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Carta a un amigo
Mi querido Pedro: Hace cosa de un año que circulan por Madrid diez o doce ejemplares de una obra titulada Histoires extraordinaires, traducción francesa de la que escribió con el mismo título el angloamericanoEdgar Allan Poe. Esos diez o doce ejemplares habrán pasado a estas horas por más de doscientas manos: tal es el espíritu de asociación y de economía que reina entre los lectores españoles, y tal, al mismo tiempo, el entusiasmo que han producido en los doce primitivos propietarios las Historias extraordinarias en cuestión. Edgar Poe ha sido, por consiguiente, el autor de moda en el pasado invierno. Lo que en 1847 sucedía con Martín el expósito y en 1853 con Verdades amargas, eso ha pasado en 1858 con el poeta del nuevo mundo. Damas y caballeros se decían: «¿Por dónde va V.? ¿Ha llegado V. al Escarabajo de oro? Mándeme V. el tomo primero cuando lo concluya...» Y los doce ejemplares rodaban por las mesitas de noche de apetecidas hermosuras y de aristocráticos personajes, y la inexorable beldad leía un volumen, mientras el rendido adorador terminaba el otro, y éste buscaba en una página la huella de las uñas de aquella, y aquélla notaba el olor a tabaco que había comunicado éste a la encuadernación, y un literato encontraba la nota que otro había puesto con lápiz al margen de tal o cual episodio, y todos, en fin, se daban citas mentales y tenían conversaciones imaginarias sobre el capítulo A o B, al modo de peregrinos que van escribiendo su nombre sobre la pagoda de Jagrenat. Los que no leen el francés se desesperaban de no poder tomar cartas en el asunto, y, como éstos son muchos todavía, ocurriósele a un editor de Barcelona publicar en castellano las Historias extraordinarias de Edgardo Poe, idea que al poco tiempo halló eco en otro editor de Madrid. Dentro de pocos días, por consiguiente, va a apoderarse nuestro público de una obra que hasta aquí fue patrimonio exclusivo de unos cuantos iniciados. Ninguna ocasión mejor, mi querido Pedro, para que yo te ponga al corriente de lo que significan ese libro y ese autor, a fin de que sepas lo que te compras o a lo que te suscribes, si por acaso te ocurre gastar dinero en proporcionártelos, aunque lo mejor será que busques quien te los preste y comunique, a uso y estilo de buenos peninsulares. Edgar Poe es el lord Byron de la América del Norte, ya que no por la índole de sus obras, por los rasgos principales de su vida. Mucho me sorprende que ninguno de sus biógrafos haya reparado en los muchos puntos de identidad que existen en los caracteres del inglés del nuevo mundo y el inglés del mundo viejo. Huérfanos los dos (pues para mí la madre de Byron no mereció nunca este santo nombre); hermosos, altivos e inquietos desde la niñez, introducen la perturbación en los colegios y universidades que frecuentan, haciéndose notar por su amor a los ejercicios gimnásticos, a la bella literatura, a la soledad y al desorden. El uno desde Londres, y el otro desde Baltimore, visitan la Escocia en sus primeros años. Ambos recorren el Oriente en su juventud, atraviesan toda la Turquía y fijan sus ojos en Grecia. Si Byron muere enfrente de Misolonghi, defendiendo la independencia de los helenos, Poe arriba a Atenas reclamando un puesto entre los suliotas para combatir a los turcos. Acércanlos aún más sus alardes (muy justos por cierto) de grandes nadadores: el autor de Manfredo atraviesa el Helesponto a nado como Leandro: el autor deEureka triunfa de todos en una regata en el lago Ohío. La intemperancia con las mujeres desacredita al europeo; la intemperancia con los licores espirituosos mancha la reputación del americano. Escépticos los dos, soñadores, nómades, aventureros, mal avenidos con las leyes y costumbres de su patria respectiva, se hacen blanco de las iras de sus compatriotas, excitan su odio y su persecución, y tienen que huir más de una vez a remotos climas en busca de un amigo que les tienda la mano, de un palmo de tierra que los soporte, de un público que no les sea enemigo. Vemos oscilar a ambos entre la opulencia y la ruina, ser el mejor adorno de los salones, y huir a cada instante de los alguaciles; arreglar su vida monacalmente, y caer a los ocho días en mayores excesos y agitaciones; enamorar al público con sus escritos, y espantarlo con sus escándalos; ser acuchillados por la crítica, y palmoteados por las masas; y, por último, vemos que el bardo inglés muere a los treinta y seis años, y el poeta americano a los treinta y siete, siendo para los dos la muerte una rehabilitación, un triunfo, una apoteosis. El duelo nacional ahogó allí como aquí la voz de la crítica, y en la fúnebre oscuridad de su apagada existencia destacáronse luminosas e imperecederas sus inspiradas e inimitables obras. Tales fueron estas dos vidas de gloria y tempestad, en que el individuo, para luchar con sus contemporáneos, echó mano de sus vicios y de sus virtudes, de su ruindad de hombre y de su grandeza de genio, de todo lo que constituía su triste y complicada naturaleza; lucha desigual y terrible, en que la colectividad, contribuyendo a óbolo de virtud por cabeza, resulta siempre más honrada que el rebelde, y el rebelde, -el Byron o el Poe-, a otras regiones donde no rigen los códigos humanos, resulta más glorioso que la colectividad. Pero, reduciéndome a Edgar Poe, y para completar el cuadro de su vida, te diré que nació en Baltimore en 1813, de una noble y riquísima familia, lo que no evitó que sus padres, a fuerza de ser alegres y derrochadores, tuviesen que agregarse con el tiempo a una compañía de cómicos de la legua. A poco de nacer Edgar, quedó huérfano; pero tal era su hermosura, que Mr. Allan, rico negociante de aquella ciudad, lo recogió y adoptó; por lo cual el poeta se llamó en adelante Edgar Allan Poe. Se casó, y fue un modelo de esposo; perdió a su mujer al poco tiempo, y aquí termina la historia de sus amores. Para que todo sea original en este carácter, -originalidad que ya te describiré al tratar de sus obras-, tenemos que vivió toda su vida con su suegra, quien lo amaba como a un hijo, y a la que él quería y respetaba fanáticamente. De sus viajes ya te he hablado. Desde San Petersburgo hasta el cabo de Hornos, de Jerusalén a los Esquimales, recorrió todas las zonas, pudiendo decirse que la tierra entera fue su patria. Por lo demás, tan pronto lo hallamos en la escuela militar de West-Point, como de redactor de una Revista en Richmond: engánchase un día de simple soldado, y al poco tiempo reaparece publicando un tomo de poesías: ya es la admiración y el ídolo de la mejor sociedad de Filadelfia y de Nueva-York por sus distinguidas maneras, por su elegancia y su singularísima hermosura, proverbial en toda América, ya se le encuentra en tabernas inmundas bebiendo ron y aguardiente hasta alcoholizarse, según su tremenda expresión. Esta excitación, la índole de su inteligencia, la extensión fabulosa de sus estudios y la propensión de su espíritu a lo extraordinario y fenomenal, produjeron en él una enfermedad horrible, el delirium tremens, que al cabo lo mató la noche del 7 de Octubre de 1849, en una taberna de Baltimore. Prescindiendo ahora del hombre, paso a hablarte de sus Historias extraordinarias, asunto principal de la presente epístola. El autor de la maravillosa novela Aventuras de sir Arthur Gordon Pym (otro libro suyo que debes estudiar) es una especie de cismático literario, que se ha formado una estética toda suya y busca lo bello por diferente camino que los demás escritores antiguos y modernos. Creo que debe clasificársele entre los poetas fantásticos, dado que coloca sus creaciones lejos del mundo real y propende a exaltar y turbar la mente de sus lectores; pero hay que advertir que su fantasía busca lo imposible y lo sobrenatural fuera de las regiones ya visitadas por la fe de los místicos, por la inventiva de los impostores o por la imaginación de los poetas. Hasta aquí se habían visto (prescindiendo de los cultivadores de la fábula griega, de los autores de Vidas de Santos y de los orientalistas por naturaleza o por afición) otros poetas fantásticos que, para conmover y asombra a sus lectores, invadían los verdaderos reinos de la Muerte, o el campo tenebroso de las imaginaciones enfermizas, poblado de cadáveres y aparecidos, de almas en pena y espectros ensangrentados. Es hija esta poesía de la Edad Media, de la fe religiosa y de la barbarie, del ascetismo de unos y de la superstición de otros, y forma parte de la mitología católica, entendiéndose por esta frase todo lo puramente imaginativo que las beatas de cien años refirieron a la luz del hogar, en noches de Diciembre, al son del viento y de la lluvia, para dormir a los niños... Duendes, brujas, resucitados, gatos negros, tentaciones del demonio, metamorfosis de este revoltoso espíritu y otras invenciones que moralizaban por el miedo, dieron asunto a mil cuentos y consejas que todos hemos oído en nuestra niñez, y que debían de asociarse luego con la mitología antigua y el filosofismo moderno en el admirable poema de los alemanes, en el Fausto. Ahora bien: Edgar Poe no es nada de esto; ni el corazón ni la imaginación son su teatro; no es fantaseador ni místico; es naturalista, es sabio, es matemático. Quiero decir que su campo de batalla es la inteligencia; que lo que en todo tiempo fue amparo, defensa, arma de la verdad, lo que siempre sirvió para combatir todo linaje de fantasmas; la piedra de toque de la idolatría y del miedo; la luz que redujo a sus formas lógicas y naturales todo afecto loco y devastador, como toda creencia febril y extravagante; la razón, para decirlo de una vez, llamada lugar teológico por los mismos que la proscribían como sacrílega e impotente, fue el apoyo que buscó el poeta angloamericano para probar lo imposible, lo extraordinario, lo extranatural, lo inverosímil. ¡Descomunal empresa! ¡Ser racionalista, y aspirar a fantástico! Poe triunfó, y esta es su gloria. Son, pues, todas sus obras una continuada petitio principii; una hábil aplicación del paralogismo más refinado; un ser y no ser a un mismo tiempo, cuyo absurdo no encuentra la razón; una prueba constante del poder de la inteligencia humana; pero un ataque implícito a esa misma inteligencia, tan fácil de sorprender con lo irrealizable y de persuadir con lo inconcebible! Partiendo de lo vulgar y admitido; apoyándose por lo regular en las ciencias físicas y matemáticas, que le eran sumamente familiares; tomando de un lado alguna olvidada quimera de astrólogo o de alquimista, y de otro el más irrealizable conato de magnetizador o de mecánico; abultando lo accesorio y pasando ligeramente sobre lo principal, Poe nos hace creer que ha estado en la Luna y en el Polo; que ha volado; que una momia habló cinco mil años después de embalsamada; que puede encontrarse un alfiler en el fondo del Océano; que un hombre lee todos los pensamientos de otro; que puede un náufrago entrar en el Maelstrom y salir de él ileso; que los cadáveres tienen conciencia de sí mismos!... Para esto emplea, con un humor superior al de Heyne, el tecnicismo de todas las ciencias y la charlatanería de todas las utopias; convierte en sustancia todo lo que se ha imaginado e intentado hacer con la pila de Volta; apela a la química, a la medicina, a la zoología, a todos nuestros conocimientos incompletos e inexactos; trueca lo experimental en absoluto, y sazona toda su paradojal argumentación con un lenguaje técnico, con un estilo vivísimo, con una retórica palpitante, persuasiva, flexible, acomodada a todos los asuntos, árida aquí, sombría allá, pintoresca siempre, y admirable por la exactitud con que logra hacer pensar y sentir a los lectores aquello mismo que era el propósito y el deseo del autor. Esta poesía científica, esta literaturagrotesca y arabesca (como él la llamó una vez para significar que sus formas excluían todo parecido con lo humano); este afán de hacer general lo excepcional; aquella luz fosfórica que alumbra todos sus cuadros, pueden definirse, o al menos yo los defino, de esta manera: El secreto de Poe para conmover como conmueve, para persuadir como persuade con sus más inverosímiles cuentos, consiste en una especie de escamoteo de ideas y de palabras que deslumbra y desconcierta al lector. De aquí se deduce que es un portentoso psicólogo, que ve por intuición -y esto se explica por su exaltada existencia- cómo se piensa, cómo se siente, cómo se cree y cómo se duda; cuál es la misteriosa concatenación de las ideas; dónde nace y a dónde va a morir cada sensación, y cómo se verifica el comercio de lo físico y de lo moral, o sea el contacto del espíritu, cuya penetrabilidad infinita aleja toda idea de resistencia, con el cuerpo, cuya inercia no puede turbar la voluntad sola, negados ciertos pretendidos milagros del magnetismo. Cuando las Historias extraordinarias no fueran un maravilloso alarde de la inteligencia humana, una lectura sumamente interesante, una obra literaria de gran mérito, como método y estilo, y una evaluación exagerada de las conquistas que el hombre ha hecho sobre la naturaleza, todavía no dudara yo en recomendártelas, como un medio de despertar la afición a las ciencias naturales y matemáticas en los espíritus poéticos, -enemigos de lo exacto, en fuerza de orgullo, y de lo experimental, a causa de su pereza5. Después de leer a Edgar Poe, puede acontecer que un hombre inútil deje a Virgilio y coja a Bercefius, y abandone a Petrarca por Cuvier, Humbolt o Mesmer. Si así lo hicieres, Dios te lo premie, y si no, te lo demande. -PEDRO, Ontaneda, 1858.
A propósito de su libro
La civilización en los cinco primeros siglos
de la Iglesia
Querido Emilio: Llevo dos horas de escribir cuartillas y de romperlas. Créeme: yo no sé juzgar tu libro: te lo confieso con franqueza. Acostumbrada mi imaginación a estudios ligeros; enervadas mis facultades intelectuales, débiles de suyo, por una pereza de muchos años; abrumado por tanta elocuencia, por tanta poesía como rebosan tus lecciones; vivos en mi memoria aquellos momentos de frenético entusiasmo que pasé oyéndote en el Ateneo, cuando a la magia de tus ideas se unía la de tu palabra arrebatadora, nada se me ocurre que no sea vulgar y pálido; que no discrepe de la grandeza del asunto; que no fuera contra tu obra, porque la redujese a las exiguas proporciones de mis alcances, o que no fuera contra mi crédito literario, porque diese al público el secreto de la postración de mi espíritu y de la escasez de mis conocimientos filosóficos. No miento, no te adulo, no me excuso por eludir el compromiso contraído. Te digo la verdad, o, por mejor decir, te repito lo que me has oído tantas veces. Yo, Emilio, no vivo en el mundo que has querido iluminar con tu obra yo no tengo a priori simpatías ni antipatías históricas o historiales: yo no pertenezco a ninguna escuela filosófica ni política: yo no creo ni dejo de creer en esos criterios fatales o providenciales, de penitencia o de progreso indefinido, que a muchos os hacen ver la Historia como un poema con unidad de acción. Yo soy un hombre de lo presente; enemigo de lo pasado por instinto, y medroso de lo futuro por religión y apego a lo poco bueno que me cerca. Yo, en fin, no tengo nada que ver con las ideas que presiden a tu obra: no las amo; no las, odio; no las niego; no las concedo: no me importan. Te admiro cuando eres artista; te envidio cuando poeta; me asombras cuando erudito; no te comprendo cuando filósofo... Hablas un idioma que no poseo: ¡mengua para mí que no lo he aprendido! ¡Consecuencia tristísima del ocio en que se arrastra mi juventud! No, no puedo juzgar tu libro. Que el mundo marcha; que la humanidad camina por la senda de un perfeccionamiento progresivo; que hoy somos más felices y más grandes que ayer... Nada me atrevo a responderte; sólo sé que lo dices con elocuencia, con lógica (dentro de las convenciones a que te atienes), con calor, con abundancia de citas y testimonios..., y que, sin embargo, no me curas de mi mortal tristeza. Pero noto, Emilio, que también tú, -perdona-, estás un poco picado de mi melancólico eclecticismo; sólo que en ti es activo y en mí pasivo; en ti fruto de una múltiple afirmación, como en mí de una denegación tan infinita que acaba por negarse a sí propia. Noto (y al llegar a este punto empiezo a sospechar que esta carta va a suplir por el artículo que te prometí ayer y que hoy no me he atrevido a escribirte, y por la Revista que me piden para el folletín de La Época, pues voy metiéndome insensiblemente en harina, y ya se me ocurren muchas cosas que decir, y cuento lo bastante con la bondad del público para esperar que me dispense la llaneza de un escrito que, juro y perjuro, no pensaba publicar); noto, decía, mi querido Emilio, que tú, más que nada, eres un gran poeta; o por mejor decir, que tú sólo eres poeta; poeta de la nueva raza; poeta de pensamiento, no de corazón; poeta objetivo, que dirías tú; poeta épico, en una palabra; pero no al modo de Homero y de los demás grandes cantores de la antigüedad clásica; no poeta sacerdote de los dioses inventados, de las grandezas forjadas en la imaginación, de las religiones, de las fábulas y de los mitos; sino poeta de los hechos, de las ciencias, de las artes, de la naturaleza, de los mundos. Así se explica, -y vuelvo a lo de tu eclecticismo positivo, activo, afirmativo, o como quieras llamarle-; así se explica que, creyéndote demócrata, te extasíes ante lo privilegiado; que quemes incienso lo mismo ante los emperadores que ante los tribunos; que admires las grandes conquistas de la razón humana, juzgándola piedra de toque de todo lo conocido y sentido, y cantes al mismo tiempo los Misterios y la Revelación, que te digas sectario de la ciencia moderna, amante de la Revolución, soldado del progreso, hombre del siglo XIX, filósofo a la moda, y luego aparezcas católico, apostólico, romano, adorador del culto externo, de la pompa de las catedrales, de la fe sencilla de los pastores, etc., etc. Así se comprende, en fin, que en unas páginas de tu libro seas materialista, y te expliques el mundo moral y físico por el movimiento de una sustancia cósmica, y en otras hables de cuerpos y de almas, de cielos y de infiernos, de libre albedrío y de Providencia, de predestinación y de penas y castigos. Aquí cantas el mundo pagano; allá el cristiano; en una parte te guía el entusiasmo artístico y levantas sobre toda beldad la belleza de la forma; en otra parte, arrebatado en alas de tu caridad, rindes culto a la belleza moral, a la virtud, al derecho, al sufrimiento, al martirio. Todo lo amas, pues, todo lo admiras; todo lo cantas. ¿Cómo no, si eres poeta? ¿Cómo no, si eres artista? Artista y poeta eres, que traduces las armonías de toda la creación. Toda hermosura te tendrá siempre de su lado. Aquí ensalzarás el interés dramático de un crimen o de una abominación; allá el contorno épico de un conquistador cruel y sanguinario; un día te electrizará el fragor de una batalla, y alzarás himnos al Dios de los Ejércitos; otro, clamarás por la paz universal y llamarás verdugos a Alejandro y a César. Leyendo a tus filósofos, compadecerás a los pueblos que toman por lo serio las mil y tan tas sectas religiosas que aún hay sobre la Tierra: leyendo el Evangelio, compadecerás a los filósofos y bendecirás a tu madre, que inflamó en tu corazón el amor a la Virgen María... Tal eres, Emilio; tal es tu obra, y tal soy yo, aunque pasivamente, como te dejo dicho. Yo, pobre poeta por el corazón, me baño perezosamente en el mar del sentimiento, sin querer tocar a sus orillas, sin saber siquiera dónde se hallan: tú, poeta por el pensamiento, te remontas a las nubes, recorres los espacios y los tiempos, resucitas generaciones, ves lo pasado, sueñas con lo futuro, hablas con los héroes y con los profetas, con los mártires y con los emperadores; los adivinas o los idealizas, y los presentas agrandados por tu imaginación al público absorto que te escucha. ¡Cuánto pudiera decirte al llegar a este punto, si hoy te considerara como orador, querido Emilio! Día vendrá en que mi tosco pincel ensaye la ardua tarea de retratarte en la tribuna, cuando, transfigurado y sublime, suspendes el ánimo del auditorio, te apoderas de su razón y de sus sentidos, mago, magnetizador o poeta iluminado, y lo obligas a pensar, a sentir, a desear lo que tú piensas, lo que tú sientes, lo que tú deseas. Pero hoy hablo con el filósofo, con el escritor, con el hombre, contigo, Emilio... Con el otro, con el orador, con Castelar, no emplearía yo argumentos; no le escribiría cartas; no investigaría la verdad de lo que dijese: aplaudiría y lloraría como todo el mundo, y le daría la razón, aunque negase la luz del día. Pues bien: al escritor, al pensador, al autor del libro que acabo de leer, ya le he dicho más de lo que me figuraba podría decirle. La pereza me impidió consagrarte un artículo; la pereza me ha hecho escribirte esta carta; la pereza también me ha servido de musa... Oye la última observación de mi pereza. Dime, Emilio (y perdona que torne a nuestra constante polémica): ¿crees tú con todo tu corazón en ese fatum histórico que persigues en tu libro? ¿Crees en el progreso indefinido? ¿Crees que la civilización conduce a algo? No me he explicado bien. Te lo diré de otro modo. ¿Crees que la humanidad es hoy más feliz que hace quince siglos? ¿Crees que los derechos individuales y los bienes materiales remunerarán al hombre la felicidad que el progreso le ha robado al ilustrarlo? ¿No adviertes que, a medida que cunde la cultura, la sociedad enferma de muerte? ¿Sientes tú el malestar general? ¿Notas el sello de melancolía que lleva en el rostro nuestra generación? ¿Nada te dice la degradación de la literatura y de las artes? O, valiéndome de otras fórmulas: la civilización, ¿es la felicidad? ¿No es más feliz el ignorante que el avisado, el estúpido que el filósofo, el fanático que el escéptico? Asómate a París, Emilio, y medita dos horas: ¡dime en seguida si camina el siglo hacia la perfección o se precipita hacia la locura! Pero no me hagas caso. Todo lo que te digo tiene contestación, que ya me han dado muchos filósofos... ¡Sólo te ruego que no me creas neocatólico ni carlista por lo que acabo de decir! En medio de todo, si los tiempos presentes me parecen desgraciados en punto a instituciones políticas, los tiempos pasados me parecen vergonzosos. ¡Amo a la humanidad, Emilio, con un sentimiento de compasión tan hondo, que concibo la muerte en cruz con tal de redimirla de la tremenda situación en que se encuentra! Ningún camino es el de su dicha. ¡Por todas partes abismos! ¡Por todas partes el hombre enemigo de su hermano!... ¡Ay! ¡La patria del hombre no está en la tierra! ¿Ves? El propio peso de mis ideas me hace caer en la necesidad de otra vida y en la teoría del mérito y la penitencia, que hace de este mundo una peregrinación y un ensayo... Si no, ¿cómo nos explicaríamos un palacio tan hermoso y un huésped tan desgraciado? ¿Por qué serían los irracionales más felices que el hombre? Dame pena concluir aquí mi carta: yo quisieraacabar sin que hubiese en mi epístola última palabra. Es decir, que después de escrita la última, quisiera escribir otra negándola, y luego otra negando ésta, y así hasta lo infinito; hasta que formaras idea exacta de que yo no respondo de ninguna opinión mía. Pero de lo que sí respondo, Emilio, es de que tú, poeta o filósofo, historiador o artista, escritor u orador, racionalista o católico, demócrata o cortesano, eres ya, siendo tan joven, una verdadera gloria nacional, de que deben estar ufanos todos los españoles, lo mismo tus amigos que tus enemigos (desgraciadamente careces de estos últimos); pues tu genio, tu elocuencia, tu erudición, tu imaginación extraordinaria, la pompa de tu estilo y tu prodigiosa memoria son altas cualidades que debes al cielo, y que, ya las emplees en la verdad, ya en el error, aumentan diariamente los tesoros de la poesía castellana. Sabes que, aunque te admirara menos, te querría lo mismo tu amigo de siempre. -PEDRO. Madrid, 1858.
Drama real y efectivo, francés en su origen y
arreglado a la escena española por Don Manuel Ortiz de Pinedo
Las treinta representaciones que lleva ya esta obra en el más autorizado de nuestros teatros, merecen que la crítica se pare un poco a averiguar el por qué de un éxito tan favorable, tan extraordinario, tan estrepitoso, o, mejor dicho, a aquilatar el mérito de semejante fe de livores, proceso verbal, o lo que quiera que sea. Entremos de rondón en el asunto. Los Pobres de Madrid no es una creación literaria, ni una composición artística; es una vista fotográfica del peor aspecto físico, moral y poético de cualquier capital moderna (de esta villa y corte, por ejemplo); vista sacada con tal perfección o parecido, que espeluzna a la misma corte y villa durante la friolera de siete actos. Es un cuadro vivo, en cuyo abultado relieve tropiezan los espectadores más vulgares y menos afortunados y escrupulosos, dándose por aludidos, reconociéndose y saludándose, hasta que llegan a caer y a romperse la cabeza contra alguna atroz realidad, en cuyo punto y hora se avergüenzan y arrepienten, no de cosas que no tienen remedio, sino de haberse reconocido y saludado. Es, finalmente, en vez de la verdad del mundo, uno de los factores o componentes de esa verdad, tornado en crudo y presentado al natural en el templo de Talía, sin darse el trabajo de componerlo, de agregarle algún aliño, de cumplir con la obligación de todo arte, empezando por el culinario. ¡Los Pobres de Madrid se representan, o presentan, todos los días y a todas horas, en todas partes; en buhardillas y callejuelas, en la Inclusa y en los Juzgados de primera instancia, en las Inspecciones de policía y en los Hospitales... ¡y gratis por añadidura! No comprendemos, pues, que se representen también en el teatro por cuanto vos contribuisteis... ¡La embocadura del proscenio debe ser algo más que una ventana con vistas a la calle o al muladar! Que hay horribles miserias en la vida; que bajo las apariencias del lujo suele ocultarse la escuálida pobreza; que la desigualdad de fortunas ofrece dolorosos contrastes; que a las veces el hombre malo tiene de sobra tanto oro como angustias y privaciones el hombre bueno; que a algunas madres se les retira la leche y que entonces llevan a sus hijos a la mencionada Inclusa... ¡Valiente argumento para un drama! ¡Argumento ciertamente conmovedor! ¡Argumento que hace llorar, temblar, y hasta malparir a las mujeres sensibles! ¿Pero es esto el Arte? ¿Es ésta la literatura? ¿Se inventó para eso el Teatro? ¡De manera alguna, Sr. Pinedo! Los Pobres de Madrid no es una obra dramática; no es un fruto del ingenio; no es tan siquiera un discurso edificante: es la vista pública de una causa criminal, una visita general de cárceles, siete cuadros de dolor, crimen y miseria, exhibidos ante nuestros ojos del propio modo que nos exhibieron ayer en Recoletos las Orillas del Mississipi. Las obras de arte, las obras dramáticas deben ser algo más que esto. Deben ser una lección dada por el autor al público, a fin de que aprenda a corregir sus vicios, a refrenar sus pasiones, a curar su alma, a consolarse en sus penas, a esperar y confiar en medio de las mayores injusticias... No basta que expongan el mal: tienen que enseñar a ponerle remedio. En Los Pobres de Madrid (ya lo hemos dicho) se demuestra que unas familias son más ricas que otras; que hay caballeros muy caballeros que se mueren de hambre; que la suerte sopla más en ocasiones a los pícaros que a los hombres de bien; que algunas madres no alcanzan del cielo ni de la tierra un pedazo de pan para sus hijos, y... ¿qué más? ¡Lo demás lo añade la imaginación del público ¡El público deduce que la Providencia dormita; que el mundo es una injusticia absurda; que deben ser suprimidos los banqueros, y que es preciso maldecir la sociedad, y la vida, y la virtud...! ¡Ah! se nos olvidaba... También deduce que hay que dar limosna de noche atodo el que no se atreva a hablarnos!..., aunque sea un ladrón que nos aceche, o un amante trasnochador, o un filósofo que haya perdido el sueño... Con lo cual sale V. del teatro lleno de dolor y de amargura, como si acabara de recorrer una enfermería o un presidio, renegando de todo lo que existe y sin haber hecho la digestión. ¡Ah! ¡Esto es cruel; esto es inhumano! Los dolores que no tienen remedio no deben contarse al público por el mero placer de entristecerlo. ¡Las miserias sociales que no tienen cura no deben servir de diversión a los señores abonados! Además: ¿no trabajan hoy por el mejoramiento de la sociedad los filósofos, los economistas, los políticos de todas las naciones? ¿Y logran algún resultado? ¿Y es posible lograrlo? ¿Habría artes si no hubiera ricos? ¿Habría pan si no hubiera pobres? Los autores de la obra que juzgamos, ¿maldicen la civilización y desean que volvamos al estado natural, donde todos los hombres tienen idénticas necesidades? ¡Famosa ocurrencia sería! ¿O piden que todos los hombres tengan corbata, bastón, alfombras, coches y mesa de billar? ¡Bueno fuera! ¿Quién arreglaría entonces los caminos? ¿Quién trabajaría en las minas? ¿Quiénes serían pescadores, segadores, albañiles, poceros y otras cosas por el estilo? ¿Esclavos negros? Si en Los Pobres de Madrid se nos presentaran hombres robustos que no encuentran jornal ni tan siquiera en las filas del ejército grandes pintores que no venden sus cuadros, hombres útiles que no supieran qué hacer de sus conocimientos, porque la sociedad, mal organizada, prohibiese el trabajo o no lo recompensase; si los viéramos luchando con privilegios absurdos, con excepciones monstruosas, con aristocracias intransigentes, entonces comprenderíamos este drama y hallaríamos en él grandes consecuencias que establecer como dogmas sociales... El derecho a todo, cuando se tiene méritos para todo... Caminos francos al trabajo y a la inteligencia... Una sociedad paternal y protectora de los buenos, de los útiles, de los trabajadores... No más aristocracias que la virtud y el talento... He aquí las deducciones regeneradoras que podrían sacarse entonces de un drama como Los Pobres de Madrid. Pero cuando ése es el estado social; cuando ya no hay privilegios cuando todos pueden aspirar y llegar a todo cuando hasta los mismos republicanos tienen bufete abierto, no sé para qué se escriben ni se traducen obras como la que analizamos. Convénzanse el autor francés y el Sr. Ortiz de Pinedo. Aunque llegaran a repartirse por partes iguales todas las monedas de cinco duros que hay en España y todos los tesoros y bienes de la tierra, siempre habría pobres en Madrid y en todas partes; siempre los holgazanes acabarían por pasarlo peor que los aplicados; siempre los viciosos caerían en el desprecio de los buenos; siempre los tontos serían súbditos de los hombres de rica imaginación; siempre las hermosas se casarían antes que las feas; siempre los enfermos estarían más tristes que los sanos; siempre los poetas serían más melancólicos que los necios; siempre los fuertes vencerían a los débiles; siempre, en fin, habría desigualdades, ruinas, miserias, dolores y aparentes injusticias. Y nadie tendría razón para sublevarse, a no ser que a alguno se le ocurriese escupir al cielo que lo hizo tonto, débil o malo; en cuyo caso la saliva volvería a caerle en el rostro al insensato blasfemo, y el mundo seguiría como hasta aquí, y como seguirá indudablemente hasta la consumación de los siglos! 1857.
Poema joco-serio de D. Manuel Bretón de los
Herreros
Si el insigne Bretón hubiese dado a la estampa este libro hace quince años, la obra, en sí, sería indudablemente peor de lo que es; pero hubiera hecho más ruido que Barceló por la mar. Publicada en 1856, nadie tiene noticias de ella; y decimos nadie, comparando el aprecio que La Desvergüenza ha obtenido de tres docenas de escritores, con el alboroto nacional que ocasionaba entonces cualquier producción del ilustre autor de la Marcela. Mas, para nosotros, que desgraciadamente tenemos mejor memoria que la generalidad de los españoles; para nosotros, que leemos las comedias de Bretón a nuestras solas, cuando se pasan años enteros sin que los carteles de los teatros se acuerden de ellas; para nosotros, que seguimos con la vista, cariñosa y reverentemente, a nuestros decanos y maestros cuando los encontramos en algún entierro de cómico (porque ya se entierra a los cómicos en sagrado, pésele a quien le pese); para nosotros, decimos, La Desvergüenza ha sido un acontecimiento. Su mero anuncio nos regocijó, y, bien que no la consideremos una grande obra, emprendemos su juicio con el sombrero en la mano, con el corazón henchido de respeto y benevolencia, medio entusiasmados y medio melancólicos, y, para decirlo de una vez, como quien no aprecia a Bretón por ser autor de La Desvergüenza, sino a La Desvergüenza por ser obra de Bretón. Y es que, según nosotros, hay autores que, a costa de trabajo y de triunfos, compran el privilegio de que se toleren sus debilidades. Es más: si, cuando un autor llega a conquistar alto nombre, se reimprimen, leen y aprecian hasta los ensayos de su adolescencia, que ayer se miraron con desdén, y luego, cuando muere, se recogen, imprimen y coleccionan hasta sus cartas particulares, ¿por qué La Desvergüenza, debilidad en doce cantos de D. Manuel Bretón de los Herreros, no ha de figurar hoy en la librería de cuantos lo han aplaudido durante más de veinte años? ¿Por qué han de ser indiferentes el público y la prensa (¡tu quoque!)a la aparición de un libro que viene a traerles noticias de aquel insigne D. Manuel Bretón, representante por mucho tiempo de la musa de Moreto y Téllez; del autor de El Pelo de la Dehesa y de cien joyas más; del sustantivo que engendró el adjetivo bretoniano? Aunque la hayamos calificado de debilidad y consignado que no es una grande obra, nos apresuramos a decir que La Desvergüenza -producción al fin de un ingenio esclarecido- no puede menos de tener, y tiene en efecto, su importancia, su mérito particular, su fisonomía propia, y mucho, muchísimo que elogiar y enaltecer. Empezaremos, pues, por estos elogios. La última obra de Bretón podrá servir en edades venideras para dar a conocer el estado vulgar del habla castellana a mediados del siglo XIX. Así considerada, es todo un monumento. Nada falta en La Desvergüenza de cuanto mañana apetecerá un filólogo para formar idea de nuestras conversaciones privadas, de nuestra literatura no-escrita, de nuestra retórica casera, de las locuciones de nuestra plebe, del diccionario de nuestros políticos, de la jerga de nuestros banqueros, de la lengua franca de nuestros lechuguinos y del dialecto de nuestras modistas. El galicismo voluntario, o, por mejor decir, la palabra francesa intercalada en una oración española con objeto de demostrar que se ha pasado el Pirineo; esos sans façon..., s'il vous plait..., merci..., au revoir..., comm'il faut, etc., etc., que chapurramos todos; el galicismo involuntario de nuestros prohombres que hacen política, toman acta, se hacen la barba y exprimen su pensamiento en el Congreso de los diputados; los latinajos de obligación -pallida mors-quousque tandem-casus belli-ite, misa est, etc., y elmio caro-bravi!-capisco-t'amo-ripetelo-tutti-diavolo, de los filarmónicos; toda esta charla madrileña, salpicada de falsa ilustración, gárrula, chispeante, deslumbradora, la encontraréis rimada, ridiculizada aquí, explotada y utilizada más allá, siempre a sabiendas y con conocimiento de causa, en el poema que analizamos. Mas no sólo en este sentido es La Desvergüenza un monumento, un padrón filológico, sino también por la pureza de estilo, por la propiedad castiza, por la conciencia gramatical con que está escrita, siempre que el autor habla de su cosecha, Entonces es de admirar su profundo conocimiento de nuestro idioma, la rigurosa sintaxis, la precisa acepción de las palabras, el técnico y ajustado adjetivar que emplea constantemente, y, sobre todo, el caudal inagotable que posee de voces raras, domésticas, científicas, chabacanas, archi-líricas, clásicas y románticas; su memoria para retener los más revesados, nombres de la historia y la geografía; su erudición latina, que rebosa en mil citas de la Biblia, de los clásicos, de los textos universitarios; su familiaridad con los hundidos dioses de la mitología; el desembarazo con que anda por el laberinto de aquellas fábulas enmarañadas y lo hondo que cala en las raíces griegas de nuestro idioma. En fin: su perfecto conocimiento de nombres de telas, de chismes de cocina, de herramientas de artesanos, de todas las prendas del hatillo de un recién nacido, de todos los reyes de Egipto y de todos los toreros de España, cosa es muy digna de asombro, muy peculiar de Bretón, y, por supuesto, muy prodigada en La Desvergüenza. Pasando ahora del estilo a la versificación, hallamos también mucho que celebrar, sin embargo de las censuras que nos merecerá en el capítulo de culpas la prodigalidad de estrambóticas rimas que resalta en esta obra. Lo bueno que hallamos en la versificación es proverbial tratándose de este poeta: facilidad, hipérbaton, sonoridad, número, cadencias armoniosas, valientes cesuras, forma antigua cuando quiere, fluidez inimitable a todas horas, prolija conciencia en los consonantes, y consonantes que por sí solos constituyen peripecias en el diálogo y hasta en la acción, siendo cada uno un primor, un hallazgo, undetalle (¡pardon!), digno de tanto estudio como estudio revela ya por sí mismo. Seguir con la imaginación las rimas de La Desvergüenza, es hacer un viaje de recreo por país accidentado (perdón otra vez); o, por mejor decir, es desgranar un mosaico de arcaísmos, de helenismos, de orientalismos, de caló, de patois, de francés, de italiano, de español... y de madrileño. Dice el mismo Bretón en el Prólogo de su poema:
Así se disculpa anticipadamente el autor de la falta de plan y carencia de fondo de su Desvergüenza. Desde luego aceptamos el símil de la tela y del cosido; pero debemos recordar que en tela tan grosera como La Desvergüenza han cosido, o, por mejor decir, han bordado Lope, Villaviciosa, Quevedo y otros muchos ingenios de primer orden; los cuales no se limitaron, como Bretón, a lucir la igualdad y limpieza de sus correctas puntadas, sino que siempre hicieron alguna prenda útil. La Mosquea y La Gatomaquía, por ejemplo, tienen plan e intención; una acción evidente y otra oculta; mérito en la ejecución del bordado, mérito en el dibujo, y mérito en el epigrama, en la alusión, en la caricatura. La Desvergüenza no está dibujada, no está compuesta, no tiene intención dramática. Su trabajo, lo repetimos, es de pura forma; es un pretexto para vencer arduas dificultades de rima; es, en cierto modo, y salvos todos los respetos, una obra de dificultades y rompe-cabezasa lo Rengifo... Y, si no, oigan Vds. una retahíla de estos consonantes. Tenemos a yunque rimando con el Arma virumque de Virgilio: -Acapulco, trisulco e inculco: -sacra, polacra, lacra: -Arria, fanfarria, Alcarria: -Plaustro, claustro, austro: -Casia, Asia, Aspasia, todos en una sola página. Y, a la vuelta de la misma: Anfiarao, nao, Menelao-Verbum caro-tímidos que-Diebus illis, busilis Diebus nostris, Sesostris-jabeque-semper et ubique-sexo, inconexo-loe, roe, incoe- y lo que fuera interminable trascribir. ¡Trabajo pueril es éste, Sr. Bretón, indigno de vuestra edad y de vuestro talento y del buen gusto que tanto predicáis en la parte didáctica de vuestro poema! ¡Escribir una obra cuyo único mérito estriba en los consonantes, es formar una espada de tosco hierro con filo de acero, como cualquier indecente navaja! Hay luego trances en que nuestro querido moralista se desmanda hasta recordarnos los antiguos desafueros de la poesía pícara y nos dice chistes acerca de vicios de cuya existencia deben desentenderse los hombres bien nacidos. Aludimos a la octava XIV del segundo canto. ¡Y eso que cuatro octavas antes hemos dejado pasar cierto achaque de que todavía no tienen noticias nuestros hermanitos! ¡Y eso que la operación de que se habla dos octavas más adelante, y el teje-maneje de marras, pudieran hacernos creer que para el Sr. Bretón de los Herreros no es una atrocidad hablar en público de ciertas cosas!... Pero ceda nuestra indignación ante la seguridad que tenemos de que el anciano poeta se propuso tan sólo hacer sonreír a otros ancianos, y en manera alguna abrir los ojos a los niños ni alzaprimar a los jóvenes, al escribir tales obscenidades... Transeamus, pues, y vamos al fondo del poema. En primer lugar, no hay tal poema, sino una colección de sátiras inocentes, sin ilación, sin relación, sin pensamiento fijo. He aquí el índice de la obra: CANTO I. Invocación. (Invoca a la desvergüenza, después de convencerse de que la vergüenza no parece por ningún lado.) CANTO II. Justa reparación. (Desagravia a las mujeres de un vapuleo que han llevado en el primer canto, y habla mucho contra los harenes.) CANTO III. Las Pandillas. (Cree D. Manuel que en Madrid existe el pandillaje, o sea una sociedad de elogios mutuos, en lo que denota que no conoce nuestra existencia de café, donde todos se desprecian recíprocamente. Truena contra las empresas humanitarias, diciendo que no cree en su eficacia, y desconfía de todos y de todo. Hace bien.) CANTO IV. La Diplomacia. (Hay algunas verdades muy bien dichas, pero ya dichas por todo el mundo.) CANTO V. La Política. (Quizá el mejor, pero plagado de eclecticismo y lugares comunes.) CANTO VI. El Comercio. (Donde sólo hay este pensamiento filosófico: ¡Que no ama al pobre quien condena el lujo!, ya dicho por tantos, y mucha filosofía casera sobre el agio, la bolsa, la estafa, etc.) CANTO VII.La Literatura. (He aquí el secreto. ¡Pueriles amarguras nacidas de la injusticia o ingratitud del tornadizo público han llevado a Bretón a escribir este poema. ¡Por vida del...!) CANTO VIII. Artes y oficios. (Cree que por falta de protección de la aristocracia no tenemos hoy Velázquez y Murillos... Nosotros, que conocemos a todos los artistas pobres de Madrid, podemos tranquilizarle en este punto ¡No consiste en eso!) CANTO IX. El valor. CANTO X. El honor. CANTO XI. La virtud. CANTO XII. Miscelánea. Éste es el esqueleto de la obra. Abundan en ella muchas ideas heterogéneas; pero no tiene idea fundamental. La obra es superficial en todo. El autor demuestra ser profundo conocedor de tipos, de nombres, de sitios, de tradiciones; pero nunca del alma de las cosas. Hace un bello paralelo entre el Madrid de hace treinta años y el Madrid de hoy, y le agradan los dos, no sabiendo con cuál quedarse. A lo mejor su poema deja de ser La Desvergüenza y se olvida del asunto como objeto y del estilo satírico como forma. Pero... ¿qué digo? Cuando más acre quiere ser, su sátira no corroe, no excita, no indigna, no subleva. Dijérase, si se tratase de otro hombre, que el autor no conoce ni por el forro a Juvenal. Empieza a lo Byron, queriendo morder a cielo y tierra, despechado, violento, tremebundo, y acaba elogiándolo todo, admirando siempre, cantando a lo mejor. Si la sátira, en los grandes maestros del género, corrige las costumbres deleitando, en D. Manuel acontece que sólo deleita. Quiere Horacio que la sátira, no arranque una risa, sino una sonrisa: con Bretón se ríe uno a carcajadas. Por lo demás, nada nuevo, nada atrevido, nada trascendental, ni tan siquiera una paradoja que haga meditar dos segundos. En cambio, da sus consejitos para ver si arregla a los autores dramáticos con los actores... ¡Es un ángel! ¿Quién le mandó creer a nuestro buen patriarca que su corazón tenía hiel en que mojar la pluma, ni que su pluma se había trocado en látigo? ¿Por qué no ha escrito una obra didáctica, si se hallaba con humor de preceptista? ¿Por qué no ha escrito un poema festivo o una novela en verso, si quería hacernos gozar de sus sales imperecederas? Y, sobre todo, insigne maestro, ¿a qué amargarse porque una o dos comedias suyas hayan sido mal recibidas, quien, como V., tiene ya caudal de gloria suficiente para hacerse respetar de nuestra generación y de todas las venideras? Digo más: ¡hasta la misma Desvergüenza pasará a la posteridad, sólo por ser obra de V.! Y cate aquí un juicio sintético de V. y de su última obra. Madrid, 1857
Necrología
Lo sabíamos hace mucho tiempo... ¡y él lo ignoraba! A principios de este otoño la fúnebre noticia nos heló de espanto a todos sus amigos. ¡AGUSTÍN BONNAT se moría!... ¡Estaba tísico!... ¡No había esperanza! ¡El agudo folletinista, el novelista delicado, el narrador humorista y excéntrico, el que todo lo dijo siempre con la risa en la boca, el que nunca habló seriamente con el público; aquel ingenio, en fin, semi-francés, semi-alemán, raras veces español, que tan brillantemente apareció hace cinco años en el palenque de la literatura, yacía en una butaca, devorado por la fiebre, agonizando en lo mejor de su juventud, sin savia en las venas, decrépito, agostado como una flor sin agua, como una palmera sin sol, como un pájaro sin aire! ¡Y él lo ignoraba! ¡Él soñaba con la vida y el amor, con la naturaleza y el arte, con la ciencia y la literatura! ¡Él se creía joven y fuerte; esperaba todos los días salir a la calle a la siguiente mañana; pedía que le llevasen a la nueva Exposición de pinturas, recordando, sin duda, que escribió la crítica de la de hace dos años; hablaba de trabajar y de brillar en el mundo; confiaba en la vuelta de la primavera; preguntaba por sus amigos; reía como antes; se embelesaba con la música; pedía flores y libros; se interesaba en la política; averiguaba la moda; encargaba billetes para los teatros; vivía, en fin, con toda su alma, con toda su esperanza, con todo su ser, con todo su genio... en el borde mismo del sepulcro! ¡Y nosotros lo sabíamos! Todos los días, aguardábamos la terrible nueva... Cada cortejo fúnebre que encontrábamos, temíamos que fuera el suyo... Toda campana que doblaba, decía su nombre a nuestros oídos... El viento lúgubre de Noviembre, azotando de noche las paredes de nuestra casa, nos parecía su despedida eterna... Al amanecer de cada uno de estos días negros, lluviosos, melancólicos, que han sucedido a la Conmemoración de los Difuntos, nos parecía que el infinito duelo de la naturaleza lloraba la partida de Agustín, verificada acaso la noche anterior... ¡Y el vértigo del mundo y de los placeres, los sueños de ambición y de gloria, el cotidiano recogimiento después de largas horas de vanidad y de locura, y el renovado comienzo de dichas, trabajos y penas que nos aguardaba cada mañana al saltar del lecho, eran a nuestro corazón, atribulado bajo tan terrible amenaza, punzadores remordimientos y dolorosos sarcasmos! ¡Él moría... él había muerto quizás en aquel instante, y nosotros seguíamos viviendo unas horas que fueron su ilusión y su esperanza! ¡Oh! Y si al morir había despreciado cuanto dejaba en la tierra, ¡qué mengua o qué desventura la nuestra, seguir apurando el cáliz que él apartó de sí en la última hora! ¡Vivir más que los que amamos es una humillante ventaja! Ellos se van, más felices que nosotros, como predilectos del Eterno Dispensador de la vida y de la muerte... Y nosotros quedamos aquí, ufanos de nuestra longevidad, egoístas, buscando razones para enorgullecernos de sobrevivir; diciendo acaso con medrosa candidez: «Pues que yo sé que él ha muerto, indudablemente existo todavía...» A lo que contesta otro monstruo de la imaginación: «Muchos jóvenes mueren en torno mío: quizás soy yo de los destinados a llegar a viejos...» ¡Miseria, locura humana! ¡Agustín! Así hemos pensado muchas veces, durante tu agonía, que no ha sido la tuya, sino la de todos los que te amábamos. Pero ¡ay! ¿a qué te hablamos ya? Ayer no pudimos decírtelo, porque vivías... y creías en la existencia. Hoy... ¡ya no nos oyes!... ...................................................................................................................................................... Hace tres días, el sábado, se entreabrió la nublada atmósfera, dejándonos ver el azul de la inmensidad. Los rayos del sol alegraron la tierra después de muchas semanas de lobreguez y lluvia fue una mañana hermosa, riente, pura, rica de luz, de aromas y de armonías. Los ojos de los hombres vieron por algunas horas la esplendidez del cielo, y las almas, asfixiadas en la sombría cárcel de este planeta mezquino, volaron por entre las rotas y flotantes nubes buscando espacio y libertad... A la tarde, cerrose de nuevo el horizonte; tornó la Tierra a su soledad y abandono, y volvieron las nubes a derramar copioso llanto... Durante aquella esplendorosa y fugitiva mañana, el alma de Agustín Bonnat había abandonado este mundo. ¡Y soy yo quien lo digo! ¡Era yo quien había de hablar en tu sepultura! ¡Era esta pluma mía, que tú cogiste tantas veces en mi jugar, la que había de escribir tu epitafio! ¡Era yo, tu compañero, tu amigo, tu camarada literario, quien había de quedar solo, enfrente de nuestro pupitre, escribiendo un artículo más, con imágenes y figuras retóricas, destinado a tal o cuál periódico, entre unaCrítica de teatros y una Revista de Madrid...; y ese artículo, ese trabajo, esa producción mía, que tú ya no leerás, había de ser tunecrología, tu oración fúnebre, tu partida de sepelio! ¡Ah! ¡Triste privilegio el mío! ¿Por qué no ha sucedido lo contrario? ¿Qué me importaba a mí morir? A las cuatro de la mañana del 27 de Noviembre de este año de 1858 murió Agustín Bonnat. Unos cien amigos suyos, literatos y artistas casi todos, acompañamos el ataúd en que iba encerrado su cuerpo. En las afueras de Madrid, en el cementerio de San Nicolás, patio de San Pedro, número 87, se había cavado un hoyo en la tierra, tal fue su deseo y en ese hoyo quedó sepultado aquel que, hacía algunas horas, encerraba en sí mismo el universo entero. Silenciosos e inmóviles, vimos hundirse en el polvo de la nada al que había sido como nosotros, joven, activo, entusiasta, poeta. Sus pasiones, sus pensamientos, sus proyectos, sus esperanzas, sus recuerdos; los seres que vivían en su corazón, y este corazón, vida de muchos seres; el hijo, el hermano, el amigo, el amante, el literato, el artista; todo lo que significaban aquel cuerpo y aquel nombre desapareció bajo una capa de tierra. A los pocos instantes, ni huella de él!... El suelo, nivelado por el enterrador, era ya transitable para los vivos. Una gota de agua había caído en el Océano. Aquel ser complejo, que absorbía la creación por medio de sus sentidos; que se asimilaba la vida universal, y que, en cambio, inundaba todos los espacios, todos los tiempos con su imaginación, recordando o deseando, adivinando o creyendo..., habíase desvanecido como una sombra, y cuanto a él acudía o de él emanaba, cuanto constituía el ya desenlazado drama, el consumado fenómeno de aquella existencia moral y corpórea, física y espiritual, era como herencia que dejaba al mundo, a nosotros quizás, más inmediatamente que a nadie, pues que nos hallábamos sobre su tumba y habíamos de visitarla muchas veces... Pero no... ¡mil veces no! Esta teoría no podía ser verdad... Bonnat no quedaba allí. Él, tan infinito pocos momentos antes, no hubiera cabido en una sepultura! ¡Así, Agustín, de pie sobre tu fosa, medité en nuestro destino! Mi espíritu se elevó al cielo en busca de un Dios y de ti; y, cuando me alejaba del cementerio, ni lágrimas de despedida, ni tan siquiera una mirada dirigí al lugar donde había visto tu cuerpo por última vez. No; ¡tú no quedabas allí!... ¡La fe arrogante que mi alma tenía en sí misma en medio del cementerio, díjome muy alto que tu alma existe y goza en la eternidad! Agustín Bonnat nació en Madrid el día 29 de Diciembre de 1831. Desde los doce a los diez y seis años de edad estudió en un colegio de Francia, a lo que debió que el idioma francés le fuese tan familiar como el español. Cursó la Jurisprudencia en Madrid. y dedicose a la Pintura en sus ratos de ocio, denotando muy felices disposiciones en tan difícil arte. Sabía las literaturas latina y española más profundamente que hoy se acostumbra. Su novelista favorito fue siempre Alfonso Karr, a quien imitó muchas veces con felicísimo éxito, y su poeta querido Henry Heine, de quien tradujo algunas baladas y leyendas. Hasta el año de 1853 no se dio a conocer como escritor. Su primera producción, «Yo, ella, nosotros,» publicada en el SEMANARIO PINTORESCO, se reprodujo en París, donde se le prodigaron muchos y muy merecidos elogios. Al año siguiente, el mismo periódico insertó el lindísimo juguete Nunca, que tradujo la CRÓNICA DE NEW-YORK. Un capricho de Cleopatra, Diez y ocho años después, Dos ramos de flores, Rubias y morenas y Un nido de tórtolas, aparecieron más tarde en el SEMANARIO, mientras que en LA ILUSTRACIÓN se publicabaE pluribus unum y algún otro artículo que no recordamos. Tradujo el famoso libro de Eugenio Pelletan Profesión de fe del Siglo XIX; escribió en el folletín de LAS NOVEDADES Nubes y estrellas; colaboró en primera línea en el renombrado Almanaque-omnibus y en Mañanas de Abril y Mayo; criticó, según dejamos dicho, la Exposición de Bellas artes de 1856, y después la Estatua de Mendizábal, también en LAS NOVEDADES, dejando además, en varios periódicos y álbums, algunas bellas poesías en que se nota la misma afición a la forma extranjera. Agustín Bonnat era uno de los escritores más fáciles y espontáneos de la nueva generación. Hablaba como pensaba, y como hablaba escribía. Su estilo cortado, bíblico,lapidario, tenía algo del de Girardin y del de Karr. Juntos nos burlamos muchas veces de esta manera de escribir, que por entonces adopté yo también, más por lo nueva y rara que porque me agradase. Muy luego la abandoné, pero no así Bonnat; pues como siempre escribía en broma, conservó aquel extravagante estilo, que era una humorada más de sus producciones. Sin embargo, ¡qué elegancia para adjetivar, qué originalidad y versatilidad de giros, qué sobriedad de color, qué lujo de imágenes y comparaciones! El lector, el señor lector, como él decía, desempeñó casi siempre el principal papel en sus novelas. Era desenfadado, chistoso y flexible como nadie. Todo se lo contaba al público, y todo con gracia y oportunidad. Cuando leía en casa de Cruzada Villaamil, las continuas carcajadas del auditorio ahogaban siempre su voz. La dedicatoria de una obra suya, las señas de su casa al pie de una tarjeta, su saludo, su figura, sus costumbres, todo era en él literario, original, excéntrico. Ameno, fino, impresionable, superficial en la conversación; tierno y profundo con sus íntimos amigos y con su familia; bello y de elegante porte; honrado y arregladísimo en sus costumbres, Agustín Bonnat era sumamente simpático a cuantos lo conocían y muy querido de los que lo trataban. Fue Secretario particular del señor duque de Valencia y Oficial segundo de la Asesoría de Hacienda: sin embargo, su indiferencia política era absoluta, cosa rara en un literato español de estos tiempos. Nacido en una época de algún entusiasmo por la literatura, el amigo que lloramos hubiera trabajado más y alcanzado alto renombre. Hoy... ¡triste verdad!... nosotros hablamos de él en este periódico, y mañana tal vez nadie se acordará de que ha existido... ¡Ah! ¡que no sea así! Nosotros, al menos, los que le acompañamos anteayer a la final morada, sostengamos vivas, en tanto que peregrinemos sobre la tierra, la merecida fama del escritor y la dulce memoria del amigo. 1858. En Madrid, en este picadero de caracteres indómitos, que no reconoce igual para aquello de convertir en hombres a los niños y en vicios a los hombres; en este infierno de los ambiciosos y de los poetas, adonde venimos todos por curiosidad, y en donde todos quedamos cogidos por los pies, como leones que caen en una trampa; en esta tierra de los fríos secos y de los veranos sin sombra, rodeada de cómodos y elegantes cementerios, que encierran ya veinte veces más población que la capital, pareciéndose en esto a aquellos favoritos enriqueños que llegaron a ser más ricos que sus amos; en Madrid, digo; en el Madrid odiado por las madres de provincias; en el Madrid deseado por los músicos, pintores y literatos de aldea; en el Madrid de dos caras, brillante la una como las carretelas del Prado, los palcos del teatro Real, los gabinetes de las grandes señoras, la amistad de los ministros y los grandes triunfos de la escena, y terrible y funeral la otra como el hospital, la cárcel, el canal y la casa de empeños, o como el portero que dice «vuelva V. mañana», o como el académico que devuelve el manuscrito sin leerlo, o como el editor que no necesita trabajo; en el Madrid, finalmente, de la política, de la Grandeza, del saber, de la Familia Real, de la prensa periódica, de los pretendientes, de los actores, de los banqueros y del Cuerpo diplomático, coma, había hace cuatro años, ¡hace una eternidad, si se piensa en lo que ha sido de vosotros y de mí... oh amigos míos!... ¡hace una eternidad, si nos ponemos la mano sobre el corazón y recontamos nuestras afecciones recíprocas, nuestras esperanzas, nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestros amores, nuestras alegrías!... ¡hace una eternidad, si consideramos las miserias, las grandezas, los dolores, las vanidades, los olvidos, las locuras que han llovido sobre nosotros todos!...; pero, en fin, ¡no hace más que cuatro años!... puntos suspensivos... había, digo, en Madrid, hace cuatro años... (no importa en casa de quién...: en casa de nadie..., en casa de todos..., en una casa cuya puerta no se cerraba ni de día ni de noche), una gran mesa revuelta, adornada con un tintero monstruo y cubierta de cuartillas de papel sellado sin sello, en la cual escribían indistintamente diez o doce literatos y poetas. ¿Sabéis por qué? No porque fuera aquella la redacción de un periódico; que allí no se cultivaba tan humilde literatura: allí se escribían dramas, novelas y poemas...: tampoco porque fuera aquella la casa de todos, ni un club literario, ni cosa parecida; sino porque en la habitación inmediata yacía enfermo otro escritor, y algunos amigos suyos habíamos hecho de su casa nuestro cuartel general. Mesa fue aquélla en que escribió algunas comedias el hijo de Larra, algunos dramas Luís Eguílaz, algunas novelas Agustín Bonnat, cantares Antonio Trueba, artículos económicos Antonio Hernández y letrillas Manuel Palacio; en que se tradujo a Pelletan; en que hizo Arnao muchas canciones, y Castro Serrano varios artículos, y Rivera caricaturas, y Vázquez y Pizarro algunas acuarelas, y planos arquitectónicos Fernández Jiménez, y yo, el menor de todos en edad, saber y gobierno, mis calaveradas de El Látigo y algunas de mis novelillas. Hoy no sé qué ha sido de aquella mesa. La busqué en las ferias este año, y no estaba. Quizás haya sido convertida en leña, o alquilada para otra nueva cría de literatos. Pero vamos al asunto. Un día entré en aquella casa, en ocasión que no había nadie, si se exceptuaba el enfermo. Llegueme a la mesa, con objeto de escribir un artículo para El Eco de Occidente, revista de literatura que a la sazón poseía yo en Granada, y, al buscar papel blanco en el pupitre, tropecé con dos cuartillas escritas por un lado y en letra muy menuda, que no eran ni más ni menos que el principio de una Novela... No tenía título ni nombre de autor pero la letra era de Luís Eguílaz. Semejante al niño que descubre en un rosal un nido de ruiseñores, y, lejos de tocarle, lo oculta entre las hojas, y se aleja de puntillas, no por piedad hacia los polluelos sino para llevárselos luego que tengan pluma; así yo, cazador de originales, coloqué de nuevo las cuartillas donde estaban, a fin de que el buen Eguílaz concluyese la Novela, y con propósito firme de robársela entonces y remitirla a mi mencionada revista. Cuando volví a registrar el nido, mi sorpresa, mi júbilo, mi felicidad no tuvieron límites. Había cuatro cuartillas más, escritas en otra letra, en otro estilo, y ¡oh placer! con la palabra FIN al pie de la última línea. Dichas cuartillas eran de letra y estilo de Agustín Bonnat. Entonces lo comprendí todo. El autor de Nunca había llegado a la mesa después de salir yo, y, encontrando las dos cuartillas que leí y respeté, creyó lo más oportuno concluir la Novela a medida de su capricho... Yo no vacilé ni un momento: cogí las seis cuartillas; las leí; las bauticé con el título de Honni soit qui mal y pense; puse epígrafes a los capítulos; añadí un epílogo al final; metilas en un sobre, y se las eché en la boca a uno de los dos leones de la calle de San Ricardo. Al otro día, cuando Eguílaz y Bonnat buscaron, el uno el principio de su Novela y el otro el resultado de su broma, no pudieron explicarse lo ocurrido, ni yo les dije palabra sobre el particular; pues quería sorprenderlos enseñándoles impresa su obra... Pero ¡ay! ¡ya era tarde! El Eco de Occidente había muerto de hambre de original antes de que llegaran a Granada las seis cuartillas. No se ha impreso, pues, hasta de presente aquella Novela de Eguílaz y Bonnat, que ellos creerán perdida... Hoy, como hace cuatro años, necesito un artículo... Las seis cuartillas han vuelto a mi poder con toda la testamentaría de El Eco... Las he leído, y me han gustado... ¿Me perdonarán sus autores que las publique sin su anuencia? Creo que sí6. Madrid, 1858. Por aclamación nacional y voto público dase a la estampa la presente colección de OBRAS DE SELGAS. España, toda España, es esta vez la casa editorial que reimprime los famosos libros del Cantor de las flores: España ha donado previamente, con maternal amor y soberana munificencia, el importe de todos los gastos, y a la triste viuda y pobres hijos del malogrado Ingenio irán a parar todos los beneficios de tan honrosa empresa. Que no es hipérbole de la amistad ni del dolor el considerar esta publicación como monumento que la Patria erige a su propia gloria con las peregrinas OBRAS DE SELGAS, se patentiza, para regocijo de las Letras Castellanas, en la carta que dio origen a la suscrición general, y cuyas firmas representan, conspicuamente y por vario modo, a los diversos estados, escuelas, clases y partidos que juntos constituyen la Nación española. Dice así tan importante documento: «Sr. D... «Muy señor nuestro: El SR. D. JOSÉ SELGAS Y CARRASCO, insigne poeta y escritor, honra de España, ha muerto pobre. Los que suscriben, deseosos de reunir y perpetuar las obras del ilustre literato, y de acudir en auxilio de su familia, han creído que el mejor medio para lograr uno y otro fin es promover una suscrición pública, cuyo producto se invierta en reimprimir, coleccionados, libros de tan relevante mérito. La nueva edición que de ellos se haga será propiedad de la viuda e hijos de Selgas, a los cuales se entregará también el remanente de la suscrición, si lo hubiere. »Convencidos de que le será a V. grato cooperar a tan laudable propósito, esperamos que nos ayude a llevarlo a cabo, contribuyendo por su parte a la suscrición y procurando fomentarla. »Las cantidades que se recauden se dirigirán a las oficinas del Sr. Fontagud Gargollo, Barquillo, I duplicado. »Somos de V. atentos y seguros servidores Q. B. S. M., »Juan Ignacio, Cardenal Moreno, Arzobispo de Toledo. -El Duque de la Torre. -El Marqués de Casa Jiménez. -El Conde de Cheste. -D. el Duque de Pastrana. -El Marqués de la Vega de Armijo. -El Duque de Tetuán. -Manuel Cañete. -Cándido Nocedal. Claudio Moyano. -El Conde de Canga-Argüelles. -Manuel M. de Santa Ana. -Emilio Santillán. -Esteban Garrido. -A. de Carlos -Tomás Rodríguez Rubí. -El Marqués de Molins. -A. Cánovas del Castillo. -Gaspar Núñez de Arce. -Antonio Romero Ortiz. -José Echegaray. -Manuel Tamayo y Baus. -Gabino Tejado. -José de Fontagud Gargollo. -Mariano Catalina. -Fernando Fernández de Velasco. -M. Menéndez Pelayo. -Pedro Antonio de Alarcón. -El Conde de Casa Sedano. -Mariano Vázquez. -Aureliano Fernández Guerra. -El Marqués de Vallejo. -Alejandro Pidal y Mon. -Marqués de San Gregorio. -Ramón Nocedal. -Antonio Arnao. -Emilio Castelar. -Manuel Alonso Martínez. -Práxedes M. Sagasta. -Isidoro Fernández Flórez. -El Conde de Orgaz. -El Conde de Guaqui. -Carlos Díaz Guijarro, Cura de la Parroquia de San Luís. -El Marqués de Valdeiglesias. -Alfredo Escobar. -Francisco Silvela. -José Ortega Munilla. -F. Pi y Margall. -Joaquín Martín de Olías. -EmilioArrieta. -Benito Soriano Murillo. -El Conde de Velle. -El Marqués de Viluma. -El Marqués de Peñaflorida. -Antonio F. Grilo. -Antonio María Fabié. -José de Posada Herrera. -Arsenio Martínez de Campos. -El marqués de la Habana. -Juan Guelbenzu. -El Duque de Villahermosa.» Ya lo hemos dicho: España respondió, así en la Península como en las Provincias de Ultramar, a este llamamiento de tantos preclaros hijos suyos: desde la Real Familia hasta el afanado adolescente que se abre camino al templo de las Ciencias, de las Letras o de las Artes, todo linaje de españoles de valer o de nota, prelados, próceres, estadistas, académicos, doctores, militares, poetas, artistas, escritores, banqueros, industriales, comerciantes, funcionarios del Estado, etc., han contribuido a la glorificación del cantor de la Modestia (modesto él, más que la violeta con que la personificó en versos inmortales); por lo que bien podemos decir aquí que las OBRAS DE SELGAS, al salir hoy de nuevo a luz, están laureadas, no sólo por la Real Academia Española, que había llamado a su seno al Autor, y que tan especiales honores fúnebres ha creído de su deber tributarle, sino también por el aplauso y la sanción expresa del foro público. Séale lícito al que esto escribe dar las gracias, en nombre de Selgas (como él, si pudiese, las daría bañado en lágrimas), a tantos y tantos corazones entusiastas y generosos, por el bien que han hecho a la noble mujer y a los tiernos niños en quienes clavaba atónito sus últimas miradas, como preguntándose qué sería de ellos en el mundo sin el paternal amparo... Mas no daré a nadie las gracias por el nuevo esplendor añadido al renombre literario del poeta; que ese homenaje se le debía en justicia, y, además, no sería yo fiel intérprete de su bendita humildad, si le atribuyera otros sentimientos y actitudes que confusión, espanto, cortedad, y aquella admirable y sincera desconfianza con que nos decía el pasado Otoño, al oirnos celebrar sus últimos y acaso mejores versos (los tercetos AL SIGLO XIX): «Pero ¿de verdad creéis vosotros que esto vale algo?» Arrogancia y profanación fuera de nuestra parte intentar ahora escribir con tosca pluma un juicio crítico de las OBRAS DE SELGAS, cuando ellas lucen y se recomiendan tanto por sí propias. Únicamente apuntaremos aquí algunos datos biográficos del inolvidable amigo y compañero, para que el día de mañana llenen aquel vacío que, por lo tocante a la vida de los Autores, suele quedar en la historia de la Literatura (aun tratándose de los más insignes y aplaudidos), si personas de su intimidad no cuidan de trasladar a público papel las caras memorias de que el corazón más piadoso y amante sólo es frágil y precaria urna, que la muerte rompe también muy luego... Y ninguna manera mejor se nos ocurre de comenzar nuestro humilde trabajo, que referir lo que pasó en la Real Academia Española cuando le fue notificada la muerte de Selgas, y copiar el notabilísimo documento, hoy ya de dominio público, a que en seguida dio lectura el ilustre autor de Virginia, D. Manuel Tamayo y Baus. Diremos, pues, que era la noche del jueves 9 de Febrero del presente año de 1882, memorable, por lo luctuosa y triste, para aquella docta Corporación. Tamayo, pálido, trémulo y con voz enronquecida por las aprisionadas lágrimas, cumplía su deber de Secretario, dando a la Junta cuenta oficial del fallecimiento del poeta, del amigo, del hermano... No menos afectados los que le escuchábamos, -el conde de Cheste (Director), el marqués de Molins, los dos Fernández Guerra, el marqués de Valmar, Cañete, Nocedal, Rubí, Campoamor, Cánovas, Canalejas, Silvela, Arnao, Galindo, Barrantes, Pascual, Núñez de Arce, el marqués de San Gregorio, Catalina, Menéndez Pelayo, Madrazo, Tejado y el que suscribe-, creíamos como que era mayor o más definitiva la ya muy llorada pérdida desde que se proclamaba en aquel sitio... Tomó en seguida la palabra el por tantos títulos digno y respetable Director; y, después de lamentar la que todos considerábamos desventura de familia y de la Patria y de conmemorar los m&e |