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Del juzgar de la muerte ajena
Cuando consideramos la firmeza que alguien mostró en la hora de su muerte, que es sin duda la más notable acción de la vida humana, preciso es tener en cuenta que difícilmente creemos encontrarnos en tan supremo momento. Pocas gentes mueren convencidas de que en verdad llegó su última hora, y no hay ocasión en que más nos engañe la halagadora esperanza, que no cesa de trompetear en nuestros oídos: «Otros estuvieron más enfermos sin que por ello muriesen; la cosa no es tan desesperada como parece, y mayores milagros hizo Dios.» Pasan por nuestra fantasía todas estas ideas, porque damos demasiada importancia a nuestra persona; diríase que la universalidad de las cosas creadas sufre en algún modo a causa de nuestra desaparición, y que se apiada de nuestro estado; porque nuestra vista trastornada se representa las imágenes de las cosas de un modo engañoso, creemos que éstas se van a medida que nosotros desaparecemos. Lo propio que acontece a los que viajan por mar, para quienes montañas, campiñas y ciudades, cielo y tierra marchan en sentido inverso a su camino:
¿Quién vio nunca vejez que no alabara el tiempo pasado y no censurara el presente descargando sobre el mundo y las costumbres de los hombres las miserias de su tristeza? -2-
Todo lo arrastramos con nosotros, de donde resulta que consideramos nuestra muerte como un magno suceso que no se realiza sin aparato ni consultación solemne de los astros; tot circa unum caput tumultuantes deos866; y tanto más lo pensamos cuanto más importantes nos creemos y más aferrados estamos a la vida. ¿Cómo? ¿tanta ciencia, tan irreparable pérdida tendrá lugar sin que en ella intervenga para nada la diosa de los destinos? ¿Es posible que un alma tan singular, tan ejemplar y tan rara no cueste a la muerte más que otra vulgar e inútil? Esta vida que ampara tantas otras, de la cual tantas dependen, a que tantos honores rodean, que emplea tantas, gentes a su servicio, ¿desaparece ni más ni menos que si estuviese ligada a un simple nudo? Nadie piensa suficientemente no ser más que un solo hombre; de aquí aquellas palabras que dijo César a su piloto, más hinchadas que el mar que le amenazaba:
y estas otras:
y la pública superstición de que el sol ostentó en su frente durante todo un año el duelo por su muerte:
y mil semejantes por las cuales el mundo se deja en tan fácilmente, creyendo que nuestros intereses trastornan -3- al cielo mismo y que su infinidad, se cura de nuestros actos, más insignificantes. Non tanta caelo societas nobiscum est, ut nostro fato mortalis sit ille quoque siderum fulgor870. No es razonable suponer resolución y firmeza en quien no cree encontrarse todavía en el momento del peligro, aunque realmente esté dentro de él; tampoco basta que un hombre muera con entereza si de antemano no se preparó para desplegarla, pues acontece a muchos que violentan su continente y sus palabras para en ello alcanzar la reputación que esperan gozar todavía en vida. Algunas he visto morir a quienes la casualidad procuró continente digno, no el designio preconcebido. Entre los antiguos mismos muchos hubo que se dieron la muerte, y en quienes habría lugar de examinar si ésta fue repentina o les llegó por sus pasos contados. Aquel cruel emperador romano871 confesaba que quería hacérsela saborear a sus prisioneros y cuando alguno se suicidaba en la prisión: «Este se me escapó», decía. Quería prolongar la muerte y hacerla sentir por el tormento paulatinamente:
No es cosa meritoria el determinar gozando de salud y calma cabales darse la muerte; es bien fácil fanfarronear antes del momento supremo, de tal modo que el hombre más afeminado del mundo, Heliogábalo, en medio de sus más cobardes placeres proyectó matarse sibaríticamente cuando las circunstancias a ello le obligaran; y con el fin de que su acabar no desmintiera su vida pasada, mandó construir una torre suntuosa, cuya base estaba cubierta de oro y pedrería, para precipitarse desde lo alto; ordenó también hacer cuerdas de oro seda carmesí con que estrangularse, y forjar una espada de oro para atravesarse con ella; y asimismo puso veneno en vasos de esmeralda y topacio para envenenarse, según el género de muerte que quisiera elegir:
El afeminamiento de tales aprestos, hace fundadamente presumir que si se le hubiera puesto en el caso de llevar a la práctica cualquiera de esos medios sibaríticos, le hubiera -4- acometido un síncope. Aun entre los que con mayor vigor se resolvieron a la ejecución, preciso es considerar si se valieron de un medio que no dejara tiempo para experimentar los efectos: pues al ver deslizarse la vida poco a poco, porque el dolor del cuerpo se unta con el sentimiento del alma, como hay lugar de volverse atrás no puede saberse si la firmeza y la obstinación se mantuvieron hasta los últimos momentos. Lucio Domicio, que fue hecho prisionero en el Abruzo por Julio César, bebió una pócima para envenenarse, pero arrepintiose luego. Acontece a veces que un hombre resuelve morir, y no logrando asestarse con la fuerza suficiente el primer golpe, como el dolor detiene su brazo, hiérese dos o tres veces de nuevo, pero jamás consigue darse el golpe definitivo. Mientras se seguía el proceso de Plautio Silvano, Urgulania, su abuela, hizo llegar a sus manos un puñal, y no habiendo acertado con él a darse la muerte hízose cortar las venas por sus gentes. Albucilla, en tiempo de Tiberio, al pretender darse muerte hiriose con demasiada blandura, lo cual procuró a sus enemigos ocasión para aprisionarla y matarla como pretendían. Lo propio aconteció al capitán Demóstenes después de su derrota en Sicilia, y C. Fimbria, como se hiriera ineficazmente, rogó a su criado que acabara de rematarle. Ostorio, por el contrario, no pudiendo servirse de su brazo, tampoco quiso emplear el de su criado para otra cosa sino para que le mantuviera derecho y firme, y tomando carrera puso su garganta en el acero, y se la atravesó. En verdad es esta carne que debe tragar sin mascar quien no tenga el paladar de consistencia férrea. Sin embargo, el emperador Adriano ordenó a su médico que le marcara en una tetilla el lugar preciso en que había de herirse para que la persona que le matara supiera dónde había de señalar. Por eso cuando se preguntaba a César qué género de muerte prefería, contestaba que la menos premeditada y la más corta. Y si tal decía César no es cobardía el que yo lo crea. «Una muerte corta, decía Plinio, es el soberano bien de la vida humana.» No pueden reconocerla todos con vista serena. Tampoco puede considerarse con la resolución necesaria para sufrirla quien tiene miedo de hacerla frente y de mirarla con los ojos bien abiertos. Los que en los suplicios vemos correr a su fin y apresurar y empujar su ejecución, no lo hacen por valentía, sino porque quieren quitarse de encima la idea de su fin cercano. Lo que les atormenta no es la muerte; es el morir.
Grado de firmeza es éste que por experiencia sé que podrá -5- alcanzar, como aquellos que se lanzan en los peligros, cual en el océano, con los ojos cerrados. En la vida de Sócrates nada hay a mi ver más relevante ni preclaro que los treinta días enteros durante los cuales rumió la sentencia de su muerte, y el haberla digerido por espacio de tanto tiempo, estando seguro de su fin, sin conmoverse ni alterarse, realizando todas sus acciones y profiriendo todas sus palabras con tono de negligencia, más bien que con rigidez, por el peso que pudiera ocasionarle una meditación para todos cruel y aterradora. Pomponio Ático, tan conocido por su correspondencia con Cicerón, hallándose enfermo, hizo llamar a Agripa, su yerno, y a dos o tres amigos más, y les dijo que como estuviera convencido de que nada ganaba queriendo curarse, y que cuanto hacía para prolongar su vida prolongaba también y aumentaba su dolor, había resuelto poner fin al uno y a la otra, rogándoles que aprobaran su deliberación, o cuando menos que no perdieran el tiempo oponiéndose a ella. Pero como determinara acabar dejándose morir de hambre, en vez de perecer, sanó súbita y casualmente: el remedio de que echara mano para destruirse procurole la salud. Felicitáronse por tan fausto desenlace los médicos y sus amigos, y festejaron acontecimiento tan dichoso, mas se engañaron de verdad, porque no les fue posible hacerle cambiar de decisión. Para mantenerse firme en ella alegaba Pomponio que un día u otro había de dar el mismo paso, y que puesto que ya estaba empezado quería evitarse el trabajo de comenzar nuevamente en otra ocasión. Este personaje vio de cerca la muerte, y no sólo no temió lanzarse en sus brazos, sino que se encarnizó por ganar su compañía. Como le placiera la causa que le movió a entrar en la liza, la bravura le impulsó a experimentar el fin lejos de tener miedo al morir, quiso tocarlo y saborearlo. El ejemplo del filósofo Cleantes es muy parecido al de Pomponio. Sus encías se habían inflamado y podrido, y los médicos le aconsejaron una abstinencia completa. Dos días de ayuno le produjeron tan buen efecto que aquéllos dieron su curación por terminada, consintiéndole volver a su régimen ordinario. Cleantes se hizo el sordo, y como hubiera comenzado a gustar la dulzura del desfallecimiento en que yacía, no quiso retroceder, trasponiendo el camino a que tan adentro había llegado. El joven romano Tulio Marcelino, queriendo anticipar la hora de su fin para libertarse de una enfermedad que le ocasionaba mayores sufrimientos de los que quería soportar, llamó a sus amigos con objeto de deliberar sobre su muerte, aun cuando los médicos le habían prometido un seguro restablecimiento, si bien no inmediato. Unos, dice Séneca, le daban el consejo que por flaqueza hubieran para sí practicado, y otros por servilismo, el que suponían que debía -6- serle más grato. Pero tropezó con un estoico que le habló así: «No te inquietes, Marcelino, cual si de un asunto importante deliberaras; vivir no es cosa que valga la pena; viven tus criados, y los animales viven también; lo importante es permanecer en el mundo con dignidad, constancia y prudencia. Considera el tiempo que hace que vives haciendo lo mismo: comer, beber, dormir; beber, dormir y comer: ni un instante dejamos de rodar alrededor de este círculo. No sólo las desgracias y los males insoportables nos hacen desear la muerte, sino también la saciedad misma de vivir.» Marcelino no había menester de consejero. Necesitaba sólo quien le ayudara a realizar su propósito, y como sus criados temieran prestarle auxilio, el filósofo les dijo que los servidores son sospechosos solamente cuando hay duda de que la muerte del amo no fue voluntaria, y que no ayudarle sería lo mismo que matarle, porque, como dice Horacio,
Luego el estoico advirtió a Marcelino cuán procedente sería que, así como en las comidas se sirve el postre a los asistentes al final, así su vida acabada, debía distribuir alguna cosa entre los que le habían rodeado. Como Marcelino era hombre animoso y liberal, mandó repartir algunas cantidades entre sus servidores, y los consoló al mismo tiempo. Por lo demás no hubo necesidad de acero ni tampoco de derramar sangre; quiso salir de la vida, no huirla. No escapar a la muerte, sino experimentarla, y con el fin de procurarse medio de examinarla bien de cerca, permaneció tres días sin comer ni beber, y el cuarto ordenó que le dieran un baño de agua tibia. Luego fue poco a poco desfalleciendo, no sin sentir algún placer voluptuoso, según declaró. Y en efecto, los que sufrieron esos desfallecimientos físicos que de la debilidad provienen, dicen que ningún dolor les ocasionan, sino más bien un placer, cual si se encaminaran al sueño y al reposo. Muertes son éstas estudiadas y digeridas. Cual si sólo a Catón fuera dado mostrar en todo ejemplos de fortaleza quiso su bien que tuviera mala la mano con que se asestó la herida. Así pudo tener lugar para afrontar la muerte y atraparla por el pescuezo, reforzando su vigor ante el peligro en vez de debilitarlo. Si hubiera tenido yo que representarle en su actitud más soberbia, habría escogido el momento en que todo ensangrentado desgarraba sus entrañas, mejor que empuñando la espada, como lo hicieron los escultores de su tiempo, pues aquel segundo suicidio sobrepujó con mucho la furia del primero. -7-
Cómo nuestro espíritu se embaraza a
sí mismo
Es una graciosa idea la de imaginar un espíritu igualmente solicitado por dos iguales deseos, pues es indudablemente que jamás adoptará ninguna resolución, a causa de la alternativa del escoger presupone en los objetos desigualdad de valor. Y si se nos colocara entre la botella y el jamón, con apetito idéntico de comer y beber, no cabe duda que moriríamos de hambre y de sed. Para explicar los estoicos el que nuestra alma elija entre dos cosas indiferentes, cuál es la causa, por ejemplo, de que en un montón de escudos tomemos más bien unos que otros, siendo todos parecidos y no habiendo razón alguna que nos incline a la preferencia, dicen que semejante movimiento de nuestro espíritu es desordenado y anormal, y que proviene de un impulso extraño, accidental y fortuito. Paréceme que podría darse una mejor explicación, en razón a que ninguna cosa se representa nuestra mente en que no exista alguna diferencia, por ligera que sea; y que para la vista o para el tacto hay siempre algún motivo que nos tiente y atraiga aun cuando no podamos advertirlo. Análogamente, si imagináramos un bramante cuya resistencia fuera igual en toda su extensión, sería imposible de toda imposibilidad que se quebrara: ¿por dónde había de principiar la ruptura? Romperse por todas partes va contra el orden natural. Y si añadimos además a este ejemplo las preposiciones geométricas que por la evidencia de la demostración concluyen que el contenido es mayor que el continente y el centro tan grande como su circunferencia; que admiten dos líneas que acercándose constantemente una a otra no pueden jamás tocarse, la piedra filosofal y la cuadratura del círculo, en todas las cuales la razón y lo que la vista muestra están en oposición, obtendríamos sin duda algún argumento con que apoyar este atrevido principio de Plinio: solum certum nihil esse certi, et homine nihil miserius, aut superbius876.
La privación es causa de apetito
No hay razón que no tenga su contraria, dice la más juiciosa de todas las escuelas filosóficas. Reflexionaba yo poco ha sobre aquella hermosa sentencia enunciada por -8- un antiguo filósofo en menosprecio de la vida, según la cual, «ningún bien puede procurarnos placer si no es aquel a cuya pérdida estamos preparados»; in aequo est dolor amissae rei, et timor amittendae877; queriendo probar con ambos principios que las fruiciones de la villa no pueden sernos verdaderamente gratas si tememos que nos escapen. Podría, sin embargo, decirse lo contrario, esto es, que guardamos y abrazamos el bien con tanta mayor ansia y afección cuanto que lo vemos más inseguro en nuestras manos, y cuanto mayor temor tenemos de que nos sea arrebatado, pues vemos con clara evidencia que así como el fuego se aviva con el viento, nuestra voluntad ser aguza también con la privación:
y que nada hay que sea tan naturalmente contrario a nuestro gusto como la saciedad que proviene de la abundancia; ni nada que tanto lo despierte como la dificultad y la rareza: omnium rerum voluptas ipso, quo debet fugare, periculo cresci879.
Para mantener vivo el amor entre los lacedemonios ordenó Licurgo que los casados no pudieran ayuntarse sino a escondidas, y que sería tan deshonroso encontrarlos juntos en el lecho como si se los hallara separados en idénticas funciones con otras personas. Las dificultades que rodean a las citas amorosas, el temor de las sorpresas, la vergüenza del primer encuentro:
son las especias que dan el picante a la salsa. ¿Cuántos motivos de grata diversión no nacen al hablar de las obras del amor de una manera honesta y encubierta? La misma voluptuosidad procura irritarse con el dolor; es mucho más dulce citando desuella y hierve. La cortesana Flora confesaba no haber dormido nunca con Pompeyo sin que dejara a éste señales de sus mordeduras. -9-
Ocurre lo propio en todas las cosas: avalóralas la dificultad. Los habitantes de la Marca de Ancona hacen con placer mayor sus promesas a Santiago, y los de Galicia a Nuestra Señora de Loreto. En Lieja se celebran los baños de Luca, y en Toscana los de Spa; apenas se ven italianos en la escuela de esgrima de Reina, que está llena de franceses. Aquel gran Catón, como nosotros, se cansó de la esposa que tenía mientras fue suya, y la deseó cuando perteneció a otro. Yo envié a la yeguada un caballo viejo que en cuanto sentía las hembras se ponía hecho una furia: la abundancia le sació en seguida con las suyas, mas no así con las extrañas, pues ante la primera que cruza por su prado vuelve a sus importunos relinchos y a sus rabiosos calores, como al principio. Nuestro apetito menosprecia y pasa por alto lo que tiene en la mano para correr en pos de lo que carece:
Prohibirnos una cosa es hacérnosla desear:
el otorgárnosla a nuestro albedrío hace que nuestra alma engendre al punto menosprecio hacia ella. La escasez y la abundancia ocasionan inconvenientes iguales.
El desear y el gozar nos llevan al mismo dolor. Es desagradable el rigor de la mujer amada, pero la continua amabilidad y dulzura lo son a decir verdad todavía en mayor grado, pues el descontento y la cólera nacen de la estimación en que tenemos la cosa deseada, aguzan el amor y lo vivifican. La saciedad engendra el hastío, que es una pasión embotada, entorpecida, cansada y adormecida.
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¿Por qué ideó Popea ocultar los, atractivos de su rostro sino para encarecerlos a los ojos de sus amantes? ¿Por qué se encubrieron hasta por bajo de los talones esos encantos que todas desean mostrar y que todos igualmente desean ver? ¿Por qué guardan las damas con impedimentos tantos, puestos los unos sobre los otros, las partes donde reside nuestro deseo y el suyo? ¿y cuál es el fin de esos voluminosos baluartes con que las doncellas acaban de armar sus caderas, sino engañar nuestro apetito y atraernos hacia ellos alejándonos?
¿A qué conduce el artificio de ese pudor virginal, esa frialdad tranquila, ese continente severo, esa profesión expresa de ignorar las cosas que saben ellas mejor que nosotros que somos sus instructores, sino a aumentarnos el ansia de vencer, a domar y pisotear nuestro deseo? Este es el fin de todos los melindres, ceremonias y obstáculos, pues no solamente hay placer, también hay honor juntamente en seducir y enloquecer esa blanda dulzura y ese pudor infantil, y en mostrar luego a nuestro ardor una fría y magistral gravedad. Es glorioso, dicen, triunfar de la modestia, de la castidad y de la templanza, y quien a las damas aleja de estas prendas las engaña y se engaña a sí mismo. Preciso es creer que su corazón se estremece de horror; que el sonido de nuestras palabras escandaliza la pureza de sus oídos; que transigen con nuestra importunidad a viva fuerza. La belleza omnipotente no se deja saborear sin la ayuda de estos intermedios. Ved en Italia, donde hay más belleza que vender, y de la más exquisita, cómo le es preciso echar mano de manejos y artes extraños para hacerse agradable; y a pesar de todo, cualesquiera que sus argucias sean, persiste en sernos débil y lánguida, de la propia suerte que aun en la virtud, entre dos acciones iguales, consideramos como más hermosa y relevante la que supuso mayor dificultad y riesgo. La divina Providencia consiente que su santa iglesia se encuentre agitada como la vemos por tantas tempestades y desórdenes, para despertar así por ese contraste a las almas piadosas, arrancándolas de la ociosidad y del sueño en que las había sumergido una tranquilidad tan dilatada. -11- Si contrapesamos las pérdidas que hemos experimentado por el número de los que se descarriaron, con la ganancia que nos resulta con habernos devuelto nuestros alientos, resucitado nuestro celo y nuestras fuerzas a causa de este combate, estoy seguro de que las ventajas sobrepujarán las pérdidas. Hemos creído sujetar con mayor resistencia el nudo de nuestros matrimonios por haber apartado de ellos todo medio de disolución, y en igual grado se desprendió y aflojó la inclinación de la voluntad y de la afección, que la sujeción se impuso. Por el contrario, lo que hizo en Roma que los matrimonios permanecieran tanto tiempo en seguridad y honor, fue la libertad de romperlos cuando los contrayentes lo desearan; guardaban mejor sus mujeres porque podían perderlas, y hallándose en libertad completa de divorciarse transcurrieron quinientos años y aun más antes de que ningún cónyuge se desligara.
Podría citarse a este propósito la opinión de un escritor de la antigüedad, el cual afirma «que los suplicios despiertan los vicios más bien que los amortiguan; que no engendran la inclinación al bien obrar, la cual es el resultado de la razón y la disciplina, y que solamente propongan el cuidado de no ser sorprendidos practicando el mal»:
ignoro si esta sentencia es verdadera, mas lo que por experiencia conozco es que jamás ningún pueblo cambia de manera de ser con medidas semejantes: el orden y gobernamiento de las costumbres tiene su base en procedimientos diferentes. Hablan los historiadores griegos de los argipos, vecinos de la Escitia, que viven sin vara ni palo con que ofender; a quienes no solamente nadie intenta ir a atacar, sino que aquel que puede internarse en su país hállase en lugar de franquicia, en razón de la virtud y santidad de vida de este pueblo, y nadie hay que se atreva a tocarle. Recúrrese a ellos para resolver las diferencias que surgen entre los hombres de otras partes. Naciones hay en que los jardines y los campos que quieran guardarse rodéanse con un hilo de algodón, y se encuentran más seguros que si estuvieran rodeados como entre nosotros de fosos y setos vivos. Furem signata sollicitant.. Aperta effractarius praeterit.892 -12-Acaso entre otras causas la facilidad de franquearla contribuye a resguardar mi casa de los atropellos de nuestras guerras civiles; la defensa atrae el ataque y la desconfianza la ofensa. Debilité las intenciones de los soldados, apartando de su empresa el riesgo de todo asomo de gloria militar, lo cual les sirve siempre de pretexto y excusa: aquello que se realiza valientemente se considera siempre como honroso cuando la justicia es muerta. Hágoles la conquista de mi mansión cobarde y traidora; no está cerrada para nadie que a sus puertas llama, tiene por toda guarda un portero, conforme a la ceremonia y usanza antiguas, cuyo cometido es menos el de prohibir la entrada que el de franquearla con amabilidad y buena gracia. Ni tengo más guardia ni centinela que el que los astros me procuran. Un noble hace mal en alardear de hallarse defendido cuando no lo está perfectamente. La residencia que tiene acceso por un lado lo tiene por todas partes: nuestros padres no pensaron en edificar plazas fuertes. Los medios de sitiar sin baterías ni regimientos, y la facilidad de sorprender nuestras viviendas crecen todos los días superando los de guardarse; los espíritus se aguzan generalmente en lo tocante a estas hazañas; las invasiones nos alcanzan a todos, el defenderse sólo a los ricos. Mi casa era fuerte para la época en que fue construida; nada hice por fortalecerla, y temería que su resistencia se tornara contra mí mismo; además un tiempo bonancible requeriría desfortalecerla. Es peligroso el no contar con su confianza y difícil encontrarse seguros de ella, pues en materia de guerras intestinas vuestro criado puede ser del partido que teméis, y allí donde la religión sirve de móvil ni los parientes mismos son gente de fiar, escudados en la defensa de la justicia. El erario público sería incapaz de sostener nuestros guardadores, se agotaría: sin nuestra ruina somos impotentes para sostenerlo, o lo que es más injusto todavía, sin que el pueblo resulte esquilmado. La pérdida mía me acarreará consecuencias peores. Por lo demás acontece que, si os experimentáis perdidos, vuestros propios amigos se emplean en reconocer como causa vuestra falta de vigilancia o imprevisión, mejor que en compadeceros; afirman que es la ignorancia o la desidia en el manejo de los negocios de vuestra profesión la causa de vuestra desdicha. El que tantas casas bien guardadas se hayan perdido mientras la mía se mantiene en pie, háceme sospechar que aquéllas se desquicieron por encontrarse bien defendidas, circunstancia que provoca el deseo y da la razón al sitiador: toda centinela muestra faz de combate. Si así lo quiere Dios, un día será invadida mi morada; pero yo estoy muy lejos de atraer a nadie; es el asilo donde descanso lejos de las guerras que nos acaban. Mi intento es sustraer este rincón de la tormenta pública, como tengo guardado otro en mi alma. -13- Es inútil que nuestra lucha cambie de cariz, que se multiplique y diversifique en nuevos partidos, o no me muevo. En medio de tantas residencias como hay en Francia de la condición en que vivo, defendidas a mano armada, sólo la mía está encomendada a la exclusiva protección del cielo: jamás alejé de ella vajilla de plata, contrato ni tapicería. No quiero yo vivir rodeado a medias de inquietudes, ni tampoco salvarme a medias. Si el favor divino llega a alcanzarme, me durará hasta el fin; si no me toca, bastante tiempo estuve en el mundo para que mi vida fuera advertida y registrada: ¿Cuánto? Hace treinta años bien cumplidos.
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