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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 2, Año 1882
    
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Cuaderno III

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Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)

NOTICIAS

     La Academia ha recibido con mucho aprecio un notable folleto que, con el título de La ruine de l'Espagne gothique, acaba de publicar el Académico honorario R. P. Tailhan, de la Compañía de Jesus.

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     De Real órden, y por conducto del Ministerio de Fomento, ha recibido el manuscrito de la obra de nuestro difunto compañero D. Antonio Delgado, titulada Estudios de Numismática arábigo-española, adquirida por el Estado y mandada depositar en la Academia para que, cuando se cuente con los fondos necesarios, nombre ésta una comision de su seno que proceda á la publicacion de dicha obra con el atento estudio que su impreion requiere.

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     De conformidad con los informes emitidos por esta Academia y la de Bellas Artes de San Fernando, han sido declarados monumentos nacionales históricos y artísticos las ruinas de Numancia, la iglesia de San Juan de Duero y el ex-monasterio de Santa María de Huerta, en la provincia de Soria. Al mismo tiempo se dispone de Real órden que, por la Direccion general de Obras públicas, se proceda á la ejecucion de las obras de reparacion y conservacion del segundo de los expresados monumentos.

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     La Comision de Monumentos históricos y artísticos de la provincia de Oviedo, participa á la Academia la noticia de dos altares de piedra descubiertos detrás de los retablos de los ábsides laterales de la iglesia de Santa María de Valdedios.

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     Nuestro celoso Académico honorario en París, Mr. August Pécoul, ha remitido á esta Corporacion un ejemplar de la parte primera del interesante Catálogo del Museo de Aix, en Provenza llamando la atencion de la Academia respecto de la interpretacion, poco satisfactoria todavía, de una inscripcion cúfica, tal vez de orígen español, que figura en el mismo. La Academia se propone examinar este punto y emitir su parecer.

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     Acompañados de una interesante comunicacion, ha remitido á la Academia su individuo correspondiente en Guadalajara, D. Roman Andrés de la Pastora, varios objetos antiguos encontrados por él en el sitio llamado El Pedregal, juntamente con una inscripcion epigráfica en piedra, que dicho señor estima celtibérica, y una erudita Memoria sobre aquellos enterramientos, con conjeturas acerca de la costumbre de perforar con clavos los cráneos humanos.

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     Nuestro correspondiente en Colunga (Oviedo), D. Bráulio Vigon, ha cedido generosamente á la Academia, para su archivo, la correspondencia oficial y privada que el brigadier don Juan Diaz Porlier, Comandante general de la Division Cántabra en la guerra de la Independencia, mantuvo con D. José Carrandi y Renteria, comisionado para proveer a dicha division de armas, municiones, vestuario, etc.

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     El laborioso correspondiente Sr. Pujol y Camps, que, por encargo del difunto D. Antonio Delgado, se ocupa en completar con las medallas y monedas de la España superior la grande obra numismática de aquel benemérito maestro, ha dado cuenta á la Academia del estado en que se hallan sus trabajos, proponiendo, como así se ha acordado, que éstos se vayan depositando en el archivo del Cuerpo, hasta tanto que llegue el día de publicarlos oportunamente.

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     El Académico Sr. Fita ha llamado la atencion de este Cuerpo respecto del descubrimiento de dos lápidas, una en Galicia y [171] otra en Cataluña, ambas destinadas á derramar nueva luz sobre el itinerario de la España romana. Por indicacion de la Academia, se propone tan celoso individuo ocuparse en esta materia, á fin de que sus observaciones puedan llegar á conocimiento el público estudioso.

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     A propuesta del mismo Sr. Fita, la Academia ha acordado destinar exclusivamente un tomo de la España Sagrada á la publicacion del famoso Códice de Calisto, que se conserva en la bliblioteca Compostelana, y del cual sólo han visto la luz pública fragmentos, que han excitado vivamente el interés de los filólogos europeos.

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     En la sesion del viérnes 2 de marzo procedió la Academia á la votacion para cubrir la vacante ocurrida por fallecimiento del Sr. Pezuela, resultando electo el Excmo. Sr. D. Manuel Cañete. [172]



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Informes

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I. Studi storici sul regno di S. Pío V, por el Sr. Brognoli.

     El libro del Sr. Brognoli, titulado Studi Storici sul regno di S. Pio V, de que nuestro dignísimo Director se sirvió encargarme que diera cuenta á la Academia, ofrece verdadero interés, singularmente para los que nos dedicamos al estudio de nuestra historia pátria; porque en esta obra se narran diferentes sucesos que forman parte muy principal de ella. Hasta ahora sólo se ha publicado el primer volúmen de este escrito; pero ya en él se contienen capítulos que merecen atento exámen.

     El primero, despues de exponer las dos maneras de escribir la historia, segun Guillermo Prescott, y de optar por el método que, atiende más á la naturaleza de los sucesos que á su órden cronológico, traza á grandes rasgos la biografía del que se llamó en el mundo Miguel Ghislieri y es venerado hoy en los altares bajo el nombre de San Pío V, una de las mayores glorias de la órden de predicadores de Santo Domingo, española por su fundador y por su historia, y que tan ilustres hijos ha contado y cuenta en nuestra patria. Despues de dar noticia de las circunstancias maravillosas de la eleccion de este Pontífice, tomadas de un manuscrito de la biblioteca Casanatese, que debe ser sin duda curiosísimo, examina el autor el estado en que se hallaba el mundo cristiano al subir Pío V al trono pontificio. Sabido es que, constituidas las naciones modernas á costa de sangrientas luchas, poco más ó ménos como lo están en la actualidad, Italia servía [173] de campo de batalla donde los monarcas que aspiraban á la preponderancia de Europa, y especialmente los de España y Francia, reñían aquel terrible desafío como en palenque cerrado. Por estas y otras causas, á pesar de la superioridad que en los diferentes órdenes de la vida alcanzaban los italianos, la península se encontraba en un estado de anarquía que daba lugar á que los magnates y aun los aventureros se erigiesen en crueles tiranos, atentos sólo á conservar y acrecentar los estados de que las vicisitudes de las guerras los hacían señores; valiéndose á este fin de los medios mas inícuos y reprensibles expuestos en forma metódica y casi científica por Machiavelli en su inmortal libro del Príncipe. En estas circunstancias, como dice muy bien el Sr. Brognoli, los Papas tenían que convertir muy especialmente su atencion y emplear su esfuerzo en la defensa de sus estados, no sólo para transmitirlos íntegros á sus sucesores, sino para preservarlos de la tiranía de los señores, que usurpaban la soberanía esclavizando á su pueblo; para lograr tan justos fines tenían los Papas necesidad de aliarse con los príncipes que luchaban en Italia, ya con los de Francia y con los de España, ya con los que llegaban á constituir estados en la Península, dedicando a esto la atencion preferente que el estado de las cosas pedía. Estos Papas fueron lo que pudiéramos llamar políticos, y como dice el Sr. Brognoli, sucedió entónces lo que sucede casi siempre en situaciones complicadas que tienen por base dos elementos heterogéneos, «cuando se rompe el equilibrio el uno no se desarrolla con detrimento del otro.» Por lo tanto, apenas los Papas abandonaron algo en parte su mision espiritual, las creencias y sentimientos de la fe cristiana se debilitaron y fueron objeto de directos y rudos ataques.

     La protesta fué la consecuencia de aquel estado de cosas, y el Sr. Brognoli la personifica, no sin razon, en Lutero; más que motivos religiosos, causas políticas determinaron á muchos príncipes de Alemania á aceptarla y defenderla, dando orígen á las sangrientas guerras que por espacio de más de un siglo asolaron la Europa. Despues de los primeros embates de la herejía y despertando el peligro la fe en muchos corazones, se obró una enérgica y eficaz reaccion en defensa del catolicismo, y el [174] variar en tan extensa escala los pareceres, que desde los hugonotes, que le llamaron El Demonio del Mediodía hasta los que en contrario sentido le presentan como el prototipo del rey cristiano, el historiador imparcial difícilmente podrá discernir la parte de justicia que pueda haber en cada juicio, aun en este tiempo de reflexion y de crítica que alcanzamos. El Sr. Brognoli, no obstante sus principios católicos, no peca de benévolo al hablar del que fué al propio tiempo espada y escudo de la Iglesia, pero no quiere esto decir que sea con él injusto; conviene, con los que mejor le han estudiado, en que era irresoluto y lento en sus determinaciones, pero reconoce que el principio soberano que guió siempre su conducta fué la defensa de la fe católica; y aun cuando en su tiempo hubo una reaccion favorable á ella, no se puede negar que, uniéndose el interés político al religioso, la lucha emprendida por Felipe II era superior á sus fuerzas; si tuvo la fortuna de no perecer en ella, es evidente que los titánicos esfuerzos que hizo España en defensa de causas, que no siempre eran suyas, la trajeron al final de aquel largo reinado al punto de decadencia que señalan, entre otros sucesos, la toma y saco de Cádiz por los ingleses y el carácter que ostentaba ya la rebelion de los Países Bajos.

     El capítulo quinto de estos estudios tiene por objeto el mismo que desempeñó tan superiormente Mr. Gachard en su obra titulada D. Cárlos y Felipe II, y el Sr. Brognoli pone estos dos nombres por epígrafe á su trabajo, que no es más que un extracto del historiador belga, haciendo alguna vez mencion del de Mr. De Mouy, harto inferior al de Gachard, fundado, como se sabe, en documentos originales en su mayoría sacados de nuestro archivo de Simancas: esos documentos desbarataron la fábula inventada por el Abad de Monreal y propalada por Schiller, que en su famoso drama abrillantó en mal hora, con las bellezas del arte, el error y la calumnia sin que sirvan de disculpa sus creencias protestantes al historiador de la guerra de los Treinta años. Ya nadie ignora que, aunque inspire natural compasion la muerte del Príncipe D. Cárlos, por lo mismo que fué ejemplar y digna de un buen cristiano, durante su vida procedió siempre de un modo irregular y hasta criminoso; si bien es cierto que sus acciones [177] eran más propias de un insensato que de un malvado, siendo posible que se reprodujese en él la demencia de su bisabuela doña Juana, achaque de que se percibieron rasgos en otros antecesores suyos, aunque no tan marcados como en D. Cárlos, á quien, si Felipe II no trató con la dulzura de padre, tampoco puede decirse que su proceder fué de tirano, cruel y desnaturalizado, sino de monarca que supo someter sus afectos á sus altos deberes.

     La rebelion de los moriscos del antiguo reino de Granada, sirve de materia á los capítulos sexto y sétimo de la obra que rápidamente examino, y aunque nada nuevo nos dice en ellos el Sr. Brognoli, que empieza su relato desde la invasion de los árabes en la península, nótase ya en esta parte de su trabajo el propósito de atribuir a la crueldad de Felipe II y de sus ministros la verdadera causa de los trastornos ocurridos bajo su reinado en diferentes partes de su reino, verdad que en esta ocasion le sirven de apoyo escritores como Mármol Carvajal y otros; pero juzgado hoy con la imparcialidad que es ya fácil por la distancia de los hechos, es imposible condenar a Felipe II, que en éste siguió, más que en otros asuntos, la política de su padre y aun la de sus bisabuelos, pues á pesar de los términos de la capitulacion de Granada, bien pronto demostró la experiencia que era imposible cumplirla, porque la coexistencia bajo un mismo cetro de dos civilizaciones tan opuestas como la cristiana y la mahometana, no podía ser duradera, y la experiencia demostraba cada día que la conversion de los moriscos era sólo aparente: no he de detender yo los medios que para conseguirla se emplearon desde los tiempos de Cisneros y por este mismo egregio estadista, pero no se ha desmentido hasta hoy que para destruir ciertas diferencias es necesario el empleo de los medios más vigorosos, y que las que existían entre cristianos y moriscos, y los peligros que encerraban para nuestra nacionalidad, apénas constituida, cuando aun dominaba en el Mediterráneo la media luna y era una terrible amenaza por la parte occidental de Europa, aconsejaban la política que tuvo por resultado la expulsion de los moriscos, por más que aquella medida contribuyera á nuestra decadencia; y en cuanto al proceder de Felipe II en el caso de la rebelion y en los demás [178] que en su reinado ocurrieron, no puedo ménos de recordar las palabras de Cabrera justamente al empezar á referir este suceso: «No parezca, menos venerable la grandeza, de este Monarca por los infortunios que mostraban ser de mortal, y baxar la estimación de la cumbre de tan inmensa grandeza.»

     Fué sin duda el mayor de los que sobrevinieron a España y á su Rey el alzamiento de Flándes, convertido luégo en guerra civil interminable que desangró la Monarquía, y que no acabó sino con la emancipacion de aquellos Estados, que, si bien constituían parte de los de Felipe II, no podían serlo de la monarquía Española; pero en aquel tiempo era absolutamente imposible que el Rey dejase de defenderlos, porque lo que llamaré política patrimonial era el resultado de las ideas de la época que habían hecho prevalecer los jurisconsultos, empapados en las doctrinas del derecho romano imperatorio, que, si bien hoy no son defendibles, no se puede negar que contribuyeron eficazmente, robusteciendo el poder real, á crear las naciones modernas y á poner fin á la anarquía feudal, que tuvo convertida toda Europa en un campo de batalla hasta fines del siglo décimoquinto.

     El Sr. Brognoli culpa, acertadamente á Felipe II por no haber acudido en persona á sofocar en su principio el incendio que luégo abrasó toda Flándes, recordando el proceder del Emperador, su padre, que logró en 1533 aquel resultado yendo presuroso desde España, para lo que atravesó con escaso séquito la Francia, confiado noblemente en la seguridad que le dió su rival Francisco I; y aunque en efecto no cabe disculpar á Felipe II, sobre todo despues de haber prometido con repeticion y solemnemente ir á Flándes, no habrá hoy quien afirme que por eso se hubiera asegurado perpétuamente la union de aquellos estados á la Corona de Castilla. Como nota con profundo acierto Cabrera en el capítulo ántes citado, Felipe II mantuvo en paz todos aquellos estados en que no tomaron vuelo las novedades religiosas, y sabido es que en Flándes lo adquirieron muy grande; no había, pues, más medio de mantener en paz aquellos súbditos que la tolerancia; pero la tolerancia no era posible en las condiciones en que estaba España y con las de Felipe II, que le dan su carácter histórico. Aun juzgando, humanamente los grandes sucesos del [179] siglo XVI, no se puede desconocer que el porvenir de la humanidad de la civilizacion exigían poner coto á la invasion del protestantismo, que por su índole había de concluir en una division infinita de creencias, y por tanto en la negacion de todos los dogmas y en la destruccion del sentimiento religioso. Para evitar esto, que á pesar de ciertas ideas hoy dominantes hubiera sido funestísimo, no había más medio que sostener enérgicamente la edad católica, representada en la divina institucion del Pontificado, y esto es lo que hizo Felipe II á costa sin duda de la grandeza de España; pero aunque hoy se niegue, generalmente á la Nacion y al Monarca, la gloria que por esto les pertenece, en las edades futuras, y cuando la lucha que aun subsiste entre los principios, que son la esencia del catolicismo, y de la protesta, haya terminado, la historia hará justicia á España y á los Reyes que se inspiraron en sus creencias.

     En efecto, la política religiosa de Felipe II fué eminentemente nacional, y para probarlo, á pesar de lo que dice Nani en su relacion (1590) acerca del descontento de los españoles, no hay sino recordar la explosion de profundo y verdadero dolor que se manifestó á su muerte, y cuando ya no podían atribuirse al temor aquellos afectos que sólo se explican admitiendo que Felipe II era la expresion fiel y exacta de las ideas y sentimientos de los españoles de su época.

     Tanto cuando menos como en el Rey se encarnaban las calidades del pueblo español en el duque de Alba, á quien las invectivas de los escritores protestantes no bastarán á borrarle el nombre de Grande que ya le dieron sus contemporáneos, y de quien dijo Garcilaso con la intuicion profética de los vates:

                     Este de la milicia, dijo el Río,
La cumbre y señorío tendrá sólo
Del tino al otro polo.

y más adelante añade:

                     esto todo.
Que en excesivo modo resplandece
Tanto, que no perece ni se muestra,
Es lo que aquella diestra mano osada
Y virtud sublimada de Fernando
Acabarán entrando más los días.

     En efecto; el duque de Alba, que citando escribió Garcilaso su égloga sólo había tomado parte en la derrota memorable de los turcos que habían invadido parte del Sacro Romano Imperio, después de muerto el poeta combatió al lado del Emperador en Alemania, alcanzando señaladas victorias; peleó en África asegurando, aunque no para siempre, las conquistas de Cisneros; llevó á feliz término la brillante campaña de Italia, á que dieron lugar las diferencias entre Paulo IV y Felipe II, la no ménos gloriosa contra los rebeldes de Flándes, capitaneados por el príncipe de Orange, y coronó su admirable historia militar, cargado de años y de gloria, con la maravillosa campaña de Portugal, que realizó, desgraciadamente por poco tiempo, la unidad política de la Península Española.

     Cosa inexplicable en un escritor católico, el Sr. Brognoli se muestra contrario al duque de Alba, critica acerbamente su proceder en Flándes, que no podía ser benigno, porque no se vence con la dulzura á enemigos irreconciliables, y los flamencos lo eran y no podían ménos de serlo de los católicos españoles; más justo Pío V, á quien tanto ensalza el historiador italiano, envió al duque el sombrero y el estoque benditos, alto honor que sólo se ha solido conceder á los príncipes de estirpe regia, y que era la más elocuente aprobacion, del proceder del duque de Alba por el jefe, de la Iglesia Católica; no juzguemos los sucesos pasados con las ideas del presente; tengamos en cuenta las circunstancias y los propósitos de los hombres de estado para apreciar sus actos, y convengamos en que, para evitar el completo triunfo de las novedades religiosas en Flandes, y mantener la sumision de aquellos Estados al poder de España, no había más medios que los empleados por el duque, aunque á la larga resultaran ineficaces; pero si se prolongó nuestro imperio en los Países Bajos hasta fines del siglo decimoséptimo, y si todavía es católica la mayoría de su poblacion, fué resultado de la política y de la ciencia militar del gran duque de Alba. [181]

     El último asunto contenido en el libro del Sr. Brognoli, que interesa á los españoles, es el célebre proceso del arzobispo de Toledo D. Fr. Bartolomé Carranza de Miranda; poco he de decir acerca de este asunto, todavía no bien dilucidado: la Academia ha recibido no há mucho una riquísima coleccion de documentos relativos á este asunto y á aquel ilustre personaje, y aunque ya los ha examinado el Sr. Menendez Pelayo, es de esperar que alguno de sus sabios individuos se consagre á estudiarlos, dando tambien su dictámen acerca de las ideas de Carranza sobre la redencion y la gracia, segun aparecen en su famoso catecismo; sabido es que el prelado fué absuelto por el Pontífice, y que murió en el seno de la Iglesia; pero cuando el protestantismo contaba en España con secuaces como Constantino Ponce, el doctor Cazalla, Juan Perez y los Valdeses, no es difícil comprender la profunda alarma que producirían en los católicos celosos las doctrinas algun tanto atrevidas del Primado de las Españas, aun sin contar la parte que pasiones ménos nobles tuvieron en la persecucion del venerable Arzobispo.

     El estudio sobre María Stuardo, que termina este libro, no es de especial interés para nosotros, como no sea para demostrarnos que no eran más benignos que los católicos los Monarcas protestantes en el siglo XVI, tan lejano de la dulzura de costumbres que felizmente reina hoy en las naciones cultas, no obstante el florecimiento y brillo que alcanzaron entónces las ciencias y las artes.

     Madrid 13 de Enero de 1882. -Antonio María Fabié.

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II. Historia universal de las cosas de la Nueva España, por el M. R. P. Fr. Bernardino de Sahagun.

     En las últimas sesiones ha ocupado la atencion de nuestra Academia la importantísima obra que, entre otras suyas, dejó manuscrita el franciscano Fr. Bernardino de Sahagun, y que se [182] reputa, con razon, como la más completa que se conoce respecto á historia antigua de Méjico, tomada desde sus orígenes y comprensiva de cuantas noticias constituyen hoy las condiciones que se requieren para dar á conocer bajo todas sus fases la existencia de un grande imperio. Mucho debe interesarnos la relacion de su conquista maravillosa; mas con ser gloria que envidian á nuestra patria los que ponen su corazon y sus manos en estas empresas sugeridas por la ambicion ó el amor propio, y acreditadas por la fortuna, para el filósofo y apreciador del verdadero mérito, más que el engrandecimiento del vencedor, deben ser objeto de estudio las vicisitudes y suerte de los vencidos.

     Nuestra época lo estima así; y no es mucho encarecer el mérito de nuestro sabio misionero al decir que en este sentido se anticipó á la suya; porque, si bien entónces las formas históricas tenían en general más carácter de expositivas que de dialécticas, nadie llevó su solicitud hasta el punto de recoger la tradicion armonizándola con los hechos; de apoyarse en el verdadero testimonio de autoridad, valiéndose de referencias orales, y de convocar una y otra asamblea de hombres instruídos y ancianos, especie de jurado, que depusiesen de la verdad hasta la evidencia, resucitando las antiguas memorias confrontando sus declaraciones, y pesándolo todo en la balanza de la observacion y del más recto criterio. El padre Sahagun escribió además su historia en la lengua de los naturales; la vertió al idioma comun, é ilustró sus textos con notas filológicas y glosarios, por donde resultó aquélla, no sólo exacta en cuanto á la narracion, sino completa respecto á la índole interna y á las manifestaciones exteriores de aquella grandiosa civilizacion. Cómo aquel monumento insigne ha llegado hasta nosotros, es lo que hemos de averiguar, reuniendo las partes que andan dispersas, hasta formar un todo cabal que reproduzca la primitiva obra.

     Esta, segun relacion auténtica, se conservaba en el convento de frailes franciscanos de Tolosa, de donde pasó á la corte por órden del Consejo, deseoso de conocerla, y aun de imponer su veto á ciertas materias en ella contenidas, considerándolas peligrosas. Allí permaneció algunos años, transcurridos los cuales, el convento pidió la restitucion de lo que estimaba propiedad [183] suya, y así lo acordó el Consejo, aunque se presume que se reservó el original y sólo envió una copia. De esta circunstancia sin duda provino que la obra se dividiese en fragmentos y pasase á poder de distintos poseedores. Uno de ellos es nuestra Academia, que conserva como inestimable tesoro en su biblioteca un ejemplar del manuscrito de la Historia Universal de las cosas de Nueva España repartida en doce libros, en lengua mexicana y española, hecha por el M. R. P. Fr. Bernardino de Sahagun, fraile de San Francisco de observancia. El título así esta expresado, pero no se crea que puede aplicarse íntegro á nuestro códice. De los doce libros, él sólo contiene cuatro: el VIII, IX, X y XI. Los tres capítulos primeros y el primer párrafo del capítulo cuarto del libro X están ordenados segun el plan propuesto por el autor para la composicion de su Historia, á saber: en una columna el texto mejicano; en otra inmediata, su traslado en romance, y en otra tercera, el glosario de voces mejicanas: las márgenes llevan pinturas de colores, hechas á mano, sin duda por dibujantes indios, que representan lo que en los capítulos se refiere. En los capítulos siguientes al cuarto y en los anteriores, ya sólo el texto mejicano escrito en la columna central de la plana, y los párrafos llevan epígrafes en castellano, de mano del mismo padre Sahagun.

     Comprendiendo nuestro códice los cuatro últimos libros, ¿qué se ha hecho de los anteriores? Afortunadamente existen en la biblioteca particular de S. M., donde es fácil transcribirlos. Llevan el mismo órden que tuvieron en el primitivo plan; pues debe advertirse que algunos cambiaron de colocacion; al fin muestran todos la firma de Fr. Bernardino de Sahagun. Otras muchas advertencias que se desprenden del estudio minucioso de entrambos códices, prolongarían demasiado las que quedan hechas: no son de este lugar, y deben reservarse para investigacion más formal y definitiva.

     Dado que la Academia tratase de dar á luz la obra completa del padre Sahagun en el estado en que la conocemos, tropezaría con mil dificultades y se expondría á que resultase defectuosa despues de todo. Es menester acudir á nuevas fuentes, adquirir nuevas noticias, registrar archivos y bibliotecas que quizá no se [184] han explorado aun, ó lo han sido con distinto objeto. Hay indicios muy fundados de que la biblioteca Laurenciana de Florencia posee un ejemplar precioso, el más completo que puede darse: allí será bien recurrir, no para averiguar si la presuncion es cierta, sino dando por seguro el hecho; y obtenida esta seguridad, interesar á nuestro Gobierno para que por medio de una negociacion diplomática reclame del italiano el envío del ejemplar, como aconteció con el Cancionero de Baena, existente en París, y no ha mucho con otros libros nuestros que algun gobierno extranjero solicitó y obtuvo.

     Si en 1829 publicó en Méjico D Cárlos María Bustamante la traduccion del texto mejicano, y en 1840 la del libro XII, que se refiere especialmente á la conquista; y si lord Kingsborough reimprimió esta misma traduccion con sus suntuosísimos volúmenes de las Antigüedades de Méjico, la Academia no puede contentarse con esta parca demostracion de su laboriosidad, patriotismo y celo. Á mucho mas está obligada: á arrancar del olvido uno de nuestros más insignes monumentos, el que ilustra la más árdua conquista, la gloria mayor de que puede envanecerse una nacion en medio de tantas épicas proezas como centellean en sus anales. En lo que concierne á la material ejecucion del intento, la misma magnitud de la empresa no es mucho que arredre á quien se proponga llevarla á cabo; los recursos de la Academia son harto menguados para salir airosa de tal empeño; es interés de la nacion, y el gobierno que la representa se felicitará de hallar ocasion en que granjearse el aplauso de propios y extraños con propósito tan meritorio. Acerquémonos á él: en pretensiones tan justas, lo razonable es darlas por satisfechas, como si hubiesen mediado ya promesas anticipadas. Si, pues, la Academia insiste en su designio de publicar íntegro y genuino el texto de la Historia general de Nueva España del padre Fr. Bernardino de Sahagun, con la traduccion é ilustraciones que la acompañaban, me atrevo, como resúmen de todo lo expuesto, á someter á su consideracion las siguientes proposiciones:

     1.ª Que por medio de nuestros correpondientes en Florencia, señores Hermes Pierotti y comendador Cristóforo Negri ó nuestro representante en Italia, se procure averiguar si en efecto [185] existe en la biblioteca Laurenciana, ó en alguna otra, el mencionado ejemplar de la Historia general de Nueva España, en doce libros, texto, traduccion, glosarios y figuras iluminadas, del padre Fr. Bernardino de Sahagun; y en caso afirmativo, que se pida por nuestro Gobierno al Gobierno italiano el envío de dicha obra para ser aquí copiada con las convenientes formalidades y garantías.

     2.ª Que igual diligencia se practique, pues el códice de la biblioteca Real se nos franqueará sin dificultad, en la Colombina de Sevilla, en el archivo de Indias ó en cualquier otro establecimiento donde se presuma que pueda existir en todo ó en parte la misma obra.

     3.ª Que una vez obtenida, se proceda á su más escrupulosa y esmerada copia.

     Y 4.ª Que el Gobierno de S. M. costee la impresion y publicacion del tomo ó tomos de que conste la obra completa, compitiendo, en cuanto fuere posible, con los de la Antigüedades de Méjico, de lord Kingsborough, para que su sin igual importancia no desmerezca en España de la que se le ha concedido, y ciertamente se le concedería, en el extranjero.

     Estas consideraciones someto al superior criterio de la Academia, que juzgará y resolverá lo que estime más acertado y conveniente.

     Madrid 23 de noviembre de 1882. -Cayetano Rosell.

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III. Guerras de Cerdeña, Sicilia y Lombardía, por el Marqués de la Mina.

     En cumplimiento de la órden que nuestro Director accidental se ha servido dirigirme, voy á emitir dictámen sobre la instancia de D. Emilio Valverde y Álvarez pidiendo al Excelentísimo Sr. Ministro de Fomento la mayor proteccion posible para dar á la estampa una obra manuscrita del ilustre Capitan [186] general de Ejército, Marqués de la Mina, la que, entre otras materias, comprende las guerras de Cerdeña y Sicilia en los años de 1717 á 1720 y la de Lombardía en los años de 1724 á 1736, todo en tres grandes volúmenes, con 33 planos, iluminados á varias tintas, de plazas fuertes y batallas, y varios estados de fuerza y documentos del mayor interés para la historia española de su tiempo. Y deseando el Sr. Valverde hacer una publicación digna de tal obra y de su conspicuo autor, solicita el auxilio de que trata el artículo 5.º del Real decreto de 12 de Marzo de 1875, con las condiciones de la Real órden aclaratoria de 23 de Junio de 1876, disposiciones, las dos, encaminadas, como saben los Sres. Académicos, á proteger las letras y las artes en nuestro país.

     El Sr. Valverde se propone con ese auxilio publicar las Memorias del Marqués de la Mina en dos ó tres tomos, de unas 400 á 600 páginas cada uno, en 4.º mayor, tamaño parecido al de la Relación del viaje hecho por Felipe II en 1585 á Zaragoza, Barcelona y Valencia, escrita por Enrique Cok y publicada en 1876 por nuestro Ministerio de Fomento, pero ilustrados, además, con los planos en copia del original y retratos de aquel insigne general y diplomático, y, aun quizás, con el de otros personajes de entre los que más figuran en su notable escrito.

     La publicacion, así, vendría á costar unas quince mil pesetas; siendo la tirada de 600 ejemplares mínimum y hasta mil máximum, y dos años, lo ménos, el tiempo que se tardaría en ejecutarla.

     El empeño, como se ve, del editor y de los que le animan á acometerlo, entre los que aparece el propietario del manuscrito, Teniente general Marqués de San Roman, va dirigido, y así lo dice aquel: «á prestar un servicio verdaderamente patriótico, digno por todos conceptos de la protección del Gobierno de S. M., que no á lucro ni á utilidad de ningun género;» razon tambien, sin duda, para que el Excmo. Sr. Ministro de Fomento haya mandado la instancia del Sr. Valverde á informe de este instituto, á quien por su índole corresponde.

     Y paso á ejecutar el mandato de nuestro digno Director.

     El sábado 9 del actual fueron sometidos á la aprobacion de esta Real Academia dos luminosos informes, cuya memoria creo [187] ha de convenir al fin que me propongo en el que esta noche tengo honra de presentar al exámen, tambien, de tan docta corporación.

     Era objeto del primero de esos informes, la reseña histórico-biográfica de dos españoles ilustres, los ministros Patiño y Campillo, recientemente publicada por el erudito Sr. Rodriguez Villa; y el Sr. Fabié se lamentaba en él de la falta de obras, así nacionales como extranjeras, donde estudiar con resultado los sucesos políticos y militares que constituyen la historia de la primera mitad del siglo XVIII. Nos citaba, como las únicas quizás, para apreciarlos en lo posible, la que, con el título de Comentarios de la guerra de España, escribió nuestro compatriota el egregio Marqués de San Felipe; la ya en parte muy rara que el P. Fr. Nicolás Belando llamó Historia civil de España, y inglesa de Guillermo Coxe sobre el reinado de la casa de Borbon; extrañándose que hubiera tenido tan pocos cronistas una época próxima y que de tal modo ha influido hasta hace poco en la manera de ser política y social de Europa.

     «La paz de Utrecht, dice, con efecto, César Cantú en su Historia de Cien años, no introdujo principios en el derecho público, pero completó el sistema europeo, tal como dura hasta ahora en sus oscilaciones.»

     Hay otras obras, tratados generales ó particulares, de la historia de tiempos tan fecundos en acontecimientos importantes, lo sabe muy bien el Sr. Fabié, pues que las ha visto citadas y sujetas al más escrupuloso análisis en la magistral del historiógrafo inglés á que aludo; pero tambien es verdad que, siendo en mayor número de extranjeros, no es tratada en ellas España con la justicia que merece, ni sus hombres de Estado y militares son con la imparcialidad necesaria para aquilatar sus talentos ó poner á descubierto, pero sin odio, sus errores.

     El Sr. Barrantes, autor del segundo de los informes á que me voy refiriendo, al presentar su juicio sobre las obras del insigne Mesonero Romanos, echaba de ménos en la España actual el cúmulo de Memorias, con que en Francia, por ejemplo, «las vanidades personales han abrumado materialmente á la historia anécdotas y rasgos biográficos.» Y, como para anatematizar [188] nuestra pereza de ahora, nos recordaba aquellas Relaciones y Cartas con que nuestros antepasados, los conquistadores de Indias llegaron á formar, decía: «el más acabado y hermoso cuerpo de historia que posee nación alguna del mundo, tal que los extranjeros más enemigos de España nos lo copian y envidian.»

     Tambien esto es cierto, como lo es que por aquel tiempo mismo de nuestros heróicos descubridores y colonizadores del Nuevo Mundo, tenía España en sus vastos dominios de Europa quienes, para descanso de sus bélicos trabajos, empleaban por la noche la pluma en escribir lo que durante el día había su espada hecho en honra de su nombre y gloria de la patria. Y Bernardino de Mendoza, Lechuga, Verdugo, Villalobos y Benavides y cien más que no cito por ser conocidos de todos, dejaron, como fruto de sus ocios, mejor dicho, de sus campamentos, los más robustos jalones con que formar, como los conquistadores de Indias la de aquellas vírgenes comarcas, la historia de nuestras ambiciosas, pero justas y legítimas, aspiraciones de dominación en las viejas y cultas regiones de nuestro continente.

     Me ha de dispensar la Academia ésta que hasta ahora podría parecer jactanciosa pretension, la de sólo hacer memoria de los escritos de nuestros militares como los fundamentales de la historia española en los primeros siglos de la Edad presente, que no lo hago por vestir el uniforme del Ejército que ellos y sus insignes capitanes fueron los primeros á ilustrar en el renacimiento del arte de la guerra, sino por serme absolutamente necesario para fijar mis opiniones en el punto concreto á que refiere este informe. El Sr. Fabié hacía notar la falta de datos para una historia completa de la primera mitad del siglo último; el Sr. Barrantes echaba de ménos en España ese ramo de literatura reflejado en las Memorias; y hoy me cabe la suerte de ofrecer á la Academia, con las de otro militar, la satisfaccion, en gran parte, de esa que nuestros dos ilustrados colegas tienen, y con razon, por necesidad imperiosa y urgente.

     Las Memorias del Marqués de la Mina son, con efecto, el dato más auténtico que puede presentarse para la historia y conocimiento de una lucha inesperada, cual ninguna otra, en Europa de los tiempos que recuerdan. [189]

     Buena ó mala política, que no es un informe como éste, donde deba aquilatarse, es lo cierto que España, al emprender la conquista de Cerdeña y Sicilia en 1717 y 1718, ofreció al mundo espectáculo tan imprevisto como extraordinario, el de una nacion que, saliendo de las ruinas en que yacía envuelta durante los últimos años del infeliz reinado de Cárlos II, y cuando se la consideraba sin aliento y ocupada en reparar los estragos de la guerra de catorce años, cual pocas de sangrienta y aniquiladora, se alza como rejuvenecida de vigorosa y arrogante, acometiendo empresas, tampoco voy á decir si descabelladas ó por lo ménos temerarias, pero alardes verdaderos y serios de una vitalidad de que ninguna otra hubiera logrado dar pruebas tan elocuentes.

     Es indudable tambien que esa vitalidad es propia, es característica de nuestro pueblo, único capaz de resistir la serie de luchas eternas y de toda índole que ha sufrido en la presente centuria. Porque en otras partes la guerra suele reducirse al trance de una ó dos grandes batallas que deciden de la suerte del país; y, luégo, la paz cura las heridas causadas, repara las fuerzas constituidas, y la nacion, por desgraciada que haya sido, puede presentarse á nuevas lachas. En España, no; el pelear es incesante, de años y años: no sólo los ejércitos, sino que los pueblos toman parte en la contienda; y el incendio, el saqueo y el asesinato, que son irremediable y lógica consecuencia de tales arranques, yerman el suelo y sumen á la poblacion en la miseria. Y eso cuando la discordia no ejerce sus furores en el seno mismo de la nacion, cuando la lucha no toma el carácter de fratricida; porque entonces, además de interminable se hace desoladora y cruel hasta la ferocidad más repugnante.

     Pues bien: á los tres años de una guerra de cerca de catorce y que reunia los dos caracteres de internacional y civil, como los ofreció la de Sucesion, España acometía la conquista de las islas de Cerdeña y Sicilia, garantidas á sus poseedores, el Austria y Saboya, por cuantas naciones, todas poderosas, tomaron parte en el tratado de Utrecht, tan desventajoso para la nuestra.

     Mucho se ha criticado al gobierno del primero de nuestros soberanos de la casa de Borbon; ha habido quien no encuentre, [190] en él sino el agente de la fosilizacion, la petrificacion de un pueblo; y, sin embargo, pocos ejemplos podrán citarse de actividad y de energía como el de las expediciones con cuyo relato comienza el Marqués de la Mina sus importantísimas Memorias. Para la primera de esas expediciones, la de Cerdeña, se formaron dos escuadras de 13 navíos de guerra, 90 de trasporte y 3 galeras que condujeron á aquella isla 14 batallones, 300 caballos y un tren de sitio; pero en la segunda, tan misteriosamente reunida como la anterior de un año ántes, eran 12 los navíos de línea, 17 las fragatas y 9 las galeras, brulotes y balandras, en todo 38 buques de guerra y 276 navíos y 123 tartanas de trasporte; esto es, 433 basos (formidable número troyano que pobló el de sustos), como dice en su estilo, peculiar de la época, el general cronista de la expedicion, con 35 batallones á bordo, 24 escuadrones de caballería, 24 de dragones, y un tren de artillería con más de 100 cañones y morteros, municiones y víveres, útiles de ingenieros y, lo que es más raro en España, dinero para muchos meses.

     ¡Cómo no admirar alarde tan grandioso en las condiciones en que se hallaba España por el desgobierno anterior, la lucha recientemente acabada y la humillacion de un convenio hecho en beneficio de aliados perseguidos por la fortuna hacía años en los campos de batalla y que para reparar los reveses de Hochstett, Ramillies y Malplaquet, creían deberlo conseguir á costa de los vencedores de Almansa y Villaviciosa!

     Ahora bien: con esos detalles, y aun más minuciosos en los preparativos de cada funcion de guerra, con la descripcion detenida y gráfica del terreno de las operaciones, con la de todos los combates, influyentes ó no en el éxito decisivo, y las observaciones más atinadas, técnica ó históricamente hablando, sobre las causas y resultados de cada uno de ellos, con cuantos datos, en fin, puede apetecer el historiador más exigente, trata el Marqués de la Mina los sucesos en que tomó parte tan interesante y principal.

     Y no es de extrañar que así lo hiciera.

     Hijo de un prócer tan distinguido, como por su nacimiento, como por los servicios que prestó en ambos mundos, fué educado con [191] las lecciones cristianas y políticas que le dedicó su padre en un libro que aun existe en manuscrito, único documento á que se debe la fecha en que nació quien había de ser honor de España en los campos de batalla por su valor y pericia, en las Córtes extranjeras por su ingenio y habilidad diplomática, y en la Administracion pública por su iniciativa tan desinteresada como enérgica. Por papeles que el infatigable Sr. Rodriguez Villa ha encontrado donde ménos era de esperar, pero principalmente por ese libro, se sabe que su autor debió sufrir grandes contrariedades y desengaños en la vida; pues en uno de los primeros párrafos, y por eso lo trascribo, exhala quejas que dolorosamente lo demuestran. «En este intento, dice, pues no he tenido accion a practicarlo, conturbándome los accidentes de mi vida que han sido incesante urgencia de sucesos lamentables, y que te han comprendido acompañándome en ellos desde la primera luz de la razon, pudiéndote ser útiles, si los tienes presentes, como espejo, que te advierta, antes que los escarmientos, las inconstancias del caduco siglo en que la tragedia de tu padre concilia la admiracion, pero puedes estar cierto, y yo asegurarte ante el Tribunal del Señor de las alturas, no he cometido jamás con la voluntad accion que empañe mi honor, ni que manche la integridad en los empleos que he obtenido y procurado servir, teniendo por único objeto la legal fiel Administracion de Justicia, cuya verdad hallarás contextada en la resolucion de los Consejos, en la notoriedad de las Indias, y creo que en el general sentir.»

     He copiado este párrafo del libro que al Marqués de la Mina, entonces Conde de Pezuela de las Torres, dirigió su padre, acabado en el Escorial el 13 de Junio de 1713, segun consta en el colophon, porque, retratando al autor, explica quizás el carácter del educando, su conducta noble, pero cautelosa, y hasta el estilo de los escritos, sujetos hoy, tras tantos años, á la censura de esta Real Academia.

     Capitan de Dragones al poco tiempo de comenzar en 1705 su carrera militar; coronel, en Diciembre de 1709, del regimiento de su nombre, segun costumbre de la época, el cual nueve años despues tomó el de Lusitania, creado por solicitud suya y á sus [192] expensas, el Conde de Pezuela asistió á casi todas las campañas en que por entónces tomaron parte las armas españolas. Cuando la expedicion de Cerdeña, continuaba a la cabeza de aquel cuerpo, pero de Brigadier ya, con categoría, pues, edad y experiencia militar para, al describir las operaciones de la fácil conquista de aquella isla, poderlas juzgar debidamente y comentarlas con la autoridad de un maestro. Si la participacion que tuvo en ellas no fué tan activa como él deseara á la naturaleza del terreno se debió y á la marcha que las imprimiera la sorpresa que causó el desembarco, lo débil de la defensa y lo tardío de los socorros del Emperador. Pero en las de Sicilia no hay sitio, batalla, ni diversion en que no se vea al Conde de Pezuela á vanguardia, flancos ó rezaga del ejército, vigilar con los dragones por su seguridad, defendiéndolo de las emboscadas ó sorpresas del enemigo, y adelantándose á escarmentar á éste y privarle del descanso necesario en sus cantones y campamentos. Así, y siendo, ya solo, ya unido á Bracamonte ó Vallejo, maestros, con Cereceda, en la guerra que el Marqués de la Mina llama de Campaña y tan acreditados ya en la de Sucesion; siendo, bien puede decirse que ojos del General en jefe en Messina, Melazo y Francavilla, el distinguido cronista reunía cuantas condiciones cabe exigir a un historiador en la acepcion más lata y más sublime, que hoy se da á esa cualidad.

     De carácter indulgente y genio conciliador, efecto, sin duda, de las lecciones de su padre, impregnadas de la más dulce tristeza; espíritu eminentemente ecléctico, sin doctrina alguna radical de exclusion de otra cualquiera, se le ve, en su trabajo sobre la expedicion de Sicilia, buscando, con razones políticas lo mismo que con argumentos militares técnicos de condicion geográfica ó de oportunidad histórica, el zurcir las voluntades harto rozadas de los caudillos de empresa tan ocasionada á discordias como aquélla.

     Con el Marqués de Lede, de la primera nobleza de Flandes y a quien retrata de mano maestra, amante de lo justo, desinteresado y feliz, pero acusado de una flema que peligraba en desidia, iban caractéres fogosos, no exentos de celos y de energía un tanto excepcional, no sabemos si por genio ó por patriotismo, como el Marqués de Werbom, sin segundo, decía el de la Mina, en su [193] particular profesion de Ingeniero, el Euclides de su Era, y como el Conde de Montemar que rayaba ya en los talentos, la conducta, y las señas, que le llevaron despues á ser el Héroe sevillano, y Jefe glorioso de las armas españolas; ambos, sin embargo, duros, empeñaban la firmeza hasta los peligros de la pertinacia, y con esto no conseguían que prevaleciesen sus dictámenes, aunque los auxiliase la razon.

     Conciliar á aquellos señores y hacer armónicas sus opiniones era trabajo, verdaderamente hercúleo, de inteligencia; pero, defendiendo á Lede con la responsabilidad de un mando tan comprometido, ya por el aislamiento en que la desgracia de la escuadra dejó al ejército y por la presencia en Sicilia de Campillo, un alter ego del omnipotente Alberoni, especie de Comisario de los de la Convencion francesa entre las tropas de la Revolucion, y defendiendo á Werbom, á Montemar y á los que como ellos opinaban en los consejos de guerra con sus talentos y el fuego sagrado, como ahora se dice, de su profesion y sus ambiciones militares, logra el Marqnés de la Mina ponerse en un justo medio que, apoyado en la verdad de los sucesos, da luz más que suficiente para uno juzgar de las opiniones de todos y fijar las suyas propias.

     No, por eso, vaya á atribuirse ese espíritu de eclecticismo á las cuestiones tan solo de personas, que quizá pudiera perjudicar á nuestro autor en la opinion de hombre independiente; porque aparece con el mismo en las de la ciencia. Y si no, oigámosle en los comienzos del brillante prólogo de su obra.

     «No me valdré tampoco, dice, de citas antiguas y guerras ponderadas en libros de Godos, Griegos, Romanos y Parthos, que persuaden ménos que las inmediatas á nuestro tiempo, ya sea porque hay muchas que su verdad es problemática, ó porque aquel méthodo, aquellas armas y aquel número no conforma en nada con nosotros; y sobre todo desde que se inventó la pólvora y el cañon son otras las defensas y los ataques, que cuando se usaban las falanges, arietes, lanzas, arcos y flechas.»

     Esto lo dicen ahora algunos que ni aun quieren en sus estudios volver los ojos á Federico II ni á Napoleon; pero que se resistirían además á aceptar el párrafo que sigue al anterior del Marqués de la Mina. [194]

     «No por esto se entienda que dexo de mirar con aprecio los respetables monumentos de la antigüedad en Héroes, doctrina, conducta, virtudes y Gobierno militar y político, que nos dexaron embidiable imitacion en sus acciones y amor á la Patria; pues aunque efectivamente, son otros los Exércitos y las armas y aun es otro el Mundo, siempre ayudan y enseñan los aciertos, las máximas generales de los antiguos, para tomar de ellos lo que pueda adaptarse á nuestros tiempos.»

     Repito que yo atribuyo estos rasgos, que hallo característicos del Marqués de la Mina, á la educacion que recibió, á las lecciones, sobre todo, que le dejó escritas su padre, las cuales, en mi concepto, influyeron poderosamente para cuanto hizo. La historia de Lusitania dice que por el brillante comportamiento de aquel cuerpo en la batalla de Melazzo y la captura de dos banderas del regimiento aleman de Told le concedió el Marqués de Lede el privilegio de usar en la grupa de las sillas la escarapela amarilla, y el Rey, despues, el uso en los guiones, de la imágen del Arcángel San Miguel. Pues bien: en una especie de invocacion con que el padre del Marqués de la Mina encabeza el libro a que tantas veces me he referido, pide el auxilio de la Vírgen: «por la interposicion, dice, del Archangel Miguel nuestro Patrono (como lo fué de tu abuelo), y á quien siempre he entregado y entrego quanto me toca, y depende de la voluntad que le sacrifico.»

     Es coincidencia.

     En la campaña de Lombardía, á que hace referencia el tomo tercero del manuscrito en cuyo exámen me ocupo, el Marqués de la Mina era ya Teniente general y, por lo que de su obra se infiere, disfrutaba de la confianza del Conde de Montemar, cuya conducta defiende con todas sus fuerzas. Su posicion, pues, para tratar de aquellos sucesos tan controvertidos en las historias de la época, no podía ser más ventajosa; y sus opiniones, por consiguiente, entrañan una muy grande autoridad. Así empieza su libro: «Escribí el diario de la guerra de los años de 1734 hasta el de 1736, en el concepto de ser papeles, no sólo instructivos para los Oficiales. sino fidedignos monumentos para la historia, respecto de que regularmente los dicta un militar que desconoce [195] las contemplaciones y los arcanos políticos, y yo lo he practicado así, exponiendo los hechos (de que fuí testigo), con verdad desnuda, sin riesgo de lisonja.»

     Sin embargo de que esta introduccion parezca reducir el papel del Marqués de la Mina al de un diario escueto de las operaciones del ejército español en aquella guerra, con empezar tan sólo su lectura se comprende ser otro el alcance que, al fin, se propuso darle su autor. Para lo primero, ni se comienza con la descripción del estado de Europa al hacerse la eleccion de rey de Polonia por muerte de Augusto II, en 1733, ni se traducen los tratados de alianza ofensiva entre los reyes de Francia y Cerdeña para la ocupacion del Milanesado, y la adhesion de España á ellos, ni, por fin, se discurre tanto sobre las conferencias políticas habidas entre los generales de las tropas aliadas, sus despachos á los gobiernos respectivos, la defeccion de franceses y sardos en los momentos más críticos de la campaña, sobre las vacilaciones, por último, de nuestro gobierno y la buena ó mala fe, habilidad ó impericia de sus ministros.

     El escrito, pues, del Marqués de la Mina, referente á la guerra de Lombardía, que, por supuesto, contiene la memoria del establecimiento del infante D. Cárlos, rey despues de España, en el trono de Nápoles, es, como los anteriores de las campañas de Cerdeña y Sicilia, un libro completo de historia, así como hoy se entiende, y sin el cual es inútil pensar en el estudio de la Europa de aquel tiempo sin temor á graves y trascendentales errores.

     Y por más que su autor, segun acabo de manifestar, lo presente en calidad de una coleccion de datos y como obra de un militar atento sólo á transmitir los sucesos de que fué testigo, es fácil comprender la modesta inexactitud que comete. El Marqués, y así lo dice en su obra, dió forma á los apuntes que tenía y á los datos que guardaba en la memoria hácia los últimos años de su vida. Su libro es, de consiguiente, el resultado de la experiencia, de la madurez de juicio, de la costumbre de los negocios políticos y militares de un hombre que, á una educacion escogida, reunía ya el desempeño de cargos, aun fuera de la milicia, difíciles y elevadísimos, como el de embajador en el que firmó la paz de Viena y ajustó las bodas del infante D. Felipe y la infanta [196] Doña María Teresa con los hijos del rey Cristianísimo, el del gobierno del principado catalan y cien otros de la Corte y los ejércitos que, con las ilusiones y los desengaños que alternativamente producen, dan condiciones mas que sobradas para escribir una historia, por intrincada que sea. Por tal historia, y concienzuda é instructiva, debe, por lo tanto, tomarse el trabajo del Marqués de la Mina, que con el de la campaña del Piamonte en 1743 y subsiguientes hasta la paz de Aquisgran, apuntadas en el Epítome de su vida, se hace puede decirse que completo y acabado.

     El General Almirante dice en su Bibliografía Militar de España: «El Marqués de la Mina es el hombre de su tiempo.» Pero añade á renglon seguido: «Trasplantado al siglo XVI, probablemente hubiera dado más fuerza y actividad á sus resortes; «hubiera respirado otra atmósfera, y positivamente hubiera mantenido su primacia entre los primeros.»

     ¿Qué mayor autoridad puede darse á los trabajos de persona por tantos otros conceptos respetable y respetada?

     Y para que se vea que las mías no son ideas de hoy, que me hayan sido inspiradas por la ocasion actual y las circunstancias que la provocan, voy, aun abusando de la benevolencia de la Academia, á probarlo con un ejemplo, en mi humilde sentir, muy convincente.

     Un distinguido oficial del ejército aleman, agregado a la legacion del Imperio en Madrid, acudió á mí hace cuatro años pidiéndome datos con que confirmar ó rectificar fechas que le había remitido un compatriota suyo, historiador de las campañas de los austriacos en Sicilia. Aquellas fechas estaban equivocadas, y, al demostrárselo al oficial aleman con datos irrecusables, me pareció deberle manifestar que escribiese á su recomendado no diera por concluidos sus trabajos históricos sin ántes hacerse con las Memorias del Marqués de la Mina, fuente la más copiosa y límpida donde ver reflejada la accion de los españoles en aquellos sucesos, que nunca podrían estudiarse, como aconsejan los maestros de la ciencia, sin el conocimiento de la parte en ellos tomada por todos los beligerantes.

     Me he permitido esta disgresion, así para que se me haga [197] justicia respecto á la fijeza de mis opiniones sobre el libro del Marqués de la Mina, como porque no se creyeran apasionadas al tomar parte en la publicacion de ese libro persona cuyos lazos de amistad conmigo son de muchos conocidos.

     El Teniente general Marqués de San Roman, que á pocos tiene que envidiar como escritor elegante y castizo, y ahí está para demostrarlo el prólogo de la Historia de la guerra de la Independencia que estoy publicando; autor á su vez, de la del ejército del Centro en la civil de Siete años que su modestia mantiene inédita en su notable biblioteca, y orador tan perspícuo como espontáneo, es conocido en esta Academia y en todos los círculos por la diligente y eficaz proteccion que ha dispensado á cuantas obras la merecian en su atinado y justo concepto. Este cuerpo conoce las del General Almirante, á cuya estampa contribuyó no poco, y una de las mejores del General Sandoval, que envió aquí para su exámen contra la voluntad, sin noticia, al ménos, de su inolvidable autor; y el Ejército que había antes apreciado sus talentos en La Revista Militar y otros periódicos profesionales, sabe cómo protege ahora la edicion de los mejores libros de ciencia é historia militar que hace ese mismo Sr. Valverde que ha acudido al Gobierno de S. M. con el manuscrito del Marqués de la Mina.

     Cuando escasean tanto los Mecenas, se ensancha el pecho viendo á personas con mérito propio como el General San Roman, alentar á los demás en sus tareas y aficiones, ó buscar para otros la gloria que sin estos arranques generosos quedaría para siempre quizás oscurecida.

     Y esto mismo es una garantía importante para la Academia y para el Gobierno del buen uso que se hará de la proteccion que pueda concederse al Sr. Valverde, si ya éste no la ofreciera suficiente, conocido, como es tambien en este cuerpo, por el Atlas geográfico descriptivo de la Península ibérica, de que es autor, y le fué remitido para su censura.

     No es esta la sola obra del Marqués de la Mina; pues que por manuscritos que el Teniente general Marqués de la Cénia conservaba en Mallorca y ha tenido la bondad de remitir al que suscribe este informe, se viene en conocimiento de que el libro [198] impreso que lleva el título de Máximas para la guerra, sacadas de las obras del Excmo. Sr. Marqués de la Mina... etc., no está conforme con el que ofrece todos los caractéres de haber

sido escrito por el egregio General, historiador de las guerras de Sicilia y Lombardía. El órden de los capítulos es muy distinto, y, dentro de ellos, está subvertido el de sus principales ó más importantes párrafos, cuando no han sido llevados á partes diferentes de la obra.

     El manuscrito hallado en la biblioteca del Sr. General Cotoner tiene por otra parte, y esto lo hace más interesante, la particularidad de citas sumamente curiosas que no se ven en la grande obra del Marqués; como, por ejemplo, la del autor del Diccionario que sigue á la descripcion del sitio de Messina, quien aparece ser un Sr. Cram, Ingeniero ordinario, como entónces se decía, natural de Tudela en Navarra y persona de mucho mérito.

     Creo de todos modos, y voy á terminar este ya enojoso informe, que pudiera recomendarse al Ministerio de Fomento que, al tenor de las reales disposiciones citadas por el Sr. Valverde, se sirviera acordarle el auxilio que pretende para la impresion del manuscrito del Marqués de Mina.

     Con eso podría desmentirse, una vez al ménos, al ilustre autor de trabajo tan prolijo y concienzudo, cuando, al empezarlo, dice: «En el concepto, pues, del limitado valor de mis tareas, no me costó mucho la eleccion de mi Mecenas á quien dedicarlas, porque á San Miguel Archangel, mi devoto protector, pareciera hipocresía, al Rey, no lo merecen; á mi Nacion, que es mi ídolo, no lo estimaría, porque hablando con todos se obliga á ninguno; al Cuerpo de Dragones en que me crié, y de que soy Director, fuera copiar á otro que executó lo mismo con el suyo, en su rasgo épico, aunque celebraría saberle imitar. Siendo todo esto así, dedico los rasgos de mi pluma, á la diversion de mis horas para desviar el ocio, y embelesar en las memorias de mi oficio al leerlas el breve tiempo que me queda de vida.»

     Así, y cuando puede decirse que es por sentencia de la posteridad, el Marqués de la Mina habrá encontrado su Mecenas en la iniciativa de admiradores suyos, tanto más imparciales [199] cuanto que no tienen obligacion alguna para con él, y en la ilustracion del Gobierno de su patria.

     La Academia, en vista de todo, resolverá lo más conveniente.

     Madrid 22 de diciembre de 1882. -José Gomez de Arteche.

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IV. Paleografía hebrea

     La Tabula scripturae hebraicae (108), que su autor, el Dr. Julio Euting, profesor en la universidad de Estrasburgo, acaba de ofrecernos, y sobre la cual me pide informe nuestro dignísimo señor Director, no se puede bien apreciar sin tener á la vista la obra del Dr. Chwolson de San Petersburgo (109), á la que sirve de ilustracion y apéndice.

     Es la Tabula pieza maestra de arte primoroso y de ingenio científico, «die sowcohl in wissenschaftlicher, wie auch in technischer Beziehung ein wahres Meisterstück ist» como justamente la llama el Dr. Chwolson. Mide 32 centímetros de ancho por 169 de largo; y bien se deja comprender que no redunda tamaña extension, si han de marcarse debidamente las evoluciones gráficas del alfabeto hebreo cuadrado, hijo del fenicio, durante el espacio de veinticuatro siglos, o desde el año 890 antes de Cristo hasta el 1515 de la era vulgar. Así el Oriente como el Occidente, con sus monumentos los más seguros y escogidos, y en especial la region de Crimea, ó la Iberia del Cáucaso, nos dan aquí la perspectiva y el cuadro sinóptico de las formas que gradualmente han ido tomando las consonantes del idioma, por excelencia [200] sagrado. Por lo que toca á nuestra Península Ibérica, tan rica todavía de códices inexplorados y de inscripciones israelitas, la Tabula del Dr. Euting tiene suma valía, toda vez que la ciencia paleográfica entra en primer término para descubrir la fecha que lápidas y códices suelen ocultar, y no siempre al presentarla dejan al resguardo de vacilaciones ó controversias.

     No seguiré en la evolucion de sus respectivos estudios al eminente profesor de la universidad de Estrasburgo, ni al sabio Dr. Chwolson, quien se prepara, segun acaba de escribirme, á traducir del aleman al ruso su Corpus inscriptionum hebraicarum. Me limitaré á dos tipos paleográficos, sacados de monumentos españoles. El más antiguo refleja el carácter de nuestra escritura hebrea durante el período de la España visigoda; brota el otro del corazon de la Edad Media, al tiempo en que fallecía lleno de gloria el Cid Campeador, y no mucho ántes que Benjamin de Tudela trazase sobre el mapa del orbe aquella densa y fuerte red de aljamas hebreas, cuya robusta unidad, providencialmente mantenida, nos da razon histórica de esperar que los hijos de Israel, dispersos, mas no destruidos, así como han vivido, vivirán siempre á despecho de sus tenaces perseguidores. Tanto valdría que pereciesen ó que perdiesen su carácter tradicional, como un mentís á la voz profética de Hoseas (110) y de San Pablo (111).

     Ya entendeis que aludo en primer lugar al mármol trilingüe de Tortosa, cuya primera revelacion á la sabia Europa se hizo por quien no ha logrado que su nombre estampen y citen los doctos con el aplauso que merece. Llámase Julio Carvalho, de profesion ingeniero, francés de nacion, y oriundo, como sobrado el apellido lo indica, del vecino reino de Portugal. Ha dotado á Tortosa de fuentes saludables y puras, harto más benéficas que el turbio Ebro, de cuyas aguas se surtían los ciudadanos; amigo y cultivador ilustrado de la ciencia agrícola, ha desmontado breñas hasta nuestros dias peladas ó estériles, y las ha cubierto de [201] tiernos olivares, cuyos frutos no verá por ventura él, sino su prole; y ha convertido en ricos arrozales los charcos infecundos sobre los cuales reflejaban, tristes y solitarias, fúnebre aspecto las ruinas de San Cárlos de la Rápita. Este anciano, por ser extranjero y hebreo, y fundador de l'Alliance israélite, no ha recibio el premio que á sus hijos concede la patria; mas ¿qué le importa? El mayor lustre del hombre no es parecer, sino ser bueno; y así Mr. Carvalho, tan pronto como vió, veintidos años há, empotrada en la calle de Santa Ana y á mano izquierda de la entrada de la casa que está enfrente de la iglesia del Cármen, la preciosa lápida, sacó de ella un vaciado exactísimo; lo remitió á París, y si aprovechó al curso general de los estudios históricos, díganlo los doctos trabajos de los Sres. Le Blant y Renan (112), Derenbourg (113), Hübner (114), Graetz (115) y tantos otros renombrados epigrafistas, que han llevado el interés é importancia del monumento hasta el punto en que lo dejan colocado los señores Chwolson y Euting. Confiesa el Dr. Chwolson que el vaciado, obre el cual se han apoyado las diferentes conclusiones de los eruditos y las suyas propias, es el sobredicho; y por lo tanto no parecerá fuera de su lugar lo que llevo anotado sobre el orígen de este gran movimiento. Yo he visto y hecho arrancar de la pared que lo contenía, el mármol original; he publicado su fac-símile, tomado sobre fotografía, en el Museo español de Antigüedades (116);y en fin, he demostrado que el estudio de la inscripcion trilingüe, ha de completarse por el del crismon que ostenta en su dorso el mármol. Su fecha, si mal no lo demostré, dista poco de la época de Justiniano.

     Y aquí es donde me incumbe hacer resaltar los servicios prestados a nuestra historia literaria por la Tabula del Dr. Euting. Nadie que hubiere estudiado á fondo los antiguos códices de nuestros archivos, ó siquiera leido los grecismos de la Historia [202] Compostelana, dejará de sonreirse al oir las razones que alega contra el P. Garrucci Mr. Renan, diciendo que un epígrafe hebreo-greco-latino en la España de los siglos X-XIII es lisa y

llanamente anacronismo puro. No lo creo así; y en prueba, básteme citar el himno trilingüe de Santiago, escrito en el siglo XI, ó á más tardar en el XII, que nos brinda el códice Calixtino de la Catedral de Compostela, y cuya publicacion veo ofrecida para [203] próximo en el último número de la Revue des Etudes juives (117), dos los datos históricos y paleográficos que discutí en otro lugar (118) me parecen avenirse con las indicaciones de la Tabula del Dr. Euting. Y en efecto, el trazado de la bilingüe lápida de Narbona, fechada en el año segundo del reinado de Egica (119), ciertamente no es anterior, sino más de un siglo posterior al de trilingüe. Allégase á esta demostracion la forma de las letras griegas y latinas. Cotejadas con los epitafios bilingües de Mérida y de Empurias (120), latino de Talavera de la Reina (121) y griego de Astorga (122), producen el mismo resultado.

     Réstame hablar de la no ménos famosa inscripcion hallada el cementerio hebreo de Puente-Castro, que escritores, no lo bastante enterados de nuestra geografía é historia, han dado en llamar Fuente-Castro, con deplorable error que ha pasado á las obras de los Sres. Chwolson y Euting (123). El pueblo, amurallado aun, centro un día de floreciente aljama, está situado al pié de loma suave sobre la márgen izquierda del Torío, una milla al sudeste de la ciudad de Leon, y á pocos pasos de la confluencia de este río con el Berlanga. Por su ancho y fuerte puente de piedra, que indica la direccion de la antigua vía romana, ha recibido el nombre que ahora tiene; mas en la Edad Media se llamó Castro de los judíos, como ya lo notaba en la primera mitad del siglo XII Aimerico Picaud escritor del códice Calixtino (124). Otras escrituras lo denominan sencillamente Castrum Legionis, siendo muy de observar lo que á este propósito trae Risco (125) sobre [204] un diploma inédito del año 1197, que no he podido haber á las manos. Por él Alfonso IX hacía cesion del castro y de la villa á la Sede Legionense, exponiendo además «que desde mucho tiempo á esta parte los judíos de este pueblo pagaban á la Catedral todos los años, en la fiesta de San Martin, doscientos sueldos de moneda del Rey con una piel muy fina y dos guadamecís por concesion del Rey D. Fernando, el que trasladó (126) el cuerpo de San Isidoro. «Los doscientos sueldos se pagaban al clero de la Catedral y otros trescientos al Obispo, conforme lo dispuso San Alvito, á cuyo arbitrio dejó D. Fernando I la destinacion de la suma total, o sea quinientos sueldos, que al parecer importaba el censo de Puente-Castro: «Olim quippe dederat domnus rex Fredenandus quingentos solidos argenti probatissimi de censu judaeorum ad ipsam Sedem Sanctam Mariae profuturos episcopo, vel cui ipse vellet. Tunc domnus Alvitus episcopus, meus antecessor, in quibus diebus hoc factum est; constituit ut trecenti solidi ex ipsis deservirent Episcopo, et ducenti deservirent in usus fratrum (127) et clericorum ibidem Deo servientium (128)...» Palabras textuales son estas del Obispo de Leon D. Pelayo, á 10 de Noviembre de 1074. La escritura del Rey D. Fernando, que no se encuentra, debía corresponder al principio del episcopado de San Alvito, 1057-1063, y tal vez al año 1058, en que la infanta Doña Fronilde, hija del duque D. Pelayo y nuera del Rey Bermudo II (129), hallándose cercana á la muerte otorgó testamento (130) nombrando por su albacea al Santo.

     De esta señora nobilísima nos queda en hebreo un acto de compra, que hizo á Josef bar Joab Escapat, en juéves, día 20 del mes Marhesvan del año 814, segun el cómputo (judáico) de a ciudad de Leon:

     Este cómputo evidentemente es el de la era menor de la Creacion; y fecha cristiana correspondiente, el 4 de Noviembre de 1053. El tumbo de la catedral de Leon (131) registra otras dos escrituras de compra, que hizo Doña Fronilde en 14 de Junio de 1045 y en 22 de Marzo de 1049, donde suenan las posesiones de los hebreos Fedural y Sem-Tob (nomen-bono).

     Mi sabio amigo D. Isidoro Loeb ha publicado en la Revue des Etudes juives (132) el pergamino sobredicho del año 1053, y otros siete de contratos hebreos, cuyos originales descubrí en el archivo de la catedral leonesa. En vista de estos documentos, cuya traduccion y valor histórico en parte ilustré, ya no será posible al docto Chwolson perderse entre las enmarañadas vacilaciones que la fecha propuesta por el mármol hebreo de Puente-Castro ha suscitado entre los eruditos, sino aceptar la que propuse en la Revue des Etudes juives (133) transcribiendo, supliendo é interpretando la preciosa lápida de esta manera:

     Este sepulcro es el del platero Mar Yahia, hijo de Mar José, hijo de Aziz, muerto á la edad de 65 años, el día primero de la semana (domingo), á los 15 del mes de Casleu, el año 861 del cómputo (que seguimos en) la ciudad de Leon. El Santo, bendito [206] sea (134), quiera encontrarle puro y perdonar sus faltas, y absolver sus pecados, y hacerle misericordia y reservarle su lote ó galardon al fin de los días, y resucitarle para la vida del siglo venidero.

     Las palabras de esta hermosa plegaria estan en parte sacadas de Daniel (XII, 13), y encerrando los tres artículos que dan remate al Símbolo apostólico y son comunes á judios y cristianos: remissionem peccatorum, carnis resurrectionem, vitam venturi saeculi.

     La fecha de la defuncion debe reducirse al domingo, 18 de Noviembre de nuestro año 1100. El hijo de Mar José había nacido en 1039. Quizá Mar José fué el Jusef hebreo casado con Doña Justa, los cuales en 1.º de Febrero de 1021, compraron una villa situada en Val de Antimio en las cercanías de Leon (135), y otras allí mismo en los días 1.º de Junio y 1.º de Noviembre de 1022 (136); y otra, finalmente, en 20 de Febrero de 1026 (137). El nombre Yahiya ó Yahia, sinónimo del bíblico (138) (Yehiel), que estimo, si mal no conjeturo, propio del finado; ese nombre fué ciertamente llevado por un hebreo de Leon, hácia el fin de los siglos X y XI. Entre las heredades que poseían á la sazon las monjas del monasterio de Santiago, cercano á la catedral, figura la vinea quos emit domna sinduara de iahia hebreo (139). Doña Sinduara regía el monasterio en 17 de Junio [207] de 999 (140), y en 14 de Marzo del año 1002 (141), precedióle en el cargo Doña Felicia, cuyas memorias alcanzan hasta el 7 de Enero de 997 (142); y le había indudablemente sucedido ya Doña Imilona en 23 de Octubre del año 1011 (143).

     Semejantes investigaciones, tratándose de juzgar una obra de paleografía, que sirve de resúmen á otra de epigrafía semítica, no parecerán supérfluas ni prolijas, sino á quien no sepa que todos los ramos de la Historia se traban y se completan mútuamente. Asegurada la época, el año, mes y día preciso de la inscripcion de Puente-Castro, y colocada en su período cronológico la trilingüe de Tortosa, quedan fijos dos términos extremos y comprensivos de las evoluciones que tomó la escritura hebráica en nuestra Península desde el imperio de Justiniano hasta el de Alfonso VI.

     El mármol trilingüe de Tortosa persevera custodiado en la misma casa de la calle de Santa Ana, donde lo vió por primera vez D. Julio Carvalho. El Sr. Lamota, propietario del monumento, lo hizo trasladar al patio interior, y me facilitó la fotografía que ha servido para grabar el diseño adjunto (144). De la inscripcion de Puente-Castro presenté á nuestra Corporacion diez y siete años há (145), un vaciado en yeso, que á mi ruego sacó el actual profesor de la Escuela de Arquitectura en Madrid, don Ricardo Velazquez Bosco. El original del mármol negruzco que halló en su propiedad de Puente-Castro D. Tomás Monroy, y dejó á su familia en su testamento, ha pasado, merced á las activas diligencias de mi excelente amigo D. Casimiro Alonso, al Museo arqueológico sito en los claustros de San Marcos de Leon, que tuve la suerte de fundar bajo los auspicios y proteccion del Reverendo Padre Félix Gonzalez Cumplido.

     Madrid 26 de enero de 1883. -Fidel Fita.

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V. Relaciones geográficas de indias (primer tomo), publicadas por el Ministerio de Fomento, y ofrecidas al Congreso Internacional de Americanistas reunido en Madrid en 1881

     Las Relaciones topográficas de España formadas en el reinado de Felipe II, que ya en el siglo pasado utilizó la Real Academia de la Historia, en la obra de su gran Diccionario geográfico y de las cuales trató posteriormente el Sr. D. Aureliano Fernandez-Guerra, sirvieron de tema especial al discurso de recepcion en el mismo cuerpo, del Sr. D. Fermin Caballero. Examinando con la profunda crítica y estilo castizo que lucen en todas sus producciones, el valor de aquellos documentos, juzgólos en conjunto «trabajo literario administrativo tan colosal que, llevado á término, hubiera producido gloria más sólida y verdadera que la maravilla de San Lorenzo.» No halló en los historiadores de la época, ni en los archivos, dato que le sirviera para descubrir el orígen del pensamiento ni las personas encargadas de desenvolverlo, oscuridad que avivó el buen deseo de la investigacion, por difícil más interesante, y llegó con ella á dos conclusiones principales: que el cronista Ambrosio de Morales, uno de los restauradores del buen gusto, en sentir de propios y extraños, fué el redactor de las memorias é instrucciones circuladas al propósito de la formacion de las Relaciones, y el alma de aquella campaña literaria; y que las Relaciones de Indias, ajenas á su discurso, secuela de las primeras, se acomodaron á las condiciones especiales de aquellas extensas regiones, sobre la base de los interrogatorios circulados para los pueblos de España.

     La justa autoridad de que gozaba el ilustre conquense dió á su opinión asiento firmísimo, no removido desde entonces, ya que las Relaciones, cuya importancia señalaba, continuaron inéditas en el Códice escurialense, y las de Indias esparcidas en otras bibliotecas y archivos del reino, fuera del alcance de la generalidad de los estudiosos, hasta que anunciada en Madrid la cuarta reunion del Congreso internacional de Americanistas, á propuesta [209] del Sr. D. Márcos Jimenez de la Espada, delegado oficial de España que había sido en el Congreso anterior de Bruselas, determinó el gobierno de S. M. dar á la estampa por cuenta del Ministerio de Fomento un volúmen de las últimas.

     El mismo Sr. Jimenez de la Espada fué designado para reunir, compilar é ilustrar con notas y comentarios el comienzo en coleccion de los trabajos de esta especie hechos en el siglo XVI por los descubridores y conquistadores de las Indias Occidentales, eleccion acertada tratándose de persona, no tan sólo distinguida en conocimientos de literatura, geografía y ciencias naturales, sino tambien por los estudios hechos en el terreno mismo del mundo Colombiano á que los mencionados trabajos se refieren.

     Forma el impreso un volúmen de 519 páginas, que los antiguos hubieran dicho in folio por la marca aproximada á la del papel que usaban. Está dividido en tres secciones: Antecedentes, Relaciones, Apéndices; lo acompañan dos mapas reproducidos en facsímile de las provincias de los Yauyos y los Quijos, y lleva por título Relaciones geográficas de Indias. Perú, tomo I.

     Las Relaciones son catorce; algunas abrazan la generalidad del territorio del Perú, distinguiendo otras las provincias, distritos y aun la jurisdiccion sola de la capital. El compilador describe el manuscrito original de cada una; da noticias biográficas de los autores conocidos, é ilustra el texto con notas copiosas y algunas muy extensas, de historia, biografía é historia natural. Son de mencionar por la curiosidad de las noticias, las que resúmen la historia de las minas famosas de Guancavelica y Tunsulla, y las explicativas de la lengua quichua.

     Los Apéndices amplían el objeto de las notas, conteniendo documentos de comprobacion y textos entresacados de crónicas ó papeles raros. En gran parte describen al por menor la fundacion de la ciudad de Lima, la fábrica de sus principales edificios, las particularidades del puerto del Callao y las más notables de la costa.

     En 154 páginas que abrazan los Antecedentes se condensa el trabajo original del Sr. Jimenez de la Espada, fruto del perseverante rebuscar de muchos años en archivos y bibliotecas. Adoptando por punto de partida las opiniones de D. Fermin [210] Caballero, muy luego se vió en un laberinto de objeciones serias y de problemas irresolubles, que sólo dos salidas aventuradas dejaban entrever: ó las propias deducciones eran erróneas, ó fué incompleto el estudio y deficiente el juicio de aquella autoridad. Véase cómo pinta él mismo la situacion del espíritu al descubrir el camino seguro.

     «Grato me hubiera sido, y hasta cómodo, seguir las opiniones de tan reputado maestro, aceptarlas como doctrina y aplicarlas á las Relaciones geográficas de Indias, consideradas por él como un caso ó mero accidente del proyecto que se ideó y de la obra que empezó á realizarse en la Península española: hubiera manifestado de este modo el profundo respeto que guardo á la memoria de uno de los hombres más sabios, laboriosos y amables que han florecido en nuestra literatura y figurado en nuestra política, y quedará además reducida mi tarea á exponer las modificaciones que el pensamiento de Morales hubo de sufrir, así en su esencia y forma como en los procedimientos, para acomodarse á regiones y gentes tan apartadas y diversas de las del reino de Castilla. Pero al examinar los papeles que conozco relativos á a geografía de las Indias, y escoger de entre su multitud los que podían compaginarse y publicarse con el título de este volúmen, me he convencido de que ni sus fechas, ni la variedad de sus orígenes, procedencias y formas, consentían aquella subordinacion a que el Sr. Caballero las somete. La personalidad de Ambrosio de Morales, á pesar de su grande inteligencia, y el período de 1574 á 1581, resultan estrechos al querer encerrarse en ellos el gérmen y desarrollo progresivo de las Relaciones geográficas americanas; muéstrase ya el primero al terminar el siglo XV y se declara el segundo antes de 1574; y aunque es verdad que hácia esta época las de Indias y las de Castilla coinciden en mucha parte, y sobre todo en la Instruccion y Memoria ó Interrogatorio por que habían de hacerse, esto prueba, á mi juicio, que las segundas se ordenaron á imitacion de las primeras, ó que, por lo ménos, hubo tiempo en que los procedimientos seguidos con las provincias ultramarinas se modificaron bajo una pauta que se aplicó á la vez á éstas y á las peninsulares.

     »Es muy de lamentar que el Sr. Caballero se contentase con [211] una simple ojeada á los papeles americanos de que nos habla en su discurso, porque si les hubiera consagrado la misma atención que á los de Castilla, de seguro le hubieran conducido, como por la mano, al terreno donde yo me encuentro; y no tan solamente holgarían las rectificaciones que acabo de permitirme, pero sabríamos ya, en materia de Relaciones geográficas, mucho más y cosas de mayor interés que las que yo voy á decir al poner á mis lectores en antecedentes de la importancia é índole de los manuscritos, cuya publicacion ha tenido á bien confiarme la Junta organizadora del Congreso Americanista de Madrid, y que me creo obligado á ilustrar, siquiera sea con la poca destreza que acostumbro y las noticias incompletas que alcanzo en un asunto árido y entrañado todavía en legajos y colecciones históricas, algunas no todo lo concertadas y correctas que fuera menester.»

     Á estas palabras sigue la demostracion, que es prolija, fundada en documentos oficiales, y al parecer concluyente. El deseo de conocer la figura, la produccion, los usos y costumbres de los habitantes de las Indias Occidentales, nació, sin duda, con su descubrimiento, y aun antes lo despertaba la probabilidad del hallazgo, como se advierte por las cartas que los Reyes Católicos dirigían al Almirante: «Hemos visto, decían á 5 de Setiembre de 1493, algo del libro que nos dejastes, y cuanto más de esto platicamos y vemos, conocemos cuán gran cosa ha sido este negocio vuestro y porque para bien entenderse mejor este vuestro libro, habíamos menester saber los grados de las islas y los grados del camino por donde fuistes, por servicio nuestro que nos lo envieis luego; y asimismo la carta que vos rogamos que nos enviáredes antes de vuestra partida, nos enviad luego muy cumplida y escritos en ella los nombres.»

     Á cada uno de los descubridores sucesivos se darían instrucciones parecidas, y aunque el Sr. Jimenez de la Espada no se atreva á afirmarlo, por no constar en muchos asientos que ha examinado, la razon natural sostiene la hipótesis, como el corolario, de que por la repeticion se iría uniformando la pauta, ya que la aconsejaban el interés de la Hacienda real y el de la política en aquellas apartadas regiones. Las ordenanzas de la Casa [212] de Contratacion de Sevilla, redactadas en 1503, determinan que todo navegante á las Indias «sea obligado á llevar instrucciones de la forma que ha de tener en el viaje en todas las cosas que toviere que facer é traer.» Las instrucciones al Piloto mayor, dadas en 1508, con reglas extensas para formar el Padron real, confirman al mismo tiempo la obligacion que se había propuesto a los pilotos de dar cuenta, á vuelta de viaje, de cuanto digno de noticia vieran, presentando sus relaciones y cartas. De aquí las pinturas de tierras de los principales descubridores; de aquí el tesoro geográfico acumulado en la referida Casa de Contratacion, y por desgracia perdido para nosotros; de aquí tambien las primeras ingénuas descripciones como la que Alonso de Zuazo remitía desde la Española en 1518 y aun el orígen del Sumario de la Natural Historia de las Indias de Gonzalo Fernandez de Oviedo.

     Firmado por doña Juana á 8 de Marzo de 1533, copia el Sr. Jimenez de la Espada un interrogatorio ó formulario á que uniformemente habían de ajustar las informaciones de situacion, poblacion y produccion las autoridades del Perú, bosquejo bastante acabado de las sabías y minuciosas instrucciones que con razon admiraba D. Fernán Caballero.

     Antes de llegar á esta conclusion, su sucesor en el registro de las Relaciones, enumera larguísima y por demás interesante serie de cédulas, asientos y papeles varios que la preparan, formando, segun su expresion, una especie de Crónica documentada de las Descripciones de Indias. Despues de ella, y con la deduccion de no haber sido Ambrosio de Morales el alma supuesta de la campaña literaria, procura investigar á quién corresponde la gloria de la iniciativa. Nuevos documentos la adjudican, en su criterio, al visitador del Consejo de Indias, presidente despues del mismo, D. Juan Ovando, acreedor a reconocimiento perpétuo de los españoles. Las ordenanzas reales del Consejo de Indias, publicadas en 1571, que determinan la formacion de un libro descriptivo de todas las provincias ultramarinas y la creacion del empleo de Cosmógrafo y Cronista mayor, á cuyo cargo se confiaba la redaccion; la comision del doctor Francisco Hernandez en la primera de las expediciones científicas destinadas al estudio de [213] la Naturaleza en Nueva España y el Perú; los capítulos en número de doscientos, redactados tres años antes que las Relaciones topográficas de Castilla pareciesen, son datos aducidos por el Sr. Jimenez de la Espada, que persuaden la intervencion del licenciado Ovando en procurar las histórico-geográficas de Indias, y una carta de éste, dirigida al corregidor de Guipúzcoa en 1574, es palpable demostracion, no ya de que intervino igualmente en las Relaciones de la Península, sino de que pudo ser el inspirador de ellas, por complemento de la obra principal que había discurrido.

     No es posible dar en breves líneas idea aproximada de los documentos que desarrolla el compilador del tomo primero de las Relaciones: baste decir que su trabajo será de hoy más de consulta necesaria para cuantos se ocupen del progreso histórico de la geografía y la cartografía en España. Si en orígen y atribucion personal se aparta del juicio del repetido D. Fermin Caballero, ensanchando las bases de disquisicion que á éste sirvieron, confirma en el concepto general las opiniones de tan sabio crítico, enalteciendo el pensamiento de las Relaciones como obra gigantesca de los tiempos de Cárlos V y de Felipe II.

     Da fin á su tarea el Sr. Jimenez de la Espada con un Diccionario bibliográfico de las Relaciones de Indias originales, que, por resto del sinnúmero formadas, ha sabido descubrir su diligencia en diversos depósitos de papeles. Ascienden todavía á 449, correspondiendo algunas á los territorios de Yucatan y del Nuevo reino de Granada, que gozan actualmente de la privilegiada atencion de los anticuarios.

     Ya que el Gobierno de S. M., con aplauso de los amantes de las letras, ha iniciado la restauracion de este monumento nacional, colocando con la estampacion del tomo primero la piedra angular, de cimentacion difícil por los preliminares que á la ligera quedan bosquejados, justo será que esta Corporacion, celosa de las glorias patrias, sucesora de los cronistas de Indias que las han enaltecido, consigne en sus actas la satisfaccion que le cabe en el suceso, y que suplique al Sr. Ministro de Fomento que se sirva destinar anualmente una parte de la cantidad designada en presupuesto para fomento de la literatura, á la [214] prosecucion de los tomos de Relaciones de España é Indias. -Cesáreo Fernandez Duro.

     La Comision está conforme con el dictámen que antecede, haciendo constar que se reservan á la responsabilidad del señor Jimenez de la Espada las apreciaciones consignadas en el prólogo acerca de determinados sucesos históricos, cuyo esclarecimiento será objeto de informes separados de la Comision misma, en cumplimiento del encargo del Sr. Director.

     Madrid 25 de enero de 1882. -Fernando Corradi. -Antonio María Fabié. -Juan de Dios de la Rada y Delgado. -Cesáreo Fernandez Duro. [215]



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VI. Segundo cuaderno de la Assilah de Aben Pascual

     Al terminar la impresion de la primera parte del texto de Aben Pascual, me impuse la para mí errata obligacion de enterar á la Academia de su contenido, antes de darla al público: terminado el segundo cuaderno, me creo en el caso de dar cuenta, siquiera sea ligera, de su contenido, no extendiéndome más, como fuera fácil, por no molestar la atencion de los señores Académicos.

     Doscientas noventa y ocho son las biografías comprendidas y en la segunda parte, llegando al número 604: como en la primera parte, predominan los personajes de Córdoba, Toledo y Sevilla, de cuyas poblaciones figuran respectivamente 106, 30 y 22 individuos; figuran en segundo término las ciudades de Zaragoza, Almería, Játiva, Málaga, Badajoz y Guadalajara, de cuyas poblaciones resultan entre los biografiados, 14, 9, 7, 6, 6 y 5; con tres personajes figuran Pechina, Granada, Écija, Valencia y Murcia; con dos Uclés, Huesca, Santander, Maqueda, Orihuela, Chinchilla, Tudela, Talavera y Évora, y con uno Elvira, Talamanca, Dénia, Mallorca, Calatayud, Belda, Alfamen, Cintra, Murviedro, Calatrava, Tortosa, Guadix, Tecorena, Santaren, Medina Az-Zahara, Calcena, Barbastro, Osuna, Lérida, Onda y Madrid, además de dos poblaciones cuya correspondencia no es fácil determinar en el acto.

     Como datos topográficos podrían mencionarse las muchas mezquitas, cementerios y plazas de Córdoba, de donde se citan 13 nuevas mezquitas, cuatro cementerios, cinco plazas y un [216] pequeño mercado con la curiosa denominacion de mercadillo del Conde.

     El interés bibliográfico está representado por 21 escritores, de los cuales sólo cuatro son mencionados por Hachi Jalifa en su gran Diccionario bibliográfico.

     Para el estudio de la administracion aparecen constantemente nuevos datos con los nombramientos de funcionarios, de quienes se dice por quién fueron nombrados, resultando no pocos casos de acumulacion y sucesion de cargos: en la biografía 553 consta la existencia del cargo de Anunciador de las victorias obtenidas y cuya noticia había sido comunicada al Príncipe: este cargo existía en la mezquita aljama de Córdoba: no sabemos si el cargo sería muy pesado, y si existiría el de comunicar las derrotas, que de todo había en sus guerras; y no eran los árabes españoles tan exagerados que no las confesasen muchas veces, tanto, que algunas batallas son denominadas derrotas, como la de Acabato-l-bakar y Maqueda.

     Funesta fué para los moradores de la antigua capital del califato la fecha 6 de xawal del año 403, día en que entraron en Córdoba los bereberes auxiliares del intruso Çuleiman; pero parece como que éstos se ensañaron de un modo especial contra los hombres de letras; pues en lo que llevamos impreso, de cinco personajes dice Aben Pascual que fueron sacrificados por los bereberes, encontrándose entre ellos el historiador Aben Alfaradí, á quien se propuso continuar nuestro Aben Pascual, y de quien tomó muchísimas noticias, como dice en la introduccion. El diligente autor de la Crónica de los sábios de Alandalus y del libro Noticias de los poetas españoles, permaneció insepulto durante tres días, hasta que, calmada sin duda la matanza que habían hecho los bereberes, pudo pensarse en dar sepultura á las víctimas, aunque sin los ritos religiosos acostumbrados; es decir, sin que el cadáver fuera lavado, y sin que se hiciera sobre él la oracion. Nuestro historiador Aben Pascual, condiscípulo pudiéramos decir de Aben Alfaradí, asistió á su entierro.

     Conocido el gran movimiento científico y literario que existía en España entre los muslimes durante los siglos IV, V y VI de la hégira, era natural que hubiera muchos que coleccionaran [217] libros para dedicarse á su estudio: de Aben Alfaradí, acabado de citar, dice el autor que coleccionó tal cantidad de ellos, como ántes de él no había coleccionado ningun grande de Alandalus: de algun otro dice lo mismo, pero de un modo concreto de nadie, dice que reuniera tantos libros como un Çalemah ben Çaîd natural de Écija, muerto en el año 406 ó 7, de quien dice que, habiendo estado muchos años en Oriente, trajo á su pueblo 18 grandes cargas de libros, los cuales debieron costarle un caudal que llevó de su casa: abundando los bibliófilos, tenían que abundar los dedicados á copiar libros, y de alguno dice que pasó su vida ocupado en esto. La escritura árabe se presta bien á la rapidez de las copias; pero de todos modos es notable lo mucho que en un día llegaba á copiar Homan ben Ahmed ben Abdallah, kadhi que fué de Évora, Santaren, Lisboa y resto del Algarbe, quien cada día escribía veintitantas hojas.

     Como los árabes dan tantos detalles genealógicos, indicaremos que el autor da noticia de sobre nombres, análogos á nuestros apodos, como Espíritu bueno, cabeza elevada, etc., además de ciertos nombres propios extraños á la lengua árabe, que probablemente serían primero sobrenombres, algunos de los cuales recuerdan apellidos nuestros.

     Pocas veces cita Aben Pascual los nombres de los reyes ó príncipes con quienes tuvieran alguna relacion los personajes que menciona, con lo cual nos privó de uno de los mayores alicientes que pudiera tener su libro; pues nos hubiera resuelto muchas dudas respecto a la cronología. Sin embargo, alguna que otra vez cita el nombre del rey que confiere un cargo, y esto nos resolverá alguna duda: así, con relacion á la historia de Córdoba en los años en que estuvo dependiente, primero de Almotamid de Sevilla, despues de Almamun de Toledo, y nuevaniente de Almotamid, ya que hoy, por lo contenido en este cuaderno, no podamos aclarar la fecha en que tuvo lugar la restauracion, podrá hacerse en el siguiente, segun resulta de lo que tenemos impreso, y que aquí no continuamos por no molestar por más tiempo la atencion de los señores Académicos.

     Madrid 12 de enero de 1883. -Francisco Codera. [218]



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VII. Descubrimientos en Villanueva y Geltrú

     Como á un kilómetro escaso de Villanueva y Geltrú, en un punto lindante con la nueva carretera llamada de la Costa, hay un horno de ladrillos construído en medio de un extensísimo viñedo, y allí, en una profunda excavacion practicada para la extraccion de tierra que en dicha industria suele emplearse, hase descubierto estos días pasados una importante estacion prehistórica.

     Realizóse tan magnífico hallazgo á la profundidad de 3'50 á 4 metros bajo el nivel del suelo, en un terreno de aluvion situado sobre el terciario á corta distancia de un torrente, siendo de notar que el tal terreno es de arcilla compacta, sin mezcla alguna de piedras ni cantos de ninguna clase. No se ha hallado forma particular de sepultura: los restos estaban simplemente cubiertos con una losa, que podría tener como un metro 50 centímetros de ancho por unos 10 centímetros de grueso, muy tosca y sin pulimento alguno.

     Hase averiguado, por confesion de los rústicos empleados en las tareas del horno, que en varias ocasiones se han descubierto en aquel paraje huesos humanos y objetos de gran importancia por su valor arqueológico, en el punto de vista especial que nos ocupa, y que los han tirado por ignorar su valía.

     Al tener conocimiento de ello el sabio Rector de las Escuelas Pías de Villanueva, D. Eduardo Llanas, dirigióse inmediatamente á ese horno, y gracias á su prestigio, á sus amonestaciones y á su promesa de recompensar generosamente la solicitud [219] de los directores y los obreros de la casa si le guardaban los objetos que en lo sucesivo se descubrieran, ha conseguido los magníficos resultados que hoy tengo el gusto de participar.

     Hasta hoy obran en su poder:

     Primeramente tres cráneos, el uno de ellos perfectamente conservado, aunque por desgracia no ha podido darse con el maxilar inferior; los otros dos destrozados po