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De la conveniencia de juzgar sobriamente de las
cosas divinas
El más adecuado terreno, el que se encuentra más sujeto a error e impostura, es el discurrir sobre las cosas desconocidas pues en primer lugar, la singularidad misma del asunto hace que las concedamos crédito, y luego, como esas cosas no forman la materia corriente de nuestra reflexión, nos quitan el medio de combatirlas. Por eso dice Platón que es mucho más fácil cautivar a un auditorio cuando se le habla de la naturaleza de los dioses que cuando se trata de la naturaleza de los hombres; la ignorancia de los oyentes procura libertad grande al ocuparse de una cuestión oculta. De aquí se sigue que nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos; ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas, como los alquimistas, adivinos, quirománticos, astrólogos, médicos, id genus omne272, a los cuales añadiría de buen grado, si a tanto osara, una caterva de gentes, intérpretes y fiscalizadoras ordinarias de los designios de Dios, que hacen profesión de inquirir las causas de cada accidente y de ver en los arcanos de la voluntad divina los motivos inescrutables de sus obras; y aun cuando la variedad y continua discordancia de esos acontecimientos los lleva de un extremo al opuesto, de oriente a occidente, no por eso dejan de ser descifradores impertérritos, y con el mismo lapicero pintan lo blanco y lo negro. En un pueblo de las Indias existe esta laudable costumbre: cuando pierden algún encuentro o batalla piden públicamente perdón al sol, que es su dios, de su culpa, como si hubieran cometido una acción injusta, relacionando su dicha o desdicha a la razón divina, y sometiéndola su juicio y sus acciones. Para un buen cristiano es suficiente creer que todas las cosas Dios nos las envía, y recibirlas además con reconocimiento de su divina o inescrutable sabiduría; así que deben tomarse siempre en buena parte, ya produzcan el mal ya el bien. No puedo menos de censurar la conducta que ordinariamente veo seguir a muchas gentes, las cuales apoyan nuestra religión conforme a la prosperidad de sus empresas. Cuenta nuestra fe bastantes otros fundamentos, sin necesidad de autorizarla con el curso bueno o malo de los acontecimientos terrenales. Acostumbrado el pueblo a aquellos argumentos, que aplaude y encuentra muy dignos de su agrado, se le expone a que su fe vacile -169- cuando los sucesos le sean adversos y la ventura no le acompañe. Ocurre lo propio con nuestras guerras de religión; los que ganaron la batalla de la Rochelabeille, metieron grande algazara por semejante accidente, y se sirvieron de su fortuna para probar que era justa la causa que defendían; luego tratan de explicar sus descalabros de Montcontour y de Jarnac, diciendo que ésos fueron castigos paternales: si no tuvieran un pueblo a su disposición completa para embaucarlo, se convencería éste fácilmente de que todo eso no son más que artificios engañosos. Valdría mucho más enseñarle los sólidos fundamentos de la verdad. En estos meses pasados ganaron los españoles una batalla gloriosa contra los turcos, mandando las fuerzas cristianas don Juan de Austria. Otras derrotas hemos sufrido nosotros también por la voluntad de Dios, y eso que no somos turcos. En conclusión, es difícil acomodar las cosas divinas a nuestra balanza sin que sufran menoscabo. Quien pretenda explicarse que León y Arrio, principales sectarios de la herejía arriana, acabaron, aunque en épocas diversas, de muertes semejantes (retirados de la disputa a causa del dolor de vientre, ambos expiraron repentinamente en un común); quienquiera ver un testimonio de la venganza divina en la circunstancia de morir en un lugar tan inmundo, tendrá que añadir a aquéllas la muerte de Heliogábalo, que fue asesinado en una letrina; y sin embargo, Irene, santa mujer a quien adornaban todas las virtudes, se encuentra en el mismo caso. Queriendo Dios enseñarnos que los buenos tienen otra cosa que esperar y los malos otra cosa que temer que las bienandanzas o malandanzas terrenales, se sirve de ambas y las aplica por medios ocultos, despojándonos así de todo recurso de alcanzar torpemente nuestro provecho, con nuestra experiencia. Equivócanse de medio a medio los que quieren prevalerse de la razón humana, y jamás encuentran una explicación atinada sin que al punto les asalten dos contrarias; de lo cual saca san Agustín sólidos argumentos contra sus adversarios. Es un conflicto que solucionamos con las armas de la memoria más bien que con las de la razón. Menester es que nos conformemos con la luz que place al sol comunicarnos. Quien eleve la mirada a fin de procurarse claridad mayor, no extrañe si por castigo de su osadía se queda ciego. Quis hominum potest scire consilium Dei?, aut quis poterit cogitare quid velit Dominus?273 -170-
De cómo algunos buscaron la muerte por huir
los placeres de la vida
La mayor parte de los antiguos filósofos convienen en que la muerte es preferible a la vida cuando de ésta se esperan más desdichas que bienandanzas; y afirman que poner ahínco en conservar la existencia para sufrir tormentos y trabajos es ir contra los preceptos mismos de la naturaleza, como enseñan estos versos griegos:
Pero llevar el desdén de la muerte al extremo de buscarla para evitar honores, riquezas, grandezas y otros favores y bienes, que conocemos con el nombre de beneficios de la fortuna, como si la razón sola no bastara a persuadirnos de la conveniencia de abandonarlos sin necesidad de echar mano de aquel remedio supremo, no lo había visto ordenar ni practicar hasta que me cayó en las manos un pasaje de Séneca, en el cual el filósofo aconseja a Lucilio, personaje influyentísimo y de gran autoridad cerca del emperador que trueque la vida de voluptuosidad y pompa por el abandono del mundo, y se retire a la vida solitaria, apacible y filosófica. A la realización de tales consejos, Lucilio opone algunas dificultades: «Mi parecer es, le dice Séneca, que dejes esa manera de vivir o la vida misma; yo te aconsejo que sigas camino más apacible, y que mejor que romper, desates lo que tan mal has anudado; mas si no se pudiera desatar, rómpelo: no hay hombre tan cobarde que no prefiera caer de una vez a permanecer siempre tambaleándose.» Hubiera encontrado este consejo natural en la rudeza estoica, pero lo extraño es que está tomado de Epicuro, que escribe de un modo parecido a Idomeneo en una ocasión semejante. Algún rasgo análogo tengo idea de haber advertido entre nosotros, pero éste iba acompañado de la moderación cristiana. San Hilario, obispo de Poitiers enemigo famoso de la herejía arriana, encontrándose en Siria tuvo noticia de que su hija única, que se llamaba Abra, a quien había dejado en las Galias en compañía de su madre, era solicitada para casarse por los importantes señores del país, como joven muy bien educada, hermosa, rica, y que se hallaba -171- además en la flor de su edad; su padre la escribió (prueba tenemos de ello) que desechara su afición a todas esas bienandanzas y placeres con que la brindaban, porque él había encontrado en su viaje un partido preferible, mucho más digno y grande: un marido de magnificencia y poderío bien distintos, el cual la obsequiaría con trajes y joyas de valor inestimable. Su designio no era otro que hacerla perder el gusto de los placeres mundanos para que ganara la gloria; pero antojándosele que para ello el camino más breve y seguro era la muerte de su hija, no cesó un momento de pedir a Dios que la quitara del mundo y la llamase a su seno, como aconteció en efecto, pues al poco tiempo de regresar al país murió Abra, con lo cual su padre recibió singular contento. Este caso sobrepasa los anteriores, porque la muerte es solicitada, por intercesión de Dios, y demás porque es un padre quien la pide para su hija única; mientras que los otros se encaminan por sí mismos a la desaparición para la cual emplean medios exclusivamente humanos. No quiero omitir el desenlace de esta historia, aunque sea extraña al asunto de que hablo. Enterada la mujer de san Hilario de que la muerte de su hija aconteció por designio y voluntad del padre, e informada además de que la joven sería mucho más dichosa que si hubiera permanecido en este mundo, tomó una afección tan viva a la beatitud eterna y celeste, que solicitó de su marido con extrema insistencia el que rogara a Dios por su fin próximo. Oyendo Dios las oraciones de los esposos, la llamó poco después a su seno, y fue una muerte aceptada con singular contentamiento de ambos cónyuges.
Coincidencias del acaso y la razón
La inconstancia de los movimientos diversos de la fortuna es causa de que ésta nos muestre toda suerte de semblantes. ¿Hay algún acto de justicia más palmario que el siguiente? Habiendo resuelto el duque de Valentinois envenenar a Adriano, cardenal de Cornete, en cuya casa del Vaticano estaban invitados a comer el pan Alejandro VI su padre y aquél, mandó que llevaran al banquete antes de que él compareciera una botella devino envenenado, y ordenó al copero que la guardase cuidadosamente; como el papa llegara antes que el de Valentinois, y pidiera de beber, le sirvieron vino de la botella por suponer que era el mejor; el duque mismo pocos momentos después, creyendo que no habrían tocado a su vino, bebió a su vez, de suerte que el padre murió de repente, y el hijo, después de haber estado largo tiempo atormentado por la enfermedad, experimentó -172- todavía suerte peor que si de ella hubiera sucumbido. Diríase que algunas veces la fortuna se burla bonitamente de nosotros en los momentos más críticos. El señor de Estrée, a la sazón portaestandarte del señor de Vandome, el señor de Licques, teniente de la compañía del duque de Ascot, en ocasión en que ambos se encontraban enamorados de la hermana del señor de Foungueselles, aunque pertenecía a distintos partidos, el de Licques resultó vencedor; mas el mismo día de la boda, y lo que es aun más triste, antes de la noche nupcial, el recién casado, sintiendo deseos de romper una lanza en favor de su nueva esposa, salió a la escaramuza cerca de Saint-Omer, donde el de Estrée, desplegando superiores fuerzas, le hizo prisionero, y para sacar partido de su victoria, fue necesario además que la doncella,
la cual cortésmente le pidió luego que lo devolviera su prisionero, como así lo hizo el vencedor; que la nobleza francesa jamás rechazó a las damas ninguna petición. Los caprichos de la fortuna parecen a veces combinados por el arte. Constantino, hijo de Elena, fundó el imperio de Constantinopla; al cabo de buen número de siglos, Constantino, hijo de Elena, lo acabó. En ocasiones se complace en sobrepasar hasta los mismos milagros a que damos fe. Sabemos que cuando Clodoveo cercó a Angulema, las murallas de la ciudad se desplomaron por gracia divina. Bouchet dice, tomándolo de otro autor, que en ocasión en que el rey Roberto sitiaba una plaza, habiéndose alejado del recinto de la misma para dirigirse a Orleáns a solemnizar la santa fiesta de Aignán, mientras asistía devotamente a la misa, los muros de la plaza sitiada cayeron de pronto en ruinas. La fortuna lo acomodó todo al revés en nuestras guerras de Milán, pues al capitán Ranse, de nuestro ejército, cercando a Erone, hizo poner la mina bajo una parte del muro, el cual, saltando bruscamente, cayó perpendicular, sin que por ello se vieran menos defendidos los sitiados. Otras veces ejerce la medicina con singular acierto. Viéndose Jasón Fereo desahuciado por los médicos a causa de una apostema que tenía en el pecho, y ardiendo en deseos de limpiarse de ella aun a costa de la vida, lanzose en un combate en medio de la turba de los enemigos. Una herida que recibió la reventó la apostema y le curó radicalmente. -173- El acaso sobrepasó al pintor Protógones en el conocimiento de su arte. Había el artista trasladado al lienzo la imagen de un perro rendido de fatiga, y estaba satisfecho de su obra en todos sus detalles, pero como no acertara a pintar a su gusto la espuma y la baba del animal, incomodado, cogió la esponja, y como estaba empapada con pinturas de diversos colores, al arrojarla contra el cuadro para borrarlo, la casualidad hizo que diera en el hocico del perro y realizara la obra que el arte no había podido efectuar. A veces endereza nuestras deliberaciones y las corrige viéndose obligada Isabel, reina de Inglaterra, a pasar de Zelanda a su país con el ejército para combatir en pro de su hijo contra su marido, la hubiera ido muy mal de llegar al puerto que deseaba, porque en él la aguardaban sus enemigos; mas contra su voluntad, el acaso arrojola en otra parte, donde pudo desembarcar con seguridad completa. Y aquel hombre de la antigüedad que al lanzar una piedra a un perro dio a su madrastra y la mató, ¿no tuvo motivo sobrado para recitar este verso?
Icetas sobornó a dos soldados para dar muerte a Timoleón, que se encontraba en Adra, en Sicilia. Puestos de acuerdo para realizar su empresa en el momento en que la víctima celebrara algún sacrificio en el templo, hallándose ya en medio de la multitud, como se hicieran una seña para lanzarse a la obra, surge de pronto un tercero que acaba instantáneamente con su espada a uno de los asesinos y escapa. El compañero del muerto, suponiéndose descubierto y perdido, se dirige al altar y pide gracia prometiendo declarar toda la verdad. Tan luego como hubo relatado los pormenores de la conjura, aparece el que había huido, a quien habían atrapado, y a quien el pueblo maltrata, pisotea y arrastra hacia el lugar que ocupa Timoleón y los personajes principales de su séquito. Allí solicita la gracia del soberano y declara haber dado justa muerte al asesino de su padre, probando en el momento mismo, con testigos que su buena estrella le había procurado inopinadamente, que efectivamente su padre había sido muerto en la ciudad de los Leontinos por la misma persona a quien él acababa de matar. Entonces fue gratificado con diez minas áticas por haber tenido la dicha de vengar la muerte del autor de sus días, al par que salvado la vida del padre común de los sicilianos. Este conjunto de casualidades sobrepasa todas las previsiones de la prudencia humana. Y para concluir, ¿no se descubre en el hecho siguiente una demostración palmaria del favor, bondad y piedad singulares de la fortuna? Proscriptos de Roma por los triunviros -174- Ignacio y su hijo, determinaron ambos quitarse juntos la vida, dejándola el uno en las manos del otro para frustrar así la crueldad de los tiranos. Lanzáronse el uno contra el otro con la espada empuñada, e hizo el acaso que padre e hijo recibieran dos golpes igualmente mortales, concediendo además en honor de una tan hermosa amistad, que tuvieran todavía la fuerza de apartar de sus pechos los brazos armados y sangrientos, para estrecharse tan fuertemente, que los verdugos cortaron juntas las dos cabezas, dejando los cuerpos unidos, y juntas también las heridas, absorbiéndose amorosamente la sangre y los restos de una y otra existencia.
De un vacío en nuestros usos
públicos
Mi difunto padre (que era hombre de juicio claro para no ayudarse sino de la experiencia natural) me habló hace tiempo de su deseo de ver establecido en las ciudades un lugar al cual pudieran acudir los que tuvieran necesidad de alguna cosa, y donde un empleado puesto al efecto registrase el asunto de que se tratara; por ejemplo, tal individuo quiere vender perlas, tal otro quiere comprar; tal persona desea compañía para ir a París; tal otra busca un servidor de ésta o de aquella condición; otro busca un amo; tal necesita un obrero; en fin, quiénes unas cosas, quiénes otras, cada cual según sus necesidades. Es probable que este medio de ponernos al corriente proporcionaría alguna ventaja al bienestar público, pues en toda ocasión hay cosas que se desean y por falta de comunicación se ven muchas gentes en la necesidad más extrema. No puedo menos de recordar con vergüenza para nuestro siglo que a nuestra vista muchos excelentísimos personajes en ciencia por no tener que comer: Lilio Gregorio Giraldo, en Italia, Sebastián Castellón, en Alemania, y creo que existen miles de personas que los hubieran acomodado en condiciones muy ventajosas, o socorrido en las ciudades mismas donde se encontraban, de haber conocido su situación. El mundo no está tan universalmente corrompido; yo conozco alguien que desearía muy vivamente que los medios que los suyos le pusieron en las manos pudieran emplearse a tenor de los intereses de que goza, mientras a la fortuna plazca conservárselos, en poner al abrigo de la necesidad a los hombres singulares y notables en cualquier clase de saber y valer, a quienes la desdicha combate a veces hasta el último límite; esa persona -175- les procuraría facilidades en las tenebreces de la vida, con las cuales, de ser razonables, se conformarían. En el manejo de los asuntos de su casa, mi padre seguía un orden que yo ensalzo como merece, pero que no soy capaz de imitar. A más del registro de las cosas domésticas, donde se sientan las cuentas menudas, pagos, compras y en general todo aquello en que no precisa el concurso del notario, registro que está a cargo de un administrador, ordenaba a su secretario que tuviera un papel en el que se insertaban todos los acontecimientos dignos de alguna recordación, día por día; el cual formaba como las memorias para la historia de la casa, muy gratas de repasar cuando el tiempo comienza a borrar la huella de las cosas pasadas, y muy adecuado medio para saber en qué tiempo acontecieron. Consignábase la fecha en que tal trabajo se comenzó y la en que se acabó; quiénes fueron las personas que pasaron por su residencia, y cuánto tiempo se detuvieron; nuestros viajes, ausencias, matrimonios y defunciones; las noticias buenas y malas; el cambio de los principales servidores y otros sucesos análogos. Es ésta una costumbre antigua, que a mi entender debería refrescar cada cual en su chisconera. Yo reconozco la torpeza que cometí al dejar de practicarla.
De la costumbre de vestirse
Cualquiera que sea el asunto de que yo trate, siempre me precisa ir en algún respecto contra los usos recibidos; en tal grado éstos han tomado todas las- avenidas. Reflexionaba yo en esta fría estación del año si la costumbre de ir completamente desnudos en esas naciones últimamente descubiertas, la determina la temperatura cálida del aire, como vemos en los indios y en los moros, o si obedece a natural necesidad del hombre. Las gentes de entendimiento se han hecho con frecuencia consideraciones parecidas, puesto que todo cuanto cobija la bóveda celeste, como dice al Sagrada Escritura, está sujeto a las mismas leyes, entre las cuales se trata de distinguir las que son naturales de las que fueron falseadas, y de recurrir para buscar la razón primordial de las cosas al general gobierno del mundo, donde nada contrahecho puede haber. De suerte que, hallándose todos los seres vivos provistos de aguja o hilo para cubrir sus desnudeces, no es creíble que seamos sólo nosotros los que no podamos subsistir sin extraño auxilio. Así yo entiendo que como las plantas, los árboles, los animales y o por cuanto vive se encuentra por la naturaleza dotado de -176- suficiente cobertura para defenderse de las injurias del tiempo,
de igual beneficio gozábamos nosotros, pero como aquellos que prescinden de la luz del día para servirse de la artificial, hemos ahogado nuestros medios naturales para echar mano de los ajenos. Es bien fácil convencerse de que la costumbre es la que nos hace imposible lo que en realidad no lo es, pues entre los pueblos que desconocen toda clase de vestidos los hay que están situados bajo un cielo semejante al nuestro, y también existen otros en que la temperatura es más ruda que la de nuestros climas. Consideremos además que las partes más delicadas de nuestro cuerpo las llevamos siempre al descubierto: los ojos, la boca, las narices y las orejas; y nuestros campesinos, como nuestros abuelos, llevan desnudos el pecho y el vientre. Si hubiéramos venido al mundo con el deber de vestir refajos y gregüescos, la naturaleza nos hubiera armado de una piel más resistente en el resto del cuerpo para soportar las intemperies, como ocurre con las yemas de los dedos y las plantas de los pies. Entre mi traje y el de un labriego de mi país encuentro mayor diferencia que entre su vestido y el de un hombre que va completamente desnudo. ¡Cuántos hombres hay, en Turquía sobre todo, que van en cueros vivos por practicar un acto devoto! No recuerdo quién preguntaba a un mendigo, a quien veía en camisa en pleno invierno, tan alegre como cualquiera otro que se tapa hasta las orejas, cómo podía vivir con tan ligero traje. «Usted, señor, respondió el interpelado, tiene la faz descubierta; pues bien suponga que yo soy todo faz.» Cuentan los italianos del bufón del duque de Florencia, que, preguntado por su amo cómo yendo tan mal ataviado podía resistir el frío, que él apenas soportaba, respondió: «Seguid mi ejemplo; echaos encima todos vuestros vestidos, como hago yo con los míos, y no tendréis frío ninguno.» El rey Masinisa no pudo nunca acostumbrarse a llevar cubierta la cabeza hasta que llegó a la vejez extrema, y soportaba así el frío, las tormentas y las lluvias. Lo propio se cuenta del emperador Severo. Refiere Herodoto, que en los combates de los egipcios y los persas, entre los que morían por haber recibido heridas en el cráneo, oponían mucha mayor resistencia los primeros que los segundos, en atención a que éstos llevaban siempre sus cabezas cubiertas con gorros y turbantes. Los egipcios llevaban las suyas rapadas desde la infancia y siempre a la intemperie. El rey Agesilao -177- vistió siempre igual traje en invierno y en verano hasta la vejez más caduca. Según Suetonio, César marchaba constantemente a la cabeza de sus tropas, generalmente a pie, sin nada en la cabeza, lo mismo cuando hacía sol que cuando llovía. Otro tanto se dice de Aníbal,
Un veneciano que acaba de llegar del Perú, donde ha permanecido largo tiempo escribe que en aquellas regiones las gentes van descalzas hasta cuando cabalgan, y llevan cubiertas las demás partes del cuerpo. Platón aconseja expresamente, que para la conservación de la salud lo mejor de todo es llevar desnudos los pies y la cabeza. El monarca que los polacos han elegido para que los gobierne, después del nuestro, y que es en verdad uno de los príncipes más grandes de nuestro siglo, no lleva nunca guantes; así en invierno como en verano usa el mismo bonete en la calle con que se cubre la cabeza en su casa. De la propia suerte que yo no puedo tolerar el ir desabotonado ni con los vestidos sueltos, los jornaleros de mi vecindad se violentarían si lo fueran. Dice Varrón que al ordenar que permanezcamos con la cabeza descubierta en presencia de los dioses o del magistrado, se atiende más a nuestra salud y a fortalecernos contra las injurias del tiempo que al respeto y reverencia. Y puesto que hablamos del frío, y como franceses estamos habituados a abígarrarnos (aunque esto no reza conmigo, pues no me visto sino de negro o de blanco, a imitación de mi padre) añadamos otro sucedido. Refiere el capitán Martín del Bellay que en su viaje al Luxemburgo vio heladas tan terribles, que el vino de la guarnición se cortaba a hachazos y se pesaba al entregarlo a los soldados, que lo llevaban en cestos. Y Ovidio:
Las heladas son tan rudas en la embocadura del Palus Meotides283, que en el mismo lugar en que el lugarteniente de Mitrídates libró a pie enjuto una batalla contra sus enemigos, llegado el verano ganó contra los mismos un combate naval. Los romanos experimentaron desventaja grande en el que sostuvieron contra los cartagineses cerca de Plasencia por haber entrado en la lid con la sangre congelada y los miembros ateridos por el frío; mientras que Aníbal mandó hacer hogueras para que se calentaran sus -178- soldados, y además distribuyó aceite entre ellos a fin de que se untaran y vivificaran sus nervios, y también para que se cerrasen los poros contra el cierzo helado que reinaba. La retirada de los griegos de Babilonia a su país es famosa por las dificultades y trabajos que tuvieron que vencer. Sorprendidos en las montañas de Armenia por una horrible tempestad de nieves, perdieron el conocimiento del lugar en que se hallaban y el de los caminos; y viéndose detenidos de pronto, permanecieron un día y una noche sin comer ni beber. La mayor parte de los animales que llevaban sucumbieron, y también muchos hombres; a otros cegó el granizo y el resplandor de la nieve; otros se quedaron cojos y muchos transidos, rígidos o inmóviles, conservando entera la lucidez de sus facultades. Alejandro vio una nación en que se enterraban los árboles frutales durante el invierno para resguardarlos de las heladas. En nuestro país podemos también ver igual costumbre. En punto a trajes, el rey de Méjico cambiaba cuatro veces al día sus vestiduras; nunca se servía de uno mismo dos veces, y empleaba tan gran deshecho en sus continuas liberalidades y recompensas. Tampoco usaba más que una sola vez de los jarros, platos y otros utensilios de mesa y cocina.
Del joven Catón
No soy de los que incurran en el error de juzgar a los demás según mis peculiares sentimientos. Creo de buen grado en las cosas que más difieren de mi naturaleza y de mi manera de ser. Por la circunstancia de sentirme inclinado a una costumbre no obligo a los demás a que la practiquen, como suele acontecer generalmente; creo y concibo mil maneras diferentes de vivir a la mía, y contraria mente a las ideas del vulgo, me hago cargo con mayor facilidad de la diferencia que de la semejanza, al poner otras existencias en parangón con la mía. Sé desembarazarme de mis gustos al juzgar a quien difiere de mis condiciones y principios, y considerarlo simplemente, en sí mismo, sin relación alguna extraña, juzgándolo sobre su propio modelo. Porque yo no sea continente no dejo de aprobar con sinceridad cabal la honestidad de los cartujos y capuchinos, ni de acomodarme mentalmente a su regla de vida; por medio del espíritu colócome en el lugar de aquellos varones y los estimo y los honro tanto mas cuanto son diferentes de mí. Yo deseo muy singularmente que a cada cual se le juzgue según es, y por lo que a mí toca, que no se me -179- considere según los principios comunes. Mi flojedad no modifica en modo alguno la opinión que debe merecerme la fuerza y el vigor en los que poseen estas cualidades: Sunt qui nihil suadent, quam quod se imitari posse confidunt284. Porque yo me arrastre por el cieno no dejo de elevar hasta las nubes la inimitable alteza de algunas almas heroicas, y encuentro en mi meritorio tener el juicio bien equilibrado aun cuando los efectos de éste no correspondan a las acciones; así mantengo al menos sana esta parte principal de mi individuo, algo es ya tener la voluntad sana cuando las piernas faltan. El siglo en que vivimos, por lo menos en lo que a nuestros climas toca, es tan pesado de atmósfera que no ya la ejecución sino hasta la sola imaginación de la virtud es difícil, y diríase que ésta no es otra cosa que pura jerga de colegiales:
quam vereri deberent, etiam si percipere non possent286; un chirimbolo para colgarlo en un gabinete, o un vocablo que tenemos en la punta de la lengua, y que suena en nuestro oído como cosa de adorno. Ya no se encuentra ni una sola acción virtuosa; las que lo parecen lo son sólo en apariencia, pues el provecho, la gloria, el temor, la costumbre y otras causas análogas, nos incitan a producirlas. Los actos de justicia, el valor y la benignidad que ponemos en práctica al realizar la virtud no pueden llamarse tales en cuanto los ejercemos por consideración a otro, para que ofrezcan buen cariz ante los ojos de los demás; en el fondo, quien aquellas cosas practica, no es virtuoso: la causa ocasional es distinta, y la virtud reconoce como suyo sólo lo que por sí misma ejecuta. En aquella gran batalla de Platea, que los griegos ganaron a Mardonio y a los persas, bajo el mando de Pausanias, los vencedores, según la costumbre recibida, al repartirse la gloria de la expedición atribuyeron a la nación esparciata la primacía del valor en la lucha. Los espartanos, jueces excelentes en materia de virtud, luego que hubieron decidido en qué ciudadano de su nación debía recaer el honor de haberse conducido con mayor arrojo en la jornada, acordaron que Aristomedo había sido el más valeroso; mas a pesar del acuerdo no le concedieron ningún premio, porque su virtud había sido fruto del deseo de purgarse de la mancha en que incurriera en la batalla de las Termópilas; -180- así es que quiso morir valientemente para librarse de su vergüenza pasada. Nuestros juicios son malsanos y se acomodan a la depravación de las costumbres reinantes. Yo veo a la mayor parte de los espíritus de mi tiempo emplear su ingenio en obscurecer la gloria de las acciones más generosas de los antiguos, dándolas una vil interpretación, encontrando para aminorarlas ocasiones y causas baladíes. ¡Sutileza grande, en verdad! Presénteseme el acto más excelente y puro, y yo me encargo al momento de encontrar razones verosímiles para achacarlo a cincuenta intenciones viciadas. Más que en malicia incurren en pesadez y grosería los hombres que a tales tareas se consagran. Igual trabajo y licencia que algunos emplean en la difamación de aquellos grandes nombres, y libertad análoga, tomaríame yo de buen grado para realzarlos a esos raros varones, escogidos para ejemplo del mundo por la aprobación de los sabios, no intentaré recargarlos de honor; por mucho que mi invención acertara a encontrar, fuerza es reconocer que todos los medios que nuestra imaginación pusiera en juego quedarían muy por bajo de su mérito. Es deber de las gentes honradas el pintar la virtud con sus bellos colores; de tal suerte no nos causará disgusto el que la pasión nos arrastre en pro de ejemplos tan santos. Lo que practican aquellos de que hablé antes tiene su fundamento en la maldad o en el vicio de ajustarlo todo a lo que se compagina con sus ideas personales, o también porque no tienen la mirada suficientemente fuerte ni suficientemente clara, ni habituada a concebir el espectáculo de la virtud en su pureza ingenua. Dice Plutarco que algunos escritores de su tiempo atribuyeron la causa de la muerte de Catón el joven al miedo que había tenido a César; de semejante interpretación protesta con razón sobrada el citado historiador, y puede juzgarse por este hecho cuánto más le hubiera ofendido el testimonio de los que la atribuyeron luego a la ambición. ¡Pobres gentes, no imaginan que antes hubiera realizado una acción heroica por la ignominia que por la gloria! Catón fue uno de esos hombres modelos que la naturaleza elige para mostrar hasta dónde pueden alcanzar la humana virtud y firmeza. No me propongo extenderme ahora sobre esta magnífica acción; quiero sólo comparar los testimonios de cinco poetas latinos en alabanza de Catón, por el interés de éste, e incidentalmente también por el de los poetas. Ahora bien, el joven instruido en las cosas de la antigüedad hallará lánguidos los dos primeros en comparación con los otros, el tercero más vigoroso, pero a quien la extravagancia de su fuerza ha abatido; estimará, además, que queda todavía espacio para uno o dos grados de invención antes de llegar al cuarto; cuando llegue a éste la admiración le hará -181- juntar las manos, y en el último, que es el primero en ciertos respectos, juzgará que a él no alcanza ningún humano espíritu y se admirará y traspondrá de admiración. He aquí una cosa maravillosa: contamos con mayor número de poetas que de jueces e intérpretes de la poesía; es más fácil producirla que conocerla. Juzgándola superficialmente se la aplican los preceptos del arte; mas la buena, la suprema, la divina, está muy por cima de las reglas y de la razón. Quien discierne la belleza con vista reposada, no la ve, como no se ve tampoco el esplendor de un relámpago; la poesía no sólo interesa nuestro juicio, lo encanta y le trastorna.El furor que aguijonea a quien la sabe penetrar, comunícase también a quien la oye recitar, a la manera del imán que no sólo atrae la aguja, sino que también infunde a ésta la propiedad atractiva. Tal poder de la poesía se ve más palmario en los teatros; la sagrada inspiración de las musas arrastra al poeta a la cólera, al quebranto, al odio, transpórtale y lo conduce donde quiere; el fuego del poeta pasa al actor y de éste a todo el pueblo; diríase el contacto de las agujas imantadas suspendidas unas en otras. La poesía me conmovió y me transportó siempre, desde la primera infancia; mas tan vivo gusto y sentimiento, que reside naturalmente en mí, ha sido producido y excitado por modos diversos y formas distintas, no tanto más altas o más bajas, pues siempre fueron las más elevadas en cada género, como de índole diversa; primeramente fui atraído por la fluidez alegre e ingeniosa; luego por la sutileza aguda y refinada; y, por último, por la fuerza madura y constante. El ejemplo lo declarará mejor: Ovidio, Lucano, Virgilio. Mas ved aquí ya a nuestros poetas en la arena:
dice uno:
dice otro; y el siguiente, hablando de las guerras civiles entre César y Pompeyo, escribe:
el cuarto añade, a propósito de las alabanzas, que todos tributaban a César:
-182- Y el maestro del coro, luego de haber anunciado en su pintura los nombres de los más grandes romanos, concluye de este modo:
De cómo reímos y lloramos por la
misma causa
Cuando leemos en las historias que Antígono desaprobó completo por que su hijo le presentara la cabeza del rey Pirro, su enemigo, que acababa de encontrar la muerte en un combate contra aquél, y que habiéndola visto vertió abundantes lágrimas; que el duque Renato de Lorena, lloró también la muerte del duque Carlos de Borgoña, a quien acababa de vencer, y que vistió de luto en su entierro; que en la batalla d'Auray, ganada por el conde de Montfort contra Carlos de Blois, rival suyo en la posesión del ducado de Bretaña, el vencedor encontrando muerto a su enemigo experimentó duelo grande, no hay que exclamar con el poeta:
Refieren los historiadores que, al presentar a César la cabeza de Pompeyo, aquél volvió a otro lado la mirada, cual si se tratase de contemplar un espectáculo repugnante. Había existido entre ambos una tan dilatada inteligencia y sociedad en el manejo de los negocios públicos, tal comunidad de fortuna, tantos servicios y alianzas recíprocos, que no hay razón alguna para creer que la conducta de César fuese falsa y simulada, como estima Lucano:
pues bien que la mayor parte de nuestras acciones no sean sino puro artificio, y que a las veces pueda ser cierto que
-183- es preciso considerar que nuestras almas se encuentran frecuentemente agitadas por pasiones diversas y encontradas. De igual suerte que los médicos afirman que en nuestros cuerpos hay un conjunto de humores diferentes, de los cuales uno solo manda en los demás, según la naturaleza de nuestro temperamento, así acontece en nuestras almas; bien que diversas pasiones las agiten, es preciso que haya una que domine; este predominio no es completo sino en razón de la volubilidad y flexibilidad de nuestro espíritu y a veces los más débiles movimientos suelen dominar. Por esta razón vemos que no son sólo los niños los que se dejan llevar por la naturaleza, y ríen y lloran por una misma causa, sino que ninguno de nosotros puede preciarse de que, por ejemplo, al emprender algún viaje, al separarse e su familia y amigos no haya sentido decaer su ánimo; y si las lágrimas no brotan abiertamente de sus ojos, al menos puso el pie en el estribo con rostro melancólico y triste. Por grande que sea la llama que arde en el corazón de las jóvenes bien nacidas, precisa todavía arrancarlas del cuello de sus madres para entregarlas a sus esposos, diga Catulo lo que quiera:
No es, pues, de maravillar el que se llore cuando muerto a quien en modo alguno quisiera verse vivo. Cuando yo lanzo alguna fuerte reprimenda a mi criado, lo regaño con todas mis fuerzas, diríjole verdaderas y no fingidas imprecaciones, pero pasado el acaloramiento, si el muchacho tuviera necesidad de mí, hallaríame de todo en todo propicio, pues cambio pronto de humor. Cuando lo llamo bufón y ternero, no pretendo colgarle para siempre tales motes ni creo contradecirme llamándole hombre honrado poco después. Ninguna cosa se apodera de nosotros completa y totalmente. Si no fuera cosa de locos el hablar a solas, apenas habría día en que yo dejara de propinarme recriminaciones a gritos, y sin embargo no siempre me recrimino ni me desprecio. Quien por verme frío o cariñoso con mi mujer estimara que uno de esos dos estados fuese fingido, se equivocaría neciamente. Nerón al separarse de su madre, a quien mandó ahogar, experimentó sin embargo la emoción del adiós maternal y sintió el horror y la piedad juntamente. Dicen que la luz solar no es de una sola pieza, sino que el astro nos envía vivamente, sin cesar, nuevos rayos, -184- unos sobre otros, de suerte que no podemos apreciar el intervalo ni la solución de continuidad. Así nuestra alma lanza sus dardos uno a uno, aunque imperceptiblemente.
Artabano reprendió a Jerjes, su sobrino, por el repentino cambio de su continente. Considerando la desmesurada grandeza de las fuerzas guerreras que mandaba a su paso por Helesponto, cuando se dirigía a la conquista de Grecia, sintiose primero embargado por el contento, al ver a su servicio tantos millares de hombres, y su rostro dio claras muestras de alegría; mas de pronto, casi en el mismo instante, pensando en que tantas vidas se apagarían antes de que transcurriera un siglo, su frente se ensombreció, y se entristeció hasta verter lágrimas. Perseguimos con voluntad decidida la venganza de una injuria y experimentamos contento singular por nuestra victoria; mas a pesar de ello lloramos, no por la ofensa vengada, pues en nosotros nada ha cambiado, sino porque nuestra alma considera la cosa desde otro punto de vista y se la representa de distinto modo; cada cosa ofrece diversos aspectos y matices diferentes. El parentesco, las relaciones y amistades antiguas se apoderan de nuestra imaginación y la apasionan según las circunstancias, según la ocasión, mas la sacudida es tan fugitiva que no podemos apreciarla ni medirla:
por esta razón, pretendiendo de todas estas formas pasajeras deducir una consecuencia, nos equivocamos. Cuando Timoleón llora la muerte que cometiera, después de madura y generosa deliberación, no lamenta la libertad que dio a su patria; tampoco lamenta la desaparición del tirano, sino que llora a su hermano. Una parte de su deber está desempeñada, dejémosle desempeñar la otra. -185-
De la soledad
Dejemos a un lado la acostumbrada comparación de la vida solitaria con la vida activa. Y por lo que toca a la hermosa sentencia con que se amparan la ambición y la avaricia, o sea: «que no hemos venido al mundo para nuestro particular provecho, sino para realizar el bien común», consideremos sin reparo a los que toman parte en la danza; que éstos sondeen también su conciencia y reconozcan por él contrario que los empleos, cargos, y toda la demás trapacería del mundo, se codician principalmente para sacar de la fortuna pública provecho particular. Los torcidos procedimientos de que se echa mano en nuestro tiempo para alcanzar esas posiciones, muestran bien a las claras que el fin vale tanto como los medios. Digamos que la misma ambición nos hace buscar la soledad, pues aquélla es la que con mejor voluntad huye la sociedad, procurando tener los brazos libres. El bien y el mal pueden practicarse en todas partes; mas sin embargo, si damos crédito a la frase de Bias, quien asegura que «la peor parte de los humanos es la mayor», o a lo que dice el Eclesiastés, «que entre mil hombres no hay uno justo»,
convendremos en que el contagio es inminente en la multitud. En medio de la sociedad hay que imitar el ejemplo de los malos o hay que odiarlos; ambas cosas son difíciles: asemejarse a ellos, porque son muchos, odiarlos mucho porque las maldades de cada uno son diferentes. Los comerciantes que viajan por mar siguen una conducta prudente cuando procuran que los que van en el mismo barco no sean disolutos, blasfemos, ni malos, estimando peligrosa toda sociedad. Por esta razón Bias dijo ingeniosamente a los que sufrían con él el peligro de una fuerte tormenta y llamaban a los dioses en su auxilio: «Callaos, que no se enteren de que estáis en mi compañía.» Otro ejemplo más reciente de la misma índole: Albuquerque, virrey de la India en nombre de Manuel, rey de Portugal, hallándose en inminente peligro en el mar, echó sobre sus hombros un muchacho, con objeto de que en su compañía la inocencia del niño le sirviera de salvoconducto para procurarse el favor divino y no perecer. Sin duda el que es virtuoso puede vivir en todas partes contento; puede estar solo hasta -186- entre la multitud de la corte; mas si reside en su mano la elección, huirá hasta la vista de aquélla; en caso de necesidad absoluta soportará la sociedad palaciega; pero si de su voluntad depende el cambio, escapará a ella. No le basta haberse desligado de los vicios si precisa después que discuta con los de los otros. Carondas consideraba como malos todos los que frecuentaban la mala compañía, y entiendo que Antístenes no satisfizo con su respuesta a quien le censuró su trato con los perversos, cuando dijo que también los médicos viven entre enfermos, pues si ayudan a la salud de éstos, deterioran la propia por el contagio, la vista continua y la frecuentación de las enfermedades. El fin último de la soledad es, a mi entender, vivir sin cuidados y agradablemente; mas para el logro del mismo no siempre se encuentra el verdadero camino. Créese a veces dejar las ocupaciones, y no se hace sino cambiarlas por otras: no ocasiona cuidados menores el gobierno de una familia que el de todo un Estado. Donde quiera que el alma esté ocupada, toda ella es absorbida; por ser los quehaceres domésticos menos importantes, no dejan de ser menos importunos. Por habernos alejado de la corte y de los negocios, no quedamos en situación más holgada en punto a las principales rémoras que acompañan nuestra vida:
la ambición, la avaricia, la irresolución, el miedo y la concupiscencia no nos abandonan por cambiar de lugar:
a veces nos siguen hasta los sitios más recónditos y hasta las escuelas de filosofía: ni los desiertos, ni los abismos, ni los cilicios, ni los ayunos sirven a desembarazarnos:
Como dijeran a Sócrates que un individuo no había modificado su condición después de haber hecho un viaje: «Lo creo, respondió, sus vicios le acompañaron.»
Si el cuerpo y el alma no se desligan del peso que los oprime, el movimiento concentrará sólo la carga, como en un navío las mercancías ocupan menos espacio después del -187- viaje. Mayor mal que bien se procura al enfermo haciéndole cambiar de lugar; el mal se comprime con el movimiento, como la estaca se introduce más en la tierra cuanto más se la empuja. No basta dejar el pueblo, no basta cambiar de sitio, es preciso apartarse de la general manera de ser que reside en nosotros, es necesario recogerse y entrar de lleno en la posesión de sí mismo.
Llevamos con nosotros la causa de nuestro tormento. No poseemos libertad completa; volvemos la vista hacia lo que hemos dejado y con ello llenamos nuestra imaginación:
Radica el mal en nuestra alma, y por consiguiente de ella no puede desligarse;
Así, pues, es inevitable que aquélla se recoja y se asile en sí misma: tal es lo que constituye la soledad verdadera, que puede gozarse en medio de las ciudades y de los palacios, pero que se disfruta, sin embargo, con mayor comodidad en el aislamiento. Y pues que tratamos de vivir solos, prescindiendo de toda compañía, hagamos que nuestro contentamiento dependa únicamente de nosotros; desprendámonos de todo lazo que nos sujete a los demás; ganemos conscientemente él arte de vivir conforme a nuestra satisfacción. Habiendo Estilpón escapado con vida del incendio de su ciudad, en el mal perdió mujer, hijos y bienes de fortuna, Demetrio Poliorcetes, viéndole en tan terrible ruina sin manifestar ninguna pena, preguntole si por ventura no había experimentado ninguna pérdida, a lo cual Estilpón respondió que no, que gracias a Dios nada suyo había perdido. La misma idea expresó ingeniosamente el filósofo Antístenes, cuando dijo que él hombre debía proveerse de municiones que flotasen en el agua y que pudieran salvarse con él a nado del naufragio. Y así debe ser en efecto; el verdadero filósofo nada ha perdido si salvó su conciencia -188- y su ciencia. Cuando la ciudad de Nola fue arrasada por los bárbaros, Paulino, su obispo, que perdió cuanto poseía y fue además encarcelado, rogaba así a Dios: «Señor, librame de sentir esta pérdida, pues bien sabes que a nada han llegado todavía de lo que es mío.» Las riquezas que le hacían rico y los bienes que le hacían bueno estaban todavía intactos. He aquí un modo acertado de escoger los tesoros que pueden librarse de la injuria, y de ocultarlos en lugar donde nadie vaya, donde nadie pueda ser traicionado más que por sí mismo. Tenga en buen hora mujeres, hijos, bienes, y sobre todo salud quien pueda, mas no se ligue a ellos de tal suerte que en su posesión radique su dicha; es necesario reservar una trastienda que nos pertenezca por entero, en la cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro y soledad. En ella precisa buscar nuestro ordinario mantenimiento moral, sacándolo de recursos propios, de tal suerte que ninguna comunicación ni influencia ajenas alteren nuestro propósito; discurrir y reír cual si no tuviéramos mujer, hijos, bienes ni criados, a fin de que cuando llegue el momento de perderlos no nos sorprenda su falta. Tenemos un alma que puede replegarse en sí misma; ella sola es capaz de acompañarse; ella sola puede atacar y defenderse, puede ofrecer y recibir. No temamos, pues, en esta soledad que la ociosidad fastidiosa nos apoltrone:
La virtud se conforma consigo misma, sin necesidad de echar mano de disciplinas, palabras ni otros auxilios. Entre todas las acciones que practicamos, de mil no hay siquiera una sola que nos interese realmente. Ese que ves escalando las ruinas de esa fortificación, furioso y fuera do sí, expuesto a recibir el disparo de los arcabuces, ese otro cubierto de cicatrices, transido y pálido por el hambre, decidido a morir antes que abrirle la puerta, ¿crees que tales proezas las realizan por sí mismos? Las llevan a cabo por un hombre a quien jamás vieron, el cual no se cura siquiera de que existan en el mundo; por un hombre sumido en la ociosidad y en los deleites. Ese otro que ves abandonar el estudio a media noche, legañoso, acometido por la tos y mugriento, ¿piensas acaso que busca en los libros el medio de mejorar su condición moral, de alcanzar vida más satisfecha y prudente? Nada de eso; llegara su última hora, y reventará, o habrá enseñado a la posteridad la medida de los versos de Plauto y la recta ortografía de una palabra latina. ¿Quién no cambia gustoso la salud, el reposo y la vida por la reputación y la gloria, que es la moneda más inútil, vana y falsa que exista para nuestro -189- provecho? Como si nuestra propia muerte no bastara a darnos miedo, preocupámonos también de la de nuestras mujeres, de la de nuestros hijos y la de todos nuestros servidores. Como si nuestros asuntos peculiares no nos ocasionaran sobrados cuidados, echamos sobre nuestros hombros los de nuestros vecinos y amigos para atormentarnos Y rompernos la cabeza.
Paréceme más adecuada la soledad para aquellos que han consagrado al mundo su vida más activa y floreciente, conforme al ejemplo de Thales. Bastante se ha vivido para los demás; vivamos en lo sucesivo para nosotros, al menos lo que nos resta de existencia; dirijamos a nosotros y a nuestro sabor nuestras intenciones y pensamientos. No es co |