la suerte propicia
para gastarlos en vino
y en cordobesas bonitas,
ojinegras, cariñosas,
que a dulces besos convidan.
Mas, ¡ay! que debo quejarme
de la fortuna maldita,
que con pobreza y cuidados
de continuo me atosiga.
Jamás alcanza mi mano
a donde alcanza mi vista.
Menos que yo valen otros,
y llegan a donde aspiran.
Entre desdichas tan crudas
es la más cruda desdicha
tener, como un pordiosero,
la bolsa siempre vacía,
y de caprichos de rey
la imaginación henchida.
A contemplar no me atrevo,
de Yabrin en las colinas,
a las esbeltas mujeres,
cual las anémonas lindas.
Al verme tan angustiado,
me dicen muchos: Emigra;
y yo respondo: Lo haré,
cuando no esté de la viña
colgado mi corazón;
cuando el aura matutina
con el aroma del mirto
no dé a mi pecho alegría;
cuando los cantares odie
y las redondas mejillas,
como la granada rojas,
y no exciten mi codicia
las pomas de amor fragantes,
que blandamente palpitan.
Para evitar la miseria
trabajaré noche y día;
haré esfuerzos por lograr
una suerte más benigna;
mas no pretendáis de mí
que deje la patria mía;
al caballo de viaje
no pondré jaez ni brida.
Muy sano es vuestro consejo,
mas permitid no le admita;
no puede el alma sufrir
que otros en mi casa vivan.
Quiero ser fiel a mi patria,
aunque me dio poca dicha,
aunque en ella mis deseos
y voluntad se marchitan.
En ella apenado vivo,
y con desprecio me miran;
mas no he de ver otras tierras
y gentes desconocidas.
«Viene a medrar con nosotros
este extranjero», dirían,
mis frases más amistosas
pagando con invectivas;
«lejos de aquí; sólo agradas
si de delante te quitas;
tu presencia me es odiosa
y me despierta la ira».
¡Oh amorosos ojos negros!
¡Oh mujeres peregrinas!
No es para mí vuestro amor;
me atrevo apenas la vista
a tender hacia vosotras;
tanto la inopia me humilla.
Y tú, vino del convento,
confortadora bebida,
para gustarte a menudo,
dinero se necesita.
¡Oh Tú, que con decir «sea»,
cuanto hay en el mundo crías,
ve que en Córdoba me quedo
en necesidad grandísima;
poderoso y grande Alá,
en ti mi alma confía!192



Mostraremos aún con otro ejemplo cuán poco necesario era, en concepto de los árabes, que un pensamiento claramente determinado ligase entre sí todas las partes de una composición poética. En la qasida que vamos a insertar a continuación, describe Ibn Said unas relaciones amorosas, que defiende contra toda censura, y después una noche pasada alegremente en las cercanías de Granada, a orillas del Genil. Ambas partes se enlazan tan poco, que sin dificultad pudieran formar dos composiciones en lugar de una sola:


   Mientras gimen las palomas
alárgame el vaso lleno:
venga vino, y de mi seno
ahuyente todo pesar.
Acércate, y que yo pueda,
estrechando tu cintura,
de tu boca en la frescura
mi sed ardiente calmar.
Dulce tesoro tu boca
es de perlas orientales,
es un cerco de corales,
lleno de aromas y miel,
mi vida y alma son tuyas;
más que a mí mismo te amo.
Eres cual airoso ramo
en encantado vergel.
Sobre una excelsa colina
eres cual planta lozana,
y compiten la mañana
y la noche por tu amor.
¿Cómo extrañar que tu gracia
mi corazón encadene?
Te amaré aunque me condene
tanto severo censor.
Aunque mi afecto escarnezca
y ría de mi constancia,
siempre haré con arrogancia
frente a la murmuración
más fuerte que sus calumnias
es el amor que me inspiras;
sus consejos y mentiras
no matarán mi pasión.
Dicen que por causa tuya
adquiero perversa fama;
que el mundo loco me llama
y que se burla de mí;
que tus amores quebrantan
la energía de mi vida;
que está mi hacienda perdida;
que hasta mi honra te di.
Pero yo al punto respondo
que temo más tus desdenes,
que honra, paz, salud y bienes
en un instante perder.
Ni conjuros ni razones
vencen mi amante locura:
me liga con tu hermosura
un invencible poder.
Aunque dicen que me engañas,
en tu lealtad me confío;
ir a tus brazos ansío,
y tú a mis brazos venir.
Lanzas y espadas en vano
se oponen a tu venida;
no hay densa nube que impida
que llegue el sol a lucir.
Burlas a los guardas, rompes
de tus prisiones los hierros;
no hay vigilancia ni encierros
que te detengan jamás:
para llegar amorosa
donde tu amante suspira,
¿de qué discreta mentira,
de qué medio no usarás?
Si un día de mí te burlas,
y si por otro me dejas,
no serán nunca mis quejas
porque poco te guardé.
Sé que guardar es inútil
el amor de las mujeres:
guárdate tú, si me quieres,
y consérvame tu fe.
Mas, aunque al cabo me engañes,
vivirán en mi memoria,
como recuerdos de gloria,
tus caricias y tu amor;
cuando tus labios hermosos
con los míos se estrechaban,
y en vano calmar ansiaban
su fuego devorador.
Yo nunca a Dios en mis rezos
bastantes gracias daría
por aquel dichoso día
que pasé junto al Genil,
cuando entonaban sus himnos
alondras y ruiseñores,
Siendo de aquellos cantores
los verdes ramos atril:
el sol poniente los árboles
mágicamente doraba,
y el río serpenteaba,
cual argentino riel.
Vertía amante ternura
en nuestras almas el vino,
cual topacio cristalino
y dulce como la miel.
La blanca espuma que al borde
del vaso lleno subía,
entre rosas parecía
un floreciente jazmín;
y la luz formaba un iris
en el vino penetrando,
que perlas y aromas dando,
regocijaba el festín.
Así del festín gozamos,
hasta que en el occidente
el sol su manto luciente,
al hundirse, recogió.
Para evitar las tinieblas
las lámparas encendimos;
pero el vino que bebimos
mucho más nos alumbró.
En estrella se transforma
por la noche cada vaso,
en estrella sin ocaso,
que no cesa de brillar.
La noche en estos deleites
fue pasando hora tras hora,
y al fin anunció la aurora
de las aves el cantar.
Y llegó el día, y entonces
un viajero que pasaba,
por nuestras almas rezaba,
porque muertos nos creyó,
viéndonos allí tendidos
inmóviles y beodos.
Bendito el vino, que a todos
tan grato sueño nos dio193.



Las composiciones siguientes pueden considerarse como epigramas en el sentido de los de la Antología griega194:

A UNA ESPADA


   Cual astro en las tinieblas aparece,
como tea inflamada;
entre nubes de polvo resplandece,
como el sol, esta espada.
Tiembla y huye el contrario si la mira,
que se acerque temiendo;
sólo su imagen el terror inspira
a quien la ve durmiendo.



INSCRIPCIÓN DE UN ARCO


   Cuando el polvo se levanta
sobre el lugar del combate
y marcha la destrucción
de fila en fila triunfante,
y ejército contra ejército
lucha con rudo coraje,
y sobre todo guerrero
vuela la muerte implacable,
manda para el enemigo
que de más bravo hace alarde,
de improviso, un hierro agudo,
que en el corazón se clave.
Brillo como media luna
entre revueltos celajes;
como estrellas ominosas
mis flechas cruzan el aire.



A UNA ESTATUA DE VENUS QUE SE HALLÓ EN SEVILLA EN UNA EXCAVACIÓN


   ¡Con cuántos hechizos brilla
esta imagen de mujer!
Da la luz a su mejilla
un mágico rosicler.
Un hijo tiene la hermosa,
mas nadie pensar pudiera
que una lanzada amorosa
jamás su cuerpo oprimiera.
Es de mármol, pero mira
tan dulce y lánguidamente,
que al verla, de amor suspira
el alma menos ardiente195.



A UN MANCEBO QUE HABÍA PELEADO VALEROSAMENTE EN LA BATALLA DE ZALACA


   En negro corcel, ¡oh joven!,
te vi entrar en la batalla:
cual la luna, cuando el velo
de oscuras nubes desgarra,
y luce entre las tinieblas,
que disipa amedrentadas,
tu hermoso rostro lucía
entre flechas y entre lanzas196.



Muy tiernamente sentida está la siguiente composición a un joven sevillano, cautivo en Murcia:


   Con honda pena el desdichado gime,
y nada le sosiega;
inútilmente su dolor reprime;
en lágrimas se anega.
Ten compasión del mozo que suspira,
de libertad sediento:
sólo en la huesa su reposo mira;
muerte en cada momento.
Del aire aspira con amante anhelo
la ráfaga ligera.
Porque aspirar del sevillano suelo
los aromas espera.
Que le preste sus alas, sollozando,
demanda el avecilla,
con el intento de volver volando
a su amada Sevilla197.



Estos versos son de al-Humaydi:


   Vivir de mi patria ausente
es mi costumbre hace tiempo;
otros gustan del reposo,
yo gusto del movimiento.
Innumerables amigos
en todas las tierras tengo:
he desplegado mi tienda
en mil ciudades y pueblos.
Desde el Oriente al Ocaso
recorrer el mundo quiero:
no ha de faltar un sepulcro
en que descanse mi cuerpo198.



Sirvan como muestras de poesía gnómica o sentenciosa las que siguen:


   Aunque su cuerpo perezca,
el sabio nunca perece;
el ignorante está muerto
aun antes de que le entierren199.


    Como nuestra misma sombra
son los bienes de la tierra:
huyen de quien los persigue,
persiguen a quien los deja200.


    Cálices llenos de acíbar
suelen ser todos los hombres,
y sus frases amistosas,
miel extendida en el borde.


    La dulzura del principio
a beber nos predispone,
y al fin gustamos lo amargo
que en el corazón se esconde201.


    Dos partes tiene la vida:
lo que pasó, que es un sueño;
lo restante, lo que aún
no pasó, que es un deseo202.



Ibn al-Habbad, aunque era un tierno poeta erótico, escribió estos versos en un momento de mal humor:


   Si te engaña tu querida,
sé también su engañador;
quien desdeña o quien olvida
se cura del mal de amor.
Cuando tienes un rosal
que te da rosas hermosas,
que se lleve, es natural,
el que pasa algunas rosas203.



Con ocasión de encanecerse rápidamente sus cabellos, dijo burlando el famoso médico Ibn Zuhr o Avenzohar:


   Así exclamé, sorprendido,
al mirarme en el espejo:
«¿Quién es este pobre viejo?
¿A dónde, a dónde se ha ido
aquel joven conocido
que en tu fondo yo veía?»
Y el espejo respondía:
«Sulema lo explicará,
que ya te dice ¡papá!
y ayer ¡hijo! te decía»204.



El mismo Avenzohar hizo para sí este epitafio:


   Párate y considera
esta mansión postrera,
donde todos vendrán a reposar.
Mi rostro cubre el polvo que he pisado;
a muchos de la muerte he libertado,
pero yo no me pude libertar205.



Ibn Bayya (llamado Avempace por los cristianos) dijo, al presentir su próxima muerte:


   Al ver que mi alma la muerte temía,
le dije: «La muerte dispónte a sufrir;
llamarla en las penas es gran cobardía,
mas debes tranquila mirarla venir».



Abu Amr, paseándose un día por los alrededores de Málaga, su patria, se encontró con Abd al-Wahhab, gran aficionado de la poesía, y habiéndole rogado éste que dijera algunos versos, recitó los que siguen:


   Sus mejillas al alba roban luz y frescura,
cual arbusto sabeo es su esbelta figura;
las joyas no merecen su frente circundar.
De la gacela tiene la gallarda soltura
y el ardiente mirar.
Sean, cual perlas bellas,
engarzadas estrellas
de su hermosa garganta magnífico collar.



Cuando Abd al-Wahhab, hubo oído estos versos, lanzó un grito de admiración y cayó como desmayado. Cuando volvió en sí, dijo: «¡Perdóname, amigo! Dos cosas hay que me ponen fuera de mí y me quitan todo dominio sobre mí propio: el ver una hermosa cara y el oír una buena poesía»206.

El califa Abd al-Rahman III tuvo que sangrarse a causa de una ligera indisposición. Estaba sentado en el pabellón de la gran sala, que se alzaba en el punto más elevado de al-Zahra, y ya el cirujano iba a herir su brazo con el instrumento, cuando entró volando un estornino, se paró sobre un vaso dorado, y dijo lo siguiente:


   Hiere con mucho cuidado
el brazo con la lanceta,
porque la vida del mundo
circula por esas venas.



El estornino repitió muchas veces estas palabras, y Abd al-Rahman, muy divertido y maravillado, trató de averiguar quién le había proporcionado aquella sorpresa, enseñando los versos al pájaro. Entonces supo que había sido su mujer Muryana, madre del heredero del trono al-Hakam, y recompensó su ocurrencia y el placer que le había dado con un presente muy rico207.

Un joven, empleado en la administración de la hacienda pública en Córdoba, fue conducido a la presencia del poderoso ministro al-Máncer, para responder de la malversación de ciertos fondos, por lo cual se le acusaba. Habiendo tenido que confesar su delito, al-Máncer le dijo: «Pícaro, ¿cómo te has atrevido a apoderarte de los dineros del sultán?» El mozo respondió: «El destino es más poderoso que los mejores propósitos, y la pobreza seduce a la lealtad». El ministro, muy incomodado, mandó que le llevasen a la cárcel con cadenas para darle un severo castigo. Cuando ya le llevaban, dijo el reo:


   No acierto a ponderar cómo es profundo
el infortunio mío;
no hay quien pueda salvarme en este mundo;
en la bondad de Dios sólo confío.



Al oír al-Máncer estos versos, ordenó a los esbirros que se detuviesen, y preguntó al prisionero: «¿Has recitado esos versos de memoria o los has improvisado?» El mozo