  Historia de Sor María de la
Visitación
Luis de Granada (O.P.)
  Prólogo
En el cual se declara el argumento y materia de lo
contenido en esta historia y de los fundamentos que hay para dar crédito
a las cosas que en ella se escriben
Costumbre fue de muchos insignes autores
escribir las vidas de algunas personas notables que florecieron en sus tiempos,
como lo hizo San Hierónimo, y San Gregorio en sus
Diálogos, y Teodoreto en la Historia religiosa, y Paladio en la suya, y otros que
sería largo de contar; y, si éstos no usaran de esta diligencia,
careciera hoy la Iglesia de la edificación y fruto que de estas
historias se recibe. Movíme por este ejemplo (aunque mi autoridad sea
tan desigual), a escribir las vidas de algunas personas de gran virtud que en
mi tiempo conocí y traté familiarmente, pareciéndome que,
no lo haciendo, cometía hurto contra la sangre de Cristo (de la cual
proceden todos estos bienes) y contra la gloria de Nuestro Señor cuyas
obras y maravillas dijo el ángel San Rafael a Tobías que
debían ser publicadas.
Y no faltan en nuestros tiempos por la
bondad y providencia de Nuestro Señor, en diversas partes de la
cristiandad, algunas personas de notable santidad que han dado y pueden dar
materia de escribir a los que tovieren celo de la gloria de Nuestro
Señor y de sus siervos. Porque en la ciudad de Valencia han florecido
agora dos grandes varones, uno de la orden de nuestro padre Santo Domingo por
nombre fray Luis Bertrán y otro de la orden del glorioso padre San
Francisco, por nombre fray Nicolás Factor, cuyas vidas ordenó
Nuestro Señor que se escribiesen, y así se leen no sin mucho
fructo y edificación de los fieles. Y el mismo Señor, que
honró a Valencia con estos dos santos varones, honró
también a Lisboa con dos señaladas mujeres, una dominica, por
nombre soror María de la Visitación, y otra de la tercera regla
del glorioso padre San Francisco, por nombre Ana de las Llagas; y, lo que
más es, a ambas señaló Nuestro Señor con las
insinias de su sagrada pasión. Porque la dicha madre soror María
de la Visitación tiene impresas en pies y manos y costado las
señales de cinco llagas del Salvador, y la otra religiosa tiene encima
del pecho esculpido a Cristo puesto en una cruz y el nombre de Jesús al
lado, perfetísimamente fabricado de la misma carne, con letras grandes y
bien figuradas, y esto de tal manera que, puesta una pasta de cera blanda
encima de este lugar, queda lo uno y lo otro figurado, como por autoridad del
Santo Oficio se verificó. De manera que Nuestro Señor, que en un
mismo tiempo quiso que se hallasen juntos en la ciudad de Roma dos tan grandes
santos como fueron Santo Domingo y San Francisco, fundadores de dos
órdenes tan principales, quiso también que se hallasen en las dos
ciudades susodichas, dos hijos y dos hijas ligítimos de ellos, que
representasen muy bien la santidad de sus padres.
He dicho esto para que se entienda, que,
pues agora es el mismo Dios que era entonces, no se haga increible a los
hombres hacer Él agora lo que entonces hizo, pues no hay agora menor
necesidad de hacer milagros y maravillas, en tiempo que la fe está tan
menoscabada con tantes herejías y las vidas de muchos hombres estragadas
con tantos vicios como lo estaban en aquel tiempo. Y costumbre es de Nuestro
Señor acudir a su Iglesia en tiempo de la mayor necesidad, pues ella ha
de durar hasta la fin. De esta manera acudió a su Iglesia en tiempo de
la ley (cuando las cosas estaban más caidas) con profetas
santísimos y con Reyes religiosísimos como fueron David, Miqueas
y Josías y otros semejantes. Y por esto no es cosa extraña criar
Nuestro Señor personas tales que con su mérito y oraciones
detengan su ira y con el ejemplo de sus vidas despierten los negligentes y con
la virtud de sus milagros sustenten la fe.
Pues, por ser tan grande el fructo de
semejantes leturas, confiado en la misericordia de Nuestro Señor,
tomé a cargo escribir la historia de nuestra virgen, así por
razón de ser de mi orden como por haber tenido yo particular noticia de
sus cosas, y porque las que de ella hay que escribir son muy grandes y muy
extraordinarias, mayormente para la condición de nuestros tiempos en los
cuales no hay tanta santidad como en los pasados.
Para que no tropiecen aquí los que
esto leyeren, diré de la manera que supe todo lo que aquí
escribo. Porque primeramente el Padre Fray Pedro Romero que era su confesor (a
quien ella como a su ligítimo juez daría cuenta de los favores
que de Nuestro Señor recibía) me la daba también a
mí y yo la asentaba por memoria para escribirla más de
propósito en su lugar. Después de esto el Padre Provincial de
esta provincia mandó a esta virgen por obidiencia escribiese por su mano
todos los favores que de Nuestro Señor había recibido, lo cual
ella mucho tiempo rehusó, recelando que esta escriptura se había
de publicar; mas, todavía apretada por el perlado, hizo lo que le
mandaban y así escribió un cuaderno de tres o cuatro pliegos de
estas cosas, el cual después se me entregó y las cosas de
él puse en los lugares de esta historia, a que pertenecían.
Después de esto, porque era muy penoso a esta virgen escribir por su
mano, por razón de la llaga y clavo que en ella tiene, diose esta orden
por el perlado: que ella diese cuenta a su confesor de estas cosas, el cual las
escribe fielmente de la manera que las oyó a ella y, para ratificarse en
lo escripto, las vuelve a leer a esta virgen y ella borra cualquier palabra o
cosa que desdiga de lo que pasó. Y es cosa notable ver el sentimiento y
alegría que recibe, cuando con esta letura le remueven la memoria de
estas cosas, de las cuales no tenemos otro testimonio sino habellas ella
testificado y ratificado de la manera que decimos; y cuán firme sea este
testimonio adelante se declarará. Y es cosa muy notable ver la
simplicidad y llaneza y cuán sin encarecimiento, da cuenta esta virgen a
su confesor de los favores que recibe de Nuestro Señor, porque, aunque a
los principios recibía gran pena y vergüenza de esto, pero
después, con la familiaridad y confianza que tenía del secreto de
su confesor, comenzó a declararse más; pero esto como dije, tan
sin engrandecer sus cosas y los favores que de Dios recibía, como si
contara otra cualquiera cosa en que fuera poco. De suerte que, como el santo
José contaba con grande simplicidad los sueños que había
soñado, mas el padre tácitamente consideraba lo que aquello
pesaba, así también cuenta ella con toda simplicidad sus cosas,
mas los padres espirituales ponderan lo que aquello es. Lo cual me parece que
procede, o de haberle dado Nuestro Señor esta simplicidad y humildad, o
de la costumbre tan frecuentes que tiene de andar siempre transportada de Dios
gozando tan a la continua de estos favores. Y así me parece que le
acaeció como a un hombre pobre que, cuando llega a la casa de
algún príncipe, si acaso le dan algunos relieves de los majares y
del vino de la mesa del señor, no se harta de alabar el gusto y precio
de lo uno y de lo otro mas los señores que están acostumbrados a
estos regalos no hacen ya caso de ellos. Lo mismo en su manera podemos decir de
esta virgen, por estar acostumbrada de muchos años a gozar de tan
grandes favores, que a otros serían materia de grande y nueva
admiración, mas a ella no lo son por la costumbre, y así da tan
llanamente cuenta de sus cosas como si la diese de las ajenas.
I. [Responde a algunas cuestiones]
Agora me pareció satisfacer a
algunas dubdas o preguntas que los letores podrán hacer acerca de lo que
aquí leyeren. Y primeramente porque aquí se escribe que muchas
veces el Esposo Celestial aparecía a esta virgen y rezaba alguna hora
del Oficio divino familiarmente con ella, como se escribe de Santa Catalina de
Sena, dubdaría alguno si realmente era la persona del mismo Cristo,
porque por alguna parte parece que sería algún ángel que
representase la persona del mismo Señor, como en los tiempos pasados
apareció a los Padres antiguos. Porque, aunque el que dio la ley en el
monte Sinaí, puesto caso que se llama Dios, no era sino ángel que
representaba la majestad y persona de Dios y así era tratado y
reverenciado como tal, de la manera que vemos hablar por alteza a los oidores
cuando están en sus estrados porque representan la persona real; mas por
otra parte, considerando que ya el Hijo de Dios humanado tiene verdadero cuerpo
puédese decir que Él mismo sea el que aparece, porque no es cosa
nueva haber aparecido Él, después que subió al cielo, a
algunos santos, como apareció a San Pablo, según él lo
testifica. Y este aparicimiento no fue con visión imaginaria, sino con
la real y verdadera presencia del cuerpo de Cristo, ca por este aparecimiento
pretende el apóstol probar la verdad de la resurrección del
Salvador y por ella la de nuestros cuerpos. Esto dice Santo Tomás, y
Cayetano en el mismo lugar.
Cuéntase también en esta
historia, después de haber tratado de las virtudes y ejercicios
espirituales de esta virgen, muchos y diversos aparecimientos de Nuestro
Señor y de su bendita Madre y de algunos santos, las cuales
señaladamente acaecieron en las fiestas principales que celebra la
Iglesia. Porque como en los tales días esta virgen se dispone a
celebrarlas con mayor devoción y recogimiento, así Nuestro
Señor, que nunca niega su favor y gracia a quien se dispone para ella,
le correspondía con alguna especial visitación con que le
representaba alguna cosa notable del misterio de aquella fiesta, con que
encendía el corazón de esta virgen en su amor. Mas en otros
aparecimientos (demás de éstos) pretendía este Esposo,
como maestro de las virtudes, inducirla a alguna de ellas, como a la virtud de
la humildad, de la paciencia, del amor de la cruz y de los trabajos y a la
desconfianza en sí y confianza en Dios, del conocimiento de su propria
vileza, lo cual sirve grandemente para el provecho de los lectores; por lo cual
tuve más cuidado de escribir estos aparecimientos que los otros, porque
sirve más para la edificación de nuestras ánimas.
Mas, para entender de la manera que son
estos aparecimientos y visiones, es de saber que unas veces se hacen
interiormente, infundiendo Dios en el ánima las especies e
imágenes de las cosas de que quiere representar, lo cual se hace en los
raptos; otras veces, estando la persona en su acuerdo, se forman estas mismas
especies e imágenes exteriormente en el aire, mediante las cuales la
persona ve lo que Nuestro Señor le quiere representar. Algunos
habrá que extrañen tanta manera de aparecimientos como en esta
historia se cuenta. A esto fácilmente respondemos que Nuestro
Señor comenzó a hacer especiales favores y mercedes a esta virgen
dende la víspera de su profesión (como adelante veremos) y de
esta manera ha continuado con ella, dende este tiempo, que fue dende los
diecisiete años de su edad; y, siendo ella agora, al tiempo que esto se
escribe, de treinta y siete, son ya pasados veinte años en que estos
favores y mercedes se han continuado, unas veces más frecuentemente y
otras menos, como Él era servido. Y, como se lee en dos horas lo que
pasó en tantos años, parece mucho; lo cual, mirado cuando ello
acaeció, no lo es; y por esta causa, en algunas cosas de esta historia,
procuraremos señalar, cuanto nos sea posible, los años en que
algunas de estas cosas acaecieron.
Otros habrá que, considerando lo
dicho, no extrañen tanto la muchedumbre de las cosas como la grandeza de
algunas de ellas, como son los éxtasis tan frecuentes, los
levantamientos en el aire, los milagros que se hacen con cosas suyas y con el
agua en que ella mete las manos, y otras cosas semejantes, alegando que no se
leen tales y tantas cosas en las vidas que tenemos de los santos pasados. A
esto primeramente respondo que en la Iglesia hay muy pocas vidas de santos,
aunque sean muy grandes santos, que estén escriptas a la larga. Porque
no hay otros mayores santos que los apóstoles y, sacado el
apóstol San Pablo, cuya peregrinación se escribe en los Actos de
los apóstoles, y un poco del apóstol San Pedro, que ahí
también se escribe, casi nada tenemos escripto de ellos, si no es el
lugar donde pedricaron y el martirio que padecieron; y es de creer que no
padecieron ellos menores trabajos que el apóstol San Pablo. Y de algunos
mártires gloriosísimos (como fueron San Lorenzo y San Vicente) no
está más escripto que los tormentos que padecieron; y es de creer
que estaban ellos antes fundados sobre firme piedra y consumados en toda
virtud, pues tan grandes avenidas y crecientes de ríos no fueron parte
para irritarlos. Y lo mismo digo de otros mártires fortísimos,
porque no hubo quien se aplicase a escribir sus vidas, por las cuales
alcanzaron tan grande fe y constancia, y muchas de ellas se perdieron por las
persecuciones de los tiranos que mandaban quemar todos nuestros libros. Verdad
es que de los santos que fueron fundadores de las religiones (como fueron Santo
Domingo, San Francisco, San Benito, San Bernardo y otros), algunos tenemos sus
vidas escriptas a la larga dende el principio hasta el fin de ellas, porque sus
hijos procuraron saber las virtudes y ejercicios de los padres que
habían de imitar, mas en pocos otros se hizo esta diligencia. La vida de
Santa Caterina de Sena escribió su proprio confesor y, si él no
se despusiera a tomar este trabajo, quedaran sepultadas en perpetuo silencio
tantas maravillas como de ella se escribe, que tanto nos declaran la bondad y
suavidad de Dios para con las ánimas puras y humildes. Y a esta santa
reveló Nuestro Señor que le era igual en la gracia y en la gloria
una virgen llamada Inés (cuya sepoltura fue esta virgen a visitar) y,
con todo eso, nada sabemos de ella, porque no se ofreció nadie a
escribirla; y conforme a esto se suele decir que antes del rey Agamenón
hubo hombres esforzados, pero no tenemos noticia de ellos, porque no hubo
poetas que escribiesen sus proezas y valentías.
Y demás de esto, para confirmar
la fe de las cosas que aquí se escriben, y para que nadie las tenga por
increíbles, escribí el primer libro de esta historia, en el cual
procediendo por los prencipales santos del Viejo y Nuevo Testamento hasta
llegar a Santa Catarina de Sena, reconté las grandes maravillas que
Nuestro Señor obró con ellos, las cuales, si no estovieran
autorizadas con la Escriptura divina, parecieran increíbles. Para que se
entienda que, pues es agora el mismo Dios que era entonces, (el cual no se muda
con los tiempos), no se tenga por increíble hacer Él agora algo
de lo que hizo entonces, pues no está abreviada su mano con todo cuanto
tiene hecho, para no poder hacer mucho más.
Pero, aunque esta razón sea muy
grave otra hay más urgente y perentoria, que son los milagros que esta
virgen tiene hechos, los cuales están con toda solemnidad procesados y
averiguados. Visto que con sólo este argumento y testimonio se satisface
la Iglesia para canonizar los santos, mas esta virgen, demás de este
testimonio, tiene otro no menor, que es la impresión de las llagas de
nuestro Redentor, y en pies y manos y costado. Y las de las manos están
patentes a todo el mundo, mas las de los pies y costado han visto los perlados
y su confesor, porque para cosa tan grande hubiese testigos de tanta
autoridad.
Con este testimonio se junta otro no
menor, que son las cinco gotas de sangre que le salen cada viernes de la llaga
del costado, puestas en una perfectísima figura de cruz, lo cual consta
ser un grande milagro y más tantas veces en cada semana repetido y, lo
que más es, no sabido por relación de otros sino por vista de
ojos, como lo han visto religiosos y legos y hasta un moro muy principal que
quiso saber esto, el cual, dando a esta virgen un pañito delgado y
poniéndolo ella en presencia de él, sobre esta llaga, salieron
estas cinco gotas en la figura sobredicha, de que el moro quedó
espantado, confesando que esta mujer era santa.
Concluyendo, pues, esta parte, digo que,
si un solo milagro verdadero es bastante argumento para creer los misterios de
la fe, cuánto más debe bastar tantas maneras de milagros para
tener por verdad lo que en esta historia se escribe, por nueva y extraordinaria
cosa que parezca.
Mas aquí quiero advertir al
cristiano letor que no entiendo escribir esta historia secamente y desnuda,
sino apuntando, aunque brevemente, los avisos y dotrinas que se sacan de las
cosas que se van relatando, porque no es de todos saber filosofar en las cosas
que se escriben en las vidas de los santos, por lo cual conviene que el
historiador se haya en esto como la madre, que da el manjar mastigado al
niño, cuando él no tiene aún dientes para ello. Porque por
esta causa son alabados en el libro de los Cantares los dientes de la Esposa
que es la Iglesia, porque ella es el ama y la madre que con los dientes
espirituales de los santos dotores dá mastigado el manjar de la dotrina
a los hijos espirituales que cría.
II. [División y argumento de esta
historia]
Esta historia, cristiano letor, va
repartida en cuatro libros: en el
primero se trata de todo lo que sirve para
hacer fe de las cosas que en ella se escriben y juntamente de la
edificación y fruto que de ella se debe sacar.
Y, cuanto a lo primero, se pone un
memorial de los previlegios y maravillas que Nuestro Señor ha obrado con
muchos de los santos pasados, comenzando dende Moisén hasta Santa
Catalina de Sena, para que nadie tenga por cosa increíble hacer Dios
agora lo que hizo entonces, pues es agora el mismo que entonces era; donde se
pone la relación de la vida y milagros de esta virgen que por parte del
Príncipe Cardenal y del Santo Oficio fue inviada a Gregorio XIII con los
milagros que de esta relación se coligen.
En el segundo libro se trata de los
ejercicios espirituales, que son oraciones, vigilias, ayunos, cilicios,
disciplinas y otras obras penitenciales con que esta virgen se disponía
para recibir acrecentamiento de la divina gracia y de los favores del Esposo; y
juntamente se trata de sus virtudes, conviene a saber, de su mansidumbre,
humildad, simplicidad, obidiencia, caridad, paciencia y fortaleza para padecer
trabajos.
Mas
en el tercero se cuentan los grandes favores
y mercedes espirituales que por estas virtudes y ejercicios recibió de
Nuestro Señor y también de algunas visiones y aparecimientos que
tuvo.
En el cuarto libro se escriben los milagros
que Nuestro Señor fue servido de hacer por los méritos de esta
virgen.
Todo ello va sujeto a la
corrección de la Santa Madre Iglesia.
  Libro I
De lo que sirve para hacer fe, en el cual se trata de
lo que se escribe en esta historia y aquí también se trata del
fruto que se saca de esta piadosa consideración
  Capítulo I
En el cual se declara cuán admirable sea Dios
en sus Santos, esto es, en los grandes favores que les hace, y cómo,
aunque ellos sean admirables, no por eso son increíbles
[Dios es admirable en sus Santos]
Mirabilis Deus in
sanctis suis. En estas breves palabras nos da el profeta David
copiosa materia de consideración y nos declara uno de los principales
medios que hay para levantarnos al conocimiento de nuestro Criador. Para cuya
declaración presupongo que la más excelente ocupación y
más alto ejercicio en que se puede emplear una criatura racional es
levantar los ojos a considerar la más alta cosa que hay en el mundo, que
es el Sumo Bien, en quien están y de quien proceden todos los bienes. Y,
como sea verdad que no pueda nuestro entendimiento en esta mortalidad conocer
este sumo bien en sí mismo sino en sus obras, para esto nos sirven dos
géneros de obras suyas, que son las obras de naturaleza que sirven para
la sustentación de nuestros cuerpos, y las de gracia que se ordenan a la
santificación de nuestras ánimas; donde es de saber que los
santos varones hacen escaleras de las unas y de las otras obras para levantarse
a la contemplación de su Criador, como parece claro en muchos de los
salmos donde se trata de las unas y de las otras obras. Pero lo más
común es proceder por las obras de gracia, las cuales, cuanto son
más excelentes, tanto nos dan mayor luz, para subir al conocimiento del
autor de ellas. Porque las obras de naturaleza principalmente nos dan
conocimiento de la omnipotencia y sabiduría y providencia que este
señor tiene de sus criaturas; mas las obras de gracia, demás de
esto, nos dan conocimiento de la bondad, de la caridad, de la misiricordia, de
la justicia y de la suavidad y benenidad de nuestro Dios para con los hombres,
y señaladamente de la providencia paternal que tiene de sus espirituales
hijos, porque éstos dice Él
que trae dentro de sus entrañas y que los
tiene escriptos en sus manos y que tiene contados sus güesos y cabellos y
que si cayeren no se lastimarán porque Él pondrá su mano
debajo para que no se lastimen, en éstos dice que tiene puestos sus
ojos, y sus oídos en las oraciones de ellos, y de éstos dice que
quien los tocare, toca a Él en la lumbre de los ojos y que a los
ángeles tiene mandado que los traigan en las palmas de las manos para
que no tropiecen sus pies en alguna piedra, y después de todos
estos favores, viene finalmente a decir que
sus deleites son estar con ellos.
¿Qué cosa se puede decir más tierna y más regalada
que ésta? Pues por éstos y otros semejantes favores se ve
cuánta razón tuvo el profeta para decir que era
Dios admirable en sus santos, pues tal
cuidado tiene de ellos y tales regalos les hace. Pues ¿qué
diré de las honras con que los honra, aun en este lugar de destierro?
Porque no sólo los honra en su vida, sino también después
de ella; y no sólo en sus cuerpos sino también en los andrajos y
retazos de sus vestiduras; y no sólo en sus personas proprias sino
también en sus hijos y descendientes, aunque sean malos, por respeto de
sus padres que fueron buenos, como parece en los hijos de Loth y Abrahan,
etc.
Pues del conocimiento de Dios que se
alcanza por estas obras de gracia se enciende en los corazones devotos la
caridad y amor para con Dios; y, vista la bondad y blandura con que trata sus
fieles siervos, nace también de aquí una grande confianza, viendo
que, pues este señor no
es aceptador de personas y que no
sólo está aparejado para acudir a quien le llama sino que
también, como dice San Juan,
llama a nuestra puerta, por aquí
viene el hombre a confiar que, si él por su parte se dispusiere, no
negará a él lo que concede a los otros. También con esto
se aviva la fe y el crédito de los favores que Nuestro Señor hace
a sus amigos, considerando los muchos que en diversos tiempos les ha hecho.
Mas, allende de esto, en las ánimas de los que son verdaderos humildes
causan estos favores una grande admiración de aquella Suma Bondad.
Porque, como ellos se tienen por unos viles estropajos del mundo y por indignos
de toda consolación, cuando ven que aquella altísima majestad se
inclina a visitarlos y consolarlos y darles prendas de su amistad, no acaban de
maravillarse y espantarse de esta tan grande bondad; y con esto crece en ellos
más el amor y reverencia para con Él.
Pues todos estos fructos susodichos se
siguen de la consideración de las obras de gracia, las cuales
señaladamente resplandecen en las historias y vidas de los santos; y
tanto más cuanto ellos fueren más vecinos a nuestros tiempos,
porque mucho más nos suelen mover las cosas presentes que las
pasadas.
Mas cuanto ellas son más
poderosas para movernos, tanto son más dificultosas de creer, mayormente
de las personas poco espirituales y devotas. Mas las que no lo son y han ya
experimentado
cuán suave sea nuestro Dios y cuán
bueno para los buenos, no tienen esta incredulidad, porque ya tienen
prendas y conjeturas de la amistad de Dios para con sus fieles amigos. Mas los
que no han llegado aquí, y juzgan más las cosas por su ciega
razón que por espíritu de Dios, no dan crédito a estas
cosas. Debrían éstos de humillarse y no querer ser jueces de las
cosas que nunca experimentaron y por tales los recusa el apóstol cuando
dice que
el hombre que es aun animal no entiende las
cosas del espíritu de Dios, porque tal espíritu ha de tener
el que las ha de juzgar. Si un hombre (como dice S. Bernardo) no sabe la lengua
griega ¿cómo entenderá al que habla en esa lengua? De
donde infiere que tan lejos estará de entender el lenguaje del amor
divino quien no lo ha probado como de entender a el que habla en griego quien
no aprendió la lengua griega.
Pues ya la grandeza de la dolzura
espiritual con que Dios regala a los que se afligen por Él,
¿cómo la conocerá, pues dice David,
que la tiene Él escondida para los que le
temen? Y la grandeza de la paz interior con que Él da cumplido
reposo a los corazones de sus amigos, ¿cómo la conocerá el
hombre sensual, pues el apóstol dice que
sobrepuja a todo entendimiento y sentido?
Pues el nuevo ser y nueva virtud que Dios da con abundante gracia al hombre
justificado, ¿cómo éste lo conocerá, pues dice S.
Juan que
nadie lo conoce sino aquél que lo
recibió?
[I. En los Santos del Viejo Testamento]
Y, si todos estos testimonios no
bastan para humillar y convencer los incrédulos, debe de bastar el
ejemplo de los santos de que hacen mención las Santas Escripturas, donde
verán cosas que, a no estar testificadas en ellas, no fueron
creídas. Por lo cual no será sin propósito ni sin fruto
proponer aquí algunos de estos ejemplos, no sólo para hacer fe de
las cosas nuevas con el ejemplo de las viejas, mas para que veamos cuán
admirable, cuán glorioso y cuán digno de ser amado y alabado sea
Dios en todos sus santos.
Y, dejados los antiquísimos
ejemplos de la ley de naturaleza, comencemos por la ley de escriptura en la
cual trató Dios más familiarmente con los hombres. El promulgador
de esta ley fue Moisén. Pues ¿quién contará las
maravillas que obró Dios por este profeta? Y, dejadas aparte las que
obró en la tierra de Egipto, ¿qué cosa más
admirable que con el golpe de un[a] vara abrir los mares para que pasase a pie
enjunto el pueblo de Israel y volvellos a cerrar con ella para ahogar el
ejército de Faraón que los siguía, porque por justo juicio
de Dios muriesen ahogados en las aguas los que a los niños inocentes
ahogaban en ellas? Él mismo, tocando con esa vara en una peña,
sacó de ella un río de agua viva. Él mismo, no por una
sola vez, sino por dos, estuvo cuarenta días en el monte con Dios, sin
comer y sin beber y sin dormir, trayendo consigo dos tablas en que estaba
escripta la ley con el dedo de Dios; y del mismo se escribe que
conversaba y hablaba con Dios tan familiarmente
como un amigo con otro. Pues ¿qué cosa más admirable?
Dejo otras muchas grandezas y maravillas que hizo cuarenta años que
anduvo con aquel pueblo en el desierto que sería cosa muy larga de
contar, mas éstas bastan para que se vea cuan admirable sea Dios en sus
santos.
Pues ¿qué diré
del criado de este profeta que fue Josué? El cual detuvo las aguas
corrientes del río Jordán para que pasase el pueblo a pie enjunto
por la madre del río y, corriendo las aguas inferiores para abajo, las
que venían de lo alto iban creciendo y haciéndose una grande
montaña, hasta que todo el pueblo pasó. Y, si es cosa admirable,
¿cuánto más lo es haber hecho este capitán detener
el sol por espacio de tres horas en medio del cielo, obedeciendo Dios (como dice la Escriptura)
a la voz de un hombre? Y no menos lo es
sino más lo que leemos del profeta Esaías, porque aquél
hizo detenerse el sol por espacio de estas tres horas, más éste
le hizo volver diez horas atrás.
Vengamos, después de
Esaías, a los otros profetas entre los cuales era muy señalado
Elías, el cual juntamente con Moisén apareció en la
transfiguración del Señor con grande resplandor. Pues
¡qué cosas tan admirables cuenta de él la Historia Divina!:
él caminó otros cuarenta días sin comer ni beber hasta
llegar al monte de Dios; él mandó por dos veces bajar fuego del
cielo y quemar a dos capitanes cada uno con cincuenta soldados que le
venían a prender, él ardía tanto con el celo de la honra
de Dios que, viendo a su pueblo dado al culto de los ídolos, hizo
oración a Dios pidiéndole que no lloviese por tres años y
seis meses, juzgando por indignos de la vida y del rocío del cielo a los
que ofendían al señor del cielo; y entendía el santo
profeta que perecían las gentes y se caían los hombres por las
calles muertos de hambre, y nunca por eso se dobló a revocar la
petición que había hecho; y, en este tiempo en que las gentes
perecían de hambre, tenía Dios cuidado de dar de comer a su
Profeta enviándole cada día con un cuervo pan y carne a la
mañana y pan y carne a la noche. ¿Quién creyera esto, si
ahora se dijera? Pues aún más admirable es lo que de él
escribe, que lo arrebató Dios con un torbellino, sobre un carro de fuego
y no sabemos a dónde lo llevó, con todas las otras circunstancias
anejas al hombre que tiene vida, como es de creer que él la
tenía.
Ni es menos admirable la vida de su
criado Eliseo, pues toda ella está llena de milagros, entre los cuales
se refiere uno más admirable y éste fue que, habiendo muerto
ciertos ladrones a un caminante y escondiéndolo en la sepultura de este
profeta, en tocando el recién muerto a los güesos del Profeta
muerto, luego resucitó.
Entre los profetas mayores el cuarto
es Daniel cuya historia contiene muchas cosas de grande admiración, mas
una sola diré; y es que habiéndolo echado los moradores de
Babilonia en un lago donde estaban siete bravos leones para que lo despedazasen
y comiesen, porque él había destruido los ídolos de ellos,
estuviéronse seis días los leones rabiando de hambre sin tocar en
el manjar que tenían delante, y él, en medio de estas bestias,
seguro y regalado con esta maravillosa providencia de Dios. Y al sexto
día apareció un ángel al Profeta Habacuc, que estaba en
Judea y a la sazón llevaba de comer a unos segadores, y
dijole el ángel: lleva esa comida a
Babilonia, a Daniel, que está en el lago de los leones. Respondió
el profeta: Señor, no sé dónde es Babilonia, ni es el
lago. Entonces el ángel le tomó por un cabello de la cabeza y en
un momento le puso en Babilonia sobre aquel lago. Dijo entonces Habacuc:
Daniel, siervo de Dios, toma esta comida, que te envía Dios.
Respondió entonces Daniel (creo que con muchas lágrimas y
ternura de corazón)
diciendo: Acordástete de mí,
Señor mío, y no desamparaste a los que te aman. Tomó pues
la comida y comió; y el ángel volvió a Habacuc a su
lugar. Sabida pues esta maravilla, el rey sacó a Daniel de aquel
lago y mandó echar en él a los que habían revuelto aquella
tela, los cuales fueron despedazados por los leones en el aire, antes que
llegasen al suelo. Pues ¿quién no alabará a Dios, viendo
el regalo de esta providencia para con su fiel siervo?
Pues lo que hizo Dios para consuelo y
remedio del Santo Tobías fuera increíble, si no estoviera expreso
en la Santa Escriptura. Porque, pudiendo él remediar la pobreza y
trabajos de este santo por muchas maneras, escogió una tan
extraordinaria que fue enviar un ángel, y no cualquiera sino uno de los
siete que asisten ante la presencia divina, en figura humana, vestido a modo de
caminante, para que fuese con el hijo de este santo varón muchas leguas
de camino por ventas y mesones; asentándose con él a la mesa y
platicando con él todo el camino. Y, después que llegó a
casa de Raquel, pariente del Santo Tobías, y concertó el
casamiento del mozo con una hija de él muy honrada, librándola
del demonio que le mataba todos los maridos con quien casaba, hecho esto,
rogóle el mancebo que tomase cuatro criados de casa y dos camellos y
fuese a cobrar el dinero que a su padre se debía. Y, andado este camino
con los mozos y con los camellos, volvió al mancebo con el dinero
cobrado, y así le acompañó hasta entregarlo en las manos
de su padre, dándole la vista que había perdido. Y, acabada esta
jornada, descubrió el santo ángel quién era, con lo cual
quedaron tan atónitos padre e hijo, que cayeron en tierra y por espacio
de tres horas no cesaron de alabar a Dios que por tan nueva manera los quiso
remediar.
II. [En los Santos del Nuevo Testamento: Los
Apóstoles; La Magdalena; S. Clemente Romano; Los Padres del
Yermo]
Después de los santos del
Testamento Viejo, vengamos a los del Nuevo. Y, comenzando por los
apóstoles, ¿qué cosa más admirable y más
increíble al juicio humano que lo que se escribe del apóstol San
Pedro: que, andando por las calles, la sombra de su cuerpo sanaba a todos los
enfermos a quien llegaba?, ¿quién tal virtud pudo dar a la sombra
de un cuerpo concibido en pecado y de un hombre que, pocos días antes,
había negado a su maestro?
Pero esta maravilla queda vencida con
otra mayor, porque mayor cosa fue la conversión de San Pablo que todo lo
dicho. Porque ¿quién no queda atónito, viendo que a un
hombre que merecía mil infiernos por haber perseguido tan
sangrientamente el nombre de Cristo, y caminando furiosamente con nuevas
provesiones y poderes para destruir su Iglesia, lo levantase Dios al tercero
cielo y le mostrase la esencia divina (como lo sienten Santo Tomás y San
Agustín), haciéndolo con esto del mayor persiguidor de la fe el
mayor predicador y defensor de ella, por la cual siete veces fue
públicamente azotado y muchas más veces encarcelado y por mar y
por tierra de judíos gentiles y herejes persiguido?
Después de los
apóstoles, vengamos a la Magdalena, la cual llamamos
«apóstola de los apóstoles» por haberles denunciado
la Resurreción del Salvador. Pues cuán admirables son las cosas
que están recibidas de esta santa penitente. Porque ¿qué
cosa más admirable que haber estado treinta años en una cueva sin
comer ni beber, y sin vista de alguna criatura humana? Y, si esto es mucho,
¿cuánto más es lo que se dice de ella, que siete veces al
día la levantaban los ángeles en el aire para oír las
siete horas canónicas, cantadas con voces celestiales?
¿Quién dijera ahora esto que no fuera escarnecido y tenido por
loco?
Después de los Apóstoles
podemos contar por varón apostólico a San Clemente, subcesor del
apóstol San Pedro en la cátedra de Roma, el cual, por mandado de
Trajano, fue echado en la mar, atado a una áncora; mas Dios, que tanta
cuenta ha tenido siempre con los cuerpos de sus mártires y de sus
sepulcros, honró este santo con una admirable honra cual jamás
fue vista. Porque, no consintiendo que aquel sagrado cuerpo toviese por
sepultura los buches de los peces, mandó que por mano de los
ángeles se hiciese dentro de la mar un templo de mármol y que en
él se fabricase una arca de la mesma piedra y allí depositasen el
cuerpo de su mártir con el áncora hallado. Y, no contento con
esta maravilla, acrecentó otra no menor. Porque todos los años
del día de su pasión se desviaba el agua de la mar por espacio de
tres millas para que fuesen los hombres a ver y reverenciar los huesos de un
hombre que padeció trabajos por Dios. Pues ¿qué
corazón no se regala con la consideración de esta providencia
divina?
Después de esto vengamos a las
maravillas que Nuestro Señor hubo con algunos de aquellos Santos Padres
del Yermo, entre los cuales es admirable la vida de San Simeón, que
llaman de la columna, porque moraba en una torre muy estrecha a manera de
columna, cuya vida escribió Teodoreto, su contemporáneo y
familiar amigo suyo y testigo de sus milagros. Del cual escribe la cosa
más admirable que jamás se vio, que fue hacer vida sobre una
columna levantada treinta y seis codos en alto, descubierta a todos los calores
y fríos y injurias del aire. Y, sobre todo esto, era tan grande su
abstenencia que no comía más que una vez en la semana sólo
pan y yerbas; y, lo que es más admirable, en todas las cuaresmas que
vivió, perseveraba sin comer bocado. En la cual columna y abstinencia
perseveró por espacio de cuarenta años. Y esta novedad de vida
hacía que de todas las naciones viniesen gentes a ver cosa tan
extraña; y dende allí hacía infinitos milagros y con ellos
convertía a la fe las naciones bárbaras de los infieles. Y, con
todo esto, dice el mismo historiador que fue esta columna en aquel tiempo
escarnecida de muchos. Pues, según esto, ¿qué santidad
habrá que esté libre de las lenguas y juicios del mundo?
Pues de los Santos Padres del Yermo
¿cuántas cosas admirables podríamos aquí referir:
de las increíbles abstenencias de unos, de la soledad y silencio de
otros por muchos años, y de la continua oración de todos? Pero no
es razón echar en olvido la soledad del primer autor de esta vida que
fue San Pablo, primer ermitaño, el cual perseveró en ella noventa
y siete años, sin ver en todo este tan largo espacio persona viviente,
hasta la víspera del día que partió de esta vida; porque
este día le envió Dios al grande Antonio, para que sepultase su
sagrado cuerpo. Pues ¿qué cosa más admirable que, siendo
este santo hombre (que por ley de naturaleza es animal político y
sociable), perseverar tanto tiempo sin vista de hombre? Ni es menos admirable
su abstenencia, pues una palma que allí había le daba con sus
dátiles de comer y con sus hojas de vestir, hasta que Dios por
ministerio de un cuervo le proveyó de medio pan para cada día por
espacio de sesenta años, la cual ración dobló por la
venida del nuevo huésped Antonio, proveyendo un pan entero para
ambos.
III. [San Luis, Rey de Francia y San
Alejo]
Juntemos con la pobreza y soledad de
los monjes personas ricas y de alto estado, porque de todos puede ser Nuestro
Señor servido. Admirable fue la humildad de San Luis, Rey de Francia, el
cual ciertos días daba de comer por su mano a doscientos pobres,
sirviendo él mismo a la mesa, y, no contento con esta obra de tan grande
humildad, acrecentábala con otra mayor porque todos los sábados,
recogido en un lugar muy secreto, lavaba los pies a ciertos pobres y los
besaba, y lo mismo hacía a las manos, dando a cada uno su limosna. No
con estas obras de tan extrema humildad en una persona real faltaron ayunos y
cilicios y otras asperezas con que domaba la carne y la hacía servir al
espíritu. En este santo Rey de Francia fue admirable la virtud de la
humildad; mas en San Eduardo, rey de Inglaterra, junto con la humildad fue
admirable su castidad. Porque, habiendo recibido, por consentimiento del rey,
por mujer una noblísima y virtuosísima señora y tal cual
convenía a la persona real, para que por esta casamiento toviese
subcesión el reino, ellos ambos tovieron más cuenta con la pureza
de la virginidad que con esta subcesión, y así se concertaron y
propusieron guardar perpetua virginidad. Cuán maravillosa cosa haya sido
esta parécese por aquello de San Bernardo, el cual dice que «es
mayor milagro morar en compañía de una doncella sin caer que
resucitar muertos, porque esto es estar en medio del fuego y no arder».
Pues ¿qué mayor maravilla que estar un rey mozo en
compañía de una doncella virtuosísima, la cual cuanto era
más virtuosa era más amable, y tratándose familiarmente
como casados para encubrir su propósito, y comiendo y bebiendo
regaladamente como reyes, que es atizar el fuego con manjares regalados, con
toda esta comunicación tan familiar, no de cuatro ni de cinco
años, sino de toda la vida, ni se quemasen, ni pusiesen mácula en
su pureza virginal?, ¿qué cosa más admirable? ¿Pues
¿cómo creerán esto los hombres carnales cuyos ojos, como
dice un apóstol
están llenos de adulterios? Pues
haber sido este voto agradable a Dios, bastantemente se prueba con que, treinta
y seis años después de sepultado, el cuerpo de este rey se
halló entero y con sus vestiduras frescas y recientes. Declárase
también por otra maravilla con que Nuestro Señor honró
este santo rey, porque reveló a un ciego que untase sus ojos con las
lavazas del agua con que el rey lavaba sus manos; así lo hizo, y
así recibió la vista que deseaba. Pues ¿qué manera
de honra es ésta que Dios hace a sus santos, pues no va con el
tocamiento de sus manos ni con reliquias de sus cuerpos, sino con el agua sucia
que se echa en el muladar, da vista a los ciegos, por sólo haber tocado
en las manos de ellos? Ni tampoco carece de admiración lo que de este
santo rey se cuenta, porque, diciéndole un pobre llagado, de parte del
apóstol San Pedro, que le tomase a cuestas y lo llevase hasta el altar
del mesmo apóstol, sin otro más testimonio, tomó al pobre
a cuestas y lo llevó dende el palacio real hasta el dicho altar, y con
este acto de santa humildad, de que sus criados escarnecieron, alcanzó
perpetua salud al pobre.
Muy trillada es la historia de la vida
de San Alejo, pero no es menos admirable que esa vida. Porque
¿qué mayor maravilla, estar este santo en un rincón de la
casa de su padre sufriendo mil baldones e injurias de sus criados, y saber
dende allí los regalos y abundancia de su casa, y la
desconsolación de su viejo padre y de su piadosa madre, y las
lágrimas y soledad de su dulce esposa, y que nada de esto bastase por
espacio de dieciocho años para desistir de aquella vida tan humilde, tan
pobre y tan áspera que él, inspirado por Dios, había
escogido? Los gentiles, para declarar la grandeza de las penas del infierno,
fingen que está allí un hombre pereciendo de sed y que, teniendo
el agua a la boca, no puede beber; pues por aquí se entenderá la
virtud de este santo, pues, pasando tanta pobreza y teniendo delante la
abundancia de la casa de su padre, no por eso se movía a desear ni tocar
la que tenía presente. Ni es menos admirable ni menos semejante a la
pasada la manera de vida de Santa Eufrosina, que, siendo mujer, estuvo
escondida en hábito de monje treinta y ocho años en un
monesterio, consolando muchas veces a su viejo y desconsolado padre, que esto
no sabía, sin jamás descobrírsele hasta la víspera
de su muerte, para que él sólo sepultase su cuerpo. De lo cual
espantado el buen viejo y hecho un río de lágrimas, abrazó
aquel cuerpo virginal y lo sepultó y, dados todos sus bienes a pobres,
hizo vida en aquella mesma celda de su hija hasta que murió. Pues
¿qué hombre habrá tan de piedra que no se maraville del
silencio y secreto que esta virgen guardó por tan largo espacio,
conociendo ella el alegría que daría a su viejo padre, si se le
descubriera?
IV. [Santo Domingo y San Francisco]
Vengamos a los Santos más
vecinos a nuestra edad, donde luego se nos ofrecen aquellas dos grandes
lumbreras del mundo, Santo Domingo y San Francisco, que Dios encendió en
el tiempo que más reinaba la maldad, por estar como el Salvador dice,
resfriada la caridad. Y, cual era la
dolencia del mundo, tal fue el remedio con que la Divina Providencia lo
socorrió, que fueron estos dos tan grandes Santos, que en un mesmo
tiempo nacieron y florecieron y fundaron dos clarísimas religiones, para
que no sólo ellos por sí, sino por sus discípulos, no
sólo en aquel tiempo, sino en todas las edades y tiempos hasta la fin
del mundo, se ocupasen en este ministerio de salvar las ánimas. Ambos
tuvieron un mesmo espíritu, ambos grandes celadores de la gloria de
Dios, ambos profesores de la pobreza evangélica, ambos semejantes en la
humildad, caridad y aspereza de vida, y con ser tan semejantes en todas estas
cosas, se señalaron y extremaron cada cual en su manera de vida. Porque
el glorioso Padre San Francisco abrazó más la soledad y la vida
contemplativa, morando en lugares solitarios, ocupando los días y las
noches en la contemplación de las cosas celestiales. Mas su glorioso
compañero ayuntó con la vida contemplativa la activa y por eso
moraba en lo poblado, gastando las noches con Dios en el estudio de la
oración, y el día con los prójimos en el oficio de la
predicación. Y aunque ambos fueron admirables en sus vidas, no menos lo
fueron en sus virtudes. Así vemos cuán admirable fue en el buen
Padre San Francisco el amor de la pobreza evangélica; admirable
también la aspereza de su vida, padeciendo tantas enfermedades;
admirable aquella simplicidad con que llamaba a todas las criaturas hermanas y
las convidaba a alabar a su Criador y, entre ellas al hermano don sol,
según él lo llamaba, como a la más principal de ellas.
Admirable la obidiencia con que le obedecían todos los animales, las
aves, los peces, con todos los demás. Admirable su humildad, por cuya
causa, siendo fundador de una orden tan esclarecida, no quiso ser perlado de
ella, ni ordenarse de misa. Sobre todo esto fue admirable su
transfiguración, donde a manera de Cristo fue transfigurado,
resplandeciendo el rostro, alumbrado su entendimiento, con el cual
conoció los secretos de los pensamientos y muchas cosas que estaban por
venir. Pero sobre esto fue más admirable la empresión de las
llagas y insi[g]nias de Nuestro Redentor, atravesadas de parte a parte, con los
clavos fabricados de la mesma carne, con la cual quiso el Salvador transformar
del todo al Santo glorioso en sí, para que, como tenía en su
ánima a Cristo crucificado por compasión, ansí
también lo tuviese en su misma carne, para que todo él en cuerpo
y ánima estuviese deificado y transformado en el que es la summa de
todos los bienes.
Vengamos a nuestro glorioso Padre
Santo Domingo y veremos cuán admirable fue en las virtudes en que
notablemente resplandeció. Por que primeramente fue admirable en el celo
de la salvación de las ánimas, der[r]itiéndose sus
entrañas, como una hacha encendida, con el sentimiento de las que
perecían. Admirable fue también la sed insaciable y deseo que
tenía del martirio, el cual era tan grande que no se contentaba con ser
él solo mártir, sino quería que todos los miembros y
artículos de su cuerpo fuesen mártires, contándolos uno a
uno y después presentándolos a sus ojos, para gozar de este
hermosísimo espectáculo, y, esto hecho, le sacasen los ojos y
dejasen el cuerpo destroncado revolverse en su misma sangre. Pues
¿qué diré de la penitencia y aspereza de su vida?
Traía ceñida a las carnes una cadena de hierro y con ella tomaba
cada noche tres disciplinas. Una por los que estaban en pecado, y otra por las
ánimas del Purgatorio, y otra por sí mismo, no tiniendo él
por qué tomarla. ¿Qué diré de la eficacia de su
oración, pues él mismo reveló a un amigo suyo que ninguna
cosa había pedido a Nuestro Señor que no se la otorgase?
Díjole entonces este amigo: pídele que te dé por ayudador
al maestro Reginaldo, que es un señalado varón. Hízolo
él así aquella noche, y el día siguiente por la
mañana vino aquella persona notable a pedirle el hábito.
¿Qué diré también de su caridad y amor para con los
prójimos? Una pobre mujer viuda le pedía con lágrimas
limosna para ayudar a rescatar un hijo que tenía cautivo, de la cual
tuvo tan grande compasión que, no teniendo qué le dar, se le
ofreció de todo corazón para que lo vendiese por esclavo y con el
precio de él, rescatase su hijo. Fue también admirable la fe y
confianza que en Dios tenía, de la cual procedía hacer tan
fácilmente tantos milagros en todas las necesidades espirituales y
corporales que se ofrecían. Y ansí andó camino y,
lloviendo mucho, hizo con esta fe la señal de la cruz en el aire, con la
cual el agua que llovía se iba apartando de él y dejándole
el aire sereno. Dejo aparte los enfermos que sanó y los muertos que
resucitó. Pero, entre éstos, fue más admirable la
resurrección de un mancebo por nombre Neapoleón, sobrino de un
cardenal, en presencia del tío y de otros dos cardenales con todas sus
familias y otras gentes. Porque, diciendo el santo varón misa con
grandísima devoción, al tiempo que levantó la sagrada
Hostia, juntamente se levantó el cuerpo del Santo un codo en alto; y,
acabada la misa, llegándose al cuerpo y haciendo devotísimamente
oración, se volvió a levantar aún más alto, y
entonces, llamando al mancebo con alta voz en nombre de Cristo, le
restituyó la vida. Lo que aquí mayor admiración nos pone
es la presencia de tantos testigos. Si este Santo Padre estoviera recogido y
solo en su celda, no me maravilla de verlo, todo absorto en Dios y levantado en
el aire; mas en presencia de tantos ojos, de ellos incrédulos y de ellos
curiosos, deseando ver en qué paraba cosa tan nueva, y con todo eso
estar el Santo tan mortificado a todo lo humano; y, en presencia de tantas y
tan principales personas, que ni temiese vanagloria ni perdiese punto de su
abstracción y devoción más que si nadie allí
estuviera, esto excede toda admiración, mayormente si traemos a la
memoria lo que hizo el apóstol San Pedro, el cual queriendo, a
petición de unas pobres viudas, resucitar una que a todas ellas
socorría, mandó que todas se saliesen fuera, para quedar
él solo con el cuerpo de la difunta, por tener el espíritu
más quieto y recogido para obrar aquella maravilla. Mas este glorioso
Padre, sin usar de este medio, estuvo tan solo entre muchos como si estoviera
consigo solo. Y así, es de creer que, en este paso, hizo Nuestro
Señor con él lo que con Josué, diciéndole
interiormente en su ánima:
hoy te quiero públicamente ensalzar
para que por ti tu orden sea acreditada y ensalzada en el mundo. Y esta
alegría, que el Santo tomó en Dios, fue bastante para arrebatar
su espíritu y suspender su cuerpo en el aire.
V. [San Vicente Ferrer]
Después del buen Padre,
vengamos a su ligítimo hijo San Vicente Ferrer, en el cual hallaremos
muchas cosa[s] dignas de grande admiración. Porque fue tan admirable en
su predicación y conversión de las ánimas que, sin injuria
de nadie, podemos decir que, después de los Apóstoles,
ningún santo anduvo por más tierras y provincias predicando que
él, y ninguno que más herejes e infieles y pecadores
públicos convertiese, muchos de los cuales, predicando él, se
levantaban en medio del sermón, confesando a voces sus pecados. Ni fue
menos admirable el hacer milagros, porque ochocientos se alegaron y presentaron
en su canonización, sin hacerse mención de los que hizo en
España, donde más tiempo predicó, y era tanta la fe y
devoción del pueblo para con él que hasta los pelos de la barba y
de la cabeza recogían para hacer milagros.
Y, aunque era admirable la fe con que
tan fácilmente tantos milagros hacía, más maravilla la
virtud de su humildad, que nunca, entre tantos milagros y honras y favores de
reyes, se envaneció. Y, lo que excede de toda admiración,
revelándole Dios que había de ser canonizado por Santo y el Papa
que lo había de canonizar, y cuándo esto había de ser,
nunca, ni por esto ni por todo lo dicho, tuvo necesidad de aquel
estímulo de su carne que se dio a
San Pablo, para guarda de la humildad. Tan fundado estaba en ella que todos
estos vientos no bastaron para der[r]ibarla.
No pongo por cosa admirable que,
andando tantos caminos y trabajando en la pedricación todos los
días, tomaba cada noche una disciplina. Pero pongo por cosa digna de
admiración y edificación la constancia de este su
propósito, porque, estando enfermo en cama, mandaba al compañero
que le diese una gruesa disciplina, por no cortar el hilo de su rigor aun en la
enfermedad.
VI. [Santas: Cecilia, Catalina de
Alejandría y Catalina de Sena]
No es razón que, habiendo
tratado de los santos varones, pasemos en silencio las vírgenes, que no
menos se señalaron en todo género de virtud y santidad. Y
comencemos por la gloriosa virgen Santa Cecilia, por haber sido muy
previligiada de su Esposo y alcanzado por sus oraciones cosas al juicio humano
imposibles. Porque, habiéndola sus padres casado con un caballero
romano, y deseando ella conservar su pureza virginal, pedía a Nuestro
Señor, día y noche con oraciones continuas y ayunos de dos y tres
días, le conservase esta pureza. Pues, perseverando ella en esta
continua oración, ¡cuántas cosas alcanzó con ella!
Alcanzó que el esposo no tocase en esta pureza y que se bautizase y que
recibiese la fe de Cristo y que para esto le enviase Dios un ángel, que
traía un libro en la mano, en el cual estaba escripta la fe con letras
de oro; y después de éste, que le enviase otro, que le pusiese en
la cabeza una guirnalda de flores olorosísimas y que nunca se
marchitaban; y sobre todo esto, de tal manera lo confirmó en la fe, que
padeció martirio por ella. Y lo que alcanzó para el marido,
alcanzó también para el cuñado, por nombre Tiburcio; y
ambos juntos caminaban al lugar del martirio con tan grande alegría y
contentamiento que con esto y con sus palabras convertieron a la fe a
Máximo, oficial de la justicia, que con ellos iba. El cual
recibió la fe con tanta firmeza y constancia que juntamente con los
santos hermanos padeció martirio y tan recio martirio que, a poder de
azotes, le abrieron los huesos y arrancaron el ánima del cuerpo. Y, no
contento el Esposo con todos estos favores, mandando el tirano echar la virgen
en una gran caldera de agua hirviendo, hizo que estuviese allí todo un
día como quien está en un baño de grande refrigerio. Y, lo
que sobrepuja todo lo dicho, llevándola a degollar, de tal manera
predicó a la gente que con ella iba, que convertió a la fe
más de cuatrocientos infieles que con ella iban. Pues ¿qué
decimos a todas estas maravillas? Todas ellas nos declara[n] la grandeza de la
caridad y familiaridad de Nuestro Señor para con sus fieles siervos y la
virtud de la omnipotente oración (si así se puede llamar) pues
por ella se alcanzan cosas al juicio humano imposibles como lo eran
éstas; mas a ella no hay cosa imposible, porque estaría en el
señor que todo lo puede.
Después de esta virgen, quise
aquí juntar en uno las dos Santas Catalinas, una virgen y otra virgen y
mártir, por ser admirables los favores que les fueron concedidos. Y,
comenzando por la mártir, ¿qué cosa hay en toda la
historia de su martirio que no sea admirable?
Siendo doncella de dieciocho
años entró con ánimo y corazón más que
varonil en el palacio del Emperador a reprenderle, con gravísimas
palabras, la crueldad que usaba con los cristianos. Disputó,
después de esto, con cincuenta gravísimos filósofos, sobre
la materia de la fe, con tanta sabiduría y eficacia y con tanta
elocuencia que los rindió y convenció y trajo a la fe de Cristo;
y de tal manera los esforzó y animó, que todos juntos padecieron
constantemente martirio por Él. Pues ¿qué cosa más
extraña y más admirable se pudiera decir de una doncella de tan
poca edad?
Vencidos de esta manera y coronados
los filósofos, comenzó el tirano a proceder con la virgen con
grandes halagos y promesas, mas ella ni hacía caso de sus promesas ni
tampoco de sus amenazas. Embraveado con esto, el tirano mándala desnudar
y azotar cruelísimamente y encerrar en una cárcel
escurísima, atormentándola por espacio de once días con
hambre y sed. Mas acude en este tiempo el Esposo dulcísimo a visitar la
esposa, esclarecie[n]do la cárcel con lumbre celestial, y acuden
también los ángeles, con guimaldas de flores hermosísimas
en sus cabezas, cantando cantares celestiales para regalo de la virgen,
trayéndole otra comida más preciosa que la que el tirano le
quitaba. Acude también la Emperatriz, avisada también en
espíritu, de noche, con Porfirio, capitán general del
ejército, a visitarla. Entonces la virgen quitó la guirnalda a
uno de aquellos ángeles y púsola sobre la cabeza de la
Emperatriz, profetizándole que de ahí a tres días
recibiría corona de martirio, y así fue. Predicó
también a este capitán con tanta eficacia que lo convirtió
a la fe, y él a doscientos soldados amigos suyos, los cuales todos
esforzadamente padecieron martirio con él.
¿Qué más
diré? Manda el tirano aparejar una terrible rueda cercada de navajas muy
agudas, para que, estando la virgen desnuda sobre ella, anduviese la rueda en
torno, atormentando aquel cuerpo virginal; mas, haciendo la virgen
oración al Esposo, la rueda se hizo mil pedazos, con el cual milagro
muchos de los gentiles que presentes estaban se convertieron a la fe renegando
de sus falsos dioses.
Vencido por todas estas vías el
tirano y perdida la esperanza de la victoria, dio sentencia que la virgen fuese
degollada. Puesta ella en el lugar del degolladero, hace oración al
Esposo, rogándole por los que tuviesen memoria de su pasión. A
esto acude una voz que decía: «ven, esposa de Cristo, ven al
tálamo de tu Esposo, tu oración es oída y yo usaré
de misericordia con los que se encomendaren a ti». Oídas estas
palabras, extendió su virginal cuello para recibir el golpe de la
espada; y, para mostrar el Esposo la pureza virginal de su Esposa,
acabándola de degollar, en lugar de sangre salió leche
albísima. Y, no contento con este regalo y con todos los demás,
añadió el postrero, que fue no consentir que las manos profanas
de los gentiles tocasen aquel santo cuerpo, sino mandó a los
ángeles que le tomasen y le llevasen por los aires y lo sepultasen en el
sagrado monte Sinaí, donde Él dio la ley a los hombres. Y, sobre
todo esto, quiso que de aquellos miembros virginales manase olio, que sanaba
todas las enfermedades. Vea pues aquí el cristiano lector cuántas
maneras de regalos y favores singulares hizo el Esposo a esta virgen y conozca
por este ejemplo la grandeza de la bondad y caridad y familiaridad de Nuestro
Señor con las ánimas puras y humildes como ésta lo
era.
Vengamos, después de esta
virgen, a la que concuerda con ella en el mismo nombre, que es Santa Catalina
de Sena. Mas sus cosas son tan admirables que, si no estoviera ella conocida
por la Iglesia, apenas fueran creídas; pues el mismo padre que la
confesaba (que fue persona de grande autoridad, pues por tal vino a ser general
de toda nuestra orden), estuvo un tiempo tan perplejo y dubdoso que fue
necesario que Nuestro Señor le certificase de sus cosas exteriores con
milagros y interiormente inclinando su entendimiento a creerlos.
Entre estas cosas se cuenta por
admirable su abstenencia. Porque en la misma bula de su canonización se
refiere que dende el Miércoles de la ceniza hasta el día de
Pentecostés, que pasan de tres meses, nunca se desayunó sino con
solo el Santo Sacramento. Y todo el resto de la vida que podemos afirmar que
pasó sin comer, porque, por las grandes murmuraciones que se levantaban
contra ella sobre esto, se asentaba a la mesa con sus compañeras y
chupaba un poco de unas yerbas cocidas y, acabada la mesa, tomaba una pluma
para vomitar aquel poquito de zumo, que había tragado, porque le daba
grandísimo tormento. El cual padecía cada día para excusar
aquel escándalo de los flacos, de sus ayunos, vigilias, oraciones, mala
cama y disciplinas con que tanta sangre derramaba. No hago caso porque estas
cosas son comunes a muchos santos; vengo solamente a cosas extraordinarias y
ordinarias, entre las cuales es admirable aquel desposorio tan solemne con que
Cristo se desposó con esta virgen; porque desposorio de tan alto rey no
podía dejar de ser con grande acompañamiento de Santos, y
así en él se halló la Sacratísima Virgen de las
vírgenes, y el evangelista San Juan y el apóstol San Pablo, el
glorioso Padre Santo Domingo, que no había de faltar al desposorio de su
querida hija; y, porque no faltase música en tan solemne fiesta,
venía también el Profeta Real con un salterio en la mano
tañendo con grande suavidad. Entonces la serenísima Reina de los
ángeles tomó la mano derecha de Catalina y suplicó a su
dulcísimo Hijo tuviese por bien de tomarla por esposa; y Él, con
su sacratísima diestra, tomó la mano de la Esposa y le puso un
preciosísimo anillo de oro en el dedo, adornado con cuatro
preciosísimas perlas y un riquísimo diamante, diciéndole
estas palabras: «Yo te desposo conmigo, tu criador y salvador en fe, la
cual nunca faltará hasta que vengas a gozar de mí en el
tálamo de la gloria.»
No se puede negar que haya sido este
un previlegio singular, pero no son menos admirables los que después de
éste se siguieron. Entre los cuales es uno el que se canta en el himno
de su fiesta, que compuso el mismo Papa Pío segundo que la
canonizó, que fue la imprisión de las llagas del Salvador, con
las cuales fue tan grande el dolor que por toda una semana padeció, que
ni ella ni nadie juzgaron que viviera.
Y, si este previlegio fue admirable,
no menos lo es otro nunca visto, el cual ella misma descubrió a su
confesor. Y éste fue sacarle Cristo el corazón del pecho y
tenerlo tres días consigo y volvérselo muy hermoso y encendido y
tornarlo a poner en su lugar; y, porque no se entendiese ser esto cosa
imaginaria, sus compañeras vieron en el pecho de la virgen la
señal de la abertura por donde fue sacado y restituido el
corazón. Son cosas tan admirables las de esta virgen que, cuando salimos
de una grande maravilla, entramos en otra no menor. Y ésta es que aquel
Esposo, amador de las ánimas puras y limpias, holgaba tanto con la
pureza de esta virgen que, paseándose con ella, rezaban ambos el oficio,
como un clérigo con otro. Pues ¿qué cosa de mayor
admiración? Después de ésta, se sigue otra no menos
admirable, que fue haberle enseñado el Esposo a leer sin conocer las
letras. Porque, deseando ella saber leer, por rezar el oficio divino, y, visto
que no podía retener en la memoria los nombres de las letras, por estar
su memoria tan presa en Dios que no la podía apartar de él,
pidió al Esposo que le enseñase a leer y así lo hizo, por
donde, sin conocer las letras, leía muy expeditamente por cualquier
libro.
Pues ¿qué diré
del fructo inestimable que hizo con su doctrina en las ánimas, pues,
aún sin ella, con sola su vista se convertían muchos pecadores? Y
¿qué diré de otra maravilla que se cuenta en la bula de su
canonización, que fue sacar el ánima de su madre del infierno a
donde estaba por haber fallecido sin penitencia, volviéndola al cuerpo
para que en él hiciese lo que antes no había hecho? Otras
maravillas están escriptas de esta virgen, pero estas bastan para que
entendamos por cuánta razón dijo el Salmista que
era maravilloso Dios en sus Santos.
Preguntará por ventura alguno:
¿qué fruto se saca de todo lo que hasta aquí habéis
dicho, quiriendo escribir la vida de una religiosa? A esto respondo que es por
una parte tanta la incredulidad de los hombres del mundo, y por otra tantas las
maravillas y previlegios tan extraordinarios que Nuestro Señor ha
concedido a esta virgen que todo esto ha sido necesario para que los hombres
den crédito a lo que dijéremos, considerando que no se ha agotado
la misericordia de Nuestro Señor que todas las gracias y favores que
hasta aquí ha concedido a todos los santos, de que hecimos
mención ni se ha mudado con los tiempos de lo que siempre fue, sino que
ahora es el mismo,
tan rico y tan copioso
en misericordias y tan amador de los buenos
y tan liberal para hacerles agora los mismos favores como siempre fue, lo cual
claramente se verá en el discurso de la vida de esta virgen.
Preámbulo para la inteligencia de la
relación que se sigue
Aunque las maravillas que Nuestro
Señor ha obrado con sus santos en todos los tiempos pasados, que en este
capítulo precedente habemos referido, sean bastante medio para que los
hombres prudentes no extrañen y tengan por imposibles las cosas que se
escriben de esta virgen, pues es agora el mismo Dios que era entonces, mas con
todo eso quise interponer aquí la relación de la vida y milagros
de esta virgen, que por parte del serenísimo Príncipe Alberto,
Cardenal de la Santa Iglesia de Roma y legado
a latere, fue enviada a nuestro
Santísimo Padre Gregorio XIII juntamente con la respuesta de Su
Santidad, para que así esto como todo lo susodicho haga fe de las cosas
que adelante escribiremos de esta virgen.
Síguese la relación que se
envió a Su Santidad en romance
Que lo que se ha entendido de la madre
María de la Visitación, priora del monesterio de la Anunciada de
Lisboa, así por información que se tomó y diligencia que
hizo un inquisidor del Consejo General del Santo Oficio, por mandado del
arzobispo de Lisboa, Inquisidor General en estos reinos, como por
relación que ella dio, obligada con el precepto de su prelado.
Nació esta sierva de Dios, que
antes de ser religiosa se llamaba Doña María de Meneses, de muy
nobles padres, porque fue hija de don Francisco Lobo, el cual fue embajador del
rey don Juan el tercero en la corte del emperador Carlos V, y de doña
Blanca de Meneses, ambos de nobleza muy principal en estos reinos.
Muertos sus padres, siendo de edad de
once años, tomó el hábito de la religión del
bienaventurado Santo Domingo en el monesterio de la Anunciada de esta ciudad de
Lisboa, y a los diez y seis hizo profesión, y habrá veinte y dos
años que es religiosa, porque ahora será de edad de treinta y
tres y el año pasado de mil y quinientos y ochenta y tres fue ele[c]ta
por priora.
En todo este tiempo es cosa cierta y
notoria haber cumplido perfe[c]tamente las obligaciones de su religión,
con vida adornada de todas las virtudes que en una religión se pueden
hallar, siendo ejemplo de ellas a todas las monjas del mismo convento y
saliendo al buen olor de su fama para ser conocida por tal de los
príncipes de estos reinos y de muchas personas graves y religiosas de
ellos. Porque, demás de ser su regimiento grande y sus costumbres
inreprehensibles, ha sido siempre muy pronta en la obidiencia con humildad muy
profunda, dando en las obras extiriores, manifiestos testimonios de estas
virtudes. Sus vigilias han sido siempre muy largas, sus oraciones muy continuas
y tantos sus ayunos y disciplinas y el uso de asperezas corporales que fue
necesario algunas veces serle puesta tasa y límite en esto. Fue siempre
muy continua en siguir la comunidad en el coro, y fuera de él de
día y de noche, sino cuando la enfermedad se lo impedía, y en la
frecuentación de los sacramentos de la confesión y
e[u]caristía.
Ha perseverado continuamente en ser
muy devota y fervorosa. Con los prójimos siempre se ha mostrado
aventajadamente llena de caridad y misericordia, y así su
conversación es afable y benigna, compasiva, con muy grande candor y
muestras de simplicidad cristiana, y de muy blanda condición. Su oficio
de priora ejercítalo con muy grande providencia y discreción,
siendo cuidadosa y diligente en las obligaciones de él, sin parecer que
la comunicación exterior de la gente le haga daño alguno a lo
interior del espíritu, o en la devoción y fervor para la
continuación de las virtudes espirituales, o en las mercedes que de Dios
suele recibir en ellos. Entre las particulares devociones que ha continuado
consigo siempre en el recogimiento de su celda es una haber tenido consigo
siempre una cruz grande, del tamaño de su estatura, a quien llama su
«esposa», con la cual ha dormido siempre abrazada y en esta misma
postura, abrazada con ella, [a]costumbra ponerse en oración, en la cual
ha gastado siempre mucho tiempo, por ser muy poco lo que duerme.
Pruébase que de algunos
años a esta parte, estando en oración, tiene raptos en que pierde
los sentidos exteriores, especialmente después de haber recibido la
Sagrada Comunión, y algunas veces en coloquios particulares en que se
tratan cosas de Dios. Y estando así en éxtasis no recuerda ni
acude aunque le den voces y le toquen, si no es diciendo que los superiores se
lo mandan por obidiencia, como ahora mandándolo su provincial, o la
priora, cuando ella no lo era. Pruébase también, con testimonio
de personas que lo han experimentado, que algunas veces dándole recaudo
falso, diciendo que la obidiencia lo mandaba, sin ser así, no
respondía, respondiendo siempre (como dicho es) cuando era verdad lo que
le mandaban; aunque también recuerda agora tocándole en alguna de
las señales de las llagas que tiene en las manos, por el gran dolor que
siente.
También se averigua como cosa
vista muchas veces por muchas personas que, cuando está en la
oración, especialmente en las noches de los días que ha
comulgado, salen de ella grandes resplandores, no continuos, sino que, se van y
vienen por el tiempo que así está; y algunas veces son más
encendidos, de modo que parece salir fuego de ella. Y que, estando abrazada con
la cruz, orando, está algunas veces tan alta que parece estar levantada
de la tierra la cruz y ella, y así lo han juzgado religiosas que lo han
visto y testificado.
También se probó con
testimonio de las religiosas que ha muchos años que le han visto al
derredor de la cabeza, a manera de corona, levantada la carne como grosura de
un dedo, tiniendo algunos agujeros en ella como hechos con algún alfiler
grueso, de los cuales se vio en la cofia haberle salido sangre.
La relación que ella acerca de
esto dá es que, habiendo pasado un miércoles de las Octavas de
Todos los Santos, en el año de mil y quinientos y setenta y cinco, un
gran trabajo, estando con grande soledad del Esposo (que es el nombre con que
siempre nombra a Nuestro Redentor), deseando sufrir muchas cosas por su amor,
le pedía que le cumpliese este deseo, que no quería en esta vida
gustos, sino tormentos; y le apareció el Señor con grande
resplandor y hermosura y traía en la cabeza una corona de espinas y
venía todo bañado en sangre. Y, luego que así lo vio,
cayó en tierra y dijo: «Oh Señor Jesús, esos dolores
y espinas a mí, que yo las merezco por mis pecados, yo las quiero sufrir
por vuestro amor.» Quitóse entonces el Señor la corona de
su cabeza y púsola en la de ella y con sus manos se la apretó y
sintió muy gran dolor y salió mucha sangre y quedaron
señales en la cabeza. Hasta el día de hoy todos los viernes del
año tiene siempre dolores sin nunca le faltar; y comiénzanle el
jueves bien tarde y dúranle hasta el otro día hasta la mesma
hora.
Dan también testimonio los que
la han visto que en el pecho izquierdo, de la parte del corazón, tiene
una llaga de que algunos días sale sangre. Y lo que ella refiere es que
el miércoles de la semana santa del año de mil y quinientos
setenta y ocho, acabando de confesarse y deseando mucho comulgar, fue al coro
bajo, donde las monjas suelen comulgar; y, estando el Santísimo
Sacramento en la capilla donde se da la comunión, en un cofre sobre el
altar, y la ventanilla por donde comulgan abierta, estando ella con este deseo,
vio que se abría el cofre y salía de él una Hostia
pequeña, cercada de grande claridad; y metiósele en la boca
tornándose a cerrar el cofre como de antes estaba, y sintió los
mismos efectos que le hace la comunión. Tornóse para el coro a la
misa y, cuando se acabó, quedó fuera de los sentidos y vio a
Nuestro Señor en el aire, puesto en la cruz, cercado de grande
resplandor y, viéndole, fue tamaño el ímpitu del
espíritu que quería llegar a su Señor, que fue el cuerpo
forzado a seguirlo. Salía del costado de Cristo un rayo colorado de
grande resplandor y, descendiendo con grande fuerza, le hirió el
corazón y le quedó una señal de que a los viernes echa
sangre.
Lo que más ha hecho devulgarse
las cosas de esta sierva del señor ha sido haberse publicado las
insignias de las llagas, que visiblemente tiene en las manos y pies, como
consta de muchas personas que las han visto y por la averiguación que
sobre ello se ha hecho. Las cuales recibió a siete de marzo, el
día de Santo Tomás de Aquino (cuya devota muy especialmente es)
de este presente año de mil y quinientos y ochenta y cuatro. Y el
Reverendo Padre Fray Luis de Granada refiere haberle dicho unos días
antes una beata de la orden del bienaventurado San Francisco, muy grande sierva
de Dios, que el día de Santo Tomás había de hacer Dios una
gran merced a la priora de la Anunciada; y ese día por la mañana
se le impremió las formas de las llagas que hasta agora tiene. Lo que
ella refiere acerca de esto es que quince días antes de la fiesta de
Santo Tomás de Aquino le dijo el Esposo se aparejase para el día
del Santo, lo cual ella hizo, porque con licencia de su perlado comulgó,
nueve días antes, cada día; y todas las noches pasaba en pedir al
Esposo le concediese gracia para recibir aquella grande merced para la cual
había mandado se aparejase, mas no sabía la merced para que era.
Y el día de Santo Tomás, antes de amanecer, entre las cuatro y
cinco, estando en la celda en pie, arrimada a su cruz, esperando esta merced,
vio la celda muy clara y en medio de ella Nuestro Señor enclavado, que
la miraba con mucho amor y blandura. Y salían de las cinco llagas cinco
rayos claros como fuego y con grande ímpetu le hirieron los pies, manos
y pecho, estando ella con los brazos tendidos sobre los de su cruz. Y fue el
dolor muy grande que sintió que le parecía que moría; y,
con la fuerza del dolor, miró y vio en sí las señales que
le quedaron en el pecho, pies y manos. Teniendo muy grande pena en el andar,
pedía a Nuestro Señor le diese fuerza para que pudiese andar (ya
que era servido que quedase en el oficio de priora), y derramóle el
Señor tan grande suavidad en los dolores que puede andar sin aquella
grande pena que sentía.
Y, porque ya de algunos años
antes, como dicho es, tenía la señal de la llaga en el pecho,
cuando agora fue herida en él juntamente y en las manos y pies, ha
declarado que se le hizo mayor la del pecho, la cual es en el lado izquierdo
atravesada, de largura de más de dos dedos y ancha como de medio y
ésta tiene alguna profundidad. Las de las manos se ven por la parte de
fuera y de dentro de un color rosado y como de rubí, hermosísimo,
que dicen los que la ven parecer luego cosa sobrenatural. Son como del
tamaño de un real de a cuatro, no redondas, sino de la parte de fuera de
las manos a modo de figura triangular, no perfecta, y por la parte de dentro
algún tanto prolongadas; y a este modo son las de los pies.
El dolor que en ellas tiene dice ser
muy íntimo y prenetante, porque lo siente más de dentro que en la
superficie exterior, donde siente grande ardor que no sufre tocarle; y le
parece que, si le tocasen recio, se le abrirían. En los miércoles
y viernes es el dolor más grande que en los otros días y en todos
éstos es más crecido de las once horas del día hasta la
una, y en la tarde se le suelen mitigar. Y después de este subceso dice
que el Esposo le hace mercedes muy particulares.
Otras muchas cosas admirables de que
ella sola puede dar testimonio se han entendido por lo que han sabido de ella
sus perlados y confesores, de las cuales, aunque algunas se han divulgado, no
pareció deberse escribir en esta relación, porque por ventura no
era tiempo oportuno para publicarse, dado que tiene mucha semejanza con las que
Santa Catalina de Sena, Santa Gertrude, y de algunas otras santas se lee de
mucha familiaridad con el Señor y de revelaciones y apariciones, unas
estando en su sentido, otras fuera de él, con favores muy particulares y
extraordinarios.
También se han publicado
algunas obras milagrosas que dicen haber Dios obrado por medio de esta sierva
suya. Entre las cuales es muy principal y averiguado lo que se vio en
doña Beatriz de Mora, hija de don Luis de Mora, monja de la orden de
Santa Clara, porque se prueba con testimonio de los médicos tener
enfermedades habidas por incurables, pues que había nueve años
que no podía andar ni tenerse en pie, por tener unos tremores terribles
especialmente en la pierna derecha que no se podía quietar. Y que,
después de haberla visto la priora y hecho lo que adelante se
dirá, se le quitaron los tremores y tiene tal mejoría en la salud
que puede andar. Porque siendo llevada a instancia suya con mucha fe y
divoción en una silla al monesterio de la Anunciada,
compadeciéndose la priora de ella, se hincó de rodillas y le puso
las manos sobre las piernas, haciéndole muchas veces la señal de
la cruz. Luego en aquel instante dice la enferma que sintió grande
movimiento, como que le descoyuntaban la pierna, y se le fue despidiendo el
tremor de modo que nunca más lo tuvo. Cuanto al andar, conforma el dicho
de la priora con el de la enferma en que la priora dio un bordón a la
enferma y le dijo que andase en el nombre de Jesús dentro de tres
días. Esto era miércoles; y los días siguientes hasta el
viernes en la noche estuvo la enferma en la cama con grandes dolores de cabeza
y de cuerpo sin poder comer ni beber, pareciéndole que aquellas noches
le estaban fregando las piernas. Y el sábado a las cinco de la
mañana, como entre sueños, le pareció que una persona le
daba un bordón y descendía por unos escalones de piedra; y de
más no sabe dar fe, sino que su padre y madre y la gente de casa afirman
que a aquella hora descendió y fue en camisa descalza con el
bordón a la cámara de su padre e hincada de rodillas le
pidió la bendición, y que llevaba el velo puesto, el cual ella se
acuerda habérselo quitado y puesto a la cabecera por el gran dolor de
cabeza que tenía. Y la priora dice que, estando el viernes en la noche
en su lecho y habiendo rogado a Dios por la salud de esta enferma, estaba en la
cama y le fregaba las piernas y la hacía levantar y le ponía el
velo en la cabeza y le daba el bordón y la hacía ir al aposento
de su padre y que no sabe ella lo más que allá pasó, mas
que esto se le representó estando en su lecho sin salir de él.
Después tornó la misma enferma a la priora y volvió con
mayor mejoría, de modo que puede andar y con chapines, arrimada en el
bordón y en una criada. Los médicos consideraron la enfermedad
pasada y no haber intervenido medicina humana para tener la salud que tiene,
juzgando esto por obra de Dios.
También se prueba que estando
Isabel de Vargas, mujer doncella, enferma de perlesía, que se le
recreció de una grande caída que dio de una escalera, la cual le
quitó el sentido y movimiento de la pierna y brazo ezquierdo y la habla,
después de haber estado cuatro meses así, queriendo al fin de la
cuaresma confesarse por señas, el confesor le trujo un paño de la
madre priora y de su parte le dijo que con mucha fe lo pusiese en la boca y que
hablase invocando el nombre de Jesús. Ella lo hizo así, y
haciendo la señal de la cruz, poniendo el paño en la boca,
comenzó a llamar el nombre de Jesús con lengua suelta y expedita
como de antes. Enviándole luego un poco de agua de la priora, se
mojó con ella las partes paralíticas y aquella noche, pasando un
sudor que tuvo, se halla sana con perfecto movimiento del brazo y de la pierna,
habiendo hasta entonces estado en la cama sin poder andar ni menearse de aquel
lado. Los médicos afirmaban no haber podido sanar en tanta
perfección tan brevemente, porque, demás que de mojarse con agua
antes suele dañar en semejantes enfermedades, los que de ella
naturalmente sanan no suelen cobrar así súbitamente el uso de la
lengua, ni movimiento de los miembros tan expedito y fácil, sino poco a
poco lo van adquiriendo, por lo cual juzgan esto por obra de Dios, hecha por
intercesión de esta sierva suya.
Otras muchas personas han sentido
remedio en diversas enfermedades, unos con tocar la misma priora rogando a Dios
por ellos, otros con tocar cosas suyas y otros con usar del agua que ella o
alguna religiosa del convento les ha inviado. La que ella invía es
ordinariamente agua en que mete una reliquia que tiene de la Vera Cruz, aunque
las religiosas suelen enviar agua con que ella se lava las manos. Pero no ha
parecido referirse agora todos estos casos en particular, parte por haber
intervenido en ellos otros medios naturales y no se haber restituida la salud
con tanta brevedad, parte porque la mayor certidumbre que de estas cosas se
tiene es por relación de solas personas que han recibido el remedio y de
otras a quien ellas las dijeron.
El inquisidor del Santo Oficio, que,
por mandado del Inquisidor General en estos reinos, como se dijo al principio
haber tomado información y hecho diligencia, habló con la priora
y vio las insignias de las llagas que decentemente se pudieron ver y
tomó juramento a las monjas, las cuales, habiendo jurado, testificaron
lo que le dicen haberse averiguado. El mismo Inquisidor tomó
información con juramento de la sanidad que Dios había dado a las
personas de que en esta relación se dá particular noticia.
La relación que se dice haber
dado la mesma priora de sumario, por habérselo mandado su provincial con
precepto obligatorio, la dio con modestia hablando de sí como de tercera
persona a quien habían acontecido aquellas cosas, las cuales van
relatadas aquí por sus mesmas palabras, vueltas del lenguaje
portugués en castellano. Y ella ha mostrado muy grande sintimiento y
desconsuelo de obligalla la obidiencia del superior a referir lo que ha dicho y
de que le había mandado mostrar las manos a muchas personas que las han
visto, pesándole juntamente de la fama que entiende haberse divulgado de
estas cosas y deseando y pidiendo con mucha instancia que la llevasen a donde
no la conociesen y pudiera vivir ascondida.
Copia del Breve de Su Santidad en respuesta de la
relación que se le envió sobre las llagas de la priora de la
Anunciada
«Dilecto
filio nostro Alberto Henrico Santae Crucis in Hierusalem Cardinali Austriae
nuncupato, nostro et apostolicae sedis in Regno Portugallia de latere legato
intus vero.
Legimus libentissime quae perscribere curasti
de virtutibus prioresae monasterii Anunciationis Bmae. Mae. Virginis summisque
Dei erga illam beneficiis. Rogamus divinam bonitatem ut eam in dies sua gratia
digniorem reddat celestibusque muneribus auge |