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Mi aventura en tierra Cómo me lancé a la aventura Cuando subí a cubierta, a la siguiente mañana, el aspecto de la isla había cambiado por completo. Aunque la brisa había amainado del todo, habíamos hecho mucho camino durante la noche, y estábamos ahora encalmados a una media milla al suroeste de la costa oriental, que era muy baja. Bosques de un color gris cubrían gran parte del terreno. Es cierto que esta tonalidad monótona se interrumpía con bandas de arena amarilla en las tierras más bajas y con muchos árboles altos de la familia del pino, que descollaban sobre los demás, algunos solitarios y otros en grupos; pero la coloración general era uniforme y triste. Los montes se erguían bruscamente sobre la vegetación como torreones de pelada roca. Todos tenían extraña configuración, y El Catalejo, que sobrepasaba en dos o tres centenares de pies la altura de los otros, era también el de más rara forma: se alzaba casi a plomo por todos sus lados, y aparecía cortado de pronto en la cima, como un pedestal para poner sobre él una estatua. La Hispaniola estaba balanceándose hasta meter los imbornales bajo el agua, en la gran ondulación del Océano. Los botavaras tiraban violentamente de las garruchas, el timón daba bandazos de un lado a otro y todo el barco crujía, rechinaba y se movía como una fábrica en pleno trabajo. Tuve que agarrarme con fuerza a un barandal, y el mundo entero daba vertiginosas vueltas ante mis ojos, pues aunque era yo un regular marinero con el barco en marcha, esto de estar parado y rodar de aquí para allá como una pelota era cosa a la que nunca pude acostumbrarme sin sufrir alguna basca, sobre todo de mañana y con el estómago vacío. Quizá fuera esto; acaso fue el aspecto de la isla, con sus bosques melancólicos y grises y sus abruptos peñascales, y las rompientes que oíamos y veíamos cubrirse de espuma y retumbar sobre la escarpada playa...; pero lo cierto es que aunque el sol resplandecía brillante y caluroso, y los pájaros costeros pescaban y chillaban en torno nuestro, y pudiera suponerse gozoso a cualquiera de llegar a tierra después de tanto tiempo en el mar, se me bajó el corazón a los talones, como suele decirse; y desde el momento en que la vi, la sola idea de la Isla del Tesoro me inspiró aborrecimiento. Teníamos por delante toda una mañana de trabajo abrumador, pues no había señal alguna de viento y era necesario echar los botes al agua y tripularlos y remolcar el buque tres o cuatro millas, dando la vuelta a la punta de la isla y metiéndonos luego por el estrecho canal, hasta el fondeadero que estaba detrás de la Isla del Esqueleto. Me fui de voluntario en uno de los botes, donde, por supuesto, no hacía falta ninguna. El calor era insoportable y los marineros gruñían rabiosamente mientras trabajaban. Anderson patroneaba mi bote, y en vez de mantener la disciplina entre la tripulación, murmuraba más alto que ninguno. -Está bien -dijo con un juramento-; gracias que va a durar poco. Me pareció aquello de muy mal agüero, pues hasta aquel día los marineros habían atendido a sus deberes con presteza y docilidad; pero la mera vista de la isla había aflojado las ataduras de la disciplina. Mientras duró el remolque, John el Largo no se separó del lado del timonel y fue guiando el buque. Conocía el canal como la palma de su mano, y aunque el que iba sondeando en la proa encontraba siempre más agua que la que se indicaba en el mapa, John no titubeó una sola vez. -Aquí hay un arrastre muy grande con el reflujo -dijo-, y este paso ha sido excavado, como quien dice, con una azada. Fondeamos precisamente donde estaba el áncora en el mapa, a un tercio de milla de las dos costas, teniendo a un lado la isla grande y a otro la Isla del Esqueleto. El fondo era de arena limpia. El chapuzón del ancla hizo levantarse nubes de pájaros que giraban chillando sobre los bosques; pero en menos de un minuto volvieron a posarse, y todo quedó otra vez en silencio. El fondeadero estaba rodeado de tierra por todos lados, en medio de bosques; los árboles llegaban hasta la marca de las mareas altas; las costas eran llanas por la mayor parte, y las cumbres de los montes se alzaban alrededor, a cierta distancia, en una especie de anfiteatro: una aquí y otra allá. Dos riachuelos, o mejor dicho dos pantanos, desembocaban en aquel lago, pues así podía llamársele, y el follaje por aquella parte de la costa tenía como una especie de ponzoñoso lustre. Desde el barco no podíamos ver nada de la casa o de la estacada, porque estaban enterradas entre los árboles, y a no ser por el mapa que estaba en la cámara, pudiera creerse que éramos los primeros que habían anclado allí desde que la isla surgió de los mares. No se movía una bocanada de aire, y sólo rompía el silencio el tronar de las rompientes, a media milla de distancia, a lo largo de las playas y contra las rocas en el exterior. Un olor raro, como de aguas estancadas, se cernía sobre el fondeadero: olor de hojas en remojo y de troncos podridos. Vi que el doctor no hacía sino aspirar por la nariz, como quien prueba un huevo que no está fresco. -No sé si habrá por aquí tesoros -dijo-; pero apuesto la peluca a que hay fiebre. Si la conducta de los marineros había sido alarmante en los botes, cuando volvieron a bordo se hizo francamente amenazadora. Se tendieron por cubierta en grupos que charlaban y gruñían. La más ligera orden era recibida con miradas aviesas y ejecutada rezongando y de mala gana. Hasta los marineros honrados se habían contagiado, pues no había ninguno a bordo que pudiera servir de modelo a los otros. Era evidente que la rebelión se cernía sobre nosotros como una nube de tormenta. Y no éramos tan sólo nosotros, los de la cámara, los que barruntaban el peligro. John el Largo se afanaba sin descanso, yendo de grupo en grupo y deshaciéndose en buenos consejos, y, como ejemplo, ninguno hubiera podido darlo mejor. Se excedía a sí mismo en solicitud y amabilidad; era todo sonrisas para todo el mundo. Si se daba una orden, estaba en un instante en pie, muleta en ristre, con el más animoso «¡listo!» para ejecutarla. Y si otra cosa no podía hacer, entonaba una canción tras otra, como para ocultar el descontento de los demás. De todos los signos ominosos de aquella tarde nefasta, esta evidente preocupación por parte de John el Largo parecía el peor de todos. Celebramos un consejo en la cámara. -Señor mío -dijo el capitán-, si me arriesgo a dar otra orden se nos va a venir encima todo el barco. Vea usted, las cosas están así: me dan una mala contestación; pues bien, si se la devuelvo, los puños van a andar por el aire en seguida; si me callo, Silver va a ver que hay gato encerrado, y el juego está descubierto. Pues bien, sólo tenemos un hombre en quien podamos confiar. -¿Y quién es él? -preguntó el Squire. -El propio Silver, que tiene tanto interés como usted o como yo en suavizar las cosas. Esto es una desavenencia entre ellos, y él tardaría muy poco en apaciguarlos y convencerlos si encontrase una ocasión, y lo que yo propongo es que se la proporcionemos. Demos a los marineros una tarde de asueto en tierra. Si se van todos, nos apoderamos del barco y lo defenderemos. Si ninguno se va..., bueno, pues entonces nos fortificamos en la cámara y que Dios ayude a los buenos. Si se van sólo algunos, acuérdese de lo que le digo: Silver los traerá a bordo tan mansos como corderos. Así se decidió. Se repartieron pistolas cargadas a todos los hombres seguros; a Hunter, Joyce y Redruth se les dio cuenta de lo que pasaba, y recibieron las nuevas con menos sorpresa y mejor talante de la que nosotros esperábamos; y en seguida subió el capitán a cubierta y habló a la tripulación. -Muchachos -dijo-: hemos tenido un día caluroso y todos estamos cansados y maltrechos. Una vuelta por tierra no hará mal a nadie. Los botes están aún en el agua; podéis coger las canoas y marcharse a tierra los que quieran a pasar la tarde. Dispararé un cañón media hora antes de la puesta del sol. Aquellos simples se figuraban, por lo visto, que iban a andar a tropezones con los tesoros tan pronto como pusieran el pie en la isla; pues todos salieron de repente de su sombrío enojo y dieron un ¡hurra!, que devolvió el eco desde una colina lejana y que, una vez más, hizo levantarse a los pájaros dando vueltas y lanzando chillidos alrededor del fondeadero. El capitán era demasiado astuto para no comprender que debía quitarse de en medio. Desapareció como por ensalmo, y dejó que Silver arreglase la excursión. Y obró muy cuerdamente: de permanecer en cubierta no hubiera podido ni siquiera fingir por más tiempo que no se daba cuenta de lo que ocurría. Era tan claro como el día. Silver era el capitán y a fe que tenía que entendérselas con una tripulación harto rebelde. Los marineros fieles -y pronto se iba a demostrar que los había a bordo- debían de ser muy duros de mollera, o, más bien, creo que la verdad era ésta: que todos estaban descontentos por el ejemplo de los cabecillas, unos más y otros menos, y unos pocos, que eran en el fondo buena gente, no querían ir, ni se les podía llevar más lejos. Una cosa era hacerse los remolones y hurtar el cuerpo al trabajo, y otra muy distinta apoderarse de un barco y asesinar a unos cuantos inocentes. Al fin, sin embargo, se organizó la expedición. Seis se iban a quedar a bordo, y los trece restantes, incluyendo a Silver, comenzaron a embarcarse. Y entonces fue cuando me vino a la cabeza la primera de las ideas locas que tanto contribuyeron para salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba allí seis hombres, era evidente que nosotros no podíamos tomar el barco y defenderlo, y puesto que sólo se quedaban seis, era indudable que la gente de la cámara no tenía necesidad de mi ayuda. Se me ocurrió de pronto irme a tierra. En un instante me descolgué por un costado del barco y me acurruqué bajo el tabloncillo de proa del bote más cercano, y casi en el mismo momento la canoa abrió y se puso en marcha. Ninguno hizo caso de mí, y sólo el remero de proa me dijo: -¿Eres tú, Jim? Agacha la cabeza. Pero Silver, desde el otro bote, miró con penetrantes ojos hacia el nuestro, y llamó para preguntar si yo estaba allí; y desde aquel momento empecé a arrepentirme de lo que había hecho. Las dos tripulaciones corrieron una regata hasta la costa; pero el bote en que yo estaba salió con cierta ventaja, y como era más ligero y estaba mejor tripulado, se adelantó tanto al otro, que ya su proa se había metido entre los árboles costaneros; yo me había agarrado a una rama para saltar fuera y me había escabullido en la más cercana espesura cuando Silver y los demás estaban aún a cien varas a la zaga. -¡Jim, Jim! -le oí que gritaba. Pero, como puede suponerse, no atendí al llamamiento; saltando, escabulléndome bajo las ramas, atropellando por todo, corrí en línea recta hasta que ya no pude correr más. El primer golpe Tan gozoso estaba de habérsela jugado a John el Largo, que empecé a sentir un cierto gozo y a mirar en torno mío, con algún interés, a la extraña tierra en que me encontraba. Había cruzado un terreno pantanoso, lleno de sauces, juncia y raros y exóticos árboles de ciénaga, y acababa de salir al borde de un espacio despejado, de tierras ondulantes y arenosas, de una milla de ancho, con algunos pinos esparcidos aquí y allá, y un gran número de árboles retorcidos semejantes al roble en su crecimiento, pero de follaje más pálido, como el de los sauces. En el lado opuesto de aquel claro estaba uno de los montes, con dos curiosas cúspides de peñascos que resplandecían al sol. Sentí entonces por primera vez el gusto de la exploración. La isla no estaba habitada; mis compañeros de barco se habían quedado atrás, y adelante de mí no había otros seres movientes que las bestias mudas y las aves. Anduve de un lado para otro bajo los árboles. Aquí y allí había plantas en flor, desconocidas para mí; en algunos sitios vi serpientes, y una de ellas irguió la cabeza sobre un peñasco y me silbó con un ruido muy semejante al zumbar de una peonza. ¡Qué ajeno estaba yo de pensar que era un enemigo mortal y que aquel sonido era el famoso cascabel! Fui a dar después a un extenso bosque de aquellos árboles parecidos al roble -encinas debían llamarse, según oí después-, que crecían como zarzas muy bajas por toda la arena, con las ramas entrelazadas y el follaje compacto como una techumbre. El macizo se extendía bajando desde lo alto de uno de los montículos de arena y ensanchándose cada vez más y creciendo en altura hasta llegar al borde de la ancha ciénaga cubierta de juncos, a través de la cual el más cercano de los riachuelos iba filtrándose hasta el fondeadero. El terreno cenagoso exhalaba un espeso vaho bajo los intensos rayos del sol, y la silueta de El Catalejo se veía temblorosa a través de aquella neblina. De pronto empecé a notar una especie de rebullicio entre las juncias; un pato silvestre levantó el vuelo dando un graznido, otro le siguió, y en un momento se cernía sobre toda la extensión de la ciénaga una gran nube de aves que graznaban trazando espirales en el aire. Se me ocurrió al punto que alguno de mis compañeros de barco se iba acercando siguiendo el borde del cenagal, y no me equivoqué, pues poco tardé en oír los tonos lejanos y aún muy débiles de una voz humana, la cual, según seguí escuchando, iba oyéndose cada vez más cerca y más distintamente. Me puso esto en gran temor, y me escondí bajo la encina más cercana y allí me agazapé, todo oídos, silencioso como un ratón. Otra voz contestó, y entonces la voz primera, que ya reconocí como la de Silver, reanudó su conversación y no soltó el hilo por largo rato, interrumpida de cuando en cuando por la otra. Por el tono, parecía que ambos debían de expresarse con calor, y aun casi con cólera; pero no podía distinguir nada de lo que decían. Al fin, los interlocutores se callaron, y aun debieron de sentarse, pues no sólo dejaron de irse acercando, sino que hasta las aves se fueron tranquilizando y empezaron a posarse de nuevo sobre la ciénaga. Y entonces me di cuenta de que estaba faltando a mi deber; de que, pues tan insensato había sido como para venirme a tierra con aquellos desalmados, lo menos que podía hacer era sorprender el secreto de sus conciliábulos y de que mi deber más elemental y obvio era acercarme a ellos lo más posible bajo el cobijo, tan propicio y seguro, de los espesos árboles. Podía fijar con exactitud la dirección en que estaban no sólo por el rumor de sus voces, sino por la inquietud de las pocas aves que aun se cernían alarmadas sobre las cabezas de los intrusos. Arrastrándome en cuatro pies, fui avanzando sin cesar, aunque lentamente, hacia ellos; y al fin, levantando la cabeza hasta una abertura en el follaje, pude ver una verde barranca, junto al pantano, rodeada de árboles, donde John Silver el Largo y otro de la tripulación estaban de conversación mano a mano. El sol les daba de lleno. Silver había arrojado el sombrero al suelo, junto a él, y su anchurosa, tersa y blonda faz estaba levantada hacia el otro como en ademán de súplica. -Compañero -estaba diciendo-, es porque creo que vales como oro molido... ¡oro molido!, y tenlo por seguro. Si yo no te hubiera cogido más cariño que a un hijo, ¿crees tú que estaría yo aquí para prevenirte? Todo está descubierto y ya no tiene arreglo; te hablo nada más que para salvarte el pescuezo, y si alguno de esos perdidos lo supiera, ¿qué sería de mí, Tom? Dime, ¿qué sería de mí? -¡Silver! -dijo el otro. Y observé que no sólo tenía la cara encendida, sino que le temblaba la voz como una cuerda tirante. -Silver -continuó-, usted es viejo y es honrado, o tiene nombre de serlo, y tiene dinero, lo cual no les pasa a muchos pobres marineros, y es valiente, o mucho me equivoco. ¿Y quiere hacerme creer que se va a dejar arrastrar a la fuerza por esa gentuza? No lo hará usted. Como Dios me oye, que antes me dejaría yo cortar el brazo derecho si me vuelvo contra mi deber... Un ruido le interrumpió. Había encontrado yo a uno de los marineros leales; pues bien, ahora iba a recibir noticias de otro. Muy a lo lejos, sobre la ciénaga, se oyó de pronto un grito de rabia, otro en seguida, y después un espeluznante y prolongado alarido. Las rocas de El Catalejo devolvieron el eco varias veces; toda la tropa de aves acuáticas se levantó otra vez, obscureciendo el cielo, con un simultáneo zumbido de aleteos; y antes de que aquel grito de muerte dejase de resonar en mis oídos, el silencio se había restablecido, y sólo el vuelo de las aves que volvían a posarse y el fragor de la distante marejada turbaban la languidez de la tarde. Tom, al oír el grito se había puesto en pie de un salto, como un caballo que siente la espuela; pero Silver ni siquiera pestañeó. Se quedó donde estaba, ligeramente apoyado en la muleta, fijo en su compañero como una serpiente apercibida para saltar. -John -dijo el marinero, tendiéndole la mano. -¡Manos fuera! -gritó Silver, saltando hacia atrás creo que más de una vara, con la presteza y seguridad de un gimnasta. -Manos fuera, si usted quiere, Silver. Es la mala conciencia lo que le hace tener miedo de mí. Pero dígame, por Dios se lo pido, ¿qué ha sido eso? -¿Eso? -contestó Silver, sin dejar de sonreír, pero más alerta y receloso que nunca, con las pupilas reducidas a dos puntos en su cara disforme, aunque lucientes como fragmentos de vidrio-. ¿Eso? Calculo que habrá sido Alán. Y al oírlo, el pobre Tom se enardeció como un héroe. -¡Alán! -exclamó-. ¡Pues que descanse en paz su alma de buen marinero! Y en cuanto a usted, John Silver, mucho tiempo ha sido mi compañero, pero yo ya no quiero serlo suyo. Si muero como un perro, moriré dentro de mi deber. Habéis matado a Alán, ¿no es verdad? Pues que me maten a mí también, si pueden. Pero aquí me tienen, les desafío. Y diciendo esto, aquel valiente volvió la espalda al cocinero y se echó a andar hacia la costa; pero no estaba destinado a ir muy lejos. Dando un grito, John se agarró a la rama de un árbol, se quitó la muleta del sobaco y lanzó aquel extraño proyectil zumbando por el aire. Dio al pobre Tom de punta y con tremenda violencia entre los dos hombros, en medio de la espalda. Levantó éste las manos, dio una especie de bostezo y cayó. Si estaba herido o no gravemente, nadie pudo decirlo. Era probable, a juzgar por el ruido del golpe, que tuviera rota la columna vertebral; pero no se le dio tiempo para que volviera en sí. Silver, ligero como un mono, aun sin muleta, estaba en un instante encima de él y había enterrado dos veces su cuchillo, hasta las cachas, en aquel cuerpo indefenso. Desde mi escondite oía el jadear de su respiración cuando daba los golpes. Yo no sé de cierto lo que es un desmayo, pero sí sé que durante un corto rato el mundo se desvaneció enfrente de mí, girando en un brumoso remolino: Silver, los patos y la ingente cima de El Catalejo daban vueltas y vueltas, se revolvían ante mis ojos y oía como un tintineo de campanas y voces lejanas que me gritaban al oído. Al volver en mí, el monstruo había recobrado su compostura, tenía la muleta bajo el brazo y el sombrero en la cabeza. A sus pies yacía Tom, inmóvil en el césped; pero el asesino no se cuidaba de él: limpiaba el cuchillo manchado de sangre con un manojito de hierbas. Todo lo demás permanecía lo mismo; el sol seguía resplandeciendo inexorable sobre la ciénaga humeante y sobre el alto pináculo del monte; apenas podía convencerme a mí mismo de que allí acababa de cometerse un asesinato y de que una vida humana había sido cruelmente truncada ante mi vista unos momentos antes. Después, John se llevó la mano al bolsillo, sacó un pito y lanzó al aire varios silbidos modulados que sonaron muy lejos en la atmósfera recalentada. No podía decir, por supuesto, lo que aquella señal significaba; pero al punto despertó mis temores. Podía venir más gente. Podía ser yo descubierto. Ya habían sacrificado a dos de los buenos; después de Tom y Alán, ¿no me tocaría a mí la vez? Salí fuera de mi escondrijo y empecé a retroceder arrastrándome tan de prisa y calladamente como pude hacia la parte más despejada del bosque. Mientras así me alejaba, oía gritos de llamada que iban y venían entre el viejo bucanero y sus camaradas; y esta alarmante señal de peligro me dio alas para huir. Tan pronto como me vi fuera de la espesura, corrí como no había corrido nunca, sin cuidarme apenas de adónde iba, con tal de alejarme de los asesinos, y según corría iba aumentando más y más mi terror, hasta convertirse en una especie de frenesí. Lo cierto es que nadie podía encontrarse en situación más desesperada que la mía. Cuando se disparase el cañonazo, ¿cómo iba yo a atreverme a bajar hasta los botes, entre aquellos malvados sobre los que aún humeaba la sangre de sus crímenes? El primero de ellos que me viese, ¿no me retorcería el pescuezo como a un pájaro? Mi ausencia misma, ¿no sería para ellos un indicio de mi temor y, por tanto, de mi fatal conocimiento? Todo había acabado, pensé. ¡Adiós a la Hispaniola, adiós al Squire, al doctor, al capitán! Ya no quedaba para mí más que la muerte por hambre o la muerte a manos de los rebeldes. A todo esto, como ya digo, no cesaba de correr, y sin que me diera cuenta de ello me había acercado al pie del montecillo con los dos picos, y estaba ya en una parte de la isla donde las encinas crecían más apartadas y se parecían más a los árboles de bosque por su aspecto y tamaño. Mezclados con ellas había algunos pinos que, a veces alcanzaban cincuenta y hasta setenta pies de altura. El aire, además, parecía más fresco y puro que allá abajo en los cenagales. Y allí un nuevo susto me dejó parado, con el corazón palpitante. El hombre de la isla De la ladera del monte, escarpada y pedregosa por aquella parte, se desprendieron unas pedrezuelas que cayeron con ruido y rebotando por entre los árboles. Volví instintivamente la vista hacia aquel sitio y vi saltar un bulto con gran rapidez y ocultarse tras un árbol. Lo que aquello fuera, si oso, hombre o mono, no podía adivinarlo. Parecía obscuro y greñudo; más no podía decir. Pero el terror de esta nueva aparición me hizo detenerme. Estaba ahora, al parecer, cercado por ambos lados: detrás, los asesinos; delante, esta cosa furtiva y sin nombre. Y, desde luego, preferí los peligros que ya conocía a los que ignoraba. Silver mismo parecía menos terrible al lado de este engendro de los bosques; y dando media vuelta, y sin cesar de mirar tras de mí por encima del hombro, empecé a retroceder en dirección a los botes. Inmediatamente el bulto reapareció, y dando un gran rodeo comenzó a cortarme la retirada. Es verdad que yo estaba fatigado; pero aunque hubiera estado tan fresco como cuando me levanté de la cama, vi en seguida que no me habría sido posible competir en velocidad con tal adversario. Se deslizaba de un tronco a otro como un gamo, corriendo a estilo humano, en dos pies, pero se diferenciaba de todos los hombres que yo había visto en que corría doblado en dos por la cintura. Sin embargo, un hombre era; ya no podía tener duda de ello. Me vino a la memoria lo que yo había oído de los caníbales. Nada me faltó para pedir socorro. Pero el mero hecho de que era un ser humano, por salvaje que fuese, me tranquilizaba un poco; y el miedo a Silver volvió a crecer en la misma medida. Me quedé, pues, parado, buscando algún medio de escape, y mientras así meditaba, el recuerdo de la pistola relampagueó en mi mente. Tan pronto como me acordé de que no estaba indefenso, el valor volvió a encenderse en mi corazón, y afronté decidido a aquel hombre de la isla y eché a andar rápidamente hacia él. Estaba escondido, para entonces, detrás de otro tronco; pero debió de estar espiándome sin quitar ojo, pues tan pronto como empecé a adelantarme hacia él, reapareció y avanzó un paso hacia mí. En seguida vaciló, se echó hacia atrás, volvió a avanzar, y al fin, con asombro y confusión mía, se dejó caer de rodillas y extendió las manos cruzadas y suplicantes. Una vez más me detuve. -¿Quién eres? -le pregunté. -Ben Gunn -contestó con una voz ronca y torpe, como una cerradura enmohecida-. Soy el pobre Ben Gunn; yo soy él, y no he hablado con un cristiano en estos tres años. Ya había logrado ver que era un hombre de raza blanca, como yo, y que sus facciones eran hasta agradables. La piel, donde la llevaba descubierta, estaba quemada por el sol; hasta los labios los tenía negros, y sus ojos azules producían una extraña impresión en cara tan negra. Entre todos los pordioseros que yo había visto o imaginado, él se llevaba la palma como roto y andrajoso. Estaba vestido con harapos de lona vieja de barco y jirones de paño de marinero, y toda aquella extraordinaria colección de pingajos se mantenía junta por un sistema de variadísimas e incongruentes ligaduras: botones de latón, trozos de palo y lazos de arpillera. Alrededor de la cintura llevaba un viejo cinturón con el ceñidor de metal, única cosa sólida en todo su indumento. -¡Tres años? -exclamé-. ¿Es que naufragaste? -No, compañero -dijo-. Marooned. Ya había oído yo aquella palabra, y sabía que se llamaba así a un horrible castigo, bastante común entre los bucaneros, y que consistía en desembarcar al culpable, provisto de un poco de pólvora y de perdigones, y dejarlo abandonado en alguna isla desolada y lejana. -Marooned hace tres años -continuó-, y viviendo de cabras desde entonces y de moras y ostras. Dondequiera que esté un hombre, digo yo, puede manejárselas. Pero, compañero, me muero de ganas de comer alimento de cristianos. ¿No tendrías por ahí un pedazo de queso? ¿No? Muchas han sido las noches que he soñado con queso, tostado mayormente, y volví a despertar y aquí estaba. -Si alguna vez logro volver a bordo -le dije-, tendrás queso por arrobas. Durante todo este rato había estado palpando la tela de mi chupa, acariciándome las manos, mirándome las botas y mostrando, en suma, durante los intervalos de su conversación, un infantil deleite en la presencia de uno de sus prójimos. Pero al oír mis últimas palabras se echó atrás con una especie de recelosa sorpresa. -Si puedes volver otra vez, dices -repitió-. Pues ¿quién te lo va a impedir? -Ya sé que no serás tú -le contesté. -Y tienes razón. Ahora, tú... ¿Cómo te llamas tú, compañero? -Jim. -Jim, Jim -dijo, al parecer muy complacido-. Pues mira, Jim, yo he vivido tan malamente que te daría vergüenza de oírlo. Dime, por ejemplo, ¿pensarías tú, al verme, que yo he tenido una madre piadosa? -La verdad es que no, a primera vista -le contesté. -Bueno, pues la he tenido... notada por lo devota. Y yo era un chico decente y piadoso y podía decir mi catecismo tan de prisa que no sabía distinguir una palabra de otra. Y mira a lo que he venido a parar, Jim. Empecé jugando a las chapas en las losas del camposanto. Así es como empecé; pero luego fui más lejos que eso, y así me lo decía mi madre, y lo que dijo la pobre mujer todo es verdad. Pero fue la Providencia la que me trajo aquí. Yo he dado vueltas a todo en el pensamiento, aquí, en esta isla solitaria, y he vuelto a la devoción. No me pescarás catando ron, ni tanto así, sino nada más que lo que cabe en un dedal, para dar buena suerte, por supuesto, en la primera ocasión que tenga. Hice voto, de ser bueno, y veo el camino para serlo. Y Jim -añadió bajando la voz-, soy rico. Comprendí entonces que el pobre se había vuelto loco en la soledad, y sin duda debió de traslucirse en mi cara ese pensamiento, pues repitió lo dicho con gran calor: -¡Rico!, ¡rico!, digo. Y voy a decirte una cosa: voy a hacer un hombre de ti, Jim. ¡Ay, Jim! ¡Vas a bendecir tu suerte, sí, por ser el primero que me encontró! Y de pronto, al decir esto, se le ensombreció el semblante, me apretó la mano, que tenía en la suya, y alzó un dedo amenazador ante mis ojos. -Dime, Jim, dime la verdad. ¿No es ése el barco de Flint? Tuve en aquel instante una feliz inspiración. Empecé a creer que había encontrado un aliado, y le contesté al punto: -No es el barco de Flint, y Flint ha muerto; pero voy a decirte toda la verdad, como tú me pides: hay algunos de la gente de Flint a bordo, por desgracia para el resto de nosotros. -¿No hay uno con una pierna...? -dijo con voz entrecortada. -¿Silver? -¡Ah! ¡Silver! Así se llamaba. -Es el cocinero; y el cabecilla, además. Aun me tenía asido por la mano, y al oír esto casi me la retorció. -Si tú hubieras venido por mandado de Silver -dijo-, me doy por muerto, ya lo sé; pero ¿qué te supones que sería de ti? En un instante resolví lo que tenía que hacer, y como respuesta le conté toda la historia de nuestro viaje y el predicamento en que nos encontrábamos. Me oyó con anheloso interés, y cuando terminé me dio palmaditas en la cabeza. -Tú eres un buen chico, Jim -dijo-, y estáis todos en un mal apuro, ¿no es eso? Bueno, pues no tienes más que fiarte en Ben Gunn. Ben Gunn es el hombre para el caso. Y ¿creerías ahora que tu Squire resultase ser una persona desprendida en caso de ayuda... estando él en un mal apuro, como tú dices? Le dije que el Squire era el más generoso de los hombres. -Sí; pero mira -contestó Ben Gunn-. No quiero decir darme una guardería y una librea nueva y cosas de esas; no es eso lo que yo busco, Jim. Lo que quiero decir es: ¿habría probabilidad de que se corriese hasta la altura, digamos, de mil libras esterlinas, sacadas de un dinero que es ya, como si dijéramos, como si fuera propio de uno? -Seguramente que sí; ya se tenía pensado dar a todos una participación. -¿Y un pasaje a Inglaterra? -preguntó con aire de gran astucia. -¡Desde luego! -exclamé-. El Squire es todo un caballero. Y además, si logramos librarnos de los otros, necesitaremos de ti para ayudarnos a llevar el barco a nuestra tierra. -¡Ah! -dijo-, verdad es que sí. Y pareció muy tranquilizado. -Ahora voy a decirte una cosa -continuó-. Hasta ahí te diré y nada más. Yo estaba en el barco de Flint cuando enterró el tesoro: él y seis hombres que fueron con él, seis marineros fornidos. Estuvieron en tierra cerca de una semana, y nosotros, entretanto dando bordadas en el viejo Walrus. Un buen día vimos izada la señal, y allí se apareció Flint solo en un botecito, y traía la cabeza vendada con un pañuelo azul. El sol estaba ya levantándose y se veía a Flint, pálido como un muerto por encima de la proa del bote. Pero allí estaba, fíjate, y los otros seis, muertos todos, muertos y enterrados. Cómo lo hizo, nadie a bordo podía imaginárselo. Sería batalla, asesinato, envenenamiento...; pero él solo contra seis. Billy Bones era el segundo; John el Largo, cabo de mar; y los dos le preguntaron dónde estaba el tesoro. «¡Ah! -dijo-. Podéis ir a tierra si queréis y quedaros allí; pero en cuanto al barco, a la mar otra vez, a buscar más». Eso es lo que dijo. Bueno, pues hace tres años estaba yo en otro barco y pasamos a la vista de esta isla. «Muchachos -dije yo-, allí está el tesoro de Flint; vamos a desembarcar y a buscarlo». El capitán se enfadó, pero mis compañeros estaban resueltos y desembarcamos. Doce días anduvimos buscándolo, y todos los días me decían las peores cosas, hasta que una buena mañana todos se volvieron a bordo. «Tú, Benjamín Gunn -me dijeron-, aquí tienes un mosquete, una pala y un pico. Puedes quedarte aquí, buscar el dinero de Flint y guardártelo». Bien, Jim, tres años llevo aquí y sin un bocado de alimento de cristianos desde aquel día hasta éste. Pero ahora, oye, Jim, mírame: ¿tengo yo facha de un marinero? No, dices tú. Ni lo soy tampoco, digo yo. Y al decirlo me guiñó un ojo y me dio un fuerte pellizco. -Precisamente dile esas palabras a tu Squire, Jim -prosiguió-. «Ni lo es tampoco». Esas son las palabras. Hace tres años él era el hombre de la isla, de día y de noche, lloviendo y con buen tiempo; y algunas veces se pondría a rezar -le dices tú-, y algunas veces puede ser que se pondría a pensar en su madre, que ojalá esté viva -tú le dirás-; pero la mayor parte del tiempo andaba ocupado en otra cosa. Y entonces le das un pellizco como éste. Y volvió a pellizcarme muy confidencialmente. -Después -continuó-, después vas a detenerte y vas a decirle esto: «Gunn es un buen hombre -dices tú- y pone una atrocidad más de confianza..., una atrocidad más de confianza, fíjate en eso, en un caballero de nacimiento que en estos caballeros de fortuna habiendo sido él uno de ellos». -Bueno -le dije-, no entiendo ni una palabra de lo que has dicho. Pero eso no hace al caso, puesto que ¿cómo voy a conseguir llegar a bordo? -¡Ah! -dijo-. Ahí está el apuro, por cierto. Bueno, ahí está mi bote que hice yo con mis dos manos. Lo tengo debajo de la peña blanca. Si todo se pone por lo peor, podemos probar eso de noche. ¡Anda! -gritó- ¿Qué es eso? Porque en aquel momento, aunque faltaban una o dos horas para la puesta del sol, todos los ecos de la isla se despertaron y retumbaron con el trueno de un cañonazo. -Han empezado a batirse -grité-. Sígueme. Y eché a correr hacia el fondeadero, olvidando todos mis terrores; mientras, a mi lado, el hombre abandonado, vestido de pieles de cabra, trotaba ligero y sin esfuerzo. -A la izquierda, compañero Jim, sigue a la izquierda. ¡Métete bajo los árboles! Ahí es donde maté yo la primera cabra. No vienen ahora por aquí abajo; están todas subidas a los masteleros, sobre aquellos montes, por miedo a Benjamín Gunn. Allí está el cementerio. ¿No ves los montones sobre las sepulturas? Vengo por aquí y rezo cuando supongo que debe ser domingo o que le anda cerca. No es del todo una iglesia, pero parece cosa más solemne, como quien dice; y, además -les dices tú-, Benjamín Gunn estaba falto de gente: sin capellán, ni siquiera una Biblia, ni una bandera -les dices. Así siguió hablando mientras yo corría, sin esperar ni recibir respuesta. Al cañonazo siguió, tras un largo intervalo, una descarga de fusilería. Transcurrió otro rato, y después, a menos de un cuarto de milla, por delante de mí, vi la bandera inglesa ondeando en el aire sobre un bosque. La estacada Cómo fue abandonada la «Hispaniola» (El doctor continúa la narración) Sería la una y medía cuando los dos botes fueron a tierra desde la Hispaniola. El Squire, el capitán y yo estábamos en la cámara discutiendo el asunto. Si hubiera habido un soplo de viento, hubiésemos caído sobre los seis amotinados que habían quedado con nosotros a bordo, cortado la amarra y a la mar. Pero nos faltaba el viento, y para completar nuestra cuita bajó Hunter con la noticia de que Jim Hawkins se había metido en un bote y se había ido a tierra con los demás. Ni por un momento se nos ocurrió dudar de Jim Hawkins, pero nos alarmamos mucho por su seguridad. En el temple en que estaban los tripulantes había muchas probabilidades de que no volviéramos a ver al muchacho. Subimos corriendo a cubierta. La brea burbujeaba en los intersticios de las tablas; el insano olor de aquel paraje me revolvió el estómago; si algún sitio olía a fiebre y a disentería era aquel abominable fondeadero. Los seis bandidos estaban sentados, murmurando, bajo una vela en el alcázar; en tierra pudimos ver las dos canoas amarradas y un hombre sentado en cada una, en la proximidad de donde desagua el río. Uno de ellos, llamado el Lilibulero, estaba silbando. Esperar inactivos era cosa que fatigaba los nervios, y decidimos que Hunter y yo fuéramos a tierra, en el chinchorro9, en busca de noticias. Las canoas se habían dirigido hacia la derecha, pero Hunter y yo bogamos en línea recta, en la dirección en que la estacada estaba en el mapa. Los dos que se habían quedado guardando los botes parecían muy sobresaltados por nuestra aparición; el Lilibulero cesó de pronto y pude ver que discutían lo que debían hacer. Si se hubieran ido a contárselo a Silver, todo habría podido pasar de muy distinto modo; pero, sin duda, habían recibido sus órdenes y decidieron permanecer sentados y tranquilos donde estaban. Había allí un pequeño saliente en la costa, y yo goberné de modo que quedase entre ellos y nosotros; y así, antes de que desembarcásemos, ya habíamos perdido de vista las canoas. Salté a tierra y eché a andar casi corriendo, todo lo de prisa que lo permitía la prudencia, con un gran pañuelo de seda bajo el sombrero para defenderme del calor y un par de pistolas recién cebadas para mi seguridad. No había andado cien varas cuando di con la estacada. He aquí cómo era aquello: un manantial de agua clara surgía casi en la cima de un montículo, y, dejando dentro el manantial, habían levantado una sólida casa, hecha de troncos, capaz de albergar, en un apuro, cuarenta hombres y con aspilleras en los cuatro costados para mosquetería. Todo alrededor de ella habían talado un anchuroso espacio, y se había rematado la obra construyendo una estacada de seis pies de altura, demasiado fuerte para que pudiera ser echada abajo sin mucho tiempo y labor demasiado abierta para poder escudar a los asaltantes. Los que estuvieran en la casa de troncos tendrían a aquellos a su merced; podían estar tranquilos y seguros a cubierto y cazar a los otros como perdices. No necesitaban sino estar alerta y tener provisiones, pues, a menos de que los sorprendieran, podían defender el fortín contra un regimiento. Lo que más me atrajo fue la fuente. Aunque teníamos harto buen alojamiento en la cámara de la Hispaniola, con abundancia de armas, municiones, cosas de comer y vinos excelentes, algo había sido descuidado: no teníamos agua. Estaba pensando en esto cuando llegó hasta mí, resonando sobre toda la isla, el grito de un hombre en trance de muerte. Muertes violentas no eran cosa nueva para mí -yo he servido con su alteza el duque de Cumberland, y recibí una herida en Fontenoy-, pero el pulso se me paró de pronto y pegó luego un salto. Jim Hawkins ha muerto fue mi primer pensamiento. De algo sirve el haber sido un antiguo soldado, pero más aún el haber sido médico. No hay valladar en nuestro trabajo para entretenerse en cavilaciones. Y así, entonces, me decidí al instante y, sin haber perdido tiempo, volví a la costa y salté a bordo del chinchorro. Afortunadamente, Hunter era un buen remero. Volábamos sobre el agua, pronto el bote estuvo al costado y yo a bordo de la goleta. Encontramos a todos sobresaltados, como era de esperar. El Squire estaba sentado, blanco como un papel, pensando, el pobre, en los males a que nos había arrastrado; uno de los marineros, en el alcázar, no estaba mucho mejor. -Hay ahí un marinero -dijo el capitán Smollet señalándole con un movimiento de cabeza- que es nuevo en estas cosas. Ha estado a punto de desmayarse, doctor, cuando oyó el grito. Con otro toque que diéramos al timón ese hombre se uniría a nosotros. Expuse mi plan al capitán, y entre los dos convinimos los detalles para llevarlo a cabo. Pusimos al viejo Redruth en la galería, entre la cámara y el alcázar de proa, con tres o cuatro mosquetes cargados y un colchón como barricada. Hunter trajo el bote dando la vuelta hasta la porta de popa, y Joyce y yo nos pusimos a cargarlo con latas de pólvora, mosquetes, sacos de galleta, barriles de puerco, una pipa de aguardiente y mi inapreciable botiquín. Entretanto, el Squire y el capitán se quedaron en cubierta, y el último llamó al timonel, que era el tripulante principal a bordo. -Míster Hands -le dijo-, aquí estamos dos de nosotros con un par de pistolas cada uno. Si alguno de vosotros seis hace la menor señal de cualquier género, es hombre muerto. Se quedaron un tanto desconcertados, y después de una corta consulta fueron bajando uno a uno por la escala del rancho de la marinería, pensando, sin duda, cogernos desprevenidos por la espalda. Pero cuando vieron a Redruth esperándolos en el pasaje, viraron en redondo, y volvió a asomar cautelosamente una cabeza sobre la cubierta. -¡Abajo, perro! -gritó el capitán. Y la cabeza se volvió a ocultar, y nada más vimos, por el momento, de aquellos seis tan poco animosos marineros. Para entonces, echando en él las cosas como nos venían a la mano, teníamos ya el chinchorro todo lo cargado que permitía nuestro atrevimiento. Joyce y yo salimos por la porta de popa y bogamos hacia la costa tan de prisa como nuestros remos podían llevarnos. Esta segunda expedición acabó de alarmar a los vigilantes en la costa. El Lilibulero volvió a detenerse, y en el momento en que los perdíamos de vista detrás del saliente, vi que uno de ellos saltaba a tierra y desaparecía. Me dieron ganas de cambiar mi plan y destruirles los botes, pero temí que Silver y los otros estuviesen cerca y todo podía perderse por intentar demasiado. Pronto atracamos en el mismo sitio de antes y nos pusimos a aprovisionar el fortín. Todos tres hicimos el viaje cargadísimos y arrojamos nuestras provisiones sobre la empalizada. Después, dejando a Joyce para guardarlas, -un hombre solo, es cierto, pero con media docena de mosquetes-, Hunter y yo volvimos al chinchorro y de nuevo tomamos otra carga. Así continuamos, sin pararnos para tomar alimento, hasta que estuvo almacenado todo el cargamento, y entonces los dos servidores del Squire ocuparon sus puestos en el fortín y yo regresé, cinglando con todas mis fuerzas, a la Hispaniola. Que nos atreviéramos a arriesgar un segundo cargamento parece mayor osadía de la que realmente era. Ellos tenían, por supuesto, la ventaja del número, pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los que estaban en tierra tenía mosquete, y antes de que pudieran acercársenos a tiro de pistola teníamos la pretensión de que habíamos de dar buena cuenta de media docena por lo menos. El Squire me esperaba en la ventana de popa, sin muestras ya de su pasada debilidad. Cogió la amarra, la sujetó y nos pusimos a cargar el bote como a quienes les va en ello la vida. Carne de puerco, pólvora y galleta formaba la carga, con sólo un mosquete y un machete por persona, para el Squire, el capitán, Redruth y yo. El resto de las armas y de la pólvora lo echamos por la borda en dos brazas y media de agua, de modo que podíamos ver el brillante acero resplandecer allá abajo en el sol, sobre el fondo limpio y arenoso. Ya la marea empezaba a bajar y el buque a derivar en torno de su áncora. Se oían lejanas voces de llamada en la dirección de las dos canoas, y aunque esto nos tranquilizaba respecto de Joyce y Hunter, que estaban hacia el Este, también nos advertía que debíamos acelerar nuestra partida. Redruth se retiró de su puesto en la galería y se descolgó al bote, y llevamos a éste, dando la vuelta, hasta la bovedilla para estar a mano y recoger al capitán Smollet. -¡Eh, muchachos! -dijo éste-, ¿me oís? No hubo contestación del alcázar. -Es a ti, Abraham Gray; a ti es a quien hablo. Tampoco obtuvo respuesta. -Gray -continuó míster Smollet, alzando la voz-, voy a dejar este barco y te mando que sigas a tu capitán. Ya sé que en el fondo, eres un buen hombre, y hasta digo que ninguno de vosotros es tan malo como se figura. Tengo el reloj en la mano; te doy treinta segundos para venirte conmigo. Hubo una pausa. -¡Vamos, muchacho! -prosiguió el capitán- no te estés tanto en el varadero. Estoy jugándome mi vida y la de estos buenos señores cada segundo que pasa. Se oyó un repentino estrépito de trifulca y de golpes, y Abraham Gray salió disparado, con una cuchillada en una mejilla, y vino corriendo hacia el capitán como un perro que acude al silbato. -Estoy con usted, señor -dijo. Y en seguida el capitán y él se embarcaron con nosotros; desatracamos y empezamos a bogar. Ya estábamos libres del barco, pero no en tierra y en nuestra estacada. El último viaje del chinchorro (Sigue el relato del doctor) Esta tercera expedición era muy distinta de las anteriores. En primer lugar, el exiguo cacharro en que íbamos embarcados estaba peligrosamente sobrecargado. Cinco hombres talludos, y tres de ellos -Trelawney, Redruth y el capitán- de más de seis pies de altura, eran ya más carga que la que el bote estaba hecho para soportar. Añádase a eso la pólvora, el puerco y los sacos de galleta. La borda iba al ras del mar por la popa. Varias veces embarcamos algo de agua, y mi calzón y los faldones de la casaca estaban ya empapados antes de que nos hubiéramos alejado cien varas. El capitán nos hizo cambiar de sitios para equilibrar el bote, y conseguimos que fuera un poco más igualado. Aun así teníamos miedo de respirar. Por otra parte, la marea bajaba ya con fuerza, formaba una ondulosa corriente que corría hacia el Oeste a través de la ensenada, y luego hacia el Sur y en dirección a la mar, saliendo por el canal, por el cual habíamos entrado aquella mañana. Hasta las olas más pequeñas eran un peligro para nuestra embarcación tan cargada; pero lo peor de todo es que íbamos arrastrados fuera del curso que debimos seguir y alejándonos del lugar donde había que desembarcar detrás de la punta. De dejarnos llevar por la corriente hubiéramos ido a parar junto a las canoas, donde los piratas podían aparecer de un momento a otro. -No puedo conservar la proa enfilada a la estacada -dije al capitán. Yo iba gobernando, mientras que el capitán y Redruth, que estaban descansados, iban a los remos. -La marea sigue desviándonos -continué-. ¿No podrían remar un poco más fuerte? -No, sin anegar el bote -contestó el capitán-. Tiene usted que aguantar contra la corriente, aguantar cuanto pueda, hasta que vea que vamos ganando. Lo intenté, y vi, por experiencia, que la marea seguía arrastrándonos, hasta que fui poniendo la proa al Este, es decir, casi en ángulo recto con la dirección que debíamos seguir. -A este paso no llegaremos nunca a tierra -dije. -Es el único curso que podemos seguir, y tenemos que seguirlo -contestó el capitán-. Hay que ir contra la corriente. Vea usted -continuó-, si llegamos a caer a sotavento del desembarcadero es difícil decir en qué sitio llegaríamos a tomar tierra, y además, nos exponíamos a que nos abordasen las canoas, mientras que de la manera que vamos, la corriente ha de amainar, y entonces podemos volver atrás bordeando la costa. -La corriente es ya menor, señor -dijo el marinero Gray, que estaba sentado en el tabloncillo de proa-. Ya puede usted aflojar el timón un poco. -Muchas gracias, amigo -le contesté, como si nada hubiera pasado, pues todos habíamos decidido, tácitamente, tratarle como a uno de nosotros. De pronto habló el capitán otra vez, con voz que me pareció un poco alterada. -¡El cañón! -dijo. -Ya he pensado en ello -contesté yo, pues me figuré que el capitán estaba pensando en un bombardeo del fortín-. Nunca podrán llevar el cañón a tierra, y si lo llevasen no lo podrían arrastrar por medio de los bosques. -Mire usted a popa, doctor -replicó el capitán. Nos habíamos olvidado por completo de la pieza larga de a nueve; y allí con espanto nuestro, estaban los cinco facinerosos muy ocupados en torno de ella, quitándole la «chaqueta», como llamaban a la cubierta de gruesa lona embreada bajo la cual navegaba. Y no sólo eso, sino que saltó en mi mente la idea, en el mismo momento, de que habíamos dejado a bordo la pólvora y los proyectiles de la artillería y de que un solo golpe con un hacha haría dueños de todo a los amotinados que allí estaban. -Israel Hands era el artillero de Flint -dijo Gray con voz ronca. Arriesgándolo todo, enfilamos la proa hacia el desembarcadero. Para entonces ya nos habíamos alejado tanto de la fuerza de la corriente, que conservábamos bastante impulso para poder gobernar el bote aun con la forzosa parsimonia con que remábamos, y yo podía dirigirlo derechamente hacia su meta. Pero lo peor era que con el curso que yo, ahora mantenía, volvíamos el costado, en vez de la popa, a la Hispaniola, y presentábamos un blanco como la puerta de un corral. Desde donde estábamos podía oír y veía a aquel canalla de Israel Hands, con su cara de borracho, haciendo rodar pesadamente una bala por la cubierta. -¿Quién es aquí el mejor tirador? -preguntó el capitán. -Míster Trelawney, con mucha ventaja -contesté. -Míster Trelawney, ¿quiere usted tener la bondad de quitarme de en medio a uno de aquellos? A Hands, si es posible -dijo el capitán. Trelawney estaba impávido y frío, como si fuera de acero. -Ahora -dijo el capitán-, cuidado con ese fusil, o va usted a anegar el bote. Atención todos, para asegurarlo cuando míster Trelawney apunte. El Squire levantó el fusil, los remos se detuvieron y nos echamos hacia el lado opuesto para hacer contrapeso; y todo se hizo tan bien que no embarcamos una gota de agua. Ya habían dado la vuelta al cañón sobre su cureña giratoria, y Hands, que estaba junto a la boca con el atacador, era, en consecuencia, el más expuesto. Sin embargo, no tuvimos suerte; se inclinó hacia abajo al mismo tiempo que disparó el Squire, y la bala pasó silbando por encima de él, y fue uno de los otros el que cayó. El grito que dio encontró eco no sólo en sus compañeros a bordo, sino en muchas voces que se oyeron en tierra, y mirando en aquella dirección, vi a los otros piratas que salían en tropel por entre los árboles a ocupar atropelladamente sus puestos en los botes. -Aquí vienen las canoas, capitán -dije. -¡Avante, pues! -gritó el capitán. -Sólo están tripulando uno de los botes -añadí-; la tripulación del otro debe de ir, probablemente, dando la vuelta por tierra para atajarnos. -Tendrán que dar una buena carrera -contestó el capitán-. Ya sabe usted lo que es Jack10 en tierra. No son ellos lo que me importa, sino las balas del cañón. La doncella de mi «Lady» no erraría el tiro. Díganos, Squire, cuando vea la mecha, para que aguantemos sobre los remos. Entretanto, habíamos avanzado a muy buen paso, para una embarcación tan excesivamente cargada, embarcando muy poca agua, a pesar de ello. Estábamos ya muy cerca; treinta o cuarenta remadas más y atracaríamos a la playa; el reflujo había ya descubierto una estrecha cintura de arena por debajo de los árboles que se amontonaban en la orilla. Ya no teníamos que temer a la canoa: la pequeña punta la había ya ocultado a nuestros ojos. El descenso de la marea, que tan despiadadamente nos había retrasado, nos compensaba ahora retrasando a nuestros enemigos. La única fuente de peligro era el cañón. -Si me atreviera -dijo el capitán-, nos pararíamos para quitar a otro de en medio. Pero era evidente que no estaban dispuestos a aplazar por nada el cañonazo. Ni siquiera se habían vuelto a mirar a su compañero caído, aunque no había muerto, y le veíamos que trataba de alejarse arrastras. -¡Listo! -gritó el Squire. -¡Aguanta! -gritó el capitán, rápido como un eco. Y él y Redruth aguantaron sobre los remos con un esfuerzo que metió la popa del bote bajo el agua. La detonación retumbó en el mismo instante. Esa fue la primera que oyó Jim, pues la del tiro del Squire no llegó hasta él. Por dónde pasó la bala ninguno de nosotros lo supo exactamente; pero me imagino que fue sobre nuestras cabezas, y que el viento que produjo pudo haber contribuido a nuestro desastre. De todos modos, el bote se hundió por la popa, suavemente, en tres pies de agua, dejando al capitán y a mí enfrente uno de otro y en pie. Los otros tres cayeron de cabeza y se levantaron empapados y chorreando. Por ese lado no había gran daño. Todos nos habíamos salvado y podíamos vadear hasta la costa sin peligro. Pero allí estaban todos nuestros repuestos en el fondo, y, para empeorarlo, de cinco fusiles, sólo quedaban dos en estado de prestar servicio. El mío lo cogí de mis rodillas y lo alcé sobre la cabeza por una especie de instinto. En cuanto al capitán, llevaba el suyo colgado al hombro y, como hombre prudente, con el cañón hacía arriba. Los otros tres habían ido al agua con el bote. Para aumentar nuestra confusión, oímos voces, que se iban acercando, en el bosque que bordea la costa; y estábamos no sólo expuestos al peligro de que nos cortasen el camino de la estacada, en el estado en que nos encontrábamos, sino con el temor de que si Hunter y Joyce eran atacados por media docena, no tuvieran el buen sentido y la decisión suficiente para resistir. Hunter era hombre firme, eso nos constaba; Joyce era un caso dudoso: una persona agradable y cortés, para ayuda de cámara y para cepillarle a uno la ropa, pero no del todo capacitado para hombre de armas. Con todo esto en nuestro pensamiento, vadeamos a tierra tan de prisa como pudimos, dejando atrás al pobre chinchorro y una buena mitad de toda nuestra pólvora y provisiones. El final del primer día de lucha (Sigue el relato del doctor) A todo correr nos lanzamos a través de la faja de bosque que aún nos separaba de la estacada, y a cada paso que dábamos se oían más de cerca las voces de los bucaneros. Pronto llegamos a percibir hasta el precipitado tumulto de sus pisadas y el crujir de las ramas cuando atropellaban por en medio de una espesura. Comencé a ver que tendríamos que sostener una enconada refriega antes de lograr nuestro propósito, y examiné el cebo de mi fusil. -Capitán -dije-, Trelawney es el que tira mejor. Dele usted el fusil; el suyo no sirve. Cambiaron las armas, y Trelawney, silencioso y sereno, como lo había estado desde el principio de la revuelta, se detuvo un instante para ver que todo estaba en regla. Al mismo tiempo, fijándome en que Gray estaba desarmado, le di mi machete. A todos se nos alegró el corazón al verle escupirse la mano, fruncir las cejas y hacer silbar la hoja en el aire. Era evidente, por toda su apariencia, que nuestro nuevo aliado no era refuerzo despreciable. Cuarenta pasos más, y salimos al borde del bosque y vimos la estacada delante de nosotros. Llegamos al cercado por el lado del sur, y casi al mismo tiempo, siete amotinados, con Job Anderson, el contramaestre, a su cabeza, aparecieron con gran gritería por el suroeste. Se pararon, como sorprendidos, y antes de que se hubieran repuesto, no sólo el Squire y yo, sino también Hunter y Joyce, desde el fortín, tuvimos tiempo de disparar. Los cuatro tiros salieron en fuego graneado, pero hicieron efecto; uno de los enemigos cayó allí mismo, y los demás, sin detenerse a pensarlo, volvieron la espalda y se internaron bajo el arbolado. Después de cargar de nuevo las armas, bajamos al exterior de la empalizada para ver al enemigo caído. Estaba muerto, con el corazón atravesado. Empezábamos a regocijarnos de nuestro buen éxito, cuando sonó un pistoletazo entre la maleza, silbó una bala junto a mi oído, y el pobre Tom Redruth dio un traspiés y cayó al suelo cuan largo era. El Squire y yo devolvimos el disparo, pero como no teníamos nada a qué apuntar es probable que no hiciésemos sino gastar pólvora en vano. Cargamos otra vez y atendimos al pobre Tom. El capitán y Gray estaban ya examinándolo y, con media mirada, vi que no tenía remedio. Me figuro que la presteza con que contestamos al fuego había dispersado otra vez a los amotinados, porque nos dejaron, sin molestarnos más, pasar al pobre guarda de caza por encima de la empalizada y meterlo sangrando y dando ayes en la casa de troncos. ¡Pobre viejo! No había salido de sus labios una palabra de sorpresa, queja, temor, o siquiera de conformidad desde el mismo momento en que empezaron nuestras cuitas hasta el instante en que lo dejamos tendido en la casa para morir. Se había mantenido como un troyano detrás de su colchón en la galería; había cumplido todas las órdenes en silencio, tozudamente y bien; era el más viejo de todos nosotros, con veinte años de exceso, y era a aquel taciturno, antiguo y abnegado servidor a quien le tocaba morir. El Squire cayó a su lado de rodillas y le besó la mano, llorando como un niño. -¿Es que me voy, doctor? -preguntó el herido. -Tom, amigo mío -le dije-, te vas adonde iremos todos. -¡Ojalá hubiera podido darles antes algo que sentir con el fusil! -Tom -dijo el Squire-, di que me perdonas, ¿quieres? -¿Sería eso respetuoso de mí a usted, Squire? -contestó-. De todos modos, así sea, ¡amén! Después de un corto silencio dijo que se le ocurría que alguien podría leer una oración. -Es la costumbre, señor -añadió disculpándose-. Y a poco, sin decir más, expiró. En tanto, el capitán, que me había parecido pasmosamente hinchado por el pecho y los bolsillos, había ido sacando a luz una gran variedad de artículos: una bandera británica, una Biblia, un rollo de cuerda gorda, pluma, tinta, el «Diario de Navegación» y varias libras de tabaco. Había encontrado un abeto largo y fino, ya cortado y limpio, dentro del cercado, y, con la ayuda de Hunter, lo había asegurado en la esquina de la casa, donde se cruzaban los troncos y hacían un ángulo. Después, subiéndose al tejado, y con sus propias manos, había desplegado e izado la bandera. Con esto, al parecer, se le había quitado un gran peso de encima. Volvió a entrar en la casa y se puso a inventariar las provisiones, como si aquello fuera lo único que importaba. Pero, a pesar de eso, no dejó de advertir que Tom se moría; y cuando llegó el fin, se adelantó con otra bandera y, con gran reverencia, la extendió sobre el cuerpo. -No se acongoje, señor mío -dijo sacudiendo la mano del Squire-. Nada malo le espera. No hay que temer por un hombre que ha recibido un tiro cumpliendo con su deber para con su capitán y armador. Esto no será buena teología, pero es un hecho. Después me llevó aparte. -Doctor Livesey -me dijo-. ¿En cuántas semanas esperan el Squire y usted el barco de socorro? Le dije que era cuestión no de semanas, sino de meses; que si no estábamos de vuelta para el fin de agosto, Blandy lo enviaría a buscarnos; pero ni más pronto ni más tarde. -Usted mismo puede echar la cuenta -le dije. -El caso es -contestó el capitán rascándose la cabeza- que, aun metiendo en la cuenta todos los dones con que quiera obsequiarnos la Providencia, estamos como tres con un zapato. -¿Qué quiere usted decir? -Es una lástima que hayamos perdido aquel segundo cargamento. Eso es lo que quería decir -contestó el capitán-. En cuanto a pólvora y balas, podemos pasar. Pero las raciones son escasas, muy escasas, tanto, doctor, que acaso estemos mejor sin esa boca más. Y señaló el cuerpo muerto bajo la bandera. En aquel momento, con un rugido silbante, una bala de cañón pasó muy por encima de nuestro techo y fue a caer lejos de nosotros, en el bosque. -¡Hola! -dijo el capitán-. ¡Tirad de firme! ¡Así que no estáis muy sobrados de pólvora, amigos! A la segunda prueba, la puntería fue mejor, y el proyectil cayó dentro de la estacada, esparciendo una nube de arena, pero sin mayor daño. -Capitán -dijo el Squire-, la casa no puede verse desde el barco. Tiene que ser a la bandera a la que apuntan. ¿No sería más cuerdo meterla dentro? -¡Arriar mi bandera! -gritó el capitán-. No, señor; no seré yo el que lo haga-. Y apenas hubo dicho esas palabras, creo que todos éramos de su opinión. Porque ello era no sólo un rasgo de noble y recio espíritu, propio de un marino; era, además, hábil política y demostraba a nuestros enemigos que despreciábamos su cañoneo. Durante todo el atardecer siguieron largando truenos. Una bala tras otra volaron por encima, o cayeron cortas, o desparramaron la arena dentro del cercado; pero tenían que apuntar tan alto que la bala llegaba muerta y se enterraba en la arena blanda. No había que temer golpe de rebote, y aunque una de ellas asomó de pronto por el techo y se fue atravesando el pavimento, no tardamos en habituarnos a aquella especie de juego brutal y no le hicimos más caso que si jugasen al cricket. -Hay en todo esto una cosa buena -observó el capitán-, que, probablemente, el bosque enfrente de nosotros estará libre. La marea ha bajado ya mucho, y nuestras provisiones deben de estar al descubierto. Voluntarios que quieran ir a traer la carne de cerdo. Gray y Hunter se adelantaron los primeros. Armados hasta los dientes, se deslizaron fuera de la estacada; pero la expedición resultó inútil. Los sediciosos eran más osados de lo que nosotros creíamos, o tenían mayor fe en la puntería de Israel. Cuatro o cinco de ellos estaban muy ocupados en llevarse nuestros repuestos, vadeando con ellos hasta una de las canoas que permanecía allí cerca, y cuyos tripulantes daban de cuando en cuando una remada para mantenerse contra la corriente. Silver, sentado en el tabloncillo de popa, tenía el mando; y cada uno de ellos llevaba ahora un mosquete procedente de alguna secreta armería suya. El capitán se sentó, con el «Diario de a bordo» delante, y he aquí el principio del asiento que en él escribió: «Alexander Smollet, capitán; David Livesey, médico de a bordo; Abraham Gray, ayudante de carpintero; John Trelawney, armador; John Hunter y Richard Joyce, sirvientes del armador, hombres de tierra (siendo todos los que han permanecido fieles de la dotación), con provisiones para diez días, a media ración, han desembarcado en este día e izado la bandera británica en la casa de troncos de la Isla del Tesoro. Thomas Redruth, sirviente del armador, muerto de un tiro por los amotinados; James Hawkins, paje de cámara...» Y en el mismo momento en que estaba yo pensando en el fin del pobre Jim Hawkins, se oyó una llamada por el lado de tierra. -Alguien nos llama -dijo Hunter, que estaba de guardia. -¡Doctor! ¡Squire! ¡Capitán! ¡Hola, Hunter!, ¿eres tú? -se oyó gritar. -Y corrí hacia la puerta a tiempo para ver a Jim Hawkins, sano y salvo, entrar saltando la empalizada. La guarnición de la estacada (Jim Hawkins reanuda su narración) Tan pronto como Ben Gunn vio la bandera, se paró, me detuvo, cogiéndome del brazo, y se sentó. -Ahora -dijo-, ahí están tus amigos; sin duda son ellos. -Mucho más fácil es que sean los amotinados -contesté. -¡Ca! -exclamó-. Fíjate que en un sitio como éste, donde no viene nadie, como no sean caballeros de fortuna, Silver hubiera izado el Jolly Roger11, puedes estar seguro. No, esos son los tuyos. Ha habido refriega, además, y me figuro que han llevado la mejor parte; y aquí están en tierra, en la vieja estacada que hizo Flint años y años hace. ¡Aquél era un hombre con una cabeza! Quitando el ron, nunca se vio quien pudiera ponerse a su lado. No tenía miedo de nadie; no sabía lo que era miedo, a no ser de Silver. Silver, que era así, tan por lo fino... -Bueno -contesté-; puede ser, y ojalá que así sea. Razón de más para que me dé prisa y me una en seguida a los míos. -No, compañero -replicó Ben-; tú, no. Tú eres un buen chico, si no me engaño; pero un chico nada más, después de todo. Ben Gunn se va a largar. Ni por ron se metería allá dentro, adonde tú vas; no, ni siquiera por ron, hasta que yo vea a tu caballero de nacimiento y se comprometa, dando su palabra de honor... Y no te olvidarás de mis palabras. «Una atrocidad más». Eso es lo que le has de decir, «una atrocidad más de confianza». Y entonces le pellizcas. Y me pellizcó por tercera vez con el mismo aire de perspicaz marrullería. -Y cuando se necesite a Ben Gunn, ya sabes dónde encontrarlo, Jim. Y el que venga ha de traer una cosa blanca en la mano; y tiene que venir solo. ¡Ah! Y has de decir esto: «Ben Gunn, dices tú, tiene sus razones». -Bueno -le dije-, me parece que entiendo. Tú tienes algo que proponer y tú quieres ver al Squire o al doctor; y pueden hallarte donde yo te encontré. ¿Hay más? -Y ¿cuándo?, dices tú -añadió-. Pues desde la observación de mediodía hasta las tres. -Muy bien -le dije-. Y ahora, ¿puedo irme? -¿No se te olvidará? - me preguntó anheloso-. «Atrocidad más» y «Tiene sus razones», dices tú. Razones suyas: eso es el principal estay12, de hombre a hombre. Bueno, pues entonces -continuó, teniéndome aún asido-, me parece que te puedes ir. Y Jim, si fueras a encontrarte con Silver, ¿no venderías a Ben Gunn? ¿Ni aun con clavos ardiendo te lo harían decir? No, dices tú. Y si esos piratas acampan en tierra, Jim, ¿qué dirías tú si hubiera viudas por la mañana? Al llegar aquí le cortó la palabra una fuerte detonación, y una bala de cañón, abriéndose paso por entre los árboles, se hundió en la arena a menos de cien varas de donde estábamos hablando. Y un momento después los dos corríamos en direcciones opuestas. Durante una hora larga frecuentes detonaciones hicieron trepidar la isla, y las balas rasas siguieron pasando con grandes chasquidos por entre el boscaje. Me fui corriendo de un escondite a otro, perseguido siempre, o tal me parecía a mí, por aquellos aterradores proyectiles. Pero hacia el final del bombardeo había ya empezado a recobrar ciertos ánimos, aunque todavía no osaba aventurarme en dirección a la estacada, donde las balas caían con más frecuencia, y dando un gran rodeo hacia el Este, fui bajando cautelosamente por entre el arbolado de la costa. El sol acababa de ponerse; la brisa marina agitaba las frondas del bosque y rizaba la superficie gris del fondeadero; además, la marea estaba muy baja y quedaban al descubierto grandes extensiones de arena; el viento frío, después del calor sofocante del día, me penetraba a través de la chaqueta. La Hispaniola estaba aún en el mismo sitio en que había fondeado; pero en el pico de la cangreja ondeaba ahora el Jolly Roger, la bandera negra de la piratería. Y en el momento mismo en que estaba mirando surgió un rojo fogonazo y una detonación que repitieron todos los ecos, y otra bala rasa rasgó el aire con un zumbido. Fue el final del cañoneo. Permanecí oculto por algún tiempo, observando los movimientos que siguieron al ataque. Estaban destruyendo algo a hachazos en la playa, cerca de la estacada; era el pobre chinchorro, según pude ver después. A lo lejos, junto a la boca del río, una gran hoguera resplandecía por entre los árboles, y entre aquel lugar y la goleta iba y venía una de las canoas con los marineros que yo había visto tan taciturnos, gritando al compás de los remos como chiquillos. Pero en la alegría de sus voces había algo que trascendía a ron. Al cabo, juzgué que ya podía volver a la estacada. Me encontraba a bastante distancia, en la punta baja de arena que cierra el fondeadero por el Este y que se une en la baja mar a la Isla del Esqueleto; y al ponerme en pie, vi, un tanto lejos y más abajo en la misma punta, saliendo de entre unos matorrales bajos, una roca aislada, bastante alta y de un raro color blancuzco. Se me ocurrió que pudiera ser la roca blanca de que me había hablado Ben Gunn, y que un día u otro pudiera necesitarse un bote y que sabría dónde buscarlo. Después fui bordeando los bosques hasta ganar la retaguardia, o sea el lado de la costa de la estacada, y pronto recibí una calurosa acogida entre los leales. En seguida relaté mi historia y empecé a hacerme cargo de todo. La casa estaba hecha de troncos de pinos sin escuadrar, techo, muros y piso. Este último, en varios sitios, se alzaba a un pie o un pie y medio sobre la superficie de la arena. Había un porche en la puerta, y bajo el porche surgía el manantial, en el fondo de un pilón un tanto raro, pues no era sino un gran caldero de barco, desfondado y hundido «hasta la amurada», como dijo el capitán, en la tierra. Casi nada había quedado allí fuera de la construcción misma; pero en un rincón había una losa, colocada para servir de lar, y un canastillo de hierro viejo y oxidado para contener el fuego. Se había hecho una corta de madera en las faldas del montículo y en todo el interior de la estacada para construir la casa, y podíamos ver, por las cepas que quedaban en la tierra, que habían destruido una grande y hermosa arboleda. Casi todo el suelo vegetal había sido arrastrado por las aguas o soterrado por el aluvión después de la corta, y sólo por donde corría el arroyuelo que bajaba desde la caldera, una espesa capa de musgo, algunos helechos y matitas trepadoras permanecían verdes entre la arena. Tocando con la estacada -demasiado cerca para la defensa, según decían-, el bosque continuaba alto y denso, todo de abetos por el lado de tierra, pero mezclados con muchas encinas por el del mar. La brisa fresca de la noche, de la cual ya he hablado, se colaba silbando por todos los resquicios de la ruda construcción y espolvoreaba el suelo con una incesante lluvia de finísima arena. Teníamos arena en los ojos, arena entre los dientes, arena en la cara y arena bailoteando entre el manantial, en el fondo del caldero, exactamente como gachas que empiezan a cocer. La chimenea era un agujero cuadrado en el techo; sólo una parte mínima del humo se decidía a salir por allí, y el resto se esparcía en oleadas por la casa, haciéndonos toser y lagrimear. Añádase a eso que Gray tenía toda la cara vendada a causa de la cuchillada que recibió al escapar de entre los amotinados, y que el pobre viejo Tom Redruth, aún insepulto, estaba tendido junto al muro, rígido y estirado bajo la bandera. Si se nos hubiera dejado estar sentados y ociosos, todos hubiésemos caído en mortal descorazonamiento; pero no era el capitán Smollet hombre a propósito para tolerarlo. Nos hizo formar delante de él y nos dividió en dos guardias. El doctor, Gray y yo formábamos una: el Squire, Hunter y Joyce la otra. Cansados como estábamos, se envió a dos fuera a recoger leña; dos más, a cavar una fosa para Redruth; el doctor fue nombrado cocinero; a mí me pusieron de centinela en la puerta, y el capitán mismo iba de unos a otros para infundirnos ánimos y echar una mano donde hacía falta. De tiempo en tiempo salía el doctor a la puerta a respirar un poco y a dar descanso a sus ojos ahumados, que parecían salírsele de las órbitas, y en cada una de esas ocasiones echaba un párrafo conmigo. -Ese hombre Smollet -me dijo en una de ellas- vale más que yo. Y cuando yo digo eso, quiero decir mucho, Jim. Volvió otra vez y se quedó un rato silencioso. Después echó la cabeza a un lado y me miró. -¿Está ese Ben Gunn en sus cabales? -me preguntó. -No lo sé, señor -le dije-. No estoy muy seguro de que esté cuerdo. -Pues si hay alguna duda en ello, es que lo está. Un hombre que se ha pasado tres años royéndose las uñas en una isla desierta, Jim, no puede esperarse que esté tan cuerdo como tú o como yo. No está eso en la naturaleza humana. ¿Era de queso de lo que dijiste que tenía antojo? -Sí, señor, de queso. -Pues mira, Jim, mira el provecho que trae el ser uno escogido en sus alimentos. Tú has visto mi caja de rapé, ¿no es cierto? Y tú no me has visto nunca tomarlo. La explicación está en que en la caja de rap& |