 Examen de ingenios para las ciencias
Juan Huarte
de San Juan
 Aprobación
He visto este
libro, y su doctrina toda es católica, sin cosa que
sea contraria a la fe de nuestra madre la santa Iglesia de
Roma. Sin esto, es doctrina de grande y nuevo ingenio, fundada
y sacada de la mejor filosofía que puede enseñarse.
Toca algunos lugares de Escritura muy grave y eruditamente
declarados. Su principal argumento es tan necesario de considerar
de todos los padres de familia, que si siguiesen lo que este
libro advierte, la Iglesia, la república y las familias
ternían singulares ministros y sujetos ímportantísimos.
Esto me parece, salvo mejor juicio. Fray Lorenzo de Villavicencio
 Licencia, para Castilla, de la edición de 1575
EL REY Por cuanto por parte de vos, el doctor Juan Huarte
de San Juan, vecino de la ciudad de Baeza, nos fue fecha
relación diciendo que vos habíades compuesto
un libro intitulado Examen de ingenios para las ciencias,
donde se muestra la diferencia de habilidades que hay en
los hombres y el género de letras que a cada uno responden
en particular, suplicándonos lo mandásemos
ver y examinar, y daros licencia para lo poder imprimir,
y previlegio por veinte años o como la nuestra merced
fuese. Lo cual visto por los del nuestro Consejo, y como
por su mandado se hicieron las diligencias que la premática
por nos nuevamente fecha sobre la impresión de los
libros dispone, y por haceros bien y merced, fue acordado
que debíamos mandar dar esta nuestra cédula
en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien.
Y por la presente os damos licencia y facultad para que por
tiempo de diez años, que corran y se cuenten desde
el día de la fecha de esta nuestra cédula,
vos o la persona que vuestro poder hobiere, podáis
imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención.
Y por la presente damos licencia y facultad a cualquier impresor
de estos nuestros reinos que vos nombráredes, para
que por esta vez lo puedan imprimir, con que después
de impreso, antes que se venda, lo traigáis al nuestro
Consejo juntamente con el original que en él se vio,
que va rubricado y firmado al cabo de Pedro de Mármol,
nuestro secretario de Cámara, de los que en el nuestro
Consejo residen, para que se corrija con él, y se
tase al precio que por cada volumen hobiéredes de
haber. Y mandamos que, durante el dicho tiempo, persona alguna
sin vuestra licencia no lo pueda imprimir ni vender, so pena
que el que lo imprimiere o vendiere haya perdido y pierda
todos y cualesquier libros y moldes que de él tuviere
o vendiere en estos nuestros reinos, y mandamos a los del
nuestro Consejo, presidente y oidores de las nuestras Audiencias,
alcaldes, alguaciles de la nuestra casa, Corte y cancillería,
y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes
mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier,
de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos
y señoríos, así a los que agora son
como a los que serán de aquí adelante, que
vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced
que ansí vos hacemos, contra el tenor y forma della,
ni de lo en ella contenido, vos no vayan ni pasen ni consientan
ir ni pasar por alguna manera, so pena de la nuestra merced
y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara.
Fecha en Madrid. A veinte y cinco días del mes de
abril de mil y quinientos y setenta y cuatro años
YO EL REY Por mandado de su Majestad Antonio de Eraso
 Aprobación del Consejo de Aragón
Por orden y mandado de los señores del Consejo real
de la sacra Corona de Aragón, he visto y examinado
el libro intitulado Examen de ingenios para las ciencias,
compuesto por el doctor Juan Huarte navarro, natural de San
Juan del Pie del Puerto. Paréceme obra católica,
en que el autor muestra singular ingenio inventivo, y ejercitado
en sutil filosofía natural. Su argumento es exquisito
entre todos los que yo he visto y oído en su género.
Y, si se probase, sería sin duda de importante utilidad
a la república. Tengo por provechoso el haberlo reducido
a tales términos, que los ingenios puedan ejercitarse,
y descubrir algunos secretos naturales, de los que el autor
ofrece. Paréceme que se le debe dar licencia para
imprimirlo, etc. Esto me parece, debajo de otro mejor juicio
a que me remito. En Madrid, agosto once de 1574 años.
El doctor Heredia
 Licencia, para Aragón, de
la edición de 1575
NOS DON FILIPE, por la
gracia de Dios Rey de Castilla, de Aragón, de las
dos Sicilias, de Hierusalem, de Hungría, de Dalmacia,
de Croacia, de León, de Navarra, de Granada, de Toledo,
de Valencia, de Galicia, de las Mallorcas, de Sevilla, de
Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de
Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de
Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las islas Indias,
y tierra firme del Mar Océano. Archiduque de Austria,
Duque de Borgoña, de Bravante y de Milán, Conde
de Barcelona, de Flandes y de Tirol, señor de Vizcaya
y Molina, Duque de Atenas y Neopatria, Conde de Rosellón
y Cerdania, Marqués de Oristan y Goceano. Por cuanto
por parte de vos, el doctor Juan Huarte de San Juan, del
lugar de San Juan del Pie del Puerto de dicho nuestro Reino
de Navarra, nos ha sido fecha relación diciendo que
vos habíades compuesto un libro intitulado Examen
de ingenios para las ciencias, el cual es de mucho provecho,
y que lo deseáis imprimir y llevar a vender los impresos
a los reinos y señoríos de nuestra Corona de
Aragón, suplicándonos muy humildemente os mandásemos
dar licencia para ello, por tiempo de diez años, con
prohibición que ningún otro lo pueda hacer,
sino vos o la persona que vuestro poder hobiere. E nos teniendo
respecto al fruto y provecho que del dicho libro se puede
sacar, y a los gastos y costas que habéis sostenido
y se os ofrecen en hacer la dicha impresión, y que
ha sido visto y reconocido y aprobado por nuestro mandado,
habemos tenido por bien condecender a vuestra suplicación
por la manera infraescrita. Por ende con tenor de las presentes,
de nuestra cierta ciencia y Real autoridad, damos licencia,
premiso y facultad a vos, el dicho doctor Juan Huarte, y
a la persona o personas que vuestro poder hobieren, que podáis
imprimir, o hacer imprimir, al impresor o impresores que
quisiéredes el dicho libro arriba intitulado, en cualesquier
ciudades, villas y lugares de los dichos nuestros reinos
y señoríos de la Corona de Aragón, y
vender en ellos, ansí los impresos fuera como los
que haréis en ellos, prohibiendo según que
con las presentes prohibimos y vedamos que ninguna otra persona
lo pueda imprimir, ni hacer imprimir, ni vender, ni llevar
los impresos de otras partes a vender en los dichos reinos
y señoríos, sino vos o quien vuestro poder
hobiere, por tiempo de los dichos diez años, que empiecen
a correr desde el día de la data de las presentes
en adelante, so pena de doscientos florines de oro de Aragón
y perdimiento de moldes y libros, divididera en tres partes
iguales, una a nuestros reales cofres, otra para vos, el
dicho doctor Huarte, y otra al acusador. Con esto, empero,
que los libros que hiciéredes imprimir, del día
presente en adelante, no los podáis vender hasta que
hayáis traído a este nuestro sacro, supremo,
Real Consejo, que cabe nos reside, el libro que nos habéis
presentado, y está rubricado, y a la fin de él
firmado de mano de Pedro Franquesa, escribano de mandamiento
infrascrito, juntamente con otro de la nueva impresión,
para que se vea y compruebe si la dicha nueva impresión
estará conforme al dicho libro que se nos ha presentado,
y está rubricado por el dicho Pedro Franquesa como
arriba se dice. Mandando con el mismo tenor de las presentes,
de la dicha nuestra cierta ciencia y real autoridad, a cualesquier
lugartenientes, capitanes generales, canceller, vicecanceller,
regentes la cancillería, regentes el oficio y portantes
veces de general, gobernador, alguaciles, porteros, vergueros
y otros cualesquier oficiales y ministros nuestros, mayores
y menores, en los dichos nuestros reinos y señoríos
de la Corona de Aragón, constituidos y constituideros,
y a sus lugartenientes y regentes los dichos oficios, so
incorrimiento de nuestra ira e indignación, y pena
de mil florines de oro de Aragón, de los bienes del
que lo contrario hiciere exigideros, y a nuestros reales
cofres aplicaderos, que la presente nuestra licencia y prohibición,
todo lo en ella contenido, os tengan, guarden y observen
tener, guardar y observar, hagan sin contradicción
ni dar lugar ni permitir que sea hecho lo contrario en manera
alguna, si nuestra gracia les es cara, y demás de
nuestra ira e indignación en la pena susodicha desean
no incurrir. En testimonio de lo cual, mandamos despachar
las presentes, con nuestro sello real común en el
dorso, selladas. Data en la nuestra villa de Madrid a quince
días del mes de agosto. Año del nacimiento
de Nuestro Señor, mil quinientos setenta y cuatro.
YO EL REY
 Portada de 1594
EXAMEN / DE INGENIOS
/ PARA LAS SCIENClAS / EN EL QUAL EL LECTOR HALLA- / rá
la manera de su ingenio, para escoger la sciencia en que
/ mas â de aprouechar. Y la differencia de habi / lidades
que ay en los hombres: y el gene / ro de letras y artes que
à cada uno / responde en particular. Compuesto
por el Doctor Juan Huarte de / sant Juan. Agora nueuamente
enmenda / do por el mismo Autor, y añadidas / muchas
cosas curiosas, y / prouechosas. Dirigido
à la C.R.M. del Rey don Phelippe nuestro / señor.
Cuyo ingenio se declara, exemplificando / las reglas y preceptos
desta / doctrina. Con nueuo
Previlegio del Rey N.S. Impresso
en Baeça. En casa de Juan Baptista / de Montoya. Año
de. 1594.
 Privilegio para la edición de 1594
EL REY Por cuanto por parte de vos, Luis Huarte de San
Juan, hijo legítimo del doctor Juan Huarte de San
Juan, natural de la villa de San Juan del Pie del Puerto
(ya difuncto) nos ha sido fecha relación: que el dicho
doctor, vuestro padre, había compuesto y ordenado
un libro intitulado Examen de ingenios, el cual había
sido impreso una vez y visto por el Santo Oficio, y con algunas
enmiendas que había hecho había mandado que
anduviese, y al presente no se hallaba ninguno y era pedido
de mucha gente; y por ser libro de mucho ingenio, útil
y provechoso a la república, nos suplicastes os mandásemos
dar licencia para le poder imprimir, atento el mucho trabajo
que el dicho vuestro padre había pasado en enmendallo
y ponello en la perfección que ahora le presentábades;
y que las enmiendas que estaban fechas eran conforme al mandato
del Catálogo último que los del Consejo de
la Inquisición habían publicado; y porque no
teníades otra cosa ni bienes que os hobiesen quedado
del dicho vuestro padre, os diésemos nuestra cédula
y privilegio de prorrogación, de que por nos la primera
vez había sido al dicho vuestro padre concedido, o
como la nuestra merced fuese. Lo cual visto por los del nuestro
Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias
que la premática por nos fecha sobre la impresión
de los dichos libros dispone, fue acordado que debíamos
de mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha
razón, e nos tuvímoslo por bien. Por la cual,
por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad
para que por tiempo de seis años primeros siguientes,
que corren y se cuentan desde el día de la data desta
nuestra cédula, vos o la persona que vuestro poder
hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender
el dicho libro intitulado Examen de ingenios, con todas las
enmiendas que en él hay fechas que de suso se hace
mención en todos nuestros reinos de Castilla, por
el original que en el nuestro Consejo se ha visto, que va
rubricado y firmado al cabo de Miguel de Ondarza Zavala,
nuestro escribano de Cámara de los que residen en
nuestro consejo; con que antes que se venda lo traigáis
ante ellos juntamente con el original, para que se vea si
la dicha impresión está conforme a él,
o traigáis fe en pública forma, en cómo
por corrector por vos nombrado se vio y corrigió la
dicha impresión por el original. Y mandamos al impresor
que así imprimiere el dicho libro, no imprima el principio
y primer pliego, ni entregue más de solo un libro
con el original al autor o persona a cuya costa se imprimiere,
ni otra alguna para efecto de la dicha corrección
y tasa hasta que primero el dicho libro esté corregido
y tasado por los del nuestro Consejo; y estando ansí,
y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y
primer pliego, y en él seguidamente ponga esta nuestra
licencia y privilegio, y la aprobación y tasa, so
pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la dicha
premática y leyes de nuestros reinos. Y mandamos que
durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia
no lo pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere
haya perdido y pierda todos y cualesquiera libros, moldes
y aparejos que los dichos libros tuviere, y más incurra
en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que
lo contrario hiciere; la cual dicha pena sea la tercia parte
para la nuestra Cámara, y la otra tercia parte para
la persona que lo denunciare, y la otra tercia parte para
el juez que lo sentenciare. Y mandamos a los del nuestro
Consejo, presidente y oidores de las nuestras Audiencias,
alcaldes, alguaciles de la nuestra casa y Corte y cancillerías,
y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes
mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier,
de todas las ciudades, villas y lugares destos nuestros reinos
y señoríos, así a los que ahora son
como a los que serán de aquí adelante, os guarden
y cumplan esta nuestra cédula y merced que ansí
vos hacemos; y contra el tenor y forma della y de lo en ella
contenido, no vais ni paséis ni consintáis
ir ni pasar por alguna manera, so pena de la nuestra merced
y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara.
Fecha en Valladolid. A seis días del mes de julio
de mil y quinientos y noventa y dos años. YO EL REY Por mandato del rey nuestro señor Don Luis de Salazar
 Tasa
Yo, Miguel de Ondarza Zavala, escribano
de Cámara del rey nuestro señor, de los que
residen en su Consejo, doy fe que, habiéndose presentado
ante los señores del dicho Consejo, por parte de Juan
Andrea Guarnero, vecino de la ciudad de Baeza, un libro intitulado
Examen de ingenios, que con licencia de los señores
del dicho Consejo se ha impreso, le tasaron a tres maravedís
cada pliego del dicho libro, y a este precio y no a más
mandaron se venda, y que esta tasa se ponga al fin de cada
un libro. Y para que dello conste, de pedimento de Juan Orozco
Carvajal, en nombre del dicho Juan Andrea Guarnero, di el
presente, que es fecho en la villa de Madrid, a diez y ocho
días del mes de julio de mil y quinientos y noventa
y cuatro años, y en fe dello lo firmé de mi
nombre. Miguel de Ondarza Zavala.
 Proemio
A
la Majestad del rey don Filipe, nuestro señor
Para
que las obras de los artífices tuviesen la perfección
que convenía al uso de la república, me pareció,
Católica Real Majestad, que se había de establecer
una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio
del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jusrisperito
curase, ni el médico abogase; sino que cada uno ejercitase
sola aquel arte para la cual tenía talento natural,
y dejase las demás. Porque, considerando cuán
corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y
no más, tuve siempre entendido que ninguno podía
saber dos artes con perfección sin que en la una faltase.
Y, porque no errase en elegir la que a su natural estaba
mejor, había de haber diputados en la república,
hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad
descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar
por fuerza la ciencia que le convenía, y no dejarlo
a su elección. De lo cual resultaría en vuestros
estados y señoríos haber los mayores artífices
del mundo y las obras de mayor perfección, no más
de por juntar el arte con naturaleza. Esto mesmo quisiera
yo que hicieran las Academias de vuestros reinos; que, pues
no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando
en la lengua latina perito, que tuvieran también examinadores
para saber si el que quiere estudiar dialéctica, filosofía,
medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada
una de estas ciencias ha menester. Porque si no, fuera del
daño que este tal hará después en la
república usando su arte mal sabida, es lástima
ver a un hombre trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que
es imposible salir con ella. Por no hacer hoy día
esta diligencia, han destruido la cristiana religión
los que no tenían ingenio para teología, y
echan a perder la salud de los hombres los que son inhábiles
para medicina, y la jurispericia no tiene la perfección
que pudiera por no saber a qué potencia racional pertenece
el uso y buena interpretación de las leyes. Todos
los filósofos antiguos hallaron por experiencia que
donde no hay naturaleza que disponga al hombre a saber, por
demás es trabajar en las reglas del arte. Pero ninguno
ha dicho con distinción ni claridad qué naturaleza
es la que hace al hombre hábil para una ciencia y
para otra incapaz, ni cuántas diferencias de ingenio
se hallan en la especie humana, ni qué artes y ciencias
responden a cada uno en particular, ni con qué señales
se había de conocer, que era lo que más importaba.
Estas cuatro cosas, aunque parecen imposibles, contienen
la materia sobre que se ha de tratar, fuera de otras muchas
que se tocan al propósito de esta doctrina, con intento
que los padres curiosos tengan arte y manera para descubrir
el ingenio a sus hijos, y sepan aplicar a cada uno la ciencia
en que más ha de aprovechar. Que es un aviso que Galeno
cuenta haberle dado un demonio a su padre, al cual le aconsejó,
estando durmiendo, que hiciese estudiar a su hijo medicina,
porque para esta ciencia tenía ingenio único
y singular. De lo cual entenderá vuestra Majestad
cuánto importa a la república que haya en ella
esta elección y examen de ingenios para las ciencias;
pues de estudiar Galeno medicina resultó tanta salud
a los enfermos de su tiempo, y para los venideros dejó
tantos remedios escritos. Y si como Baldo (aquel ilustre
varón en derecho) estudió medicina y la usó,
pasara adelante con ella, fuera un médico vulgar (como
ya realmente lo era por faltarle la diferencia de ingenio
que esta ciencia ha menester) y las leyes perdieran una de
las mayores habilidades de hombre que para su declaración
se podía hallar. Queriendo, pues, reducir a arte
esta nueva manera de filosofar, y probarla en algunos ingenios,
luego me ocurrió el de vuestra Majestad por ser más
notorio, de quien todo el mundo se admira viendo un príncipe
de tanto saber y prudencia. Del cual aquí no se puede
tratar sin hacer fealdad en la obra. El penúltimo
capítulo es su conveniente lugar, donde vuestra Majestad
verá la manera de su ingenio y el arte y letras con
que había de aprovechar a la república si,
como es rey y señor nuestro por naturaleza, fuera
un hombre particular. Vale.
 Segundo proemio
Al lector
Cuando Platón quería enseñar
alguna doctrina grave, sutil y apartada de la vulgar opinión,
escogía de sus discípulos los que a él
le parecían de más delicado ingenio y a sólo
éstos decía su parecer, sabiendo por experiencia
que enseñar cosas delicadas a hombres de bajo entendimiento
era gastar el tiempo en vano y echar a perder la doctrina.
Lo segundo que hacía, después de la elección,
era prevenirlos con algunos presupuestos claros y verdaderos,
y que no estuviesen lejos de la conclusión. Porque
los dichos y sentencias que de improviso se publican contra
lo que el vulgo tiene persuadido no sirven de más,
al principio no haciéndose tal prevención,
que alborotar el auditorio y enojarle, de manera que viene
a perder la pía afección y aborrecer la doctrina.
Esta manera de proceder quisiera yo poder guardar contigo,
curioso lector, si hubiera forma para poderte primero tratar
y descubrir a mis solas el talento de tu ingenio; porque,
si fuera tal cual convenía a esta doctrina, apartándote
de los ingenios comunes, en secreto te dijera sentencias
tan nuevas y particulares cual jamás pensaste que
podían caer en la imaginación de los hombres.
Pero como no se puede hacer, habiendo de salir en público
para todos esta obra, no es posible dejar de alborotarte.
Porque si tu ingenio es de los comunes y vulgares, bien sé
que estás persuadido que el número de las ciencias
y su perfección ha muchos días que por los
antiguos está ya cumplido, movido con una vana razón:
que, pues ellos no hallaron más que decir, argumento
es que no hay otra novedad en las cosas. Y si por ventura
tienes tal opinión no pases de aquí, ni leas
más adelante; porque te dará pena ver probado
cuán miserable diferencia de ingenio te cupo. Pero
si eres discreto, bien compuesto y sufrido, decirte he tres
conclusiones muy verdaderas, aunque por su novedad son dignas
de grande admiración. La primera es que, de muchas
diferencias de ingenio que hay en la especie humana, sola
una te puede, con eminencia, caber; si no es que Naturaleza,
como muy poderosa, al tiempo que te formó echó
todo el resto de sus fuerzas en juntar solas dos, o tres;
o, por no poder más, te dejó estulto y privado
de todas. La segunda, que a cada diferencia de ingenio le
responde, en eminencia, sola una ciencia y no más;
de tal condición, que, si no aciertas a elegir la
que responde a tu habilidad natural, ternás de las
otras gran remisión, aunque trabajes días y
noches. La tercera, que después de haber entendido
cuál es la ciencia que a tu ingenio más le
responde, te queda otra dificultad mayor por averiguar; y
es si tu habilidad es más acomodada a la práctica
que a la teórica, porque estas dos partes, en cualquier
género de letras que sea, son tan opuestas entre sí
y piden tan diferentes ingenios, que la una a la otra se
remiten como si fueran verdaderos contrarios. Duras sentencias
son, yo lo confieso. Pero otra cosa tienen de más
dificultad y aspereza: que de ellas no hay a quien apelar
ni poder decir de agravios. Porque siendo Dios el autor de
Naturaleza, y viendo que ésta no da a cada hombre
más que una diferencia de ingenio, como atrás
dije, por la oposición o dificultad que de juntarlas
hay, se acomoda con ella; y, de las ciencias que gratuitamente
reparte entre los hombres, por maravilla da más que
una en grado eminente. Divisiones vero gratiarum sunt, idem
autem Spiritus; et divisiones ministrationum sunt, idem autem
Dominus, et divisiones operationum sunt, idem vero Deus qui
operatur omnia in omnibus. Unicuique autem datur ministratio
Spiritus ad utilitatem: alii quidem datur per Spiritum sermo
sapientiae, alii autem sermo scientiae secundum eumdem Spiritum;
alteri fides in eodem Spiritu, alii gratia sanitatum in uno
Spiritu, alii operatio virtutum, alii prophetia, alii discretio
Spirituum, alii genera linguarum, alii in interpretatio sermonum.
Haec autem omnia operatur unus atque idem Spiritus dividens
singulis prout vult. Este repartimiento de ciencias yo no
dudo sino que le hace Dios teniendo cuenta con el ingenio
y natural disposición de cada uno. Porque los talentos
que repartió por san Mateo, dice el mismo Evangelista
que los dio unicuique secundum propiam virtutem. Y pensar
que estas ciencias sobrenaturales no piden ciertas disposiciones
en el sujeto antes que se infunda, es error muy grande.
Porque cuando Dios formó a Adán y a Eva es
cierto que, primero que los llenase de sabiduría,
les organizó el celebro de tal manera que la pudiesen
recibir con suavidad y fuese cómodo instrumento para
con ella poder discurrir y raciocinar. Y así lo dice
la divina Escritura: ...et cor dedit illis excogitandi, et
disciplina intellectus replevit illos. Y que, según
la diferencia de ingenio que cada uno tiene, se infunda una
ciencia y no otra, o más o menos de cada cual de ellas,
es cosa que se deja entender en el mesmo ejemplo de nuestros
primeros padres; porque, llenándolos Dios a ambos
de sabiduría, es conclusión averiguada que
le cupo menos a Eva, por la cual razón dicen los teólogos
que se atrevió el demonio a engañarla y no
osó tentar al varón temiendo su mucha sabiduría.
La razón de esto es, como adelante probaremos, que
la compostura natural que la mujer tiene en el celebro no
es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría.
En las sustancias angélicas hallaremos también
la mesma cuenta y razón. Porque, para dar Dios a un
ángel más grados de gloria y más subidos
dones, le da primero más delicada naturaleza, y preguntado
a los teólogos de qué sirva esta naturaleza
tan delicada, dicen que el ángel que tiene más
subido entendimiento y mejor natural se convierte con más
facilidad a Dios y usa del don con más eficacia; y
que lo mesmo acontece en los hombres. De aquí se
infiere claramente que, pues hay elección de ingenios
para las ciencias sobrenaturales, y que no cualquiera diferencia
de habilidad es cómodo instrumento para ellas, que
las letras humanas con más razón la pedirán,
pues las han de aprender los hombres con las fuerzas de su
ingenio. Saber, pues, distinguir y conocer estas diferencias
naturales del ingenio humano, y aplicar con arte a cada una
la ciencia en que más ha de aprovechar es el intento
desta mi obra. Si saliere con él como lo tengo propuesto,
daremos a Dios la gloria de ello, pues de su mano viene lo
bueno y acertado. Y si no, bien sabes, discreto lector, que
es imposible inventar un arte y poderla perficionar; porque
son tan largas y espaciosas las ciencias humanas, que no
basta la vida de un hombre a hallarlas y darles la perfección
que han de tener. Harto hace el primer inventor en apuntar
algunos principios notables, para que los que después
sucedieren, con esta simiente, tengan ocasión de ensanchar
el arte y ponerla en la cuenta y razón que es necesaria.
Aludiendo a esto Aristóteles, dice que los errores
de los que primero comenzaron a filosofar se han de tener
en gran veneración; porque, como sea tan dificultoso
el inventar cosas nuevas y tan fácil añadir
a lo que ya está dicho y tratado, las faltas del primero
no merecen, por esta razón, por ser muy reprehendidas,
ni al que añade se le debe dar mucha alabanza. Yo
bien confieso que esta mi obra no se puede escapar de algunos
errores, por ser la materia tan delicada y donde no había
camino abierto para poderla tratar. Pero si fueren en materia
donde el entendimiento tiene lugar de opinar, en tal caso
te ruego, ingenioso lector, antes que des tu decreto, leas
primero toda la obra y averigües cuál es la manera
de tu ingenio; y si en ella hallares alguna cosa que a tu
parecer no esté bien dicha, mira con cuidado las razones
que contra ella más fuerza te hacen, y si no las supieres
soltar, torna a leer el undécimo capítulo,
que en él hallarás la respuesta que pueden
tener. Vale.
 Prosíguese el segundo proemio [1594]
y dase la razón por qué los hombres son de
diferentes pareceres en los juicios que hacen
Una duda
me ha traído fatigado el ingenio muchos días
ha, y pensando, curioso lector, que su respuesta era muy
oculta al juicio y sentido de los hombres, lo había
siempre disimulado; hasta que ya, molestado de ocurrirme
tantas veces a la imaginación, propuse en mí
de saber su razón natural aunque me costase cualquiera
trabajo. Y es de dónde puede nacer que, siendo todos
los hombres de una especie indivisible y las potencias del
ánima racional (memoria, entendimiento y voluntad)
de igual perfección en todos, y, lo que más
aumenta la dificultad, que, siendo el entendimiento potencia
espiritual y apartada de los órganos del cuerpo, con
todo eso vemos por experiencia que, si mil hombres se juntan
para juzgar y dar su parecer sobre una mesma dificultad,
cada uno hace juicio diferente y particular, sin concentarse
con los demás. Por donde se dijo:
| mille hominum
species et rerum discolor usus: | | | | velle suum cuique est, nec
voto vivitur uno. | | |
Ningún filósofo antiguo
ni moderno, que yo haya visto, ha tocado esta dificultad,
asombrados, a mi ver, de su gran oscuridad, aunque todos
los veo querellosos del vario juicio y apetito de los hombres.
Por donde me fue forzado echar el discurso a volar y aprovecharme
de la investigación, como en otras dificultades mayores
que no han tenido primer movedor. Y discurriendo, hallé
por mi cuenta que en la compostura particular de los hombres
hay una causa natural que involuntariamente los inclina a
diversos pareceres; y que no es odio, ni pasión, ni
ser los hombres detractores y amigos de contradecir, como
piensan los que escriben cartas nuncupatorias a sus Mecenates,
pidiéndoles contra ellos ayuda y favor. Pero cuál
fuese esta causa en particular, y de qué principios
puede nacer, aquí estuvo el dolor y trabajo. Para
lo cual es de saber que fue antigua opinión de algunos
médicos graves que todos los hombres que vivimos en
regiones destempladas estamos actualmente enfermos y con
alguna lesión, aunque por habernos engendrado y nacido
con ella y no haber gozado de otra mejor templanza, no lo
sentimos. Pero advirtiendo en las obras depravadas que hacen
nuestras potencias y en los descontentos que cada hora pasan
por nosotros sin saber de qué ni por qué, hallaremos
claramente que no hay hombre que pueda decir con verdad que
está sin achaque ni dolor. Todos los médicos
afirman que la perfecta salud del hombre restriba en una
conmoderación de las cuatro calidades primeras, donde
el calor no excede a la frialdad, ni la humidad a la sequedad,
de la cual declinando, es imposible que pueda hacer tan bien
sus obras como antes solía. Y está la razón
muy clara: porque si con la perfecta temperatura hace el
hombre sus obras con perfección, forzosamente con
la destemplanza, que es su contrario, las ha de hacer con
alguna falta y lesión. Pero, para conservar aquella
perfecta sanidad, es necesario que los cielos influyan siempre
unas mesmas calidades; y que no haya invierno, estío
ni otoño; y que el hombre no discurra por tantas edades;
y que los movimientos del cuerpo y del ánima sean
siempre uniformes: el velar y dormir, las comidas y bebida,
todo templado y correspondiente a la conservación
de esta buena temperatura. Todo lo cual es caso imposible,
así al arte de medicina como a Naturaleza. Sólo
Dios lo pudo hacer con Adán, poniéndolo en
el Paraíso terrenal y dándole a comer del árbol
de la vida, cuya propriedad era conservar al hombre en el
punto perfecto de sanidad en que fue criado. Pero viviendo
los hombres en regiones destempladas, sujetas a tales mudanzas
del aire, al invierno, estío y otoño, y pasando
por tantas edades, cada una de su temperatura, y comiendo
unos manjares fríos y otros calientes, forzosamente
se ha de destemplar el hombre y perder cada hora la buena
templanza de las primeras calidades. De lo cual es evidente
argumento ver que todos cuantos hombres se engendran nacen
unos flemáticos y otros sanguinos, unos coléricos
y otros melancólicos, y por gran maravilla uno templado,
y a éste no le dura la buena temperatura un momento
sin alterarse. A estos médicos reprehende Galeno
diciendo que hablan con mucho rigor. Porque la sanidad de
los hombres no consiste en un punto indivisible, sino que
tiene anchura y latitud; y que las primeras calidades pueden
declinar del perfecto temperamento sin caer luego en enfermedad.
Los flemáticos se apartan notablemente por frialdad
y humidad, y los coléricos por calor y sequedad; y
todos viven sanos y sin achaque ni dolor. Y aunque es verdad
que éstos no hacen tan perfectas obras como los templados,
pero pasan con ellas sin notable lesión y sin llamar
al médico que se les corrija; por la cual razón,
el arte las guarda y conserva como disposiciones naturales.
Aunque, con esto, confiesa Galeno que son destemplanzas viciosas
y que se han de tratar como si fueran enfermedades, aplicando
a cada una sus calidades contrarias para reducirlas, si fuese
posible, a la perfecta sanidad donde no hay dolores ni achaques.
De lo cual es evidente argumento ver que nunca Naturaleza,
con sus irritaciones y apetitos, trata de conservar al destemplado
con causas semejantes, sino siempre procura reducirle con
contrarios, como si estuviese enfermo. Y, así, vemos
que el colérico aborrece el estío y se huelga
con el invierno, el vino le abrasa y con el agua se amansa.
Que es lo que dijo Hipócrates: calidae naturae cui
est, aquae potus et refrigeratio. Pero para el fin que yo
pretendo, impertinente es que estas destemplanzas sean enfermedades,
como dijeron aquellos médicos antiguos, o sanidades
imperfectas, como confiesa Galeno, porque de la una y de
la otra opinión se infiere claramente lo que yo quiero
probar, y es que, por razón de las destemplanzas que
los hombres padecen, y por no tener entera su composición
natural, están inclinados a gustos y apetitos contrarios,
no solamente en la irascible y concupiscible, pero también
en la parte racional. Lo cual se ve claramente discurriendo
por todas las facultades que gobiernan al hombre destemplado.
El que es colérico, según las potencias naturales,
desea alimentos fríos y húmidos; y el flemático,
calientes y secos. El colérico, según la potencia
generativa, se pierde por mujeres; y el flemático
las aborrece. El colérico, según la irascible,
adora en la honra, en la vanagloria, imperio y mando, y ser
a todos superior; y el flemático estima más
hartarse de dormir que todos los señoríos del
mundo. Y donde se echa también de ver los varios apetitos
de los hombres es entre los mesmos coléricos, flemáticos,
sanguinos y melancólicos, por razón de las
muchas diferencias que hay de cólera, flema y melancolía.
Pero, para que más claro se entienda que las varias
destemplanzas y enfermedades que los hombres padecen es la
causa total de hacer varios juicios en lo que toca a la parte
racional, será bien poner ejemplo en las potencias
exteriores; porque lo que fuere de ellas, será también
de las interiores. Todos los filósofos naturales
convienen en que las potencias con que se ha de hacer algún
conocimiento han de estar sanas y limpias de las calidades
del objeto que han de conocer, so pena que harán juicios
varios y todos falsos. Finjamos, pues, cuatro hombres enfermos
en la compostura de la potencia visiva, y que el uno tenga
en el humor cristalino una gota de sangre empapada, y otro
de cólera, y otro de flema, y otro de melancolía.
Si a éstos, no sabiendo ellos de su enfermedad, les
pusiésemos delante un pedazo de paño azul para
que juzgasen del color verdadero que tenía, es cierto
que el primero diría que era colorado, y el segundo
amarillo, y el tercero blanco, y el cuarto negro. Y todos
lo jurarían, y se reirían unos de otros como
que erraban en cosa tan manifiesta y notoria. Y si estas
cuatro gotas de humores las pasásemos a la lengua
y les diésemos a beber un jarro de agua, el uno diría
que era dulce, el otro amarga, el otro salada y el otro aceda.
Veis aquí cuatro juicios diferentes en dos potencias
por razón de tener cada una su enfermedad; y ninguna
atinó a la verdad. La mesma razón y proporción
tienen las potencias interiores con sus objetos. Y si no,
pasemos aquellos cuatro humores en mayor cantidad al celebro,
de manera que le inflamen; y veremos mil diferencias de locuras
y disparates, por donde se dijo: cada loco con su tema. Los
que no llegan a tanta enfermedad parece que están
en su juicio y que dicen y hacen cosas convenientes; pero
realmente disparan, sino que no se echa de ver por la mansedumbre
con que algunos proceden. Los médicos de ninguna
señal se aprovechan tanto para conocer y entender
si un hombre está sano o enfermo como mirarle a las
obras que hace. Si éstas son buenas y sanas, es cierto
que tiene salud; y si lesas y dañadas, infaliblemente
está enfermo. En este argumento se fundó aquel
gran filósofo Demócrito abderita cuando le
probó a Hipócrates que el hombre dende que
nace hasta que muere no es otra cosa más que una perpetua
enfermedad según las obras racionales; y, así,
le dijo: Totus homo ex nativitate morbus est: dum educatur,
inutilis est et alienum auxlium implorat: dum crescit, protervus,
insipiens, paedagogo opus habens; dum in vigore est, audax
est; dum decrescit, miserabilis, ubi labores suos recolit
ac jactat... Ex maternis enim uteri inquinamentis talis prodiit.
De la cual sentencia se admiró Hipócrates y,
pareciéndole que era muy verdadera, se dejó
concluir y por tal la contó a su amigo Damageto. Y
tornándolo a visitar (gustando de su sabiduría)
dice que le preguntó la razón y causa de su
continua risa (viéndole reír y burlar de todos
los hombres del mundo), a lo cual le respondió la
sentencia que sigue: Numquid universum mundum aegrotare non
animadvertis? Alii canes emunt, alii equos, aliis volunt
multis imperare, nec sibi ipsis imperare possunt; uxores
ducunt quas paulo post eiiciunt; amant, deinde odio habent;
cum magna cupiditate liberos generant, deinde adulto eiicunt.
Quae est illa vana ac absurda diligentia, nihil ab insania
differens? Bellum intestinum gerunt quietem non amplectentes;
reges deponunt, alios subrogant; occidunt homines; terram
fodientes argentum quaerunt. Y, así, procedió
muy a larga contando los varios apetitos de los hombres y
las locuras que hacen y dicen por razón de estar todos
enfermos. Y concluyendo, le dijo que este mundo no era más
que una casa de locos, cuya vida era una comedia graciosa
representada para hacer reír a los hombres; y que
ésta era la causa de que se reía tanto. Lo
cual oído por Hipócrates, dijo públicamente
a los abderitas: Non insanit Democritus, sed super omnia
sapit et nos sapientiores efficit. Si los hombres fuéramos
todos templados y viviéramos en regiones templadas
y usáramos de alimentos templados, todos (aunque no
siempre, pero por la mayor parte) tuviéramos unos
mesmos conceptos, unos mesmos apetitos y antojos; y si alguno
tomara la mano a razonar y dar su parecer en alguna dificultad,
todos de la mesma manera casi a una mano la firmaran de su
nombre. Pero viviendo como vivimos en regiones destempladas
y con tantas desórdenes en el comer y beber, con tantas
pasiones y cuidados del ánima y tan continuas alteraciones
del cielo, no es posible dejar de estar enfermos, o por lo
menos destemplados. Y como no enfermamos todos con un mesmo
género de enfermedad, no seguimos comúnmente
todos una mesma opinión, ni tenemos comúnmente
un mesmo apetito y antojo, sino cada uno el suyo conforme
a la destemplanza que padece. Con esta filosofía
viene muy bien aquella parábola de san Lucas que dice:
Homo quidem descendebat ab Ierusalem in Iericho, et incidit
in latrones; qui etiam despoliaverunt eum et, plagis impositis,
abierunt semivivo relicto. La cual declaran algunos autores
diciendo que aquel hombre así llagado representa la
naturaleza humana después del pecado; porque antes
lo había Dios criado perfectísimo en la compostura
y temperamento que naturalmente se debía a su especie,
y le había dado muchas gracias y dones sobrenaturales
para mayor perfección suya. Especialmente le dio la
justicia original, con la cual alcanzó el hombre toda
la salud y concierto que en su compostura se podía
desear; y, así, la llama san Agustín sanitas
naturae, porque de ella resultaba el armonía y concierto
del hombre sujetando la porción inferior a la superior
y la superior a Dios. Todo lo cual perdió en el punto
que pecó; porque luego le despojaron de lo gratuito,
y en lo natural quedó herido y llagado. Y si no, miremos
a sus descendientes cómo están y qué
obras hacen; y se entenderá claramente que no pueden
proceder sino de hombres enfermos y llagados: a lo menos,
de su libre albedrío está determinado que después
del pecado quedó medio muerto y sin las fuerzas que
solía tener. Porque en pecando Adán, luego
le echaron del Paraíso terrenal (lugar templadísimo)
y lo privaron del árbol de la vida y de los demás
amparos que había para conservarle su buena compostura.
La vida que comenzó a tener fue de mucho trabajo,
durmiendo por los suelos al frío y al sereno y al
calor. La región donde habitaba era destemplada, y
las comidas y bebidas, contrarias a su salud. Él andaría
descalzo y mal vestido, sudando y trabajando para ganar de
comer, sin casa ni abrigo, vagando de región en región.
Un hombre que se había criado en tanto contento y
regalo con tal vida forzosamente había de enfermar
y destemplarse; y, así, no le quedó órgano
ni instrumento corporal que no estuviese destemplado, sin
poder obrar con la suavidad que antes solía. Y con
tal destemplanza conoció a su mujer y engendró
tan mal hombre como Caín, de tan mal ingenio, malicioso,
soberbio, duro, áspero, desvergonzado, envidioso,
indevoto y mal acondicionado. Y, así, comenzó
a comunicar a sus descendientes esta mala salud y desorden;
porque la enfermedad que tienen los padres al tiempo del
engendrar, esa misma (dicen los médicos) sacan sus
hijos después de nacidos. Pero una dificultad grande
se ofrece en esta doctrina y pide no cualquiera solución.
Y es: si todos los hombres estamos enfermos y destemplados
como lo hemos probado y de cada destemplanza nace juicio
particular ¿qué remedio tenemos para conocer cuál
dice la verdad de tantos como opinan? Porque, si aquellos
cuatro hombres erraron en el juicio y conocimiento que hicieron
del paño azul, por tener cada uno su enfermedad particular
en la vista, lo mesmo podría acontecer en otros cuatro
si cada uno tuviese su particular destemplanza en el celebro;
y, así, quedaría la verdad ocultada, o ninguno
la alcanzaría por estar todos enfermos y destemplados.
A esto se responde que la sabiduría humana es incierta
y caduca por la razón que hemos dicho. Pero, fuera
desto, es de saber que nunca acontece enfermedad en el hombre
que, debilitando una potencia, por razón de ella no
se fortifique la contraria o la que pide contrario temperamento;
como si el celebro templado se destemplase por humidad, es
cierto que crecería la memoria y faltaría el
entendimiento, como adelante probaremos; y por sequedad,
subiría el entendimiento y bajaría la memoria.
Y, así, en las obras tocantes al entendimiento, mucho
más sabría un hombre de seco celebro, que un
muy sano y templado; y en las obras de la memoria, mucho
más alcanza un destemplado por humidad, que el hombre
más templado del mundo. Porque, según la opinión
de los médicos, en muchas obras exceden los destemplados
a los templados; por donde dijo Platón que por maravilla
se halla hombre de muy subido ingenio que no pique algo en
manía (que es una destemplanza caliente y seca del
celebro). De manera que hay destemplanza y enfermedad determinada
para cierto género de sabiduría, y repugnante
para las demás; y, así, es necesario que el
hombre sepa qué enfermedad es la suya y qué
destemplanza, y a qué ciencia responde en particular
(que es el tema de este libro); porque con ésta alcanzará
la verdad y con las demás hará juicios disparados.
Los hombres templados, como adelante probaremos, tienen
capacidad para todas las ciencias con cierta mediocridad
sin aventajarse mucho en ellas. Pero los destemplados, para
una y no más; a la cual si se dan con certidumbre,
y la estudian con diligencia y cuidado, harán maravillas
en ella; y si la yerran, sabrán muy poquito en las
demás. De lo cual es evidente argumento ver por las
historias que cada ciencia se inventó en la región
destemplada que le cupo acomodada a su invención.
Si Adán y todos sus descendientes vivieran en el
Paraíso terrenal, de ninguna arte mecánica
ni ciencia de las que ahora se leen en las escuelas tuviera
necesidad, ni hasta el día de hoy se hubieran inventado
ni puesto en práctica. Porque, andando desnudos y
descalzos, no eran necesarios sastres, calceteros, zapateros,
cardadores, tejedores, carpinteros ni domificadores; porque
en el Paraíso terrenal no había de llover,
ni correr aires fríos ni calientes de que se hubieran
de guardar. También no hubiera esta teología
escolástica y positiva, a lo menos tan extendida como
ahora tenemos; porque no pecando Adán, no naciera
Jesucristo, de cuya encarnación, muerte y vida, y
del pecado original y el reparo que tuvo, está compuesta
esta Facultad. Menos hubiera jurispericia; porque para el
justo no son necesarias leyes ni derecho: todas las cosas
fueran comunes y no hubiera mío ni tuyo, que es la
ocasión de los pleitos y del reñir. La medicina
fuera ciencia impertinente; porque los hombres fueran inmortales,
no sujetos a corrupción ni alteración que les
causara enfermedad: comieran todos de aquel árbol
de la vida cuya propiedad era repartirles siempre mejor húmido
radical que antes tenían. En pecando Adán,
luego tuvieron principio práctico todas las artes
y ciencias que hemos dicho, porque todas fueron menester
para remediar su miseria y necesidad. La primera que comenzó
en el Paraíso terrenal fue la jurispericia, donde
se substanció un proceso por el mismo orden judicial
que ahora tenemos, citando la parte, y poniéndole
su acusación, y respondiendo el reo, con la sentencia
y condenación del juez. La segunda fue la teología;
porque cuando dijo Dios a la serpiente et ipsa conteret caput
tuum, entendió Adán, como hombre que tenía
el entendimiento lleno de ciencias infusas, que para su remedio
el Verbo divino había de encarnar en el vientre virginal
de una mujer, y que ésta con su buen parto había
de poner debajo sus pies al demonio con todo su imperio;
en la cual fe y creencia se salvó. Tras la teología
salió luego el arte militar, porque en el camino por
donde Adán iba a comer del árbol de la vida
fabricó Dios un presidio, donde puso un querubín
armado para que le impidiese el paso. Tras el arte militar
salió luego la medicina; porque, en pecando Adán,
se hizo mortal y corruptible y sujeto a mil enfermedades
y dolores. Todas estas ciencias y artes tuvieron su principio
práctico aquí, y después se perficionaron
y aumentaron cada una en la región destemplada que
le cupo, naciendo en ella hombres de ingenio y habilidad
acomodada a su invención. Y así concluyo, curioso
lector, confesando llanamente que yo estoy enfermo y destemplado
(y que tú lo podrás estar también),
pues nací en tal región; y que nos podría
acontescer lo mesmo que a aquellos cuatro hombres, que, siendo
el paño azul, el uno juró que era colorado,
el otro blanco, el otro amarillo y el otro negro, y ninguno
acertó por la lesión particular que cada uno
tenía en su vista.
 Capítulo I [1594]
Donde se declara qué cosa es ingenio y cuántas
diferencias se hallan de él en la especie humana
Precepto es de Platón (el cual obliga a todos los
que escriben y enseñan) comenzar la doctrina por la
difinición del sujeto cuya naturaleza, diferencia
y propiedades queremos saber y entender. Dase por esta vía
gusto al que la ha de aprender, y el que escribe no se derrama
a cuestiones impertinentes, ni deja de tocar aquellas que
son necesarias para que la obra salga con toda la perfección
que ha de tener. Y es la causa que la difinición es
un tema tan fecundo y concertado, que apenas se halla paso
ni contemplación en la ciencia ni en el método
con que se ha proceder, que no esté en él apuntado.
Por donde es cierto que no se puede bien proceder en ningún
género de sabiduría no comenzando de aquí.
Y pues el sujeto total de esta obra es el ingenio y habilidad
de los hombres, razón será, por lo dicho, que
sepamos su difinición y qué es lo que contiene
en su esencia; porque, sabida y entendida como conviene,
habremos hallado el verdadero medio para hacer demostración
de esta nueva doctrina. Y porque el nombre, como dice Platón,
est instrumentum docendi discernendique rerum substantia,
es de saber que este nombre, ingenio, desciende de uno de
estos tres verbos latinos: gigno, ingigno, ingenero; y de
este último parece que tiene más clara su descendencia,
atento a las muchas letras y sílabas que de él
vemos que toma, y lo que de su significación diremos
después. La razón en que se fundaron los primeros
que lo inventaron no debió ser liviana; porque saber
imaginar los nombres con la consonancia y buen sonido que
piden las cosas nuevamente halladas es obra (dice Platón)
de hombres heroicos y de alta consideración. Como
pareció en la invención de este nombre, ingenio,
que para descubrirla fue menester una contemplación
muy delicada y llena de filosofía natural. En la cual
discurriendo, hallaron que había en el hombre dos
potencias generativas: una común con los brutos animales
y plantas, y otra participante con las sustancias espirituales,
Dios y los ángeles. De la primera no hay que tratar
por ser tan manifiesta y notoria; la segunda es la que tiene
alguna dificultad, por no ser sus partos y manera de engendrar
al vulgo tan conocidos. Pero hablando con los filósofos
naturales, ellos bien saben que el entendimiento es potencia
generativa y que se empreña y pare, y que tiene hijos
y nietos, y una partera (dice Platón) que le ayuda
a parir. Porque de la manera que en la primera generación
el animal o planta da ser real y sustantífico a su
hijo, no lo tiniendo antes de la generación, así
el entendimiento tiene virtud y fuerzas naturales de producir
y parir dentro de sí un hijo, al cual llaman los filósofos
naturales noticia o concepto, que es verbum mentis. Y no
sólo es lenguaje y doctrina recebida de los filósofos
naturales decir que el entendimiento es potencia generativa
y llamar hijo a lo que ésta produce; pero aun hablando
la Escritura de la generación del Verbo divino, usa
de los mesmos términos de padre y de hijo y de engendrar
y parir: Nondum erant abyssi, et ego iam concepta eram...
Et ante omnes colles, ego parturiebar. Y, así, es
cierto que de la fecundidad del entendimiento del Padre tuvo
el Verbo divino su eternal generación: eructavit con
meum verbum bonum. Y no sólo él, pero aun todo
lo visible e invisible contenido en el universo, se halló
producido por esta mesma potencia; en tanto que viendo y
considerando los filósofos naturales la gran fecundidad
que Dios tenía en su entendimiento, lo llamaron Genio,
que por antonomasia quiere decir el grande engendrador.
El ánima racional y las demás sustancias espirituales,
puesto caso que también se llaman genios por ser fecundas
en producir y engendrar conceptos tocantes a ciencia y sabiduría,
pero su entendimiento no tiene en los partos que hace tanta
virtud y fuerzas que les pueda dar ser real y sustantífico
fuera de sí, como en las generaciones que Dios hizo.
Sólo llega la fecundidad de éstas a producir
dentro de su memoria un accidente que, cuando va muy bien
engendrado, no es más que una figura y retrato de
aquello que queremos saber y entender; no como la generación
del Verbo divino, donde el engendrado salió consubstantialis
Patri y las demás cosas que parió respondieron
afuera con el ser real y sustantífico que ahora las
vemos. Pero las generaciones que el hombre hace con su entendimiento,
si son de cosas artificiales, no luego toman el ser que han
de tener, antes para sacar perfecta la idea con que se han
de fabricar es menester fingir primero mil rayas en el aire
y componer muchos modelos y últimamente poner las
manos para que tomen el ser que han de tener, y las más
veces salen erradas. Lo mesmo acontece en las demás
generaciones que el hombre hace para entender las cosas naturales
como ellas son en sí; donde la imagen que el entendimiento
concibe de ellas, por maravilla sale de la primera contemplación
con el vivo que la cosa tiene; y para pintar una figura tal
y tan buena como ella está en su original, es menester
juntar infinitos ingenios y que pasen muchos años,
y con todo eso conciben mil disparates. Supuesta, pues,
esta doctrina, es ahora de saber que las artes y ciencias
que aprenden los hombres son unas imágenes y figuras
que los ingenios engendraron dentro de su memoria, las cuales
representan al vivo la natural compostura que tiene el sujeto
cuya es la ciencia que el hombre quiere aprender: como la
medicina no fue más en el entendimiento de Hipócrates
y Galeno que un dibujo que contrahace al natural la compostura
verdadera del hombre, con sus causas y achaques de enfermar
y sanar; y la jurispericia es otra figura, donde está
representada la verdadera forma de la justicia con que se
guarda y conserva la policía humana y viven los hombres
en paz. Por donde es cierto que si el que aprende oyendo
la doctrina de un buen maestro, no pudiere pintar en su memoria
otra figura tal y tan buena como es la que le van diciendo,
que sin duda es estéril y que no se puede empreñar
ni parir, si no son disparates y monstruos. Y esto baste
en cuanto al nombre ingenio, el cual desciende de este verbo
ingenero, que quiere decir engendrar dentro de sí
una figura entera y verdadera que represente al vivo la naturaleza
del sujeto cuya es la ciencia que se aprende. Cicerón
difinió el ingenio diciendo: docilitas et memoria
quae fere uno ingenii nomine appellantur, en las cuales palabras
siguió la opinión de la gente popular que se
contenta con ver sus hijos disciplinables y con docilidad
para ser enseñados de otros, y con memoria que retenga
y guarde las figuras que el entendimiento ha concebido. Al
cual propósito dijo Aristóteles que el oído
y la memoria se habían de juntar para aprovechar en
las ciencias. Pero, realmente, esta definición es
muy corta y no comprende todas las diferencias de ingenio
que hay; porque esta palabra, docilitas, abraza solos aquellos
ingenios que tienen necesidad de maestro, y deja fuera otros
muchos cuya fecundidad es tan grande que con sólo
el objeto y su entendimiento, sin ayuda de nadie, paren mil
conceptos que jamás se vieron ni oyeron: cuales fueron
aquellos que inventaron las artes. Fuera de esto, mete Cicerón
a la memoria en cuenta de ingenio; de la cual dijo Galeno
que carecía totalmente de invención, que es
decir que no puede engendrar nada de sí, antes su
mucha intensión y grandeza (dice Aristóteles)
es causa que el entendimiento sea infecundo y que no se pueda
empreñar ni parir. Sólo sirve de guardar y
tener en custodia las formas y figuras que las otras potencias
han concebido, como parece en los hombres de letras muy memoriosos,
que cuanto dicen y escriben todo tiene otro dueño
primero. Verdad es que, bien considerada aquella partícula,
docilitas, hallaremos que dijo bien Cicerón. Porque
la prudencia y sabiduría y la verdad que contienen
las ciencias (dice Aristóteles) está sembrada
en las cosas naturales, y en ellas se ha de buscar y hallar
como en su verdadero original. El filósofo natural
que piensa ser una proposición verdadera porque la
dijo Aristóteles, sin buscar otra razón, no
tiene ingenio. Porque la verdad no está en la boca
del que afirma, sino en la cosa de que se trata, la cual
está dando voces, y grita enseñando al hombre
el ser que Naturaleza le dio y el fin para que fue ordenada,
conforme aquello: numquid sapientia non clamitat et prudentia
dat vocem suam? El que tuviere docilidad en el entendimiento
y buen oído para percibir lo que Naturaleza dice y
enseña con sus obras aprenderá mucho en la
contemplación de las cosas naturales, el que no, terná
necesidad de preceptor que le avise y le haga considerar
lo que los brutos animales y plantas están voceando.
Vade ad formicam, o piger, et considera vias eius et disce
prudentiam; quae cum non habeat ducem nec praeceptorem, praeparat
in aestate, etc. Platón no cayó en este género
de docilidad, ni le pareció que había otros
maestros que pudiesen enseñar al hombre fuera de los
que vemos subidos en cátedra; y, así, dijo:
agri vero et arbores nihil me docere possunt, sed homines
qui in urbe versantur. Mejor lo dijo Salomón, que
sabiendo que había este segundo género de docilidad,
lo pidió a Dios para gobernar su pueblo: dabis ergo
servo tuo cor docile, ut populum tuum iudicare possit et
discernere inter bonum et malum, por las cuales palabras
no pidió más que lumbre y claridad en el entendimiento
(aunque le dieron más de lo que pidió) para
que, proponiéndole delante las cosas y dudas tocantes
a su gobernación, pudiese sacar de la naturaleza de
la cosa el verdadero juicio que había de hacer, sin
irlo a buscar a los libros; como pareció claramente
en aquella sentencia que dio en el primer caso de las meretrices,
que cierto la naturaleza de la cosa le enseñó
que la verdadera madre del niño no había de
consentir que se partiese. Este mesmo género de docilidad
y claridad del entendimiento dio Cristo a sus discípulos
para entender la Escritura, quitándoles primero la
rudeza e inhabilidad que habían sacado de las manos
de Naturaleza conforme aquello: aperuit illis sensum ut intelligerent
Scripturas. Y, así, la Iglesia católica, teniendo
entendido lo que importa este género de docilidad
para entender la Escritura, tiene ordenado y mandado que
ningún hombre de poco ingenio, ni viejo, estudie teología:
Est enim lex, apud nos sanctissima, quae in eiusmodi disciplinis
solum adolescentes, nec omnes sed ingeniosos exercet: grandioribus
autem natu, ingenioque tardiori, studia haec interdicit.
La mesma sentencia dijo Platón tratando de los ingenios
que habían de estudiar las ciencias divinas: que,
por estar las sustancias separadas tan lejos de los sentidos,
convenían buscar ingenios muy claros para ellas; y,
así dijo: Nec solum quaerendi sunt homines generosi
atque terribiles, sed qui, insuper, eas habeant naturae dotes
quas disciplina divina exigit, acumen scilicet facilitatemque
ingenii. Y, de camino, reprehende a Solón porque dijo
que allá en la vejez se habían de aprender
estas letras. Los que alcanzan esta diferencia de habilidad
viven, en las ciencias que tratan, muy descansados; porque
no tiene necesidad su entendimiento de memoria que le guarde
las figuras y especies para discurrir con ellas otra vez,
antes las mesmas cosas naturales se las dan todas las veces
que las quieren contemplar; y siendo sobrenaturales, sin
especies ni figuras que hayan pasado por los sentidos, las
entienden. Por donde dijo Platón: Rerum autem maximarum
pretiosissimarumque nulla est imago quae manifeste ad hominum
sensum captumque affecta sit; incorporea namque, cum maxima
et pulcherrima sint, ratione sola, alio vero nullo, perspicue
declarantur. Y, así, dice que para las ciencias divinas
son menester mayores ingenios que para las demás,
porque no se aprovechan del sentido. Por donde es muy cierto
que aquel dicho tan celebrado de Aristóteles, nihil
est in intellectu quin prius fuerit in sensu, no tiene lugar
en este segundo género de docilidad, sino en el primero,
cuya habilidad no se extiende a más de aprender y
retener en la memoria lo que el maestro dice y enseña.
De lo cual se colige claramente cuán mal se hace
en nuestros tiempos con la teología; pues sin hacer
la elección que la Iglesia católica manda,
entran a estudiarla muchos que Naturaleza los ordenó
para cavar y arar. A estos dos géneros de docilidad
responden dos diferencias de ingenio. La una es de quien
dijo Aristóteles: bonum ingenium est illud quod bene
dicenti obedit; como si dijera: «aquél es buen ingenio
que obedece al que bien dice». Porque el hombre que no se
convence oyendo buenos discursos y razones, ni puede formar
en su memoria aquella figura que le van proponiendo, es señal
que su entendimiento es infecundo. Verdad es que en esto
hay una cosa que considerar; y es que hay muchos discípulos
que aprenden con gran facilidad todo lo que el maestro les
dice y enseña, y lo retienen y guardan en la memoria,
sin ninguna contradicción; lo cual puede acontecer
por una de dos razones: O porque el maestro es tal y tan
bueno como lo pintó Aristóteles diciendo: oportet
sapientem non solum ea quae ex principiis sunt cognoscere,
sed etiam circa principia ipsa verum dicere. Los discípulos
que a este tal maestro obedecieren es cierto que tienen buen
ingenio; y mucho más lo descubren cuando oyen la doctrina
de maestro que la enseña sin hacer la trabazón
y consonancia en las sentencias y conclusiones que piden
los principios sobre que está fundada. En no llevando
al buen ingenio por este camino derecho, luego se le ofrecen
mil dificultades y argumentos, porque lo que oye de tal maestro
no le hace la figura y buena correspondencia que piden los
verdaderos principios de la doctrina; y, así, trae
siempre el entendimiento inquieto y desasosegado por falta
del que le enseña. Otros ingenios hay rudos y torpes,
que, viendo que los muy ingeniosos son tenidos en mucho por
las dificultades y argumentos que ponen al maestro, en saliendo
de lección (a imitación suya) procuran molestar
con grandes impertinencias al que los enseña, sin
dar razón de su dificultad; y por esta vía
descubren más presto su inhabilidad que si callasen.
Por éstos dijo Platón que eran los que no tienen
ingenio para confutar. Pero el que le tiene agudo y delicado
no ha de creer nada al maestro, ni recibirle cosa que no
venga bien con la doctrina. Y otros callan y obedecen al
maestro sin ninguna contradicción, porque su entendimiento
no siente la falsedad y disonancia que hace lo que enseña
con los principios de atrás. La segunda diferencia
de ingenio difinió Aristóteles diciendo: optimum
ingenium est illud quod omnia per se intelligit La cual diferencia
tiene la mesma proporción con las cosas que ha de
saber y entender que la vista corporal con las figuras y
colores. Si ésta es pura y muy delicada, en abriendo
el hombre los ojos dice cada cosa lo que es y atina el lugar
donde está y la diferencia que una hace a otra sin
que nadie se lo avise. Pero si es turbia y muy corta, aun
las cosas muy claras y patentes, teniéndolas delante
de sí, no las puede percibir sin tercero que se lo
diga. El hombre ingenioso, puesto en consideración,
que es abrir los ojos del entendimiento, con livianos discursos
entiende el ser de las cosas naturales, sus diferencias y
propiedades, y el fin para que fueron ordenadas. Pero, si
no tiene este género de habilidad, es necesario que
intervenga la diligencia del maestro, y en muchos no basta.
Esta diferencia de ingenio no admite la gente popular, ni
le parece que es posible. Y no va muy fuera de camino; porque,
como dijo Aristóteles, nemo est natura sapiens; como
si dijera: «ninguno nació enseñado ni hay en
los hombres sabiduría natural». Antes vemos por experiencia
que todos cuantos aprenden letras y las han aprendido hasta
el día de hoy tuvieron necesidad de maestro y preceptor
que los enseñase. Pródico fue maestro de Sócrates,
de quien dijo el oráculo de Apolo que era el hombre
más sabio del mundo; Sócrates enseñó
a Platón, cuyo ingenio fue tal, que mereció
por renombre el divino; Platón fue maestro de Aristóteles,
de quien dijo Cicerón: Aristóteles longe omnibus
praestans ingenio; y si en algunos se había de hallar
esta diferencia de ingenio era en estos ilustres varones.
Y pues ninguno de ellos la alcanzó, argumento es que
Naturaleza no la puede hacer. Sólo Adán (dicen
los teólogos) nació enseñado y con todas
las ciencias infusas, y él es el que las enseñó
a sus descendientes. Por donde tienen por cierto que no hay
dicho ni sentencia, en ningún género de sabiduría,
que no la haya dicho otro primero, conforme aquello: nihil
dictum quod non sit dictum prius. A esto se responde que
Aristóteles difinió el ingenio perfecto, tal
cual había de ser, aunque bien sabía que no
se podía hallar; como lo hizo Cicerón cuando
pintó un perfecto orador, del cual dijo que era imposible
hallarse, pero tanto ternía el hombre de perfecto
orador, cuanto más se allegare a esta pintura. Lo
mesmo pasa en esta diferencia de ingenio, que, aunque no
se puede alcanzar tan perfecta como Aristóteles la
imaginó, pero muchos hombres han nacido que llegaron
muy cerca de ella, inventando y diciendo lo que jamás
oyeron a sus maestros ni a otro ninguno; y muchas cosas que
les enseñaron falsas las supieron entender y confutar;
y otras verdaderas que les mostraron, se las alcanzaran ellos
por sí, venidos al vigor de su habilidad. A lo menos,
Galeno cuenta de sí que alcanzó esta diferencia
de ingenio, diciendo: siquidem ipse ea per me ipsum omnia
investigavi, ratione ipsa viam monstrante; quando si praeceptores
secutus fuissem, multos errores fecissem. Y si como Naturaleza
les dio el ingenio con principio, aumento, estado y declinación,
se lo diera todo junto de repente, aconteciera lo que dijo
Aristóteles; pero como se lo dio tan poco a poco,
tuvo necesidad Platón y Aristóteles, de maestro
que los industriase. Otra tercera diferencia de ingenio
se halla, no muy diferente de la pasada, con la cual dicen
los que la alcanzan (sin arte ni estudio) cosas tan delicadas,
tan verdaderas y prodigiosas, que jamás se vieron,
ni oyeron, ni escribieron, ni para siempre vinieron en consideración
de los hombres. Llámala Platón ingenium excellens
cum mania. Con ésta hablan los poetas dichos y sentencias
tan levantados, que, si no es por divina revelación
(dice Platón), no es posible alcanzarse; y, así,
dijo: res enim levis, volatilis atque sacra poeta est; nec
canere prius potest quam Deo plenus et extra se positus et
a mente alienatus sit; nam quamdiu mente quis valet, nec
fingere carmina nec dare oracula quaquam potest; non arte
igitur aliqua haec praeclara canunt quae tu de Homero refers,
sed arte divina. Esta tercera diferencia de ingenio que
añade Platón realmente se halla en los hombres,
y yo como testigo de vista lo puedo testificar y aun señalar
algunos con el dedo si fuere menester. Pero decir que sus
dichos y sentencias son revelaciones divinas, y no particular
naturaleza, es error claro y manifiesto; y no le está
bien a un filósofo tan grave como Platón ocurrir
a las causas universales sin buscar primero las particulares
con mucha diligencia y cuidado. Mejor lo hizo Aristóteles;
pues, buscando la razón y causa de hablar las Sibilas
de su tiempo cosas tan espantables, dijo: id non morbo nec
divino spiraculo, sed naturali intemperie accidit. La razón
de esto está muy clara en filosofía natural.
Porque todas las facultades que gobiernan al hombre (naturales,
vitales, animales y racionales) cada una pide particular
temperamento para hacer sus obras como conviene sin hacer
perjuicio a las demás. La virtud natural que cuece
los manjares en el estómago pide calor; la que apetece,
frialdad; la que retiene, sequedad; la que expele, humidad.
Cualquiera de estas facultades que tomare más grados
de aquella calidad con que obra, se hará más
robusta y fuerte hasta cierto punto, pero las demás,
lo han de pagar; porque parece cosa imposible que estando
todas cuatro virtudes juntas en un mesmo lugar, que crezca
la que pide calor y que no se enflaquezca la que obra con
frialdad; y, así, dijo Galeno que el estómago
caliente cuece mucho apetece mal, y el frío cuece
mal y apetece mucho. Lo mesmo pasa en el sentido y movimiento,
que son obras de la facultad animal. Las muchas fuerzas corporales
arguyen mucha tierra en los nervios y músculos, porque
sin dureza y sequedad no pueden obrar con firmeza. Por lo
contrario, tener buen sentido y vivo tacto es indicio que
los nervios están compuestos de partes aéreas,
sutiles y muy delicadas, y que su temperamento es caliente
y húmido. Pues ¿cómo es posible que en un mesmo
nervio suba el temperamento y compostura natural que piden
las fuerzas corporales y que no se altere la perfección
del tacto, siendo calidades contrarias? Lo cual se ve claramente
por experiencia: que siendo un hombre robusto y de muchas
fuerzas corporales, luego es torpe en el tacto; y en tiniendo
muy vivo tacto, es muy flojo en las fuerzas corporales.
La mesma cuenta y razón llevan las potencias racionales,
memoria, imaginativa y entendimiento. La memoria, para ser
buena y firme (como adelante probaremos), pide humidad y
que el celebro sea de gruesa sustancia; por lo contrario,
el entendimiento, que el celebro sea seco y compuesto de
partes sutiles y muy delicadas. Subiendo, pues, de punto
la memoria, forzosamente ha de bajar el entendimiento; y
si no, discurra el curioso lector y dé una vuelta
por los hombres que él ha visto y conocido de memoria
muy excesiva y hallará que en las obras que pertenecen
al entendimiento son casi furiosos. Lo mesmo pasa en la imaginativa
cuando sube de punto: que, en las obras que son de su jurisdicción,
engendra conceptos espantosos, cuales fueron aquellos que
admiraron a Platón, y cuando el hombre viene a obrar
con el entendimiento, lo pueden atar. De aquí se
entiende claramente que la sabiduría humana ha de
ser con moderación y templanza, y no con tanta desigualdad.
Y, así, Galeno tiene por hombres prudentísimos
a los templados, porque sapiunt ad sobrietatem. Demócrito
abderita fue uno de los mayores filósofos naturales
y morales que hubo en su tiempo, aunque Platón dice
que supo más de lo natural que de lo divino; el cual
vino a tanta pujanza de entendimiento allá en la vejez,
que se le perdió la imaginativa, por la cual razón
comenzó a hacer y decir dichos y sentencias tan fuera
de términos, que toda la ciudad de Abderas le tuvo
por loco. Para cuyo remedio despacharon apriesa un correo
a la isla de Coy, donde Hipócrates habitaba, pidiéndole
con gran instancia, y ofreciéndole muchos dones, viniese
con gran brevedad a curar a Demócrito, que había
perdido el juicio. Lo cual hizo Hipócrates de muy
buena gana, porque tenía deseo de ver y comunicar
un hombre de cuya sabiduría tantas grandezas se contaban.
Y, así, se partió luego; y llegando al lugar
donde habitaba, que era un yermo debajo de un plátano,
comenzó a razonar con él. Y haciéndole
las preguntas que convenían para descubrir la falta
que tenía en la parte racional, halló que era
el hombre más sabio que había en el mundo.
Y, así, dijo a los que lo habían traído
que ellos eran los locos y desatinados, pues tal juicio habían
hecho de un hombre tan prudente. Y fue la ventura de Demócrito
que todo cuanto razonó con Hipócrates en aquel
breve tiempo fueron discursos del entendimiento y no de la
imaginativa, donde tenía la lesión.
 Capítulo II [1594]
Donde se declara las diferencias que hay de hombres inhábiles
para las ciencias
Una de las mayores injurias que al hombre
le pueden hacer de palabra, estando ya en edad de discreción
(dice Aristóteles), es llamarle falto de ingenio.
Porque toda su honra y nobleza (dice Cicerón) es tener
ingenio y ser bien hablado: ut hominis decus est ingenium,
sic ingenii lumen est eloquentia. En sólo esto se
diferencia de los brutos animales y tiene semejanza con Dios,
que es la mayor grandeza que en su naturaleza pudo alcanzar.
Por lo contrario, el que partió sin ingenio, ningún
género de letras puede aprender; y donde no hay sabiduría
(dice Platón) no puede haber felicidad ni honra que
sea verdadera; antes dice el Sabio: stultus natus est in
ignominiam suam; porque forzosamente se ha de contar en el
número de los brutos animales y estimarse por tal,
puesto caso que en los demás bienes, así naturales
como de fortuna, sea hermoso, gentil hombre, rico, bien nacido,
y en dignidad rey o emperador. Esto se deja entender claramente
considerando el estado tan feliz y honroso que el primer
hombre tenía antes que perdiese el ingenio con que
fue criado, y cuál quedó después sin
sabiduría: Homo cum in honore esset, non intellexit:
comparatus est iumentis insipientibus, et similis factus
est illis. Y es de advertir que no se contentó la
Escritura divina con apodarle a los brutos animales de cualquiera
manera, sino a los insipientes; acordándose que en
otra parte había loado la prudencia y saber de la
serpiente y hormiga, con los cuales, aunque brutos, no tiene
que ver el hombre sin ingenio. Atento, pues, a esta injuria
tan grande y al sentimiento que el hombre hace cuando oye
tal palabra, dijo el texto divino: qui dixerit fratri suo
raca, reus erit concilio; qui vero dixerit, fatue, reus erit
gehennae ignis; como si dijera: «el que con ira dijere a
su prójimo raca (que quiere decir hombre falto de
ingenio) será digno de concilio, pero si le dijere
tonto merecerá fuego eterno». Esta obra, cierto, ha
sido hasta aquí digna de juicio y de concilio, y que
haya andado por tantos tribunales examinada y requerida,
porque (fuera de otras muchas razones) en alguna manera se
ha dicho en ella al prójimo raca, aunque no con ira
ni con ánimo de injuriarle. Al que tenía grande
entendimiento le quitó la memoria; al de grande memoria,
el entendimiento; al de mucha imaginativa, el entendimiento
y memoria; al gran predicador, lo escolástico; al
grande escolástico, el púlpito; al positivo,
dijo que su facultad pertenecía a la memoria (de lo
cual se sintió grandemente); al grande abogado, que
no podía saber gobernar; todo esto, por la mayor parte.
Pero, porque a ninguno ha dicho fatue, no ha sido digna del
fuego. Ahora soy informado que algunos han leído
y releído muchas veces esta obra buscando el capítulo
propio de su ingenio y el género de letras en que
más habían de aprovechar; y no lo hallando,
redarguyeron el título de este libro de falso, y que
el autor prometía en él vanamente lo que no
pudo cumplir. Y no contentos con esto, dijeron otras muchas
injurias, como si yo estuviera obligado a dar ingenio y capítulo
en esta obra a quien Dios y Naturaleza se lo quitó.
Dos preceptos pone el Sabio muy justos y racionales, y por
la mesma causa nos obliga a los guardar. El primero es: Non
respondeas stulto iuxta stultitiam suam, ne efficiaris ei
similis; como si dijera: «no respondas a las injurias que
el necio te hiciere, porque te harás semejante a él».
El segundo: Responde stulto iuxta stultitiam suam, ne sibi
sapiens esse videatur; como si dijera: «responde al necio
conforme a su necedad, porque no se tenga por sabio», y no
por injuriarlo, sino que no hay cosa más perjudicial
en la república que un necio con opinión de
sabio, mayormente si tiene algún mando y gobierno.
Y por lo que toca a este examen de ingenios que vamos tratando
es cierto que las letras y sabidurías, tanto cuanto
facilitan al hombre ingenioso para discurrir y filosofar,
tanto y mucho más entorpecen al nescio: compedes in
pedibus stulto doctrina, et quasi vincula manuum super manum
dexteram. Mucho mejor pasa el hombre inhábil sin letras
que con ellas; porque, no estando obligado a saber, con poco
discurso vive entre los hombres. Y que el arte y letras sean
grillos y cadenas para atar los nescios, y no para facilitarlos,
es cosa muy manifiesta en los que estudian en las Universidades,
entre los cuales hallaremos algunos que el primer año
saben más que el segundo, y el segundo más
que el tercero; de los cuales se suele decir que el primer
año son doctores, y el segundo licenciados, y el tercero
bachilleres, y el cuarto no saben nada. Y es la causa, como
dijo el Sabio, que los preceptos y reglas de las artes son
esposas y cadenas para el que no tiene ingenio. Por tanto,
sabiendo que muchos inhábiles han leído y leerán
esta obra con intento de buscar el ingenio y habilidad que
les cupo, me pareció (para cumplir con el precepto
del Sabio) que era bien declarar aquí las diferencias
de inhabilidad que hay en los hombres para las letras, y
con qué indicios se podrán conocer; para que,
venidos a buscar la manera de su ingenio, topen claramente
con las señales de su inhabilidad. Que es por lo que
dijo el Sabio: responde stulto; porque, despedidos de las
letras, por ventura buscarán otra manera de vivir
más acomodada a su ingenio, atento que no hay hombre
en el mundo, por rudo que sea, a quien no le diese Naturaleza
alguna habilidad para algo. Venidos, pues, al punto, es
de saber que a las tres diferencias de ingenio que pusimos
en el capítulo pasado, responden otros tres géneros
de inhabilidad. Unos hombres hay cuya ánima está
tan sepultada en las calidades materiales del cuerpo y tan
asida de las causas, que echan a perder la parte racional,
que para siempre quedan privados de poder engendrar ni parir
conceptos tocantes a letras y sabiduría. La inhabilidad
de éstos responde totalmente a los capados; porque,
así como hay hombres impotentes para engendrar por
faltarles los instrumentos de la generación, así
hay entendimientos capados y eunucos, fríos y maleficiados,
sin fuerzas ni calor natural para engendrar algún
concepto de sabiduría. Estos no pueden atinar a ciertos
principios que presuponen todas las artes en el ingenio del
que aprende antes que se comience la disciplina, de los cuales
no hay otra prueba ni demostración más que
recebirlos el ingenio por cosa notoria; y si la figura de
éstos no la pueden formar dentro de sí, es
la suma estulticia que para las ciencias se puede hallar,
porque impide totalmente la entrada por donde se han de enseñar.
Con éstos no hay que tratar ni quebrarse la cabeza
en enseñarlos, porque no bastan golpes, castigo, voces,
arte de enseñar, disciplina, ejemplos, tiempo, experiencia,
ni otros cualquiera despertadores, para meterlos en acuerdo
y hacerlos engendrar. Estos difieren muy poco de los brutos
animales y están siempre durmiendo aunque los vemos
velar; y, así, dijo el Sabio: cum dormiente loquitur
qui enarrat stulto sapientiam. Y es la comparación
muy delicada y a propósito, porque el sueño
y la necedad ambos nacen de un mesmo principio, que es la
mucha frialdad y humidad del celebro. Otro segundo género
de inhabilidad se halla en los hombres, no de tanta torpeza
como el pasado, porque conciben la figura de los primeros
principios y de ellos sacan algunas conclusiones, aunque
pocas y con mucho trabajo; pero no les dura la figura más
tiempo en la memoria de cuanto los maestros se la están
pintando y diciendo con muchos ejemplos y maneras de enseñar
acomodadas a su rudeza. Son como algunas mujeres que se empreñan
y paren; pero, en naciendo la criatura, luego se les muere.
Estos tienen el celebro muy aguanoso, por donde las figuras
no hallan pringue ni lentor aceitoso en que trabarse. Y,
así, enseñar a éstos no es más
que coger agua en cesto: cor fatui tanquam vas confractum,
et omnem sapientiam non tenebit. Otra tercera diferencia
de inhabilidad se halla muy ordinaria entre los hombres que
aprenden letras, que participa algo de ingenio. Porque concibe
dentro de sí la figura de los primeros principios
y de ellos saca muchas conclusiones, y las retiene y guarda
en la memoria; pero, al tiempo de poner cada cosa en su asiento
y lugar, hace mil disparates. Es como la mujer que se empreña
y pare un hijo a luz la cabeza donde han de estar los pies
y los ojos en el colodrillo. Hácese en este tercer
género de inhabilidad una maraña y confusión
de figuras en la memoria tan grande, que al tiempo que el
hombre quiere darse a entender no le bastan infinitas maneras
de hablar para recitar lo que ha concebido, porque no fue
otra cosa más que infinitos conceptos todos sueltos
y sin la trabazón que han de tener. Éstos son
los que en las Escuelas llaman confusos, cuyo celebro es
desigual, así en la sustancia como en el temperamento:
por unas partes es sutil y por otras grueso y destemplado;
y por ser heterogéneos, en un momento hablan cosas
de ingenio y habilidad, y en otro dicen mil disparates. Por
éstos, se dijo: tamquam domus exterminata sic fatuo
sapientia, et scientia insensati inenarrabilia verba. Otra
cuarta diferencia de inhabilidad he considerado entre los
hombres de letras, que ni estoy bien de llamarla inhabilidad,
ni menos ingenio. Porque los veo que conciben la doctrina
y la retienen con firmeza en la memoria, y asientan la figura
con la correspondencia de partes que ha de tener, y hablan
y obran muy bien cuando es menester; y pidiéndoles
el propter quid de aquello que saben y entienden, descubren
claramente que sus letras no son más que una aprehensión
de solos los términos y sentencias que contiene la
doctrina, sin entender ni saber el por qué y cómo
es así. De éstos, dijo Aristóteles que
son sicut quaedam inanimantia: faciunt quidem sed nescientia
faciunt ea quae faciunt, ut ignis comburit; sed inanimata
natura quadam horum singula faciunt. Como si dijera: «hay
unos hombres que hablan por instinto natural como brutos
animales, y dicen más de lo que saben y entienden
a manera de agentes inanimados, los cuales obran muy bien
sin entender los efectos que producen, como el fuego cuando
quema; y es la causa que los guía Naturaleza, y así
no pueden errar». Y pudiera Aristóteles compararlos
con algunos brutos animales en quien vemos y consideramos
muchas obras hechas con discreción y prudencia; y
pareciéndole a Aristóteles que en alguna manera
tienen conocimiento de lo que hacen, se pasó a los
agentes inanimados. Porque para él no son sabios ni
tienen ingenio los que obran, aunque sea muy bien, si no
saben reducir el efecto hasta la última causa. Esta
diferencia de inhabilidad, o de ingenio, quedara muy bien
probada si, como yo la he visto y conocido muchas veces,
la pudiera señalar con el dedo sin ofender a su dueño.
 Capítulo I [III de 1594]
Donde se prueba por un ejemplo que si el muchacho no tiene
el ingenio y habilidad que pide la ciencia que quiere estudiar,
por demás es oírla de buenos maestros, tener
muchos libros, ni trabajar en ellos toda la vida
Bien
pensaba Cicerón que para que su hijo Marco saliese,
en aquel género de letras que había escogido,
tal cual él deseaba, que bastaba enviarle a un Estudio
tan famoso y celebrado por el mundo como el de Atenas, y
que tuviese por maestro a Cratipo, el mayor filósofo
de aquellos tiempo, y tenerle en una ciudad tan populosa,
donde, por el gran concurso de gentes que allí acudían,
necesariamente habría muchos ejemplos y casos extraños
que le enseñasen por experiencia cosas tocantes a
las letras que aprendía. Pero con todas estas diligencias
y otras muchas más que como buen padre haría
(comprándole libros y escribiéndole otros de
su propia invención) cuentan los historiadores que
salió un gran nescio, con poca elocuencia y menos
filosofía. Cosa muy usada entre los hombres, pagar
el hijo la mucha sabiduría del padre. Realmente debió
de imaginar Cicerón que, aunque su hijo no hubiera
sacado de las manos de la naturaleza el ingenio y habilidad
que la elocuencia y filosofía pedían, que con
la buena industria de tal maestro y los muchos libros y ejemplos
de Atenas, y el continuo trabajar del mozo y esperar en el
tiempo, se enmendarían las faltas de su entendimiento.
Pero, en fin, vemos que se engañó; de lo cual
no me maravillo, porque tuvo muchos ejemplos a este propósito
que le animaron a pensar que lo mesmo podría acontecer
en su hijo. Y, así, cuenta el mesmo Cicerón
que Jenócrates era de ingenio muy rudo para el estudio
de la filosofía natural y moral (de quien dijo Platón
que tenía un discípulo que había menester
espuelas), y con la buena industria de tal maestro y con
el continuo trabajo de Jenócrates salió muy
gran filósofo. Lo mesmo escribe de Cleante, que era
tan estulto y mal razonado, que ningún maestro lo
quería recebir en su escuela; de lo cual corrido y
afrentado el mozo, trabajó tanto en las letras, que
le vinieron a llamar después el segundo Hércules
en sabiduría. No menos disparato pareció el
ingenio de Demóstenes para la elocuencia, pues de
muchacho ya grandecillo dicen que no sabía hablar;
y trabajando con cuidado en el arte y oyendo de buenos maestros,
salió el mayor orador del mundo. En especial cuenta
Cicerón que no podía pronunciar la erre, porque
era algo balbuciente, y con maña la vino después
tan bien a articular, como si jamás hubiera tenido
tal vicio. De donde tuvo origen el refrán que dice
ser el ingenio del hombre para las ciencias como quien juega
a los dados, que si en la pintas es desdichado, mostrándose
con arte a hincarlos en el tablero, viene a enmendar su mala
fortuna. Pero ningún ejemplo de estos que trae Cicerón
deja de tener muy conviniente respuesta en mi doctrina. Porque,
como adelante probaremos, hay rudeza en los muchachos que
arguye mayor ingenio en otra edad, que tener de niños
habilidad; antes es indicio de venir a ser hombres necios
comenzar luego a raciocinar y ser avisados. Porque si Cicerón
alcanzara las verdaderas señales con que se descubren
los ingenios en la primera edad, tuviera por buen indicio
ser Demóstenes rudo y tardo en el hablar, y tener
Jenócrates necesidad de espuelas cuando estudiaba.
Yo no quito al buen maestro, al arte y trabajo, su virtud
y fuerzas de cultivar los ingenios, así rudos como
hábiles. Pero lo que quiero decir es que, si el muchacho
no tiene de suyo el entendimiento preñado de los preceptos
y reglas determinadamente de aquel arte que quiere aprender,
y no de otra ninguna, que son vanas diligencias las que hizo
Cicerón con su hijo y las que hiciere cualquiera otro
padre con el suyo. Esta doctrina entenderán fácilmente
ser verdadera los que hubieren leído en Platón
que Sócrates era hijo de una partera (como él
mesmo lo cuenta de sí); y como su madre (aunque era
gran maestra de partería) no podía hacer parir
a la mujer que antes que viniese a sus manos no estaba preñada,
así él, usando el mesmo oficio de su madre,
no podía hacer parir ciencia a sus discípulos,
no tiniendo ellos de suyo el entendimiento preñado.
Tenía entendido que las ciencias eran como naturales
a solos los hombres que tenían ingenios acomodados
para ellas, y que en éstos acontecía lo que
vemos por experiencia en los que se han olvidado de lo que
antes sabían, que con sólo apuntarles una palabra,
por ella sacan todo lo demás. No tienen otro oficio
los maestros con sus discípulos (a lo que yo tengo
entendido) más que apuntarles la doctrina; porque
si tienen fecundo ingenio, con solo esto les hacen parir
admirables conceptos, y si no, atormentan a sí y a
los que los enseñan y jamás salen con lo que
pretenden. Yo a lo menos, si fuera maestro, antes que recibiera
en mi escuela ningún discípulo, había
de hacer con él muchas pruebas y experiencias para
descubrirle el ingenio; y si le hallara de buen natural para
la ciencia que yo profesaba, recibiérale de buena
gana, porque es gran contento para el que enseña instruir
a un hombre de buena habilidad; y si no, aconsejárale
que estudiase la ciencia que a su ingenio más le convenía.
Pero, entendido que para ningún género de letras
tenía disposición ni capacidad, dijérale
con amor y blandas palabras: «Hermano mío, vos no
tenéis remedio de ser hombre por el camino que habéis
escogido: por vida vuestra que no perdáis el tiempo
ni el trabajo y que busquéis otra manera de vivir
que no requiera tanta habilidad como las letras». Viene
la experiencia con esto tan clara, que vemos entrar en un
curso de cualquier ciencia gran número de discípulos
(siendo el maestro o muy bueno o muy ruin) y en fin de la
jornada unos salen de grande erudición, otros de mediana,
otros no han hecho más, en todo el curso, de perder
el tiempo, gastar su hacienda y quebrarse la cabeza sin provecho
ninguno. Yo no sé de dónde pueda nacer este
efecto, oyendo todos de un mesmo maestro y con igual diligencia
y cuidado, y por ventura los rudos trabajando más
que los hábiles. Y crece más la dificultad
viendo que los que son rudos en una ciencia tienen en otra
mucha habilidad, y los muy ingeniosos en un género
de letras, pasados a otras no las pueden comprender. Yo
a lo menos soy buen testigo en esta verdad. Porque entramos
tres compañeros a estudiar juntos latín, y
el uno lo aprendió con gran facilidad, y los demás
jamás pudieron componer una oración elegante.
Pero, pasados todos tres a dialéctica, el uno de los
que no pudieron aprender gramática salió en
las artes una águila caudal, y los otros dos no hablaron
palabra en todo el curso. Y venidos todos tres a oír
astrología, fue cosa digna de considerar que el que
no pudo aprender latín ni dialéctica, en pocos
días supo más que el propio maestro que nos
enseñaba, y a los demás jamás nos pudo
entrar. De donde espantado, comencé luego sobrello
a discurrir y filosofar, y hallé por mi cuenta que
cada ciencia pedía su ingenio determinado y particular,
y que sacado de allí no valía nada para las
demás letras. Y si esto es verdad, como lo es, y de
ello adelante haremos demostración, ¡oh quién
entrara hoy día en las escuelas de nuestros tiempos
haciendo cala y cata de los ingenios! ¡A cuántos trocara
las ciencias y cuántos echara al campo por estólidos
e imposibilitados para saber! ¡Y cuántos restituyera
de los que por tener corta fortuna están en viles
artes arrinconados, cuyos ingenios crió Naturaleza
sólo para letras! Mas, pues no se puede hacer ni remediar,
no hay sino pasar con ello. Esto que tengo dicho, a lo menos,
no se puede negar, sino que hay ingenios determinados para
una ciencia, los cuales para otra son disparatos. Y, por
tanto, conviene, antes que el muchacho se ponga a estudiar,
descubrirle la manera de su ingenio y ver cuál de
las ciencias viene bien con su habilidad, y hacerle que la
aprenda. Pero también se ha de considerar que no basta
lo dicho para que salga muy consumado letrado, sino que ha
de guardar otras condiciones no menos necesarias que tener
habilidad. Y así dice Hipócrates que el ingenio
del hombre tiene la mesma proporción con la ciencia
que la tierra con la semilla; la cual, aunque sea de suyo
fecunda y paniega, pero es menester cultivarla y mirar para
qué género de simiente tiene más disposición
natural. Porque no cualquiera tierra puede panificar con
cualquiera simiente sin distinción: unas llevan mejor
trigo que cebada, y otras mejor cebada que trigo, y del trigo
tierras hay que multiplican mucho candial y el trujillo no
lo pueden sufrir. Y no sólo con hacer esta distinción
se contenta el buen labrador; pero, después de haber
arado la tierra con buena sazón, aguarda tiempo conviniente
para sembrar, porque no en cualquier parte del año
se puede hacer; y después de nacido el pan, lo limpia
y escarda para que pueda crecer y dar adelante el fruto que
de la simiente se espera. Así, conviene que después
de sabida la ciencia que al hombre está mejor, que
la comience a estudiar en la primera edad, porque ésta
(dice Aristóteles) es la más aparejada de todas
para aprender. Aliende que la vida del hombre es muy corta,
y las artes largas y espaciosas; por donde es menester que
haya tiempo bastante para saberlas, y tiempo para poderlas
ejercitar y con ellas aprovechar la república. La
memoria de los muchachos dice Aristóteles que está
vacía, sin pintura ninguna, porque ha poco que nacieron,
y así cualquier cosa reciben con facilidad; no como
la memoria de los hombres mayores, que, llena de tantas cosas
como han visto en el largo discurso de su vida, no les cabe
más. Y por esto dijo Platón que delante de
los niños contemos siempre fábulas y enarraciones
honestas que inciten a obras de virtud, porque lo que en
esta edad aprenden jamás se les olvida. No como dijo
Galeno: «Que entonces se han de aprender las artes, cuando
nuestra naturaleza tiene todas las fuerzas que puede alcanzar».
Pero no tiene razón si no se distingue: el que ha
de aprender latín o cualquiera otra lengua halo de
hacer en la niñez, porque si aguarda a que el cuerpo
se endurezca y tome la perfección que ha de tener,
jamás saldrá con ella. En la segunda edad,
que es la adolescencia, se ha de trabajar en el arte de raciocinar,
porque ya se comienza a descubrir el entendimiento, el cual
tiene con la dialéctica la mesma proporción
que las trabas que echamos en los pies y manos de una mula
cerril, que, andando algunos días con ellas, toma
después cierta gracia en el andar; así nuestro
entendimiento, trabado con las reglas y preceptos de la dialéctica,
toma después en las ciencias y disputas un modo de
discurrir y raciocinar muy gracioso. Venida la juventud,
se pueden aprender todas las demás ciencias que pertenecen
al entendimiento, porque ya está bien descubierto.
Verdad es que Aristóteles saca la filosofía
natural, diciendo que el mozo no está dispuesto para
este género de letras, en lo cual parece que tiene
razón, por ser ciencia de más alta consideración
y prudencia que otra ninguna. Sabida ya la edad en que se
han de aprender las ciencias, conviene luego buscar un lugar
aparejado para ellas, donde no se trate otra cosa sino letras,
como son las Universidades. Pero ha de salir el muchacho
de casa de su padre, porque el regalo de la madre, de los
hermanos, parientes y amigos que no son de su profesión
es grande estorbo para aprender. Esto se ve claramente en
los estudiantes naturales de las villas y lugares donde hay
Universidades; ninguno de los cuales, si no es por gran maravilla,
jamás sale letrado. Y puédese remediar fácilmente
trocando las Universidades: los naturales de la ciudad de
Salamanca estudiar en la villa de Alcalá de Henares,
y los de Alcalá en Salamanca. Esto de salir el hombre
de su natural para ser valeroso y sabio, es de tanta importancia,
que ningún maestro hay en el mundo que tanto le pueda
enseñar, especialmente viéndose muchas veces
desamparado del favor y regalo de su patria. «Sal de tu tierra
(dijo Dios a Abrahán) y de entre tus parientes y de
casa de tu padre, y ven al lugar que yo te enseñaré,
en el cual engrandeceré tu nombre y te daré
mi bendición». Esto mesmo dice Dios a todos los hombres
que desean tener valor y sabiduría; porque, aunque
los puede bendecir en su natural, pero quiere que los hombres
se dispongan con aquel medio que Él ordenó,
y que no les venga la prudencia de gracia. Todo esto se entiende
supuesto que el hombre tenga buen ingenio y habilidad, porque
si no, quien bestia va a Roma, bestia torna: poco aprovecha
que el rudo vaya a estudiar a Salamanca, donde no hay cátedra
de entendimiento ni de prudencia, ni hombre que la enseñe.
La tercera diligencia es buscar maestro que tenga claridad
y método en el enseñar, y que su doctrina sea
buena y segura, no sofística ni de vanas consideraciones.
Porque todo lo que hace el discípulo, en tanto que
aprende, es creer todo lo que le propone el maestro, por
no tener discreción ni entero juicio para discernir
ni apartar lo falso de lo verdadero. Aunque esto es caso
fortuito, y no puesto en elección de los que aprenden,
venir en tiempo a estudiar que las Universidades tienen buenos
maestros o ruines. Como les aconteció a ciertos médicos
de quien cuenta Galeno que, teniéndoles ya convencidos
con muchas experiencias y razones que la práctica
que usaban era errada y en perjuicio de la salud de los hombres,
se les saltaron las lágrimas de los ojos, y en presencia
del mismo Galeno comenzaron a maldecir su hado y la mala
dicha que tuvieron en topar con ruines maestros al tiempo
que aprendieron. Verdad es que hay ingenios de discípulos
tan felices, que entienden luego las condiciones del maestro
y la doctrina que trae; y si es mala se la saben confutar,
y aprobar lo que dice bien. Estos tales mucho más
enseñan al maestro en cabo del año, que el
maestro a ellos; porque, dudando y preguntando agudamente,
le hacen saber y responder cosas tan delicadas, que jamás
las supo ni supiera si el discípulo, con la felicidad
de su ingenio, no se las apuntara. Pero los que esto pueden
hacer son uno, o dos cuando muchos; y los rudos son infinitos.
Y, así, es bien (ya que no se ha de hacer esta elección
y examen de ingenios para ciencias) que las Universidades
se provean siempre de buenos maestros, que tengan sana doctrina
y claro ingenio, para que a los ignorantes no enseñen
errores ni falsas proposiciones. La cuarta diligen |