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De la gloria
Existen el nombre y la cosa. El primero es una palabra que distingue y significa la cosa, no es una parte de la cosa misma ni de su sustancia. Es un fragmento extraño junto a la cosa y aparte de ella. Dios, que es en sí mismo cúmulo y plenitud de toda perfección, no puede aumentarse ni crecer interiormente; mas su nombre puede aumentar y prosperar por la bendición y alabanza que aplicamos a sus obras exteriores. Como no nos es dable incorporar en la esencia divina nuestras alabanzas, tanto más cuanto que no puede existir la comunicación del bien, atribuímosla a su nombre, que fuera de él es la parte más cercana; por eso es sólo Dios el ser a quien la gloria y el honor pertenecen, y nada hay que más se aparte de la razón que el mendigarla para aplicarla a nosotros; pues siendo interiormente indigentes y miserables, cuya esencia es imperfecta, y teniendo constantemente necesidad de mejorar, a ello deben ir encaminados nuestros pasos. Estamos hueros y vacíos, y no es precisamente de viento y de palabras de lo que debemos llenarnos; precísanos una sustancia más sólida para nuestra reparación. Un hambriento sería bien simplote si prefiriera un hermoso vestido a una comida suculenta: hay que acudir a lo más urgente. Como dicen nuestras diarias oraciones: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus.893 Nos encontramos exhaustos de belleza, salud, prudencia, virtud otras esenciales cualidades; los adornos exteriores se buscarán luego que hayamos atendido a las cosas necesarias. En la teología se traían amplia y adecuadamente estas materias; yo casi desconozco por completo esta ciencia. -14-Crisipo y Diógenes fueron los primeros y los que con mayor firmeza menospreciaron la gloria; y entre todos los goces aseguraban que no existía ninguno más peligroso ni que más debiéramos huir que el que nos procura la aprobación ajena. Efectivamente, la experiencia nos hace sentir que nacen de ella traiciones de las más ruinosas. No hay cosa que envenene tanto a los príncipes como la adulación, ni nada tampoco por donde los perversos ganen crédito con facilidad mayor alrededor de aquéllos; ni rufianería tan propia y ordinaria para corromper la castidad de las mujeres como el regalarlas y dirigirlas piropos y alabanzas. El primer encantamiento que las sirenas emplearon para engañar a Ulises fue de esta naturaleza:
Decían aquellos filósofos Que toda la gloria del mundo ni siquiera merecía que un hombre sensato extendiese un dedo para alcanzarla:
Y al expresarme así sólo hablo de la gloria a secas, pues la hay a que suelen acompañar algunas ventajas merced a las cuales puede hacerse deseable: ella nos procura la amabilidad ajena; nos hace menos propensos a ser injuriados y ofendidos, y nos suministra otras ventajas semejantes. El desdén de la gloria era una de las principales reglas de la filosofía epicúrea, pues el precepto de esta escuela que dice OCULTA TU VIDA, y que prohíbe a los hombres embarazarse con la carga de los negocios públicos, presupone necesariamente el menosprecio de la gloria, la cual es la aprobación que el mundo hace de los actos que ponemos en evidencia. Quien nos ordena el escondernos y no cuidar sino de nosotros mismos; quien no consiente que seamos conocidos de los demás, pretende todavía menos que seamos honrados y glorificados; por eso Epicuro aconseja a Idomeneo que en manera alguna gobierne sus acciones conforme a la opinión o fama de las gentes, como no sea para evitar las molestias accidentales que el menosprecio de los hombres puede acarrearle. Estas reflexiones son absolutamente verdaderas; a mi entender están de todo en todo de acuerdo con la razón; mas acontece que nosotros somos, no sé por qué causa, dobles en nuestra naturaleza, lo cual da margen al que aquello que creemos no lo creamos realmente y que no podamos desechar lo que condenamos. Veamos las últimas -15- palabras que Epicuro profiere al morir; en verdad son grandes y dignas de tal filósofo; pero en ellas hay algo que recomienda su nombre, lo cual está en contradicción con las ideas que encierra su doctrina. He aquí la carta que dictó antes de exhalar el último suspiro:
Tal es la carta. Lo que me hace imaginar que el placer que Epicuro experimenta en su alma merced a sus ideas, reconoce en algún modo como fundamento la gloria que esperaba alcanzar después de su muerte, son las disposiciones de su testamento, según el cual «Aminomaco y Timócrates, sus herederos, proveen para la celebración del día de su natalicio, todos los años en el mes de enero, a los gastos que Hermaco había de ordenar, lo mismo que a los dispendios que se habían de hacer el veinteno día de cada luna en provecho de los filósofos sus familiares, que se congregarían para honrar la memoria de Epicuro y Metrodoro». Carneades predicó doctrina contraria, y sostuvo que la gloria era por sí misma deseable, de igual suerte que abrazamos a nuestros póstumos por sí mismos, sin ningún conocimiento ni goce. Esta opinión ha sido más comúnmente seguida, como suelen serlo las que se acomodan mejor a nuestras inclinaciones. Aristóteles concede a la gloria el primer rango entre los bienes externos, y recomienda que se eviten, como dos extremos viciosos, la inmoderación en el buscarla y el exceso en el huirla. Yo creo que si hubieran llegado a nosotros los tratados que Cicerón dejó escritos sobre este asunto tendríamos ocasión de conocer cosas singulares, pues este hombre fue de un temperamento tan furibundo por la gloria, que acaso hubiese caído en el exceso en que dieron otros al asegurar que la virtud misma no era apetecible ni deseable sino por el honor que la acompaña siempre:
idea tan errónea, que me entristece el que haya nunca -16- podido albergarse en entendimiento de hombre que tuviera el honor de llevar el dictado, de filósofo. Si tal principio fuera cierto, no habría que ser virtuoso sino en público; y las operaciones del alma, donde el asiento verdadero de la virtud reside, sería inútil mantenerlas ordenadas y arregladas en tanto que los demás no tuvieran conocimiento de ello. El toque estaría en cometer delitos fina y sutilmente. «Si sabes, dice Carneades, que una serpiente permanece oculta en el lugar en que ignorándolo va a sentarse alguien que encontrará la muerte, y de la cual esperas recibir beneficio, haces mal en no advertírselo, tanto más cuanto que el acto que realizas no debe ser conocido sino de ti mismo.» Si en nosotros mismos no encontramos la ley del bien obrar, si a nuestros ojos la impunidad es justicia, ¿a cuántas suertes de maldades no nos abandonaremos todos los días? La acción que Sexto Peduceo practica devolviendo religiosamente las riquezas que C. Plotio le encomendara (nadie sino los dos lo sabían, yo hice otro tanto con frecuencia) no la tengo por tan laudable, como encontraría digno de execración el que no hubiéramos cumplido tal deber. Creo bueno y útil de recordar en nuestros días el ejemplo de P. Sextilio Rufo, a quien Cicerón acusa por haber recibido una herencia contra su conciencia, no contra las leyes, sino ayudado por ellas. M. Craso y E. Hortensio, que merced a su autoridad y poder fueron llamados por un extranjero a la sucesión de un testamento falso, a fin de recoger por este medio su parte, conformáronse con no ser cómplices de la falsedad, mas no rechazaron el sacar provecho, considerándose como a cubierto con mantenerse al abrigo de las acusaciones de los testigos y de las leyes: Meminerint Deum se habere testem, id est (ut ego arbitror), mentem suam.897 Es la virtud cosa bien vana y frívola cuando de la gloria alcanza su recomendación. Inútilmente nos obstinaríamos en aislarla y desunirla, porque, ¿qué cosa hay más casual que la nombradía? Profecto fortuna in omni re dominatur: ea res, cunctas ex libidine magis, quam ex vero, celebrat obscuratque.898 El procurar que nuestras acciones sean conocidas y vistas es por entero obra del acaso; es la suerte la que nos suministra la gloria, conforme a su instabilidad. Muchas veces la vi marchar delante del mérito y otras sobrepujarlo con generosa medida. Quien encontró primero semejanza entre la gloria y la sombra fue más perspicaz de lo que quiso; cosas son ambas de una vanidad perfecta: -17- también la sombra precede al cuerpo que la proyecta, o le excede con mucho en longitud. Los que enseñan a la nobleza a no buscar en ella nada que del honor difiera, quasi non sit honestum quod nobilitalum non sit899, ¿qué pretenden con ello sino amaestrarla en no echarse en brazos del azar cuando sus acciones no son vistas, y hacer que paren mientes en si hay testigos que puedan dar nuevas de sus proezas, allí mismo donde se presentan ocasiones mil de bien obrar sin que haya posibilidad de que la acción pueda ser advertida? ¡Cuántas hermosas proezas individuales quedan enterradas en medio de la confusión de una batalla! Quien se entretiene en considerar a los demás durante el combate no trabaja mucho por sí propio declarándolo, por el testimonio que da de las debilidades de sus compañeros. Vera et sapiens animi magnitudo, honestum illud, quod maxime natura sequitur, in factis positum, non in gloria, judicat.900 Toda la gloria que yo pretendo alcanzar de mi existencia consiste en haberla vivido tranquila; tranquila, no según Metrodoro, Arcesilao o Aristipo, sino según yo mismo. Puesto que la filosofía no supo encontrar ningún camino que condujera a la calma de la vida, y que fuera aplicable a todos, que cada cual lo busque de por sí. ¿A quien deben César y Alejandro esa grandeza infinita de su fama sino a la casualidad? ¿Cuántas vidas extinguió el destino en el comienzo de sus progresos, de las cuales no tenemos conocimiento alguno, y que estuvieron dotadas de la misma entereza que aquéllos, y que hubieran llevado a cabo iguales portentos si la desdicha de su suerte no las hubiese detenido de pronto en el germinar mismo de sus empresas? Al través de tantos y tan extremos peligros no sé que César fuera jamás herido; miles y miles de hombres fueron muertos arrostrando el menor riesgo entre los más chicos que él venció. Infinitas acciones hermosas deben desvanecerse, sin que haya medio que pueda testimoniarlas, antes de que una sola venga a nuestro conocimiento. No siempre se permanece en lo alto de una brecha, o a la cabeza de un ejército, o a la vista del general, como sobre un andamio: se es sorprendido entre los setos y el foso; precisa tentar fortuna contra un gallinero; es indispensable atrapar a cuatro mezquinos arcabuceros, que anidaron en una granja; es menester apartarse de las tropas y atacar solo, conforme las circunstancias lo exijan. Y a considerar las cosas detenidamente verase a mi entender lo que la experiencia nos enseña, o sea que las ocasiones menos brillantes -18- son las más peligrosas, y que en las guerras que han tenido lugar en nuestro tiempo se perdieron más hombres valerosos en circunstancias mezquinas, en el disputarse de una bicoca, que en ocasiones dignas y honrosas. Quien considera su muerte como mal empleada de no alcanzarla en momento señalado, en lugar de ilustrarla obscurece de intento su vida dejando escapar mientras tanto muchas ocasiones meritorias de arriesgarse. Todas aquellas que son justas, son suficientemente notables; la conciencia de cada uno trompetea de sobra sus hazañas. Gloria nostra est testimonium conscientiae nostrae.901 Quién no es hombre valeroso sino porque los demás lo sepan, y porque le estimarán mejor luego de haberle sabido; quien no ejecuta las buenas obras sino a condición de que su virtud vaya en derechura al conocimiento de los hombres, ése no es persona de quien pueda sacarse gran provecho.
Es necesario ir a la guerra para cumplir un deber, y aguardar la recompensa que no puede faltar a todas las acciones hermosas, por ocultas que sean, ni siquiera a los virtuosos pensamientos: tal es el único contentamiento que una conciencia bien ordenada recibe en sí misma por el bien obrar. Es necesario ser valiente por sí mismo y por las ventajas que acarrea el tener el ánimo colocado en firme asiento y seguridad, contra los asaltos de la fortuna:
No porque los demás lo vean y lo sepan debe nuestra alma desempeñar su papel, sino para nosotros, interiormente, donde no lleguen otros ojos que los nuestros. Allí el alma nos resguarda del temor de la muerte, de los dolores y de -19- la deshonra misma; allí nos procura la calma cuando perdemos nuestros hijos, nuestros amigos o nuestros bienes y cuando las circunstancias lo exigen nos conduce a los peligros de la guerra; non emolumento aliquo, sed ipsius honestatis decore904. Este provecho es mucho más gran de y más digno de ser apetecido y esperado que el honor y la gloria, los cuales no son otra cosa que un juicio favorable que de nosotros se hace. Precisa elegir de entre toda una nación una docena de hombres para juzgar de una aranzada de tierra, y el juicio de nuestras inclinaciones y de nuestros actos, que es lo más complicado e importante entre todas las cosas existentes, lo encomendamos a la voz común, a la turbamulta, madre de toda ignorancia, de toda injusticia y de toda inconstancia. ¿Es razonable hacer depender la vida de un hombre cuerdo del juicio de los locos? An quidquam stultius quam, quos singulos contemnas, eos aliquid putare esse universos?905 Quien endereza sus miras a complacerlos jamás hizo nada señalado; es un blanco intangible y que carece de forma. Nil tam inoestimabile est quam animi multitudinis.906 Demetrio decía graciosamente de la voz del pueblo que no hacía más mérito de la que le salía por arriba que de la que le salía por abajo. Cicerón va más allá todavía: Ego hoc judico, si quandoturpe non sit, tamen non esse non turpe, quum id a multiludine laudetur.907 Ningún arte, ninguna flexibilidad de espíritu sería capaz de dirigir nuestros pasos en seguimiento de un guía tan extraviado y tan sin norma: en esta confusión, que salo el viento gobierna, compuesta de tantos ruidos y opiniones vulgares como nos empujan, no puede fijarse ningún camino aceptable. Desechemos un fin tan flotante y volandero; vayamos constantemente en pos de la razón; que la aprobación pública nos siga por virtud de ese principio, si es que quiere seguirnos. Como ésta depende por entero del acaso no hay para qué seguir tal o cual dirección. Aunque por su derechura no siguiera, yo el recto camino, practicaríalo porque la experiencia me enseñó que en fin de cuentas es el más dichoso y el más ventajoso: Dedit hoc providentia hominibus munus, ut honesta magis juvarent.908 Aquel marinero de la antigüedad decía así a Neptuno, en medio de una gran tormenta: «Oh dios, tú me salvarás si lo tienes -20- a bien y, si no, me perderás; pero yo mantendré siempre derecho mi timón.» He conocido mil hombres hábiles, mestizos y ambiguos, a quienes todo el mundo consideraba como más prudentes que yo en el manejo de las cosas del mundo, que se fueron a pique en ocasiones en que yo logré salvarme:
Cuando Paulo Emilio se dirigió a su gloriosa expedición de Macedonia advirtió sobre todo al pueblo romano «que contuviera la lengua en el hablar de sus acciones durante su ausencia». La licencia en el juzgar acarrea una perturbación grande en el gobierno de los negocios importantes, pues no todos están dotados de la firmeza de Fabio para rechazar la voz del pueblo adversa e injuriosa, el cual prefirió que se desmembrara su autoridad para con las vanas ideas de los hombres, por cumplir mejor su misión, no haciendo ningún caso de la reputación favorable y consentimiento popular. Existe yo no sé qué dulzura natural en ser alabado, pero nosotros la hacemos subir de punto:
Yo no me cuido tanto de lo que soy para otro como me desvelo de lo que soy para mí mismo. Quiero ser rico con mis propios bienes, no con los prestados. Los extraños no ven más que los acontecimientos y las apariencias externas; cada cual puede poner cara de pascua por fuera, aunque por dentro le consuman la calentura y el espanto; los que me rodean no ven mi corazón, no ven más que mi continente. Con razón se censura la hipocresía que se ve en la guerra, pues nada hay más sencillo para un hombre experto que escapar el peligro y simular el esforzado, mientras el ánimo flaquea o cae deshecho por los suelos. Hay tantos medios de evitar individualmente las ocasiones de exponerse, que podemos engañar mil veces al mundo antes de poner el pie en un lugar donde el peligro nos amenace; y aun entonces, encontrándonos entre la espada y la pared, sabremos ocultar las emociones de nuestro rostro, expresándonos con palabra serena, aunque nuestra alma vacile interiormente. Seguro es que quien pudiera echar mano del anillo platónico, que tenía la virtud de hacer invisible al que lo llevaba volviendo la piedra del lado de la palma de la mano, ocultaríase donde le precisa hacerse más visible, -21- y se arrepentiría de verse colocado en lugar tan honroso, en el cual la necesidad le fuerza a ser valiente.
He aquí cómo todos esos juicios que se formulan a la vista de las externas apariencias son extraordinariamente inciertos y dudosos. Ningún testimonio existe más seguro que el que cada uno encuentra dentro de su espíritu. ¿Cuántos galopines no vemos que merced a aquellas artimañas son tenidos por héroes? Quién se mantiene firme en una trinchera descubierta ¿en qué supera a cincuenta pobres cavadores que se encuentran junto a él, y que le abren el paso y le cubren con su cuerpo por cinco sueldos de jornal?
Llamamos engrandecer nuestro nombre a esparcirlo y sembrarlo de boca en boca; queremos que sea recibido en buena parte y que tal crecimiento le sirva de provecho; esto es lo más excusable que pueda presentarse en el designio de perseguir la gloria. Pero el exceso de esta enfermedad llega hasta tal punto que muchos buscan que se hable de ellos de cualquier suerte que sea. Trogo Pompeyo dice de Erostrato, y Tito Livio de Manlio Capitolino, que ambos desearon más la grande que la buena reputación. Lo cual es un vicio corriente. Estamos más impacientes de que se hable de nosotros que de que se haga en bueno o en mal sentido. Nos basta con que nuestro nombre corra en boca de las gentes, de cualquiera condición que sea la fama que alcancemos. Diríase que el ser conocido fuera en algún modo tener la vida y la duración de la misma en la guarda de los demás. Yo permanezco encerrado dentro de mí mismo, y esa otra vida que habita en el conocimiento de mis amigos, si la considero al desnudo y simplemente en ella misma, bien se me alcanza que no saco fruto ni goce sino por la vanidad de una opinión quimérica; y cuando yo muera influirá sobre mí mucho menos, pues entonces perderé por entero el beneficio de la verdadera utilidad que accidentalmente suele seguirla a veces. No tendré por dónde coger la reputación ni por dónde ésta pueda tocarme ni llegar a mí, pues de aguardar que recaiga en mi nombre, en primer lugar no tengo uno que sea suficientemente mío; de los dos que llevo, el uno es común a todas -22- mis ascendientes y también a otros que no lo son. Una familia hay en París y otra en Montpellier que se llaman Montaigne; y otras dos en Bretaña y en Saintonge, llamadas de la Montaña; la modificación de una sola sílaba unirá de tal suerte nuestras acciones que a mí me cabrá parte en sus glorias y a ellos quizás en mi deshonra. Si los míos se nombraron antaño Eyquem, este apellido corresponde todavía a una conocida casa de Inglaterra. Por lo que toca al nombre mío, pertenece a quien quiera tomarlo, de manera que puede ir a dar en manos de cualquier ganapán. Además, aun cuando yo tuviera un distintivo particular para mí solo, ¿qué puede significar cuando yo no exista? ¿Acaso puede designar y favorecer a la nada?
pero de esto hablé ya en otra parte. Por lo demás, en una batalla en que diez mil hombres son destrozados o muertos, ni siquiera hay quince de quienes se hable. Es preciso que se trate de alguna grandeza suprema o de algún hecho de consecuencia trascendental que el acaso junte, los cuales hagan resaltar una acción particular, no de un arcabucero solamente sino de un capitán. Porque matar un hombre, o dos, o diez; presentarse valerosamente a la muerte, si bien es para todos asunto importante, pues la vida es lo que más se estima, para el mundo es cosa ordinaria y corriente que se ve todos los días; y son necesarias tantas para llegar a producir un hecho señalado, que de ello no podemos aguardar ninguna particular recomendación.
De tantas millaradas de hombres valientes que murieron en Francia de mil quinientos años acá con las armas en la mano, no hay ni ciento que hayan llegado a nuestra memoria. No ya sólo el nombre de los jefes, sino el de las batallas y victorias quedó enterrado en el olvido. Las hazañas de más de la mitad del mundo, a falta de quien las anote, bórranse sin dejar ninguna huella. Si en mi posesión tuviera los acontecimientos desconocidos, creo que sería facilísimo obscurecer con ellos los conocidos y celebrados en toda suerte de ejemplos. Entre los mismos romanos y los griegos, entre tantos escritores y testimonios, al través de tan nobles y raras empresas, ¡cuán pocos son los que llegaron a nosotros! -23-
Milagro será si de aquí a cien años se recuerda a bulto que en nuestra época hubo en Francia guerras civiles. Los lacedemonios hacían sacrificios a las masas al entrar en batalla, a fin de que sus gestas fueran bien y dignamente relatadas, considerando como favor divino y no común el que las acciones brillantes encontraran testigos que supieran imprimirlas vida y memoria. ¿Pensamos quizás que a cada arcabuzazo que nos hiere y a cada inminente peligro que corremos haya un cronista que los registre? Cien cronistas podrían consignarlos en sus comentarios sin que por ello duraran más que tres días, sin llegar a la vista der nadie. Ni siquiera hemos alcanzado la milésima parte de los escritos de los antiguos; el acaso es lo que les dio vida más corta o más dilatada, según su capricho; y de lo que disfrutamos, lícito nos es dudar si es lo peor, puesto que no hemos visto lo demás. No se traman historias con tan poca cosa; es necesario haber sido cabeza en la conquista de un imperio o de un reino; es preciso haber ganado cincuenta y dos batallas campales, haber sido constantemente más débil en número, como César; diez mil soldados y muchos capitanes murieron hallándose a sus órdenes, valiente y valerosamente, de quienes el nombre se desvaneció, con la muerte de sus mujeres e hijos:
De entre aquellos a quienes vemos realizar actos grandes, tres años o tres meses después de curar en el desempeño de sus cargos ya nadie se acuerda, de ellos; ocurre lo propio que si no hubieran existido. Quien considere con proporción y justa medida de qué gentes y de qué hechos la gloria guarda memoria en los libros, hallará que en nuestro siglo hay muy contadas secciones y personas muy contadas que puedan tener a aquélla legítimo derecho. ¿Cuántos hombres notables no hemos visto sobrevivir a su propia reputación, que vieron extinguirse en su propia presencia el galardón que justamente adquirieran en sus verdes años? ¡Y por tres de esa vida quimérica o imaginaria, vamos perdiendo nuestra existencia esencial y transportándonos a una perpetua muerte! Los filósofos enderezan su vida a un más hermoso y más justo fin que esa empresa de importancia tan capital: Recte facit, fecisse merces est.917 -Officii fructus, ipsum officium est. Sería quizás disculpable que un pintor u otro artista semejante, y -24- también un retórico o un gramático, se trabajaran por adquirir nombre merced a sus obras, mas las acciones de la virtud son por sí mismas demasiado nobles para buscar otra recompensa que su valer peculiar, y mucho menos en la vanidad de los juicios humanos. Si al menos esta falsa opinión sirve para que los hombres se mantengan dentro de su deber; si el pueblo con ella se despierta a la virtud; si los soberanos se conmueven al ver que el mundo bendice la memoria de Trajano y abomina la de Nerón; si los afecta el ver el nombre de este gran bribón en su tiempo causar horror y hoy maldecido y ultrajado a voz en grito por el primer colegial que conoce su vida, que la gloria se alimente entre nosotros cuanto sea dable. Platón al emplear todos los medios que su espíritu le sugería para convertir a la virtud a sus ciudadanos aconsejábales que no menospreciasen la buena reputación y estimación de los pueblos; y añade que merced a una divina inspiración acontece que hasta los malos mismos, así de palabra como ideológicamente, saben equitativamente distinguir a los buenos de entre los perversos. Este filósofo y su pedagogo918 son ingeniosos y atrevidos para hacer intervenir la revelación y las leyes divinas donde quiera que faltan las fuerzas humanas; ut tragici poetae ad deum, quum explicare argumenti exitum non possunt919: por eso con designio injurioso le llamaba Timón gran forjador de milagros. Puesto que los hombres, a causa de su incapacidad, no pueden pagarse en buena moneda, apélese también a la falsa. Este medio ha sido practicado por todos los legisladores, y no hay república en que deje de encontrarse alguna mezcla, ya de vanidad ceremoniosa, ya de opinión mentirosa, que sirve de freno a sujetar los pueblos a la obediencia. Por eso la mayor parte, de ellos muestran los comienzos fabulosos, enriquecidos de misterios sobrenaturales; esto es lo que dio crédito a las religiones bastardas e hizo que las gentes de entendimiento no las miraran con malos ojos. Por eso Numa y Sertorio, para convertir en creyentes a sus huestes, las apacentaban con esta simpleza: el uno que la ninfa Egeria, y el otro que su cierva blanca les aconsejaban de parte de los dioses las determinaciones que tomaban. La autoridad que Numa dio a sus leyes bajo la advocación y patronato de esa diosa, Zoroastro el legislador de los bactrianos y de los persas, la dio a las suyas bajo el patronato del dios Oromazis; Trimegisto legislador de los egipcios, se sirvió de Mercurio; Zamolxis, el de los escitas, de Vesta; Carondas, el de los cálcidas, de Saturno; Minos, el de los candiotas, de Júpiter; Licurgo, el de los lacedemonios, de Apolo; Dracón y Solón, legisladores -25- del pueblo ateniense, de Minerva. Todo gobierno, en suma, tiene un dios a su cabeza; falsos todos los demás, verdadero el que Moisés levantó al pueblo de Judea, salido de Egipto. La religión de los beduinos, como dice Joinville, predicaba entre otras cosas que el alma del que moría por su príncipe se iba a otro cuerpo más dichoso, más hermoso y más fuerte que el primero que, había ocupado. Empujados por esta creencia, exponían la vida de mejor gana.
Fe saludable, aunque vana. Cada pueblo guarda ejemplos semejantes en sus costumbres, pero asunto es éste que merecería capítulo aparte. Y por añadir aún una palabra más sobre lo primero de que hablé en este capítulo, diré que tampoco aconsejo a las damas que llamen su honor a lo que no es más que su deber; ut enim consuetudo loquitur, id solum dicitur honestum, quod est populari fama gloriosum921; éste es el jugo, aquél sólo la corteza. Tampoco las aconsejo que nos pongan por pantalla el honor como pretexto de su oposición, pues supongo que sus intenciones, deseos y voluntad, cosas que nada tienen que ver con el honor, como que nada de ello aparece al exterior, están en ellas mejor ordenados que los efectos exteriores:
la ofensa a Dios y a la propia conciencia será tan grande al desearlo como al efectuarlo; y además son esas por sí mismas acciones tapadas y ocultas. Sería fácil que ocultaran alguna al conocimiento de los demás, de la cual el honor dependiese, si no tuvieran otro respeto al deber y a la afección, distinto del que tienen a la castidad por sí misma. Toda persona de honor prefiere perder éste antes que la conciencia.
De la presunción
Hay otra clase de gloria que consiste en la opinión demasiado ventajosa que formamos de nuestro valer. Es una afección inmoderada, merced a la cual nos idolatramos, y -26- que nos representa a nuestros propios ojos distintos de lo que realmente somos, así como la pasión del amor presta gracias y bellezas al objeto amado, dando imagen a que los enamorados hallen, por tener el juicio turbio y trastornado, lo que aman diferente y más perfecto de lo que es en realidad. No quiero yo sin embargo que por temor de pecar por este lado el hombre se desconozca, ni tampoco que piense valer menos de lo que vale. Debe el juicio en todo mantener sus derechos, y está muy puesto en razón que examine en este caso como en todos los demás aquello que la verdad le muestra; por eso vemos que César se puede considerar resueltamente como el primer capitán del mundo. No somos más que ceremonia; la ceremonia nos arrastra, y prescindimos de la esencia de las cosas; permanecemos en las ramas y abandonamos el tronco y el cuerpo del árbol. Hemos enseñado a las damas a enrojecer con sólo oír nombrar lo que en modo alguno temen practicar; no osamos nombrar a derechas nuestros miembros, pero no tememos emplearlos en toda suerte de concupiscencias. Los miramientos nos vedan el expresar por palabras las cosas lícitas y naturales, y acatamos los miramientos; la razón nos prohíbe la comisión de actos ilícitos, y nadie obedece a la razón. Y aquí me encuentro yo atascado y trabado por las leyes ceremoniosas, que no consienten ni que se hable bien de sí mismo ni tampoco que se hable mal. Por esta vez las dejaremos a un lado. Aquellos a quienes la fortuna (llámese buena o mala) hizo pasar la vida en alguna señalada posición social pueden por sus acciones públicas dar testimonio de lo que son; pero a los que vivieron envueltos en la multitud, y de quienes nadie hablará si ellos mismos no hablan, debe excusárseles el atrevimiento de exteriorizarse en beneficio de los que tienen interés en conocerlos, como Lucilio hizo,
quien confió al papel sus ideas y sus actos, pintándose tal cual se creía, ser: ned id Rutilio et Scauro citra fidem, aut obtrectationi fuit924. Recuerdo, pues, que desde mi más tierna infancia advirtiose en mí yo no sé qué porte y qué ademanes, testimonios -27- de alguna vana y necia altivez. Entiendo que no es extraordinario ni raro el tener propensiones tan peculiares e incorpóreas en nosotros que carezcamos de medios para advertirlas y reconocerlas; y de estas inclinaciones naturales el cuerpo retiene fácilmente un resabio contra nuestra voluntad y sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Una afectación que sentaba bien con su hermosura hacía inclinar a un lado la cabeza de Alejandro; igual circunstancia convertía en blando y pastoso el hablar de Alcibíades; Julio César se rascaba con un dedo la cabeza, lo cual significa el estado de un hombre cuyo espíritu está lleno de graves pensamientos; y creo que Cicerón acostumbraba a fruncir un poco la nariz, que es testimonio de un natural burlón; todos estos movimientos pueden ganarnos imperceptiblemente. Otros hay artificiales, de que no hablo, como las salutaciones y reverencias, con los cuales alcanzamos las más de las veces inmerecidamente, el honor de que se nos tenga por sencillos y corteses: se puede ser sencillo aparentemente. Yo soy sobrado pródigo de bonetadas, principalmente en estío, y jamás se me dirige una sin que la devuelva, cualquiera que sea la calidad del que saluda, como no sean gentes que vivan a mis expensas. Desearía yo que algunos príncipes que conozco fueran económicos y justos dispensadores de las mismas, pues así, sin discreción esparcidas, se aminora su valor y no producen efecto. Entre los talantes desordenados no olvidemos la gravedad afectada del emperador Constancio, que en público tenía siempre la cabeza derecha, sin volverla ni inclinarla a ningún lado, ni siquiera para mirara a los que le saludaban o se encontraba junto a él; mantenía el cuerpo plantado, inmóvil, sin dejarse llevar por el vaivén de su carruaje; ni osaba tampoco escupir, sonarse las narices ni limpiarse el sudor de la cara ante las gentes. Y no sé si los ademanes que en mí advertían eran como los de que hablé primero, o si dependían de alguna propensión oculta a la vanidad y altivez necias, como acaso fuera la verdad. Los movimientos del cuerpo no puedo yo justificarlos, cuanto a los del alma quiero aquí confesar lo que por virtud de ellos experimento. Hay en la precación dos aspectos diferentes, a saber: el avalorarse demasiado, y el no avalorar suficientemente a los demás. Por lo que toca al primero paréceme que debo tener en cuenta estas consideraciones: yo me siento avasallado por un error de alma, que me atormenta como injusto y más todavía como inoportuno; procuro corregirlo, pero arrancarlo no puedo, y es que atenúo el equitativo valer de las cosas que poseo y lo realzo a medida que me son extrañas, ausentes y ajenas. Tal disposición de espíritu va en mí muy lejos De la propia suerte que la prerrogativa de autoridad hace que los maridos miren a las mujeres -28- propias con equivocado menosprecio, y muchos padres a sus hijos, así me acontece a mí; entre dos obras semejantes iré siempre contra la que me pertenece. Y la razón no es tanto que el deseo de corregir mi obra y perfeccionarla trastorne mi juicio y me imposibilite de toda satisfacción, como el considerar que en mí, por sí misma, la posesión engendra el desdén de aquello que tengo a mi albedrío. El régimen, costumbres y lenguas de países lejanos me encantan; hecho de ver que el latín me engaña por lo majestuoso de su dignidad, algo más de lo que fuera justo, como a los niños y al vulgo; el gobierno, la casa, y el caballo de mi vecino, aun cuando sean iguales, valen más que los míos, precisamente porque no lo son; la ignorancia mía es supina; tanto más admiro la seguridad y aplomo que cada cual tiene en sí mismo, y encuentro que casi nada hay que yo crea saber, ni que tenga seguridad de hacer. Cuando me propongo llevar a cabo tal o cual labor, carezco de nociones exactas acerca de los medios de que podré echar mano para salir airoso, y de ellos no me informo sino cuando la tarea acabó, tan desconfiado de mis fuerzas como de todo lo demás; de donde resulta que si salgo con lucimiento de un trabajo, atribúyolo mejor a la buena fortuna que a mis propias fuerzas, tanto más cuanto que nunca formo designio previo, y adrede lo dejo al azar. Análogamente me sucede que de todas las opiniones que la antigüedad profesó del hombre en general, las que abrazo de mejor gana, y a que me sujeto más, son las que nos menosprecian, envilecen y rebajan en mayor grado; jamás la filosofía me parece tan razonable como cuando combate y reconoce nuestra presunción y vanidad, cuando de buena fe confiesa la irresolución, debilidad e ignorancia humanas. Paréceme que el ama de cría de las más falsas ideas públicas y particulares es la opinión demasiado ventajosa que el hombre se forma de sí mismo. Esas gentes que cabalgan sobre el epiciclo de Mercurio y ven hasta lo más recóndito del firmamento, me producen el mismo efecto que si me arrancaran las muelas; pues descubriendo en el estudio que yo hago, cuyo asunto es el hombre, una tan extremada diversidad de juicios, un laberinto tan intrincado de dificultades que se amontonan de continuo las unas sobre las otras, tanta variedad e incertidumbre en la escuela misma de la sapiencia, y no habiendo sido capaces esos hombres de darse cuenta del conocimiento de sí mismos, ni de su peculiar condición, que constantemente tienen ante sus ojos, y que reside en ellos; no sabiendo cómo se agita lo que ellos hacen agitar, ni cómo pintarnos y descifrar los resortes que guardan y manejan ellos mismos, ¿cómo he de creerlos cuando nos explican la causa del crecer y de crecer de las aguas del Nilo? La curiosidad de inquirir -29- las cosas fue puesta en el espíritu del hombre para su castigo, dice la divina palabra. Volviendo a mí mismo, diré que es muy difícil, a lo que creo, que nadie se considere menos, y hasta que nadie me considere menos de lo que yo me considero. Inclúyome en la clase más común y ordinaria de los hombres, y lo que me distingue acaso es la confesión sincera que de ello hago. Sobre mí pesan los defectos más comunes y corrientes, pero ni dejo de reconocerlos, ni tampoco de buscarlos excusa, y me justiprecio sólo porque conozco lo que valgo. Si alguna gloria hay en ello, en mí se encuentra infusa superficialmente, por lo traicionero de la complexión mía, careciendo de cuerpo para comparecer ante la vista de mi juicio. Aquélla me circunda sin penetrarme, pues a la verdad, por lo que toca a las cosas del espíritu, de cualquier modo que las considere, nunca emanó de mi nada que me halagara, y la aprobación ajena para nada me satisface. Es mi juicio delicado y difícil de contentar, muy particularmente en las cosas que conmigo se relacionan: constantemente me desapruebo; por doquiera mis sentidos flotan, y la propia debilidad los doblega; nada peculiar poseo que a mi entendimiento satisfaga. Mi vista es bastante clara y ordenada, pero al poner mano a la obra se trastorna. Esto que digo experiméntolo en la poesía con evidencia mayor: gústola infinitamente, y la juzgo por modo aceptable en las obras ajenas; mas, cuando yo intento crearla, soy incapaz de sufrirme. Puede hacerse el tonto en todas las demás cosas, pero no cuando de poesía se trata
¡Pluguiera a Dios que esta sentencia se encontrara al frente de las oficinas todas de nuestros impresores para impedir la entrada en ellas a tantos versificadores hueros!
¡Lástima que nosotros no poseamos un pueblo semejante al de los antiguos! Nada estimaba tanto como sus poesías Dionisio, el padre: cuando se celebraban los juegos olímpicos, a ellos enviaba poetas y músicos, montados en carros que a todos los otros excedían en magnificencia, para recitar sus versos en tiendas y pabellones dorados y regiamente tapizados. Al declamarlos, la excelencia y el favor que la pronunciación les prestara atraían instantáneamente la atención del pueblo; mas cuando después llegó el autor -30- a medir y pesar la vacuidad de su obra, al punto la menospreció, y montando sucesivamente en ira se lanzó furioso derribando y desgarrando todos sus pabellones, loco a causa del despecho que sentía. Lo que de sus carros tampoco hicieran nada relevante en la carrera, y lo de que el navío que a sus gentes conducía tampoco pudiese abordar en Sicilia (una tormenta lo lanzó, destrozándolo contra las costas de Tarento), el mismo pueblo tuvo por cierto que fue un efecto de la cólera de los dioses irritados, como Dionisio, contra aquel poema detestable; y hasta los mismos marineros escapados del naufragio iban secundando la idea popular, a la cual el oráculo semejó también asociarse en algún modo, puesto que declaraba «que Dionisio estaría cercano de su fin cuando hubiera vencido a los que valían más que él». Lo cual interpretó de los cartagineses, quienes en poder le superaban, y teniendo que habérselas con ellos torcía con frecuencia la victoria y la templaba a fin de no incurrir en el sentido de esa predicción; pero engañábase, pues el dios señalaba la época de las ventajas que por injusticia y favor ganara en Atenas sobre los poetas trágicos superiores a él al hacer representar la suya intitulada las Lenianas. Repentinamente murió después de esta victoria siendo en buena parte la causa el exceso de alegría que experimentara. Lo que en mí reconozco excusable no lo es porque de suyo ni verdaderamente lo sea, sino comparado con otras cosas peores, a las cuales veo que se otorga crédito. Yo envidio la dicha de los que saben regocijarse y gloriarse con su propia obra, por ser éste un medio fácil de procurarse, en atención a que se alcanza de sí mismo, principalmente habiendo alguna firmeza en la obstinación. Sé de un poeta a quien bajo y fuerte, solo y acompañado, cielo y tierra gritan que ignora lo que trae entre manos, mas no por ello rebaja un ápice de la medida que se tomó: constantemente de nuevo comienza de nuevo se consulta y persiste en su idea con fuerza igual a los improperios que oye y con igual rudeza, la cual a él solo incumbe mantener. Tan lejos están mis obras de sonreírme que cuantas veces en ellas pongo mano, otras tantas me despecho:
Guardo siempre en el alma una idea y cierta imagen indecisa, que me presentan como en sueños una forma mejor que la trabajada, mas no la puedo coger ni elaborar, y aun esa idea misma es de categoría mediana. Lo que con -31- esto quiero significar es que las producciones de aquellas almas grandes y ricas de los pasados siglos sobrepujan un grado inmenso el extremo límite de mi fantasía y de mi deseo: no solamente sus escritos me satisfacen y me llenan, sino que también me pasman, dejándome de admiración transido; juzgo su belleza y la veo, si no hasta el fin, al menos tan adentro que me es imposible aspirar a ella. Sea cual fuere el escrito que yo emprenda, debe a las Gracias un sacrificio previo, como Plutarco dice de Jenócrates, para alcanzar así su favor:
Constantemente me abandonan y en mí todo es grosero; fáltanme belleza y gentileza; soy incapaz de procurara a las cosas su mayor valor; mi manera nada ayuda a la materia, por lo cual me precisa sólida, fácil de asir y que luzca por sí misma. Cuando las que manejo son más regocijadas y vulgares, es mi intento el que me sigan por no gustar de una prudencia triste y ceremoniosa como acostumbra el mundo, y para alegrarme, y no por regocijar mi estilo, el cual más bien las apetece severas y graves, si es que puedo nombrar estilo al hablar informe y sin reglas, a la jerga popular y al proceder sin definición, división ni conclusión, confuso, a la manera del que empleaban Amafanio y Ratirio. Yo no acierto a gustar, regocijar ni cosquillear; el mejor cuento del mundo se agosta entre mis manos, y se deslustra. No sé hablar distintamente sino es cuando con seriedad me expreso, y me encuentro del todo desprovisto de esa facilidad que en algunos de mis compañeros veo, la cual consiste en hablar al primero que les sale al paso, teniendo pendientes a una concurrencia entera, o en divertir sin cansarse el oído de un príncipe, instruyéndole en toda suerte de asuntos. La materia jamás les falta, merced a la gracia que poseen de saber utilizar la primera que encuentran a la mano, acomodándola al humor y alcance de aquellos a quienes hablan. Los soberanos apenas gustan de los discursos sólidos, y yo soy inhábil para forjar historias. Las razones primeras y más fáciles, que comúnmente son aquellas de las cuales mejor nos apoderamos, no acierto a emplearlas; cual predicador de aldea, sea cual fuere la cosa de que se trate, tocante a ello digo las cosas más lejanas que conozco. Considera Cicerón que en los tratados de filosofía es la parte más difícil el exordio: si así es en realidad, yo me lanzo a las conclusiones prudentemente. Precisa saber aflojar la cuerda en toda suerte de tonos, y -32- el más agudo es con frecuencia el menos necesario. Hay por lo menos tanta perfección en levantar una cosa vacía como en sostener una pesada; ya precisa superficialmente manejarlas, otras veces profundizarlas. Sé de sobra que casi todos los hombres se mantienen en este bajo nivel, porque conciben aquéllas por esta primera apariencia; pero sé también que a los más grandes maestros, Jenofonte y Platón, por ejemplo, a veces se los ve descender a este bajo medio popular de decir y tratar las cosas, sustentándolas con gracias que jamás les faltan. Por lo demás mi lenguaje nada tiene de fácil ni pulido; es rudo y desdeñoso, y sus formas son libres y desordenadas. Pláceme así, si no por raciocinio, por inclinación; pero bien advierto que a veces me dejo llevar con exceso, y en fuerza de huir el arte y la afectación recaigo en otros inconvenientes no menos graves.
Dice Platón que ni lo conciso ni lo amplio son propiedades que procuran o quitan valor al lenguaje. Aun cuando yo me propusiera ese otro estilo igual, ordenado y unido, no acertaría a lograrlo; y bien que con mi humor se acomoden los recortes y cadencias de Salustio, no por ello dejo de encontrar a César más grande y también más difícil de representar; y si mi inclinación no lleva mejor a la imitación del hablar de Séneca, tampoco dejo de estimar más el de Plutarco. Como en el hacer, también en el decir sigo simplemente mi manera natural, lo cual acaso sea la causa de mi mayor fortaleza en el hablar que en el escribir. El movimiento y la acción ayudan a las palabras, sobre todo en aquellos que, como yo, se agitan bruscamente, acalorándose: el porte, el semblante, la voz, el vestido y la situación pueden comunicar algún valor a las cosas que por sí mismas de él carecen, como la charla. Mesala se queja en Tácito de algunos trajes muy ceñidos en su tiempo usados y de la forma de los bancos en que los oradores hablaban, los cuales debilitaban la elocuencia. Mi lenguaje francés está adulterado lo mismo en la pronunciación que en otros respectos, por la barbarie de mi terruño: nunca vi hombre nacido y educado en las regiones de por acá que con evidencia cabal no denunciara su charloteo, y que no lastimara los puros oídos franceses. Y sin embargo no es porque yo sea muy competente en mi perigordano, pues tanto como el alemán lo desconozco, y no me apena. Es éste un dialecto lánguido (como los que en torno de mi vivienda se hablan, a uno y otro lado, el -33- poatevino, xantongés, angumosino, lemosín y alverñés), disgregado y suelto; por cima de nosotros, hacia las montañas, hay un gascón que me parece singularmente hermoso, seco, conciso, significativo; lenguaje en verdad varonil y militar, cual ninguno que yo entienda, tan nervioso, poderoso y pertinente como es el francés agraciado, delicado y rico. En cuanto al latín, que como lengua maternal se me suministró, perdí por falta de costumbre la prontitud para poder servirme de él en el hablar y también en el escribir. Y antaño, por mi idoneidad me llamaban maestro en ella. Ved, pues, cuán poco valgo por este lado. Es la belleza cualidad de recomendación primordial en el comercio de los humanos y el primer medio de conciliación entre unos y otros. Ningún hombre, por montaraz y bárbaro que sea, deja de sentirse en algún modo herido por su dulzura. Tiene el cuerpo una parte principalísima en nuestro ser y en él ocupa un rango señalado, por donde su estructura y composición merecen justamente considerarse. Los que quieren desprender nuestros dos componentes principales y secuestrar el uno del otro yerran grandemente: precisa, por el contrario, reacoplarlos y juntarlos; es menester ordenar al alma, no el echarse a un lado; satisfacerse aparte, menospreciar y abandonar el cuerpo (tampoco sería capaz de realizarlo si no es sirviéndose o cualquier contrahecho remedo), sino aliarse con él, abrazarle, acariciarle, asistirle, fiscalizarle, aconsejarle, enderezarle, llevándolo al buen camino cuando se extravía, casarse con él en suma, de suerte que de marido le sirva, para que de este modo los efectos no parezcan diversos y contrarios, sino concordantes y uniformes. Los cristianos tienen particular instrucción de este enlace, pues saben que la justicia divina comprende esta sociedad y juntura del cuerpo y del alma hasta procurarle capacidad para las eternas recompensas; e informados están también de que Dios mira las obras de todo el hombre, deseando que en su totalidad reciba el castigo o el premio según sus méritos o deméritos. La secta peripatética, que es a todas la más sociable, atribuye a la sabiduría el cuidado exclusivo de proveer y procurar en común el bien de esas dos partes asociadas; y las demás sectas, por no haberse suficientemente sujetado a la consideración de la mezcla, muestran su parcialidad abiertamente: una para con el cuerpo y otra para con el alma, cayendo siempre en error semejante. Echaron a un lado el objeto, que es el hombre, y su guía, que generalmente confiesan ser Naturaleza. La distinción primera que haya existido entre las criaturas, y la consideración primera que procuró la preeminencia de unas sobre otras, es verosímil que fuese debida a las ventajas de la belleza: -34-
Mi estatura está algo por bajo de la mediana: este defecto no es solamente feo, sino incómodo, principalmente a los que tienen mando o ejercen cargos, pues la autoridad que procura la presencia hermosa y la corporal majestad les faltan. C. Mario no acogía de buena gana a los soldados que no medían seis pies de altura. Tiene razón El Cortesano al querer que el gentilhombre por él dirigido tenga una talla ordinaria, prefiriéndola a cualquiera otra, y al desechar en el hombre que a la corte se destina toda singularidad que dé margen a que le señalen con el dedo. Mas no siendo de esa estatura común, tirando más bien a pequeño que a grande, quitaríale yo de la cabeza el que un hombre así fuese militar. Los hombres pequeños, dice Aristóteles, son bonitos, convenido, pero no hermosos; y el grandor envuelve la grandeza del alma, como la belleza un cuerpo grande y alto. Los etíopes y los indios, dice el filósofo, al elegir sus reyes y sus magistrados tenían muy en cuenta la hermosura, y elevada estatura de las personas en quienes ambos cargos resignaban. Razón tenían, pues implica respeto para los que los siguen o impone al enemigo miedo el ver marchar a la cabeza de un ejército a un jefe cuya talla es espléndida y hermosa.
Nuestro gran rey divino y celeste, de quien las cualidades todas deben cuidadosa, reverente y religiosamente considerarse, tampoco menospreció la corporal recomendación, speciosus forma prae filiis hominum932; y Platón, con la templanza y la fortaleza, desea también la belleza a los conservadores de su república. Es grandemente desconsolador el que hallándoos en medio de las gentes se dirijan a vosotros para preguntaros «¿Dónde está el señor?» y el que solamente os quede el resto de la bonetada que se propina a vuestro barbero o a vuestro secretario, como aconteció al pobre Filopómeno, el cual habiendo llegado antes que sus acompañantes al alojamiento donde le aguardaban, su hostelera, de quien era desconocido, viéndole con cara de poca cosa, ocupole en ayudar a sus criadas a sacar agua y a atizar la lumbre, para el servicio de Filopómeno; llegados los gentiles hombres de su comitiva, -35- como le vieran, sorprendidos, atareado en tan hermosa ocupación, pues no había dejado de prestar obediencia a las órdenes que había recibido, preguntáronle lo que hacía. «Pago, les respondió, el castigo de mi fealdad.» Las demás bellezas son para las mujeres adecuadas: la de la estatura es la sola, propia de los hombres. Donde la pequeñez domina, ni |