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    Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia
     Adolf Friedrich von Schack ; traducido del alemán por Juan Valera
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- XVI -

La arquitectura de los árabes en Sicilia


Cuatrocientos años antes que en España acabó la dominación de los árabes en Sicilia. Si esta isla había sido un gran campo de batalla de los antiguos pueblos donde combatieron siracusanos y atenienses, cartagineses y griegos, romanos y bárbaros, también hubo en ella desoladoras guerras en las edades sucesivas entre normandos, alemanes, aragoneses y franceses. Pero, aunque se salvaron de aquellas primeras tempestades y combates restos importantes siempre del arte dórico, los templos sublimes de Agrigento y Segestes y los teatros de Siracusa y de Taormina, los edificios de los árabes, con ser más de mil años más modernos, han desaparecido casi por completo, sin dejar rastro alguno. Sólo poseemos de ellos escasas y vagas noticias, pero las suficientes para que no quede la menor duda sobre su abundancia y grandeza. La vida de San Filaretes, nacido en Sicilia (1020-1070), obra compuesta en tiempo aún de la dominación mahometana, encomia los muchos templos, la admirable magnificencia y hermosura de los edificios que había en las ciudades principales de la isla,-si bien añade que,entre todos descollaban las obras de los antiguos553. Según Ibn Hawqal, tenía Palermo, a mediados del siglo X, más de trescientas mezquitas, entre ellas una capaz de contener 7000 personas554. Un diploma de Roger, del año de 1090, habla de las extensas y muchas ruinas de ciudades y palacios sarracenos y de los escombros de tantos edificios construidos con maravilloso artificio para usos elegantes y superfluos555. Grandes fueron después las devastaciones de una guerra de conquista de tres años; mas, a pesar de ello, se deduce de las obras de Idris, Ibn Yubayr y Hugo Falcando, escritores los tres del tiempo de los normandos, que todavía, a mediados y hacia el fin del siglo XII, una gran parte de Sicilia conservaba el sello de la cultura arábiga. Los dos primeros ensalzan, al mentar casi todas las ciudades, las mezquitas, los baños y otros suntuosos edificios; y es difícil suponer que todos o la mayor parte fuesen construidos en el corto tiempo que medió desde la conquista de la isla. La pintura que hace Falcando de Palermo recuerda vivamente, por la semejanza, las que se conservan de Granada y de Sevilla, y designa a los árabes como principales autores de aquellos celebrados encantos. «¿Quién, dice, podrá encomiar como es justo, los pasmosos edificios de esta magnífica ciudad, la belleza de sus árboles siempre verdes, la dulce abundancia de sus fuentes y surtidores, y los acueductos que traen agua de sobra para todas las necesidades de los ciudadanos? ¿Quién acertará a ponderar la gloria de la espléndida vega, que se extiende cuatro millas entre los muros de la ciudad y las montañas? ¡Oh venturoso valle, digno de alabanza en todos los tiempos, el cual contiene en sí toda clase de árboles y de frutos, y encierra solo todos los bienes de la tierra! Con el encanto que ejerce su deleitosa vista, de tal suerte se apodera de las almas, que el que una vez le vio, apenas si podrá dejarse arrastrar a otra parte por el más poderoso atractivo. Allí se ven viñedos que, merced a la pujante fertilidad del suelo, se dilatan con viciosa lozanía; allí hay jardines con una inmensa riqueza de variada fruta; allí torres, así para guardar los jardines como para deleite de los sentidos extasiados; allí también rápidas norias, por medio de cuyos arcaduces, que alternativamente suben y bajan, se extrae el agua de los veneros Y se llenan los aljibes y estanques que están cerca, y desde los cuales corre el agua hacia todos lados. Si se atiende después a la copia variada de árboles frutales, se ve la granada, que ocultando sus delicados granos en ruda corteza, los preserva de la intemperie; limones de tres diversas sustancias, pues mientras que su cáscara, por el color y el aroma, parece arder, la jugosa pulpa interior con su agrio zumo está llena de frescura, y la parte que está en medio conserva una temperatura templada. Estos limones sirven para sazonar los manjares. Hay también naranjas, que, si deleitan con su dulce zumo refrigerante, encantan aún más por su hermosura, cual si hubieran sido creadas para deleite de los ojos. Éstas caen de su peso cuando están ya maduras, porque no pueden sostenerlas las ramas, y porque crecen otras nuevas a las cuales es menester dejar sitio; de tal suerte se ven a la vez en el mismo árbol el fruto ya con vivo color de la primera cosecha, el verde aún de la segunda y el azahar de la tercera. Este árbol, resplandeciendo constantemente con las galas y lozanía de la juventud, no es despojado de ellas por la infructífera vejez del invierno, ni la helada le roba su follaje, sino que siempre lleva sus hojas verdes, y nos muestra a la vista la dulzura de la primavera. ¿Qué diré yo de las nueces, de las almendras, de los higos de varias clases, y de las olivas, cuyo aceite sazona los manjares y alimenta la llama de las lámparas? ¿Qué diré de los altos algarrobos de larga vida, cuya innoble fruta lisonjea con dulce insipidez el paladar de los rústicos y de los muchachos? Más bien me pararé a considerar las sublimes cabezas de las palmas y los dátiles que cuelgan en racimos de los altos cogollos. Si bajas luego la vista, descubres extensos campos plantados de aquella maravillosa caña, que estos naturales llaman de azúcar, a causa de lo dulce de su jugo interior. De otros frutos comunes que se dan entre nosotros me parece superfluo añadir nada»556.

Si este verde y florido edén nos le imaginamos coronado de palacios y de castillos de altas almenas, de cúpulas de mezquitas y de esbeltos y ligeros alminares, emergiendo de un mar de verdura, y de quintas con fuentes y sonoros surtidores ocultos entre la espesura de los naranjos y los bosquecillos de arrayán, y luego miramos al mar azul profundo desde las escarpadas peñas cubiertas de pitas, áloes y nopales, tendremos una idea de Sicilia en tiempo de los árabes y aun de los normandos. Así fue que, seducidos por la encantadora belleza de esta tierra meridional, pronto trataron los últimos de fijarse en la isla en estables viviendas, se arrepintieron de aquella furia bárbara, con que habían arrasado tantos soberbios edificios, y empezaron a restaurar o reedificar los palacios derruidos y a levantar otros nuevos. En Italia asimismo, y singularmente en la costa del Sur, que tenía frecuente trato y comercio con Sicilia, halló la gente tan cómodas las viviendas sarracenas, que procuró imitarlas. Así es, por ejemplo, que en la pequeña ciudad de Ravello, cerca de Amalfi, población poderosa en otras edades, se ven aún muchos palacios derruidos, completamente en estilo oriental.

Es indudable que fueron arquitectos arábigos los que hicieron para los normandos aquellos palacios dispuestos para el goce de la vida sensual más elegante. Ni tuvieron el menor motivo para apartarse del antiguo estilo conocido, o modificarle, ya que los que les encomendaban trabajo habían desde luego adoptado las costumbres orientales. Siguieron, pues, en la traza y plan de los nuevos edificios, como en los detalles y adornos, el ejemplo y modelo de las antiguas quintas sarracenas; y si no se ha conservado en la isla un solo edificio que pueda con seguridad completa hacerse remontar a la época de los árabes, todavía nos atrevemos a conjeturar del modo de ser de los más tarde edificados, como eran los primeros.

Los grandiosos monumentos antiguos de Sicilia, que aún excitaban hoy nuestra admiración, y que entonces debían subsistir aún en mayor perfección, no parece que sirviesen en manera alguna de modelo a los mahometanos. Fácil les hubiera sido aprovecharse de las columnas y de otras partes esenciales de los templos griegos, pero es indudable que no lo hicieron. El material de construcción que emplearon con preferencia, fue una clase de piedra que llamaban kiddan. De estas piedras talladas estaba hecho todo Palermo557. Parece, además, según se infiere de la inspección de muchos restos de murallas, que emplearon el ladrillo. Los edificios sicilianos tenían, por la altura, solidez y espesor de los muros, y por el uso del arco unas veces más y otras menos, pero siempre propendiendo a ser apuntado, cierta afinidad en el estilo arquitectónico con los del Cairo, lo cual se explica fácilmente por las íntimas relaciones políticas de aquella isla con Egipto. En el orden interior y en la traza las quintas se asemejaban a las de España que ya hemos dado a conocer: patios rodeados de corredores con arcos y columnas, y estancias circunstantes con tazas de mármol y surtidores, formaban aquí, como allí, una mansión deliciosa entre jardines que ostentaban flores y frutas de una vegetación casi tropical. En la ornamentación hallamos también dibujos multicolores de mosaico, bóvedas en forma de colmenas, inscripciones entrelazadas, y estucados y resaltos de mil formas caprichosas cubriendo las paredes.

Un trasunto del lujo y de los encantos de las quintas de Sicilia brilla aún en los versos de Abd al-Rahman de Trapani en elogio de Villa-Favara, que ya dimos a conocer en páginas anteriores. La poesía no da, sin embargo, más noticia sobre su disposición sino que nueve arroyos corrían por los jardines, en medio de los cuales había un lago con una isla plantada de naranjos y con un pabellón o quiosco en medio de la isla. Esta quinta estaba cerca de Palermo, a la falda del monte Grifone, no lejos de dos manantiales, que en tiempo de los árabes se llamaban la pequeña y la grande Favara (esto es, manantial). Ibn Yubayr habla de esta quinta llamándola Qasr Safar558, por donde puede inferirse que fue edificada por el emir Safar Yusuf (998-1019), o por otro sarraceno del mismo nombre, y que el rey Roger, a quien Fazellus considera como el fundador559, no hizo más que restaurarla. Según todas las apariencias, también Benjamín de Tudela, que visitó a Sicilia en el año de 1170, habla de Favara, cuando dice: « En Palermo tiene su residencia el virrey, cuyo palacio se llama al-Hisn, o sea el fuerte castillo. Este palacio contiene en sí todo género de árboles frutales y un arroyo grande encauzado por un muro, y un estanque que se llama al-Bayra, donde hay muchos peces. Las barcas del rey están adornadas de plata y de oro, y siempre prontas para su solaz y recreo y el de sus mujeres560. Interesantes restos de esta quinta pueden verse aún a una media legua de Palermo, cerca de la iglesia de San Ciro. Allí, donde la gran Favara brota de un peñasco horadado por muchas cuevas, hay aún tres arcos de ladrillo, bajo los cuales se advierte la cerca de piedra de un lago o gran estanque. De este gran estanque proviene sin duda el nombre de Mare dolce, que equivocadamente se da hoy al manantial. Aún en el día los depósitos públicos de agua, así como también las pilas de mármol y los estanques de las casas, se llaman en Damasco Baharat, esto es, mar. Al lado opuesto de este lago artificial, ahora seco, más hacia la orilla del mar, se hallan las extensas ruinas del palacio. El pueblo de Palermo supone que por un camino subterráneo se va desde él al palacio real, que está en el centro de la ciudad, y le conoce con el nombre de Castello di Barbarossa. Es una gran fábrica cuadrangular con un ancho patio y con nichos en el lado exterior de los muros. Algunas habitaciones medio arruinadas con techos de bóveda indican haber sido estufas de baños termales.

Entre los palacios que, según Ibn Yubayr, hacían semejante la capital de Sicilia a una hermosa doncella, circundado el cuello de un espléndido collar de perlas (de modo que el rey de los normandos podía trasladarse siempre de un jardín a otro, pasando por pabellones, quioscos y belvederes)561, debe contarse también el palacio de al-Mansuryya. Sobre el sitio en que estaba este palacio no se puede afirmar nada con certeza, pues sólo le conocemos por dos poesías arábigas que se conservan en su elogio, y que demuestran cuanto los palacios sarracenos de Sicilia se parecían a los palacios de los árabes andaluces, así en el plan y traza general, como en las particularidades. Y digo con intención palacios sarracenos, ya que edificados en estilo oriental, y más que probablemente por arquitectos mahometanos, tienen derecho a este nombre, aunque pertenezcan a la época de los normandos. Una de las mencionadas poesías viene incluida ya en este libro; la otra, de Ibn Bayrun, es como sigue:


   ¡Oh santo Alá, qué soberana gloria
este alcázar rodea,
a quien da nombre digno la victoria!
La vista se recrea
contemplando la fábrica esplendente,
cuyas columnas y altos torreones
destácanse en el cielo transparente.
El agua que derraman los leones
que brota se diría
de la fuente Kauser562. El rico huerto
La primavera pródiga ha cubierto
con fúlgido brocado;
y el huerto, acariciado
del aura por el beso,
olor de ámbar envía,
mientras los ramos de la selva umbría
de la fruta en sazón ceden al peso.
El canto de las aves siempre suena,
como si convidara
a penetrar en la floresta amena.
Tal es la mansión cara
del gran Roger; Roger, que sobresale
entre reyes y Césares, y quiso
aquí su trono levantar ahora.
De su esfuerzo y su dicha se prevale,
y en este paraíso,
que es obra suya,
descuidado mora563.



Había, pues, jardines en la inmediata cercanía, si no en el centro del palacio, y leones que arrojaban agua como en la Alhambra. La imaginación completa esto con patios circundados de pórticos y salas adyacentes, cuyas paredes resplandecían con azulejos, y de cuyas bóvedas pendían figuras caprichosas, a modo de estalactitas.

El boloñés Leandro Alberti, en su descripción de Sicilia, menciona tres palacios sarracenos, situados a una milla de Palermo, de los cuales dos, en la primera mitad del siglo XVI, época en que él los visitó, eran ya ruinas; pero el tercero se conservaba. Dicho Alberti describe circunstanciadamente este último. Por una puerta con arco dorado se entraba en un vestíbulo, desde donde, por otra puerta semejante, se pasaba a un recinto cuadrado, en tres de cuyos costados había pequeños nichos u hornacinas, y sobre el cual se extendía un techo en forma de bóveda. En este recinto, cuyo suelo y paredes estaban cubiertos de mármol, había una fuente que vertía su agua en una taza de mármol también. Sobre la fuente se veían en mosaico un águila y dos pavos reales, y dos hombres que con arcos y flechas apuntaban a las aves. Graciosos arroyuelos llevaban estas aguas a otros vasos que estaban más allá, hasta que iban a dar en un estanque con peces que había delante del palacio. Deleitoso sobremanera, según la descripción de Alberti, era ver y oír estas claras y frescas ondas, que con perpetuo murmullo y raudo curso iban descendiendo por un canal de primorosa piedra labrada, cuyas lindas figuras de mosaico, que en gran parte representaban peces, al través del agua relucían. En esta pintura no deja de reconocerse la villa que aún existe con el nombre de La Zisa, corrupción del verdadero nombre arábigo al-Aziza, o sea La Magnífica. En la aldea de Olivuzza, contiguo a los soberbios jardines de Butera y de Serradifalco, se encuentra este palacio, que es cuadrilongo y alto. Las paredes exteriores están divididas en tres pisos, señalados por ventanas y nichos, en cuyos vanos hay arcos que se acercan a la forma del arco apuntado. La antigua inscripción que en otro tiempo circundaba el cornisamento, hoy roto en muchas partes como un adarve, deja aún ver, a pesar de la roturas, el origen del edificio anterior a los normandos. El edificio, con todo, ha perdido tanto de su primitiva forma, que su principal encanto, para quien hoy la visita, consiste en las maravillosas vistas que se gozan desde su cima, a las cuales sólo sobrepujan las más espléndidas de Granada. Quien esperase hallar en el al-Aziza una Alhambra siciliana, quedaría desengañado. Sólo el pórtico del piso bajo, aunque muy derruido, coincide en lo esencial con la pintura que hace de él Alberti. Los adornos que en forma de estalactitas penden en las bóvedas de los nichos que están sobre la fuente, la inscripción de una pared a la entrada y varios arabescos, pueden ser sin duda del tiempo de los árabes; pero decididamente son obras de la época de los normandos los mosaicos que representan pavos reales y cazadores. El piso superior tenía antes un gran salón cuadrado con columnas que comunicaba con varias estancias; pero toda esta parte del edificio conserva muy poco de su primitiva construcción. En medio del estanque, también destruido, que estaba delante de la puerta principal, y al que iban las aguas de la fuente del patio, había según Alberti, un pabellón cuadrado unido a la orilla por un puente de piedra. Este pabellón contenía una pequeña sala con dos ventanas, y asimismo otro cuarto para mujeres, con tres ventanas, y en el centro de cada ventana había una columna de mármol que sostenía dos arcos. Una magnífica cúpula morisca cubría el cuarto, y su pavimento era de mármol. Por una gradería, de mármol también, se podía bajar al agua. En torno del estanque se veían un delicioso jardín con limoneros, cidros, naranjos y otros frutales. «Todavía, añade nuestro boloñés, se ven en aquellos contornos otras muchas ruinas y algunos cuartos y muros en pie, por donde puede inferirse que allí hubo en otra época un suntuoso edificio. En verdad yo creo que todo hombre que piense con nobleza ha de mirar con dolor estos monumentos, en parte arruinados, en parte próximos a la total ruina»564.

Por todo lo expuesto parece más probable que la quinta de al-Aziza era sólo el resto de unos grandiosos palacios que encerraban en sí muchas habitaciones, pabellones, torres, jardines y patios. A falta de noticias más inmediatas acerca de la disposición de aquellos palacios de Sicilia en la época en que aún existían en un estado perfecto, puede dar una noción aproximada de ellos la pintura que hace Mármol Carvajal de varios palacios en el África septentrional, ya que nadie ignora que en lo esencial no se diferenciaban mucho los palacios arábigos-sicilianos de los españoles ni de los marroquíes.

«Todos estos edificios, dice Mármol, y la casa real antigua, ha incorporado Mulay Abd Allah de poco acá en unos soberbios palacios que ha hecho, los cuales toman a lo largo del muro de la Alcazaba, desde el palacio viejo, que está detrás de la mezquita que dijimos, hasta la casa real, que sale a la plaza del Cereque, en el cual ámbito ha hecho grandes patios y aposentos muy ricos, donde tiene sus mujeres y las mancebas, apartadas unas de otras, y los palacios y aposentos de su persona y para las armas y tesoros. En un cuarto de éstos tiene hechas tres salas bajas con sus alcobas doradas, y en la del medio hay tres fuentes de agua y dos puertas que responden a dos hermosos vergeles de jazmines, laureles y arrayanes y de otras muchas flores olorosas, con las calles cubiertas de parras y de árboles fructíferos, cercados de canceles de reja hechos de madera con puntas de hierro por encima. En uno de estos vergeles tiene hecho un estanque de agua a manera de alberca, de cuarenta varas en largo y más de diez en ancho, con muchos azulejos, a donde va el rey a bañarse de verano. Este estanque era muy hondo, y un día, estando Mulay Abd Allah, que ahora reina, borracho, cayó dentro, y se hubiera de ahogar si no le socorrieran sus mujeres; y por esto mandó hacerlo tan bajo que un hombre puede andar a gatas por él sin que le cubra el agua. Tiene también en este palacio dos alcobas, que llaman mexuares, donde se pone a dar audiencia. En la una oye en público de manera que todos le puedan ver, y en la otra se juntan a consejo de cosas importantes los principales de la corte en presencia del rey. Y entrambas están hechas de manera que, alzando compuertas al derredor, quedan a la parte de dentro hermosos corredores dorados, donde se arrima la gente para negociar y oír lo que se provee en sus negocios; mas no se puede entrar dentro sino por dos pequeñas puertas, donde están los porteros y los gazules de la guardia del rey, y al derredor de ellas hay hermosas fuentes de agua y muchos naranjos, limones y arrayanes en grandes patios, donde se pasea la gente el día de audiencia pública»565.

A la izquierda del camino que va de Palermo a Monreales hay un cuadrado de altos muros, hechos de gruesas piedras de cantería y adornados en la parte exterior con hornacinas, algunos de cuyos arcos propenden a ser apuntados. La tradición lo hace pasar por un edificio sarraceno, y ya fue designado por Boccaccio en la Novela Sexta del quinto día con el nombre de Kubba o pabellón de Cúpula566. Su interior, casi del todo asolado y desfigurado, apenas ofrece aún algo notable, si se exceptúa un fragmento estalactítico que ha quedado de la cúpula destruida. Ya en la segunda mitad del siglo XVI el antiguo esplendor de esta kubba567 había desaparecido en su mayor parte; sólo de oídas la describe así Fazello: «El palacio en lo interior de Palermo se extendía fuera de los muros de la ciudad en una huerta de unos dos mil pasos de circuito. Resplandecían aquellos jardines con toda clase de árboles y con inexhaustas fuentes. Acá y acullá había fragantes bosquecillos de arrayán y laurel. Allí se prolongaba, desde la entrada hasta la salida, un larguísimo pórtico con muchos pabellones, abiertos por todos lados, para que el rey se solazase. Uno de estos pabellones se conserva aún en un estado perfecto568. En medio del jardín había un gran estanque, construido con poderosos sillares, donde estaban encerrados muchos peces. Allí cerca descollaba, y descuella aún, la suntuosa quinta del rey, con una inscripción sarracena en la cima. De nada carecía aquel sitio para completar el lujo regio: hasta se guardaban en un lado de la huerta fieras de todas las especies para esparcimiento de la gente de palacio. Pero todo está hoy destruido, y el terreno está plantado de viñas y de hortaliza para los particulares. Sólo se reconoce aún muy bien la cerca de la huerta, pues la mayor parte del muro se conserva casi sin menoscabo. Como en lo antiguo, los palemitanos llaman hoy a este lugar, con un vocablo sarraceno, kubba»569.

La inscripción neski, recientemente descifrada sobre el friso del muro, lleva el nombre de Guillermo II y la fecha de 1182570. Queda aún en duda, sin embargo, si el rey normando no hizo más que restaurar un antiguo edificio y adornarle con dicha inscripción, o si lo demás del grande edificio, del que esta kubba era sólo una parte, había sido obra de los árabes.

Baños sarracenos en más que mediano estado de conservación se ven aún en Cefalá, a diez y ocho millas de Palermo. Hay asimismo ruinas de una quinta arábiga en Boccadifalco. Por último, un antiguo edificio en el valle de Guadagna, junto a Palermo, llamado comúnmente Torre del Diábolo, es atribuido a los árabes por el pueblo. En un muro alto con cuatro arcos apuntados de ventanas, pero que no tiene ningún signo característico de la arquitectura oriental.

Mucho más raras que las noticias que tenemos sobre los palacios y quintas de los árabes en Sicilia, son las que nos quedan acerca de las casas de Dios o de sus restos. Ibn Yubayr describe una mezquita situada no lejos de Palermo, como de forma cuadrilonga y rodeada de extensos pórticos de columnas571. Por más insuficiente que sea esta descripción, todavía creemos reconocer en sus vagos contornos la figura primitiva de las mezquitas de que ya hemos hablado; esto es, un gran patio circundado de un ándito con arcos y columnas. De la disposición de la mezquita principal de Palermo no sabemos nada. Idris ensalza, no obstante, la riqueza de su ornamentación con pinturas, dorados e inscripciones572. Así como las de Damasco y de Córdoba, fue esta mezquita en su origen un templo cristiano573; pero sin disputa, reedificada, como aquéllas, y después consagrada al culto cristiano por los normandos, siendo, por último, derribada en la segunda mitad del siglo XIV. En la catedral de ahora, que ocupa el mismo lugar, y que ha sufrido muchas modificaciones y cambios, sobre todo en el interior, no queda parte alguna esencial del antiguo edificio, a no ser quizás algunas columnas en los lados del Sur y del Oeste.

Merced a la tolerancia que Roger y sus sucesores se vieron precisados a adoptar en su tierra, en gran parte poblada de mahometanos, muchas de las mezquitas de Sicilia quedaron en poder de éstos durante la primera época después de la conquista. Otras, por el contrario, de la misma suerte que la mezquita principal, por medio de ciertas mudanzas interiores a fin de adaptarlas al culto divino, fueron transformadas en iglesias. Fácil es, por lo tanto, que en las actuales iglesias de Sicilia queden aún partes de las antiguas mezquitas. Esta presunción toca casi en la certidumbre con respecto a la iglesia de San Giovanni degli Eremiti, cerca del palacio real en Palermo. Las cuatro pequeñas cúpulas de esta iglesia llevan por completo el sello oriental, y las circunstancia de que las cúpulas eran antes cinco, y que en lugar de una de ellas se puso un campanario, parece confirmar la idea de su origen arábigo. Es cierto que han quedado documentos que llaman al rey Roger su fundador, pero no tienen mucho peso semejantes afirmaciones. Nadie ignora cuán frecuente era en la Edad Media, atribuir la fundación de un edificio al que sólo le ensanchaba, reparaba o hermoseaba.

La ciudad de Palermo poseía en tiempo de los mahometanos dos castillos principales. El mas antiguo, llamado por excelencia al-Qasr, era la mansión de los aglabidas, estaba situado en el sitio que ocupa ahora el palacio real, y se unía a la gran mezquita, como el de Córdoba, por medio de un camino cubierto. El otro, apellidado Jalisa por los árabes, y por Falcando Maris Castellum, había sido construido y fue habitado por los kalbidas, y estaba situado en la orilla del mar. Después de la conquista de la ciudad, escogió el conde Roger para su morada el más antiguo castillo de los aglabidas, que luego siguió siendo la residencia de sus sucesores574. Como no nos queda ninguna descripción de este palacio en su primitivo estado en tiempo de los árabes, nos parece que una narración de Guillermo de Tito nos puede ofrecer, en general, una idea de la disposición de los alcázares regios orientales. El historiador de las Cruzadas se expresa así sobre el alcázar del califa en el Cairo: «Tiene la casa de este príncipe un especial arreglo como no se sabe que le haya en otra alguna de nuestros días, por lo cual queremos apuntar aquí cuidadosamente todo aquello que hemos llegado a entender por relaciones fidedignas acerca de sus enormes riquezas, de su lujo y varia magnificencia, ya que no ha de ser desagradable entender de esto con más exactitud. Hugo de Cesarea, y con él el templario Godofredo, cuando en cumplimiento de su embajada fueron por vez primera al Cairo con el sultán, fueron introducidos por una gran multitud de siervos, que iban delante de ellos armados y con mucho estruendo, al través de unos pasadizos estrechos y de sitios enteramente oscuros; y en cada nuevo pasadizo hallaban turbas de etíopes armados que saludaban a porfía al sultán, hasta que al cabo llegaron al palacio, que en la lengua de ellos se llama Qasr. Luego que hubieron pasado más allá de la primera y de la segunda guardia, vinieron a hallarse en lugar más ancho y espacioso, que estaba al aire libre y donde el sol penetraba. Allí encontraron pórticos para pasear, que descansaban sobre columnas de mármol, tenían la techumbre dorada, estaban adornados con preciosas labores, y el piso con dibujos de color vario, de suerte que todo manifestaba una regia magnificencia. Y todo era tan hermoso por la materia y el trabajo, que forzosamente los ojos se inclinaban a mirarlo, y no podían hartarse de contemplar aquellas obras, cuya belleza sobrepujaba a cuanto hasta entonces habían visto. Había allí albercas de mármol llenas de agua cristalina y pájaros de todas clases, que entre nosotros no se conocen, de extraña forma y plumaje, y sobre todo, una vista altamente maravillosa para los nuestros. Desde allí los llevaron los eunucos a otras estancias, que se sobreponían tanto en hermosura a las anteriores, como éstas a las que habían visto primero. Allí había una pasmosa multitud de fieras y otros cuadrúpedos de distintas especies, como sólo el caprichoso pincel de un artista, la libertad de un poeta o un espíritu que sueña, puede formarlos en nocturnas visiones, y como sólo se producen en las tierras del Oriente y del Mediodía, sin que jamás se vieran en las de Occidente, donde apenas si alguna vez se habla de ellos. Después de muchos rodeos, al través de diferentes estancias, llegaron, por último, al propio palacio real, donde había grandes turbas de armados y no menos apiñada multitud de siervos y otros satélites, los cuales, por su número y por sus vestiduras, anunciaban la incomparable magnificencia de su señor, y donde todo patentizaba sus riquezas e inmensos tesoros. Cuando fueron introducidos de esta suerte y se hallaron en el centro del palacio, el sultán mostró a su amo el acostumbrado respeto, echándose por tierra una y dos veces, y venerándole y reverenciándole como nunca mostró nadie su veneración. Luego se echó por tierra la tercera vez y depuso el alfanje que del cuello le colgaba, de repente las cortinas, que estaban bordadas de oro y de gran variedad de perlas, y que pendían en medio ocultando el trono, se descorrieron con maravillosa rapidez, y el califa quedó visible. Estaba sentado, con el rostro descubierto y con un traje más que regio, sobre un trono de oro, y le circundaba un corto número de eunucos que le servían. Entonces el sultán se aproximó a él con profunda reverencia y le besó humildemente los pies»575. No parece probable que el palacio de los aglabidas, en Palermo, tuviera el lujo fantástico del de los califas del Cairo. Probablemente se hallaba en un estado algo ruinoso cuando Roger tomó posesión de él, y Roger y sus sucesores hicieron en él muchas restauraciones, cambios y mejoras; pero la afinidad del palacio de los normandos con los palacios orientales resalta con más viveza en otras descripciones que de él se han conservado. Así, por ejemplo, de las noticias del viaje de Ibn Yubayr, donde cuenta este escritor los muchos jardines, pórticos, pabellones, azoteas y patios, como también habla de un recinto circundado de una galería de columnas y arcos, en cuyo centro había una sala. Con esto coincide Falcando en su descripción del mismo palacio. «Todo él, dice, está hecho de sillares, labrados con notable esmero y arte pasmoso. Espesos muros le cercan en lo exterior: por dentro resplandece del modo más lujoso con oro y pedrería. Acá se levanta la torre pisana, donde se custodian los tesoros reales; acullá la torre griega, que domina la parte de la ciudad llamada Jemonia. Adorna el centro aquella parte que llaman Yawhara y que está ricamente adornada. En esta parte, refulgente con tantos primores, suele el rey pasar sus horas de ocio. El restante espacio que hay alrededor está dividido en varias habitaciones para las mujeres, muchachas y eunucos que sirven al rey y a la reina. Asimismo se encuentran allí otros muchos pequeños palacios de gran lujo, donde el rey conferencia en secreto con sus validos sobre los negocios de Estado»576.

Pero también toda esta magnificencia debía desaparecer pronto. Poco después que Falcando hizo su brillante pintura de la pompa arábigo-normanda de Palermo, se suscitó la tempestad de la guerra, que había de cubrir a Sicilia de nuevas ruinas. El bárbaro furor con que Enrique VI hizo valer las pretensiones de los Hohenstaufen al trono de Sicilia, y la inmediata espantosa dominación de los franceses, con las revoluciones y trastornos que trajo consigo, destruyeron cuanto los normandos habían conservado del arte arábigo, de modo que sus restos descansan hoy sepultados bajo una doble capa de escombros y ruinas. Previendo esta tempestad, escribe el gran historiador de Sicilia las palabras que sirven de introducción a su Historia: «Bien hubiera yo querido, amigo mío, ahora que la aspereza del invierno ha cedido el paso a las dulces auras, escribir algo de alegre y agradable para que llegase a ti como las primicias de la reciente primavera. Pero con la nueva de la muerte del rey de Sicilia, y con la consideración de los muchos males que ha de traer en pos de sí tan triste suceso, sólo puedo prorrumpir en lamentos. En balde me excitan a la alegría la serenidad del cielo, que de nuevo se aclara, y la amable vista de florestas y jardines. Como el hijo que no puede ver con los ojos enjutos la muerte de la madre, no puedo yo pensar sin lágrimas en la próxima desolación de esta Sicilia, que con tanto amor me ha recibido y criado en su seno. Ya creo ver las hordas impetuosas de los bárbaros que la invaden con violencia codiciosa, y nuestras ricas ciudades, nuestras florecientes comarcas yerman con la matanza, devastan con el robo y manchan con sus delitos. ¡Ay de ti, oh Catania, tan a menudo herida por el infortunio! Tus dolores no han podido calmar su furia. Guerra, peste, terremotos, erupciones del Etna, todo lo has sufrido, y ahora, después de todo, padeces el peor de los males: la servidumbre. ¡Ay de ti, oh famosa fuente de Aretusa! ¡Qué ignominia pesa sobre ti! Tú, que un día acompañaste con tu murmullo los cantos de los poetas, ahora tienes que refrescar la disoluta embriaguez de los alemanes y prestarte a sus abominaciones. Y ahora me vuelvo a ti, ¡oh celebrada ciudad, cabeza y gloria de toda Sicilia! ¡Cómo he de pasar en silencio tus encantos y cómo he de poder encomiarte lo bastante!» Aquí pone Falcando aquel elogio de su querida Palermo, que ya en otro lugar hemos copiado. Termina, por último, con estas palabras: «Todo lo que brevemente he referido es para que se sepa cuántos lamentos y qué abundancia de lágrimas son menester para que sea como debe deplorada la infelicidad de esta isla».

También en la vecina Malta, la cual, como las islas de Gozzo, Pantelaria y otras, inmediatamente después de la conquista de Sicilia, cayó en poder de los mahometanos, erigió la arquitectura arábiga mezquitas y palacios. Aun bajo la misma dominación de los normandos, cuya sabia política dejó a los muslimes la completa posesión de sus propiedades, y no les puso la menor limitación en el ejercicio de su culto, floreció allí el arte oriental. Pero apenas si ha quedado en nuestros días como recuerdo de esto otra cosa más que una losa sepulcral, con arcos de herradura muy exornados, la cual se custodia en el museo de La Valette. Sobre esta losa se lee tina inscripción que habla de un palacio y de una espléndida sala, inscripción que por su singular belleza no está de más trasladar aquí:

«En el nombre de Dios, clemente y misericordioso. La salud y la bendición de Dios sobre el profeta Mahoma y su familia. De Dios son la soberanía y la duración eterna; Dios ha destinado a perecer a sus criaturas; pero tenéis un buen modelo en su profeta.

Ésta es la tumba de Maimuna, hija de Hassan. Murió, Dios se apiade de ella, el martes, 16 del mes de Saban, año de 569, reconociendo que no hay más que un Dios, que no tiene compañeros.

Oh tú, que consideras este sepulcro, aquí me he sumido yo. El polvo ha cubierto mis párpados y lo interior de mis ojos.

En este lecho mío, en esta morada del aniquilamiento y en mi resurrección, cuando mi Creador la ordene, hallarás asunto de meditaciones sublimes. Piensa, pues, en ello, ¡oh hermano mío! y toma ejemplo de mí.

Vuelve la vista a los tiempos pasados a ver si por acaso hay alguien que permanezca en la tierra, a ver si por acaso hay alguien que pueda desafiar a la muerte y alejarla de sí.

La muerte me ha arrojado de mi palacio. ¡Ay! Ni mi espléndida sala ni mis riquezas me han valido contra ella.

¡Mira! Aquí estoy como prenda o gaje de mis propias acciones, las cuales están escritas en mi cuenta, pues nada creado subsiste»577.




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- XVII -

Granada. Caída de la cultura arábiga últimos monumentos del arte de los árabes en Europa


En la falda noroeste de Sierra Nevada, que es, después de los Alpes, la más alta cordillera de Europa, se extiende una elevada llanura, que por la abundancia y variedad de sus encantos apenas tiene igual. Aunque sólo poseyese aquel sitio la hermosura que la naturaleza ha derramado pródiga sobre él, pasaría siempre por uno de los más notables del mundo; pero, a fin de realzar más aún el hechizo con que se apodera del viajero, la historia ha puesto en él sus imperecederos recuerdos, la poesía ha extendido sobre él su velo vaporoso, y el arte le ha adornado con una de sus creaciones más bellas. ¿Quién no se ha transportado alguna vez en sueños a Granada, bajo los pórticos de hadados palacios, o en jardines pendientes de las rocas sobre cerros y cañadas cubiertos de alamedas? Hay palabras cuyo mero sonido da alas a la fantasía. Tales son los nombres de Alhambra y Generalife, los cuales resuenan en el alma como un poderoso conjuro, y levantan y traen ante ella una turba de imágenes: esbeltos pilares, extendiéndose en alto como las líquidas columnas de los surtidores; fiestas y torneos bajo arcadas aéreas; paseos nocturnos entre cristalinos y sonoros arroyos, mientras que el aroma del mirto embalsama el ambiente, y suena en la espesura el blando adormecido eco de los romances. Al lado de estas escenas apacibles aparecen otras trágicas de la caída de la dominación arábiga, y otras grandiosas de los heroicos combates donde el cristiano denuedo se probó contra la mahometana valentía. Esta guerra granadina es como el último gran poema caballeresco de la Edad Media, colocado en los mismos confines que de la edad moderna la separan, y, si bien penetrando tan de lleno en el claro día de la historia, medio velado aún por la vaga y nebulosa luz de la poesía. Para sublimar más aún la importancia histórica de aquellos lugares se trazó en ellos a la vez la señal y el término que marca del modo más distinto el advenimiento de una época nueva, no sólo para España, sino también para toda Europa; pues allí recibió Colón el encargo de armar aquella flota que, poco después de la toma de Granada, descubrió la América; y así, sobre las ruinas del palacio real de los árabes columbramos ya el Nuevo Mundo, que tal vez guarda en su seno los destinos por venir del género humano. Treinta años después, Carlos V, dominador entonces de uno de los más extensos imperios que jamás han estado sujetos bajo el cetro de mortal alguno, fijó allí su residencia, y en la puerta de la Alhambra, junto al lema de los nazaritas, «Sólo Dios es vencedor», resplandeció el águila imperial germánica, como lo requerían entonces el poderío y la significación de nuestra patria.

No nos incumbe hablar aquí de otras cosas que pudieron contribuir también a realzar el interés de aquellos lugares; sólo nos toca describirlos en su carácter local y en los más importantes n1mentos de su historia, como el sitio donde germinó y se desenvolvió el último florecimiento de la cultura arábiga, para marchitarse luego para siempre.

En la falda de la sierra del Sol, de cuyos costados, rompiendo por las aberturas de las peñas, se precipitan hacia el valle el Genil y el Darro, se halla esta ciudad, en parte en la llanura, en parte sobre colinas. Entre éstas se notan principalmente dos, divididas entre sí por el profundo valle del Darro: la altura que por causa del castillo que hay en su cima se llama comúnmente la Alhambra, y el escarpado Albaicín, en cuya cumbre se parecía la antigua alcazaba. En torno de la ciudad, hasta donde no llega la zona de montañas que la circunda, se dilata la verde vega, perfumada de rosas, entre cuyos espesos bosquecillos resplandece serpenteando el plateado Genil, y forma con las colinas y cañadas, así como también con las crestas de Sierra nevada, coronadas de blanca y reluciente nieve, un paisaje de tan apacible amenidad como de subyugadora y noble gentileza. Como si la naturaleza hubiese querido desplegar toda su fuerza creadora en una obra maestra y amontonar en un punto todas las riquezas de sus tesoros, ha unido en esta afortunada región de la tierra cuanto suele estar dividido y esparcido por diversas y apartadas regiones, encantando el alma y los sentidos del viajero. La fresca y jugosa verdura que gozan los países del Norte a costa de la triste oscuridad de su atmósfera nebulosa, merced a la alta situación y a la cercanía de grandes masas de nieve que nunca del todo se liquidan, se da aquí, bajo el azul profundo de un cielo sin nubes. Entre encinas, olmos y chopos, que esparcen su grata sombra en las colinas y laderas, se desenvuelve, la más lozana vegetación del Sur: el naranjo luce con su corona de hojas verde-oscuras; grupos de pinos y de cipreses alzan las gallardas y ligeras copas sobre un mar de verdura; nobilísimos laureles y densas matas de adelfas brotan espontáneos en las hendiduras de las rocas; y el granado crece con tal vigor y llega a tan gigantesca altura, que parece aquí consagrado a cubrir y esfumar con relucientes enramadas de verde oro los contornos suaves de las colinas. Por donde quiera se divisan blancos caseríos entre los emparrados, y por donde quiera, a través de la espesura, van murmurando los cristalinos arroyos y las sonoras cascadas; mas lo que acrecienta hasta lo infinito el encanto del paisaje, es que aquella pompa de vegetación y la abundancia de aguas que le da vida están acompañadas por la gloriosa luz de un sol casi tropical y por la singular formación del terreno sobre el cual solamente puede mostrarse en todo su esplendor tan maravilloso colorido. Es verdad que no hay bosques en las alturas, las cuales son calvas masas de peñascos; pero esto mismo se presta a quebrar los rayos de la luz matinal y de la luz vespertina, dándoles aquel profundo brillo y produciendo aquel rosicler y aquellos ricos cambiantes que visten las auroras y el anochecer del Mediodía como con los destellos de otro mundo encantado. Un anfiteatro de estas desnudas montañas rodea en ancho cerco el alto y risueño valle del Genil; y aquí, empinándose bruscamente y forjando con fantástica aspereza como quebradas torres; y allí, alzándose en blandas líneas y ofreciendo en su conjunto una marcada variedad de contornos, componen las sierras de Moclín y de Elvira; pero sobre todas Sierra Nevada alza pujante y coronada de nieve la cumbre de rotos obeliscos y gigantescas pirámides y de almenas y agujas separadas entre sí por hendiduras profundas. Imagínese ahora el sol de Andalucía cuando declina hacia el ocaso, derramando el raudal de sus rayos sobre tan portentoso panorama. Su áureo resplandor se trueca en encendida lumbre purpúrea, y recorre estremeciéndose toda la escala de los matices y tonos, hasta que ya las sombras cubren la llanura y los alcores, y todavía, al empezar la noche, los nevados picos de Veleta y Mulhacén, faros invisibles para los bajeles que surcan a lo lejos el Mediterráneo, despiden refulgentes destellos.

Hermosa en todos los tiempos es esta comarca; pero lo es sobre toda comparación en la primavera, cuando, derritiéndose la nieve de las montañas, da más crecida corriente a los ríos, arroyos y acequias, y suscita una viciosa abundancia de vegetación. No bien la flor del almendro llamada por los poetas árabes «la primera sonrisa de la primavera en la boca del mundo», anuncia la venida de la más suave estación del año, se engalanan los valles y los collados con verde esmeralda, donde relucen, compitiendo en colores y aromas, las flores de todos los climas; sobre espumosas cascadas extiende el granado sus ramas, ya cubiertas de nuevas hojas, entre cuyo verdor se destaca el rojo brillo de los capullos entreabiertos; en torno resuenan las castañuelas y el adufe578, y en las copas de los árboles entonan los ruiseñores los cantos del tiempo de los árabes, que no han olvidado todavía. El puro ambiente embalsamado y el fresco aliento de Sierra Nevada hacen de la mera respiración, bajo el cielo granadino, un deleite, como la tierra apenas brinda con otro igual en parte alguna.

No es una predilección apasionada, como alguien pudiera creer, la que induce a escribir estas palabras y a dotar al valle del Genil con encantos que sólo existan en la fantasía. Desde muy antiguo es famosa su belleza, y los orientales le han ensalzado como un paraíso más ameno y grande que los de Damasco, Cachemira y Samarcanda. El infatigable viajero Ibn Battuta, que había recorrido la mitad del mundo, desde los extremos orientales de India y de China hasta el océano Atlántico, dice que los alrededores de Granada, en una extensión de cuarenta millas, regados por el Genil y otros ríos, y cubiertos de jardines, huertas, praderas, caseríos, quintas y viñedos, no tienen nada semejante sobre la tierra579. No bien penetraron los cristianos en la capital del último reino muslímico de la Península, Pedro Mártir, cronista de Fernando e Isabel, se expresó con la misma admiración en un escrito, con fecha de allí: «A todas las ciudades que el sol alumbra, es, en mi sentir, preferible Granada; en primer lugar por la blandura del clima, que antes que nada se requiere para que sea grata la estancia en un punto. Aquí, en verano, no son muy fatigosos los calores, ni es el frío excesivo en invierno. Constantemente se ve desde la ciudad, a una distancia de poco más de seis millas, la nieve sobre la cumbre de las montañas; pero rara vez en el ardiente mes de Julio se dejan sentir con fuerza los calores, aquella nieve, que se trae pronto, refresca el agua, con la cual se templa el vino, poniéndole más fresco que ella. Si hay, por acaso, durante algunos días un frío inusitado, los espesos bosques de las cercanas montañas ofrecen pronto auxilio. Por otra parte, ¿qué comarca hay como ésta con tan bellos paseos para solaz y deleite del ánimo cansado de cuidados y fatigas? La admirable Venecia está cercada del mar por todas partes, a la rica Milán sólo le cupo en suerte una llanura; Florencia, cercada de altas sierras, tiene que sufrir todos los horrores del invierno; y Roma, oprimida por las exhalaciones de las lagunas del Tíber, y constantemente visitada por los vientos del Sur, que le traen los pestilentes miasmas de África, deja que lleguen pocos a una larga vejez, y hace sufrir en verano un calor que fatiga a los habitantes y los incapacita para todo. En cambio, en Granada, merced al Darro, que atraviesa la ciudad, el ambiente es puro y saludable. Granada goza a la vez de montañas y de una extensa llanura; puede jactarse de una cosecha perpetua, resplandece con cedros y con pomas doradas de todo género; tiene amenísimos huertos, y compiten sus jardines con el de las Hespérides. Las cercanas montañas se extienden en torno en gallardas colinas y suaves eminencias, cubiertas de olorosos arbustos, de bosquecillos de arrayán y de viñedos. Todo el país, en suma, por su gala y lozanía, y por su abundancia de aguas, parece ser los Campos Elíseos. Yo mismo he probado cuánto estos arroyos cristalinos, que corren por entre frondosos olivares y fértiles huertas, refrigeran el espíritu cansado y engendran nuevo aliento de vida»580.

No con menos entusiasmo se expresa el noble veneciano Andrés Navagero, que en 1526 residió largo tiempo en Granada como embajador cerca de Carlos V: «En torno de la ciudad, dice, es todo el terreno, así lo quebrado como lo llano, que se llama la Vega, de pasmosa amenidad y por extremo hermoso. En donde quiera hay abundancia, que no puede ser mayor, y todo está tan lleno de árboles frutales, como cerezos, nogales, albaricoques, membrillos e higueras, que apenas si se ve el cielo por entre la espesura de las ramas. También hay allí tantos y tan soberbios granados, que no se pueden imaginar mejores, y uvas extrañas de todas las especies posibles, y olivos tan espesos y coposos que parecen juntos un encinar. Por todas partes en torno a Granada, en los muchos por allí esparcidos jardines, se ven, o, mejor dicho, casi no se ven por la abundancia de árboles, tantas casas de moriscos, acá y acullá situadas, que, si se acercasen y juntasen, formarían otra ciudad no menor. Cierto es que son pequeñas las más de estas casas; pero todas poseen sus fuentes, rosales y arrayanes, todas son ricas de adorno y todas atestiguan que aquel país, cuando aún estaba en poder de los moros, era mucho más bello que en el día. Hoy se ven allí muchas casas derruidas y no pocos jardines abandonados y sin cultivo; porque los moriscos más bien disminuyen que aumentan, y son ellos los que plantan y edifican»581.

Cuando, después de la pérdida del rey de los godos D. Rodrigo, invadieron sin demora los muslimes toda la Península, y cada una de las tribus eligió para vivienda una de las comarcas conquistadas, los árabes sirios se fijaron en el valle del Genil y del Darro, a causa de su verde y feraz suelo, dominado por nevados montes que les recordaban el Líbano y las campiñas de Damasco582. A una milla de la antigua Ilíberis edificaron, en un punto que se llama la alcazaba vieja583, la fortaleza Hisn al-Rumman, esto es, el castillo del Granado. Este castillo dio nombre a la ciudad que dominaba, por donde vino a llamarse Granada584. Poco se sabe de Granada en los primeros tiempos. Sólo hay noticias de que, a más de los árabes, tenía una población judía muy numerosa, y además muchos habitantes cristianos, los cuales poseían no pocas iglesias, y entre ellas una suntuosa junto la puerta de Elvira.

En la segunda mitad del siglo IX se hace mención por vez primera de la Alhambra o castillo rojo. Durante unas sangrientas guerras que los árabes y los naturales del país entre sí traían, sirvió esta fortaleza de refugio ya a la una, ya a la otra de las dos parcialidades. Asaltada muchas veces, era ya casi un montón de escombros, cuando, según cuentan, los árabes, perseguidos por mayor número de contrarios, se refugiaron de nuevo en ella. La situación de los sitiados era muy mala, pero con prodigiosos esfuerzos procuraron a la vez rechazar los asaltos del enemigo y volver a levantar los muros de la Alhambra. En cierta ocasión, cuando estaban por la noche, a la luz de las antorchas, trabajando en las fortificaciones, y el ejército enemigo acometía con furia y amenazaba enseñorearse de la altura, vieron una piedra que vino lanzada por encima del muro y que cayó a sus pies. Uno de los árabes la levantó, y halló una hoja de papel asida a la piedra, donde estaban escritos los siguientes versos, que leyó a sus compañeros:


   Son un desierto aterrador ahora
la ciudad, vuestros campos y mansiones;
es en balde la fuga que os desdora;
no reedificaréis los torreones
y muros del Alhambra derruida,
porque el filo tremendo de la espada,
cual vuestros padres ya la tienen dada,
pronto daréis la vida.



Estos versos, leídos por la noche a la luz oscilante de las antorchas, llenaron a los árabes de un espanto supersticioso. No pocos imaginaron que la piedra con el papel había caído del cielo, pero otros procuraron tranquilizar a los temerosos, afirmando que los enemigos habían lanzado la piedra, y que los versos eran de su poeta Abli. Esta opinión vino poco a poco a prevalecer, y el poeta Asad, que entre los sitiados se hallaba, fue requerido para escribir una contestación en el mismo metro y con las mismas consonantes. Asad, aunque sobresaltado por aquella terrible situación, y no libre de sombríos presentimientos, trató de dominarse, y empezó:


   No está desierta la ciudad ahora,
ni lo están nuestros campos y mansiones;
la esperanza del triunfo corrobora
en la Alhambra los nobles corazones.
Esa hueste engreída
a vuestros pies caerá pronto humillada...



Pero al llegar aquí, el poeta se cortó y buscó inútilmente los versos que le faltaban. Cuando los árabes vieron esta turbación del poeta, la tuvieron a mal agüero, y el miedo se apoderó de ellos nuevamente. Asad se retiró avergonzado. Entonces oyó una voz que decía:


   De vuestros hijos la cabeza amada
por el terror veréis encanecida.



Eran los dos versos que faltaban. Asad miró en torno, más no pudo descubrir a nadie. Persuadido entonces de que un espíritu celestial había pronunciado aquellas palabras, se apresuró a volver donde estaban sus compañeros y les contó lo ocurrido. Todos le oyeron con asombro, considerando el caso como milagro, y se dieron por convencidos de que Dios iba a auxiliarlos para conseguir la victoria. Luego fueron los versos escritos en un papel, y atado éste a una piedra, que arrojaron al enemigo. La profecía se cumplió pronto también. Llenos de nuevo valor los sitiados, hicieron una salida y lograron la victoria más brillante585.

Si la Alhambra, de que hablan los versos, estaba situada en el mismo lugar que el famoso regio alcázar de época posterior, o tal vez no muy lejos de allí, donde se ven hoy las Torres Bermejas, es duda que difícilmente puede aclararse.

Al principio del siglo XI se convirtió Granada en capital de un Estado independiente. En la lucha entre árabes y berberiscos, que llenó el último período de la dominación de los omiadas, la cabeza del caudillo berberisco Ziri, del linaje de los sinhayas, fue elevada en el adarve del castillo de Córdoba. Ardiendo en sed de venganza, el hijo de Ziri, Zawi, marchó contra Córdoba con numerosa hueste, tomó por asalto la ciudad, la entregó a la devastación y al saqueo, quitó la cabeza de su padre del adarve y la envió a sus parientes, a África, para que la colocasen en el sepulcro que guardaba el cadáver. Durante la creciente decadencia del califato, fundó este Zawi un señorío en el sudeste de Andalucía y fijó su residencia en Granada. Bajo su sobrino y sucesor Habbus, que para ser de origen berberisco poseía una instrucción insólita, y también trató de atribuirse una prosapia arábiga, así como bajo Badis, cruel tirano que le sucedió en el trono, creció notablemente la ciudad. Éste último la cercó de fortificaciones, la adornó con palacios, y edificó una nueva alcazaba o ciudadela, que se extendía desde la antigua hasta el Darro. El alcázar de esta dinastía estaba situado en la altura cerca de la alcazaba antigua586. En una de sus torres había una figura de un caballero de bronce, que giraba con el viento, y que tenía una misteriosa inscripción que profetizaba la caída de Granada. Según Maqqari, terminaba la inscripción: «Sólo corto tiempo durará el caballero; grandes adversidades vendrán sobre él, y reino y alcázar caerán en ruinas»587. Una posición elevada bajo Badis, como ya bajo sus antecesores, tuvieron el judío Samuel Leví y su hijo Josef. Dotados ambos de brillantes prendas intelectuales y de esmerada educación literaria, así como de rara destreza y agilidad para los negocios, supieron ganarse la confianza absoluta del príncipe, y todo el poder del gobierno descansó casi por completo en sus manos. Pero en el pueblo fermentaba el rencor contra aquellos infieles, que hacían aguardar a la puerta de sus dorados palacios, regados por fuentes de limpias aguas, a los muslimes, a quienes afrentaban, escarneciendo sus santas creencias588.

Por medio de una poesía llena de inventivas vehementes, un alfaquí árabe atizó aquel odio hasta encenderle en vivas llamas, y causó un motín que acabó, en 1066, con el dominio de los judíos, de los cuales fueron degollados un gran número. No mucho después tuvo también su término la dinastía de los Sinhayas. Yusuf Ibn Tasufin, el morabito, derribó del trono, así como a los demás pequeños soberanos de la Península, al nieto de Badis, Abd Allah, y tomó posesión de su palacio. Inmensos eran los tesoros que en él halló. Todas las estancias estaban adornadas con techos, tapices y cortinas de extraordinario precio. Por todas partes rubíes, esmeraldas, diamantes y perlas, y vasos de cristal, plata y oro deslumbraban la vista. Singularmente fue admirado un rosario o collar de cuatrocientas perlas, cada una de las cuales valían cien ducados589.

En los tiempos que inmediatamente siguieron, Granada se eclipsa de nuevo y vuelve a ser una ciudad de provincia. Durante la atrevida expedición del rey aragonés D. Alfonso I, estuvo ya en peligro de ser arrebatada a los mahometanos. Los numerosos cristianos que allí residían, oprimidos por la intolerancia de los almorávides, enviaron una embajada secreta al rey de Aragón, excitándole a una excursión de conquista en el Mediodía: «Le pintaron, dice Ibn al-Jatib, todas las excelencias que había en Granada, y que la convertían en el más hermoso sitio del mundo; le hablaron de su extensa vega, de sus cereales y linos, de su abundancia de seda, vino, aceite y frutas de todas clases, de su riqueza en fuentes y ríos, del bien fortificado alcázar, de la cultura de sus moradores, etc590. En consecuencia de esta excitación, emprendió Alfonso I, en el año 1125, una expedición, penetrando hasta cerca de Granada y permaneciendo acampado delante de la ciudad durante diez días. Circunstancias desfavorables le obligaron, con todo, a desistir de sus planes de conquista y a emprender la retirada. En vez de caer en manos de cristianos antes de otras principales ciudades muslimes, debía ser Granada el último baluarte del Islam en la Península Ibérica. Cuando ya no parecía estar muy lejos la completa ruina de los mahometanos en España; cuando ya habían sido conquistadas Sevilla por San Fernando y Valencia por Jaime I de Aragón, y cuando una fortaleza en pos de otra caía en poder de los cristianos, se alzaron tres valerosos adalides de antigua estirpe arábiga, Ibn Hud, Ibn Mardaniš e Ibn al-Ahmad, en defensa del Corán, a par que en empeñada contienda por el predomino sobre la España muslímica. Muhammad ibn Ahmad, del linaje de los nazaritas y natural de Arjona, consiguió al fin la victoria sobre sus rivales. En el año de 1238 había fundado un reino en las pendientes de Sierra Nevada y de las Alpujarras, contra el cual se estrelló aún durante siglos el poder de los cristianos. Como asilo abierto a los fugitivos de las diversas provincias que los cristianos poseían, ganó este reino no sólo una población extraordinaria por su número, sino también las fuerzas más eficaces para proporcionar el bienestar. El comercio tomó un incremento prodigioso con los productos de la industria y de la agricultura granadinas, y trajo a los puertos de las costas meridionales buques de todas las naciones. La capital creció en extensión y en población de un modo gigantesco, y la arquitectura, favorecida por los nazaritas, tan amantes del lujo y de las artes, floreció con sus formas más ricas y bellas. Probablemente en la cumbre del mismo monte, donde, como ahora lo vemos, ya en el siglo IX, había habido una fortaleza llamada Alhambra, edificó el fundador de esta dinastía el castillo real del mismo nombre, famoso en todo el mundo, y fijó su residencia591. Estas últimas palabras deben tenerse en cuenta, pues como por el nombre de Alhambra se designa todo el conjunto de fortificaciones que hay en la colina que domina a Granada, sin la adición susodicha podría dudarse aún si Muhammad Ibn al-Ahmad había poseído allí un palacio. Su lema o divisa: «Sólo Dios es vencedor», que resplandece en todos los muros del alcázar, lo era también de su dinastía. El sucesivo ensanche, embellecimiento y terminación del edificio fue obra de sus sucesores, los cuales adornaron asimismo los otros cerros de Granada y la vega con palacios y quintas, y erigieron mezquitas, escuelas, hospitales, baños y lonjas de mercaderes. El más encomiado entre los nazaritas por las grandes obras arquitectónicas que llevó a cabo, fue Yusuf Abu-l-Hayyay (1333-54). Fueron tan colosales sus empresas, que le dieron la reputación de poseer los secretos de la crisopeya. Siguió los pasos de Yusuf su hijo Muhammad V, y el tiempo que media entre la fundación de aquel reino y la muerte de este último soberano, en 1390, debe considerarse como el período más floreciente de la arquitectura granadina. También en este período vino a terminarse la Alhambra, tal como en sus partes principales la vemos hoy.

Por largo tiempo estuvo el reino de Granada sin ser amenazado seriamente por los príncipes cristianos, divididos entre sí; pero fue muy otra la situación de las cosas cuando Isabel, fundadora de la monarquía española, por su casamiento con Fernando de Aragón, dispuso de todo su poder para destruir aquel baluarte de los infieles. Intestinas discordias habían ya conspirado al mismo fin que las armas de Castilla: a la pérdida de Granada. Cuando vamos a llegar a esta pérdida, nos vemos de súbito trasportados al país de las leyendas desde la claridad de la historia. Así como sobre Rodrigo, último rey de los godos, hay sobre las figuras de los dos últimos reyes de Granada, Abu-l-Hasan y su hijo Abu Abd Allah, Boabdil, extendido un mítico velo, al través de cuya luz indecisa los hechos históricos sólo difícilmente se perciben. De aquella tradición famosa, tan variamente narrada en novelas y poesías, ya hemos hablado en páginas anteriores. Basta recordar aquí la enemistad entre abencerrajes y zegríes, con la cruel decapitación de aquéllos, y afirmar el hecho de que ambos reyes, padre e hijo, luchaban entre sí por el poder supremo, destrozando el reino todo estas regias contiendas, los bandos y las guerras civiles. Fatal fue para los mahometanos que ocurrieran estos infelices accidentes en el mismo tiempo en que, para resistir al poder cristiano fortalecido, se requería la unión más estrecha. Sin embargo, Abu-l-Hasan mismo provocó la guerra con el mayor aturdimiento. La toma del castillo de Zahara por sus soldados, que pasaron a cuchillo a toda la guarnición, dio la señal de la lucha. Ya entonces corrían los alfaquíes por las calles pronosticando desventuras y prediciendo la caída del reino. Pronto se arrepintió el rey de su mala acción, cuando le llegó la noticia de la pérdida de Alhama, su principal fortaleza. Iba cabalgando, como el romance le describe,


   Desde la puerta de Elvira
hasta la de Bivarrambla;



y se lamentó diciendo:


   ¡Ay de mi Alhama!
Cuando en la Alhambra estuvo
manda que toquen al arma,
y que suenen las trompetas,
los añafiles de plata.



Pero entonces se llegó a él un alfaquí


De barba crecida y cana,



y le dijo:


   Bien se te emplea, buen rey,
buen rey, bien se te empleara.
Mataste los Bencerrajes,
que eran la flor de Granada...
por eso mereces, rey,
una pena muy doblada:
que te pierdas tú y el reino,
y que se pierda Granada.



Sin embargo, el último golpe cayó sobre la cabeza de su hijo. Mientras que la sangre de sus propios ciudadanos corría por las calles de Granada, era tomada una fortaleza en pos de otra, y cuando al cabo, por muerte de Abd al-Hasam Boabdil se vio solo en el trono, no le quedó más que defender que su capital misma. A dos millas de sus puertas habían asentado sus reales Isabel y Fernando, en la ciudad de Santa Fe, edificada por ellos.

El éxito final de la lucha no podía ser dudoso. Boabdil, que desde el principio había mostrado su timidez, hizo una capitulación para la entrega de la ciudad, y en la mañana del día 2 de Enero de 1492, plantó el cardenal don Pedro González de Mendoza la cruz de plata sobre la más alta torre de la Alhambra. El grueso del ejército español, así como los mismos Reyes Católicos, acampaban aún en los llanos de Armilla. Cuando la santa seña se hizo visible, relumbrando herida por los rayos del sol naciente, cayeron todos de rodillas, dando gracias al Señor y cantando el Te Deum. Luego se dirigieron lentamente las huestes hacia la ciudad. Boabdil, en tanto, tomó el camino de las Alpujarras, donde le habían dejado algunas tierras. En lo alto del cerro de Padul tiró de las riendas a su caballo y miró por última vez a Granada, que desde allí se descubre en toda su magnífica extensión, en medio de la verde vega. A esta vista, prorrumpió, suspirando, en estas palabras: «Alah Akbar», y empezó a llorar amargamente; pero su madre, que le acompañaba, le dijo: «Razón tienes de llorar como mujer por lo que no supiste defender como hombre»592. Desde entonces se llama aquel sitio último suspiro del Moro, y también Cerro de Alah Akbar.

Sobre los ulteriores sucesos de la vida del último monarca granadino, se sabe que, después de una corta permanencia en las Alpujarras593, pasó con su familia a las costas africanas, y vivió hasta su muerte en la ciudad de Fez, donde hizo edificar muchos palacios en estilo andaluz. Descendientes suyos quedaban aún en Fez en el siglo XVII, pero sumidos en tan grande pobreza, que se veían forzados a vivir de limosna.

Así acabó, después de una duración de cerca de 800 años, la dominación arábiga en España. La ulterior permanencia de los mahometanos en el suelo andaluz, y su final expulsión, forman una serie de infortunios que sólo pueden mirarse con dolor y con mala voluntad contra ellos que los hicieron pesar sobre un pueblo vencido y desdichado594. Bien pueden considerarse con interés y contento las atrevidas hazañas de los caballeros cristianos en la guerra de Granada, mientras que estuvieron acompañadas del fiel cumplimiento de lo pactado, de blandura y de miramientos con el contrario caído; para el verdadero cristianismo, cuya doctrina de caridad, dulzura, justicia y pureza de corazón lleva en sí misma el sello de un origen divino sin necesidad del testimonio de los milagros, bien puede desearse el triunfo sobre el Islam; pero de la religión que violenta a los que creen otros dogmas a fin de que acepten los suyos por medio de amenazas y a hierro y fuego, se aparta la vista con horror y con odio595. A los mahometanos se les concedió por la capitulación de Granada la posesión de sus mezquitas y la completa libertad de su culto. Debían ser juzgados según sus propias leyes y por sus magistrados propios, no perturbados en el pleno goce de sus propiedades ni molestados en sus antiguos usos, idioma y traje. Durante los ocho primeros años no pudieron quejarse de la infracción de este pacto. El verdaderamente piadoso arzobispo de Talavera, cuya es aquella famosa sentencia de que a los moros faltaba la fe de los españoles, y a los españoles las buenas obras de los moros, para ser todos buenos cristianos, hizo a la verdad muchos prosélitos, así por su bondad, que ganaba los corazones, como por la fuerza de su elocuencia; pero desechó siempre toda tentativa de atraer por violencia a los infieles, así por ilícita como por inútil, también del Conde de Tendilla, gobernador de Granada, tuvieron los moriscos que felicitarse. Sin embargo, ya entonces los más sombríos presentimientos se habían apoderado de sus ánimos. El recuerdo de muchos actos de crueldad y deslealtad perpetrados ya por los Reyes Católicos, por ejemplo, el condenar a la esclavitud a la población entera de Málaga, estaba muy reciente en la memoria de ellos para que pudiesen mirar con confianza en el porvenir. De esto da testimonio un notable manuscrito, en letras arábigas o aljamiado, que he visto en la Biblioteca Nacional de Madrid