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Juan
L. Castrillón, Inocencio Redondo
Los individuos de la Comisión
de Monumentos que suscriben, encargados por la misma de estudiar los
sarcófagos é inscripciones sepulcrales existentes en el claustro
de la Colegiata de San Isidoro, tienen el honor de manifestar á esta
Corporación: Que
Para cumplir su delicada comisión comenzaron por solicitar del M. I. Sr. Abad y Cabildo de la insigne Colegiata el necesario permiso, siéndoles otorgado en la forma más amplia, como era de esperarse de la atención y finura de tan respetable Cuerpo. Seguros de no encontrar obstáculos en el curso de sus provechosas tareas, dieron principio á las exploraciones en Julio de 1884. Lo primero que fijó su atención fué el cerramiento de la parte inferior de dos arcos, á cada lado del central, de los cinco que forman la crujía contigua al templo, que es la del lado Sur, única que se conserva de obra antigua, aunque quizá no primitiva. Ni las caras laterales ni la superior presentaban á la contemplación más que sus vulgares enlucidos; pero la forma doblemente ataluzada en que remataban estas construcciones, especie de pretiles, dándoles un aspecto de tumbas, hacía sospechar que algo ocultaban en su fondo, y puede decirse que las denunciaba á las pesquisas del anticuario. Demolióse la parte superior del
cerramiento del arco más oriental, y dejóse ver un
sarcófago de piedra común con tapa acanalada, en cuyas partes
salientes se halla el epitafio, á excepción de la fecha, abierta
en uno de los lados mayores de la urna: es el del venerable Pedro Arias, primer
prelado de la Colegiata con título de Prior, que antes había
tenido en la catedral. Ganoso de permanecer fiel al instituto canónico,
cuando se secularizó el Cabildo de la iglesia matriz, retiróse
con los que quisieron seguirle á
Carbajal de la Legua, donde, bajo la Regla
de San Agustín, organizó una comunidad de canónigos que en
el corto espacio de cuatro años (1144-1148) de permanencia en aquel
lugar solitario, con la práctica de todo linaje de virtudes, se
granjeó tal aprecio y estimación, que el emperador Alfonso VII,
queriendo sirviese de modelo á toda la monarquía, ordenó
su traslación á la capital, poniendo á su cuidado el culto
en la iglesia de San Isidoro, predilecta de la corte, y dándole para su
habitación el inmediato monasterio de San Pelayo. Todavía
dirigió dos años al Cabildo
Arias, habiendo pasado á mejor vida en 1150. Hé aquí el epitafio:
Al hacer lo mismo con el inmediato, descubrióse otro sarcófago, de igual piedra, que es el del abad Pedro II, en el orden de los prelados XIV, y XII en el de los abades de la Colegiata, cuyo régimen tuvo á su cargo desde 1264 hasta 1301. Sobre la tapa se halla grabado un escudo de armas cuartelado, con leones, castillos y las quinas portuguesas, así como el siguiente epitafio que desgraciadamente presenta algunas lagunas, que son bastante difíciles de llenar. Los informantes, sin embargo, al suplir las letras que van de cursiva, lo han intentado, aunque sin plena confianza de haberlo conseguido.
Practicóse igual operación con el cerramiento del arco más occidental, hallándose otro sarcófago de piedra también ordinaria, cuya tapa, de ínfima calidad, estaba en completa descomposición, no siendo posible, por lo tanto, determinar si tuvo ó no epitafio. Hízose lo propio con el del
arco antiguo, y se encontró un sarcófago de mármol, sobre
cuya tapa de piedra común estaba delineada una figura humana con traje y
atributos abaciales, teniendo abierto en el canto el epitafio: era el de
Menendo, tercer prelado
El dibujo adjunto reproduce al vivo los caracteres más salientes de los manuscritos fúnebres consagrados á la memoria de los dignos prelados Pedro Arias, Menendo y Pedro II, bajo cuyo paternal báculo tanto floreció la regia Colegiata. Los restos humanos que encerraban estos sarcófagos eran escasos y estaban además barajados y confundidos; pues en el que puede calificarse de anónimo había tres cráneos, mientras carecían de ellos los de Menendo y Pedro II. Esto y las violentas roturas de algunos sarcófagos acusa las profanaciones que sufrieron los venerandos sepulcros en la guerra de la Independencia y en la primera civil, épocas nefastas en que el edificio de San Isidoro sirvió de cuartel y fortaleza. Los enunciados sarcófagos debieron tener su primitivo asiento en los tres lados del claustro, habiendo sido trasladados al sitio que ahora ocupaban cuando fueron renovados aquellos á mediados del siglo XVI. Dirigimos luego las miradas á otro sepulcro que, removido de su primer lugar, ocupaba el rincón Sudeste de dicho claustro, junto al altar del Santo Cristo, en espectacion sin duda de ulterior destino. Examinado detenidamente resultó ser el del abad D. Juan Álvarez de Valdesalce, que desempeñó la prelacía desde 1457 hasta 1483, en que renunció. Había sido capellán del rey D. Enrique IV. La casi desaparición de los restos de este insigne varón y las bárbaras mutilaciones de la piedra tumularia, indicios eran de que á la urna en que fuera depositado el cadáver le había caído igual suerte que á las anteriores, en días de tristes recuerdos para la patria. Más honroso lugar había
ocupado anteriormente la tumba de este prelado, pues las antiguas memorias de
la Colegiata la suponen en el interior del templo, al lado del Evangelio del
altar
En el frente del sarcófago escudo de armas con esta oración:
Alrededor de una calavera, en el lado inferior, esta sentencia, cuyo principio falta:
Pasando al lado Este del claustro detuvímonos ante un arco ojivo, que cobija el sarcófago en que yace el abad D. Fernando, vigesimo-sétimo en el orden de los prelados de esta casa, la cual rigió desde 1395 hasta 1432. Sobre la tapa está esgrafiada la figura del difunto, caracterizada por las sagradas vestiduras, mitra y báculo, y en el canto se halla abierta la inscripción siguiente:
Ultimamente, en el lado Oeste, entre las capillas de San Ignacio y San José, por las desconchaduras del enlucido, vimos una piedra con paramento empotrada en el muro de mampostería; el instinto arqueológico nos hizo sospechar lo que la llana del albañil ocultaba; y con efecto, descubriendo la piedra en todas sus dimensiones, resultó ser un sarcófago con su tapa, en cuyo espesor se lee este epitafio:
No creemos fuera de propósito añadir que en la capilla de la familia Vaca, bajo un arco ojivo, existe sin tapa, y acaso por esto sin epitafio, la urna sepulcral de los Sres. D. Fernando y D. Juan de Villagomez, abuelo y nieto respectivamente; y en la de la familia Castañón, bajo sendos arcos de medio punto, y cada uno con su epitafio en letra romana, el sepulcro del noble capitán D. Juan Castañón, que sirvió á los Reyes Católicos en la conquista del reino de Granada y falleció en 24 de Agosto de 1524, y el de los nobles Ferrán González Castañón, regidor de esta ciudad, que falleció en 28 de Julio de 1572, y María Villafañe, su mujer. Por no ser difusos no copian los que
suscriben, ni siquiera extractan, otras inscripciones sepulcrales esparcidas
por el claustro y sus capillas, menos importantes, sin duda, pero cuya
escritura gótica les da algún interés. Tales son la de
Marcos Fernández, rector de Trobajuelo, que falleció en 25 de
Agosto de 1473, empotrada en el muro de la sacristía de la capilla de
los Quiñones; la del prior Pedro de Pinos, que murió ya jubilado
en 1515, en la parte exterior del muro de dicha capilla; la de Alvar Lozano y
María González de la Serna, su mujer, en la parte exterior del
muro de la capilla de los Vaca, y la de Elena Ruíz, que falleció
en 1553, en la parte exterior del muro de la capilla de los Salazar. Por esta
misma razón y la de estar limitada la comisión que se les ha
confiado por sus compañeros á las inscripciones sepulcrales, se
concretan á indicar otra también gótica, en que se
consigna una fundación de misas hecha en 1535, la cual se halla en
Concluído el minucioso examen de los sarcófagos é inscripciones sepulcrales que encierra el claustro y sus capillas, los informantes, antes de poner término á su encargo, interpretando los ilustrados deseos de la Comisión, interesaron al M. I. Sr. Abad y Cabildo, á fin de que los cinco sarcófagos abaciales, que por causas ignoradas vagaban fuera de sus antiguos sitios, fuesen trasladados á un lugar más conveniente al lustre y decoro de las honradas personas á que hubieron de ser destinados, y cuyos restos, en parte, conservan. Sus indicaciones fueron benévolamente acogidas, y en su consecuencia, de común acuerdo, se eligió como paraje más oportuno al objeto la capilla de Nuestra Señora de la Asunción, en la que, después de habilitada convenientemente, hubieron de ser colocados con carácter provisional los cinco sarcófagos mencionados, trocando, con esta inesperada instalación, la abandonada estancia su antiguo destino en el panteón abacial. En nombre de la Comisión manifestaron asimismo al M. I. señor Abad y Cabildo la utilidad que podrían prestar en el Museo Arqueológico provincial varios miembros y algunos fragmentos de decoración arquitectónica y exornación escultórica que en el decurso de sus investigaciones habían tenido la fortuna de descubrir entre los mampuestos de los derruídos pretiles y en el montón de escombros que yacen en la desmantelada capilla de los Omaña; bastando esta sencilla insinuación para que aquel ilustre Cuerpo se apresurase á cederlos generosamente á la Comisión, siendo luego trasladados á dicho establecimiento provincial, donde representarán dignamente al arte cristiano en el más interesante período del estilo latino-bizantino. Las anotadas son las únicas
noticias sobre sarcófagos é inscripciones sepulcrales que han
podido recoger en el claustro de la Colegiata de San Isidoro, y cuenta que no
han escaseado las diligencias para descubrir el paradero de otros monumentos de
esta clase de que hablan las memorias de la Colegiata, principalmente los
sepulcros del malogrado Ares de Omaña y de su madre la atribulada Sancha
Álvarez de Omaña, que sobre sus lomos soportaban,
Tales como son, los datos reunidos los someten de buen grado al ilustrado juicio de la Comisión, esperando que, á pesar de ser deficientes, han de hallar benévola acogida en la proverbial indulgencia de los individuos que la componen. León 12 de Junio de 1885. -Juan L. Castrillón. -Inocencio Redondo.
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