  Sotileza
José María de Pereda
[Nota preliminar: Edición digital a partir de la
de Madrid, Impta. y Fundición de Manuel Tello, 1885
y cotejada con la edición crítica de Germán
Gullon (Madrid, Espasa Calpe, 1991, 10ª ed.).]
  Prólogo
A mis contemporáneos de Santander que aún
vivan
Así Dios me salve como no he pensado en otros
lectores que vosotros al escribir este libro. Y declarado
esto, declarado queda, por ende, que a vuestros juicios le
someto y que sólo con vuestro fallo me conformo.
Perdone, pues, la crítica oficiosa si, por esta vez,
le pierdo el miedo . No se fatigue arrastrando el microscopio
y metiendo las pinzas y el escalpelo entre las fibras de
estas páginas; déjese, por Dios, de invocar
nombres de extranjis para ver a qué obras y de quién
de ellos y por dónde arrima mejor la estructura de
la mía; no se canse en meterme por los ojos la medida
que dan ciertos doctores de allende en el arte de presentar
casos y cosas de la vida humana en los libros de imaginación;
considere, una vez siquiera, que cada cual en su propia casa,
siendo hacendosito y cuidadoso, puede arreglárselas
con los recursos que tiene a mano, vivir tan guapamente y
campar por sus respetos como el más runflante de sus
vecinos, sin copiarle el modo de andar ni pedirle un real
prestado, y entienda, por último, que este libro,
de la misma veta que algún otro que llegó al
mundo con muy buena suerte, y mucho antes de que en España
se gastaran mares de tinta en encomiar modelos que ya apestan
de tanto no venir al caso los encomios, es como es, no por
parecerse a otros en su hechura, sino porque no puede ser
de otra manera; porque al fin y a la postre lo que en él
acontece no es más que un pretexto para resucitar
gentes, cosas y lugares que apenas existen ya, y reconstruir
un pueblo, sepultado de la noche a la mañana, durante
su patriarcal reposo, bajo la balumba de otras ideas y otras
costumbres arrastradas hasta aquí por el torrente
de una nueva y extraña civilización; porque
ciertos toques y perfiles, que desde lejos pudieran parecer
alardes de sectario de una escuela determinada, no son otra
cosa que el jugo y la pimienta del guisado: lo que da el
estudio del natural, no lo que se toma de los procedimientos
de nadie; lo que pide la verdad dentro de los términos
del arte, los cuales han de estar en la mente y en el corazón
del artista y no en las cláusulas de los métodos
de escribir novelas (que a estos fines iremos a parar extremando
otro poquito la pasión por los modelos); porque lo
que se busca, en una palabra, es que reaparezcan aquí
aquellas generaciones con los mismos cuerpos y almas que
tuvieron.
Y tratándose
de esto, ¿a quién, sino a vosotros, que las conocisteis
vivas, he de conceder yo la necesaria competencia para declarar
con acierto si es o no su lengua la que en estas páginas
se habla; si son o no sus costumbres, sus leyes, sus vicios
y sus virtudes, sus almas y sus cuerpos los que aquí
se manifiestan? ¿Y quién, sino vosotros, podrá
suplir con la memoria fiel lo que no puede representarse
con la pluma: aquel acento en la dicción pausada,
aquel gesto ceñudo sin encono, aquel ambiente salino
en la persona, en la voz, en los ademanes y en el vestir
desaliñado? Y si con todo esto que yo no puedo representar
aquí porque es empresa superior a las fuerzas humanas,
y con lo que os doy representado, resultan completas, acabadas
y vivas la figuras, ¿quién, sino vosotros, es capaz
de conocerlo? Y si lo conocéis y lo declaráis
así, ¿qué aplauso puede resonar al fin de mi
tarea, que mejor me cure del espanto de haberla cometido?
Ved aquí por qué
doy tanta importancia a vuestro fallo en la ocasión
presente, y por qué, y a pesar del grandísimo
respeto que yo tengo a la crítica y a sus fueros indiscutibles,
he de atreverme esta vez a mirarla sereno cara a cara, por
muy ceñuda que me la ponga.
Cierto que las obras
de arte ofrecen, amén del aspecto indicado, otros
muy principales también y cuya apreciación
estética, por ser de sentimientos y no de seco raciocinio,
cae bajo la jurisdicción de la crítica, por
ignorante que sea en el asunto que haya inspirado la obra
juzgada; pero si es cosa resuelta ya, a lo que parece, que
en la novela, que de seria presuma, no han de admitirse otros
horizontes que aquellos a que estén avezados los ojos
de la buena sociedad; si no han de aceptarse como asuntos
de importancia otros que los que giren y se desenvuelvan
en los grandes centros urbanizados a la moderna; si la levita
y el boudoir, y el banquero agiotista, y el político
venal, y el joven docto en todas las ciencias, pero, desdeñado
de la fortuna; el majadero elegante, y el problema del adulterio,
y el problema de la prostitución, y el de la virtud
con caídas, y tantos otros problemas... y hasta los
indecentes galanteos del chulo del Imperial han de ser los
temas obligados de la buena novela de costumbres, ¿cómo
he de aspirar yo a la conquista del aplauso general y al
veredicto de la crítica militante, con un cuadro de
miserias y virtudes de un puñado de gentes desconocidas,
con accesorios de poco más o menos y fondos de la
naturaleza, ya en su grandiosa tranquilidad, ya en sus cóleras
desatadas?
Y vaya observando
el lector distinguido y elegante, cómo, anticipándome
a su fallo y acomodándome a su modo de ver y de sentir,
confieso humildemente que no aspiro a escribir un libro al
gusto de todos, con materiales sacados de las canteras de
mi huerto; y cómo me voy aproximando a declarar, si
se me aprieta un poco, que importa menos en una estatua la
obra del escultor, que la nombradía del monte en que
se arrancó la piedra.
Así, pues, y en virtud
de esto y de lo otro y de todo lo demás que se entiende
sin que yo lo puntualice, decidme vosotros cuando hayáis
leído la última palabra de esta novela: -«Choca
esos cinco, porque eres de nuestra calle...», y vengan penas
después...
Y hasta
puede que me atreviera entonces, con los alientos de ese
aplauso, contando con que el público me niegue el
suyo, a exclamar para mis adentros, puestos los ojos en las
desdeñadas páginas del libro:
-Pues por más
que ustedes digan, no es para todos la tarea de hinchar perros
de esta catadura.
J. M. DE PEREDA. Santander, diciembre
1884.
POSDATA.-Al reimprimir esta novela, año y medio
después de agotada la copiosa edición primera
(marzo de 1885), lugar era éste bien a propósito,
en mi entender, para decir yo cómo respondieron a
la precedente dedicatoria los aludidos, y hasta los no aludidos
en ella; pero como la enumeración de los honores tributados
a la humilde callealtera en tantas formas, desde tantas partes
y por tantas y tan diversas gentes, pudiera traducirse por
la malicia en pueril artificio de vanagloria, quédese,
bien a pesar mío, esa cuenta sin ajustar en público,
y válgales la advertencia a mis acreedores nobilísimos,
por la más solemne declaración de lo muchísimo
que les debo.
J. M. DE P. Junio de 1888.
  - I -
Crisálidas
El cuarto era angosto, bajo de techo
y triste de luz; negreaban a partes las paredes, que habían
sido blancas, y un espeso tapiz de roña, empedernida
casi, cubría las carcomidas tablas del suelo. Contenía
una mesa de pino, un derrengado sillón de vaqueta
y tres sillas desvencijadas; un crucifijo con un ramo de
laurel seco, dos estampas de la Pasión y un rosario
de Jerusalén, en las paredes; un tintero de cuerno
con pluma de ave, un viejo breviario muy recosido, una carpetilla
de badana negra, un calendario y una palmatoria de hoja de
lata, encima de la mesa; y, por último, un paraguas
de mahón azul con corva empuñadura de asta,
en uno de los rincones más oscuros. El cuarto tenía
también una alcoba, en cuyo fondo, y por los resquicios
que dejaba abiertos una cortinilla de indiana, que no alcanzaba
a tapar la menguada puerta, se entreveía una pobre
cama, y sobre ella un manteo y un sombrero de teja.
Entre
la mesa, las sillas y el paraguas, que llenaban lo mejor
de la estancia, y media docena de criaturas haraposas que,
arrimadas a la pared, aplastando las narices contra la vidriera,
o descoyuntadas entre dos sillas y la mesa, ocupaban casi
el resto, trataba de pasearse, con grandísimas dificultades,
un cura de sotana remendada, zapatillas de cintos negros
y gorro de terciopelo raído. Era alto, algo encorvado,
con los ojos demasiado tiernos, de lo cual, por horror a
la luz, era obra la encorvadura del cuello; y tenía
un poco abultada y rubicunda la nariz, gruesos los labios,
áspero y moreno el cutis y negra la dentadura.
Entre
todos aquellos granujas no había señal de zapato
ni una camisa completa; los seis iban descalzos, y la mitad
de ellos no tenían camisa. Alguno envolvía
todo su pellejo en un macizo y remendado chaquetón
de su padre; pocos llevaban las perneras cabales; el que
tenía calzones no tenía chaqueta, y lo único
en que iban todos acordes era en la cara sucia, el pelo hecho
un bardal y las pantorrillas roñosas y con cabras. El mayor de ellos tendría diez años. Apestaban
a perrera.
-Vamos a ver -dijo el cura, dando un coquetazo
al del chaquetón, que se entretenía en resobar
las narices contra los vidrios del balcón, el cual
muchacho era morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza descomunal-,
¿quién dijo el Credo?
Se
volvió el rapaz después de largar un hilo sutil
de saliva a la vidriera por entre dos de sus incisivos, y
respondió, encogiéndose de hombros:
-¡Qué
sé yo!
-Y ¿por qué no lo sabes, animalejo?
¿Para qué vienes aquí? ¿Cuántas veces
te he repetido que los Apóstoles? Pero ab asino, lanam...
¿Cuántos dioses hay?...
-¿Dioses? -repitió
el interpelado cruzando los brazos atrás, con lo que
vino a quedar en cueros vivos por delante; porque el chaquetón
no tenía botones, ni ojales en que prenderlos aunque
los hubiera tenido. Reparó el cura en ello y dijo,
echando mano a las solapas y cruzando la una sobre la otra:
-¡Tapa esas inmundicias, puerco!... ¿Y los botones? -No
los tengo.
-Los habrás jugado al bote. -Tenía
una escota y la perdí esta mañana.
El cura
fue a la mesa y sacó del cajón un bramante,
con el que a duras penas logró sujetar las dos remendadas
delanteras del chaquetón, de modo que taparan las
carnes del muchacho. En seguida le repitió la pregunta:
-¿Cuántos dioses hay? -Pues habrá -respondió
el interpelado, volviendo a cruzar los brazos atrás-,
a todo tirar, ocho o nueve.
-¡Resurge de profundis!... ¡Ánimas
benditas, qué pedazo de animal... Y personas, ¿cuántas?
Miró el bizco, a su manera, de hito en hito al cura,
que también le miraba a él como podía,
y respondió con todas las señales de estar
poseído de la mayor curiosidad:
-¡Personas!... ¿Qué
son personas, usté?
-¡San Apolinar bendito! -exclamó
el sencillo clérigo haciéndose cruces-, ¿conque
no sabes qué son personas..., lo que es una persona?...
Pues ¿qué eres tú?
-¿Yo?... Yo soy Muergo.
-Ni tanto siquiera, porque los hay en la playa con más
entendimiento que tú... ¿Qué son personas?
-repitió el cura, encarándose con el muchacho
que seguía a Muergo por la derecha, también
descamisado, pero con calzones, aunque escasos y malos, menos
feo que Muergo y no tan bronco de voz.
Este muchacho, no
sabiendo qué responder, miró al más
inmediato, el cual miró al que le seguía; y
todos fueron mirándose unos a otros, con las mismas
dudas pintadas en la cara.
-¿De modo -exclamó entonces
el cura volviendo a encararse con el que seguía a
Muergo-, que tampoco sabes qué eres tú?
-¡Eso
sí, corflis! -respondió el muchacho, creyendo
ver una salida franca para sus apuros.
-¿Pues qué
eres?
-Surbia. -¡Eso te diera yo para que reventaras, animal!
-Y tú, ¿qué eres? -añadió el
cura, dirigiéndose a otro, de media camisa, pero sin
chaqueta y muy poco pantalón.
-Yo soy Sula -respondió
el interpelado, que era rubio, y delgadito, por lo cual descollaba
en él, más que en el fondo tostado de sus camaradas,
la roña de las carnes.
De esta manera, y tratando
de responder a la misma pregunta, fueron diciendo sus motes
los otros tres muchachos que había en el cuarto, o
séanse Cole, Guarín y Toletes. Acaso ninguno
de ellos conocía su propio nombre de pila.
El cura,
que los tenía bien estudiados, no acabó de
perder la paciencia por eso. Les descerrajó cuatro
improperios y media docena de latines, y después les
dijo en santa calma:
-Pero la culpa me tengo yo, que me
empeño en varear el árbol, sabiendo que no
puede soltar más que bellotas. El que menos de vosotros
lleva dos meses asistiendo a esta casa... ¿A qué,
santo nombre de Dios?... Y ¿por qué, Virgen María
de las Misericordias? Pues porque el padre Apolinar es un
bragazas que se cae de bueno.
«Pae Polinar, que este hijo
está, fuera del alma, hecho una bestia; pae Polinar,
que este otro es una cabra montuna...; pae Polinar, que esta
condenada criatura me quita la vida a disgustos; que yo no
puedo cuidar de él; que en la escuela de balde no
le hacen maldito el caso...; que éste, que el otro,
que arriba, que abajo; que usté que lo entiende y
para eso fue nacido... que enséñele, que dómele,
que desásnele...» Y tres que me ofrecen y cuatro que
yo busco, cata la casa llena de muchachos; y aguanta su peste,
y explica y machaca... y cébalos para que vuelvan
al día siguiente, porque yo sé lo que sucediera
de otro modo...; y házlo todo de buena gana, porque
eso es tu obligación, pues eres lo que eres, sacerdos
Domini nostri Jesuchristi, por lo cual digo con Él,
sinite pueros venire ad me: dejad que los niños se
acerquen a mí...; y ríase usted de la vecina
de abajo y del padre de éste y de la madre del de
más allá, que murmuran y corren y propalan
que si salís de mis manos más burros de lo
que vinisteis a ellas, como salieron otros muchachos que
vinieron a mí antes que vosotros... ¡Lingua corrupta,
carne mísera y concupiscente!... Ríase usted
de eso, como yo me río, porque debo reírme...
Pero vosotros, alcornoques, más que alcornoques, ¿qué
hacéis para corresponder a los esfuerzos del padre
Apolinar? ¿Cómo estamos de silabario al cabo de dos
meses?... ¡Ni la O, cuerno, ni la O se conoce en estas aulas
si os la pinto en la pared! Pues de doctrina cristiana, a
la vista está... Y como no quiero enfadarme, aunque
motivos había para echaros uno a uno por el balcón
abajo... vamos a otra cosa, y alabado sea Dios per omnia
saecula saeculorum, que lo demás es chanfaina.
Tras
este desahogo, pasó fray Apolinar, sin dejar de pasearse,
casi en redondo, con las manos cruzadas atrás, a lo
que él llamaba lo llano y de todos los días;
a preguntar a los granujas las oraciones más usuales
y sencillas, para que no las olvidaran, lo único que
había logrado meterles en la cabeza, aunque no bien
ni del todo. Muergo no necesitó remolque más
que tres veces en el Avemaría; Cole dijo tal cual
el Padrenuestro, y el que mejor sabía el Credo, entre
todos ellos, no pasó, sin apuntador, del «su único
Hijo».
En vista de lo cual, fray Apolinar no le dio a Sula
más que media galleta dulce; un botón del provincial
de Laredo a Toletes y un higo paso a Guarín.
-Del
lobo un pelo, hijos -les dijo en seguida el pobre exclaustrado-;
otra vez será menos... y peor. Y ahora... ¡hospa,
canalla!... Pero aguárdate un poco, Muergo.
Los muchachos,
que ya se disponían a salir, se detuvieron. Y dijo
el fraile a Muergo, alzándole las haldillas del chaquetón:
-Esto no puede continuar así. Sin camisa, cuando
hay chaqueta, vaya con Dios; pero sin calzones... ¿Adónde
han ido a parar los tuyos?
-Los puso antier mi madre a secar
en las Higueras -respondió Muergo a tropezones.
-¿Y
no han secado todavía, hombre de Dios?
-Los royó
una vaca mientras mi madre destripaba una merluza que agolía
mal.
-¡Castigo de Dios, Muergo; castigo de Dios! -dijo fray
Apolinar rascándose el cogote-. Las merluzas que huelen
mal, porque están podridas, se tiran a la mar, y no
se limpian lejos de las gentes para vendérselas después,
a medio precio, a los pobres como yo, que tienen buenas tragaderas.
Pero ¿no quedó nada de los calzones, hombre?
-La
culera -respondió Muergo-, y ésa, en banda.
-Poco es -repuso el exclaustrado,
revolviéndose dentro de su ropa, movimiento que era
muy habitual en él-. ¿Y no hay otros en casa?
-No,
señor.
-¿Ni barruntas de dónde pueden venir?
-No, señor. -¡Cuerno con el hinojo!... Pues así
no puedes continuar, porque aun cuando te sobra paño
para envolverte, a lo mejor se rompe la driza; tú
no reparas en ello, y si reparas, lo mismo te da... De modo
que lo de siempre, hijo, lo de siempre: tú que no
puedes, llévame a cuestas, padre Apolinar. ¿No es
eso? ¿No es la purísima verdad? ¡Cuerno si lo es!
Muergo se encogió de hombros, y fray Apolinar se
metió en la alcoba. Oyésele pujar allá
dentro y murmurar entre dientes algunos latinajos; y no tardó
en aparecer, alzando la cortina, con un envoltorio negro
entre manos, el cual puso en seguida en las de Muergo.
-No
son cosa mayor -le dijo-; pero, al fin, son calzones. Dile
a tu madre que te los arregle como pueda, y que no los ponga
a secar en las Higueras cuando tenga que lavarlos; y si le
parece poco todavía, que se consuele con saber que
a la hora presente no los tiene mejores, ni tantos como tú,
el padre Apolinar... Conque ¡vira, canalla, por avante!
Otra vez se revolvió el concurso, gruñendo
y respingando como piaras de cerdos que huelen el cocino
al salir de la pocilga, y se pintaba en todos los roñosos
semblantes el ansia de llegar a la escalera para examinar
la dádiva de fray Apolinar, la cual conservaba aún
el calorcillo que le había chocado a Muergo en ella
al entregársela el pobre exclaustrado, cuando se abrió
la puerta y se presentaron en el cuarto dos nuevos personajes.
El uno era un muchacho frescote, rollizo, de ojos negros,
pelo abundante, lustroso y revuelto; boca risueña,
redonda barbilla, y dientes y color de una salud de bronce:
representaba doce años de edad, y vestía como
los hijos de «los señores».
Traía de la mano
a una muchachuela pobre, mucho más baja que él,
delgadita, pálida, algo aguileña, el pelo tirando
a rubio, dura de entrecejo y valiente de mirada. Iba descalza
de pie y pierna, y no llevaba sobre sus carnes, blancas y
limpias, en cuanto de ellas iba al descubierto, más
que un corto refajo de estameña, ya viejo, ceñido
a la flexible cintura sobre una camiseta demasiado trabajada
por el uso, pero no desgarrada ni pringosa, cualidades que
se echaban de ver también en el refajo. Hay criaturas
que son limpias necesariamente y sin darse cuenta de ello,
lo mismo que les sucede a los gatos. Y no se tache de inadecuada
la comparación, pues había algo de este animalejo
en lo gracioso de las líneas, en el pisar blando y
seguro, y en el continente receloso y arisco de la muchachuela.
En cuanto la vio Muergo se echó a reír como
un estúpido; Cole soltó un taco de los gordos,
y Sula otro de los medianos. La recién llegada remedó
a Muergo con una risotada falsa, poniendo la cara muy fea,
sin hacer caso maldito de los otros dos granujas, ni del
mismo padre Apolinar, que alumbró un coquetazo a cada
uno de los tres.
-¿A qué vienen esas risotadas, bestia,
y esas palabrotas sucias, puercos? -dijo el fraile mientras
largaba los coscorrones.
-Es la callealtera..., ¡ju, ju,
ju! -respondió Muergo, rascándose el cogote,
machacado por los nudillos de fray Apolinar.
-La conocemos
nusotros -expuso Cole, palpándose la greña.
-Que de poco se ajuega, si no es por Muergo -añadió
Sula.
Muergo volvió a reírse estúpidamente,
y la muchacha tornó a hacerle burla.
-¿Y por eso
te ríes, ganso? -dijo el fraile, largándose
otro coquetazo-. ¡Pues el lance es de reír!
-Es callealtera...
-repitió Cole-, y estaba haciendo barquín-barcón
en una percha que anadaba en la Maruca... Yo y Sula estábamos
allí tirándola piedras desde la orilla. Dimpués,
allegó Muergo... la acertó con un troncho,
y se fue al agua de cabeza.
-¿Quién? -preguntó
el fraile.
-Ella -respondió Cole-. Yo pensé
que se ajuegaba, porque se iba diendo a pique... Y Muergo
se reía.
-Y yo -saltó Sula-, le dije, «¡Chapla,
Muergo, tú que anadas bien, sácala, porque
se está ajuegando!» Y entonces se echó al agua
y la sacó. Dimpués, la ponimos quilla arriba,
y a golpes en la espalda, largó por la boca el agua
que había embarcao.
-Y eso ¿es verdad, muchacha?
-preguntó a ésta el exclaustrado.
-Sí,
señor -respondió la interpelada, sin dejar
de remedar a Muergo, que volvió a reír como
un idiota.
-Corriente-dijo el exclaustrado-. Pero ¿a qué
vienes aquí, y a qué vienes tú, Andresillo,
y por qué la traes de la mano? ¿En qué bodegón
habéis comido juntos, y qué pito voy a tocar
yo en estas aventuras?
-Es callealtera -respondió
muy serio el llamado Andresillo.
-Ya me voy enterando, ¡cuerno!
Tres veces con ésta me lo han dicho ya. ¿Y qué
hay con eso?
-La conozco del Muelle-Anaos -continuó
Andrés-. Baja casi todos los días allá.
Yo no sabía lo de la Maruca... ¡que si lo sé!
(y enderezó a Muergo un gestecillo avinagrado), porque
también conozco a éstos.
-¿Del Muelle-Anaos?
-preguntó fray Apolinar, sin pizca de asombro.
-Sí,
señor -respondió Andrés-. Van muy a
menudo.
-Y él a la Maruca -añadió Guarín.
-¡Cuerno con el rapaz, y qué veta saca!... Pero vamos
al caso. Resulta, hasta ahora, que esta niña es callealtera,
y que tú y esta granujería, a pesar de las
respectivas vitolas, sois... tal para cual... ¿Y qué
más?
-Que esta mañana avisó a mi madre
el talayero que quedaba a la vista la Montañesa...
y yo salí de casa para ir a San Martín a verla
entrar... y llegué al Muelle-Anaos.
-¡Al Muelle-Anaos!...
¿No vivís ya en la calle de San Francisco?
-Sí,
señor.
-¡Pues buen camino llevabas para ir a San
Martín!
-Iba a ver si estaba allí Cuco y me
quería acompañar.
-¡Cuco! ¿También
eres amigo de Cuco, de ese raquerazo descortés y grosero,
que me canta coplas indecentes en cuanto me columbra de lejos?...
¡Cuerno con la cría!
-Yo nunca le oigo esas cosas...
Malo, algo malo, es; pero no hace daño a nadie. Anda
en el bote del Castrejo, y me enseña a remar, y a
echar coles y tapas, y a descansar de espaldas y de pie...
-Sí, y a birlar los puros a tu padre para regalárselos
a él; y a correr la escuela, y a andar en las guerras...
y a muchas cosas más que me callo... ¡Pues buenas
tripas se le pondrían a tu padre si al entrar hoy
con la corbeta te veía en las peñas de San
Martín en compañía de tan ilustre camarada!
¡Cuerno, recuerno del hinojo!
Andrés se puso muy
colorado, y dijo, con la cabeza algo gacha:
-No, señor...
Yo no hago nada de eso, pae Polinar.
-¡Como que te vas a
confesar conmigo ahora! -repuso el fraile con mucha sorna-.
Pero, ¡a mí de esas cosas, Andresillo!... En fin,
ya hablaremos de esto en mejor ocasión. Ahora, sigue
con el cuento. ¿Qué te dijo Cuco en el Muelle-Anaos?
-A Cuco no le vi, porque andaba de flete con unos señores.
Pero estaba ésta comiendo un zoquete de pan que le
habían dado, de pura lástima, unos calafates,
y me dijo que había dormido anoche en una barquía,
porque la habían echado de casa.
-Y, ¿por qué?
-Porque le gusta mucho la bribia, y la pegaron. -¡Guapamente,
cuerno!... ¡Eso es lo que se llama una escuela de órdago
para una mujer! ¿Cómo te llamas, hija?
-Silda me
llamo -respondió secamente la interpelada.
-Es callealtera
-añadió Andrés.
-¡Dale, y van cuatro!
-exclamó el presbítero.
-No tié padre...
¡ju, ju, ju! -graznó el salvaje Muergo.
La niña
le remedó, según costumbre.
-Se ajuegó
en San Pedro del Mar en la última costera del besugo
-dijo Cole.
-Ni madre tampoco tiene -añadió
Sula.
-La recogió de lástima un callealtero
que se llama tío Mocejón -expuso Andrés.
-¡Ta, ta, ta, ta!... -exclamó el padre Apolinar al
oírlo-. Luego esta muchacha es hija del difunto Mules,
viudo hacía dos años cuando pereció
este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos
pasos di yo, en gracia de la Virgen, para que te recogieran
en esa casa!... Hija, no te conocía ya. Verdad que
no recuerdo haberte visto más de dos veces, y ésas
mal, como lo veo yo todo con estos pícaros ojos que
no quieren ser buenos... Corriente; pero, ¿de qué
se trata ahora, caballero Andrés?
-Pues yo -respondió
éste, dando vueltas a la gorra entre sus manos- la
dije, al oír lo que me contó: «Vuélvete
a casa.» Y ella me dijo: «Si vuelvo, me desloman; y no quiero
volver por eso.» Y dije yo: «¿Qué vas a hacer por
aquí sola?» Y dijo ella: «Lo que hagan otros.» Y yo
le dije: «Puede que no te peguen.» Y dijo ella: «Me han pegado
muchas veces...; todos son malos allí, y por eso me
he escapado para no volver.» Y yo, entonces, me acordé
de usté, y la dije: «Yo te llevaré a un señor
que lo arreglará todo, si quieres venir conmigo.»
Y ella dijo: «Pues vamos.» Y por eso la traje aquí.
A todo esto, la niña, cuando no hacía gesto
a Muergo, recorría con los ojos suelo, muebles y paredes,
tan serena y tranquila como si nada tuviera que ver con lo
que se trataba allí entre el padre Apolinar y el hijo
del capitán de la Montañesa.
-Es decir -exclamó
el bendito fraile, cruzándose de brazos delante del
protector y de la protegida-, que éramos pocos, y
parió mi abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen
al padre Apolinar! Desavénganse las familias; descuérnense
los matrimonios; escápense los hijos de sus casas;
aráñense los dos Cabildos; enamórese
Juan sin bragas de Petra con mucha guinda...; húndase
el pico de Cabarga y ciérrese la boca del puerto...,
aquí está el padre Apolinar, que lo arregla
todo; como si el padre Apolinar no tuviera otra cosa que
hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar bestias
como las que me escuchan. Y, ¿quién te ha dicho a
ti, Andresillo, que basta con querer yo que se recoja a esta
muchacha en una casa honrada, para darla por recogida ya?
Y, ¿qué sabes tú si, aunque eso fuera posible,
querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una vez? ¿Ha servido
de algo? ¿Me lo han agradecido siquiera? Pues sábete
que negocios ajenos matan al alma; y de negocios ajenos estoy
yo hasta la corona, ¡hasta la corona, hijo... y más
arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis pecados!...
Aquí se dio dos vueltas el fraile por el cuarto,
mientras las ocho criaturas se miraban unas a otras, o se
desperezaban algunas de ellas, o se aburrían las más;
y, después de retorcerse dos veces seguidas dentro
del vestido, detúvose delante de Silda y de Andresillo,
y les dijo:
-De modo que lo que vosotros queréis
es que ahora mismo os acompañe a casa de Mocejón,
y le hable al alma y le diga: aquí está el
hijo pródigo, que vuelve arrepentido al hogar paterno...
-A mí, no -interrumpió Andrés con viveza-;
a ésta es a quién ha de acompañar usté.
Yo me voy ahora mismo a San Martín a ver entrar a
mi padre, que debe estar ya si toca o llega.
-Y yo me voy
contigo -dijo Silda con la mayor frescura-. Me gusta mucho
ver entrar esos barcos grandes...
-Entonces, cabra de los
demonios -repuso fray Apolinar, cuadrándose delante
de ella-, ¿para quién voy a trabajar yo? ¿Qué
voy a meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si a ti no
te importa lo que resulte del paso que me obligáis
a dar, ¿qué cuerno me ha de importar a mí?...
¡Pues no voy, ea!
-A que sí, pae Polinar -le dijo
Andrés, mirándole muy risueño.
-¡A
que no! -respondió el fraile, queriendo ser inexorable.
-A que sí -insistió Andrés. -¡Cuerno!
-replicó el otro, casi enfurecido-; ¡pongo las dos
orejas a que no, y a retequenó!
Entonces, como si
se hubieran puesto instantáneamente de acuerdo los
ocho personajes que le rodeaban, gritaron unísonos
y con cuanta voz les cabía en la garganta:
-¡A que
sí!
Y como vieron al fraile rascarse nervioso la
cabeza y alumbrar un testarazo a Muergo, lanzáronse
en tropel a la escalera, que, angosta y carcomida, retemblaba
y crujía, y no pararon hasta el portal, donde se examinó
el regalo del padre Apolinar.
Después de convenir
todos en que no era cosa superior, dijo Andrés a Silda:
-Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá
estado pae Polinar en casa de tío Mocejón,
o en otra casa... De un brinco subo yo a preguntarle lo que
haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te
lo cuento. No te dé pena, que ya lo arreglaremos entre
todos. Ahora, vámonos.
La niña se encogió
de hombros, y Muergo, apretándose el nudo de la driza
del chaquetón, dijo enseñando los dientes y
revirando mucho los ojos:
-Yo voy también en cuanto
deje estos calzones a mi madre.
-Y yo también -añadió
Sula.
Silda llamó burro a Muergo; Guarín,
Cole y los demás dijeron que se iban, quién
al Muelle-Anaos, quién a las lanchas, quién
a otros quehaceres, y Muergo a dejar los calzones en su casa,
y se separaron a buen andar.
. . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Todo esto
acontecía en una hermosa mañana del mes de
junio, bastantes años... muchos años hace,
en una casa de la calle de la Mar, de Santander; de aquel
Santander sin escolleras ni ensanches; sin ferrocarriles
ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y sin
vidrieras en los claustros de la catedral; sin hoteles en
el Sardinero y sin ferias ni barracones en la Alameda segunda;
en el Santander con dársena y con pataches hasta la
Pescadería; el Santander del Muelle-Anaos y de la
Maruca; el de la Fuente Santa y de la Cueva del tío
Cirilo; el de la Huerta de los Frailes en abertal y del provincial
de Burgos envejeciéndose en el cuartel de San Francisco;
el de la casa de Botín, inaccesible, sola y deshabitada;
el de los Mártires en la Puntida, y de la calle de
Tumbatrés; el de las gigantillas el día 3 de
noviembre, aniversario de la batalla de Vargas, con luminarias
y fuegos artificiales por la noche, y de las corridas en
que mataba Chabiri, picaba el Zapaterillo, banderilleaba
Rechina, y capeaba el Pitorro, en la plaza de Botín,
con música de los Nacionales; el Santander de los
Mesones de Santa Clara, del Peso público y de Mingo,
la Zulema y Tumbanavíos; del Chacolí de la
Atalaya y del cuartel del Reganche en la calle Burgos; del
parador de Hormaeche, y de la casa del navío; el Santander
de aquellos muchachos decentes, pero muy mal vestidos que,
con bozo en la cara todavía, jugaban al bote en la
plaza Vieja, y hoy comienzan a humillar la cabeza al peso
de las canas, obra, tanto como de los años, de la
nostalgia de las cosas veneradas que se fueron para nunca
más volver; del Santander que yo tengo acá
dentro, muy adentro, en lo más hondo de mi corazón,
y esculpido en la memoria de tal suerte, que a ojos cerrados
me atrevería a trazarle con todo su perímetro,
y sus calles, y el color de sus piedras, y el número,
y los nombres y hasta las caras de sus habitantes; de aquel
Santander, en fin, que a la vez que motivo de espanto y mofa
para la desperdigada y versátil juventud de hogaño,
que le conoce de oídas, es el único refugio
que le queda al arte cuando con sus recursos se pretende
ofrecer a la consideración de otras generaciones algo
de lo que hay de pintoresco, sin dejar de ser castizo, en
esta raza pejina que va desvaneciéndose entre la abigarrada
e insulsa confusión de las modernas costumbres.
  - II -
De la Maruca a San Martín
Estaba tentadora la
Maruca cuando pasaron junto a ella los cuatro muchachos que
se encaminaban a San Martín. Salía el agua
a borbotones por el boquerón de la trasera del muelle,
y regueros de espuma iban marcando el reciente nivel de la
marea en el muro de la calzada de Cañadío y
en la playa de la parte opuesta, cerrada por la fachada de
un almacén que aún existe, y un alto y espeso
bardal que empalmaba con ella en dirección al este,
espacio ocupado hoy por la casa de los Jardines y la plaza
del Cuadro, con cuantos edificios le siguen por el norte,
hasta la pared de la huerta de Rábago. Esto era la
Maruca de entonces, que comunicaba con la bahía por
el alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle,
antro temeroso que muy pocos valientes se habían atrevido
a explorar, cabalgando en un madero flotante. Cuco aseguraba
haber acometido esta empresa; es decir, entrar por el boquerón
de la Maruca y salir por el del Muelle, a media marea; pero
tales cosas contaba de tinieblas espesas, de ruidos espantosos,
de ratas como cabritos y de ayes lastimeros, como de ánimas
de pena, que me han hecho dudar después acá
que fuera verdad la hazaña. Meter la cabeza en el
negro misterio, pero sin abrir los ojos por no ver horrores,
eso lo hicieron muchos, y yo entre ellos; pero lo de Cuco...
¡bah! ¿Por qué no citaba testigos cuando lo afirmaba?
Y bien valía la pena de acreditarse así tal
empresa, por ser la única que podía, ya que
no compararse, ponerse cerca siquiera de otra, tan espantable
de suyo, que ni en broma se atrevió ningún
muchacho a decir que la hubiera acometido: dar cuatro pasos,
no más, en la senda misteriosa que conducía
al abismo en cuyo fondo flotaba el barco de piedra en que
vinieron a Santander las cabezas de sus patronos, los mártires
de Calahorra, San Emeterio y San Celedonio; antro cuya puerta
de entrada, baja y angosta, manchada de todo género
de inmundicias y cerrada siempre, contemplaban chicos y grandes,
con serios recelos, en el muro del Cristo, cerca ya de San
Felipe, al pasar por la embovedada calle de los Azogues.
Según la versión popular, lo mismo era penetrar
allí una persona, que caer destrozada a golpes y desaparecer
del mundo para siempre. Se habían dado casos, y nadie
los ponía en duda, aunque sobre los quiénes y los cuándos no hubiera toda la claridad que fuera
de apetecer.
Repito que estaba tentadora la Maruca para
los cuatro chicos que caminaban hacia San Martín.
La marea, a más de dos tercios (y eran vivas a la
sazón), y todos los maderos flotando; y además
de las perchas de costumbre (porque siempre había
allí alguna), dos vigas que no estaban el día
antes; dos vigas juntas, amarradas una a otra y fondeadas
con un arpón, cerca de la orilla del bardal.
-¡Cosa
de nada! -como dijo Andrés respingando de gusto cuando
las vio-. Descalzarme, remangar las perneras hasta los muslos
y en un decir «Jesús», atracar un poco las vigas,
halando del cabo del arpón; saltar encima de ellas,
y con el palo que tengo escondido donde yo sé, bien
cerca de aquí... ¡Recontra, qué barco más
hermoso!... ¡Y qué marea!
Lo mismo opinaban Sula
y Muergo, y bien le tentaron para que no pasara de allí;
pero la fuerza que le movía hacia San Martín
era más poderosa que la que trataba de detenerle en
la Maruca; y por eso, y porque Silda, acaso recordando el
remojón consabido al ver la percha, que ya le había
señalado Muergo con sus ojos bizcos y su risa estúpida,
le apoyó con vehemencia, fue sordo en las seducciones
de sus astrosos compañeros, y ciego a los atractivos
que tenía delante.
Así es que duró
poco la detención allí, y muy pronto se les
vio trepar a los prados en busca del camino de la Fuente
Santa. Aunque Andrés había visto, al asomarse
al Muelle, el sitio conveniente, que aún no se había
puesto el gallardete amarillo sobre la bandera azul en el
palo de señales de la Capitanía, prueba de
que la corbeta avistada no abocaba todavía al puerto,
llevaba mucha prisa; porque resuelto a ver la entrada de
su padre desde San Martín, creía que andaba
el barco más que su pensamiento y temía llegar
tarde.
Mientras caminaba, siempre delante de los demás,
éstos le acribillaban a preguntas, o le detenía
alguno de ellos para ver cómo se revolcaba Muergo
sobre los prados, o se bañaba algún chico entre
las peñas cercanas a la Cueva del tío Cirilo,
o rendía la bordada un patache buscando la salida
con viento de proa, o remedaba Silda el mirar torcido y el
reír estúpido de Muergo.
-¡Buenas cosas traerá
tu padre! -dijo la muchacha a Andrés.
-A veces las
trae tal cual -respondió Andrés sin volver
la cara.
-¿Para ti también? -Y para todos. Una vez
me trajo un loro.
-Mejor eran cajetillas -expuso Sula.
-U jalea -añadió Muergo. -Para él las
trae a cientos de Las tres coronas -dijo Andrés respondiendo
a Sula.
-¡Bien sé yo qué es jalea, puño!
-insistió Muergo relamiéndose-. Una vez la
caté... ¡Ju, ju, ju! Se lo dio a mi madre una señora
del muelle... Yo creo que lo trincó. ¡Ju, ju, ju!
También yo se lo trinqué a ella una noche,
y me zampé media caja... ¡Puño, qué
taringa endimpués que lo supo!
-Puede que también
traiga mantones de seda -dijo Silda, apretando la jareta
de la saya sobre su cintura-. Si trae muchos, guárdame
uno, ¿eh, Andrés?
Volvióse éste hacia
Silda asombrado del encargo que acababa de hacerle, y vio
a Sula, cabeza abajo, agarrado con las manos a la hierba,
y echando al aire, ora una pierna, ora la otra; pero nunca
las dos a la vez. Cabalmente el hacer pinos pronto y bien
era una de las grandes habilidades de Andrés. Sintióse
picado del amor propio al ver la torpeza de Sula, y alumbrándole
un puntapié en el trasero, díjole para que
se enteraran todos los presentes:
-Eso se hace así.
Y en un periquete hizo el pino perfecto, con zapateta y
perneo, y la Y, y casi la T, y cuanto podía hacerse,
sin ser descoyuntado volatinero, en aquella incómoda
postura. Y tanto se zarandeó, animado por el aplauso
de Silda y de Muergo, que se le cayó en el prado cuanto
llevaba en los bolsillos, lo cual no era mucho: tres cuartos
en dos piezas, un pitillo, un cortaplumas con falta de media
cacha y unos papelejos.
En cuanto Muergo vio el pitillo,
le echó la zarpa y se apartó un buen trecho;
y antes que Andrés hubiera deshecho el pino y recogido
del suelo los cuartos, papeles y navaja, ya él había
sacado un fósforo de cartón que conservaba
en el fondo insondable en un bolsillo de su chaquetón,
y resobando el mixto contra un morrillo, y encendido el cigarro,
dándole tres chupadas tan enormes, sin soltarle de
la boca, y tan bien tapadas, que cuando se le fue encima
el hijo del capitán de la Montañesa reclamando
a piña seca lo que era suyo, Muergo, envuelta en humo
la monstruosa cabeza, porque le arrojaba por todos los agujeros
de ella y hasta parecía que por la mismas crines de
su melena, sólo pudo entregar medio pitillo, y ése
puerco y apestando. Así y todo, le consumió
Andrés en pocas chupadas, pues si a Sula le vencía
en hacer pinos, a taparlas no le ganaba Muergo. ¡Como que
le había enseñado a fumar Cuco, que era el
fumador más tremendo del Muelle-Anaos, lo cual era
tanto como decir el fumador más valiente del mundo!
Pues todavía alumbró Sula un par de bofetadas buenas a la colilla impalpable que tiró Andrés.
En la Fuente Santa se encaramaron en el pilón y bebieron
agua, sin sed los más de ellos, y Silda se lavó
las manos y se atusó el pelo. Después echaron
por el empinado callejón de la «fábrica de
sardinas», y salieron a los prados de Molnedo. Allí
intentó Muergo hacer su poco de pino, quedándose
rezagado para que no le vieran la prueba si le salía
mal. En la brega para enderezar no más que el tronco
sobre la cabeza, pues en cuanto a los pies, no había
que pensar en despegarlos del prado, se le volvieron las
faldas del chaquetón hasta taparle los ojos. En tan
pintoresco trance le hallaron dos de sus camaradas, advertidos
por Silda, que fue la primera en notar la falta del salvaje
rapaz. Llegáronse todos a él muy queditos,
y uno con ortigas y otro con una vara, y Silda con la suela
entachuelada de un zapato viejo que halló en el prado,
le pusieron aquellas nalgas cobrizas que echaban lumbres.
-¡Págame el tronchazo, animal! -le gritaba Silda,
mientras le estampaba las tachuelas en el pellejo, cuando
le dejaban sitio y ocasión la vara de Andrés
y las ortigas de Sula.
Bramidos de ira, y hasta blasfemias,
lanzaba Muergo al sentirse flagelado tan bárbaramente;
pero sólo cuando imploró misericordia, logró
que sus verdugos le dejaran en paz y rascarse a sus anchas
las ampollas, que le abrasaban.
Sula, ya que estaba allí,
quiso acercarse al Muelluco. Andrés le dijo que hartas
detenciones iban ya para la prisa que él llevaba;
pero Sula no tomó en cuenta el reparo y se bajó
al Muelluco. En seguida empezó a gritar:
-¡Congrio,
qué hermosura!... ¡Cristo, qué marca! ¡Madre
de Dios, qué cámbaros!... ¡Atracarvos, congrio!
Y no hubo más remedio que atracarse todos al Muelluco. Buena era, en efecto, la marea, mas no para tan ponderada;
y en cuanto a los cámbaros, los pocos que se veían,
no pasaban de lo regular. Pero Sula estaba en lo suyo, y
no podía remediarlo. El sol calentaba bastante; el
agua, verdosa y transparente, cubría en aquel sitio
más de dos veces, y se podían contar uno a
uno los guijarros del fondo.
-Échame dos cuartos,
Andrés -le dijo el raquero, piafando impaciente sobre
el Muelluco-. ¡Te los saco de un cole!
-No los tengo -contestó
Andrés, que deseaba continuar su camino sin perder
un minuto.
-¿Qué no los tienes? -exclamó admirado
Sula-. ¡Y te los cogí yo mesmo del prao cuando te
se caeron de la faldriquera endenantes!
Andrés se
resistía. Sula apretaba.
-¡Congrio!... ¡Échame
tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto solo, que tamién
tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves en uno
de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en
la faldriquera...
Y Andrés que nones. Pero terció
Silda a favor del suplicante, y al fin la roñosa moneda,
envuelta en un papel blanco fue echada al agua. Los cuatro
personajes de la escena observaron, con suma atención,
cómo descendía en rápidos zigzags hasta
el suelo, y cómo se metió debajo de un canto
gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente oculta a la
vista.
-¡Contrales! -dijo Sula, rascándose la cabeza
y suspendiendo la tarea, que había comenzado, de quitarse
su media camisa sin despedazarla por completo-. ¡Puede que
haiga pulpe allí!
Cosa que a Muergo le tenía
sin cuidado, puesto que, en un abrir y cerrar de ojos, desató
el bramante de su cintura, largó el chaquetón
que le envolvía hasta cerca de los tobillos y se lanzó
al agua, de cabeza con las manos juntas por delante. Tan
limpio fue el cole, que apenas produjo ruido el cuerpo al
caer, y sólo burbujitas y una ligera ondulación
en la superficie indicaban que por allí se había
colado aquel animalote bronceado y reluciente que buceaba,
como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor
del canto gordo, con la greña flotante, cual si fuera
manojo de porreto; se le vio en seguida remover la piedra,
mientras sus piernas continuaban agitándose blandamente
hacia arriba, coger el blanco envoltorio, llevárselo
a la boca, invertir su postura con la agilidad de un bonito, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie
con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo
de cría.
-¿Echas la mota? -dijo a Andrés después
de quitarse el cuarto de la boca y sosteniéndose derecho
en el agua solamente con la ayuda de las dos piernas.
-Ni
la mota ni un rayo que te parta -respondió Andrés,
consumido por la impaciencia-. ¡Ni os espero tampoco más!
Y como lo dijo, lo hizo, camino de las Higueras, sin volver
atrás la cara.
Cuando la volvió, cerca ya
de los prados de San Martín, observó que no
le seguía ninguno de sus tres camaradas. En el acto
sospechó, no infundadamente, que el cuarto adquirido
por Muergo era la causa de la deserción. Sula y la
muchacha querrían que se puliera en beneficio de todos.
No le pesó verse solo, pues no le hacía mucha
gracia andar en sitios públicos con amigos de aquel
pelaje.
Menos le pesó cuando al atravesar, por el
podrido tablero, el foso del castillo, vio su batería llena de gente que le había precedido a él
con el mismo propósito de asistir desde allí
a la entrada de la Montañesa; gente que le era bien
conocida en su mayor parte, pues había entre ella
marinos amigos de su padre, prácticos libres de servicio
aquel día, a quienes había visto mil veces,
no sólo en el muelle, sino en su propia casa; el mismo
dueño y armador de la corbeta, comerciante rico, que
le infundía un respeto de todos los diablos; las mujeres
de algunos marineros de ella; el mismísimo don Fernando
Montalvo, profesor de náutica, maestro de su padre
y de todos los capitanes y pilotos jóvenes de entonces,
personaje de proverbial rigidez en cátedra, al cual
temía mucho más que al amo de la Montañesa, porque sabía que estaba destinado a caer bajo su férula
en día no remoto; Caral, el conserje del Instituto
Cántabro, que no perdía espectáculo
gratis y al aire libre; su amigo el Conde del Nabo, con su
casacón bordado de plata, resto glorioso de no sé
qué empleo del tiempo de sus mocedades, y la sempiterna
queja de que no le alcanzaba la jubilación para nutrir
el achacoso cuerpo, que ya se le quebrantaba por las choquezuelas; don Lorenzo, el cura loco de la calle Alta, tío de
un muchacho, amigo de Andrés, que se llamaba Colo
y estaba abocado a matricularse en latín por exigencia
y con la protección de aquel energúmeno; Ligo,
mozo que iba a hacer ya su segundo viaje de piloto, y a cuya
munificencia debía él algunos puñados
de picadura... y no pocos coscorrones; Aniceto, el sastre
inolvidable; Santoja, el famoso zapatero del portal del marqués
de Villatorre... y muchos curiosos más de diversas
cataduras, algunos con sus catalejos enfundados, y no pocos
con sus sabuesos de caza o su borreguito domesticado... Porque
en aquel entonces, la entrada de un barco como la Montañesa, de la matrícula de Santander, de un comerciante de
Santander, mandado y tripulado por capitán, piloto
y marineros de Santander, era un acontecimiento de gran resonancia
en la capital de la Montaña, donde no abundaban los
de mayor bulto. Además, la Montañesa venía
de La Habana, y se esperaban muchas cosas por ella: la carta
del hijo ausente, los vegueros de regalo, la caja de dulces
surtidos, el sombrero de jipijapa, la letra de cincuenta
pesos, la revista de aquel mercado, las noticias de tal cual
persona de dudoso paradero o de rebelde fortuna, y, cuando
menos, las memorias para media población y algunos
indianos de ella, de retorno. La misma curiosidad, y por
las mismas razones, excitaban la Perla, la Santander y muy
pocas fragatas más de aquellos tiempos. Nadie ignoraba
en la ciudad cuándo salían, qué llevaban,
adónde iban ni por dónde andaban, como fuera
posible saberlo. Sus capitanes y pilotos eran popularísimos,
y sus dichos y sus hechos se grababan en la memoria de todos
como glorias de familia. ¿Quién de los que entonces
tuvieran ya uso de razón y vivan hoy, habrá
olvidado aquella tarde inverniza y borrascosa en que, apenas
avistada al puerto una fragata, se oyó de pronto el
tañido retumbante, acompasado, lento y fúnebre
del campanón de los Mártires?
-¡A barco! -exclamaron
cientos y cientos de personas que conocían el toque.
-¡La Unión! -añadían consternadas,
echándose a la calle, las que aún no habían
salido de casa.
Porque no ignoraba nadie, desde por la mañana,
que la Unión era la fragata avistada y que venía
corriendo un temporal furioso.
Yo me hallaba en la escuela
de Rojí al sonar el campanón, y ninguno preguntó
allí: «¿Qué fragata es ésa?», cuando
se nos dijo: «¡La Unión, que va a las Quebrantas!»
Todos la conocíamos, y casi todos la esperábamos.
Con decir que en seguida se nos dio suelta, pondero cuanto
puede ponderarse la impresión causada en el público
por el suceso. Medio pueblo andaba por la calle, y el otro
medio se desparramaba desde el castillo de San Martín
al del Hano, viendo consternado, primero, cómo se
salvaba la tripulación, casi por milagro de Dios,
y, después, cómo daba a la costa el hermoso
buque, y se despedazaba a los golpes del embravecido mar,
y caía sobre sus despojos una nube de aquellos rapaces
costeños, de quienes se contaba, y aún se cuenta,
que ponían una vela a la Virgen de Latas, siempre
que había temporal, para que fueran hacia aquel lado
los buques que abocaran al puerto. No cabe en libros lo que
se habló en Santander de aquel triste suceso, que
hoy no llevaría dos docenas de curiosos al polvorín
de la Magdalena. Y aún fue, pasados los años,
tema compasible de muchas y muy frecuentes conversaciones;
y, todavía hoy, como se ve por la muestra, sale a
colación de vez en cuando.
Y con esto, vuelvo a las
personas que dejamos en San Martín esperando la llegada
de la Montañesa.
A pesar de ser muchas, se hablaba
muy poco entre ellas, lo cual acontece siempre que se aguarda
un suceso que interesa por igual a todos los circunstantes,
o están las gentes a cielo descubierto, delante de
la naturaleza, que habla por los codos, sin dejar que nadie
meta su cuchara en la conversación... ¡Y qué
elocuente estaba aquel día! La mar, verdosa y fosforescente,
rizada por una brisa que yo llamaría juguetona, si
el término no estuviera tan desacreditado por copleros
chirles y por impresionistas cursis que quizá no han
salido nunca de los trigos de tierra adentro; el sol, despilfarrando
alegre sus haces de luz, que centelleaba entre los pliegues
de la bahía y en los rojos traidores arenales de las
Quebrantas. Allá, en el fondo del paisaje, los azulados
picos de Matienzo y Arredondo, y más cerca, las curvas
elevadas y los senos sombríos de la cordillera que
iba perfilando la vista desde el cabo Quintres y las lomas
de Galizano, hasta los puertos de Alisas y la Cavada, transparentándose
en una bruma sutil y luminosa como velo tejido por hadas
con hilos impalpables de rocío; y allí, al
alcance de la mano, los cerros del Puntal recibiendo en sus
cimientos arenosos los besos amargos de la creciente marea.
Por todo ruido, el incesante rumor de las aguas al tenderse
perezosas en la playa contigua, o al mojar con sus rizos,
agitados por el aire, las asperezas del peñasco. No
se veía el pulmón bastante henchido nunca de
aquel ambiente salino, ni la vista se hartaba de aquella
luz reverberante, parlanchina y revoltosa, que se columpiaba
en la bruma, en las aguas y en las flores.
No sé
si irían precisamente por este lado todos los pensamientos
de aquellas personas cuando discurrían de una a otra
parte por la explanada del castillo, o se encaramaban en
la paredilla del parapeto, o se tumbaban sobre la hierba
de la braña exterior, sin hablar más de tres
palabras seguidas y con la vista errabunda por todos los
términos del paisaje; pero puede apostarse a que,
si por arte de hechicería se les hubieran puesto delante,
en lugar del miserable castillejo, los mayores prodigios
de la industria humana, o las maravillas de los palacios
de Aladino, los hubieran contemplado sin el menor asombro;
señal, aunque sin darse cuenta de ello, de que, a
sus ojos, valían mucho más las maravillas de
la naturaleza. Andrés era el único de los espectadores
que no paraba mientes en estas maravillas, ni las hubiera
parado tampoco en las de la misma Pari-Banú, si allí
se hubiera presentado para transformar de repente el castillo
en un alcázar de oro con puertas de esmeraldas. Pensaba
en la llegada de su padre, y el barco de su padre, y a lo
más, en que toda aquella gente estaba allí
para ver eso mismo que tanto le interesaba a él, por
ser hijo de quien era; es decir, del héroe de la fiesta.
¡Si estaría hueco y gozoso y preocupado! Ligo le había
tomado por su cuenta, y después de andar con él
de un lado para otro, haciéndole reír o ponerse
colorado con las cosas que preguntaba al Conde del Nabo sobre
la flojedad de sus choquezuelas, o a Caral acerca de su canoa (sombrero), se habían acomodado juntos en lo más
alto y saliente del promontorio.
Al fin se oyeron muchas
voces que exclamaron a un tiempo:
-¡Ahí está!
Y allí estaba, en efecto, la Montañesa, que
abocaba orzando, cargada de trapo hasta los topes, el pabellón
ondeando en el pico de cangreja y con el práctico
a bordo ya, pues que llevaba la lancha al costado. Apenas
arribó sobre la Punta del puerto, ya se la vio pasar
rascando la Horadada por el sur del islote, y tomar en seguida,
como dócil potro bien regido, el rumbo de la canal.
La brisa la empujaba con cariño, y sobre copos de
blandos algodones parecían mecerse sus amuras poderosas.
Cada movimiento del barco arrancaba un comentario de aplauso
a los inteligentes de San Martín y producía
un tumulto en el corazón de Andrés, que era
el más interesado de todos en las valentías
de la corbeta y en la llegada de su capitán.
Así
se fue acercando poco a poco, siguiendo inalterable su derrotero,
como quien pisa ya terreno conocido, que es, además,
camino de su casa; y tanto y con tal destreza atracaba a
la costa de los espectadores, que cualquier ojo ducho en
estas maniobras hubiera conocido que el práctico que
la gobernaba se había propuesto demostrar a los contramaestres
de muralla que allí no se trabajaba a lo zapatero
de viejo, sino que se hilaba mucho y por lo fino. ¡Y vaya
si el tío Cudón, que era el práctico
que había tomado a la corbeta en el Sardinero, sabía,
como el más guapo, meter como una seda el barco de
mayor compromiso!
Y en esto continuaba arribando, con un
andar de siete millas; y llegó a oírse el rumor
de la estela, y el crujir de la jarcia al rehenchirse la
lona, y el resonar de la cadena al ser sacada de sus cajas,
y plegadas a proa las brazas suficientes de ella para dar
fondo en el momento oportuno; algún espectador creía
distinguir caras conocidas sobre el puente; llegó
a verse claro y distinto al piloto Sama, sobre el castillo
de proa, con sus botas de agua, su chaquetón oscuro
y su gorra de galón dorado..., y Andrés, exclamando:
«¡Mírale!», apuntó, con el brazo tendido, a
su padre, de pie sobre la toldilla de popa, junto a la rueda
del timón, y la diestra en la driza de la bandera,
con la cual, momentos después, y al hallarse la corbeta
casi debajo de la visual de los espectadores de San Martín,
respondió a las aclamaciones y saludos de éstos,
izándola tres veces seguidas, mientras se llenaba
la borda de estribor de tripulantes y pasajeros que agitaban
al aire sus gorras y jipijapas. Entonces pudieron gozarse
a la simple vista todos los detalles de la corbeta... ¡La
muy presumida! ¡Cómo había cuidado, antes de
abocar al puerto, de sacudirse el polvo del camino y arreglarse
todos sus perifollos! Sus bronces parecían oro bruñido;
traía las vergas limpias de palletería y sin
sus forros de lona, burdas y cantos de cofa; oscilaba en
la batayola el catavientos de pluma, que sólo se luce
en el puerto, y flameaban en los galopes de la arboladura
la grímpola azul con el nombre del barco en letras
blancas, la contraseña de la casa y la bandera blanca
y roja de la matrícula de Santander.
Otra vez saludó
el pabellón de la Montañesa, y otra vez más
volvieron a cruzarse vítores, ¡hurras! y sombreradas
entre la gente de a bordo y la de tierra; y como si el barco
mismo hubiera participado del sentimiento que movía
tantos ánimos, haciendo crujir de pronto todo su aparejo,
hundió las amuras en el agua hasta salpicar las anclas,
que ya venían preparadas sobre el capón y boza,
y se tendió sobre el costado de babor, dejando al
descubierto en el otro, por encima de las lumbres de agua,
más de una hilada de reluciente cobre.
En esta posición
gallarda, meciéndose juguetona en el lecho la hervorosa
espuma que ella misma agitaba y producía, se deslizó
a lo largo del peñasco, rebasó en un instante
el escollo de las Tres hermanas, cargáronse en seguida
sus mayores y se arriaron gavias, foques y juanetes; y muy
poco más allá, a la voz resonante y varonil
de ¡fondo! que se dejó oír perceptible y clara
sobre el puente, caía un ancla en el agua y se percibía
el áspero sonido de los eslabones al filar por el
escobén más de cuarenta brazas de cadena. Con
lo que la airosa corbeta, tras un fuerte estremecimiento,
quedó inmóvil sobre las tranquilas aguas del
fondeadero de la Osa, como corcel de bríos parado
en firme por su jinete a lo mejor de su carrera.
  - III -
Dónde había caído la huérfana
de Mules
Tío Mocejón, el de la calle Alta
(porque había otro Mocejón, más joven,
en el Cabildo de Abajo), era un marinero chaparrudo, rayano
con los sesenta, de color de hígado con grietas, ojos
pequeños y verdosos, de bastante barba, casi blanca,
muy mal nacida y peor afeitada siempre, y tan recia y arisca
como el pelo de su cabeza, en la cual no entraba jamás
el peine, y rara, muy rara vez, la tijera. Tenía los
andares como todos los de su oficio, torpes y desaplomados;
lo mismo que la voz, las palabras y la conversación.
El mirar, en tierra, oscuro y desdeñoso. En tierra
digo, porque en la mar, como andaba en ella, o por encima
o alrededor de ella veía cuanto en el mundo podía
llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés
y el apego instintivo al mísero pellejo le despertaban
en el espíritu los cuidados; y no hay como la luz
de los cuidados para que echen chispas los ojos más
mortecinos. En cuanto a genio, mucho peor que la piel, que
la barba, las greñas, los andares y la mirada; no
por lo fiero precisamente, sino por lo gruñón,
y lo seco, y lo áspero, y lo desapacible. Unos calzones
pardos, que al petrificarse con la mugre, el agua de la mar
y la brea de la lancha, habían ido tomando la forma
de las entumecidas piernas; unos calzones así, atados
a la cintura, con una correa; unos zapatos bajos, sin tacones
ni señal de lustre, en los abotagados pies; un elástico
de cobertor, o manta palentina, sobre la camisa de estopa,
y un gorro catalán puesto de cualquier modo encima
de las greñas, como trapo sucio tendido en un bardal,
componían el sempiterno envoltorio de aquel cuerpo,
pasto resignado de la roña y muy capaz hasta de pactar
alianzas con la lepra, pero no de dejarse tocar del agua
dulce.
Pues con ser así tío Mocejón,
no era lo peor de la casa, porque le aventajaba en todo la
Sargüeta, su mujer, cuyo genio avinagrado y lengua venenosa
y voz dilacerante, eran el espanto de la calle, con haber
en ella tantas reñidoras de primera calidad. Era más
alta que su marido, pero muy delgada, pitarrosa, con hocico
de merluza, dientes negros, ralos y puntiagudos; el color
de las mejillas, rojo curado; y lo demás de la cara,
pergamino viejo; el pecho hundido, los brazos largos; podían
contarse los tendones y todos los huesos de sus canillas,
siempre descubiertas, y apestaba a parrocha desde media legua.
Nunca se le conoció otro atalaje que un pañuelo
oscuro atado debajo de la barbilla, muy destacado sobre la
frente y caído hacia los ojos, para que no los ofendiera
la luz; un mantón de lana, también oscuro y
también sucio, y hasta remendado, cruzadas sobre el
pecho las puntas y amarradas encima de los riñones;
un refajo de estameña parda, y en los pies unas chancletas
con luces a todos los vientos.
Sin embargo, hay quien asegura
que era más llevadera esta mujer inaguantable, que
su hija Carpia, moza ya metida en los diecinueve, tan desaliñada
y puerca como su madre, pero más baja de estatura,
más morena, más chata, tan recia de voz y tan
larga de lengua, y, además, cancaneada. Era de oficio
sardinera, y cosa de taparse la gente los oídos y
los ojos, y aun las narices, cuando ella pasaba con el carpancho
lleno, encima de la cabeza, chorreando la pringue sobre hombros
y espaldas, cerniendo el corto y sucio refajo al compás
del vaivén chocarrero de sus caderas, pregonando a
gañote limpio la mercancía. Ninguna sardinera
ponía la nota final más alta ni tan bien sostenida;
se llegaba a perder la esperanza de que aquel grito áspero
y penetrante tuviera fin. Pero que cualquier transeúnte
le diera a entender esa sospecha con el menor gesto, o mostrara
su desagrado con la más leve palabra; que cualquier
fregona inexperta, después de preguntarle desde el
balcón de la cocina «¿A cómo?», no replicara
a su respuesta, o replicara de malos modos, o que después
de haber replicado, por ejemplo, «A tres», y de haber dicho
la sardinera: «Abaja», la fregona no bajara, o tardara en
bajar...; ¡era cuando había que oír y que ver
lo que decía y hacía Carpia entonces, con el
carpancho en el suelo, en mitad de la calle, y la vista unas
veces en su agresor, o en el sitio que éste había
ocupado, si se retiró prudentemente a lo escondido
temiendo la granizada, y otras en el primer transeúnte
que cruzara a su lado, o en todos los transeúntes,
o en todos los balcones de la calle! Mirándola en
aquel trance, se dudaba cuál era en ella más
asombroso, entre la palabra, la idea, el gesto, la voz y
los ademanes; y todo ello junto parecía imposible
que cupiera en una criatura humana, y del mismo sexo en el
cual se vinculan el aseo y la vergüenza. Y, sin embargo,
Carpia no estaba enfadada de veras: aquello no era más
que un ligero desahogo que se permitía entre burlona
y despechada, porque cuando se enfadaba, es decir, cuando
reñía con todo el ceremonial del caso entre
el gremio, que ha llegado a formar escuela y va a la hora
presente en próspera fortuna... ¡Dios de bondad!...
En fin, casi tan terrible como su madre, de quien tomó
el estilo, ora oyéndola en la vecindad, ora aprendiendo
con ella a correr la sardina, llevando por las asas el carpancho
entre las dos.
Carpia tenía un hermano llamado Cleto,
de menos edad que ella. Salía este hermano más
a la casta de su padre que a la de su madre. Era sombrío
y taciturno, pero trabajador. Andaba ya a la mar, y no se
llevaba bien con su hermana. La daba patadas en la barriga,
o donde la alcanzaba, cuando llegaba el caso de responder
a las desvergüenzas de la sardinera.
No sabía
hablarla de otro modo.
Esta apreciable familia habitaba
el quinto piso de una casa de la calle Alta (acera del sur),
que tenía siete a la vista, y cuya línea de
fachada se extendía muy poco más que el ancho
de sus balcones de madera. Digo que tenía siete pisos
a la vista, porque entre bodega, cabretes, subdivisiones
de pisos y buhardillas, llegaba a catorce las habitaciones
de que se componía, o, si se quiere de otro modo más
exacto, catorce eran las familias que se albergaban allí,
cada una en su agujero correspondiente, con sus artes de
pescar, sus ropas de agua, sus cubos llenos de agalla con
arena para macizo, sus astrosos vestidos de diario y toda
la pringue y todos los hedores que estas cosas y personas
llevan consigo necesariamente. Cierto que los inquilinos
que tenían balcón le aprovechaban para destripar
en él la sardina, colgar trapajos, redes, medio-mundos
y sereñas, y que tenían la curiosidad de arrojar
a la calle, o sobre el primero que pasara por ella, las piltrafas
inservibles, como si el goteo de las redes y de los vestidos
húmedos no fuera bastante lluvia de inmundicia para
hacer temible aquel tránsito a los terrestres que
por su desventura necesitaban utilizarle; y en cuanto a los
cubiles que no tenían estos desahogaderos, allá
se las componían tan guapamente sus habitadores, engendrados,
nacidos y criados en aquel ambiente corrompido, cuya peste
les engordaba. De todas maneas, ¿cómo remediarlo?
No vivían mejor los inquilinos de las casas contiguas
y siguientes, ni los de la otra acera, ni todo el Cabildo
de Arriba... Lo propio que el de Abajo en las calles de la
Mar, del Arrabal y del Medio.
Volviendo a tío Mocejón,
añado que era dueño y patrón de una
barquía, por lo cual cobraba de la misma dos soldadas y media: una y media por amo y una por patrón; o,
lo que es lo mismo (para los lectores poco avezados en esta
jerga), de todo lo que se pescara, hecho tantas partes como
fueran los compañeros de la barquía, se tiraba
él dos y media. Procedía de abolengo esta riqueza
(mermada en la mitad en manos de Mocejón, puesto que
lo heredado por éste fue una lancha); y nadie sabe
la importancia que esta propiedad le daba entre todo el Cabildo,
en el cual era rarísimo el marinero que tenía
una parte pequeña en la embarcación en que
andaba; ni lo que influyó en la Sargüeta y en
su hija Carpia para que llegaran a ser las más desvergonzadas
y temibles reñidoras del Cabildo.
Como tío
Mocejón era bastante torpe en números y se
mareaba en pasando la cuenta de la que él pudiera
echar con los dedos de la mano, bien agarrados, uno a uno,
con la otra, la patrona, es decir, su mujer, era quien cobraba
cada sábado el pescado vendido durante la semana al
costado de la barquía, al volver ésta de la
mar; lances en los cuales había acreditado, principalmente,
la Sargüeta, el veneno de su boca, lo resonante de su
voz, lo espantoso de su gesto, lo acerado de sus uñas
y la fuerza de sus dedos enredados en el bardal de una cabeza
de la Pescadería. Por eso, del cepillo de las Ánimas
sacara una revendedora los cuartos, si no los tenía
preparados el viernes por la noche, antes que pedir a la
Sargüeta diez horas de plazo para liquidar su deuda.
Aunque patronas se llaman todas las mujeres de los patrones
de lancha, cobren o no por su mano las ventas de la semana,
en diciendo «la patrona» del Cabildo de Arriba, ya se sabía
que se trataba de la Sargüeta. ¡Qué tal patrona
sería!
Ya se irá comprendiendo que no le faltaban
motivos a la muchachuela Silda para resistirse a volver a
la casa de que huyó. En cuanto a las razones que se
tuvieron presentes para que la recogieran en ella cuando
se vio huérfana y abandonada en medio de la calle,
como quien dice, no fueron otras que la de ser Mocejón
marinero pudiente, y, además, compadre de Mules, por
haber éste sacado de pila al único hijo varón
de la Sargüeta. Que costó Dios y ayuda reducir
a Mocejón y toda su familia a que se hiciera cargo
de la huérfana, no hay necesidad de afirmarlo; ni
tampoco que el padre Apolinar y cuantas personas anduvieran
con él empeñadas en la misma empresa caritativa,
oyeron verdaderos horrores, particularmente de Carpia y de
su madre, antes de lograr lo que intentaban; lo cual no aconteció
hasta que el Cabildo ofreció a Mocejón una
ayuda de costas de vez en cuando, siempre que la huérfana
fuera tratada y mantenida como era de esperar. Mocejón
quiso, por consejo de su mujer, que la promesa del Cabildo
«se firmara en papeles por quien debiera y supiera hacerlo»,
pero el Cabildo se opuso a la exigencia, y como ya había
más de una familia dispuesta a recoger a Silda por
la ayuda de costas ofrecida, sin que se declarara en papeles
la oferta, tentóle la codicia a la Sargüeta,
convenció a los demás de su casa, contando
con que a un mal dar, del cuero le saldrían las correas
de la muchacha, diole albergue en su tugurio, y poco más
que albergue, y mucho trabajo.
Por de pronto, no hubo cama
para ella: verdad que tampoco la tenían Carpia ni
su hermano. Allí no había otra cama, propiamente
hablando, y por lo que hace a la forma, no a la comodidad
ni a la limpieza, que el catre matrimonial, en un espacio
reducidísimo, con luz a la bahía, el cual se
llamaba sala porque contenía también una mesita
de pino, una silla de bañizas, un escabel de cabretón
y una estampita de San Pedro, patrono del Cabildo, pegada
con pan mascado a la pared. Carpia dormía sobre un
jergón medio podrido, en una alcoba oscura con entrada
por el carrejo, y su hermano encima del arcón en que
se guardaba todo lo guardable de la casa, desde el pan hasta
los zapatos de los domingos. A Silda se la acomodó
en un rincón que formaba el tabique de la cocina con
uno de los del carrejo, es decir, al extremo de éste
y enfrente de la puerta de la escalera, sobre un montón
de redes inservibles y debajo de un retal de manta vieja.
¡Si la pobre chica hubiera podido llevarse consigo la tarimita,
el jergón, las dos medias sábanas y el cobertor
raído a que estaba acostumbrada en su casa... Pero
todo ello, y cuanto había de puertas adentro, no alcanzó
para pagar las deudas de su padre. Después de todo,
aunque Silda hubiera llevado su cama a casa de tío
Mocejón, se habrían aprovechado de ella Carpia
o su hermano, y, al fin, la misma cuenta le saldría
que no teniendo cama propia. No sé si discurría
Silda de esta suerte cuando se acostaba sobre el montón
de redes viejas del rincón de la cocina; pero es un
hecho averiguado que tenderse allí, taparse hasta
donde le alcanzaba la media manta y quedarse dormida como
un leño, eran una misma cosa.
Algo más que
la cama extrañaba la comida. No era de bodas la de
su casa; pero la que había, buena o mala, era abundante
siquiera, porque entre dos solas personas, repartido lo que
hay, por poco que sea, toca a mucho a cada una. Luego, como
hija única de su padre, que no se parecía en
el genio ni en el arte a Mocejón, era, relativamente,
niña mimada; por lo cual, de la parte de Mules siempre
salía una buena tajada para aumentar la de su hija,
al paso que, desde que vivía con la familia de la
Sargüeta, nunca comía lo suficiente para acallar
el hambre; y lo poco que comía, malo, y nunca cuando
más lo necesitaba, y, de ordinario, entre gruñidos
e improperios, si no entre pellizcos y soplamocos. Siempre
era la última en meter la cuchara común en
la tartera de las berzas con alubias y sin carne, y todos
los de la casa tenían un diente que echaba lumbres;
de modo que, por donde ellos habían pasado ya una
vez, era punto menos que perder el tiempo intentar el paso.
¡Tenían un arte para cargar la cuchara!... Cada cucharada
de Mocejón parecía un carro de hierba. Solamente
su mujer le aventajaba, no tanto en cargarla, como en descargarla
en su boca, que le salía al encuentro con los labios
replegados sobre las mandíbulas angulosas y entreabiertas,
y los dientes oblicuos hacia afuera, como puntas de clavos
roñosos; luego... luego nada, porque nunca pudo averiguar
Silda, que no dejaba de ser reparona, si era la boca la que
se lanzaba sobre la presa, o si era la presa la que se lanzaba,
desde medio camino, dentro de la boca: ¡tan rápido
era el movimiento, tan grande la sima de la boca, tan limpia
la dentellada y tan enorme el tragadero por donde desaparecía
lo que un segundo antes se había visto, chorreando
caldo, a media cuarta de la tartera! No eran tan limpios
en el comer Carpia y su hermano, aunque sí tan voraces;
pero lo mismo los hijos que los padres, tenían la
buena costumbre, antes de soltar en la tartera la cuchara
que acababan de tener en la boca, de darla dos restregoncitos
contra los calzones o contra el refajo, a fin de quitar escrúpulos
al que iba a tomar con ella su correspondiente cucharada,
por riguroso turno.
Porque Silda no lo hizo así el
primer día que comió en aquella casa, la llamó
puerca la Sargüeta y le dio Carpia un testarazo.
Cuando
no había olla, cosa que no dejaba de ocurrir a menudo,
si abundaban las sardinas, Silda consolaba el hambre con
un par de ellas, asadas, con un gramo de sal, encima de las
brasas; si no había sardinas o agujas, o panchos,
o raya, o cualquier pescado de poca estimación en
la plaza (de lo cual le daba la Sargüeta una pizca mal
aliñada, o un par de pececillos crudos), una tira
de bacalao o un arenque, por todo compaño, para el
mendrugo de pan de tres días, o el pedazo de borona,
según los tiempos y las circunstancias. Tal era su
comida: fácil es presumir cómo serían
sus almuerzos y sus cenas.
Entretanto, tenía que
andar en un pie a todo lo que se le mandara, si quería
comer eso poco y malo con sosiego; y lo que se le mandaba
era demasiado, ciertamente, para una niña como ella.
Por de pronto, ayudar a las mujeres de casa, dentro o alrededor
de ella, en el aparejo de la barquía, es decir, componer
las redes, secarlas, hacer otro tanto con las velas y con
las artes de pescar, etc. etc...
Cuando toda la familia,
hombres y mujeres, iban a la pesca de bahía, especialmente
a la boga (pescado que entonces abundaba muchísimo,
y que desapareció por completo años después,
debido, según dice la gente de mar, a la escollera
de Maliaño, porque precisamente el espacio que ella
encierra era donde las bogas tenían su pasto), a la
pesca de bahía tenía que ir Silda también,
y a trabajar allí, aunque niña, tanto o más
que las mujeres, o que Carpia, pues la Sargüeta rara
vez iba ya a la bahía con su marido; a ella se encomendaba
preferentemente la engorrosa tarea de sacar la ujana, hundiendo
en la basa las dos manos, con los dedos extendidos, como
las layas de los labradores, y virar luego la tajada, y deshacerla
en pedacitos para dar con las gusanas, que iba echando en
una cazuela vieja, o en una cacerolilla de hoja de lata,
con arena en el fondo. Otras veces se la veía con
un cestito al brazo, picoteando el suelo con un cuchillo,
a bajamar, para dar con las escondidas amayuelas; o en las
playas de arena, sacando muergos con un ganchito de alambre.
Pero, al cabo, estas tareas y otras semejantes, aunque penosas,
sobre todo en invierno, le daban cierta libertad, y a menudo
pasaba ratos muy entretenidos con niñas y muchachos
de su edad, que también andaban al muergo y a la amayuela
y a la gusana y al chicote. Esto fue siempre lo preferible
para ella: coger la esportilla y largarse a la Dársena,
al arqueo del chicote, de la chapita y del clavo de cobre.
Allí conoció a Muergo, y a Sula, y a otros
muchachos raqueros de la calle de la Mar, y sobre todo al
famoso Cafetera (cuya biografía en libros anda hace
años), que aunque de la calle Alta, no asomaba por
ella jamás, y a Pipa y a Michero, y a más de
una chicuela que andaban con ellos a todo lo que salía.
Siguiendo a esta tropa menuda, se aficionó al Muelle-Anaos
y a la vida independiente y divertida que hacía en
aquel terreno famoso, en que cada cual campaba por sus respetos,
como si estuviera a cien leguas de la población y
de todo país civilizado. Insensiblemente fue retardando
la hora de volver a casa, y volvía casi siempre con
la espuerta vacía. En ocasiones no volvió hasta
por la noche; y como lo mismo la sacudían el polvo
por faltar una hora que por faltar todo el día, optó
serenamente por lo último; y al Muelle-Anaos acudía
casi diariamente, aunque la mandaran a la Peña del
Cuervo, y con los del Muelle-Anaos aprendió a la Maruca.
Así la conoció Andrés.
Es de advertir
que Silda, aunque asistía a todas las empresas y a
todos los juegos de la pillería del Muelle-Anaos,
rara vez tomaba parte en ellos más que con la atención;
no por virtud seguramente, sino porque era de ese barro:
una naturaleza fría y muy metida en sí. Sabía
dónde se upaba el cobre y el cacao y el azúcar,
y de qué manera, y dónde se vendía impunemente,
y a qué precio; sabía dónde se gastaban
los cuartos, así adquiridos, en tazas de café
con copa, y lo que se daba por un ochavo, y por un cuarto,
y por dos cuartos, y hasta por un real; sabía cómo
se jugaba al cané... y sabía muchísimas
cosas más que se enseñaban en aquella escuela
de cuantos vicios pueden arraigar en criaturas vírgenes
de toda educación física y moral; pero jamás
en su espuerta entró cosa que no pudiera cogerse a
vista de todo el mundo; ni vendió en el barracón
del tío Oliveros un triste clavo ni una hebra de cáñamo;
ni tomó en sus manos un naipe para el cané,
ni una piedra en las guerras de Bajamar entre raqueros y
terrestres, o entre raqueros de la calle Alta y raqueros
de la calle de la Mar. Satisfacíase con asistir a
todo y enterarse de todo cuanto hacían los pilletes,
impávida e insensible, por carácter, como se
ha dicho ya, no por virtud.
Andrés tampoco tomaba
parte en las empresas raqueriles de los muchachos del Muelle-Anaos;
pero sí en sus pedreas, en sus zambullidas, en sus
juegos de agilidad, en sus intentos, casi siempre logrados,
de atrapar un perro y arrojarle al agua con un canto al pescuezo.
Sus diversiones de preferencia allí eran remar con
Cuco en su bote, y pescar con un aparejillo que tenía,
desde las escaleras del Paredón. Esto le gustaba mucho
también a Silda; y en cuanto Andrés calaba
la sereña, ya estaba ella a su lado, muy calladita
y con los ojos clavados en el aparejo.
-¡Que pican! -solía
decir alguna vez |