  Jornada III
  - I -
Saldo de cuentas atrasadas
Por más que de algunos
seres privilegiados se diga que por ellos no pasan los años,
los años pasan, sin que haya afeite ni fuerza de voluntad
que alcancen a borrar sus huellas. O el cuerpo o el alma
han de gemir bajo su peso, si es que no gimen a la vez el
uno y la otra. Ocioso es que la materia, oronda y esponjada
todavía, aspire a los solaces de otros tiempos, si
el espíritu que ha de estimularla está seco
y abatido; tan ocioso como que éste, retozón
y bullanguero, pretenda los deleites de la juventud si está
preso y encogido en un cuerpo caduco y achacoso.
Fuerte
era el de Gedeón y bien nutrido; holgado estaba y
hecho a mimos y regalos; defendióse contra el tiempo
como gato uñas arriba; pero lloviéronle pesadumbres;
abatiósele el espíritu, y cayó vencida
su materia mal cebada, como tronco roído por gusanos.
Aquel a quien vimos hecho una furia, combatido por tantas
contrariedades en un solo día, está diez años
después arrastrándose, más bien que
caminando, en el último tramo de la senda que le lleva
a las puertas de la eternidad.
Los achaques le invaden por
todas partes; lo que antes fue reuma tolerable y catarro
frecuente, es ya gota declarada y asma legítima; gasta
franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño
en los hinchados pies; los cambios atmosféricos le
crucifican; por la noche la tos le roba el sueño;
y cada vez que tose parécele que la gota le cose a
puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes
ojeras, y la mirada triste, más que triste, angustiosa
y desconsolada.
Sale muy poco de casa, y cuando el aire
no apaga una cerilla, y no hace frío ni calor, ni
hay humedad en el suelo.
Da, con mucho trabajo, un par de
vueltas en el paseo más solitario y abrigado, o solamente
llega a la tienda de la esquina, donde se sienta a oír,
cuando no a insultar, a media docena de tipos, tertuliantes
impertérritos de aquélla.
Ha perdido por completo
la poca afabilidad que le distinguía de todos sus
congéneres. Ahora es taciturno, irritable, áspero
y hasta grosero en su trato con los demás.
Regla
continúa cuidándole; pero desde que adquirió
la certeza de que no es ella sola la que impera en aquel
montón de ruinas, falta en sus cuidados el primor;
cumple con su deber, pero no se afana como antes por anticiparse
a los deseos de su amo. Antes existía cierta inteligencia
misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el uno:
«Esta mujer nació cortada para servirme»; mientras
pensaba la otra: «Parece este hombre nacido para mandarme».
Ahora es Gedeón, para su criada, «un amo como todos»,
y Regla, para Gedeón, «una criada como las demás».
Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla:
el desafecto de Gedeón data de la pérdida de
aquellos bríos bestiales que fueron su único
afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se
va, como la luz con la mecha consumida.
También en
el cuerpo de Regla han hecho mella los años trascurridos
desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas,
ni aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella
mirada insinuante con que la conocimos: dejó de ser
todavía joven, y ha entrado en la categoría
de mujer de edad, aunque de las que templan la pesadumbre
de esta condición con el consuelo de bien conservada.
Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero
debajo de una manta, encogido, jadeante y con un estertor
perenne; el pelo se le cae a mechones a cada vuelta que se
da en la cama; y de aquel rabo ondulante de profusas crines,
sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que
ni siquiera responde con un lento balanceo a las muestras
de cariño que de tarde en tarde le consagra Gedeón.
Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la
presencia de Merto reviviera, como cadáver galvanizado,
aunque quizá para morir más pronto. Porque
Merto precipitó su vejez robándole el sosiego
del espíritu y martirizándole la carne durante
lo más florido de la juventud. Desde que el díscolo
muchacho volvió a casa, se acabaron para el infeliz
ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados; despierto
de día, necesitábale para vigilar y huir de
las asechanzas del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño
era un continuo varazo y un incesante puntapié.
Es
de saberse que a los pocos días de volver Merto al
lado de su madre, comenzó a hacer de las suyas, aunque
no en la escala en que las hizo el día de la gran
batalla; pero es indudable que Adonis tenía para él
un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos,
le largaba un puntapié donde quiera que se hallaba
con él, si su amo no le veía. Ni los bofetones
ni los castigos más duros de su madre bastaban a detenerle
en esos momentos.
Dos años pasó así;
dos años durante los cuales martirizó al ratonero,
rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el
reloj del comedor, e hizo cincuenta mil fechorías,
aparte de las que no pudo su madre ocultar a su amo.
Viéndole
éste incorregible, le metió en un colegio con
el doble fin de verse libre de sus travesuras y de sacar
algún partido de él, si era posible. Entonces
volvió Adonis a dormir tranquilo y a vivir descuidado.
Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad
había durado mucho. El pobre animal había pasado
lo mejor de su vida sufriendo sus embates, y no había
en su cuerpo un solo hueso que no hubiera servido de yunque
a aquel martillo implacable. Viose cargado de humores; acometióle
una tristeza abrumadora; declaróse enfermo crónico;
metióse en la cama, en la que tiritaba de frío
aun en el rigor del verano, y llegó su desaliento
hasta el punto de consentir que los ratones se revolcaran
encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón
que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla,
que pretendía tirarle a la calle con la barredura.
Lo demás ya lo sabe el lector.
Merto en el colegio,
fue como toro en plaza; vio desde el primer día un
enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando
por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. A
los pocos meses fue expulsado, no sin haber dejado señales
indelebles de su barbarie hasta en la cara del director,
ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y condiscípulos,
en muchos parajes de su cuerpo.
Del colegio pasó
a un taller de carpintería; de éste, a una
fragua; de la fragua, a una taberna, y, por último,
a la cárcel. Porque ya en esto era grandullón
de diez y siete años, y lo que había empezado
en el colegio por cachetes y arañazos, acabó
en la taberna por amagos de navajadas y por sospechas vehementísimas
de robo.
Lo que esto dio que hacer y que meditar y que decir
a Gedeón, y el dinero que le costó, excuso
yo referirlo.
Cuando Merto se vio libre, al cabo de muchos
meses de reclusión, halló cerradas todas las
puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse a la
cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró
en la calle; contóle su desamparo, aceptó su
consejo, y vendióse por un puñado de pesetas
para soldado de Ultramar.
Por esta razón poderosísima
no figura Merto de cuerpo presente en el inventario que hice
más atrás de los personajes de la casa de Gedeón.
En cambio, en el que voy a hacer de los desengaños
y las penas de éste desde que le perdimos de vista
en el cuadro anterior, puede figurar como una de ellas la
que se desprende del compendiadísimo relato que precede
de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis.
La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes a la puerta
de Solita, continuó atormentándole mucho tiempo;
y aunque ningún testimonio nuevo volvió a robustecerla
a sus ojos, el afán de encontrarlos le llevaba a cada
instante a las callejuelas de aquel barrio, y hacíale
ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo, y obligábale
a continuar el trato de la hija del remendón, con
una frecuencia tan opuesta a sus propósitos anteriores,
como extraña a los ojos de Solita; siendo de advertir,
como prueba de la violencia de sus celos, que no bastaba
a resistirla el horror que le causaban sus encuentros con
el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.
Para
librarse de ellos sin escándalo, ideó, después
del que presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con
Solita, triplicar la pensión que hasta allí
había dado a su padre, a condición de que éste
no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado
el acuerdo durante algunos meses; pero creciendo las necesidades
del zapatero a medida que aumentaban los recursos, y calculando
el sinvergüenza que más se le daría cuanto
mayor fuera su insistencia en perseguir a quien lo daba,
Gedeón volvió a ser asaltado en la calle muchas
veces, tantas como los aumentos que hizo a la pensión.
Viendo que ésta subía como la espuma, y conociendo
la intención del zapatero, resolvióse a poner
el caso bajo la protección de las leyes; y el tío
Judas fue encerrado en la cárcel como vago.
Pero
salió de ella, y volvió a las andadas, y tornó
la justicia a prenderle; y en este juego pasaron dos años,
torturado Gedeón entre sus celos, que le sacaban de
casa, y el temor al zapatero, que le asustaba en la calle;
el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio
que cada vez le arrimaba más a ella; el asco que le
producía el remendón, y el dinero que le costaba
verse libre de él por algunas semanas; el reuma y
el catarro que iban desarrollándose en sus piernas
y en su pecho, como hiedra en pared vieja, y el zumbar en
su cerebro, sin tregua ni descanso, de aquella tempestad
de desencantos y remordimientos, cada día más
deshecha.
En uno de ellos quiso lanzarse a la calle antes
que la visitara el sol, porque durante la noche no había
podido conseguir un instante de reposo. Judas, borracho como
un cuero, le había acompañado a casa por la
tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse
sin cenar, y la cama le pareció un tormento. La tos
le ahogaba, y el recuerdo del infame descamisado, poniéndole
nervioso, se la estimulaba. En cuanto vio un rayo de luz
penetrar por la vidriera del balcón, vistióse
y se lanzó a la calle a respirar el aire libre.
Al
extremo de ella había un grupo de cuatro personas
que contemplaban un bulto tendido en el suelo. Acercóse
a contemplarle también. Aquel bulto era el cadáver
de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más
justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más
puro!
-Es un borracho -le dijo un hombre de los del grupo-,
que dormía a la intemperie la mayor parte del año.
Sin duda el frío de la noche le ha matado.
-¡O la
justicia de Dios! -contestó Gedeón disimulando
mal su alegría, continuando su paseo y complaciéndose
con pueril afán en irse por los sitios que más
frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.
Un año
después de este suceso, hallóse con el Doctor
en la calle.
-Me alegro mucho de encontrarle a usted -díjole
éste tan a tiempo y tan a mano-. Seis meses hace que
no nos vemos.
-En efecto -respondió Gedeón-.
¿Y por qué dice usted que me halla muy a tiempo?
-Porque mañana quizá sea tarde para proponerle
a usted lo que voy a proponerle ahora.
-Pues usted dirá,
Doctor.
-Quiero que suba usted conmigo a ver a un enfermo
en esa casa de enfrente.
-¿Yo? ¿Por ventura soy médico
sin saberlo?
-¿Y por precisión han de ser médicos
cuantos hombres visiten a un enfermo?
-Es que no atino...
-Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!
Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus
protestas, e introdújole en el portal de enfrente.
Llegaron al tercer piso; abrió el Doctor la puerta
sin llamar; atravesaron el vestíbulo, y luego un pasadizo,
todo a media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en
un gabinete contiguo a la sala. Abrió el Doctor un
postigo de la vidriera del balcón, y a la luz que
se derramó por la estancia, vio Gedeón en el
fondo de ella un lecho, a cuya cabecera estaba sentado uno
de esos ángeles de la caridad que la religión
católica ha hecho brotar del polvo de la tierra con
el nombre de Siervas de María.
-¿Qué tal,
hermana? -preguntóle el Doctor.
-Muy postrado desde
anoche -respondió la Sierva.
Acercóse el médico
al lecho, e hizo señas a Gedeón para que se
acercara también. Gedeón, que estaba tiritando
desde que entró en la estancia y vio aquel cuadro
lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada a semejantes
impresiones, obedeció fascinado y se aproximó
al lecho.
Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona,
y sobre las almohadas se veía una cabeza, cuya cara,
vuelta a la pared, tenía la mitad, hacia el cuello,
cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una
mirada yerta y vidriosa, que iba a clavarse en un Crucifijo
colocado de intento en la pared. Diríase que aquel
cuerpo no respiraba, si no se vieran los movimientos de la
ropa marcando las anhelantes inspiraciones de su pecho.
-Mírele usted bien -dijo el doctor a Gedeón.
Éste buscó, a los pies de la cama, un punto
desde el cual pudiera ver lo que verse podía de la
cara del enfermo; pero no le conoció: parecióle
aquella cara la de todos los cadáveres que él
había visto.
El Doctor, en tanto, hacía algunas
experiencias para cerciorarse del estado mental del paciente.
-Es ya un tronco -dijo-. Que no tarden en administrarle
el último Sacramento.
-Debe llegar dentro de un instante
el sacerdote con ese objeto -respondió la hermana.
Dispuso el médico lo que juzgó de su deber;
y, despidiéndose de la Sierva, salió de la
habitación después de invitar a su amigo a
que hiciera otro tanto.
Nada podía ordenar a Gedeón
que más le complaciera. Se sofocaba en aquella atmósfera
infecta, y le atormentaba la contemplación de tan
triste espectáculo.
Cuando los dos estuvieron en
la calle, dijo el médico:
-Eso que usted ha visto
en el lecho, fue un hombre egoísta. Jamás latió
su corazón a impulsos de un sentimiento honrado, ni
su lengua se movió más que para difamar al
género humano. «Esposa» e «hijos» eran, en su concepto,
la expresión condensada de todas las esclavitudes,
de todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto
a vivir sin ellos y para sí propio, maldijo de la
familia y huyó de todo cuanto se le parecía,
como se huye de la peste. Mientras fue robusto, tuvo quien
le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos;
pero un día le atacó una enfermedad tan grave
como repugnante, y sus sirvientes le abandonaron después
de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como tigre en
su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra
detrás del egoísmo de los hombres.
-¿Y qué
enfermedad le acometió? -preguntó al médico
Gedeón, presa de un sobresalto que pudiera creerse
supersticioso, si lo que de nuestro personaje sabemos no
nos permitiera creer que bien podía temblar de miedo.
-Un cáncer en la lengua -respondió el médico.
-¿Y eso le mata? -«Por do más pecado había».
-¡Casualidad extraña! -¡O providencial castigo!
-¿Lo cree usted así? -Yo nunca dudo, amigo mío,
de la justicia divina.
-¿Y tan abandonado dice usted que
se ha visto?
-De todos, menos de Dios. Ya vio usted un ángel
a la cabecera de su cama cuidando de su cuerpo; pues otro,
en forma de sacerdote, cuida de su alma.
-¡Buena estaría
su alma también!
-Sin noción alguna de su
destino dentro de aquel cuerpo miserable.
-¿Y tan a oscuras
seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?
-No tal, amigo mío. El alma volvió a la luz,
y el egoísta empedernido empleó las últimas
palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar ante Dios
que aceptaba su soledad y sus tormentos, como castigo justo
de su pecado. Después acá, lo que no ha podido
decir de su boca en testimonio de su conversión, lo
han dicho sus ojos, que, mientras han estado abiertos, no
se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted
vio colgado en la pared.
-Más vale así, Doctor.
Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo
empeño en que yo visitara a ese enfermo.
-Túvele
suponiendo que se alegraría usted de despedirse de
él antes que se muera; porque, sin un milagro de Dios,
se muere hoy indefectiblemente.
-¿Y qué puede importarme
a mí la muerte de ese desgraciado?
-Siempre interesa
la marcha de un amigo a un viaje tan largo.
-¿De un amigo?
-Por de usted le tuve siempre. -¿Quién es, entonces?
¿Cómo se llama?
-Ignoro su nombre verdadero: la gente
le conocía con el de Herodes.
-¡Santa Bárbara!
  - II -
Continuación del anterior
Dos días bastaron
a Gedeón para salir del aturdimiento que le produjeron
la visita que hizo a su amigo espirante, y la noticia que
le dio de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes!,
el hombre que más le había empujado a él
hacia el abismo en que se hallaba; el azote del hogar, la
sátira de la familia, el prototipo de los bueyes sueltos, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres,
devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los
remordimientos ¡Qué lección para él
si desde muy atrás no se hallara convencido de que
ese es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan,
por su propio gusto, fuera de la ley!
Pero había
en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para
Gedeón; y por este lado se apresuró a considerarla:
el pavoroso problema de sus celos estaba resuelto ya del
mejor modo posible: el fantasma que le quitaba el sueño,
ya no existía.
Pensando así, en el acto se
sintió capaz de no volver a acercarse a Solita. ¡Hasta
se atrevió a soñar en nuevas aventuras, para
borrar por completo de su memoria el recuerdo de aquella
infeliz que tanto le había hecho padecer en su vanidad
y en su soberbia!
Pero bien pronto, asomándose su
razón al cristal del espejo, supo decirle: -¿Adónde
vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva refulgente,
y esa sobarba con pliegues, y ese reuma que te balda, y esa
tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas,
que no las tome a risa, ni quién podrá aceptarlas,
que no tosa más que tú?
¡Olvidar a Solita
cuando estaba amarrado a su recuerdo con una cadena más!
¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con
los calzones, y las penas y los desengaños le han
hecho renegar de todo su pasado!
El único bien que
le produjo la muerte de Herodes fue el poder vivir menos
intranquilo con respecto a Solita. Entera confianza no la
tuvo jamás en ella, y hasta me atrevo a creer que,
no por otra razón, cuando él se vio con las
piernas entumecidas por la gota, llevó a Solita a
vivir al centro de la población, y no muy lejos de
su casa. Disculpaba Gedeón esta medida diciendo que,
pues había pasado Solita fuera de la ciudad tantos
anos, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo contrario,
bien podía aparecer en ella como viuda forastera.
Yo tengo para mí que trataba de ponerla al alcance
de su corto andar.
El hecho es que así la puso, y
que a duras penas la visitaba una vez cada mes, de noche
y con grandes precauciones.
En cada una de estas visitas
le entregaba el dinero necesario para sus gastos, y para
lo demás que andaba por el mundo y era causa de que
cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo
la una y resistiendo el otro.
-¡Déjame siquiera acercarme
a tu casa cuando tú no puedas llegar a la mía!
-clamaba ella después de pintarle los riesgos en que
la ponía el método a que la sujetaba él.
-¡Nunca! -respondía Gedeón inexorable. -¿Y
qué hemos de comer cuando tus achaques no te dejen
salir de la cama?
-¡Moríos de hambre! ¡Ojalá
fuera mañana!
-¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que
te conocí!
-¡Eso digo yo todos los días del
momento en que te hallé a mi paso!
-¿Quién
es la infame que te obliga a ser tan bárbaro?
-¡Mi
corazón que te detesta!
Así, o por el estilo,
concluían las entrevistas amorosas de Gedeón
y de Solita.
Ya para entonces había ésta perdido
hasta las huellas de lo que fue en mejores tiempos. Lacia,
escurrida, angulosa, desdentada, a medio encanecer y medio
calva, no podía hallarse una figura menos a propósito
que la suya para mover a un hombre, del temple que había
tenido Gedeón, a cumplir con los deberes que a cada
instante arrojaba ella a la cara del solterón atribulado.
Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago
se regodeara con lo que a él le costaba tanto dinero,
ni aun la visita mensual la dedicara, y mucho menos rondara
su casa, como la rondaba algunas veces, con el pretexto de
darse un paseo por las calles.
De ese modo iban corriendo
los años para Gedeón desde la muerte de Herodes.
Más de dos habían pasado sin que viera, ni
de lejos, a Anás y a Caifás, y uno bien cumplido
desde que supo que habían andado a bastonazos en medio
de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de
Caifás.
Parecióle éste muy envejecido,
triste y caído de cerviz.
Saludáronse como
dos mastines, más bien gruñendo que hablando;
y maquinalmente llegó Gedeón a preguntar a
su viejo camarada por Anás.
-¡No me hables de ese
cerdo! -exclamó trémulo de ira Caifás.
-Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido
un disgusto: perdona la distracción.
-¡Si no me le
quitan entonces de las manos!...
-Más vale que te
le quitaran.
-¡Yo digo que no, porque debí matarle
allí!
-¿Tan grave fue el motivo de la riña?
-Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran
mejor las cintas que los botones para sujetar los calzoncillos
encima de las medias...
-¡Por eso nada más! -Y por
lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en
el cuerpo desde muy atrás. Lo de los calzoncillos
fue la mecha que prendió la pólvora.
-Entonces
no digo nada.
-¡Pues yo te digo a ti que ese hombre es un
sinvergüenza!
-Lo será si te empeñas.
-Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo
vive.
-Te juro que no lo sé. -Pues debieras saberlo.
-Jamás lo he intentado; y cree que me iré
a la sepultura en mi ignorancia, si tú no me sacas
de ella.
-Ya sabes que es muy avaro y le da por decir a
todo el mundo que él no se casa porque cree que nadie,
ni los hijos, tienen derecho al caudal de su padre. Pues
bueno: cuando a ti te decía eso mismo, aconsejándote
que no te casaras, vivía de posada en casa de una
buena moza, mujer de un sargento de carabineros; el cual
sargento pasaba, de cada tres semanas, una al lado de su
mujer, porque estuvo de punto muchos años cerca de
la ciudad. Esta mujer fue teniendo familia, hasta tres hijos,
y consiguió hacer creer a esa bestia que los chicos
se le parecían, a medida que iban naciendo; y le obligaba
a pasearlos, y a dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin,
hombre, y pásmate: le exigió que hiciera testamento
a favor de ellos, porque estaba en ese deber.
-A eso ya
se resistiría.
-Como si callara: amenazóle
la pícara con decírselo todo al sargento; él
es un cobardón, y además se le caía
la baba delante de aquella prole, como si fuera suya, y testó,
Gedeón, ¡testó como quería la carabinera!
-¿Qué me cuentas? -La verdad, la verdad pura; y
ahí le tienes hoy viviendo en la misma casa; dejándose
llamar padrino por tres hombrachones ya casados, que comen
a sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció,
y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin
educación, sin entrañas y sin vergüenza...
Porque yo te garantizo ¿lo entiendes?, yo te garantizo que
no la tiene.
-¿Y sospecha él que tú puedes
garantizarlo?
-Témome que sí. -Entonces ya
voy cayendo en la cuenta de los palos.
-Témome que
no del todo... Como yo le dije un día, muchos años
ha, cuando me vino con indirectas, a causa de sus recelos
y aprensiones: «Pedazo de bruto, mientras vivas como vives,
¿qué derecho tienes tú para quejarte? Bueno
que cada hombre tenga los líos que le dé la
gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro...
¿Por qué no haces lo que Gedeón?...».
-¿Eso
le dijiste?
-Eso le dije. -¿Y con qué derecho?
-Me parece que diciendo la verdad... -¡Yo no tengo líos,
ni los he tenido nunca!
-¡Oiga! Parece que te amoscas...
-Y me amosco con razón. -Pues ya que tan por lo
alto lo tomas, sábete que lo que entonces sospechaba
yo por ciertos indicios, se hizo público años
después por boca de tu ilustre padre político.
-¡Falso! -Hijo te llamaba
él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.
-¡Mientes! -¡Gedeón!... -Y no te rompo la crisma,
porque necesito el bastón para sostenerme de pie...
-Eso te salva de que no casque yo el mío encima de
tus costillas, ¡grosero!
-¡Calumniador!... Si yo no te hubiera
conocido nunca... ¡otro gallo me cantara!
Así acabó
aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente a formar corrillo
alrededor de los dos amigos.
El grandísimo disgusto
que produjo a Gedeón lo que Caifás le dijo
acerca de sus ocultos enredos, no le quitó el deseo
de saber algo sobre la vida del mismo Caifás, deseo
nacido de las primeras palabras de éste al encontrarse
con él. Si también este juez de su antiguo
pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fue
aquel de los tres que le sentenció! Para averiguar
ese algo, ninguna fuente como el mismo Anás, primero
amigo, y después enemigo feroz de quien tan ferozmente
acababa de biografiarle a él.
Buscóle con
cachaza, y le halló al cabo, también en medio
de la calle, como se había propuesto Gedeón
para no darle que sospechar buscándole en su casa.
También le pareció su antiguo consejero muy
acabado, y, además, mal vestido y poco limpio.
A
las pocas palabras, después de un saludo frío
y desaliñado, Gedeón le preguntó por
Caifás.
-¡Mal rayo le parta! -gritó Anás
trasformando su sombrío decaimiento en furor salvaje.
-Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías
tenido un disgusto.
-Si la gente no se interpone, le destrozo,
y libro a la humanidad de ese infame.
-Entonces, más
vale que se interpusiera la gente.
-¡Yo digo que no, porque
debí hacerle polvo!
-Según eso, fue muy grave
el motivo de la querella.
-No valía dos cominos,
Gedeón; pero había mucha pólvora en
mi cuerpo, y esa futesa la inflamó.
-De lamentar
es el caso, de todas maneras.
-¡Ese hombre es una bestia,
Gedeón, y además un canalla!
-Será
si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...
-Pues qué, ¿no sabes cómo vive? -Ni he intentado
saberlo... Como no me trato con nadie...
-Recordarás
que esa fiera siempre fue tan vehemente como celoso, y que
por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y
de los que le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años
hace, y tomó un ama bien parecida. La muy lagarta
conoció pronto de qué pie cojeaba el animal
de su amo, y se complacía en dar pábulo a sus
accesos bestiales para tener el gusto, contrariándole,
de verle pidiéndola misericordia. En uno de estos
trances, impúsole la condición de casarse con
ella, después de dotarla rumbosamente. Resistióse
el bruto a lo del matrimonio, aunque asintió a lo
de la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente,
y al fin convino el asno en la otra cláusula también,
aunque a condición de que el casamiento fuera secreto.
Hízose así con todas las garantías legales
exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces
devorando en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar
a la cara de un hombre.
-Y ¿por qué las aguanta?
-Porque le amenaza ella con publicar el casamiento. -¿Y
estás seguro de que le afrenta esa mujer?
-Te lo
garantizo, ¿lo entiendes bien? Te lo garantizo yo.
-¿Y sabe
él que puedes tú garantizarlo?
-Lo sospecha,
como de tantos otros.
-¿Quiere decir que por eso fueron
los palos?
-Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas
demasías suyas. «Pero
pedazo de bruto», le dije yo en una ocasión, hablándome
él de esas aprensiones, «¿basta que se le meta a un
hombre una majadería en la cabeza para que sin ton
ni son vaya a dar un escándalo en la vecindad? Bueno
que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro;
porque figúrate que te equivocas... Y por último,
antes de dar contra los amigos, echa de casa a los extraños»;
porque créelo, Gedeón, ¡esa infame se los pone
a la mesa con él, a título de amigos y de parientes!...
¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?
-¡No
es poco que digamos!
-¿Y también le dije: ¿a que
no daba un paso como ése nuestro amigo Gedeón?
-¡Yo! Y ¿por qué había de darte? -Gajes del
oficio son los motivos de esa clase.
-Yo no sé qué
oficio es ése, ni conozco esos motivos...
-Vamos,
Gedeón, echemos tierra a los motivos; pero en cuanto
al oficio...
-¿Qué quieres decir con eso de «echar
tierra»? ¿A qué aludes?
-¿Por qué te quemas?
-Porque me insultas. -¿Porque te digo que tienes líos
tapados?
-¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!
-Como cada hijo de vecino. -¡Falso! -¡Gedeón!
-¡Te repito que yo no tengo líos!
-Pues cuéntaselo a tu augusto suegro que los publicaba.
¡Lástima que ya no viva!
-¿Y a ese entierro aludías
antes?
-¡O a otro, canastos! -¿A cuál, víbora,
a cuál?... ¡dílo!
-¡No me da la gana, soberbio!
-¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros
sanos!
-¿Qué harías entonces? -Molerte a
bastonazos.
-Ya tendrías tú media docena de
ellos encima de tu alma, si no mirara...
-¡Difamador! -¡Hipócrita!
-¡Bárbaro! También esta entrevista acabó
rodeada de transeúntes y hasta silbada de granujas.
No sé a punto fijo cuánto profundizó
en el espíritu de Gedeón el que éste
juzgó dardo lanzado a su pecho por Anás desde
la sepultura de Herodes; pero me consta que al encerrarse
en su cuarto, exclamó, poniendo todo su corazón
en sus palabras:
-¡Señor, entre qué gentes
he pasado lo mejor de mi vida!
Después volvió
a encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento
notable alteró la triste monotonía de su existencia,
hasta el instante en que se le presento a mis lectores al
comenzar la historia de esta tercera y última jornada
de su vida.
Pero heme referido allí únicamente
el aspecto exterior de nuestro personaje; y ahora necesito
decir dos palabras acerca de sus interioridades.
Mientras
a un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama, y sueña
que es emperador que manda ejércitos, y que ni la
muerte se atreve contra él; pero pasa el acceso, y
sus brazos, antes de acero, truécanse en débiles
cañas; la luz vence a sus ojos, y el más blando
lecho parécele dura roca para descanso de su cuerpo
aniquilado: la razón, ya en su quicio, no le alumbra
quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le falta para
llegar a ser un cuerpo sano como los demás.
Lo mismo
le ha sucedido a Gedeón. Mientras le duró la
fiebre de las pasiones groseras sostenidas por el vigor de
su naturaleza y estimuladas por el veneno de su educación,
ya sabemos lo que fue; pero asaltáronle plagas, lloviéronle
pesadumbres y desengaños; y a medida que el cuerpo
fue cayendo, fue su espíritu levantándose.
Cada ilusión apagada en su fantasía renació
como luz en su razón; y cada flaqueza vencida en su
materia, rompió un eslabón de la cadena de
su alma. Así llegó ésta a enseñorearse
de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fue más que una
carga de dolores.
Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón;
y desde la alteza de sus desdichas, todo lo ve claro; ya
no duda que de los senderos que tuvo delante de los ojos
al dar el primer paso de la vida, eligió el peor creyendo
lo contrario; y también ve, para su tormento, que
ya no es hora de retroceder para buscar otro más placentero.
A sus pies está el abismo, y en él caerá
con su cruz de tristezas, y allí será crucificado
por el verdugo de sus remordimientos.
Para otros, la luz
y los consuelos; para él, la oscuridad y el desamparo.
  - III -
Los vecinos de Gedeón
Sucédele muy de continuo
a nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve
fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan
a su lado.
Con el cuerpo hundido en el sillón de
su gabinete, y en el pecho la barbilla, deja correr las horas,
perdida la imaginación en investigaciones que le suceden
y en cálculos que le fascinan.
«Lo que soy, lo que
he sido y lo que pude ser».
Estos son los tres puntos sobre
los cuales divaga su fantasía años ha, y el
único tema de las meditaciones que le entretienen.
En la ocasión en que ahora te hallamos, con el cuarto
a media luz, la atmósfera saturada de olores de bálsamo
tranquilo, sin otro rumor que altere aquel silencio sepulcral
que le rodea que el crónico estertor del ratonero
que dormita debajo de la manta, por un lógico y no
largo encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel
cuadro mustio y desconsolador, vase con la mente a examinar
el que ofrece cada familia de las que habitan aquella misma
casa, y le son bien conocidas.
Vive en el cabrete del portal
el matrimonio de que dimos cuenta más atrás;
el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que
gana en una carpintería un jornal de dos pesetas.
Al mediodía y por la noche, los tres se reúnen,
y comen y cenan en familia. Alguna vez que otra, asoma entre
ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz
y hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.
En el segundo piso habita un abogado de cierta edad, esposo
de una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara
es la semana en que el médico no tenga que visitar
a alguno de éstos. Mientras dura la enfermedad, no
se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto
como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera. «¡Hijo
mío, yo te como a besos!... ¡Toma, toma... toma!...
¡Válgame el Señor, qué gitana de criatura!...
¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que
te haga un nene con el pañuelo?... Tómale,
prenda. A ver cómo le cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele
tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si
no parece que los ángeles enseñan a esta chiquilla
tanta monada! ¿Tienes celos tú, renacuajo mío?
¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!...
No, pimpollo de la casa, que te quiero también a ti...
Ven acá, hijo mío, a este otro brazo, junto
a tu hermanita. Así... dale tú un beso, pichona.
¡Bien! Dale tú otro a ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve
usted cómo se quieren los niños?... Ven tú
ahora, cachorrón, y abraza a tus hermanitos... Aprieta
más... así... Ahora, yo un beso a cada uno...
¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre
los tres!».
Tales son los entretenimientos de aquella madre,
siempre que sus faenas domésticas la dejan un rato
libre.
En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas;
pero nunca le falta una para dedicársela a sus hijos,
jugando con ellos como si fuera un niño más
en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido,
como el embajador español a Enrique IV, haciendo de
la estancia picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado
en sus espaldas a un chiquillo, hale hallado muchas veces
con la carga encima de los hombros, a modo de San Cristóbal.
A pesar de tan prosaicos pormenores, la casa está
limpia como el oro, la mujer es hasta elegante, el marido
no es raro y se cree feliz, y los niños no rompen
la vasija ni comen las sopas a puñados. Para eso está
la madre que se lo prohíbe, como todo lo malo, y les
amenaza con el enojo de Papá-Dios, y hasta con la
venida de Pateta y del Cancón, si es necesario; y
los inocentes se conforman con mirar a hurtadillas los santos
de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche
de costura de su madre, alguna vez que ésta le deja
abierto, y con jugar a los soldados con el bastón
y un chaleco viejo de su padre, o a los cocheros, con cuatro
sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la ropa.
Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel
retirado a quien la gota y algunas reliquias de la guerra
tienen postrado en el lecho la mayor parte del año,
y el resto encogido en un sillón. Para asistirle y
consolarle y sufrirle con la heroica resignación de
una hermana de la Caridad, está constantemente a su
lado su hija, joven y bella, aunque su belleza tiene no escasa
semejanza con las flores sin sol. Un hermano de ésta
ayuda a levantar las cargas del hogar, desempeñando
un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. Cuando
los tres se hallan juntos a ciertas horas del día
y casi todas las de la noche, el afán de los hijos
se consagra a endulzar las amarguras del inválido,
cuya paciencia no es tan grande como el amor y la gratitud
que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.
En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse
ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla
con la muerte, que tiempo ha reclama la vida del único
fruto que le han dado veinticinco años de unión
pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la
mujer, cuanto los dos reúnen, y sus vidas además,
dieran sin vacilaciones por devolver el color de las rosas
y los bríos de la juventud a la faz macilenta y al
cuerpo entumecido y descarnado de aquel ser a quien una lenta,
pero invencible consunción, va acercando al borde
del sepulcro. Para aquellos padres el día no tiene
sol, ni la noche descanso: sus almas están en el cuerpo
de aquel hijo que padece y se acaba, sin que poder humano
alcance a conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre
sacerdote, sentado a la cabecera del enfermo, le alivia los
dolores del cuerpo con sabias advertencias para el alma,
dando a la vez grato consuelo a los que ninguno esperan de
los halagos del mundo cuando de él falte quien tan
próximo se halla a las puertas de la eternidad.
Por
último, habita la buhardilla una costurera que sostiene
con su trabajo a su madre anciana y viuda, y a un hermano
memo. Aunque no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro
horas puede meterse en un dedal, esta criatura canta de día
y canta de noche, hasta en las horas que roba al sueño
y al descanso.
Hecha esta mental exploración por
su vecindad, Gedeón, que nunca olvida las lecciones
del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo del mundo.
Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de
caudales, de infortunios y de alegrías.
Hay padres
que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que trabajan
y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus
hermanos; padres e hijos que mutuamente se auxilian y conllevan.
En una o en otra forma, siempre hay un ser identificado con
otro ser; un sentimiento honrado respondiendo a otro sentimiento,
o inclinado el corazón a trocar por los dolores ajenos
las propias alegrías; vidas que se reflejan en otras
vidas y en ellas se funden y se gozan, como la luz, y las
flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores,
de aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala
el valle a la montaña, en pago de la brisa, de la
lluvia y del amparo que la montaña presta al valle;
misteriosa cadena de afectos que elevando el alma sobre las
miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación
y el heroísmo en necesario y grato deber.
-¡Esto
es la familia! -piensa Gedeón, interrumpiendo sus
exploraciones-; algo que se siente, se ve y no se explica;
algo que se encuentra en todas partes... menos en mi casa
y en los libros que yo he devorado. Esto lo que en ella me
llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oír;
esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos
mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué
estúpido he sido!
Volviendo otra vez con la mente
a la vecindad, ¡cuán rebajado se encuentra comparándose
con ella!
Cuantos seres la componen tienen un destino que
cumplir, o le han cumplido ya; parecen venidos al mundo con
un fin benéfico y para ocupar un puesto que les estaba
señalado, y son como rueda de artefacto, que, por
pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento
a la vez que le recibe.
Todos aquellos vecinos pueden abrir
sus puertas y mostrar al público sus hogares, porque
nada hay en éstos que no sea útil, lícito
y honrado.
Pero él... ¡cielo santo! En su casa el
desamparo, el silencio, la soledad, la desconfianza, el misterio,
el engaño; en su corazón, el odio a quien debiera
amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el remordimiento
y el desencanto de los vicios.
¡Pero en cambio es libre!... ¡Qué mofa!...
¿De qué le sirve la libertad?
Si le faltara aquel dinero, por amor al cual halla quien
le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién
se acercaría a ella, ni con paciencia aguantara sus
desabrimientos, hijos de sus amarguras y dolores? ¿A quién
arrancará una lágrima su muerte?
No hay duda:
él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo,
la rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero;
allí irá hundiéndose poco a poco, comida
por la roña y azotada por los vientos y la lluvia,
mientras le van formando una corona digna de su tumba de
inmundicias y de escombros, las zarzas y las ortigas.
  - IV
Castillos en el aire
-Pues supongamos ahora -continúa
llevando sus meditaciones a otra región de más
luz y de mejor aire-, que yo me hubiera casado a tiempo.
Podría haberme cabido en suerte algo de lo malo que
hay en la vecindad, es cierto; pero ¿y qué? Lo peor
de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más
probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena,
mañana una alegría, ahora un dolor, más
tarde un placer... Tal es el mundo, y tal la humanidad; porque
no pueden ser de otra manera... Pero el conjunto de todos
estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas
pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y
rodea, y lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría
ambiente de la familia, y otros, con mejor acuerdo, el reflejo
de Dios; eso que no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere
con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero
que existe en todas las familias, ¿por qué no había
de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis
ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño: soy
de los necios que, viéndose ahítos, arrojaron
las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo de que
se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora
se despierta la mía, y se entretiene en pintar manjares...
como ella sabe pintárselos a quien no los puede saborear.
Pero vaya una suposición racional, aplicable a este
momento de mi vida.
Si yo me hubiera casado a tiempo, mi
mujer estaría ahora a mi lado... Tendría, próximamente,
cincuenta años: quince menos que yo; pero bien conservada,
afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría
a mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme,
me daría conversación. Hablaríamos de
cuando fuimos jóvenes y de las inocentadas que nos
decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible
que entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente
y apasionado que luego vimos trocarse, para dicha mutua,
en otro afecto más apacible y desinteresado, y a la
vez más profundo, cordial y permanente, como si nuestras
vidas se hubiesen compenetrado, o fuéramos ella y
yo dos cuerpos con un alma sola...
Pero a cierta edad deben
entretener poco estas metafísicas. De ellas habríamos
hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en
la presente estaríamos tratando de nuestros hijos,
o acompañados de alguno de ellos.
El mayor sería
ya... ¡bah!... ¡yo lo creo!, oficial de artillería...
Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre
están lejos de sus familias, y se expone uno a perder
algo de su cariño. Después, la guerra. ¡Es
tan fácil que una bala, un pedacito de plomo como
un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías
y de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un
deber sagrado, porque se muere por la patria... ¡Pero vaya
usted a decirle al corazón de un padre que se consuele
con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo suyo!...
¡Cómo debe sentirse la muerte de un hijo!... Por eso
no es conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como
el nuestro sería buen mozo, por la vanidad de verle
lucir el uniforme... ¡qué sé yo!, se me figura
a mí que hubiéramos consentido en que se hiciera
militar... Nada: resueltamente lo sería.
Habría
recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban,
por ejemplo... a Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en
la cual no puede vivir mi hijo, que pertenece a un cuerpo
tan distinguido como el de artillería, como en Segovia
o en Santoña. Tendrá su uniforme estropeado,
si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse
en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven
de sus condiciones: bien vestido y bien alojado. ¡Qué
menos! Nada de esto me diría él en la carta,
porque, como prudente, sabe que su padre con media palabra
entiende a sus hijos; el caso es que yo trataría de
enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría
con su madre. Pero, ¡qué sabe una pobre señora
de su casa lo que necesita un caballero oficial del real
cuerpo de artillería! Por eso me dirá que con
dos mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo,
que sé lo que cuesta, o debe costar, un uniforme como
el suyo, con tanto ringorango de oro fino, y lo caros que
andan los guantes de primera, y el tabaco regular, sin que
su madre lo sepa le mando cuatro mil; la mitad para el uniforme,
y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil
cosas que pueden ocurrírsele a un buen mozo, caballero
oficial del real cuerpo de artillería. ¿Le he de decir
yo también en qué lo ha de gastar? Lo que sí
le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre
y yo: dos mil reales cada uno; pero que no la diga nada cuando
la escriba, porque quiere ella guardar el secreto. Creo yo
que de este modo agradecerá él más el
supuesto regalo de su madre, y la tendrá más
presente, y hasta la querrá más, si cabe; y
queriéndola él así, le querré
yo también mucho más. ¡Como si fuera poco lo
que le quiero!...
Despachado así el asunto del militar,
empezaríamos con el abogado, el menor de nuestros
hijos varones. Ese estaría preparándose para
graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!, sabiendo que
con esas cosas se le cae la baba a su padre, me ha dedicado
el discurso... El de licenciado se le dedicó a su
madre, que le tiene encuadernado con lujo y le guarda entre
sus más estimados libros de devoción. Y, ¿qué
he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico
que se ha lucido en toda la carrera?... Pero no: se habrá
graduado ya, y yo habré leído su discurso,
¡bien charlado!... No se lo diría así, pero
le tiraría de la lengua, e iría metiéndole
en materia para oírle... Le habría regalado
un reloj de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico!
¡Como él se despacha en círculos y tertulias!
Lo mismo dirige un rigodón que diserta sobre el Digesto.
Por de contado, fumará delante de mí. Siempre
me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con
el vicio menos indecente de la humanidad. Bueno que cuando
son niños no fumen, por muchas razones: pero después,
¿por qué no han de fumar si les gusta?... ¡Cuánto
me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho!
¡Cómo anima y revuelve a toda la familia en los muchos
ratos que pasa con ella! Cuando falta él de la mesa,
parece que la comida está sin sazonar... También
hace copias, pero buenas; no de esas vulgaridades que escriben
todos los jóvenes entre tontos e inocentes. Por de
pronto, se ejercita en la profesión con un abogado
de nota, que me ha dicho en confianza que antes de dos años
valdrá el pasante más que él. ¡Si me
pondría yo hueco al oír tal elogio! De todas
maneras, este chico será el que se encargue de todos
mis asuntos en los últimos años de mi vida,
y el que a mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia;
porque nada de esto se opone a que se case en tiempo oportuno
con una mujer digna de él. ¡Antes muerto que solterón!
Por eso me tiene siempre con cuidado el artillero. Temo que,
como a otros muchos de su profesión, se le pase lo
mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse definitivamente,
no pueda ya con las bragas, y tenga que morir sólo
y desesperado.
Pero el ojo derecho mío... (no lo
podría remediar) sería nuestra hija. ¡Qué
cálculos haríamos sobre ella su madre y yo!
Veinte años tendría, y como otros tantos soles
que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala, habría
un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio...
(el tedio no, porque no conocería yo esa dolencia)
o el peso de mis achaques me entristeciera, tocaría
ella las piezas de música que más me gustaran
a mí... Me animaría después a salir
de casa; haría que la acompañara a dar un paseo
por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella
y su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían
a su lado haciéndose los buenos mozos... Esto me cargaría
bastante, porque me haría pensar en el día
en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de
casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta
ley de la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es
que el deseo de verlas felices, y hasta la idea, a menudo
equivocada, de que casando a una hija se adquiere un hijo
más, debe animar mucho en esos trances tan serios;
pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla.
De esto precisamente hablaría yo ahora con su madre;
y cuando ella pasara por ahí enfrente o se asomara
a la puerta para hacernos alguna pregunta, cambiaríamos
de conversación... Yo tendría pañuelos
bordados por ella, y de obras de sus manos estaría
llena la casa y las interioridades de ésta correrían
ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su
madre.
¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa
con licencia! ¡Toda la familia reunida entonces! ¡Qué
cenas, qué comidas, qué sobremesas! ¡Dios mío,
aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué
me importaría a mí entonces el reuma, ni la
tos... ni todos los dolores juntos del cuerpo? El militar
referiría sus aventuras lícitas del oficio;
el abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían
las más ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite
de su madre; y en cuanto a mí, ¡cielo santo!, solamente
sabiendo lo que ahora padezco se podría calcular lo
que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquella! ¡Cuán
diferente de esta vejez! En tan placentera compañía,
¡con qué valor debe mirarse cómo avanzan hacia
uno, disfrazados de achaques de la vida, estos mensajeros
de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo sereno
son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error!
Sin ella todo es tristeza y dudas y desaliento; y con estos
males por escolta, podrá morir un hombre desesperado;
pero sereno y valeroso... ¡nunca!
Tras estas cavilaciones
y después de permanecer Gedeón largo rato saboreándolas,
alza la cabeza, y vuelve a reflejarse en su fisonomía
aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones
sobre parecido tema.
-¡Qué demonio! -torna a pensar-,
¡lo que somos los hombres! Cuando yo era joven, me pasaba
las horas muertas haciendo castillos sobre las voluptuosidades
matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un tonto
sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida
conyugal. ¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve
en aquel tiempo?... ¡No, no, no y no! Por de pronto, aquello
me inflamaba la sangre; era fuego que corría por mis
venas: huracán que me arrastraba lejos de todo deber,
y me ponía fuera de la comunión humana. Esto
es como bálsamo que se derrama en mi corazón,
y purifica y refrigera todo mi ser; brazo misterioso que
se enlaza con el mío, y, sacándome de la sima
tenebrosa, me acerca a los demás hombres, y hasta
parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por
egoísmo debí yo haberme casado a tiempo!...
¡He sido un bestia!, ¡mil veces sandio!, ¡un millón
de veces estúpido!
  - V -
La poesía de un solterón
-¡Regla! ¡Regla!
-¡Señor! -¿Dónde mil demonios estás
metida?
-¿Cuántas veces me ha llamado usted? -Más
de mil.
-No han llegado a tres. -Tanto me da. -Pero no
es lo mismo.
-¡No me repliques! -Cuando se dice lo que
no es...
-¿Te rebelas? -Me disculpo como debo. -Tu deber
es complacerme, y nada más.
-Eso he hecho siempre.
-¡Pero no lo haces ya! -¡Así paga el diablo a quien
mejor le sirve!
-¡Regla no me provoques! -Si usted no me
maltratara...
-Yo no maltrato a nadie. Yo no hago más
que padecer, y pudrirme, y acabarme aquí, solo y abandonado.
-¿Para qué me llamaba usted, señor? -Para
que me traigas los chirimbolos.
Sale Regla; y mientras vuelve,
Gedeón se desciñe la bata, dejando al descubierto
sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde
la punta del pie hasta medio muslo.
Aparece Regla de nuevo
en el gabinete con media docena de frascos en una bandeja,
y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo.
Arrodíllase a los pies de su amo, apoyados sobre
un taburete; coloca en el suelo los frascos y los vendajes,
y comienza a soltar las ataduras de los que Gedeón
tiene puestos.
-¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento,
por Dios, cuando llegues a la rodilla! Una mosca que la roce
con las alas, me hace ver las estrellas...
-No tenga usted
cuidado.
-¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada...
¡Poco a poco... poco a poco!, así... ¡Ay!...
-¡Si
no le he tocado a usted!
-No importa: el miedo solamente
me hace tiritar. Arrolla esa tira para dar la vuelta por
debajo de la corva. Bueno. Ahora, sin miedo hasta los pies...
¡Alto! Arrolla toda la venda suelta.
-Saque usted el pie
más afuera...
-Allí va... ¡Cosa más
rara que esta dolencia!... Me permite andar, aunque con trabajos,
y el peso de una hormiga la irrita y ensoberbece... ¿Acabaste
con la venda? Ahora la franela... ¡Eche usted tira! El diablo
me lleve si no hay para alfombrar con ella la escalera...
¿Qué tal encuentras la rodilla?
-Algo más
deshinchada me parece...
-Eso me dices todos los días...
¡Cuidado ahora con el pie!...
-Levántele usted un
poco... Un poco más... Ya está.
-¿Cómo
le hallas?
-Lo mismo. -Pues a mí se me figura que
cada vez se van dislocando más los dedos... Parecen
garfios ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora a preparar la
batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste
es para los pies; éste para el pecho; éste
para las rodillas; éste para mezclarle con este otro...
-Ya sé yo mejor que usted para qué es cada
uno.
-¡Dios ponga tiento en tus manos! Hechos los necesarios
preparativos, comienza Regla a destapar frascos, a mezclar
las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre
la palma de su mano izquierda, y a frotar con las dos, con
toda la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón,
que a cada instante grita y reniega y maldice, ya porque
Regla aprieta más de lo conveniente, o porque teme
que así lo haga. Después envuelve la pierna
en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oírse
los propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.
-¿Acabaste con ésta? -En cuanto anude las cintas...
Ya están.
-Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge
antes toda esa trapería, o ponla donde yo no la vea...
¡Qué peste más endemoniada!... Parece castigo
de Dios ¿no es verdad?
-¿Por qué, señor?
-¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en
esta guisa! Cuando yo era joven, me burlaba de los maridos
que pudieran verse precisados a hacer con sus mujeres algo
de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No aprietes tanto!...
¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y asegurada
de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran
humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me
convenzo más de que entre un joven abandonado a sus
propias inclinaciones y una bestia, no hay dos pulgadas de
distancia... Dele usted cuerda a sus pasiones; satisfágale
usted sus apetitos; téngale usted gordo y retozón,
y ya cree poseerlo todo, y asegurada su vida de penas y dolores...
Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece
a ti?
-Allá se van. -¡Vaya un consuelo de tripas!...
-Pues si es la verdad... -¡O no lo es!... Y aunque lo sea,
no debe decirse de ese modo...
-¿De qué modo lo he
dicho yo?
-Como lo has dicho. ¡Ea!, no me rompas la cabeza.
-Jesús me dé paciencia ¡qué genio!
-¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más
cachaza!
-Pero yo no le tengo a usted la culpa de sus trabajos...
-¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!
-¡Si llevo la mano al aire, señor! -Al aire te echaría
yo de un puntapié, si pudiera dártele.
-Muchas
gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo,
habría pocas personas capaces de hacer con paciencia
todos los días esto que yo estoy haciendo...
-¡Espera
un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué
dolor más terrible!... ¡parece que me exprimen los
huesos en una prensa!... ¡Ufff... qué barbaridad!...
Debo tener la cara como luz de pajuela.
-Algo pálida
está... ¿quiere usted un poco de agua?...
-No...
Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos,
pero buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa
los disparates que haya dicho contra ti. ¿He dicho alguno?
-No ha dejado usted de decirlos... -No me extraña;
porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí,
y no sé lo que digo.
-Gracias a eso no los tomo yo
muy a pechos.
-Vamos a ver, y ¿qué harías
si a pechos los tomaras?
-Ya puede usted presumirlo. -¿Es
decir que serías capaz de abandonarme?...
-Póngase
usted en mi caso.
-¡Ingrata! No correría yo tales
riesgos si me hubiera casado a tiempo.
-¿Tan mal le ha ido
a usted conmigo?
-¿Y de qué me serviría cuanto
por mí has hecho, si en lo más apurado de la
vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!
-También tienen otros privilegios que no tengo yo...
y otro porvenir...
-Ya pareció aquello. ¿Temes que
te falte el pan algún día?
-Mientras tenga
los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.
-¿Por
tan desalmado me tienes?
-Cayéndose usted de generoso,
puedo quedarme a puertas mañana.
-Eso es decir que
temes que yo me muera de repente.
-O por sus pasos contados;
pero como la voluntad de usted no consta más que en
sus palabras...
-Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para
que mi voluntad sea conocida y respetada.
-Pero, entre tanto,
puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos mundos, sabe
Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes
soldadas que tiene ganadas en más de quince años,
sirviéndole a usted.
-Luego, ¿desconfías de
mí?
-No, señor; pero, a decir verdad, quisiera
tener bien arreglada esa cuenta, por lo que pudiera tronar.
-Lo que tú temes es que yo truene a la hora menos
pensada... no me andes con andróminas; y lo que debes
hacer es pedirme lo que te debo; ir a darte buena vida con
ello, y dejarme a mí solo y abandonado, pudriéndome
en este rincón...
-Yo no pretendo semejante cosa.
-¡No me pasaran a mí estos lances si yo me hubiera
casado a tiempo!
-¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué
no se casó usted?
-¡Porque fui un mentecato, como
tantos otros!
-Todavía puede usted hacerlo. -¡Tendría
que ver!
-No creo que se opusiera nadie. -¡Ahí me
duele!
-¿En lo que le digo a usted? -¡En la rodilla, chapucera!...
¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién se había
de oponer a que yo me casara todavía, si se me antojara?
-Pues eso decía yo... ¡Cuántos a la edad de
usted tienen compromisos viejos!...
-Yo no tengo compromisos,
Regla; yo soy libre como el humo, como el aire. Puedo hacer
lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo entiendes?
-No lo dudo, señor. -Es que a mí no me vengas
con pullas, porque las tengo yo para ti y para todo el universo,
¡zambomba!... ¿Acabaste?
-Sí, señor. -Pues
al pecho ahora... A bien que, para lo que adelanto con la
untura... ¡Qué toser anoche! ¡En vilo me la pasé
toda! Tú, en cambio, dormirías como una marmota.
-Como usted no me llamó... -¡Bien hecho!, ¡ahógate
ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón
miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento
que hace a tus quejidos el asma del ratonero!...
-A esa
bestia la voy a tirar yo por la ventana...
-Pues en seguida
vas tú tras ella.
-Pero ¿no ve usted que está
hecha un asco, y que apesta toda la habitación?
-Esa
no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurje...
Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas,
y tiene derecho a mis cuidados... y a los tuyos también,
Regla, ya que me haces hablar.
-¡Para él estaba!
-¡No seas ingrata, Regla! -Más me debe él
a mí, que le traje a casa.
-También es cierto;
y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo
que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la
almilla...
-Ya está usted despachado por hoy... digo,
hasta la noche.
-Tráeme ahora una camisa limpia.
-¿Va usted a salir? -¿Qué tal está el día?
-Regular. -¿Hace viento? -No, señor. -¿Hay humedad?
-Tampoco. -Entonces saldré un rato, aunque sea para
sentarme en la tienda de la esquina, mientras tú ventilas
la habitación, que buena falta le hace.
Dicho esto,
recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del gabinete,
en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras
de paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes,
ora soltando un reniego, ora admirándose del volumen
que presentan sus piernas con tantos envoltorios y ataduras.
Después se viste con ímprobos trabajos unos
pantalones descomunales, y se lava las manos y la cara, no
sin bautizar el agua con tres o cuatro esencias de botica.
Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola
limpia, y le calza los entrapajados pies con holgados zapatones
de flexible paño.
Puesta ya la camisa limpia, hácele
Regla el lazo en la corbata; ayúdale a vestirse un
chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de
paño; sobre éste, una levita, y sobre la levita,
un gabán; pone en sus manos el bastón y el
sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo
en el bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando
abiertas todas las puertas, por las cuales va pasando, hasta
la de la escalera, junto a la que aguarda a su amo cruzada
de brazos.
Antes de salir Gedeón de su gabinete,
levanta con el regatón de su cachava la manta, bajo
la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso ratonero abre
los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos a su amo,
como si quisiera darle las gracias por su cortesía,
o decirle: «¡Buen par de alhajas estamos!».
Gedeón
le contempla un instante, vuelve a cubrirle con el bastón;
y, bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera,
murmurando para sus envolturas:
-No sé quién
de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo
me lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú.
¡Tan llorada ha de ser tu muerte como la mía!
  - VI -
La tienda de la esquina
Regéntala, como dueño
de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se
apresura.
Vive de lo que vende, que es tanto como decir
que vive de milagro; pues allí nunca se vende nada,
y siempre se ven en tablas y escaparates los mismos objetos,
descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy de notar,
como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide
cosa que en la tienda exista, pero que debiera existir, a
juzgar por la índole de las mercancías que
están a la vista, y con las cuales cree el tendero,
sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos
los antojos del público.
Así se dan muy a
menudo casos como el siguiente:
-¿Tiene usted tachuelas?
-pregunta un marchante acercándose al empolvado mostrador.
-¿Tachuelas? -repite el tendero poniéndose a meditar-. Precisamente tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede
convenirle a usted más.
-¿Clavillos, quizá?
-No, señor: clavos romanos. -¿Y qué es eso?
-Hombre, clavo |