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    Historia de Sor María de la Visitación
     Fray Luis de Granada ; edición de Bernardo Velado Graña
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Capítulo XI

De la caridad de esta virgen con los prójimos y para con Dios



[El amor de los prójimos. Algunos ejemplos]

Vengamos, después de estas virtudes susodichas, a la reina de todas ellas, que es la caridad, la cual (como dicen los teólogos) es un hábito que infunde el Espíritu Santo en los corazones de los justos, del cual proceden dos actos como dos ramos de una misma raíz, que son amor de Dios y del prójimo por amor de Dios, como cosa que pertenece al mismo Dios. Porque, como suelen decir: quien ama a Beltrán también ama su can. De estos dos actos virtuosos trataremos aquí brevemente, porque cosas más altas que tocan a esta materia se guardan para adelante. Comenzando, pues, por lo menor, que es el amor de los prójimos, fue esta virgen muy amiga de ellos y señaladamente de los pobres, a los cuales llama sus parientes y háceles todo el bien que puede, según su posibilidad. Y después que entró en la religión, tenía siempre por costumbre partir la comida que le daban (que es harto estrecha) para dar a los pobres. Y, andando ella cerca del torno, si algún pobre llega a pedir limosna, dale todo cuanto las porteras tienen guardado para socorrer a las necesidades que vienen, y, alguna vez, no tiniendo que dar, pidió licencia a la perlada para dar el escapulario. Y ahora que es perlada, da cuanto puede de la comunidad, diciendo que hasta los cálices se han de vender para socorrer a las necesidades de los prójimos; y no sólo se dá limosna a los pobres que vienen al torno, mas también a veces se envía a los pobres de la cárcel pan amasado. Y las religiosas, con este ejemplo, quitan muchas veces el manjar de la boca para acudir a los pobres y así se maravillan de lo poco que en el monesterio se gasta y de lo mucho que sale para fuera; y el Señor por cuyo amor esto se gasta, por otra parte lo multiplica todo, porque en este tiempo se ha hecho un gran lienzo de soldetorio, y un coro que, así en la hermosura del beneficio como en la devoción y frecuentación de las religiosas, más parece coro de ángeles que de criaturas humanas.

De esta caridad tenemos algunos ejemplos dignos de memoria. Estaba una monja vieja muy enferma, y habíale dado una locura de no querer comer; y con esto tenía los labios llenos de materia y sangre y muy asquerosos; y, como la caridad es engeniosa y a esta virgen no le falta ingenio, determinó buscar manera cómo curarla. Por lo cual usó de este medio: entró en su celda, comiendo de un pan. Díjole entonces la vieja: «¿y vos coméis?, ¿qué es eso que coméis? Respondió ella: «es pan bendito de lo del refitorio. Come vos también, como yo de él». Respondió ella: «sí comeré, pero con tal condición que comáis del pan por la parte que yo comiere». Entonces la vieja dio un bocado en el pan y dejólo todo ensangrientado, y díjole que mordiese ella por aquella parte que ella había mordido. Y la virgen, tomando el pan en la mano para morderle por aquella parte, revolviósele el estómago por ser naturalmente limpísima, mas con todo, venciendo con la caridad de esta dificultad, dio otro bocado en el pan, y así, bocado a bocado, hizo comer a la doliente. Esta obra de caridad agradó tanto al Esposo que le apareció esa misma noche y le dijo: «mucho me agradaste en eso que heciste por amor de mí; y por el amargura que en eso recibiste, quiero que bebas de esta fuente de mi costado». Y así bebió allí un licor tan suave que no se puede explicar. Y no contento con esto, «por esto que hiciste (dijo Él), daré salud a esa enferma». Y así se la dio. Había también otra vieja en la misma enfermería, tan sucia y de tan mal olor que ninguna servidora se aplicaba a quererla servir; mas el amador de las ánimas no faltó a quien faltaban sus criaturas, porque apareciendo el Esposo a esta virgen, le mandó que curase a Él en ella, porque estaba enfermo. Oyendo esto la virgen, alegróse tanto de ver que se le ofrecía ocasión para ser ella enfermera de su Esposo que se levantaba muy de mañana y acudía a la vieja y lavaba los orinales y todo lo demás; y no le parecían aquellos olores sino suavísimos olores y limpiaba a la vieja y abrazábala con grande amor, tanto que decía la vieja: «quítate de ahí, María, que te pegaré el mal, que estoy hética». Y, si por acaso alguna servidora llegaba a hacer algo en Servicio de la doliente, pesábale por quitársele la ocasión de aquella buena obra.

Otro ejemplo admirable contaré aquí de la caridad de esta virgen por los prójimos. Siendo esta virgen enfermera y recogiéndose a su celda, le mostró Nuestro Señor un hombre que ella no conocía, el cual, estando para morir, no se llevaba consigo sino sus pecados. Y vio ella el ánima de este hombre miserable, tan abominable y tan hedionda que no se puede explicar, y, con todo esto, no quería confesarse. Viéndolo pues ella ansí, comenzó con muchas lágrimas y entrañable dolor a pedir a Nuestro Señor sanase aquella ánima; mas Él respondió que su justicia pedía que fuese condenada. Pero ella, alegándole con su misericordia, le prometía que no desestiría de su petición hasta ser despachada; mas Él respondía que tal hombre no merecía perdón. Y pasando parte de la noche en esta porfía, finalmente dijo ella: «yo os prometo, Señor, que no tengo de partir de aquí sin que me deis esta ánima; y, si esto no hiciéredes, no quiero nada de Vos». Y finalmente con esto vencido el Omnipotente prometió a su esclavilla (como ella aquí se llama) que perdonaría esta ánima; y mandóle que se levantase y fuese servir a las dolientes, que era ya hora. Y volviéndose ella a su celda, acabada su odidiencia, vio aquella alma ya clara y hermosa, y el Esposo le daba gracias, diciéndole que por su ruego aquella ánima se salvara. Y estando ella rogando por ella, falleció este hombre con penitencia y su ánima fue llevada al purgatorio; mas la virgen no descansó hasta verla puesta en lugar de descanso.

Oída esta historia, dije yo a esta virgen cómo había osado hablar al Esposo palabras tan estreñidas. A esto respondió que el Esposo lo quería así, porque procedía este atrevimiento de grande amor y confianza en Él. Porque «¿para qué (dijo ella), me descubría Él, el estado de aquel hombre, si no para que yo ejercitase esta obra de caridad y le rogase por él y quedase yo más encendida en el amor de quien tanto hacía por mí?» Otra cosa semejante a esta refiere Gregorio Nacianceno en un sermón que hizo en la muerte de una santa hermana suya, por nombre Gorgonia, de la cual cuenta que, estando muy enferma, se levantó de noche como pudo y se fue a un altar que tenía en su casa, donde estaba el Santo Sacramento, y puesta de rodillas, dijo: «Señor, no me tengo de levantar de aquí si no me dais salud. Así lo dijo y así lo cumplió el Señor que huelga con estos atrevimientos, porque nacen de dos virtudes que Él mucho precia, que son amor y confianza. De la cual también usó Moisén cuando pidiendo perdón por el pecado del pueblo dijo: Señor, si no perdonáis a este pueblo, borradme del libro en que me tenéis escripto.

Mas, volviendo al propósito principal, hallaremos aquí muchas cosas que notar: la primera es la profundidad de los juicios de Dios, de donde procedió querer salvar un hombre tan perdido y cuasi ya condenado. La segunda es el secreto de la divina predestinación, ca este hombre estaba predestinado para la gloria y tenía el mesmo Dios determinado este tan extreño y nuevo medio para que se ejecutase lo que Él tenía ordenado. La tercera: aquí tenemos una gran muestra de la infinita bondad y misiricordia de Dios para con los pecadores, para que ninguno, por grande pecador que sea, desmaye ni pierda la confianza, haciendo lo que es de su parte, pues tenemos un Dios tan bueno y tan piadoso. La cuarta es que tampoco pierdan la confianza los que oran, si luego no cumple Dios su petición, ca muchas veces dilata las mercedes para despertar nuestra devoción y hacernos perseverar en la oración, como lo vemos en este ejemplo y también en el de la Cananea, en los cuales, queriendo el Señor por una parte hacer lo que se le pedía, por otra se hacía de rogar porque insistiésemos en nuestra petición. La quinta; aquí veremos cuán grande sea el amor que tiene Dios a sus santos y cuánto quiere honrarlos y cuánto pueden para con Él las oraciones de ellos, pues por ellas algunas veces se salvan los que sin ellas se perderían, como lo vemos en este ejemplo.

Mas, con todo esto, no costó poco a la virgen la salud de esta ánima, porque fueron grandes las persecuciones que los demonios levantaron contra ella. Y así, estando una noche en su celda, saltaron contra ella dos demonios que la quisieron ahogar, y echando ellos la mano en la garganta, acudió la Virgen Nuestra Señora y su Hermosa con grande claridad y alegre vista; y, lanzados fuera los demonios, la consolaron y sanaron, poniéndole la mano en la garganta, diciéndole que no hubiese miedo porque más miedosos iban los demonios. Esto pasó así enteriormente, y los demonios la amenazaban diciendo que la habían de matar y que no habían de descansar hasta quitarle la vida y que ella había de ser condenada porque les había quitado aquella ánima que era suya. Y una vez estando esta virgen en una escalera sirviendo a una doliente, vino un negrillo y tiró por el pie de la escalera y así la derribó al suelo y fuese dando grandes risadas de lo que había hecho.

Otra vez permitió Nuestro Señor que el demonio levantase entre las religiosas algunas diferencias y desgustos, y andaba el enemigo de toda paz en figura de can muy negro y torpísimo, con la lengua grande de fuera lamiendo por todo el convento sin parar; y comenzábase ya (si Dios no acudiera) a levantar gran tribulación; y la virgen vía este can andar muy solícito por el convento, y encontrándose un día con él, quitóse la cinta y diole con ella cuanto pudo; esto hizo por tres veces, y a la tercera se fue el can dando grandes alaridos, y luego quedó todo pacífico. Y decía ella que no había cosa que más le atormentase que ver cualquiera turbación entre las religiosas, por pequeña que fuese. A todos quería mucho y así deseaba la consolación de cada una como la suya propria. Decía que antes escogiera padecer todos los trabajos que ver alguna padecerlos: tanto era lo que se dolía del mal ajeno. Y así no cesaba de rogar a Dios por todas, aunque sabía que por medio de ellas alcanzara ella muchas mercedes de Dios, mas que en esto se lo quería satisfacer.

Este hecho nos declara cuánto el espíritu malo procura sembrar discordias en todas las comunidades, porque sabe cuánto gana él en esta mercaduría y cuántos pecados se hacen, cuando los corazones están divisos. Y si este es el oficio del espíritu malo, síguese que a éste será contrario el del Espíritu Santo; y por esto nos aconseja el apóstol que andemos muy solícitos por conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz, para lo cual alega todas las principales causas que hay de esta unidad, diciendo que todos somos un cuerpo y un espíritu y todos llamados para una misma esperanza de la vida eterna; y que todos tenemos un Señor y una fe y un bauptismo y un Padre que es Dios, que mora en todos nosotros. Pues donde hay tantas razones unidas, ¿cómo es posible que haya división? Y sobre todo esto, el mesmo Señor nuestro, víspera de su Sagrada Pasión, entre otras cosas, pide a su eterno Padre que todos sus discípulos sean con Él vitalmente una misma cosa, así como el Padre y el Hijo lo son. Y a esto nos convida el profeta alegándonos, demás de la bondad de la obra, la suavidad y alegría que en esto hay, y así dice: mirad cuán buena cosa es y cuán alegre morar los hermanos en uno, que es en esta unidad y concordia. Y la razón de esto da San Crisóstomo diciendo que donde está la hermandad, ahí las prosperidades son mayores, porque se comunican a muchos; y las adversidades son mayores, porque el sentimiento de ellas se reparte por muchos. Mas, aunque esto sea cosa tan buena y tan fuerte, es tan dificultosa de hallar entre hijos de diversas madres y de diversas condiciones que sólo Dios es poderoso para conservarla, y así, entre sus grandezas y maravillas, cuenta el profeta ésta por una: que Él hace morar en una comunidad muchos con una ánima y un corazón, como San Lucas lo cuenta de los fieles de la permitiva Iglesia.

Estando esta virgen un día por la mañana en el coro, vio que entraba en el convento de Santo Domingo un hombre muy mundano y poco arrepentido. Pidió ella con grande instancia a Nuestro Señor que, ya que le mostraba aquella ánima, le diese arrepentimiento de sus pecados para que, confesándose, mereciese el perdón de ellos. Insistiendo pues ella en su petición con muchas lágrimas, fue este hombre mudado y luego se confesó en Santo Domingo a un religioso, al cual dijo que, estando allí, sin venir con propósito de confesarse, súbitamente se hallaba mudado y le pesaba mucho de sus pecados. Y hablando este religioso que le confesó con esta virgen, le dijo ella lo que pasaba, antes que él se lo contase, y quisiéralo él negar, mas cuando vio lo que ella decía, se espantó mucho, porque realmente así pasaba en la verdad.

Otro caso acaeció a esta virgen, semejante a éste, que fue así: que, estando esta virgen una noche, cerca de las once horas de la noche, abrazada con su cruz en oración cuasi despierta, se le ofreció en la imaginación un hombre que venía por la calle del monesterio con propósito de hacer una grande ofensa a Nuestro Señor; y ella, muy sentida de esto, pedía al Señor en su corazón que atajase esta ofensa suya por el modo que fuese más servido; y veía en espíritu a este hombre tan clara y distintamente que, mostraran, lo conociera. Y pasó así: que en la misma noche y a la misma hora pasaba por aquella calle este sobredicho hombre con la determinación que dijimos; y llegando cerca del monasterio, parando un poco, le vino a la memoria esta sierva de Dios de quien tantas maravillas oía, pensando cuán diferentes pensamientos tenía ella de los que él llevaba; y, estando en esto, le parecía que la veía delante de sí con su hábito de monja, y blanco, y velo negro, mostrándole señales de que quería impedirle su camino. Este hombre súbitamente volvió en sí, conociendo su culpa, y en aquel instante mudó el propósito que llevaba y volvióse a su casa contrito y enmendado. Y él mismo contó este caso, y la virgen dijo también lo que pasó en su corazón. Y conferiendo lo uno con lo otro, fue todo a un tiempo y a una hora. Pues ¿quién, considerando esto, no exclama con el apóstol: ¡Oh alteza de la sabiduría de Dios!; cuán incomprehensibles son sus juicios y cuán dificultosos de atinar sus caminos! Estos son los juicios de su misiricordia, que alegran las hijas de Judá; mas otros hay de justicia, que atemorizan y espantan, aunque éste también su manera espanta, pues por un medio tan misericordioso y extraordinario llamó para sí un hombre, cuando iba a ofenderle, como llamó a San Pablo cuando iba a perseguir la Iglesia. Estas ocasiones da muchas veces Nuestro Señor a sus siervos para ejercitar su caridad.

Culpas ajenas no las veía esta virgen, porque se tenía por la más culpada de todos; mas cuando Dios le mostraba alguna culpa, no comía ni bebía hasta no ser remediada la persona que la tenía y estar muy cierta de esto, viendo los personales manifiestos. Y, como ella sabía del Esposo cuánto esto le agradaba y que por esto se le mostraba, prometía ella de no levantarse de sus pies hasta ser bien despachada.




I. [Caridad para con el Esposo. Ejemplos]

Y pues habemos dicho de la caridad de esta virgen para el prójimo, digamos ahora algo de la que tiene para con el Esposo. En este tiempo comenzó Él a comunicársele y hacerle muy particulares mercedes y despertarla con muy continuas inspiraciones y aparecimientos, entre los cuales fue uno en que le mostró el grande amor con que amaba a ella y a todo el género humano. Este favor y regalo, de tal manera encendió y prendió el corazón de ella, que, tomada de este nuevo vino del Espíritu Santo, andaba ordinariamente cuasi fuera de los sentidos, de la manera que se dice de San Bernardo, de quien se escribe que al principio de su conversión andaba tan elevado en Dios que a veces perdía el uso de los sentidos, de modo que viendo no veía, y oyendo no oía, y gustando no gustaba; y así comía unas cosas por otras, muy diferentes. Lo mismo acaeció a esta virgen, por donde muchas veces no sabía dónde estaba, o dónde iba o venía; otras veces, andando por el dormitorio, no atinaba a su celda, hasta que alguna religiosa la encaminaba. Y, porque sintía mucho verse esto, tomó por remedio colgar en la cortina de la celda un velo puesto (como que lo tenía allí para quitársele el olor de tinta, como lo suelen hacer las religiosas), y muchas veces ni aun esto bastaba. También hablaba despropósitos y los ponía por obra, llevando y trayendo unas cosas por otras y a unos lugares por otros.

Una vez, siendo ella refitolera, una religiosa, grande sierva de Dios y muy amiga suya le vino a ayudar a concertar el refitorio. Y, mientras ella ponía las mesas, mandó a esta virgen que fuere apriesa por un cántaro de agua; mas ella iba tan desacordada que, a cabo de rato, entra por las puertas del refetorio con una silla en la cabeza, de la que la otra madre quedó por una parte indignada y por otra espantada de tal desacuerdo.

Siendo también ella vestraria, cuyo oficio es poner a todas las religiosas cada sábado sus tocados en la cabecera de las camas, estaba ella tan alienada que andaba buscando en el claustro las celdas de las religiosas. De estos desatinos tan acertados se cuentan muchos que sería largo de contar.

Sentía mucho la virgen entenderse estas cosas y costábale muchas lágrimas, por parecerle que por esta vía la ternían en buena cuenta, lo cual ella como verdadera humilde, recelaba mucho; así vinieron a competir en su corazón estos dos afectos: ca por una parte deseaba evitar estos loores, y por otra, no pudiendo apartarse del amor del Esposo, que esto causaba, tomó por remedio ponerse en sus manos y entregarse al gobierno y leme de su vida, para que Él la gobernase como más fuese servido.

Creciendo, pues, cada día en el amor del Esposo y en el ejercicio de las virtudes, que de él proceden, llegó la fuerza del amor a estar a tiempos tan arrebatada y tan fuera de los sentidos, como si fuera un cuerpo de palo, y ni con retorcerle los dedos ni con otros tormentos volvía en sí. Y acaeció que una niña traviesa que había en el monasterio, de poca edad y mucha malicia, viendo a esta virgen de esta manera alienada, para probar si esto era verdad le hincó un alfiler en el brazo, mas ni esto bastó para acordarla de aquel dulce y suave sueño en que dormía en que su corazón velaba, aunque, después de vuelta en sí, sintió el dolor. En lo cual podremos conjeturar qué tan suspenso y encendido estaba el corazón de esta virgen en el amor del Esposo, pues elevaba consigo todos los espíritus y fuerzas del cuerpo y así lo dejaba desamparado de todo el vigor y fuerza de los sentidos.

Mas hallóse un muy fácil remedio para volverla en sí, que fue la voz de la obidiencia, de que arriba tratamos en el capítulo de la obidiencia.

Y aunque éste sea grande argumento e indicio de esta caridad, pero otro hay no menor, que es lo que padece con cualquier palabra tierna que se habla, aunque en común conversación; porque está su corazón tan abrasado y encendido en el amor del Esposo que con cualquier soplo, por muy pequeño que sea, luego arde y levanta la llama, quiero decir que con cualquier palabra que se le diga o ella piense del Esposo, a la acordándose de las pajas del pesebre del niño Jesús, luego es ida; y, si le hablan de trigo, acordándose que el Esposo se llama grano de trigo, hace otro tanto. Y platicando una vez de la provisión del monesterio y diciendo que tenían necesidad de cebada para las bestias y de aceite, vínole a la memoria que el Esposo en los Cantares se llama olio derramado, y en medio de la plática quedó fuera de sí. Y diciendo yo a una doliente: Dominus opem ferat illi super lectum doloris eius, en oyendo esta palabra y acordándose del lecho del esposo, padeció lo mismo. ¿Qué diré? Picando un cantero una piedra, saltó una centella y esto bastó para arrobarla. Acordándose del fuego del amor divino, finalmente, su corazón está como una pólvora muy seca, que cayendo en ella una centella de alguna palabra devota, luego arde. De donde procede que los que quieren negociar con ella procuran de no decir palabra devota, porque no los deje al mejor tiempo. Y, preguntada si está en su mano resistir a estos raptos, responde que no puede más.

Diciéndole una vez su padre confesor que los santos en el cielo siempre están amando, sin poder dejar de amar, preguntando ella si era posible en esta vida hacer otro tanto, y respondiéndole que esto no era posible en esta vida por las ocupaciones y necesidades de ella, respondió la virgen: «pues yo conozco una persona que estando dormiendo esta amando». Y, declarando cómo esto era, dijo que se acostaba amando actualmente y así, en el sueño perseveraba en ella este mismo amor, hasta que la fuerza de él la despertaba.

Y, siendo preguntada qué palabras decía despertando, no se atrevió a decirlas por ser amorosas, mas dijo que las escribiría. De modo que también en el amor santo ha lugar lo que el poeta dijo:


Dicere quae puduit, scribere iussit amor.



Finalmente, apretada por el padre confesor respondió que decía estas palabras: «¡Oh, guarda mía!, vuestro amor no duerme ¡Hermosura mía!, guardadme en vuestro amor este día.» Por aquí entenderá el prudente lector la vergüenza virginal y honestidad de esta virgen, pues esta llegaba a no osar decir estas palabras por ser tan amorosas. Y en decir: «vuestro amor no duerme», da a entender lo que ya dijimos: que durmiendo estaba amando.

Otra vez este padre confesor decía que juntando en uno el amor de todos los serafines y de todos los espíritus bienaventurados y de la Virgen Nuestra Señora y de la ánima de Cristo, Nuestro Salvador (cuya caridad es tan grande que, como dice el apóstol, sobrepuja todo conocimiento aunque sea de ángeles), a todos estos amores, tomados así juntos, faltan infinitos grados para llegar a la medida del amor que se debe a aquella inmensa e infinita bondad de Nuestro Dios. Ca todos estos amores, con ser tan grandes, son finitos, porque son de criaturas; mas a aquella infinita bondad se debe por derecho infinito amor, el cual no se halla en todo lo criado, sino en solo el Criador. Y oyendo esto la virgen quedó alienada para un espacio y, estando así, dijo estas palabras: «apriesa, apriesa». Preguntada, pues por el dicho padre, cuando volvió en sí, qué vio en aquel rapto, respondió que había visto un fuego infinito, y que de él saltaba una centella acá fuera y que ella decía que acudiesen a gran priesa a juntar aquella centella con aquel grande fuego para que no se apagase; dando a entender que todo el amor de las criaturas, comparado con el que se debe al Criador es como una centella; y, porque ésta no se apague con los vientos de los peligros y ocasiones de esta vida, conviene muy apriesa, esto es, con suma diligencia, trabajar por juntar nuestro amor con aquel grande amor con que Dios se ama, para que así se conserve en él. Porque, como la caridad en esta vida esté como fuera de su elemento, corre peligro de perderse, si no se fomenta con la consideración de todo aquello que nos puede incitar a este amor.

Y una de las cosas que ayuda a esta virgen para lo dicho es el libro de los Cantares, que ella entiende muy bien, aunque esté en latín, y retiene en la memoria mucha parte de él; y es tan grande el gusto que recibe con esta escriptura como si para sola ella se escribiera. Y conforme a esto, representa ella en sí el oficio de esposa y aplica a sí todas las palabras que el Esposo dice a aquella esposa, como cuando la convida que venga a Él a grande priesa, diciéndole: levántate, y date priesa, querida mía, hermosa mía, paloma mía, que moras en los agujeros de la piedra, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tu voz es suave, y tu carne hermosa. Con el ejercicio de estas tan amorosas palabras y de las vertudes que habemos aquí referido, ha crecido el amor de esta virgen mucho más de lo que se puede encarecer; y cuando aquí dice de la esposa que mora en los agujeros de la piedra quiso el Espíritu Santo significar que esta esposa tiene por morada y continua meditación las llagas de Cristo crucificado, que es piedra fundamental de la Iglesia Cristiana. Pues en estos agujeros comenzó a morar esta nuestra paloma dende que era novicia, y en esta misma morada habita también agora; y contemplando en ellos esta obra de amor que Dios nos descubrió en este misterio, crece en ella el mismo amor junto con una grande compasión de lo que el Esposo por ella padeció; lo cual crece tanto en la semana santa que los tres días de ella, que son miércoles, jueves y viernes, persevera sin comer bocado. Y, preguntándole yo por esto, me respondió que, traspasada su ánima con el sentimiento de los dolores que su Esposo estos días padeció, no puede comer bocado y, siendo tan flaca y dilicada, persevera estos días ayuna, y más agora, siendo perlada, haciendo el mandato y lavando los pies y manos de sus religiosas, andando siempre de rodillas.




Síguense unos coloquios amorosos que esta virgen escribió por su mano, con que se ejercitaba en el amor del Esposo

Conviene al ánima que desea hallar a su Esposo Jesús que niegue a sí misma y se haga una cosa con Él, teniendo un mismo querer y no querer. Conviene, oh ánima amorosa, que, pues te has de unir con Dios con unión de amor, que desfallezca tu amor en ti por perfecta abnegación de tu proprio amor y tu propria voluntad, de modo que ninguna cosa quieras sino al mismo Jesús y lo que Él quiere. El amor que es puro y libre, en todas sus obras endereza su fin a Dios con una intención pura y sencilla. Grande es el poder de este amor, pues él entre todas las virtudes puede hacer al ánima una cosa con Dios. ¿Qué mayor descanso que no tener otro querer sino el de su amado?, ¡Oh cuán con poco trabajo se gana tanto!

Una de las cosas que es menester para alcanzar este amor es una fe grande y confianza viva en Dios, desechando vanos pensamientos y deseos que ocupan al ánima y impiden la unión del amor. Aquella ánima que, confesada de sus pecados, se arroja en los brazos de Dios con esta finísima fe, no tiene por qué temer, porque Dios es fidelísimo y no falta a los que confían en Él. ¡Oh Señor mío y Dios mío!; ¿cuán dichosos son los que Vos aman y cuán felices los que esperan en Vos!; porque cierto es que Vos amáis a los que Vos aman, y no desamparáis a los que en Vos ponen todas sus esperanzas. ¡Oh amor dulce de las ánimas humildes!, ¡cuán suave sois y cuán deleitable! ¡Oh amor santo, oh amor de los limpios de corazón!, ¡qué blando y benigno sois a los que Vos buscan! ¡Oh amor mío, dulce Jesús!, ¡cuánta suavidad cuánta dulzura, cuánta alegría, cuántos deleites aun en esta vida dais a las ánimas que Vos aman, y aun en los trabajos y afrentas (si este nombre pueden tener), estáis derramando grande suavidad en los corazones de ellos! Bien dice la esposa en los Cantares, que vuestro nombre es ungüento derramado. Pues, oh amor, si en las cárceles y trabajos dais tantos gustos y consolaciones, ¿qué será en la patria? Seguid, hermanas, este vuestro Esposo por onde quier que fuere y no podréis errar; corred con vuestras compañeras sus esposas en pos de Él, y no haya cosa que os aparte de su amor, sin el cual nadie le puede agradar. Es tan enamorado de esta virtud de la caridad que, mirando la esposa que con ella está vestida y adornada, con grande amor le dice, Heriste mi corazón, hermana mía, esposa, heriste mi corazón; y no se harta de hablarla de hermosa y bien ataviada en todas las cosas. Estas dilicias no hay lengua que las pueda declarar porque sobrepujan todo lo que el entendimiento humano por sí solo puede comprehender.

Dice el Esposo hablando con el ánima devota: llevarla he a la soledad y hablarla he al corazón. ¡Oh esposas de este Señor, oh almas criadas para tanto bien!, corred y no os detengáis, para que gocéis de las delicias y suavidad de este Señor y no haya cosa que os detenga en este camino; corred al palacio del Esposo, que llama a cada una de vosotras diciendo: levántate y date priesa, amiga mía, paloma mía, y viene a mí. Este es Señor tan deseoso de enriquecer las esposas de sus bienes, que unas veces las llama que se den priesa, y otras veces Él mismo llama a la puerta diciendo: ábreme, hermana mía y amiga mía. Mi dulce Señor, ¿quién no arderá en vuestro amor, y quién se podrá esconder de vuestro resplandor, pues vos sois más deseoso de darme este amor que yo de buscarlo? Y ¿quién durará de hallarlo, si perseverara en buscarlo en cuidado, pues Vos, mi Dios, nos convidáis a buscarlo y salís al camino a esperar al que Vos busca? ¡Oh dulce amor!, cuántos modos buscastes para llevar a Vos las ánimas que redemistes y ni agora cesáis de llamarlas para las bodas del cielo, por todas las vías, ora viniendo a ellas, ora llamándolas Vos. Venid señor mío; venid, suave amor mío; venid, única esperanza mía; venid, Dios de mi corazón; venid, padre mío; venid Vos, todo mi bien. ¡Oh verdad que nunca falta!, Vos decís: yo estoy llamando a la puerta; quien me abriere, cenará conmigo. ¡Ah, Señor mío!, entrad en mí, que vuestro es este corazón, y el ánima y la voluntad todo está abierto para Vos. Entrad, amor, y cerrad la puerta; sellalda con vuestro sello. ¡Ah, Señor! sea luego. ¿Qué es lo que Vos detiene? Vos queréis y yo a solo Vos quiero. Pues ¿qué es esto?, ¿qué tardanza es esta? De mí viene esta dilación. Vos sólo la sabéis, y Vos sólo la podéis remediar, y, pues tenéis para eso el poder y el querer, veisme aquí, Señor; cortad por donde quisiéredes, porque todo soy vuestra, y en vuestras manos me pongo. Tomad esta voluntad y hacelda una con la vuestra. ¡Oh mor!, ¡oh Señor! no tardéis, porque mi ánima desfallece por vuestro amor. ¡Oh corazón mío!, no se sufre más esperar; venid, daos priesa. Ecce dilectus meus. Este amad, por éste morid, en éste venid, en éste sean vuestros deleites, a éste buscad, en este bien descansad, aquí por amor, allá en gloria sin fin.




Otro coloquio amoroso

¡Oh amor mío, dulce Jesús! ¿quién Vos hizo venir del cielo a la tierra? El amor. ¿Quién Vos hizo sufrir tantos y tan terribles tormentos hasta la muerte? El amor. ¡Oh fuerte amor más que la muerte!, ¡oh grande fuerza, que venciste al invencible!, ¡oh amor, de lo que era ya perdido remediador! Pues, dándonos a Dios, nos diste vida, gloria, alegría, gracia, perdón y remedio y todo lo que en Dios había, cuando abrasado en caridad lo vestiste de nuestra mortalidad, vistiéndonos Él de su divinidad. Ya no haya, Señor mío, corazón que no sea de ti poseído, pues en ti está lo que sólo harta y da cumplido reposo. Haz, Señor, que éste mío en ti sea consumido y que, abrasado de ti, viva sólo para ti, pues Tú Señor, diste tu vida toda para mí. Haz que yo sea en ti transformada y no viva ya más para mí, sino para ti. ¡Oh dulce maestro, oh dulce guía, y suave amor, Jesús! ¡Cuán dichosos son aquellos que de ti son poseídos y de ti son sustentados y abastados! Poned vida, ¡oh dulce esposo mío! Hacedme que Vos conozca, porque quien Vos conoce él Vos ama, desprecia a sí y ama a Vos más que a sí. ¡Oh alegría de mi corazón!, cuán dichoso es aquel que halla este tesoro de vuestro amor. Vos dejisteis que el que tuviese su corazón vacío de todo otro amor peregrino hallaría el vuestro.

Este tesoro quiere ser buscado con mucho cuidado, con suma diligencia, con limpio corazón, con pura intención, con fe firmísima, con un cuidado sin otros cuidados, con ojos de paloma. Quiero decir que sólo me vea a mí, de tal manera que solos mis defectos me parezcan muy grandes y los de los otros muy pequeños. Y quien de veras busca la verdad eterna no se ocupa en otra cosa sino en lo que desea y en lo que le falta para alcanzarlo. Este camino no sufre dilación, el que mira atrás ya pierde jornada. Por esto ¡adelante!, ¡adelante!, puestos los ojos en este bien en que tanto nos va, no hay cosa que os haga volver atrás. Si lo deseáis, aquí lo tenéis. Dejaos a vos y hallarlo heis. No se niega este amor a quien lo busca de todo corazón, porque Él es benigno, manso y piadoso y amador de un corazón humilde, limpio, confiado en Él y desconfiado de sí. Este tal, Señor mío, os hallará y Vos os manifestaréis a él, y verá vuestra deseada faz y hablaréis a su corazón palabras de vida.

Y, porque el ánima se puede por esta vía de amor unir a Él, conviene disponer la memoria, vaciándola de todo el vano, ocioso y mal pensamiento. Vaya, pues, todo fuera, todo fuera cuanto hay en el mundo. Sólo el corazón sea de Aquél que todo se os ha dado por vos. ¡Oh corazón, que sólo para amar fuistes criado!, todo fuera cuanto hay en la tierra, por amor de Aquél que todo se dio por ti. Pues todo aquello que se abraza con alguna demasiada afición pone impidimiento y medio para unirse el ánima con Dios, el perfecto amor levanta la criatura sobre sí y sobre todas las cosas y sobre todas ocupaciones, y con grande ímpetu de espíritu se transporta en Dios y en Él reposa como en su centro y último fin.

¡Oh amor!, ¡oh dulzura!, ¡oh bondad! Quien te gusta no sabe vivir sin ti. ¡Oh hermosura!, ¡oh tesoro de todos los bienes!, ¡lumbre de mis ojos, oh dulce y suave Jesús! ¿Qué corazón hay tan de piedra que no se ablande y derrita con vuestro amor? ¡Oh Dios de mi corazón y de mi vida, oh fuego abrasador de corazones no hay corazón que de este bien sea excluido; mas abrasad, Señor, a todos con vuestro amor, para que veamos que Vos solo sois digno de ser amado, pues amáis y sois amor y amador.

Fundaos pues, hermanas mías, en este amor, porque donde éste entra, todas las virtudes trae consigo, y ninguna permanece ni es segura sin Él; porque quien ama es humilde y obidiente y amador de todas las virtudes. Sed pues muy enamoradas, porque importa esto mucho, mucho, mucho; y, después que lo experimentáredes, sabréis cuánto más importa esto de lo que digo. Pues quien quisiere tener conocimiento de Dios, ame; quien quisiere ir al cielo, ame; quien quisiere tener vida bienaventurada, ame; quien quisiere vivir contento y consolado, ame; quien quisiere gustar cuán suave cosa sea Dios, ame; quien quisiere carecer de los tormentos de la vida y de la muerte, ame; quien quisiere poseer un bien en quien están todos los bienes, ame; quien quisiere salir vencedor en las batallas espirituales de esta vida, ame; quien quisiere triunfar de la muerte, del mundo y del demonio, ame; quien quisiere agradar a los ojos del Esposo celestial, ame; porque sin amor nadie le agrada y con él todo le agrada. Este amor, per se sufficit, per se placet, ipse meritum, ipse praemium sibi est. Alégrese el corazón humilde de los que buscan al Señor, pero mucho más el de los que hallan; porque, si es cosa dulce buscarlo, cuánto más lo será hallarlo. El amor todo lo prevee, y, doquier que llega, todo lo ordena a su amado. Quien quiere hallar este tesoro tan precioso no debe descansar. El acertar en este camino es humillarse y no poner el gusto en las cosas de la tierra que tan presto se acaban. ¡Oh amor!, ¡oh Señor!, ¡oh, quién alcanzase ya este amor, esta gracia, esta misericordia, esta lumbre, estas riquezas! Este tal no tiene ya qué desear, pues ya tiene a Él que solo merece ser deseado. ¡Oh vida, oh dulzura y bondad!, quien una vez gusta de ti no puede vivir sin ti; y éste no vive ya para sí, sino para ti; porque en ti y por ti (y como Tú eres la misma vida y dador de vida) vive, porque Tú quieres que viva. ¡Oh dulce vida! ¡oh dichosa vida!, ¡dichosos los que viven en ti!




Coloquio amoroso más breve

¡Oh único amado del corazón y de la pura enamorada ánima que te tiene en los brazos! ¡Cuán bien entienden esto aquellos que lo espirementan! ¡Oh bien incomprehensible, que merece ser amado entrañablemente! Cuán alegre, cuán bienaventurada y cuán suave es esta brevecica hora en la cual te amamos en esta vida presente. Mi ánima sea todo derretida con las suavísimas palabras de su Amado. Dice el Esposo a la esposa en los Cantares: aparta tus ojos de mí, porque ellos me hicieron volar. ¡Oh Esposo mío!, no apartesde mí esos tus ojos, porque sin ellos no podré yo volar. Y ¿qué digo?, oh robador de mi ánima y ladrón mío, enséñame Tú, Señor, que yo no sé lo que me digo. Suene tu voz en mis oídos, porque mi ánima se derritió cuando oyó la voz de su Amado. ¿Qué corazón hubo jamás tan de piedra, que ánima tan helada y fría, quien a las dulces y divinas y amantísimas palabras tuyas (que echan de sí un sobrenatural fervor) no se ablandasen y inflamasen con tu suavísimo amor? Maravilla grande es y admirable sobre toda admiración, si alguno te contemplare de esta manera con los ojos interiores de su ánima y no se derritiere todo su corazón en tu amor. ¡Oh, verdaderamente bienaventurado aquel amador cuya ánima merece llamarse esposa tuya! ¡Cuán gran consolación, y cuán suave y celestial, saca de ti; cuántas blanduras secretas recibirá de tu amor! ¡Oh, Señor mío, si yo fuese digna que mi ánima se llamase amadora tuya! ¡Oh, bienaventurado aquél que Tú haces digno de tu suavísima amistad! Tu conversación purísima, espejo de honestidad y pureza, tu faz graciosísima, de tu boca salen palabras de vida.

Esto baste agora para alguna declaración de la caridad de esta virgen; lo demás quedará para adelante.






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Capítulo XII

De la paciencia y fortaleza a que el Esposo exhortaba a esta virgen


Dicho de la caridad de esta virgen, será razón decir también algo del principal efecto de esa caridad, que es desear padecer trabajos por amor de Dios. Y así, uno de los principales efectos que obraba este amor en su ánima era desear padecer mil muertes por Él; y no se contentaba ella con padecer cualquier linaje de muerte, sino recreábase diciendo que, tajadica a tajadica quería que fuesen cortados todos los miembros de su cuerpo, para que el padecer, durase por más largo espacio.

Mas, para entendimiento de esto, se debe notar que, como el fin de la ley y de todos los mandamientos divinos sea la caridad (como el apóstol dice), y en esa caridad haya muchos grados, unos más perfectos y otros menos; entre los más perfectos es uno desear padecer trabajos por amor de Dios, y alegrarse y gloriarse en ellos, como lo dice San Pablo; y como lo hicieron los apóstoles cuando fueron azotados por amor de Cristo; y así mismo los santos mártires, muchos de los cuales, sin ser buscados, se ofrecieron voluntariamente a los tormentos por Él. Este parece el más alto grado de la caridad y de la perfección humana. Por lo cual, alabando el Señor a su apóstol San Pablo, y habiendo tantas gracias y virtudes que alabar en él, de ésta señaladamente hizo mención diciendo: yo le enseñaré a él cuántos trabajos le convenga padecer por amor de mí.


I. [Diversos aparecimientos]

Pues a esta manera de paciencia y fortaleza animaba el Esposo siempre a esta su esposa con diversos aparecimientos. Porque una vez le apareció el día de la Exaltación de la Cruz, muy de mañana, estando ella en sus sentidos, con una grande cruz. Entonces cayó ella en tierra a sus pies y Él le dijo si quería aquella cruz. A esto ella respondió: bien sabéis Vos, Señor, que ninguna cosa más deseo en la vida que ésa. Y pasando muchas palabras amorosas, abrazada con la cruz, la llamaba esposa, hermosa y lecho suavísimo de flores, las cuales el Esposo tenía plantadas en su huerto, al cual ella le convidada que viniese, para que fuese digna de ser llevada al huerto del Esposo diciéndole Él: veni in hortum meum, soror mea sponsa. Estando de esta manera ella de rodillas abrazada con la parte más baja de la cruz, allí la apretaron tan recio con ella que le pareció morir, por el gran dolor que sintió y reventóle mucha sangre, así del pecho como de la cabeza; y díjole entonces el Esposo: determino por esta vía hacerte semejante a Mí, y, dicho esto, desapareció.

El día de San Andrés, le apareció el Esposo con una grande cruz y le dijo: quiérote mucho, porque eres amiga de la cruz; conviene saber, de los trabajos que se entiende por ella. Y en esto sintió un tan gran dolor que la despertó y volvió en sus sentidos; y por aquí entendió que luego el Esposo quería que probase por experiencia los trabajos y dolores a los cuales Él por aquella visión la convidaba.

Y no sólo por la figura de la Cruz, como arriba declaramos, sino también por figura de cáliz (que significa lo mismo), la exhortaba a padecer. Y así un día de nuestro glorioso Padre Santo Domingo, estando en el coro alto, después de dichos los maitines muy solemnes, y estando ella arrimada a un altar de nuestro Padre, que está en el mismo coro, tuvo un grande rapto, conforme a la dignidad de aquel día; porque en las mayores fiestas comúnmente goza ella de alguna fiesta que el Esposo le hace. Pues, en este particular rapto, vio al Esposo en el aire con un cáliz en la mano, el cual arrimó a la llaga de su sagrado pecho y lo hinchó de un preciosísimo licor, y entrególo a nuestro glorioso Padre Santo Domingo, para que lo diese a esta virgen. Con lo cual fue tan grande el ímpetu del Espíritu y el deseo de beber de este cáliz, que juntamente con el espíritu, se levantó el cuerpo de la tierra, para tomar el cáliz y beber aquel licor precioso que le ofrecían; en el cual halló tan grande suavidad que con ninguna palabra se puede explicar. Y en el nombre de cáliz entendió los trabajos a que la exhortaban, y en la suavidad del licor, que contenía la suavidad y alegría que reciben con esos trabajos los que intrañablemente aman a Dios.

Otro aparecimiento hubo, después de éste. Y, para esto, es de saber que, así como este Esposo desea ser amado, así huelga con las palabras significativas de este amor. Por esto preguntó a la Magdalena, cuando lloraba par del sepulcro: mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Pues sabía el Salvador lo uno y lo otro, pero hízole esta pregunta, porque así la pregunta como la respuesta enternecía mucho el corazón de esta grande amadora de Cristo. Porque preguntar por qué lloraba era traerle a la memoria las causas de su dolor. Otra semejante a ésta acaeció a esta virgen en una imaginaria visión, donde vio el Esposo acompañado con la Santa Magdalena y Santa Catalina mártir, y Santa Catalina de Sena y San[ta] Inés, la cual traía consigo un cordero y una cruz en la mano. El Esposo, pues, deleitándose con la pureza y amor de estas santas, preguntó a esta virgen cuál de ellas le amaba más. A esto respondió ella: Vos, Señor, sabéis que yo Vos amo mucho; más quién Vos ama más Vos lo sabéis. Entonces le entregó el Esposo aquella cruz que San[ta] Inés traía, como si le dijera: pues que tanto me amas, abraza esa cruz, esto es, aparéjate a padecer trabajos por mi amor.

Otra vez, estando en cama, siete veces sangrada, le apareció nuestro glorioso Padre Santo Domingo con una grande cruz. Dijo entonces ella: ¿qué es eso, Padre mío?, ¿con ese ramo me acudís sobre siete veces sangrada? Este es (dijo él) el que tú deseas y el que agora quiere el Esposo que abraces. Más es agora de saber que en esta santa casa se tiene por estilo, cuando sangran alguna religiosa, traerle algún ramo o agua olorosa, o cosa semejante, para refrigerio de la doliente, y a ésta llaman ramo. A este propósito dijo la virgen aquellas palabras, entendiendo por esta visión que la voluntad del Esposo era padecer trabajos por su amor, a lo cual la exhortaba con aquella grande cruz.

Por todos estos aparecimientos animaba el Esposo a esta su esposa a padecer trabajos y alegrarse en ellos por su amor. Y, entendiendo por estas liciones cuánto agradaba al Esposo el padecer, creció tanto en ella este deseo que no se contentaba con desear poner la vida por Él, sino con grande amor y fervor de espíritu decía que deseaba la hiciesen mil pedazos por Él, y que, después de muerta, tornase a resucitar para padecer otra vez por Él; y así otra vez y otras veces muriese y resucitase para lo mismo. Este es el lenguaje de amor el cual no entiende sino el que ama, como San Bernardo dice. Mas quien hubiere leído el martirio de San Clemente, obispo de Ancira, que está en la segunda parte de nuestra Introducción del Símbolo, no extrañará este afecto y deseo de nuestra virgen; pues allí leerá que este santo obispo pidió a Nuestro Señor que toda la vida que viviese padeciese siempre diversos martirios por Él; y así, por espacio de veinticuatro años, padeció diversos martirios, ejecutados ya por unos tiranos, ya por otros; porque, cuando uno quedaba vencido, remetíanlo a otro, que con otros nuevos tormentos lo martirizase; y, de esta manera, se pasaron todos estos años susodichos.




II. [Paciencia y fortaleza, necesarias para la perfección]

Mas, volviendo al propósito, la causa porque el Esposo por tantas vías y aparecimientos exhortaba a la virgen al amor de los trabajos era no sólo por encender su corazón deseo de derramar su sangre por Él, sino también porque, como Él quería que su esposa fuese perfecta, era necesario que estuviese esforzada para los trabajos que se requieren para alcanzar esta perfección, sin los cuales no se alcanza. Porque apenas se da paso en este camino (a lo menos a los principios hasta hacer hábito en la virtud), que no cueste sangre y trabajos. Porque los ayunos, las oraciones continuas, las vigilias, las disciplinas, la cama dura y la áspera vestidura y otras asperezas semejantes no se hacen sin trabajo y sin vencer la naturaleza, que es amiga del descanso y enemiga de trabajo. Pues ya mortificar los apetitos y pasiones y proprias voluntades y los siniestros de las malas inclinaciones con que muchos nacen, cuánto trabajo y cuánta diligencia cuesta. De aquí es que Salamón en sus Proverbios, a cada paso, de propósito y fuera de propósito, está tirando saetas al perezoso y negligente, denunciándole la perdición que por esto le ha de venir; y por otra parte está exhortando al trabajo, a la diligencia, a la paciencia y fortaleza para vencer todas estas dificultades y contradicciones susodichas. Y así en un lugar dice: la mano floja y remisa acarrea consigo pobreza, mas las manos de los fuertes son las que adquieren las verdaderas riquezas. Y en otra parte dice: la mano de los fuertes alcanzará señorío y victoria contra sus enemigos, mas las manos flojas y remisas pagarán tributos, esto es que servirán a los apetitos de su carne y de sus propias voluntades, que son los tributos que el príncipe de este mundo pide a sus vasallos. Estas mismas sentencias repite muchas veces este gran sabio como quien entendía que el fundamento y la raíz de todo nuestro aprovechamiento consiste en sacudir de nosotros todo género de pereza y negligencia, y abrazar la cruz de los trabajos, que para lo dicho y para alcanzar todas las virtudes se requieren; pues todas ellas están cercadas con un fuerte muro de dificultad y trabajo, el cual se ha de romper con esta fortaleza, para apoderarse el hombre de la virtud que con él se alcanza. Pues ¿qué cosa hay en todo lo que aquí se ha dicho, para que no sea necesario esfuerzo para vencer la naturaleza corrupta por el pecado? Por lo cual, declarando San Juan Clímaco qué cosa era ser monje, dijo: monje es perpetua violencia de naturaleza y guarda solícita de los sentidos, para que no se nos entre la muerte por ellos.

Mas aquí es mucho de notar que, cuan necesaria es esta fortaleza para la conquista de las virtudes, tan dificultosa es de alcanzar, lo cual no calló el mismo Salomón (que tanto nos exhorta a ella) cuando dijo: mujer fuerte ¿quién la hallará? Muy lejos y en los últimos fines de la tierra está el precio de ella. En las cuales palabras muestra la dificultad de esta virtud, dando a entender que no se halla luego a tras mano (como dicen), sino que es necesario andar mucho camino y trabajar mucho por alcanzarla, y que el precio porque se compra es muy caro, que es la victoria de sí mismo y mortificación del amor proprio. Y por ser esta materia muy importante para la vida espiritual, no me extrañe el piadoso lector, si a lo que tengo dicho añadiere un punto.




III. [Difícil vencimiento del amor propio. Un caso en la vida de esta virgen]

Es pues agora de saber que, así como la virtud de la verdadera humildad es muy dificultosa, porque tiene un grande contrario, que se ha de vencer para alcanzarla, que es el apetito de la honra, y de la propria excelencia, a que los hombres son muy inclinados, así esta fortaleza es no menos dificultosa de alcanzar, porque tiene otro más poderoso contrario, que es el amor proprio con todos los afectos que de él proceden, que es la más vehemente de todas nuestras pasiones y la raíz y fuente de todas ellas. El cual amor proprio es enemigo de todos los trabajos y, por el contrario, amigo de todos los regalos y descansos. Porque quiere comer y beber y reír y gozar y holgar y pasear y parlar y conversar doquiera que halla algún refrigerio; quiere la cama blanda, la mesa rica, la vestidura preciosa, la familia grande, la casa espaciosa y, finalmente, quiere todo aquello que a la carne agrada y huye de todo lo que le amarga. Y todos estos apetitos y deseos ha de vencer el que desea alcanzar esta fortaleza que decimos; y así no pelea contra un solo enemigo, sino contra todo este ejército que trae consigo el amor proprio. Y por esto hacía oración el profeta cuando decía: Ten compasión, Señor, de mí, porque el hombre me ha pisoteado, el día me ha hecho guerra, y atribulado; porque son muchos los que pelean contra mí. Y por este hombre entiende el profeta el hombre viejo y terreno, donde reina el amor proprio; y por esta muchedumbre de combatientes entiende los afectos susodichos, que nacen de esta mala raíz, cuando se desordena. Por donde se entiende la dificultad que hay en alcanzar esta fortaleza, pues para ello es necesario vencer todos estos enemigos; por donde no es de maravillar que el Esposo celestial por tantos modos exhortase a esta virgen al amor de la cruz y de los trabajos que se requieren para llegar a la perfección y, juntamente con esto, la prevenía y apercebía para sufrir los dolores de las llagas que adelante trataremos.

Otro caso añadiré a los pasados, el cual, aunque lo pongo en este capítulo de la paciencia, no menos pertenece a los de la mansedumbre y de la humildad, por ser estas tres virtudes muy hermanas entre sí y ayudarse las unas a las otras. Porque, bien mirado, la mansedumbre y la humildad son como esmalte de la virtud de la paciencia, porque puede haber paciencia en una injuria, pero con desabrimiento y amargura de corazón, la cual curará por una parte la virtud de la humildad, haciendo que el hombre se abaje y humille, reconociéndose por merecedor de todas las injurias; y por otra parte la mansedumbre, haciendo al hombre sufrir aquella injuria con un corazón manso y quieto y fuera de toda aquella alteración interior y exterior. Y en estas dos virtudes fue esta virgen tan extremada que alguna vez se me representaba ser esta la causa por que el Esposo celestial tanto la ama, de que dan testimonio tantos aperecimientos y favores que le hace, porque, como la semejanza sea causa de amor, estas dos virtudes hacen al hombre semejante a aquel Señor, que dice: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

Mas, antes que refiera este trabajo, diré de la manera que Nuestro Señor le apercibió para él, en lo cual se verá la prudencia paternal que tiene de sus siervos, probándolos con trabajos y dándoles fuerzas para sufrirlos. Porque, estando ella en oración, le apareció el Esposo con una grande cruz, esforzándola a llevarla, lo cual ella aceptó muy confiada en Él. Y es de notar que, todas las veces que había de tener algún trabajo, la preparaba Nuestro Señor con mostrarle una cruz; mas hubo en esto una diferencia: que este tiempo le mostraba estas cruces solas, sin las traer nadie, y agora, de algunos años a esta parte, Él mismo las trae, y, algunas veces, se las envía por nuestro Padre Santo Domingo.

El caso fue que un hermano de esta virgen, queriendo ir a la jornada de África y llevar un hijo solo que tenía, dejó en el convento de la Anunciada dos hijas suyas muy mozas, en hábito de monjas, con intento que, llegando a edad, hiciesen profesión; y dejólas muy encomendadas a esta virgen, su hermana, que mucho amaba; y ella las criaba en buenas costumbres y las amaba como a hijas, y ellas a ella como a madre. Subcedió, pues, la pérdida del Rey Don Sebastián y de su gente, y, hasta el año de en que esto aconteció, no había nueva cierta del hermano y sobrino de esta virgen. Y, porque, siendo muertos, la mayor de estas mozas quedaba heredera de un buen mayorazgo, aprovechándose pues el demonio de esta ocasión, ordenó que un caballero principal, tío de estas mozas, hermano de su madre, se persuadiese que pretendía nuestra virgen casar su sobrina, heredera de su hermano, con un pariente suyo (cosa muy lejos de su pensamiento, porque lo que deseaba era hacerlas santas). Persuadido este caballero de esto, se vino al locutorio del convento y, mandando recaudo a esta virgen, vino ella segura e inocente de lo que subcedió. Mas este caballero, como venía colérico, le dijo palabras muy ásperas y afrentosas, porque, entre otras, le dijo que era una desvergonzada que quería entregar su sobrina y la casa de su padre a un tal y cual y que él publicaría sus maldades, para que fuese conocida por ellas; y que no merecía tratar con ella de lo que determinaba hacer. Y, mandado que le llamasen la madre priora del convento, y en su presencia y de tres monjas, le dijo las mismas injurias y otras muy feas palabras; y por escarnio le dijo: «esta es la Santa Catalina de Sena que a mí me dicían, de quien pensábamos que por sus merecimientos nos había Dios de librar de tantos trabajos. Bien sé yo quién vos sois, yo diré al mundo lo que tiene en vos».

A todo esto respondió la virgen: «yo no soy Santa Catalina de Sena, mas por [su]f[r]ir semejantes cosas a ésta vino ella a ser santa. Todo esto que me dice yo lo merezco; mas, porque son cosas indignas que se digan en presencia de una tal perlada y de un tan grave convento, me voy». Mas, sin embargo, de eso, aquel caballero mostró a la priora provisiones y obidiencias que traía para sacar del monasterio las dos mozas, que aún no eran novicias. Entonces nuestra virgen se fue al coro, delante del Santísimo Sacramento, como a lugar de su refugio, a pasar allí su trabajo; y las mozas fueron sacadas del convento con grande fuerza, aunque a la mayor no se hizo mucha violencia; mas la menor, no pudiendo sufrir esta fuerza, huyó para el coro y se escondió detrás de una imagen de Nuestra Señora, y de ahí fue sacada por fuerza. Mas, viendo ella a su tía en el coro, se abrazó muy recia con ella diciendo: «mi señora y mi tía, ¿cómo podré yo vivir sin vos?» Mas nada de esto le aprovechó para dejar de ser arrancada de los brazos de la amada tía, la cual estaba toda bañada en lágrimas. Pero conformóse en todo con la voluntad de su Esposo, el cual la consoló en esta aflicción, como hizo en otras; porque, de ahí a pocos días, se supo la verdad de su inocencia. Y no es de callar que la niña que se acogió a Nuestra Señora la volvió a recoger, para que, pasadas las alteraciones susodichas, vino a tomar el hábito al mesmo convento. Y su tía, siendo priora, la recibió y le dio la profesión con mucha solemnidad y alegría común de todos. De esta manera suele Nuestro Señor responder por los que callan y defender a los que en Él ponen su confianza como lo hizo en la Magdalena, que, siendo una vez condenada en el corazón del fariseo, y otra vez por los discípulos que sentían la pérdida del ungüento que derramó sobre la cabeza del Salvador, Él tomó la voz por ella y ambas veces la defendió. Y, como sabía esto Moisén, animaba a su pueblo, diciéndole que callasen ellos, porque el Señor había de pelear por ellos.




IV. [Otra prueba]

Otra prueba de la paciencia y humildad de esta virgen añadiré a la pasada; y esta fue que, yendo nuestro Padre Provincial al monesterio de esta virgen, un hombre bien tratado y bien hablado y persona grave (mas él debía de ser el demonio en aquella figura, según lo que dijo el P. Provincial), haciendo grandes salvas que le quería descubrir una cosa de grande importancia, le afirmó que esta virgen tenía hecho un tan grave delito que decirse ni aun imaginarse podía sin gran vergüenza. El Provincial, espantado y escandalizado de oír cosa tan ajena de toda verdad, como prudente que era, no hizo caso de ello; antes pensó que tan grande atrevimiento y desvergüenza no podía ser sino arteficio del demonio para perturbar esta virgen. La cual supo todo esto por su confesor, a quien el Provincial lo dijo: y, oyendo de sí una tan infame falsedad, con grande sentimiento y lágrimas se humilló y dijo: «muy peores cosas haría yo, si Dios no tuviese de su mano, Él sabe mi inocencia, y Él me librará como quien es, si fuere servido, y si no, hágase su voluntad». No faltó el Esposo a esta confianza y humildad; porque, estando la virgen en oración, ofreciendo su aflicción al Esposo, Él la consoló abundantísimamente, porque le mostró una grande escalera que tenía una punta en tierra y otra en el cielo, que le parecía estar abierto; y veía al Esposo con una admirable claridad y una muy hermosa y resplandeciente corona en las manos, y por la escalera le parecía que subían personas; y decíale el Esposo: «por esta escalera suben los atribulados». Y, mostrándole aquella corona, le decía: «María, ¿quieres esta corona ahí en la tierra, o en el cielo?» Respondía ella: «mi Señor, para allá la quiero, que acá tengo una que Vos me distes, con que estoy muy contenta». Acabado esto, quedó ella muy consolada y animada para mayores trabajos.




V. [Sequedades y desamparos]

Una de las mayores fatigas y mayor prueba que hay en la vida espiritual son las sequedades y desamparos sensibles de Nuestro Señor, que suelen acaecer, y, en algunas personas aprovechadas, vienen a ser tan grandes que les hacen caer en cama y adolecer gravemente. Porque como las tales han despreciado por amor de Dios todos los gustos y regalos del mundo, por los que hallan en Dios, cuando éstos les faltan, vense en gran desamparo y tristeza, sin los unos y sin los otros. La cual tristeza procura acrecentar el enemigo para derribar el vigor del corazón y hacerlo desmayar, haciéndoles creer que aquel desamparo nace de algunas secretas ofensas de Dios, lo cual es para ellos un muy agudo cuchillo de dolor. Y de esta manera el santo Job, entre otras aflicciones y dolores exteriores, fue también interiormente aflejido, como lo muestran aquellas palabras, en que dice que le había Dios quitado la esperanza, como a un árbol arrancado de raíz, que ya no puede volver a nacer. Por las cuales palabras no entendimos que el santo varón había perdido totalmente la confianza, sino las tentaciones que padecía acerca de ella. Porque, en otra parte, esforzado con Dios, dice: aunque me mate, no dejaré de confiar en Él. Para ejemplo de esto y consuelo de los siervos de Dios, que en tales trances y aprietos se vieren, servirá grandemente el ejemplo que aquí contaremos, por el cual entenderán ser ésta una de las más finas pruebas de la verdadera virtud, con la cual suele Nuestro Señor ejercitar y purgar a sus siervos y fundarlos en la virtud de la humildad.

El caso fue que, estando ella en tranquilidad y con muchos regalos de su Esposo, a deshora y sin pensarlo, le sobrevino una tempestad y tribulación de grande descrédito y afrenta suya. Y (lo que más la lastimó) que fue nacida de personas de quien menos la esperaba y menos la merecía, y fue tan grande que no se acordaba ella de tenerla tal en su vida, así en lo exterior como en lo enterior. Porque en el cuerpo, de la punta del pie hasta la cabeza, no había parte que no padeciese su dolor; y en lo enterior fue tan grande la sequedad y desamparo que ni un momento tenía de consolación y sosiego. Entendía su mal y no podía valerse; veía el remedio y no se aprovechaba de él; los ojos eran fuentes de lágrimas; el corazón parece que reventaba; el comer y el dormir, cuasi nada; su único remedio y consolación (que es el Santísimo Sacramento) no le daba el alivio acostumbrado; y así andaba consumida y desfigurada. Estando en este aprieto, acertó de hablar con una persona su amiga, de quien algunas veces se fiaba, la cual, viendo tan grande mudanza y una tan extraordinaria tristeza, que en ella era cosa muy nueva, preguntóle la causa de esta novedad; y, aunque se excusaba, insistió tanto que reventó la virgen con un arroyo de lágrimas y contó por extenso la causa de su tribulación, que es la que arriba está segnificada. Oyendo esto aquella persona con mucha compasión, maravillávase como un Dios tan amoroso trataba así una alma tan pura, tan su amiga y tan inocente; porque sin dubda, en aquella afficción que padecía, ni sombra de culpa había de su parte. Y, aunque vio que en solo Dios estaba el remedio, todavía le dijo: «señora, un corazón tan grande, en quien Dios siempre mora, y Él es su fortaleza y su alegría, ¿cómo está tan flaco y triste en esta batalla?» Respondió ella: «si yo no supiese que Nuestro Señor era el que esto hacía, ya fuera muerta. Y no os maravilléis de verme cual estoy, que más fuerte y más santo que yo era San Pablo y no dejó de sentir mucho sus tentaciones y pedir a Dios tres veces lo librase de ellas. Y, aunque yo no merezco oír como él: sufficit gratia mea, no por eso desconfiaré de su misericordia. No soy insensible; si no sintiese los tormentos, poco me aprovecharía. Sé que lo que me conviene es padecer, sé que el Esposo quiere que me parezca con Él, y sé que cuesta mucho querer parecerse con Él, y también sé que todo lo que padezco no llega a una mínima de lo que Él por mí padeció; y por eso vengan más y más trabajos, que para todos estoy aparejada; ayudadme a pedir al Esposo que no me desampare y cargue la mano cuanto fuese servido».

Antes de esto le había el Esposo aparecido algunas veces con cruces; y una de ellas fue con una cruz muy grande y muy pesada; y, preguntándola si podía llevarla a cuestas, respondió: «sin Vos, Señor, con nada podré; mas con Vos podré con todo». Y púsole el Esposo la cruz en los hombros y fue la carga tan pesada que parece que le molía los hombros y todos los huesos y quedó por muchos días con grandes dolores en todo el cuerpo. Esta persona que habló con la virgen sabía de este aparecimiento, y preguntóle si era ésta aquella cruz pesada que le molió los huesos. Respondió: «o ella es, o puerta para ella».

Aquí, pues, verán los amadores de la perfección a qué extremo llega Nuestro Señor algunas veces con sus fieles amigos, donde hallarán vereficado lo que aquella devota madre de Samuel dijo en su cántico: el Señor da vida y mortefica, abate hasta los infiernos y saca de ellos. Porque aquel desamparo de Nuestro Señor es para ellos, en su manera, semejante a la del infierno, lo cual también significó el profeta cuando dijo: sálvame, Señor, porque han entrado las aguas de las tribulaciones en mis entrañas y véome atollado en lo profundo del cieno y no hallo sobre qué hacer pie, ni sobre qué estribar, porque no veo cosa que me consuele. Y no estaba muy lejos de esto con toda su santidad, el apóstol cuando escribiendo a los de Corinto dice así: quiero daros noticia, hermanos, de la gran tribulación que se levantó contra nosotros en Asia; porque sobre manera fuimos aflejidos y sobre todas nuestras fuerzas, en tanto grado, que teníamos por pesada la vida. Esto servirá para que, con estos ejemplos y probaciones, se esfuercen los amadores de Dios, cuando en esto se vieron, reconociendo que estas angustias son víspera de grandes favores. Porque no ahonda aquel sabio artífice tanto los fundamentos de la humildad con esos desamparos sino porque quiere levantar muy alto el edificio espiritual y por esto nunca está este Señor más cerca del hombre que cuando a él parece que está más apartado, como lo muestran los desamparos del grande Antonio y de Santa Catalina de Sena y de otros santos.

Mas no se contentó Nuestro Señor con ejercitar esta virgen en estos trabajos interiores, sino en muchos exteriores; para los cuales se te ofrecieron tantas ocasiones que sería largo proceso tratar de todas ellas. Y para una de ellas dio ocasión una alteración que en esta ciudad de Lisboa se ofreció, con la cual procuró el domonio, enemigo capital de esta virgen, desacreditarla con muchas falsedades que levantó contra ella, las cuales llegaron a oídos de gente muy noble y aun de los príncipes; de que pudieron resultar grandes trabajos, si Nuestro Señor no acudiera por la inocencia de su sierva. Y, como ella naturalmente tiene el corazón muy tierno, lastimábanla mucho estas cosas; mas llevábalas con una extraña paciencia y conformidad con la voluntad de su divino Esposo. Y, cuando le contaba algunas de estas cosas, decía al Esposo: «ya os entiendo, Señor; queréis que padezca, y yo también lo quiero». Y así mismo decía había mucho tiempo que pocas veces se pasa un día en que no tuviese algo que padecer.

Y, porque nadie se maraville de haberse ofrecido a esta virgen tantas ocasiones de trabajo, estando recogida y quieta en su monasterio, advertiré aquí que, como el padecer por Dios sea de tan grande merecimiento, Él mismo, de donde menos se piensa, levanta ocasiones a sus siervos, que le den materia de padecer, porque ni quiere que su gracia esté ociosa ni que le falte ocasión para una obra de tan grande merecimiento como ésta. Porque no sin causa dijo el profeta: muchas son las tribulaciones de los justos, mas de todas ellas los librará el Señor. Ni fueron menos frecuentes las tribulaciones del apóstol, pues él dice en una carta suya, que cada día moría por el provecho de sus hermanos.

Mas Nuestro Señor, que siempre después de la tempestad envía bonanza, pasados veinte días después de la tormenta, estando ella un día de mañana en oración recostada sobre su cruz, le apareció el Esposo muy hermoso y resplandiciente diciéndole: «María, ¿dónde está agora el amor de la cruz?, ¿quién la llamará agora mi esposa?» Respondió ella: «yo, mi Señor, y probaros lo he». «Yo, dijo Él, holgaré de os oír.» Dijo entonces ella: «¿quién jamás, Señor mío, amó la cruz más que Vos? Y ¿quién más suspiró por ella? Y con todo eso, ¿Vos no dejisteis tanseat a me calix iste?» Y respondió el Esposo: «muy bien dejistes y probastes el amor de la esposa, y así os prometo de haceros muchas mercedes por ella». Dicho esto, Él se fue y ella quedó muy consolada y aquí fenecieron las tristezas pasadas.




VI. [Mérito y excelencia]

Y no me puedo contener, aunque me extienda más de lo justo, sin decir algo de la excelencia y mérito de esta virtud, ya que traté de la necesidad que tenemos de ella para lo susodicho, porque esto servirá de estímulo para que nos esforcemos a abrazar la dificultad de lo uno con el fruto y mérito de lo otro. Y para esto no alegaré lo que las Escripturas y los santos dicen del mérito de la paciencia y fortaleza, sino lo que tengo ya visto por experiencia y meo argumento, de cuánto merecen y agradan estas virtudes a Nuestro Señor. Porque he visto personas de grande santidad y pureza de vida, las cuales quiso Nuestro Señor ejercitar y probar con grandísimos trabajos de mil maneras que se ofrecen en esta vida, y señaladamente en grandes y prolijas enfermedades, acompañadas con pobrezas y con otros muy penosos accidentes, lo cual no consentirá Aquél que los guarda como a la lumbre de los ojos (según Él dice), si no fuese por el grande mérito que en esto hay. Conocí yo, entre otras personas, una gran sierva de Dios, la cual había siete años que estaba en cama y con grandes dolores en todos los miembros, los cuales padecía con grandísima alegría y contentamiento y con tanta conformidad con la voluntad de Dios que no consentía que le hablasen cosa de salud, sino en sola esta conformidad con la divina voluntad. Otras conocí con otras maneras de trabajos que no se pueden aquí referir. De donde infiero que, pues aquel Señor, que es más que padre de los justos y que tiene (como Él dice) contados todos sus cabellos, consiente en ellos que padezcan tan grandes dolores, que debe ser grandísimo el mérito de ellos. Séneca dice que, pues Catón (que él tenía por hombre muy virtuoso) padeció trabajos, que debían los hombres tener por buena suerte padecer lo que tal hombre padeció. Pues con cuánta mayor razón se puede decir esto de los trabajos que padecen aquellos cuyas vidas son trazadas y ordenadas por la voluntad de Dios.

También traigo, para argumento de lo dicho, los grandes dolores que nuestra virgen siempre padece en las llagas que tiene, mayormente los tres días de la semana, los cuales (dice ella) que siente tanto como si le hincasen un clavo ardiendo por las llagas que tiene; y a veces crecen tanto que le parece, si durasen mucho, que no sería posible vivir, y así su vida es un prolijo y continuo martirio.

Y, como dije que me espantaba de los grandes trabajos de los siervos de Dios, así digo ahora que mucho más me espantan las grandes consolaciones que Nuestro Señor les dá también con ellos. Porque condición suya es dar las consolaciones conforme a los dolores, según dice David; y por esto quien pudiese entender la grandeza de los dolores que esta nuestra Virgen padece no dubdaría de las grandes consolaciones y favores con que el Esposo en medio de tantos dolores la sustenta y consuela. Pero, sobre todas estas experiencias y argumentos, la cosa que más declara la grandeza del mérito de los trabajos es haber ordenado el Hijo de Dios con especial providencia que su inocentísima y santísima Madre se hallase presente al pie de la cruz, padeciendo allí los mayores dolores que (después de los del Hijo) jamás se padecieron. En lo cual tiene bien el piadoso lector en qué pensar, para entender por este argumento lo que hasta aquí habemos dicho.








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Libro III

En el cual se trata de los favores y previlegios singulares que nuestro Señor comunicó a esta virgen, y de algunas visiones y aparecimientos que en algunas fiestas principales tuvo



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Capítulo I

Cómo Nuestro Señor señaló a esta su esposa con las insignias de su sagrada pasión


Hasta aquí, habemos tratado algo de las virtudes y ejercicios espirituales de esta virgen. Y digo algo, porque, como la mayor parte de esta historia haya sido escripta por mano de ella (siendo para esto compelida y obligada por la obediencia de sus perlados, como arriba declaramos), no quiso ella escribir nada de sus virtudes, sino de los favores y mercedes que de Nuestro Señor había recibido como persona que trataba de esclarecer la gloria de Él y de encubrir la suya. Mas ya es tiempo de tratar algo de estos favores, que ella mereció alcanzar por el ejercicio de estas virtudes, las cuales entendemos que no serían pequeñas, pues los favores fueron tan grandes. Mas aquí es necesario tener fe y creer cosas que exceden la facultad de nuestra razón; pues bastan para esto los milagros auténticos de esta virgen, que al principio referimos. Pues es justo que las obras que sobrepujan la virtud de la naturaleza, hagan fe de las que sobrepujan la captada de la naturaleza. [El gran] fruto, que de esta fe se seguirá, será un maravilloso conocimiento de la inmensa bondad y caridad de Nuestro Señor para con sus criaturas y el amor inestimable que tiene a las ánimas puras y limpias. Y el que careciere de esta fe carecerá de este fruto, y quedará por hombre que siente baja y estrechamente de la bondad y caridad de Dios, y de la virtud y santidad de sus fieles siervos. En lo cual es mucho de notar la condición del corazón humano, el cual, a veces, se levanta tanto que todo el mundo le parece poco para lo que él piensa que merece. Y por otra parte, él mismo se apoca tanto que si le cuentan algún grande favor que Nuestro Señor hace a los hombres, parécele que no es posible que tan grande majestad así se humane y abaje a tratar tan familiarmente con ellos.


I. [Por qué sigue ahora la impresión de las llagas]

Mas, primero que entre esta materia, quiero declarar la orden que en toda esta historia quise seguir. Y ésta ha sido precediendo de las cosas menores a las mayores, en cuanto fue posible. Y digo esto, porque, declarando algunas virtudes de esta virgen, pareció necesario añadir aquí algo de las cosas mayores que pertenecían a otro lugar más alto. Esta misma orden vemos en la vida de esta virgen, la cual, procediendo cada día de virtud en virtud, de humildes principios llegó a muy altos fines. Entre estas cosas que llamo mayores está la impresión de las llagas de Nuestro Señor. Y, según esta orden, de éstas se había de tratar en el fin de esta escriptura. Mas con todo eso, quise yo tratar primero de ellas, por ser cosas más probadas y testificadas por autoridad del santo Oficio con toda la solemnidad de derecho que para esto se requiere, como cosas de que se había de enviar relación a Nuestro santísimo Padre Gregorio XIII, por parte del serenísimo Príncipe Alberto, Cardenal y legado a latere de Su Santidad. Y, demás de ser este testimonio tan abonado, otro hay más cierto, que son los ojos de tantos testigos que han visto las llagas de las manos de esta virgen con los clavos en medio de ellas, no sin grande admiración y devoción de sus ánimas; mas las de los pies y costado han visto algunas de sus religiosas. Y porque no faltase testimonio de hombre en cosa tan grave, el padre provincial de esta provincia y el padre confesor de nuestro Príncipe Cardenal, que también lo es de la misma virgen, para testimonio de la verdad vieron, con toda la honestidad y decencia que para esto se requería, la llaga de un costado y la de un pie, cubierto todo con un lienzo, y descubierto sólo el lugar de la llaga, que es semejante a la de las manos con el clavo que le atraviesa por medio. Estos dos testimonios son tan abonados y ciertos, que bastan para vencer toda la incredulidad humana.

Creído, pues, esto con la firmeza que tal probanza requiere, fácil cosa será creer todos los otros favores que el Esposo hizo a esta virgen, después que la tuvo hermoseada con estas gloriosas insignias y vestida con la púrpura de su preciosa sangre. Y aunque algunas de estas señales de las llagas se te concedieron en diversos tiempos (según que ella iba aprovechando cada día más en las virtudes), pero todas las referiremos en este capítulo juntas, señalando los tiempos en que fueron concedidas. Y contaremos primero todos lo que pertenece a esta historia simplemente con las mismas palabras que esta virgen las escribió y después pediremos lumbre al obrador de estas gracias, para saber filosofar sobre ellas, porque no seamos del número de aquellos a quien dijo Moisén, que, habiendo visto tantas maravillas como Dios había obrado por ellos sacando de la tierra de Egipto y guiándolos cuarenta años por el desierto con tantos milagros y providencias, nunca tuvieron ojos, ni entendimiento para saber estimar y reverenciar al obrador de cosas tan grandes.

En este lugar conviene advertir una notable sentencia de un religioso dotor el cual dice que ningún pintor trabaja tanto por hacer un retrato conforme a la persona que retrata, cuanto el Espíritu Santo procura hacer las ánimas de los fieles semejantes en su manera a Cristo crucificado. El cual, en todos los pasos de su vida santísima, y mucho más en la cruz, es un perfetísimo retrato y espejo de toda santidad y virtud. Pues esto parece haber pretendido el Esposo celestial en esta virgen que Él tomó por esposa, no sólo adornándola con las señales de sus preciosas llagas, sino también con los dolores continuos de ellas y con su corona de espinas y otras insignias, como luego veremos.




II. [ La corona de espinas]

Entre éstas, la primera fue la corona de espinas (de la cual se hace mención en la relación que se envió a Su Santidad), que fue el año de 1575, siendo ella de edad de veinticinco años, en lo cual se ve cuán temprano comenzó el Esposo a hermosear la esposa con esta guirnalda y corona real. Pasó pues el caso de esta manera. Un miércoles del Octavario de los Santos, habiendo esta virgen padecido muchos trabajos, ansí interiores como exteriores, y teniendo grande sentimiento de la ausencia del Esposo, y deseando padecer muchos mayores trabajos por su amor, suplicábale todo corazón que le cumpliese este deseo, porque no quería en esta vida gustos, sino tormentos. Estando en éste, lo apareció el Esposo con grande resplandor y hermosura, el cual traía en la cabeza una corona de espinas y venía todo bañado en sangre. Y viéndolo de esta manera cayó en tierra diciendo: «¡ah, Señor Jesús!, a mí esos dolores y espinas que merezco por mis pecados.» Entonces Él quitó la corona de su cabeza y púsola en la de ella, apretándola con sus manos, con lo cual ella sintió gran dolor y salió de ahí mucha sangre, quedándole las señales de las espinas en la cabeza, las cuales han visto algunas religiosas de quien ella se fía, cuando, según su costumbre, la trasquilan. Y la cofia que entonces tenía en la cabeza salió manchada con la sangre que de los agujeros de las espinas manó. Esta cofia vino a las manos de una religiosa muy devota y muy grande amiga suya, la cual tuvo mucho tiempo guardada, y después no faltó quien se la tomó y la entregó a esta virgen, la cual ella procuró lavar, por quitar las pintas de la sangre, y por ninguna vía se las pudo quitar; y, visto esto, porque no se descubriese el caso, ella misma, como verdadera humildad, la quemó.

Mas aquí es de notar que, como las honras de Nuestro Señor en esta vida no carezcan de dolores, porque no carezcan de merecimientos, dende aquel día hasta el presente año, siente esta virgen todos los viernes grandes dolores en la cabeza, los cuales comienzan el jueves a las avemarías y duran toda la noche y otro día hasta las mismas horas. Y preguntándole yo, si podía con estos dolores dormir y comer, respondió que muy mal hacía lo uno y lo otro. En lo cual todo parece que no quiso el Esposo que pasase la esposa todo este tiempo sin dolores, para que con ellos se habilitase a padecer otros mayores que fuesen materia de otros mayores favores.




III. [El costado. Preparación y anuncios divinos]

Por donde, pasados tres años