  Cantos de vida y esperanza
Rubén Darío
[Nota preliminar: edición digital a partir de la de Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos,
Bibliotecas y Museos, 1905.]
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A Nicaragua |
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A la República Argentina |
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R. D. |
  Prefacio
Podría repetir aquí más de un concepto de las palabras liminares de Prosas profanas. Mi respeto
por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del Arte, siempre es el mismo. Mi antiguo
aborrecimiento a la mediocridad, a la mulatez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora
hoy con una razonada indiferencia.
El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América, se propagó hasta España y tanto aquí
como allá el triunfo está logrado. Aunque respecto a técnica tuviese demasiado que decir en el país
en donde la expresión poética está anquilosada a punto de que la momificación del ritmo ha llegado
a ser un artículo de fe, no haré sino una corta advertencia. En todos los países cultos de Europa se
ha usado del hexámetro absolutamente clásico sin que la mayoría letrada y sobre todo la minoría se
asustasen de semejante manera de cantar. En Italia ha mucho tiempo, sin citar antiguos, que Carducci
ha autorizado los hexámetros; en inglés, no me atrevería casi a indicar, por respeto a la cultura de
mis lectores, que la Evangelina de Longfellow, está en los mismos versos en que Horacio dijo sus
mejores pensares. En cuanto al verso libre moderno..., ¿no es verdaderamente singular que en esta
tierra de Quevedos y de Góngoras los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos
libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid Cómico y los libretistas del género chico?
Hago esta advertencia porque la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres. Yo no
soy un poeta para muchedumbre. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas.
Cuando dije que mi poesía era mía, en mí sostuve la primera condición de mi existir, sin
pretensión ninguna de causar sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo
absoluto de la belleza.
Al seguir la vida que Dios me ha concedido tener, he buscado expresarme lo más noble y
altamente en mi comprensión; voy diciendo mi verso con una modestia tan orgullosa que solamente
las espigas comprenden, y cultivo, entre otras flores, una rosa rosada, concreción de alba, capullo
de porvenir, entre el bullicio de la literatura.
Si en estos cantos hay política, es porque aparece universal. Y si encontráis versos a un presidente,
es porque son un clamor continental. Mañana podremos ser yanquis (y es lo más probable); de todas
maneras mi protesta queda escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes, tan ilustres como Júpiter.
R. D.
  Cantos de vida y esperanza
A J. Enrique Rodó
  - I -
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 Yo soy aquel que ayer no más decía |
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el verso azul y la canción profana, |
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en cuya noche un ruiseñor había |
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que era alondra de luz por la mañana. |
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El dueño fui de mi jardín de sueño, |
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lleno de rosas y de cisnes vagos; |
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el dueño de las tórtolas, el dueño |
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de góndolas y liras en los lagos; |
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y muy siglo diez y ocho y muy antiguo |
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y muy moderno; audaz, cosmopolita; |
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con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, |
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y una sed de ilusiones infinita. |
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Yo supe del dolor desde mi infancia, |
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mi Juventud... ¿fue juventud la mía? |
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Sus rosas aún me dejan su fragancia, |
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una fragancia de melancolía... |
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Potro sin freno se lanzó mi instinto, |
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mi juventud montó potro sin freno; |
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iba embriagada y con puñal al cinto; |
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si no cayó, fue porque Dios es bueno. |
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En mi jardín se vio una estatua bella; |
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se juzgó mármol y era carne viva; |
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un alma joven habitaba en ella, |
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sentimental, sensible, sensitiva. |
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Y tímida ante el mundo, de manera |
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que encerrada en silencio no salía, |
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sino cuando en la dulce primavera |
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era la hora de la melodía... |
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Hora de ocaso y de discreto beso; |
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hora crepuscular y de retiro; |
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hora de madrigal y de embeleso, |
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de «te adoro», de «¡ay!» y de suspiro. |
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Y entonces era en la dulzaina un juego |
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de misteriosas gamas cristalinas, |
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un renovar de notas del Pan griego |
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y un desgranar de músicas latinas, |
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con aire tal y con ardor tan vivo, |
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que a la estatua nacían de repente |
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en el muslo viril patas de chivo |
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y dos cuernos de sátiro en la frente. |
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Como la Galatea gongorina |
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me encantó la marquesa verleniana, |
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y así juntaba a la pasión divina |
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una sensual hiperestesia humana; |
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todo ansia, todo ardor, sensación pura |
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y vigor natural; y sin falsía, |
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y sin comedia y sin literatura... |
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si hay un alma sincera, esa es la mía. |
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La torre de marfil tentó mi anhelo; |
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quise encerrarme dentro de mí mismo, |
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y tuve hambre de espacio y sed de cielo |
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desde las sombras de mi propio abismo. |
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Como la esponja que la sal satura |
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en el jugo del mar, fue el dulce y tierno |
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corazón mío, henchido de amargura |
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por el mundo, la carne y el infierno. |
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Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia |
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el Bien supo elegir la mejor parte; |
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y si hubo áspera hiel en mi existencia, |
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melificó toda acritud el Arte. |
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Mi intelecto libré de pensar bajo, |
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bañó el agua castalia el alma mía, |
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peregrinó mi corazón y trajo |
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de la sagrada selva la armonía. |
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¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda |
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emanación del corazón divino |
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de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda |
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fuente cuya virtud vence al destino! |
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Bosque ideal que lo real complica, |
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allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela; |
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mientras abajo el sátiro fornica, |
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ebria de azul deslíe Filomela. |
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Perla de ensueño y música amorosa |
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en la cúpula en flor del laurel verde, |
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Hipsipila sutil liba en la rosa, |
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y la boca del fauno el pezón muerde. |
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Allí va el dios en celo tras la hembra, |
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y la caña de Pan se alza del lodo; |
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la eterna Vida sus semillas siembra, |
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y brota la armonía del gran Todo. |
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El alma que entra allí debe ir desnuda, |
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temblando de deseo y de fiebre santa, |
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sobre cardo heridor y espina aguda: |
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así sueña, así vibra y así canta. |
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Vida, luz y verdad, tal triple llama |
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produce la interior llama infinita; |
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El Arte puro como Cristo exclama: |
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Ego sum lux et veritas et vita! |
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Y la vida es misterio; la luz ciega |
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y la verdad inaccesible asombra; |
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la adusta perfección jamás se entrega, |
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Y el secreto Ideal duerme en la sombra. |
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Por eso ser sincero es ser potente. |
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De desnuda que está, brilla la estrella; |
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el agua dice el alma de la fuente |
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en la voz de cristal que fluye d'ella. |
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Tal fue mi intento, hacer del alma pura |
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mía, una estrella, una fuente sonora, |
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con el horror de la literatura |
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y loco de crepúsculo y de aurora. |
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Del crepúsculo azul que da la pauta |
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que los celestes éxtasis inspira, |
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bruma y tono menor -¡toda la flauta!, |
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y Aurora, hija del Sol -¡toda la ira! |
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Pasó una piedra que lanzó una honda; |
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pasó una flecha que aguzó un violento. |
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La piedra de la honda fue a la onda, |
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y la flecha del odio fuese al viento. |
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La virtud está en ser tranquilo y fuerte; |
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con el fuego interior todo se abrasa; |
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se triunfa del rencor y de la muerte, |
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y hacia Belén... ¡la caravana pasa! |
  - II -
Salutación del optimista
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 Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, |
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espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve! |
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Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos |
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lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos; |
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mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto; |
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retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte; |
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se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña |
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y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron |
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encontramos de súbito, talismática, pura, riente, |
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cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino, |
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la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza! |
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Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba |
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o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo, |
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ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras, |
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mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos, |
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del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando, |
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digan al orbe: la alta virtud resucita, |
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que a la hispana progenie hizo dueña de los siglos. |
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Abominad la boca que predice desgracias eternas, |
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abominad los ojos que ven sólo zodiacos funestos, |
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abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres, |
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o que la tea empuñan o la daga suicida. |
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Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo, |
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la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra; |
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fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas, |
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y algo se inicia como vasto social cataclismo |
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sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas |
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no despierten entonces en el tronco del roble gigante |
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bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana? |
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¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos |
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y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida? |
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No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo, |
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ni entre momias y piedras que habita el sepulcro, |
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la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito, |
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que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas, |
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ni la que tras los mares en que yace sepulta la Atlántida, |
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tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes. |
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Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos; |
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formen todos un solo haz de energía ecuménica. |
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Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas, |
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muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo. |
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Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente |
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que regará lenguas de fuego en esa epifanía. |
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Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros |
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y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora, |
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así los manes heroicos de los primitivos abuelos, |
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de los egregios padres que abrieron el surco prístino, |
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sientan los soplos agrarios de primaverales retornos |
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y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica. |
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Un continente y otro renovando las viejas prosapias, |
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en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua, |
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ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos. |
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La latina estirpe verá la gran alba futura, |
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en un trueno de música gloriosa, millones de labios |
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saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente, |
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Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva |
|
la eternidad de Dios, la actividad infinita. |
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Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros, |
|
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda! |
  - III -
Al rey Óscar
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Le Roi de Suède et de Norvège, après avoir
visité Saint-Jean-de Luz, s'est rendu à
Hendaye et à Fonterrabie. En arrivant sur
le sol espagnol, il a crié: «Vive l'Espagne!» |
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Le Fígaro, mars 1899. |
| |
 Así, Sire, en el aire de Francia nos llega |
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la paloma de plata de Suecia y de Noruega, |
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que trae en vez de olivo una rosa de fuego. |
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Un búcaro latino, un noble vaso griego |
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recibirá el regalo del país de la nieve. |
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Que a los reinos boreales el patrio viento lleve |
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otra rosa de sangre y de luz españolas; |
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pues sobre la sublime hermandad de las olas, |
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al brotar tu palabra, un saludo le envía |
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al sol de media noche el sol del Mediodía. |
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Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta. |
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El Norte ama las palmas; y se junta el poeta |
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del fjord con el del carmen, porque el mismo oriflama |
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es de azur. Su divina cornucopia derrama |
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sobre el polo y el trópico, la Paz; y el orbe gira |
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en un ritmo uniforme por la propia lira: |
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el amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna. |
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Cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna, |
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y la musa de Bécquer del ensueño es esclava |
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bajo un celeste palio de la luz escandinava. |
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Sire de ojos azules, gracias: por los laureles |
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de cien bravos vestidos de honor; por los claveles |
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de la tierra andaluza y de la Alhambra del moro; |
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por la sangre solar de una raza de oro; |
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por la armadura antigua y el yelmo de la gesta; |
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por las lanzas que fueron una vasta floresta |
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de gloria y que pasaron Pirineos y Andes; |
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por Lepanto y Otumba; por el Perú, por Flandes; |
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por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña |
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y Velázquez que pinta y Cortés que domeña; |
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por el país sagrado en que Heraldes afianza |
|
sus macizas columnas de fuerza y esperanza, |
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mientras Pan trae el ritmo con la egregia siringa |
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que no hay trueno que apague ni tempestad que extinga; |
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por el león simbólico y la Cruz, gracias, Sire. |
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¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire, |
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mientras la onda cordial alimente un ensueño, |
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mientras haya una viva pasión, un noble empeño, |
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un buscado imposible, una imposible hazaña, |
|
una América oculta que hallar, vivirá España! |
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¡Y pues tras la tormenta vienes de peregrino |
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real, a la morada que entristeció el destino, |
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la morada que viste luto sus puertas abra |
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al purpúreo y ardiente vibrar de tu palabra; |
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y que sonría, ¡oh rey Óscar!, por un instante; |
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y tiemble en la flor áurea el más puro brillante |
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para quien sobre brillos de corona y de nombre, |
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con los labios de monarca lanza un grito de hombre! |
  - IV -
Los tres reyes magos
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- Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso. |
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Vengo a decir: La vida es pura y bella. |
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Existe Dios. El amor es inmenso. |
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¡Todo lo sé por la divina Estrella! |
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-Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo. |
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Existe Dios. Él es la luz del día. |
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La blanca flor tiene sus pies en lodo. |
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¡Y en el placer hay la melancolía! |
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-Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro |
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que existe Dios. Él es el grande y fuerte. |
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Todo lo sé por el lucero puro |
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que brilla en la diadema de la Muerte. |
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-Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos. |
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Triunfa el amor y a su fiesta os convida. |
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¡Cristo resurge, hace la luz del caos |
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y tiene la corona de la Vida! |
  - V -
Cyrano en España
| |
 He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa |
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de un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa. |
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¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego? |
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Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego. |
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¿No se hacen en España los más bellos castillos? |
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Roxanas encarnaron con rosas los Murillos, |
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y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña |
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conócenla los bravos cadetes de Gascuña. |
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Cyrano hizo su viaje a la luna; mas, antes, |
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ya el divino lunático de don Miguel de Cervantes |
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pasaba entre las dulces estrellas de su sueño |
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jinete en el sublime pegaso Clavileño. |
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Y Cyrano ha leído la maravilla escrita |
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y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita |
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Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote |
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siente que es lengua suya la lengua del Quijote. |
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Y la nariz heroica del gran gascón se diría |
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que husmea los dorados vinos de Andalucía. |
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Y la espada francesa, por él desenvainada, |
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brilla bien en la tierra de la capa y la espada. |
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¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! Castilla |
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te da su idioma, y tu alma como tu espada brilla |
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al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en España. |
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Tu nariz y penacho no están en tierra extraña, |
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pues vienes a la tierra de la Caballería. |
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Eres el noble huésped de Calderón. María |
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Roxana te demuestra que lucha la fragancia |
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de las rosas de España con las rosas de Francia, |
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y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas |
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y sus miradas, astros que visten negras túnicas, |
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y la lira que vibra en su lengua sonora |
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te dan una Roxana de España, encantadora. |
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¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha |
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grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha, |
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príncipe de locuras, de sueños y de rimas: |
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tu penacho es hermano de las más altas cimas, |
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del nido de tu pecho una alondra se lanza, |
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un hada es tu madrina, y es la Desesperanza; |
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y en medio de la selva del duelo y del olvido |
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las nueve musas vendan tu corazón herido. |
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¿Allá en la luna hallaste algún mágico prado |
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donde vaga el espíritu de Pierrot desolado? |
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¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte? |
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¿Fue acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte? |
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¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas |
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albas forma el castillo de las Vírgenes locas? |
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¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores |
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no oíste al melodioso rey de los ruiseñores? |
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No juzgues mi curiosa demanda inoportuna, |
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pues todas esas cosas existen en la luna. |
|
¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! Cyrano |
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de Bergerac, cadete y amante, y castellano |
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que trae los recuerdos que Durandal abona |
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al país en que aún brillan las luces de Tizona. |
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El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte |
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el que vence el espacio y el tiempo; su estandarte, |
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pueblos, es del espíritu el azul oriflama. |
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¿Qué elegido no corre si su trompeta llama? |
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Y a través de los siglos se contestan, oíd: |
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la Canción de Rolando y la Gesta del Cid. |
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Cyrano va marchando, poeta y caballero, |
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al redoblar sonoro del grave Romancero. |
|
Su penacho soberbio tiene nuestra aureola. |
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Son sus espuelas finas de fábrica española. |
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Y cuando en su balada Rostand teje el envío, |
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creeríase a Quevedo rimando un desafío. |
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¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! No seca |
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el tiempo el lauro; el viejo corral de la Pacheca |
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recibe al generoso embajador del fuerte |
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Molière. En copa gala Tirso su vino vierte. |
|
Nosotros exprimimos las uvas de Champaña |
|
para beber por Francia y en un cristal de España. |
  - VI -
Salutación a Leonardo
| |
 Maestro, Pomona levanta su cesto. Tu estirpe |
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saluda la Aurora. ¡Tu aurora! Que extirpe |
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de la indiferencia la mancha; que gaste |
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la dura cadena de siglos; que aplaste |
|
al sapo la piedra de su honda. |
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Sonrisa más dulce no sabe Gioconda. |
|
El verso su ala y el ritmo su onda |
|
hermanan en una |
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dulzura de luna |
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que suave resbala |
|
(el ritmo de la onda y el verso del ala |
|
del mágico cisne sobre la laguna) |
|
sobre la laguna. |
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Y así, soberano maestro |
|
del estro, |
|
las vagas figuras |
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del sueño, se encarnan en líneas tan puras |
|
que el sueño |
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recibe la sangre del mundo mortal, |
|
y Psiquis consigue su empeño |
|
de ser advertida a través del terrestre cristal. |
|
(Los bufones |
|
que hacen sonreír a Monna Lisa |
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saben canciones |
|
que ha tiempo en los bosques de Grecia decía la risa |
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de la brisa.) |
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Pasa su Eminencia. |
|
Como flor o pecado es su traje |
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Rojo; |
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como flor o pecado, o conciencia |
|
de sutil monseñor que a su paje |
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mira con vago recelo o enojo. |
|
Nápoles deja a la abeja de oro |
|
hacer su miel |
|
en su fiesta de azul; y el sonoro |
|
bandolín y el laurel |
|
nos anuncian Florencia. |
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|
|
Maestro, si allá en Roma |
|
quema el sol de Segor y Sodoma |
|
la amarga ciencia |
|
de purpúreas banderas, tu gesto |
|
las palmas nos da redimidas, |
|
bajo los arcos |
|
de tu genio: San Marcos |
|
y Partenón de luces y líneas y vidas. |
|
|
|
(Tus bufones |
|
que hacen la risa |
|
de Monna Lisa |
|
saben tan antiguas canciones.) |
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Los leones de Asuero |
|
junto al trono para recibirte, |
|
mientras sonríe el divino Monarca. |
|
Pero |
|
hallarás la sirte, |
|
la sirte para tu barca, |
|
si partís en la lírica barca |
|
con tu Gioconda... |
|
La onda |
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y el viento |
|
saben la tempestad para tu cargamento. |
|
|
|
¡Maestro! |
|
Pero tú en cabalgar y domar fuiste diestro, |
|
pasiones e ilusiones: |
|
a unas con el freno, a otras con el cabestro |
|
las domaste, cebras o leones. |
|
Y en la selva del Sol, prisionera |
|
tuviste la fiera |
|
de la luz: y esa loca fue casta |
|
cuando dijiste: «Basta». |
|
Seis meses maceraste tu Ester en tus aromas. |
|
De tus techos reales volaron las palomas. |
|
|
|
Por tu cetro y tu gracia sensitiva, |
|
por tu copa de oro en que sueñan las rosas, |
|
en mi ciudad, que es tu cautiva, |
|
tengo un jardín de mármol y de piedras preciosas |
|
que custodia una esfinge viva. |
  - VII -
Pegaso
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 Cuando iba yo a montar ese caballo rudo |
|
y tembloroso, dije: «La vida es pura y bella». |
|
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella. |
|
El cielo estaba azul y yo estaba desnudo. |
|
|
|
Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo |
|
y de Belerofonte logré seguir la huella. |
|
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella, |
|
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo. |
|
|
|
¡Yo soy el caballero de la humana energía, |
|
yo soy el que presenta su cabeza triunfante |
|
coronada con el laurel del Rey del día; |
|
|
|
domador del corcel de cascos de diamante, |
|
voy en un gran volar, con la aurora por guía, |
|
adelante en el vasto azur, siempre adelante! |
  - VIII -
A Roosevelt
| |
 ¡Es con voz de Biblia, o verso de Walt Whitman, |
|
que habría que llegar hasta ti, Cazador! |
|
¡Primitivo y moderno, sencillo y complicado, |
|
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod! |
|
Eres los Estados Unidos, |
|
eres el futuro invasor |
|
de la América ingenua que tiene sangre indígena, |
|
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. |
|
|
|
Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza; |
|
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy. |
|
Y domando caballos o asesinando tigres, |
|
eres un Alejandro- Nabucodonosor. |
|
(Eres un profesor de energía |
|
como dicen los locos de hoy.) |
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|
Crees que la vida es incendio |
|
que el progreso es erupción; |
|
en donde pones la bala |
|
el porvenir pones. |
|
No. |
|
|
|
Los Estados Unidos son potentes y grandes. |
|
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor |
|
que pasa por las vértebras enormes de los Andes. |
|
Si clamáis se oye como el rugir del león. |
|
Ya Hugo a Grant le dijo: Las estrellas son vuestras. |
|
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol |
|
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos. |
|
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón |
|
y alumbrando el camino de la fácil conquista, |
|
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York. |
|
|
|
Mas la América nuestra, que tenía poetas |
|
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl, |
|
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco, |
|
que el alfabeto pánico aprendió; |
|
que consultó los astros, que conoció la Atlántida |
|
cuyo nombre nos llega resonando en Platón, |
|
que desde los remotos momentos de su vida |
|
vive de luz, de fuego, de perfumes, de amor, |
|
la América del grande Moctezuma, del Inca, |
|
la América fragrante de Cristóbal Colón, |
|
la América católica, la América española, |
|
la América en que dijo el noble Guatemoc: |
|
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América |
|
que tiembla de huracanes y que vive de amor; |
|
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive. |
|
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol. |
|
Tened cuidado. ¡Vive la América española!, |
|
hay mil cachorros sueltos del León Español. |
|
Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo, |
|
el Riflero terrible y el fuerte Cazador, |
|
para poder tenernos en vuestras férreas garras. |
|
|
|
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios! |
  - IX -
| |
 ¡Torres de Dios! ¡Poetas! |
|
¡Pararrayos celestes, |
|
que resistís las duras tempestades, |
|
como crestas escuetas, |
|
como picos agrestes, |
|
rompeolas de las eternidades! |
|
|
|
La mágica esperanza anuncia un día |
|
en que sobre la roca de armonía |
|
expirará la pérfida sirena. |
|
¡Esperad, esperemos todavía! |
|
|
|
Esperad todavía. |
|
El bestial elemento se solaza |
|
en el odio a la sacra poesía |
|
y se arroja baldón de raza a raza. |
|
|
|
La insurrección de abajo |
|
tiende a los Excelentes. |
|
El caníbal codicia su tasajo |
|
con roja encía y afilados dientes. |
|
|
|
Torres, poned al pabellón sonrisa. |
|
Poned ante ese mal y ese recelo, |
|
una soberbia insinuación de brisa |
|
y una tranquilidad de mar y cielo... |
  - X -
Canto de esperanza
| |
 Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste. |
|
Un soplo milenario trae amagos de peste. |
|
Se asesinan los hombres en el extremo Este. |
|
|
|
¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo? |
|
Se han sabido presagios y prodigios se han visto |
|
y parece inminente el retorno de Cristo. |
|
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|
La tierra está preñada de dolor tan profundo |
|
que el soñador, imperial meditabundo, |
|
sufre con las angustias del corazón del mundo. |
|
|
|
Verdugos de ideales afligieron la tierra, |
|
en un pozo de sombra la humanidad se encierra |
|
con los rudos molosos del odio y de la guerra. |
|
|
|
¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Por qué tardas, qué esperas |
|
para tender tu mano de luz sobre las fieras |
|
y hacer brillar al sol tus divinas banderas! |
|
|
|
Surge de pronto y vierte la esencia de la vida |
|
sobre tanta alma loca, triste o empedernida, |
|
que amante de tinieblas tu dulce aurora olvida. |
|
|
|
Ven, Señor, para hacer la gloria de Ti mismo; |
|
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo, |
|
ven a traer amor y paz sobre el abismo. |
|
|
|
Y tu caballo blanco, que miró el visionario, |
|
pase. Y suene el divino clarín extraordinario. |
|
Mi corazón será brasa de tu incensario. |
  - XI -
| |
 Mientras tenéis, ¡oh negros corazones!, |
|
conciliábulos de odio y de miseria, |
|
el órgano de amor niega sus sones. |
|
Cantad, oíd: «La vida es dulce y seria». |
|
|
|
Para ti, pensador meditabundo, |
|
pálido de sentirte tan divino, |
|
es más hostil la parte agria del mundo. |
|
Pero tu carne es pan, tu sangre es vino. |
|
|
|
Dejad pasar la noche de la cena |
|
-¡Oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!- |
|
y la pasión del vulgo que condena. |
|
Un gran Apocalipsis horas futuras llena. |
|
¡Ya surgirá vuestro Pegaso blanco! |
  - XII -
Helios
| |
 ¡Oh ruido divino!, |
|
¡oh ruido sonoro! |
|
Lanzó la alondra matinal el trino |
|
y sobre ese preludio cristalino, |
|
los caballos de oro |
|
de que el Hiperionida |
|
lleva la rienda asida, |
|
al trotar forman música armoniosa, |
|
un argentino trueno, |
|
y en el azul sereno |
|
con sus cascos de fuego dejan huellas de rosa. |
|
Adelante, ¡oh cochero Celeste!, sobre Osa; |
|
y Pelión, sobre Titania viva. |
|
Atrás se queda el trémulo matutino lucero, |
|
y el universo el verso de su música activa. |
|
|
|
¡Pasa, oh dominador, oh conductor del carro |
|
de la mágica ciencia! ¡Pasa, pasa, oh bizarro |
|
manejador de la fatal cuadriga, |
|
que al pisar sobre el viento |
|
despierta el instrumento |
|
sacro! Tiemblan las cumbres |
|
de los montes más altos, |
|
que en sus rítmicos saltos |
|
tocó Pegaso. Giran muchedumbres |
|
de águilas bajo el vuelo |
|
de tu poder fecundo, |
|
y si hay algo que iguale la alegría del cielo, |
|
es el gozo que enciende las entrañas del mundo. |
|
|
|
¡Helios!, tu triunfo es ése, |
|
pese a las sombras, pese |
|
a la noche, y al miedo y a la lívida Envidia. |
|
Tú pasas, y la sombra, y el daño, y la desidia, |
|
y la negra pereza, hermana de la muerte, |
|
y el alacrán del odio que su ponzoña vierte, |
|
y Satán todo, emperador de las tinieblas, |
|
se hunden, caen. Y haces el alba rosa, y pueblas |
|
de amor y virtud las humanas conciencias, |
|
riegas todas las artes, brindas todas la ciencias; |
|
los castillos de duelo de la maldad derrumbas, |
|
abres todos los nidos, cierras todas las tumbas, |
|
y sobre los vapores del tenebroso Abismo, |
|
pintas la Aurora, el Oriflama de Dios mismo. |
|
|
|
¡Helios! Portaestandarte |
|
de Dios, padre del Arte, |
|
la paz es imposible, mas el amor eterno. |
|
Danos siempre el anhelo de la vida, |
|
y una chispa sagrada de tu antorcha encendida |
|
con que esquivar podamos la entrada del Infierno. |
|
|
|
Que sientan las naciones |
|
el volar de tu carro, que hallen los corazones |
|
humanos en el brillo de tu carro, esperanza; |
|
que del alma-Quijote y del cuerpo-Sancho Panza |
|
vuele una psique cierta a la verdad del sueño; |
|
que hallen las ansias grandes de este vivir pequeño |
|
una realización invisible y suprema; |
|
¡Helios! ¡Que no nos mate tu llama que nos quema! |
|
Gloria hacia ti del corazón de las manzanas, |
|
de los cálices blancos de los lirios, |
|
y del amor que manas |
|
hecho de dulces fuegos y divinos martirios, |
|
y del volcán inmenso |
|
y del hueso minúsculo, |
|
y del ritmo que pienso, |
|
y del ritmo que vibra en el corpúsculo, |
|
y del Oriente intenso |
|
y de la melodía del crepúsculo. |
|
|
|
¡Oh, ruido divino! |
|
Pasa sobre la cruz del palacio que duerme, |
|
y sobre el alma inerme |
|
de quien no sabe nada. No turbes el Destino, |
|
¡oh ruido sonoro! |
|
El hombre, la nación, el continente, el mundo, |
|
aguardan la virtud de tu carro fecundo, |
|
¡cochero azul que riges los caballos de oro! |
  - XIII -
Spes
| |
 Jesús, incomparable perdonador de injurias, |
|
óyeme; Sembrador de trigo, dame el tierno |
|
pan de tus hostias; dame, contra el sañudo infierno |
|
una gracia lustral de iras y lujurias. |
|
|
|
Dime que este espantoso horror de la agonía |
|
que me obsede, es no más de mi culpa nefanda, |
|
que al morir hallaré la luz de un nuevo día |
|
y que entonces oiré mi «¡Levántate y anda!» |
  - XIV -
Marcha triunfal
| |
 ¡Ya viene el cortejo! |
|
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. |
|
La espada se anuncia con vivo reflejo; |
|
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. |
|
|
|
Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y
Martes, |
|
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas
trompetas, |
|
La gloria solemne de los estandartes |
|
llevados por manos robustas de heroicos atletas. |
|
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros, |
|
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra, |
|
los cascos que hieren la tierra. |
|
Y los timbaleros, |
|
que el paso acompasan con ritmos marciales. |
|
¡Tal pasan los fieros guerreros |
|
debajo los arcos triunfales! |
|
|
|
Los claros clarines de pronto levantan sus sones, |
|
su canto sonoro, |
|
su cálido coro, |
|
que envuelve en un trueno de oro |
|
la augusta soberbia de los pabellones. |
|
Él dice la lucha, la herida venganza, |
|
las ásperas crines, |
|
los rudos penachos, la pica, la lanza, |
|
la sangre que niega los heroicos carmines, |
|
la tierra; |
|
los negros mastines |
|
que azuza la muerte, que rige la guerra. |
|
|
|
Los áureos sonidos |
|
anuncian el advenimiento |
|
triunfal de la Gloria; |
|
dejando el picacho que guarda sus nidos, |
|
tendiendo sus alas enormes al viento, |
|
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria! |
|
|
|
Ya pasa el cortejo. |
|
Señala el abuelo los héroes al niño: |
|
ved como la barba del viejo |
|
los bucles de oro circundan de armiño. |
|
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores |
|
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa; |
|
y la más hermosa |
|
sonríe al más fiero de los vencedores. |
|
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera; |
|
honor al herido y honor a los fieles |
|
soldados que muerte encontraron por mano extranjera! |
|
¡Clarines! ¡Laureles! |
|
|
|
Las nobles espadas de tiempos gloriosos, |
|
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros: |
|
-las viejas espadas de los granaderos más fuertes que osos, |
|
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros-. |
|
Las trompas guerreras resuenan; |
|
de voces los aires se llenan... |
|
-A aquellas antiguas espadas, |
|
a aquellos ilustres aceros, |
|
que encarnan las glorias pasadas-; |
|
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas, |
|
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros; |
|
al que ama la insignia del sueño materno, |
|
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano, |
|
los soles del rojo verano, |
|
las nieves y vientos del gélido invierno, |
|
la noche, la escarcha |
|
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal, |
|
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la
marcha |
|
triunfal!... |
  Los cisnes
A Juan R. Jiménez
  - I -
| |
 ¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello |
|
al paso de los tristes y errantes soñadores? |
|
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello, |
|
tiránico a las aguas e impasible a las flores? |
|
|
|
Yo te saludo ahora como en versos latinos |
|
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón. |
|
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos, |
|
y en diferentes lenguas la misma canción. |
|
|
|
A vosotros mi lengua no debe ser extraña. |
|
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez... |
|
Soy un hijo de América, soy un nieto de España... |
|
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez... |
|
|
|
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas |
|
den a las frentes pálidas sus caricias más puras |
|
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas |
|
de nuestras mentes tristes las ideas oscuras. |
|
|
|
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas, |
|
se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas, |
|
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas, |
|
y somos mendigos de nuestras pobres almas. |
|
|
|
Nos predican la guerra con águilas feroces, |
|
gerifaltes de antaño revienen a los puños, |
|
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces, |
|
ni hay Rodrigos, ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños. |
|
|
|
Faltos de los alientos que dan las grandes cosas, |
|
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos? |
|
A falta de laureles son muy dulces las rosas, |
|
y a falta de victorias busquemos los halagos. |
|
|
|
La América española como la España entera |
|
fija está en el Oriente de su fatal destino; |
|
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera |
|
con la interrogación de tu cuello divino. |
|
|
|
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? |
|
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? |
|
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? |
|
¿Callaremos ahora para llorar después? |
|
|
|
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros |
|
que habéis sido los fieles en la desilusión, |
|
mientras siento una fuga de americanos potros |
|
y el estertor postrero de un caduco león... |
|
|
|
...Y un Cisne negro dijo: «La noche anuncia el día». |
|
Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal, la aurora |
|
es inmortal!». ¡Oh, tierras de sol y armonía, |
|
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora! |
  - II -
En la muerte de Rafael Núñez
| |
 El pensador llegó a la barca negra; |
|
y le vieron hundirse |
|
en las brumas del lago del Misterio, |
|
los ojos de los Cisnes. |
|
|
|
Su manto de poeta |
|
reconocieron los ilustres lises |
|
y el laurel y la espina entremezclados |
|
sobre la frente triste. |
|
|
|
A lo lejos alzábanse los muros |
|
de la ciudad teológica, en que vive |
|
la sempiterna Paz. La negra barca |
|
llegó a la ansiada costa, y el sublime |
|
espíritu gozó la suma gracia; |
|
y ¡oh Montaigne! Núñez vio la cruz erguirse, |
|
y halló al pie de la sacra Vencedora |
|
el cadáver helado de la Esfinge. |
  - III -
| |
 Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos |
|
a los de tus dos alas que abrazaron a Leda, |
|
y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda, |
|
dirás, por los Dioscuros, la gloria de los cielos. |
|
|
|
Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos. |
|
Por un instante, ¡oh Cisne!, en la oscura alameda |
|
sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda, |
|
y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos. |
|
|
|
Cisne, tendré tus alas blancas por un instante, |
|
y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho |
|
palpitará en el mío con su sangre constante. |
|
|
|
Amor será dichoso, pues estará vibrante |
|
el júbilo que pone al gran Pan en acecho |
|
mientras su ritmo esconde la fuente de diamante. |
  - IV -
| |
 Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda! |
|
tu dulce vientre cubrió de seda |
|
el Dios. ¡Miel y oro sobre la brisa! |
|
Sonaban alternativamente |
|
flauta y cristales, Pan y la fuente. |
|
¡Tierra era canto, Cielo sonrisa! |
|
|
|
Ante el celeste, supremo acto, |
|
dioses y bestias hicieron pacto. |
|
Se dio a la alondra la luz del día, |
|
se dio a los búhos sabiduría |
|
y melodía al ruiseñor. |
|
A los leones fue la victoria, |
|
para las águilas toda la gloria |
|
y a las palomas todo el amor. |
|
|
|
Pero vosotros sois los divinos |
|
príncipes. Vagos como las naves, |
|
inmaculados como los linos, |
|
maravillosos como las aves. |
|
|
|
En vuestros picos tenéis las prendas |
|
que manifiestan corales puros. |
|
Con vuestros pechos abrís las sendas |
|
que arriba indican los Dioscuros. |
|
|
|
Las dignidades de vuestros actos, |
|
eternizadas en lo infinito, |
|
hacen que sean ritmos exactos, |
|
voces de ensueño, luces de mito. |
|
|
|
De orgullo olímpico sois el resumen, |
|
¡oh, blancas urnas de la armonía! |
|
Ebúrneas joyas que anima un numen |
|
con su celeste melancolía. |
|
|
|
¡Melancolía de haber amado, |
|
junto a la fuente de la arboleda, |
|
el luminoso cuello estirado |
|
entre los blancos muslos de Leda! |

Cantos de vida y esperanza
Rubén Darío
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