  Capítulo XI
De la caridad de esta virgen con los prójimos
y para con Dios
[El amor de los prójimos. Algunos
ejemplos]
Vengamos, después de estas
virtudes susodichas, a la reina de todas ellas, que es la caridad, la cual
(como dicen los teólogos) es
un hábito que infunde el Espíritu
Santo en los corazones de los justos, del cual proceden dos actos como dos
ramos de una misma raíz, que son amor de Dios y del prójimo por
amor de Dios, como cosa que pertenece al mismo Dios. Porque, como suelen decir:
quien ama a Beltrán también ama su
can. De estos dos actos virtuosos trataremos aquí brevemente,
porque cosas más altas que tocan a esta materia se guardan para
adelante. Comenzando, pues, por lo menor, que es el amor de los
prójimos, fue esta virgen muy amiga de ellos y señaladamente de
los pobres, a los cuales llama sus parientes y háceles todo el bien que
puede, según su posibilidad. Y después que entró en la
religión, tenía siempre por costumbre partir la comida que le
daban (que es harto estrecha) para dar a los pobres. Y, andando ella cerca del
torno, si algún pobre llega a pedir limosna, dale todo cuanto las
porteras tienen guardado para socorrer a las necesidades que vienen, y, alguna
vez, no tiniendo que dar, pidió licencia a la perlada para dar el
escapulario. Y ahora que es perlada, da cuanto puede de la comunidad, diciendo
que hasta los cálices se han de vender para socorrer a las necesidades
de los prójimos; y no sólo se dá limosna a los pobres que
vienen al torno, mas también a veces se envía a los pobres de la
cárcel pan amasado. Y las religiosas, con este ejemplo, quitan muchas
veces el manjar de la boca para acudir a los pobres y así se maravillan
de lo poco que en el monesterio se gasta y de lo mucho que sale para fuera; y
el Señor por cuyo amor esto se gasta, por otra parte lo multiplica todo,
porque en este tiempo se ha hecho un gran lienzo de soldetorio, y un coro que,
así en la hermosura del beneficio como en la devoción y
frecuentación de las religiosas, más parece coro de
ángeles que de criaturas humanas.
De esta caridad tenemos algunos
ejemplos dignos de memoria. Estaba una monja vieja muy enferma, y
habíale dado una locura de no querer comer; y con esto tenía los
labios llenos de materia y sangre y muy asquerosos; y, como la caridad es
engeniosa y a esta virgen no le falta ingenio, determinó buscar manera
cómo curarla. Por lo cual usó de este medio: entró en su
celda, comiendo de un pan. Díjole entonces la vieja: «¿y
vos coméis?, ¿qué es eso que coméis?
Respondió ella: «es pan bendito de lo del refitorio. Come vos
también, como yo de él». Respondió ella:
«sí comeré, pero con tal condición que comáis
del pan por la parte que yo comiere». Entonces la vieja dio un bocado en
el pan y dejólo todo ensangrientado, y díjole que mordiese ella
por aquella parte que ella había mordido. Y la virgen, tomando el pan en
la mano para morderle por aquella parte, revolviósele el estómago
por ser naturalmente limpísima, mas con todo, venciendo con la caridad
de esta dificultad, dio otro bocado en el pan, y así, bocado a bocado,
hizo comer a la doliente. Esta obra de caridad agradó tanto al Esposo
que le apareció esa misma noche y le dijo: «mucho me agradaste en
eso que heciste por amor de mí; y por el amargura que en eso recibiste,
quiero que bebas de esta fuente de mi costado». Y así bebió
allí un licor tan suave que no se puede explicar. Y no contento con
esto, «por esto que hiciste (dijo Él), daré salud a esa
enferma». Y así se la dio. Había también otra vieja
en la misma enfermería, tan sucia y de tan mal olor que ninguna
servidora se aplicaba a quererla servir; mas el amador de las ánimas no
faltó a quien faltaban sus criaturas, porque apareciendo el Esposo a
esta virgen, le mandó que curase a Él en ella, porque estaba
enfermo. Oyendo esto la virgen, alegróse tanto de ver que se le
ofrecía ocasión para ser ella enfermera de su Esposo que se
levantaba muy de mañana y acudía a la vieja y lavaba los orinales
y todo lo demás; y no le parecían aquellos olores sino
suavísimos olores y limpiaba a la vieja y abrazábala con grande
amor, tanto que decía la vieja: «quítate de ahí,
María, que te pegaré el mal, que estoy hética». Y,
si por acaso alguna servidora llegaba a hacer algo en Servicio de la doliente,
pesábale por quitársele la ocasión de aquella buena
obra.
Otro ejemplo admirable contaré
aquí de la caridad de esta virgen por los prójimos. Siendo esta
virgen enfermera y recogiéndose a su celda, le mostró Nuestro
Señor un hombre que ella no conocía, el cual, estando para morir,
no se llevaba consigo sino sus pecados. Y vio ella el ánima de este
hombre miserable, tan abominable y tan hedionda que no se puede explicar, y,
con todo esto, no quería confesarse. Viéndolo pues ella
ansí, comenzó con muchas lágrimas y entrañable
dolor a pedir a Nuestro Señor sanase aquella ánima; mas Él
respondió que su justicia pedía que fuese condenada. Pero ella,
alegándole con su misericordia, le prometía que no
desestiría de su petición hasta ser despachada; mas Él
respondía que tal hombre no merecía perdón. Y pasando
parte de la noche en esta porfía, finalmente dijo ella: «yo os
prometo, Señor, que no tengo de partir de aquí sin que me deis
esta ánima; y, si esto no hiciéredes, no quiero nada de
Vos». Y finalmente con esto vencido el Omnipotente prometió a su
esclavilla (como ella aquí se llama) que perdonaría esta
ánima; y mandóle que se levantase y fuese servir a las dolientes,
que era ya hora. Y volviéndose ella a su celda, acabada su odidiencia,
vio aquella alma ya clara y hermosa, y el Esposo le daba gracias,
diciéndole que por su ruego aquella ánima se salvara. Y estando
ella rogando por ella, falleció este hombre con penitencia y su
ánima fue llevada al purgatorio; mas la virgen no descansó hasta
verla puesta en lugar de descanso.
Oída esta historia, dije yo a
esta virgen cómo había osado hablar al Esposo palabras tan
estreñidas. A esto respondió que el Esposo lo quería
así, porque procedía este atrevimiento de grande amor y confianza
en Él. Porque «¿para qué (dijo ella), me
descubría Él, el estado de aquel hombre, si no para que yo
ejercitase esta obra de caridad y le rogase por él y quedase yo
más encendida en el amor de quien tanto hacía por
mí?» Otra cosa semejante a esta refiere Gregorio Nacianceno en un
sermón que hizo en la muerte de una santa hermana suya, por nombre
Gorgonia, de la cual cuenta que, estando muy enferma, se levantó de
noche como pudo y se fue a un altar que tenía en su casa, donde estaba
el Santo Sacramento, y puesta de rodillas, dijo: «Señor, no me
tengo de levantar de aquí si no me dais salud. Así lo dijo y
así lo cumplió el Señor que huelga con estos
atrevimientos, porque nacen de dos virtudes que Él mucho precia, que son
amor y confianza. De la cual también usó Moisén cuando
pidiendo perdón por el pecado del pueblo dijo: Señor, si no perdonáis a este pueblo, borradme del
libro en que me tenéis escripto.
Mas, volviendo al propósito
principal, hallaremos aquí muchas cosas que notar: la primera es la
profundidad de los juicios de Dios, de donde procedió querer salvar un
hombre tan perdido y cuasi ya condenado. La segunda es el secreto de la divina
predestinación, ca este hombre estaba predestinado para la gloria y
tenía el mesmo Dios determinado este tan extreño y nuevo medio
para que se ejecutase lo que Él tenía ordenado. La tercera:
aquí tenemos una gran muestra de la infinita bondad y misiricordia de
Dios para con los pecadores, para que ninguno, por grande pecador que sea,
desmaye ni pierda la confianza, haciendo lo que es de su parte, pues tenemos un
Dios tan bueno y tan piadoso. La cuarta es que tampoco pierdan la confianza los
que oran, si luego no cumple Dios su petición, ca muchas veces dilata
las mercedes para despertar nuestra devoción y hacernos perseverar en la
oración, como lo vemos en este ejemplo y también en el de la
Cananea, en los cuales, queriendo el Señor por una parte hacer lo que se
le pedía, por otra se hacía de rogar porque insistiésemos
en nuestra petición. La quinta; aquí veremos cuán grande
sea el amor que tiene Dios a sus santos y cuánto quiere honrarlos y
cuánto pueden para con Él las oraciones de ellos, pues por ellas
algunas veces se salvan los que sin ellas se perderían, como lo vemos en
este ejemplo.
Mas, con todo esto, no costó
poco a la virgen la salud de esta ánima, porque fueron grandes las
persecuciones que los demonios levantaron contra ella. Y así, estando
una noche en su celda, saltaron contra ella dos demonios que la quisieron
ahogar, y echando ellos la mano en la garganta, acudió la Virgen Nuestra
Señora y
su Hermosa con grande claridad y alegre
vista; y, lanzados fuera los demonios, la consolaron y sanaron,
poniéndole la mano en la garganta, diciéndole que no hubiese
miedo porque más miedosos iban los demonios. Esto pasó así
enteriormente, y los demonios la amenazaban diciendo que la habían de
matar y que no habían de descansar hasta quitarle la vida y que ella
había de ser condenada porque les había quitado aquella
ánima que era suya. Y una vez estando esta virgen en una escalera
sirviendo a una doliente, vino un negrillo y tiró por el pie de la
escalera y así la derribó al suelo y fuese dando grandes risadas
de lo que había hecho.
Otra vez permitió Nuestro
Señor que el demonio levantase entre las religiosas algunas diferencias
y desgustos, y andaba el enemigo de toda paz en figura de can muy negro y
torpísimo, con la lengua grande de fuera lamiendo por todo el convento
sin parar; y comenzábase ya (si Dios no acudiera) a levantar gran
tribulación; y la virgen vía este can andar muy solícito
por el convento, y encontrándose un día con él,
quitóse la cinta y diole con ella cuanto pudo; esto hizo por tres veces,
y a la tercera se fue el can dando grandes alaridos, y luego quedó todo
pacífico. Y decía ella que no había cosa que más le
atormentase que ver cualquiera turbación entre las religiosas, por
pequeña que fuese. A todos quería mucho y así deseaba la
consolación de cada una como la suya propria. Decía que antes
escogiera padecer todos los trabajos que ver alguna padecerlos: tanto era lo
que se dolía del mal ajeno. Y así no cesaba de rogar a Dios por
todas, aunque sabía que por medio de ellas alcanzara ella muchas
mercedes de Dios, mas que en esto se lo quería satisfacer.
Este hecho nos declara cuánto
el espíritu malo procura sembrar discordias en todas las comunidades,
porque sabe cuánto gana él en esta mercaduría y
cuántos pecados se hacen, cuando los corazones están divisos. Y
si este es el oficio del espíritu malo, síguese que a éste
será contrario el del Espíritu Santo; y por esto nos aconseja el
apóstol que
andemos muy solícitos por conservar la
unidad del espíritu con el vínculo de la paz, para lo cual
alega todas las principales causas que hay de esta unidad, diciendo que
todos somos un cuerpo y un espíritu y
todos llamados para una misma esperanza de la vida eterna; y que todos
tenemos un Señor y una fe y un bauptismo y un Padre que
es Dios, que mora en todos nosotros. Pues donde hay tantas razones unidas,
¿cómo es posible que haya división? Y sobre todo esto, el
mesmo Señor nuestro, víspera de su Sagrada Pasión, entre
otras cosas, pide a su eterno Padre que todos sus discípulos sean con
Él vitalmente
una misma cosa, así como el Padre y el
Hijo lo son. Y a esto nos convida el profeta alegándonos,
demás de la bondad de la obra, la suavidad y alegría que en esto
hay, y así dice:
mirad cuán buena cosa es y cuán
alegre morar los hermanos en uno, que es en esta unidad y concordia. Y la
razón de esto da San Crisóstomo diciendo que donde está la
hermandad, ahí las prosperidades son mayores, porque se comunican a
muchos; y las adversidades son mayores, porque el sentimiento de ellas se
reparte por muchos. Mas, aunque esto sea cosa tan buena y tan fuerte, es tan
dificultosa de hallar entre hijos de diversas madres y de diversas condiciones
que sólo Dios es poderoso para conservarla, y así, entre sus
grandezas y maravillas, cuenta el profeta ésta por una: que Él
hace morar en una comunidad
muchos con una ánima y un
corazón, como San Lucas lo cuenta de los fieles de la permitiva
Iglesia.
Estando esta virgen un día por
la mañana en el coro, vio que entraba en el convento de Santo Domingo un
hombre muy mundano y poco arrepentido. Pidió ella con grande instancia a
Nuestro Señor que, ya que le mostraba aquella ánima, le diese
arrepentimiento de sus pecados para que, confesándose, mereciese el
perdón de ellos. Insistiendo pues ella en su petición con muchas
lágrimas, fue este hombre mudado y luego se confesó en Santo
Domingo a un religioso, al cual dijo que, estando allí, sin venir con
propósito de confesarse, súbitamente se hallaba mudado y le
pesaba mucho de sus pecados. Y hablando este religioso que le confesó
con esta virgen, le dijo ella lo que pasaba, antes que él se lo contase,
y quisiéralo él negar, mas cuando vio lo que ella decía,
se espantó mucho, porque realmente así pasaba en la verdad.
Otro caso acaeció a esta
virgen, semejante a éste, que fue así: que, estando esta virgen
una noche, cerca de las once horas de la noche, abrazada con su cruz en
oración cuasi despierta, se le ofreció en la imaginación
un hombre que venía por la calle del monesterio con propósito de
hacer una grande ofensa a Nuestro Señor; y ella, muy sentida de esto,
pedía al Señor en su corazón que atajase esta ofensa suya
por el modo que fuese más servido; y veía en espíritu a
este hombre tan clara y distintamente que, mostraran, lo conociera. Y
pasó así: que en la misma noche y a la misma hora pasaba por
aquella calle este sobredicho hombre con la determinación que dijimos; y
llegando cerca del monasterio, parando un poco, le vino a la memoria esta
sierva de Dios de quien tantas maravillas oía, pensando cuán
diferentes pensamientos tenía ella de los que él llevaba; y,
estando en esto, le parecía que la veía delante de sí con
su hábito de monja, y blanco, y velo negro, mostrándole
señales de que quería impedirle su camino. Este hombre
súbitamente volvió en sí, conociendo su culpa, y en aquel
instante mudó el propósito que llevaba y volvióse a su
casa contrito y enmendado. Y él mismo contó este caso, y la
virgen dijo también lo que pasó en su corazón. Y
conferiendo lo uno con lo otro, fue todo a un tiempo y a una hora. Pues
¿quién, considerando esto, no exclama con el apóstol:
¡Oh alteza de la sabiduría de
Dios!; cuán incomprehensibles son sus juicios y cuán dificultosos
de atinar sus caminos! Estos son los juicios de su misiricordia, que
alegran las hijas de Judá; mas otros hay de justicia, que atemorizan y
espantan, aunque éste también su manera espanta, pues por un
medio tan misericordioso y extraordinario llamó para sí un
hombre, cuando iba a ofenderle, como llamó a San Pablo cuando iba a
perseguir la Iglesia. Estas ocasiones da muchas veces Nuestro Señor a
sus siervos para ejercitar su caridad.
Culpas ajenas no las veía esta
virgen, porque se tenía por la más culpada de todos; mas cuando
Dios le mostraba alguna culpa, no comía ni bebía hasta no ser
remediada la persona que la tenía y estar muy cierta de esto, viendo los
personales manifiestos. Y, como ella sabía del Esposo cuánto esto
le agradaba y que por esto se le mostraba, prometía ella de no
levantarse de sus pies hasta ser bien despachada.
I. [Caridad para con el Esposo. Ejemplos]
Y pues habemos dicho de la caridad de
esta virgen para el prójimo, digamos ahora algo de la que tiene para con
el Esposo. En este tiempo comenzó Él a comunicársele y
hacerle muy particulares mercedes y despertarla con muy continuas inspiraciones
y aparecimientos, entre los cuales fue uno en que le mostró el grande
amor con que amaba a ella y a todo el género humano. Este favor y
regalo, de tal manera encendió y prendió el corazón de
ella, que, tomada de este nuevo vino del Espíritu Santo, andaba
ordinariamente cuasi fuera de los sentidos, de la manera que se dice de San
Bernardo, de quien se escribe que al principio de su conversión andaba
tan elevado en Dios que a veces perdía el uso de los sentidos, de modo
que viendo no veía, y oyendo no oía, y gustando no gustaba; y
así comía unas cosas por otras, muy diferentes. Lo mismo
acaeció a esta virgen, por donde muchas veces no sabía
dónde estaba, o dónde iba o venía; otras veces, andando
por el dormitorio, no atinaba a su celda, hasta que alguna religiosa la
encaminaba. Y, porque sintía mucho verse esto, tomó por remedio
colgar en la cortina de la celda un velo puesto (como que lo tenía
allí para quitársele el olor de tinta, como lo suelen hacer las
religiosas), y muchas veces ni aun esto bastaba. También hablaba
despropósitos y los ponía por obra, llevando y trayendo unas
cosas por otras y a unos lugares por otros.
Una vez, siendo ella refitolera, una
religiosa, grande sierva de Dios y muy amiga suya le vino a ayudar a concertar
el refitorio. Y, mientras ella ponía las mesas, mandó a esta
virgen que fuere apriesa por un cántaro de agua; mas ella iba tan
desacordada que, a cabo de rato, entra por las puertas del refetorio con una
silla en la cabeza, de la que la otra madre quedó por una parte
indignada y por otra espantada de tal desacuerdo.
Siendo también ella vestraria,
cuyo oficio es poner a todas las religiosas cada sábado sus tocados en
la cabecera de las camas, estaba ella tan alienada que andaba buscando en el
claustro las celdas de las religiosas. De estos desatinos tan acertados se
cuentan muchos que sería largo de contar.
Sentía mucho la virgen
entenderse estas cosas y costábale muchas lágrimas, por parecerle
que por esta vía la ternían en buena cuenta, lo cual ella como
verdadera humilde, recelaba mucho; así vinieron a competir en su
corazón estos dos afectos: ca por una parte deseaba evitar estos loores,
y por otra, no pudiendo apartarse del amor del Esposo, que esto causaba,
tomó por remedio ponerse en sus manos y entregarse al gobierno y leme de
su vida, para que Él la gobernase como más fuese servido.
Creciendo, pues, cada día en el
amor del Esposo y en el ejercicio de las virtudes, que de él proceden,
llegó la fuerza del amor a estar a tiempos tan arrebatada y tan fuera de
los sentidos, como si fuera un cuerpo de palo, y ni con retorcerle los dedos ni
con otros tormentos volvía en sí. Y acaeció que una
niña traviesa que había en el monasterio, de poca edad y mucha
malicia, viendo a esta virgen de esta manera alienada, para probar si esto era
verdad le hincó un alfiler en el brazo, mas ni esto bastó para
acordarla de aquel dulce y suave sueño en que dormía en que
su corazón velaba, aunque,
después de vuelta en sí, sintió el dolor. En lo cual
podremos conjeturar qué tan suspenso y encendido estaba el
corazón de esta virgen en el amor del Esposo, pues elevaba consigo todos
los espíritus y fuerzas del cuerpo y así lo dejaba desamparado de
todo el vigor y fuerza de los sentidos.
Mas hallóse un muy fácil
remedio para volverla en sí, que fue la voz de la obidiencia, de que
arriba tratamos en el capítulo de la obidiencia.
Y aunque éste sea grande
argumento e indicio de esta caridad, pero otro hay no menor, que es lo que
padece con cualquier palabra tierna que se habla, aunque en común
conversación; porque está su corazón tan abrasado y
encendido en el amor del Esposo que con cualquier soplo, por muy pequeño
que sea, luego arde y levanta la llama, quiero decir que con cualquier palabra
que se le diga o ella piense del Esposo, a la acordándose de las pajas
del pesebre del niño Jesús, luego es ida; y, si le hablan de
trigo, acordándose que el Esposo se llama
grano de trigo, hace otro tanto. Y
platicando una vez de la provisión del monesterio y diciendo que
tenían necesidad de cebada para las bestias y de aceite, vínole a
la memoria que el Esposo en los Cantares se llama
olio derramado, y en medio de la
plática quedó fuera de sí. Y diciendo yo a una doliente:
Dominus opem ferat illi super lectum doloris
eius, en oyendo esta palabra y acordándose del lecho del
esposo, padeció lo mismo. ¿Qué diré? Picando un
cantero una piedra, saltó una centella y esto bastó para
arrobarla. Acordándose del fuego del amor divino, finalmente, su
corazón está como una pólvora muy seca, que cayendo en
ella una centella de alguna palabra devota, luego arde. De donde procede que
los que quieren negociar con ella procuran de no decir palabra devota, porque
no los deje al mejor tiempo. Y, preguntada si está en su mano resistir a
estos raptos, responde que no puede más.
Diciéndole una vez su padre
confesor que los santos en el cielo siempre están amando, sin poder
dejar de amar, preguntando ella si era posible en esta vida hacer otro tanto, y
respondiéndole que esto no era posible en esta vida por las ocupaciones
y necesidades de ella, respondió la virgen: «pues yo conozco una
persona que estando dormiendo esta amando». Y, declarando cómo
esto era, dijo que se acostaba amando actualmente y así, en el
sueño perseveraba en ella este mismo amor, hasta que la fuerza de
él la despertaba.
Y, siendo preguntada qué
palabras decía despertando, no se atrevió a decirlas por ser
amorosas, mas dijo que las escribiría. De modo que también en el
amor santo ha lugar lo que el poeta dijo:
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Dicere quae puduit, scribere
iussit amor. |
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Finalmente, apretada por el padre confesor respondió que
decía estas palabras: «¡Oh, guarda mía!, vuestro amor
no duerme ¡Hermosura mía!, guardadme en vuestro amor este
día.» Por aquí entenderá el prudente lector la
vergüenza virginal y honestidad de esta virgen, pues esta llegaba a no
osar decir estas palabras por ser tan amorosas. Y en decir: «vuestro amor
no duerme», da a entender lo que ya dijimos: que durmiendo estaba
amando.
Otra vez este padre confesor
decía que juntando en uno el amor de todos los serafines y de todos los
espíritus bienaventurados y de la Virgen Nuestra Señora y de la
ánima de Cristo, Nuestro Salvador (cuya caridad es tan grande que, como
dice el apóstol,
sobrepuja todo conocimiento aunque sea de
ángeles), a todos estos amores, tomados así juntos, faltan
infinitos grados para llegar a la medida del amor que se debe a aquella inmensa
e infinita bondad de Nuestro Dios. Ca todos estos amores, con ser tan grandes,
son finitos, porque son de criaturas; mas a aquella infinita bondad se debe por
derecho infinito amor, el cual no se halla en todo lo criado, sino en solo el
Criador. Y oyendo esto la virgen quedó alienada para un espacio y,
estando así, dijo estas palabras: «apriesa, apriesa».
Preguntada, pues por el dicho padre, cuando volvió en sí,
qué vio en aquel rapto, respondió que había visto un fuego
infinito, y que de él saltaba una centella acá fuera y que ella
decía que acudiesen a gran priesa a juntar aquella centella con aquel
grande fuego para que no se apagase; dando a entender que todo el amor de las
criaturas, comparado con el que se debe al Criador es como una centella; y,
porque ésta no se apague con los vientos de los peligros y ocasiones de
esta vida, conviene muy apriesa, esto es, con suma diligencia, trabajar por
juntar nuestro amor con aquel grande amor con que Dios se ama, para que
así se conserve en él. Porque, como la caridad en esta vida
esté como fuera de su elemento, corre peligro de perderse, si no se
fomenta con la consideración de todo aquello que nos puede incitar a
este amor.
Y una de las cosas que ayuda a esta
virgen para lo dicho es el libro de los Cantares, que ella entiende muy bien,
aunque esté en latín, y retiene en la memoria mucha parte de
él; y es tan grande el gusto que recibe con esta escriptura como si para
sola ella se escribiera. Y conforme a esto, representa ella en sí el
oficio de esposa y aplica a sí todas las palabras que el Esposo dice a
aquella esposa, como cuando la convida que venga a Él a grande priesa,
diciéndole:
levántate, y date priesa, querida
mía, hermosa mía, paloma mía, que moras en los agujeros de
la piedra, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque
tu voz es suave, y tu carne hermosa. Con el ejercicio de estas tan
amorosas palabras y de las vertudes que habemos aquí referido, ha
crecido el amor de esta virgen mucho más de lo que se puede encarecer; y
cuando aquí dice de la esposa que
mora en los agujeros de la piedra quiso el
Espíritu Santo significar que esta esposa tiene por morada y continua
meditación las llagas de Cristo crucificado, que es piedra fundamental
de la Iglesia Cristiana. Pues en estos agujeros comenzó a morar esta
nuestra paloma dende que era novicia, y en esta misma morada habita
también agora; y contemplando en ellos esta obra de amor que Dios nos
descubrió en este misterio, crece en ella el mismo amor junto con una
grande compasión de lo que el Esposo por ella padeció; lo cual
crece tanto en la semana santa que los tres días de ella, que son
miércoles, jueves y viernes, persevera sin comer bocado. Y,
preguntándole yo por esto, me respondió que, traspasada su
ánima con el sentimiento de los dolores que su Esposo estos días
padeció, no puede comer bocado y, siendo tan flaca y dilicada, persevera
estos días ayuna, y más agora, siendo perlada, haciendo el
mandato y lavando los pies y manos de sus religiosas, andando siempre de
rodillas.
Síguense unos coloquios amorosos que esta
virgen escribió por su mano, con que se ejercitaba en el amor del
Esposo
Conviene al ánima que desea
hallar a su Esposo Jesús que niegue a sí misma y se haga una cosa
con Él, teniendo un mismo querer y no querer. Conviene, oh ánima
amorosa, que, pues te has de unir con Dios con unión de amor, que
desfallezca tu amor en ti por perfecta abnegación de tu proprio amor y
tu propria voluntad, de modo que ninguna cosa quieras sino al mismo
Jesús y lo que Él quiere. El amor que es puro y libre, en todas
sus obras endereza su fin a Dios con una intención pura y sencilla.
Grande es el poder de este amor, pues él entre todas las virtudes puede
hacer al ánima una cosa con Dios. ¿Qué mayor descanso que
no tener otro querer sino el de su amado?, ¡Oh cuán con poco
trabajo se gana tanto!
Una de las cosas que es menester para
alcanzar este amor es una fe grande y confianza viva en Dios, desechando vanos
pensamientos y deseos que ocupan al ánima y impiden la unión del
amor. Aquella ánima que, confesada de sus pecados, se arroja en los
brazos de Dios con esta finísima fe, no tiene por qué temer,
porque Dios es fidelísimo y no falta a los que confían en
Él. ¡Oh Señor mío y Dios mío!;
¿cuán dichosos son los que Vos aman y cuán felices los que
esperan en Vos!; porque cierto es que Vos amáis a los que Vos aman, y no
desamparáis a los que en Vos ponen todas sus esperanzas. ¡Oh amor
dulce de las ánimas humildes!, ¡cuán suave sois y
cuán deleitable! ¡Oh amor santo, oh amor de los limpios de
corazón!, ¡qué blando y benigno sois a los que Vos buscan!
¡Oh amor mío, dulce Jesús!, ¡cuánta suavidad
cuánta dulzura, cuánta alegría, cuántos deleites
aun en esta vida dais a las ánimas que Vos aman, y aun en los trabajos y
afrentas (si este nombre pueden tener), estáis derramando grande
suavidad en los corazones de ellos! Bien dice la esposa en los Cantares, que
vuestro nombre es ungüento derramado.
Pues, oh amor, si en las cárceles y trabajos dais tantos gustos y
consolaciones, ¿qué será en la patria? Seguid, hermanas,
este vuestro Esposo por onde quier que fuere y no podréis errar; corred
con vuestras compañeras sus esposas en pos de Él, y no haya cosa
que os aparte de su amor, sin el cual nadie le puede agradar. Es tan enamorado
de esta virtud de la caridad que, mirando la esposa que con ella está
vestida y adornada, con grande amor le dice, Heriste mi
corazón, hermana mía, esposa, heriste mi corazón; y
no se harta de hablarla de
hermosa y bien ataviada en todas las cosas.
Estas dilicias no hay lengua que las pueda declarar porque sobrepujan todo lo
que el entendimiento humano por sí solo puede comprehender.
Dice el Esposo hablando con el
ánima devota:
llevarla he a la soledad y hablarla he al
corazón. ¡Oh esposas de este Señor, oh almas criadas
para tanto bien!, corred y no os detengáis, para que gocéis de
las delicias y suavidad de este Señor y no haya cosa que os detenga en
este camino; corred al palacio del Esposo, que llama a cada una de vosotras
diciendo:
levántate y date priesa, amiga
mía, paloma mía, y viene a mí. Este es Señor
tan deseoso de enriquecer las esposas de sus bienes, que unas veces las llama
que se den priesa, y otras veces Él mismo llama a la puerta diciendo:
ábreme, hermana mía y amiga
mía. Mi dulce Señor, ¿quién no arderá
en vuestro amor, y quién se podrá esconder de vuestro resplandor,
pues vos sois más deseoso de darme este amor que yo de buscarlo? Y
¿quién durará de hallarlo, si perseverara en buscarlo en
cuidado, pues Vos, mi Dios, nos convidáis a buscarlo y salís al
camino a esperar al que Vos busca? ¡Oh dulce amor!, cuántos modos
buscastes para llevar a Vos las ánimas que redemistes y ni agora
cesáis de llamarlas para las bodas del cielo, por todas las vías,
ora viniendo a ellas, ora llamándolas Vos. Venid señor
mío; venid, suave amor mío; venid, única esperanza
mía; venid, Dios de mi corazón; venid, padre mío; venid
Vos, todo mi bien. ¡Oh verdad que nunca falta!, Vos decís:
yo estoy llamando a la puerta; quien me abriere,
cenará conmigo. ¡Ah, Señor mío!, entrad en
mí, que vuestro es este corazón, y el ánima y la voluntad
todo está abierto para Vos. Entrad, amor, y cerrad la puerta; sellalda
con vuestro sello. ¡Ah, Señor! sea luego. ¿Qué es lo
que Vos detiene? Vos queréis y yo a solo Vos quiero. Pues
¿qué es esto?, ¿qué tardanza es esta? De mí
viene esta dilación. Vos sólo la sabéis, y Vos sólo
la podéis remediar, y, pues tenéis para eso el poder y el querer,
veisme aquí, Señor; cortad por donde quisiéredes, porque
todo soy vuestra, y en vuestras manos me pongo. Tomad esta voluntad y hacelda
una con la vuestra. ¡Oh mor!, ¡oh Señor! no tardéis,
porque mi ánima desfallece por vuestro amor. ¡Oh corazón
mío!, no se sufre más esperar; venid, daos priesa.
Ecce dilectus meus. Este amad, por
éste morid, en éste venid, en éste sean vuestros deleites,
a éste buscad, en este bien descansad, aquí por amor, allá
en gloria sin fin.
Otro coloquio amoroso
¡Oh amor mío, dulce
Jesús! ¿quién Vos hizo venir del cielo a la tierra? El
amor. ¿Quién Vos hizo sufrir tantos y tan terribles tormentos
hasta la muerte? El amor. ¡Oh fuerte amor más que la muerte!,
¡oh grande fuerza, que venciste al invencible!, ¡oh amor, de lo que
era ya perdido remediador! Pues, dándonos a Dios, nos diste vida,
gloria, alegría, gracia, perdón y remedio y todo lo que en Dios
había, cuando abrasado en caridad lo vestiste de nuestra mortalidad,
vistiéndonos Él de su divinidad. Ya no haya, Señor
mío, corazón que no sea de ti poseído, pues en ti
está lo que sólo harta y da cumplido reposo. Haz, Señor,
que éste mío en ti sea consumido y que, abrasado de ti, viva
sólo para ti, pues Tú Señor, diste tu vida toda para
mí. Haz que yo sea en ti transformada y no viva ya más para
mí, sino para ti. ¡Oh dulce maestro, oh dulce guía, y suave
amor, Jesús! ¡Cuán dichosos son aquellos que de ti son
poseídos y de ti son sustentados y abastados! Poned vida, ¡oh
dulce esposo mío! Hacedme que Vos conozca, porque quien Vos conoce
él Vos ama, desprecia a sí y ama a Vos más que a
sí. ¡Oh alegría de mi corazón!, cuán dichoso
es aquel que halla este tesoro de vuestro amor. Vos dejisteis que el que
tuviese su corazón vacío de todo otro amor peregrino
hallaría el vuestro.
Este tesoro quiere ser buscado con
mucho cuidado, con suma diligencia, con limpio corazón, con pura
intención, con fe firmísima, con un cuidado sin otros cuidados,
con ojos de paloma. Quiero decir que sólo me vea a mí, de tal
manera que solos mis defectos me parezcan muy grandes y los de los otros muy
pequeños. Y quien de veras busca la verdad eterna no se ocupa en otra
cosa sino en lo que desea y en lo que le falta para alcanzarlo. Este camino no
sufre dilación, el que mira atrás ya pierde jornada. Por esto
¡adelante!, ¡adelante!, puestos los ojos en este bien en que tanto
nos va, no hay cosa que os haga volver atrás. Si lo deseáis,
aquí lo tenéis. Dejaos a vos y hallarlo heis. No se niega este
amor a quien lo busca de todo corazón, porque Él es benigno,
manso y piadoso y amador de un corazón humilde, limpio, confiado en
Él y desconfiado de sí. Este tal, Señor mío, os
hallará y Vos os manifestaréis a él, y verá vuestra
deseada faz y hablaréis a su corazón palabras de vida.
Y, porque el ánima se puede por
esta vía de amor unir a Él, conviene disponer la memoria,
vaciándola de todo el vano, ocioso y mal pensamiento. Vaya, pues, todo
fuera, todo fuera cuanto hay en el mundo. Sólo el corazón sea de
Aquél que todo se os ha dado por vos. ¡Oh corazón, que
sólo para amar fuistes criado!, todo fuera cuanto hay en la tierra, por
amor de Aquél que todo se dio por ti. Pues todo aquello que se abraza
con alguna demasiada afición pone impidimiento y medio para unirse el
ánima con Dios, el perfecto amor levanta la criatura sobre sí y
sobre todas las cosas y sobre todas ocupaciones, y con grande ímpetu de
espíritu se transporta en Dios y en Él reposa como en su centro y
último fin.
¡Oh amor!, ¡oh dulzura!,
¡oh bondad! Quien te gusta no sabe vivir sin ti. ¡Oh hermosura!,
¡oh tesoro de todos los bienes!, ¡lumbre de mis ojos, oh dulce y
suave Jesús! ¿Qué corazón hay tan de piedra que no
se ablande y derrita con vuestro amor? ¡Oh Dios de mi corazón y de
mi vida, oh fuego abrasador de corazones no hay corazón que de este bien
sea excluido; mas abrasad, Señor, a todos con vuestro amor, para que
veamos que Vos solo sois digno de ser amado, pues amáis y sois amor y
amador.
Fundaos pues, hermanas mías, en
este amor, porque donde éste entra, todas las virtudes trae consigo, y
ninguna permanece ni es segura sin Él; porque quien ama es humilde y
obidiente y amador de todas las virtudes. Sed pues muy enamoradas, porque
importa esto mucho, mucho, mucho; y, después que lo
experimentáredes, sabréis cuánto más importa esto
de lo que digo. Pues quien quisiere tener conocimiento de Dios, ame; quien
quisiere ir al cielo, ame; quien quisiere tener vida bienaventurada, ame; quien
quisiere vivir contento y consolado, ame; quien quisiere gustar
cuán suave cosa sea Dios, ame; quien
quisiere carecer de los tormentos de la vida y de la muerte, ame; quien
quisiere poseer un bien en quien están todos los bienes, ame; quien
quisiere salir vencedor en las batallas espirituales de esta vida, ame; quien
quisiere triunfar de la muerte, del mundo y del demonio, ame; quien quisiere
agradar a los ojos del Esposo celestial, ame; porque sin amor nadie le agrada y
con él todo le agrada. Este amor,
per se sufficit, per se placet, ipse meritum,
ipse praemium sibi est.
Alégrese el corazón humilde de los
que buscan al Señor, pero mucho más el de los que hallan;
porque, si es cosa dulce buscarlo, cuánto más lo será
hallarlo. El amor todo lo prevee, y, doquier que llega, todo lo ordena a su
amado. Quien quiere hallar este tesoro tan precioso no debe descansar. El
acertar en este camino es humillarse y no poner el gusto en las cosas de la
tierra que tan presto se acaban. ¡Oh amor!, ¡oh Señor!,
¡oh, quién alcanzase ya este amor, esta gracia, esta misericordia,
esta lumbre, estas riquezas! Este tal no tiene ya qué desear, pues ya
tiene a Él que solo merece ser deseado. ¡Oh vida, oh dulzura y
bondad!, quien una vez gusta de ti no puede vivir sin ti; y éste no vive
ya para sí, sino para ti; porque en ti y por ti (y como Tú eres
la misma vida y dador de vida) vive, porque Tú quieres que viva.
¡Oh dulce vida! ¡oh dichosa vida!, ¡dichosos los que viven en
ti!
Coloquio amoroso más breve
¡Oh único amado del
corazón y de la pura enamorada ánima que te tiene en los brazos!
¡Cuán bien entienden esto aquellos que lo espirementan! ¡Oh
bien incomprehensible, que merece ser amado entrañablemente! Cuán
alegre, cuán bienaventurada y cuán suave es esta brevecica hora
en la cual te amamos en esta vida presente. Mi ánima sea todo derretida
con las suavísimas palabras de su Amado. Dice el Esposo a la esposa en
los Cantares:
aparta tus ojos de mí, porque ellos me
hicieron volar. ¡Oh Esposo mío!, no apartesde mí esos
tus ojos, porque sin ellos no podré yo volar. Y ¿qué
digo?, oh robador de mi ánima y ladrón mío,
enséñame Tú, Señor, que yo no sé lo que me
digo.
Suene tu voz en mis oídos, porque mi
ánima se derritió cuando oyó la voz de su Amado.
¿Qué corazón hubo jamás tan de piedra, que
ánima tan helada y fría, quien a las dulces y divinas y
amantísimas palabras tuyas (que echan de sí un sobrenatural
fervor) no se ablandasen y inflamasen con tu suavísimo amor? Maravilla
grande es y admirable sobre toda admiración, si alguno te contemplare de
esta manera con los ojos interiores de su ánima y no se derritiere todo
su corazón en tu amor. ¡Oh, verdaderamente bienaventurado aquel
amador cuya ánima merece llamarse esposa tuya! ¡Cuán gran
consolación, y cuán suave y celestial, saca de ti; cuántas
blanduras secretas recibirá de tu amor! ¡Oh, Señor
mío, si yo fuese digna que mi ánima se llamase amadora tuya!
¡Oh, bienaventurado aquél que Tú haces digno de tu
suavísima amistad! Tu conversación purísima, espejo de
honestidad y pureza, tu faz graciosísima, de tu boca salen palabras de
vida.
Esto baste agora para alguna
declaración de la caridad de esta virgen; lo demás quedará
para adelante.
  Capítulo XII
De la paciencia y fortaleza a que el Esposo
exhortaba a esta virgen
Dicho de la caridad de esta virgen,
será razón decir también algo del principal efecto de esa
caridad, que es desear padecer trabajos por amor de Dios. Y así, uno de
los principales efectos que obraba este amor en su ánima era desear
padecer mil muertes por Él; y no se contentaba ella con padecer
cualquier linaje de muerte, sino recreábase diciendo que, tajadica a
tajadica quería que fuesen cortados todos los miembros de su cuerpo,
para que el padecer, durase por más largo espacio.
Mas, para entendimiento de esto, se debe
notar que, como el fin de la ley y de todos los mandamientos divinos sea la
caridad (como el apóstol dice), y en esa caridad haya muchos grados,
unos más perfectos y otros menos; entre los más perfectos es uno
desear padecer trabajos por amor de Dios, y
alegrarse y gloriarse en ellos, como lo dice
San Pablo; y como lo hicieron los apóstoles cuando fueron azotados por
amor de Cristo; y así mismo los santos mártires, muchos de los
cuales, sin ser buscados, se ofrecieron voluntariamente a los tormentos por
Él. Este parece el más alto grado de la caridad y de la
perfección humana. Por lo cual, alabando el Señor a su
apóstol San Pablo, y habiendo tantas gracias y virtudes que alabar en
él, de ésta señaladamente hizo mención diciendo:
yo le enseñaré a él
cuántos trabajos le convenga padecer por amor de mí.
I. [Diversos aparecimientos]
Pues a esta manera de paciencia y
fortaleza animaba el Esposo siempre a esta su esposa con diversos
aparecimientos. Porque una vez le apareció el día de la
Exaltación de la Cruz, muy de mañana, estando ella en sus
sentidos, con una grande cruz. Entonces cayó ella en tierra a sus pies y
Él le dijo si quería aquella cruz. A esto ella respondió:
bien sabéis Vos, Señor, que ninguna cosa más deseo en la
vida que ésa. Y pasando muchas palabras amorosas, abrazada con la cruz,
la llamaba esposa, hermosa y lecho suavísimo de flores, las cuales el
Esposo tenía plantadas en su huerto, al cual ella le convidada que
viniese, para que fuese digna de ser llevada al huerto del Esposo
diciéndole Él: veni in hortum meum, soror mea
sponsa. Estando de esta manera ella de rodillas abrazada con la parte
más baja de la cruz, allí la apretaron tan recio con ella que le
pareció morir, por el gran dolor que sintió y reventóle
mucha sangre, así del pecho como de la cabeza; y díjole entonces
el Esposo: determino por esta vía hacerte semejante a Mí, y,
dicho esto, desapareció.
El día de San Andrés, le
apareció el Esposo con una grande cruz y le dijo: quiérote mucho,
porque eres amiga de la cruz; conviene saber, de los trabajos que se entiende
por ella. Y en esto sintió un tan gran dolor que la despertó y
volvió en sus sentidos; y por aquí entendió que luego el
Esposo quería que probase por experiencia los trabajos y dolores a los
cuales Él por aquella visión la convidaba.
Y no sólo por la figura de la
Cruz, como arriba declaramos, sino también por figura de cáliz
(que significa lo mismo), la exhortaba a padecer. Y así un día de
nuestro glorioso Padre Santo Domingo, estando en el coro alto, después
de dichos los maitines muy solemnes, y estando ella arrimada a un altar de
nuestro Padre, que está en el mismo coro, tuvo un grande rapto, conforme
a la dignidad de aquel día; porque en las mayores fiestas
comúnmente goza ella de alguna fiesta que el Esposo le hace. Pues, en
este particular rapto, vio al Esposo en el aire con un cáliz en la mano,
el cual arrimó a la llaga de su sagrado pecho y lo hinchó de un
preciosísimo licor, y entrególo a nuestro glorioso Padre Santo
Domingo, para que lo diese a esta virgen. Con lo cual fue tan grande el
ímpetu del Espíritu y el deseo de beber de este cáliz, que
juntamente con el espíritu, se levantó el cuerpo de la tierra,
para tomar el cáliz y beber aquel licor precioso que le ofrecían;
en el cual halló tan grande suavidad que con ninguna palabra se puede
explicar. Y en el nombre de cáliz entendió los trabajos a que la
exhortaban, y en la suavidad del licor, que contenía la suavidad y
alegría que reciben con esos trabajos los que intrañablemente
aman a Dios.
Otro aparecimiento hubo,
después de éste. Y, para esto, es de saber que, así como
este Esposo desea ser amado, así huelga con las palabras significativas
de este amor. Por esto preguntó a la Magdalena, cuando lloraba par del
sepulcro:
mujer, ¿por qué lloras?, ¿a
quién buscas? Pues sabía el Salvador lo uno y lo otro, pero
hízole esta pregunta, porque así la pregunta como la respuesta
enternecía mucho el corazón de esta grande amadora de Cristo.
Porque preguntar por qué lloraba era traerle a la memoria las causas de
su dolor. Otra semejante a ésta acaeció a esta virgen en una
imaginaria visión, donde vio el Esposo acompañado con la Santa
Magdalena y Santa Catalina mártir, y Santa Catalina de Sena y San[ta]
Inés, la cual traía consigo un cordero y una cruz en la mano. El
Esposo, pues, deleitándose con la pureza y amor de estas santas,
preguntó a esta virgen cuál de ellas le amaba más. A esto
respondió ella: Vos, Señor, sabéis que yo Vos amo mucho;
más quién Vos ama más Vos lo sabéis. Entonces le
entregó el Esposo aquella cruz que San[ta] Inés traía,
como si le dijera: pues que tanto me amas, abraza esa cruz, esto es,
aparéjate a padecer trabajos por mi amor.
Otra vez, estando en cama, siete veces
sangrada, le apareció nuestro glorioso Padre Santo Domingo con una
grande cruz. Dijo entonces ella: ¿qué es eso, Padre mío?,
¿con ese ramo me acudís sobre siete veces sangrada? Este es (dijo
él) el que tú deseas y el que agora quiere el Esposo que abraces.
Más es agora de saber que en esta santa casa se tiene por estilo, cuando
sangran alguna religiosa, traerle algún ramo o agua olorosa, o cosa
semejante, para refrigerio de la doliente, y a ésta llaman ramo. A este
propósito dijo la virgen aquellas palabras, entendiendo por esta
visión que la voluntad del Esposo era padecer trabajos por su amor, a lo
cual la exhortaba con aquella grande cruz.
Por todos estos aparecimientos animaba
el Esposo a esta su esposa a padecer trabajos y alegrarse en ellos por su amor.
Y, entendiendo por estas liciones cuánto agradaba al Esposo el padecer,
creció tanto en ella este deseo que no se contentaba con desear poner la
vida por Él, sino con grande amor y fervor de espíritu
decía que deseaba la hiciesen mil pedazos por Él, y que,
después de muerta, tornase a resucitar para padecer otra vez por
Él; y así otra vez y otras veces muriese y resucitase para lo
mismo.
Este es el lenguaje de amor el cual no entiende
sino el que ama, como San Bernardo dice. Mas quien hubiere leído el
martirio de San Clemente, obispo de Ancira, que está en la segunda parte
de nuestra
Introducción del Símbolo, no
extrañará este afecto y deseo de nuestra virgen; pues allí
leerá que este santo obispo pidió a Nuestro Señor que toda
la vida que viviese padeciese siempre diversos martirios por Él; y
así, por espacio de veinticuatro años, padeció diversos
martirios, ejecutados ya por unos tiranos, ya por otros; porque, cuando uno
quedaba vencido, remetíanlo a otro, que con otros nuevos tormentos lo
martirizase; y, de esta manera, se pasaron todos estos años
susodichos.
II. [Paciencia y fortaleza, necesarias para la
perfección]
Mas, volviendo al propósito, la
causa porque el Esposo por tantas vías y aparecimientos exhortaba a la
virgen al amor de los trabajos era no sólo por encender su
corazón deseo de derramar su sangre por Él, sino también
porque, como Él quería que su esposa fuese perfecta, era
necesario que estuviese esforzada para los trabajos que se requieren para
alcanzar esta perfección, sin los cuales no se alcanza. Porque apenas se
da paso en este camino (a lo menos a los principios hasta hacer hábito
en la virtud), que no cueste sangre y trabajos. Porque los ayunos, las
oraciones continuas, las vigilias, las disciplinas, la cama dura y la
áspera vestidura y otras asperezas semejantes no se hacen sin trabajo y
sin vencer la naturaleza, que es amiga del descanso y enemiga de trabajo. Pues
ya mortificar los apetitos y pasiones y proprias voluntades y los siniestros de
las malas inclinaciones con que muchos nacen, cuánto trabajo y
cuánta diligencia cuesta. De aquí es que Salamón en sus
Proverbios, a cada paso, de propósito y fuera de propósito,
está tirando saetas al perezoso y negligente, denunciándole la
perdición que por esto le ha de venir; y por otra parte está
exhortando al trabajo, a la diligencia, a la paciencia y fortaleza para vencer
todas estas dificultades y contradicciones susodichas. Y así en un lugar
dice:
la mano floja y remisa acarrea consigo pobreza,
mas las manos de los fuertes son las que adquieren las verdaderas
riquezas. Y en otra parte dice: la mano de los fuertes
alcanzará señorío y victoria contra sus enemigos, mas las
manos flojas y remisas pagarán tributos, esto es que
servirán a los apetitos de su carne y de sus propias voluntades, que son
los tributos que el príncipe de este mundo pide a sus vasallos. Estas
mismas sentencias repite muchas veces este gran sabio como quien
entendía que el fundamento y la raíz de todo nuestro
aprovechamiento consiste en sacudir de nosotros todo género de pereza y
negligencia, y abrazar la cruz de los trabajos, que para lo dicho y para
alcanzar todas las virtudes se requieren; pues todas ellas están
cercadas con un fuerte muro de dificultad y trabajo, el cual se ha de romper
con esta fortaleza, para apoderarse el hombre de la virtud que con él se
alcanza. Pues ¿qué cosa hay en todo lo que aquí se ha
dicho, para que no sea necesario esfuerzo para vencer la naturaleza corrupta
por el pecado? Por lo cual, declarando San Juan Clímaco qué cosa
era ser monje, dijo: monje es perpetua violencia de naturaleza
y guarda solícita de los sentidos, para que no se nos entre la muerte
por ellos.
Mas aquí es mucho de notar que,
cuan necesaria es esta fortaleza para la conquista de las virtudes, tan
dificultosa es de alcanzar, lo cual no calló el mismo Salomón
(que tanto nos exhorta a ella) cuando dijo:
mujer fuerte ¿quién la
hallará? Muy lejos y en los últimos fines de la tierra
está el precio de ella. En las cuales palabras muestra la
dificultad de esta virtud, dando a entender que no se halla luego a tras mano
(como dicen), sino que es necesario andar mucho camino y trabajar mucho por
alcanzarla, y que el precio porque se compra es muy caro, que es la victoria de
sí mismo y mortificación del amor proprio. Y por ser esta materia
muy importante para la vida espiritual, no me extrañe el piadoso lector,
si a lo que tengo dicho añadiere un punto.
III. [Difícil vencimiento del amor propio.
Un caso en la vida de esta virgen]
Es pues agora de saber que, así
como la virtud de la verdadera humildad es muy dificultosa, porque tiene un
grande contrario, que se ha de vencer para alcanzarla, que es el apetito de la
honra, y de la propria excelencia, a que los hombres son muy inclinados,
así esta fortaleza es no menos dificultosa de alcanzar, porque tiene
otro más poderoso contrario, que es el amor proprio con todos los
afectos que de él proceden, que es la más vehemente de todas
nuestras pasiones y la raíz y fuente de todas ellas. El cual amor
proprio es enemigo de todos los trabajos y, por el contrario, amigo de todos
los regalos y descansos. Porque quiere comer y beber y reír y gozar y
holgar y pasear y parlar y conversar doquiera que halla algún
refrigerio; quiere la cama blanda, la mesa rica, la vestidura preciosa, la
familia grande, la casa espaciosa y, finalmente, quiere todo aquello que a la
carne agrada y huye de todo lo que le amarga. Y todos estos apetitos y deseos
ha de vencer el que desea alcanzar esta fortaleza que decimos; y así no
pelea contra un solo enemigo, sino contra todo este ejército que trae
consigo el amor proprio. Y por esto hacía oración el profeta
cuando decía:
Ten compasión, Señor, de
mí, porque el hombre me ha pisoteado, el día me ha hecho guerra,
y atribulado; porque son muchos los que pelean contra mí. Y por
este hombre entiende el profeta el hombre viejo y terreno, donde reina el amor
proprio; y por esta muchedumbre de combatientes entiende los afectos
susodichos, que nacen de esta mala raíz, cuando se desordena. Por donde
se entiende la dificultad que hay en alcanzar esta fortaleza, pues para ello es
necesario vencer todos estos enemigos; por donde no es de maravillar que el
Esposo celestial por tantos modos exhortase a esta virgen al amor de la cruz y
de los trabajos que se requieren para llegar a la perfección y,
juntamente con esto, la prevenía y apercebía para sufrir los
dolores de las llagas que adelante trataremos.
Otro caso añadiré a los
pasados, el cual, aunque lo pongo en este capítulo de la paciencia, no
menos pertenece a los de la mansedumbre y de la humildad, por ser estas tres
virtudes muy hermanas entre sí y ayudarse las unas a las otras. Porque,
bien mirado, la mansedumbre y la humildad son como esmalte de la virtud de la
paciencia, porque puede haber paciencia en una injuria, pero con desabrimiento
y amargura de corazón, la cual curará por una parte la virtud de
la humildad, haciendo que el hombre se abaje y humille, reconociéndose
por merecedor de todas las injurias; y por otra parte la mansedumbre, haciendo
al hombre sufrir aquella injuria con un corazón manso y quieto y fuera
de toda aquella alteración interior y exterior. Y en estas dos virtudes
fue esta virgen tan extremada que alguna vez se me representaba ser esta la
causa por que el Esposo celestial tanto la ama, de que dan testimonio tantos
aperecimientos y favores que le hace, porque, como la semejanza sea causa de
amor, estas dos virtudes hacen al hombre semejante a aquel Señor, que
dice:
aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón.
Mas, antes que refiera este trabajo,
diré de la manera que Nuestro Señor le apercibió para
él, en lo cual se verá la prudencia paternal que tiene de sus
siervos, probándolos con trabajos y dándoles fuerzas para
sufrirlos. Porque, estando ella en oración, le apareció el Esposo
con una grande cruz, esforzándola a llevarla, lo cual ella aceptó
muy confiada en Él. Y es de notar que, todas las veces que había
de tener algún trabajo, la preparaba Nuestro Señor con mostrarle
una cruz; mas hubo en esto una diferencia: que este tiempo le mostraba estas
cruces solas, sin las traer nadie, y agora, de algunos años a esta
parte, Él mismo las trae, y, algunas veces, se las envía por
nuestro Padre Santo Domingo.
El caso fue que un hermano de esta
virgen, queriendo ir a la jornada de África y llevar un hijo solo que
tenía, dejó en el convento de la Anunciada dos hijas suyas muy
mozas, en hábito de monjas, con intento que, llegando a edad, hiciesen
profesión; y dejólas muy encomendadas a esta virgen, su hermana,
que mucho amaba; y ella las criaba en buenas costumbres y las amaba como a
hijas, y ellas a ella como a madre. Subcedió, pues, la pérdida
del Rey Don Sebastián y de su gente, y, hasta el año de en que
esto aconteció, no había nueva cierta del hermano y sobrino de
esta virgen. Y, porque, siendo muertos, la mayor de estas mozas quedaba
heredera de un buen mayorazgo, aprovechándose pues el demonio de esta
ocasión, ordenó que un caballero principal, tío de estas
mozas, hermano de su madre, se persuadiese que pretendía nuestra virgen
casar su sobrina, heredera de su hermano, con un pariente suyo (cosa muy lejos
de su pensamiento, porque lo que deseaba era hacerlas santas). Persuadido este
caballero de esto, se vino al locutorio del convento y, mandando recaudo a esta
virgen, vino ella segura e inocente de lo que subcedió. Mas este
caballero, como venía colérico, le dijo palabras muy
ásperas y afrentosas, porque, entre otras, le dijo que era una
desvergonzada que quería entregar su sobrina y la casa de su padre a un
tal y cual y que él publicaría sus maldades, para que fuese
conocida por ellas; y que no merecía tratar con ella de lo que
determinaba hacer. Y, mandado que le llamasen la madre priora del convento, y
en su presencia y de tres monjas, le dijo las mismas injurias y otras muy feas
palabras; y por escarnio le dijo: «esta es la Santa Catalina de Sena que
a mí me dicían, de quien pensábamos que por sus
merecimientos nos había Dios de librar de tantos trabajos. Bien
sé yo quién vos sois, yo diré al mundo lo que tiene en
vos».
A todo esto respondió la
virgen: «yo no soy Santa Catalina de Sena, mas por [su]f[r]ir semejantes
cosas a ésta vino ella a ser santa. Todo esto que me dice yo lo merezco;
mas, porque son cosas indignas que se digan en presencia de una tal perlada y
de un tan grave convento, me voy». Mas, sin embargo, de eso, aquel
caballero mostró a la priora provisiones y obidiencias que traía
para sacar del monasterio las dos mozas, que aún no eran novicias.
Entonces nuestra virgen se fue al coro, delante del Santísimo
Sacramento, como a lugar de su refugio, a pasar allí su trabajo; y las
mozas fueron sacadas del convento con grande fuerza, aunque a la mayor no se
hizo mucha violencia; mas la menor, no pudiendo sufrir esta fuerza, huyó
para el coro y se escondió detrás de una imagen de Nuestra
Señora, y de ahí fue sacada por fuerza. Mas, viendo ella a su
tía en el coro, se abrazó muy recia con ella diciendo: «mi
señora y mi tía, ¿cómo podré yo vivir sin
vos?» Mas nada de esto le aprovechó para dejar de ser arrancada de
los brazos de la amada tía, la cual estaba toda bañada en
lágrimas. Pero conformóse en todo con la voluntad de su Esposo,
el cual la consoló en esta aflicción, como hizo en otras; porque,
de ahí a pocos días, se supo la verdad de su inocencia. Y no es
de callar que la niña que se acogió a Nuestra Señora la
volvió a recoger, para que, pasadas las alteraciones susodichas, vino a
tomar el hábito al mesmo convento. Y su tía, siendo priora, la
recibió y le dio la profesión con mucha solemnidad y
alegría común de todos. De esta manera suele Nuestro Señor
responder por los que callan y defender a los que en Él ponen su
confianza como lo hizo en la Magdalena, que, siendo una vez condenada en el
corazón del fariseo, y otra vez por los discípulos que
sentían la pérdida del ungüento que derramó sobre la
cabeza del Salvador, Él tomó la voz por ella y ambas veces la
defendió. Y, como sabía esto Moisén, animaba a su pueblo,
diciéndole que callasen ellos, porque el Señor había de
pelear por ellos.
IV. [Otra prueba]
Otra prueba de la paciencia y humildad
de esta virgen añadiré a la pasada; y esta fue que, yendo nuestro
Padre Provincial al monesterio de esta virgen, un hombre bien tratado y bien
hablado y persona grave (mas él debía de ser el demonio en
aquella figura, según lo que dijo el P. Provincial), haciendo grandes
salvas que le quería descubrir una cosa de grande importancia, le
afirmó que esta virgen tenía hecho un tan grave delito que
decirse ni aun imaginarse podía sin gran vergüenza. El Provincial,
espantado y escandalizado de oír cosa tan ajena de toda verdad, como
prudente que era, no hizo caso de ello; antes pensó que tan grande
atrevimiento y desvergüenza no podía ser sino arteficio del demonio
para perturbar esta virgen. La cual supo todo esto por su confesor, a quien el
Provincial lo dijo: y, oyendo de sí una tan infame falsedad, con grande
sentimiento y lágrimas se humilló y dijo: «muy peores cosas
haría yo, si Dios no tuviese de su mano, Él sabe mi inocencia, y
Él me librará como quien es, si fuere servido, y si no,
hágase su voluntad». No faltó el Esposo a esta confianza y
humildad; porque, estando la virgen en oración, ofreciendo su
aflicción al Esposo, Él la consoló
abundantísimamente, porque le mostró una grande escalera que
tenía una punta en tierra y otra en el cielo, que le parecía
estar abierto; y veía al Esposo con una admirable claridad y una muy
hermosa y resplandeciente corona en las manos, y por la escalera le
parecía que subían personas; y decíale el Esposo:
«por esta escalera suben los atribulados». Y, mostrándole
aquella corona, le decía: «María, ¿quieres esta
corona ahí en la tierra, o en el cielo?» Respondía ella:
«mi Señor, para allá la quiero, que acá tengo una
que Vos me distes, con que estoy muy contenta». Acabado esto,
quedó ella muy consolada y animada para mayores trabajos.
V. [Sequedades y desamparos]
Una de las mayores fatigas y mayor
prueba que hay en la vida espiritual son las sequedades y desamparos sensibles
de Nuestro Señor, que suelen acaecer, y, en algunas personas
aprovechadas, vienen a ser tan grandes que les hacen caer en cama y adolecer
gravemente. Porque como las tales han despreciado por amor de Dios todos los
gustos y regalos del mundo, por los que hallan en Dios, cuando éstos les
faltan, vense en gran desamparo y tristeza, sin los unos y sin los otros. La
cual tristeza procura acrecentar el enemigo para derribar el vigor del
corazón y hacerlo desmayar, haciéndoles creer que aquel desamparo
nace de algunas secretas ofensas de Dios, lo cual es para ellos un muy agudo
cuchillo de dolor. Y de esta manera el santo Job, entre otras aflicciones y
dolores exteriores, fue también interiormente aflejido, como lo muestran
aquellas palabras, en que dice que le había Dios quitado
la esperanza, como a un árbol arrancado de raíz, que ya no puede
volver a nacer. Por las cuales palabras no entendimos que el santo
varón había perdido totalmente la confianza, sino las tentaciones
que padecía acerca de ella. Porque, en otra parte, esforzado con Dios,
dice:
aunque me mate, no dejaré de confiar en
Él. Para ejemplo de esto y consuelo de los siervos de Dios, que en
tales trances y aprietos se vieren, servirá grandemente el ejemplo que
aquí contaremos, por el cual entenderán ser ésta una de
las más finas pruebas de la verdadera virtud, con la cual suele Nuestro
Señor ejercitar y purgar a sus siervos y fundarlos en la virtud de la
humildad.
El caso fue que, estando ella en
tranquilidad y con muchos regalos de su Esposo, a deshora y sin pensarlo, le
sobrevino una tempestad y tribulación de grande descrédito y
afrenta suya. Y (lo que más la lastimó) que fue nacida de
personas de quien menos la esperaba y menos la merecía, y fue tan grande
que no se acordaba ella de tenerla tal en su vida, así en lo exterior
como en lo enterior. Porque en el cuerpo, de la punta del pie hasta la cabeza,
no había parte que no padeciese su dolor; y en lo enterior fue tan
grande la sequedad y desamparo que ni un momento tenía de
consolación y sosiego. Entendía su mal y no podía valerse;
veía el remedio y no se aprovechaba de él; los ojos eran fuentes
de lágrimas; el corazón parece que reventaba; el comer y el
dormir, cuasi nada; su único remedio y consolación (que es el
Santísimo Sacramento) no le daba el alivio acostumbrado; y así
andaba consumida y desfigurada. Estando en este aprieto, acertó de
hablar con una persona su amiga, de quien algunas veces se fiaba, la cual,
viendo tan grande mudanza y una tan extraordinaria tristeza, que en ella era
cosa muy nueva, preguntóle la causa de esta novedad; y, aunque se
excusaba, insistió tanto que reventó la virgen con un arroyo de
lágrimas y contó por extenso la causa de su tribulación,
que es la que arriba está segnificada. Oyendo esto aquella persona con
mucha compasión, maravillávase como un Dios tan amoroso trataba
así una alma tan pura, tan su amiga y tan inocente; porque sin dubda, en
aquella afficción que padecía, ni sombra de culpa había de
su parte. Y, aunque vio que en solo Dios estaba el remedio, todavía le
dijo: «señora, un corazón tan grande, en quien Dios siempre
mora, y Él es su fortaleza y su alegría, ¿cómo
está tan flaco y triste en esta batalla?» Respondió ella:
«si yo no supiese que Nuestro Señor era el que esto hacía,
ya fuera muerta. Y no os maravilléis de verme cual estoy, que más
fuerte y más santo que yo era San Pablo y no dejó de sentir mucho
sus tentaciones y pedir a Dios tres veces lo librase de ellas. Y, aunque yo no
merezco oír como él:
sufficit gratia mea, no por eso
desconfiaré de su misericordia. No soy insensible; si no sintiese los
tormentos, poco me aprovecharía. Sé que lo que me conviene es
padecer, sé que el Esposo quiere que me parezca con Él, y
sé que cuesta mucho querer parecerse con Él, y también
sé que todo lo que padezco no llega a una mínima de lo que
Él por mí padeció; y por eso vengan más y
más trabajos, que para todos estoy aparejada; ayudadme a pedir al Esposo
que no me desampare y cargue la mano cuanto fuese servido».
Antes de esto le había el
Esposo aparecido algunas veces con cruces; y una de ellas fue con una cruz muy
grande y muy pesada; y, preguntándola si podía llevarla a
cuestas, respondió: «sin Vos, Señor, con nada podré;
mas con Vos podré con todo». Y púsole el Esposo la cruz en
los hombros y fue la carga tan pesada que parece que le molía los
hombros y todos los huesos y quedó por muchos días con grandes
dolores en todo el cuerpo. Esta persona que habló con la virgen
sabía de este aparecimiento, y preguntóle si era ésta
aquella cruz pesada que le molió los huesos. Respondió: «o
ella es, o puerta para ella».
Aquí, pues, verán los
amadores de la perfección a qué extremo llega Nuestro
Señor algunas veces con sus fieles amigos, donde hallarán
vereficado lo que aquella devota madre de Samuel dijo en su cántico:
el Señor da vida y mortefica, abate hasta
los infiernos y saca de ellos. Porque aquel desamparo de Nuestro
Señor es para ellos, en su manera, semejante a la del infierno, lo cual
también significó el profeta cuando dijo:
sálvame, Señor, porque han entrado
las aguas de las tribulaciones en mis entrañas y véome atollado
en lo profundo del cieno y no hallo sobre qué hacer pie, ni sobre
qué estribar, porque no veo cosa que me consuele. Y no estaba muy
lejos de esto con toda su santidad, el apóstol cuando escribiendo a los
de Corinto dice así:
quiero daros noticia, hermanos, de la gran
tribulación que se levantó contra nosotros en Asia; porque sobre
manera fuimos aflejidos y sobre todas nuestras fuerzas, en tanto grado, que
teníamos por pesada la vida. Esto servirá para que, con
estos ejemplos y probaciones, se esfuercen los amadores de Dios, cuando en esto
se vieron, reconociendo que estas angustias son víspera de grandes
favores. Porque no ahonda aquel sabio artífice tanto los fundamentos de
la humildad con esos desamparos sino porque quiere levantar muy alto el
edificio espiritual y por esto nunca está este Señor más
cerca del hombre que cuando a él parece que está más
apartado, como lo muestran los desamparos del grande Antonio y de Santa
Catalina de Sena y de otros santos.
Mas no se contentó Nuestro
Señor con ejercitar esta virgen en estos trabajos interiores, sino en
muchos exteriores; para los cuales se te ofrecieron tantas ocasiones que
sería largo proceso tratar de todas ellas. Y para una de ellas dio
ocasión una alteración que en esta ciudad de Lisboa se
ofreció, con la cual procuró el domonio, enemigo capital de esta
virgen, desacreditarla con muchas falsedades que levantó contra ella,
las cuales llegaron a oídos de gente muy noble y aun de los
príncipes; de que pudieron resultar grandes trabajos, si Nuestro
Señor no acudiera por la inocencia de su sierva. Y, como ella
naturalmente tiene el corazón muy tierno, lastimábanla mucho
estas cosas; mas llevábalas con una extraña paciencia y
conformidad con la voluntad de su divino Esposo. Y, cuando le contaba algunas
de estas cosas, decía al Esposo: «ya os entiendo, Señor;
queréis que padezca, y yo también lo quiero». Y así
mismo decía había mucho tiempo que pocas veces se pasa un
día en que no tuviese algo que padecer.
Y, porque nadie se maraville de
haberse ofrecido a esta virgen tantas ocasiones de trabajo, estando recogida y
quieta en su monasterio, advertiré aquí que, como el padecer por
Dios sea de tan grande merecimiento, Él mismo, de donde menos se piensa,
levanta ocasiones a sus siervos, que le den materia de padecer, porque ni
quiere que su gracia esté ociosa ni que le falte ocasión para una
obra de tan grande merecimiento como ésta. Porque no sin causa dijo el
profeta:
muchas son las tribulaciones de los justos, mas
de todas ellas los librará el Señor. Ni fueron menos
frecuentes las tribulaciones del apóstol, pues él dice en una
carta suya, que
cada día moría por el provecho de
sus hermanos.
Mas Nuestro Señor, que siempre
después de la tempestad envía bonanza, pasados veinte días
después de la tormenta, estando ella un día de mañana en
oración recostada sobre su cruz, le apareció el Esposo muy
hermoso y resplandiciente diciéndole: «María,
¿dónde está agora el amor de la cruz?,
¿quién la llamará agora mi esposa?» Respondió
ella: «yo, mi Señor, y probaros lo he». «Yo, dijo
Él, holgaré de os oír.» Dijo entonces ella:
«¿quién jamás, Señor mío, amó
la cruz más que Vos? Y ¿quién más suspiró
por ella? Y con todo eso, ¿Vos no dejisteis
tanseat a me calix iste?» Y
respondió el Esposo: «muy bien dejistes y probastes el amor de la
esposa, y así os prometo de haceros muchas mercedes por ella».
Dicho esto, Él se fue y ella quedó muy consolada y aquí
fenecieron las tristezas pasadas.
VI. [Mérito y excelencia]
Y no me puedo contener, aunque me
extienda más de lo justo, sin decir algo de la excelencia y
mérito de esta virtud, ya que traté de la necesidad que tenemos
de ella para lo susodicho, porque esto servirá de estímulo para
que nos esforcemos a abrazar la dificultad de lo uno con el fruto y
mérito de lo otro. Y para esto no alegaré lo que las Escripturas
y los santos dicen del mérito de la paciencia y fortaleza, sino lo que
tengo ya visto por experiencia y
meo argumento, de cuánto
merecen y agradan estas virtudes a Nuestro Señor. Porque he visto
personas de grande santidad y pureza de vida, las cuales quiso Nuestro
Señor ejercitar y probar con grandísimos trabajos de mil maneras
que se ofrecen en esta vida, y señaladamente en grandes y prolijas
enfermedades, acompañadas con pobrezas y con otros muy penosos
accidentes, lo cual no consentirá Aquél que los
guarda como a la lumbre de los
ojos (según Él dice), si no fuese por el grande mérito
que en esto hay. Conocí yo, entre otras personas, una gran sierva de
Dios, la cual había siete años que estaba en cama y con grandes
dolores en todos los miembros, los cuales padecía con grandísima
alegría y contentamiento y con tanta conformidad con la voluntad de Dios
que no consentía que le hablasen cosa de salud, sino en sola esta
conformidad con la divina voluntad. Otras conocí con otras maneras de
trabajos que no se pueden aquí referir. De donde infiero que, pues aquel
Señor, que es más que padre de los justos y que
tiene (como Él dice)
contados todos sus cabellos, consiente en
ellos que padezcan tan grandes dolores, que debe ser grandísimo el
mérito de ellos. Séneca dice que, pues Catón (que
él tenía por hombre muy virtuoso) padeció trabajos, que
debían los hombres tener por buena suerte padecer lo que tal hombre
padeció. Pues con cuánta mayor razón se puede decir esto
de los trabajos que padecen aquellos cuyas vidas son trazadas y ordenadas por
la voluntad de Dios.
También traigo, para argumento
de lo dicho, los grandes dolores que nuestra virgen siempre padece en las
llagas que tiene, mayormente los tres días de la semana, los cuales
(dice ella) que siente tanto como si le hincasen un clavo ardiendo por las
llagas que tiene; y a veces crecen tanto que le parece, si durasen mucho, que
no sería posible vivir, y así su vida es un prolijo y continuo
martirio.
Y, como dije que me espantaba de los
grandes trabajos de los siervos de Dios, así digo ahora que mucho
más me espantan las grandes consolaciones que Nuestro Señor les
dá también con ellos. Porque condición suya es
dar las consolaciones conforme a los
dolores, según dice David; y por esto quien pudiese entender la
grandeza de los dolores que esta nuestra Virgen padece no dubdaría de
las grandes consolaciones y favores con que el Esposo en medio de tantos
dolores la sustenta y consuela. Pero, sobre todas estas experiencias y
argumentos, la cosa que más declara la grandeza del mérito de los
trabajos es haber ordenado el Hijo de Dios con especial providencia que su
inocentísima y santísima Madre se hallase presente al pie de la
cruz, padeciendo allí los mayores dolores que (después de los del
Hijo) jamás se padecieron. En lo cual tiene bien el piadoso lector en
qué pensar, para entender por este argumento lo que hasta aquí
habemos dicho.
  Libro III
En el cual se trata de los favores y previlegios
singulares que nuestro Señor comunicó a esta virgen, y de algunas
visiones y aparecimientos que en algunas fiestas principales tuvo
  Capítulo I
Cómo Nuestro Señor
señaló a esta su esposa con las insignias de su sagrada
pasión
Hasta aquí, habemos tratado algo
de las virtudes y ejercicios espirituales de esta virgen. Y digo algo, porque,
como la mayor parte de esta historia haya sido escripta por mano de ella
(siendo para esto compelida y obligada por la obediencia de sus perlados, como
arriba declaramos), no quiso ella escribir nada de sus virtudes, sino de los
favores y mercedes que de Nuestro Señor había recibido como
persona que trataba de esclarecer la gloria de Él y de encubrir la suya.
Mas ya es tiempo de tratar algo de estos favores, que ella mereció
alcanzar por el ejercicio de estas virtudes, las cuales entendemos que no
serían pequeñas, pues los favores fueron tan grandes. Mas
aquí es necesario tener fe y creer cosas que exceden la facultad de
nuestra razón; pues bastan para esto los milagros auténticos de
esta virgen, que al principio referimos. Pues es justo que las obras que
sobrepujan la virtud de la naturaleza, hagan fe de las que sobrepujan la
captada de la naturaleza. [El gran] fruto, que de esta fe se seguirá,
será un maravilloso conocimiento de la inmensa bondad y caridad de
Nuestro Señor para con sus criaturas y el amor inestimable que tiene a
las ánimas puras y limpias. Y el que careciere de esta fe
carecerá de este fruto, y quedará por hombre que siente baja y
estrechamente de la bondad y caridad de Dios, y de la virtud y santidad de sus
fieles siervos. En lo cual es mucho de notar la condición del
corazón humano, el cual, a veces, se levanta tanto que todo el mundo le
parece poco para lo que él piensa que merece. Y por otra parte,
él mismo se apoca tanto que si le cuentan algún grande favor que
Nuestro Señor hace a los hombres, parécele que no es posible que
tan grande majestad así se humane y abaje a tratar tan familiarmente con
ellos.
I. [Por qué sigue ahora la
impresión de las llagas]
Mas, primero que entre esta materia,
quiero declarar la orden que en toda esta historia quise seguir. Y ésta
ha sido precediendo de las cosas menores a las mayores, en cuanto fue posible.
Y digo esto, porque, declarando algunas virtudes de esta virgen, pareció
necesario añadir aquí algo de las cosas mayores que
pertenecían a otro lugar más alto. Esta misma orden vemos en la
vida de esta virgen, la cual, procediendo cada día de virtud en virtud,
de humildes principios llegó a muy altos fines. Entre estas cosas que
llamo mayores está la impresión de las llagas de Nuestro
Señor. Y, según esta orden, de éstas se había de
tratar en el fin de esta escriptura. Mas con todo eso, quise yo tratar primero
de ellas, por ser cosas más probadas y testificadas por autoridad del
santo Oficio con toda la solemnidad de derecho que para esto se requiere, como
cosas de que se había de enviar relación a Nuestro
santísimo Padre Gregorio XIII, por parte del serenísimo
Príncipe Alberto, Cardenal y legado a latere de Su Santidad. Y,
demás de ser este testimonio tan abonado, otro hay más cierto,
que son los ojos de tantos testigos que han visto las llagas de las manos de
esta virgen con los clavos en medio de ellas, no sin grande admiración y
devoción de sus ánimas; mas las de los pies y costado han visto
algunas de sus religiosas. Y porque no faltase testimonio de hombre en cosa tan
grave, el padre provincial de esta provincia y el padre confesor de nuestro
Príncipe Cardenal, que también lo es de la misma virgen, para
testimonio de la verdad vieron, con toda la honestidad y decencia que para esto
se requería, la llaga de un costado y la de un pie, cubierto todo con un
lienzo, y descubierto sólo el lugar de la llaga, que es semejante a la
de las manos con el clavo que le atraviesa por medio. Estos dos testimonios son
tan abonados y ciertos, que bastan para vencer toda la incredulidad humana.
Creído, pues, esto con la
firmeza que tal probanza requiere, fácil cosa será creer todos
los otros favores que el Esposo hizo a esta virgen, después que la tuvo
hermoseada con estas gloriosas insignias y vestida con la púrpura de su
preciosa sangre. Y aunque algunas de estas señales de las llagas se te
concedieron en diversos tiempos (según que ella iba aprovechando cada
día más en las virtudes), pero todas las referiremos en este
capítulo juntas, señalando los tiempos en que fueron concedidas.
Y contaremos primero todos lo que pertenece a esta historia simplemente con las
mismas palabras que esta virgen las escribió y después pediremos
lumbre al obrador de estas gracias, para saber filosofar sobre ellas, porque no
seamos del número de aquellos a quien dijo Moisén, que, habiendo
visto tantas maravillas como Dios había obrado por ellos sacando de la
tierra de Egipto y guiándolos cuarenta años por el desierto con
tantos milagros y providencias, nunca tuvieron ojos, ni entendimiento para
saber estimar y reverenciar al obrador de cosas tan grandes.
En este lugar conviene advertir una
notable sentencia de un religioso dotor el cual dice que ningún pintor
trabaja tanto por hacer un retrato conforme a la persona que retrata, cuanto el
Espíritu Santo procura hacer las ánimas de los fieles semejantes
en su manera a Cristo crucificado. El cual, en todos los pasos de su vida
santísima, y mucho más en la cruz, es un perfetísimo
retrato y espejo de toda santidad y virtud. Pues esto parece haber pretendido
el Esposo celestial en esta virgen que Él tomó por esposa, no
sólo adornándola con las señales de sus preciosas llagas,
sino también con los dolores continuos de ellas y con su corona de
espinas y otras insignias, como luego veremos.
II. [ La corona de espinas]
Entre éstas, la primera fue la
corona de espinas (de la cual se hace mención en la relación que
se envió a Su Santidad), que fue el año de 1575, siendo ella de
edad de veinticinco años, en lo cual se ve cuán temprano
comenzó el Esposo a hermosear la esposa con esta guirnalda y corona
real. Pasó pues el caso de esta manera. Un miércoles del
Octavario de los Santos, habiendo esta virgen padecido muchos trabajos,
ansí interiores como exteriores, y teniendo grande sentimiento de la
ausencia del Esposo, y deseando padecer muchos mayores trabajos por su amor,
suplicábale todo corazón que le cumpliese este deseo, porque no
quería en esta vida gustos, sino tormentos. Estando en éste, lo
apareció el Esposo con grande resplandor y hermosura, el cual
traía en la cabeza una corona de espinas y venía todo
bañado en sangre. Y viéndolo de esta manera cayó en tierra
diciendo: «¡ah, Señor Jesús!, a mí esos
dolores y espinas que merezco por mis pecados.» Entonces Él
quitó la corona de su cabeza y púsola en la de ella,
apretándola con sus manos, con lo cual ella sintió gran dolor y
salió de ahí mucha sangre, quedándole las señales
de las espinas en la cabeza, las cuales han visto algunas religiosas de quien
ella se fía, cuando, según su costumbre, la trasquilan. Y la
cofia que entonces tenía en la cabeza salió manchada con la
sangre que de los agujeros de las espinas manó. Esta cofia vino a las
manos de una religiosa muy devota y muy grande amiga suya, la cual tuvo mucho
tiempo guardada, y después no faltó quien se la tomó y la
entregó a esta virgen, la cual ella procuró lavar, por quitar las
pintas de la sangre, y por ninguna vía se las pudo quitar; y, visto
esto, porque no se descubriese el caso, ella misma, como verdadera humildad, la
quemó.
Mas aquí es de notar que, como
las honras de Nuestro Señor en esta vida no carezcan de dolores, porque
no carezcan de merecimientos, dende aquel día hasta el presente
año, siente esta virgen todos los viernes grandes dolores en la cabeza,
los cuales comienzan el jueves a las avemarías y duran toda la noche y
otro día hasta las mismas horas. Y preguntándole yo, si
podía con estos dolores dormir y comer, respondió que muy mal
hacía lo uno y lo otro. En lo cual todo parece que no quiso el Esposo
que pasase la esposa todo este tiempo sin dolores, para que con ellos se
habilitase a padecer otros mayores que fuesen materia de otros mayores
favores.
III. [El costado. Preparación y anuncios
divinos]
Por donde, pasados tres años
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