  La Quimera
Emilia Pardo Bazán
[Nota
preliminar: Edición digital a partir de la de Obras
Completas, t. XXIX, Madrid, Imprenta J. Moreno, 1905 y cotejada
con la edición crítica de Marina Mayoral (Madrid,
Cátedra, 1997).]
  Prólogo
Había prescindido en mis novelas de todo prefacio,
advertencia, aclaración o prólogo, entregándolas
mondas y lirondas al lector, que allá las interpretase
a su antojo, puesto que tanta molestia quisiera tomarse;
y esta costumbre seguiría en La Quimera si, apenas
iniciada su publicación por la excelente revista La
Lectura, no apareciese en un diario de circulación
máxima un suelto anunciando que «claramente se adivina,
al través de los personajes de La Quimera, el nombre
de gentes muy conocidas en la sociedad de Madrid, por lo
cual el libro será objeto de gran curiosidad y de
numerosos comentarios».
Desde Pequeñeces, se me figura
que al público se le ha abierto el apetito. Fue Pequeñeces (tendrán que reconocerlo los más adversos al
Padre Coloma) plato tan sabroso, que trabajo le mando al
cocinero que sazone otro mejor. ¿Qué especias emplear?
¿Qué salsa componer? No vale cargar la mano en la
guindilla, que no por eso saldrá el carrick más
en punto. Pequeñeces, a la verdad, y es justo decirlo,
alborotó sin recurrir a tratar de aberraciones, perversiones
y demoniuras con que hoy las letras van familiarizándose.
Por ley natural de la escala de sensaciones, se piden nuevos
estímulos; vibra irritada la curiosidad, y la musa
ceñida de negras espinas, la de la sátira social,
que levanta ampollas como puños, aguarda su hora.
A todo novelista que por exigencias del asunto tiene que
situar la acción en altas esferas o sacar a plaza
tipos más o menos semejantes a los que por ahí
bullen, se le pregunta con ahínco: «-¿Nos trae usted
la continuación de Pequeñeces? Eso sí
que nos encantaría. Agotaríamos la edición...».
Reconozco que en la sátira social pueden hacerse
maravillas. Remontémonos: ¿quién ignora que
Dante, en la Divina Comedia, saca al sol los trapitos de
sus contemporáneos y conciudadanos, sin omitir lo
gravísimo (recuérdese su conferencia en el
infierno con Brunetto Latini)? Los profetas de Israel, que
iban clamando contra las iniquidades de su época,
sin respetar ni a las testas coronadas, ¿qué fueron,
descontada su sacra misión, sino satíricos
andantes? La antigüedad, más realista cien veces
que nosotros, no concibió el drama con personajes
inventados; y los dramaturgos griegos fundaron su teatro
en sucedidos históricos y en interioridades regias.
En la Odisea, y aún en la Iliada, hizo algo semejante
Homero; Shakespeare (siguiendo las huellas de Sófocles
y Eurípides), en sus dramas históricos dramatizó
sucesos casi actuales y retrató a los reyes, reinas
y magnates con relieve cruel. Creo que basta de ilustres
ejemplos, y que no será desdeñar el género
si declaro que no pertenece a él La Quimera, ni fustiga,
palabreja tan en uso, a nadie, ni verosímilmente provocará,
siquiera por ese concepto, comentario ninguno.
Si se me
permite una breve digresión, antes de indicar, por
mi gusto y no porque interese, qué idea desenvuelvo
en La Quimera, observaré que quizás no se ha
definido claramente la sátira social, y solemos confundirla
con la sátira de clase y la personal. Sátira
social es aquella que, en los vicios y faltas de las clases
o de los individuos, sorprende los síntomas de decadencia
y descomposición de la sociedad entera y se adelanta
a la Historia: tales fueron algunas de Quevedo (no todas,
ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde resuena
el toque de agonía del Imperio romano. Sátira
de clase es la que ve sólo en el conjunto un factor,
y a él endereza sus tiros. Así, Álvaro
Pelagio lamentaba especialmente los pecados y desmanes de
la clerecía. La sátira personal amontona, sobre
pocos o sobre uno solo, las culpas de todos; es, de fijo,
la más apasionada y sañuda, y, como ejemplo,
citaré el Paralelo de Villergas entre Espartero y
Narváez. Para ser víctima de esta última
clase de sátira, es preciso descollar.
Pequeñeces,
aún cuando dejase entrever fisonomías que,
no obstante las protestas del autor, parecieron conocidas,
tenía alcance de sátira social: censuraba un
estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás
novelistas españoles se han limitado a la sátira
de clase (aunque haya en Galdós no poco de sátira
verdaderamente social difusa). Y al escribir la sátira
de clase (de la aristocrática, única que como
clase ha sido satirizada en la novela), frecuentemente confunden
a «la aristocracia» con «la buena sociedad», que no será
todo lo contrario, pero tampoco es lo mismo.
Circunscrita
la sátira al Madrid de los salones, deja de ser de
clase y es, a lo sumo, de círculo o cotarro, degenerando
en personal infaliblemente. Sin embargo, yo no he solido
ver, en las novelas satíricas, esas semejanzas parlantes
con Zutano o Mengano; y más bien sentí extrañeza
al reconocer el corto tributo pagado a una realidad, ni difícil
de observar, ni pobre en colores y formas sugestivas. Y discurriendo
acerca de este efecto, doy en creer que la intención
de la sátira estorba el paso a la verdad, como la
caricatura al parecido, y que para pintar lo que fuere, altas,
medianas o bajas clases o individuos, es de rigor atenerse
a la verdad sencilla (no a la verdad nimia), y entrar en
la tarea con ánimo desapasionado. Sobre todas las
cosas deberá evitar el novelista el propósito
de adular la maligna curiosidad y la concupiscencia de los
lectores.
Viniendo a La Quimera, en ella quise estudiar
un aspecto del alma contemporánea, una forma de nuestro
malestar, el alta aspiración, que se diferencia de
la ambición antigua (por más que tenga precedentes
en psicologías definidas por la Historia). La ambición
propiamente dicha era más concreta y positiva en su
objeto que esta dolorosa inquietud, en la cual domina exaltado
idealismo. Es enfermedad noble, y una de las que mejor patentizan
nuestra superioridad de origen, acreditando las profundas
verdades de la teología, el dogma de la caída
y la significación del terrible árbol y su
fruto. El mal de aspirar lo he representado en un artista
que no me atrevo a llamar genial, porque no hubo tiempo de
que desenvolviese sus aptitudes, si es que en tanto grado
las poseía; pero en cuya organización sensible,
afinada quizá por los gérmenes del padecimiento
que le malogró la aspiración, revestía
caracteres de extraña vehemencia. Ignoro lo que el
desgraciado joven hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que
le agitaba y enloquecía, cómo se dejaba arrastrar
palpitante en las garras de la Quimera; y la batalla entre
su aspiración y las fatalidades de la necesidad me
pareció tanto más dramática, cuanto
que, para un artista en quien la Quimera no tuviese fijos
sus glaucos ojos, la situación de halagado retratista
de damas hubiese sido gratísima y provechosa. El rapín
bohemio, soplándose los dedos en su solitaria buhardilla,
no me importa tanto como este otro bohemio rápidamente
puesto de moda y celebrado, invitado a las casas de más
tono, envuelto en sedas y encajes, asfixiado de perfumes,
pero agonizando de nostalgia, despreciándose y acusándose
de traición al ideal, y resignándose a la suerte
y a la caricia de los poderosos, sólo porque esperaba
que le proporcionasen manera de encaminarse a la cima ruda,
inaccesible, donde ese ideal se oculta. No de otro modo,
el soldado en vísperas de combate huye de los brazos
amantes para incorporarse a su bandera.
Mientras notaba
día por día la curva térmica de la fiebre
de aspiración en Silvio Lago; mientras obsesionaba
mi imaginación La Quimera, la veía apoderada
de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental (como
en Clara Ayamonte,) ya imponiéndose a las colectividades
en el anhelo de una sociedad nueva, exenta de dolor y pletórica
de justicia; y conocí que el deseo está desencadenado,
que la conformidad ha desaparecido, que los espíritus
queman aprisa la nutrición y contraen la tisis del
alma, y que ese daño sólo tendría un
remedio: trasladar la aspiración a regiones y objetos
que colmasen su medida.
Por la índole del trabajo
a que Silvio Lago se dedicó, su medio social fue en
efecto prontamente el más smart, y no negaré
que su vida se prestaría a un picantísimo estudio
de costumbres elegantes. A mí me atrajo en primer
término el drama interior de su ensueño artístico;
y por eso, lejos de sujetarme a la menuda realidad, no la
he respetado supersticiosamente, adaptando lo externo a lo
interno, procedimiento de todos los que pretenden reflejar
la vida moral. No sería fácil aplicar nombres
propios a los personajes de La Quimera, en el sentido que
los curiosos exigen; y si asoman caras conocidas, se las
ve tan normales y sonrientes como en visita o en el teatro;
así las pintaba Silvio.
De la contemplación
del destino de Silvio he sacado involuntariamente consecuencias
religiosas, hasta místicas, que sin mezquinos respectos
humanos vierto en el papel. No me complacen las novelas con
fines de apología o propaganda; pero cuando, sin premeditación,
se incorpora a la obra literaria lo que no quiero llamar
convicciones ni principios, porque son vocablos intelectuales
y militantes, sino sentires y llamamientos; si bajo la ficción
novelesca palpita algún problema superior a los efímeros
eventos que tejen el relato; si un instante el soplo divino
nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿No es esto
tan verdad como las funciones del organismo?
EMILIA PARDO
BAZÁN
Sinfonía
  La muerte de la quimera
(Tragicomedia en dos actos, para marionetas)
PERSONAJES
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| BELEROFONTE,
hijo de Glauco, rey de Corinto, 30 años. |
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| YOBATES,
rey de Licia, 60 años. |
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| UN RAPSODA,
40 años.
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| UN PASTOR,
20 años. |
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| LA INFANTA CASANDRA,
hija de
Yobates, 19 años. |
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| MINERVA,
diosa de la Razón. |
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LA QUIMERA,
monstruo. (No habla.) |
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  Acto I
El teatro representa una sala baja del palacio de YOBATES.
Al través de la columnata se ven los jardines.
Escena I
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CASANDRA, EL RAPSODA.
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CASANDRA.-
Bienvenido.
A ver si con tus canciones me distraes un momento. Estoy
enferma de pasión de ánimo. Dicen que soy feliz...
Nada me falta: tengo mis ruecas de marfil cargadas de lino
finísimo; mis arcas de cedro, llenas de túnicas
bordadas y de velos sutiles; los árboles del huerto
me dan frutos en sazón; las vacas, densa y pura leche...
y yo, ni hilo, ni me adorno, ni gusto las manzanas, ni voy
al establo... Oprímese mi corazón; y cuando
la pálida Selene cruza en su esquife de plata, y la
brisa de primavera arranca perfumes a los nardos, siento
que desearía morir, disolviendo mi alma en lo infinito.
|
EL RAPSODA.-
Tu estado, Infanta, es igual al de todas las
doncellas y los mozos de este reino, desde que vivimos bajo
el terror de la Quimera, cuyo aliento de llama engendra la
fiebre y el frenesí. El monstruo, a quien nadie se
atreve, se habrá aproximado a los jardines de tu palacio,
rondando tus establos o buscando quizás presa más
noble, y te ha inficionado con ese veneno de melancolía
y de aspiraciones insanas. ¿Cuándo un héroe,
un nuevo Teseo, nos libertará de la Quimera maldita?
|
CASANDRA.-
Te aseguro que yo no tengo miedo a la Quimera.
Al contrario, me agradaría verla y sentir su inflamada
respiración.
|
EL RAPSODA.-
Ahí está
el mal. La Quimera no es odiosa como el Minotauro. El ansia
del misterio de su forma te consume. ¡Ah, princesa! Olvídala
si quieres vivir. ¿Permitirás que, inmóvil
ante ti como ante el altar de las divinidades, te recite
una epoda?
|
CASANDRA.-
¿Una epoda? No.
|
EL RAPSODA.-
¿Un
sacro peán? ¿Un alegre ditirambo?
|
CASANDRA.-
Tampoco.
¿Por qué no me recitas la historia de Calice?
|
EL
RAPSODA.-
Porque acrecentará tu pasión de ánimo.
|
CASANDRA.-
Mejor. No quiero estar triste a medias, ni a
medias regocijarme. Deseo ahondar en mí misma y rasgar
el velo de mi santuario. Recita, recita esa historia de amor
y lágrimas.
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EL RAPSODA.-
(Recitando.)
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Venus cruel,
divina y vencedora,
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mira a Calice, la infeliz doncella. |
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Fue su delito amar: y el insensible |
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a quien amó,
la despreció riendo.
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Ante tus aras, Madre de la vida, |
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Calice se postró: tórtolas nuevas |
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y corderillos
tiernos ofrecióte.
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Nada logró: que tú
también, oh blanca,
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pisas el corazón con pie
de hierro.
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Y Calice, una tarde (cuando Apolo |
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su disco de
oro y luz sobre las aguas
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reclina para hundirse lentamente), |
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sola avanzó hasta el seno misterioso |
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del azulado
piélago dormido.
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Abriéronse las ondas, y tragaron |
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el cuerpo de la virgen. ¡Oh doncellas |
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de Licia! ¡Traed
rosas! ¡Traed rosas!
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No lloréis, que Calice ya no
sufre.
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CASANDRA.-
Gracias, rapsoda. Me has hecho mucho bien:
estoy ahora triste del todo, y mi alma es como estancia bañada
por la luna. Mas, ¿quién llega por el jardín?
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EL RAPSODA.-
Un extranjero, Infanta.
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CASANDRA.-
Ve y dile
que pase, que en este palacio se ejerce la hospitalidad.
|
Escena II
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BELEROFONTE, CASANDRA.
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CASANDRA.-
Extranjero
semejante a los dioses, ¿qué buscas aquí? Pero
antes de explicármelo, descansa y repara tus fuerzas.
|
BELEROFONTE.-
Tu vista es al caminante fatigado mejor que
el baño y el alimento sabroso. Vengo, Infanta, de
la corte del rey Preto, esposo de tu hermana Antea, tan igual
a ti en el rostro y en la voz, que me parece verla y escucharla.
|
CASANDRA.-
Nos asemejábamos tanto, que cuando su
esposo se presentó para llevarla al ara, yo, por chanza,
me envolví en el velo nupcial, y los propios ojos
del enamorado me confundieron con ella. Mas, ¿quién
eres tú? ¿No serás el divino Apolo, que disfrazado
baja a correr aventuras entre los mortales?
|
BELEROFONTE.-
Mortal soy, Infanta, y muy desdichado: la cólera de
los inmortales me empuja lejos de mi reino y de mi patria.
Mi noble padre es Glauco, rey de Corinto, gran jinete y domador;
heredero soy de una corona, y vago por el mundo sin tener
dónde recostar la cabeza.
|
CASANDRA.-
La compasión,
como un cuchillo que hiere sin lastimar, me atraviesa las
entrañas. Tus males ya son míos. Extranjero,
aquí encontrarás asilo y defensa hasta que
la mala suerte se canse de perseguirte.
|
BELEROFONTE.-
No
se cansa. Como loba rabiosa, va tras de mí en las
tinieblas. Pero aproxímate, y espantaré el
dolor de la memoria. Pena olvidada es sombra sin cuerpo.
Traigo para tu noble padre un mensaje de Preto, y quisiera
entregárselo.
|
CASANDRA.-
Ya se acerca.
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Escena III
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Dichos, YOBATES.
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YOBATES.-
¿Conoces tú a este extranjero,
Casandra?
|
CASANDRA.-
Hijo es de Glauco. Viene de la corte
de Antea, y te trae letras de Preto.
|
YOBATES.-
Salud a ti.
¿Dónde está el mensaje?
|
BELEROFONTE.-
Recíbelo.
(Le entrega las tabletas unidas.) Me ha encargado que lo
abras a solas. Sin duda encierra altos secretos.
|
YOBATES.-
Cumpliré el encargo. ¿Qué hacías tú
en el palacio de mi yerno? ¿Por qué no te quedaste
al lado de tu padre, aprendiendo a sujetar corceles sin freno
ni brida?
|
BELEROFONTE.-
Rey de Licia, no ignoro las hazañas
de mi padre. Probé a imitarlas en mi primera juventud,
y me las hube con un corcel que no nació en la tierra.
Dos alas blancas y luminosas arrancan de su lomo; sus fosas
nasales destellan rayos de claridad y despiden vaho de ambrosía;
está loco de ansia de libertad, y no hay ave que así
cruce el azul espacio. No sufre ancas, ni jinete, ni palafranero.
Con sólo agitar sus vibrantes alas, despide al atrevido
que intente cabalgarle. Ansioso yo de gloria, un día
trepé a la sierra en que pace el divino caballo. Hay
en lo más inaccesible de las montañas, donde
la nieve cubre los picos, valles diminutos que riega el deshielo,
que el calor reconcentrado fecundiza, y en que una hierba
virgen, jamás hollada, crece con frescuras de flor.
Allí, lejos de la bajeza humana, gusta de retozar
Pegaso. Oculto detrás de una peña, esperé
a que se hartase del pasto delicioso; y cuando estuvo ahíto,
por sorpresa le eché a la cerviz pesada cadena, y,
asido a ella, cabalgué. Furioso el corcel, relinchando
de ira, coceaba y se encabritaba; apretaba yo los muslos;
mis manos se agarraban a las alas, paralizándolas;
mis talones le hincaban el doble aguijón en el ijar.
Por momentos creí ser lanzado al precipicio; pero
ya dos hilos de sangre rayaban el bruñido flanco del
corcel, y, trémulo, espumante, sudoroso, tuvo que
darse por vencido y domado. Entonces ofrecí el Pegaso
a mi protectora Minerva. Dos veces ha intentado quitárselo
Apolo, envidioso de tan inestimable don.
|
CASANDRA.-
Padre,
la clemencia de los inmortales nos ha traído a nuestro
hogar un héroe.
|
YOBATES.-
¡Un héroe! ¡Sea
cien veces bienvenido! Y dime, extranjero igual a Marte,
¿no has encontrado en tu camino al monstruo que nos tiene
atemorizados? ¿No has visto a la Quimera?
|
BELEROFONTE.-
Me han hablado de ella los pastores en las majadas y los
enfermos expuestos al borde del camino. Cerca del templo
de Haifestos he sentido su resuello ardiente en la espalda.
Me volví, y nadie había.
|
YOBATES.-
¿Por qué
dejaste el palacio de tu padre? Ahora me acuerdo de haber
oído referir una historia... ¿No fuiste tú
quien sin querer atravesó con un dardo el corazón
de tu hermano Belero?
|
BELEROFONTE.-
Pues es preciso decirlo,
sí: yo fui ese desventurado. Los dioses, oh Rey, nos
tejen la tela del existir; suponemos que caminamos, y es
que invisibles manos nos impulsan. En la Acrópolis
de Corinto hemos elevado un templo a la Fatalidad. La diosa
tiene los brazos de plomo, las manos de bronce, y en una
lleva el martillo y en otra los clavos de diamante que fijan
nuestro destino. Nuestras culpas involuntarias nos pesan
como voluntarias: Edipo, sin delito en la voluntad, vagó
ciego y perseguido por las furias; yo vago expatriado y sin
familia.
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YOBATES.-
En el umbral de mi puerta la Fatalidad
se detiene. Te haremos grata la vida. ¿No es cierto, Casandra?
|
CASANDRA.-
Hilaré para tus ropas, y te daré
miel de mis colmenas.
|
YOBATES.-
Ahora, refrigérate
y descansa. En esa estancia hay una pila de mármol,
agua clara, aceite perfumado para ungirte, túnica
y sandalias para mudarte, mientras se prepara el festín.
Salve, Belerofonte, mi huésped.
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(Sale BELEROFONTE
por una puerta lateral.)
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Escena IV
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Dichos, menos BELEROFONTE.
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YOBATES.-
Ya que se ha retirado, descifraré el mensaje
de Preto.
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CASANDRA.-
Te dirá que honres a Belerofonte
como al propio Apolo.
|
YOBATES.-
Eso será. Veamos.
(Abre las tabletas; una pausa, en que descifra.) ¡Dioses!
¿Qué acabo de leer? ¡Desgracia, afrenta sobre nosotros!
¡Maldición al hijo de Glauco!
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CASANDRA.-
(Le arranca
las tabletas y descifra.) «Belerofonte el fratricida ha deshonrado
a tu hija y mi esposa Antea. Arbitra medio de darle segura
muerte apenas llegue a tu palacio». ¡Ah! (Cae desvanecida.
YOBATES la sostiene y la saca afuera por otra puerta lateral,
frontera a la que acaba de cruzar BELEROFONTE.)
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Escena
V
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BELEROFONTE, YOBATES.
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BELEROFONTE.-
He oído
un grito... Era la voz de tu hija... ¿Corre algún
peligro Casandra?
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YOBATES.-
Ninguno. Grita de terror porque
imagina ver llegar a la Quimera. Es preciso que tú
seas el héroe encargado de exterminarla.
|
BELEROFONTE.-
La exterminaré, si me concedes llamarme esposo de
tu hija.
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YOBATES.-
Después de que hayas vencido a
la Quimera, puedo prometértelo todo.
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  Acto II
Los jardines del palacio de YOBATES. Una estatua de Eros.
Escena I
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CASANDRA, BELEROFONTE. Viste aún el
traje de viajero.
|
CASANDRA.-
¿Nadie nos ha seguido? ¿Nadie
nos espía?
|
BELEROFONTE.-
Nadie. Rumor de hojas agitadas
por el viento de la noche es lo que escuchas, amor mío,
y sombras movedizas de ramas es lo que tomas por cuerpos
de perseguidores.
|
CASANDRA.-
Tengo miedo, miedo delicioso.
|
BELEROFONTE.-
Acércate a mí. No tiembles.
Aquí hablaremos libremente. ¿Qué es lo que
tanto ansías decirme?
|
CASANDRA.-
Casi no lo recuerdo.
Antes de verte componía mil discursos para recitártelos;
y ahora que estoy a tu lado, ni una sola frase se me ocurre.
Sin embargo, algo grave... (Dando un grito.) ¡Ah! Sí,
¡ya sé, ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de
este palacio! Mi padre tiene encargo de darte muerte.
|
BELEROFONTE.-
¿Encargo? ¿A mí?
|
CASANDRA.-
Las tabletas que trajiste
contenían un mensaje de Preto... ¿Comprendes? (Pausa,
BELEROFONTE guarda silencio.) ¡Veo que comprendes! (Con horror.) ¿Era cierto?
|
BELEROFONTE.-
Sí, Casandra. No he de
mentir; cierto era.
|
CASANDRA.-
¡Mi hermana!
|
BELEROFONTE.-
Te amé en ella antes de amarte en ti misma. Es tan
hermosa como tú, pero tú, piadosa virgen, por
dentro eres blanca como el vellón de las ovejas de
tu aprisco; a ti, no a ella, aspiraba mi espíritu,
ansioso de algo muy grande. La propuse que siguiese mi errante
destino y rehusó: no quería dejar el palacio
donde es reina, el lecho de marfil, las ricas estancias con
artesonados de cedro. No me quería.
|
CASANDRA.-
Yo
iré adonde tú vayas, y pisaré tu huella
con los pies descalzos. Si esposa, esposa; si amante, amante;
si esclava, esclava. La helada Escitia y la Libia ardorosa,
infestada de áspides, me son iguales contigo. Descender
al reino de las sombras reunidos, ¡qué alegría!
Tu vista fue para mí como filtro de maga. Quisiera
bajar a lo más secreto de tu espíritu, como
bajan al fondo del Océano los buzos para traerme las
perlas de mis collares.
|
BELEROFONTE.-
Baja, y sólo
encontrarás tu imagen celeste. Casandra, mañana
a esta misma hora huiremos de aquí juntos.
|
CASANDRA.-
¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. ¿No ves que quieren
hacerte morir? Pronto, pronto. Conozco el camino hasta la
selva: he ido allí con mis rebaños. Te guiaré.
|
BELEROFONTE.-
Antes de arrebatarte de aquí como el
milano a la paloma, tengo que cumplir mi destino heroico:
tengo que vencer y exterminar a la Quimera.
|
CASANDRA.-
¡A
la Quimera! ¿Pero no ves que ése es el medio que han
elegido para enviarte al reino de las sombras? Nadie vencerá
al monstruo. Hace pedazos a quien se aproxima. No irás:
te sujetaré con mis brazos.
|
BELEROFONTE.-
Iré
y la venceré. Presiento que la sombría Diosa
que me guía, la más poderosa de todas, la Fatalidad,
cuyo templo se eleva frente al palacio de mi padre, ha decretado
que yo extermine al endriago. La sola idea del peligro y
del horrendo combate, la perspectiva del momento en que hundiré
mi espada hasta el puño en el escamoso pecho de la
Quimera, mientras sus garras de acero pugnarán por
clavarse en mi cuerpo y resbalarán sobre la tersura
de la coraza, ¡ah! estremece mi corazón de gozo y
de locura, como a la virgen el abrazo del esposo. Casandra,
Casandra mía, ¿de qué nos sirve haber sido
concebidos en el vientre de nuestras madres y haber visto
la luz de Apolo y gustado el tuétano y el añejo
vino, si hemos de vivir en cobarde oscuridad? Antes morir
joven, espiga segada verde aún, que envejecer en miserable
inacción. Déjame ir a la Quimera. La adoro
con rabia: ¡de otro modo que a ti, ¡pero también,
también la adoro!
|
CASANDRA.-
Yo siento igualmente
una especie de atracción extraña por el monstruo.
Quisiera conocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde que
apareció por estos contornos, mi padre no me permite
salir al aprisco ni visitar los establos. Teme que encuentre
al monstruo y sufra la suerte de otras doncellas, que arrastró
a su cueva para devorarlas. Y yo, sin pavor, anhelo verla:
mis ojos tienen sed de ella, como tienen sed de ti.
|
BELEROFONTE.-
Muerta te la traeré y a tus pies arrojaré sus
despojos. Y mañana, a esta hora...
|
CASANDRA.-
¡Juntos!
|
BELEROFONTE.-
Para siempre.
|
CASANDRA.-
¡A pesar de todos!
|
BELEROFONTE.-
De todos y de todo.
|
CASANDRA.-
De aquí
a mañana, ¡cuánto tiempo!
|
BELEROFONTE.-
Acortémoslo.
No me separo de ti hasta que amanezca.
|
CASANDRA.-
De aquí
al amanecer, ¡qué corto plazo!
|
BELEROFONTE.-
Ya declina
la luna.
|
CASANDRA.-
Y el aroma del nardo es menos penetrante.
|
BELEROFONTE.-
Todavía embriaga.
|
CASANDRA.-
Desfallece
con él mi espíritu.
|
BELEROFONTE.-
¡Qué
silencio tan dulce!
|
CASANDRA.-
Oigo los latidos de tu corazón.
|
BELEROFONTE.-
No; es el tuyo.
|
|
|
|
(Mutación -Sitio solitario
y salvaje, donde se ve la entrada de la cueva de la QUIMERA.)
|
Escena II
|
|
|
|
CASANDRA, MINERVA.
|
CASANDRA.-
Aquí
debe de ser. Veo la boca del antro. Escondida detrás
de aquellos peñascales asistiré al combate;
y si mi amado perece, saldré a entregarme al monstruo
para que me haga pedazos también.
|
MINERVA.-
¿Cómo
en este paraje hórrido, Infanta de Licia? ¿Cómo
has abandonado tus estancias atestadas de riquezas, tus jardines
deleitosos, donde músicos y rapsodas, juglares y acróbatas,
porfían en inventar canciones y juegos con que entretenerte?
¿Ignoras cuánto valen la paz y el honor de que disfrutas?
¿No piensas en la aflicción de tu padre, si la Quimera
te destroza? Vuélvete.
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CASANDRA.-
¿Quién eres
para hablarme así?
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MINERVA.-
Un numen.
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CASANDRA.-
No me suena tu voz cual suena la de los númenes y
los oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre
prudencia y de la senil sabiduría. Los númenes
deben alentarnos, cuando un generoso arranque nos alza del
suelo. Quizás entonces nos parecemos a los númenes.
¡Númenes somos quizás!
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MINERVA.-
¡Insensata!
¡Nadie me ha desdeñado que no se haya arrepentido!
Otro consejo, y desóyelo si quieres. La Quimera va
a salir de su guarida...
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CASANDRA.-
Sí; percibo el
sofocante calor de su resuello.
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MINERVA.-
Olfatea la presa.
Apártate, huye: la atrae tu presencia.
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CASANDRA.-
¿La tuya no?
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MINERVA.-
No. Para ella soy invulnerable.
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(Salen CASANDRA y MINERVA.)
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Escena III
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BELEROFONTE armado
con coraza, espada y escudo, un PASTOR.
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PASTOR.-
Estamos
en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada. Te he guiado
bien; ahora déjame volver a mi aprisco. Me tiemblan
las rodillas, y un sudor helado corre por mi frente. Yo no
soy héroe, sino pobre pastor.
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BELEROFONTE.-
No temas,
quédate sin miedo. La Quimera va a perecer. Verás
su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha?
De pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.
|
PASTOR.-
Cuando la Infanta Casandra venía al aprisco, y con
sus propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba
haber conquistado un reino, para que no se burlase de mí
y no me abofetease si la cogía por la cintura. Por
temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá
si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes
que tú, pelearé.
|
BELEROFONTE.-
A tus rebaños,
pastor. No son para ti estas empresas. Déjame solo.
¿No oyes un ronquido extraño? ¿no percibes tufaradas
de boca de horno?
|
PASTOR.-
¡La Quimera se revuelve en su
antro! Mi vista se nubla, mis dientes castañetean...
(Huye despavorido.)
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Escena IV
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BELEROFONTE, MINERVA.
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MINERVA.-
Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino.
Libra a la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas
y me impide hacer la dicha de la humanidad, apagando su imaginación,
curando su locura y afirmando su razón, siempre vacilante.
Muerta la Quimera, empieza mi reinado. Invisible estaré
cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga encima, no busques
su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez
por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.
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Escena V
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BELEROFONTE, después la QUIMERA.
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BELEROFONTE.-
Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente cerca
el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi
sangre se incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se oscurece...
¡Ah!
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(La QUIMERA se arroja sobre BELEROFONTE, que vacila,
pero se rehace, e introduce la espada por la boca del monstruo.
Lucha breve. La QUIMERA exhala un rugido pavoroso, de agonía.)
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BELEROFONTE.-
¡La espada se
derrite al ardor del hálito de la Quimera! ¡El metal
quema sus entrañas!
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(Cae la QUIMERA, expirante. Se
retuerce y queda inmóvil.)
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Escena VI
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BELEROFONTE,
MINERVA, CASANDRA.
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BELEROFONTE.-
¿Por qué he luchado
con ella? ¿Por qué la he matado? He corrido un riesgo
espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido a mí
en tal empresa?
|
CASANDRA.-
¿Por qué estoy aquí?
¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi palacio magnífico,
mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de
cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra
me han lastimado las plantas. ¡Cómo me duelen!
|
BELEROFONTE.-
Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente, a
traición. ¡No seré yo quien vuelva allá!
Desde aquí mismo me pongo en salvo. (Vase por la izquierda
sin mirar a CASANDRA.)
|
CASANDRA.-
Ea, yo regreso a mis jardines.
Allí me lavarán los pies y me servirán
leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre. ¿Estaría
loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el
carro, cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan
de una parte a otra tan velozmente? En fin, no habrá
más remedio que andar a pie. ¡Es divertido! (Vase
por la derecha.)
|
MINERVA.-
(Ya sola.) ¡Gloria al héroe!
¡La Quimera ha muerto!
|
  - I -
Alborada
Los últimos tules desgarrados de la niebla
habían sido barridos por el sol: era de cristal la
mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto de
la ría al través del follaje ya escaso de la
arboleda. En los linderos, en la hierba tachonada de flores
menudas, resaltaba aún la malla refulgente del rocío.
El seno arealense, inmenso, color de turquesa a tales horas,
ondeaba imperceptiblemente, estremecido al retozo del aire.
La playa se extendía lisa, rubia, polvillada de partículas
brilladoras, cuadriculada a techos por la telaraña
sombría de las redes puestas a secar, y festoneada
al borde por maraña ligera de algas. A la parte de
tierra la limitaba el parapeto granítico del muelle,
conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.
Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba
del ronzal a un caballejo del país, peludo y flaco,
a fin de bañarlo cuando el agua está bien fría
y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al oír
que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba
corriendo desde el repecho de la carretera de Brigos hasta
los peñascales, término del playal.
-¡Rapaz!
¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?
-Venga
conmigo, se la enseñaré -contestó en
dialecto el muchacho, tirando del ronzal del jaco y volteando
hacia al caserío en dirección a la plaza-.
Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas, guió
al forastero hasta la panadería, situada frente a
la iglesia parroquial. La puerta del humilde establecimiento
estaba abierta. El forastero echó mano al bolsillo
y dio una peseta a su guía, que se quedó atónito
de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso
quizá de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el
forastero entraba en la panadería sin acordarse más
de él, besó la peseta arrebatadamente, la escondió
en el seno y partió disparado.
La tienda del panadero,
estrecha, comunicaba con la cocina y el horno; éste,
con un salido a la corraliza. En la tienda no encontró
el forastero a nadie. Un olor vivo y sano a cocedura, a pan
nuevo, le alborotó violentamente el apetito. Una mujer
todavía joven, sofocada y arremangada de brazos, se
le presentó, saludándole con un «felices días
nos dé Dios».
-Muy felices, señora... ¿Está
Rosendo?
-¿Que le quería? -Soy su primo Silvio,
el que ha venido de Buenos Aires -contestó el forastero-.
Quería... nada; verle.
-¡Ay, Jesús!... Siéntese...
Haga el favor de aguardar un instantito.
Y, exagerado por
la emoción el acento cantarín y mimoso de la
tierra, gritó, metiéndose adentro:
-Sendo...
¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!
Apareció el
panadero, sudoroso, empolvado de harina -y no dijera nadie,
al pronto, sino que era el propio Silvio, o un hermano gemelo.
La misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de
menudo bigote dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo
alborotado, sedoso, rubio ceniza. Mirándoles más
despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras
de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo
diferente: opuestísima. Sendo, al reconocer a Silvio,
se había parado, receloso de lo desconocido; Silvio
avanzaba con los brazos abiertos.
-Y luego... ¿Tú
por aquí?... -murmuró el panadero con retraimiento
y precaución.
Silvio comprendió. Su sensibilidad
sufrió un arañazo leve. ¡Pobre primo! ¡Temía
que viniesen a explotarle! Se apresuró a situarse
en terreno despejado.
-Sí, hombre... Vengo de Brigos,
de casa de Moleque. Voy a Alborada...
-Vamos, ¿a las Torres?
-asintió Sendo, tranquilizándose, con entonación
respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba a las
Torres...
-Y como no quiero llegar allí sin haber
almorzado, me daréis una taza del caldo, ¿eh? y un
poco de torta fresca. Vengo a pie: estoy cansado. Toma -añadió
precipitadamente- esto lo compré en América
para tu chiquilla mayor. ¿Dónde anda?
Era un dije
de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera
exhaló un suspiro de admiración y placer.
-Están ella y los hermanos en el arenal a se divertir,
los pobriños. Mientras se cuece hay que espantarlos
de aquí, que no dejan trabajar a uno. Sólo
tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo
traigo?
-No -replicó Silvio-. Antes de irme los veré.
-A ver luego el caldo, mujer -ordenó Sendo imperiosamente.
Salió la frescachona a trastear por la cocina, y
sentáronse los dos primos en la tienda, en sillas
de paja desventradas y sucias. Hablaron. Cada tres minutos
les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete
de a libra o una rosca de trenza. Levantábase el panadero
a despachar y cobrar, y era lento en retraer el coloquio
adonde lo cortaban; no obstante, con habilidad y sorna aldeana,
al fin lo retraía. ¿Qué tal le había
ido a Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero
se gana? ¿Traería, de seguro, un capitalito?
-No...
-y Silvio reía-. ¡Aquí os figuráis que
allá llueven billetes de Banco! Allá también
hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer fortuna.
Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto
del primo, añadió prontamente, con algo de
nerviosidad:
-Al principio... ¡pch! me fue muy mal. Ahora
ya ganaba para vivir. No pido limosna. ¿Dices que al segundo
hijo le pusisteis mi nombre? Ahí tienes para comprarle
dulces...
Tendió un billete de última fila,
de a veinticinco. El panadero, radiante, después de
varios «no te molestes» lo recogió. Así como
así, él iba a dar de almorzar a Silvio, ¡a
obsequiar también! En una vuelta, se acercó
a la cocina, y por lo bajo:
-María Pepa, mujer, si
hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas. Traerás
un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?
Serían
las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en
la mesa de la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso
la fuente de barro llena de sardinas asadas, plateadas y
negruzcas, Silvio sintió que se le henchía
de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por
privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos
antojos de golosina, como los niños y los enfermos,
y le encaprichaban especialmente los platos ordinarios, los
sencillos condumios regionales. Se arrojó a las sardinas;
ayudadas por la torta caliente, sabíanle a pura gloria.
El vinillo del país, acidulado, hacía un maridaje
delicioso con la carne blanca, salada a granel, de los peces.
María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo
devorar.
-Coma, coma, que le preste, ya que le gusta...
¡Mire qué afición le llevan, Jesús!
-Dile a tu mujer que me hable de tú, y que se siente
a almorzar con nosotros -suplicó Silvio.
-Tienes
cortedá -rió Sendo-. Como es la primera vez
que te ve, hombre... Ya almorzará ella luego, ende
acabando de servirnos...
-Pero yo no me conformo. Es un
favor que te pido. Que se siente. Anda, María Pepa;
cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?
-¿Y luego? ¿Quién me los ha criar? -exclamó
la frescachona.
-Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?
-Cuasimente, sí señor; uno cada año...
no siendo el año que estuvo mi esposo muy malísimo
de calenturas.
-¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada
o criando? -preguntó Silvio escanciando un vaso lleno
a María Pepa.
-¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito...
Los pobres...
-¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has
dado unas sardinas, María Pepa, que no las trocaría
yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo,
tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os
lleváis como ángeles; ¿no es cierto?
-¡Ay!
Eso sí, alabado Dios -respondió Sendo por su
mujer, la cual, avergonzada se sofocó más-.
Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo a reñir
tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces
tú -porfió suavemente, con la insidiosa blandura
del país-, ¿no traes de allá para vivir descuidado?
Si yo me fuese allá a amasar pan, algo traería;
puesto ya un hombre a pasar el charco, ¡caraina!
-Ya te
dije que no iba en busca de cuartos -replicó Silvio,
engolfado en una escudilla de caldo de berzas y patatas con
espeso de harina de maíz-. ¡Vaya un caldito! ¡Qué
antojo tenía de él, así como lo hace
María Pepa!
Sendo miraba a su primo, no atreviéndose
a preguntarle por qué se embarca un hombre cuando
no va en busca de cuartos.
-Algún día -sonrió
Silvio, a quien la beatitud del estómago alegraba
el pensamiento- puede ser que tenga cuartos de sobra aunque
no los busque. Entonces os pido a mi ahijado, ¿eh?, y me
lo dais, y lo educo y hago de él una persona.
-¿Y
tus hijos? Te casarás -objetó Sendo prudentemente.
-No me casaré. Sólo me casaría con
una como María Pepa, lo mismito. Una que sepa hacer
estos caldos -añadió.
-¡No se burle! -arrulló
cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una
criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo
después se desabrochaba el justillo y acercaba al
mamón a un seno gordo, tenso, de venas azuladas. Silvio,
ahíto, dilatado de bienestar, contemplaba el cuadro:
la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando a un
chicazo que pegaba manotadas a la teta y se volvía
curioso, con la boca untada de leche.
-¿Quién sabe
si ésta es la felicidad? -pensaba-. Al menos, es la
ley de naturaleza.
Así que su crío se puso
que no le cabía gota más, la madre, engreída
por la expresión de simpatía de los ojos de
Silvio, le llegó el pequeño a la cara mendigando
la alabanza y el beso. El pequeño olía a descuido
y a lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado
en su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás.
Instantáneamente se le desvaneció la ilusión
idílica, ese sueño que es el reverso de la
megalomanía; soñar con ser menos, recordando
la aspiración, espejismo de luchadores fatigados.
-¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino
de Alborada, para que me guíe? -articuló con
sequedad impaciente.
-El nuestro, el mayor, puede ir -ofreció
Sendo.
-No, no; prefiero otro. No va a volverse solo el
niño.
-Deja pasar la fuerza del sol, hombre. A tal
hora, en Alborada estarán almorzando.
A una revuelta
de la carretera empezó a emerger, de la ramazón
tupida del castañal, el alminar de las torres de Alborada.
Poco a poco, la mole del edificio entero: parecía
ascender, todo blanco, de piedra granítica; al mismo
tiempo olores finos, azucarosos, de flores cultivadas, avisaron
a los sentidos de Silvio. Llamó a la campana de la
verja y esperó, bañándose en un ambiente
saturado de esencia de magnolia. Tardaron bastante en abrirle:
los perros, a distancia, presos, ladraban tenazmente.
Cuando
entregó, para solicitar una entrevista con «la señora»,
la carta de presentación del doctor Moragas, notó
despechado un encogimiento que le enfriaba las manos y le
enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad recordaba
que en Marineda, antes de pensar en emigrar a la Argentina,
todavía adolescente, entre colegiales, había
dibujado una caricatura insultante de aquella mujer, en quien
deseaba ahora encontrar eficaz auxilio. Angustiado, volvió
a ver el mugriento pupitre del colegio, los trazos de lápiz
sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía
la caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre
compositora? ¿Si le recibiría con desdén o
con repulsa severísima?
La aprensión de Silvio
creció al dejarle solo el criado en una sala baja,
amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos
viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía
el piano, resguardado de la humedad por una manta de seda
rameada y entretelada. Los objetos ejercían sobre
Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el instrumento
confidente de la inspiración artística, le
impresionaron. Prestó oído: creía escuchar
pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió en sus adentros:
«Este es un momento muy solemne... Tal vez decide de mi porvenir...
Entran». Entraba, sí, un singularísimo perrillo,
ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo
a Silvio, le distrajo. El chucho parecía uno de esos
asiáticos monstruos de bronce que guardan las puertas
de los santuarios japoneses. La idea de tomar un apunte se
apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y
su diminuto álbum, cuando, al volverse, vio a una
dama que le saludaba y le ofrecía asiento.
La reconoció.
Apenas cambiada por los años transcurridos, era la
baronesa de Dumbría, madre de la compositora.
-Tal
vez sea difícil, al menos en algún tiempo,
que pueda usted retratar a mi hija -declaró, leída
la carta que servía de presentación a Silvio-.
Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además...
La verdad: tantos retratos la han hecho, y tan medianos todos...
que siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos
a ver... La diré... Aguarde usted aquí.
Se
alejó la baronesa. Silvio, entre tanto, descorazonado,
apuntó en dos de sus actitudes extrañas al
asiático monstruo. Al cuarto de hora, otra vez pasos,
y la baronesa expansiva, triunfante.
-Minia dice que aquí
dispone de algunos ratos libres, y que si usted tiene tanto
empeño y cree que eso le puede ser útil, por
su parte, con mucho gusto... Pero es aquí, fíjese
usted bien: en Madrid, Minia no tiene un instante... ¿A ver
ese dibujo? ¿Es Taikun?
-¿Es japonés, señora?
-preguntó a su vez Silvio, algo animado ya, respirando
mejor.
-Japonés... e inglés. Vino preñada
su madre a bordo; parió en Gibraltar... ¡Qué
gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!
El efímero
elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon
un poco sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.
-En ese caso, señora baronesa, ¿qué día
y a qué hora he de volver para la primera sesión?
No molestaré mucho; a falta de otro mérito,
tengo la mano ligera...
-¿Volver? Se quedará usted
aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes
a Marineda o a Brigos? ¡No faltaba más! Voy a disponer
que le preparen habitación. Las Torres son bastante
grandes... ¿Ha traído usted papel y lápices?
Caballete lo tenemos aquí.
-Proyectaba traerlo todo
mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y vuelva con
los trastos; ¿no le parece a usted?
-Nada de eso. ¿Tiene
usted el hormiguillo? Un propio a Brigos al instante. La
distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted a pie?
-Pondré
dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son
ustedes, a la hija de mi tutor, Lucía Moleque, a fin
de que entregue mi caja, mi blusa, los rollos de papel...
-Eso es- Que le envíen lo preciso. Venga usted por
aquí a mi escritorio... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere
refrescar? ¿Cerveza?
El corto día de otoño
expiraba cuando el propio regresó de Brigos. Hasta
las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó
el retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había
perdido la noche anterior. A la luz artificial, sobre la
maciza mesa de caoba de la sala había bocetado ligeramente,
a la pluma, la cabeza vigorosa, de incorrectas facciones,
de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones pueriles,
jugó con la figura de la compositora, de la cual se
estaba apoderando en una caricatura humorística y
respetuosa, de extraordinaria semejanza. Diseñó
también otra vez a Taikun, y a las once, cuando se
retiró a su cuarto, notó que se encontraba
en Alborada como si hubiese pasado allí la vida entera.
Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron
a la mesa, a la hora de almorzar. Era preciso graduar la
luz por medio de cortinajes; y al plantearse la cuestión
del traje, Minia contestó que no tenía en Alborada
ningún cuerpo escotado.
-Lo improvisaremos -añadió-.
De cualquier manera.
Sencillamente recogido el pelo, rodeados
los hombros de una nube de tul blanco sujeta con cintas anchas
color de mar, posó resignada la compositora. Suponía
que el retrato iba a salir desastroso.
Silvio disponía
febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego
de papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches.
La prolongada blusa de dril le daba semejanza con un obrero.
Guiñó las pupilas, frunció el ceño,
contrajo la frente, registrando en el modelo con avidez líneas
y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos
mucho más que de los lápices, principió
sin delinear, aplicando ligeras manchas. Dijérase
que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que nacía,
vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.
Minia no fijaba
la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del pintor.
Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que
encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque
de castaños, la espesura de pinos, las tierras de
labor segadas, todo tostado y realzado con oros rojos por
la mano artística del otoño, y a lo lejos el
trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo,
entraban una vez más por su retina en el alma, y la
adormecían con sorbos de beleño calmante. El
oleaje de notas musicales que en ella se agitaba, aplacábase
ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en
que Minia reposaba algo; no percibía la música
como tensión y esfuerzo de facultades, sino que la
sentía como un río fresco, como baño
de dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.
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El aire se serena...
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¡Oh desmayo dichoso! |
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¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido! |
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Llegó
a prescindir enteramente de que la retrataban, porque la
idea del retrato más bien era desagradable; de un
modo mecánico, conservaba sin embargo la pose. La
voz de Silvio la restituyó a la tierra.
-¡Qué
expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted
mirar un momento?
Ya la nebulosa iba concretándose.
Surgían la cabeza, los hombros blancos. Sonrió
la compositora...
-Veo que me hace usted favor. Lo apruebo.
Siempre hay que proceder así cuando se retratan mujeres.
Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó
Silvio, en un impulso de los que no sabía reprimir,
desatándose a hablar, emocionado, nervioso.
-¡Pues
si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de
seguro comprende... Yo hermoseo a cuantas pinto: a usted,
proporcionalmente, no la favorezco casi. Se me figura que
así la respeto más. ¡La doy a usted toda su
edad, su corpulencia, y su misma expresión, la misma!
Suavizo un poco las líneas.
-¡Falta hace! -interrumpió
Minia festivamente-. No sé qué alfarero me
amasaría la cara; escultor no pudo ser.
-¡Bah! ¡Las
líneas! -continuó Silvio-. Corregir líneas,
corregir tonos del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente
pálido y de las remolachas rosas... eso, cualquiera
sabe. Más difícil es infundir un alma en caras
que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza
del ensueño y del pensamiento en fisonomías
de modelos que están rabiando porque el vestido sienta
mal o porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos
siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico
y digno o muy amoroso? En cien casos, es que el retratista
presta al modelo el espíritu de que carece.
-Según
-respondió Minia, interesada por la teoría-.
Hay pintores muy realistas, por ejemplo, don Vicente López,
y un flamenco antiguo, Franz Hals, que retratan la naturaleza
animal y la expresión vulgar... ¡Y hacen prodigios...
Vaya!
Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo.
Sus labios palpitaron al nombre de los dos pintores.
-¡También
lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad!
¡No se ría usted de mí...; también yo
probaría a hacerlo! Eso es lo bueno, lo bueno: la
verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no necesitan
falsificar nada! A veces, señora...
-Mis amigos me
llaman Minia -advirtió ella benignamente, apiadada
por lo que ya iba adivinando.
-Mil gracias... Decía
que a veces leo en los periódicos que echan el guante
a un monedero falso, y me asombro de que no prendan a los
infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte.
¡Envidiable suerte la de usted! Contra la corriente de los
convencionalismos; desdeñando ataques y groserías,
escribió usted sus famosas Sinfonías campestres,
empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad.
Así han llegado a todas partes, por la verdad que
contienen. En Buenos Aires las oí tocar, las vi aplaudidas.
Como la necesito a usted, no digo más: creería
que soy un adulador...
Los ojos de Minia, pequeños,
durmientes, se llenaron un momento de infinito.
-¿Allí
las oyó usted?
-Todas... Y me conmovían mucho.
Usted y yo hemos nacido en el mismo pueblo, en Marineda.
Mientras no salí de él... experimentaba hacia
usted hostilidad. No sé por qué; sería
porque hablaban de usted continuamente... y yo era un niño,
y a esa edad no sobra la benevolencia. ¡Al contrario! Después,
cuando me vi tan lejos... la nombraban a usted, o a cualquier
persona o cosa de la tierra... y me entraba alegría.
-¿Quiere descansar un momento? Me va usted a contar eso;
su vocación, sus viajes.
-No, señora -negó
él en seco-. Perdone... Primero he de poner el retrato
a cierta altura.
-Como guste; usted es quien ha de dispensar
-respondió Minia en tono de cortés indiferencia.
-¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de
antes -suplicó Silvio, contrito, apurado como si le
acaeciese la mayor desventura.
-De eso sí que no
respondo... ¿Quién se acuerda de lo que producía
esa expresión? Intentaré pensar en lo mismo
que pensaba...
Volvió a descansar la mirada en el
paisaje; quiso perderse, confundirse, diluir su personalidad
en las lejanías color amatista de los montes que formando
anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido murmurio de
notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese
deseado estar |