 Capítulo II [IV de 1594]
Donde se declara que Naturaleza es la que hace al muchacho
hábil para aprender
Sentencia
es muy común y usada de los filósofos antiguos
diciendo: «Naturaleza es la que hace al hombre hábil
para aprender, y el arte con sus preceptos y reglas le facilita,
y el uso y experiencia que tiene de las cosas particulares
le hace poderoso para obrar». Pero ninguno ha dicho en particular
qué cosa sea esta Naturaleza, ni en que género
de causas se ha de poner: sólo afirmaron que, faltando
ella en el que aprende, vana cosa es el arte, la experiencia,
los maestros, los libros y el trabajo. La gente vulgar,
en viendo a un hombre de grande ingenio y habilidad, luego
señala a Dios por autor y no cura de otra causa ninguna,
antes tiene por vana imaginación todo lo que discrepa
de aquí. Pero los filósofos naturales burlan
de esta manera de hablar; porque, puesto caso que es piadosa
y contiene en sí religión y verdad, nace de
ignorar el orden y concierto, que puso Dios en las cosas
naturales el día que las crió; y por amparar
su ignorancia con seguridad y que nadie les pueda reprender
ni contradecir, afirman que todo es lo que Dios quiere, y
que ninguna cosa sucede que no nazca de su divina voluntad.
Y por ser esta tan gran verdad, son dignos de represión;
porque, así como no cualquiera pregunta dice Aristóteles
que se ha de hacer, de la mesma manera ni cualquiera respuesta,
aunque verdadera, se ha de dar. Estando un filósofo
natural razonando con un gramático, llegó a
ellos un hortelano curioso y les preguntó qué
podía ser la causa que haciendo él tantos regalos
a la tierra en cavarla, ararla, estercolarla y regarla, con
todo eso nunca llevaba de buena gana la hortaliza que en
ella sembraba, y las yerbas que ella producía de suyo
las hacía crecer con tanta facilidad. Respondió
el gramático que aquel efecto nacía de la divina
Providencia, y que así estaba ordenando para la buena
gobernación del mundo. De la cual respuesta se rió
el filósofo natural, viendo que se acogía a
Dios por no saber el discurso de las causas naturales ni
de qué manera producían sus efectos. El gramático,
viéndole reír, le preguntó si burlaba
de él, o de qué se reía. El filósofo
le dijo que no se reía de él, sino del maestro
que le había enseñado tan mal. Porque las cosas
que nacen de la Providencia divina (como son las obras sobrenaturales)
pertenece su conocimiento y solución a los metafísicos,
que ahora llaman teólogos; pero la cuestión
del hortelano es natural y pertenece a la jurisdicción
de los filósofos naturales, porque hay causas ordenadas
y manifiestas de donde tal efecto puede nacer. Y, así,
respondió el filósofo natural diciendo que
la tierra tiene la condición de la madrastra que mantiene
muy bien a los hijos que ella parió y quita el alimento
a los del marido; y así vemos que los suyos andan
gordos y lucidos, y los alnados, flacos y descoloridos. Las
yerbas que la tierra produce de suyo son nacidas de sus propias
entrañas y las que el hortelano le hace llevar por
fuerza son hijas de otra madre ajena, y así les quita
la virtud y alimento con que habían de crecer por
darlo a las yerbas que ella engendró. También
cuenta Hipócrates que, yendo a visitar a aquel gran
filósofo Demócrito, le dijo las locuras que
el vulgo decía de la Medicina; y eran que, viéndose
libres de la enfermedad, dicen que Dios los sanó,
y que si Él no quisiera, poco aprovechara la buena
industria del médico. Ella es tan antigua manera de
hablar y hanla reñido tantas veces los filósofos
naturales, que es por demás tratar de quitarla; ni
menos conviene, porque el vulgo, que ignora las causas particulares
de cualquier efecto, mejor responde y con más verdad
por la causa universal (que es Dios), que decir algún
disparate. Pero yo muchas veces me he puesto a considerar
la razón y causa de donde pueda nacer que la gente
vulgar sea tan amiga de atribuir todas las cosas a Dios,
quitarlas a Naturaleza y aborrecer los medios naturales.
Y no sé si la he podido atinar. A lo menos, bien se
deja entender que por no saber el vulgo qué efectos
se han de atribuir inmediatamente a Dios y cuáles
a Naturaleza, los hace hablar de aquella manera. Fuera de
que los hombres, por la mayor parte, son impacientes y amigos
que se cumpla presto lo que ellos desean; y como los medios
naturales son tan espaciosos y obran por discurso de tiempo,
no tienen paciencia para aguardarlos; y como saben que Dios
es omnipotente y que en un momento hace todo lo que quiere
y de ellos tienen muchos ejemplos, querrían que él
les diese salud como al paralítico, y sabiduría
como a Salomón, y riquezas como a Job, y que los librase
de sus enemigos como a David. La segunda causa es que los
hombres somos arrogantes y de vana estimación, muchos
de los cuales desean allá dentro de su pecho que Dios
les haga a ellos alguna merced particular, y que no sea por
la vía común (como es hacer salir el sol sobre
los justos y los malos, y llover para todos en general),
porque las mercedes en tanto son más estimadas en
cuanto se hacen con menos. Y por esta razón hemos
visto muchos hombres fingir milagros en las casas y lugares
de devoción; porque luego acuden las gentes a ellos
y los tienen en gran veneración, como personas con
quien Dios ha tenido cuenta particular; y si son pobres,
los favorecen con mucha limosna, y así algunos pican
en el interés. La tercera razón es ser los
hombres amigos de holgar; y estar dispuestas las causas naturales
por tal orden y concierto, que, para alcanzar sus efectos,
es menester trabajar. Y, por tanto, querrían que Dios
usase con ellos su omnipotencia y que sin sudar se cumpliesen
sus deseos. Dejo aparte la malicia de aquellos que pedían
a Dios milagros para tentar su omnipotencia y probar si los
podía hacer; y otros que, por vengar su corazón,
piden fuego del cielo y otros castigos de gran crueldad.
La última causa es ser mucha la gente religiosa y
amiga que Dios sea honrado y engrandecido, lo cual se consigue
mucho más con los milagros, que con los efectos naturales.
Pero el vulgo de los hombres no sabe que las obras sobrenaturales
y prodigiosas las hace Dios para mostrar a los que no lo
saben que es omnipotente, y que usa de ellas por argumento
para comprobar su doctrina, y que, faltando esta necesidad,
nunca jamás las hace. Esto bien se deja entender considerando
cómo ya no obra Dios aquellos hechos extraños
del Testamento nuevo y viejo; y es la razón haber
hecho ya de su parte todas las diligencias que convenían
para que los hombres no pretendiesen ignorancia. Y pensar
que ha de volver otra vez a hacer los mesmos argumentos y
tornar con nuevos milagros a comprobar de nuevo su doctrina
resucitando muertos, dando vista a los ciegos, sanando los
cojos y paralíticos, es un error muy grande; porque
de una vez enseña Dios lo que conviene a los hombres
y lo prueba con milagros, y no lo torna a repetir: semel
loquitur Deus, et secundo id ipsum non repetit. El indicio
de que yo más me aprovecho para descubrir si un hombre
no tiene el ingenio que es apropiado para la filosofía
natural es verle amigo de echar todas las cosas a milagro,
sin ninguna distinción; y por lo contrario, los que
no se contentan hasta saber la causa particular del efecto,
no hay que dudar de su buen ingenio. Estos bien saben que
hay efectos que inmediatamente se han de reducir a Dios,
como son los milagros, y otros a Naturaleza, que son aquellos
que tienen causas ordenadas de donde suelen nacer; pero hablando
de una manera y de la otra, siempre ponemos a Dios por autor.
Porque, cuando dijo Aristóteles Deus et natura nihil
faciunt frustra, no entendió que Naturaleza fuese
alguna causa universal con jurisdicción apartada de
Dios, sino que es nombre del orden y concierto que Dios tiene
puesto en la compostura del mundo para que sucedan las efectos
que son necesarios para su conservación. Porque de
la mesma manera se suele decir que el rey y el Derecho civil
no hacen agravio a nadie; en la cual manera de hablar ninguno
entiende que este nombre Derecho significa algún príncipe
que tenga jurisdicción apartada de la del rey, sino
que es un término que abraza con su significación
todas las leyes y ordenamiento real que el rey tiene hecho
para conservar en paz su república. Y así
como el rey tiene casos reservados para sí, los cuales
no pueden ser determinados por el Derecho por ser extraños
y graves, de la mesma manera dejó Dios reservados
para sí los efectos milagrosos, para la producción
de los cuales no dio orden ni poder a las causas naturales.
Pero aquí es de notar que el que los ha de conocer
por tales y diferenciarlos de las obras naturales ha de ser
gran filósofo natural y saber de cada efecto qué
causas ordenadas puede tener; y, con todo, no basta si la
Iglesia católica no los declara por tales. Y de la
manera que los letrados trabajan y estudian en leer el Derecho
civil y guardarlo en la memoria para saber y entender cuál
fue la voluntad del rey en la determinación de tal
caso, así nosotros, los filósofos naturales,
como letrados desta facultad, ponemos nuestro estudio en
saber el discurso y orden que Dios hizo el día que
crió el mundo, para contemplar y saber de qué
manera quiso que sucediesen las cosas y por qué razón.
Y así como sería cosa de reír si un
letrado alegase en sus escritos de bien probado que el rey
manda determinar el caso, sin mostrar la ley y razón
por donde lo dicide, así los filósofos naturales
se ríen de los que dicen «esta obra es de Dios», sin
señalar el orden y discurso de causas particulares
de donde pudo nacer. Y de la manera que el rey no quiere
escuchar cuando le piden que quebrante alguna ley justa,
o que haga determinar el caso fuera del orden judicial que
él tiene mandado guardar, así Dios no quiere
escuchar cuando alguno le pide milagros y hechos fuera del
orden natural sin necesidad. Porque aun el rey cada día
quita y pone leyes y muda el orden judicial, así por
la variedad de los tiempos como por ser el consejo del hombre
caduco, y no poder atinar de una vez a la rectitud y justicia.
Pero el orden natural de todo el universo, que llamamos Naturaleza,
desde que Dios crió el mundo no ha habido que añadir
ni quitar una jota; porque lo hizo con tanta providencia
y saber, que pedir que no se guarde aquel orden es poner
falta en sus obras. Volviendo, pues, a aquella sentencia
tan usada de los filósofos antiguos, Natura facit
habilem, es de entender que hay ingenios y habilidades que
Dios reparte entre los hombres fuera del orden natural, como
fue la sabiduría de los apóstoles, los cuales,
siendo rudos y torpes, fueron alumbrados milagrosamente y
llenos de ciencia y saber. De este género de habilidad
y sabiduría no se puede verificar Natura facit habilem;
porque esta es obra que inmediatamente se ha de reducir a
Dios, y no a Naturaleza. Lo mesmo se entiende de la sabiduría
de los profetas y de todos aquellos a quien Dios infundió
alguna gracia. Otro género de habilidad hay en los
hombres, que les nace de haberse engendrado con aquel orden
y concierto de causas que Dios ordenó para este fin;
y de esta suerte con verdad se dice Natura facit habilem.
Porque, como probaremos en el capítulo postrero de
esta obra, hay orden y concierto en las causas naturales,
que, si los padres al tiempo de engendrar tienen cuidado
de guardarle, saldrán todos sus hijos sabios sin que
falte ninguno. Pero, en el entretanto, esta significación
de Naturaleza es muy universal y confusa, y el entendimiento
no huelga ni descansa hasta saber el discurso particular
y la última causa. Y, así, es menester buscar
otra significación de este nombre, naturaleza, que
tenga a nuestro propósito más conveniencia.
Aristóteles y los demás filósofos naturales
descienden más en particular, y llaman naturaleza a cualquier forma substancial que da ser a la cosa y es principio
de todas sus obras. En la cual significación, nuestra
ánima racional con razón se llamará
Naturaleza, porque de ella recebimos el ser formal que tenemos
de hombres, y ella mesma es principio de cuanto hacemos y
obramos. Pero como todas las ánimas racionales sean
de igual perfección, así la del sabio como
la del nescio, no se puede afirmar que Naturaleza, en esta
significación, es la que hace al hombre hábil;
porque, si esto fuese verdad, todos los hombres ternían
igual ingenio y saber. Y, así, el mesmo Aristóteles
buscó otra significación de Naturaleza, la
cual es razón y causa de ser el hombre hábil
o inhábil, diciendo que el temperamento de las cuatro
calidades primeras (calor, frialdad, humidad y sequedad)
se ha de llamar naturaleza, porque de ésta nacen todas
las habilidades del hombre, todas las virtudes y vicios,
y esta gran variedad que vemos de ingenios. Y pruébase
claramente, considerando las edades de un hombre sapientísimo;
el cual en la puericia no es más que un bruto animal,
ni usa de otras potencias más que de la irascible
y concupiscible; pero, venida la adolescencia, comienza a
descubrir un ingenio admirable, y vemos que le dura hasta
cierto tiempo y no más, porque, viniendo la vejez,
cada día va perdiendo el ingenio, hasta que viene
a caducar. Esta variedad de ingenios, cierto es que [no]
nace del ánima racional, porque en todas las edades
es la mesma, sin haber recebido en sus fuerzas y substancia
ninguna alteración, sino que en cada edad tiene el
hombre vario temperamento y contraria disposición,
por razón de la cual hace el ánima unas obras
en la puericia y otras en la juventud y otras en la vejez.
De donde tomamos argumento evidente que, pues una mesma ánima
hace contrarias obras en un mesmo cuerpo por tener en cada
edad contrario temperamento, que cuando de dos muchachos
el uno es hábil y el otro nescio, que nace de tener
cada uno temperamento diferente del otro, al cual, por ser
principio de todas las obras del ánima racional, llamaron
los médicos y filósofos naturaleza. De la cual
significación se verifica propriamente aquella sentencia
Natura facit habilem. En confirmación de esta doctrina
escribió Galeno un libro probando que las costumbres
del ánima siguen el temperamento del cuerpo donde
está; y que, por razón del calor, frialdad,
humidad y sequedad de la región que habitan los hombres,
y de los manjares que comen, y de las aguas que beben y del
aire que respiran, unos son nescios y otros sabios, unos
valientes y otros cobardes, unos crueles y otros misericordiosos,
unos cerrados de pecho y otros abiertos, unos mentirosos
y otros verdaderos, unos traidores y otros leales, unos inquietos
y otros sosegados, unos doblados y otros sencillos, unos
escasos y otros liberales, unos vergonzosos y otros desvergonzados,
unos incrédulos y otros fáciles de persuadir.
Y para probar esto trae muchos lugares de Hipócrates,
Platón y Aristóteles, los cuales afirmaron
que la diferencia de las naciones, así en la compostura
del cuerpo como en las condiciones del ánima, nace
de la variedad de este temperamento. Y vese claramente por
experiencia cuánto disten los griegos de los escitas,
y los franceses de los españoles, y los indios de
los alemanes, y los de Etiopía de los ingleses. Y
no solamente se echa de ver en regiones tan apartadas; pero
si consideramos las provincias que rodean a toda España,
podemos repartir las virtudes y vicios, que hemos contado,
entre los moradores de ellas, dando a cada cual su vicio
y su virtud. Y si no, consideremos el ingenio y costumbres
de los catalanes, valencianos, murcianos, granadinos, andaluces,
extremeños, portugueses, gallegos, asturianos, montañeses,
vizcaínos, navarros, aragoneses, y los del riñón
de Castilla. ¿Quién no ve y conoce lo que estos difieren
entre sí, no sólo en la figura del rostro y
compostura del cuerpo, pero también en las virtudes
y vicios del ánima? Y todo nace de tener cada provincia
de éstas su particular y diferente temperamento. Y
no solamente se conoce esta variedad de costumbres en regiones
tan apartadas, pero aun en lugares que no distan más
que una pequeña legua, no se puede creer la diferencia
que hay de ingenios entre los moradores. Finalmente, todo
lo que escribe Galeno en su libro es el fundamento de esta
mi obra; aunque él no atinó en particular a
las diferencias de habilidad que tienen los hombres, ni a
las ciencias que cada una demanda en particular. Aunque bien
entendió que era necesario repartir las ciencias a
los muchachos y dar a cada uno la que pedía su habilidad
natural, pues dijo que las repúblicas bien ordenadas
habían de tener hombres de gran prudencia y saber
que, en la tierna edad, descubriesen a cada uno su ingenio
y solercia natural, para hacerle aprender el arte que le
convenía y no dejarlo a su elección.
 Capítulo V [1594]
Donde se declara lo mucho que puede el temperamento para
hacer al hombre prudente y de buenas costumbres
Considerando
Hipócrates la buena naturaleza de nuestra ánima
racional y el ser tan alterable y caduco del cuerpo humano
donde está, dijo una sentencia digna de tan grave
autor: anima quidem semper similis est, et in maiori et in
minori, non enim alteratur nec per naturam nec per necessitatem;
corpus autem numquam idem in ullo aliquo est, nec secundum
naturam nec ex necessitate; como si dijera: «nuestra ánima
racional siempre es la mesma por todo el discurso de la vida,
en la vejez y en la niñez, y siendo grandes y pequeños;
el cuerpo, por lo contrario, jamás está quedo
en un ser, ni hay manera para conservarlo». Y aunque algunos
médicos han trabajado en hacer arte para ello, ninguno
ha podido excusar con sus preceptos y reglas las alteraciones
de las edades: la puericia, caliente y húmida; la
adolescencia, templada; la juventud, caliente y seca; la
consistencia, templada en calor y frialdad, y destemplada
con sequedad; la vejez, fría y seca. Ni se puede impedir
que los cielos no muden el aire cada momento, ni que éste
haga en nuestro cuerpo tan varias impresiones. Por donde
tuvo entendido que para hacer un hombre prudentísimo,
no lo siendo, que no era menester alterar el ánima
racional ni mejorarle su naturaleza; porque (fuera de que
es imposible) ninguna cosa le faltó en su creación
para que por falta suya no pudiese hacer el hombre muy bien
las obras de su especie. Y, así, dijo: si ignis et
aqua in corpore temperamentum acceperint, fit anima sapientissima
et memoria valentissima praedita; si vero ignis superetur
ab aqua, fit tarda et stulta; como si dijera: «cuando los
cuatro elementos, agua y fuego especialmente, entran en la
composición del cuerpo humano en igual peso y medida,
se hace el ánima prudentísima y de muy gran
memoria; pero si el agua vence al fuego, queda tarda y estulta»;
y no por culpa suya, sino porque el instrumento con que ella
había de obrar estaba depravado. Lo cual visto por
Galeno, sacó por última conclusión que
todas las costumbres y habilidades del ánima sin falta
seguían el temperamento del cuerpo donde está.
Y, de camino, reprehende a los filósofos morales porque
no se dan a la medicina, siendo verdad que no solamente la
prudencia (que es el fundamento de todas las virtudes), pero
la justicia, fortaleza y temperancia, y sus vicios contrarios,
dependen del temperamento del cuerpo. Por tanto, dijo que
al médico pertenecía corromper los vicios del
hombre e introducir las virtudes contrarias; y, así,
hizo arte para corromper el vicio de la lujuria e introducir
la virtud de la castidad; y cómo el soberbio se hará
manso y tratable; y el avariento, liberal; y el cobarde,
valiente; y el nescio sabio, y prudente. Y todo el estudio
que pone es en alterar el cuerpo con medicinas y manjares
acomodados a cada vicio y virtud; y no cura del ánima
fundado en la opinión de Hipócrates, el cual
confiesa llanamente que el ánima no es alterable ni
tiene necesidad de virtud adquisita para hacer lo que ella
está obligada si le dan buen instrumento para ello.
Y, así, tiene por error poner las virtudes en el ánima
y no en los instrumentos del cuerpo con que ha de obrar.
Y con esto, le parece que es imposible adquirirse alguna
virtud que no nazca nuevo temperamento en el hombre. Pero
esta opinión es falsa y contra el común consentimiento
de los filósofos morales, los cuales afirman «que
las virtudes son hábitos espirituales sujetados en
el ánima racional». Porque cual es el accidente, tal
ha de ser el sujeto donde cae. Mayormente que, como el ánima
sea el agente y movedor, y el cuerpo el que ha de ser movido,
más a propósito caen las virtudes en el que
hace que en el que padece. Y si las virtudes y vicios fuesen
hábitos que dependieran del temperamento, seguirseía
que el hombre obraría como agente natural y no libre,
necesitado con el apetito bueno o malo que le señalase
el temperamento; y de esta manera las buenas obras no merecerían
ser premiadas ni las malas castigadas, conforme aquello:
in naturalibus nec meremur nec demeremur. Mayormente que
vemos muchos hombres virtuosos con temperamento malo y vicioso
que los inclina antes a pecar que a obrar conforme a virtud;
de quien se dijo: vir sapiens dominabitur astris. Y en lo
que toca a los hechos de la prudencia y habilidad, vemos
muchas obras imprudentes de hombres sapientísimos
y muy templados, y otras muy acertadas de quien no sabe tanto
ni tiene tan buena temperatura. Por donde se entiende que
la prudencia y sabiduría, y las demás virtudes
humanas, están en el ánima, y que no dependen
de la compostura y temperamento del cuerpo como pensaron
Hipócrates y Galeno. Pero, con todo eso, hace mucha
fuerza que estos dos graves médicos, y con ellos Aristóteles
y Platón, hayan dicho esta sentencia y que no digan
verdad. Por donde es de saber que las virtudes perfectas,
como las fingen los filósofos morales, son hábitos
espirituales sujetados en el ánima racional, cuyo
ser no depende del temperamento. Pero, con esto, es cierto
que no hay virtud ni vicio en el hombre (no se entiende de
las sobrenaturales, porque éstas no entran en esta
cuenta y razón) que no tenga su temperatura en los
miembros del cuerpo, que le ayude o desayude en sus obras,
a la cual, impropriamente, llaman los filósofos morales
vicio o virtud, viendo que ordinariamente los hombres no
tienen otras costumbres sino aquellas que apunta su temperamento.
Dije ordinariamente, porque muchos hombres tienen el ánima
llena de virtudes perfectas y en los miembros del cuerpo
no tienen temperamento que les ayude a hacer lo que el ánima
quiere, y con todo eso, por tener libre albedrío,
obran muy bien aunque con gran lucha y contienda; como es
aquello de san Pablo; condelector enim legi Dei secundum
interiorem hominem; video autem aliam legem in membris meis,
repugnatem legi mentis meae, et captivantem me in lege peccati
quae est in membris meis. Infielix ego homo! Quis me liberabit
de corpore mortis huius? Gratia Dei per Jesum Christum Dominum
nostrum. Igitur ego ipse mente servio legi Dei; carne autem
legi peccati. Por las cuales palabras, da a entender san
Pablo que sentía dentro de sí dos leyes contrarias:
una en el ánima, con la cual amaba la ley de Dios
y se holgaba con ella; y otra en los miembros de su cuerpo,
que le convidaba a pecar. Conforme a esto, bien parece que
a las virtudes que san Pablo tenía en el ánima
no le respondían las temperaturas en los miembros
del cuerpo que eran necesarias para obrar con suavidad y
sin contradicción de la carne. Su ánima quería
rezar y contemplar; y cuando iba al celebro con que lo había
de ejecutar, lo hallaba destemplado por frialdad y humidad,
que son dos calidades ordenadas para dormir, y con mucha
pesadumbre. Tales estaban aquellos tres discípulos
que acompañaron a Jesucristo en el huerto cuando oraba,
pues les dijo: spiritus quidem promptus est, caro autem infirma.
El ánima quería ayunar, y cuando iba al estómago
con lo que había de hacer, lo hallaba con mil desmayos
y con un apetito insaciable de comer. El ánima quería
que fuese casto y continente, y cuando iba a los instrumentos
de la generación, los hallaba con un fuego ardiente
inclinándolo a lo contrario. En tales disposiciones
como éstas, obran los virtuosos con gran dificultad,
y por esto se dijo: virtus versatur circa difficile. Pero
si el ánima, cuando quiere meditar, hallase el celebro
caliente y seco, que es disposición natural para velar;
y cuando quiere ayunar, hallase el estómago caliente
y seco, con la cual temperatura dice Galeno aborresce el
hombre el comer; y, si cuando quiere y ama la castidad, estuviesen
los testículos fríos y húmidos, todo
se lo hallaba hecho sin ninguna contradicción. Porque
la ley del ánima y la ley de los miembros del cuerpo,
ambas pedían una mesma cosa, y, así, obraría
el hombre con mucha suavidad. Por donde dijo bien Galeno
que al médico pertenecía hacer un hombre, de
vicioso, virtuoso; y que los filósofos morales hacían
mal en no aprovecharse de la medicina para conseguir el fin
de su arte, pues en alterar los miembros del cuerpo hacían
obrar a los virtuosos con suavidad. Lo que yo quisiera de
Galeno y de todos los filósofos morales es que, si
es verdad que a cada vicio y virtud de las que están
en el ánima responde en los miembros del cuerpo su
particular temperatura que le ayuda o desayuda para obrar,
que nos contaran todos los vicios del hombre y sus virtudes,
y nos dijeran en qué calidades corporales restribaba
cada una de ellas, para aplicarles la cura que cada una había
menester. Aristóteles bien entendió que la
buena temperatura hacía al hombre prudentísimo
y de buenas costumbres, y, así, dijo optima enim temperies
non solum corpori, verum intelligenti homini prodest. Pero
no declaró cuál era la mejor temperatura, antes
dijo que las costumbres del hombre se fundaban en sólo
calor y frialdad; y los médicos, especialmente Hipócrates
y Galeno, tienen por viciosas estas dos calidades, y aprueban
la templada donde el calor no excede a la frialdad ni la
humidad a la sequedad. Y, así, dijo Hipócrates:
quod humidissimum est in aqua et siccissimum igne, si in
corpore temperamentum acceperint, fit homo prudentissimus.
Pero muchos médicos han examinado esta temperatura
por la gran fama que tiene; y no responde tanto en la obra
como Hipócrates dice, antes les parece que son unos
hombres flojos y de poco brío, y en sus hechos no
muestran tanta prudencia y discreción como los destemplados:
tienen la condición muy blanda y suave, y no saben
hacer mal a nadie en dicho ni hecho, que es por donde parecen
muy virtuosos y sin pasiones de las que alteran el ánimo.
Estos médicos tienen por mala temperatura la templada,
porque afloja y desbarata la fortaleza de las potencias y
es causa que no obren como conviene; lo cual se ve claramente
en dos tiempos del año, verano y otoño, donde
el aire viene a templar y entonces vienen las enfermedades.
Y, así, se halla el cuerpo más sano, o con
mucho frío o con mucho calor, que con lo tépido
del verano. A estos médicos parece favorecer algo
la divina Escritura tratando de las costumbres del hombre:
utinam esses calidus aut frigidus; sed quia tepidus es, incipian
te vomere ex ore meo. Parece que se fundó en la doctrina
de Aristóteles, el cual tiene por opinión muy
verdadera que todas las costumbres activas del hombre restriban
en calor y frialdad, y no en lo tépido ni templado.
Pero holgara yo que Aristóteles nos dijera qué
virtud, qué calidad de éstas pide, y en qué
restriba su vicio contrario, para hacer las curas que dice
Galeno. Yo para mí tengo entendido que la frialdad
es la más importante para que el ánima racional
conserve sus virtudes en paz y que no haya en los miembros
del cuerpo quien le contradiga. Porque ninguna calidad (dice
Galeno) debilita tanto la concupiscible e irascible como
la frialdad, especialmente si está conjunta con la
sequedad, y estando debilitada y enferma la porción
inferior, las virtudes del ánima racional crecen a
palmos. Y si no, quiero poner delante al filósofo
moral un hombre lujurioso, gran comedor y bebedor, para que
me le cure según las reglas de su arte, y que le engendre
en su ánima hábito de castidad y temperancia,
y que obre con ellas con suavidad, sin que le introduzca
en los miembros de su cuerpo frialdad y sequedad y le corrompa
el calor y humidad demasiado que antes tenía. Y veamos
cómo lo hará. Cierto es que lo primero que
ha de hacer es afearle el vicio de la lujuria; y le contará
los males y daños que suele traer consigo, y el peligro
en que está su ánima si la muerte le arrebatase
sin haber hecho penitencia de sus pecados. Tras esto, le
aconsejaría el ayuno, el rezar y meditar, el poco
dormir, el acostarse en el suelo y vestido, la disciplina,
el apartarse de mujeres y ocuparse en obras pías;
todo lo cual se contiene en aquel aforismo de san Pablo:
castigo corpus meum et redigo in servitutem. Con estos remedios,
perseverando muchos días en ellos, se porná
el hombre flaco y amarillo y tan diferente del que solía
ser, que el que antes se perdía por mujeres y por
comer y beber, ahora le da pena y dolor oíllo mentar.
Viendo el filósofo moral al hombre vicioso con estas
señales, dirá, y con razón: «éste
ya tiene hábito de castidad y temperancia». Pero,
porque su arte no pasa de aquí, piensa que estas dos
virtudes han venido por los aires y asentándose en
el ánima racional sin haber pasado por el cuerpo.
Mas el médico, que sabe de dónde nace la flaqueza
y color amarillo, y cómo se introducen las virtudes
y corrompen los vicios, dirá que este hombre tiene
ya hábito de castidad y temperancia porque con aquellos
remedios se perdió el calor natural y en su lugar
sucedió frialdad. Y que todo aquel orden de vivir
sean causas refrigerantes, es cosa fácil de probar
discurriendo por cada una de ellas: El temor en que le puso
la reprehensión y consideración de las penas
infernales si moría en pecado mortal, es cierto que
mortifica el calor natural y pone el cuerpo frío;
y, así, pregunta Aristóteles: cur voce et manibus
et labro inferiori tremunt qui metuun? Ad quoniam hic affectus,
caloris defectio ex locis superioribus est, ex quo ut palleant
accidit. El ayuno también es una de las cosas que
más mortifica el calor natural y deja al hombre frío,
porque nuestra naturaleza (dice Galeno) se conserva con la
comida y bebida como la llama del candil con el aceite; y
tanto calor natural hay en el cuerpo humano cuanto es el
manjar que se ha cocido, y tanto alimento se ha de dar a
comer cuanto fuere el calor, y si damos menos en cantidad
luego se disminuye; por la cual razón manda Hipócrates
que a los niños no les hagamos ayunar, porque se resuelven
y consumen por falta de alimento. La disciplina, si es dolorosa
y con sangre, ¿quién no sabe que gasta y consume muchos
espíritus vitales y animales y que por la efusión
de la sangre pierde el hombre el pulso y el calor natural?
El sueño, dice Galeno, es una de las cosas que más
fortifica el calor natural, porque por él se entra
a las cavidades del cuerpo y fortifica las virtudes naturales,
y, así, cuece el manjar y lo convierte en nuestra
sustancia y con la vigilia se corrompe y endurece. Y es la
causa que el sueño calienta las partes interiores
y enfría las exteriores; y por lo contrario, la vigilia
enfría estómago, hígado y corazón
(que es con lo que vivimos) y calienta las partes exteriores,
que es lo más innoble del cuerpo y de lo que menos
nos aprovechamos. De manera que el que se quita el sueño
forzosamente ha de padecer muchas enfermedades frías.
Del «dormir en el suelo, y comer no más que una vez,
y andar mal vestido», dijo Hipócrates que gastaba
la carne y la sangre, donde reside el calor natural: semel
tantum cibum sumere, duriter cubare, nudusque ambulare. Y
dando Galeno la razón por qué la cama dura
enflaquece y consume las carnes, dice que, solicitado el
cuerpo con el dolor, no le deja dormir, y dando muchas vueltas
comprime por todas partes las carnes y así no las
deja crecer. Y cuánto calor se pierda gastando las
carnes, dícelo el mesmo Hipócrates enseñando
cómo se hará el hombre prudente: conducit ad
sapientiam ut minime carnosi sint, nam ad carnis bonam habitudinem
ardoris inflammationem fieri necesse est; como si dijera:
«conviene para la sabiduría que los hombres no tengan
muchas carnes, porque su temperamento es muy caliente»; y
esta calidad echa a perder la prudencia. El rezar y meditar
se hace subiendo el calor a la cabeza, por cuya ausencia
quedan las demás partes del cuerpo frías; y
si es con mucha atención, se viene a perder el sentido
del tacto, del cual dijo Aristóteles que era necesario
para la vida de los animales, y los demás sentidos
servían de ornamento y perfección, porque sin
gusto, olfato, vista y oído vemos que se puede vivir.
Mas estando el ánima elevada en alguna profunda contemplación,
no envía la facultad animal a las partes del cuerpo,
sin la cual ni los oídos pueden oír, ni los
ojos ver, ni las narices oler, ni el gusto gastar, ni el
tacto tocar; por donde ni sienten frío los que están
meditando, ni calor, ni hambre, sed, ni cansancio. Y siendo
el tacto la centinela que descubre al hombre quién
es el que le hace bien o mal, no se puede aprovechar de él;
y así, estando helado de frío, o abrasándose
de calor, o muerto de hambre, pasa por ello sin sentirlo,
porque no hay quien le avise. En esta disposición,
dice Hipócrates que el ánima no hace lo que
está obligada, pues siendo su oficio animar el cuerpo
y darle sentido y movimiento, lo deja desamparado: quicumque
dolentes parte aliqua corpopis, omnino dolorem non sentiunt,
iis mens aegrotat. Pero la peor disposición que se
halla en los hombres de letras y en los demás que
se dan a meditación, es la flaqueza de estómago,
que siempre cuece el manjar sin calor natural, por estar
ordinariamente en la cabeza; y así, está lleno
de crudezas y flemas. Por donde, Cornelio Celso encomienda
que a los hombres que se dan a letras les confortemos el
estómago más que otra parte ninguna. De manera
que el rezar, contemplar y meditar enfría y deseca
el cuerpo y lo hace melancólico. Y, así, dijo
Aristóteles: cur homines qui ingenio claruerunt, vel
in studiis philosophiae, vel in republica administranda,
vel in carmine pangendo, vel in artibus exercendis, melancholicos
omnes fuisse videantur? El apartarse de mujeres (teniendo
antes su conversación) cuánto enfríe
el cuerpo, y cuántas alteraciones nuevas nazcan en
el continente, pruébalo Galeno por muchas experiencias
que vio y notó. Especialmente cuenta lo que aconteció
a un amigo suyo, después de viudo: que se le quitó
luego la gana de comer y no podía digerir una yema
de huevo; y si porfiaba a comer como solía, lo vomitaba
luego; y con esto andaba triste y melancólico. Al
cual le aconsejó que se casase si quería tener
salud; y, así, dice: hic quam celerrime liberatus
est, ad pristinam consuetudinem reversus. De los cantores
cuenta el mesmo Galeno que, sabiendo por experiencia la gran
correspondencia que tienen testículos con la garganta,
y que tratar con mujeres les echaba a perder la voz, se hacían
continentes por fuerza, por no perder el comer y salario
que por su música les daban; y con esto (dice Galeno)
tenían los instrumentos de la generación tan
pequeños, fríos y rugosos, como si fueran viejos.
Al revés de los lujuriosos; cuyas partes por ser muy
ejercitadas y usadas, son muy crecidas, los vasos seminarios
muy anchos y patentes, a los cuales acude gran copia de sangre
y calor natura. Porque, como dice Platón: ignavia
quidem exsolvit, proprii autem officii exercitatio robus
augere, solet; como si dijera: «ejercitar las partes del
cuerpo les hace cobrar más fuerzas, y el no usar de
ellas las debilita». Y así, es cierto que en cada
acto lujurioso se fortifican más los miembros genitales
y quedan más poderosos y codiciosos para volver otra
vez a la obra; y cada vez que el hombre resiste a la carne,
queda más frío y con menos fuerzas para aquel
acto. De donde concluyó que el casto y continente,
hecho por este camino, viene a parar a frialdad habitual,
con la cual obra tan sin pena ni contradicción como
el viejo y como el que nació frío de su propria
naturaleza y como el capado. Y, así, los que desean
ser continentes y que no les irrite la carne, temiendo su
mucha flaqueza, usan de medicinas frías y de cosas
que gasten y consuman la simiente y la pongan fría;
por quien se puede entender: beati qui se castraverunt propter
regnum Dei. Todo esto que hemos dicho y probado de la lujuria
y castidad, se ha de entender de las demás virtudes
y vicios. Porque cada uno tiene su particular temperamento
de calor y frialdad, y en el modo de sustancia que cada miembro
adquiere, y por la intensión o remisión de
estas dos calidades. Dije de calor y frialdad, porque ninguna
virtud ni vicio se funda en humidad ni sequedad. Porque,
según la opinión de Aristóteles, estas
dos calidades son pasivas, y el calor y frialdad activas;
y, así, dijo: mores enim condit calidum aut frigidum,
omnium maxime quae in nostro corpore habentur. Y, con su
sentencia, responde a la Escritura cuando dijo: utinam frigidus
esses, aut calidus, sed quia tepidus es et nec frigidus nec
calidus incipiam te vomere ex ore meo. La razón de
esto restriba en que no se hallan hombres templados en el
punto de perfección que se requiere para fundar las
virtudes. Así, escogió la Escritura (y el Filósofo)
al calor y frialdad; por no haber otras calidades para asentar
las virtudes. Aunque con su contrapeso; porque, puesto caso
que a frialdad y calor responden muchas virtudes, también
son fuente de muchos vicios, y, así, por maravilla
no hay hombre malo en quien no se hallen algunas virtudes
naturales, ni tan virtuoso que no tenga algún vicio.
Pero la calidad con que se halla mejor el ánima racional
es la frialdad del cuerpo. Esto se probará claramente
discurriendo por todas las edades del hombre: puericia, adolescencia,
juventud, edad perfecta y vejez; donde hallaremos que, por
tener cada edad su particular temperamento, en unas es vicioso
y en otras virtuoso, en unas es imprudente y en otras sabio.
La puericia no es más que un temperamento caliente
y húmido, en el cual (dice Platón) está
el ánima racional ahogada, sin poder usar de su entendimiento
y voluntad y libre albedrío, hasta que con el discurso
del tiempo pasa a otra edad y adquiere nuevo temperamento.
Las virtudes de la niñez son muchas, y pocos los vicios.
Los niños, dice Platón, son admirativos, del
cual principio nacen todas las ciencias; lo segundo son disciplinables,
blandos y tiernos para introducirles cualquiera virtud; lo
tercero son temerosos y vergonzosos, que es el fundamento
(dice Platón) de la temperancia; lo cuarto tienen
credulidad y son fáciles de persuadir; son caritativos,
liberales, castos y humildes; simples y no maliciosos. Atento
a las cuales virtudes; dijo Jesucristo a sus discípulos:
nisi efficiamini sicut parvulus iste, non intrabitis in regnum
caelorum. De qué edad fuese este niño que Dios
les mostró, no se puede saber. Pero Hipócrates
divide la puericia en tres o cuatro partes; y porque dende
un año hasta catorce van tomando siempre muchos humores
y diversos temperamentos, así padecen muchas enfermedades,
y por la mesma razón responden al ánima diferentes
virtudes y vicios. En lo cual restribando, Platón
comienza a instruir a un niño desde el primer año,
aunque no sepa hablar, enseñando al ama que lo cría
cómo le entenderá (por el llorar, reír
y callar) sus virtudes y vicios, y cómo se los corregirá.
Las virtudes de esta edad dice la Escritura que tenía
Saúl cuando fue elegido por rey: puer erat unius anni
Saul quando coepit regnare. Por donde parece que Dios hace
la mesma partición que Hipócrates señalando
por años las virtudes de la puericia. El adolescencia
es la segunda edad del hombre; y cuéntase desde catorce
años hasta veinte y cinco. La cual, según la
opinión de los médicos, no es caliente, fría,
húmida ni seca, sino en medio de estas calidades,
templada. Con esta temperatura, están los instrumentos
del cuerpo como el ánima los ha menester para todo
género de virtud, especialmente para la prudencia;
y, así, dijo Hipócrates: quod humidissimum
est in igne, et siccissimum in aqua, si in corpore tamperamentum
acceperint, anima est sapientissima et memoria valentissima
praedita. Las virtudes que dijimos de la puericia parecen
obras hechas con sólo instinto natural, como las hacen
las hormigas serpientes y abejas, sin discurso racional;
pero las de la adolescencia van hechas ya con discreción
y prudencia, y así entiende el adolescente lo que
hace y a qué propósito, y conociendo el fin,
dispone los medios para conseguirlo. Cuando la Escritura
dijo sensus et cogitatio hominis prona est ab adolescentia
sua ad malum se puede entender exclusive, sacando la puericia
y el adolescencia; que son las edades donde el hombre es
más virtuoso. La tercera edad es la juventud, que
se cuenta de veinte y cinco años hasta treinta y cinco.
Su temperamento es caliente y seco; del cual dijo Hipócrates:
cum aqua superatur ab igne, fit anima insana et furiosa.
Y así lo muestra la experiencia; porque no hay maldad
de que no esté tentado el hombre en esta edad: ira,
gula, lujuria, soberbia, homicidios, adulterios, robos, temeridades,
rapiña, audacia, enemistad, engaños, mentiras,
bandos, disensiones, venganzas, odios, injuria y protervia.
En la cual edad viéndose David, dijo: Domine, ne revoces
me in dimidio dierum meorum, porque la juventud está
en medio de las cinco edades del hombre, puericia, adolescencia,
juventud, edad perfecta y vejez. Y es tan malo el hombre
en ella, que dijo Salomón: tria sunt difficilia mihi,
et quartum penitus ignoro: viam aquilae in coelo, viam colubris
super petram, viam navis in medio mari, et viam viri in adolescentia.
Toma en este lugar adolescencia por juventud. De todo esto,
cierto es que tiene alguna excusa de la culpa el ánima,
pues es la mesma por todo el discurso de las edades, y tan
perfecta como Dios la crió al principio, si no por
los varios temperamentos que el cuerpo adquiere en cada edad;
y porque en la juventud está el cuerpo más
destemplado, por esto obra el ánima con más
dificultad las obras virtuosas y con más facilidad
las viciosas. Esto es, a la letra, lo que dijo la Sabiduría:
Puer eram ingeniosus et sortitus sum animam bonam; et cum
essem magis bonus, veni ad corpus coinquinatum, et inveni
quod aliter homo continens esse non potest nisi Deus det;
como si dijera: «A mí me dieron buena ánima,
y de niño era muy ingenioso; y siendo más bueno
(entiéndese en el adolescencia) vine después
a un cuerpo tan sucio y destemplado cual está en la
juventud, y hallé por mi cuenta que el hombre no podía
tener castidad y continencia si Dios no se la daba». Por
tanto, viéndose David fuera de tan mala edad, y acordándose
de lo que en ella había pasado, dijo: delicta juventutis
meae et ignorantias meas ne memineris. En la cuarta edad,
que es de consistencia, torna el hombre a templarse en la
aposición de calor y frialdad; porque quien de mucho
calor baja a frialdad, forzosamente ha de pasar por el medio.
Y con la sequedad que le quedó al cuerpo de la juventud,
se hace el ánima prudentísima. Por donde los
hombres que han vivido mal en la juventud dan las vueltas
notables que vemos, reconociendo la mala vida pasada y viviendo
de otra manera. Comienza esta edad dende treinta y cinco
años hasta cuarenta y cinco, en unos más y
en otros menos, conforme a la compostura y temperamento de
cada uno. La última edad del hombre es la vejez;
en la cual está el cuerpo frío y seco, y con
mil enfermedades y flaco: todas las potencias perdidas, sin
poder hacer lo que antes solían. Pero, con ser el
ánima racional la mesma que fue en la puericia, adolescencia,
juventud, consistencia y vejez, sin haber recibido ninguna
alteración que le debilitase sus potencias, venida
a esta última edad y con este temperamento frío
y seco, es prudentísima, justa, fuerte y con temperancia;
y aunque al hombre se han de atribuir estas obras, pero el
ánima es el primer movedor, conforme aquello: anima
est principium intelligendi. Todo el tiempo que el cuerpo
está poderoso, con fuertes facultades vitales, naturales
y animales, acuden muy pocas virtudes morales al hombre;
pero en perdiendo las fuerzas, luego el ánima crece
en virtudes. Parece que quiso sentir esto san Pablo cuando
dijo: virtus in infirmitate perficitur; como si dijera: «la
virtud y fuerzas del ánima racional se perficionan
cuando el cuerpo está enfermo». Y así parece,
porque en ninguna edad está el cuerpo más flaco
que en la vejez, ni el ánima más libre y suelta
para obrar conforme a razón. Pero con todo eso, cuenta
Aristóteles seis vicios que tienen los viejos por
razón de la frialdad que el hombre tiene en esta edad.
Lo primero son cobardes, porque el ánimo y valentía
consiste en el mucho calor y sangre del corazón, y
los viejos tienen poca y muy fría. Lo segundo son
avarientos, y guardan el dinero más de lo que es menester;
porque, estando ya en los postreros tercios de la vida y
que la razón les había de dictar que con poca
hacienda podrían pasar, entonces les crece más
la codicia, como si estuvieran en la niñez y considerando
que les restaba cinco edades por pasar y que era bien guardar
con qué comprar de comer. Lo tercero son sospechosos;
y no sé la razón por qué Aristóteles
lo llama vicio, siendo verdad que esto les nace de haber
visto por experiencia tantas maldades de los hombres, y acordándose
de los vicios y pecados que ellos propios cometieron en su
mocedad; y, así, viven siempre con recato, sabiendo
que hay poco que fiar de los hombres. Lo cuarto son de mala
esperanza y jamás piensan que los negocios han de
suceder bien; y de dos o tres fines que pueden tener, siempre
eligen el peor y aquél están esperando. Lo
quinto son desvergonzados; porque la vergüenza, dice
Aristóteles, pertenece a la sangre; y, como los viejos
carecen de este humor, no pueden ser vergonzosos. Lo sexto
son incrédulos: jamás piensan que les dicen
verdad, trayendo a la memoria los embustes y engaños
de los hombres y lo que han visto en el mundo en el largo
discurso de su vida. Las virtudes contrarias (dice Aristóteles)
tienen los mozos. Son animosos, liberales, jamás sospechan
mal, son de buena esperanza, vergonzosos, y fáciles
de persuadir y creer. Lo mesmo que hemos probado en las
edades del hombre pudiéramos demostrar en el sexo:
qué virtudes y vicios tiene el hombre, y cuáles
la mujer. Y por razón de los humores: sangre, cólera,
flema y melancolía. Y por razón de las regiones
y lugares particulares: en una provincia son los hombres
magnánimos y en otra pusilánimos, en una prudentes
y en otra imprudentes, en una verdaderos y en otra mentirosos,
como es aquello del Apóstol: cretenses semper mendaces,
malae bestiae ventris pigri. Y si discurrimos por las comidas
y bebidas, hallaremos que unas ayudan a la virtud y contradicen
al vicio, y otras favorecen al vicio y contradicen a la virtud,
pero de tal manera que el hombre quede libre para hacer lo
que quisiere, conforme aquello: apposuit tibi aquam et ignem:
ad quod volueris porrige manum tuam. Porque ningún
temperamento de éstos hay que (no quitando al hombre
su juicio) lo fuerce a nada, salvo a la irritación.
Y es de notar que, en la meditación y contemplación
de las cosas, adquiere el hombre nuevo temperamento sobre
el que tienen los miembros de su cuerpo. Porque, como adelante
probaremos, de tres potencias que tiene el hombre, memoria
entendimiento e imaginativa, sola la imaginativa (dice Aristóteles)
es libre para imaginar lo que quisiere. Y de las obras de
esta potencia (dicen Hipócrates y Galeno) andan siempre
asidos los espíritus vitales y sangre arterial; y
los echa a la parte que quiere; y donde acude este calor
natural queda la parte más poderosa para hacer su
obra, y las demás con menos fuerzas. Y, así,
aconseja Galeno a los cantores de la diosa Diana que no se
pongan a contemplar en mujeres, porque de sólo esto,
sin acto carnal, se les calientan los instrumentos de la
generación; y, éstos calientes, luego la voz
se pone áspera y ronca, porque como dijo Hipócrates:
tussis sedatio, tumor testium, et e contra. Y si alguno se
pone a considerar y meditar en la injuria que otro le ha
hecho, luego se sube el calor natural y toda la sangre al
corazón, y fortifica la facultad irascible y debilita
la racional; y si pasa la consideración a que Dios
manda perdonar las injurias y hacer bien a nuestros enemigos,
y al premio que da por ello, vase todo el calor natural y
sangre a la cabeza, y fortifica la facultad racional y debilita
la irascible. Y, así, estando en nuestra elección
fortificar con la imaginativa la potencia que quisiéremos,
con razón somos premiados cuando fortificamos la racional
y debilitamos la irascible, y con justa causa somos culpados
cuando fortificamos la irascible y debilitamos la racional.
De aquí se entiende claramente con cuánta
razón encomiendan los filósofos morales la
meditación y consideración de las cosas divinas,
pues con sola ella adquirimos el temperamento que el ánima
racional ha menester y debilitamos la porción inferior.
Pero una cosa no puedo callar antes que concluya con este
capítulo, y es que todos los actos de virtud puede
el hombre ejercitar sin haber en el cuerpo cómodo
temperamento, aunque con mucha dificultad y trabajo, si no
son los actos de prudencia. Porque, si un hombre salió
imprudente de las manos de Naturaleza, sólo Dios lo
puede remediar. Y lo mesmo se entiende de la justicia distributiva
y de todas las artes y ciencias que aprenden los hombres.
 Capítulo III [VI de 1594]
Donde se declara qué parte del cuerpo ha de estar
bien templada para que el muchacho tenga habilidad
Tiene
el cuerpo humano tanta variedad de partes y potencias (aplicadas
cada una para su fin), que no será fuera de propósito,
antes cosa necesaria, saber primero qué miembro ordenó
Naturaleza por instrumento principal para que el hombre fuese
sabio y prudente. Porque cierto es que no raciocinamos con
el pie, ni andamos con la cabeza, ni vemos con las narices,
ni oímos con los ojos; sino que cada una de estas
partes tiene su uso, y particular compostura para la obra
que ha de hacer. Antes que naciese Hipócrates y Platón,
estaba muy recebido entre los filósofos naturales
que el corazón era la parte principal donde residía
la facultad racional, y el instrumento con que nuestra ánima
hacía las obras de prudencia, solercia, memoria y
entendimiento; y así la divina Escritura, acomodándose
a la común manera de hablar de aquel tiempo, llama
en muchas partes corazón a la parte superior del hombre.
Pero venidos al mundo estos dos graves filósofos,
dieron a entender que era falsa aquella opinión y
probaron con muchas razones y experiencias que el celebro
era el asiento principal del ánima racional; y así
lo recibieron todos, si no fue Aristóteles, el cual,
con ánimo de contradecir en todo a Platón,
tornó a refrescar la opinión primera y con
argumentos tópicos hacerla probable. Cuál
sea la más verdadera sentencia ya no es tiempo de
ponerlo en cuestión, porque ningún filósofo
duda en esta era que el celebro es el instrumento que naturaleza
ordenó para que el hombre fuese sabio y prudente.
Sólo conviene explicar qué condiciones ha de
tener esta parte para que se pueda decir estar bien organizada
y que el muchacho, por esta razón, tenga buen ingenio
y habilidad. Cuatro condiciones ha de tener el celebro para
que el ánima racional pueda con él hacer cómodamente
las obras que son de entendimiento y prudencia. La primera
es buena compostura; la segunda, que sus partes estén
bien unidas; la tercera, que el calor no exceda a la frialdad,
ni la humidad a la sequedad; la cuarta, que la sustancia
esté compuesta de partes sutiles y muy delicadas.
En la buena composición se encierran otras cuatro
cosas. La primera es buena figura; la segunda, cantidad suficiente;
la tercera, que en el celebro haya cuatro ventrículos
distintos y apartados, cada uno puesto en su asiento y lugar:
la cuarta, que la capacidad de éstos no sea mayor
ni menor de lo que conviene a sus obras. La buena figura
del celebro arguye Galeno considerando por de fuera la forma
y compostura de la cabeza, la cual dice que sería
tal cual conviene tomando una bola de cera perfectamente
redonda, y apretándola livianamente por los lados:
quedaría de esta manera la frente y el colodrillo
con un poco de giba. De donde se sigue que tener el hombre
la frente muy llana y el colodrillo remachado, que no tiene
su celebro la figura que pide el ingenio y habilidad. La
cantidad de celebro que ha menester el ánima para
discurrir y raciocinar es cosa que espanta, porque entre
los brutos animales ninguno hay que tenga tantos sesos como
el hombre, de tal manera, que si juntásemos los que
se hallan en dos bueyes muy grandes, no igualarían
con los de un solo hombre por pequeño que fuese. Y
lo que es más de notar: que entre los brutos animales;
aquellos que se van llegando más a la prudencia y
discreción humana (como es la mona, la zorra y el
perro), éstos tienen mayor cantidad de celebro que
los otros, aunque en corpulencia sean mayores. Por donde
dijo Galeno que la cabeza pequeña era siempre viciosa
en el hombre, por tener falta de sesos; aunque también
afirmó que si la grande nacía de haber mucha
materia, y mal sazonada, al tiempo que Naturaleza la formó,
que es mal indicio, porque toda es huesos y carne, y muy
pocos sesos; como acontesce en las naranjas muy grandes,
que abiertas tienen poca medula y la cáscara muy canteruda.
Ninguna cosa ofende tanto el ánima racional, como
estar en un cuerpo cargado de huesos, de pringue y de carne.
Y, así, dijo Platón que las cabezas de los
hombres sabios ordinariamente eran flacas y se ofendían
fácilmente con cualquiera ocasión; y es la
causa que Naturaleza las hizo a teja vana con intento de
no ofender al ingenio cargándolas de mucha materia.
Y es tan verdadera esta doctrina de Platón, que, con
estar el estómago tan desviado del celebro, le viene
a ofender si está lleno de pringue y carne; en confirmación
de lo cual trae Galeno un refrán que dice: el vientre
grueso engendra grueso entendimiento. Y en esto no hay más
misterio de que el celebro y el estómago están
asidos y trabados con ciertos nervios por los cuales el uno
al otro se comunican sus daños. Y por el contrario,
siendo el estómago enjuto y descarnado, ayuda grandemente
al ingenio, como lo vemos en los famélicos y necesitados;
en la cual doctrina se pudo fundar Persio cuando dijo que
el vientre era el que daba ingenio al hombre. Pero lo que
más se ha de notar en este propósito es que
si las demás partes del cuerpo son gruesas y carnosas,
por donde el hombre viene a tener gran corpulencia, dice
Aristóteles que le echa a perder el ingenio. Por donde
estoy persuadido que si el hombre tiene gran cabeza aunque
haya sido la causa estar Naturaleza muy fuerte y por haber
tenido cantidad de materia bien sazonada, que no terná
tan buen ingenio como siendo moderada. Aristóteles
es de contraria opinión, preguntando qué es
la causa que el hombre es el más prudente de todos
los animales; a la cual duda responde que ningún animal
hay que tenga tan pequeña cabeza como el hombre, respecto
de su cuerpo; y entre los hombres, aquéllos (dice)
son más prudentes que tienen menor cabeza. Pero no
tiene razón; porque si él abriera la cabeza
de un hombre, y viera la cantidad de sesos que tiene, hallara
que dos caballos juntos no tienen tantos sesos como él.
Lo que yo he hallado por experiencia es que, en los hombres
pequeños de cuerpo, es mejor declinar la cabeza a
grande, y en los que son de mayor corpulencia, a pequeña;
y es la razón que de esta manera se halla la cantidad
moderada con la cual obra bien el ánima racional.
Fuera desto, son menester cuatro ventrículos en el
celebro para que el ánima racional pueda discurrir
y filosofar. El uno ha de estar colocado en el lado derecho
del celebro, y el segundo en el izquierdo, y el tercero en
el medio de estos dos, y el cuarto en la postrera parte del
celebro, como parece en esta figura. De qué sirvan
estos ventrículos y las capacidades anchas o angostas
al ánima racional, adelante lo diremos tratando de
las diferencias de ingenio que hay en el hombre. Pero también
no basta que el celebro tenga buena figura, cantidad suficiente,
y el número de ventrículos que hemos dicho
con su capacidad poca o mucha, sino que sus partes guarden
cierto género de continuidad y que no estén
divisas. Por la cual razón hemos visto, en las heridas
de la cabeza, unos hombres perder la memoria, otros el entendimiento
y otros la imaginación; y, puesto caso que después
de sanos volvió el celebro a juntarse, pero no a la
unión natural que él tenía de antes.
La tercera condición de las cuatro principales era
estar el celebro bien templado, con moderado calor y sin
exceso de las demás calidades; la cual disposición
dijimos atrás que se llamaba buena naturaleza, porque
es la que principalmente hace al hombre hábil, y la
contraria, inhábil. Pero la cuarta, que es tener
el celebro la sustancia o compostura de partes sutiles y
muy delicadas, dice Galeno que es la más importante
de todas; porque, quiriendo dar indicio de la buena compostura
del celebro, dice que el ingenio sutil es señal que
el celebro está hecho de partes sutiles y muy delicadas,
y si el entendimiento es tardo arguye gruesa sustancia; y
no hace mención del temperamento. Estas condiciones
ha de tener el celebro para que el ánima racional
pueda hacer con él sus razones y silogismos. Pero
hay de por medio una dificultad muy grande. Y es que si abrimos
la cabeza de cualquier bruto animal, hallaremos que su celebro
está compuesto de la misma forma y manera que el del
hombre, sin faltarle ninguna condición de las dichas.
Por donde se entiende que los brutos animales usan también
de prudencia y razón mediante la compostura de su
celebro, o que nuestra ánima racional no se aprovecha
de este miembro por instrumento para sus obras, lo cual no
se puede afirmar. A esta duda responde Galeno diciendo:
In animantium genere quod irrationale appellatur, nulla omnino
data ratio sit, sane dubium est. Nam etsi caret ea quae in
voce versatur, quam sermonem nominant, quae tamen animo concipitur,
quam ratiocinium dicunt, ejus fortasse particeps omne genus
animalium est, quamque aliis parcius aliis liberalius tributa
sit. Sed profecto quam caeteris animantibus homo sit hac
ipsa ratione praestantior, nemo est qui dubitet. Por estas
palabras da a entender Galeno, aunque con algún miedo,
que los brutos animales participan de razón, unos
más y otros menos, y dentro de su ánimo usan
de algunos silogismos y discursos, puesto caso que no lo
puedan explicar por palabras; y que la diferencia que les
hace el hombre consiste en ser más racional y usar
de prudencia con más perfección. También
el mesmo Galeno prueba con muchas experiencias y razones
que los asnos, siendo entre los brutos animales los más
nescios, alcanzan con su ingenio las cosas más sutiles
y delicadas que Platón y Aristóteles hallaron;
y así colige diciendo: Ergo tantum abest ut veteres
philosophos laudem tamquam amplum aliquid magnaeque subtilitatis
invenerint, quod idem ac diversum, unum ac non unum non solum
numero, sed etiam specie sit in audiendum, ut etiam ipsis
asinis, qui tamen omnium brutorum stupidissimi videntur,
hoc inesse natura dicam. Esto mesmo quiso sentir Aristóteles
cuando preguntó qué es la causa que el hombre
es el más prudente de todos los animales; y en otra
parte torna a preguntar qué es la razón que
el hombre es el más injusto de todos los animales.
Por donde da a entender lo mesmo que dijo Galeno: que la
diferencia que hay del hombre al bruto animal es la mesma
que se halla entre el hombre nescio y el sabio, no más
de por intensión. Ello cierto, no hay que dudar sino
que los brutos animales tienen memoria, imaginativa y otra
potencia que parece al entendimiento, como la mona retrae
al hombre. Y que su ánima se aproveche de la compostura
del celebro es cosa muy cierta; la cual, siendo buena y tal
cual conviene, hace sus obras muy bien y con mucha prudencia,
y si el celebro está mal organizado, las yerra. Y,
así, vemos que hay asnos que lo son propiamente en
el saber, y otros se hallan tan agudos y maliciosos, que
pasan de su especie. Y entre los caballos se hallan muchas
ruindades y virtudes, y unos más disciplinables que
otros; todo lo cual acontece por tener bien o mal organizado
el celebro. La razón y solución de esta duda
daremos luego en el capítulo que se sigue, porque
allí se torna a tocar esta materia. Otras partes
hay en el cuerpo de cuyo temperamento depende tanto el ingenio
como del celebro; de las cuales diremos en el postrer capítulo
de esta obra. Pero, fuera de ellas y del celebro, hay otra
sustancia en el cuerpo de quien se aprovecha el ánima
racional en sus obras; y así pide las tres postreras
calidades como el celebro, que son cantidad suficiente, delicada
sustancia y buen temperamento. Éstos son los espíritus
vitales y sangre arterial, los cuales andan vagando por todo
el cuerpo y están siempre asidos a la imaginación
y siguen su contemplación. El oficio de esta sustancia
espiritual es despertar las potencias del hombre y darles
fuerza y vigor para que puedan obrar. Conócese claramente
ser éste su uso considerando los movimientos de la
imaginativa y lo que sucede después en la obra. Porque
si el hombre se pone a imaginar en alguna afrenta que le
han hecho, luego acude la sangre arterial al corazón
y despierta la irascible, y le da calor y fuerzas para vengarse.
Si el hombre está contemplando en alguna mujer hermosa,
o está dando y tomando con la imaginación en
el acto venéreo, luego acuden estos espíritus
vitales a los miembros genitales y los levantan para la obra.
Lo mesmo acontesce cuando se nos acuerda de algún
manjar delicado y sabroso: luego desamparan todo el cuerpo
y acuden el estómago, y hinchen la boca de agua. Y
es tan veloz su movimiento, que si alguna mujer preñada
tiene antojo de cualquier manjar y está siempre imaginando
en él, vemos por experiencia que viene a mover si
de presto no se lo dan; y es la razón natural que
estos espíritus vitales, antes del antojo, y con la
nueva imaginación del manjar, viénense al estómago
a levantar el apetito; en el ínterin, si el útero
no tiene fuerte retentriz, no la puede sustentar, y así
la viene a mover. Entendiendo Galeno la condición
de estos espíritus vitales, aconseja a los médicos
que no den de comer a los enfermos estando los humores crudos
y por cocer; porque, en sintiendo que hay manjar en el estómago,
luego dejan lo que están haciendo y se vienen a él
para le ayudar. Este mesmo beneficio y ayuda recibe el celebro
de estos espíritus vitales cuando el ánima
racional quiere contemplar, entender, imaginar y hacer actos
de memoria; sin los cuales no puede obrar. Y de la manera
que la sustancia gruesa del celebro y su mal temperamento
echan a perder el ingenio, así los espíritus
vitales y sangre arterial, no siendo delicados y de buen
temperamento, impiden al hombre su discurso y raciocinio.
Por esto dijo Platón que la blandura y buen temperamento
del corazón hace el ingenio agudo y perspicaz (habiendo
probado atrás que el celebro y no el corazón
era el asiento principal del ánima racional); y es
la razón que estos espíritus vitales se engendran
en el corazón, y tal substancia y temperamento toman
cual le tenía el que los formó. De esta sangre
arterial se entiende lo que dijo Aristóteles: estar
bien compuestos los hombres que tienen la sangre caliente,
delicada y pura, porque juntamente son de buenas fuerzas
corporales y de ingenio muy acendrado. Y a estos espíritus
vitales llaman los médicos Naturaleza, porque son
instrumento principal con que el ánima racional hace
sus obras. Y de éstos también se puede verificar
aquella sentencia: Natura facit habilem.
 Capítulo IV [VII de 1594]
Donde se muestra que el ánima vegetativa, sensitiva
y racional son sabias sin ser enseñadas de nadie,
teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras
Tiene tanta fuerza el temperamento
de las cuatro calidades primeras (a quien atrás llamamos
Naturaleza) para que las plantas, los brutos animales y el
hombre acierten a hacer cada cual las obras que son proprias
de su especie, que si llega a estar en el punto perfecto
que puede tener, repentinamente, y sin que nadie les enseñe,
saben las plantas formar raíces en la tierra y por
ellas traer el alimento, retenerle, cocerle y expeler los
excrementos; y los brutos conocen luego en naciendo lo que
es conveniente a su naturaleza y huyen de lo que es malo
y nocivo. Y lo que más viene a espantar a los que
no saben filosofía natural es que el hombre, teniendo
el celebro bien templado y con la disposición que
alguna ciencia ha menester, repentinamente y sin jamás
haberla aprendido de nadie, dice y habla en ella cosas tan
delicadas, que no se pueden creer. Los filósofos
vulgares, viendo las obras maravillosas que hacen los brutos
animales, dicen que no hay que espantar, porque lo hacen
con instinto de naturaleza, la cual muestra y enseña
a cada uno en su especie lo que ha de hacer. Y en esto dicen
muy bien, porque ya hemos dicho y probado que Naturaleza no es otra cosa más que el temperamento de las cuatro
calidades primeras, y que éste es el maestro que enseña
a las ánimas cómo han de obrar. Pero ellos
llaman instinto de naturaleza a cierta maraña de cosas
que suben de las tejas arriba, y jamás lo han podido
explicar ni dar a entender. Los graves filósofos,
como son Hipócrates, Platón y Aristóteles,
reducen todas estas obras maravillosas al calor, frialdad,
humidad y sequedad; y esto toman por primer principio, y
no pasan de aquí. Y preguntando quién enseñó
a los brutos animales hacer las obras que nos espantan, y
a los hombres raciocinar, responde Hipócrates: Natura
omnium sine doctore; como si dijera: «las facultades, o el
temperamento en que consisten, todas son sabias sin haberlo
aprendido de nadie». Lo cual parece muy claro considerando
las obras del ánima vegetativa (y de todas las demás
que gobiernan al hombre): que si tiene un pedazo de simiente
humana, con buena temperatura, bien cocida y sazonada, hace
un cuerpo tan bien organizado y hermoso, que todos los entalladores
del mundo no lo sabrían contrahacer; en tanto que,
admirado Galeno de ver una fábrica tan maravillosa,
el número que tiene de partes, el asiento y figura,
el uso y oficio de cada una por sí, vino a decir que
no era posible que el ánima vegetativa ni el temperamento
supiesen hacer una obra tan extraña, sino que el autor
de ella era Dios o alguna inteligencia muy sabia. Pero esta
manera de hablar ya la dejamos reprobada atrás, porque
a los filósofos naturales no les está bien
reducir los efectos inmediatamente a Dios, dejando por contar
las causas intermedias; mayormente en este caso, donde vemos
por experiencia que si la simiente humana es de mala sustancia
y no tiene el temperamento que conviene, hace el ánima
vegetativa mil disparates. Porque, si es fría y húmida
más de lo que es menester, dice Hipócrates
que salen los hombres eunucos o hermafroditas; y si es muy
caliente y seca, dice Aristóteles que los hace hocicudos,
patituertos y las narices remachadas como son los de Etiopía;
y si es húmida, dice el mesmo Galeno que salen largos,
y desvaídos; y siendo seca, nacen pequeños
de cuerpo. Todo lo cual es gran fealdad en la especie humana,
y de tales obras no hay que loar a Naturaleza ni tenerla
por sabia. Y si Dios fuera el autor, ninguna destas calidades
le podía estorbar. Solos los primeros hombres que
hubo en el mundo dice Platón que los hizo Dios; pero
los demás nacieron por el discurso de las causas segundas,
las cuales, si están bien ordenadas, hace el ánima
vegetativa muy bien sus obras, y si no concurren como conviene,
produce mil disparates. Cuál será el buen
orden de naturaleza para este efecto: es tener el ánima
vegetativa buen temperamento. Y si no, responda Galeno y
todos los filósofos del mundo: ¿qué es la razón
que el ánima vegetativa tiene tanto saber y poder
en la primera edad del hombre (en formar el cuerpo, aumentarle
y nutrirle) y venida la vejez no puede hacer? Porque si al
viejo se le cae una muela, no hay remedio de tornarle a nacer;
y si al muchacho le faltan todas, vemos que Naturaleza las
torna a hacer. Pues ¿es posible que una ánima que
no ha hecho otra cosa, en todo el discurso de la vida, sino
traer el manjar, retenerlo, cocerle y expeler los excrementos
y reengendrar las partes que faltan, que al cabo de la vida
se le haya olvidado y que no lo pueda hacer? Cierto es que
responderá Galeno que ser sabia y poderosa el ánima
vegetativa en la niñez, que nace de tener mucho calor
y humidad natural, y en la vejez no lo puede hacer, ni sabe,
por la mucha frialdad y sequedad que tiene el cuerpo en esta
edad. También la sabiduría del ánima
sensitiva depende del temperamento del celebro; porque si
es tal cual sus obras le piden y han menester, las acierta
muy bien a hacer, y si no, también las yerra como
el ánima vegetativa. El medio que tuvo Galeno para
contemplar y conocer por vista de ojos la sabiduría
del ánima sensitiva fue tomar un cabrito luego en
naciendo; el cual, puesto en el suelo, comenzó a andar
como si le hubieran enseñado y dicho que las piernas
se habían hecho para tal uso; y tras esto, se sacudió
de la humidad superflua que sacó de la madre; y alzando
el pie, se rascó tras la oreja, y poniéndole
muchas escudillas delante con vino, agua, vinagre, aceite
y leche, después de haberlas olido todas, de sola
la leche comió. Lo cual visto por muchos filósofos
que a la sazón se hallaron presentes, a voces dijeron:
«¡Gran razón tuvo Hipócrates en decir que las
ánimas eran sabias sin haber tenido maestro!». Y no
sólo se contentó Galeno con esto; pero pasados
dos meses, lo sacó al campo muerto de hambre; y oliendo
muchas yerbas, de solas aquéllas comió que
las cabras suelen pacer. Pero, si como Galeno se puso a
contemplar las obras de este cabrito, lo hiciera entre tres
o cuatro juntos, viera que unos andaban mejor que otros,
se sacudían mejor, se rascaban mejor y hacían
mejor hechas las obras que hemos contado. Y si Galeno criara
dos potros, hijos de unos mesmos padres, viera que el uno
se hollaba con más gracia y donaire, corría
y paraba mejor, y tenía más fidelidad. Y Si
tomara un nido de halcones y los criara, hallara que el primero
era gran volador, el segundo gran cazador y el tercero goloso
y de malas costumbres. Lo mesmo hallara en los podencos y
galgos; que, siendo hijos de unos mesmos padres, al uno no
le faltaba más que hablar en la caza y al otro no
le imprime más que si fuera mastín de ganado.
Todo esto no se puede reducir a aquellos vanos instintos
de Naturaleza que fingen los filósofos. Porque, preguntando
por qué razón el un perro tiene más
instinto que el otro, siendo ambos de la mesma especie y
hijos de un mesmo padre, yo no sé qué podrían
responder, si no es acudir luego a su bordón, diciendo
que Dios le enseñó al uno más que al
otro y le dio más instinto natural. Y tornándoles
a repreguntar qué es la causa que este buen perro,
siendo mozo es un gran cazador y venida la vejez no tiene
tanta habilidad, y, por el contrario, de mozo no saber cazar
y de viejo ser astuto y mañoso, no sé qué
puedan responder. Yo, a lo menos, diría que ser el
perro más hábil para la caza que el otro nace
de tener mejor temperamento en el celebro; y otras veces
cazar bien de mozo y no poderlo hacer de viejo, que proviene
que en la una edad tiene el temperamento que requieren las
habilidades de la caza, y en la otra no. De donde se infiere
que, pues la temperatura de las cuatro calidades primeras
es la razón y causa por donde un bruto animal hace
mejor las obras de su especie que otro, que el temperamento
es el maestro que enseña al ánima sensitiva
lo que ha de hacer. Y si Galeno considerara las sendas y
caminos de la hormiga y contemplara su prudencia, su misericordia,
su justicia y gobernación, se le acabara el juicio,
viendo un animal tan pequeño con tanta sabiduría
sin tener preceptos ni maestro que le enseñase. Pero,
sabida la temperatura que la hormiga tiene en su celebro,
y viendo cuán apropiada es para la sabiduría
(como adelante se mostrará) cesará el admiración
y entenderemos que los brutos animales, con el temperamento
de su celebro y con las fantasmas que les entran por los
cinco sentidos, hacen los discursos y habilidades que les
notamos. Y entre los animales de una mesma especie, el que
fuere más disciplinable e ingenioso nace de tener
el celebro más bien templado; y si por alguna ocasión
o enfermedad se le alterase el buen temperamento del celebro,
perdería luego la prudencia y habilidad, como lo hace
el hombre. Del ánima racional es ahora la dificultad:
cómo ella también tiene instinto natural para
las obras de su especie, que son sabiduría y prudencia;
y cómo de repente, por razón del buen temperamento,
puede saber el hombre las ciencias sin haberlas oído
de nadie; pues nos muestra la experiencia que, si no se aprenden,
ninguno nace con ellas. Entre Platón y Aristóteles
hay una cuestión muy reñida sobre averiguar
la razón y causa de donde puede nacer la sabiduría
del hombre. El uno dice que nuestra ánima racional
es más antigua que el cuerpo; porque, antes que Naturaleza
le organizase, estaba ya ella en el cielo en compañía
de Dios, de donde salió llena de ciencia y sabiduría;
pero, entrando a informar la materia, por el mal temperamento
que en ella halló, las perdió todas, hasta
que andando el tiempo se vino a enmendar la mala temperatura,
y sucedió otra en su lugar, con la cual (por ser acomodada
a las ciencias que perdió) poco a poco vino a acordarse
de lo que ya tenía olvidado. Esta opinión es
falsa; y espántome yo de Platón, siendo tan
gran filósofo, que no supiese dar razón de
la sabiduría humana viendo que los brutos animales
tienen sus prudencias y habilidades naturales, sin que su
alma salga del cuerpo ni vaya al cielo a aprenderlas. Por
donde no carece de culpa, mayormente habiendo leído
en el Génesis, a quien él tanto crédito
daba, que Dios organizó primero el cuerpo de Adán,
antes que criase el ánima. Eso mesmo acontesce ahora,
salvo que Naturaleza engendra el cuerpo, y en la última
disposición cría Dios el ánima en el
mesmo cuerpo, sin estar fuera de él tiempo ni momento.
Aristóteles echó por otro camino, diciendo:
omnis doctrina omnisque disciplina ex praexistenti fit cognitione;
como si dijera: «todo cuanto saben y aprenden los hombres
nace de haberlo oído, visto, olido, gustado y palpado,
porque ninguna noticia puede haber en el entendimiento que
no haya pasado primero por alguno de los cinco sentidos».
Y, así, dijo que estas potencias salen de las manos
de Naturaleza «como una tabla rasa donde no hay pintura ninguna».
La cual opinión también es falsa como la de
Platón. Y para que mejor lo podamos dar a entender
y probar, es menester convenir primero con los filósofos
vulgares que en el cuerpo humano no hay más que un
ánima, y ésta es la racional, la cual es principio
de todo cuanto hacemos y obramos; puesto caso que en esto
hay opiniones y no falta en contrario quien defienda que
en compañía del ánima racional hay otras
dos o tres. Siendo, pues, así, en las obras que hace
el ánima racional como vegetativa, ya hemos probado
que sabe formar al hombre, y darle la figura que ha de tener;
y sabe traer el alimento, retenerle, cocerle y expeler los
excrementos; y si alguna parte falta en el cuerpo, la sabe
rehacer de nuevo y darle la compostura que ha de tener conforme
al uso. Y en las obras de sensitiva y motiva, sabe luego
el niño, en naciendo, mamar y menear los labios para
sacar la leche, y con tal maña, que ningún
hombre, por sabio que sea, lo acertara a hacer; y con esto
atina a las calidades que convienen a la conservación
de su naturaleza, y huye de lo que es nocivo y dañoso,
sabe llorar y reír sin haberlo aprendido de nadie.
Y si no, digan los filósofos vulgares quién
enseñó a los niños hacer estas obras,
o por qué sentido les vino. Bien sé que responderán
que Dios les dio aquel instinto natural, como a los brutos
animales; en lo cual no dicen mal, si el instinto natural
es lo mesmo que el temperamento. Las obras proprias del
ánima racional, que son entender, imaginar y hacer
actos de memoria, no las puede el hombre hacer luego en naciendo;
porque el temperamento de la niñez es muy disconveniente
para ella, y muy apropiado para la vegetativa y sensitiva;
como el de la vejez, que es apropriado para el ánima
racional y malo para la vegetativa y sensitiva. Y si, como
el temperamento que sirve a la prudencia se adquiere poco
a poco en el celebro, se pudiera juntar todo de repente,
de improviso supiera el hombre discurrir y filosofar mejor
que si en las escuelas lo hubiera aprendido; pero, como Naturaleza
no lo puede hacer sino por discurso de tiempo, así
va el hombre adquiriendo poco a poco la sabiduría.
Y que sea ésta la razón y causa, pruébase
claramente considerando que, después de ser un hombre
muy sabio, viene poco a poco a hacerse nescio, por ir cada
día (hacia la edad decrépita) adquiriendo otro
temperamento contrario. Yo para mí tengo entendido
que si como Naturaleza hace al hombre de simiente caliente
y húmida (que es el temperamento que enseña
a la vegetativa y sensitiva lo que ha de hacer) le formara
de simiente fría y seca, que en naciendo supiera luego
discurrir y raciocinar, y no atinara a mamar, por ser esta
temperatura disconveniente a tales obras. Pero, para que
se entienda por experiencia que si el celebro tiene el temperamento
que piden las ciencias naturales no es menester maestro que
nos enseñe, es necesario advertir en una cosa que
acontesce cada día. Y es que si el hombre cae en alguna
enfermedad por la cual el celebro de repente mude su temperatura
(como es la manía, melancolía y frenesía)
en un momento acontesce perder, si es prudente, cuanto sabe,
y dice mil disparates; y si es nescio, adquiere más
ingenio y habilidad que antes tenía. De un rústico
labrador sabré yo decir que, estando frenético,
hizo delante de mí un razonamiento encomendando a
los circunstantes su salud, y que mirasen por sus hijos y
mujer si de aquella enfermedad fuese Dios servido llevarle,
con tantos lugares retóricos, con tanta elegancia
y policía de vocablos como Cicerón lo podía
hacer delante del Senado. De lo cual admirados los circunstantes,
me preguntaron de dónde podía venir tanta elocuencia
y sabiduría a un hombre que estando en sanidad no
sabía hablar; y acuérdome que respondí
que la oratoria es una ciencia que nace de cierto punto de
calor, y que este rústico labrador le tenía
ya por razón de la enfermedad. De otro frenético
podré también afirmar que, en más de
ocho días, jamás habló palabra que no
le buscase luego su consonante, y las más veces hacía
una copla redondilla muy bien formada. Y espantados los circunstantes
de oír hablar en verso a un hombre que en sanidad
jamás lo supo hacer, dije que raras veces acontescía
ser poeta en la frenesía el que lo era en sanidad;
porque el temperamento que el celebro tiene, estando el hombre
sano, con el cual es poeta, ordinariamente se ha de desbaratar
en la enfermedad y hacer obras contrarias. Acuérdome
que su mujer de este frenético, y una hermana suya
que se llamaba Marigarcía, le reprehendían
porque decía mal de los santos. De lo cual enojado
el paciente, dijo a su mujer de esta manera: «Pues reniego
de Dios por amor de vos, y de Santa María por amor
de Marigarcía, y de San Pedro por amor de Juan de
Olmedo». Y así fue discurriendo por muchos santos
que hacían consonancia con los demás circunstantes
que allí estaban. Pero esto es cifra y caso de poco
momento respecto de las delicadezas que dijo un paje de un
Grande de estos reinos estando maníaco. El cual era
tenido en sanidad por mozo de poco ingenio; pero caído
en la enfermedad, eran tantas las gracias que decía,
los apodos, las respuestas que daba a lo que le preguntaban,
las trazas que fingía para gobernar un reino del cual
se tenía por señor, que por maravilla le venían
gentes a ver y oír, y el proprio señor jamás
se quitaba de la cabecera rogando a Dios que no sanase. Lo
cual se pareció después muy claro. Porque,
librado el paje de esta enfermedad, se fue el médico
que le curaba a despedir del señor, con ánimo
de recebir algún galardón o buenas palabras;
pero él le dijo de esta manera: «Yo os doy mi palabra,
señor doctor, que de ningún mal suceso he recebido
jamás tanta pena, como de ver a este paje sano; porque
tan avisada locura no era razón trocarla por un juicio
tan torpe como a éste le queda en sanidad. Paréceme
que de cuerdo y avisado lo habéis tornado nescio,
que es la mayor miseria que a un hombre puede acontescer.
El pobre médico, viendo cuán mal agradecida
era su cura, se fue a despedir del paje; y en la última
conclusión de muchas cosas que habían tratado,
dijo el paje: «Señor doctor, yo os beso las manos
por tan gran merced, como me habéis hecho en haberme
vuelto mi juicio; pero yo os doy mi palabra, a fe de quien
soy, que en alguna manera me pesa de haber sanado, porque
estando en mi locura vivía en las más altas
consideraciones del mundo, y me fingía tan gran señor
que no había rey en la tierra que no fuese mi feudatario.
Y que fuese burla y mentira, ¿qué importaba?, pues
gustaba tanto de ello como si fuera verdad. ¡Harto peor es
ahora, que me hallo de veras que soy un pobre paje y que
mañana tengo que comenzar a servir a quien, estando
en mi enfermedad, no le recibiera por mi lacayo!». Todo esto
no es mucho que lo reciban los filósofos y crean que
pudo ser así. Pero, ¿si yo les afirmase ahora, por
historias muy verdaderas, que algunos hombres ignorantes,
padeciendo esta enfermedad, hablaron en latín sin
haberlo en sanidad aprendido? ¿Y de una mujer frenética
que decía a cada persona de los que la entraban a
visitar sus virtudes y vicios, y algunas veces acertaba con
la certidumbre que suelen los que hablan por conjeturas y
por indicios, por esto ninguno la osaba ya entrar a ver,
temiendo las verdades que decía? Y lo que más
causó admiración fue que, estándola
el barbero sangrando, le dijo: «Mirá, fulano, lo que
hacéis, porque tenéis muy pocos días
de vida, y vuestra mujer se ha de casar con fulano». Y, aunque
acaso, fue tan verdadero su pronóstico, que antes
de medio año se cumplió. Ya me parece que
oigo decir a los que huyen de la filosofía natural
que todo esto es gran burla y mentira, y, si por ventura
fue verdad, que el demonio, como es sabio y sutil, permitiéndolo
Dios se entró en el cuerpo de esta mujer y de los
demás frenéticos que hemos dicho, y les hizo
decir aquellas cosas espantosas. Y aun confesar esto se les
hace cuesta arriba, porque el demonio no puede saber lo que
está por venir, no tiniendo espíritu profético.
Ellos tienen por fuerte argumento decir: «esto es falso porque
yo no entiendo cómo puede ser», como si las cosas
dificultosas y muy delicadas estuviesen sujetas a los rateros
entendimientos y de ellos se dejasen entender. Yo no pretendo
aquí convencer a los que tienen falta de ingenio,
porque esto es trabajar en vano, sino hacerle confesar a
Aristóteles que los hombres, tiniendo el temperamento
que sus obras han menester, pueden saber muchas cosas sin
haber tenido de ellas particular sentido ni haberlas aprendido
de nadie: Multi etiam propterea quod ille calor sedi mentis,
in vicino est, morbis vesaniae implicantur aut instinctu
lymphatico infervescunt, ex quo Sibillae efficiuntur, et
Bacchae, et omnes qui divino spiraculo instigari creduntur,
cum scilicet id, non morbo, sed naturali intemperie accidit.
Marcus civis Syracusanus, poeta etiam praestantior erat dum
mente alienaretur. Et quibus nimius ille calor remissus ad
mediocritatem fit, ii prosus melancholici quidem, sed longe
prudentiores. Por estas palabras confiesa claramente Aristóteles
que, por calentarse demasiadamente el celebro, vienen muchos
hombres a conocer lo que está por venir, como son
las sibilas; lo cual dice Aristóteles que no nace
por razón de la enfermedad, sino por la desigualdad
del calor natural. Y que sea ésta la razón
y causa pruébalo claramente por un ejemplo, diciendo
que Marco siracusano era más delicado poeta cuando
estaba, por el calor demasiado del celebro, fuera de sí;
y volviéndose a templar, perdía el metrificar,
pero quedaba más prudente y sabio. De manera que no
solamente admitió Aristóteles por causa principal
de estas cosas extrañas el temperamento del celebro,
pero aun reprehende a los que dicen ser esto revelación
divina y no cosa natural. El primero que llamó divinidades
a estas cosas maravillosas fue Hipócrates: et si quid
divinum in morbis habetur, illius quoque ediscere providentiam,
por la cual sentencia manda a los médicos que si los
enfermos dijeren divinidades, que sepan conocer lo que son
y pronosticar en lo que han de parar. Pero lo que más
me admira en este punto es que, preguntándole a Platón
de dónde pueda nacer que de dos hijos de un mesmo
padre el uno sepa hacer versos sin haberle nadie enseñado,
y el otro, trabajando en el arte de poesía, no los
pueda hacer, responda que el que nació poeta está
endemoniado y el otro no. Y, así, tuvo razón
Aristóteles de reprehenderle, pudiéndolo reducir
al temperamento como otras veces lo hizo. Hablar el frenético
en latín sin haberlo en sanidad aprendido muestra
la consonancia que hace la lengua latina al ánima
racional. Como adelante probaremos, hay ingenio particular
y acomodado para inventar lenguas; y son los vocablos, latinos
y las maneras que esta lengua tiene de hablar tan racionales,
y hacen tan buena consonancia en los oídos, que, alcanzando
el ánima racional el temperamento que es necesario
para inventar una lengua muy elegante, luego encuentra con
ella. Y que dos inventores de lenguas puedan fingir unos
mesmos vocablos (tiniendo el mismo ingenio y habilidad) es
cosa que se deja entender considerando que, como Dios crió
a Adán y le puso todas las cosas delante para que
a cada una le pusiera el nombre con que se había de
llamar, formara luego otro hombre con la mesma perfección
y gracia sobrenatural, pregunto yo ahora: si a éste
le trujera Dios las mesmas cosas para darles el nombre que
habían de tener, ¿qué tales fueran? Yo no dudo
sino que acertara con los mesmos de Adán; y es la
razón muy clara, porque ambos habían de mirar
a la naturaleza de la cosa, la cual no era más que
una. De esta manera pudo el frenético encontrar con
la lengua latina y hablar en ella sin haberla en sanidad
aprendido; porque, desbaratándose por la enfermedad
el temperamento natural de su celebro, pudo hacerse por un
rato como que el mesmo que tenía el que inventó
la lengua latina, y fingir como que los mismos vocablos (no
con tanto concierto y elegancia continuada, porque esto ya
parece señal de que el demonio mueve la lengua, como
la Iglesia enseña a sus exorcistas). Esto mesmo dice
Aristóteles que ha acontescido en algunos niños,
que en naciendo hablaron palabras expresas y que después
tornaron a callar; y reprehende a los filósofos vulgares
de su tiempo, que por ignorar la causa natural de este efecto
lo atribuían al demonio. La razón y causa de
hablar los niños luego en naciendo, y tornar luego
a callar jamás la pudo hallar Aristóteles,
aunque dijo muchas cosas sobre ello; pero nunca le cupo en
el entendimiento que fuese invención del demonio ni
efecto sobrenatural como piensan los filósofos vulgares.
Los cuales, viéndose cercados de las cosas sutiles
y delicadas de la filosofía natural, hacen entender
a los que poco saben que Dios o el demonio son autores de
los efectos raros y prodigiosos, cuyas causas naturales ellos
no saben ni entienden. Los niños que se engendran
de simiente fría y seca, como son los hijos habidos
en la vejez, a muy pocos días y meses después
de nacidos comienzan a discurrir y filosofar; porque el temperamento
frío y seco, como adelante probaremos, es muy apropriado
para las obras del ánima racional, y lo que había
de hacer el tiempo, los muchos días y meses, suplió
la repentina templanza del celebro, la cual se anticipó
por muchas causas que hay para ello. Otros niños,
dice Aristóteles, que luego en naciendo comenzaron
a hablar, y después callaron todo el tiempo que no
tuvieron la edad ordinaria y conveniente para hablar; el
cual efecto tiene la mesma cuenta y razón que lo que
hemos dicho del paje, y de los demás maniáticos
y frenéticos y de aquel que habló de repente
en latín sin haberlo en sanidad aprendido. Y que los
niños, estando en el vientre de su madre, y luego
en naciendo, puedan padecer estas mesmas enfermedades, es
cosa que no se puede negar. El adivinar de la mujer frenética
cómo pudo ser, mejor lo diera yo a entender a Cicerón
que a estos filósofos naturales. Porque cifrando la
naturaleza del hombre, dijo de esta manera: animal providum,
sagax, multiplex, acutum, menor, plenum rationis et consiIii,
quem vocamus hominem. Y, en particular, dice que hay naturaleza
de hombres que en conocer lo que está por venir hacen
ventaja a otros: est enim vis et natura quaedam quae futura
praenuntiat; quorum vim atque naturam ratio nunquam explicuit.
El error de los filósofos naturales está en
no considerar (como lo hizo Platón) que el hombre
fue hecho a semejanza de Dios, y que participa de su divina
providencia, y que tiene potencias para conocer todas tres
diferencias de tiempo: memoria para lo pasado, sentidos para
lo presente, imaginación y entendimiento para lo que
está por venir. Y así como hay hombres que
hacen ventaja a otros en acordarse de las cosas pasadas,
y otros en conocer lo presente, así hay muchos que
tienen más habilidad natural en imaginar lo que está
por venir. Uno de los mayores argumentos que forzaron a Cicerón
para creer que el ánima racional era incorruptible
fue ver la certidumbre con que los enfermos decían
lo por venir, especialmente estando cercanos a la muerte.
Pero la diferencia que hay entre el espíritu profético
y este ingenio natural es que lo que dice Dios por boca de
los profetas es infalible, porque es palabra expresa suya,
y lo que el hombre pronostica con las fuerzas de su imaginativa
no tiene aquella certidumbre. Los que dijeron que las virtudes
y vicios que descubría la frenética a las personas
que la entraban a ver era artificio del demonio, sepan que
Dios da a los hombres cierta gracia sobrenatural para alcanzar
y conocer qué obras son de Dios y cuáles del
demonio, la cual cuenta san Pablo entre los dones divinos
y la llama discretio spirituum; con la cual se conoce si
es demonio o algún ángel bueno el que nos viene
a tocar. Porque muchas veces viene el demonio a engañarnos
con apariencia de buen ángel, y es menester esta gracia
y este don sobrenatural para conocerle y diferenciarlo del
bueno. De este don estarán más lejos los que
no tienen ingenios para la filosofía natural (porque
esta ciencia y la sobrenatural que Dios infunde caen sobre
una mesma potencia, que es el entendimiento), si es verdad
que (por la mayor parte) Dios se acomoda en repartir las
gracias al buen natural de cada uno, como arriba dije. Estando
Jacob en el artículo de la muerte, que es el tiempo
donde el ánima racional está más libre
para ver lo que está por venir, entraron todos sus
doce hijos a verle y a cada uno en particular le dijo sus
virtudes y vicios y profetizó lo que sobre ellos y
sus descendientes había de acontescer. Esto cierto
es que lo hizo en espíritu de Dios. Pero si la Escritura
divina y nuestra fe no nos lo certificara, ¿en qué
conocieran estos filósofos naturales que ésta
era obra de Dios, y que las virtudes y vicios que la frenética
decía a los que la entraban a ver, lo hacía
en virtud del demonio, pareciendo este caso en parte al de
Jacob? Estos piensan que la naturaleza del ánima
racional es muy ajena de la que tiene el demonio y que sus
potencias (entendimiento, imaginativa y memoria) son de otro
género muy diferente. Y están engañados.
Porque si el ánima racional informa un cuerpo bien
organizado, como era el de Adán, sabe muy poco menos
que el más avisado diablo; y fuera del cuerpo, tiene
tan delicadas potencias como él. Y si los demonios
alcanzan lo que está por venir, conjeturando y discurriendo
por algunas señales, eso mesmo puede hacer el ánima
racional cuando se va librando del cuerpo o tiniendo aquella
diferencia de temperamento que hace al hombre con providencia.
Y, así, tan dificultoso es para el entendimiento alcanzar
cómo el demonio puede saber estas delicadeces, como
atribuírselas al ánima racional. A éstos
no les cabe en el entendimiento que puede haber señales
en las cosas naturales para conocer por ellas lo que está
por venir, y yo digo que hay indicios para alcanzar lo pasado,
lo presente, y conjeturar lo que está por venir, y
aun para conjeturar algunos secretos del Cielo: invisibilia
enim ipsius, a creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta,
conspiciuntur. El que tuviere potencia para ello lo alcanzará,
y el otro será tal cual dijo Homero: «lo pasado entiende
el nescio, y no lo que está por venir». Pero el avisado
y discreto es la mona de Dios, que le imita en muchas cosas;
y aunque no las puede hacer con tanta perfección,
pero todavía tiene con Él alguna semejanza
en rastrearle.
 Capítulo V [VIII de 1594]
Donde se prueba que de solas tres calidades, calor, humidad
y sequedad, salen todas las diferencias de ingenios que hay
en el hombre
Estando el ánima
racional en el cuerpo, es imposible poder hacer obras contrarias
y diferentes si para cada una [no] tiene su instrumento particular.
Vese esto claramente en la facultad animal, la cual hace
varias obras en los sentidos exteriores por tener cada uno
su particular compostura: una tienen los ojos, otra los oídos,
otra el gusto, otra el olfato y otra el tacto. Y si no fuera
así, no hubiera más que un género de
obras, o todo fuera ver, o gustar, o palpar, porque el instrumento
determina y modifica la potencia para una acción y
no más. De esto manifiesto y claro que pasa en los
sentidos exteriores podemos colegir lo que hay allá
dentro en los interiores. Con esta mesma virtud animal entendemos,
imaginamos y nos acordamos; pero si es verdad que cada obra
requiere particular instrumento, necesariamente allá
dentro en el celebro ha de haber órgano para el entendimiento,
y órgano para la imaginación, y otro diferente
para la memoria. Porque si todo el celebro estuviese organizado
de una mesma manera, o todo fuera memoria o todo entendimiento,
o todo imaginación. Y vemos que hay obras muy diferentes,
luego forzosamente ha de haber variedad de instrumentos.
Pero abierta la cabeza y hecha anatomía del celebro,
todo está compuesto de un mesmo modo de sustancia
homogénea y similar, sin variedad de partes heterogéneas.
Sólo aparecen cuatro senos pequeños, los cuales,
bien mirados, todos tienen una mesma composición y
figura, sin haber cosa de por medio en que puedan diferir.
Cuál sea el uso y aprovechamiento de ellos y de qué
sirven en la cabeza, no es fácil determinarlo; porque
Galeno y los anatomistas, así modernos como antiguos,
lo han procurado averiguar, y ninguno ha dicho determinadamente
ni en particular de qué sirve el ventrículo
derecho, ni el izquierdo, ni el que está colocado
en medio de estos dos, ni el cuarto, cuyo asiento es en el
cerebelo, parte postrera de la cabeza. Sólo afirmaron,
aunque con miedo, que estas cuatro cavidades eran las oficinas
donde se cocían los espíritus vitales y se
convierten en animales para dar sentido y movimiento a todas
las partes del cuerpo; en la cual obra una vez dijo Galeno
que el ventrículo de en medio tenía la primacía,
y en otra parte le tornó a parecer que el postrero
era de mayor eficacia y valor. Pero esta doctrina no es verdadera
ni está fundada en buena filosofía natural.
Porque no hay dos obras en el cuerpo humano tan contrarias
ni que tanto se impidan, como es el raciocinar y el cocer
los alimentos; y es la razón que el contemplar pide
quietud, sosiego y claridad en los espíritus animales,
y el cocimiento se hace con gran estruendo y alboroto, y
se levantan de esta obra muchos vapores que enturbian y escurecen
los espíritus animales, por donde el ánima
racional no puede ver las figuras. Y no era tan imprudente
Naturaleza, que había de juntar en un mesmo lugar
dos obras que hacen con tanta repugnancia. Antes loa grandemente
Platón la prudencia y saber del que nos formó
en haber apartado el hígado del celebro en tanta distancia,
porque con el ruido que se hace mezclando los alimentos y
con la oscuridad y tinieblas que causan los vapores en los
espíritus animales, no estorbasen al ánima
racional sus discursos y raciocinios. Pero sin que notara
esta filosofía Platón, lo vemos cada hora por
experiencia, que con estar el hígado y el estómago
tan desviados del celebro, en acabando de comer y buen rato
después, no hay hombre que pueda estudiar. La verdad
que parece en este punto es que el ventrículo cuarto
tiene por oficio cocer y alterar los espíritus vitales
y convertirlos en animales para el fin que tenemos dicho,
y por esto lo apartó Naturaleza en tanta distancia
de los otros tres y le hizo cerebelo aparte, dividido y tan
remoto como parece, porque con su obra no estorbase la contemplación
de los demás. Los tres ventrículos delanteros
yo no dudo sino que los hizo Naturaleza para discurrir y
filosofar, lo cual se prueba claramente porque en los grandes
estudios y contemplaciones siempre duele aquella parte de
la cabeza que responde a estas tres cavidades. La fuerza
de este argumento se conoce considerando que, cansadas las
demás potencias de hacer sus obras, siempre duelen
los instrumentos con que se han ejercitado; como en el demasiado
ver duelen los ojos, y del mucho andar las plantas de los
pies. La dificultad está ahora en saber en cuál
de estos ventrículos está el entendimiento,
y en cuál la memoria, y en cuál la imaginativa;
porque están tan juntos y vecinos, que por el argumento
pasado, ni por otro ningún indicio, no se puede distinguir
ni conocer. Aunque, considerando que el entendimiento no
puede obrar sin que la memoria esté presente (representándole
las figuras y fantasmas conforme aquello: oportet intelligentem
phantasmata speculari) ni la memoria sin que asista con ella
la imaginativa, de la manera que atrás lo |