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    El jardín de Venus
     Félix María de Samaniego ; edición de Emilio Palacios Fernández
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ArribaAbajo

La limosna


ArribaAbajo   A pedir la limosna acostumbrada
a una granja del pueblo separada
llegó un fornido lego franciscano,
y encontró de carácter muy humano
a una viuda y joven labradora  5
que era de aquella granja la señora.
Ésta, luego que vio tan colorado
al lego, tan robusto y bien tratado,
sintió cierta pasión picante y viva
que aumentó su virtud caritativa.  10
Echole en las alforjas varias cosas
al paladar gustosas
con que los reverendos regalones
suelen regodearse en ocasiones
y, ya muy bien provisto por su mano,  15
le dijo al irse: - ¿Quiere más, hermano?
- Quiero lo que me den, respondió el lego;
mas lo que haya de ser, démelo luego,
porque quien pronto da y sin intereses
hace una buena acción y da dos veces.  20
- Pues voy a darle, replicó la hermana,
un velloncito negro de mi lana,
que le puede servir de cabecera
cuando se quede del convento fuera.
En efecto, le trajo un velloncito  25
muy negro, muy rizado y peinadito,
que el lego recogió con gran sosiego,
queriendo marchar luego,
diciendo "¡sea por Dios!", según costumbre,
sin que el nuevo regalo diese lumbre.  30
Mas la viuda, cogiéndole la punta
del cordón, le detiene y le pregunta,
afable y cariñosa,
si no necesitaba de otra cosa.
A que él dijo: - No habrá nada que sobre  35
a mi comunidad, porque es muy pobre,
y de todo, hermanita,
la orden de San Francisco necesita.
Mientras esto pasaba,
una gallina dentro cacareaba  40
y la viuda al lego dijo: - Espere,
hermano, y llevará si lo quisiere,
pues por mayor regalo se lo ofrezco,
de mi pollita blanca un huevo fresco.
- Hermana, uno no basta,  45
dijo el lego, que cada fraile gasta,
para su provisión por todo el año,
un par de huevos y de buen tamaño.
La labradora entonces junto al lego
se arrima con más fuego  50
y, sin andarse en otros perendengues,
le dice cariñosa haciendo dengues:
- Pues, hermano, que tome le aconsejo
para regalo suyo este conejo.
- No lo gasto tampoco; mas no obstante,  55
el lego la responde, aquí delante,
pues es limosna, engánchele al momento;
le llevaré al guardián de mi convento,
que lo suele comer muy a menudo,
aunque tenga sus pelos y esté crudo.  60




ArribaAbajo

A Roma por todo


ArribaAbajo   Un payo a confesarse a Madrid vino
por ver si un reverendo capuchino,
que de gran santidad fama tenía,
de sus grandes pecados le absolvía.
Dirigiose al convento  5
de este varón sagrado
y le halló en el asiento
de su confesionario, rellanado,
absolviendo a sujetos diferentes
que tenían las caras penitentes.  10
Llegó al payo su vez y, arrodillado,
- Padre, le dice, mi mayor pecado,
que me pesa en extremo
porque mil veces temo
por esta causa verme condenado  15
sin que la paz de Dios nunca recobre,
es tener la desdicha de ser pobre.
- ¿Y a ello pecado llama?
Cristo amó la pobreza, el fraile exclama,
y ésa no es culpa.
- ¡Ay, padre!, el payo dice,
 20
es que, como yo soy tan infelice,
mi mujer y mi madre,
mis tres cuñadas mozas y mi padre
para vivir tenemos un cuartito
no más, porque yo estoy muy pobrecito.  25
- Vamos, le manda el fraile, hijo, prosiga,
que todavía en vano se fatiga.
- Allá voy, siguió el payo, suspirando;
pues, como iba contando,
una cama hay no más en esta pieza  30
para tantas personas; mi pobreza
no permite tampoco que tengamos
ninguna luz cuando nos acostamos,
y así yo, equivocado,
muchas veces a oscuras he topado  35
en vez de mi mujer, ¡ay!, con mi madre,
y otras veces... ¡Ay, padre,
será fuerza ir a Roma
si de absolverme el cargo no se toma!
Aquí, mientras el payo suspiraba,  40
el fraile se encogía y encerraba
en el confesionario, y luego dijo:
- Acaba pronto, hijo,
mientras que yo en seguro me acomodo,
porque, como ahora estás tan agitado  45
y aquí no hay luz, con este pobre modo
puedes topar conmigo equivocado.
- No haré, replicó el payo,
que huele a capuchino vuestro sayo;
pero a mí me han perdido  50
las equivocaciones:
sin luz, medio dormido,
he compuesto en diversas ocasiones,
lo mismo que a mi madre a mis cuñadas,
y todas cuatro están embarazadas.  55
Si el cargo no se toma
Su Reverencia, padre, de absolverme,
me costarán mis culpas ir a Roma
y no sé en mi pobreza cómo hacerme.
A lo que dijo el fraile: - ¡Pobrecito!,  60
todavía no es tiempo. Corre, hijito;
ve y compón a tu padre, y de este modo
irás a Roma de una vez por todo.




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El resfriado


ArribaAbajo   Montada en la trasera de su mulo,
a una pobre aldehuela
llevaba un arriero a una mozuela,
la cual, con disimulo,
o por flato o por malos alimentos,  5
solía soltar envenenados vientos.
Iba estando el arriero sofocado
del mal olor, y díjola enfadado:
    - Mira que cuando des en aflojarte
de esa suerte, no tienes que quejarte  10
si me aburro y te apeo
y encima de ti un rato me recreo,
porque el flato se cura en ocasiones
con ciertas lavativas a empujones.
La mozuela calló atemorizada;  15
pero, como la pobre iba cargada,
por más que se encogía,
el aire a su pesar se le salía.
Y así, al primer rumor extraordinario
que escuchó el arriero temerario,  20
la bajó diligente,
la tendió prontamente
y, para dar remedio a su fatiga,
la estrujó cuerpo a cuerpo la barriga,
quedando él más ligero  25
y ella mucho mejor del flato fiero.
Concluyose, siguieron caminando,
y la moza también de cuando en cuando
siguió echando gerundios garrafales,
los que nuestro arriero, por sus males,  30
apenas escuchaba,
cuando otra vez de nuevo la estrujaba.
Tanto usó del remedio,
que al hombre al fin le vino a causar tedio,
y, aunque con más estruendo ella expelía  35
el viento, el arriero ya no oía.
Y la muchacha, al ver que su costumbre
no daba entonces lumbre,
le dijo: ¡Ay, Dios! Tío Juan, que me he aflojado,
¿no oye usté qué rumor se me ha escapado?  40
Detengamos el mulo
y póngame en el suelo.
A lo que él respondió volviendo el culo:
   - Estoy ya resfriado y no te huelo.




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El onanismo


ArribaAbajo   Un zagalón del campo,
de estos de "acá me zampo",
con un fraile panzón se confesaba,
que anteojos gastaba
porque, según decía,  5
de cortedad de vista padecía.
Llegó el zagal al sexto mandamiento,
donde tropieza todo entendimiento,
y dijo: - Padre, yo a mujer ninguna
jamás puse a parir, pues mi fortuna  10
hace que me divierta solamente,
cuando es un caso urgente,
con lo que me colgó naturaleza,
y lo sé manejar con gran destreza.
- ¿Conque contigo mismo,  15
dice el fraile enojado,
en un lance apretado
te diviertes usando el onanismo?
   - No, padre, el zagal clama;
no creo que es así como se llama  20
mi diversión, sino la...
- Calla, hombre,
dice el fraile, yo sé muy bien el nombre
que dan a esa vil treta,
infame consonante de retreta.
¿Tú no sabes que fue vicio tan feo  25
invención detestable de un hebreo,
y que tú, por tenerlo, estás maldito;
del Espíritu Santo estás proscrito;
estás predestinado
para ser condenado;  30
estás ardiendo ya en la fiera llama
del Infierno, y...?
- ¡No más!, el mozo exclama,
queriendo disculparse.
Esta maña no debe graduarse
en mí de culpa, padre. Yo lo hacía  35
porque veo muy poco, y me decía
mi primo el sastre que se le aclaraba
la vista al que retreta se tocaba.
Aquí con mayor ira
el fraile replicó: - ¡Todo es mentira!  40
Si fueran ciertos esos formularios,
las pulgas viera yo en los campanarios.




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La paga adelantada


ArribaAbajo   Una soltera muy escrupulosa
casarse rehusaba,
y decía a su madre que pensaba
que hacer la mala cosa,
aun después de casada, era pecado.  5
Un bigardón del caso fue informado
y habiéndose en la casa introducido
y hallándose querido,
pidió a la niña luego en casamiento.
Ella el consentimiento  10
dio con la condición de que tres veces
en la primera noche se lo haría
por ponerla corriente, y seguiría
luego una sola vez todos los meses.
Hízose al fin la boda  15
y, de la noche ya llegado el plazo,
la muchacha tres veces, brazo a brazo,
sufrió, sin menearse, la acción toda.
Concluyó el fuerte mozo su trabajo
y durmiose cansado; ella, impaciente,  20
andaba impertinente
volviéndose de arriba para abajo,
hasta que él acabó por despertarse
y huraño dijo: - ¡Hay tal cosquillería,
que por dos veces ya me has despertado!  25
Y ella exclamó, acabando de arrimarse:
   - ¿Me quieres dar un mes adelantado?




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Las tijeras del fraile


ArribaAbajo   Yéndose a confesar cierta criada,
muy joven, inocente y agraciada,
con un fraile jerónimo extremeño,
más bravío que toro navarreño,
le sucedió un percance vergonzoso  5
digno de ser sabido por chistoso.
Hizo su confesión la tal sirviente
como la hace cualquiera penitente,
con profunda humildad y abatimiento,
y pasó en blanco el sexto mandamiento.  10
Notando el confesor el raro brinco,
la preguntó con lujurioso ahínco
por qué el santo precepto se saltaba
sin decir de qué y cómo se acusaba.
A lo que ella responde llanamente:  15
   - Nunca he pecado en él, ni venialmente.
Ante tan gran rareza,
mirola de los pies a la cabeza
el fraile, y pensó al punto: o yo estoy loco,
o esto no es de perder, pues de esto hay poco.  20
Siéntese con la cosa ya alterada
y, echando por la iglesia una ojeada,
notó que había en ella poca gente
y discurrió un diabólico expediente.
No hallando en qué imponerla penitencia,  25
pues la moza era un pozo de inocencia,
la dice: - ¿Y cómo, siendo tan hermosa
no pone más cuidado en ser curiosa?
Ese pelo, ¿por qué no está atusado?
Esa cara, ¿por qué no se ha lavado?  30
Y qué diré al mirar uñas tan fieras,
¿acaso es que en su casa no hay tijeras?
Pues, para que haga lo que la prevengo,
voy a darla unas finas que aquí tengo.
Agárrala una mano y la dirige  35
sin más ni más a donde tiene el dije
y, estando ya la hornilla preparada,
en cuanto tropezó se halló mojada.
Retira el brazo, llena de sorpresa,
limpiándose la goma a toda priesa,  40
y el fraile la pregunta: - ¿Te has cortado?
Pues ya hace un mes que no se han amolado.




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Cualquier cosa


ArribaAbajo   Una noche de enero,
estaba calentándose al brasero
una joven casada,
la ropa a las rodillas remangada,
porque así no temía  5
quemarse en tanto que labor hacía.
De este modo esperaba a su marido,
que era un pobre artesano,
mientras entretenido
un chico que tenía, por su mano  10
castañas en la lumbre iba metiendo
y el rescoldo con ellas revolviendo.
Así agachado, de su madre enfrente,
asaba diligente
una y otra castaña,  15
cuando, la vista alzando descuidado,
vio con admiración cierta montaña
de pelo engrifado,
con que se coronaba y guarnecía
un ojal que su madre allí tenía.  20
Con tal visión se puso
el muchacho confuso;
mas queriendo, curioso,
saber si en aquel sitio tenebroso
alguna trampantoja se escondía  25
y qué hondura tenía,
poquirritito a poco, aunque con miedo,
se fue acercando, y... ¡zas!, la metió el dedo.
Respingose la madre y dio un chillido
por no estar su agujero prevenido  30
para esta tentadura inesperada,
y al dejar, agitada,
su silla, tropezó con el puchero
del guisado y vertiole en el brasero.
El muchacho, que vio con sobresalto  35
arruinada la cena por el salto,
dijo: - ¿De qué se asusta, madre mía,
si era yo quien el dedo la metía?
Dígame usted ¿qué es eso
que tiene entre las piernas tan espeso?  40
   - ¿Qué te importa?, le dijo muy rabiosa
la madre. Eso será... cualquiera cosa.
¡Miren qué travesura!
¡No es mala tentación de criatura
buscarle las cosquillas a su madre  45
para que sin cenar deje a su padre!
Ya verás, cuando venga y se lo cuente,
qué linda zurra te dará en caliente.
El chico, temeroso,
la pidió que callase,  50
pues jamás volvería a ser curioso
como a su padre nada le contase;
y la madre, por fin desenojada,
cuando vino el marido
le refirió que el gato había vertido  55
la cena preparada,
derribando el puchero
que estaba calentándose al brasero.
El hombre, que la amaba,
aunque no le gustaba  60
quedarse sin cenar, como a su hijo,
   - ¡Qué hemos de hacer!, la dijo.
Por esta noche, esposa,
cenaremos los tres cualquiera cosa.
Apenas el muchacho hubo escuchado  65
esta resolución, cuando, agitado,
de tal suerte gemía,
que le preguntó el padre qué tenía.
Y el chico, con mayores desconsuelos,
respondió con voz llorosa:  70
   - ¡Yo no quiero cenar cualquiera cosa,
padre, que está mojada y tiene pelos!




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El cañamón


ArribaAbajo   Cierta viuda, joven y devota,
cuyo nombre se sabe y no se anota,
padecía de escrúpulos, de suerte
que a veces la ponían a la muerte.
Un día que se hallaba acometida  5
de este mal que acababa con su vida,
confesarse dispuso,
y dijo al confesor: - Padre, me acuso
de que ayer, porque soy muy guluzmera,
sin acordarme de que viernes era,  10
quité del pico a un tordo que mantengo,
jugando, un cañamón que le había dado
y me lo comí yo. Por tal pecado
sobresaltada la conciencia tengo
y no hallo a mi dolor consuelo alguno,  15
al recordar que quebranté el ayuno.
Díjola el padre: - Hija,
no con melindres venga,
ni por vanos escrúpulos se aflija,
cuando tal vez otros pecados tenga.  20
Entonces, la devota de mi historia,
después de haber revuelto su memoria,
dijo: - Pues es verdad; la otra mañana
me gozó un fraile de tan buena gana
que, en un momento, con las bragas caídas,  25
once descargas me tiró seguidas
y, porque está algo gordo el pobrecito,
se fatigó un poquito
y se fue con la pena
de no haber completado la docena.  30
Oyendo semejante desparpajo,
el cura un brinco dio, soltó dos coces,
y salió por la iglesia dando voces
y diciendo: - ¡Carajo!,
¡echarla once y no seguir por gordo!  35
¡Eso sí es cañamón, y no el del tordo!




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La linterna mágica


ArribaAbajo   Un novicio tenía en su convento
el entretenimiento,
cuando a solas estaba,
de tocarse el guión que le colgaba,
porque, como del claustro no salía,  5
gozar de otros placeres no podía.
Sorprendiole en sus sucios ejercicios
una vez el maestro de novicios,
y el converso, turbado,
queriendo se ocultase su pecado,  10
imploró la piedad del reverendo,
el cual así le dijo sonriendo:
- Hermano, yo conozco la flaqueza
de la naturaleza;
sé que en esta mansión de santa calma  15
la carne nos domina cuerpo y alma,
y a perdonar su culpa me acomodo.
Pero quiero me diga de qué modo
puede hacerse ilusión consigo mismo,
pues, aunque usaba yo del onanismo  20
cuando era mozalbete sin dinero,
luego que descubrí cierto agujero
que tienen las mujeres,
sólo con ellas pude hallar placeres.
El novicio, admirando la clemencia  25
de su maestro, así a Su Reverencia
le descubre el secreto,
diciéndole: - Maestro, en un aprieto,
es mi imaginación ardiente y viva
quien me ayuda a la parte sensitiva,  30
porque, en las ilusiones que me ofrece,
una linterna mágica parece.
Verbi gratia: figúrome que veo
pasar con lujurioso contoneo
a la Ojazos, y exclamo "¡ay, Dios, qué hermosa!"  35
y empuño, como veis, luego mi cosa;
dándole... uno... dos... tres... golpes de mano
que a la Ojazos dedico muy ufano.
Después digo "ahora pasan las Trapitos
con melindres y adornos exquisitos;  40
¡qué morenas que son...!, ¡qué provocantes!";
y a su salud van dos pasavolantes.
Luego pienso "allá va la Zapatera,
que un mar de tetas lleva en la pechera.
¡Ah!, ¡qué gorda!, ¡qué blanca!, ¡qué aseada!,  45
¡qué pierna se la ve tan torneada!
Bien merece su garbo soberano
la dedique seis golpes de mi mano:
uno..., dos..." Aquí el fraile, que veía
que el novicio a lo vivo proseguía  50
su cosa golpeando
y que ya de la cuenta iba pasando,
le dijo: - Espere y, ya que así se aplica,
dígame a quién dedica
de su linterna mágica el pecado.  55
A que el novicio respondió siguiendo
su negocio, y la obra concluyendo:
- ¡Ay, padre!, pues pasó la Zapatera,
esta va a la... ¡qué gusto!... a la cualquiera.




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El «¿pues y qué?»


ArribaAbajo   A un alcalde de corte a presentarse
fue una mujer, diciendo iba a quejarse
de que el débito santo la mermaba
su marido y jamás la contentaba.
El alcalde mandó que al otro día  5
ante su señoría
los dos se presentasen en la audiencia,
donde recibirían su sentencia;
y, después de cenar, de sobremesa
refirió a la alcaldesa  10
la queja que, pendiente
ante su tribunal, al día siguiente
debía sentenciarse,
con que pensaba lindamente holgarse.
La alcaldesa también quejosa estaba  15
del alcalde en el punto de que hablaba,
pues, aunque ella solía acariciarle
siempre que la golilla le ponía,
no lograba ablandarle
y a un golilla en la cama mantenía.  20
Por lo mismo, curiosa, determina
escuchar de esta queja la sentencia,
y al otro día se escondió en la audiencia,
muy temprano, detrás de una cortina.
Entró el alcalde, luego, el matrimonio;  25
y para dar de todo testimonio,
después, el escribano
con semblante infernal y pluma en mano.
Cuando la acusación oyó el marido,
de cólera encendido,  30
se volvió a su mujer y de esta suerte
la dice sofocado: - Es cosa fuerte
que pongas mi potencia en opiniones,
sabiendo bien que en todas ocasiones,
apenas en la cama estás metida,  35
cuando enristro y te pego mi embestida.
A lo que ella responde desdeñosa:
- ¿Pues y qué?
Y él siguió: - Pues a otra cosa:
¿negarás que también cuando amanece,
hora en que todo humano miembro crece,  40
contra tus partes gravemente juego
y el perejil con profusión te riego?
- ¿Pues y qué? Y el marido proseguía,
viendo que a su mujer no convencía:
- ¿Y acaso negarás que por las siestas,  45
a pesar del calor, te hago mil fiestas
y que el ataque entonces, aunque largo,
no abandono jamás si no descargo?
A que la mujer dice, haciendo un gesto:
- ¿Pues y qué? Pero apenas dijo esto,  50
cuando de pronto se mostró en la sala
la alcaldesa exclamando: - ¡Enhoramala,
váyase la insolente de la audiencia
antes que se me apure la paciencia
y mande que la azoten como a Cristo!  55
¿Hay mayor desvergüenza? ¿Quién ha visto
con tal superchería
mujer de poluciones más avara?
Yo soy una alcaldesa y cada día
con sólo un «¿pues y qué?» me contentara.  60




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El modo de hacer pontífices


ArribaAbajo   Un joven arriscado
de una soltera estaba enamorado
y el tiempo que a su lado estar podía
el dedo la metía
para saciar de amor su ardiente llama  5
sin que pierda su fama,
y ella, en tanto, la mano deslizando
por bajo de la capa
(que es quien urgencias semejantes tapa),
manejándole aquello, cariñosa,  10
le sacaba la savia pegajosa.
A este entretenimiento
puso fin de la Iglesia el cumplimiento;
fue a confesar el joven, cabizbajo,
y contándole al fraile su trabajo,  15
en vano se disculpa,
pues Su Paternidad siente que es culpa
su diversión muy grave,
y en tono de sermón dice que sabe
que el Espíritu Santo  20
maldice al hombre que con vicio tanto,
por su infame malicia,
en la tierra su jugo desperdicia
cuando, bien empleado en cuerpo humano,
quizá produciría  25
un obispo o pontífice romano;
y que si le absolvía
era con condición de que volviese
pasada una semana
enmendado de culpa tan liviana  30
y que lo mismo hiciese
la cómplice infeliz de su delito.
Pasó el tiempo prescrito
y el penitente presentose ufano.
- Padre, le dijo, ya porque no en vano  35
en la tierra se vierta la simiente
al tiempo que al salir se precipita,
mi amada, diligente,
la ha recogido en esta redomita,
que traigo para que haga lo que quiera,  40
echándola a su gusto en cuerpo humano;
pero si mi opinión prevaleciera,
sólo haría un pontífice romano.




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Las gollerías