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    El buey suelto
     José María de Pereda
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Jornada III


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- I -

Saldo de cuentas atrasadas


Por más que de algunos seres privilegiados se diga que por ellos no pasan los años, los años pasan, sin que haya afeite ni fuerza de voluntad que alcancen a borrar sus huellas. O el cuerpo o el alma han de gemir bajo su peso, si es que no gimen a la vez el uno y la otra. Ocioso es que la materia, oronda y esponjada todavía, aspire a los solaces de otros tiempos, si el espíritu que ha de estimularla está seco y abatido; tan ocioso como que éste, retozón y bullanguero, pretenda los deleites de la juventud si está preso y encogido en un cuerpo caduco y achacoso.

Fuerte era el de Gedeón y bien nutrido; holgado estaba y hecho a mimos y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba; pero lloviéronle pesadumbres; abatiósele el espíritu, y cayó vencida su materia mal cebada, como tronco roído por gusanos.

Aquel a quien vimos hecho una furia, combatido por tantas contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose, más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva a las puertas de la eternidad.

Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fue reuma tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima; gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose a puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada.

Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no hace frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.

Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y abrigado, o solamente llega a la tienda de la esquina, donde se sienta a oír, cuando no a insultar, a media docena de tipos, tertuliantes impertérritos de aquélla.

Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de todos sus congéneres. Ahora es taciturno, irritable, áspero y hasta grosero en su trato con los demás.

Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de que no es ella sola la que impera en aquel montón de ruinas, falta en sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como antes por anticiparse a los deseos de su amo. Antes existía cierta inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el uno: «Esta mujer nació cortada para servirme»; mientras pensaba la otra: «Parece este hombre nacido para mandarme». Ahora es Gedeón, para su criada, «un amo como todos», y Regla, para Gedeón, «una criada como las demás».

Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto de Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz con la mecha consumida.

También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años trascurridos desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada insinuante con que la conocimos: dejó de ser todavía joven, y ha entrado en la categoría de mujer de edad, aunque de las que templan la pesadumbre de esta condición con el consuelo de bien conservada.

Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta, encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae a mechones a cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni siquiera responde con un lento balanceo a las muestras de cariño que de tarde en tarde le consagra Gedeón.

Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de Merto reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir más pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego del espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió a casa, se acabaron para el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados; despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y un incesante puntapié.

Es de saberse que a los pocos días de volver Merto al lado de su madre, comenzó a hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las hizo el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para él un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le largaba un puntapié donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le veía. Ni los bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban a detenerle en esos momentos.

Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al ratonero, rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reloj del comedor, e hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su madre ocultar a su amo.

Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble fin de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, si era posible. Entonces volvió Adonis a dormir tranquilo y a vivir descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no hubiera servido de yunque a aquel martillo implacable. Viose cargado de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que los ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla, que pretendía tirarle a la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el lector.

Merto en el colegio, fue como toro en plaza; vio desde el primer día un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. A los pocos meses fue expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.

Del colegio pasó a un taller de carpintería; de éste, a una fragua; de la fragua, a una taberna, y, por último, a la cárcel. Porque ya en esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.

Lo que esto dio que hacer y que meditar y que decir a Gedeón, y el dinero que le costó, excuso yo referirlo.

Cuando Merto se vio libre, al cabo de muchos meses de reclusión, halló cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse a la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la calle; contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un puñado de pesetas para soldado de Ultramar.

Por esta razón poderosísima no figura Merto de cuerpo presente en el inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de Gedeón.

En cambio, en el que voy a hacer de los desengaños y las penas de éste desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede figurar como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo relato que precede de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis.

La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes a la puerta de Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún testimonio nuevo volvió a robustecerla a sus ojos, el afán de encontrarlos le llevaba a cada instante a las callejuelas de aquel barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo, y obligábale a continuar el trato de la hija del remendón, con una frecuencia tan opuesta a sus propósitos anteriores, como extraña a los ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de sus celos, que no bastaba a resistirla el horror que le causaban sus encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.

Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la pensión que hasta allí había dado a su padre, a condición de que éste no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo durante algunos meses; pero creciendo las necesidades del zapatero a medida que aumentaban los recursos, y calculando el sinvergüenza que más se le daría cuanto mayor fuera su insistencia en perseguir a quien lo daba, Gedeón volvió a ser asaltado en la calle muchas veces, tantas como los aumentos que hizo a la pensión. Viendo que ésta subía como la espuma, y conociendo la intención del zapatero, resolvióse a poner el caso bajo la protección de las leyes; y el tío Judas fue encerrado en la cárcel como vago.

Pero salió de ella, y volvió a las andadas, y tornó la justicia a prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada vez le arrimaba más a ella; el asco que le producía el remendón, y el dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reuma y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho, como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada día más deshecha.

En uno de ellos quiso lanzarse a la calle antes que la visitara el sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de reposo. Judas, borracho como un cuero, le había acompañado a casa por la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar, y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto vio un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se lanzó a la calle a respirar el aire libre.

Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que contemplaban un bulto tendido en el suelo. Acercóse a contemplarle también. Aquel bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!

-Es un borracho -le dijo un hombre de los del grupo-, que dormía a la intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha matado.

-¡O la justicia de Dios! -contestó Gedeón disimulando mal su alegría, continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.

Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la calle.

-Me alegro mucho de encontrarle a usted -díjole éste tan a tiempo y tan a mano-. Seis meses hace que no nos vemos.

-En efecto -respondió Gedeón-. ¿Y por qué dice usted que me halla muy a tiempo?

-Porque mañana quizá sea tarde para proponerle a usted lo que voy a proponerle ahora.

-Pues usted dirá, Doctor.

-Quiero que suba usted conmigo a ver a un enfermo en esa casa de enfrente.

-¿Yo? ¿Por ventura soy médico sin saberlo?

-¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten a un enfermo?

-Es que no atino...

-Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!

Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, e introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo, y luego un pasadizo, todo a media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un gabinete contiguo a la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera del balcón, y a la luz que se derramó por la estancia, vio Gedeón en el fondo de ella un lecho, a cuya cabecera estaba sentado uno de esos ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del polvo de la tierra con el nombre de Siervas de María.

-¿Qué tal, hermana? -preguntóle el Doctor.

-Muy postrado desde anoche -respondió la Sierva.

Acercóse el médico al lecho, e hizo señas a Gedeón para que se acercara también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en la estancia y vio aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada a semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó al lecho.

Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las almohadas se veía una cabeza, cuya cara, vuelta a la pared, tenía la mitad, hacia el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una mirada yerta y vidriosa, que iba a clavarse en un Crucifijo colocado de intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo no respiraba, si no se vieran los movimientos de la ropa marcando las anhelantes inspiraciones de su pecho.

-Mírele usted bien -dijo el doctor a Gedeón.

Éste buscó, a los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció: parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.

El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del estado mental del paciente.

-Es ya un tronco -dijo-. Que no tarden en administrarle el último Sacramento.

-Debe llegar dentro de un instante el sacerdote con ese objeto -respondió la hermana.

Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la Sierva, salió de la habitación después de invitar a su amigo a que hiciera otro tanto.

Nada podía ordenar a Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan triste espectáculo.

Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:

-Eso que usted ha visto en el lecho, fue un hombre egoísta. Jamás latió su corazón a impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se movió más que para difamar al género humano. «Esposa» e «hijos» eran, en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto a vivir sin ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se le parecía, como se huye de la peste. Mientras fue robusto, tuvo quien le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes le abandonaron después de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como tigre en su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra detrás del egoísmo de los hombres.

-¿Y qué enfermedad le acometió? -preguntó al médico Gedeón, presa de un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de miedo.

-Un cáncer en la lengua -respondió el médico.

-¿Y eso le mata?

-«Por do más pecado había».

-¡Casualidad extraña!

-¡O providencial castigo!

-¿Lo cree usted así?

-Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.

-¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?

-De todos, menos de Dios. Ya vio usted un ángel a la cabecera de su cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de su alma.

-¡Buena estaría su alma también!

-Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo miserable.

-¿Y tan a oscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?

-No tal, amigo mío. El alma volvió a la luz, y el egoísta empedernido empleó las últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar ante Dios que aceptaba su soledad y sus tormentos, como castigo justo de su pecado. Después acá, lo que no ha podido decir de su boca en testimonio de su conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado abiertos, no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted vio colgado en la pared.

-Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo empeño en que yo visitara a ese enfermo.

-Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él antes que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy indefectiblemente.

-¿Y qué puede importarme a mí la muerte de ese desgraciado?

-Siempre interesa la marcha de un amigo a un viaje tan largo.

-¿De un amigo?

-Por de usted le tuve siempre.

-¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?

-Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de Herodes.

-¡Santa Bárbara!




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- II -

Continuación del anterior


Dos días bastaron a Gedeón para salir del aturdimiento que le produjeron la visita que hizo a su amigo espirante, y la noticia que le dio de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes!, el hombre que más le había empujado a él hacia el abismo en que se hallaba; el azote del hogar, la sátira de la familia, el prototipo de los bueyes sueltos, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres, devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los remordimientos ¡Qué lección para él si desde muy atrás no se hallara convencido de que ese es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan, por su propio gusto, fuera de la ley!

Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; y por este lado se apresuró a considerarla: el pavoroso problema de sus celos estaba resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le quitaba el sueño, ya no existía.

Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver a acercarse a Solita. ¡Hasta se atrevió a soñar en nuevas aventuras, para borrar por completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!

Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo decirle: -¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reuma que te balda, y esa tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome a risa, ni quién podrá aceptarlas, que no tosa más que tú?

¡Olvidar a Solita cuando estaba amarrado a su recuerdo con una cadena más!

¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!

El único bien que le produjo la muerte de Herodes fue el poder vivir menos intranquilo con respecto a Solita. Entera confianza no la tuvo jamás en ella, y hasta me atrevo a creer que, no por otra razón, cuando él se vio con las piernas entumecidas por la gota, llevó a Solita a vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la ciudad tantos anos, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar.

El hecho es que así la puso, y que a duras penas la visitaba una vez cada mes, de noche y con grandes precauciones.

En cada una de estas visitas le entregaba el dinero necesario para sus gastos, y para lo demás que andaba por el mundo y era causa de que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y resistiendo el otro.

-¡Déjame siquiera acercarme a tu casa cuando tú no puedas llegar a la mía! -clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el método a que la sujetaba él.

-¡Nunca! -respondía Gedeón inexorable.

-¿Y qué hemos de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la cama?

-¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!

-¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!

-¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé a mi paso!

-¿Quién es la infame que te obliga a ser tan bárbaro?

-¡Mi corazón que te detesta!

Así, o por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de Solita.

Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fue en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, a medio encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos a propósito que la suya para mover a un hombre, del temple que había tenido Gedeón, a cumplir con los deberes que a cada instante arrojaba ella a la cara del solterón atribulado.

Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo que a él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara, y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el pretexto de darse un paseo por las calles.

De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de Herodes.

Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, a Anás y a Caifás, y uno bien cumplido desde que supo que habían andado a bastonazos en medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás.

Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.

Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y maquinalmente llegó Gedeón a preguntar a su viejo camarada por Anás.

-¡No me hables de ese cerdo! -exclamó trémulo de ira Caifás.

-Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto: perdona la distracción.

-¡Si no me le quitan entonces de las manos!...

-Más vale que te le quitaran.

-¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!

-¿Tan grave fue el motivo de la riña?

-Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...

-¡Por eso nada más!

-Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde muy atrás. Lo de los calzoncillos fue la mecha que prendió la pólvora.

-Entonces no digo nada.

-¡Pues yo te digo a ti que ese hombre es un sinvergüenza!

-Lo será si te empeñas.

-Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.

-Te juro que no lo sé.

-Pues debieras saberlo.

-Jamás lo he intentado; y cree que me iré a la sepultura en mi ignorancia, si tú no me sacas de ella.

-Ya sabes que es muy avaro y le da por decir a todo el mundo que él no se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal de su padre. Pues bueno: cuando a ti te decía eso mismo, aconsejándote que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer de un sargento de carabineros; el cual sargento pasaba, de cada tres semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años cerca de la ciudad. Esta mujer fue teniendo familia, hasta tres hijos, y consiguió hacer creer a esa bestia que los chicos se le parecían, a medida que iban naciendo; y le obligaba a pasearlos, y a dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera testamento a favor de ellos, porque estaba en ese deber.

-A eso ya se resistiría.

-Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo todo al sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería la carabinera!

-¿Qué me cuentas?

-La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma casa; dejándose llamar padrino por tres hombrachones ya casados, que comen a sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció, y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes?, yo te garantizo que no la tiene.

-¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?

-Témome que sí.

-Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.

-Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años ha, cuando me vino con indirectas, a causa de sus recelos y aprensiones: «Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿qué derecho tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por qué no haces lo que Gedeón?...».

-¿Eso le dijiste?

-Eso le dije.

-¿Y con qué derecho?

-Me parece que diciendo la verdad...

-¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!

-¡Oiga! Parece que te amoscas...

-Y me amosco con razón.

-Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por boca de tu ilustre padre político.

-¡Falso!

-Hijo te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.

-¡Mientes!

-¡Gedeón!...

-Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de pie...

-Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas, ¡grosero!

-¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me cantara!

Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente a formar corrillo alrededor de los dos amigos.

El grandísimo disgusto que produjo a Gedeón lo que Caifás le dijo acerca de sus ocultos enredos, no le quitó el deseo de saber algo sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fue aquel de los tres que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo Anás, primero amigo, y después enemigo feroz de quien tan ferozmente acababa de biografiarle a él.

Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle, como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole en su casa.

También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal vestido y poco limpio.

A las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le preguntó por Caifás.

-¡Mal rayo le parta! -gritó Anás trasformando su sombrío decaimiento en furor salvaje.

-Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.

-Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro a la humanidad de ese infame.

-Entonces, más vale que se interpusiera la gente.

-¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!

-Según eso, fue muy grave el motivo de la querella.

-No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo, y esa futesa la inflamó.

-De lamentar es el caso, de todas maneras.

-¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!

-Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...

-Pues qué, ¿no sabes cómo vive?

-Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...

-Recordarás que esa fiera siempre fue tan vehemente como celoso, y que por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de su amo, y se complacía en dar pábulo a sus accesos bestiales para tener el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de dotarla rumbosamente. Resistióse el bruto a lo del matrimonio, aunque asintió a lo de la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin convino el asno en la otra cláusula también, aunque a condición de que el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar a la cara de un hombre.

-Y ¿por qué las aguanta?

-Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.

-¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?

-Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? Te lo garantizo yo.

-¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?

-Lo sospecha, como de tantos otros.

-¿Quiere decir que por eso fueron los palos?

-Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas. «Pero pedazo de bruto», le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas aprensiones, «¿basta que se le meta a un hombre una majadería en la cabeza para que sin ton ni son vaya a dar un escándalo en la vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra los amigos, echa de casa a los extraños»; porque créelo, Gedeón, ¡esa infame se los pone a la mesa con él, a título de amigos y de parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?

-¡No es poco que digamos!

-¿Y también le dije: ¿a que no daba un paso como ése nuestro amigo Gedeón?

-¡Yo! Y ¿por qué había de darte?

-Gajes del oficio son los motivos de esa clase.

-Yo no sé qué oficio es ése, ni conozco esos motivos...

-Vamos, Gedeón, echemos tierra a los motivos; pero en cuanto al oficio...

-¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra»? ¿A qué aludes?

-¿Por qué te quemas?

-Porque me insultas.

-¿Porque te digo que tienes líos tapados?

-¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!

-Como cada hijo de vecino.

-¡Falso!

-¡Gedeón!

-¡Te repito que yo no tengo líos!

-Pues cuéntaselo a tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que ya no viva!

-¿Y a ese entierro aludías antes?

-¡O a otro, canastos!

-¿A cuál, víbora, a cuál?... ¡dílo!

-¡No me da la gana, soberbio!

-¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!

-¿Qué harías entonces?

-Molerte a bastonazos.

-Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma, si no mirara...

-¡Difamador!

-¡Hipócrita!

-¡Bárbaro!

También esta entrevista acabó rodeada de transeúntes y hasta silbada de granujas.

No sé a punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el que éste juzgó dardo lanzado a su pecho por Anás desde la sepultura de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, poniendo todo su corazón en sus palabras:

-¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!

Después volvió a encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante en que se le presento a mis lectores al comenzar la historia de esta tercera y última jornada de su vida.

Pero heme referido allí únicamente el aspecto exterior de nuestro personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus interioridades.

Mientras a un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama, y sueña que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en débiles cañas; la luz vence a sus ojos, y el más blando lecho parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le falta para llegar a ser un cuerpo sano como los demás.

Lo mismo le ha sucedido a Gedeón. Mientras le duró la fiebre de las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fue; pero asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y a medida que el cuerpo fue cayendo, fue su espíritu levantándose. Cada ilusión apagada en su fantasía renació como luz en su razón; y cada flaqueza vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así llegó ésta a enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fue más que una carga de dolores.

Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es hora de retroceder para buscar otro más placentero. A sus pies está el abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado por el verdugo de sus remordimientos.

Para otros, la luz y los consuelos; para él, la oscuridad y el desamparo.




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- III -

Los vecinos de Gedeón


Sucédele muy de continuo a nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan a su lado.

Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en investigaciones que le suceden y en cálculos que le fascinan.

«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser».

Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años ha, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.

En la ocasión en que ahora te hallamos, con el cuarto a media luz, la atmósfera saturada de olores de bálsamo tranquilo, sin otro rumor que altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase con la mente a examinar el que ofrece cada familia de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.

Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, los tres se reúnen, y comen y cenan en familia. Alguna vez que otra, asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.

En el segundo piso habita un abogado de cierta edad, esposo de una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que el médico no tenga que visitar a alguno de éstos. Mientras dura la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera. «¡Hijo mío, yo te como a besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. A ver cómo le cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no parece que los ángeles enseñan a esta chiquilla tanta monada! ¿Tienes celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... No, pimpollo de la casa, que te quiero también a ti... Ven acá, hijo mío, a este otro brazo, junto a tu hermanita. Así... dale tú un beso, pichona. ¡Bien! Dale tú otro a ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza a tus hermanitos... Aprieta más... así... Ahora, yo un beso a cada uno... ¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!».

Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas domésticas la dejan un rato libre.

En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le falta una para dedicársela a sus hijos, jugando con ellos como si fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, como el embajador español a Enrique IV, haciendo de la estancia picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas a un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los hombros, a modo de San Cristóbal.

A pesar de tan prosaicos pormenores, la casa está limpia como el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no es raro y se cree feliz, y los niños no rompen la vasija ni comen las sopas a puñados. Para eso está la madre que se lo prohíbe, como todo lo malo, y les amenaza con el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar a hurtadillas los santos de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar a los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, o a los cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la ropa.

Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado a quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para asistirle y consolarle y sufrirle con la heroica resignación de una hermana de la Caridad, está constantemente a su lado su hija, joven y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores sin sol. Un hermano de ésta ayuda a levantar las cargas del hogar, desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. Cuando los tres se hallan juntos a ciertas horas del día y casi todas las de la noche, el afán de los hijos se consagra a endulzar las amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.

En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que tiempo ha reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud a la faz macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel ser a quien una lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que poder humano alcance a conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre sacerdote, sentado a la cabecera del enfermo, le alivia los dolores del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando a la vez grato consuelo a los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de él falte quien tan próximo se halla a las puertas de la eternidad.

Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su trabajo a su madre anciana y viuda, y a un hermano memo. Aunque no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que roba al sueño y al descanso.

Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de caudales, de infortunios y de alegrías.

Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus hermanos; padres e hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En una o en otra forma, siempre hay un ser identificado con otro ser; un sentimiento honrado respondiendo a otro sentimiento, o inclinado el corazón a trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle a la montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación y el heroísmo en necesario y grato deber.

-¡Esto es la familia! -piensa Gedeón, interrumpiendo sus exploraciones-; algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oír; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!

Volviendo otra vez con la mente a la vecindad, ¡cuán rebajado se encuentra comparándose con ella!

Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, o le han cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento a la vez que le recibe.

Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.

Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el odio a quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el remordimiento y el desencanto de los vicios.

¡Pero en cambio es libre!... ¡Qué mofa!...

¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se acercaría a ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos de sus amarguras y dolores? ¿A quién arrancará una lágrima su muerte?

No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose poco a poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, mientras le van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y de escombros, las zarzas y las ortigas.




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- IV

Castillos en el aire


-Pues supongamos ahora -continúa llevando sus meditaciones a otra región de más luz y de mejor aire-, que yo me hubiera casado a tiempo. Podría haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es cierto; pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal es el mundo, y tal la humanidad; porque no pueden ser de otra manera... Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría ambiente de la familia, y otros, con mejor acuerdo, el reflejo de Dios; eso que no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que, viéndose ahítos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se despierta la mía, y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe pintárselos a quien no los puede saborear.

Pero vaya una suposición racional, aplicable a este momento de mi vida.

Si yo me hubiera casado a tiempo, mi mujer estaría ahora a mi lado... Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría a mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme, me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que luego vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y desinteresado, y a la vez más profundo, cordial y permanente, como si nuestras vidas se hubiesen compenetrado, o fuéramos ella y yo dos cuerpos con un alma sola...

Pero a cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la presente estaríamos tratando de nuestros hijos, o acompañados de alguno de ellos.

El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo!, oficial de artillería... Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están lejos de sus familias, y se expone uno a perder algo de su cariño. Después, la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque se muere por la patria... ¡Pero vaya usted a decirle al corazón de un padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo suyo!... ¡Cómo debe sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo!, se me figura a mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar... Nada: resueltamente lo sería.

Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban, por ejemplo... a Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no puede vivir mi hijo, que pertenece a un cuerpo tan distinguido como el de artillería, como en Segovia o en Santoña. Tendrá su uniforme estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus condiciones: bien vestido y bien alojado. ¡Qué menos! Nada de esto me diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con media palabra entiende a sus hijos; el caso es que yo trataría de enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero, ¡qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero oficial del real cuerpo de artillería! Por eso me dirá que con dos mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que cuesta, o debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorango de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera, y el tabaco regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil; la mitad para el uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que pueden ocurrírsele a un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo de artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo que sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos mil reales cada uno; pero que no la diga nada cuando la escriba, porque quiere ella guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él más el supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente, y hasta la querrá más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho más. ¡Como si fuera poco lo que le quiero!...

Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado, el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!, sabiendo que con esas cosas se le cae la baba a su padre, me ha dedicado el discurso... El de licenciado se le dedicó a su madre, que le tiene encuadernado con lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y, ¿qué he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así, pero le tiraría de la lengua, e iría metiéndole en materia para oírle... Le habría regalado un reloj de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Como él se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón que diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. Siempre me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el vicio menos indecente de la humanidad. Bueno que cuando son niños no fumen, por muchas razones: pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?... ¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho! ¡Cómo anima y revuelve a toda la familia en los muchos ratos que pasa con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin sazonar... También hace copias, pero buenas; no de esas vulgaridades que escriben todos los jóvenes entre tontos e inocentes. Por de pronto, se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me pondría yo hueco al oír tal elogio! De todas maneras, este chico será el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida, y el que a mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque nada de esto se opone a que se case en tiempo oportuno con una mujer digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con cuidado el artillero. Temo que, como a otros muchos de su profesión, se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse definitivamente, no pueda ya con las bragas, y tenga que morir sólo y desesperado.

Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra hija. ¡Qué cálculos haríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría, y como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala, habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio no, porque no conocería yo esa dolencia) o el peso de mis achaques me entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran a mí... Me animaría después a salir de casa; haría que la acompañara a dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían a su lado haciéndose los buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de verlas felices, y hasta la idea, a menudo equivocada, de que casando a una hija se adquiere un hijo más, debe animar mucho en esos trances tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por ahí enfrente o se asomara a la puerta para hacernos alguna pregunta, cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella, y de obras de sus manos estaría llena la casa y las interioridades de ésta correrían ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su madre.

¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia! ¡Toda la familia reunida entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas! ¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importaría a mí entonces el reuma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del cuerpo? El militar referiría sus aventuras lícitas del oficio; el abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en cuanto a mí, ¡cielo santo!, solamente sabiendo lo que ahora padezco se podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquella! ¡Cuán diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor debe mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de achaques de la vida, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!

Tras estas cavilaciones y después de permanecer Gedeón largo rato saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve a reflejarse en su fisonomía aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones sobre parecido tema.

-¡Qué demonio! -torna a pensar-, ¡lo que somos los hombres! Cuando yo era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal. ¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No, no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego que corría por mis venas: huracán que me arrastraba lejos de todo deber, y me ponía fuera de la comunión humana. Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón, y purifica y refrigera todo mi ser; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y, sacándome de la sima tenebrosa, me acerca a los demás hombres, y hasta parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí yo haberme casado a tiempo!... ¡He sido un bestia!, ¡mil veces sandio!, ¡un millón de veces estúpido!




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- V -

La poesía de un solterón


-¡Regla! ¡Regla!

-¡Señor!

-¿Dónde mil demonios estás metida?

-¿Cuántas veces me ha llamado usted?

-Más de mil.

-No han llegado a tres.

-Tanto me da.

-Pero no es lo mismo.

-¡No me repliques!

-Cuando se dice lo que no es...

-¿Te rebelas?

-Me disculpo como debo.

-Tu deber es complacerme, y nada más.

-Eso he hecho siempre.

-¡Pero no lo haces ya!

-¡Así paga el diablo a quien mejor le sirve!

-¡Regla no me provoques!

-Si usted no me maltratara...

-Yo no maltrato a nadie. Yo no hago más que padecer, y pudrirme, y acabarme aquí, solo y abandonado.

-¿Para qué me llamaba usted, señor?

-Para que me traigas los chirimbolos.

Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde la punta del pie hasta medio muslo.

Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos en una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo.

Arrodíllase a los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en el suelo los frascos y los vendajes, y comienza a soltar las ataduras de los que Gedeón tiene puestos.

-¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues a la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las estrellas...

-No tenga usted cuidado.

-¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco a poco... poco a poco!, así... ¡Ay!...

-¡Si no le he tocado a usted!

-No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora, sin miedo hasta los pies... ¡Alto! Arrolla toda la venda suelta.

-Saque usted el pie más afuera...

-Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?

-Algo más deshinchada me parece...

-Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...

-Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.

-¿Cómo le hallas?

-Lo mismo.

-Pues a mí se me figura que cada vez se van dislocando más los dedos... Parecen garfios ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora a preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para mezclarle con este otro...

-Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.

-¡Dios ponga tiento en tus manos!

Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla a destapar frascos, a mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre la palma de su mano izquierda, y a frotar con las dos, con toda la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que a cada instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo conveniente, o porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oírse los propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.

-¿Acabaste con ésta?

-En cuanto anude las cintas... Ya están.

-Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa trapería, o ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más endemoniada!... Parece castigo de Dios ¿no es verdad?

-¿Por qué, señor?

-¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados a hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo más de que entre un joven abandonado a sus propias inclinaciones y una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Dele usted cuerda a sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo y retozón, y ya cree poseerlo todo, y asegurada su vida de penas y dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece a ti?

-Allá se van.

-¡Vaya un consuelo de tripas!...

-Pues si es la verdad...

-¡O no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...

-¿De qué modo lo he dicho yo?

-Como lo has dicho. ¡Ea!, no me rompas la cabeza.

-Jesús me dé paciencia ¡qué genio!

-¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!

-Pero yo no le tengo a usted la culpa de sus trabajos...

-¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!

-¡Si llevo la mano al aire, señor!

-Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.

-Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que yo estoy haciendo...

-¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!... ¡Ufff... qué barbaridad!... Debo tener la cara como luz de pajuela.

-Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...

-No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya dicho contra ti. ¿He dicho alguno?

-No ha dejado usted de decirlos...

-No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí, y no sé lo que digo.

-Gracias a eso no los tomo yo muy a pechos.

-Vamos a ver, y ¿qué harías si a pechos los tomaras?

-Ya puede usted presumirlo.

-¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...

-Póngase usted en mi caso.

-¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado a tiempo.

-¿Tan mal le ha ido a usted conmigo?

-¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!

-También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro porvenir...

-Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?

-Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.

-¿Por tan desalmado me tienes?

-Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme a puertas mañana.

-Eso es decir que temes que yo me muera de repente.

-O por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta más que en sus palabras...

-Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea conocida y respetada.

-Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole a usted.

-Luego, ¿desconfías de mí?

-No, señor; pero, a decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa cuenta, por lo que pudiera tronar.

-Lo que tú temes es que yo truene a la hora menos pensada... no me andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo; ir a darte buena vida con ello, y dejarme a mí solo y abandonado, pudriéndome en este rincón...

-Yo no pretendo semejante cosa.

-¡No me pasaran a mí estos lances si yo me hubiera casado a tiempo!

-¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?

-¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!

-Todavía puede usted hacerlo.

-¡Tendría que ver!

-No creo que se opusiera nadie.

-¡Ahí me duele!

-¿En lo que le digo a usted?

-¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién se había de oponer a que yo me casara todavía, si se me antojara?

-Pues eso decía yo... ¡Cuántos a la edad de usted tienen compromisos viejos!...

-Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo entiendes?

-No lo dudo, señor.

-Es que a mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para ti y para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?

-Sí, señor.

-Pues al pecho ahora... A bien que, para lo que adelanto con la untura... ¡Qué toser anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio, dormirías como una marmota.

-Como usted no me llamó...

-¡Bien hecho!, ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace a tus quejidos el asma del ratonero!...

-A esa bestia la voy a tirar yo por la ventana...

-Pues en seguida vas tú tras ella.

-Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la habitación?

-Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurje... Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene derecho a mis cuidados... y a los tuyos también, Regla, ya que me haces hablar.

-¡Para él estaba!

-¡No seas ingrata, Regla!

-Más me debe él a mí, que le traje a casa.

-También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...

-Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.

-Tráeme ahora una camisa limpia.

-¿Va usted a salir?

-¿Qué tal está el día?

-Regular.

-¿Hace viento?

-No, señor.

-¿Hay humedad?

-Tampoco.

-Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace.

Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con tantos envoltorios y ataduras.

Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales, y se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres o cuatro esencias de botica.

Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.

Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale a vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre éste, una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto a la que aguarda a su amo cruzada de brazos.

Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos a su amo, como si quisiera darle las gracias por su cortesía, o decirle: «¡Buen par de alhajas estamos!».

Gedeón le contempla un instante, vuelve a cubrirle con el bastón; y, bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para sus envolturas:

-No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo me lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada ha de ser tu muerte como la mía!




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- VI -

La tienda de la esquina


Regéntala, como dueño de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se apresura.

Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues allí nunca se vende nada, y siempre se ven en tablas y escaparates los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa que en la tienda exista, pero que debiera existir, a juzgar por la índole de las mercancías que están a la vista, y con las cuales cree el tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos los antojos del público.

Así se dan muy a menudo casos como el siguiente:

-¿Tiene usted tachuelas? -pregunta un marchante acercándose al empolvado mostrador.

-¿Tachuelas? -repite el tendero poniéndose a meditar-. Precisamente tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle a usted más.

-¿Clavillos, quizá?

-No, señor: clavos romanos.

-¿Y qué es eso?

-Hombre, clavo