Poemas en prosa
- I -
El extranjero
- II -
La desesperación de la vieja
- III -
El «yo pecador» del artista
- IV -
Un gracioso
- V -
La estancia doble
- VI -
Cada cual, con su quimera
- VII -
El loco y la Venus
- VIII -
El perro y el frasco
- IX -
El mal vidriero
- X -
A la una de la mañana
- XI -
La «mujer salvaje» y la queridita
- XII -
Las muchedumbres
- XIII -
Las viudas
- XIV -
El viejo saltimbanqui
- XV -
El pastel
- XVI -
El reloj
- XVII -
Un hemisferio en una cabellera
- XVIII -
La invitación al viaje
- XIX -
El juguete del pobre
- XX -
Los dones de las hadas
- XXI -
Las tentaciones, o Eros, Pluto y la Gloria
- XXII -
El crepúsculo de la noche
- XXIII -
La soledad
- XXIV -
Los Proyectos
- XXV -
La hermosa Dorotea
- XXVI -
Los ojos de los pobres
- XXVII -
Muerte heroica
- XXVIII -
La moneda falsa
- XXIX -
El jugador generoso
- XXX -
La cuerda
- XXXI -
Las vocaciones
- XXXII -
El tirso
- XXXIII -
Embriagaos
- XXXIV -
¡Ya!
- XXXV -
Las ventanas
- XXXVI -
El deseo de pintar
- XXXVII -
Los beneficios de la Luna
- XXXVIII -
¿Cuál es la verdadera?
- XXXIX -
Un caballo de raza
- XL -
El espejo
- XLI -
El Puerto
- XLII -
Retratos de queridas
- XLIII -
El tirador galante
- XLIV -
La sopa y las nubes
- XLV -
El tiro y el cementerio
- XLVI -
Extravío de aureola
- XLVII -
La señorita Bisturí
- XLVIII -
Any Where Out of the World
- XLIX -
¡Matemos a los pobres!
- L -
Los perros buenos
Epílogo