 Capítulo VII
Donde se muestra que aunque el ánima racional ha
menester el temperamento de las cuatro calidades primeras,
así para estar en el cuerpo como para discurrir y
raciocinar, que no por eso se infiere que es corruptible
y mortal
Por cosa averiguada
tuvo Platón que el ánima racional era sustancia
incorpórea, espiritual, no sujeta a corrupción
ni a mortalidad como la de los brutos animales; la cual,
salida del cuerpo, tiene otra vida mejor y más descansada,
pero entiéndese (dice Platón) habiendo vivido
el hombre conforme a razón, porque si no, más
le valiera al ánima quedarse para siempre en el cuerpo,
que padecer los tormentos con que Dios castiga a los malos.
Esta conclusión es tan ilustre y católica,
que si él la alcanzó con la felicidad de su
ingenio, con justo título tiene por renombre el divino
Platón. Pero aunque es tal cual parece, jamás
le cupo a Galeno en su entendimiento, antes la tuvo siempre
por sospechosa, viendo delirar al hombre cuerdo por calentársele
el celebro, y volver en su juicio aplicándole medicinas
frías. Y, así, dijo que se holgara que fuera
vivo Platón para preguntarle cómo era posible
ser el ánima racional inmortal alterándose
tan fácilmente con el calor, frialdad, humidad y sequedad;
mayormente viendo que se va del cuerpo por una gran calentura,
o sangrando al hombre copiosamente, o bebiendo cicuta, y
por otras alteraciones corporales que suelen quitar la vida;
y si ella fuera incorpórea y espiritual, como dice
Platón, no le hiciera el calor (siendo calidad material)
perder sus potencias, ni le desbaratara sus obras. Estas
razones confundieron a Galeno y le hicieron desear que algún
platónico se las absolviese; y creo que en su vida
no le halló, pero después de muerto la experiencia
le mostró lo que su entendimiento no pudo alcanzar.
Y, así, es cierto que la certidumbre infalible de
ser nuestra ánima inmortal no se toma de las razones
humanas, ni menos hay argumentos que prueben ser corruptible.
Porque a las unas y a los otros se puede responder con facilidad:
sola nuestra fe divina nos hace ciertos y firmes que dura
para siempre jamás. Pero no tuvo razón Galeno
de embarazarse con tan livianos argumentos, porque las obras
que se han de hacer mediante algún instrumento no
se colige bien en filosofía natural haber falta en
el agente principal por no salir acertadas. El pintor que
dibuja bien, teniendo el pincel cual conviene a su arte,
no tiene culpa cuando, con el malo, hace las figuras borradas
y de mala delineación; ni es buen argumento pensar
que el escribano tenía alguna lesión en la
mano, cuando por falta de pluma bien cortada le fue forzoso
escrebir con un palo. Considerando Galeno las obras maravillosas
que hay en el universo y la sabiduría y providencia
con que están hechas y ordenadas, coligió que
había Dios en el mundo, aunque no le veíamos
con los ojos corporales; del cual dijo estas palabras: Deus
nec factus est aliquando, cum perenniter ingenitus sit ac
sempiternus. Y en otra parte dice que la fábrica y
compostura del cuerpo humano no la hacía el ánima
racional ni el calor natural, sino Dios o alguna inteligencia
muy sabia. De donde se puede formar un argumento contra Galeno
y deshacer su mala consecuencia. Y es de esta manera: «tú
sospechas ser el ánima racional corruptible porque
si el celebro está bien templado acierta muy bien
a discurrir y filosofar, y si se calienta o enfría
más de lo que conviene, delira y dice mil disparates.
Eso mesmo se infiere considerando las obras que tú
dices ser de Dios; porque si hace un hombre en lugares templados
donde el calor no excede a la frialdad, ni la humidad a la
sequedad, le saca muy ingenioso y discreto, y si es la región
destemplada, todos los saca estultos y necios». (Y así
dice el mesmo Galeno que en Escitia por maravilla acierta
a salir un hombre sabio, y en Atenas todos nacen filósofos).
Pues sospechar que Dios es corruptible porque con unas calidades
hace bien estas obras, y con las contrarias salen erradas,
no lo puede confesar Galeno, pues ha dicho que Dios es sempiterno.
Platón va por otro camino más acertado, diciendo
que, aunque Dios es eterno, omnipotente y de infinita sabiduría,
que se ha como agente natural en sus obras y que se sujeta
a la disposición de las cuatro calidades primeras,
de tal manera que para engendrar un hombre sapientísimo
y semejante a él, tuvo necesidad de buscar un lugar,
el más templado que había en todo el mundo,
donde el calor del aire no excediese a la frialdad, ni la
humidad a la sequedad. Y, así, dijo: Deus vero, quasi
belli ac sapientiae studiosus, locum qui viros ipsi, simillimos
producturus esset, electum in primis incolendum praebuit.
Y si Dios quisiera hacer un hombre sapientísimo en
Escitia o en otra región destemplada, y no usara de
su omnipotencia, saliera por fuerza necio por la contrariedad
de las calidades primeras; pero no infiriera Platón,
como hizo Galeno, que Dios era alterable y corruptible porque
el calor y la frialdad le impiden sus obras. Eso mesmo se
ha de colegir cuando el ánima racional, por estar
en un celebro inflamado, no puede usar de discreción
y prudencia; y no pensar que por eso es mortal y corruptible.
El salir del cuerpo y no poder sufrir la gran calentura ni
las demás alteraciones que suelen matar los hombres,
sólo arguye que es acto y forma sustancial del cuerpo
humano, y que para estar en él requiere ciertas disposiciones
materiales acomodadas al ser que tiene de ánima, y
que los instrumentos con que ha de obrar estén bien
compuestos, bien unidos y con el temperamento que sus obras
han menester; todo lo cual faltando, por fuerza las ha de
errar y ausentarse del cuerpo. El error de Galeno está
en querer averiguar por principios de filosofía natural
sí el ánima racional, faltando del cuerpo,
muere luego o no, siendo cuestión que pertenece a
otra ciencia superior y de más ciertos principios,
en la cual probaremos que no es buen argumento el suyo, ni
que se infiere bien ser el ánima del hombre corruptible
por estar en el cuerpo quieta con unas calidades y ausentarse
de él por las contrarias. Lo cual no es dificultoso
probarse. Porque otras sustancias espirituales de mayor perfección
que el ánima racional eligen lugares alterados con
calidades materiales en los cuales parece que habitan a su
contento, y si suceden otras disposiciones contrarias, luego
se van por no poderlas sufrir. Y, así, es cierto que
hay disposiciones en el cuerpo humano las cuales apetece
el demonio con tanta agonía, que por gozar dellas
se entra en el hombre donde están, y así queda
endemoniado; pero corrompidas y alteradas con medicinas contrarias
y hecha evacuación de los humores negros, podridos
y hediondos, naturalmente se torna a salir. Véese
esto claramente por experiencia: que en siendo una casa grande,
oscura, sucia, hedionda, triste y sin moradores que la habiten,
luego acuden duendes a ella; y si la limpian y abren ventanas
para que le entre el sol y claridad, luego se van, especialmente
si la habitan muchas gentes y hay en ella regocijos y pasatiempos
y tocan muchos instrumentos de música. Cuánto
ofenda al demonio el armonía y buena proporción,
muéstrase claramente por lo que dice el texto divino:
que tomando David su arpa y tocándola, luego huía
el demonio y salía del cuerpo de Saúl. Y aunque
esto tiene su espíritu, yo tengo entendido que naturalmente
molestaba la música al demonio y que no la podía
sufrir. El pueblo de Israel sabía ya por experiencia
que el demonio era enemigo de música, y por tenerlo
así entendido dijeron los criados de Saúl de
esta manera: ecce spiritus Dei malus exagitat te: jubeat
Dominus noster rex, et servi tui, qui coram te sunt, quaerent
hominem scientem psallere cithara, ut quando arripuerit te
spiritus Domini malus, psallat manu sua et levius feras.
De la manera que hay palabras y comparaciones que hacen temblar
al demonio, y por no oírlas deja el lugar que tenía
elegido para su habitación. Y, así cuenta Josefo
que Salomón dejó escritos ciertos modos de
conjurar, con los cuales no solamente echaba de presente
al demonio, pero jamás osaba volver al cuerpo de donde
una vez fue lanzado. También el mesmo Salomón
mostró una raíz de tan abominable olor para
el demonio, que aplicándola a las narices del demonio,
lo echaba luego fuera. Es tan sucio el demonio, tan triste
y enemigo de cosas limpias, alegres y claras, que entrando
Jesucristo en la región de los Geraseos, cuenta san
Mateo que le ocurrieron ciertos demonios metidos en dos cuerpos
muertos que habían sacado de los sepulcros, dando
voces y diciendo: «Jesús, hijo de David, ¿qué
tema tienes con nosotros en haber venido antes de tiempo
a atormentarnos? Rogámoste que si nos has de echar
de este lugar donde estamos, que nos dejes entrar en aquella
manada de puercos que allí está». Por la cual
razón los llama la divina Escritura sucios espíritus.
Por donde se entiende claramente que no sólo el ánima
racional pide disposiciones en el cuerpo para poderlo informar
y ser principio de todas sus obras, pero aun para estar en
él, como en lugar acomodado a su naturaleza, las ha
menester: pues los demonios, siendo de sustancia más
perfecta, aborrecen unas calidades corporales y con las contrarias
se huelgan y reciben contento. De manera que no es buen argumento
el de Galeno: «Vase el ánima racional del cuerpo por
una gran calentura, luego es corruptible»; pues lo hace el
demonio (de la manera que hemos dicho), y no es mortal.
Pero lo que en este propósito más se ha de
notar es que el demonio no solamente apetece lugares alterados
con calidades corporales para estar en ellos a su contento,
pero aun cuando quiere obrar alguna cosa que le importa mucho,
se aprovecha de las calidades corporales que ayudan para
aquel fin. Porque si yo preguntase ahora en qué se
pudo fundar el demonio cuando, queriendo engañar a
Eva, se metió antes en la serpiente ponzoñosa
que en el caballo, en el oso, en el lobo y en otros muchos
animales que no eran de tan espantable figura, yo no sé
qué se me podría responder. Bien sé
que Galeno no admite los dichos y sentencias de Moisés
ni de Cristo nuestro redentor, porque ambos, dice, que hablan
sin demostración, pero de algún católico
he deseado siempre saber la solución de esta duda,
y ninguno me la ha dado. Ello es cierto, como ya lo dejamos
probado, que la cólera quemada y retostada es un humor
que enseña al ánima racional de qué
manera se han de hacer los embustes y engaños. Y,
entre los brutos animales, ninguno hay que tanto participe
de este humor como la serpiente; y, así, más
que todos dice la divina Escritura que es astuto y mañoso.
El ánima racional, puesto caso que es la más
ínfima de todas las inteligencias, pero tiene la mesma
naturaleza que el demonio y los ángeles. Y de la manera
que ella se aprovecha de esta cólera ponzoñosa
para ser el hombre astuto y mañoso, así el
demonio, metido en el cuerpo de aquella bestia fiera, se
hizo más ingenioso y doblado. Esta manera de filosofar
no espantará mucho a los filósofos naturales,
porque tiene alguna aparencia de poder ser así. Pero
lo que más les ha de acabar el juicio es que quiriendo
Dios desengañar al mundo y enseñarle llanamente
la verdad (que es la contraria obra que hizo el demonio)
vino en figura de paloma, y no de águila ni de pavón
ni de otras aves que tienen más hermosa figura. Y
sabida la causa es que la paloma participa mucho del humor
que inclina a rectitud, a llaneza, a verdad y simplicidad,
y carece de la cólera, que es el instrumento de la
astucia y malicia. Ninguna cosa destas admite Galeno, ni
los filósofos naturales. Porque no pueden entender
cómo el ánima racional y el demonio, siendo
sustancias espirituales, se puedan alterar de calidades materiales
como es el calor, frialdad, humidad y sequedad: porque si
el fuego introduce calor en el leño, es por tener
ambos cuerpo y cantidad en que sujetarse, lo cual falta en
las sustancias espirituales. Y admitido por cosa imposible
que las calidades corporales pudiesen alterar la sustancia
espiritual, ¿qué ojos tiene el demonio, ni el ánima
racional, para ver los colores y figuras de las cosas, ni
qué olfato para percibir los olores, ni qué
oído para la música, ni qué tacto para
ofenderse del mucho calor, para todo lo cual son menester
órganos corporales? Y si, apartada el ánima
racional, del cuerpo, se ofende y tiene dolor y tristeza,
no es posible dejar de alterarse su naturaleza y venirse
a corromper. Estas dificultades y argumentos embarazaron
a Galeno y a los filósofos de nuestros tiempos, pero
a mí no me concluyen. Porque, cuando Aristóteles
dijo que la mayor propriedad que la sustancia tenía
era ser sujeto de los accidentes, no la coartó a la
corporal ni espiritual, porque la propiedad del género
igualmente la participan las especies; y, así, dijo
que los accidentes del cuerpo pasan a la sustancia del ánima
racional, y los del ánima al cuerpo, en el cual principio
se fundó para escrebir todo lo que dijo de fisionomía.
Mayormente, que los accidentes con que se alteran las potencias
todos son espirituales, sin cuerpo, sin cantidad ni materia;
y, así, se multiplican en un momento por el medio
y pasan por una vidriera sin romperla, y dos accidentes contrarios
pueden estar en un mesmo sujeto con toda la intensión
que pueden tener; por las cuales propriedades los llamó
el mesmo Galeno indivisibles, y los filósofos vulgares,
intensionales. Y, siendo de esta manera, bien se pueden proporcionar
con la sustancia espiritual. Yo no puedo dejar de entender
que el ánima racional apartada del cuerpo, y también
el demonio tenga potencia visiva, olfativa, auditiva y tactiva;
lo cual me parece que es fácil de probar. Porque si
es verdad que las potencias se conocen por las acciones,
cierto es que el demonio tenía potencia olfativa,
pues olía aquella raíz que Salomón mandaba
aplicar a las narices de los endemoniados; y que tenía
potencia auditiva, pues oía la música que David
daba a Saúl. Pues decir que estas calidades las percibía
el demonio con el entendimiento, no se puede afirmar en la
doctrina de los filósofos vulgares, porque esta potencia
es espiritual y los objetos de los cinco sentidos son materiales.
Y, así, es menester buscar otras potencias, en el
ánima racional y en el demonio, con quien se pueden
proporcionar. Todas estas dudas soltara bien el ánima
del rico avariento de quien cuenta san Lucas que estando
en el infierno alzó los ojos y vio a Lázaro
que estaba en el seno de Abrahán, y dando voces dijo
así: Pater Abraham, miserere mei: mitte Lazarum ut
intingat extremum digiti sui in aquam ut refrigeret linguam
meam, quia crucior in hac flamma; como si dijera: «Padre
Abrahán, tené misericordia de mí y envíame
a Lázaro, para que moje la extremidad de su dedo en
agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en
esta llama». De la doctrina pasada y de lo que dice esta
letra se colige que el fuego que abrasa las ánimas
en el infierno es material como el que acá tenemos,
y que ofendía al rico avariento y a las otras ánimas
(por divina disposición) con el calor, y que si Lázaro
se llevara un jarro de agua fría, que sintiera gran
recreación metiéndose en ella. Y está
la razón muy clara; porque si no pudo sufrir estar
en el cuerpo por el mucho calor de la calentura, y cuando
bebía agua fría sentía el ánima
gran recreación, ¿por qué no entenderemos lo
mesmo estando unida con las llamas del fuego infernal? El
alzar los ojos el rico avariento, y la lengua sedienta, y el dedo de Lázaro, todos son nombres de las potencias
del ánima para poderse la Escritura explicar: los
que no van por este camino, ni se fundan en filosofía
natural dicen mil disparates. Ello es cierto falta de entendimiento
pensar que el demonio, o el ánima racional apartada
del cuerpo, no podrá conocer los objetos de los cinco
sentidos aunque carezca de instrumentos corporales, porque
por la mesma razón les probaré que el ánima
racional apartada del cuerpo no puede entender, imaginar,
ni hacer actos de memoria. Porque si, estando en el cuerpo,
no puede ver quebrados los ojos, también no puede
raciocinar ni acordarse si el celebro está inflamado.
Pues decir que el ánima racional apartada del cuerpo
no puede raciocinar por no tener celebro es desatino muy
grande, el cual se prueba en la misma historia de Abrahán:
Fili, recordare quia recepisti bona in vita tua, et Lazarus
similiter mala; nunc autem hic consolatur, tu vero cruciaris;
et in his omnibus inter nos et vos chaos magnus firmatus
est, ut hi qui volunt hinc transire ad vos non possint, nec
inde huc transire. Et ait: rogo ergo te, Pater, ut mittias
eum in domum patris mei habeo enim quinque fratres, ut testetur
illis, ne et ipsi veniant in hunc locum tormentorum. De donde
concluyo que, así como estas dos ánimas razonaron
entre sí, y se acordó el rico avariento que
tenía cinco hermanos en casa de su padre, y Abrahán
le trujo a la memoria la buena vida que en el mundo había
tenido y los trabajos de Lázaro, sin ser menester
el celebro, de la mesma manera pueden las ánimas ver
sin ojos corporales, y oír sin oídos, gustar
sin lengua, oler sin narices y tocar sin nervios ni carne;
y muy mejor sin comparación. Lo mesmo se entiende
del demonio, por tener la mesma naturaleza que el ánima
racional. Y si no, pongamos por caso que el ánima
del rico avariento alcanzara de Abrahán que el ánima
de Lázaro viniera al mundo a predicar a sus hermanos
y persuadirles que fuesen buenos, para que no viniesen a
aquel lugar de tormentos donde él estaba. Pregunto
yo ahora: ¿cómo el ánima de Lázaro acertara
a venir a la ciudad y a la casa de, y si los encontrara en
la calle, en compañía de otros, si los conociera
por su rostros y los supiera diferenciar de los que venían
con ellos, y si estos hermanos del rico avariento le preguntaran
quién era, y quién le enviaba, si tuviera alguna
potencia para oír sus palabras? Lo mesmo se puede
inquirir del demonio cuando andaba tras Cristo nuestro redentor
oyéndole predicar y viendo los milagros que hacía.
Y en aquella disputa que ambos tuvieron en el desierto ¿con
qué oídos percebía el demonio las palabras
y respuestas que Cristo le daba? Pero tampoco se infiere
que si el ánima racional tiene dolor y tristeza, por
alterarse su naturaleza con calidades contrarias, que es
corruptible ni mortal. Porque las cenizas, con estar compuestas
de cuatro elementos y de acto y potencia, no hay agente natural
en el mundo que las pueda corromper ni quitarles las calidades
que convienen a su naturaleza. El temperamento natural de
las cenizas, todos sabemos que es frío y seco; pero,
aunque las echemos en el fuego, jamás perderán
la frialdad que tienen radical, y aunque estén cien
mil años en el agua es imposible, sacadas de ella,
quedar con humidad propria y natural. Y con esto, no se puede
dejar de confesar que con el fuego reciben calor y con el
agua humidad; pero estas dos calidades son, en las cenizas,
superficiales y duran poco en el sujeto, porque apartadas
del fuego se tornan luego frías, y quitadas del agua
no les dura una hora la humidad. Pero una duda se ofrece
en aquel coloquio y disputa que tuvo el rico avariento con
Abrahán; y es cómo supo más delicadas
razones el ánima de Abrahán que la del rico
avariento, habiendo dicho atrás que todas las ánimas
racionales (salidas del cuerpo) son de igual perfección
y saber. A la cual se puede responder de una de dos maneras.
La primera es que la ciencia y saber que el ánima
alcanzó estando en el cuerpo no la pierde cuando el
hombre se muere, antes la perfecciona después, desengañándose
de algunos errores. El ánima de Abrahán partió
de esta vida sapientísima y llena de muchas revelaciones
y secretos que Dios le comunicó por ser su amigo.
Pero la del rico avariento por fuerza había de salir
insipiente, lo uno por el pecado, que cría ignorancia
en el hombre, y lo otro porque las riquezas hacen contrario
efecto de la pobreza: ésta da ingenio al hombre como
adelante probaremos, y la prosperidad se lo quita. Otra
respuesta hay siguiendo nuestra doctrina, y es que la materia
en que estas dos ánimas disputaban era teología
escolástica, porque saber si estando en el infierno
había lugar de misericordia, y si Lázaro podía
pasar dende el limbo al infierno, y si convenía enviar
al mundo algún muerto que diese noticia a los vivos
de los tormentos que en él pasaban los condenados,
todos son puntos escolásticos, cuya decisión
pertenece al entendimiento como adelante probaré.
Y entre las calidades primeras ninguna hay que tanto desbarate
a esta potencia como el calor demasiado, del cual estaba
bien atormentado el rico avariento. Pero el ánima
de Abrahán moraba en un lugar templadísimo,
donde tenía gran consuelo y recreación, y así
no era mucho que raciocinase mejor. Por donde concluyo que
el ánima racional y el demonio se aprovechan para
sus obras de las calidades materiales, y que con unas se
ofenden y con las contrarias reciben contento, y que por
esta razón apetecen estar en unos lugares y huyen
de otros, sin ser corruptibles.
 Capítulo VIII [X de 1594]
Donde se da a cada diferencia de ingenio la ciencia que
le responde en particular y se le quita la que es repugnante
y contraria
Todas las artes,
dice Cicerón, están constituidas debajo de
ciertos principios universales, los cuales aprendidos con
estudio y trabajo, en fin se vienen a alcanzar; pero el arte
de poesía es en esto tan particular, que si Dios o
Naturaleza no hacen al hombre poeta, poco aprovecha enseñarle
con preceptos y reglas cómo ha de metrificar. Y, así,
dice: Caeterarum rerum studia, et doctrina et praeceptis
et arte constant; poeta natura ipsa valet et mentis viribus
excitatur, et quasi divino quadam spiritu afflatur. Pero
en esto no tiene razón Cicerón; porque realmente
no hay ciencia ni arte inventada en la república que,
si el hombre se pone a estudiarla faltándole el ingenio,
salga con ella aunque trabaje en sus preceptos y reglas toda
la vida; y si acierta con la que pedía su habilidad
natural, en dos días vemos que se halla enseñado.
Lo mesmo pasa en la poesía sin diferencia ninguna:
que, si el que tiene naturaleza acomodada para ella se da
a componer versos, los hace con gran perfección, y
si no, para siempre es mal poeta. Siendo esto así,
ya me parece que es tiempo saber, por arte, qué diferencia
de ciencia a qué diferencia de ingenio le responde
en particular, para que cada uno entienda con distinción
(sabida ya su naturaleza) para qué arte tiene disposición
natural. Las artes y ciencias que se alcanzan con la memoria
son las siguientes: gramática, latín y cualquier
otra lengua; la teórica de la jusrispericia; teología
positiva; cosmografía y aritmética. Las que
pertenecen al entendimiento son: teología escolástica;
la teórica de la medicina; la dialéctica; la
filosofía natural y moral; la práctica de la
jusrispericia que llaman abogacía. De la buena imaginativa
nacen todas las artes y ciencias que consisten en figura,
correspondencia, armonía y proporción. Estas
son: poesía, elocuencia, música, saber predicar,
la práctica de la medicina, matemáticas, astrología,
gobernar una república, el arte militar; pintar, trazar,
escrebir, leer, ser un hombre gracioso, apodador, polido,
agudo in agilibus, y todos los ingenios y maquinamientos
que fingen los artífices; y también una gracia
de la cual se admira el vulgo, que es dictar a cuatro escribientes
juntos materias diversas, y salir todas muy bien ordenadas.
De todo esto no podemos hacer evidente demostración,
ni probar cada cosa por sí, porque sería nunca
acabar. Pero echando la cuenta en tres o cuatro ciencias,
en las demás correrá la mesma razón.
En el catálogo de las ciencias que dijimos pertenecer
a la memoria, pusimos la lengua latina y las demás
que hablan todas las naciones del mundo. Lo cual ningún
hombre sabio puede negar; porque las lenguas fue una invención
que los hombres buscaron para poder entre sí comunicarse
y explicar los unos a los otros sus conceptos, sin haber
en ello más misterio ni principios naturales de haberse
juntado los primeros inventores, y a buen pláceme,
como dice Aristóteles, fingir los vocablos y dar a
cada uno su significación. Resultó de allí
tanto número dellos y tantas maneras de hablar tan
sin cuenta ni razón, que, si no es tiniendo el hombre
buena memoria, con ninguna otra potencia es imposible poderse
comprender. Cuán impertinente sea la imaginativa,
y el entendimiento, para aprender lenguas y maneras de hablar,
pruébalo claramente la niñez, que, con ser
la edad en la cual el hombre está más falto
de estas dos potencias, con todo eso dice Aristóteles
que los niños aprenden mejor cualquiera lengua que
los hombres mayores, aunque son más racionales. Y
sin que lo diga nadie, nos lo muestra claramente la experiencia,
pues vemos que si a Castilla viene a vivir un vizcaíno
de treinta o cuarenta años, jamás aprende el
romance, y si es muchacho, en dos o tres años parece
nacido en Toledo. Lo mesmo acontece en la lengua latina y
en todas las demás del mundo, porque todos los lenguajes
tienen la mesma razón. Luego, si en la edad que más
reina la memoria y menos hay de entendimiento y de imaginación,
se aprenden mejor las lenguas que cuando hay falta de memoria
y sobra de entendimiento, cierto es que con la memoria se
adquieren y no con otra potencia ninguna. Las lenguas, dice
Aristóteles que no se pueden sacar por razón,
ni consisten en discurso ni raciocinio; y así es necesario
oír a otro el vocablo y la significación que
tiene, y guardarlo en la memoria. Y con esto prueba que si
el hombre nace sordo, necesariamente ha de ser mudo, por
no poder oír a otro el articulación de los
nombres ni la significación que los inventores les
dieron. De ser las lenguas un plácito y antojo de
los hombres, y no más, se infiere claramente que en
todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera
se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y, así,
ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera
para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron
en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico,
y los moros en arábigo; y así hago yo en mi
español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.
Los romanos, como señores del mundo, viendo que era
necesario haber una lengua común con que todas las
naciones se pudiesen comunicar, y ellos oír y entender
a los que venían a pedir justicia y cosas tocantes
a su gobernación, mandaron que hubiese escuela, en
todos los lugares de su imperio, en la cual se enseñase
la lengua latina; y así ha durado hasta el día
de hoy. La teología escolástica es cierto
que pertenece al entendimiento, supuesto que las obras de
esta potencia son distinguir, inferir, raciocinar, juzgar
y eligir; porque ninguna cosa se hace en esta facultad que
no sea dudar por inconvenientes, responder con distinción,
y contra la respuesta inferir lo que en buena consecuencia
se colige, y tornar a responder hasta que se sosiegue el
entendimiento. Pero la mayor probación que en este
punto se puede hacer es dar a entender con cuánta
dificultad se junta la lengua latina con la teología
escolástica, y cómo, de ordinario, no acontesce
ser uno juntamente gran latino y profundo escolástico.
Del cual efecto admirados algunos curiosos que han dado ya
en ello, procuraron buscar la razón y causa de donde
podía nacer; y hallaron por su cuenta que como la
teología escolástica está escrita en
lengua llana y común y los grandes latinos tienen
hecho el oído al sabroso y elegante estilo de Cicerón,
no se pueden acomodar a ella. Bien les estuviera a los latinos
ser ésta la causa; porque forzando el oído
con el uso, tuviera remedio su enfermedad. Pero hablando
de veras, antes es dolor de cabeza, que mal de oído.
Los que son grandes latinos tienen forzosamente gran memoria,
porque de otra manera no se pudieran señalar tanto
en una lengua que no era suya. Y porque grande y feliz memoria
es como contraria del grande y subido entendimiento en un
sujeto, remítele y bájale de punto; y de aquí
nace que el que no tiene tan cabal y subido entendimiento
(que es la potencia a quien pertenece el distinguir, inferir,
raciocinar, juzgar y elegir) no alcanza subido caudal de
teología escolástica. El que no se concluyere
con esta razón lea a santo Tomás, Escoto, Durando
y Cayetano, que son la prima de esta facultad; y hallará
grandes delicadezas en sus obras, dichas y escritas en muy
llano y común latín. Y no fue otra la causa
sino que estos graves autores tuvieron dende niños
muy flaca memoria para aventajarse en la lengua latina; pero
venidos a la dialéctica, metafísica y teología
escolástica, alcanzaron todo lo que vemos por tener
grande entendimiento. De un teólogo escolástico
sabré yo decir (y otros muchos que le conocieron y
trataron) que, con ser la prima en esta facultad, no solamente
no decía elegancias ni cláusulas rodadas al
tono de Cicerón, pero leyendo en la cátedra
le notaban sus discípulos de muy poco y común
latín. Y, así, le aconsejaron -como hombres
que ignoraban esta doctrina- que secretamente hurtase algunos
ratos al estudio de la teología escolástica
y los emplease en leer a Cicerón. El cual, conociendo
que era consejo de buenos amigos, no solamente lo procuró
remediar en escondido, pero públicamente, en acabando
de leer la materia De Trinitate o cómo el Verbo divino
pudo encarnar, entraba a oír una lección de
latín. Y fue cosa digna de notar que, en mucho tiempo
que lo hizo así, no solamente no aprendió nada
de nuevo, pero el latín común que antes sabía
casi lo vino a perder, por donde le fue forzado leer en romance.
Preguntando Pío IV qué teólogos se
habían señalado más en el Concilio tridentino,
le dijeron que un singular teólogo español,
cuya resolución, argumentos, respuestas y distinciones
eran dignas de admiración. Y deseando el Papa ver
y conocer un hombre tan señalado, le envió
a mandar que se viniese por Roma y le diese cuenta de lo
que en el Concilio había pasado. Al cual, puesto en
Roma, le hizo muchos favores; entre los cuales le mandó
cubrir, y tomándolo por la mano, lo llevó paseando
hasta el castillo de Santángelo, y con muy elegante
latín le dio cuenta de ciertas obras que en él
hacía para fortificarle más, pidiéndole
en algunas trazas su parecer. Y respondióle tan embarazadamente
por no saber latín, que el embajador de España
(que a la sazón era Don Luis de Requesens, Comendador
mayor de Castilla) salió a favorecerle con su latín
y distraer al Papa a otra materia diferente. En fin, dijo
el Papa a los de su Cámara que no era posible saber
tanta teología, como decían, un hombre que
entendía tan poco latín. Y si como le probó
en esta lengua, que es obra de la memoria, y en trazar y
edificar, que pertenece a la buena imaginativa, le tentara
en cosas tocantes al entendimiento, le dijera divinas consideraciones.
En el catálogo de las ciencias que pertenecen a la
imaginativa pusimos al principio la poesía, y no acaso
ni con falta de consideración, sino para dar a entender
cuán lejos están del entendimiento los que
tienen mucha vena para metrificar. Y, así, hallaremos
que la mesma dificultad que la lengua latina tiene en juntarse
con la teología escolástica, ésta se
halla (y mucho mayor sin comparación) entre esta facultad
y el arte de metrificar. Y es tan contraria del entendimiento,
que por la mesma razón que alguno se señalare
notablemente en ella, se puede despedir de todas las ciencias
que pertenecen a esta potencia; y también de la lengua
latina por la contrariedad que la buena imaginativa tiene
con la mucha memoria. La razón de lo primero no la
alcanzó Aristóteles. Pero confirma mi sentencia
con una experiencia, diciendo: Marcus, civis Syracusanus,
poeta erat praestantior dum mente alionaretur, como si dijera:
«Marco siracusano era mejor poeta cuando salía fuera
de juicio». Y es la causa que la diferencia de imaginativa
a quien pertenece la poesía, es la que pide tres grados
de calor; y esta calidad, tan intensa, hemos dicho atrás
que echa a perder totalmente el entendimiento. Y así
lo notó el mesmo Aristóteles; porque, templándose
el Marco siracusano, dice que tenía mejor entendimiento,
pero que no acertaba a componer tan bien, por la falta del
calor con que obra esta diferencia de imaginativa. De la
cual carecía Cicerón, cuando quiriendo escrebir
en verso los hechos heroicos de su consulado y el dichoso
nacimiento que Roma había tenido en haber sido por
él gobernada, dijo así: O fortunatam natam
me consule Romam! Y por no entender Juvenal que a un hombre
de tal ingenio como Cicerón era ciencia repugnante
la poesía, satíricamente le picó diciendo:
«Si al tono de este verso tan malo dijeras las filípicas
contra Marco Antonio, no te costara la vida». Peor atinó
Platón cuando dijo que la poesía no era ciencia
humana, sino revelaciones divinas, porque, no estando los
poetas fuera de sí, o llenos de Dios, no podían
componer ni decir cosa que tuviese primor. Y pruébalo
con una razón, diciendo que, estando el hombre en
su libre juicio, no puede metrificar. Pero Aristóteles
lo reprende en decir que el arte de poesía no es habilidad
humana, sino revelaciones divinas, y admite que el hombre
cuerdo y que está en su libre juicio no puede ser
poeta; y es la razón que donde hay mucho entendimiento,
forzosamente ha de haber falta de imaginativa, a quien pertenece
el arte de componer. De lo cual se puede hacer mayor demostración
sabiendo que después de haber Sócrates aprendido
el arte poética con todos sus preceptos y reglas,
no pudo hacer un verso. Y por lo menos fue juzgado en el
oráculo de Apolo por el hombre más sabio del
mundo. Y, así, tengo por cosa llana que el muchacho
que saliere con notable vena para metrificar, y que con liviana
consideración se le ofrecieren muchos consonantes,
que ordinariamente corre peligro en saber con eminencia la
lengua latina, la dialéctica, filosofía, medicina
y teología escolástica, y las demás
artes y ciencias que pertenecen al entendimiento y memoria.
Y así lo vemos por experiencia: que si a un muchacho
destos le damos que aprenda un nominativo de memoria, no
lo tomará en dos ni tres días; y si es un pliego
de papel escrito en metro para representar alguna comedia
a dos vueltas que le dé se le fija en la cabeza. Estos
se pierden por leer en libros de caballerías, en Orlando,
en Boscán, en «Diana» de Montemayor y otros así;
porque todas éstas son obras de imaginativa. Pues
¿qué diremos del canto de órgano y de los maestros
de capilla, cuyo ingenio es ineptísimo para el latín
y para todas las demás ciencias que pertenecen al
entendimiento y memoria? La mesma cuenta lleva el tañer
y todo género de música. Por estos tres ejemplos
que hemos traído, del latín, de la teología
escolástica y de la poesía, entenderemos que
es verdadera esta doctrina y que hemos hecho bien el repartimiento,
aunque de las demás artes no hagamos particular demostración.
El escrebir descubre también la imaginativa. Y, así,
pocos hombres de grande entendimiento vemos que hacen buena
letra, de lo cual tengo yo notados muchos ejemplos a este
propósito. Especialmente conocí un teólogo
doctísimo que, corrido de ver cuán mala letra
hacía, no osaba escrebir cartas a nadie ni responder
a las que le enviaban, hasta que determinó traer secretamente
a su casa un maestro que le enseñase alguna forma
razonable, con que pudiese pasar. Y trabajando muchos días
en ello, fue tiempo tan perdido, que ninguna cosa aprovechó;
y, así, de aborrecido lo dejó, espantado el
maestro que le enseñaba de ver un hombre tan docto
en su facultad y tan inhábil para escrebir. Pero yo
que sé muy cierto que el escrebir muy bien es obra
de la imaginativa, lo tuve por efecto natural. Y si alguno
lo quisiere ver y notar, considere los estudiantes que ganan
de comer en las Universidades a trasladar papeles de buena
letra; y hallará que saben poca gramática,
poca dialéctica y poca filosofía, y si estudian
medicina o teología no ahondan nada. Y, así,
el muchacho que con la pluma supiere dibujar un caballo muy
bien sacado, y un hombre con buena figura, y hiciere unos
buenos lazos y rasgos, no hay que ponerle en ningún
género de letras, sino con un buen pintor que leg
facilite su naturaleza con el arte. El leer bien y con facilidad
descubre también una especie de imaginativa. Y si
es cosa muy notable, no hay que gastar el tiempo en letras,
sino hacerle que gane su vida a leer procesos. En esto hay
una cosa digna de notar; y es que la diferencia de imaginativa
que hace a los hombres graciosos, decidores y apodadores
es contraria de la que ha menester el hombre para leer con
facilidad. Y, así, ninguno que sea muy donoso puede
aprender a leer si no es tropezando y mintiendo. El saber
jugar a la primera, y hacer envites falsos y verdaderos,
y el querer y no querer a su tiempo, y por conjeturas conocer
el punto de su contrario, y saberse descartar es obra que
pertenece a la imaginativa. Lo mesmo es el juego de los cientos;
y el trunfo, aunque no tanto como la primera de Alemania.
Y no solamente hace prueba y demostración de esta
diferencia de ingenio, pero aun descubre todas las virtudes
y vicios del hombre, porque cada momento se ofrecen en este
juego ocasiones en las cuales da el hombre muestra de lo
que también haría en otras cosas mayores viéndose
en ellas. El juego del ajedrez es una de las cosas que más
descubren la imaginativa, por donde el que alcanzare delicadas
tretas y diez o doce lances juntos en el tablero corre peligro
en las ciencias que pertenecen al entendimiento y memoria
(si no es que hace junta de dos o tres potencias, como ya
lo habemos notado). La cual doctrina si alcanzara un teólogo
escolástico doctísimo que yo conocí,
cayera en la cuenta de una cosa que dudaba. Este jugaba con
un criado suyo muchas veces; y, perdiendo, le decía
de corrido: «¿Qué es esto, Fulano, que ni sabéis
latín ni dialéctica ni teología, aunque
lo habéis estudiado, y me ganáis vos a mí,
estando lleno de Escoto y de santo Tomás? ¿Es posible
que vos tenéis mejor ingenio que yo? No puedo creer
verdaderamente sino que el diablo os revela a vos estas tretas».
Y era el misterio que el amo tenía grande entendimiento,
con el cual alcanzaba las delicadeces de Escoto y de santo
Tomás, y era falto de aquella diferencia de imaginativa
con que se juega al ajedrez; y el mozo era de ruin entendimiento
y memoria, y muy delicada imaginativa. Los estudiantes que
tienen los libros compuestos, el aposento bien aderezado
y barrido, cada cosa en su lugar y en su clavo colgada, tienen
cierta diferencia de imaginativa muy contraria del entendimiento
y memoria. El mesmo ingenio alcanzan los hombres polidos,
bien aseados, y andan a buscar los pelillos de la ropa y
se ofenden con las rugas del vestido. Esto cierto es que
nace de la imaginativa; porque si un hombre no sabía
metrificar y era desaliñado, si por ventura se enamora,
dice Platón que luego se hace poeta y muy aseado y
limpio; porque el amor calienta y deseca el celebro, que
son las calidades que avivan la imaginativa. Lo mesmo nota
Juvenal que hace la indignación, que es pasión
también que calienta el celebro: si natura negat,
facit indignatio versum. Los graciosos, decidores, apodadores
y que saben dar una matraca, tienen cierta diferencia de
imaginativa muy contraria del entendimiento y memoria. Y,
así, jamás salen con la gramática, dialéctica,
teología escolástica, medicina ni leyes; pues
que sí son agudos in agilibus, mañosos para
cualquiera cosa que toman a hacer, prestos en hablar y responder
a propósito. Éstos son proprios para servir
en palacio, para solicitadores, procuradores de causas, para
mercaderes y tratantes, para comprar y vender, pero no para
letras. Con éstos, se engaña mucho la gente
vulgar viéndolos tan mañosos para todas las
cosas; y, así, les parece que si se dieran a letras
salieran grandes hombres; y realmente no hay ingenio para
ellas más repugnante. Los muchachos que se tardaren
mucho en hablar tienen humidad demasiada en la lengua y también
en el celebro; la cual gastada con el discurso del tiempo,
vienen después elocuentísimos y muy habladores
por la grande memoria que se les hace moderándose
la humidad. Lo cual sabemos de atrás que le aconteció
a aquel famoso orador Demóstenes, de quien dijimos
que se había espantado Cicerón por la rudeza
que de muchacho tenía en hablar y, de grande ser tan
elocuente. También los muchachos que tienen buena
voz y gorjean mucho de garganta son ineptísimos para
todas las ciencias; y es la razón que son fríos
y húmidos, las cuales dos calidades, estando juntas,
dijimos atrás que echan a perder la parte racional.
Los estudiantes que sacaren la lición puntualmente
como la dice el maestro y así la refieren, es indicio
de buena memoria, pero el entendimiento lo ha de pagar.
Algunos problemas y dudas se ofrecen en esta doctrina, la
respuesta de los cuales por ventura dará más
luz para entender que es verdad lo que decimos. El primero
es: ¿de dónde nace que los grandes latinos son más
arrogantes y presuntuosos en saber que los hombres muy doctos
en aquel género de letras que pertenecen al entendimiento?
En tanto que, para dar a entender el refrán qué
cosa es gramático, dice de esta manera: grammaticus
ipsa arrogantia est; como si dijera: «el gramático
no es otra cosa sino la mesma arrogancia». El segundo es:
¿en qué va ser la lengua latina tan repugnante al
ingenio de los españoles y tan natural a los franceses,
italianos, alemanes, ingleses y a los demás que habitan
el Septentrión? Como parece por sus obras: que por
el buen latín conocemos ya que es extranjero el autor,
y por el bárbaro y mal rodado sacamos que es español.
El tercero es: ¿cómo las cosas que dicen y escriben
en lengua latina suenan mejor, abultan más y tienen
mayor elegancia que en otra cualquier lengua por buena que
sea, habiendo dicho atrás que todas las lenguas no
es más que un antojo y plácito de aquellos
que las inventaron, sin tener fundamento en naturaleza?
La cuarta duda es: ¿de qué manera se compadece que,
estando escritas en latín todas las ciencias que pertenecen
al entendimiento y que las pueden estudiar y leer en los
libros aquellos que son faltos de memoria, siéndoles
por esta razón repugnante la lengua latina? Al primer
problema se responde que, para conocer si un hombre es falto
de entendimiento, no hay más cierta señal que
verle altivo, hinchado, presuntuoso, amigo de honra, puntuoso
y lleno de cirimonias. Y es la razón que todas éstas
son obras de una diferencia de imaginativa que no pide más
que un grado de calor, con el cual bien se compadece la mucha
humidad que pide la memoria, por no tener fuerza para la
resolver. Por el contrario, es indicio infalible que, siendo
un hombre naturalmente humilde, menospreciado de sí
y de sus cosas, y que no solamente no se jacta ni alaba,
pero se ofende con los loores que otros le dan y se afrenta
con los lugares y cirimonias honrosas, bien lo pueden señalar
por hombre de grande entendimiento y poca imaginativa y memoria.
(Dije naturalmente humilde: porque, si lo es con artificio,
no es cierta señal). De aquí es que, como los
gramáticos son hombres de gran memoria y hacen junta
con aquella diferencia de imaginativa, forzosamente son faltos
de entendimiento y tales cuales dice el refrán. Al
segundo problema se responde que, buscando Galeno el ingenio
de los hombres por el temperamento de la región que
habitan, dice que los que moran debajo el Septentrión
todos son faltos de entendimiento; y los que están
sitiados entre el Septentrión y la tórrida
zona son prudentísimos. La cual postura responde puntualmente
a nuestra región, y es cierto así. Porque España,
ni es tan fría como los lugares del Norte, ni tan
caliente como la tórrida zona. La mesma sentencia
trae Aristóteles preguntando por qué los que
habitan tierras muy frías son de menos entendimiento
que los que nacen en las más calientes; y en la respuesta
trata muy mal a los flamencos, alemanes, ingleses y franceses,
diciendo que su ingenio es como el de los borrachos, por
la cual razón no puede inquirir ni saber la naturaleza
de las cosas. Y la causa de esto es la mucha humidad que
tienen en el celebro y en las demás partes del cuerpo;
y así lo muestran la blancura del rostro y el color
dorado del cabello, y que por maravilla se halla un alemán
que sea calvo; y con esto, todos son crecidos y de larga
estatura, por la mucha humidad, que hace dilatables las carnes.
Todo lo cual se hace al revés en los españoles:
son un poco morenos, el cabello negro, medianos de cuerpo,
y los más los vemos calvos; la cual disposición
dice Galeno que nace de estar caliente y seco el celebro.
Y si esto es verdad, forzosamente han de tener ruin memoria
y grande entendimiento; y los alemanes, grande memoria y
poco entendimiento. Y, así, los unos no pueden saber
latín, y los otros lo aprenden con facilidad. La razón
que trae Aristóteles para probar el poco entendimiento
de los que habitan debajo de Septentrión es que la
mucha frialdad de la región revoca el calor natural
adentro por antiparistasis, y no le deja disipar. Y, así,
tiene mucha humidad y calor, por donde juntan gran memoria
para las lenguas, y buena imaginativa, con la cual hacen
relojes, suben el agua a Toledo, fingen maquinamientos y
obras de mucho ingenio, las cuales no pueden fabricar los
españoles por ser faltos de imaginativa. Pero metidos
en dialéctica, filosofía, teología escolástica,
medicina y leyes, más delicadezas dice un ingenio
español en sus términos bárbaros, que
un extranjero sin comparación, porque sacados éstos
de la elegancia y policía con que lo escriben, no
dicen cosa que tenga invención ni primor. En comprobación
de esta doctrina, dice Galeno in Scithiis, unus vir factus
est philosophus: Athenis autem multi tales; como si dijera:
«en Escitia (que es una provincia que está debajo
el Septentrión) por maravilla sale un hombre filósofo,
y en Atenas todos nacen prudentes y sabios». Pero aunque
a estos septentrionales les repugna la filosofía y
las demás ciencias que hemos dicho, viéneles
muy bien las matemáticas y astrología, por
tener buena imaginativa. La respuesta del tercer problema
depende de una cuestión que hay entre Platón
y Aristóteles muy celebrada. El uno dice que hay nombres
proprios que naturalmente significan las cosas y que es menester
mucho ingenio para hallarlos; la cual opinión favorece
la divina Escritura diciendo que Adán ponía
a cada cosa de las que Dios le puso delante el proprio nombre
que le convenía. Pero Aristóteles no quiere
conceder que haya, en ninguna lengua, nombre ni manera de
hablar que signifique naturalmente la cosa, porque todos
los nombres son fingidos y hechos al antojo y voluntad de
los hombres. Y, así, parece por experiencia que el
vino tiene más de sesenta nombres y el pan otros tantos,
en cada lengua el suyo, y de ninguno se puede afirmar que
es el natural y conviniente, porque de él usarían
todos los hombres del mundo. Pero con todo eso, la sentencia
de Platón es más verdadera. Porque puesto caso
que los primeros inventores fingieron los vocablos a su plácito
y voluntad, pero fue un antojo racional, comunicado con el
oído, con la naturaleza de la cosa, con la gracia
y donaire en el pronunciar, no haciendo los vocablos cortos
ni largos, ni fuese menester mostrar fealdad en la boca al
tiempo de pronunciar, asentando el acento en su conveniente
lugar, y guardando otras condiciones que ha de tener la lengua
para ser elegante y no bárbara. Desta opinión
de Platón fue un caballero español cuyo entretenimiento
era escrebir libros de caballerías, porque tenía
cierta diferencia de imaginativa que convida al hombre a
ficciones y mentiras. Deste se cuenta que, introduciendo
en sus obras un gigante furioso, anduvo muchos días
imaginando un hombre que respondiese enteramente a su bravosidad;
y jamás lo pudo encontrar hasta que, jugando un día
a los naipes en casa de un amigo suyo, oyó decir al
señor de la posada: «Hola, muchacho, tra qui tantos
a esta mesa». El caballero, como oyó este nombre traquitantos,
luego le hizo buena consonancia en los oídos, y sin
más aguardar se levantó diciendo: «Señores,
yo no juego más, porque ha muchos días que
ando buscando un nombre que cuadrase con un gigante furioso
que introduzgo en esos borrones que compongo y no lo he podido
hallar hasta que vine a esta casa donde siempre recibo toda
merced». La curiosidad de este caballero en llamar al gigante
Traquitantos tuvieron los primeros inventores de la lengua
latina, y así hallaron un lenguaje de tan buena consonancia
a los oídos. Por donde no hay que espantar que las
cosas que se dicen y escriben en latín suenan tan
bien, y en las demás lenguas tan mal, por haber sido
bárbaros sus primeros inventores. La postrera me
fue forzado ponerla por satisfacer a muchos que han dado
en ella, siendo muy fácil la solución. Porque
los que tienen grande entendimiento no están totalmente
privados de memoria; que, a no la tener, era imposible discurrir
el entendimiento ni raciocinar, porque esta potencia es la
que tiene la materia y los fantasmas sobre que se ha de especular.
Pero por ser remisa, de tres grados de perfección
que se pueden alcanzar en la lengua latina (que son entenderla,
escrebirla y hablarla bien), no puede pasar del primero,
si no es mal y tropezando.
 Capítulo IX [XI de 1594]
Donde se prueba que la elocuencia y policía en hablar
no puede estar en los hombres de grande entendimiento
Una
de las gracias por donde más se persuade el vulgo
a pensar que un hombre es muy sabio y prudente es oírle
hablar con grande elocuencia: tener ornamento en el decir,
copia de vocablos dulces y sabrosos, traer muchos ejemplos
acomodados al propósito que son menester. Y, realmente,
nace de una junta que hace la memoria con la imaginativa
en grado y medio de calor, el cual no puede resolver la humidad
del celebro y sirve de levantar las figuras y hacerlas bullir,
por donde se descubren muchos conceptos y cosas que decir.
En esta junta es imposible hallarse el entendimiento, porque
ya hemos dicho y probado atrás que esta potencia abomina
grandemente el calor, y la humidad no la puede sufrir. La
cual doctrina si alcanzaran los atenienses, no se espantaran
tanto de ver un hombre tan sabio como Sócrates y que
no supiese hablar; del cual decían los que entendían
lo mucho que sabía que sus palabras y sentencias eran
como unas cajas de madera tosca y sin cepillar por defuera,
pero, abiertas, había dentro en ellas dibujos y pinturas
dignas de admiración. En la mesma ignorancia han
estado los que, quiriendo dar razón y causa de la
oscuridad y mal estilo de Aristóteles, dijeron que
de industria, y por querer que sus obras tuviesen autoridad,
escribió en jirigonza y con tal mal ornamento de palabras
y maneras de hablar. Y si consideramos también el
proceder tan duro de Platón y la brevedad con que
escribe, la oscuridad de sus razones, la mala colocación
de las partes de la oración, hallaremos que no es
otra la causa. ¡Pues qué si leemos las obras de Hipócrates,
los hurtos que hace de nombres y verbos, el mal asiento de
sus dichos y sentencias, la mala trabazón de sus razones,
lo poco que se le ofrece que decir para llenar los vacíos
de su doctrina! ¿Qué más sino que, quiriendo
dar muy larga cuenta a Damageto, su amigo, de cómo
Artajerjes, rey de los persas, lo envió a llamar prometiéndole
todo el oro y la plata que él quisiese y que le contaría
entre los grandes de su reino (habiendo sobre esto muchas
demandas y respuestas), dijo así: Persarum rex nos
accersivit, ignarus quod apud me maior est sapientiae ratio
quam auri. Vale; como si dijera: «el rey de los persas me
envió a llamar, no sabiendo que yo estimo más
la sabiduría que el oro». La cual materia si tomara
entre manos Erasmo, o cualquier otro hombre de buena imaginativa
y memoria como él, era poco para dilatarla una mano
de papel. ¿Pero quién se atreviera a ejemplificar
esta doctrina en el ingenio natural de san Pablo y afirmar
que era hombre de grande entendimiento y poca memoria, y
que no podía (con sus fuerzas) saber lenguas ni hablar
en ellas con ornamento y policía, si él no
dijera así: nihil me minus feccisse a magnis apostolis
existimo, nam etsi imperitus sum sermone, sed non scientia;
como si dijera: «yo bien confieso que no sé hablar,
pero en ciencia y saber ningún apóstol de los
grandes me hace ventaja». La cual diferencia de ingenio era
tan apropriada para la publicación del Evangelio,
que ninguna otra se podía elegir mejor. Porque ser
el publicador elocuente y tener mucho ornamento de palabras
no convenía, atento que la fuerza de los oradores
de aquel tiempo se descubría en que hacían
entender al auditorio las cosas falsas por verdaderas; y
lo que el vulgo tenía recebido por bueno y provechoso,
usando ellos de los preceptos de su arte, persuadían
lo contrario, y defendían que era mejor ser pobre
que rico, y estar enfermo que sano, y ser necio que sabio;
y otras cosas que manifiestamente eran contra la vulgar opinión.
Por la cual razón los llamaban los hebreos gevañin,
que quiere decir engañadores. Lo mesmo le pareció
a Catón el Mayor, y tuvo por peligrosa la estada de
éstos en Roma, viendo que las fuerzas del imperio
romano estaban fundadas en las armas, y éstos comenzaban
ya a persuadir que era bien que la juventud romana las dejase
y se diese a este género de sabiduría; y así,
con brevedad los mandó luego desterrar de Roma y que
no estuviesen más en ella. Pues si Dios buscara un
predicador elocuente y con ornamento en el decir, y entrara
en Atenas o en Roma afirmando que en Jerusalén habían
crucificado los judíos a un hombre que era Dios verdadero,
y que había muerto de su propia y agradable voluntad
por redimir los pecadores, y que resucitó al tercero
día, y que subió a los cielos donde ahora está
¿qué había de pensar el auditorio sino que
este tema era alguna estulticia y vanidad de aquellas que
los oradores suelen persuadir con la fuerza de su arte? Por
tanto, dijo san Pablo: non enim misit me Chtistus baptizare,
sed evangelizare; non in sapientia verbi, ut non evacuetur
crux Christi; como si dijera: «no me envió Cristo
a baptizar sino a predicar, y no con oratoria, porque no
pensase el auditorio que la cruz de Cristo era alguna vanidad
de las que suelen persuadir los oradores». El ingenio de
san Pablo era apropriado para este ministerio; porque tenía
grande entendimiento para defender y probar, en las sinagogas
y en la gentilidad, que Jesucristo era el Mesías prometido
en la ley, y que no había que esperar otro ninguno.
Y, con esto, era de poca memoria; por donde no pudo saber
hablar con ornamento de palabras dulces y sabrosas. Y esto
era lo que la publicación del Evangelio había
menester. Por esto no quiero decir que san Pablo no tuviese
don de lenguas, sino que en todas hablaba de la manera que
en la suya. Ni tampoco tengo entendido que, para defender
el nombre de Cristo, bastaban las fuerzas de su grande entendimiento,
si no estuviera de por medio la gracia y auxilio particular
que Dios para ello le dio. Sólo quiero sentir que
los dones sobrenaturales obran mejor cayendo sobre buena
naturaleza, que si el hombre fuese de suyo torpe y nescio.
A esto alude aquella doctrina de san Jerónimo, que
trae en el proemio que hace sobre Isaías y Jeremías,
preguntando qué es la causa que siendo el mesmo Espíritu
Santo el que hablaba por la boca de Jeremías e Isaías,
el uno proponga las cosas que escribe con tanta elegancia,
y Jeremías apenas sabe hablar. A la cual duda responde
que el Espíritu Santo se acomoda a la manera natural
que tiene de proceder cada profeta, sin variarles la gracia
su naturaleza ni enseñarles el lenguaje con que han
de publicar la profecía. Y, así, es de saber
que Isaías era un caballero ilustre, criado en corte
y en la ciudad de Jerusalén, por la cual razón
tenía ornamento y policía en el hablar; pero
jeremías era nacido y criado en una aldea de Jerusalén
que se llamaba Anatotites, basto y rudo en el proceder como
aldeano; y de este mesmo estilo se aprovechó el Espíritu
Santo en la profecía que le comunicó. Lo mesmo
se ha de decir de las epístolas de san Pablo: que
el Espíritu Santo presidía en él cuando
las escribió, para que no pudiese errar; pero el lenguaje
y manera de hablar era el natural de san Pablo, acomodado
y proprio a la doctrina que escrebía, porque la verdad
y la teología escolástica aborrecen la muchedumbre
de palabras. Con la teología positiva muy bien se
junta pericia de lenguas y el ornamento y policía
en hablar. Porque esta facultad pertenece a la memoria y
no es más que un montón de dichos y sentencias
católicas tomadas de los doctores sagrados y de la
divina Escritura, y guardadas en esta potencia; como lo hace
un gramático con las flores de los poetas Virgilio,
Horacio, Terencio y de los demás autores latinos que
lee, el cual, conociendo la ocasión de recitarlos,
sale luego con un pedazo de Cicerón o de Quintiliano,
con que muestra al auditorio su erudición. Los que
alcanzan esta junta de imaginativa con memoria, y trabajan
en recoger el grano de todo lo que ya está dicho y
escrito en su facultad, y lo traen en conveniente ocasión
con grande ornamento de palabras y graciosas maneras de hablar,
es tanto lo inventado en todas las ciencias, que parece a
los que ignoran esta doctrina que es grande su profundidad.
Y realmente son muy someros, porque llegándolos a
tentar en los fundamentos de aquello que dicen y afirman,
descubren la falta que tienen. Y es la causa que con tanta
copia de decir y con tanto ornamento de palabras no se puede
juntar el entendimiento, a quien pertenece saber de raíz la verdad. Destos dijo la divina Escritura: ubi verba sunt
plurima, ibi frequenter egestas; como si dijera: «el hombre
que tiene muchas palabras, ordinariamente es falto de entendimiento
y prudencia». Los que alcanzan esta junta de imaginativa
y memoria entran con grande ánimo a interpretar la
divina Escritura, pareciéndoles que por saber mucho
hebreo, mucho griego y latín, tienen el camino andado
para sacar el espíritu verdadero de la letra. Y realmente
van perdidos: lo uno, porque los vocablos del texto divino
y sus maneras de hablar tienen otras muchas significaciones
fuera de las que supo Cicerón en latín; lo
otro, que a los tales les falta el entendimiento, que es
la potencia que averigua si un espíritu es católico
o depravado. Ésta es la que puede elegir (con la gracia
sobrenatural), de dos o tres sentidos que salen de una letra,
el que es más verdadero y católico. Los engaños
dice Platón que nunca acontescen en las cosas disímiles
y muy diferentes, sino cuando ocurren muchas que tienen gran
similitud. Porque si a una vista perspicaz le pusiésemos
delante un poco de sal, azúcar, harina y cal, todo
molido y cernido y cada cosa por sí ¿qué haría
un hombre que careciese de gusto si con los ojos hubiese
de conocer cada polvo de éstos sin errar, diciendo
«esto es sal», «esto, azúcar», «esto, harina» y «esto,
cal»? Yo no dudo sino que se engañaría, por
la gran similitud que entre sí tienen estas cosas.
Pero si el un montón fuese de trigo, otro de cebada,
otro de paja, otro de tierra y otro de piedra, cierto es
que no se engañaría en poner nombre a cada
montón aunque tuviese poca vista, por ser cada uno
de tan varia figura. Lo mesmo vemos que acontesce cada día
en los sentidos y espíritus que dan los teólogos
a la divina Escritura: que mirados dos o tres, a la primera
muestra todos tienen apariencia de católicos y que
consuenan bien con la letra, y realmente no lo son ni quiso
el Espíritu Santo decir aquello. Para elegir de estos
sentidos el mejor y reprobar el malo, es cierto que no se
aprovecha el teólogo de la memoria ni de la imaginativa,
sino del entendimiento. Y, así, digo que el teólogo
positivo ha de consultar al escolástico y pedirle
que, de aquellos sentidos, le elija el que le pareciere mejor,
si no quiere amanecer en la Inquisición. Por esta
causa los herejes aborrecen tanto la teología escolástica
y procuran desterrarla del mundo, porque distinguiendo, infiriendo,
raciocinando y juzgando se viene a saber la verdad y descubrir
la mentira.
 Capítulo X [XII de 1594]
Donde se prueba que la teórica de la teología
pertenece al entendimiento y el predicar, que es su práctica,
a la imaginativa
Problema es muy preguntado (no solamente
de la gente docta y sabia, pero aun los hombres vulgares
han caído ya en la cuenta y lo ponen cada día
en cuestión) qué sea la razón y causa
que en siendo un teólogo grande hombre de escuelas,
en disputar agudo, en responder fácil, en escrebir
y leer de admirable doctrina, y subido en un púlpito
no sabe predicar; y por lo contrario, en saliendo galano
predicador, elocuente, gracioso y que se lleva la gente tras
sí, por maravilla sabe mucha teología escolástica.
Por donde no admiten por buena consecuencia: «Fulano es gran
teólogo escolástico, luego será gran
predicador»; ni quieren conceder al revés: «Es gran
predicador, luego sabe mucha teología escolástica»;
porque, para deshacer la una consecuencia y la otra, se le
ofrecerán a cualquiera más instancias que cabellos
tenga en la cabeza. Ninguno hasta ahora ha podido responder
a esta pregunta más de lo ordinario, que es atribuirlo
todo a Dios y a la distribución de sus gracias. Y
paréceme muy bien, ya que no saben la causa más
en particular. La respuesta de esta duda en alguna manera
la dejamos dada en el capítulo pasado, pero no tan
en particular como conviene; y fue que la teología
escolástica pertenece al entendimiento. Ahora decimos
y queremos probar que el predicar (que es su práctica)
es obra de la imaginativa; y así como es dificultoso
juntar en un mesmo celebro grande entendimiento y mucha imaginativa,
de la mesma manera no se puede compadecer que uno sea gran
teólogo escolástico y famoso predicador. Y
que la teología escolástica sea obra del entendimiento
ya lo dejamos demostrado atrás, probando la repugnancia
que tenía con la lengua latina; por donde no será
necesario volver a ello otra vez. Sólo quiero dar
a entender que la gracia y donaire que tienen los buenos
predicadores, con la cual atraen a sí el auditorio
y lo tienen contento y suspenso, todo es obra de la imaginativa,
y parte de ello de la buena memoria. Y para que mejor me
pueda explicar y hacerlo tocar con la mano, es menester suponer
primero que el hombre es animal racional, sociable y político;
y porque su naturaleza se habilitase más con el arte,
inventaron los filósofos antiguos la dialéctica,
para enseñarle como había de raciocinar, con
qué preceptos y reglas, cómo había de
difinir las naturalezas de las cosas, distinguir, dividir,
inferir, raciocinar, juzgar y eligir, sin las cuales obras
es imposible ningún artífice poderse pasar.
Y para poder ser sociable y político, tenía
necesidad de hablar y dar a entender a los demás hombres
las cosas que concebía en su ánimo; y porque
no las explicase sin orden ni concierto, inventaron otra
arte que llaman retórica, la cual con sus preceptos
y reglas le hermosea su habla con polidos vocablos, con elegantes
maneras de decir, con afectos y colores graciosos. Pero
así como la dialéctica no enseña al
hombre a discurrir y a raciocinar en sola una ciencia, sino
en todas sin distinción, de la mesma manera la retórica
muestra hablar en la teología, en la medicina, en
la jurispericia, en el arte militar y en todas las demás
ciencias y conversaciones que tratan los hombres. De suerte
que si queremos fingir un perfecto dialéctico o consumado
orador, no se podría considerar sin que supiese todas
las ciencias, porque todas son de su jurisdicción,
y en cualquiera de ellas sin distinción podría
ejercitar sus preceptos; no como la medicina, que tiene limitada
la materia sobre que ha de tratar; y la filosofía
natural, moral, metafísica, astrología y las
demás. Y, por tanto, dijo Cicerón: oratorem,
ubicumque constiterit, constitere in suo; y en otra parte
dice: in oratore perfecto inest omnis philosophorum scientia.
Y por esta causa dijo el memos Cicerón que no había
artífice más dificultoso de hallar, que un
perfecto orador; y con más razón lo dijera
si supiera la repugnancia que había en juntar todas
las ciencias en un particular. Antiguamente se habían
alzado con el nombre y oficio de orador los jurisperitos,
porque la perfección de la abogacía pedía
el conocimiento y pericia de todas las artes del mundo, a
causa de que las leyes juzgan a todos y, para saber la defensión
que cada arte tiene por sí, era necesario tener particular
noticia de todas; y, así, dijo Cicerón: nemo
est in oratorum numero habendum qui non sit omnibus artibus
perpolitus. Pero viendo que era imposible aprender todas
las ciencias, lo uno por la brevedad de la vida, y lo otro
por ser el ingenio del hombre tan limitado, lo dejaron caer,
contentándose en la necesidad con dar crédito
a los peritos de aquel arte que defienden, y no más.
Tras esta manera de defender las causas, sucedió
luego. la doctrina evangélica, la cual se podía
persuadir con el arte de oratoria mejor que cuantas ciencias
hay en el mundo, por ser la más cierta y verdadera.
Pero Cristo nuestro redentor mandó a san Pablo que
no la predicase in sapientia verbi, porque no pensasen las
gentes que era alguna mentira bien ordenada como aquellas
que los oradores solían persuadir con la fuerza de
su arte. Pero ya recebida la fe, y de tantos años
atrás, bien se permite predicar con lugares retóricos
y aprovecharse del bien decir y hablar, por no haber ahora
el inconveniente que cuando predicaba san Pablo; antes vemos
que hace más provecho el predicador que tiene las
condiciones de perfecto orador, y le sigue más gente,
que el que no usa de ellas. Y es la razón muy clara.
Porque si los antiguos oradores hacían entender al
pueblo las cosas falsas por verdaderas, aprovechándose
de sus preceptos y reglas, mejor se convencerá el
auditorio cristiano persuadiéndole con artificio aquello
mesmo que él tiene ya entendido y creído. Aliende
que la divina Escritura es en cierta manera todas las cosas,
y para su verdadera interpretación son menester todas
las ciencias, conforme aquel dicho tan celebrado: missit
ancillas suas vocare ad arcem. Esto no es menester encargarlo
a los predicadores de nuestro tiempo, ni avisarlos que lo
pueden ya hacer, porque su estudio particular (fuera del
provecho que pretenden hacer con su doctrina) es buscar un
buen tema a quien puedan aplicar a propósito muchas
sentencias galanas traídas de la divina Escritura,
de los sagrados doctores, de poetas, historiadores, médicos
y legistas, sin perdonar ciencia ninguna, hablando copiosamente,
con elegancia y dulces palabras; con todo lo cual dilatan
y ensanchan el tema una hora, y dos si es menester. Esto
proprio dice Cicerón que profesaba el perfecto orador
en su tiempo: vis oratoris professioque ipsa bene dicendi
hoc suscipere ac polliceri videtur, ut omni de re quacumque
sit proposita, ab eo ornate copioseque dicatur. Luego, si
probáremos que las gracias y condiciones que ha de
tener el perfecto orador, todas pertenecen a la imaginativa
y memoria, tenemos entendido que el teólogo que las
alcanzare será muy gran predicador; pero, metido en
la doctrina de santo Tomás y Escoto, sabrá
muy poco de ella, por ser ciencia que pertenece al entendimiento;
de la cual potencia ha de tener por fuerza gran remisión.
Qué cosas sean aquellas que pertenecen a la imaginativa
y con qué señales se han de conocer ya lo hemos
dicho atrás, y ahora lo tornaremos a referir para
refrescar la memoria. Todo aquello que dijere buena figura,
buen propósito y encaje, todas son gracias de la imaginativa,
como son los donaires, apodos, motes y comparaciones. Lo
primero que ha de hacer el perfecto orador, tiniendo ya el
tema en las manos, es buscar argumentos y sentencias acomodadas
con que dilatarle y probarle; y no con cualesquiera palabras,
sino con aquellas que hagan buena consonancia en los oídos.
Y, así, dijo Cicerón: oratorem eum esse puto
qui, et verbis ad audiendum iocundis, et sententiis accommodatis
ad probandum, uti possit. Esto cierto es que pertenece a
la imaginativa, pues hay en ello consonancia de palabras
graciosas y buen propósito en las sentencias. La
segunda gracia que no le ha de faltar al perfecto orador
es tener mucha invención o mucha lición. Porque
si está obligado a dilatar y probar cualquier tema
que se le ofreciere con muchos dichos y sentencias traídas
a propósito, ha menester tener muy subida imaginativa,
que sea como perro ventor que le busque y traiga la caza
a la mano; y, cuando faltare qué decir, lo finja como
si realmente fuera así. Por eso dijimos atrás
que el calor era el instrumento con que obraba la imaginativa,
porque esta calidad levanta las figuras y las hace bullir,
por donde se descubre todo lo que hay que ver en ellas. Y,
si no, hay más que considerar: tiene fuerza la imaginativa,
no solamente de componer una figura posible con otra, pero
aun las que son imposibles, según orden de Naturaleza,
las junta y de ellas vienen a hacer montes de oro y bueyes
volando. En lugar de la invención propria, se pueden
aprovechar los oradores de la mucha lección, ya que
les falte la imaginativa; pero, en fin, lo que enseñan
los libros es caudal finito y limitado, y la propria invención
es como la buena fuente que siempre da agua fresca y de nuevo.
Para retener lo leído es necesario tener mucha memoria,
y para recitarlo delante del auditorio con facilidad no se
puede hacer sin la mesma potencia; y, así, dijo Cicerón:
is orator erit (mea quidem sententia), hoc tan gravi dignus
nomine, qui quaecumque res incideit quae sit dictione explicanda,
prudenter, copiose, ornate et memoriter dicat; como si dijera:
«este orador será digno de tan grave nombre, que pudiere
orar sobre cualquier tema que se le ofreciere, con prudencia
(que es acomodarse bien al auditorio, al lugar, al tiempo
y ocasión), copiosamente, con ornato de palabras dulces
y sabrosas, y recitadas de memoria». La prudencia ya hemos
dicho y probado atrás que pertenece a la imaginativa;
la copia de vocablos y sentencias, a la memoria; el ornamento
y atavío, a la imaginativa; y recitar tantas cosas
sin tropezar ni repararse, cierto es que se hace con la buena
memoria. A propósito de lo que dijo Cicerón,
que el buen orador ha de hablar de memoria y no por escrito,
es de saber que el maestro Antonio de Librija había
venido ya a tanta falta de memoria, por la vejez, que leía
por un papel la lición de retórica a sus discípulos;
y como era tan eminente en su facultad y tenía su
intención bien probada, no miraba nadie en ello. Pero
lo que no se pudo sufrir fue que, muriendo éste repentinamente
de apoplejía, encomendó la Universidad de Alcalá
el sermón de sus obsequias a un famoso predicador,
el cual inventó y dispuso lo que habría de
decir como mejor pudo. Pero fue el tiempo tan breve, que
no hubo lugar de tomarlo de memoria; y así se fue
al púlpito con el papel en la mano, y entró
diciendo así: «Lo que este ilustre varón acostumbraba
hacer, leyendo a sus discípulos, eso mesmo traigo
yo determinado de hacer a su imitación, porque fue
su muerte tan repentina y el mandarme que yo predicase en
sus obsequias tan acelerado, que no ha habido lugar ni tiempo
de estudiar lo que convenía decir, ni para recogerlo
en la memoria. Lo que yo he podido trabajar esta noche traigo
escrito en este papel: suplico a vuestras mercedes lo oigan
con paciencia y me perdonen la poca memoria». Pareció
tan mal al auditorio esta manera de predicar por escrito
y con el papel en la mano, que todo fue sonreír y
murmurar. Y, así, dijo muy bien Cicerón que
se había de orar de memoria y no por escrito. Este
predicador, realmente, no tenía propria invención:
todo lo había de sacar de los libros y para esto es
menester mucho estudio y memoria. Pero los que toman de su
cabeza la invención, ni han menester estudiar, ni
tiempo, ni memoria; porque todo se lo hallan dicho y levantado.
Estos predicarán a un auditorio toda la vida sin encontrarse
con lo que dijeron veinte años atrás; y los
que carecen de invención, en dos cuaresmas desfloran
todos los libros de molde y acaban con los cartapacios y
papeles que tienen, y a la tercera es menester pasarse a
nuevo auditorio, so pena que les dirán: «éste
ya predica como antaño». La tercera propriedad que
ha de tener el buen orador es saber disponer lo inventado,
asentando cada dicho y sentencia en su lugar, de manera que
todo se responda en proporción y lo uno a lo otro
se llame. Y, así, dijo Cicerón: dispositio
est ordo et distributio rerum quae demonstrat quid quibus
in locis collocandum sit; como si dijera: «la disposición
no es otra cosa más que el orden y concierto que se
ha de tener en distribuir los dichos y sentencias que se
han de decir al auditorio, mostrando qué cosa en qué
lugar se ha de asentar para que, concertado con lo demás,
resulte buena figura». La cual gracia, cuando no es natural,
suele dar mucho trabajo a los predicadores, porque después
de haber hallado en los libros muchas cosas que decir, no
fácilmente atinan todos al encaje conveniente de cada
cosa. Esta propiedad de ordenar y distribuir cierto es que
es obra de la imaginativa, pues dice figura y correspondencia.
La cuarta propriedad que han de tener los buenos oradores
(y la más importante de todas) es la acción,
con la cual dan ser y ánima a las cosas que se dicen;
y con la mesma mueven al auditorio y lo enternecen a creer
que es verdad lo que les quieren persuadir. Y, así,
dijo Cicerón: actio, quae motu corporis, quae gestu,
quae vultu, quae vocis confirmatione ac varietate moderanda
est; como si dijera: «la acción se ha de moderar haciendo
los meneos y gestos que el dicho requiere; alzando la voz
y bajándola; enojándose, y tornarse luego a
apaciguar; unas veces hablar apriesa, otras a espacio; reñir
y halagar; menear el cuerpo a una parte y a otra; coger los
brazos y desplegarlos; reír y llorar; y dar una palmada
en buena ocasión». Esta gracia es tan importante en
los predicadores, que con sola ella, sin tener invención
ni disposición, de cosas de poco momento y vulgares
hacen un sermón que espantan al auditorio, por tener
acción, que en otro nombre se llama espíritu
o pronunciación. En esto hay una cosa de notable,
en la cual se descubre cuánto puede esta gracia. Y
es que los sermones que parecen bien por la mucha acción
y espíritu, puestos en el papel no valen nada ni se
pueden leer; y es la causa que con la pluma no es posible
pintarse los meneos y gestos con los cuales parecieron bien
en el púlpito. Otros sermones parecen muy bien en
el cartapacio, y, predicados, no se pueden oír por
no darles el acción que requieren sus pasos. Por donde
dijo Platón que el estilo del hablar es muy diferente
del que pide el buen escribir; y, así, vemos muchos
hombres que hablan muy bien y notan mal una carta, y otros,
al revés, escriben muy bien y razonan muy mal. Todo
lo cual se ha de reducir a la acción; y la acción
es cierto que es obra de la imaginativa, porque todo cuanto
hemos dicho de ella hace figura, correspondencia y buena
consonancia. La quinta gracia es saber apodar y traer buenos
ejemplos y comparaciones; de la cual gusta mucho más
el auditorio que de otra ninguna, porque con un buen ejemplo
entienden fácilmente la doctrina, y sin él
todo se les pasa por alto. Y, así, pregunta Aristóteles:
cur homines, in orando, exemplis et fabulis potius gaudent
quam commentis? Como si preguntara: «¿por qué los
que oyen a los oradores se huelgan más con los ejemplos
y fábulas que traen para probar lo que quieren persuadir,
que con los argumentos y razones que hacen?». A lo cual responde
que con los ejemplos y fábulas aprenden los hombres
mejor, por ser probación que pertenece al sentido;
y no tan bien con los argumentos y razones, por ser obra
que quiere mucho entendimiento. Y por eso Cristo nuestro
redentor en sus sermones usaba de tantas parábolas
y comparaciones, porque con ellas daba a entender muchos
secretos divinos. Esto de fingir fábulas y comparaciones
cierto es que se hace con la imaginativa, porque es figura
y dice buena correspondencia y similitud. La sexta propriedad
del buen orador es tener buen lenguaje, proprio y no afectado,
polidos vocablos, y muchas graciosas maneras de hablar, y
no torpes; de las cuales gracias hemos hablado muchas veces
atrás, probando que parte de ello pertenece a la imaginativa
y parte a la buena memoria. Lo séptimo que ha de
tener el buen orador es lo que dice Cicerón: instructus
voce; actione et lepore. La voz abultada y sonora, apacible
al auditorio; no áspera, ronca ni delgada. Y aunque
es verdad que esto nace del temperamento del pecho y garganta,
y no de la imaginativa, pero es cierto que del mesmo temperamento
que nace la buena imaginativa, que es calor, deste mesmo
sale la buena voz. Y para el intento que llevamos conviene
mucho saber esto, porque los teólogos escolásticos,
por ser de frío y seco temperamento, no pueden tener
buen órgano de voz, lo cual es gran falta para el
púlpito. Y así lo prueba Aristóteles,
ejemplificando en los viejos por la frialdad y sequedad:
para la voz sonora y abultada, requiere mucho calor que dilate
los caminos, y humidad moderada que los enternezca y ablande.
Y, así, pregunta Aristóteles: cur omnes. qui
natura sunt calidi magnam vocem emittere solent? Como si
preguntara: «¿qué es la razón que los calientes
todos tienen gran bulto de voz?». Y así lo vemos,
por lo contrario, en las mujeres y eunucos, los cuales, por
la mucha frialdad de su temperamento, dice Galeno que tienen
la garganta y la voz muy delicada. De manera que, cuando
oyéremos alguna buena voz, sabremos ya decir que nace
del mucho calor y humidad del pecho; las cuales dos calidades,
si allegan hasta el celebro, echan a perder el entendimiento,
y hacen buena memoria y buena imaginativa, que son las dos
potencias de quien se aprovechan los buenos predicadores
para contentar al auditorio. La octava propriedad del buen
orador dice Cicerón que es tener la lengua suelta,
céler y bien ejercitada; la cual gracia no puede caer
en los hombres de grande entendimiento, porque para ser presta
es menester que tenga mucho calor y moderada sequedad; y
esto no puede acontecer en los melancólicos, así
naturales como por adustión. Pruébalo Aristóteles
preguntando: quam ob causam qui lingua haesitant melancholico
habitu tenentur? Como si dijera: «¿qué es la causa
que los que se detienen en el hablar, todos son de complexión
melancólicos?». Al cual problema responde muy mal
diciendo que los melancólicos tienen fuerte imaginativa,
y la lengua no puede ir hablando tan apriesa como ella le
va dictando y así le hace tropezar y caer. Y no es
la causa; sino que los melancólicos abundan siempre
de mucha agua y saliva en la boca, por la cual disposición
tienen la lengua húmida y muy relajada; cosa que se
echa de ver claramente considerando lo mucho que escupen.
Esta mesma razón dio Aristóteles preguntando:
quae causa est ut lingua haesitantes aliqui sint? Como si
dijera: «¿de dónde proviene que algunos se detengan
en el hablar?». Y responde que éstos tienen la lengua
muy fría y húmida, las cuales dos calidades
la entorpecen y ponen paralítica, y así no
puede seguir a la imaginativa. Para cuyo remedio dice que
es provechoso beber un poco de vino, o antes que vayan a
razonar delante del auditorio dar buenas voces; para que
se caliente y deseque la lengua. Pero también dice
Aristóteles que el no acertar a hablar puede nacer
de tener la lengua mucho calor y sequedad; y pone ejemplo
en los coléricos, los cuales, enojados, no aciertan
a hablar, y estando sin pasión y enojo, son muy elocuentes;
al revés de los hombres flemáticos, que estando
en paz no aciertan a hablar, y enojados dicen sentencias
con mucha elocuencia. La razón de esto está
muy clara. Porque aunque es verdad que el calor ayuda a la
imaginativa, y también a la lengua, pero tanto puede
ser que las eche a perder: a la una para no acudirle dichos
y sentencias agudas, ni la lengua poder articular por la
demasiada sequedad. Y, así, vemos que bebiendo un
poco de agua, habla el hombre mejor. Los coléricos,
estando en paz, aciertan muy bien a hablar por tener entonces
el punto de calor que ha menester la lengua y la buena imaginativa;
pero, enojados, sube el calor más de lo que conviene
y desbarata la imaginativa. Los flemáticos, estando
sin enojo, tienen muy frío y húmido el celebro,
por donde no se les ofrece qué decir, y la lengua
está relajada por la mucha humidad; pero enojados
y puestos en cólera, sube de punto el calor y levanta
la imaginativa, por donde se les ofrece mucho que decir,
y no les estorba la lengua por haberse ya calentado. Éstos
no tienen mucha vena para metrificar por ser fríos
de celebro; los cuales, enojados, hacen mejores versos y
con más facilidad contra aquellos que los han irritado;
y a este propósito dijo Juvenal: si natura negat,
facit indignatio versum. Por esta falta de lengua, no pueden
los hombres de grande entendimiento ser buenos oradores ni
predicadores; y en especial que la acción pide algunas
veces hablar alto y otras bajo, y los que son trabados de
lengua no pueden orar sino a voces y gritos; y es una de
las cosas que más cansa el auditorio. Y, así,
pregunta Aristóteles: cur homines lingua haesitantes
loqui nequeant voce sumissa? Como si dijera: «¿por qué
los hombres que se detienen en el hablar dan siempre grandes
voces y no pueden hablar quedo?». Al cual problema responde
muy bien diciendo que la lengua que está trabada en
los paladares por la mucha humidad mejor se despega con ímpetu
que poniendo pocas fuerzas. Es como el que quiere levantar
una lanza muy verde tomada por la punta, que mejor la alza
de un golpe y con ímpetu, que llevándola poco
a poco. Bastantemente me parece haber probado que las buenas
propriedades naturales que ha de tener el perfecto orador
nacen, las más, de la buena imaginativa, y algunas
de la memoria. Y si es verdad que los buenos predicadores
de nuestros tiempos contentan al auditorio por tener las
mesmas gracias, muy bien se sigue que el que fuere gran predicador
sabrá poca teología escolástica, y el
grande escolástico no sabrá predicar, por la
contrariedad que el entendimiento tiene con la imaginativa
y memoria. Bien veía Aristóteles por experiencia
que aunque el orador aprendía filosofía natural
y moral, medicina, metafísica, jurispericia, matemáticas,
astrología y todas las demás artes y ciencias,
que de todas no sabía más que las flores y
sentencias averiguadas, sin entender de raíz la razón
y causa de ninguna. Pero él pensaba que no saber la
teórica ni el propter quid de las cosas nacía
de no haberse dado a ello. Y, así, pregunta: cur hominem
philosophum differe ab oratore putamus? Como si dijera: «¿en
qué pensamos que difiere el filósofo del orador,
pues ambos estudian filosofía?». Al cual problema
responde que el filósofo pone todo su estudio en saber
la razón y causa de cualquier efecto, y el orador
en conocer el efecto y no más. Y realmente no es otra
la causa sino que la filosofía natural pertenece al
entendimiento, de la cual potencia carecen los oradores,
y así no podían saber de la filosofía
más que la superficie de las cosas. Esta mesma diferencia
hay entre el teólogo escolástico y el positivo:
que el uno sabe la razón de lo que toca a su facultad;
y el otro las proposiciones averiguadas y no más.
Y siendo esto así, es cosa muy peligrosa que tenga
el predicador oficio y autoridad de enseñar al pueblo
cristiano la verdad, y el auditorio obligación de
creerlo, y que le falte la potencia con que se saben de raíz
las verdades. Podremos decirles, sin mentir, aquello de Cristo
nuestro redentor: sinite illos: caeci sunt et duces caecorum;
caecus autem, si caeco ducatum praestet, ambo in foveam cadunt.
Es cosa intolerable ver con cuánta osadía se
ponen a predicar los que no saben palabra de teología
escolástica ni tienen habilidad natural para poderla
aprehender. De éstos se queja san Pablo grandemente
diciendo: finis autem praecepti est charitas de corde puro
et conscientia bona et fide non ficti, a quibus quidem aberrantes,
conversi sunt in vaniloquium volentes esse legis doctores,
non intelligentes nec quae loquuntur nec de quibus affirmant;
como si dijera: «el fin de la ley de Dios es la caridad,
de puro y limpio corazón, de buena conciencia y de
fe no fingida; de las cuales tres cosas apartándose,
todos se convierten en una vana manera de hablar, quiriendo
ser doctores de la ley sin entender qué es lo que
hablan ni afirman». La vanilocuencia y parlería de
los teólogos alemanes, ingleses, flamencos, franceses
y de los demás que habitan el Septentrión echó
a perder el auditorio cristiano con tanta pericia de lenguas,
con tanto ornamento y gracia en el predicar por no tener
entendimiento para alcanzar la verdad. Y que éstos
sean faltos de entendimiento ya lo dejamos probado atrás
de opinión de Aristóteles, aliende de otras
muchas razones y experiencias que trujimos para ello. Pero
si el auditorio inglés y alemán estuviera advertido
en lo que san Pablo escribió a los romanos (estando
también ellos apretados de otros falsos predicadores)
por ventura no se engañaran tan presto: rogo autem
vos, fratres, ut observetis eos qui dissensiones et offendicula
praeter doctrinam quam vos didicistis faciunt, et declinate
ab illis; hujusmodi enim Christo domino nostro non serviunt,
sed suo ventri; et per dulces sermones et benedictiones seducunt
corda innocentium; como si dijera: «hermanos míos,
por amor de Dios os ruego que tengáis cuenta particular
con esos que os enseñan otra doctrina fuera de la
que habéis aprendido; y apartaos de ellos, porque
no sirven a nuestro señor Jesucristo, sino a sus vicios
y sensualidad; y son tan bien hablados y elocuentes, que
con la dulzura de sus palabras y razones engañan a
los que poco saben». Aliende de esto, tenemos probado atrás
que los que tienen mucha imaginativa son coléricos,
astutos, malinos y cavilosos, los cuales están siempre
inclinados a mal y sábenlo hacer con mucha maña
y prudencia. De los oradores de su tiempo pregunta Aristóteles:
cur oratorem... callidum appellare solemus; tibicinem, hystrionem,
hoc appellare nomine non solemus? Como si dijera: «¿por qué
razón llamamos al orador astuto, y no al músico
ni al representante?». Y más creciera la dificultad
si Aristóteles supiera que la música y representación
son obras de la imaginativa. Al cual problema responde que
los músicos y representantes no tienen otro fin más
de dar contento a los que los oyen; pero el orador trata
de adquirir algo para sí, por donde ha menester usar
de astucias y mañas para que el auditorio no entienda
su fin y propósito. Tales propriedades como éstas
tenían aquellos falsos predicadores de quien dice
el Apóstol escribiendo a los de Corintio. Timeo autem
ne sicut serpens Evam seduxit astutia sua, ita corrumpantur
sensus vestri... Nam eiusmodi pseudoapostoli sunt operarii
subdoli, transfigurantes se in apostolos Christi; et non
mirum: ipse enim Satanas transfigurat se in angelum lucis,
non est ergo magnum si ministri eius transfigurentur velut
ministri iustitiae, quorum finis erit opera ipsorum; como
si dijera: «mucho me temo, hermanos míos, que así
como la serpiente engañó a Eva con su astucia
y maña, no os trastornen vuestro juicio y sentido...
porque estos falsos apóstoles son como caldo de zorra,
predicadores que hablan debajo de engaño; representan
muy bien una santidad, parecen apóstoles de Jesucristo
y son discípulos del diablo; el cual sabe tan bien
representar un ángel de luz, que es menester don sobrenatural
para descubrirle quién es; y pues lo sabe tan bien
hacer el maestro, no es mucho que lo hagan los que aprendieron
su doctrina; el fin de éstos no será otro más
que sus obras». Todas estas propriedades bien se entiende
que son obras de la imaginativa, y que dijo muy bien Aristóteles
que los oradores son astutos y mañosos porque siempre
tratan de adquirir algo para sí. Los que tienen fuerte
imaginativa ya hemos dicho atrás que son de temperamento
muy caliente; y de esta calidad nacen tres principales vicios
del hombre: soberbia, gula y lujuria. Y por esto dijo el
Apóstol: eiusmodi enim Christo domino nostro non serviunt,
sed suo ventri. Y, así, trabajan de interpretar la
Escritura divina de manera que venga bien con su inclinación
natural, dando a entender a los que poco saben que los sacerdotes
se pueden casar, y que no es menester que haya cuaresma ni
ayunos, ni conviene manifestar al confesor los delitos que
contra Dios cometemos. Y usando de esta maña, con
Escritura mal traída hacen parecer virtudes a sus
malas obras y vicios, y que las gentes los tengan por santos.
Y que del calor nazcan estas tres malas inclinaciones y
de la frialdad las virtudes contrarias, pruébalo Aristóteles
diciendo: et quoniam vim eamden morun obtinet instituendorum;
mores enim calidum condit etfrigidum, omnium maxime quae
in corpore nostro habentur; idcirco nos morum qualitate afficit
et informat; como si dijera: «del calor y de la frialdad
nacen todas las costumbres del hombre, Porque estas dos calidades
alteran más nuestra naturaleza que otra ninguna».
De donde nace que los hombres de grande imaginativa, ordinariamente
son malos y viciosos, por se dejar ir tras su inclinación
natural, y tener ingenio y habilidad para hacer mal. Y, así,
pregunta Aristóteles: cur homo, qui adeo eruditione
praeditus est, animantium omnium iniustissimum sit? Como
si preguntara: «¿qué es la razón, que, siendo
el hombre de tan grande erudición, es el más
injusto de todos los animales?». Al cual problema responde
que el hombre tiene mucho ingenio y grande imaginativa, por
donde alcanza muchas invenciones de hacer mal; y como apetece,
de su mesma naturaleza, deleites, y ser a todos aventajado
y de mayor felicidad, forzosamente ha de ofender, porque
estas cosas no se pueden conseguir sin hacer injuria a muchos.
Pero ni el problema supo poner Aristóteles, ni respondió
a él como convenía. Mejor preguntara por qué
los malos ordinariamente son de gran ingenio, y, entre éstos,
aquellos que tienen mayor habilidad hacen mayores bellaquerías,
siendo razón que el buen ingenio y habilidad inclinase
al hombre antes a virtud y bondad, que a vicios y pecados.
La respuesta de lo cual es que los que tienen mucho calor
son hombres de grande imaginativa, y la mesma calidad que
los hace ingeniosos, esa mesma les convida a ser malos y
viciosos. Pero cuando predomina el entendimiento, ordinariamente
se inclina el hombre a virtud, porque esta potencia restriba
en frialdad y sequedad, de las cuales dos calidades nacen
muchas virtudes como son continencia, humildad y temperancia;
y del calor, las contrarias. La cual filosofía si
alcanzara Aristóteles, supiera responder aquel problema
que dice: cur genus id hominum quod dionisiacos technitas,
id est, artifices bacchanales, aut histriones appellamus,
improbis esse moribus magna ex parte consueverunt? Como si
preguntara: «¿qué es la razón que los que los
ganan su vida a representar comedias, los bodegoneros, carniceros
y aquellos que se hallan en todos los convites y banquetes
para ordenar la comida, ordinariamente son malos y viciosos?».
Al cual problema responde diciendo que, por estar ocupados
en estos oficios bacanales, no tuvieron lugar de estudiar;
y, así, pasaron la vida con incontinencia, ayudando
también a esto la pobreza, que suele acarrear muchos
males. Pero realmente no es ésta la razón,
sino que el representar y dar orden a las fiestas de Baco
nace de una diferencia de imaginativa que convida al hombre
aquella manera de vivir; y como esta diferencia de imaginativa
consiste en calor, todos tienen muy buenos estómagos
y con grande apetito de comer y beber. Estos, aunque se dieran
a letras, ninguna cosa aprovecharan en ellas; y puesto caso
que fueran ricos, también se aficionaran, aquellos
oficios aunque fueran más viles, porque el ingenio
y habilidad trae a cada uno al arte que le responde en proporción.
Y, así, pregunta Aristóteles: cur in iis studiis
quae aliqui sibi delegerint, quamquam interdum pravis, libentius
tamen quam in honestioribus versantur? Verbi gratia praestigiatorem
aut mimum aut tibicinem se potius esse quam astronomum aut
oratorem velit qui haec sibi delegerit? Como si dijera: «¿qué
es la causa que hay hombres que se pierden por ser representantes
y trompeteros, y no gustan de ser oradores ni astrólogos?».
Al cual problema responde muy bien, diciendo que el hombre
luego siente para qué arte tiene disposición
natural, porque dentro de sí tiene quien se lo enseñe;
y puede tanto Naturaleza con sus irritaciones, que, aunque
el arte y oficio sea indecente a la dignidad del que lo aprende,
se da a ello y no a otros ejercicios honrosos. Pero ya que
hemos reprochado esta manera de ingenio para el oficio de
la predicación, y estamos obligados a dar y repartir
a cada diferencia de habilidad las letras que le responden
en particular, conviene señalar qué suerte
de ingenio ha de tener aquel a quien se le ha de confiar
el oficio de la predicación, que es lo que más
importa a la república cristiana. Y así, es
de saber que, aunque atrás dejamos probado que es
repugnancia natural juntarse grande entendimiento con mucha
imaginativa y memoria, pero no hay regla tan universal en
todas las artes que no tenga su excepción y falencia.
En el capítulo penúltimo de esta obra probaremos
muy por extenso que, estando Naturaleza con fuerzas y no
habiendo causa que la impida, hace una diferencia de ingenio
tan perfecto, que junta en un mesmo supuesto grande entendimiento
con mucha imaginativa y memoria, como si no fueran contrarias
ni tuvieran oposición natural. Ésta era propria
habilidad y conveniente para el oficio de la predicación
si hubiera muchos supuestos que la alcanzaran. Pero, como
diremos en el lugar alegado, son tan pocos, que no he hallado
más que uno, de cien mil ingenios que he considerado.
Y, así, será menester buscar otra diferencia
de ingenio más familiar, aunque no de tanta perfección
como la pasada. Y, así, es de saber que entre los
médicos y filósofos hay gran discusión
sobre averiguar el temperamento y calidades del vinagre,
de la cólera adusta y de las cenizas; viendo que estas
cosas unas veces hacen efecto de calor y otras de frialdad.
Y, así, se partieron en diferentes opiniones. Pero
la verdad es que todas aquellas cosas que padecen ustión
y el fuego las ha consumido y gastado, son de vario temperamento:
la mayor parte del sujeto es frío y seco, pero hay
otras partes entremetidas tan sutiles y delicadas y de tanto
hervor y calor, que, puesto caso que son en pequeña
cantidad, pero son más eficaces en obrar que todo
lo restante del sujeto. Y, así, vemos que el vinagre
y la melancolía por adustión abren y fermentan
la tierra, por razón del calor, y no la cierran, aunque
la mayor parte de estos humores es fría. De aquí
se infiere que los melancólicos por adustión
juntan grande entendimiento con mucha imaginativa; pero todos
son faltos de memoria por la mucha sequedad y dureza que
hizo en el celebro la adustión. Estos son buenos para
predicadores, a lo menos los mejores que se pueden hallar
fuera de aquellos perfectos que decimos. Porque aunque les
falta la memoria, es tanta la invención propria que
tienen, que la mesma imaginativa les sirve de memoria y reminiscencia,
y les da figuras y sentencias que decir sin haber menester
a nadie. Lo cual no pueden hacer los que traen aprendido
el sermón palabra por palabra, que faltando de allí,
quedan luego perdidos, sin tener quien los provea de materia
para pasar adelante. Y que la melancolía por adustión
tenga esta variedad de temperamento, frialdad y sequedad
para el entendimiento, y calor para la imaginativa, dícelo
Aristóteles de esta manera: homines melancholici varii
inaequalesque sunt, quia vis atrae bilis varia et inaequalis
est, quippeque vehementer tum frigida tum calida reddi eadem
possit; como si dijera: «los hombres melancólicos
por adustión son varios y desiguales en la complexión,
porque la cólera adusta es muy desigual: unas veces
se pone calidísima, y otras fría sobremanera».
Las señales con que se conocen los hombres que son
deste temperamento son muy manifiestas. Tienen el color del
rostro verdinegro o cenizoso; los ojos muy encendidos (por
los cuales se dijo: «Es hombre que tiene sangre en el ojo»);
el cabello negro y calvos; las carnes pocas, ásperas
y llenas de vello; las venas muy anchas. Son de muy buena
conversación y afables, pero lujuriosos, soberbios,
altivos, renegadores, astutos, doblados, injuriosos, y amigos
de hacer mal y vengativos. Esto se entiende cuando la melancolía
se enciende; pero si se enfría, luego nacen en ellos
las virtudes contrarias: castidad, humildad, temor y reverencia
de Dios, caridad, misericordia y gran reconocimiento de sus
pecados con suspiros y lágrimas. Por la cual razón
viven en una perpetua lucha y contienda, sin tener quietud
ni sosiego: unas veces vence en ellos el vicio y otras la
virtud. Pero, con todas estas faltas, son los más
ingeniosos y hábiles para el ministerio de la predicación
para cuantas cosas de prudencia hay en el mundo, porque tienen
entendimiento para alcanzar la verdad y grande imaginativa
para saberla persuadir. Y si no, veamos lo que hizo Dios
cuando quiso fabricar un hombre en el vientre de su madre,
a fin que fuese hábil para descubrir al mundo la venida
de su Hijo y tuviese talento para probar y persuadir que
Cristo era el Mesías prometido en la ley. Y hallaremos
que, haciéndole de grande entendimiento y mucha imaginativa,
forzosamente (guardando el orden natural) le sacó
colérico adusto. Y que esto sea verdad, déjase
entender fácilmente considerando el fuego y furor
con que perseguía la Iglesia, y la pena que recibieron
las sinagogas cuando lo vieron convertido, como que hubiesen
perdido un hombre de grande importancia y le hubiese ganado
la parte contraria. Entiéndese también por
las respuestas de cólera racional con que hablaba
y respondía a los procónsules y jueces que
le prendían, defendiendo su persona y el nombre de
Cristo con tanta maña y destreza, que a todos los
concluía. Era también falto de lengua y no
muy expedito en el hablar, la cual propiedad dijo Aristóteles
que tenían los melancólicos por adustión.
Los vicios que él confiesa tener (antes de su conversión)
muestran también esta temperatura. Era blasfemo, contumelioso
y perseguidor; todo lo cual nace del mucho calor. Pero la |