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    Ensayos de Montaigne
     seguidos de todas sus cartas conocidas hasta el día ; traducidos por primera vez en castellano con la versión de todas las citas griegas y latinas que contiene el texto, notas explicativas del traductor y entresacadas de los principales comentadores, una introducción y un índice alfabético por Constantino Román y Salamero
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Capítulo XXXI

De la conveniencia de juzgar sobriamente de las cosas divinas


El más adecuado terreno, el que se encuentra más sujeto a error e impostura, es el discurrir sobre las cosas desconocidas pues en primer lugar, la singularidad misma del asunto hace que las concedamos crédito, y luego, como esas cosas no forman la materia corriente de nuestra reflexión, nos quitan el medio de combatirlas. Por eso dice Platón que es mucho más fácil cautivar a un auditorio cuando se le habla de la naturaleza de los dioses que cuando se trata de la naturaleza de los hombres; la ignorancia de los oyentes procura libertad grande al ocuparse de una cuestión oculta. De aquí se sigue que nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos; ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas, como los alquimistas, adivinos, quirománticos, astrólogos, médicos, id genus omne272, a los cuales añadiría de buen grado, si a tanto osara, una caterva de gentes, intérpretes y fiscalizadoras ordinarias de los designios de Dios, que hacen profesión de inquirir las causas de cada accidente y de ver en los arcanos de la voluntad divina los motivos inescrutables de sus obras; y aun cuando la variedad y continua discordancia de esos acontecimientos los lleva de un extremo al opuesto, de oriente a occidente, no por eso dejan de ser descifradores impertérritos, y con el mismo lapicero pintan lo blanco y lo negro.

En un pueblo de las Indias existe esta laudable costumbre: cuando pierden algún encuentro o batalla piden públicamente perdón al sol, que es su dios, de su culpa, como si hubieran cometido una acción injusta, relacionando su dicha o desdicha a la razón divina, y sometiéndola su juicio y sus acciones. Para un buen cristiano es suficiente creer que todas las cosas Dios nos las envía, y recibirlas además con reconocimiento de su divina o inescrutable sabiduría; así que deben tomarse siempre en buena parte, ya produzcan el mal ya el bien. No puedo menos de censurar la conducta que ordinariamente veo seguir a muchas gentes, las cuales apoyan nuestra religión conforme a la prosperidad de sus empresas. Cuenta nuestra fe bastantes otros fundamentos, sin necesidad de autorizarla con el curso bueno o malo de los acontecimientos terrenales. Acostumbrado el pueblo a aquellos argumentos, que aplaude y encuentra muy dignos de su agrado, se le expone a que su fe vacile   -169-   cuando los sucesos le sean adversos y la ventura no le acompañe. Ocurre lo propio con nuestras guerras de religión; los que ganaron la batalla de la Rochelabeille, metieron grande algazara por semejante accidente, y se sirvieron de su fortuna para probar que era justa la causa que defendían; luego tratan de explicar sus descalabros de Montcontour y de Jarnac, diciendo que ésos fueron castigos paternales: si no tuvieran un pueblo a su disposición completa para embaucarlo, se convencería éste fácilmente de que todo eso no son más que artificios engañosos. Valdría mucho más enseñarle los sólidos fundamentos de la verdad. En estos meses pasados ganaron los españoles una batalla gloriosa contra los turcos, mandando las fuerzas cristianas don Juan de Austria. Otras derrotas hemos sufrido nosotros también por la voluntad de Dios, y eso que no somos turcos. En conclusión, es difícil acomodar las cosas divinas a nuestra balanza sin que sufran menoscabo. Quien pretenda explicarse que León y Arrio, principales sectarios de la herejía arriana, acabaron, aunque en épocas diversas, de muertes semejantes (retirados de la disputa a causa del dolor de vientre, ambos expiraron repentinamente en un común); quienquiera ver un testimonio de la venganza divina en la circunstancia de morir en un lugar tan inmundo, tendrá que añadir a aquéllas la muerte de Heliogábalo, que fue asesinado en una letrina; y sin embargo, Irene, santa mujer a quien adornaban todas las virtudes, se encuentra en el mismo caso. Queriendo Dios enseñarnos que los buenos tienen otra cosa que esperar y los malos otra cosa que temer que las bienandanzas o malandanzas terrenales, se sirve de ambas y las aplica por medios ocultos, despojándonos así de todo recurso de alcanzar torpemente nuestro provecho, con nuestra experiencia. Equivócanse de medio a medio los que quieren prevalerse de la razón humana, y jamás encuentran una explicación atinada sin que al punto les asalten dos contrarias; de lo cual saca san Agustín sólidos argumentos contra sus adversarios. Es un conflicto que solucionamos con las armas de la memoria más bien que con las de la razón. Menester es que nos conformemos con la luz que place al sol comunicarnos. Quien eleve la mirada a fin de procurarse claridad mayor, no extrañe si por castigo de su osadía se queda ciego. Quis hominum potest scire consilium Dei?, aut quis poterit cogitare quid velit Dominus?273



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Capítulo XXXII

De cómo algunos buscaron la muerte por huir los placeres de la vida


La mayor parte de los antiguos filósofos convienen en que la muerte es preferible a la vida cuando de ésta se esperan más desdichas que bienandanzas; y afirman que poner ahínco en conservar la existencia para sufrir tormentos y trabajos es ir contra los preceptos mismos de la naturaleza, como enseñan estos versos griegos:


,274
275
.276 - 277



Pero llevar el desdén de la muerte al extremo de buscarla para evitar honores, riquezas, grandezas y otros favores y bienes, que conocemos con el nombre de beneficios de la fortuna, como si la razón sola no bastara a persuadirnos de la conveniencia de abandonarlos sin necesidad de echar mano de aquel remedio supremo, no lo había visto ordenar ni practicar hasta que me cayó en las manos un pasaje de Séneca, en el cual el filósofo aconseja a Lucilio, personaje influyentísimo y de gran autoridad cerca del emperador que trueque la vida de voluptuosidad y pompa por el abandono del mundo, y se retire a la vida solitaria, apacible y filosófica. A la realización de tales consejos, Lucilio opone algunas dificultades: «Mi parecer es, le dice Séneca, que dejes esa manera de vivir o la vida misma; yo te aconsejo que sigas camino más apacible, y que mejor que romper, desates lo que tan mal has anudado; mas si no se pudiera desatar, rómpelo: no hay hombre tan cobarde que no prefiera caer de una vez a permanecer siempre tambaleándose.» Hubiera encontrado este consejo natural en la rudeza estoica, pero lo extraño es que está tomado de Epicuro, que escribe de un modo parecido a Idomeneo en una ocasión semejante. Algún rasgo análogo tengo idea de haber advertido entre nosotros, pero éste iba acompañado de la moderación cristiana.

San Hilario, obispo de Poitiers enemigo famoso de la herejía arriana, encontrándose en Siria tuvo noticia de que su hija única, que se llamaba Abra, a quien había dejado en las Galias en compañía de su madre, era solicitada para casarse por los importantes señores del país, como joven muy bien educada, hermosa, rica, y que se hallaba   -171-   además en la flor de su edad; su padre la escribió (prueba tenemos de ello) que desechara su afición a todas esas bienandanzas y placeres con que la brindaban, porque él había encontrado en su viaje un partido preferible, mucho más digno y grande: un marido de magnificencia y poderío bien distintos, el cual la obsequiaría con trajes y joyas de valor inestimable. Su designio no era otro que hacerla perder el gusto de los placeres mundanos para que ganara la gloria; pero antojándosele que para ello el camino más breve y seguro era la muerte de su hija, no cesó un momento de pedir a Dios que la quitara del mundo y la llamase a su seno, como aconteció en efecto, pues al poco tiempo de regresar al país murió Abra, con lo cual su padre recibió singular contento. Este caso sobrepasa los anteriores, porque la muerte es solicitada, por intercesión de Dios, y demás porque es un padre quien la pide para su hija única; mientras que los otros se encaminan por sí mismos a la desaparición para la cual emplean medios exclusivamente humanos. No quiero omitir el desenlace de esta historia, aunque sea extraña al asunto de que hablo. Enterada la mujer de san Hilario de que la muerte de su hija aconteció por designio y voluntad del padre, e informada además de que la joven sería mucho más dichosa que si hubiera permanecido en este mundo, tomó una afección tan viva a la beatitud eterna y celeste, que solicitó de su marido con extrema insistencia el que rogara a Dios por su fin próximo. Oyendo Dios las oraciones de los esposos, la llamó poco después a su seno, y fue una muerte aceptada con singular contentamiento de ambos cónyuges.




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Capítulo XXXIII

Coincidencias del acaso y la razón


La inconstancia de los movimientos diversos de la fortuna es causa de que ésta nos muestre toda suerte de semblantes. ¿Hay algún acto de justicia más palmario que el siguiente? Habiendo resuelto el duque de Valentinois envenenar a Adriano, cardenal de Cornete, en cuya casa del Vaticano estaban invitados a comer el pan Alejandro VI su padre y aquél, mandó que llevaran al banquete antes de que él compareciera una botella devino envenenado, y ordenó al copero que la guardase cuidadosamente; como el papa llegara antes que el de Valentinois, y pidiera de beber, le sirvieron vino de la botella por suponer que era el mejor; el duque mismo pocos momentos después, creyendo que no habrían tocado a su vino, bebió a su vez, de suerte que el padre murió de repente, y el hijo, después de haber estado largo tiempo atormentado por la enfermedad, experimentó   -172-   todavía suerte peor que si de ella hubiera sucumbido.

Diríase que algunas veces la fortuna se burla bonitamente de nosotros en los momentos más críticos. El señor de Estrée, a la sazón portaestandarte del señor de Vandome, el señor de Licques, teniente de la compañía del duque de Ascot, en ocasión en que ambos se encontraban enamorados de la hermana del señor de Foungueselles, aunque pertenecía a distintos partidos, el de Licques resultó vencedor; mas el mismo día de la boda, y lo que es aun más triste, antes de la noche nupcial, el recién casado, sintiendo deseos de romper una lanza en favor de su nueva esposa, salió a la escaramuza cerca de Saint-Omer, donde el de Estrée, desplegando superiores fuerzas, le hizo prisionero, y para sacar partido de su victoria, fue necesario además que la doncella,


Conjuges ante coacta novi dimittere collum,
    quam veniens una atque altera rursus hyems
noctibus in longis avidum saturasset amorem278,



la cual cortésmente le pidió luego que lo devolviera su prisionero, como así lo hizo el vencedor; que la nobleza francesa jamás rechazó a las damas ninguna petición.

Los caprichos de la fortuna parecen a veces combinados por el arte. Constantino, hijo de Elena, fundó el imperio de Constantinopla; al cabo de buen número de siglos, Constantino, hijo de Elena, lo acabó. En ocasiones se complace en sobrepasar hasta los mismos milagros a que damos fe. Sabemos que cuando Clodoveo cercó a Angulema, las murallas de la ciudad se desplomaron por gracia divina. Bouchet dice, tomándolo de otro autor, que en ocasión en que el rey Roberto sitiaba una plaza, habiéndose alejado del recinto de la misma para dirigirse a Orleáns a solemnizar la santa fiesta de Aignán, mientras asistía devotamente a la misa, los muros de la plaza sitiada cayeron de pronto en ruinas. La fortuna lo acomodó todo al revés en nuestras guerras de Milán, pues al capitán Ranse, de nuestro ejército, cercando a Erone, hizo poner la mina bajo una parte del muro, el cual, saltando bruscamente, cayó perpendicular, sin que por ello se vieran menos defendidos los sitiados.

Otras veces ejerce la medicina con singular acierto. Viéndose Jasón Fereo desahuciado por los médicos a causa de una apostema que tenía en el pecho, y ardiendo en deseos de limpiarse de ella aun a costa de la vida, lanzose en un combate en medio de la turba de los enemigos. Una herida que recibió la reventó la apostema y le curó radicalmente.   -173-   El acaso sobrepasó al pintor Protógones en el conocimiento de su arte. Había el artista trasladado al lienzo la imagen de un perro rendido de fatiga, y estaba satisfecho de su obra en todos sus detalles, pero como no acertara a pintar a su gusto la espuma y la baba del animal, incomodado, cogió la esponja, y como estaba empapada con pinturas de diversos colores, al arrojarla contra el cuadro para borrarlo, la casualidad hizo que diera en el hocico del perro y realizara la obra que el arte no había podido efectuar. A veces endereza nuestras deliberaciones y las corrige viéndose obligada Isabel, reina de Inglaterra, a pasar de Zelanda a su país con el ejército para combatir en pro de su hijo contra su marido, la hubiera ido muy mal de llegar al puerto que deseaba, porque en él la aguardaban sus enemigos; mas contra su voluntad, el acaso arrojola en otra parte, donde pudo desembarcar con seguridad completa. Y aquel hombre de la antigüedad que al lanzar una piedra a un perro dio a su madrastra y la mató, ¿no tuvo motivo sobrado para recitar este verso?


.279



Icetas sobornó a dos soldados para dar muerte a Timoleón, que se encontraba en Adra, en Sicilia. Puestos de acuerdo para realizar su empresa en el momento en que la víctima celebrara algún sacrificio en el templo, hallándose ya en medio de la multitud, como se hicieran una seña para lanzarse a la obra, surge de pronto un tercero que acaba instantáneamente con su espada a uno de los asesinos y escapa. El compañero del muerto, suponiéndose descubierto y perdido, se dirige al altar y pide gracia prometiendo declarar toda la verdad. Tan luego como hubo relatado los pormenores de la conjura, aparece el que había huido, a quien habían atrapado, y a quien el pueblo maltrata, pisotea y arrastra hacia el lugar que ocupa Timoleón y los personajes principales de su séquito. Allí solicita la gracia del soberano y declara haber dado justa muerte al asesino de su padre, probando en el momento mismo, con testigos que su buena estrella le había procurado inopinadamente, que efectivamente su padre había sido muerto en la ciudad de los Leontinos por la misma persona a quien él acababa de matar. Entonces fue gratificado con diez minas áticas por haber tenido la dicha de vengar la muerte del autor de sus días, al par que salvado la vida del padre común de los sicilianos. Este conjunto de casualidades sobrepasa todas las previsiones de la prudencia humana.

Y para concluir, ¿no se descubre en el hecho siguiente una demostración palmaria del favor, bondad y piedad singulares de la fortuna? Proscriptos de Roma por los triunviros   -174-   Ignacio y su hijo, determinaron ambos quitarse juntos la vida, dejándola el uno en las manos del otro para frustrar así la crueldad de los tiranos. Lanzáronse el uno contra el otro con la espada empuñada, e hizo el acaso que padre e hijo recibieran dos golpes igualmente mortales, concediendo además en honor de una tan hermosa amistad, que tuvieran todavía la fuerza de apartar de sus pechos los brazos armados y sangrientos, para estrecharse tan fuertemente, que los verdugos cortaron juntas las dos cabezas, dejando los cuerpos unidos, y juntas también las heridas, absorbiéndose amorosamente la sangre y los restos de una y otra existencia.




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Capítulo XXXIV

De un vacío en nuestros usos públicos


Mi difunto padre (que era hombre de juicio claro para no ayudarse sino de la experiencia natural) me habló hace tiempo de su deseo de ver establecido en las ciudades un lugar al cual pudieran acudir los que tuvieran necesidad de alguna cosa, y donde un empleado puesto al efecto registrase el asunto de que se tratara; por ejemplo, tal individuo quiere vender perlas, tal otro quiere comprar; tal persona desea compañía para ir a París; tal otra busca un servidor de ésta o de aquella condición; otro busca un amo; tal necesita un obrero; en fin, quiénes unas cosas, quiénes otras, cada cual según sus necesidades. Es probable que este medio de ponernos al corriente proporcionaría alguna ventaja al bienestar público, pues en toda ocasión hay cosas que se desean y por falta de comunicación se ven muchas gentes en la necesidad más extrema.

No puedo menos de recordar con vergüenza para nuestro siglo que a nuestra vista muchos excelentísimos personajes en ciencia por no tener que comer: Lilio Gregorio Giraldo, en Italia, Sebastián Castellón, en Alemania, y creo que existen miles de personas que los hubieran acomodado en condiciones muy ventajosas, o socorrido en las ciudades mismas donde se encontraban, de haber conocido su situación. El mundo no está tan universalmente corrompido; yo conozco alguien que desearía muy vivamente que los medios que los suyos le pusieron en las manos pudieran emplearse a tenor de los intereses de que goza, mientras a la fortuna plazca conservárselos, en poner al abrigo de la necesidad a los hombres singulares y notables en cualquier clase de saber y valer, a quienes la desdicha combate a veces hasta el último límite; esa persona   -175-   les procuraría facilidades en las tenebreces de la vida, con las cuales, de ser razonables, se conformarían.

En el manejo de los asuntos de su casa, mi padre seguía un orden que yo ensalzo como merece, pero que no soy capaz de imitar. A más del registro de las cosas domésticas, donde se sientan las cuentas menudas, pagos, compras y en general todo aquello en que no precisa el concurso del notario, registro que está a cargo de un administrador, ordenaba a su secretario que tuviera un papel en el que se insertaban todos los acontecimientos dignos de alguna recordación, día por día; el cual formaba como las memorias para la historia de la casa, muy gratas de repasar cuando el tiempo comienza a borrar la huella de las cosas pasadas, y muy adecuado medio para saber en qué tiempo acontecieron. Consignábase la fecha en que tal trabajo se comenzó y la en que se acabó; quiénes fueron las personas que pasaron por su residencia, y cuánto tiempo se detuvieron; nuestros viajes, ausencias, matrimonios y defunciones; las noticias buenas y malas; el cambio de los principales servidores y otros sucesos análogos. Es ésta una costumbre antigua, que a mi entender debería refrescar cada cual en su chisconera. Yo reconozco la torpeza que cometí al dejar de practicarla.




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Capítulo XXXV

De la costumbre de vestirse


Cualquiera que sea el asunto de que yo trate, siempre me precisa ir en algún respecto contra los usos recibidos; en tal grado éstos han tomado todas las- avenidas. Reflexionaba yo en esta fría estación del año si la costumbre de ir completamente desnudos en esas naciones últimamente descubiertas, la determina la temperatura cálida del aire, como vemos en los indios y en los moros, o si obedece a natural necesidad del hombre. Las gentes de entendimiento se han hecho con frecuencia consideraciones parecidas, puesto que todo cuanto cobija la bóveda celeste, como dice al Sagrada Escritura, está sujeto a las mismas leyes, entre las cuales se trata de distinguir las que son naturales de las que fueron falseadas, y de recurrir para buscar la razón primordial de las cosas al general gobierno del mundo, donde nada contrahecho puede haber. De suerte que, hallándose todos los seres vivos provistos de aguja o hilo para cubrir sus desnudeces, no es creíble que seamos sólo nosotros los que no podamos subsistir sin extraño auxilio. Así yo entiendo que como las plantas, los árboles, los animales y o por cuanto vive se encuentra por la naturaleza dotado de   -176-   suficiente cobertura para defenderse de las injurias del tiempo,


Proptercaque fere res omnes, aut corio sunt
aut seta, aut conchis, aut callo, aut cortice, tectae280,



de igual beneficio gozábamos nosotros, pero como aquellos que prescinden de la luz del día para servirse de la artificial, hemos ahogado nuestros medios naturales para echar mano de los ajenos.

Es bien fácil convencerse de que la costumbre es la que nos hace imposible lo que en realidad no lo es, pues entre los pueblos que desconocen toda clase de vestidos los hay que están situados bajo un cielo semejante al nuestro, y también existen otros en que la temperatura es más ruda que la de nuestros climas. Consideremos además que las partes más delicadas de nuestro cuerpo las llevamos siempre al descubierto: los ojos, la boca, las narices y las orejas; y nuestros campesinos, como nuestros abuelos, llevan desnudos el pecho y el vientre. Si hubiéramos venido al mundo con el deber de vestir refajos y gregüescos, la naturaleza nos hubiera armado de una piel más resistente en el resto del cuerpo para soportar las intemperies, como ocurre con las yemas de los dedos y las plantas de los pies. Entre mi traje y el de un labriego de mi país encuentro mayor diferencia que entre su vestido y el de un hombre que va completamente desnudo. ¡Cuántos hombres hay, en Turquía sobre todo, que van en cueros vivos por practicar un acto devoto! No recuerdo quién preguntaba a un mendigo, a quien veía en camisa en pleno invierno, tan alegre como cualquiera otro que se tapa hasta las orejas, cómo podía vivir con tan ligero traje. «Usted, señor, respondió el interpelado, tiene la faz descubierta; pues bien suponga que yo soy todo faz.» Cuentan los italianos del bufón del duque de Florencia, que, preguntado por su amo cómo yendo tan mal ataviado podía resistir el frío, que él apenas soportaba, respondió: «Seguid mi ejemplo; echaos encima todos vuestros vestidos, como hago yo con los míos, y no tendréis frío ninguno.» El rey Masinisa no pudo nunca acostumbrarse a llevar cubierta la cabeza hasta que llegó a la vejez extrema, y soportaba así el frío, las tormentas y las lluvias. Lo propio se cuenta del emperador Severo. Refiere Herodoto, que en los combates de los egipcios y los persas, entre los que morían por haber recibido heridas en el cráneo, oponían mucha mayor resistencia los primeros que los segundos, en atención a que éstos llevaban siempre sus cabezas cubiertas con gorros y turbantes. Los egipcios llevaban las suyas rapadas desde la infancia y siempre a la intemperie. El rey Agesilao   -177-   vistió siempre igual traje en invierno y en verano hasta la vejez más caduca. Según Suetonio, César marchaba constantemente a la cabeza de sus tropas, generalmente a pie, sin nada en la cabeza, lo mismo cuando hacía sol que cuando llovía. Otro tanto se dice de Aníbal,


       Tum vertice nudo
excipere insanos imbres, caelique ruinam.281



Un veneciano que acaba de llegar del Perú, donde ha permanecido largo tiempo escribe que en aquellas regiones las gentes van descalzas hasta cuando cabalgan, y llevan cubiertas las demás partes del cuerpo. Platón aconseja expresamente, que para la conservación de la salud lo mejor de todo es llevar desnudos los pies y la cabeza. El monarca que los polacos han elegido para que los gobierne, después del nuestro, y que es en verdad uno de los príncipes más grandes de nuestro siglo, no lleva nunca guantes; así en invierno como en verano usa el mismo bonete en la calle con que se cubre la cabeza en su casa. De la propia suerte que yo no puedo tolerar el ir desabotonado ni con los vestidos sueltos, los jornaleros de mi vecindad se violentarían si lo fueran. Dice Varrón que al ordenar que permanezcamos con la cabeza descubierta en presencia de los dioses o del magistrado, se atiende más a nuestra salud y a fortalecernos contra las injurias del tiempo que al respeto y reverencia. Y puesto que hablamos del frío, y como franceses estamos habituados a abígarrarnos (aunque esto no reza conmigo, pues no me visto sino de negro o de blanco, a imitación de mi padre) añadamos otro sucedido. Refiere el capitán Martín del Bellay que en su viaje al Luxemburgo vio heladas tan terribles, que el vino de la guarnición se cortaba a hachazos y se pesaba al entregarlo a los soldados, que lo llevaban en cestos. Y Ovidio:


Nudaque consistunt formam servantia testae
    vina, nec hausta meri, sed data frusta, bibunt.282



Las heladas son tan rudas en la embocadura del Palus Meotides283, que en el mismo lugar en que el lugarteniente de Mitrídates libró a pie enjuto una batalla contra sus enemigos, llegado el verano ganó contra los mismos un combate naval. Los romanos experimentaron desventaja grande en el que sostuvieron contra los cartagineses cerca de Plasencia por haber entrado en la lid con la sangre congelada y los miembros ateridos por el frío; mientras que Aníbal mandó hacer hogueras para que se calentaran sus   -178-   soldados, y además distribuyó aceite entre ellos a fin de que se untaran y vivificaran sus nervios, y también para que se cerrasen los poros contra el cierzo helado que reinaba.

La retirada de los griegos de Babilonia a su país es famosa por las dificultades y trabajos que tuvieron que vencer. Sorprendidos en las montañas de Armenia por una horrible tempestad de nieves, perdieron el conocimiento del lugar en que se hallaban y el de los caminos; y viéndose detenidos de pronto, permanecieron un día y una noche sin comer ni beber. La mayor parte de los animales que llevaban sucumbieron, y también muchos hombres; a otros cegó el granizo y el resplandor de la nieve; otros se quedaron cojos y muchos transidos, rígidos o inmóviles, conservando entera la lucidez de sus facultades.

Alejandro vio una nación en que se enterraban los árboles frutales durante el invierno para resguardarlos de las heladas. En nuestro país podemos también ver igual costumbre.

En punto a trajes, el rey de Méjico cambiaba cuatro veces al día sus vestiduras; nunca se servía de uno mismo dos veces, y empleaba tan gran deshecho en sus continuas liberalidades y recompensas. Tampoco usaba más que una sola vez de los jarros, platos y otros utensilios de mesa y cocina.




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Capítulo XXXVI

Del joven Catón


No soy de los que incurran en el error de juzgar a los demás según mis peculiares sentimientos. Creo de buen grado en las cosas que más difieren de mi naturaleza y de mi manera de ser. Por la circunstancia de sentirme inclinado a una costumbre no obligo a los demás a que la practiquen, como suele acontecer generalmente; creo y concibo mil maneras diferentes de vivir a la mía, y contraria mente a las ideas del vulgo, me hago cargo con mayor facilidad de la diferencia que de la semejanza, al poner otras existencias en parangón con la mía. Sé desembarazarme de mis gustos al juzgar a quien difiere de mis condiciones y principios, y considerarlo simplemente, en sí mismo, sin relación alguna extraña, juzgándolo sobre su propio modelo. Porque yo no sea continente no dejo de aprobar con sinceridad cabal la honestidad de los cartujos y capuchinos, ni de acomodarme mentalmente a su regla de vida; por medio del espíritu colócome en el lugar de aquellos varones y los estimo y los honro tanto mas cuanto son diferentes de mí. Yo deseo muy singularmente que a cada cual se le juzgue según es, y por lo que a mí toca, que no se me   -179-   considere según los principios comunes. Mi flojedad no modifica en modo alguno la opinión que debe merecerme la fuerza y el vigor en los que poseen estas cualidades: Sunt qui nihil suadent, quam quod se imitari posse confidunt284. Porque yo me arrastre por el cieno no dejo de elevar hasta las nubes la inimitable alteza de algunas almas heroicas, y encuentro en mi meritorio tener el juicio bien equilibrado aun cuando los efectos de éste no correspondan a las acciones; así mantengo al menos sana esta parte principal de mi individuo, algo es ya tener la voluntad sana cuando las piernas faltan. El siglo en que vivimos, por lo menos en lo que a nuestros climas toca, es tan pesado de atmósfera que no ya la ejecución sino hasta la sola imaginación de la virtud es difícil, y diríase que ésta no es otra cosa que pura jerga de colegiales:


Virtutem verba putant, ut
lucem ligna285,



quam vereri deberent, etiam si percipere non possent286; un chirimbolo para colgarlo en un gabinete, o un vocablo que tenemos en la punta de la lengua, y que suena en nuestro oído como cosa de adorno. Ya no se encuentra ni una sola acción virtuosa; las que lo parecen lo son sólo en apariencia, pues el provecho, la gloria, el temor, la costumbre y otras causas análogas, nos incitan a producirlas. Los actos de justicia, el valor y la benignidad que ponemos en práctica al realizar la virtud no pueden llamarse tales en cuanto los ejercemos por consideración a otro, para que ofrezcan buen cariz ante los ojos de los demás; en el fondo, quien aquellas cosas practica, no es virtuoso: la causa ocasional es distinta, y la virtud reconoce como suyo sólo lo que por sí misma ejecuta.

En aquella gran batalla de Platea, que los griegos ganaron a Mardonio y a los persas, bajo el mando de Pausanias, los vencedores, según la costumbre recibida, al repartirse la gloria de la expedición atribuyeron a la nación esparciata la primacía del valor en la lucha. Los espartanos, jueces excelentes en materia de virtud, luego que hubieron decidido en qué ciudadano de su nación debía recaer el honor de haberse conducido con mayor arrojo en la jornada, acordaron que Aristomedo había sido el más valeroso; mas a pesar del acuerdo no le concedieron ningún premio, porque su virtud había sido fruto del deseo de purgarse de la mancha en que incurriera en la batalla de las Termópilas;   -180-   así es que quiso morir valientemente para librarse de su vergüenza pasada.

Nuestros juicios son malsanos y se acomodan a la depravación de las costumbres reinantes. Yo veo a la mayor parte de los espíritus de mi tiempo emplear su ingenio en obscurecer la gloria de las acciones más generosas de los antiguos, dándolas una vil interpretación, encontrando para aminorarlas ocasiones y causas baladíes. ¡Sutileza grande, en verdad! Presénteseme el acto más excelente y puro, y yo me encargo al momento de encontrar razones verosímiles para achacarlo a cincuenta intenciones viciadas. Más que en malicia incurren en pesadez y grosería los hombres que a tales tareas se consagran.

Igual trabajo y licencia que algunos emplean en la difamación de aquellos grandes nombres, y libertad análoga, tomaríame yo de buen grado para realzarlos a esos raros varones, escogidos para ejemplo del mundo por la aprobación de los sabios, no intentaré recargarlos de honor; por mucho que mi invención acertara a encontrar, fuerza es reconocer que todos los medios que nuestra imaginación pusiera en juego quedarían muy por bajo de su mérito. Es deber de las gentes honradas el pintar la virtud con sus bellos colores; de tal suerte no nos causará disgusto el que la pasión nos arrastre en pro de ejemplos tan santos. Lo que practican aquellos de que hablé antes tiene su fundamento en la maldad o en el vicio de ajustarlo todo a lo que se compagina con sus ideas personales, o también porque no tienen la mirada suficientemente fuerte ni suficientemente clara, ni habituada a concebir el espectáculo de la virtud en su pureza ingenua. Dice Plutarco que algunos escritores de su tiempo atribuyeron la causa de la muerte de Catón el joven al miedo que había tenido a César; de semejante interpretación protesta con razón sobrada el citado historiador, y puede juzgarse por este hecho cuánto más le hubiera ofendido el testimonio de los que la atribuyeron luego a la ambición. ¡Pobres gentes, no imaginan que antes hubiera realizado una acción heroica por la ignominia que por la gloria! Catón fue uno de esos hombres modelos que la naturaleza elige para mostrar hasta dónde pueden alcanzar la humana virtud y firmeza.

No me propongo extenderme ahora sobre esta magnífica acción; quiero sólo comparar los testimonios de cinco poetas latinos en alabanza de Catón, por el interés de éste, e incidentalmente también por el de los poetas. Ahora bien, el joven instruido en las cosas de la antigüedad hallará lánguidos los dos primeros en comparación con los otros, el tercero más vigoroso, pero a quien la extravagancia de su fuerza ha abatido; estimará, además, que queda todavía espacio para uno o dos grados de invención antes de llegar al cuarto; cuando llegue a éste la admiración le hará   -181-   juntar las manos, y en el último, que es el primero en ciertos respectos, juzgará que a él no alcanza ningún humano espíritu y se admirará y traspondrá de admiración.

He aquí una cosa maravillosa: contamos con mayor número de poetas que de jueces e intérpretes de la poesía; es más fácil producirla que conocerla. Juzgándola superficialmente se la aplican los preceptos del arte; mas la buena, la suprema, la divina, está muy por cima de las reglas y de la razón. Quien discierne la belleza con vista reposada, no la ve, como no se ve tampoco el esplendor de un relámpago; la poesía no sólo interesa nuestro juicio, lo encanta y le trastorna.El furor que aguijonea a quien la sabe penetrar, comunícase también a quien la oye recitar, a la manera del imán que no sólo atrae la aguja, sino que también infunde a ésta la propiedad atractiva. Tal poder de la poesía se ve más palmario en los teatros; la sagrada inspiración de las musas arrastra al poeta a la cólera, al quebranto, al odio, transpórtale y lo conduce donde quiere; el fuego del poeta pasa al actor y de éste a todo el pueblo; diríase el contacto de las agujas imantadas suspendidas unas en otras. La poesía me conmovió y me transportó siempre, desde la primera infancia; mas tan vivo gusto y sentimiento, que reside naturalmente en mí, ha sido producido y excitado por modos diversos y formas distintas, no tanto más altas o más bajas, pues siempre fueron las más elevadas en cada género, como de índole diversa; primeramente fui atraído por la fluidez alegre e ingeniosa; luego por la sutileza aguda y refinada; y, por último, por la fuerza madura y constante. El ejemplo lo declarará mejor: Ovidio, Lucano, Virgilio.

Mas ved aquí ya a nuestros poetas en la arena:


Sit Cato, dum vivit, sane vel Caesare major287



dice uno:


Et invictum, devicta morte, Catonem288,



dice otro; y el siguiente, hablando de las guerras civiles entre César y Pompeyo, escribe:


Victrix causa diis placuit sed victa Catoni289;



el cuarto añade, a propósito de las alabanzas, que todos tributaban a César:


Et cuncta terrarum subacta,
praeter atrocem animum Catonis.290



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Y el maestro del coro, luego de haber anunciado en su pintura los nombres de los más grandes romanos, concluye de este modo:


His dantem jura Catonem.291






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Capítulo XXXVII

De cómo reímos y lloramos por la misma causa


Cuando leemos en las historias que Antígono desaprobó completo por que su hijo le presentara la cabeza del rey Pirro, su enemigo, que acababa de encontrar la muerte en un combate contra aquél, y que habiéndola visto vertió abundantes lágrimas; que el duque Renato de Lorena, lloró también la muerte del duque Carlos de Borgoña, a quien acababa de vencer, y que vistió de luto en su entierro; que en la batalla d'Auray, ganada por el conde de Montfort contra Carlos de Blois, rival suyo en la posesión del ducado de Bretaña, el vencedor encontrando muerto a su enemigo experimentó duelo grande, no hay que exclamar con el poeta:


E cosi avven, che l'animo clascuna,
sua passion sotto'l contrario manto
ricopre, con la vista or'chiara, or'bruna.292



Refieren los historiadores que, al presentar a César la cabeza de Pompeyo, aquél volvió a otro lado la mirada, cual si se tratase de contemplar un espectáculo repugnante. Había existido entre ambos una tan dilatada inteligencia y sociedad en el manejo de los negocios públicos, tal comunidad de fortuna, tantos servicios y alianzas recíprocos, que no hay razón alguna para creer que la conducta de César fuese falsa y simulada, como estima Lucano:


Tutumque putavit
jam bonus esse socer; lacrymas non sponte cadentes
effudit, gemitusque expressit pectore laeto293;



pues bien que la mayor parte de nuestras acciones no sean sino puro artificio, y que a las veces pueda ser cierto que


Heredis fletus sub persona risus est294,



  -183-  

es preciso considerar que nuestras almas se encuentran frecuentemente agitadas por pasiones diversas y encontradas. De igual suerte que los médicos afirman que en nuestros cuerpos hay un conjunto de humores diferentes, de los cuales uno solo manda en los demás, según la naturaleza de nuestro temperamento, así acontece en nuestras almas; bien que diversas pasiones las agiten, es preciso que haya una que domine; este predominio no es completo sino en razón de la volubilidad y flexibilidad de nuestro espíritu y a veces los más débiles movimientos suelen dominar. Por esta razón vemos que no son sólo los niños los que se dejan llevar por la naturaleza, y ríen y lloran por una misma causa, sino que ninguno de nosotros puede preciarse de que, por ejemplo, al emprender algún viaje, al separarse e su familia y amigos no haya sentido decaer su ánimo; y si las lágrimas no brotan abiertamente de sus ojos, al menos puso el pie en el estribo con rostro melancólico y triste. Por grande que sea la llama que arde en el corazón de las jóvenes bien nacidas, precisa todavía arrancarlas del cuello de sus madres para entregarlas a sus esposos, diga Catulo lo que quiera:


Estne novis nuptis odio Venus?, anne parentum
    frustrantur falsis gandia lacrymallis
ubertim thalami quas intra limina fundunt?
    Non, ita me divi, vera gemunt, juverint.295



No es, pues, de maravillar el que se llore cuando muerto a quien en modo alguno quisiera verse vivo. Cuando yo lanzo alguna fuerte reprimenda a mi criado, lo regaño con todas mis fuerzas, diríjole verdaderas y no fingidas imprecaciones, pero pasado el acaloramiento, si el muchacho tuviera necesidad de mí, hallaríame de todo en todo propicio, pues cambio pronto de humor. Cuando lo llamo bufón y ternero, no pretendo colgarle para siempre tales motes ni creo contradecirme llamándole hombre honrado poco después. Ninguna cosa se apodera de nosotros completa y totalmente. Si no fuera cosa de locos el hablar a solas, apenas habría día en que yo dejara de propinarme recriminaciones a gritos, y sin embargo no siempre me recrimino ni me desprecio. Quien por verme frío o cariñoso con mi mujer estimara que uno de esos dos estados fuese fingido, se equivocaría neciamente. Nerón al separarse de su madre, a quien mandó ahogar, experimentó sin embargo la emoción del adiós maternal y sintió el horror y la piedad juntamente. Dicen que la luz solar no es de una sola pieza, sino que el astro nos envía vivamente, sin cesar, nuevos rayos,   -184-   unos sobre otros, de suerte que no podemos apreciar el intervalo ni la solución de continuidad. Así nuestra alma lanza sus dardos uno a uno, aunque imperceptiblemente.


Largus enim liquidi fons luminis aetherius sol
inrigat assidue caelum candore recenti,
suppeditatque novo confestim lumine lumen.296



Artabano reprendió a Jerjes, su sobrino, por el repentino cambio de su continente. Considerando la desmesurada grandeza de las fuerzas guerreras que mandaba a su paso por Helesponto, cuando se dirigía a la conquista de Grecia, sintiose primero embargado por el contento, al ver a su servicio tantos millares de hombres, y su rostro dio claras muestras de alegría; mas de pronto, casi en el mismo instante, pensando en que tantas vidas se apagarían antes de que transcurriera un siglo, su frente se ensombreció, y se entristeció hasta verter lágrimas.

Perseguimos con voluntad decidida la venganza de una injuria y experimentamos contento singular por nuestra victoria; mas a pesar de ello lloramos, no por la ofensa vengada, pues en nosotros nada ha cambiado, sino porque nuestra alma considera la cosa desde otro punto de vista y se la representa de distinto modo; cada cosa ofrece diversos aspectos y matices diferentes.

El parentesco, las relaciones y amistades antiguas se apoderan de nuestra imaginación y la apasionan según las circunstancias, según la ocasión, mas la sacudida es tan fugitiva que no podemos apreciarla ni medirla:


Nil adeo fieri coleri ratione videtur,
quam si mens fiet propouit, et inchoat ipsa.
Ocies ergo animus, quam res se perci ulla,
ante oculos quarum in promptu natura videtur297;



por esta razón, pretendiendo de todas estas formas pasajeras deducir una consecuencia, nos equivocamos. Cuando Timoleón llora la muerte que cometiera, después de madura y generosa deliberación, no lamenta la libertad que dio a su patria; tampoco lamenta la desaparición del tirano, sino que llora a su hermano. Una parte de su deber está desempeñada, dejémosle desempeñar la otra.



  -185-  
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Capítulo XXXVIII

De la soledad


Dejemos a un lado la acostumbrada comparación de la vida solitaria con la vida activa. Y por lo que toca a la hermosa sentencia con que se amparan la ambición y la avaricia, o sea: «que no hemos venido al mundo para nuestro particular provecho, sino para realizar el bien común», consideremos sin reparo a los que toman parte en la danza; que éstos sondeen también su conciencia y reconozcan por él contrario que los empleos, cargos, y toda la demás trapacería del mundo, se codician principalmente para sacar de la fortuna pública provecho particular. Los torcidos procedimientos de que se echa mano en nuestro tiempo para alcanzar esas posiciones, muestran bien a las claras que el fin vale tanto como los medios. Digamos que la misma ambición nos hace buscar la soledad, pues aquélla es la que con mejor voluntad huye la sociedad, procurando tener los brazos libres. El bien y el mal pueden practicarse en todas partes; mas sin embargo, si damos crédito a la frase de Bias, quien asegura que «la peor parte de los humanos es la mayor», o a lo que dice el Eclesiastés, «que entre mil hombres no hay uno justo»,


Rari quippe boni: numero vix sunt totidem quot
Thebarum portae, vel divitis ostia Nili298,



convendremos en que el contagio es inminente en la multitud. En medio de la sociedad hay que imitar el ejemplo de los malos o hay que odiarlos; ambas cosas son difíciles: asemejarse a ellos, porque son muchos, odiarlos mucho porque las maldades de cada uno son diferentes. Los comerciantes que viajan por mar siguen una conducta prudente cuando procuran que los que van en el mismo barco no sean disolutos, blasfemos, ni malos, estimando peligrosa toda sociedad. Por esta razón Bias dijo ingeniosamente a los que sufrían con él el peligro de una fuerte tormenta y llamaban a los dioses en su auxilio: «Callaos, que no se enteren de que estáis en mi compañía.» Otro ejemplo más reciente de la misma índole: Albuquerque, virrey de la India en nombre de Manuel, rey de Portugal, hallándose en inminente peligro en el mar, echó sobre sus hombros un muchacho, con objeto de que en su compañía la inocencia del niño le sirviera de salvoconducto para procurarse el favor divino y no perecer. Sin duda el que es virtuoso puede vivir en todas partes contento; puede estar solo hasta   -186-   entre la multitud de la corte; mas si reside en su mano la elección, huirá hasta la vista de aquélla; en caso de necesidad absoluta soportará la sociedad palaciega; pero si de su voluntad depende el cambio, escapará a ella. No le basta haberse desligado de los vicios si precisa después que discuta con los de los otros. Carondas consideraba como malos todos los que frecuentaban la mala compañía, y entiendo que Antístenes no satisfizo con su respuesta a quien le censuró su trato con los perversos, cuando dijo que también los médicos viven entre enfermos, pues si ayudan a la salud de éstos, deterioran la propia por el contagio, la vista continua y la frecuentación de las enfermedades.

El fin último de la soledad es, a mi entender, vivir sin cuidados y agradablemente; mas para el logro del mismo no siempre se encuentra el verdadero camino. Créese a veces dejar las ocupaciones, y no se hace sino cambiarlas por otras: no ocasiona cuidados menores el gobierno de una familia que el de todo un Estado. Donde quiera que el alma esté ocupada, toda ella es absorbida; por ser los quehaceres domésticos menos importantes, no dejan de ser menos importunos. Por habernos alejado de la corte y de los negocios, no quedamos en situación más holgada en punto a las principales rémoras que acompañan nuestra vida:


Ratio et prudentia curas,
non locus effusi late maris arbiter, aufert299;



la ambición, la avaricia, la irresolución, el miedo y la concupiscencia no nos abandonan por cambiar de lugar:


...Et
post equitem sede atra cura300;



a veces nos siguen hasta los sitios más recónditos y hasta las escuelas de filosofía: ni los desiertos, ni los abismos, ni los cilicios, ni los ayunos sirven a desembarazarnos:


Haeret lateri lethalis arundo.301



Como dijeran a Sócrates que un individuo no había modificado su condición después de haber hecho un viaje: «Lo creo, respondió, sus vicios le acompañaron.»


       Quid terras alio calentes
sole mumatus?Patriae quis exsul
    se quoque fugit?302



Si el cuerpo y el alma no se desligan del peso que los oprime, el movimiento concentrará sólo la carga, como en un navío las mercancías ocupan menos espacio después del   -187-   viaje. Mayor mal que bien se procura al enfermo haciéndole cambiar de lugar; el mal se comprime con el movimiento, como la estaca se introduce más en la tierra cuanto más se la empuja. No basta dejar el pueblo, no basta cambiar de sitio, es preciso apartarse de la general manera de ser que reside en nosotros, es necesario recogerse y entrar de lleno en la posesión de sí mismo.


       Rupi jam vincula, dicas:
nam luctata canis nodum arripit; attanem illi,
quum fugit, a collo trahitur pars longa catenae.303



Llevamos con nosotros la causa de nuestro tormento. No poseemos libertad completa; volvemos la vista hacia lo que hemos dejado y con ello llenamos nuestra imaginación:


Nisi purgatum est pectus, quae praelia nobis
atque pericula tunc ingratis insinuandum?
Quantae conscindunt hominem cuppedinis acres
sollicitum curae?, quantique perinde timores?
Quidve superbia spurcitia, ac petulantia, quantas
Efficiunt clades?, quid luxus, desidiesque?304



Radica el mal en nuestra alma, y por consiguiente de ella no puede desligarse;


In culpa est animus, qui se non affugit unquam.305



Así, pues, es inevitable que aquélla se recoja y se asile en sí misma: tal es lo que constituye la soledad verdadera, que puede gozarse en medio de las ciudades y de los palacios, pero que se disfruta, sin embargo, con mayor comodidad en el aislamiento. Y pues que tratamos de vivir solos, prescindiendo de toda compañía, hagamos que nuestro contentamiento dependa únicamente de nosotros; desprendámonos de todo lazo que nos sujete a los demás; ganemos conscientemente él arte de vivir conforme a nuestra satisfacción.

Habiendo Estilpón escapado con vida del incendio de su ciudad, en el mal perdió mujer, hijos y bienes de fortuna, Demetrio Poliorcetes, viéndole en tan terrible ruina sin manifestar ninguna pena, preguntole si por ventura no había experimentado ninguna pérdida, a lo cual Estilpón respondió que no, que gracias a Dios nada suyo había perdido. La misma idea expresó ingeniosamente el filósofo Antístenes, cuando dijo que él hombre debía proveerse de municiones que flotasen en el agua y que pudieran salvarse con él a nado del naufragio. Y así debe ser en efecto; el verdadero filósofo nada ha perdido si salvó su conciencia   -188-   y su ciencia. Cuando la ciudad de Nola fue arrasada por los bárbaros, Paulino, su obispo, que perdió cuanto poseía y fue además encarcelado, rogaba así a Dios: «Señor, librame de sentir esta pérdida, pues bien sabes que a nada han llegado todavía de lo que es mío.» Las riquezas que le hacían rico y los bienes que le hacían bueno estaban todavía intactos. He aquí un modo acertado de escoger los tesoros que pueden librarse de la injuria, y de ocultarlos en lugar donde nadie vaya, donde nadie pueda ser traicionado más que por sí mismo. Tenga en buen hora mujeres, hijos, bienes, y sobre todo salud quien pueda, mas no se ligue a ellos de tal suerte que en su posesión radique su dicha; es necesario reservar una trastienda que nos pertenezca por entero, en la cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro y soledad. En ella precisa buscar nuestro ordinario mantenimiento moral, sacándolo de recursos propios, de tal suerte que ninguna comunicación ni influencia ajenas alteren nuestro propósito; discurrir y reír cual si no tuviéramos mujer, hijos, bienes ni criados, a fin de que cuando llegue el momento de perderlos no nos sorprenda su falta. Tenemos un alma que puede replegarse en sí misma; ella sola es capaz de acompañarse; ella sola puede atacar y defenderse, puede ofrecer y recibir. No temamos, pues, en esta soledad que la ociosidad fastidiosa nos apoltrone:


In solis sis tibi turba locis.306



La virtud se conforma consigo misma, sin necesidad de echar mano de disciplinas, palabras ni otros auxilios. Entre todas las acciones que practicamos, de mil no hay siquiera una sola que nos interese realmente. Ese que ves escalando las ruinas de esa fortificación, furioso y fuera do sí, expuesto a recibir el disparo de los arcabuces, ese otro cubierto de cicatrices, transido y pálido por el hambre, decidido a morir antes que abrirle la puerta, ¿crees que tales proezas las realizan por sí mismos? Las llevan a cabo por un hombre a quien jamás vieron, el cual no se cura siquiera de que existan en el mundo; por un hombre sumido en la ociosidad y en los deleites. Ese otro que ves abandonar el estudio a media noche, legañoso, acometido por la tos y mugriento, ¿piensas acaso que busca en los libros el medio de mejorar su condición moral, de alcanzar vida más satisfecha y prudente? Nada de eso; llegara su última hora, y reventará, o habrá enseñado a la posteridad la medida de los versos de Plauto y la recta ortografía de una palabra latina. ¿Quién no cambia gustoso la salud, el reposo y la vida por la reputación y la gloria, que es la moneda más inútil, vana y falsa que exista para nuestro   -189-   provecho? Como si nuestra propia muerte no bastara a darnos miedo, preocupámonos también de la de nuestras mujeres, de la de nuestros hijos y la de todos nuestros servidores. Como si nuestros asuntos peculiares no nos ocasionaran sobrados cuidados, echamos sobre nuestros hombros los de nuestros vecinos y amigos para atormentarnos Y rompernos la cabeza.


Vah!, quemquamne hominem in animum instituere, aut
parare, quod sit carius, quam ipse est sibi?307



Paréceme más adecuada la soledad para aquellos que han consagrado al mundo su vida más activa y floreciente, conforme al ejemplo de Thales. Bastante se ha vivido para los demás; vivamos en lo sucesivo para nosotros, al menos lo que nos resta de existencia; dirijamos a nosotros y a nuestro sabor nuestras intenciones y pensamientos. No es cosa nimia la de buscar acertadamente su retiro; éste es por sí solo ocupación sobrada sin que con él mezclemos otras empresas. Puesto que Dios nos da lugar para disponer de nuestra partida del mundo, preparémonos, hagamos nuestro equipaje, despidámonos con tiempo de la sociedad, desprendámonos de todo lo ajeno a nuestra determinación, y le todo lo que nos aleja de nosotros mismos.

Es indispensable desposeerse de toda obligación importante; y bien que se guste de esto o de aquello, no inquietarse más que de sí mismo; que si alguna cosa nos interese no sea en tal grado que esté como pegada a nuestra naturaleza, de tal suerte que no pueda separársela sin arrancarnos la piel y llevarse consigo alguna parte de nuestro ser. La primera de todas las cosas de este mundo es saber pertenecerse a sí mismo. Tiempo es ya de que nos desatemos de la sociedad, puesto que nada podemos procurarla, y quien no puede prestar, impóngase el sacrificio de no pedir prestado. Los alientos nos faltan, retirémonos y concentrémonos en nosotros. Aquel que pueda echar por tierra, sacándolas de sus propias fuerzas, las obligaciones de la amistad y de la sociedad, que lo haga. En el período del decaimiento que convierte al hombre en ser inútil, pesado o importuno a los demás, librese a su vez de ser importuno a sí mismo, pesado o inútil. Alábese y acariciese, y sobre todo gobiérnese, respetando y temiendo su razón y su conciencia hasta tal punto que no pueda, sin que padezca su pudor, tropezar en presencia de ellas. Rarum est enim, ut satis se quisque vereatur308. Decía Sócrates que los jóvenes debían instruirse; los hombres ocuparse en la práctica del bien, y los viejos apartarse de toda ocupación   -190-   civil y militar, viviendo libres, sin obligación ninguna determinada. Hay naturalezas que son más propicias que otras a estas condiciones del retiro. Aquellos cuya percepción es débil y floja, cuya voluntad y facultades afectivas son delicadas y no se pliegan fácilmente, a los cuales pertenezco yo por natural complexión y raciocinio, se avendrán mejor con la soledad que las almas activas y laboriosas, que todo lo abrazan y a todo se ligan, se apasionan por todas las cosas, se ofrecen y se hacen visibles en toda circunstancia. Es preciso servirse de estas cualidades accidentales, que no dependen de nosotros, en tanto que su ejercicio nos sea grato, mas sin hacer de ellas nuestra principal ocupación; la razón y la naturaleza se oponen a ello. ¿Por qué contra sus leyes hacer depender nuestra calma y tranquilidad del poder y voluntad de otro? Adelantad además los accidentes de la fortuna; privarse de las comodidades que se tienen a la mano, como algunos hicieron por religiosidad y los filósofos por principio; privarse de servidores, tener por lecho las piedras, saltarse los ojos, arrojar al agua las riquezas, buscar el dolor, los unos con el designio de alcanzar por el tormento de esta vida la dicha en la otra, los otros porque estando colocados en la condición más baja quieren asegurarse contra nueva caída, acciones son todas éstas que acusan una virtud excesiva. Las naturalezas más fuertes y mejor templadas, hasta con su alejamiento del mundo realizan un acto ejemplar y glorioso:


Tuta et parvula laudo
quum res deficiunt, satis inter vilia fortis:
verum, ubi quid melius contingit et unctius, idem
hos sapere, et solos aio bene vivere, quorum
conspicitur nitidis fundata pecunia villis.309



En cuanto a mí, me basta con mucho menos, sin ir tan lejos como esas almas fuertes. Bástame, con la ayuda de la fortuna, prepararme a su disfavor; con representarme, estando en situación grata, la desdicha venidera, tanto como la imaginación puede realizarlo, de la propia suerte que nos acostumbramos a las justas y torneos simulando la guerra en plena paz. No tengo al filósofo Arcesilao como menos ordenado en sus costumbres porque usara utensilios de oro y plata, según que sus medios se lo consentían; al contrario; con mejores méritos le creo porque empleó su fortuna moderada y liberalmente, que si de su riqueza se hubiera privado. Comprendo hasta qué límites puede llegar la necesidad natural, y cuando veo un pobre mendigo a mi   -191-   puerta, a veces más contento y más sano que yo, me coloco en su lugar e intento aplicar mi alma en la suya; y continuando del propio modo con los otros casos, aunque crea tener la muerte, la pobreza, el desdén del prójimo sobre mí, me determino fácilmente a no horrorizarme por lo que no causa horror a un hombre que vale menos que yo, el cual recibe aquellos males con paciencia; y no me resigno a creer que la bajeza de alma pueda más que el vigor o que el esfuerzo de raciocinio para soportar las desdichas. Conociendo cuán poco valen las comodidades accesorias de la vida, nunca dejo de suplicar a Dios en mis oraciones que siembre el contento en mi espíritu por los bienes que nacen de mí. Yo veo jóvenes gallardos que disfrutan de salud excelente, los cuales se proveen anticipadamente de píldoras para tomarlas cuando el romadizo los moleste, al cual temen tanto menos cuanto que creen tener el remedio a la mano; esa conducta hay que seguir, y mas aún: por si una dolencia más fuerte nos ataca, proveámonos de los medicamentos que adormecen la parte dolorida.

La ocupación que precisa elegir en la vida solitaria, no debe ser de índole penosa ni ingrata; de otro modo, ¿para qué nos serviría haber buscado el reposo? Aquélla depende del gusto particular de cada uno. El mío en manera alguna se acomoda al manejo de los negocios domésticos; los que de ellos gustan, entréguense con moderación


Comentur sibi res, non se submittere rebus.310



De lo contrario, practicase un oficio servil, consagrándose con ahínco a la economía doméstica, como la llama Salustio. Esta, sin embargo, incluye algunas cosas que no son indignas, como el cuidado de los jardines, que según Jenofonte ocupaba a Ciro, y puede encontrarse un término medio entre aquella ocupación bajuna y la profunda y extrema desidia, que lo deja caer todo en el abandono, como acontece a muchos:


Democriti pecus edit agellos
cultaque, dum peregre est animus sine corpore velox.311



Oigamos el precepto que Plinio el joven da a Cornelio Rufo, su amigo, para vivir en el retiro: «Te recomiendo, le dice, que en esa completa y espléndida soledad en que vivos dejes a tus gentes el abyecto y bajo cuidado doméstico; conságrate al estudio de las letras para sacar de él algo que te pertenezca por entero.» Plinio alude a la reputación, de la cual tenía un concepto análogo al de Cicerón,   -192-   quien quería emplear su soledad y apartamiento de los negocios en procurarse por sus escritos vida inmortal.


Usque adeone
scire tuum nihil est, nisi te scire hoc, sciat alter.312



Parece cosa razonable, puesto que se habla de alejarse del mundo, que de él se aparte la vista por completo. Los que se curan de la fama, no la desvían sino a medias; ocúpanse en hacer proyectos para cuando hayan salido de él; mas el provecho de su designio pretenden sacarlo todavía fuera del mundo, del cual están ausentes merced a una contradicción ridícula.

La imaginación de las personas piadosas que por devoción buscan la soledad, llenando su ánimo con la seguridad de las promesas divinas en la otra vida, está más plenamente satisfecha que la de aquéllos. Proponiéndose como norma el servicio de Dios, objeto infinito en bondad y en poder el alma halla siempre medio de aplacar sus deseos bien de su grado; las aflicciones, los dolores, conviértense para ellas en cosas provechosas empleadas en la conquista o la salud y dicha eternas; la muerte las procura el paso de la salud y dicha eternas, la muerte las procura el paso a un estado tan perfecto; la rigidez de su regla de vida se atenúa al punto por la costumbre, y los apetitos carnales se ven enfriados y adormecidos por la inacción, pues nada los aumenta más que el uso y ejercicio. Este solo fin de otra vida dichosamente inmortal, merece lealmente que abandonemos las comodidades y dulzuras de este mundo; y el que puede abrasar su alma con ardor de fe tan viva y esperanza tan grande por modo real y constante, créase en la soledad una existencia llena de goces y delicias muy por cima de toda otra suerte de vivir.

Ni el fin ni los medios del consejo que daba Plinio a Rufo me satisfacen; diríase que recaemos siempre de fiebre en calentura. La ocupación del estudio es tan penosa como cualquiera otra, e igualmente que las demás enemiga de la salud, que es cosa esencialísima, razón por la cual no hay que dejarse adormecer por el placer que aquél procura. El gusto que su pasión nos comunica es semejante al que pierde a los emprendedores, a los avariciosos, a los voluptuosos y a los ambiciosos. Los filósofos nos enseñan de sobra a guardarnos de la traición de nuestros apetitos, a distinguir los verdaderos placeres de los que van mezclados y entreverados con mayor trabajo; pues la mayor parte de nuestros goces, dicen aquéllos, nos cosquillean y nos abrazan para luego estrangularnos, como hacían los ladrones que los egipcios llamaban filistas. Si el dolor de cabeza se apoderase de nosotros antes de la borrachera, nos guardaríamos   -193-   de beber demasiado; mas el deleite, a fin de engañarnos, va delante y nos oculta las consecuencias. Los libros son gratos pero si a causa de su frecuentación perdemos la alegría y la salud, que son nuestros mejores atributos, echémoslos a un lado; yo soy de los que creen que el fruto del estudio no puede compensar aquella pérdida. Del propio modo que los hombres que de antiguo se sienten debilitados por alguna indisposición concluyen por echarse en brazos de la medicina, y hacen que se les ordene un régimen de vida para practicarlo religiosamente, así quien se retira disgustado y aburrido de la vida común debe acomodar su vivir a los preceptos de la razón, ordenarlo premeditada y discursivamente. Debe despedirse de toda suerte de trabajo, de cualquier naturaleza que sea, y huir en general las pasiones enemigas de la tranquilidad del cuerpo y del alma, «eligiendo el camino que mejor se avenga con su carácter»,


Unusquisque sua noverit ire via.313



En el gobierno doméstico, en el estudio, en la caza, en cualquiera otro ejercicio, puede llegarse hasta el último límite del placer y cuidar de no tocar más adentro, allí donde la pena comienza a tomar parte. En cuanto a ocupación y trabajo, bastan sólo los suficientes para mantenernos en vigor y librarnos de las incomodidades que acompañan a los que caen en el extremo de una ociosidad cobarde y adormecida. Hay ciencias que de suyo son estériles y espinosas; la mayor parte de ellas han sido forjadas para el mundo, y deben dejarse a los que al servicio del mundo se consagran. Para mi uso no gusto más que de libros agradables y poco complicados, que me regocijen, o de los que me consuelan y contribuyen a ordenar mi vida y a disponerme a una buena muerte:


       Tacitum silvas inter reptare salubres
curantem, quidquid dignum sapiente bonoque est.314



Los hombres superiores pueden forjarse un reposo espiritual, puesto que están dotados de un alma vigorosa; la mía es vulgar, y precisa por ello que yo contribuya a mi sostenimiento, ayudándome con las comodidades corporales. La edad me ha desposeído de las que eran de mi agrado, y ahora trato de afinarme para disfrutar aquellas que más convienen a mis años. Es indispensable defender con garras y dientes el uso de los placeres de la vida, que la edad nos va arrancando sucesivamente:

  -194-  

       Carpamus dulcia; nostrum est,
quod vivis: cinis, et manes, et fabula fies.315



En cuanto a perseguir como fin la gloria, según nos proponen Cicerón y Plinio, mi designio está bien lejos de ello. La disposición de ánimo que más se aparta del retiro, es precisamente la ambición; gloria y reposo son dos cosas que no pueden cobijarse bajo el mismo techo a mi dictamen, aquellos no tienen sino los brazos y las piernas fuera de la sociedad, su espíritu y su alma permanecen más que nunca amarrados al mundo:


Tun, vetule, auriculis alienis colligis escas?316



Sólo se han echado atrás para tomar carrera de un modo más seguro, para proveerse de un movimiento más fuerte y abrir así mejor la brecha entre la multitud. ¿Queréis convenceros de que no se apartaron ni un ápice de las vanidades terrenas? pongamos en parangón el parecer de dos filósofos y de dos sectas bien opuestas. Escribiendo el uno a Idomeneo y el otro a Lucilio, sus amigos, a fin de alejarlos del manejo de los negocios y grandezas de la vida: «Habéis vivido hasta ahora, les decían Epicuro y Séneca, nadando y flotando; venid a morir al puerto; habéis consagrado a la luz todo el tiempo que vivisteis; consagrad a la sombra lo que os resta. Es imposible dejar los negocios si al mismo tiempo no se deja el fruto; deshaceos, pues, de todo lo que se llama renombre y gloria, porque es posible que el resplandor de vuestras acciones pasadas os ilumine demasiado y os acompañe hasta vuestra gruta. Dejad con los otros deleites el que produce la alabanza del mundo, y que vuestra ciencia y vuestros merecimientos no os preocupen ya, que no quedarán sin recompensa si vosotros los superáis. Acordaos de aquel a quien preguntaron por qué razón se desvelaba tanto en alcanzar competencia en un arte de que casi nadie podía tener conocimiento: 'Yo me conformo con poca cosa, respondió; con una persona me basta, y con ninguna también me basta', y decía bien. Vosotros y un amigo sois suficiente teatro el uno para el otro, o cada uno distintamente para vivir consigo mismo. Es una ambición cobarde el pretender alcanzar gloria de la ociosidad del retiro; imitemos a los animales que borran la huella que marcaron con sus pasos a la entrada de sus guaridas. Lo que precisa buscar no es que el mundo hable de vosotros, sino que vosotros habléis con vuestras almas respectivas. Recogeos en vosotros mismos mas preparaos previamente a encontraros en disposición   -195-   de recibiros; sería insensato el fiaros en vosotros si carecéis de fuerzas para gobernaros. Hay ocasión de incurrir en falta lo mismo en a soledad que en el mundo. Hasta, que la perfección resida en vuestras almas de tal suerte que lleguéis a asemejaros a las personas ante quienes jamás osarais incurrir en falta; hasta que poseáis el pudor y respeto de vosotros mismos, obversentur species honestae animo317; aparezcan siempre a vuestra mente las figuras de Catón, Foción y Arístides, en presencia de los cuales, hasta los locos ocultarían sus faltas. Sin apartar la vista de ellos examinad vuestros actos; si éstos no son rectos, la reverencia de aquellos varones os conducirá al buen camino; ellos os sostendrán en la dirección verdadera, que no consiste sino en contentaros de vosotros mismos, en no buscar nada que de vosotros no provenga, en detener y sujetar vuestra alma en el recogimiento, donde pueda encontrar su encanto. Y habiendo ya comprendido cuáles son los verdaderos bienes, aquellos que se disfrutan mejor cuanto más rectamente se aprecian, conformarse con ellas, sin acariciar el menor deseo de aumentar el renombre.» He aquí lo que preceptúa y aconseja la filosofía sencilla y verdadera, que en nada se parece a la otra, amiga de la ostentación y la charla, la cual patrocinaban, Cicerón y Plinio el joven.




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Capítulo XXXIX

Consideración sobre Cicerón


Dedúcense de los escritos de Cicerón y Plinio, como semejante él de éste, a mi entender, al carácter de su tío, testimonios numerosos de la ambiciosa manera de ser de ambos, entre los cuales figura el de solicitar sin ambajes que los historiadores de su tiempo no los olviden en sus anales. El acaso, como por ironía, hizo llegar hasta nosotros la vanidad de tales suplicas, pero no las historias ni los panegíricos. Mas sobrepasa toda suerte de bajeza en personas de tal rango, la circunstancia de haber querido sacar partido para su gloria de la cháchara, hasta el punto de emplear en beneficio de aquélla las cartas privadas, escritas a sus amigos; de suerte que algunas, no habiendo sido enviadas a tiempo, no por ello dejaron de publicarlas, so pretexto de que no querían perder sus vigilias y trabajo. ¿Es acaso propio de dos cónsules romanos, magistrados, soberanos de la república gobernadora del mundo el ocupar los momentos de ocio en preparar con toda la lentitud   -196-   necesaria, frase por frase, una misiva de que sacar la reputación de poseer a maravilla el lenguaje de sus nodrizas respectivas? ¿Qué podría hacer peor un simple maestro de escuela que con sus palotes ganara su vida? Si las empresas de Jenofonte y César no hubieran con mucho sobrepasado la elocuencia de ambos, creo que jamás las hubieran escrito; quisieron éstos recomendar lo que hicieron, no lo que escribieron, y si la perfección en el hablar pudiera añadir algo a la gloria de un personaje importante, Escipión y Lelio no hubiesen cedido el honor de las comedias que compusieron y las delicadezas todas de la lengua latina a un siervo africano: que tales obras sean de aquéllos, su belleza y excelencia lo pregonan de sobra, el mismo Terencio lo confiesa. Por mi parte me desagradaría encontrar razones para creer lo contrario.

Constituye una especie de burla o injuria el querer enaltecer a un hombre por las cualidades que se avienen mal con su categoría, aunque tales prendas sean consideradas estimables desde otros puntos de vista; como por ejemplo, el alabar a un monarca como buen pintor o excelente arquitecto, y ni aun como buen arcabucero o maestro en el arte de correr sortija. Estos encomios no son honrosos ni dignos, si no se presentan en conjunto, después de los que son más pertinentes a los personajes a quienes se consagran, que deben ser la justicia y la ciencia de gobernar su pueblo, así en la paz como en la guerra. De tal suerte es Ciro digno de alabanza por el conocimiento de la agricultura, y Carlomagno por su elocuencia y penetración en todo lo relativo a las bellas letras. Yo he visto tener muy en poco sus estudios, desdeñar las ciencias y afectar una ignorancia que el pueblo no puede suponer en personas que pasan por competentes, las cuales se recomendaban por otras cualidades. Los compañeros de Demóstenes en la embajada que visitó a Filipo, alababan a este príncipe por ser hermoso, elocuente y buen bebedor. Demóstenes reponía que elogios semejantes convenían mejor a una dama, a un abogado o a una esponja, que a un rey:


Imperet bellante prior, jacentem
       lenis in hostem318,



la profesión del cual no consiste precisamente en ser buen cazador o impecable bailarín:


Orabunt causas alu, caelique meatus
describent radio, et fulgentia sidera dicent;
hic regere imperio populos sciat.319



  -197-  

Plutarco es todavía más explícito en este punto, y dice que mostrarse tan aventajado en esos méritos menos necesarios, es declarar a voces haber empleado mal el tiempo y el estudio que debieron consagrarse a cosas más necesarias útiles. Filipo de Macedonia, después de oír cantar a su hijo Alejandro, a gusto de los mejores músicos: «¿No te da vergüenza, le dijo, cantar tan bien?» Un músico que discutía con el mismo Filipo de cosas tocantes a su arte, dijo al príncipe: «No quiera Dios, señor, que os acontezca la desgracia de llegar a ser más competente que yo en las cosas de mi oficio.» Un soberano debe hallarse en el caso de responder lo que contestó Ifícrates al orador que le censuraba en su invectiva, de esta suerte: «En suma, ¿quién eres tú para echarlas tan de valiente? ¿Eres guerrero, arquero, piquero? -No soy nada de eso, pero en cambio soy quien sabe mandar a todos los que has citado.» Antistenes consideró como cosa de escasa monta en Ismenias, el que le ensalzara como flautista excelente.

Yo bien sé, cuando oigo a alguien que se detiene a encomiar el lenguaje de los Ensayos, cuál es su intento: me gustaría mejor que se callara: su propósito no es tanto ensalzar la elocución como deprimir el sentido, con tanta mayor ambigüedad, cuanta mayor es la malicia que la alabanza emplea. O yo me equivoco grandemente, o si muchos otros escriben con mayor profundidad que yo, malo o bueno, mi libro es de tal naturaleza que apenas hay ninguno en que se hallen acumulados mayor número de sustanciosos materiales, o al menos más copiosamente amontonados. Para de dejar más lugar a las ideas echo mano sólo de las principales, y si en desarrollarlas me detuviera, multiplicaría muchas veces este volumen. ¡Cuántas citas he traído a colación que nada dicen en apariencia, y que meditadas con detenimiento darían lugar a ensayos numerosos! Ni estas citas, ni mis comentarios sirven solo de ejemplo, autoridad u ornato; no las considero exclusivamente por el uso que hago de ellas: muchas veces tienen otros fines, y pudieran ser la semilla de una materia más rica y más vigorosa, lo mismo para mí, que no quiero sacar mayor partido en los pasajes donde las coloco, que para quien bien penetre el sentido de lo que escribo.

Volviendo a la virtud parlera, dirá que no establezco distinción alguna entre no saber más que expresarse mal o no saber sino hablar elegantemente. Non est ornamentum virile, concinnitas320. Dicen los filósofos que en punto a ciencia nada hay superior a la filosofía, y por lo que a los efectos toca, nada aventaja a la virtud, que generalmente es adecuada a todos los grados y a todos los órdenes de la vida.

Algo semejante a la vanidad de Cicerón y Plinio es la de   -198-   Séneca y Epicuro; estos dos filósofos prometen también una duración eterna a las cartas que escriben a sus amigas, pero de modo diverso a la de aquéllos, prestándose por cumplir un servicio en pro de la vanidad ajena, pues los informan que si el interés de ser famosos en los venideros siglos los retiene todavía en el manejo de los negocios públicos, haciéndoles temer la soledad y el retiro, adonde quieren llamarlos para que no emprendan ocupaciones nuevas, añadiendo que sus actos pasados los acreditan para con la posteridad, y que las solas cartas que escribieran servirían para hacer es tan renombrados como sus acciones públicas. Salvo esta semejanza, las cartas de Séneca y Epicuro no están vacías de sentido ni son descarnadas como esas otras que no tienen mayor mérito que el de un delicado escogitamiento de palabras, amontonadas y ordenadas según una cadencia armoniosa, llenas de falsedades y bellos discursos de sapiencia; por ellas no se acreditan de elocuentes, sino de prudentes, y nos enseñan no a bien decir, sino a bien obrar. Desdeñemos la elocuencia por sí misma, la que no nos conduce a la práctica del bien. La de Cicerón, sin embargo, dicen que es de una perfección tan elevada, que por sí sola se avalora.

Añadiré todavía una anécdota relativa al gran orador, muy pertinente a lo que hablo, la cual nos hace conocer su naturaleza: teniendo necesidad de perorar en público, y como estuviera algo falto de tiempo para prepararse a su gusto, Eros, uno de sus esclavos, le anunció que la audiencia se había aplazado para el siguiente día; Cicerón recibió de ello tanto gozo, que dio libertad a su siervo por la buena nueva.

Sobre este asunto de epístolas, diré que mis amigos afirman que no me falta acierto para escribirlas; de buen grado hubiera adoptado la forma epistolar para dar cuerpo a mis improvisaciones, si hubiese tenido una persona con quien hablar. Érame preciso, y en otro tiempo la tuve, cierta comunicación que me atrajese y que me sustentase, pues dirigirse al viento, como algunos hacen, no lo haría ni por sueños; como tampoco forjaría nombres vanos para comunicar cosas serias, pues soy enemigo jurado de toda falsificación. Hubiera así permanecido más atento y seguro habiendo tenido un corresponsal inteligente y amigo, que contemplando los diversos aspectos de un pueblo; y, o mucho me equivoco, o hubiese sido más diestro en mis escritos. Mi estilo es naturalmente familiar y festivo, pero de forma que me es peculiar; impropio para las públicas negociaciones, como mi conversación; demasiado conciso, desordenado, cortado, particular, y nadie más inhábil que yo para escribir cartas de ceremonia de esas que no tienen mayor sustancia de la que la que encierra un bello amalgamamiento de palabras corteses. No poseo ni la facultad   -199-   ni el gusto de esas dilatadas ofertas de afección y servicios, no creo en tantas dulzuras, y me disgusta traspasar los límites de lo que creo, lo cual está bien lejos del uso presente, pues en ninguna época se emplearon con mayor profusión ni se prostituyeron en tal grado las palabras vida, alma, devoción, adoración, siervo y esclavo. Todos estos dictados corren con frecuencia tanta que, cuando con ellos se quiere expresar algo de sincero y respetuoso, no se encuentra medio de conseguirlo.

Odio a muerte oír a los cumplimenteros, los cuales son razón sobrada para que yo inmediatamente adopte un tono seco, duro y francote, que inclina a quien me desconoce a considerarme como desdeñoso. Festejo más a los que cumplimento menos, y allí donde mi alma marcha con mayor regocijo olvida el camino de lo convencional, de los miramientos; ofrézcome por entero a aquellos a quienes pertenezco, y me muestro menos obsequioso a quien sin reserva alguna me he dado. Paréceme que a los que tal afección profeso deben leerla en mi corazón, y que la expresión de mis palabras sea más débil que los sentimientos que abrigo. Al desear la bienvenida, al despedirme, al dar las gracias, al saludar, al ofrecer mis servicios y en otras fórmulas verbales de las leyes ceremoniosas de nuestra urbanidad, mi torpeza de lengua compite con la del más inepto; y cuando por complacer a alguien he escrito alguna carta de recomendación, la persona a quien trataba de favorecer la encontró siempre floja e ineficaz. Los italianos son muy hábiles en esto de escribir misivas; yo tengo de ellas buen número de volúmenes: las de Aníbal Caro me parecen las mejores. Si conservase todo el papel que antaño emborronaba para las damas, cuando mi mano era guiada por la pasión, quizás se hallaría entre ello alguna página digna de ser conocida por la ociosa juventud de tal furor embaucada. Yo escribo mis cartas a escape, tan precipitadamente, que aunque mi caligrafía es insoportable, prefiero servirme de mi mano a buscar la ayuda de otra, pues no hallo quien me pueda seguir, y no las transcribo nunca. Las empiezo de buen grado, sin plan; la primera frase engendra la segunda. Las cartas que ahora se redactan más se componen de adornos y prefacios que de ideas. Como prefiero mejor escribir dos que doblar y cerrar una, encomiendo siempre a otra persona esta comisión. Lo propio me acontece cuando he dicho lo que tenía que decir, comisionaría de buena gana a otro para que añadiera esas largas arengas, súplicas y ofertas que colocamos al final. Yo deseo que alguna costumbre nueva nos libre de tal uso, como también de inscribir una dilatada lista de títulos y calidades a la cabeza de la epístolas; por ello he dejado a veces de enviar ciertas cartas principalmente a gentes que ejercían destinos de justicia o hacienda: tantas innovaciones en los empleos, la difícil   -200-   distribución y ordenamiento de los diversos cargos honoríficos, habiendo sido caramente pagados, no pueden ser cambiados ni olvidados sin ofensa de la persona a quienes escribe. Me desagrada igualmente ver cómo se recarga el frontispicio de los libros que ahora salen con toda suerte de títulos.




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Capítulo XL

Como el sentimiento de los bienes y los males depende en gran parte de la idea que de ellos nos formamos


Los hombres, dice una antigua sentencia griega, se atormentan por las opiniones que se forman de las cosas, no por las cosas mismas. Mucho se ganaría para alivio de nuestra miserable condición humana si pudiera demostrarse la veracidad absoluta de esta proposición, pues si los males no penetran en nosotros sino por nuestro juicio, estaría en nuestra mano desdeñarlos o convertirlos en bienes. Si las cosas se nos doblegan, ¿por qué inquietarnos y no acomodarlas a nuestro provecho? Si lo que llamamos mal y tormentos no son tales cosas por sí mismos sino en tanto que nuestro ser los considera de ese modo, es indudable que reside en nosotros el poder de modificarlos; y residiendo en nuestro albedrío esa ventaja, somos locos de remate afligiéndonos, interpretándolos por el lado desventajoso, y considerando las enfermedades, la indigencia y los otros tormentos con amargura, pudiendo tomarlos dulcemente; hacer que lo que llamamos mal no lo sea por sí mismo, o por lo menos, tal cual es. Veamos hasta qué punto puede nuestra naturaleza modificar su alcance.

Si la esencia original de las cosas que tememos tuviera fuerza suficiente para dominarnos por su propia autoridad, es indudable que produciría en todos un efecto análogo, pues los hombres son todos de naturaleza idéntica, y con escasas diferencias se encuentran dotados de parecidos órganos e instrumentos, así para concebir como para juzgar; pero la diversidad de opiniones que encontramos al tratar del bien y del mal, muestran claramente que los males y los bienes no ejercen influencia en nosotros sino transformándose; unos los reciben, como por acaso, en su propia forma; mil otros les imprimen otra nueva y contraria. Consideramos la muerte, la pobreza y el dolor como nuestros principales enemigos, y sin embargo la primera, que algunos llaman la cosa más horrible entre las horribles, ¿quién no sabe que otros la nombran el único puerto de salvación en las miserias de esta vida, el soberano bien de la naturaleza, el solo apoyo de nuestra libertad, común y pronto remedio a todos los males? Y así como unos la aguardan   -201-   temblando y con horror, otros la soportan con mayor gusto que la existencia. Lucano se queja de su facilidad y liberalidad para acabar con los humanos:


Mors, utinam pavidos vitae subdecere nolles
sed virtus te sola daret.321



Dejemos a un lado este valor heroico. Teodoro respondió a Lisímaco, que le amenazaba con darle la muerte: «Harás una cosa notable, equiparando tu hazaña con la de una cantárida.» La mayor parte de los filósofos anticiparon voluntariamente la hora de su fin. Y vemos muchas gentes del pueblo, camino de él, y no de una muerte sencilla, sino llena de deshonra y a veces acompañada de crueles tormentos, que marchan sin inmutarse, unos por preconcebido designio, otros por temperamento natural; de tal suerte que nada se advierte en ellos, ningún cambio en su manera de ser ordinaria; unos ponen orden en sus negocios domésticos, se encomiendan a sus amigos, cantan, predican, hablan con el público y a veces mezclan algún chiste, y beben a la salud de sus conocidos. En una palabra, acaban sus días con la misma serenidad que Sócrates.

Un hombre a quien conducían al patíbulo decía que le guardasen de pasar por cierta calle, porque temía ser atrapado por un comerciante a quien debía cierta cantidad. Otro decía al verdugo que no le tocase en la garganta, porque lo haría desternillar de risa a causa de ser muy sensible a las cosquillas. Otro respondió a su confesor, que le prometía que aquel mismo día cenaría con nuestro Señor: «Mejor sería que le acompañara usted, porque yo ayuno.» Otro que pidió de beber, como el verdugo lo hiciera primero, dijo que ya no quería de miedo de atrapar el mal venéreo. De todos es conocido el cuento del picardo a quien, encontrándose en las gradas del patíbulo, presentaron una joven para que se desposara, libertándole así, como nuestra justicia consiente a veces, el picardo dijo al verdugo, luego de haberla contemplado ligeramente, y de haber advertido que cojeaba: «¡Ahórcame! ¡ahórcame! que se tambalea.» Refiere que en Dinamarca, un hombre que había sido condenado a muerte, estando ya en el patíbulo, como le hicieren la misma proposición que al picardo, dijo que la joven que le ofrecían tenía las mejillas caídas y la nariz demasiado puntiaguda. Un sirviente de Tolosa, acusado de herejía, dio por toda razón de su creencia que profesaba las mismas ideas de su señor, joven escolar que estaba preso en su compañía, y consintió mejor morir con él que declarar que su amo pudiera equivocarse. Muchos habitantes de la ciudad de Arrás, cuando ésta fue conquistada por Luis XI, prefirieron ser ahorcados antes que gritar ¡Viva   -202-   el rey! Entre las almas de los bufones ha habido algunos que no abandonaron su cínica licencia ni aun en la hora de la muerte. Uno a quien el verdugo iba a rematar, exclamó: «¡Vogue la galera!», tal era su expresión favorita. Otro a quién habían acostado, próximo ya a morir, en un jergón tendido a lo largo de un banco de la cocina, como el médico le preguntase dónde sentía el mal: «Entre el banco y el hogar», contestó; y al sacerdote que buscaba los pies del enfermo para darle la extremaunción (el bufón los tenía contraídos por el mal), le dijo: «Los encontrará en el extremo de mis piernas.» Como le exhortaran a que se encomendase a Dios: «¿Quién va a verle?», preguntó, y como le contestaran: «Tú mismo, si al Señor le place», replicó: «¿Iré mañana por la noche? -Encomiéndate a él, porque pronto estarás en su compañía. -Entonces, concluyó, mejor será que me recomiende yo misma en persona.»

Aun en el día, en el reino de Narsinga, las mujeres de las sacerdotes son enterradas vivas con los cuerpos de sus maridos; todas las demás son quemadas en los funerales de los suyos respectivos, consintiendo en ello con firmeza y alegría. A la muerte del rey, sus esposas, concubinas y favoritas, lo mismo que sus oficiales y servidores, que entre todos forman casi un pueblo, se presentan tan alegremente ante la hoguera donde sus cuerpos van a arder, que diríase que tienen a grande honor el acompañar a su amo. Durante nuestras últimas guerras de Milán, en las que tuvieron lugar peripicias de todas suertes, el pueblo, impaciente con tan variados cambios de fortuna, llegó a considerar la muerte con tal indiferencia, que según oí referir a mi padre, se suicidaron hasta veinticinco ricos propietarios en una semana, accidente que recuerda el de los xantianos, quienes sitiados por Bruto, se precipitaron en tropel, hombres, mujeres y niños, con un apetito tan furioso de la muerte, que nada hicieron por escaparla, de tal suerte que apenas si Bruto logró salvar a unos cuantos.

Toda opinión es suficientemente fuerte para abrazarla y defenderla aun a costa de la vida. El primer artículo del valeroso juramento que Grecia mantuvo en las guerras médicas, consistió en que cada ciudadano prefiriese la muerte a la vida, mejor que cambiar las leyes griegas por las persas. ¡Cuántos se ven en la guerra de los turcos y griegos que aceptan con placer una muerte dura antes que descircuncidarse para recibir el bautismo! Ejemplo es éste que todas las religiones imitarían.

Habiendo los reyes de Castilla arrojado a los judíos de sus dominios, el rey Juan de Portugal vendioles por ocho escudos por cabeza el derecho de recogerse en sus Estados durante cierto tiempo, con la condición de que transcurrido este tenían que marcharse, y el propio rey les prometía   -203-   facilitarles barcos para que se trasladasen al África. Llegado el día de la partida, pasado el cual los que se quedaran debían ser considerados como esclavos, los barcos les fueron concedidos con harta economía; los que se embarcaron recibieron perverso trato de los marineros, quienes, aparte de otras varías indignidades, los llevaron por el mar de un lado a otro, unas veces hacia adelante y otras hacia atrás, hasta que hubieron consumido sus vituallas, y se vieron obligados a comprárselas a ellos a tan elevado precio, que cuando tocaron tierra, no les quedaba más que al camisa. La nueva de esta inhumanidad, cuando fue sabida por los que no se habían embarcado, dio por resultado que la mayor parte de ellos se resignaran a la servidumbre; algunos cambiaron aparentemente de religión. Manuel, sucesor de Juan, cuando llegó al trono les concedió primero la libertad, y cambiando luego de parecer, les ordenó que abandonaran el país consignándoles tres puertos para el pasaje. Esperaba, dice el obispo Osorio, el mejor historiador latino de nuestra época, que el favor de la libertad que les había devuelto no habiéndoles convertido al cristianismo, el peligro de ser víctimas del saqueo de los marineros, junto con el abandonar un país a que estaban habituados y en el que eran dueños de grandes riquezas, para arrojarse en regiones extranjeras y desconocidas, los retendría. Mas viéndose engañado en su designio, porque los judíos deliberaron alejarse, les suprimió dos de los puertos que les había prometido para embarcarse, a fin de que la distancia, y molestias del trayecto retuviera algunos, o para que hubiese medio de amontonar a todos en un lugar determinado para poner en práctica un proyecto, que había ideado, que fue el de ordenar que arrancasen de entre los brazos de los padres y de las madres todas las criaturas que tuvieran menos de catorce años, para trasladarlas lejos de la vista y dirección de las que los habían engendrado, en lugar donde fuesen adoctrinadas en la religión católica. Cuentan que tal medida fue origen de espectáculos terribles; la natural afección de padres e hijos, junto con el celo que sujetaba a éstos a sus creencias religiosas, combatían al par tan violenta orden, y se vio a padres y madres darse la muerte y arrojar a sus criaturas en los pozos. A cometer actos tan horribles movíanles la compasión y la piedad, para que así escaparan al cumplimiento de la ley. En conclusión, expirado el plazo que el rey les había fijado, como tuvieran falta de medios para marcharse, entregáronse a la servidumbre. Algunos se hicieron cristianos; mas en su fe, aun hoy, que han transcurrido cien años, pocos portugueses tienen seguridad, aun cuando la costumbre y el transcurso del tiempo sean consejeros mejores para tales cambios que cualesquiera otras causas.

En la ciudad de Castelnaudary, cincuenta herejes albigenses   -204-   sufrieron a la vez con valor indomable el ser quemados vivos antes que renegar de sus creencias. Quoties non modo ductores nostri, dice Cicerón, sed universi etiam exercitus, ad non dubiam mortem concurrerunt322. He visto a uno de mis más íntimos amigos correr a la muerte con verdadera rabia; con afección tan intensa y tan arraigada en su corazón por causas diversas, que me fue imposible arrancárselas; y a la primera que a su imaginación se presentó, so pretexto de ideas de honor, se dio la muerte sin que pudieran conocerse los verdaderos motivos, con hambre tremenda y deseo ardientísimo. En nuestro tiempo mismo hemos visto muchas personas, hasta criaturas, que por temor de alguna leve incomodidad han corrido hacia la muerte. Y a propósito de hechos análogos, dice un escritor antiguo: «¿Qué será lo que no temamos, si hasta nos asusta aquello que la misma cobardía elige para su retiro?»

De trasladar aquí el registro de los individuos, hombres y mujeres de todas condiciones de sectas diversas que aun en los siglos más prósperos que el nuestro han guardado la muerte sin miedo o buscándola de intento, e ido a su encuentro, no sólo para huir los males de esta vida, sino también por escapar simplemente al cansancio de la existencia, y otros por la esperanza de encontrar una vida mejor, no acabaría nunca. El número es tan grande, tan infinito, que será mejor citar sólo algunos de los que la han temido. Un día de fuerte tormenta se encontraba Pirro el filósofo en un barco, y mostró a los que veía más dominados por el miedo un cerdo que se mantenía tranquilamente, sin temor alguno, sin inquietarse nada por la tempestad. ¿Nos atrevemos, pues, a sostener que la razón humana, que tanto enaltecemos y por la cual somos dueños y emperadores del resto de las criaturas, haya sido puesta en el hombre sólo para servirle de tormento? ¿Para qué nos sirve entonces el conocimiento de las cosas si nos hace ser más cobardes? ¿Si con el conocimiento perdemos tranquilidad y reposo, adónde iríamos a parar sin él? ¿Y si nos hace inferiores al cerdo, cuyo ejemplo mostraba Pirro a los miedosos? La inteligencia de que hemos sido dotados para nuestro mayor bien, ¿la emplearemos para nuestra ruina, yendo en oposición del designio de la naturaleza y del orden universal de las cosas, las cuales ordenan que cada uno use de sus facultades y medios para su comodidad y en ventaja propia?

Concedo, se me dirá, que estos razonamientos sirvan para no atemorizarse ante la muerte. ¿Pero cuáles oponer a la indigencia y al dolor, que Aristipo, Jerónimo y la mayor   -205-   parte de los sabios consideraron como el peor de los males? Y los que niegan la existencia del mal lo manifiestan por sus acciones. Encontrándose atormentado Posidonio por una enfermedad aguda, en extremo dolorosa, recibió la visita de Pompeyo, quien se excusó de haber escogido hora tan inoportuna para oír hablar al enfermo de filosofía. «No quiera Dios, respondió Posidinio, que el dolor tenga sobre mí fuerza bastante que me impida discurrir», y comenzó a disertar sobre el menosprecio del mismo; mas, sin embargo, el sufrimiento le oprimía, haciéndole exclamar: «¡Oh dolor, por más que me pruebes, no diré que seas un mal!» Este hecho, a que los estoicos dan importancia tan grande, ¿es por ventura un argumento contra el menosprecio con que debemos experimentar el dolor? Posidonio sólo niega la palabra. Si el aguijoneo del mal físico no la daña, ¿por qué interrumpe su discurso? ¿Por qué da importancia tanta al hecho simple de no llamarle un mal? Cuando nos encontramos bajo la influencia de la tortura física los razonamientos están de más. En nuestro poder sólo reside opinar del resto. La realidad verdadera desempeña aquí su papel. Nuestros propios sentidos son los jueces de él:


Qui nisi sunt veri, ratio quoque falsa sit omnis.323



¿Por ventura podemos persuadir a nuestra piel de que los latigazos la hacen cosquillas, ni a nuestro paladar de que el áloe sea vino generoso? El cerdo de Pirro puede servir aquí de ejemplo adecuado; el animal estaba impávido ante la muerte, pero si lo hubieran sacudido, se habría quejado. ¿Acaso reside en nuestra mano el poder de ir contra la ley general de la naturaleza, que domina en todo cuanto existe bajo el firmamento, dejando de estremecernos bajo el peso del dolor? Hasta los árboles parece que gimen cuando se les hiere. La muerte no se siente más que por raciocinio, por ser un hecho que se realiza en un instante.


Aut fuit, aut veniet; nihil est praesentis in illa:
morsque minus paenae, quam mora mortis, habet.324



Mil hombres, mil animales, mueren antes que se hagan cargo de encontrarse amenazados por la muerte. Lo que tememos en ella es el dolor que siempre la precede. Sin embargo, si damos crédito a un padre de la Iglesia, malam mortem non facit, nisi quod sequitur mortem325: yo me atrevería a suponer que ni lo que precede a la muerte, ni lo que las sigue guarda relación con ella para nuestro espíritu.

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Buscamos para excusarnos pretextos que no tienen fundamento alguno; por experiencia creo que la idea de la muerte es lo que nos hace impacientes al dolor, y que la sentimos doblemente cruel porque nos amenaza con su golpe. Mas la razón acusa nuestra cobardía, que nos hace temer cosa tan repentina, tan inevitable, tan insensible. Los males que no tienen gran trascendencia no los consideramos como tales: el dolor de muelas o la enfermedad de gota, por crueles que sean, como no matan, no los miramos como enfermedades.

Ahora bien; supongamos que en la muerte consideramos sólo el dolor; como también la pobreza nada que temer ofrece sino el mismo dolor, al cual nos empuja por la sed, el hambre, el frío, el calor y todos los otros males que forman su séquito; limitémonos, pues, a hablar del dolor. Concedo de buen grado que sea la desgracia mayor de nuestra vida, pues soy de los que más la detestan y de los que más le huyen, por no haber tenido hasta el presente, gracias Dios, gran comercio con él; yo creo que en nosotros reside, si no el poder de reducirlo a la nada, al menos el de debilitarlo por la paciencia, y el de alcanzar, a pesar de los sufrimientos corporales, que el alma y la razón se mantengan resistentes y bien templadas. Si tal poder no estuviera en nuestra mano, ¿a qué serviría enaltecer el vigor, el valor, la fuerza, la magnanimidad y la resolución? ¿Cuál sería el empleo que daríamos a esas virtudes excelsas, si no hubiera sufrimiento que desafiar? Avida est periculi virtus326: Si no hubiera duras penalidades que sufrir; si no se pudiera resistir a pie firme el calor abrasador del mediodía, alimentarse de carne de burro o de caballo, verse cortar en pedazos y extraer una bala de los huesos, sufrir el cauterio y la sonda, ¿dónde estaría la superioridad que pretendemos tener sobre el vulgo? Difícil es escapar al influjo del dolor y al mal, por eso sientan los filósofos que entre los actos igualmente laudables debe preferirse la práctica del que mayor pena ocasione. Non enim hilaritate, nec lascivia, nec risu, aut joco, comite levitatis, sed saepe etiam tristes firmitate et constantia sunt beati327. Por esta razón también creyeron nuestros padres que las conquistas realizadas a viva fuerza, por el azar de guerra, eran superiores y más valederas que las que se llevan a cabo mediante la seguridad completa y las negociaciones diplomáticas.


Laetius est, quoties magno sibi constat hosestum.328



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Es una razón que recae en ayuda de nuestro consuelo el considerar que cuando el dolor es violento suele ser corto, y que si es de larga duración suele ser ligero; si gravis, brevis; si longus, levis. Experimentándolo con vigor no se siente mucho tiempo, pues al fin, o acabará el mal o la persona será la que concluya: uno y otro vienen a ser lo mismo; cuando el dolor no se soporta, él se encarga de ser el vencedor. Memineris maximos morte finiri; parvos multa habere intervalla requietis; mediocrium nos esse dominos: ut, si tolerabiles sint, feramus; sin minus, e vita, quum ea non placeat, tanquam e theatro, exeamus329. La causa de que seamos débiles para soportar el mal reside en que no estamos habituados a buscar en el alma nuestro principal contento; en que en ella no nos fundamentamos en tanto grado como debiéramos. El alma es dueña soberana de nuestra condición. El cuerpo no tiene, con escasa diferencia, mas que un solo modo, un solo medio; el alma es variable en toda suerte de formas y dirige hacia ella y a su estado, cualesquiera que éstos sean, los accidentes e impresiones del cuerpo; por tanto, precisa estudiarla y despertar en ella sus resortes, que son todopoderosos. No hay razón, prescripción ni fuerza que resistan a su inclinación y voluntad. De tantos y tantos medios como tiene a su disposición, démosla uno adecuado a nuestra conservación y reposo, y con ello nos veremos no sólo a cubierto de todo daño, sino hasta mejorados con su concurso de las ofensas y de los males. Todo puede el alma convertirlo en su provecho: el error, los sueños, pueden servirla útilmente como materia propicia a resguardarnos, y a proporcionarnos contento. Fácilmente puede reconocerse que lo que en nosotros aguza el dolor o hace más intensos los placeres es el aguijón de nuestro espíritu. Los animales, en quienes no reside tal fuerza, dejan al cuerpo sus sentimientos libres e ingenuos, que son, por consiguiente, iguales en cada especie, con escasas diferencias, como muestran por la semejante aplicación de sus movimientos. Si nosotros no alterásemos en nuestros órganos la función que les es inherente, es muy probable que estaríamos mejor, pues la naturaleza los ha dado un temple justo y moderado, lo mismo hacia el placer que hacia el dolor, el cual temple no puede menos de ser equitativo siendo uno mismo para uno y otro. Pero puesto que nos hemos emancipado de sus reglas para abandonarnos a la vagabunda libertad de nuestras fantasías, ayudémonos al menos a plegarlas del lado más agradable. Teme Platón   -208-   que el dolor y el placer nos atraigan de una manera demasiado viva, lo cual se explica considerando que, según este filósofo, existe una perfecta unión entre el alma y el cuerpo; yo no participo de tal creencia. Así como el enemigo se encarniza más cuando huimos, así el dolor se enorgullece cuando nos tiene bajo su dominio. Más soportable será para, quien le haga frente; es preciso que opongamos contra él toda suerte de resistencias. Si nos echamos atrás, si nos acobardamos, no hacemos más que llamarlo y atraer la ruina que nos amenaza. Del propio modo que el cuerpo soporta y se hace más resistente la fatiga sometiéndolo a duras pruebas, el alma adquiere también con los trabajos la fortaleza.

Pero vengamos a los ejemplos, que constituyen la materia más adecuada para las gentes que como yo no tienen grandes fuerzas, y encontraremos en ellos que con el dolor acontece lo mismo que con las piedras preciosas, las cuales muestran un brillo más o menos intenso, según el lugar donde se las coloca; así el dolor en el hombre no ocupa mayor espacio que el que se le consiente. Tantum doluerunt, quantum doloribus se inseruerunt330. Mayor mal nos ocasiona un lancetazo del cirujano que diez pinchazos recibidos en el calor del combate. Los dolores de parto, considerados por los médicos y por Dios mismo como de tanta gravedad, y que nosotros soportamos con mil alaridos, hay pueblos enteros que los resisten como si tal cosa. Y no hablemos de las mujeres de Lacedemonia. Entre las suizas, esposas de nuestros soldados, ¿qué alteración se encuentra cuando dan a luz? Marchando en pos de sus maridos se las ve que llevan hoy cargado en las espaldas el muchacho que ayer aun tenían en el vientre. ¿Y qué decir de esas gitanas que vemos en nuestros lugares, que por sí mismas lavan los hijuelos que acaban de nacerles, y toman sus baños en los ríos más próximos? Dejando a un lado tantas y tantas mujeres que destruyen sus criaturas en la generación lo mismo que en la concepción, ¿qué decir de aquella noble esposa de Sabino, patricio romano, que por cuidado del interés ajeno, soportó sola, sin auxilios, voces ni gemidos, el parto de dos gemelos? Un muchachuelo de Lacedemonia que había robado un zorro y ocultádolo bajo sus vestiduras, sufrió mejor que le destrozara el vientre que el ser descubierto. Hay que advertir que en Lacedemonia se temía más la vergüenza de pasar por desmañado de lo que nosotros tememos el castigo de nuestra maldad. Otro que incensaba el ara de un sacrificio, consintió en dejarse abrasar hasta los huesos por un carbón que le cayó en la bocamanga de su túnica antes que   -209-   perturbar la ceremonia. Otros hubo, en gran numero, que por poner a prueba su virtud, conforme a las costumbres de su país, sufrieron a la edad de siete años el ser azotados hasta la muerte, sin que por ello ni siquiera se alterase su mirada. Cuenta Cicerón que los vio atacarse en tropel con fiereza y rabia tales, haciendo uso de pies, manos y dientes para la lucha, que perdían el sentido antes que darse por vencidos. Nunquam naturam mos vinceret; est enim ea semper invicta: sed nos umbris, deliciis, otio, languore, desidia, aninum infecimus; opinionibus maloque more delinitum mollivimus331. De todos es conocida la acción de Mucio Scévola, el cual habiéndose internado en el campo enemigo para matar al jefe, no pudo lograr su intento; y viéndose obligado a declarar a Porsena, para dejar ileso el honor de su patria, no ya sólo su designio, sino además que había en el campo gran número de romanos cómplices de su empresa, todos de su mismo temple, dijo que no los descubriría; luego, para dar una muestra del vigor de su alma hizo que le llevaran un brasero en el cual puso su brazo hasta achicharrárselo, y allí lo dejó hasta que el enemigo mismo horrorizado ordenó retirar el fuego. ¿Qué decir del que sufrió la amputación de un miembro sin interrumpir la lectura de un libro que tenía en la mano? ¿Y también ce otro que se obstinó en reírse y burlarse a saciedad de los tomentos que le inferían hasta el punto de que irritada la crueldad de sus verdugos le dejaron libre? Este hombre era un filósofo. Pero hasta un gladiador de César sufrió riendo los suplicios más horribles: Quis mediocris gladiator ingemuit?, quis vultum mutavit unquam? Quis non modo stetit, verum etiam decubuit turpiter? Quis, quum decubuisset, ferrum recipere jussus, collum contraxit?332

Hablemos ahora de las mujeres. ¿Quién no ha oído el caso, en París, de una que se hizo arrancar la piel sólo porque su cutis adquiriera mayor frescura? Hay quien se ha hecho arrancar los dientes teniéndolos sanos, con objeto de poseer una voz más blanda y pastosa, o también para colocarlos de modo más conveniente. ¡Cuantísimos ejemplos de menospreciar el dolor podemos contar parecidos! ¿Qué no hacen, adónde no llega el poder de las mujeres por poco que se trate de mejorar, o de hacerlas esperar prosperidad en su belleza?

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Vellera queis cura est albos a stirpe capillos,
    et faciem, dempta pelle, referre novam.333



He visto algunas que comían arena o ceniza con objeto de estropearse el estómago y adquirir así palidez. Para formarse un talle esbelto, ¿qué suplicios no sufren apretándose y ciñéndose los costados con cinturones crueles hasta que las sale la carne viva, y algunas veces hasta encontrar la muerte?

Vese con frecuencia en muchos países de nuestro tiempo que algunos se infieren heridas para dar fe a su palabra. Nuestro rey cuenta ejemplos notables de los que vio en Polonia, y tuvo ocasión de examinar de cerca. Aparte de lo que había sido imitado en Francia por algunos, cuando regresé de los famosos Estados de Blois, poco antes había yo visto una muchacha en Picardía, quien, para testimoniar la sinceridad de sus promesas, al par que su constancia, se hirió con la aguja que llevaba en la cabeza, infiriéndose en el brazo cuatro o cinco hendiduras profundas que la hicieron castañetear la piel y manaban abundante sangre. Los turcos se hieren profundamente por sus damas, y con el fin de que las huellas de las cortaduras permanezcan, se aplican en ellas hierro candente, que dejan sobre las heridas un tiempo increíble para detener la sangre que la cicatriz se forme; personas que lo han visto me lo han contado y me han jurado ser verdad: por la cantidad de diez maravedises encuéntrase todos los días entre ellos quien esté dispuesto a darse una profunda cuchillada en el brazo o en los muslos. Me congratula encontrar más a la mano testimonios que nos conciernen más; la cristiandad nos los procura en grado suficiente, y después del ejemplo de Jesucristo Nuestro Señor, hubo muchas personas que por devoción quisieron llevar la cruz a cuestas. Por testimonio muy digno de crédito sabemos que el rey san Luis no dejó los cilicios hasta que en su vejez su confesor le dispensó de ellos, y que todos los viernes se hacía flagelar las espaldas por su limosnero con cinco cadenillas de hierro que para este uso llevaba siempre consigo en una caja.

Guillermo, nuestro último duque de Guiena, padre de Leonor, que cedió el ducado a las casas reales de Francia e Inglaterra, llevó por penitencia los diez o doce últimos años de su vida una coraza bajo el hábito de religioso. Foulques, conde de Anjou, fue a Jerusalén, y cuando se encontraba en los santos lugares hizo que dos criados le azotasen, con la cuerda al cuello, ante el sepulcro de Nuestro Señor. Pero, ¿qué más? ¿no vemos hoy mismo el día de viernes santo, en diversos pueblos, un gran número de hombres y mujeres que se atormentan hasta desgarrarse la carne y   -211-   dejar los huesos al descubierto? Yo lo he visto muchas veces sin placer. Y he oído asegurar que hay quien, mediante cierta cantidad, garantiza la religión de otro, desdeñando así el dolor con tal valor, que más les aguijonea la devoción que la codicia. Quinto Máximo enterró a su hijo, que era ya cónsul; Marco Catón al suyo, a quien habían elegido pretor, y Lucio Paulo a dos de los suyos en pocos días, todos con continente sosegado, sin que nada en ellos acusara quebranto ni duelo. Yo dije antaño, bromeando, de una persona, que había dado un chasco a la divina justicia, pues habiendo perdido de muerte violenta, el mismo día, tres hijos ya crecidos, poco faltó, sin embargo, para que quien tal prueba experimentó no la considerase como especial favor y singular gratificación del cielo. No tengo yo tanta fuerza de alma, pero he perdido, estando todavía en nodriza, dos o tres criaturas, si no sin sentirlo, al menos sin contrariedad mayor. Y, sin embargo, pocas desgracias hay que lleguen a los hombres más a lo vivo que la pérdida de los hijos. Veo en el mundo otras frecuentes ocasiones de aflicción, que apenas lamentaría si sobre mí pesaran, y aun aquellas que los hombres más lamentan. Por ello no osaría alabarme sin que sintiera rubor. La opinión de las gentes ejerce un imperio tiránico y sin medida. Ex quo intelligitur, non in natura, sed in opinione, esse aegritudinem334¿Quién buscó jamás la seguridad y el reposo con el ahínco que César y Alejandro fueron en pos de la inquietud y las dificultades? Térez, padre de Sitalcez, solía decir que cuando no hacía la guerra le parecía que no había diferencia alguna entre él y su palafranero. Ejerciendo Catón las funciones de cónsul, para asegurarse el dominio de algunas ciudades de España, prohibió a los habitantes de las mismas que llevaran armas consigo; esto bastó para que un gran número de españoles se dieran la muerte: ferox gens, nullam vitam rati sine armís esse335. De muchos sabemos que abandonaron la tranquilidad de una vida dulce y sosegada entre sus amigos para marcharse a los desiertos inhabitables, donde se complacieron en hacer vida vil, baja y abyecta, y donde encontraron goces y delicias inefables. El cardenal Borromeo, que murió poco ha en Milán, prefirió a la regalada existencia a que le convidaban su nobleza grandes riquezas, la atmósfera de Italia y su juventud, una vida de austeridad tal, que llevaba en invierno idéntica vestidura que en estío; dormía sobre unas pajas, y las horas que las ocupaciones de su cargo lo dejaban libre, consagrábalas al estudio continuo, arrodillado, tomando por todo alimento un poco de pan y agua que tenía al lado del libro   -212-   que leía: tales eran sus banquetes y el tiempo que a ellos dedicaba.

Yo sé de alguien que a sabiendas ha sacado provecho y ventaja para su mejoramiento y prosperidad de que su mujer le coronara, cosa cuya sola idea horroriza a tantas gentes.

Si la vista no es el más necesario de nuestros sentidos, es por lo menos el más deleitoso; los más voluptuosos y útiles de nuestros órganos son quizás los que sirven para engendrarnos, sin embargo de lo cual, muchas gentes ha habido que los tomaron odio mortal, por la razón misma de contribuir al placer, y se los amputaron a causa de su valer. Lo mismo pensaba de los ojos el que se los saltó. La mayor parte de los hombres y la más sana tienen a dicha grande la abundancia de hijos; yo y algunos otros opinamos de opuesto modo. Preguntado Thales por qué no se casaba, respondió que no quería dejar descendientes.

Que nuestra opinión dé precio a las cosas, vese teniendo en cuenta las muchas que no nos interesan sino en cuanto tienen relación con nuestras personas; nosotros no consideramos ni los méritos ni la utilidad de aquéllas; sólo vemos el trabajo que nos cuesta el alcanzarlas, cual si esto fuera una parte de su sustancia. Llamamos valor en ellas, no precisamente a las ventajas que nos proporcionan, sino sólo a las que nosotros las concedemos. En vista de lo cual, entiendo que somos económicos en el gasto de nuestras fuerzas: tanto la cosa pesa, tanto sirve, por lo mismo que nuestra apreciación la concede valor. Queremos que el interés que tenemos por ellas las avalore: el precio da valor al diamante; la dificultad a la virtud; el dolor a la devoción, y el amargor al medicamento. Tal, por llegara a la pobreza, arroja sus escudos en el mismo mar que tantos otros sondean por todas partes para encontrar riquezas. Epicuro dice que el ser rico no es alivio, sino simplemente cambio de cuidados. Y esa verdad que no es la escasez, sino la abundancia lo que da margen a la codicia. Diré aquí lo que yo mismo he experimentado en este particular.

Después de salir de la infancia he vivido en tres condiciones de fortuna diferentes. La primera, que ha durado cerca de veinte años, la pasé sin otros medios que los fortuitos, dependiendo de las órdenes y ayuda de otro, sin rentas ni recursos seguros. Mis gastos los hacía tanto más alegremente y con norma tanto menor cuanto que el fundamento de los mismos era el azar de la fortuna. No recuerdo haber estado nunca mejor. Jamás me sucedió encontrar cerrada la bolsa de mis amigos, prometiéndome yo siempre, por cima de cualquiera otra necesidad, no dejar de pasar el plazo que me había impuesto para pagar la deuda. De suerte que la lealtad obligábame a ser económico. Experimento cierto gozo cuando pago, como si descargara   -213-   mis hombros de un peso enojoso, y de una imagen de la servidumbre, de la propia suerte que me cosquillea el contento cuando realizo una acción justa o contribuyo a la alegría ajena. Y no hablo de aquellos pagos en que precisa contar y regatear, los cuales, cuando no encuentro una persona a quien encomendarlos, los aplazo vergonzosamente cuanto puedo por temor del altercado a que ni mi carácter ni mi modo de hablarse prestan en modo alguno. No hay nada que yo odie tanto como el regateo, que considero como un puro comercio de gitanería y desvergüenza; después de una hora de debate y de palabras inútiles, comerciante y comprador abandonan su palabra y juramentos por la módica suma de cinco cuartos de más o de menos. Así es que siempre pedía yo dinero prestado con desventaja, pues no osando solicitarlo en persona lo hacía por escrito, o que me parecía menos penoso, pero en cambio hacía más fácil rechazar el servicio solicitado. El éxito de mi petición encomendábalo a los astros, con alegría y libertad mayores que andando el tiempo no he puesto en la previsión ni en el buen sentido. La mayor parte de las personas ordenadas, juzgan horrible vivir así en la incertidumbre, mas no advierten que casi todo el mundo vive de este modo; ¡cuántos hombres honrados han dejado lo cierto por lo dudoso y siguen dejándolo todos los días por buscar el favor de los monarcas y el de la fortuna! César contrajo deudas por valor de un millón de oro, además de haber gastado su caudal personal, por llegar a ser emperador; ¡y cuántos comerciantes hay que comienzan su tráfico vendiendo su alquería, cuyo importe envían a las Indias!


Tot per impotentia freta!336



Vemos, en una época tan poco devota como la nuestra, mil y mil congregaciones que pasan gratamente su existencia esperando todos los días de la liberalidad celeste lo más indispensable para la vida. En segundo lugar, no echan de ver aquellas personas que la certidumbre en que se fundan no es menos incierta que el mismo acaso. Yo veo tan cerca la miseria más allá de los dos mil escudos de renta, como si la carencia de recursos me alcanzara; pues aparte de que la suerte puede abrir cien huecos a la pobreza, al través de nuestras riquezas no existe a las veces diferencia alguna entre la suprema y la ínfima fortuna:


Fortuna vitrea est: tum, quum splendet, frangitur.337



La casualidad puede deshacer de un soplo todas nuestras fortificaciones y medios de defensa; tan ordinariamente se ve la indigencia entre los que poseen bienes, como entre los   -214-   que no los poseen; la indigencia no es más soportable cuando está sola, que cuando va acompañada de riquezas, las cuales más dependen del orden que de la abundancia de bienes: faber est suae quisque fortunae338. Me parece más miserable un rico disgustado, necesitado, ocupado constantemente en sus negocios, que quien es pobre solamente. In divitiis inopes, quod genus egestatis gravissimum est339. Los príncipes más poderosos y ricos suelen verse empujados por la pobreza y la escasez a la necesidad más extrema. ¿Hay necesidad mayor que la de convertirse en injustos y usurpadores tiranos de los bienes de sus súbditos?

Mi segunda manera de vida fue la detener dinero, en la posesión del cual tomé empeño e hice pronto provisiones importantes, dadas mi fortuna y condición. Estimando que no podía llamarse tener sino cuando se posee mucho más de lo que se gasta de ordinario, y que no puede uno fiarse en los intereses que están por venir, aun cuando su recepción sea poco dudosa, porque, decía yo para mis adentros, que es necesario, por si cualquier accidente imprevisto me sorprende. De acuerdo con precauciones tan vanas y absurdas iba yo economizando para proveer con la reserva superflua a todos los acontecimientos venideros, y sabía responder a quien me argumentaba contra mi conducta, que en la vida es infinito el número de dificultades que surgen imprevistas y que si el dinero no servía para hacer frente a todas, aliviaba al menos la mayor parte. Además, yo no hacía tales declaraciones sin ser forzado a ello previamente; convertía en secreto mi riqueza, y yo que gusto tanto hablar de todo cuanto conmigo se relaciona, no decía palabra de mi dinero sino para mentir, como hacen los que quieren pasar por pobres siendo ricos, o viceversa, los que quieren aparentar riqueza siendo pobres, dispensando su conciencia de testimoniar sinceramente lo que poseen. ¡Prudencia ridícula y vergonzosa, en verdad! ¿Iba a emprender un viaje? Nunca me parecía llevar recursos y cuanto más cargaba mi gaveta, más aumentaba mi intranquilidad; unas veces por la poca seguridad de los caminos, otras por no tener confianza en los que conduelan mi bagaje, del cual, como acontece a otras personas que conozco, no estaba seguro sino cuando lo tenía delante de mis ojos. ¿Dejaba mi bolsa en casa? ¡Qué número de sospechas y malos pensamientos! y lo que es peor todavía, sin osar comunicárselos a nadie. Mi mente iba por doquiera unida a mi tesoro; jamás se apartaba de él. Todo considerado, cuesta más trabajo guardar el dinero que adquirirlo. Si mis cuidados no eran tan grandes como llevo dicho, por lo menos me era bien difícil desposeerme de ellos. Ventajas   -215-   ni provechos procurábame pocos o ninguno; por haber más recursos de que echar mano, la riqueza no me pesaba menos; pues como decía Bion, el cabelludo como el calvo se enfadan lo mismo cuando les arrancan el pelo; y luego de estar acostumbrados a tener la idea fija sobre cierto tesoro, el oro ya no está a vuestro servicio; ni siquiera osaréis tocarlo; se convierte en un edificio que se vendrá abajo con sólo llegarle con las manos. Preciso es que la necesidad os ahogue para decidiros a empezarlo. En mi primera manera de vivir empeñaba yo mi ropa, o vendía un caballo con mucha mayor facilidad y contrariedad menor que no hubiera sacado un maravedí de aquella bolsa querida que tenía de reserva. Pero el mal estaba en la dificultad de poner un límite determinado al deseo constante del guardar (¡es tan difícil el señalar los confines de las cosas que se creen buenas!) y el detenerse en la economía razonable... Constantemente vase engruesando el montón y aumentándolo hasta el punto de privarse villanamente del disfrute de sus propios bienes, y se hace consistir todo el goce supremo en el guardar y en no gastar nada. Según esta cuenta, las entes de mayores recursos son las que cobran los impuestos de puertas en las grandes ciudades. Todo hombre adinerado es avaricioso, a mi manera de ver. Platón coloca, en el orden siguiente los bienes corporales o humanos: salud, belleza, fuerza y riqueza; y la riqueza, añade, no es ciega sino muy clarividente citando la prudencia la ilumina. Dionisio, el hijo, tuvo un rasgo ingenioso: advertido de que uno de sus siracusanos había ocultado en la tierra un tesoro, dijo al avaro que se lo llevase, lo cual hizo éste; pero sin que Dionisio lo echara de ver, pudo reservarse una parte, con la que se fue a vivir a otra ciudad, en la cual, como hubiera perdido el hábito de atesorar, vivió liberalmente. Enterado Dionisio de su conducta, mandó que se le devolviera el resto del tesoro, alegando que, puesto que ya sabía usar de su riqueza, entregábasela de buen grado.

Llevé algunos años ese género de vida, y no sé qué buen espíritu me arrancó de ella, como al siracusano, con mucha ventaja y provecho, arrojando al viento aquella bolsa memorable. Merced al placer de cierto viaje que exigía grandes gastos, mi imaginación abandonó por completo la idea constante de atesorar, por donde entré en un tercer modo de vivir mucho más agradable, en verdad y también mucho mejor ordenado, pues al presente mis gastos, van, sobre poco más o menos, a la par de mis ingresos: de todas suertes, la diferencia es escasa entre los unas y los otros. Vivo al día, y me conformo con disponer de lo necesario para hacer frente a mis necesidades ordinarias; cuanto a las extraordinarias, todas las economías del mundo no bastarían a satisfacerlas. Tengo por loco al que cree que la   -216-   fortuna es un arma poderosa contra todos los peligros; debemos combatir con las nuestras propias los reveses de la desdicha. El dinero nada puede contra lo extraordinario y lo imprevisto. Si al presente pongo a un lado algún dinero, lo hago sólo para emplearlo en la adquisición de algún objeto; no precisamente para comprar tierras, que no me faltan, sino para procurarme alguna cosa de mi agrado. Non esse cupidum, pecunia est; non esse emacen, vestigal est340. Y no me aqueja el temor de que el bienestar me falte, ni deseo tampoco que sea mayor que el que disfruto: divitiarum fructus est in copia; copiam declarat satietas341: me congratulo singularmente de haber llegado a este estado de espíritu habiendo partido de una idea naturalmente inclinada a la avaricia; me satisface el verme desligado de esa locura tan frecuente en los viejos, y que es el más ridículo entre todos los humanos extravíos.

Feraulas, que había vivido en la escasez y en la abundancia, vio bien que el aumento de los bienes no está en relación directa con el crecimiento de los deseos en el beber, comer, dormir y gozar los placeres del amor. Sintió, además, que pesaba excesivamente sobre sus hombros la importunidad de la economía como a mi me aconteció, y decidió hacer feliz a un joven pobre, amigo suyo, a quien la idea de ser rico enloquecía: Hízole el presente de todos sus bienes superfluos y de todos los que a diario adquiría merced a la liberalidad de Ciro, su buen señor, y también de los que la guerra le proporcionaban, con la sola condición de que en lo sucesivo Feraulas había de ser el pupilo del joven, manteniéndole y suministrándole lo necesario, como a su huésped y amigo. Así vivieron dichosamente, ambos igualmente contentos con el cambio de situación.

He ahí un ejemplo que yo imitaría de buena gana. Igualmente enaltezco la conducta de un prelado anciano a quien he visto encomendar su bolsa, los ingresos que le procuraba el ejercicio de su cargo, sus rentas y sus gastos, unas veces a un servidor preferido, otras a otro, de suerte que pasé buen número de años tan ignorante como un extraño de los negocios de su palacio. La confianza en la bondad ajena es testimonio casi irrecusable de la propia hombría de bien, por lo cual el señor la favorece de buen grado. Y por lo que al prelado toca, jamás vi casa mejor gobernada ni más dignamente administrada que la suya. Feliz quien ordena sus necesidades conforme a determinación tan justa, y logra que sus recursos las satifagan, sin ocasionarse desvelos ni cuidados, y sin que sus dispendios o economías interrumpan las ocupaciones des su cargo, más adecuadas,   -217-   más tranquilas y más en armonía con la peculiar inclinación.

Así, pues, el bienestar o la indigencia dependen de la opinión personal. La riqueza, la gloria, la salud, tienen solamente el alcance y ocasionan sólo el placer que las presta quien las posee. La situación de cada uno es buena o mala según su parecer individual, no está precisamente satisfecho del vivir aquél a quien los demás creen feliz, sino el que se cree tal, y en este punto solamente la creencia es esencialmente cierta. La fortuna no nos procura ni el bien ni el mal, muéstranos únicamente la materia y la semilla, las cuales nuestra alma, más poderosa que ellas, transforma y elabora como le place, siendo la causa exclusiva de su condición feliz o desdichada. Los acontecimientos exteriores adquieren color y sabor merced a la interna constitución de cada uno, de igual suerte que los vestidos nos abrigan, no por su calor intrínseco, sino por el que nosotros les comunicamos, el cual guardan y alimentan; quien abrigara un cuerpo frío alcanzaría idéntico efecto por medio del frío: así se conservan la nieve y el hielo. En conclusión, del propio modo que el estudio atormenta a los haraganes, a los borrachos la abstinencia del vino, la continencia al lujurioso y el ejercicio al hombre muelle, delicado u ocioso, así acontece con todo lo demás. Las cosas no son difíciles ni dolorosas por sí mismas; nuestra debilidad y cobardía las hace tales. Para juzgar de las que son grandes y elevadas precisa tener un alma elevada y grande, de otro modo atribuirémosles el vicio que reside en nosotros; un remo derecho parece quebrado dentro del agua. No basta sólo ver la cosa, importa grandemente reparar de qué modo se la considera.

Ahora bien, ¿por qué entre tantos razonamientos como ejercen influencia varía sobre los hombres, en punto a ver tranquilos la muerte y soportar el dolor con calma, no encontramos alguno que nos sirva de provecho? Y de tantas suertes de convicciones como nos impelen a realizar las ideas ajenas, ¿por qué cada cual no practica las que mejor se avienen con su carácter? Si tal medicamento no puede aceptarse en toda su rudeza bienhechora a fin de desarraigar el mal, aplíquese al menos dulcificado, para aliviarlo Opinio est quaedam effeminata ac levis, nec in dolors maqis, quam eadem in voluptate: qua quum liquescim in fluimusque mollitia, apis aculeum sine clamore ferre nou possumus... Totum in eo est, ut tibi imperes342. Por lo demás, no se rehuyen los dolores exagerando su dureza ni aumentando las flaquezas humanas; el buen sentido nos   -218-   pone de manifiesto estos incontrovertibles argumentos: «Si es malo vivir en la necesidad, al menos de necesidad alguna.» «Nadie vive mal durante largo tiempo sino por su propia culpa.» A quien carece de fuerzas para soporatar la muerte; a quien no quiere ni resistir ni huir, ¿qué remedio puede recomendársele?




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Capítulo XLI

De la codicia de la gloria


De todos los ensueños de este mundo ninguno hay más universalmente aceptado y extendido que la ceguedad del renombre y de la gloria, la cual nos domina con tal imperio, que a ella sacrificamos las riquezas, el sosiego, la vida y la salud, que son bienes efectivos y tangibles, para ir en pos de aquella vana imagen engañadora, que es voz sin cuerpo ni figura:


La fama, che invaghisce a un dolce suono
voi superbi mortali, e par si bella,
e un eco, un sogno, anzi del sogno un'ombra
ch'ad ogni vento si dilegua o agombra.343



De cuantos sentimientos irrazonables el hombre alimenta, diríse que hasta los mismos filósofos se libran más tarde y con mayor dificultad de esta quimera que de ninguna otra, por ser la más tenaz y persistente: quia etiam bene proficientes animos tentare non cessat344. Ninguna ilusión existe de que la razón acuse tan claramente la vanidad, pero ésta reside en nosotros de manera tan viva y arraigada, que ignoro si jamás hombre alguno ha sido capaz de desembarazarse de ella por completo. Después de haberlo dicho todo; después de haberlo todo imaginado para combatirla, todavía produce en nuestra alma una inclinación tan intensa y avasalladora, que deja pocas probabilidades de vencerla; pues como Cicerón afirma, hasta los mismos que la combaten quieren que los libros que componen con tal designio lleven su nombre, pretenden conquistarla por haberla desdeñado. Todas las demás cosas de la vida se comunican de buen grado, mas de la gloria nos encontramos avaros; prestamos nuestros bienes, sacrificamos nuestra vida a las necesidades de nuestros amigos; pero hacer jamás a otro presente del propio honor y gloria, es caso peregrino e inaudito.

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En la guerra contra los cimbrios345 hizo Catulo Luctacio cuantos esfuerzos estuvieron en su mano por detener a sus soldados que huían ante el enemigo, y se colocó entre ellos, simulando la cobardía y el miedo, a fin de que su ejército pareciese más bien seguirle, que escapar ante los adversarios. Por ocultar la deshonra ajena perdía la propia reputación. Citando Carlos V pasó a Provenza, en el año 1537, asegúrase que Antonio de Leyva, viendo al emperador decidido a emprender la expedición, que consideraba de sumo provecho para su gloria, fue de parecer, sin embargo, aparentemente que el monarca no la hiciera, y trató de disuadirle con objeto de que todo el honor y la gloria del proyecto fuesen atribuidos a Carlos V, y que se encarecieran luego su perspicacia y previsión, puesto que contra la opinión de todos se oponía al viaje. Habiendo los embajadores de Tracia dado el pésame a Arquileonide, madre de Brásidas, por la muerte de su hijo, cuya memoria ensalzaron hasta asegurar que en el mundo no existía quien se le asemejara, aquélla rechazó la alabanza privada para comunicarla al pueblo, reponiendo: «No me habléis de tal suerte; bien sé que en la ciudad de Esparta hay muchos ciudadanos más grandes y más valientes que mi hijo.» En la batalla de Crecy se encomendó al príncipe de Gales, joven aún, el mando le la vanguardia; la resistencia principal del encuentro tuvo lugar precisamente merced al arrojo de dichas fuerzas; hallándose en situación comprometida, los señores que le acompañaban rogaron al rey Eduardo que se acercara para socorrerle. Informado éste de la situación de su hijo, tuvo conocimiento de que aún se mantenía vivo sobre su caballo, y exclamó: «Le perjudicaría si fuese a despojarle del honor de la victoria de este combate, a que hasta ahora con solas sus fuerzas ha hecho frente; la gloria debe pertenecerle por entero.» No queriendo verle ni enviar a nadie en su ayuda, y conociendo que de obrar diferentemente hubiérase dicho que habría perdido sin su concurso, y que se le atribuiría la gloria del combate. Semper enim quod postremum adjectum est, id rem totam videlur traxisse346. Algunos creían en Roma, y era frecuente oírlo, que las principales hazañas de Escipión eran en parte debidas a Lelio, el cual sin embargo proclamaba y secundaba por todas partes la grandeza y gloria de aquél, sin preocuparse para nada de las suyas. Teopompo, rey de Esparta, contestaba a los que le decían que la república se mantenía bajo su mando porque era un excelente gobernante, que no era aquélla la causa, sino que el pueblo sabía obedecer las leyes.

  -220-  

Como la mujeres que sucedían a los pares, no obstante su sexo, tenían el derecho de asistir y emitir su opinión en las causas pertenecientes a la jurisdicción de aquéllos, así los eclesiásticos, a pesar de su profesión, estaban obligados a prestar su concurso a los reyes en las guerras, no sólo con sus amigos y servidores, sino con sus personas mismas. Encontrándose el obispo de Beauvais con Felipe Augusto en la batalla de Bouvines, tomó una parte ardorosa en el combate, mas pareciole que no debía sacar ningún provecho de la gloria de una batalla que había sido tan sangrienta el prelado se había hecho dueño de algunos enemigos aquel día, entregábalos al primer caballero que encontraba para que los ahorcase o hiciese prisioneros, creyendo resignar con ello toda responsabilidad; así puso en manos a Guillermo, conde de Salsberi, del señor Juan de Nesle. Por un caso singular de sutileza de conciencia, semejante al de que antes hablé, estaba conforme con matar, pero no con herir, por lo cual combatía con una gruesa maza. Alguien en mi tiempo, a quien el rey censuró por haber puesto las manos en un eclesiástico, lo negaba en redondo con toda frescura, y alegaba que no había hecho más que echarle por tierra y pisotearle.




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Capítulo XLII

De la desigualdad que existe entre nosotros


Dice Plutarco, en un pasaje de sus obras, que encuentra menos diferencia entre dos animales que entre un hombre y otro hombre; y para sentar este aserto habla sólo de la capacidad del alma y de sus cualidades internas. Yo, a la verdad, creo firmemente que Epaminondas, según yo lo imagino, sobrepasa en grado tan supremo a tal o cual hombre que conozco (y hablo de uno capaz de sentido común) que a mi entender puede amplificarse el dicho de Plutarco, diciendo que hay mayor diferencia de tal hombre a cual otro, que entre tal hombre y tal animal:


Hem!, vir viro quid praestat?347



y que existen tantos grados en el espíritu humano como razas de la tierra al cielo, y tan innumerables. Y a propósito del juicio que se hace de los hombres, es peregrino que, salvo personas, ninguna otra cosa se considere más que   -221-   por sus cualidades peculiares. Alabamos a un caballo por su vigor y destreza,


Volucrem
sic laudamus equum, facili cul plurima palma
fervet, et exsultat rauco victoria circo348,



no por los arreos que le adornan; a un galgo por su rápida carrera, no por el collar que lleva; a un halcón por sus alas, y no por sus adminículos venatorios; ¿porqué no hacemos otro tanto con los hombres, estimándoles sólo por las cualidades que constituyen su naturaleza? Tal individuo lleva una vida suntuosa, es dueño de un hermoso palacio, dispone de crédito y rentas, pero todo eso está en su derredor, no dentro de él. Si tratáis de adquirir un caballo, le despojáis primero de sus arneses, le veis desnudo y al descubierto; o si tiene algo encima, como antiguamente se presentaban a nuestros príncipes cuando querían comprarlos, sólo les cubre las partes principales, cuya vista es menos necesaria para formar idea de sus cualidades, a fin de que no se repare en la hermosura del pelo o en la anchura de sus ancas, sino más principalmente en las manos, los ojos y el casco, que son los miembros que prestan al animal mayores servicios:


Regibus hic mos est: ubi equos mercantur, opertos
inspiciunt; ne, si facies, ut saepe, decora
molli fulta pede est, emptorem inducat hiantem,
quod pulchrae clunes, breve quod caput, ardua cervix349



¿por qué al poner nuestra atención en un hombre le consideramos completamente envuelto y empaquetado? Así no nos muestra sino las cosas que en manera alguna le pertenecen, y nos oculta aquellas por las cuales solamente puede juzgarse de su valer. Lo que se busca es el valor de la espada, no el de la vaina que la cubre; por aquélla no se daría quizás ni un solo ochavo si se viera desnuda. Es preciso juzgar al hombre por sí mismo, no por sus adornos ni por el fausto que le rodea, y como dice ingeniosamente un antiguo filósofo: «¿Sabéis por qué le creéis de tal altura? porque no descontáis los tacones.» «El pedestal no entra para nada en la estatua, medidle sin sus zancos; que ponga a un lado sus riquezas y honores, y que se presente en camisa. ¿Tiene el cuerpo bien dispuesto a la realización de todas sus funciones? ¿Goza de buena salud, y está contento? ¿Cuál es el temple de su alma? ¿Esta es hermosa, capaz,   -222-   y se halla felizmente provista de todas las prendas que constituyen un alma perfecta? ¿Es rica por sus propios dones, o por dones prestados? ¿La es indiferente la fortuna? ¿Es capaz de aguardar los males con presencia de ánimo? ¿Posee empeño en saber si el lugar por donde la vida nos escapa es la boca o la garganta? ¿Tiene el alma tranquila, constante y serena? He aquí todo cuanto es indispensable considerar para informarse de la extrema diferencia que existe entre los hombres. Es, como Horacio decía:


Sapiens, sibique imperiosus;
quem neque pauperies, neque mors, neque vincula terrent;
responsare cupidinibus, contemnere honores
fortis; et in se ipso totus teres atque rotundus,
externi ne quid valeat por laeve morari;
in quem manca ruit semper fortuna?350



Un hombre de tales prendas está a quinientas varas por cima de reinos y ducados. Él mismo constituye su propio imperio,


Sapiens... poi ipse fingit fortunam sibi351:



¿qué más puede desear?


Nonne videmus,
nil aliud sibi naturam latrare, nisi ut, quoi
corpore sejunctus dolor absit, mente fruatur
jucundo sensu, cura semotu metuque?352



Comparad con él la turba estúpida, baja, servil y voluble, que flota constantemente a merced del soplo de las múltiples pasiones que la empujan y rempujan, y que depende por entero de la voluntad ajena, y encontraréis que hay mayor distancia entre uno otro que la que existe del cielo a la tierra. Y sin embargo la ceguedad de nuestro espíritu es tal que en las cosas dichas no reparamos al juzgar a los hombres, allí mismo donde si comparásemos un rey y un campesino un noble y un villano, un magistrado y un particular, un rico y un pobre, preséntanse a nuestra consideración, por extremos diferentes, no obstante podría decirse que no lo son más que por el vestido que llevan.

El rey de Tracia distinguíase de su pueblo por modo bien característico y altanero; profesaba una religión distinta; tenía un dios para él solo, que a sus súbditos no les era permitido adorar, Mercurio, y desdeñaba las divinidades   -223-   a que sus vasallos rendían culto: Marte, Baco y Diana. Tales distinciones no son más que formas externas, que no establecen ninguna diferencia esencial, pues a la manera de los cómicos que en escena representan ya un duque o un emperador, ya un criado o un miserable ganapán, y ésta es su condición primitiva, así el emperador cuya pompa os deslumbra en público,


Scilicet et grandes viridi cum luce smaragdi
auro includuntur, teriturque thalassina vestis
assidue, et Veneris audorem exercita potat353:



vedle detrás del telón; no es más que un hombre como los demás, y a veces más villano que el último de sus súbditos: ille beatus introrsum est; istius bracteata felicitas est354; la cobardía, la irresolución, la ambición, el despecho y la envidia, le agitan como a cualquiera otro hombre:


Non enint gazae, neque consularis
summovet lictor miseros tumultus
mentis, et curas laqueata circum
       tecla volantes355:



y la intranquilidad y el temor le dominan aun en medio de sus ejércitos.


Re veraque metus hominum, curaeque sequaces
nec metuunt sonitus armorum, nec fera tela;
audacterque inter reges, rerumque potentes
versantur, neque fulgorem reverentur ab auro.356



La calentura, el dolor de cabeza y la gota, le asaltan como a nosotros. Cuando la vejez pesa sobre sus hombros, ¿podrán descargarle de ella los arqueros de su guardia? Cuando el horror de la muerte le hiere, ¿podrá tranquilizarse con la compañía de los nobles de su palacio? Cuando se halla dominado por la envidia o el mal humor, ¿le calmarán nuestros corteses saludos? Un dosel cubierto de oro y pedrería carece por completo de virtud para aliviar los sufrimientos de un doloroso cólico.


Nec calidae citius decedunt corpore febres,
textilibus si in picturis, ostroque rubenti
jactaris, quam si plebeia in vesto cubandum est.357



  -224-  

Los cortesanos de Alejandro Magno le hacían creer que Júpiter era su padre. Un día que fue herido, al mirar cómo la sangre salía de sus venas «Qué me decís ahora? dijo. No es esta sangre roja como la de los demás humanos? Es bien diferente de la que Homero hace brotar de las heridas de los dioses.» El poeta Hermodoro compuso unos versos en honor de Antígono, en los cuales le llamaba hijo del sol; éste contestó que no había tal, y añadió: «El que limpia mi sillón de servicio, sabe muy bien que no hay nada de eso.» Es un hombre como todos los demás,.y si por naturaleza es un hombre mal nacido, el mismo imperio del universo mundo no podrá darle un mérito que no tiene.

Puellae
nunc rapiant; quidquid calcaverit hic, rosa fiat.358



¿Qué vale ni qué significa toda la grandeza si es un alma estúpida y grosera? El placer mismo y la dicha no se disfrutan careciendo de espíritu y de vigor:


Haec perinde sunt, ut illius animus, qui ea possidet:
qui uti scit, ei bona; illi, qui non utitur recte, mala.359



Para gozar los bienes de la fortuna tales cuales son es preciso estar dotado del sentimiento propio para disfrutarlos. El gozarlos no el poseerlos, es lo que constituye nuestra dicha.


Non domus el fundus, non aeris acervus,
aegroto domini deduxit corpore febres,
non animo curas. Valeat possessor oportet.
Qui comportatis rebus bene cogitat uti:
qui cupit, aut metuit, juvat illum sic domus, aut res,
ut lippum pictae tabulae, fomenta podagram.360



Si una persona es tonta de remate, si su gusto está pervertido o embrutecido, no disfruta de aquéllos, del propio modo que un hombre constipado no puede gustar la dulzura del vino generoso, ni un caballo la riqueza del arnés que le cubre. Dice Platón que la salud, la belleza, la fuerza, las riquezas, y en general todo lo que llamamos bien, se convierte en mal para el injusto y en bien para el justo, y el mal al contrario. Además, cuando el alma o el cuerpo sufren, ¿de qué sirven las comodidades externas, puesto su que el más leve pinchazo de alfiler, la más insignificante   -225-   pasión del alma bastan a quitarnos hasta el placer que podría procurarnos el gobierno del mundo? A la primera manifestación del dolor de gota, al que la padece, de nada le sirve ser gran señor o majestad,


Totus et argento confiatus, totus et auro361,



¿no se borra en su mente el recuerdo de sus palacios y de sus grandezas? ¿Si la cólera le domina, su principalidad le preserva de enrojecer, de palidecer, de que sus dientes rechinen como los de un loco? En cambio, si se trata de un hombre de valer y bien nacido, la realeza añade poco a su dicha:


Si ventri bene, si lateri est, pedibusque tuis, nil
divitiae poterunt regales addere majus362;



verá que los esplendores y grandezas no son más que befa y engaño, y acaso será el parecer del rey Seleuco, el cual aseguraba que quien conociera el peso de un cetro no se dignaría siquiera recogerlo del suelo cuando la encontrara por tierra; y era ésta la opinión de aquel príncipe por las grandes y penosas cargas que incumben a un buen soberano. No es ciertamente cosa de poca monta tener que gobernar a los demás cuando el arreglo de nuestra propia conducta nos ofrece tantas dificultades. En cuanto al mandar, que parece tan fácil y hacedero, si se considera la debilidad del juicio humano y la dificultad de elección entre las cosas nuevas o dudosas, yo creo que es mucho más cómodo y más grato el obedecer que el conducir, y que constituye un reposo grande para el espíritu el no tener que seguir más que una ruta trazada de antemano, y el no tener tampoco que responder de nadie, más que de sí mismo:


Ut satius multo jam sit parere quietum,
quam regere imperio res velle.363



Decía Ciro que no pertenecía el mando sino a aquel que es superior a los demás. El rey Hierón, en la historia de Jenofonte, dice más todavía en apoyo de lo antecedente que en el goce de los placeres mismos son los reyes de condición peor que los otros hombres por el bienestar y la facilidad de los goces les quitan el sabor agridulce que nosotros encontramos en los mismos.


Pinguis amor, nimiumque potens, in taedia nobis
    vertitur, et, stomacho dulcis ut esca, nocet.364



  -226-  

¿Acaso los monaguillos que cantan en el coro encuentran placer grande en la música? La saciedad la convierte para ellos en pesada y aburrida. Los festines, bailes, mascaradas y torneos divierten a los que no los presencian con frecuencia, a los que han sentido anhelo por verlos; mas a quien los contempla a diario lo cansan, son para él insípidos y desagradables; tampoco las mujeres cosquillean a quien puede procurárselas a su sabor; el que no aguarde a tener sed, no experimentará placer cuando beba; las farsas de los titiriteros nos divierten, pero a los que las representan los fatigan y dan trabajo. Y la prueba de que todo esto es verdad, es que constituye una delicia para los príncipes el poder alguna vez disfrazarse, descargarse de su grandeza, para vivir provisionalmente con la sencillez de los demás hombres:


Plerumeque gratae principibus vices,
mundaeque parvo sub lare pauperum
    caenae, sine aulaeis et ostro,
       sollicitam explicuere frontem.365



Nada hay tan molesto ni que tanto empache como la abundancia. ¿Qué lujuria no se asquearía en presencia de trescientas mujeres a su disposición, como las tiene actualmente el sultán en su serrallo? ¿Qué placer podría sacar de la caza un antecesor del mismo, que jamás salía al campo sin la compañía de siete mil halconeros? Yo creo que el brillo de la grandeza procura obstáculos grandes al goce de los placeres más dulces. Los príncipes están demasiado observados, en evidencia siempre, y se exige de ellos que oculten y cubran sus debilidades, pues lo que en los demás mortales es sólo indiscreción, el pueblo lo juzga en ellos tiranía, olvido y menosprecio de las leyes. Aparte de la inclinación al vicio diríase que los soberanos juntan el placer de burlarse y pisotear las libertades públicas. Platón en su diálogo Gorgias, entiende por tirano aquel que tiene licencia para hacer en una ciudad todo cuanto le place; por eso en muchas ocasiones la vista y publicidad de los monarcas es más dañosa para las costumbres que el vicio mismo. Todos los mortales temen ser vigilados; los reyes lo son hasta en sus más ocultos pensamientos, hasta en sus gestos; todo el pueblo eres tener derecho e interés en juzgarlos. Además, las manchas adquieren mayores proporciones según el lugar en que están colocadas; una peca o una verruga en la frente parecen mayores que en otro lugar no lo sería una profunda cicatriz. He aquí por qué los poetas suponen los amores de Júpiter conducidos bajo otro aspecto diferente del suyo verdadero; y de tan   -227-   diversas prácticas amorosas como le atribuyen, no hay más que una sola en que aparezca representado en toda su grandeza y majestad.

Pero volvamos a Hierón, el cual refiere también cuántas molestias su realeza le proporciona, por no poder ir de viaje con entera libertad, sintiéndose como prisionero dentro de su propio país, y a cada paso que da, viéndose rodeado por la multitud. En verdad, al ver a nuestros reyes sentados solos a la mesa, sitiados por tantos habladores y mirones desconocidos, he experimentado piedad más que ojeriza. Decía el rey Alfonso que los asnos eran en este punto de condición mejor que los soberanos; sus dueños los dejan pacer a sus anchas, y los reyes no pueden siquiera alcanzar tal favor de sus servidores. Nunca tuve por comodidad ventajosa, para la vida de un hombre de cabal entendimiento, el que tenga una veintena de inspeccionadores cuando se encuentra sentado en su silla de asiento; ni que los servicios de un hombre que tiene diez mil libras de venta, o que se hizo dueño de Casai y defendió Siena, fueran mejores y más aceptables que los de un buen ayuda del cámara lleno de experiencia. Las ventajas de los príncipes son casi imaginarias; cada grado de fortuna tiene alguna imagen de principado; César llama reyezuelos a los señores de Francia, que en su tiempo tenían derecho de justicia. Salvo el nombre de Sire, que los particulares no tenemos, todos somos poderosos con nuestros reyes. Ved en las provincias apartadas de la corte, en Bretaña, por ejemplo, el lujo, los vasallos, los oficiales, las ocupaciones, el servicio y ceremoniales de un caballero retirado, que vive entre sus servidores; ved también el vuelo de su imaginación; nada hay que más de cerca toque con la realeza; oye hablar de su soberano una vez al año, como del rey de Persia, y no la reconoce sino por cierto antiguo parentesco que su secretario guarda anotado en el archivo de su castillo. En verdad nuestras leyes son sobrado liberales, y el peso de la soberanía no toca a un gentilhombre francés apenas dos veces en toda su vida. La sujeción esencial y efectiva no incumbe entre nosotros sino a los que se colocan al servicio de los monarcas, y tratan de enriquecerse cerca de ellos, pues quien quiere mantenerse obscuramente en su casa, sabe bien gobernarla sin querellas ni procesos, es tan libre como el dux de Venecia. Paucos servitus, plures servitutem tenent366. Hierón insiste principalmente en la circunstancia de verse privado de toda amistad y relación social, en la cual consiste el estado más perfecto y el fruto más dulce de la vida humana. Porque, en realidad, puede decirse el monarca: «¿Qué testimonio de afecto ni de buena voluntad puedo yo   -228-   alcanzar de quien me debe, reconózcalo o no, todo cuanto es y todo cuanto tiene? ¿Puedo yo tomar en serio su hablar humilde cortés reverencia, si considero que no depende de él proceder de otro modo? El honor que nos tributan los que nos temen, no merece tal nombre; esos respetos tribútanse a la realeza, no al hombre:


    Maximum hoc regni bonum est,
quod facta domini cogitor populus sui
quam ferre, tain laudare.367



¿No veo yo que esos honores reverencias se consagran por igual al rey bueno o malo, al que se odia lo mismo que al que se ama? De iguales ceremonias estaba rodeado mi predecesor; de idénticas lo será mi sucesor. Si de mis súbditos no recibo ofensa, con ello no me testimonian afección alguna. ¿Por qué interpretar su conducta de esta suerte, si se considera que no podrían inferirme daño aun cuando en ello pusieran empeño? Ninguno me sigue, ama, ni respeta por la amistad particular que pueda existir entre él y yo, pues la amistad es imposible donde faltan la relación y correspondencia; mi altura me ha puesto fuera del comercio de los hombres; hay entre éstos y yo demasiada distancia, demasiada disparidad. Me siguen por fórmula y costumbre, o más bien que a mí a mi fortuna, para acrecentar la suya. Todo cuanto me dicen y todo cuanto hacen no es más que artificio, puesto que su libertad está coartada por doquiera, gracias al poder omnímodo que tengo sobre ellos; nada veo en derredor mío que no está encubierto y disfrazado.»

Alabando un día sus cortesanos a Juliano el emperador porque administraba una justicia equitable, el monarca les contestó: «Enorgulleceríanme de buen grado esas alabanzas si viniesen de personas que se atrevieran a acusar o a censurar mis actos dignos de reproche.» Cuantas ventajas gozan los príncipes son comunes con las que disfrutan los hombres de mediana fortuna (sólo en manos de los dioses hombres reside el poder de montar en caballos alados y alimentarse de ambrosía), no gozan otro sueño ni apetito diferentes de los nuestros; su acero tampoco es de mejor temple que el de que nosotros estamos armados, su corona no les preserva de la lluvia ni del sol.

Diocleciano, que ostentó una diadema tan afortunada y reverenciada, resignola para entregarse al placer de una vida recogida; algún tiempo después, las necesidades de los negocios públicos exigieron de nuevo su concurso, y Diocleciano contestó a los que le rogaban que tomara otra vez las riendas del gobierno: «No intentaríais persuadirme con   -229-   vuestros deseos si hubierais visto el hermoso orden de los árboles que yo mismo he plantado en mis jardines y los hermosos melones que he sembrado.»

En opinión de Anacarsis, el estado más feliz sería aquel en que todo lo demás siendo igual, la preeminencia y dignidades fueran para la virtud, y lo sobrante para el vicio.

Cuando Pirro intentaba invadir la Italia, Cineas, su prudente consejero, queriéndole hacer sentir la vanidad de su ambición, le dijo: «¿A qué fin, señor, emprendéis ese gran designio? -Para hacerme dueño de Italia», contestó al punto el soberano.» ¿Y luego, siguió el consejero, cuando la hayáis ganado? -Conquistaré la Galia y España. -¿Y después? -Después subyugaré el África; y por último, cuando haya llegado a dominar el mundo, descansaré y viviré contento a mi gusto. -Por Dios, señor, repuso Cineas al oír esto; decidme: ¿por qué no realizáis desde ahora vuestro intento? ¿por qué desde este momento mismo no tomáis el camino del asilo a que decís aspirar, y evitáis así el trabajo y los azares que vuestras expediciones acarrearán?»


Nimirum, quia non bene norat; quae esset habendi
finis, et omnino quoad crescat vera voluptas.368



Cerraré este pasaje con una antigua sentencia que creo singularmente adecuada al asunto de que hablo: Mores cuique sui fingunt fortunam369.




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Capítulo XLIII

De las leyes suntuarias


El medio de que nuestras leyes se valen para reglamentar los locos y vanos dispendios de las mesas y de los vestidos de los ricos, parece contradecir su fin. Yo creo que el procedimiento verdadero sería inculcar a los hombres el desprecio del oro y de la seda como cosas inútiles y fútiles. Aumentamos el brillo y precio de esas cosas, lo cual es contraproducente para apartar a los hombres del lujo; pues el ordenar que sólo los príncipes pueden comer salmón y gastar terciopelos y galones de oro, o impedírselo al pueblo, ¿qué es si no dignificar el fausto y acrecentar en los demás el deseo de disfrutarlo? Que los reyes realicen el acto heroico de abandonar esas muestras de grandeza, puesto que de otras muchas disfrutan; tales excesos son más excusables en otro cualquiera que en un príncipe. Por el ejemplo que varias naciones nos dan, podemos adoptar mejores medios de distinguirnos exteriormente, y lo mismo   -230-   nuestras categorías respectivas (yo creo que cada cual debe tener los honores pertinentes a su rango), sin atizar por ello la corrupción manifiesta que al excesivo lujo acompaña Es cosa peregrina el ver cómo la costumbre en estas cosas indiferentes implanta con facilidad suma el peso de su autoridad. Apenas si vestimos durante un año en la corte de paño negro por la muerte de Enrique II; verdad es que ya, en, opinión de todos, las sedas se habían desprestigiado tanto, que si alguien se veía ataviado con ellas tomábanle desde luego por un plebeyo. Usábanlas sólo los médicos y cirujanos, aunque alguien fuese vestido de igual modo existían diferencias visibles entre la categoría de las personas. ¡Cuán de pronto nuestros ejércitos dignifican, usándolos, los corpiños mugrientos de gamuza y de lienzo, y desdeñan los trajes ricos! Que los reyes sean los primeros en abandonar esos lujos, y un mes bastará para que los imitemos todos sin necesidad de edicto ni ordenanza. La ley debiera ordenar, por el contrario, la prohibición del color carmesí y las joyas a todo el mundo, salvo a los comediantes y cortesanas.

Por análogo procedimiento corrigió Zeleuco las costumbres corrompidas de los locrios. Sus ordenanzas declaraban, que la mujer de condición libre no podía llevar consigo más que una criada, salvo cuando aquélla estuviera borracha; que de noche no pudiera salir fuera de la ciudad, ni llevar joyas de oro para adornar su persona, ni traje enriquecido con brocado, si no era mujer pública o ramera; y que excepción hecha de los rufianes a ningún otro se lo permitiera llevar anillos de oro, ni traje lujoso, como son los que se hacen con las telas tejidas en la ciudad de Mileto.» Así valiéndose de esas excepciones vergonzosas, apartaba ingeniosamente a sus ciudadanos de las superfluidades y goces perniciosos; era un medio útil de atraer a los hombres por ambición y honor al deber y a la obediencia.

Todo lo pueden nuestros reyes en tales reformas externas; su voluntad sirve pronto de ley: Quidquid principes faciunt praecipere videntur370: el resto de Francia toma por norma la regla de la corte. Que se despojen de esa fea vestidura que muestra al descubierto la huella de nuestros miembros ocultos; de ese pesado y abultado corpiño, que nos hace distintos de lo que realmente somos, y que es tan incómodo para encerrarlo dentro de la coraza; de esas cabelleras luengas que nos afeminan; de la costumbre de besar las manos al saludar, ceremonia que se practicaba en otro tiempo sólo con los príncipes; evitese también el que un gentilhombre se encuentre en lugar de respeto sin tener la espada al costado, al desgaire y desabotonado, como si saliera   -231-   del retrete. Contra la costumbre de nuestros padres y la privativa libertad de la nobleza de nuestro reino, nos mantenemos descubiertos, aun estando bien lejos del soberano, en cualquier lugar que en éste se encuentre, de la propia suerte que ante cien otros: tan grande es el número que tenemos de tercios y cuartos de reyes; que se borren igualmente otras novedades análogas y no menos viciosas, y muy luego se verán desacreditadas y desvanecidas, sin que de ellas quede señal alguna. Son errores superficiales, mas por lo mismo de mal augurio, y sabemos por experiencia que el muro amenaza ruina cuando vemos descascarillarse el revoque de las paredes de nuestras casas.

Platón, en sus leyes, cree que no hay peste más perjudicial para su ciudad ideal, ni más dañosa, que el dejar a la juventud en libertad de cambiar los trajes, las diversiones y lo mismo los gestos, danzas, ejerqicios y canciones, y el que pase de unos a otros, removiendo su juicio, ya en una dirección, ya en la contraria; corriendo en pos de novedades y honrando a los que las inventan: todo lo cual contribuye a que las costumbres se corrompan, y a que las instituciones antiguas se desdeñen y caigan en descrédito. En todas las cosas, salvo naturalmente en las dañosas, la mutación es de temer: el cambio de las estaciones, el de los vientos, el de los alimentos que nos sustentan y el de los humores que nos gobiernan. Ninguna ley es digna de tanto crédito como aquellas a que Dios ha concedido duración bastante, de suerte que nadie conozca cuándo tuvieron su origen, ni que hayan sido jamás distintas.




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Capítulo XLIV

Del dormir


La razón nos ordena seguir siempre el mismo camino, pero no constantemente con igual paso, y aunque el filósofo no deba consentir que las humanas pasiones se desvíen de su derecho cauce, puede muy bien, sin faltar a su deber, darlas la libertad de apresurar o retardar su marcha, y no quedarse detenido cual coloso inmóvil e impasible. Aunque la propia virtud estuviera encarnada en él, su pulso se encontraría más agitado yendo a un asalto que cuando va, ásentarse a la mesa; y a veces es necesario que la misma virtud tome alientos y adquiera vigor. Por esta razón he advertido como cosa singular el ver algunas veces a los frandes personajes, en las empresas más preclaras y en los negocios más importantes, mantenerse tan firmes en su actitud, que ni siguiera dejaron de reparar sus fuerzas con el sueño. Alejandro el Grande, el día mismo asignado   -232-   para librar la furiosa batalla contra Darío, durmió tan profundamente y hasta una hora tan avanzada de la mañana, que Parmenión se vio obligado a entrar en su cuarto, acercarse al lecho, y llamarle hasta dos o tres veces para despertarle, pues llegaba la hora del combate. Habiendo decidido darse a muerte el emperador Otón, durmió sosegadamente la víspera, después de haber puesto en orden sus asuntos domésticos, distribuido su caudal entre sus servidores, y afilado el corte de la espada con que se quería sacrificar; y reposó tan profundamente que sus criados le oían roncar. La muerte de este emperador guarda analogía grande con la del gran Catón, hasta en la circunstancia de dormir sueño reposado, pues éste, hallándose casi a punto de suicidarse, mientras aguardaba nuevas de si los senadores a quienes había ordenado retirarse se habían alejado del puerto de Utica, se echó a dormir con tantas ganas, que los ronquidos se oían en la habitación vecina; y habiéndole despertado la persona que había enviado a puerto para decirle que la tormenta impedía partir a los senadores, mandó a otro mensajero, y se entregó de nuevo al sueño hasta que supo que aquéllos habían marchado. Guarda también analogía la muerte de Catón el Grande con la acción dicha de Alejandro Magno, en la tempestad peligrosa que le amenazaba en la época en que el tribuno Metelo quería publicar el decreto de llamamiento de Pompeyo a la ciuda con su ejército, cuando tuvo lugar la conjuración de Catilina; Catón sólo era el que se oponía a tal decreto; él y Metelo mantuvieron en el senado una discusión ruda. Al día siguiente, en la plaza pública, había de dilucidarse la cuestión. Metelo, además de contar con el favor del pueblo y el de César, que conspiraba entonces en beneficio de Pompeyo, disponía de gran número de esclavos extranjeros y de esgrimidores. A Catón sólo alentaba y fortificaba su firmeza, de suerte que su familia, sus criados y muchas buenas gentes estaban con gran cuidado, y algunos pasaron la noche juntos, sin querer dormir, beber ni comer, por el peligro a que le veían abocado; la misma esposa de Catón y sus hermanas no hacían más que llorar y afligirse en la casa; pero aquél, por el contrario, los animaba a todos, y después de haber cenado como de costumbre, se acostó y durmió profundamente hasta la mañana; entonces uno de sus compañeros en el tribunado fue a despertarle para que se encaminara a la escaramuza. El conocimiento que tenemos de la grandeza de alma y del valor de Catón por las demás acciones de su vida, puede servir a hacernos juzgar a ciencia cierta de su firmeza emanaba de un alma tan por cima de aquel acontecimiento, como de los accidentes más insignificantes de la vida.

En el combate naval que Augusto ganó a Sexto Pompeyo en Sicilia, en el instante de dirigirse el emperador al encuentro,   -233-   fue dominado por un sueño tan fuerte, que hubo necesidad de que sus amigos le despertaran para dar la señal de la batalla; esto dio margen a Marco Antonio para reprocharle luego de que no se había atrevido siquiera a mirar a disposición de su ejército, ni tampoco a presentarse ante sus soldados, hasta que Agripa le anunció la nueva de la victoria que había alcanzado contra sus enemigos. Mario el joven dio todavía muestra de mayor presencia de ánimo: el día de su último encuentro contra Sila, después de haber dispuesto el orden de su ejército y dado la palabra y signo de la batalla, se tendió al pie de un árbol, a la sombra, para descansar, y se durmió tan profundamente, que apenas si le despertaron la huida y derrota de sus huestes, y no vio ninguna de las perillecias del combate. Refiérese que se encontraba extenuado por la fatiga hasta tal extremo, y tan falto de sueño, que no pudo ya mantenerse derecho. A este propósito decidirán los médicos, de si el dormir es tan necesario, que la falta de reposo pueda poner en peligro nuestra vida. Sabemos que a Perseo, rey de Macedonia, que fue hecho prisionero en Roma, se le hizo morir no dejando que durmiera; pero Plinio habla de gentes que vivieron largo tiempo sin pegar los ojos, y Herodoto de naciones en las cuales los hombres duermen y velan por medios años; los autores de la vida del sabio Epiménides cuentan que durmió durante cincuenta y siete consecutivos.




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Capítulo XLV

De la batalla de Dreux


En nuestra batalla de Dreux371 hubo bastantes incidentes curiosos; mas aquellos que no favorecen mucho la reputación militar del duque de Guisa aseguran que éste no puede excusarse de haberse detenido y aguardado con las fuerzas que mandaba, mientras atacaba la artillería al condestable, que era el jefe del ejército. Aquéllos añaden que hubiera valido más correr el riesgo de atacar por el flanco al enemigo, que aguardar la ventaja de verlo pasar, y sufrir una pérdida tan importante. Además de lo que el desenlace testifica, quien discuta sin pasión se verá obligado a confesar, a mi entender, que el designio y último propósito, no sólo de un capitán, sino de todo soldado, debe encaminarse a la victoria en conjunto, y que ninguna circunstancia particular, sea cual fuere el interés que revista, debe apartar la mira de aquel fin. Filopómeno en un encuentro con Macanidas,   -234-   envió a la vanguardia para comenzar la escaramuza una nutrida tropa de arqueros y piqueros; el enemigo, luego de haberlos derrotado, los persiguió con encarnizamiento, y pasando después de la victoria a lo largo de la falange en que es encontraba Filopómeno, aunque sus soldados estuvieran briosos, éste no se movió de su lugar ni presentó batalla para auxiliar a sus huestes; pero habiendo consentido en verlas destrozar ante sus ojos, emprendió la carga y atacó a la infantería cuando la vio abandonada por las gentes de a caballo. Aunque eran lacedemnonios, como se las hubo con ellos en el momento en que creían tener ganada la partida, comenzaron pronto a desordenarse y pudo con facilidad vencerlos, perdiendo luego a Macanidas. Este caso es en todo parecido al del señor duque de Guisa.

En la encarnizada batalla de Agesilao contra los beocios, en que Jenofonte se encontró, y a la cual llama la más terrible que jamás viera, Agesilao rechazó la ventaja que la fortuna le ofrecía de dejar libre el paso a las tropas beocias, y el atacarlas por la retaguardia, aunque de tal suerte tuviera por cierta la victoria, estimando que en ello había más argucia que valentía; y para mostrar su proeza, lleno de un ardor singular, prefirió embestir de frente, pero fue derrotado y herido, y se vio obligado a salir de su situación tomando el partido que había rechazado; al comienzo separó a sus gentes para dejar paso al torrente de beocios, y luego que hubieron desfilado, fijándose en que marchaban en desorden, como quien cree estar fuera de todo riesgo, los siguió y atacó por los flancos, mas no por ello pudo cortarles la retirada, porque se alejaron despacio, mostrándose siempre fieros hasta que se pusieron en salvo.




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Capítulo XLVI

De los nombres


Cualesquiera que sea la diversidad de hierbas de que se componga, el conjunto se comprende siempre bajo el nombre de ensalada; así, con motivo de hablar aquí de los nombres, quiero hacer un picadillo de diversos artículos.

Cada nación tiene algunos que se toman, no sé por qué razón, en mala parte, y entre nosotros los de Juan, Guillermo372 y Benito. Parece haber en la genealogía de los príncipes ciertos nombres fatalmente predestinados a determinados países, como el de Tolomeo en Egipto, el de Enrique en Inglaterra, el de Carlos en Francia y el de Balduino en Flandes. En nuestra antigua Aquitania teníamos el de Guillermo, de donde se dice que por una singular   -235-   casualidad deriva el nombre de Guiena. Esta derivación parecerá extraña a primera vista, pero todavía se encuentran algunas cosas más peregrinas en las obras de Platón mismo.

Es una cosa sin importancia, mas sin embargo digna de memoria por su extrañeza, y escrita por testigo ocular, que Enrique, duque Normandía, hijo de Enrique II, rey de Inglaterra, en ocasión en que daba un banquete en Francia, los nobles concurrieron a la fiesta en número tan considerable, que habiendo por pasatiempo dividídose en grupos por la semejanza de sus nombres, en el primero, que fue el de los Guillermos, hubo hasta ciento diez caballeros sentados a la mesa que llevaban este nombre, sin contar los criados, ni los que no eran más que simples gentilhombres.

Tan curiosa como distribuir las mesas por los nombres de los asistentes era la costumbre del emperador Geta, el cual ordenaba el servicio de los diversos platos de carnes atendiendo a la letra con que éstas empezaban; servíanse primero aquellas cuya inicial era la M, y así los demás manjares.

Dícese que es conveniente tener buen nombre, es decir, reputación y crédito; pero además es también útil tener uno sonoro y que fácilmente pueda pronunciarse y retener en la memoria, pues de tal suerte, los reyes y los grandes nos conocen con mayor facilidad, y nos olvidan menos. Entre los criados de nuestro servicio, mandamos más ordinariamente y empleamos con más frecuencia a aquellos que tienen uno cuya pronunciación es cómoda y que viene a la lengua con mayor facilidad. Yo he visto al rey Enrique II no poder mentar a derechas a un gentilhonibre de esta provincia de Gascuña; y porque era muy raro el que llevaba una camarera de la reina, el mismo rey Enrique II creyó oportuno designarla con el dictado general de la casa a que pertenecía. Sócrates estimaba digno del cuidado paternal el dar a los hijos un nombre hermoso.

Refiérese que la fundación de Nuestra Señora, la Grande, de Poitiers, debió su origen a que un joven de malas costumbres que vivía allí, habiendo llevado a su casa una doncella a quien preguntó su nombre, que era el de María, sintiose tan vivamente ganado, al oírlo, por los sentimientos piadosos y por el respeto del dictado sacrosanto de la Virgen, madre de nuestro Salvador, que no sólo la dejó marchar, sino que se enmendó de sus yerros para todo el resto de su vida. En consideración de este milagro fue edificada en la misma plaza donde estaba la casa del joven, una capilla bajo la advocación de Nuestra Señora, y luego la iglesia que hoy vemos. Esta conversión, vocal y auricular, tocó derecha en el alma del pecador. La siguiente, del mismo género, insinuose por mediación de los sentidos corporales. Estando Pitágoras en compañía de unos jóvenes,   -236-   a quienes oía fraguar una conjuración, enardecidos como se hallaban por la fiesta que celebraban, que tenía por fin asaltar una casa de mujeres honradas, ordenó que la orquesta cambiara de tono, y merced a una música grave, severa y espondaica, encantó dulcemente el ardor juvenil, y lo adormeció.

La posteridad no dirá que nuestra reforma religiosa actual no ha sido de todo punto escrupulosa, pues no sólo ha combatido vicios y errores y llenado la tierra de devoción, humildad, obediencia, paz, y toda suerte de virtudes, sino que también ha llegado hasta a combatir nuestros antiguos nombres de Carlos, Luis, Francisco, para poblar el mundo de Ezequieles, Malaquías y Matusalenes, los cuales están mucho más conformes con la verdadera fe cristiana. Un gentilhombre, vecino mío, comparando las ventajas del tiempo viejo con el nuestro, no se olvidaba de señalar la altivez y magnificencia de los nombres que llevaba la nobleza de antaño, los Grumedan, Quedragan, Agesilan; y añadía que sólo al oírlos resonar se advertía que aquellos que los ostentaban eran gentes de otro temple que los Pedros, Guillot y Migueles.

Yo apruebo a Santiago Amyot el haber dejado los nombres en latín en un sermón francés, sin alterarlos ni cambiarlos para darles una cadencia nacional. Esto parecía algo rudo al principio, pero ya el uso, merced al crédito que alcanzó su traducción de Plutarco, ha hecho que ninguna extrañeza veamos en dejarlos sin alterar. También he deseado con frecuencia que los que escriben las historias en latín, dejaran los nuestros como son en francés, pues haciendo de Vaudemont Vallemontanus, y metamoroseándolos así para aderezarlos a la griega o a la romana, no sabemos dónde estamos, y perdemos el conocimiento de ellos.

Para concluir con este aserto, diré que es una costumbre detestable en nuestra Francia y de muy malas consecuencias, el designar a cada uno por el nombre de su tierra o señorío, contribuyendo además a confundir y a hacer que las familias se desconozcan. El menor de una casa rica, que recibió en herencia una tierra con el nombre de la cual ha sido conocido y honrado, no puede, procediendo buenamente, abandonarle; diez años después de su muerte la tierra cae en manos de un extraño que toma igual dictado; calcúlese, pues, cómo de tal modo vamos a conocer a los hombres. No hay necesidad de buscar otros ejemplos: podemos encontrarlos, sin salir de la casa real de Francia, pues en ella ha habido tantas reparticiones como sobrenombres, por lo cual desconocemos el dictado mismo del tronco. Hay tan grande libertad en estos cambios, que en mis tiempos no he visto a nadie elevado por la fortuna a alguna categoría extraordinaria, a quien no se haya agregado   -237-   enseguida títulos genealógicos nuevos o ignorados de sus padres, y a quien no se haya hecho injertar con alguna rama ilustre; las familias más obscuras son las más susceptibles de falsificación. ¿Cuántos gentilhombres tenemos en Francia que se creen descender de linaje real? Mayor número, según sus cuentas, que según las cuentas de los demás, dijo ingeniosamente uno de mis amigos. Hallábanse varios reunidos a fin de solventar la querella de un señor contra otro; el uno tenía a la verdad cierta prerrogativa de títulos y alianzas que le colocaban por cima de la común nobleza. Sobre el propósito de tal prerrogativa, cada cual quería igualarle, quién alegando un origen, quién otro, quién la semejanza del nombre, quién la de las armas, quién un viejo pergamino de familia, y el que menos demostraba ser biznieto de algún rey ultramarino. Como la cosa aconteció estando para sentarse a la mesa, el primero, en lugar de ocupar su sitio, retrocedió deshaciéndose en profundas reverencias, suplicando a la asistencia que le excusara por haber incurrido hasta entonces en la temeridad de considerarlos como a compañeros; y pues que había sido informado de sus timbres de nobleza, comenzaba a honrarlos según sus respectivas categorías, no siéndole ya dable sentarse en medio de tantos príncipes. Después de esta broma, lanzóles mil injurias: «Contentémonos, les dijo, por Dios, con lo que nuestros padres se conformaron, y con lo que somos; somos lo suficiente, si cada cual sabe mantenerse en su papel no reneguemos de la fortuna y condición de nuestros abuelos, y desechemos esas fantasías estúpidas, que no pueden menos de poner en ridículo a quien tiene el mal gusto de alegarlas.»

Ni los escudos de armas ni los sobrenombres tienen seguridad alguna de duración y permanencia. Mis atributos son el azul sembrado de tréboles de oro, y una garra de león del mismo metal, armada de gules, que lo cruza. ¿Qué privilegio tiene este escudo para pertenecer siempre a mi casa? Un yerno vendrá que lo trasladará a otra familia: algún comprador mezquino hará quizás de él sus primeras armas. No hay cosa que esté más sujeta a mutación y a confusión.

Esta consideración me lleva a tratar otro asunto diferente. Sondeemos de cerca, consideremos en qué fundamos esa gloria y reputación por la cual el mundo se desquicia. ¿Sobre qué fundamentos se sostiene ese renombre que vamos mendigando e implorando a costa de tan hercúleo trabajo? ¿Es, en conclusión, Guillermo o es Pedro quién merece la recompensa, aquél a quien corresponde el galardón? ¡Oh, engañadora esperanza que en una cosa perecedera remontas en un momento al infinito, la inmensidad, la eternidad, y llenas la indigencia de tu dueño de la posesión de todas las cosas que puede imaginar y desear! La   -238-   naturaleza suministró con esto un agradable juguete. Y ese Pedro y ese Guillermo, qué son en conclusión, sino una palabra, o tres o cuatro trazos de la pluma, tan fáciles de alterar, que yo preguntaría como la cosa más natural del mundo: ¿a quién corresponde el honor de tantas victorias? ¿A Guesquin373 o Glesquin, o a Gueaquin? Mayor fundamento habría aquí para cuestionar que en Luciano, quien escribió la disputa de la y la T; pues como Virgilio, sienta.:


       Non levia aut ludicra petuntur
praemia374:



el caso es importante; trátase de saber cuál de esas dos letras debe ser retribuida por el honor ganado en tantos sitios, batallas, heridas, prisiones y servicios prestados a la corona de Francia por aquel su famoso condestable.

Nicolás Denisot no ha conservado más que las letras de su nombre, que forman anagrama, y cambió toda la contextura del mismo para edificar el de Conte de Alsinois, al cual ha gratificado con la gloria de sus obras poéticas y pictóricas. El historiador Suetonio no guardó más que el sentido del suyo; y desechando el Lenis, que era el sobrenombre de su padre, se quedó con el de Tranquilo, heredero de la reputación de sus escritos. ¿Quién creerá que el capitán Bayardo no tuvo más honor que el que le prestaron las acciones de Pedro del Terrail, y que Antonio Escalin se dejó robar a ojos vistas el honor de tantas expediciones y cargos como hizo y ejerció por mar y tierra, por el capitán Poulin y por el barón de la Garde375?

Consideremos además que los nombres son sólo trazos caligráficos, comunes a millares de individuos. ¿Cuántas personas existen en todas las razas con igual nombre y apellido? La historia habla de tres Sócrates, cinco Platones, ocho Aristóteles, siete Jenofontes, veinte Demetrios y veinte Teodoros. Imagínese cuántos habrán vivido de quienes aquélla no habla para nada. ¿Quién impide a mi palafrenero el llamarse Pompeyo el Grande? Mas, después de todo, ¿qué medios ni qué recursos existen para impedir que mi mismo palafrenero una vez muerto, y aquel otro hombre a quien cortaron la cabeza en Egipto, compartan la voz gloriosa de la fama, y que de ella reciban el fruto?


Id cinerem et manes credis curare sepultos?376



  -239-  

¿Qué conocimiento tienen los dos émulos en valor, Epaminondas, de este glorioso verso que tantos siglos ha corre de boca en boca:


Consillis nostris laus est attirita Laconum377,



ni Escipión el Africano de estos otros:


A sole exoriente, supra Maeoti paludes,
nemo est qui factis me equiparare queat.378



¿Los vivos se embriagan con la dulzura de tales elogios, e inspirados por ellos, sedientos de celo y deseo prestan inconsideradamente por fantasía a los muertos la pasión que a ellos les anima?. Y poseídos de una engañadora esperanza se creen a su vez fuertes para experimentar aquélla Dios lo sabe. De todos modos,


Ad haec se
Romanus, Graiusque, et Barbarus induperator
erexit; causas descriminis atque laboris
inde habuit: tanto maior famae sitis est, quam
vinutis!379






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Capítulo XLVII

De la incertidumbre de nuestro juicio


Este verso encierra una verdad:


.380 - 381



«Existe libertad cabal para hablar de todo en pro o en contra». Por ejemplo:


Vince Hannibal, e non seppe usar poi
ben la vittoriosa sua ventura.382



Quien opinara con nuestros contemporáneos que fue un yerro el no haber perseguido a nuestros enemigos en Moncontour; o quien acusara al rey de España383 por no haber sabido sacar partido de la victoria que alcanzó contra nosotros en San Quintín, podría alegar como prueba de   -240-   su aserto que esta falta proviene de un alma cegada o la buena estrella, y de un ánimo que, encontrándose plenamente colmado por semejante comienzo de bienandanza, pierde el deseo de acrecentarla, por encontrarse demasiado imposibilitado de digerir la que ya posee. Sus brazos abarcaron por completo la fortuna, ya no puede extenderlos más; porque, ¿qué provecho experimenta el vencedor, si consiente a su enemigo adquirir vigor nuevo? ¿Qué esperanza puede tenerse de que comience un nuevo ataque cuando el enemigo se encuentre ya unido y repuesto, y de nuevo armado de despecho y de venganza, quien no osó o no supo perseguirlo cuando estaba quebrantado y atemorizado?


Dum fortuna calet, dum conficit omnia terror?384



Y, en suma, ¿qué puede esperar de más ventajoso que lo que acaba de perder? Porque, en una batalla, no acontece lo mismo que en la esgrima, en la cual el número de acometidas hace ganar al adversario; mientras éste se mantiene en pie deben comenzarse de nuevo los ataques; no hay victoria posible cuando ésta no pone término a la guerra. En la escaramuza en que César corrió grave riesgo cerca de la ciudad de Oricum385, dijo a los soldados de Pompeyo, que de haber sabido éste aprovecharse de la victoria, él hubiera sido perdido. César, cuando le llegó su turno de ganar, que fue pocos días después, mostró a Pompeyo que sacaba mejor provecho de las derrotas de sus enemigos.

Mas, ¿por qué no alegar la razón contraria, y asegurar en este caso que es propio de un espíritu precipitado e insaciable el no saber poner fin a su codicia; que es abusar de los favores de Dios quererlos hacer perder la medida que el Señor les ha prescrito, y que arrojarse al peligro después de la victoria es empujar a de nuevo hacia el acaso; que la mayor prudencia en el arte militar consiste en no lanzar a la desesperación al enemigo?... Mario y Sila, en la guerra social, derrotaron a los marsos, y viendo luego que todavía quedaba una tropa de reserva que, movida por la desesperación, se les acercaba cual si fueran bestias furiosas, no quisieron hacerla frente. Si el ardor del señor de Foix no le habría impelido a perseguir con rudeza extrema a los últimos supervivientes de la victoria de Ravena, no hubiera entristecido con su muerte la batalla; sin embargo, la reciente memoria de su ejemplo sirvió a preservar al señor de Enghién de semejante desdicha en el combate de Cerisole. Es peligroso acorralar a un hombre a quien se ha despojado de todo otro medio de escapar que haciendo uso de las armas, pues la necesidad es una violenta escuela: gravissimi sunt morsus irritate necessitatis.

  -241-  

Vincitur haud gratis, jugulo qui provocat hostem.386



He ahí por qué Farax no permitió al rey de Lacedemonia, que acababa de ganar la batalla contra los mantineos, afrontar a mil argianos que habían logrado escapar de la derrota; los dejó huir con entera libertad por no probar el empuje del vigor, picado y despechado por la desdicha. Clodomiro, rey de Aquitania, después de la victoria persiguió a Gondomar, rey de Borgoña, el cual, vencido y huido como se encontraba, obligó a aquél a volver la espalda. El tesón de Clodomiro le arrancó el fruto del combate, pues fue causa de que perdiera la vida.

De un modo análogo, quien hubiera de escoger entre los dos medios siguientes, o presentar sus soldados rica y suntuosamente armados, o armados sólo de lo más indispensable, se inclinará al primer partido, del cual fueron Sertorio, Filopómeno, Bruto, César y otros, alegando que es un aguijón del honor y de la gloria para el soldado el verso bien ataviado, y una razón de más para dirigirse con obstinación al combate el tener que defender sus armas como sus bienes y heredades. Por esta razón, dice Jenofonte, los asiáticos llevaban consigo a la guerra sus mujeres y concubinas, sus joyas y riquezas más estimadas. Mas por otra parte, puede muy bien alegarse que debe más bien quitarse al soldado toda idea de conservar riquezas y que es mejor acrecentárselas, pues de aquel modo temerá doblemente el perder la vida; además, se aumenta en el enemigo el ansia de la victoria, con el fin de apoderarse de los ricos despojos de los combatientes; y se ha notado que en ocasiones, ese deseo duplicó la fuerza de los romanos en la guerra contra los saninitas. Mostrando Antioco a Aníbal el ejército que tenía armado contra los romanos, que era pomposo y magnífico en toda suerte de aprestos, preguntole: «¿Se conformarán mis enemigos con estas fuerzas? -¿Si se conformarán? ya lo creo, por muy avaros que sean.»

Licurgo prohibía a sus soldados, no sólo la suntuosidad en el apresto, sino también que despojaran al enemigo cuando le habían vencido, queriendo, decía, que la pobreza y la frugalidad brillasen en sus tropas.

En los combates, o en otro lugar cualquiera en que la ocasión nos pone cerca del enemigo, concedemos de buen grado licencia de desafiarle a nuestros soldados, de menospreciarle e injuriarle con toda suerte de improperios, y no sin visos de razón; pues no es cosa de poca monta arrancarle toda esperanza de transacción y gracia, haciéndole ver que no hay lugar a esperar tregua ninguna de quien hemos recibido tan duros ultrajes, y que no hay otro remedio más que la victoria, tal costumbre, sin embargo,   -242-   engañó a Vitelio, pues en su lucha con Otón, cuyos soldados, hallándose desacostumbrados a la guerra de larga fecha y dominados por la molicie de la ciudad, aquél los molestó tanto con palabras picantes, echándoles en cara su pusilanimidad y el sentimiento de las danzas y fiestas que acababan de dejar en Roma, que por tal camino hicieron de tripas corazón, poniendo en práctica lo que ninguna exhortación había logrado de ellos, y cayeron sobre Vitelio impetuosamente. En verdad, cuando las injurias tocan a lo vivo, pueden dar fácilmente ocasión a que el que se dirigía con flojedad a la lucha por la querella de su rey, vaya en otra disposición distinta por su propia honra.

Considerando de cuánta importancia sea la conservación del jefe en un ejército, y que el fin preponderante del enemigo mire principalmente esa cabeza que sostiene todas las demás, parece que debiera aceptarse el consejo que vemos fue practicado por muchos grandes capitanes de disfrazarse en el momento de la lucha; sin embargo, el inconveniente que acarrea este medio no es menor que el que se procura huir, pues siendo el capitán desconocido de los suyos, el valor que adquieren los soldados con su presencia y ejemplo, llega a faltarles, y perdiendo la vista de sus marcas e insignias acostumbradas, le juzgan o muerto o escapado de la lucha por desesperanza de ganarla. La experiencia nos muestra que unas veces fue favorable y otras adversa esta estratagema El accidente de Pirro en la batalla que libró contra el cónsul Cevino en Italia, puede servir para inclinarnos a uno o a otro parecer, pues por haber querido ocultarse bajo la armadura de Megacles, y haberle dado la suya, pudo muy bien salvar su vida, pero le faltó poco para perder la victoria. Alejandro, César y Luculo gustaron de señalarse en el combate, cubriéndose de suntuosos atavíos de brillantes colores. Agis, Agesilao y el gran Gilipo, al contrario, iban a la guerra vestidos modestamente, sin insignias ni adornos imperiales.

En la batalla de Farsalia, entre otras censuras que se dirigieron a Pompeyo, se cuenta la de haber hecho detener a su ejército a pie firme para esperar al enemigo. Con semejante conducta (citaré aquí las palabras de Plutarco, que valen más que las mías), «debilitó la violencia que la carrera procura al primer ataque, y al propio tiempo hace desaparecer el empuje de los combatientes unos contra otros, el cual los llena de impetuosidad y furor, mejor que otro cualquiera procedimiento táctico; el choque, los gritos y el arranque duplican el calor de la refriega. Tal es el parecer de Plutarco. Mas si César hubiese perdido la batalla, hubiérase podido decir, por el contrario, que el orden de combate más fuerte y seguro es aquel en que un ejército se mantiene a pie firme, sin menearse siquiera; y que el que se detiene en su marcha, economizando y concentrando sus   -243-   fuerzas en sí mismo, lleva gran ventaja contra el que se agita, el cual ha malgastado ya en la carrera la mitad de su ímpetu; además, siendo el ejército un cuerpo de tan diversas unidades, es imposible que se mueva en medio de la furia con movimiento tan exacto que el orden no altere o rompa, y que el soldado mejor dispuesto a la lucha no se halle en peligro antes de que su compañero pueda socorrerle. En la vergonzosa batalla que sostuvieron los dos hermanos persas, Clearco, lacedemonio, que mandaba a los griegos del partido de Ciro, los condujo a la carga valientemente, pero sin apresurarse; mas cuando se hallaban a cincuenta pasos del enemigo dio orden de atacar a la carrera, esperando, merced a la escasa distancia, aprovechar mejor el ímpetu y conservar el orden, procurándoles ventaja en la acometida, así para las personas como en el empleo de las armas punzantes que disparaban. Otros resolvieron esta duda en sus ejércitos del siguiente modo: «Si el enemigo corre hacia vosotros, aguardadle a pie firme; si el enemigo os espera, corred hacia él.»

En la expedición que el emperador Carlos V hizo a Provenza, el rey Francisco tuvo ocasión de elegir entre salirle al encuentro a Italia o aguardarlo en sus tierras; y bien que nuestro monarca considerase cuánta ventaja sea conservar la casa pura y limpia de los trastornos de la guerra, a fin de que, guardando íntegras sus fuerzas, pueda proveer a los gastos con recursos y hombres en caso necesario; teniendo en cuenta que, la necesidad del combatir obliga a todos a hacer sacrificios que no pueden realizarse sin pérdidas en nuestros propios dominios; que si el habitante del país no soporta de buen grado los destrozos del soldado enemigo, peor todavía resiste los del francés, de suerte que esta circunstancia podía encender fácilmente entre nosotros trastornos y sediciones; que la licencia de robar y saquear, la cual no puede ser consentida en su propio país, constituye un gran alivio a los males de la guerra, y quien no tiene otra esperanza de lucro si no es su sueldo, es difícil que se mantenga en el cumplimiento estricto de su deber, encontrándose cerca de su mujer y de su casa; que el que pone el mantel paga siempre los gastos del festín; que hay satisfacción más grande en sitiar que en defender; y que la sacudida que ocasiona la pérdida de una batalla en nuestros dominios es tan violenta, que hace muy difícil el impedir el movimiento de todo el cuerpo, en atención a que ninguna pasión existe tan contagiosa como la del miedo, ni que se adquiera más sin motivos, ni que se extienda más bruscamente; que las ciudades que oyen el estallido de esta tempestad a sus puertas, que recogen sus capitanes y sus soldados temblorosos y sin aliento, hay grave riesgo de que en ese instante de pánico tomen alguna determinación extrema, y otras mil razones   -244-   análogas, de todas suertes, Francisco I se determinó a llamarlas fuerzas de que disponía del otro lado de los montes, y a ver acercarse al enemigo; pues bien pudo imaginar, en contra de todo lo expuesto, que encontrándose en su casa, entre sus amigos y vasallos, no podía menos de recabar ventajas grandes; los ríos y los caminos a su disposición, conduciríanle víveres y recursos con seguridad cabal y sin necesidad de escoltas; que tendría a sus súbditos tanto más a su albedrío, cuanto que ellos verían el peligro más de cerca; que disponiendo de tantas ciudades y murallas para su albergue y defensa, no estaba sino en su mano conducir el orden de combate según lo creyera más oportuno o ventajoso; y si le venía en ganas contemporizar, al abrigo y cómodamente podría ver enfriarse al enemigo y perder fuerzas por sí mismo, a causa de las dificultades que encontraría luchando en tierra extraña, en la que no tendría delante ni tras él, ni a su lado, nada que no lo fuese adverso, al par que no acariciaría la ventaja de refrescar o ensanchar su ejército si las enfermedades le atacaban, ni tampoco podría poner en salvo sus heridos; ni recursos ni otros víveres poseería que los que a punta de lanza se procurara, ni espacio para descansar y tomar aliento, ni conocimiento de los lugares ni del país, que pudiera defenderle de las sorpresas y emboscadas; y por último, si salía perdiendo en alguna batalla, tampoco dispondría de medios para salvar los despojos. Para adoptar uno u otro partido, presentábanse razones sobradas.

Escipión optó por ir a sitiar las tierras de su enemigo al África mejor que defender las suyas y combatirle en Italia, donde se encontraba, con lo cual salió ganancioso. Aníbal, por el contrario, se arruinó en esa misma guerra por haber abandonado la conquista de un país extranjero y preferido defender el suyo. Habiendo los atenienses dejado al enemigo en sus tierras para dirigirse a Sicilia, tuvieron la fortuna contraria; pero Agátocles, rey de Siracusa, la tuvo de su parte cuando pasó al África y dejó sus Estados ardiendo en guerra.

Así acostumbramos a decir con razón sobrada que los acontecimientos y el desenlace de los mismos dependen en las cosas de la guerra, principalmente de la fortuna, la cual se opone a plegarse a nuestra prudencia y a nuestras reflexiones, como rezan los versos siguientes:


Et mate consultis pretium est; prudentia fallax
nec fortuna probat causas, sequiturque merentes,
sed vaga por cunctos nullo discrimine fertur.
Scilicet est aliud, quod nos cogatque regatque
majus, et in proprias ducat mortalia leges.387



  -245-  

Y bien mirado, diríase que nuestras deliberaciones y consejos dependen igualmente de la fortuna, la cual con su fuerza e incertidumbre arrastra también nuestro juicio. «Razonamos temeraria y casualmente, dice Timeo en un diálogo de Platón, porque, como nosotros, nuestros juicios participan grandemente del acaso.»




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Capítulo XLVIII

De los caballos de combate


Heme aquí convertido en gramático, yo que nunca aprendí las lenguas sino por rutina, y que ignoro a estas horas lo que sean subjuntivo, adjetivo y ablativo. Paréceme haber oído decir que los romanos tenían unos caballos, a los cuales llamaban funales o dextrarios, que conducían con la diestra o guardaban en lugares de relevo para servirse de ellos en caso necesario; de aquí proviene que nosotros llamemos dextriers a los caballos de servicio, y el que nuestros viejos autores digan ordinariamente adestrer por acompañar. Llamaban también los antiguos desultorios equos a dos caballos que estaban educados de tal suerte, que corriendo a todo galope y yendo a la par, sin brida ni silla, los caballeros romanos, aun encontrándose armados, se arrojaban y volvían a arrojarse de uno en otro en medio de la carrera. Los jinetes númidas llevaban a la mano un segundo caballo para cambiar en lo más rudo de la pelea: quibus, desultorum in modum, binos trahentibus equos, inter acerrimam saepe pugnam, in recentem equum, ex fesso, armatis transsultare mos erat: tanta velocitas ipsis, tamque docile equorum genus!388 Hansa visto muchos corceles enseñados a socorrer a sus amos, ir derechos hacia quien les presentaba una espada desnuda y arrojarse sobre él a bocados y a coces; pero acontece con frecuencia que ocasionan mayor daño que provecho a quien tratan de defender, pues no pudiéndolos abandonar fácilmente, una vez desbocados, el jinete queda entregado a las fuerzas del animal. Tal desgracia aconteció a Artibio, general del ejército persa, en un combate contra Onesilo, rey de Salamina, en que ambos sostuvieron la lucha de hombre a hombre; montaba el primero un caballo educado en aquella escuela, que fue causa de su muerte, pues el escudero de Onesilo dio un guadañazo en las espaldas a Artibio, que le derribó por tierra, de encabritado como estaba su caballo. Y lo que los italianos cuentan de que en   -246-   la batalla de Fornovo el caballo del rey Carlos le salvó la vida dando coces contra los enemigos que le asediaban, caso de ser cierto, fue un gran azar. Los mamelucos se vanaglorian de poseer los caballos de guerra más diestros del mundo, los cuales por naturaleza y por educación están hechos a conocer y distinguir al enemigo, sobre el cual es necesario que se precipiten con furia, a coces y mordiscos, según la voz o seña que se les hace, y también a coger con la boca los dardos y lanzas en medio de la pelea y ofrecérselos a sus amos citando éstos se lo ordenan. Dicen de César y también del gran Pompeyo, que además de las otras excelentes cualidades que les adornaban, eran muy buenos, jinetes y del primero, que cuando joven, montaba de espaldas un caballo sin brida, haciéndole tomar carrera con las manos atrás. Como la naturaleza quiso hacer de César y Alejandro dos milagros en el arte militar, diríase que se esforzó también en armarlos de un modo singular pues todos sabemos de Bucéfalo, el caballo de Alejandro, que tenía la cabeza semejante a la de un toro; que no se dejaba montar por otro que no fuer su amo, ni tampoco permitió nunca ser educado por otro; que fue honrado después de su muerte, y que se edificó una ciudad que llevó su nombre. César tenía también un corcel cuyas manos eran como los pies de una persona y el casco cortado en forma de dedos tampoco pudo montarlo ni educarlo nadie sino César, el cual dedicó su estatua, después de su muerte, a la diosa Venus.

Cuando yo monto a caballo echo pie a tierra mal de mi gado pues es la posición en que me siento mejor, así cuando estoy sano como encontrándome enfermo. Platón recomienda el cabalgar para la salud, y Plinio dice que es provechoso para el estómago y las articulaciones. Pero prosigamos, puesto que de ello estamos hablando.

En Jenofonte se lee una ley que prohibía viajar a pie él quien tuviera caballo. Trogo y Justino cuentan que los partos acostumbraban a hacer a caballo, no ya sólo la guerra, sino también todos sus negocios privados y públicos: comerciar, parlamentar, conversar e ir de paseo, y añádese que la distinción capital entre siervos y hombres libres consistía en que los unos cabalgaban y los otros iban a pie, costumbre que databa desde a época de Ciro.

Hay varios ejemplos en la historia romana, (Suetonio, los señala más concretamente que César) de capitanes que ordenaban a sus gentes de a caballo echar pie a tierra cuando se veían acometidos, para quitar así a los soldados toda ocasión de huir, y también por la ventaja que esperaban en esta clase de combate: quo, haud dubie, superat Romanus389, dice Tito Livio. De tal suerte que la primera medida   -247-   que tomaban para reprimir la rebelión de los pueblos nuevamente conquistados era despojarlos de armamentos y de caballos; por eso vemos en César: arma proferri, jumenta produci, obsides dari jubet390. El sultán de Turquía no consiente hoy ni a cristiano ni a judío tener caballo en toda la extensión de su imperio.

Nuestros antepasados, principalmente en la época de la guerra contra los ingleses, luchaban a pie casi siempre en los combates solemnes para no confiar más que a su propia fuerza y vigor cosas tan caras como el honor y la vida. Diga lo que quiera Crisantes en Jenofonte, el jinete une su fortuna a la de su caballo; las heridas de éste y su muerte influyen en el soldado; el horror o la fogosidad del animal os hacen cobarde o temerario. Si el caballo es insensible a la brida o a la espuela, vuestro honor pagará la falta del corcel. Por esta razón no considero extraño que aquellos encuentros a pie firme fuesen más vigorosos y más furiosos que los que se verifican a caballo:


       Caedebant pariter, pariterque ruebant
victores victique; necque his fuga nota, neque illis391;



el triunfo que se alcanzaba era con mayor encarnizamiento disputado, mientras que hoy no vemos más que caminatas militares primus clamor atque impetus rem decernit392. Pues que en los combates lo encomendamos todo al caso, debiera procurarse que el triunfo dependiera más bien de nuestro poderío y de nuestra voluntad; yo aconsejaría que se eligieran las armas más cortas y manejables. Mejor puede defenderse el combatiente con una espada que empuña que con la bala que escapa de su arcabuz; en el mecanismo de éste entran la pólvora, la piedra y la rueda; si cualquiera de estas cosas falla, peligrará la fortuna del guerrero. Mal puede asegurarse el golpe cuyo solo vehículo es el aire:


Et, quo ferre velint, permittere vulnera ventis:
ensis habet vires; et gens quaecumque virorum est,
bella gerit gladiis.393



En cuanto al arma de que acabo de hablar, insistiré con mayor amplitud en el pasaje en que establezca la comparación de los pertrechos de guerra que usaron los antiguos con los que nosotros empleamos; salvo el estruendo que producen, al cual todos ya están habituados, creo que el arcabuz es de escaso efecto, y entiendo que no está lejos el día   -248-   en que se abandone su uso. El arma de que los italianos se servían, que era de fuego y arrojadiza, producía un efecto más seguro; llamábanla falárica, y consistía en una especie de jabalina, armada por uno de sus extremos de un hierro de tres pies de largo, con el cual se podía atravesar a un hombre armado de parte a parte, y se lanzaba unas veces con la mano, otras con una máquina de guerra para defender los lugares sitiados. La madera a que el hierro estaba sujeto hallábase rodeada de estopa, embadurnada de pez y empapada en aceite, que con la carrera se inflamaba, y quedaba sujeta al cuerpo o al escudo del enemigo privándole de todo movimiento. De todos modos se me figura que la falárica ocasionaría perjuicios a los sitiadores, y que estando el campo sembrado de estos troncos encendidos, podía producir en la lucha perjuicios comunes:


Magnum stridens contorta phalarica venit,
fulminis acta modo.394



Contaban también los romanos con otros medios de guerrear, a los cuales la costumbre los hacía aptos, que a nosotros nos parecen increíbles por la inexperiencia que de ellos tenemos, y con los que suplían la falta de nuestra pólvora y nuestras balas. Manejaban las jabalinas con fuerza tal, que a veces enfilaban dos escudos con sus hombres armados, y los cosían el uno al otro. Los disparos de sus hondas, no eran menos certeros, aun a gran distancia: saxis globosis... funda, mare apertum incessentes... coronas modici circuli, magno ex intervallo loci, assueti trajicere, non capita modo hostium vulnerabant, sed quem locum destinassent395. Sus máquinas de guerra ofrecían el aspecto de las nuestras y producían el mismo estrépito: ad ictus maenium cum terribili sonitu editos, pavor et trepidatio cepit396. Los galos, nuestros parientes cercanos en el Asia menor, odian estas armas traidoras y volanderas, hechos como se encontraban a combatir mano a mano, con mayor brío. Non tam parentibus plagis moventur... ubi latior quam altior plaga est, etiam gloriosius se pugnare putant; iidem, quum aculeus sagittae, aut glandis abditae introrsus tenui vulnere in speciem urit... tum, in rabiem et pudorem tam parvae perimentis pestis versi, prosternunt corpora humi397; pintura semejante a la de un arcabuzazo.   -249-   Los Diez Mil en su retirada prolongada y famosa, encontraron un pueblo que los causó daños considerables, sirviéndose de arcos grandes y resistentes, y de flechas tan largas, que aun con la mano podían arrojarse, a manera de dardos, y atravesar de parte a parte un escudo y un hombre armado. Las máquinas de guerra que Dionisio inventó en Siracusa, que servían para lanzar gruesos macizos y piedras de tamaño enorme con ímpetu formidable, representan, o eran ya semejantes a nuestros recientes inventos.

No hay que echar tampoco en olvido la graciosa postura que guardaba en su mula un señor Pedro Pol, doctor en teología, de quien cuenta Monstrelet que acostumbraba a pasearse por la ciudad de París sentado de lado, como las mujeres. En otro pasaje refiere el mismo escritor que los gascones tenían unos caballos terribles acostumbrados a dar la vuelta en redondo yendo al trote, lo cual admiraban sobremanera los franceses, picardos, flamencos y brabantinos, «porque no tenían costumbre de verlos», según rezan las palabras de Monstrelet. César dice hablando de los suecos: «En los encuentros a caballo echan con frecuencia pie a tierra para combatir mejor; habiendo acostumbrado a los caballos a no moverse del lugar en que los dejan, recurren luego a ellos en caso de necesidad; conforme a la manera de guerrear de estos pueblos, nada hay tan villano ni cobarde como el uso de sillas y armaduras para los corceles, de tal suerte desdeñan a los que las usan; con hábitos semejantes, aun siendo pocos en número, atacan al enemigo por numeroso que sea.» Lo que yo he admirado en otro tiempo de ver un caballo hecho a manejarse a todas manos con una varilla, sin el auxilio de la brida, era usanza ordinaria de los masilianos, que se servían también de sus corceles sin silla:


Et gens, quae nudo residens Massylia dorso,
ora levi flectit, fraenorum nescia, virga398


Et Numidae infraeni cingunt.399



Equi sine fraenis; deformis ipse cursus, rigida cervice, et extento capile currentium400. El rey Alfonso VI de España, fundador de la Orden de los Caballeros de la Banda401, estableció entre otras ordenanzas la de que no   -250-   se montase mula ni macho, bajo la pena de un marco de plata de multa, según leo en las cartas de Guevara, a las cuales los que llamaron doradas hacían de ellas un juicio bien diferente del mío. En El Cortesano, de Castiglione, se dice que antes de la época en que fue escrito el libro constituía una falta para un gentilhombre cabalgar sobre una mula. Los abisinios, por el contrario, a medida que por su rango se acercan más al Preste Juan, su soberano, tienen a dignidad y pompa el montar una de grande alzada.

Refiere Jenofonte que los asirios tenían siempre trabados sus caballos en sus casas, a tal punto eran fogosos y salvajes de temperamento; y que era tanto el tiempo que necesitaban para desatarlos y ponerlos los arneses, que para que el que empleaban en la operación no les acarreara perjuicios caso de que el enemigo los cogiera desprevenidos, jamás ocupaban campo que no estuviera defendido y rodeado de fosos. Su rey Ciro, tan gran maestro en cosas de caballería, gobernaba los caballos de su cuadra, y no consentía que les dieran el pienso si antes no habían ejecutado un ejercicio rudo. Los escitas, donde quiera que la necesidad los empujara a la guerra, sangraban a los suyos y empleaban la sangre como alimento:


Venit el opoto Sarmata pastos equo.402



Los habitantes de Creta, sitiados por Metelo, se vieron en carencia tal de ninguna otra bebida, que tuvieron que servirse de la orina de sus caballos para aplacar su sed.

Para probar que los ejércitos turcos se mantienen y conducen mejor disciplinados que los nuestros, dícese, que, aparte de que los soldados no beben más que agua ni comen más que arroz y carne salada reducida a polvo: de la cual cada uno lleva encima fácilmente su provisión para un mes, saben también mantenerse en caso necesario, con la carne y la sangre de sus caballos, que adoban de antemano, como los tártaros y los moscovitas.

Esos pueblos nuevos de la India creyeron, cuando los españoles llegaron allí, que así los hombres como sus caballos eran dioses o seres cuya nobleza sobrepasaba la suya; algunos, después de haber sido vencidos, solicitaban, la paz y el perdón, ofrecíanles oro y viandas, y otro tanto hacían con los caballos, cuyos relinchos tomaban por lenguaje de conciliación y tregua.

En las Indias Orientales era en lo antiguo el honor más principal y regio cabalgar sobre un elefante; el segundo, ir en coche arrastrado por cuatro caballos; el tercero, montar un camello, y el último honor y categoría consistía en ser llevado en un caballo o en una carreta tirada   -251-   por un solo corcel. Un escritor de nuestro tiempo; dice haber visto en esos climas regiones en que se montan bueyes con albarda, estribos y bridas, y añade que no es ya mal en semejante cabalgadura.

Quinto Fabio Máximo Rutiliano, en la guerra contra los samnites, viendo que sus gentes de a caballo a la tercera o cuarta carga habían casi deshecho al enemigo, tomó la determinación de que los soldados soltaran las bridas de sus corceles y cargaran a toda fuerza de espuela; de suerte que, no pudiéndolas detener ningún obstáculo al través del ejército enemigo, cuyos soldados estaban tendidos por tierra, abrieron paso a la infantería, que completó la sangrienta derrota. Igual conducta siguió Quinto Fulvio Flaco contra los celtíberos: Id cum majore vi equorum facietis, si effraenatos in hostes equos immittitis; quod saepe romanos equiles cum laude fecisse sua, memoriae proditum est... Detractisque fraenis, bis ultro citroque cum magna strage hostium, infractis omnibus hastis, transcurrerunt403.

El duque de Moscovia cumplía en lo antiguo la siguiente ceremonia con los tártaros, cuando éstos le enviaban sus embajadores: salíales al encuentro a pie y les presentaba un vaso de leche de yegua, bebida que aquéllos gustaban con delicias; si al beberla caía alguna gota en las crines de los caballos, el duque tenía la obligación de pasar la lengua por ella. El ejército que el emperador Bayaceto envió a Rusia, fue destrozado por una tan furiosa nevada, que muchos soldados para ponerse a cubierto y preservarse del frío, mataron y destriparon sus caballos y se metieron dentro de los cuerpos gozando así del calor vital. Bayaceto después de tan terrible fracaso en que fue destrozado por Tamerlán, escapó a toda prisa montado en una yegua árabe, y hubiéralo conseguido de no haberse visto obligado a dejarla beber cuanto quiso a su paso por un arroyo, lo cual la hizo enflaquecer y enfriarse tanto, que fue atrapado por sus perseguidores. Dícese que los caballos se acobardan dejándoles orinar, pero a éste dejándola beber hubiera creído más bien que se refrescara y fortaleciera.

Al atravesar Creso la ciudad de Sardes, encontró un prado en que había gran cantidad de serpientes que sus caballos comieron con apetito excelente, lo cual fue de mal augurio para sus empresas, según refiere Herodoto. Llamamos caballo entero al que tiene las demás partes tan cabales como la crin y las orejas. Habiendo los lacedemonios derrotado a los atenienses en Sicilia, regresaron triunfalmente   -252-   a la ciudad de Siracusa, entre otras fanfarronadas que hicieron esquilaron los caballos de sus enemigos llevándolos así pomposamente. Alejandro guerreó contra un pueblo que se llamaba Dahas, en el cual dos soldados montaban un mismo corcel pero cuando llegaba la hora de la lucha, uno de ellos echaba pie a tierra y combatían ya a pie, ya a caballo ambos soldados.

No creo que ninguna nación nos aventaje en el acertado manejo de este animal. Entre nosotros se llama buen jinete aquel que despliega menos acierto que arrojo. El más competente, el más seguro, el caballero más diestro que he conocido en el manejo del caballo fue el señor Carnavalet, que estuvo al servicio de nuestro monarca Enrique II. He visto a un hombre correr a galope sobre un caballo, puesto de pie en la silla, desmontar ésta, volverla a colocar y sentarse de nuevo, llevando siempre el corcel a todo galope, saltar sobre un objeto cualquiera, disparar de espaldas su arco recoger del suelo cuanto quería, echando un pie a tierra, sosteniéndose con el otro en el estribo, y hacer otra porción de monerías con las cuales se ganaba la vida.

En mi tiempo se han visto en Constantinopla dos hombres puestos sobre el mismo caballo, los cuales en lo más impetuoso de la carrera se arrojaban al suelo alternativamente, y luego volvían a montar; otro que con sólo los dientes enjaezaba el suyo; otro que, colocado entre dos caballos, y un pie en cada silla, sostenía a un hombre en sus brazos y picaba espuela a toda brida; el segundo, puesto luego de pie sobre el primero, hacía blancos certeros con su arco; varios que, con las piernas en lo alto, la cabeza puesta en la silla entre las puntas de dos alfanges sujetos al arnés, se sostenían sobre el caballo a la carrera. En mi infancia, el príncipe de Sulmona, en Nápoles, manejaba un caballo entero en toda suerte de ejercicios, teniendo entre el cuerpo del animal y sus rodillas, y lo mismo entre el estribo y los pulgares de sus pies dos piececitas de plata, cual si hubieran estado clavadas, para mostrar la firmeza con que se mantenía sobre el corcel.




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Capítulo XLIX

De las costumbres antiguas


De buen grado excusaría a nuestro pueblo el no tener otro patrón ni regla de perfección que sus propios usos y costumbres, pues es defecto común, no solamente del vulgo sino de casi todos los hombres, el acomodarse para siempre al género de vida en que han sido educados. No me descontenta que el pueblo se sorprenda cuando vea a Fabricio y a Lelio, ni que encuentre su continente y porte bárbaros,   -253-   puesto que no están ni vestidos ni de acuerdo con nuestra moda; pero lamento la facilidad deplorable con que el mismo pueblo se deja engañar y cegar por la autoridad del uso actual; de que a diario cambie de opinión y parecer, si así place a la costumbre, y de que tan veleidoso sea por sí mismo. Cuando se usaba llevar la ballena del corpiño entre los pechos, mantenía esta costumbre con vivos argumentos, creía que estaba en lo justo; años después la ballena desciende hasta los muslos, y el mismo pueblo se burla de su antigua moda, y la encuentra inútil o insoportable. La del día le ha hecho en seguida condenar la antigua con una resolución tan grande y tan general consentimiento, que no parece sino manía lo que de tal modo le trastorna el entendimiento. Nuestro cambio es tan súbito y tan presto en esto de las modas, que las invenciones de todos los sastres del mundo no bastarían a procurarnos novedades; fuerza es que las desechadas adquieran luego crédito de nuevo y las aceptadas se desdeñen poco tiempo después; y que una misma opinión adquiera en el trascurso de quince o veinte años dos o tres formas no ya sólo diversas, sino contrarias, merced a nuestra ligereza e inconstancia increíbles. Nadie hay entre nosotros, por lince que sea, que no se deje embaucar y desvanecer por tal contradicción, así los ojos del alma como los del cuerpo, insensiblemente y como sin darse cuenta.

Quiero traer aquí a cuento algunas modas antiguas que recuerdo, las unas semejantes a las nuestras, las otras diferentes, a fin de que poniendo a la vista esta continua mudanza de las cosas humanas, tengamos el juicio más despejado y menos volandero.

El combate que nosotros llamamos de capa y espada, usábase ya entre los romanos, tal por lo menos asegura César: Sinistras sagis involvunt, gladiosque distringunt404 y advierte también en nuestro pueblo el vicio, que existe aun hoy, de detener a los que encontramos en nuestro camino y obligarlos a que nos digan quienes son, tomando a injuria y ocasión de querella, el que se nieguen a respondernos.

En los baños, que los antiguos tomaban todos los días antes de la comida, y de los cuales se servían con igual frecuencia que nosotros nos lavamos las manos, en los comienzos sólo se remojaban los brazos y las piernas; mas después (la costumbre ha durado varios siglos en la mayor parte de las naciones del mundo), se bañaban completamente desnudos con agua en que echaban diversas mixturas y perfumes, de tal suerte que consideraban como ejemplo e morigeración el bañarse con agua pura. Los más delicados perfumábanse todo el cuerpo tres o cuatro veces al   -254-   día. Arrancábanse el pelo del cutis con pinzas, como las mujeres francesas hacen de algún tiempo acá con los de la frente,


Quod pectus, quod crura tibi, quod brachia vellis405,



aunque poseían ungüentos propios para este efecto


Psilothro nitet, aut acida latet oblita creta.406



Gustaban tenderse en el lecho, que era muy blando, y consideraban como sacrificio el acostarse en colchones. Comían en la cama adoptando una postura análoga a la de los turcos en el día:


Inde toro pater Aencas sic orsus ab alto.407



Cuéntase de Catón el joven, que después de la batalla de Farsalia, hallándose apenado por el mal estado de los negocios públicos, comió siempre sentado, adoptando un género de vida austero. Besaban las manos a los grandes para honrarlos y acatarlos. Entre amigos besábanse al saludarse como los venecianos,


Gratatusque darem cum dulcibus oscula verbis408;



se tocaban las rodillas para reverenciar y mostrar a los grandes pleito homenaje. Pasicles el filósofo, hermano de Crates, en lugar de poner su mano en la rodilla llevola a los órganos genitales; la persona a quien saludaba habiéndole rechazado violentamente, Pasicles repuso: ¡Cómo! ¿esa parte no es tan vuestra como la otra? Comían como nosotros la fruta al fin de la comida. Se limpiaban el culo (dejemos para las mujeres los vanos miramientos de las palabras) con una esponja, por eso este vocablo es obsceno en latín; la esponja estaba sujeta al extremo de un palo, como atestigua la historia de un hombre a quien conducían a ser presentado a las fieras ante el pueblo, el cual pidió permiso para hacer sus menesteres, y no teniendo otro medio de quitarse la vida, se la metió junta con el palo por la garganta, y se ahogó. Secábanse el miembro con lana perfumada cuando habían hecho uso de él:


At tibi nil faciam; sed lota mentula lona.409



Había en las encrucijadas de Roma recipientes y tinas para aliviar las necesidades urgentes de los transeúntes:

  -255-  

Pusi saepe lacum propter, se, ac dolia curta,
somno devincti, credunt extoliere vestem.410



Tomaban algo de reparo entre las comidas. En verano había vendedores de nieve para refrescar el vino, y algunos la empleaban también en invierno, no encontrando aquella bebida suficientemente fresca. Los grandes disponían de trinchantes y escanciadores para el gobierno de la mesa y de bufones para su regocijo. En invierno se servían las carnes puestas sobre hornillos, que se colocaban en las mesas; tenían cocinas portátiles; yo he visto algunas, en las cuales podía trasladarse de lugar todo el servicio:


Has vobis epulas habete, lauti:
nos offendimur ambulante caena.411



En verano dejaban correr el agua fresca y clara en las habitaciones de planta baja, en canales donde había gran cantidad de peces vivos, que los concurrentes escogían y tomaban con la mano para aderezarlos cada cual a su gusto. El pescado ha tenido siempre el privilegio, y lo tiene todavía, de que los grandes se vanaglorien de saber condimentarlo: su salsa es preferible a la de la carne, al menos para mi paladar. En toda suerte de magnificencia, exquisitez y voluptuosas invenciones de molicie y suntuosidad, nosotros hacemos cuanto nos es dable para igualar a los antiguos, pues nuestra voluntad está tan viciada como la suya, aunque nuestros medios no la alcancen; ni siquiera son capaces nuestras fuerzas de igualarlos en sus vicios, o menos en sus virtudes, pues los unos y las otras imanan del vigor de espíritu, el cual era, sin ponderación, mucho más grande en aquellos hombres que en nosotros; y las almas, a medida que son menos fuertes, cuentan con menos medios para realizar en grande el bien y para ejecutar el mal en la misma proporción.

El lugar más honroso entre ellos era el del medio. El anterior y el posterior no tenían ni al escribir ni al hablar significación alguna de categoría, como se ve de un modo evidente por sus escritos: lo mismo decían Opio y César que César y Opio; lo misino yo y tú que tú y yo. Por esta razón he advertido en la vida de Flaminio del Plutarco de Amyot, un pasaje en que éste, hablando del celo por la gloria que existía entre etolianos y romanos, por saber a quién pertenecía la honra de una batalla que habían ganado juntos, se fije en que en las canciones griegas figurasen los etolios antes que los romanos, si es que no hay doble sentido en las palabras francesas.

Aunque las damas se encontrasen en el baño, no tenían   -256-   inconveniente en hablar con los hombres, y allí mismo recibían de manos de sus criados unturas y fricciones:


Inguina succinctus nigra tibi servus aluta
    stat, quoties calidis nuda foveris aquis.412



También usaban polvos para reprimir el sudor.

Los primitivos galos dice Sidonio Apolinario, llevaban el pelo largo por delante, y el de la nuca lo tenían cortado: igual uso que el recientemente puesto en vigor por las costumbres afeminadas y muelles de nuestro siglo.

Pagaban los romanos el importe del pasaje a los bateleros al entrar en el barco; nosotros no los pagamos hasta llegar al punto de destino:


       Dum aes exigitur, dum mula ligatur,
tota abit hora.413



Las mujeres se acostaban en la cama del lado de la pared, por eso se llamaba a César spondam regis Nicomedis414. Tomaban aliento al beber y bautizaban el vino:


       Quis puer ocius
restinguet ardentis falerni
    pocula praetereunte lympha?415



Los lacayos empleaban ya sus acostumbradas truhanerías.


O Jane!, a tergo quem nulla ciconia pinsit,
nec manus auriculas imitata est mobilis albas,
nec linguae, quantum sitiat canis Appula tantum.416



Las damas argianas y las romanas usaban el luto blanco, como las nuestras en lo antiguo, y como debiera hacerse hoy, si mi dictamen se siguiera. Pero hagamos aquí punto, pues hay libros enteros que no tratan de otra cosa.




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Capítulo L

De Demócrito y Heráclito


Es el juicio un instrumento necesario en el examen toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos Ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo,   -257-   con mayor razón empleo en ella mi discernimiento, sondeando el vado de muy lejos; luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí o insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan de un asunto noble y discutido en que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado, que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos delibera que éste o aquél son los más convenientes. Elijo de preferencia el primer argumento; todos para mí son igualmente buenos, y nunca formo el designio de agotar los asuntos, pues ninguno se ofrece por entero a mi consideración: no declaran otro tanto los que nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien carices que cada una ofrece, escojo uno, ya para acariciarlo solamente, ya para desflorarlo, a veces para penetrar hasta la médula; reflexiono sobre las cosas, no con amplitud, sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces tiendo a examinarlas por el lado más inusitado que ofrecen. Aventuraríame a tratar a fondo de alguna materia si me conociera menos y tuviera una idea errónea de mi valer. Desparramando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no estoy obligado a ser perfecto ni a concentrarme en una sola materia; varío cuando bien me place, entregándome a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual, que es la ignorancia.

Todo movimiento de nuestra alma nos denuncia; la de César, que se deja ver cuando dirige y ordena la batalla de Farsalia, muéstrase también cuando a ocupan sus recreos y sus amores. Júzgase del valer de un caballo, no sólo al verle correr sobre la pista, sino también cuando marcha al paso y hasta cuando reposa en la caballeriza.

Entre las distintas funciones del alma, las hay bajas y mezquinas; quien en el ejercicio de ellas no la considera y examina, dejará de conocerla por entero. A veces mejor se la profundiza en sus acciones simples, porque el ímpetu de las pasiones la agita y lleva a sus más elevados movimientos; únase a esto que nuestra alma se emplea por entero en cada una de nuestras acciones y que nunca la ocupa más de una sola cosa a la vez y en ella pone todo el ser de cada individuo. Consideradas las cosas en sí mismas, acaso tengan su peso, medida y condición, pero desde el instante en que se relacionan con nosotros, el alma las acomoda a su manera de ser. La muerte, que a Cicerón estremece, Catón la desea, y es indiferente para Sócrates. La salud, la   -258-   conciencia, la autoridad, la ciencia, las riquezas, la belleza y sus contrarios, se despojan, recibiendo del alma, al entrar en ella, nueva vestidura, y adoptando el matiz que la place: moreno, claro, verde, obscuro, agrio, dulce, profundo, superficial, el que más en armonía está con las distintas almas, pues éstas no pusieron de acuerdo sus estilos, reglas y formas; cada una es en su estado soberana. ¿Por qué no nos fundamentamos más en nuestros juicios, en las cualidades externas de las cosas? En nosotros estriba darnos cuenta de ellas. Nuestro bien y nuestro mal no dependen sino de nosotros. Hagámonos donación a nosotros mismos de nuestras ofrendas y deseos, en manera alguna a la fortuna; ésta es impotente contra el poderío de nuestra vida moral, pues la arrastra consigo la moldea a su forma. ¿Por qué no he de juzgar yo de Alejandro cuando se encuentra en la mesa, conversando y bebiendo a saciedad, o cuando juega a las damas? ¿Qué cuerda de su espíritu deja de poner en actividad este juego necio y pueril? yo le odio y le huyo porque no es tal juego, porque nos preocupa de un modo demasiado serio, y porque me avergüenzo de fijar en él la atención, que, empleada de otro modo, bastaría a hacer algo para que valiera la pena. No se tomó mayor trabajo para organizar su expedición gloriosa a las Indias; ni ningún otro que se propone resolver una cuestión de la cual depende la salvación del género humano. Ved cómo nuestra alma abulta y engrandece aquella diversión ridícula; ved cómo absorbe todas sus facultades; con cuánta amplitud proporciona a cada uno los medios de conocerse y de juzgar rectamente de sí mismo. Yo no me veo ni me examino nunca de una manera más cabal que cuando juego a las damas: ¿qué pasión no saca a la superficie ese juego?, la cólera, el despecho, el odio, la impaciencia; una ambición vehemente de salir victorioso, allí donde sería más natural salir vencido, pues la primacía singular por cima del común de las gentes no dice bien en un hombre de honor tratándose de cosas frívolas. Y lo que digo en este ejemplo puede amplificarse a todos los demás; cada ocupación en que el hombre se emplea, acusa y descubre sus cualidades por entero.

Demócrito y Heráclito eran dos filósofos, de los cuales el primero, encantando vana y ridícula la humana naturaleza, se presentaba ante el público con rostro burlón y risueño. Heráclito, sintiendo compasión y piedad por nuestra misma naturaleza, estaba constantemente triste y tenía sus ojos bañados de lágrimas:


Alter
ridebat, quoties a limine moverat unum
protuleratque pedem; flebat contrarius alter.417



  -259-  

Yo me inclino mejor a la actitud del primer filósofo, no porque sea más agradable reír que llorar, sino porque lo primero supone mayor menosprecio que lo segundo; y creo que dado lo poco de nuestro valer, jamás el desdén igualara lo desdeñado. La conmiseración y la queja implican alguna estimación de la cosa que se lamenta; al contrario acontece con aquello de que nos burlamos, a lo cual no concedemos valor ni importancia alguna. En el hombre hay menos maldad que vanidad; menos malicia que estupidez: no estamos tan afligidos por el mal como provistos de nulidad; no somos tan dignos de lástima como de desdén. Así Diógenes, que bromeaba consigo mismo dentro de su tonel, y que se burlaba hasta del gran Alejandro, como nos tenía en el concepto de moscas o de vejigas infladas, era juez más desabrido e implacable, y por consiguiente más diestro a mi manera de ver, que Timón, el que recibió por sobrenombre el aborrecedor del género humano, pues aquello que odiamos es porque nos interesa todavía. Timón nos deseaba el mal, se apasionaba con ansia por nuestra ruina, y oía nuestra conversación como cosa dañosa, por creernos depravados y perversos. Demócrito considerábanos tan poca cosa, que jamás podríamos ni ponerle de mal humor ni modificarle con nuestro contagio; abandonaba nuestra compañía, no por temor, sino por desdén hacia nuestro trato. Ni siquiera nos creía capaces de practicar el bien ni de perpetrar el mal.

De igual parecer fue Statilio contestando a Bruto, que le invitaba tomar arte en la conspiración contra César. Bien que creyera la empresa justa, entendía que no valía la pena molestarse por los hombres; que éstos no eran dignos de tanto, conforme a la doctrina de Hegesias, el cual decía: «El filósofo no debe hacer nada por los demás, sólo por sí mismo debe interesarse; solo él es digno de que hagan algo por él.» Aquella respuesta está también de acuerdo con la opinión de Teodoro, quien estimaba injusto que el hombre perfecto corriera ningún riesgo por bien de su país, puesto que de correrlo se expone a perder la filosofía en beneficio de la locura. Nuestra propia y peculiar condición es tan risible como ridícula.




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Capítulo LI

De la vanidad de las palabras


Decía un antiguo retórico que su oficio consistía «en abultar las cosas haciendo ver grandes las que son pequeñas»; algo así como un zapatero que acomodara unos zapatos grandes a un pie chico. En Esparta hubieran azotado al tal retórico por profesar un arte tan artificial y   -260-   embustero. Arquidamo, rey de aquel Estado, oyó con extrañeza grande la respuesta de Tucídides al informarle de quién era más fuerte en la lucha, si Pericles o él: «Eso, dijo el historiador, no es fácil de saber, pues cuando yo le derribo por tierra en la pelea, convence a los que le han visto caer de que no ha habido tal cosa.» Los que disfrazan y adoban a las mujeres son menos dañosos que los retóricos, porque al cabo no es cosa de gran monta dejar de verlas al natural, mientras que aquéllos tienen por oficio engañar no a nuestros ojos, sino a nuestra razón, bastardeando y estropeando la esencia de la verdad. Las repúblicas que se mantuvieron mejor gobernadas, como las de Creta y Lacedemonia, hicieron poco mérito de los oradores. Aristón define cuerdamente la retórica: «Ciencia para persuadir al pueblo.» Sócrates y Platón la llamaban: «Arte de engañar y adular»; los que niegan que esa sea su esencia, corrobóranlo luego en sus preceptos. Al prescindir los mahometanos de la instrucción para sus hijos por considerarla inútil, y al reflexionar los atenienses que la influencia de la misma, que era omnímoda en su ciudad, resultaba perniciosa, ordenaron la supresión de la parte principal de la retórica, que es mover los afectos del ánimo: juntamente exordios y peroraciones. Es un instrumento inventado para agitar y manejar las turbas indómitas y los pueblos alborotados, que no se aplica más que a los Estados enfermos, como un medicamento; en aquellos en que el vulgo o los ignorantes tuvieron todo el poderío como en Atenas, Rodas y Roma; donde los negocios públicos estuvieron en perpetua tormenta, allí afluyeron los oradores. Muy pocos personajes se ven en esas otras repúblicas que gozaran de gran crédito sin el auxilio de la elocuencia. Pompeyo, César, Craso, Luculo, Lentulo y Metelo, encontraron en ella su supremo apoyo para procurarse la autoridad y grandeza que alcanzaron; más se sirvieron de la palabra que de las armas; lo contrario aconteció en tiempos más florecientes, pues hablando al pueblo L. Volumnio en favor de la elección consular de Q. Fabio y P. Decio, decía: «Ambos son hombres nacidos para la guerra, grandes para la acción; desacertados en la charla oratoria; espíritus verdaderamente consulares por todas sus cualidades; oís que son sutiles, elocuentes y sabios, no son aptos sino para la ciudad, para administrar justicia en calidad de pretores.» La elocuencia floreció más en Roma cuando el estado de los negocios públicos fue peor; cuando la tempestad de las guerras civiles agitaba a la nación: del propio modo un campo que no se ha roturado se cubre de más frondosos matorrales. Parece desprenderse de aquí que los gobiernos que dependen de un monarca han menester menos de la elocuencia que los otros, pues la torpeza y docilidad de la generalidad, impeliéndola a ser manejada y moldeada por el oído al dulce son de aquella música, sin que pueda   -261-   pesar ni conocer la verdad de las cosas por la fuerza de la razón, no se encuentra fácilmente en un solo hombre, siendo más viable librar al pueblo por el buen gobierno y el buen consejo de la impresión de aquel veneno. Macedonia y Persia no produjeron ningún orador de renombre.

Todo lo que precede me ha sido sugerido por un italiano, con quien acabo de hablar, que sirvió de maestresala al cardenal Caraffa, hasta la muerte del prelado; me ha referido aquél los deberes de su cargo, endilgándome un discurso sobre la ciencia de la bucólica con gravedad y continente magistrales, lo mismo que si me hubiese hablado de alguna grave cuestión teológica; me ha enumerado menudamente la diferencia de apetitos: el que se siente cuando se está en ayunas; el que se experimenta al segundo o tercer plato; los medios que existen para satisfacerlo ligeramente o para despertarlo y aguzarlo; la técnica de sus salsas, primero en general, luego particularizando las cualidades de cada una; los ingredientes que las forman y los efectos que producen en el paladar y en el estómago; la diferencia de verduras conforme a las estaciones del año: cuáles han de servirse calientes y cuáles deben comerse frías, y la manera de presentarlas para que sean más gratas a la vista. Después de este discurso me ha hablado del orden con que deben servirse los platos en la mesa, y sus reflexiones abundaban en puntos de vista muy importantes y elevados


    Nec minimo sano discrimine refert,
quo gestu lepores, et quo gallina secetur418;



todo ello inflado con palabras magníficas y ricas, las mismas que se emplean cuando se habla del gobierno de un imperio. Tratándose de elocuencia he creído oportuno traer a colación a mi hombre:


Hoc salsum est, hoc adustum est, hoc lautum est parum
illud recte; iterum sic memento: sedulo
moneo, quae possum, pro mea sapientia.
Postremo, tamquam in speculum, in patinas,Demea,
inspicere jubeo, et moneo, quid facto usus sit.419



Los griegos mismos alabaron grandemente la disposición y el orden que Paulo Emilio observó en un banquete que dio en honor de aquéllos cuando volvieron de Macedonia. Pero no hablo aquí de los efectos; hablo sólo de las palabras.

Yo no sé si a los demás les sucede lo que a mí; yo no puedo precaverme, cuando oigo a nuestros arquitectos inflarse   -262-   con esos majestuosos términos de pilastras, arquitrabes, cornisas, orden corintio o dórico y otros análogos de su jerga, mi imaginación va derecha al palacio de Apolidón, y luego veo que todo ello no son más que las mezquinas piezas de la puerta de mi cocina.

Al oír pronunciar los nombres de metonimia, metáfora, alegoría y otros semejantes de la retórica, ¿no parece que quiere significarse alguna forma de lenguaje rara y peregrina? pues en el fondo todo ello no son más que palabras con las cuales se califica la forma del discurso que vuestra criada emplea en su sencilla charla.

Artificio análogo a éste es el distinguir los empleos de nuestro estado con nombres soberbios sacados de los romanos, aunque no tengan con los antiguos ninguna semejanza, y todavía menos autoridad y poderío. También constituye otro engaño, de que algún día se hará justo cargo a nuestro siglo, el aplicar indignamente, a quien mejor se nos antoja, los sobrenombres más gloriosos, que la antigüedad no concedió sino a uno o dos personajes en cada siglo. Platón llevó el dictado de divino por universal consentimiento, y nadie ha intentado disputárselo. Los italianos que se vanaglorian, con motivo, de tener el espíritu más despierto y la razón más sana que las demás naciones de su tiempo, acaban de gratificar al Aretino con el mismo sobrenombre que a Platón acompaña. Ese escritor, salvo una forma hinchada, en la que sin duda abundan los rasgos ingeniosos, pero que tienen mucho de artificiales y rebuscados, y alguna elocuencia, no veo que sobrepase en nada a los demás autores de su tiempo; ¡le falta tanto para alcanzar aquella divinidad antigua! El calificativo de grandes se lo colgamos a príncipes que en nada sobrepasan la grandeza popular.




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Capítulo LII

De la parsimonia de los antiguos


Atilio Régulo, general en África del ejército romano, en medio de sus glorias y victorias contra los cartagineses, comunicaba a la república que un jornalero que había dejado al cuidado de su hacienda, la cual se componía en todo de siete fanegas de tierra, le había robado sus útiles de labranza; y pedía licencia para volver a su país y proveer a tan urgente necesidad, temiendo que su esposa e hijos corrieran riesgo por tal accidente. El Senado se encargó de poner otro criado en lugar del desaparecido; hizo donación a Régulo de los utensilios de labranza necesarios, y ordenó que el Estado proveería al sostenimiento de su familia.

Catón el antiguo, al regresar de España donde había ejercido   -263-   el cargo de cónsul vendió su caballo a fin de economizar el dinero que le hubiera costado llevarlo por mar a Italia. Cuando gobernaba en Cerdeña hacía sus visitas de inspección a pie, no llevando en su compañía más que un solo oficial que trasportaba sus vestidos y el vaso de los sacrificios, y casi siempre conducía él mismo su bagaje de mi mano. Enorgullecíase de no haber usado nunca traje que costara más de diez escudos; de no haber gastado en el mercado más de diez sueldos por día, y de que entre las casas de campo que poseía ninguna tuviera la fachada blanqueada ni revocada.

Después de haber alcanzado dos victorias y desempeñado dos consulados, Escipión Emiliano ejerció el cargo de legado, y tuvo sólo siete servidores en su compañía. Dícese que Homero nunca tuvo más que uno; Platón tres y Zenón, el maestro de la secta estoica, ni uno