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    El martirio de San Lorenzo
     Gonzalo de Berceo
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El martirio de San Lorenzo

Gonzalo de Berceo



[Nota preliminar: presentamos la edición de El martirio de San Lorenzo de Gonzalo de Berceo, manuscrito 93 del Archivo del Monasterio de Santo Domingo de Silos, basándonos en la edición de Pompilio Tesauro (Berceo, Gonzalo de, Obra completa, Isabel Uría (coord.), Madrid, Espasa-Calpe, 1992), cuya consulta recomendamos. Se opta por mantener las grafías del original eliminando las variantes gráficas no significativas, y por eliminar las marcas de editor, asumiendo, cuando lo creemos oportuno, las correcciones, reconstrucciones y enmiendas propuestas por Tesauro.]







1En el nomne precioso          del Rey omnipotent,
que face sol e luna          nacer en orïent,
quiero fer la pasión          de señor sant Laurent,
en romanz, que la pueda          saber toda la gent.

2Vincencio e Laurencio,          homnes sin depresura,
ambos de Huesca fueron,          dizlo la escriptura;
ambos fueron católicos,          ambos de grand cordura,
crïados de Valerio,          e de la su natura.

3Al tiempo que Valerio,          tenié la Bispalía,
el Bispado de Huesca,          muy noble Calongía,
nudrió estos crïados,          demostrolis la vía
que amasen al Fijo          de la Virgo María.

4En prender el su seso          fueron bien acordados,
como si los hobiese          sant Paulo doctrinados;
mantenién a derechas          los sus Arcïagnados,
los fructos de sos préstamos          no los tenién alzados.

5En complir su oficio          metién toda misión,
convertién los errados          con su predicación,
judgaban los judicios          por derecha razón,
habielos Jesucristo          plenos de bendición.

6Tenié en esi tiempo          en Roma el Papado
un sancto apostóligo,          Sixto era clamado;
bien en tierras de Grecia          nació e fue crïado,
primero fue filósofo,          después Papa alzado.

7Por ordenar las cosas          que habié comendadas,
que de Dios a la alma          no'l fuesen demandadas,
envïó por las tierras          las cartas seelladas,
mandar las clerecías          cuando fuesen juntadas.

8El Bispo don Valerio          de todo bien amigo,
con estos dos crïados          dio en Roma consigo;
plogo'l mucho a Sixto          como con pan de trigo,
disso'l a sant Valerio:          «Mucho me plaz contigo».

9Plogo'l de voluntad          con estos compañeros,
ca eran bien tan simples          como monjes claustreros;
fablaban cuerdamientre,          dicién dichos certeros,
por en disputación          eran buenos voceros.

10Disso'l a don Valerio          Sixto su voluntad:
«Ruégote, mi amigo,          por Dios e caridad,
que recibas mi ruego          e fes esta bondad,
que me des estos clérigos          por en esta cipdad.

11Gradecer te lo he          mucho de corazón,
seré tu adeudado          pora toda sazón;
fraire, cata derecho          e non digas de non,
ca fariés contra ley          e non serié razón».

12«Señor», disso Valerio,          «padre de cristiandat,
por la orden que tienes          e por tu pïadat,
entiendi mi flaqueza          e mi necesidat,
si non, somos perdidos          yo e la mi cipdat.

13Bien lo entiendes, padre,          ca eres bien membrado,
el uno es mi lengua,          el otro mi privado;
terríame sin ellos          por pobre e menguado,
mas yo quiero que prendas,          señor, el Obispado».

14Recudioli el Papa          que grand tuerto facié,
que a su apostóligo          no li obedecié,
quiquiere que udiese,          por tuerto lo verié,
otro por aventura          eso misme farié.

15«Señor», disso Valerio,          «hayamos avenencia,
que non sea sonada          esta nuestra entencia;
prendi cual tú quisieres,          tú fes la descogencia;
yo vivré con el otro,          mas non sin repindencia».
Disso el apostóligo:          «Otorgo la sentencia».

16Valerio e sant Sixto          ficaron avenidos,
con sus sendos dïáconos,          de caridat complidos;
Laurencio con sant Sixto,          pero que adamidos,
Vincencio con Valerio,          tristes e desmarridos.

17Grand serié la materia          por en ambos fablar,
serié grand reguncerio,          podrievos enojar;
tornemos en Laurencio          la su pasión contar,
a lo que prometiemos          pensemos de tornar.

18Sixto con sant Laurencio          hobo grand alegría,
veyé que li vinié          por él grand mejoría;
volaba el so precio          por toda Romanía,
todos andaban liebdos          de grand placentería.

19Sacados los apóstolos          que tienen mayor grado,
nuncua fue el concejo          con homne más pagado;
todos dicién que Dios          lo habié envïado,
elli fuese por ello          gracido e loado.

20Era sancta Eclesia          por él iluminada,
catávalo por padre          la gent desconsejada;
non tenié saña vieja          en seno condesada,
nin isié de su boca          palabra desguisada.

21Ministraba a Sixto          en el sancto altar,
avinié bien sobejo          en leer, en cantar;
era leal ministro          sabié bien ministrar,
sabié en los judicios          derechura catar.

22Era por en consejos          muy leal consejero,
de lo que Dios li daba          era buen almosnero;
bien tenié poridat,          non era mesturero,
non daba una gállara          por homne losenjero.

23Homne era perfecto          de grand discrecïón,
udié bien los cuitados,          entendié bien razón;
doliese de las almas          que van en perdición,
murié por ser mártir,          prender por Dios pasión.

24Bien estaba la cosa,          corrié viento temprado,
non sacaba de casa          al fijo el adñado;
mas volviose la rueda,          fue el ax trastornado,
fue el verano todo          en ivierno cambiado.

25Levantaron romanos          un mal Emperador,
si Nero fue muy malo,          non fue ésti mejor;
cogió con Jesucristo          un tan grand desamor,
de oír el so nomne          non habié nul sabor.

26Desafió al mundo          e toda cristiandat,
empezó en los clérigos          facer grand crüeldat,
dábalis fuertes penas          sin nulla pïadat,
facié exiemplos malos          de toda voluntat.

27Hobo a oír Sixto,          que tenié el Papado,
cómo andaba Decio          tan fuert e tan irado;
entendió que so pleito          todo era librado,
que habié sines dubda          a ser martiriado.

28Entre su voluntad          hobo grand alegría,
ayuntó su concilio,          toda su clerecía:
«Amigos», disso, «válanos          madre sancta María,
ca somos en grand cueita          e en grand pleitesía.

29El Emperador anda          por la fe guerrear,
quiere fer los cristianos          a Cristo denegar,
que vayan a los ídolos          ofrecer e orar,
los que lo non ficieren          quiérelos martiriar.

30Amigos, esta vida          mucho no la preciemos,
oblidemos el mundo,          de las almas pensemos;
cuanto aquí desáremos          todo lo cobraremos,
non nos embargue miedo,          en Dios sólo fïemos.

31Dios por Sancta Eclesia          salvar e redemir
dio so cuerpo a penas,          en cruz quiso morir;
murieron los apóstolos          pora Cristo seguir,
por alzar la Eclesia,          la mala fe premir.

32Los que agora somos          conviene que muramos,
nuestros antecesores          muriendo los sigamos;
demos por la Eclesia          las carnes que cebamos,
por poco de lacerio          las almas non perdamos».

33Demientre que sant Sixto          facié esti sermón,
confortaba sos clérigos,          como sancto varón,
vínoli tal mesaje,          a poca de sazón,
que fuese ante Decio          mantener su razón.

34Vïo que del martirio          non podrié estorcer,
plogo'l tanto que nuncua          hobo tan grand placer;
clamó al su dïácono,          crïado de valer,
de todos sus tesoros          fízolo cellerer.

35Fue el sancto Obispo          antel Emperador,
disputó con el lobo          como leal pastor;
disso'l: «¿Qué quieres, Decio?          Fabla con buen sabor;
nos bien te respondremos,          grado al Crïador».

36Disso'l Decio a Sixto:          «De ti esto querría:
que me des los tesoros          de la tu Bispalía,
si tú bien lo ficieres,          habrás la gracia mía,
si non, lazdrar lo hedes          tú e tu clerecía».

37Disso'l Sixto a Decio:          «Dices grand desmesura,
semejas homne cuerdo          e dices grand locura;
tesoro de la Glesia          non serié derechura
darlo en malos usos,          en mala mercadura.

38El bien de la Eclesia          de Dios debe seer,
o meterlo en pobres          si fuere menester;
los que oran los ídolos          no lo deben haber,
ca debié qui lo diese          en infierno caer».

39Disso'l Decio a Sixto:          «Eres mal razonado,
cueitaste de fablar,          entrepiezas privado;
puedes mover a homne          a fer desaguisado,
si prendes una fonta          nuncua serás vengado».

40Disso'l Sixto a Decio:          «Oyas Emperador,
dame vez que yo fable,          por Dios nuestro Señor;
tú eres un grand homne,          mucho es Dios mayor,
non precio tus menazas          un dinero valor.

41Los tesoros que pides          bien están condesados,
qui en manos los tovo          bien los ha recapdados;
haber no los podedes          nin tú nin tus criados,
ca estonz los terría          non por bien empleados».

42«Sixto», díssoli Decio,          «semejas enloquido,
andas fuera carrera          en un vano roído;
sacrífica connusco,          cambia esi sentido,
si non, en hora eres          que serás mal bailido».

43Díssoli Sixto: «Decio,          fablas grand vanidad,
non yaz en tus falagos          punto de pïadad;
andas por confonder          toda la cristiandad,
mas tú serás confuso,          esto será verdad.

44Yo a don Jesucristo          quiero sacrificar,
que fizo de sí hostia          por las almas salvar;
non quiero a tus ídolos          servir ni adorar,
que non han nul sentido          ni se pueden mandar».

45Enfellonose Decio          contra Sixto muy mal,
mandó que lo sacasen          fuera al arenal,
que lo descabezasen,          non pasase por ál.
Disso Sixto: «Perdónete          el que puede e val».

46Mientre que Sixto sovo          con Decio en contienda,
los tesoros que tovo          Laurencio en comienda
diolos todos a pobres,          onde diz la leyenda:
«Dispersit, dedit pauperibus»;          fizo rica facienda.

47Laurencio era homne          de muy grand sanctidat,
sobre las gentes pobres          facié grand caridat,
tollié a los enfermos          toda enfermedat
e daba a los ciegos          lumne e sanedat.

48Si sobre los enfermos          ponié el las sus manos,
los que eran dolientes          tornaban luego sanos;
los que andaban antes          a penas por los planos
depués corrién la pella          fuera por los solanos.

49De las sus sanctas manos          muchos bienes hissieron,
los enfermos sanaron,          los pobres apacieron,
los ciegos alumnaron,          los desnudos vistieron;
fueron bien venturados          cuantos a él creyeron.

50El varón beneïto,          quito de mal farmario,
partiendo los tesoros          como leal vicario,
andando por la villa          caeció en un barrio,
trobó ý una viuda,          sancta de grand donario.

51Habié en esi barrio          una viuda lazrada,
de treinta e dos años,          que era descasada,
encubrié de cristianos          muchos en su posada,
faciéndolis servicio          de manera granada.

52Habié en la cabeza          enfermedat cutiana,
tanto que siempre era          más enferma que sana;
disso: «Señor e padre,          de qui tanto bien mana,
¡pon las tus manos sanctas          sobre esta cristiana!».

53A cuantos que ý eran,          cristianas e cristianos,
lavolis él los piedes          con las sus sanctas manos;
oró sobre la viuda,          disso vierbos certanos,
luego los perdió todos          los dolores cutianos.

54Despidiose de todos,          diolis su bendición,
diolis de los tesoros          a todos su ración;
fue buscar otros pobres,          fer otra procesión,
por lavarlis los piedes,          darlis consolación.

55En casa de Narciso,          un noble Senador,
trobó muchos menguados,          siervos del Crïador,
creyentes en don Cristo,          del mundo salvador,
pero sedién con miedo          del mal Emperador.

56Pero que pobres eran,          de haberes menguados,
ca por mala sentencia          eran desheredados,
fueron con el bon homne          ricos e confortados,
tenién que los habié          de grand cueita sacados.

57Lavó luego los piedes,          terciolos con su paño,
a cuantos ý estaban          fízolis esi baño;
diolis de los tesoros,          partiolos sin engaño,
non dando a ninguno          refierta ni sosaño.

58Cuando todos los hobo          servidos e pagados,
disso: «Seed, amigos,          a Dios acomendados;
faré yo mi oficio,          buscaré los menguados,
ca aína seremos          de Decio demandados».

59Entre esas compañas          de casa de Narciso,
habié un homne bueno,          que perdiera el viso;
díssoli: «Yo te ruego,          ¡sí veas paraíso!
pon sobre mí tus manos          que non ande por riso».

60Puso en él las manos,          fizo su oración:
«Cristo, por qui la madre          non priso lisïón,
que alumnes el ciego,          nado sin visïón,
tú fes en esti homne          la tu consolación».

61Cuando Laurencio hobo          la oración complida,
fue la ceguedat toda          de Creencio guarida;
fizo el homne bueno          man a mano su ida,
ca ya querrié que fuese          la su hora venida.

62Habié ya el tesoro          todo bien empleado,
fue pora su Obispo          el ministro privado;
trobolo que'l querían          sacarlo del poblado
por darli el martirio,          como era judgado.

63Cuando vïo al Bispo          sant Laurencio levar,
empezó de sus ojos          gravement a plorar,
metiendo grandes voces,          empezó de clamar:
«Señor, ¿por qué me quieres          así desemparar?

64Merced te pido, Padre,          de toda voluntad,
que non me desempares,          por Dios e caridad;
si non me lievas, Padre,          en tu socïedad,
fincaré como huérfano          en toda pobredad.

65Siempre cuando queriés          a Dios sacrificar,
queriés la sancta misa          decir en el altar,
contigo me levavas          por a ti ministrar,
non me debriés agora,          Padre, desemparar.

66Si en algo te fici,          Padre, algún pesar,
cuando en esto somos          debriés me perdonar;
non debriés al tu siervo          tal ira condesar,
por esto solo puede          la tu alma lazdrar.

67Serate, sancto Padre,          por grand yerro tenido,
tú entrar en tal cena,          yo fincar desfamnido;
Señor, allá me lieva,          esta merced te pido,
querría ir delante          en esti apellido.

68Los tesoros que tovi          de ti acomendados,
con la gracia de Cristo          bien yacen recaudados,
no los trobará Decio,          ca bien son condesados,
nos no los perderemos          ca diémoslos mudados.

69Allá yacen alzados          do bien los trobaremos,
non nos serán negados,          doblados los codremos;
Padre, non me desdeñes,          en uno lo lazdremos,
tú señor, yo tu siervo,          muy bien nos comporremos».

70Disso el sancto Bispo          al su levita sancto:
«Fijo, asaz has dicho,          non me porfiques tanto;
mucho de mayor precio          ha seer el tu manto
que non será el nuestro,          esto yo te lo canto.

71Nos, como somos viejos,          caídos en flaqueza,
imos a la facienda          a muï grand pereza,
mas vos, como mancebos          de mayor fortaleza,
podredes combatervos,          ganar mayor riqueza.

72Ante de quinto día,          desto yo te mesturo,
que te verás en priesa,          en torneo muy duro;
mas tú terrás el campo,          esto seas seguro,
ganarás grand corona,          mejor de oro puro.

73Cuanto hayas el vaso,          que te darán, bebido,
luego serás connusco          de buen manto vestido,
enna corte del Cielo          serás bien recebido,
verás Dios cómo honra          los que lo han servido».

74«Padre, si bien quisieses          derechura catar,
debiés al tu ministro          delante envïar;
debiés del patrïarcha          est exiemplo tomar,
que quiso su fijuelo          a Dios sacrificar».

75«Fijo», disso el padre,          «si nos diesen vagar
bien podriemos a eso          dicho contrario dar;
Elías, cuando hobo          est sieglo a dessar,
el so sancto ministro          dessó en so logar».

76Cuitáronse los moros,          que lo levaban preso,
dissieron: «Somos torpes,          ¡femos muï mal seso!
si rebellar quisiere,          levémoslo en peso,
si non, dar nos ha Decio          amargos ajos-queso».

77Los homnes descreídos          ficieron descreencia,
hobo a pasar Sixto          por la dura sentencia;
finó el sancto cuerpo          de muï grand paciencia,
con él dos sus crïados          de buena cabtenencia.

78Mientre iba Laurencio          estas cosas diciendo,
fueron los homnes malos          en él mientes metiendo;
fue luego recapdado,          muï tost e corriendo;
Decio, cuando lo sopo,          fueli mucho placiendo.

79Los privados de Decio,          cadiellos carniceros,
metiéronlo en cárcel          con otros compañeros,
que lis daríe Decio          por él muchos dineros,
o que lis farié carta          que non fuesen pecheros.

80Entre esas compañas          que yacién en prisón,
habié un caballero,          ciego sin visïón:
rogó a sant Laurencio,          a es sancto varón,
que ficiese por elli          alguna oración.

81Díssoli sant Laurencio:          «Si en Cristo creyeres,
en el su sacnto nomne          baptismo recibieres,
habrás toda tu lumne;          si eso non ficieres,
ganar nuncua la puedes          la lumne que tú quieres».

82Recudioli Lucillo,          como bien acordado:
«Yo fecho lo habría          eso de muy buen grado,
ca quísilo e quiérolo          complir el tu mandado;
en tus manos me meto          vestido e calzado».

83Como pora tal cosa          era él muy liviano,
fizo'l de las primeras          a Lucillo cristiano,
desende bateolo          con la su sancta mano,
cobró toda la lumne,          fue alegre e sano.

84Fue por toda la tierra          la razón levantada
como habié Lucillo          la visïón cobrada;
vinieron a él muchos,          quisque de su posada,
veer est homne sancto          de vertud tan granada.

85Cuantos a él vinieron          su cueita demostraron,
si vinieron enfermos          bien guaridos tornaron;
los que menguados eran          dél almosna levaron,
muchos fueron sin cuenta,          los que por él sanaron.

86Envïó por Laurencio          Decio, el emperante,
el que lo tenié preso          púsogelo delante:
«Parescan los tesoros,          dígovos don crifante,
si non, lazdrar lo hedes          hoï ante que yante».

87Díssoli sant Laurencio:          «Todas las tus menazas
más sabrosas me saben          que uvas espinazas;
todos los tus privados,          ni tú que me porfazas,
non me feches más miedo          que palombas torcazas».

88Pesó'l esto a Decio,          quísose ensañar,
pero con la copdicia          del tesoro ganar
disso que li darié          esi día vagar;
fue con Valerïano          la noche a folgar.

89Dubdó Valerïano          de levarlo consigo,
ca no lo querié mucho,          ni era su amigo;
diógelo a Hipólito,          disso'l: «Vaya contigo,
de toda nuestra leï          es mortal enemigo».

90Plógoli a Hipólito          con la su compañía,
ca entendié en elli          de todos mejoría;
guarecié los enfermos          de toda malatía,
facié sobre los ciegos          vertudes cada día.

91Aspiró Dios en elli          por su benignidat,
de tornarse cristiano          vínoli voluntat;
demandó el bautismo,          leï de cristiandat,
diógelo el dïácono          de la grand sanctidat.

92El Duc Valerïano,          otro día mañana,
disso: «Id por Laurencio,          que los enfermos sana,
veremos qué pro yace          en la su vierba vana,
ca temo que iztremos          con ganancia liviana».

93Luego que fue venido,          disso Valerïano:
«Laurencio, más semejas          enloquido que sano;
demuestra los tesoros,          pasen a nuestra mano,
si non, puedes perderte          como torpe villano».

94«Dame», disso Laurencio,          «treguas de tercer día,
habré yo mi consejo          con la mi confradría,
mostrar t'e los tesoros,          ca hoï non podría».
Disso Valerïano:          «De ti eso querría».

95Creyó esta palabra          el Duc Valerïano,
cuidó que lo tenié          todo enna su mano;
alabose a Decio,          fizo fecho liviano,
que lo prometió todo,          fasta el peor grano.

96Cuando veno el día          de las treguas pasar,
llegó muchos de pobres,          cuantos podió hallar,
adússolos consigo,          empezó de rezar:
«Estos tesoros quiso          siempre Dios más amar.

97Estos son los tesoros          que nuncua envejecen,
cuanto más se derraman          siempre ellos más crecen,
los que a estos aman          e a estos ofrecen,
esos habrán el regno          do las almas guarecen».

98Vïo Valerïano          que era engañado,
no li vinié el pleito,          como habié asmado;
fue al Emperador          sañoso e irado,
díssoli cómo era          el pleito trastornado.

99Tornaron en Laurencio,          no podieron ál fer,
dissieron: «O sacrífica          o ve pasión prender,
desto por nulla vía          non puedes estorcer».
«A la pasión me quiero»,          disso él, «acoger».

100Por más pena li dar,          muerte más sobracera,
ficiéronli un lecho          duro de grand manera,
non habié en él ropa          nin punto de madera,
todo era de fierro          cuanto en elli era.

101De costiellas de fierro          era el lechigal,
entre sí derramadas          por el fuego entrar;
ficiéronli los piedes          e las manos atar,
mandose elli, luego,          en el lecho echar.

102Diéronli atal baño          cual oídes contar,
pensaron los ministros          malos de atizar,
avivaron el fuego,          non se dieron vagar,
facienli a Laurencio          placer más que vejar.

103Las flamas eran vivas,          ardientes sin mesura,
ardié el cuerpo sancto          de la grand calentura,
de lo que se tostaba          firvié la asadura;
qui tal cosa asmaba          no li mengüe rencura.

104«Pensaz», dice Laurencio,          «tornar del otro cabo,
buscat buena pebrada          ca asaz so asado,
pensat de almorzar          ca habedes lazdrado;
fijos, Dios vos perdone,          ca feches grand pecado.

105Diéstesme yantar buena,          ficiésteme buen lecho,
gradézcovoslo mucho          e fago grand derecho,
non vos querrié peor          por esti vuestro fecho,
nin terrié otra saña,          nin vos habrié despecho».






    El martirio de San Lorenzo
     Gonzalo de Berceo
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