  La Gatera. 1996
Enrique Cerdán Tato
  Institución benéfica
2 de enero de 1996
Durante el mandato municipal del general Julio Suárez-Llanos
y dos años antes de que se diera luz verde a «Les Fogueres de Sant
Joan», se fundó una obra benéfica de la que ya aquí
hemos dejado constancia: La Gota de Leche, cuyo objetivo fundamental «era
atender a la lactancia de unas pobres criaturas que sin ella morirían
indefectiblemente y que con ella salvarán la vida». Para allegar
recursos a dicha institución, se celebraban anualmente unas verbenas,
cuyos beneficios se dedicaban íntegramente a «La Gota de
Leche».
Muchos alicantinos aún las recordarán. Solían
tener lugar en el paseo o paseíto de Ramiro (en realidad en el
jardín de Ruiz Corbalán, construido en el centro de la referida
plaza). La primera de ellas, se organizó en 1926. Había una
tómbola «con un sinfín de valiosos regalos con los que el
pueblo de Alicante contribuía a la manificencia del festival»,
puestos de repostería, bailes (el schotis, «con un manubrio
cascabelero») y ritmos modernos y estrepitosos al compás de un
jazz-band. También diversos concursos, entre los que destacaba,
además del de peinados femeninos, el de mantones de Manila, cuyo jurado,
compuesto en aquella primera ocasión, por los señores
Luciánez, Botella (Juan), Irles, Guillén y Varela, tenía
que dilucidar lo suyo, para la concesión de los correspondientes
premios.
Era el técnico municipal Andrés Aracil quien se
responsabilizaba de la decoración de los jardines, con bombillas de
colores y farolillos venecianos, para que el marco de tales celebraciones,
resultara atractivo. Nosotros, como probablemente tantos otros, recordamos
cómo en la posguerra, en los años cuarenta, se reanudaron tales
verbenas, en el mismo lugar de su origen y también en el castillo de San
Fernando.
Según el alcalde Suárez-Llanos, la institución
benéfica se inauguró el uno de octubre de 1925 y hasta el treinta
de junio siguiente, se suministraron a los cientos sesenta y seis pobres y a
los treinta y seis pudientes, un total de treinta mil trescientos sesenta
litros de leche, setecientos doce kilos de azúcar, cinco mil seiscientos
sesenta biberones, mil novecientas dieciocho tetinas de goma y doscientos
cestillos. Los presupuestos de los años 1926 y 1927 fueron
respectivamente de 17.680 pesetas y de 27.500 pesetas.
El cronista de «El Noticiero del Lunes» escribía
en agosto (mes en que solían celebrarse las verbenas) de 1928:
«Allí se han congregado las autoridades, damas distinguidas,
bellísimas señoritas, y con ellas, familias modestas, gentes de
posición humilde, diríase ante esta simpática promiscuidad
de clases sociales que Alicante entero, a requerimiento de la caridad,
patentizaba su propensión a la bendita igualdad y a la santa democracia
(...)». De antología.
  Fusilados con Torrijos
3 de enero de 1996
Coincidiendo con el escenario de la ejecución del general
José María de Torrijos, en 1831, se distribuyó, en
Málaga, copia de un oficio, fechado el catorce de diciembre de dicho
año, en el que figuraban las partidas de defunción de cuarenta y
nueve hombres fusilados, con expresión de sus señas de identidad
y lugar de nacimiento. Según este documento, tres de los que cayeron
bajo la represión del absolutismo, procedían de nuestra
provincia.
Torrijos fue capitán general de Valencia cuando, en 1820, se
inició el trienio liberal. Luego, de nuevo restaurado el poder absoluto
de Fernando VII, Torrijos que ya había padecido persecuciones por su
ideario liberal, se exilió en Inglaterra. De allí, viajó a
Gibraltar, en donde conspiró contra el régimen y propició
una insurrección de carácter progresista. Pero Torrijos con
cuantos le seguían en sus nobles propósitos, fue víctima
de una emboscada, en las playas de Málaga, «a la desembocadura del
arroyo de Cuart, en los linderos de los bancales del huerto llamado de
Lebrón», tal y como nos lo describen algunos
periódicos.
No se sabe de seguro cuántos más fueron fusilados con
José María de Torrijos. En un monumento que se levantó a
la memoria de aquellos liberales, figuran cuarenta y nueve nombres.
Joaquín García de Segovia, en su folleto titulado «Noticias
de las expediciones salidas de Gibraltar en los años de 1826 a
1831» nos facilita la cifra de cincuenta ejecutados. Y Luisa Sáenz
de Viniegra, viuda del general insurrecto, en la biografía de su marido,
de 1850, afirma que fueron cincuenta y tres los fusilados, en aquella
ocasión. Por último -y siempre de acuerdo con los datos obtenidos
a través de la Prensa-, el periódico «Despertar
malagueño» nos da el número de cuarenta y ocho.
Pero en el documento al que nos hemos referido en un principio, y
que fue elaborado por orden del gobernador Vicente González Moreno, el
mismo que abortó el levantamiento de Torrijos, se contabilizan cuarenta
y nueve sepultados, a raíz de la masiva ejecución ilegal, puesto
que no fueron sometidos a proceso. En esta relación, aparecen las
señas de los siguientes alicantinos: Lorenzo Cobos, de sesenta
años, casado y natural de Santa Pola; Francisco Mora, de treinta y seis
años, casado y natural de Altea; y Francisco Arques, de cuarenta y dos
años, y natural de Alicante. Según se recoge en los referidos
papeles, este último otorgó poder para testar a Francisco Vera,
capitán del regimiento de línea número cuatro.
  La Banda Municipal
4 de enero de 1996
En realidad, todo se gestó en la Academia de Música
que funcionaba en la calle de Castaños, prácticamente
detrás del Teatro Principal, y que fundaron, entre otros: Daniel Llopis,
Carlos Mas, Luis Torregrosa, Armando Guerri, José María
Muños y Ángel Perea. Por aquel entonces era alcalde de nuestra
ciudad Federico Soto. Y el concejal Tomás Tato Ortega que dirigía
la Fábrica de Tabacos se volcó materialmente con la idea de
aquellos paisanos, e impulsó la creación de la banda de
música, que tuvo lugar a primeros de abril de 1912, y que actuó,
por vez primera, el tres de agosto del referido año, con motivo de la
Alborada de la Virgen del Remedio, en un templete instalado junto al
Ayuntamiento.
En este mismo periódico, de fecha cinco de noviembre de 1949,
González Cayuelas, entrevistó a Luis Alberola quien, con una
memoria certera, afirmó que en el debut se interpretaron, además
de varias otras composiciones, «París-Londres», pasodoble de
Alier; «Pan y toros», del maestro Barbieri; y «Las
Walkirias» de Ricardo Wagner. Siete años más tarde, nuestra
flamante banda se llevó el segundo premio del concurso nacional
convocado en Bilbao; y acudió, en repetidas ocasiones a Valencia y en
1935 a Orán.
Un tribunal compuesto por Óscar Esplá, Luis Casanova,
Vicente Poveda, Marcos Ortoz y el edil Tomás Tato, examinó a los
aspirantes a la dirección de la misma, en concurso oposición. Lo
ganó Luis Torregrosa García que fue consecuentemente su primer
director, y que ocupó la plaza hasta 1944. Especial atención, le
prestaron a la Banda Municipal de Música, en aquellos tiempos y en
opinión de los propios músicos, dos alcaldes: Ricardo Pascual del
Pobil y Chicheri, entre 1915 y 1917 y Juan Bueno Soler, de 1921 a 1922.
A Luis Torregrosa le sucedió en la dirección de la
misma Carlos Cosmén Bargantiños que ejerció sus funciones
del año ya señalado hasta 1961 y que le procuró una
considerable popularidad «con los conciertos semanales en la Explanada
que levantaban gran expectación». Con su perseverancia y su
competencia profesional -según la prensa- Cosmén consiguió
que la banda recuperara la gran valía de costumbre.
A Carlos Cosmén le sucederían al frente de la misma
otros notables maestros, Moisés Davia Soriano, Antonio Ferriz
Muños (en funciones) y por último Bernabé Sanchís
Sanz.
  El Sanatorio Carbonell
5 de enero de 1996
Recordamos que fue con el recientemente desaparecido amigo,
investigador y médico, Rafael Martínez San Pedro, en un paseo
compartido por la Playa de san Juan, hace algo más de un mes, con quien
hablamos del eminente cirujano Carlos Carbonell. En memoria, pues, del
también eminente y entrañable ginecólogo y profesor de
nuestra Universidad, dejamos aquí sumariamente expuestos los progresos
que el doctor Carbonell incorporó a las intervenciones
quirúrgicas, en nuestra ciudad, a través del sanatorio que, bajo
su dirección, instaló, en 1928, en la calle de Foglietti, y que
tan merecidas felicitaciones recibió por parte de nuestros conciudadanos
y de los medios de comunicación de aquel tiempo, aún tan
próximo.
En nuestro examen cotidiano de fuentes documentales y
periodísticas, encontramos un extenso artículo que firma F. de
E., sin duda, Florentino de Elizaicin, en «El Correo», diario
político y de noticias de la tarde que dirigía precisamente el
mencionado hombre público. En dicho artículo, su autor cita a
algunos alicantinos de prestigio como Carlos Navarro Rodrigo, ministro de
Fomento y tantas otras cosas de las que hace poco aquí hemos dejado
constancia; como el diputado a Cortes y antropólogo Manuel Antón
Ferrándiz; como el notable catedrático Rafael Altamira. «Le
faltaba a nuestra terreta tener un médico cirujano, con prestigio
profesional que traspasara los límites de esta provincia, y esa figura
de relieve muy grande, encarnada está en un joven de tanta valía
como lo es don Carlos Carbonell».
Aquel establecimiento sanitario, de acuerdo con todos nuestros
datos, estaba ubicado en un chalet, con jardín, galería
encristalada y calefacción, habitaciones confortables y condiciones
higiénicas adecuadas a sus pretensiones. Disponía de dos
quirófanos, de «dos salas de operaciones: aséptica y
séptica», dotadas, en cada caso, con modernas mesas de
intervenciones y con un instrumental de calidad que se esterilizaba, en una
sala con acceso a ambos quirófanos. Y disponía también de
un aparato Roth Drager para la anestesia combinada de cloroformo o éter
y oxígeno. «Con el empleo del Roth Drager el paciente llega a la
completa anestesia, sin sentir la menor sofocación, sin la menor
molestia». Además, el Sanatorio Carbonell estaba dotado asimismo
de un laboratorio, en el que, según los medios informativos,
había material apropiado, para toda clase de investigaciones.
Con tal centro sanitario, nuestra ciudad se pertrechaba «con
una riqueza de medios no superada en ninguno de igual índole», en
lo referente a la cirugía más avanzada de aquella
época.
  Barón de Finestrat
8 de enero de 1996
La calle comprendida entre las de Castaños y Bailén se
llamó, en su origen, a últimos del siglo XVIII, de San Francisco
Javier, hasta que, en sesión plenaria municipal correspondiente al
diecisiete de agosto de 1927, se la rotuló con el actual nombre de
Barón de Finestrat. Nos dice de esta vía el cronista Gonzalo
Vidal Tur que hubo en ella, mediado el pasado siglo dos teatros: «El
Fénix» y «El Nuevo Fénix», y años
después, «El Estudio», una sociedad cultural que
dirigía el ilustre literato don Ramón Solbes de la Cruz.
Su titular, don José Forner Pascual del Pobil y Martos,
barón de Finestrat, fue un gran terrateniente de la Huerta alicantina
que dirigió personalmente los cultivos y la elaboración de unos
vinos acreditados dentro y fuera de nuestro país. Miembro del partido
conservador, ocupó la Alcaldía de nuestro Ayuntamiento en 1895.
Y, aunque fue breve su gestión, se distinguió por su extrema
pulcritud.
Durante su mandato municipal, colocó la primera piedra de la
nueva cárcel (donde, hoy, se encuentran los juzgados), adquirió
los terrenos del cuartel Princesa Mercedes, acometió el entarugado de
algunas calles de la ciudad, a muchas de las cuales también dotó
de alcantarillado, llevó a efecto las obras de mejoramiento del paseo de
Campoamor, amplió y levantó el muro de la calle Virgen del
Socorro, y procuró sanear la hacienda local con medidas impopulares,
creando nuevos arbitrios e impuestos a industrias y comercios. La tal medida,
como ya hemos constatado en estas crónicas, provocaría, no mucho
después, graves protestas entre los afectados.
Tras abandonar la Alcaldía, regresó a su tierra, hasta
que, algunos años más tarde, fue nombrado gobernador de Vizcaya,
cargo en el que tampoco permaneció por mucho tiempo, «porque su
carácter inflexible le impidió avenirse a lo que la
política exigía en aquel entonces». El barón de
Finestrat vio considerablemente mermadas sus propiedades, por reveses de la
fortuna. Trasladó su domicilio a Madrid, si bien los veranos
solía pasarlos en la Huerta. Murió en aquella capital, a los
ochenta y seis años de edad, en 1929.
En la calle que hoy lleva su nombre, además de los centros
señalados, tuvieron igualmente sus instalaciones el Teatro
Alarcón y el colegio La Educación. Calle pequeña pero
céntrica y con dos siglos de historia a sus espaldas, que nos recuerda a
tan notable alicantino.
  Alarma sanitaria
9 de enero de 1996
Era el treinta de noviembre de 1990, cuando el alcalde Alfonso de
Sandoval, barón de Petrés, pidió a sus compañeros
de corporación que constase en acta la pena y consternación que
había causado en Alicante, el fallecimiento de don José de
Aguilera y Aguilera, marqués de Benalúa y Grande de
España. En sus palabras, hubo un tributo de gratitud para aquel insigne
paisano que «dedicó su actividad e interés a la obra de
surtir a la población de aguas potables de que estaba muy
necesitada». Finalmente, el barón de Petrés propuso que el
Ayuntamiento costease los honores fúnebres del malogrado alicantino. No
hubo inconveniente alguno. Se adhirieron a su propuesta los ediles
Martínez Blanquer, Ors, Rubert y Martínez Torrejón. En el
acta correspondiente a la sesión señalada consta la unanimidad
corporativa.
Precisamente, aquel mismo día el citado concejal
Martínez Torrejón interesó de la presidencia que informara
al municipio de cuantas medidas se habían tomado con relación a
una enfermedad que estaba causando numerosas víctimas en Murcia. La
alarma era patente. De forma que el barón de Petrés con todas las
cautelas posibles, para no agravar la situación, explicó que
cuando supo que algo estaba sucediendo en la citada capital, convocó a
la junta local de sanidad, con la que mantuvo una discreta reunión. A
instancias de la misma y a la vista de los rumores que circulaba, se
acordó, con las reservas que recomendaba el caso, que se desplazara a
Murcia el médico decano de la Beneficencia, Pascual Pérez
Martínez, con objeto de estudiar «in situ» la
situación de los enfermos, para luego presentar un amplio informe a la
alcaldía de Alicante.
El mal que se había extendido en la vecina ciudad se
debía a la triquina y al deficiente estado sanitario de algunos barrios
murcianos, según el escrito que el citado facultativo le había
remitido, días antes. A tal efecto, ya se habían adoptado las
medidas adecuadas, para evitar que en Alicante se produjera tal contagio.
Siempre de acuerdo con las sugerencias de Pascual Pérez, se
procedió a vigilar el consumo de la carne porcina, y a intensificar la
mejora de las condiciones higiénicas y de policía, en nuestra
ciudad. El alcalde, con ánimo de tranquilizar a los concejales,
agregó que para combatir la triquinosis, ya se habían retirado
del mercado cuantos animales presentaban sospecha de padecerla, y en ello se
continuaba trabajando. El peligro, pues, estaba bajo control.
  Abastecimiento de aguas
10 de enero de 1996
En repetidas crónicas, hemos abordado el problema del
suministro de agua potable a nuestra ciudad. Un problema, por cierto, que se
agudiza una vez más, a consecuencia de la pertinaz sequía que nos
lleva varios años en vilo. Un problema que, a lo largo de nuestra
historia urbana, ha preocupado a ciudadanos y autoridades municipales.
El veintiséis de diciembre de 1910, casi ochenta y cinco
años ya, tomó posesión del cargo de alcalde Federico Soto
Mollá. Y lo tenía claro. Para evitar posibles especulaciones,
anunció de entrada su propósito de municipalizar los servicios de
agua y de alumbrado eléctrico. Federico Soto llegó con un
apretado programa de actuaciones: un plan de alcantarillado y pavimentado, cuya
redacción debía encomendarse el ingeniero Próspero
Lafarga. No se detuvo ahí. En su agenda figuraba también un
cementerio nuevo y la cárcel que ya venía de atrás.
El alcalde saliente, Luis Pérez Bueno, en su despedida de la
corporación y de la ciudad, sólo quiso recordar de su
gestión personal el homenaje a Rafael Altamira. Altamira,
manifestó Pérez Bueno, se interesó para que el
Ayuntamiento cediera a las sociedades obreras terrenos donde construir su casa
social y él había dejado encargado a la corporación que se
cumpliera el deseo del ilustre alicantino.
En aquel relevo de Alcaldía, como en tantos otros, se
pronunciaron los discursos de rigor. Con frecuencia, muy elocuentes y
prometedores. Federico Soto se refirió a las ansias que animaban a los
alicantinos de colocar a nuestra capital «en el lugar que le corresponde
en el concierto de las ciudades españolas». No mucho
después, el ocho de febrero de 1911, el alcalde anunció la visita
de don Alfonso XIII, para tres días después acompañado por
el presidente del Gobierno, José Canalejas «preclaro hijo adoptivo
de nuestra ciudad», y expresó sus deseos de que la
corporación en pleno acudiera a recibirlos «con el entusiasmo que
se merecen». Uno de los actos celebrados durante la real visita, lo hemos
escrito aquí recientemente, fue la colocación de la primera
piedra del nuevo mercado. Resultó tan persuasivo en su alocución
que hasta Guardiola Ortiz, republicano, dijo que la minoría que
representaba se adhería también, por cuanto se trataba de poner
en marcha una plaza de abastos que constituía un considerable beneficio
para nuestra ciudad.
  Luz para el barrio de San Blas
11 de enero de 1996
Fue cosa de Luis Mauricio Chorro, un alcalde que, inexplicablemente
ni siquiera figura en algunas relaciones elaboradas no sabemos por
quién. Mauricio Chorro tomó las riendas de la ciudad de manos de
su antecesor Manuel Cortés de Miras. El traspaso tuvo lugar el
veintiséis de marzo de 1907.
Pues, miren, escasamente dos meses después, Luis Mauricio
Chorro se dirigió a La Electra Alicantina, S.A., para conocer el
presupuesto de las instalaciones de alumbrado público, en el barrio de
San Blas. La empresa le respondió y el alcalde procedió a
informar a la corporación que presidía de aquella oferta: a dos
mil pesetas ascendía el presupuesto. Pero la citada sociedad
puntualizaba en su escrito que de dicho total, el Ayuntamiento sólo
pagaría la mitad y la otra mitad correría a cargo de La Electra
Alicantina, S.A., con domicilio social en Calderón de la Barca, pero
«reservándose ésta el derecho de poder empalmar al vecino y
encargándose de la conservación de la red, siendo
obligación del Ayuntamiento el repuesto de lámparas de
incandescencias». El alumbrado propuesto constaba de veinte
lámparas de diez bujías.
Dos años y tres meses después, Mauricio Chorro le
pasó el testigo a Ricardo P. del Pobil y Chicheri, quien ocupó la
presidencia del Ayuntamiento, para afrontar la solicitud de los vecinos del
Arrabal Roig que, en un escrito encabezado por Pascual Ors, exigían la
construcción de una escalera que pusiera en comunicación el
expresado barrio y más concretamente la calle Virgen del Socorro -hoy
con su ermita en el aparcamiento-, con la playa del Postiguet, por cuanto la
mayoría de los habitantes del mismo eran pescadores, y depositaban en
aquella playa sus barcas y efectos de pesca. No hubo titubeos, el acceso que se
pedía era de una lógica aplastante, y la corporación
encargó al arquitecto que formase, cuanto antes, plano y presupuesto
para su aprobación y posterior ejecución.
Una semana más tarde, Ricardo P. del Pobil y Chicheri expuso
su plan de prioridades urbanas; primero, atención a la limpieza
pública, mediante escritura en la que se especificaran las obligaciones
del contratista y Ayuntamiento; y segundo, la construcción de un nuevo
mercado, que ya venía coleando desde 1898; y de un matadero que reuniese
las indispensables condiciones de salubridad. La precariedad de las arcas
municipales era considerable, pero se acordó. El edil Mendaro dijo:
«Alicante no tiene medios económicos para vivir como vive».
Pero era necesario.
  El alcalde, al juzgado
12 de enero de 1996
Pues miren y no se obnubilen: se pidió que se investigase la
gestión del alcalde y así consta en acta; se nombró para
llevar a cabo dicha investigación una comisión de seis
concejales; y hay un oficio del magistrado juez especial en el que se notifica
a la Alcaldía que «se constituiría al día siguiente,
en las Casas Consistoriales, para practicar diligencias». Casi nada. Pero
nos sean suspicaces ni malévolos. Todo esto sucedía en el
año 1904 y el alcalde bajo sospecha se llamaba don Alfonso de Rojas y P.
de Bonanza.
El lío se lo montó el concejal Ernesto Mendaro quien
solicitó que se indagara las actuaciones del señor Rojas, en
sesión corporativa del diecisiete de junio de 1904. Y el
veintitrés del mismo mes, se compuso la referida comisión en la
que figuraban los ediles Guardiola Ortiz, Pérez Bueno, Vila, Maluenda,
Campos y Clemente. El diecinueve de julio de aquel año, la tal
comisión dio cuenta de un extenso informe «que abarcaba
multiplicidad de asuntos», y cuyo informe quedó sobre la mesa,
«para que el Ayuntamiento lo estudiase». En otra sesión, del
treinta de los mismos mes y año, el alcalde suscribió un extenso
informe contestando a los distintos puntos, y una proposición, aprobada
con ligeras modificaciones, destinada a sustanciar medidas que impidieran, en
lo sucesivo, la reproducción de las irregularidades advertidas.
«Se desprende de las mencionadas actas y de alguna otra posterior, que
sólo se pasó el tanto de culpa a los Tribunales por lo que
afectaba a la sustracción de un Atlas Geográfico, en el
antedespacho de la Alcaldía».
Pero años después, concretamente el diecisiete de
noviembre de 1923, el secretario del Ayuntamiento certifica una denuncia de
Enrique Pedrón García, en sesión del quince de dicho mes y
año, que a la letra dice así: «Que se reclame en nombre del
Ayuntamiento el estado en que se encuentra un proceso que se le siguió
al que fue alcalde de Alicante don Alfonso de Rojas y P. de Bonanza, referente
a las actuaciones administrativas de dicho señor y en el que fue objeto
de comentarios por parte de la opinión pública reflejada en las
columnas de la Prensa diaria alicantina, el número de metros
cúbicos de grava que se consumieron en el arreglo o restauración
de algunas calles de esta capital, entre ellas la que lleva el rótulo de
Ramales (hoy, Reyes Católicos). Seguidamente, el alcalde Miguel
Elizaicin, por decreto, solicitó del general gobernador civil «se
interesase de la Audiencia Territorial de Valencia, certificación
acreditativa del estado de la causa que se instruyó contra el
señor Rojas, y si en dicho proceso recayó resolución
definitiva, cuál fue ésta». A lo que se ve en todos los
tiempos cuecen Atlas. O lo que sea.
  «Plumillas» de cercanías
13 de enero de 1996
Muy pronto, y como cada año en el mes de enero, la
Asociación de la Prensa celebrará la festividad de su
patrón, San Francisco de Sales. A todos nuestros colegas, pues, les
ofrecemos esta escueta crónica de la historia de la prensa alicantina
que prácticamente ya tenemos escrita, si bien con «lagunas»
por la falta de la documentación adecuada, especialmente en
épocas muy concretas; y aprovechamos para -a punto de cerrar el
último capítulo- encarecer a cuantos, periodistas o no, dispongan
de datos, de actas y documentos, nos los faciliten en préstamo y
custodia, con objeto de ofrecer un producto todo lo solvente y riguroso que
nuestra condición exige.
Nos referimos a la «Hoja del Lunes» que editada por la
propia Asociación desapareció, para lectores y profesionales, el
diecinueve de noviembre de 1984, cuando la dirigía José Luis
Masiá. Su último número es el 2.325. Fue el sábado
dieciocho de enero de 1936, cuando «El Luchador», ya lo hemos
contado, anunció, para el siguiente lunes, la aparición del
semanario «que ajeno a toda política, informará a de una
manera imparcial de cuantos acontecimientos de interés se produzcan los
domingos, tanto en Alicante como en el resto de España (...)».
El seis de julio de 1936, «El Día», a cuyo frente
estaba Juan Sansano, publicó la noticia de que se había
suspendido, con carácter temporal, «El Noticiero del Lunes»
que editaba la Asociación de la Prensa de Alicante, si bien
advertía que reaparecería a principios del próximo
septiembre. Lo que no se cumplió sin duda, por la guerra civil
recién desatada. Nos parece que hay un error, en tal información.
«El Día» mencionaba «El Noticiero del Lunes», en
lugar de la «Hoja del Lunes».
«El Noticiero el Lunes» fue un semanario municipal que
empezó a editarse el veinticinco de enero de 1926 -por real orden del
uno de enero del mismo año-, con objeto, según su editorial, de
evitar la circulación de «falsas noticias productoras de
injustificadas alarmas que no dejan de ser dañosas». Era la
época de la dictadura primorriverista, y el general
Suárez-Llanos, alcalde de Alicante, con la venia del general
Bermúdez de Castro, gobernador civil, encomendó la
redacción de aquel periódico a funcionarios del Ayuntamiento que,
a su vez, eran miembros de la Asociación de la Prensa.
La «Hoja del Lunes», tras el agrio paréntesis de
la contienda, reapareció, con la cabecera de «Lunes», el
diez de noviembre de 1941. Era su director Ambrosio Luciáñez
Riesco, y redactor-jefe Juan Martínez Blanquer y entre sus redactores
estaban: Quilis Molina, Bas Mingot, Espinasa...
  Sensibles ausencias
15 de enero de 1996
Del Setecientos tenemos noticia de la construcción del nuevo
Ayuntamiento, de las actividades portuarias y comerciales, de un urbanismo
más ornamental e higiénico, de los efectos de la Guerra de
Sucesión, del Consulado del Mar, de las vicisitudes culturales. Y ello
gracias a nuestros cronistas, especialmente Maltés y López,
Viravens, Nicasio Camilo Jover, y a una bibliografía más actual y
rigurosa en base a los estudios e investigaciones de los profesores Sáez
Vidal, Enrique Giménez, Antonio Ramos, María Luisa Cabanes
(véase su estudio preliminar de «Ilice Ilustrada», de los
jesuitas Maltés y López), Mario Martínez y otros
varios.
Pero el siglo de las luces, el siglo de la Ilustración,
adolecía de la sensible ausencia de una aproximación a la vida
diaria de aquellos alicantinos, entre los que destacaban personalidades como
los historiadores Jacinto Segura y Nicolás de Jesús Belando, como
los arqueólogos Antonio Valcárcel y Pío de Sabaya e
Ignacio Pérez de Sarrió, como el marino y científico Jorge
Juan Santacilia -recientemente recordado en Novelda-, como el escritor Pedro
Montengón, y como el deán Manuel Martí, un excepcional
humanista, de muy sólida y amplia formación.
Para acercarnos más a nuestros paisanos del siglo XVIII y
bajo el impulso de la divulgación histórica, la revista
«Canelobre» del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, ha publicado
su número 29/30, bajo el título «Vida cotidiana en el siglo
XVIII». Su coordinador, el profesor Mailo Martínez Gomis escribe
en la introducción del mismo: «(...) La idea de abordarlos
(diversos aspectos de esa referida "historia de la vida cotidiana"), una vez
configurados los perfiles más conocidos por los que discurre nuestro
siglo XVIII a nivel político, económico o social, ha sido la de
poner en práctica la utilización del microscopio de la historia
para acercarnos un poco más al hombre de aquella centuria y a toda una
serie de problemas frecuentes -por ello cotidianos- que no suelen aparecer
registrados en los manuales de uso y que pueden tener la virtud de atraer -por
su originalidad o por su capacidad de llamar la atención- nuevos
lectores a ese territorio de humanidades que es la historia (...)».
En el Setecientos y bajo los llamados matrimonios de futuro,
¿se escondían una suerte de relaciones sexuales
prematrimoniales?, ¿cree usted que un ludópata hubiera podido ser
familiar del Santo Oficio?, ¿le gustaría zamparse un abundante
plato de all-i-picat? Veinticinco especialistas nos enseñan cómo
se vivía en aquel luminoso siglo, con tanta amenidad como rigor
científico. Dos conceptos que nunca han estado reñidos, sino
infrautilizados simultáneamente por incapacidad. En esta revista, no.
Esta revista es seria y, tal vez por ello, el lector disfruta y se entera. El
colmo.
  El alcalde de la dictadura
16 de enero de 1996
Sin duda, lo fue Julio Suárez-Llanos, aunque, por supuesto,
en aquel periodo histórico, no demasiado estudiado, por cierto, en
nuestra ciudad, también ocuparon la alcaldía otras personas. Pero
Suárez-Llanos representa toda una época -Fogueres de Sant Joan,
incluidas- y un estilo de gobernar y administrar Alicante.
Julio Suárez-Llanos disfrutó del incondicional apoyo
del general y gobernador civil de la provincia Bermúdez de Castro,
«en aquel tiempo en que un sedimento revolucionario y subversivo
ponía en peligro la tranquilidad pública». De acuerdo con
los datos que nos proporciona «El Noticiero del Lunes»,
correspondiente al diecinueve de abril de 1926, Julio Suárez-Llanos y
Sánchez causó baja en la escala activa del Ejército
«con una brillantísima hoja de servicios», y seguidamente
asumió el cargo de comandante general de Somatenes de la quinta
región. Con la salud quebrantada, llegó a nuestra ciudad, donde
su clima lo restableció. Su disciplina y «el sincero cariño
a Alicante», lo llevaron finalmente a la alcaldía, «donde le
asistieron sus treinta y seis compañeros de Concejo, que tuvieron en
él la fe que inspira siempre el jefe».
Durante su mandato municipal, según el cronista Vidal Tur,
«no obstante la beligerancia de aquel régimen toleró a los
que luego derribaron la monarquía, implantaron la República e
hicieron la revolución sangrienta, el señor Suárez-Llanos
salió siempre airoso de su gestión (…)», se llevaron
a efecto, entre otras obras urbanísticas, la pavimentación de
diversas calles con hormigón blindado, con una superficie total de
setenta mil metros cuadrados y un presupuesto de casi millón y medio de
pesetas, a cargo de la empresa «Construcciones y Pavimentos, S.A.».
El pleno aceptó la propuesta y autorizó al alcalde a ultimar el
contrato. El pago de tales obras se verificó repartiendo, el importe
entre los cuatro siguientes presupuestos municipales.
Gracias a su mediación, se nombró hijo adoptivo de
Alicante al general Primo de Rivera, y alcalde honorario perpetuo al general
Cristino Bermúdez de Castro. Para no ser menos, el catorce de diciembre
de 1926, al alcalde y también general Julio Suárez-Llanos y
Sánchez, por unanimidad del pleno, se le concedió la medalla de
oro de la ciudad.
En definitiva, todo quedaba en familia.
  Las primeras letras
17 de enero de 1996
Ahora ya tenemos una Escuela Universitaria de Magisterio, donde se
obtiene la preparación y titulación adecuadas para el ejercicio
profesional. Pero hace tan sólo cerca de dos siglos, como en otras
muchas carreras las cosas andaban a su aire.
Recogemos un ejemplo de cómo se hacía, en 1800, un
maestro. Es un caso que ya hemos mencionado en otras ocasiones. Se trata de las
pretensiones de Nicolás Calbo o Calvo que, por lo que se ve,
tenía una clara vocación pedagógica. Nicolás Calvo
pretendía desarrollar sus actividades docentes en Agost, por aquel
tiempo «universidad de esta gobernación». Entiéndase
el concepto de universidad, en este caso, no como instituto público
donde se cursan todas o varias facultades, sino en su última
acepción: como conjunto de poblaciones o barrios que estaban unidos por
intereses comunes, bajo una misma representación jurídica.
Pues bien, el señor Calvo, tras presentar el memorial en el
que constaba «la justificación de limpieza de sangre, de vida y
costumbres, y de aptitud en la doctrina cristiana», los señores
Pedro Borgunyo y Juan Caballero, ambos de la real y distinguida orden de Carlos
IV, y Vicente Navarro, secretario del Consistorio, lo convocaron para el examen
al que lo sometieron los señores Baig y Corona, maestros de primeras
letras. El examen consistió en la lectura de algunos fragmentos de un
libro que le entregaron a tal fin; luego, se le mandó que escribiera en
varios caracteres de letras en distintos papeles; y por último se le
hicieron pruebas de las cuatro reglas. «Los señores comisionados
dieron uniformemente su dictamen de hallarse en aptitud y disposición
don Nicolás Calbo, para el ejercicio del magisterio de primeras letras,
mediante lo cual lo habilitaron dichos señores, disponiendo, se le
entregase el expediente original a dicho Calbo, para que acuda a la
superioridad correspondiente, para su aprobación y obtención de
la Real Provisión del Consejo (…)».
En octubre de 1800, Nicolás Calbo fue examinado
también de doctrina cristiana, por el canónigo doctoral de la
Colegiata, quien certificó que lo había hallado
«hábil y suficiente en ella y apto para el desempeño del
magisterio de primeras letras en la universidad de Agost». Enhorabuena,
viejo maestro Nicolás Calbo.
  Nuestro puerto
18 de enero de 1996
Lo fue a raíz de la revolución de la burguesía
progresista de 1854. Por aquellos tiempos el puerto de Alicante era tan solo de
interés local de primer orden. Pero la clase mercantil y adinerada
trataba de consolidar su posición económica mediante un nuevo
modelo de sociedad que dejara atrás muchos años de
conservadurismo y moderantismo poco o nada propicio a los cambios. En su
memoria de licenciatura «Revolución y burguesía: Alicante
(1854-1856)», su autor, Rafael Zurita Aldeguer, escribe: «A partir
de 1840, el volumen de tráfico portuario alicantino crece
rápidamente y esto obliga a la burguesía local a interesarse por
la realización de mejoras en las instalaciones. Con este motivo se
celebra en junio de 1854, poco, antes de la Vicalvarada, una reunión en
la Casa Consular de Alicante, en la que participan setenta y tres comerciantes
(Archivo de la Diputación Provincial). Pero el impulso decisivo lo da el
Gobierno, cuando el once de diciembre de 1855 convierte a Alicante (...) en
puerto de interés general».
Efectivamente, en el Boletín Oficial de la Provincia del
veinticuatro de diciembre del citado año, se publica cómo la
reina enterada de los deseos expresados por la Diputación, el
Ayuntamiento, la Junta de Comercio y la Sociedad de Amigos del País de
Alicante, en el sentido de que se declare puerto de interés general el
de nuestra ciudad, e informada además de la petición por los
gobernadores de las provincias de Madrid, Albacete, Murcia, Ciudad Real y
Tarragona, y considerando que reúne las condiciones necesarias «y
que en el estado actual de sus obras conviene acelerar su próxima
conclusión, para proporcionar buen abrigo a los buques que lo
frecuentan», y además teniendo en consideración que no
perderá su importancia «aún cuando se concluya el de
Valencia y se halle también a poca distancia el de Cartagena, sino que
por el contrario aumentará aquélla tan luego como esté
concluido, y en explotación el camino de hierro que le ha de unir al
interior del Reino, cuya construcción se halla muy adelantada, su
majestad se ha servido declarar de interés general el puerto de
Alicante, para los efectos prevenidos en el Reglamento del treinta de enero de
1952».
Se estaban sentando las bases modernas para la prosperidad comercial
y económica de nuestra ciudad. Acerca del puerto y del ferrocarril ya
hemos ofrecido, en estas crónicas, una considerable información
documental, que, sin embargo, completamos, casi día a día.
  Energía eléctrica
19 de enero de 1996
A pesar de que la Junta de Obras del Puerto se constituyó el
uno de enero de 1901, con la entrada en el siglo XX, la primera memoria de la
misma no se publicó hasta tres años después. En la
introducción de dicha memoria se justifica tal demora en el hecho de que
durante aquel periodo de tiempo, la dirección facultativa se
empleó fundamentalmente en la organización de los servicios
oportunos y en la redacción de proyectos, sin que se llevaran a
término obras de cierto relieve. Sin embargo, con el ensanche del puerto
y en desarrollo el plan de mejoras, había llegado el momento de redactar
la memoria. Sumariamente, se recoge en la introducción que «el
puerto actual (...) comenzó a construirse en el año 1803, a cargo
de la llamada Junta protectora, pasando después de terminadas las obras
de la Jefatura de Obras Públicas que atendió a su
conservación, hasta su entrega a la recién constituida Junta de
Obras del Puerto».
Un año después de esta primera memoria, y en vista de
las activas gestiones de la mencionada Junta, se publicó en el
Boletín Oficial de la Provincia, correspondiente al veinte de marzo de
1905, la siguiente disposición: «El presidente de la
comisión ejecutiva de la Jefatura de Obras Públicas ha presentado
en este Gobierno el proyecto y en oficio solicitando autorización, para
cruzar con una línea trifilar la travesía de la carretera que une
la de Silla a Alicante con la de esta ciudad con Ocaña, frente al
arranque del muelle de Levante, con el objeto de suministrar energía
eléctrica a dos grúas que se han de emplazar en dicho muelle, y
declarados suficientes los expresados documentos, para servir de base a la
introducción del oportuno expediente, he dispuesto abrir
información pública acerca del indicado proyecto por treinta
días, para admitir todas las relaciones que se presenten en dicho
plazo». Está firmado por el gobernador civil Antonio Baztán
y Goñi.
Nuestro puerto se estaba modernizando. Había que atender al
tráfico que, en definitiva, beneficiaba considerablemente al puerto
alicantino en su conjunto. Por eso nadie presentó reclamación
alguna al citado proyecto. Tal se desprende de la notificación que el
Ayuntamiento, al frente del cual se encontraba, por entonces, Pérez
Bueno, trasladó a la Junta, una vez transcurrido el plazo reglamentario.
La notificación está fechada el veinticinco de abril siguiente.
Luz verde, pues.
  La ciudad vigilada
20 de enero de 1996
Los marineros del cañonero «Bonifaz» tomaron
posiciones en nuestro puerto, en tanto unidades del regimiento de la Princesa
se desplegaron por la ciudad en apoyo de las fuerzas de seguridad. El gobierno
militar había proclamado la ley marcial de cara a la huelga general que
el comité conjunto de las centrales sindicales UGT y CNT habían
convocado para el trece de agosto de 1917. Un año emblemático en
la historia del proletariado.
En Alicante, como en el resto del país, se llevaron a efecto
cierres y manifestaciones, sin que en ningún momento se produjeran actos
de violencia, según confirmarían los periódicos locales.
Pero aún así, la ciudad se encontraba bajo control militar. En el
«Diario de Alicante» se reseñó la detención de
Matilde Hernández, al parecer, en contacto con el comité de
Madrid, y también la del alpargatero de Elche, Juan Barceló. Pero
hubo además otros arrestos: el de Rafael Millá, presidente de la
Asociación de Obreros Tipógrafos; los de Manuel Esquembre y Juan
Bañó, y de varias mujeres trabajadoras.
Pero si aquella huelga se resolvió, en Alicante, de forma
pacífica, en los centros de implantación socialista y
sindicalista y en los núcleos más industrializados, como Alcoy,
Elche, Elda, Novelda y algunos otros, adquirió aspectos más
virulentos. En Villena, los obreros arrancaron las vías férreas y
cortaron los comunicaciones telegráficas y telefónicas y el
suministro eléctrico. La represión fue contundente. Las fuerzas
de orden público cargaron contra los manifestantes y efectuaron varios
disparos, que ocasionaron una víctima mortal.
Aún hubo de transcurrir toda una semana de crispaciones,
antes de que se retornara a la aparente normalidad. Como consecuencia de
aquellas acciones, casi centenar y medio de huelguistas, hombres y mujeres,
fueron a parar al castillo de Santa Bárbara. Algunos de ellos, no
serían puestos en libertad hasta nueve o diez meses después.
El veinticuatro de aquel mismo mes de agosto, el alcalde Manuel Curt
y Amérigo, en sesión plenaria, presentó una moción
en la que se proponía una felicitación al Gobierno por el acierto
de sus actuaciones, y se alababa la colaboración de los poderes
públicos y «de los elementos conscientes y sanos del
país», por haber contribuido a abortar ciertos manejos
revolucionarios. Hubo discrepancias, como la del edil Botella, y propuestas de
felicitación al Ejército y al gobernador militar Fernando
Moltó. La moción de Alcaldía se aprobó con
sólo dos votos en contra: los de Botella y Sánchez Sampelayo. El
veintitrés de noviembre, después de la revolución de los
Sóviets, se aprobó otra, presentada por Guardiola Ortiz en la que
se pedía una amplia amnistía para los detenidos durante la citada
huelga.
  Republicanos en el paredón
22 de enero de 1996
Abortada en marzo de 1844 la rebelión progresista que
encabezaron Pantaleón Boné y los liberales alicantinos, entre
otros varios, Manuel Carreras y Tomás España, por el general
Federico Roncali, tan justamente denostado por cronistas e historiadores,
nuestra ciudad, como el resto de España, fue sometida a un poder
fuertemente centralizado, en base a la ley de ayuntamientos y a la
constitución de 1845. La ciudad estaría sujeta a una
política conservadora y a una vigilancia policial más estricta,
durante la siguiente década.
Pero cuatro años después, es decir, en 1848, cuando en
Europa se produjeron amplios movimientos sociales de carácter
revolucionario, pese a las medidas preventivas del general Narváez, en
Alicante y en algunos pueblos de la provincia se advirtieron actividades
conspirativas. Consecuentemente, se acentuó la represión, y fruto
de las investigaciones llevadas a cabo por las fuerzas del orden
público, tras proclamarse el estado de sitio, fueron la detención
del ya histórico Manuel Carreras y de sus compañeros, entre los
que se contaban algunos militares y civiles. Sometidos a consejo de guerra, se
dictó sentencia de muerte para el cabecilla y varios de sus
colaboradores. Sin embargo, en aquella ocasión, no tuvo lugar ninguna
ejecución: las penas capitales fueron conmutadas. Manuel Carreras
sufrió un largo destierro en las Filipinas, de donde regresaría
cuatro años más tarde, si bien con el germen de una enfermedad
tropical que, con el tiempo, acabaría con su agitada vida.
Aquellos movimientos, en los que se involucraron personas
progresistas, aunque consideradas republicanas, provocaron escritos de
adhesión a la reina, publicados en la «Gaceta de Madrid»,
procedentes de toda España y, por supuesto de Alicante. Allí
estaban los nombres de algunos ilustres paisanos: el marqués de Algorfa,
el conde de Santa Clara, don Juan Roca de Togores y varios más. Pero si
los detenidos en mayo tuvieron una suerte relativa, no les sucedió lo
mismo a cuantos se levantaron en Guadalest, en octubre de aquel mismo
año. Otro Carreras, pero Lorenzo de nombre, y un grupo de republicanos
(entre dieciocho y treinta y cinco, según las fuentes consultadas)
fueron detenidos «por el cacique Juan Thous, así lo escribe la
prensa republicana de fin de siglo, que maldita sea una y cien veces su
memoria; y fusilados en el castillo de Guadalest, el 27 de octubre.
  Una dimisión aplaudida
23 de enero de 1996
Hubo respeto y aun felicitaciones para quien salió de la
alcaldía, con dignidad y por la puerta principal. No se le regatearon ni
cumplidos, ni elogios. Desde Lorenzo Carbonell, portavoz de la Alianza de
Izquierdas, hasta el conservador Sánchez San Julián representante
de su minoría municipal. San Julián como Elizaicin, que
habló en nombre de los mauristas, comprendieron y lamentaron la
decisión del alcalde dimisionario, pero la encontraron justificada. Por
supuesto, Tomás Tato, liberal como el titular de la alcaldía,
hasta aquel momento, expresó, en representación de la
mayoría hegemónica en el Ayuntamiento, que el presidente de la
corporación, hacía honor a su compromiso y honraba a su
formación política, de forma que, cuando en el futuro, se
quisiera hablar de un alcalde modélico, se citaría, sin
ningún género de dudas, al que tan honestamente había
desempeñado el cargo, hasta aquel día.
El referido alcalde dimisionario no era otro más que Ricardo
Pascual del Pobil y Chicheri. La salud quebrantada le forzaba a tomar tal
medida. Y para evitar cualquier suspicacia, acompañó a su
renuncia, certificación médica expedida por el decano facultativo
del cuerpo de la beneficencia municipal, Pascual Pérez Martínez.
Recordemos que Del Pobil fue en aquella época de la Restauración,
el primero de los alcaldes elegido por el resto de los ediles integrantes de la
corporación.
Posteriormente y tras un descanso de diez minutos, los componentes
del cabildo, se reunieron de nuevo en el salón de pleno, y procedieron a
la elección de quien había de suceder en tal alto empleo. Se
verificó la votación y se efectuó el recuerdo, que dio los
siguientes resultados: veintisiete papeletas para Antonio Bono Luque, y tan
sólo una en blanco. Bono Luque manifestó su deseo de continuar el
ejemplo de su antecesor y su propósito de trabajar para Alicante. En la
siguiente sesión que presidió el nuevo alcalde, se acordó,
en virtud de la comunicación de la junta de delegados de la Casa del
Pueblo, que los trabajadores municipales se adhirieran a la fiesta del trabajo,
y que la Banda de Música acudiera a la manifestación de la clase
obrera que había de tener lugar en breve. Una medida oportuna.
  Monumento a Canalejas
24 de enero de 1996
Por diversas razones, el político y estadista José
Canalejas Méndez ha frecuentado nuestra diaria crónica. Sus
partidarios, sus amigos, decidieron, tras su muerte, perpetuar su memoria en
forma de monumento. De tales propósitos y proyectos ya hemos dejado
aquí constancia pormenorizada. Faltaba acaso documentar la cesión
de dicho monumento a la ciudad, por parte de quienes lo habían hecho
posible.
Con fecha nueve de octubre de 1920, los integrantes de la Junta para
la realización del mismo, toman el acuerdo de, una vez concluido,
entregárselo al Ayuntamiento. Diez días más tarde, el
presidente de dicha Junta, Rafael Beltrán, escribe al alcalde de
Alicante, comunicándole la entrega y rogándole que señale
día y hora, para que ésta se produjera con asistencia de
representantes de la corporación municipal y miembros de la junta, y en
acto se levantaran actas por duplicado por parte de los secretarios de ambas
entidades.
Rafael Beltrán tuvo conocimiento de la sesión
celebrada el veintitrés de aquel mes, y en cuya sesión el alcalde
propuso al Consistorio la creación de una comisión que se
encargara de la recepción del monumento a Canalejas. En la
comisión figuraban, además del propio alcalde, Antonio Bono
Luque, los ediles Elizaicin, Pobil, Pérez Molina, Bonmatí y el
secretario general del Ayuntamiento.
El ocho de noviembre, Bono Luque convocó una reunión
en la alcaldía, con objeto de formalizar la donación y dar
así cumplimiento a cuanto había solicitado la Junta promotora.
Allí se entrevistaron los concejales anteriormente citados y Rafael
Beltrán; Grau, vicepresidente de la Cámara de Comercio;
Guillén, presidente del Club de Regatas; Sánchez, presidente de
la Casa del Pueblo; Lafarga, presidente del Casino; todos ellos miembros de la
referida Junta, con el secretario de la misma. Unos y otros, salvo el edil
Bonmatí, figuran en el acta que se levantó, como documento de
aquella entrega, y que se conserva en nuestro Archivo Municipal.
El alcalde Bono Luque, una vez finalizados los trámites,
agradeció el celo y entusiasmo de quienes habían hecho posible el
monumento a don José Canalejas, en virtud de los cuales «Alicante
podía vanagloriarse de ser la primera población española,
de cuantas proyectaron dedicar un monumento a Canalejas, que había visto
cumplido tan noble deseo».
  La Explanada del Varadero
25 de enero de 1996
Según el periódico «Diario de Alicante»,
de nueve de noviembre de 1934, la avenida que comenzaba al final del paseo de
los Mártires y terminaba con la de Loring (el marqués de Loring
fue el adjudicatario de las obras del ferrocarril de Murcia a Alicante), se
llamó primeramente Explanada de España y después Explanada
del Varadero. Y así, hasta que el veintidós de abril de 1922,
fecha en la que el Ayuntamiento, en sesión plenaria, acordó
adherirse al homenaje tributado a don Santiago Ramón y Cajal y
contribuir al mantenimiento del Instituto de Investigación
Biológica, además de rotular con su nombre la avenida que hasta
entonces se conoció como Explanada del Varadero, de acuerdo con algunas
fuentes, desde 1880.
La avenida del doctor Ramón y Cajal está enfrente del
Parque de Canalejas. Parque cuyas obras se emprendieron en 1904, siendo alcalde
de Alicante, Alfonso de Rojas; continuaron durante el mandato municipal de
Manuel Cortés de Miras; y se concluyeron, en 1908, cuando ocupaba la
Alcaldía de la ciudad, Luis Mauricio Chorro.
El primer edificio que se construyó en la referida vía
fue la Administración de Hacienda -posteriormente, Escuela de Comercio-
gracias a las gestiones del político Antonio Mas Gil, en 1878. Dos
años después, el marqués de Benalúa, edificó
su casa junto al edificio citado, casa que habitó durante tres o cuatro
años, para venderla posteriormente al comerciante Luis Penalva. Lindando
con dicha finca, levantó la suya Juan Alberola- Romero, «la casa
de la torre», que concluyó así la primera manzana.
En la siguiente, al otro lado de la actual avenida de Gadea, se
encontraba el Teatro de Verano, del ya citado Luis Penalva Muñoz. Luego,
la finca de la razón comercial Carratalá Hermanos, a la que le
seguía el colegio de la congregación de Jesús
María, y más tarde, el también colegio de San José.
Junto al mismo, construyó su finca el comerciante en vinos de origen
francés, Juan Anglada, a quien sucedería en el negocio Marcial
Samper. Por último, el edificio de Ramón Guillén
López y de sus hijos Ricardo y Heliodoro.
Así se fue urbanizando aquel paraje, en memoria del ilustre
histólogo que con tanta frecuencia visitó nuestra ciudad,
invitado por su colega y amigo José Gadea Pro.
  Vigilad las rameras
26 de enero de 1996
Qué finos que eran. Espiaban, barrio a barrio, a las
prostitutas o a aquellas mujeres de dudosa vida. ¿Se lo figuran? Iban
los diputados de tal o cual barrio fisgoneando y atendiendo a cuchicheos, por
ver de ponerle la mano encima a la que se desmandara o simplemente a aquella de
quien se sospechaba algún que otro desliz. Luego, escribían un
informe y se lo remitían al señor gobernador.
Había de todo. Por ejemplo, en el barrio de Santa Ana,
tranquilidad absoluta: «Como en esta época presente se halla este
barrio sin novedad en atención a hombres y mujeres de mala conducta,
quedando con el mayor cuidado y advertencia para lo sucesivo en que esperamos,
por la gran bondad de Dios, que permanezca dicho barrio con la mayor exactitud
y pureza y sosiego. Alicante a dieciséis de agosto del año
1806». Luego, la firma. La firma del diputado señor Tonda, porque
el diputado señor Puchol no sabia firmar: daba el chivatazo de
boquilla.
Sin embargo en Santa Cruz, ya verán, ya. Había una tal
Forrona Moza que debía ser de armas tomar, qué individua.
Tenía al personal en ascuas. La Forrona Moza era madre de dos hijos y
según todos los indicios, cada uno de ellos era de un soldado asistente,
es decir, de dos soldados asistentes. De los soldados, por supuesto, no se
decía nada, pero a la Forrona Moza la tenían más que
fichada. Lo mismito que a las hermanas Vicenta y María que, aun
expulsadas del barrio de San Antón, seguían en sus trece, ante la
justa indignación de los señores diputados. Y es que las hermanas
Vicenta y María iban de putas de lujo. Tal se desprende del informe en
el que se especifica que vestían de tiros largos y gastaban a manos
llenas, sin que tuvieran bienes reconocidos ni renta alguna. Claro que su casa
la visitaban gentes de toda clase, pero especialmente de la clase superior. Y
aunque fueron reconvenidas por el señor alcalde mayor, ni caso. Ellas, a
lo suyo. Quizá por eso, por lo que pudiera ocultarse detrás de
aquellos encuentros, los diputados anotaron: «Se ha suspendido toda
gestión hasta nueva orden». ¿Habría algún
habitual visitador más alto que el alcalde mayor?
Por su parte, Vicenta Fonseca que se quedó viuda a
consecuencia de la epidemia de peste amarilla, tuvo un hijo cuyo padre,
naturalmente, no se cita para nada. Pero el diputado de turno
salomónicamente, apostilló: que se case. Todas esas andanzas de
nuestras prostitutas de principios del siglo XIX, y de sus sigilosos
vigilantes, parecen arrancados de una novela. Hoy ya no suceden cosas tan
divertidas, ¿o sí? Ya veremos.
  Trabajadores del municipio
27 de enero de 1996
Fue el dieciocho de abril de 1907, cuando los delegados de las
sociedades obreras legalmente constituidas se dirigieron por escrito al
Ayuntamiento de nuestra ciudad, solicitando del alcalde, Luis Mauricio Chorro,
que se concediera a los empleados municipales descanso total el día
1.º de mayo, sin excepción alguna de categoría y que
ordenaran a los contratistas que dependieran de la corporación que
también a sus trabajadores les dieran igual trato, de manera que
así demostrara «su amor a la clase obrera».
En la instancia que firman Rafael Sierra y Eugenio Alman, se
advierte que «se desea solemnizar la fiesta universal del proletariado,
cual corresponde a la grandiosidad de la misma, y al igual que en los
demás países del extranjero, en las corporaciones municipales,
por su carácter administrativo e independiente, conceden a sus
dependientes el 1.º de mayo el jornal que tienen asignado en sus
presupuestos, relevándoles en ese día de todo trabajo, ya sea
manual o intelectual, a fin de que éstos puedan asistir a los actos de
solidaridad obrera».
El Ayuntamiento estudió la petición y contestó,
dos días después, con cierta ambigüedad, accediendo a lo
solicitado, pero sólo en aquellos casos en los que el servicio lo
permitiera. Años después, los dirigentes obreros
insistirían en sus pretensiones, con resultados más
sustanciales.
El veinticuatro de abril de 1912, cuando estaba al frente de la
alcaldía Federico Soto, la Junta de Delegados del Centro de Sociedades
Obreras, con sede en la entonces avenida de Zorrilla (hoy de la
Constitución) insistió, en términos parecidos, ante el
Ayuntamiento, «con el fin de que el numeroso personal a sus
órdenes no sea una nota discordante en dicho día (Fiesta del
Trabajo)».
En nombre de las dieciséis sociedades representadas, se
invitaba a las autoridades locales a que dispusieran la suspensión de
las actividades, en tanto en cuanto «no se produjesen perjuicios al
excelentísimo Ayuntamiento».
El treinta de abril, el Consistorio contestó positivamente.
«(...) y a pesar de que algunas obras de las que el Ayuntamiento viene
realizando son de verdadera urgencia e importancia, esta alcaldía,
accediendo a los deseos de ese centro y para cooperar, en la medida de sus
fuerzas, a la mayor brillantez de la Fiesta del Trabajo, ha dispuesto que
mañana, 1.º de mayo se suspendan todos los trabajos y labores que
realizan los operarios municipales».
  La vieja carretera de Silla
29 de enero de 1996
Más que harto debía estar el ingeniero jefe de Obras
Públicas, Juan Miró, aquel mes de mayo de 1904, para dirigirse al
alcalde de la ciudad en un tono severo. «La carretera de Silla -le
escribe el veintitrés de aquellos mes año- cuya
conservación corresponde al Estado y, como consecuencia, al cargo de
esta jefatura, termina en el origen del muelle de Levante de este puerto,
llegando por lo tanto al centro de Alicante, que en varias épocas del
año es de gran concurrencia de vecinos y forasteros.
El señor Miró expresa, con irritación
contenida, la inutilidad de sus esfuerzos para mantener la entrada de nuestra
ciudad libre de obstáculos como corresponde «a la cultura de esta
población». Además el ingeniero de Obras Públicas,
con muy buen criterio, abogaba por la fluidez de la circulación, pero,
en su opinión, no había forma de conseguir que estuviera libre y
desocupada para el tránsito.
Por lo visto y leído, en el tramo comprendido entre la plaza
de Ramiro y el final del punto kilométrico 172, los conductores de todo
tipo de vehículos que prestaban su servicio entre la capital y los
pueblos de las cercanías, se habían montado su
«paraeta», impidiendo así o dificultando el acceso, por la
carretera de referencia, al centro de Alicante. De acuerdo siempre con las
observaciones de Juan Miró, invadían además las cunetas y
los paseos «con carros y carretas con los tiros desuncidos», lo que
constituía un espectáculo nada edificante y aún un riesgo,
para transeúntes y circulación.
Se amonestó seriamente al personal de peones camineros y se
conminó a los funcionarios de la Jefatura de obras Públicas a
tomar medidas contra cuantos obstruían el paso por aquella vía.
Pero las denuncias presentadas ante la Alcaldía, en repetidas ocasiones,
no surtían efecto alguno. «Las órdenes que se daban, para
que se cumplieran las disposiciones legales, resultaban desatendidas, por
contar, al parecer, los contraventores, con la impunidad de las tan repetidas
infracciones».
Muy finalmente, el ingeniero Miró no estimaba como cierta una
probable tolerancia por parte de la Alcaldía, por cuanto tenía
constancia de que la misma había de prestar su valiosa y eficaz
cooperación, como se desprendía de la comunicación del
Ayuntamiento de una década antes, es decir, del dieciséis de
noviembre de 1895. No obstante, apelaba a la primera autoridad local, con el
ruego de que señalara otros sitios para la parada de los carruajes de
servicio o que se obligara a los conductores a esperar a los hipotéticos
usuarios, en los lugares establecidos a tal fin en la población.
Qué estampa, con el siglo recién estrenado.
  La Asociación de la Prensa
30 de enero de 1996
Sucedió en los locales del Montepío Mercantil: varios
periodistas mantuvieron una interesante reunión. De allí
surgiría la Asociación de la Prensa de Alicante, que
presidiría, aunque por muy poco tiempo, el director de «El
Demócrata», Juan Manuel Contreras. Era el diecinueve de noviembre
de 1904. En aquella misma sesión y antes de que se procediera al
nombramiento de los cargos de la junta directiva, Contreras propuso como
presidentes de honor de la misma a Miguel Moya, presidente de la
Asociación de Madrid, José Canalejas y Méndez, decano del
Colegio de Abogados de Madrid y Antonio Galdó López, decano de
los periodistas alicantinos.
Casi veinticinco años después, se celebró el
día del periodista, con objeto de conmemorar las bodas de plata de la
institución. Con tal motivo se instituyó el premio «Luca de
Tena», a iniciativas de quien no quiso revelar su nombre y se
ocultó bajo el pseudónimo de «el periodista
anónimo». En sucesivas ediciones, este galardón lo
obtendría Antonio Blanca Pérez (en 1931 y en 1936), José
Ferrándiz Torremocha (en 1932 y en 1935), José María
Ballesteros (en 1933) y José Alfonso (en 1934).
La Asociación de la Prensa se reunía en diversos
lugares, hasta que finalmente tuvo su primera sede social en el pasaje de
Amérigo, en donde permaneció hasta 1921. Posterior y
sucesivamente, tendría su domicilio en Castaños, en López
Torregrosa, en Zaragoza y, por último, bajo la presidencia de
Pérez Mirete, en su espacioso local en los bajos del número ocho
del paseo de los Mártires.
Son muy diversas las vicisitudes de la Asociación alicantina.
Vicisitudes de carácter político, cultural, profesional y
económico, que ya analizamos y comentamos ampliamente en un trabajo
sobre la misma. Pero, desde el momento de su constitución,
organizó actos, conferencias, funciones benéficas y corridas de
toros. La primera de ellas, se celebró el treinta de julio de 1905, con
toros de Carreras y la presencia de los matadores Fuentes y Cocherito de
Bilbao, cuando era presidente de la misma Antonio Galdó Chápilu.
Meses después, en octubre del referido año, se incrementó
la nómina de miembros honoríficos con los nombres de Benito
Pérez Galdós y de Salvador Sellés.
En una de estas habituales crónicas («La Gatera»,
28 de enero de 1995) dejamos constancia de muchos de sus presidentes,
prácticamente hasta mediada la década de los treinta. La
nómina se completa, en el citado trabajo, con los restantes, hasta
nuestros días.
  La mendicidad perseguida
1 de febrero de 1996
Una carta nos proporciona el aspecto más doloroso de la
detención indiscriminada de quienes practicaban la mendicidad, en los
primeros años de la década de los cuarenta, es decir, en la
inmediata posguerra. En este caso, se trata de la petición que una mujer
-cuyo nombre obviamos- dirigida a las autoridades. En el texto se refleja la
angustia de una madre que aboga por una niña de trece años,
internada en el castillo de Santa Bárbara, como tantos y tantos
menesterosos, y solicita que la dejen regresar a su casa, por cuanto ya tiene
condiciones para facilitarle comida y atenciones. En nuestro Archivo Municipal,
se pueden consultar muchos más documentos de esta misma naturaleza. La
captura de los más débiles resultaba una práctica ominosa
y frecuente.
En uno de los partes diarios, en cuyo impreso figura: Campo de
Concentración y Aislamiento de Mendigos, correspondiente al uno de
febrero de 1942, se registran nada menos que ochenta y tres niños y
cuarenta niñas internados por el tremendo delito de pedir limosna.
Además de ochenta y cuatro adultos.
La detención de estas personas comenzó a llevarse a
cabo poco antes del citado año. Al lugar, también se le
conocía por el nombre de Campamento de Observación y Aislamiento
de Mendigos y Vagabundos, y se encontraba al frente del mismo don Manuel Blanco
Sánchez. Dependía de la Junta Municipal de Beneficencia de
Alicante. Pero ciertamente más parecía un centro penitenciario.
Tal se desprende de los términos empleados en las casillas de los
referidos partes; libertados, fugados, ingresados, fallecidos y hospitalizados.
Claro que entonces a los pedigüeños, por las causas que fueran, no
se les reconocía ningún derecho. Ni a los otros. Hoy, sí.
Al menos tal es la letra y el espíritu que informan los pliegos de
nuestra Constitución, consensuada por la mayoría de las fuerzas
políticas y refrendada por la mayoría de los
españoles.
Acerca de este Campamento o Campo de Concentración ya
ofrecimos, en su momento, otros detalles. Detalles referentes a la
alimentación de los internados en aquel gueto y cuya base la
constituían las zanahorias, como se desprende de la lectura de los
ranchos que se les facilitaba. En el dormitorio para hombres y niños
había tan sólo, según se documenta en el inventario
correspondiente, un total de setenta y seis camas, insuficientes para los
retenidos o detenidos o internados. Tal vez no le importase demasiado a
aquellas jerarquías: les molestaban los pobres, pero, al parecer, les
traía sin cuidado las causas de la pobreza y la adopción de
medidas sociales para evitar tanta injusticia. ¿Eran otros tiempos?
  Ejecutados en Tabarca
2 de febrero de 1996
Cierto que aquel mes de noviembre trajo aires desapacibles a nuestra
ciudad. Primero, la subasta para el arriendo de las puertas de Alicante que
crispó los ánimos de la ciudadanía. Pero en vano. El
anuncio aparecido en el Boletín Oficial de la Provincia se
cumplió a pesar de su impopularidad, en mayo del siguiente año,
es decir, de 1839. De modo que el dichoso arriendo, junto a los arbitrios
municipales, se los adjudicó el señor José Safont.
A raíz de la dicha subasta, tanto los particulares, como las
corporaciones y gremios elevaron su enérgica protesta al Ayuntamiento:
aquel contrato oneroso ponía a la ciudad al borde una
insurrección. Se imponían medidas capaces de volver las cosas a
su anterior estado. Manuel Carreras, Cipriano Berguez e Isidoro Salazar,
alcaldes constitucionales, hicieron lo que podían hacer: enviar al
Gobierno un amplio y razonado escrito, en el que exponían minuciosamente
las repercusiones que el arriendo de las puertas había ocasionado en la
población, descontento generalizado, cierre de establecimientos y
protestas incesantes. El documento lo firmaron también los regidores,
síndicos y secretario municipales.
«(...) la ansiedad pública exaltada por este contrato y
la opinión manifestada de un modo inequívoco contra tal medida,
colocan al Ayuntamiento en el imprescindible caso de manifestar las gestiones
que en el particular ha practicado, para defender de este inesperado ataque los
fondos cuya administración le están, por leyes, confiada
(...)». Y surtió efecto, se impuso el sentido común, y el
derecho de puertas quedó encomendado, como hasta entonces, a la hacienda
municipal.
Pero aquel mes de noviembre de 1838, tuvo un aspecto bastante
más sombrío. En la madrugada del día once, diecinueve
sargentos carlistas, presos en el depósito de la isla de Tabarca, fueron
fusilados sobre un fondo de nubes violáceas. Era la represión
ordenada por el gobernador militar, Francisco Pérez Meca, después
de declarar la plaza en estado de sitio, por las actuaciones del general
carlista Ramón Cabrera que, a su vez, había mandado fusilar a
noventa y seis individuos de la misma clase». En ocasiones, los generales
juegan con los hombres como si fueran soldaditos de plomo. Un juego siniestro y
sangriento.
  El atentado
3 de febrero de 1996
Por los pelos, se libró el teniente coronel Fernández
Arteaga, cuando el presunto anarquista disparó su pistola sobre
él. Luego, el arma se encasquilló, momento en que un sargento de
cornetas aprovechó para abalanzarse sobre el agresor, quien le dio un
mordisco en la mano, antes de ser reducido por el capitán Meca y
entregado al jefe de la Policía Urbana, el cual, a su vez, lo
pondría a disposición de las autoridades militares. El frustrado
atentado tuvo lugar en la calle de Jorge Juan, el veintinueve de octubre de
1934. Aquel día, se celebró en Alicante un desfile en el que
participaron fuerzas del Ejército y de orden público, a
raíz del homenaje que en toda España se les tributó, con
motivo de su intervención en los sucesos revolucionarios de
Asturias.
En nuestra ciudad, presidieron aquellos actos el comandante militar
de la provincia, general García Aldave; el gobernador civil de la misma,
Vázquez Limón; el alcalde de Alicante, Santaolalla; además
de otras personalidades, entre las que se encontraba Manuel Prytz, decano del
cuerpo consular. La Prensa escribió, entre otros elogios:
«Recorrieron las más importantes vías, entre una continuada
ovación y delirantes aclamaciones de la muchedumbre (...) Terminado el
desfile, sirviose una comida extraordinaria a la fuerza, que fue obsequiada con
una peseta en mano y cigarros, acudiendo al acto las autoridades y pronunciando
un patriótico discurso don Manuel Prytz, en nombre de las fuerzas vivas,
siendo contestado con elocuencia y patriotismo por el general García
Aldave».
Acerca del autor del fallido intento, sabemos, por las fuentes
hemerográficas, que se llamaba Manuel Morente Suárez, de sesenta
y un años de edad, que era natural de Porcuna (Jaén) y que
tenía por oficio el de zapatero remendón. Desde un principio, se
supuso que se trataba de un anarquista. Aquella misma tarde, el comandante
Gordejuela, practicó las diligencias sumarias, para someterlo a consejo
de guerra. Los nervios posiblemente o la mala puntería impidieron que
llevara a efecto su cometido. Los periódicos nacionales prestaron toda
su atención al desfile y al atentado al que nos referimos. En el diario
«Abc», del treinta de octubre, se publicó un documento
gráfico: las tropas en formación, frente al edificio del viejo
Casino alicantino. Por los pelos se libró el teniente coronel
citado.
  La fiesta más antigua
5 de febrero de 1996
Sin duda, las festividades más remotas de nuestra ciudad son
las que tenían lugar en el mes de agosto, posteriormente dedicadas a la
patrona de Alicante la Virgen del Remedio. Abundan los documentos que se
conservan en el archivo municipal relativos a la feria que, desde siglos
atrás, se celebraba en el referido mes.
Fue Jaime II de Aragón quien, por provisión real de
cinco de agosto de 1296 y «a petición de la justicia de Alicante
Berenguer de Puigmoltó y otros dos síndicos de la misma,
accedió a la creación de una feria anual, durante todo el mes de
agosto, con el disfrute de todos los fueros acostumbrados por cuantos
mercaderes acudan a la convocatoria, a excepción de los criminales,
falsificadores de moneda y salteadores de caminos a los viandantes».
Pero en 1325 la dicha feria se trasladaría al mes de
diciembre y, más tarde, bajo el reinado de Pedro IV, al de octubre, por
cuanto parecía un tiempo más propicio para el chalaneo de los
mercaderes. Sin embargo, mucho tiempo después, volvería a
celebrarse en agosto no ya como feria, sino como fiesta, y con objeto de
solemnizar el día de la excelsa patrona de Alicante. Así se
contiene en una moción presentada al Consistorio, en la sesión
plenaria del veintidós de marzo de 1890. La moción estaba
firmada, entre otros concejales por Corradi, Altamira y Viravens. Rafael
Viravens, por aquel entonces, había presentado su renuncia como cronista
oficial de la ciudad, con objeto de dedicarse a sus funciones de edil. Se
hacía, en el texto correspondiente un expreso llamamiento a las
sociedades de recreo, gremios, establecimientos comerciales y de baño,
empresas de casas de huéspedes y fondas, a fin de que conjuntamente con
el Ayuntamiento, contribuyeran a la formación de un programa digno de la
cultura de la ciudad y también a sufragar los gastos que ocasionaran
tales celebraciones.
El once de julio del año ya referido, Altamira
presentó el programa que se había confeccionado. El liberal
Rafael Terol y Maluenda que presidía el Ayuntamiento mostró su
acuerdo y propuso que la alameda de San Francisco se rotulase con el nombre de
Eleuterio Maisonnave, y que en el transcurso de las fiestas se fijara la placa,
con la solemnidad debida.
Sólo se alzó una voz discordante: la de Rafael
Viravens que era un decidido militante del conservadurismo canovista. Pero
agosto volvió a recuperar el pulso de unos actos que ya tenían
raíces históricas y bien consolidadas.
  Importante remodelación
5 de febrero de 1996
Fue el gobernador civil, don Ramón de Campoamor y
Campoosorio, el poeta de las Doloras y el conservador que criticaba, en sus
escritos, la democracia, quien dio el visto bueno al proyecto
urbanístico. De inmediato, se lo comunicó al alcalde de Alicante,
don Tomás España. El proyecto al que nos referimos, con su plano
correspondiente, se aprobó el veinte de julio de 1850. Y
consistía en la remodelación de la actual plaza de la
Santísima Faz.
Plaza que antes se llamó de la Fruta, de la Harina, del
Progreso y también, aunque se trata de una rotulación escasamente
conocida, de la Cárcel. El nombre que hoy lleva, se debe a un acuerdo
municipal del diecinueve de agosto de 1921.
La plaza o mejor plazuela de la Cárcel se la denominaba a
mediados del pasado siglo. Así consta en algunos docum |