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IV. Crítica, periodismo, teatroPalabras sobre palabras. El justo derecho a ejercer con libertad el propio criterioPaco Tovar (Universitat de Lleida) Hace ya algunos años, Haroldo Conti presentaba a Mario Benedetti como a un tipo bastante raro en estos tiempos. Reconocía en él a un cuidadoso testigo de la realidad que le ha tocado en suerte; a una persona discreta y tremendamente solidaria; a un amigo fiel a su palabra; a un compañero de tertulia, capaz de seducir con su conversación hasta el punto de compartir con su interlocutor, sin violentarlo, las más altas pasiones y las más fuertes consignas. Pero, sobre todo, es un escritor que se identifica con su obra y que, por su talante, no es uno de tantos inmortales que joden el alma.
Los trabajos de Benedetti, en cualquiera de sus formas, vienen a confirmar los rasgos que destaca Conti en ese apunte. La escritura del uruguayo tiene la virtud de sintonizar inmediatamente con gran número de lectores, quizás porque sabe charlar con sinceridad y coherencia(633). Está claro que Mario Benedetti no se propone deslumbrar a nadie con su ingenio de salón o con filigranas estéticas de laboratorio literario; tampoco persigue ocupar plaza de iluminado o de maldito, insistiendo en representar un papel episódico dentro del espectáculo social. Trata sólo de configurar un verdadero universo ficticio en el que, sin extrañar sus necesarias referencias, no las pierde entre papeles, exhibiendo en ellos una realidad monda y unas palabras lirondas(634). Realidad y literatura Mario Benedetti considera que la literatura hunde sus raíces en la realidad, regresando a esos mismos orígenes con sus nuevas formas significativas. El escritor repite una vez más una antigua creencia: la cierta aventura fantástica del entrañable viaje mítico. Por si no se descubre la referencia, Benedetti insiste en referirla brevemente, adaptando sus términos:
La vieja lección, bien aprendida, sigue vigente, porque «somos realidad y somos palabras. También somos muchas otras cosas, pero quién duda que ser realidad y ser palabra son dos maneras apasionantes de ser hombre»(636).En cualquier caso, no hay más cera que la que arde en el rito cultural bárbaro, planteando en él la existencia material de un universo que da cartas de naturaleza a las imágenes de su adecuada representación. Ésta no exige la presencia de un oficiante orgulloso de pertenecer a una casta de elegidos, sólo reclama la tarea de una persona que se sienta responsable de su labor. El primero, sometido a vigilancia, se limitará a recitar de memoria el dictado de una historia que le ha sido contada; el segundo cuenta libremente las visiones de una experiencia histórica, permitiéndose incluso el lujo de transgredir el sentido oficial de la historia, mezclando su voz con las voces de la asamblea. Lo que importa no es copiar una verdad que no existe ni exponer unas profecías que restan por cumplir; interesa componer un verdadero discurso, contemplando al pie de sus letras las sugerencias de su riguroso artificio:
En lo fundamental, tanto el escritor europeo contemporáneo como su semejante latinoamericano coinciden en sus apreciaciones, valorando en su tarea los condicionamientos del medio y los registros autónomos de un decir que reclama modelos adecuados. No obstante, Mario Benedetti no duda en admitir que, en América Latina, la literatura no llega a proclamar su completa independencia respecto a las expresiones de Europa sino cuando toma conciencia de la suma de sus atrasos. En ese instante, logra acotar el común territorio de su desarraigo. Ahí aprende a utilizar con fuerza propia un lenguaje afortunadamente original; se mueve en una atmósfera particular, sin olvidar los aires de un pasado que, en cierto modo, continúa vigente y, de nuevo, descubre su entorno sin reducirlo a su condición de baúl de las maravillas, repleto éste de temas curiosos o sorprendentes, sino como un problema que merece ser atendido en su más ajustada dimensión. Así se pone en evidencia que, después de todo, la novedad no deja de ser el contacto latinoamericano de los temas nacionales(638). No cabe ya entretenerse en componer frívolas imágenes en blanco y negro, vocear monolíticas consignas, atender a simples esquematismos o empeñarse en realizar desafortunados equilibrios experimentales. Interesa revelar el sentido de lo real, exponiéndolo en forma conveniente. En la actualidad, el escritor latinoamericano que ha logrado tomar la medida exacta de su marginalidad, enfrentándola a los grandes mercados de la cultura, sabe que, aún partiendo de su región, ese espacio reducido no es todo el mundo. La comarca le pone los pies sobre la tierra donde se localiza, y, desde ese sitio, proyecta una mirada honda, preocupada e imaginativa(639). Sin embargo, la literatura más reciente, en Latinoamérica y en cualquier parte, no resuelve tensiones internas ni da soluciones a problemas externos: pone sobre el tapete la naturaleza de los conflictos, jugando sus cartas limpiamente, sin trampas ni cartón. Cada uno de los textos habrá de conservar los rasgos de la aventura, asumir el valor de sus testimonios y respetar las huellas del misterio. La escritura se niega a recluirse en laboratorios, a convertirse en simple objeto de estudio o a emitir autorizadas opiniones excluyentes; huirá de cánones rígidos, se apartará de modas caprichosas y se liberará de prejuicios(640). No temerá el uso de cualquier fórmula, siempre que ésta resulte la mejor manera corriente de comunicarse. Cuestión de formas Mario Benedetti no olvida ocuparse de formalismos. Considera que, con ellos, el escritor manifiesta intenciones, confirma habilidades técnicas y demuestra la solidez de un discurrir cara a cara, inteligente y estético, ajustándolo a sus propósitos. Insiste Benedetti en hablar de la poesía, acordando con ciertos registros afines a su labor; también en matizar las diferencias que se establecen entre el relato corto, la nouvelle y la novela, ilustrando sus consideraciones con una cuidadosa elección de oportunos ejemplos. El cuento, dice Benedetti, puede centrar su atención en la anécdota, situando ésta siempre en el presente; mostrar un estado de ánimo, descubriéndolo a través de sus personajes; o dibujar un retrato que identifique, en su integridad condensada, la personalidad del modelo real elegido. En el primer caso, se destaca la peripecia física; en el segundo, la peripecia anímica; en el último, aunque el escritor no nombre el rasgo principal, destacaría una peripecia estática o suspendida. Cada uno de esos términos coinciden en lo sustantivo, estableciendo sus variables en lo adjetivo -el estatismo o la suspensión de la peripecia no niegan la fuerza activa potencial que se comprende en la imagen dibujada-, aunque cabe considerar que lo anecdótico es el único resorte imprescindible de este tipo de narraciones que, en definitiva, representan un corte transversal en la realidad. La nouvelle, por su parte, no deja de ser une tranche de vie, pero acompañada de pormenores, de antecedentes, de consecuencias, sitiando la peripecia del relato no en un punto generador sino en un eje referencial. La nouvelle responde a los signos de la transformación, restando importancia al necesario esqueleto de la trama. Ambas fórmulas, aunque diferentes, emplean los efectos, destacándolos en sí mismos:
Con la novela se va más lejos, poniendo más cerca una visión total que se aproxima a la realidad, mostrándola en su más conveniente versión. El proceder novelesco, sin renunciar a fijarse en las anécdotas ni extrañar el desarrollo de las peripecias, localizándolas en una trama relevante, ubicará inescrupulosamente en la historia los hechos que se exponen escrupulosamente en el interior de su fantasía. En las novelas
Cualquiera de esos registros narrativos responden a los estímulos de su entorno, sintonizando sus maneras y sus resultados con las técnicas de representación de su época. El escritor de narraciones, hoy en día, no dudará en utilizar sin ningún reparo los recursos de la oralidad, del decir dramático, del enseñar cinematográfico; del ensayo, del artículo o de la crónica periodísticos; del discurso técnicos o científico. Tampoco vacilará en sostener sus relatos sobre principios filosóficos, metafísicos, sicológicos, sociológicos o estéticos, con sus maneras de contarse, siempre puestos al servicio de un universo que declara francamente su verdadero artificio. Estas ficciones se desean simultáneas y se imponen continuas esfuerzos renovadores. Se trata de otorgar cartas de naturaleza a una realidad ficticia capaz de convertir lo corriente en creíble. Para Mario Benedetti, el autor de cuentos ha de ser riguroso en su estilo, manteniendo en todo instante la tensión de sus imágenes; el responsable de las nouvelles, procurará aislar sus piezas, fijando minuciosamente el proceso de transformación que en ellas se cumple; el novelista no ha de ignorar la importancia de la estructura, utilizando los materiales de que dispone para construir la visión completa de toda su experiencia. En este último caso, no es cuestión de ordenar el caos sino de novelarlo, respondiendo a un plan preconcebido, aunque esa planificación resulte paradójica en un esfuerzo que reclama sus derechos a reconocer su condición caótica. En términos generales, cualquier narrador debe imponer el ritmo que mejor acuerde con su creación:
Un capítulo especial merece la poesía, siendo esta forma de hablar la más apreciada por Benedetti. Éste no reclama con ella lujos verbales ni reverberos gratuitos. El decir poético, nos dice el uruguayo, constituye un juego y un desafío; revela un cuidado corporal del verbo, devolviéndole a la palabra lo mejor de sí misma(644). El escritor de poemas tiene que renunciar voluntariamente a la aparente relajación del narrador, dando la impresión de no entretenerse nombrando la realidad cuando, en verdad, se preocupa en nombrarla cada vez más, adoptando un tono conversacional apropiado. El poeta no sólo tiende así un puente al lector, compartiendo con él complicidades y simpatías, también desacuerdos, sino que busca respuestas a las pistas de su conciencia. El gran avance experimental de la poesía no está únicamente en la habilidad del que escribe, a todas luces necesaria; se reconoce por igual en la forma inteligente de mantener un diálogo con el otro, aceptando su presencia como un nuevo dato de la ecuación poética(645):
Cualquiera de estas formas de expresión, citadas y practicadas por Benedetti, son válidas. Todas hunden sus raíces en una realidad viva, poniendo al hombre ante las imágenes que le devuelve su espejo. El escritor latinoamericano actual no sólo sabe mirar con cuidado, sino que está en condiciones de continuar mirando. Si bien ha dicho ya muchas cosas, le quedan aún muchas otras por decir, mostrándolas sin aspavientos y con sencillez, hablando sin máscaras ni retóricas. De compromisos y responsabilidades Según Benedetti, el compromiso sirve para relacionar al sujeto con su mundo, dejando sentir la proximidad del prójimo; para desingularizarse; para reeducarse en soledad y vaciarse ahí de egoísmo. «Sin embargo, el compromiso tiene hoy mala prensa, no está de moda, tal vez porque mira y examina la historia (tanto la que va como la que viene) y hoy hay toda una élite intelectual... que ha decidido borrarla, desentenderse de ella»(647). Lo que el término compromiso designa en su origen, aunque ahora se quiera apartar de sus principios, continúa vigente: nombra un estado de ánimo particular que se desea compartir. El quehacer comprometido del escritor ha de entenderse ya al margen de militancias ideológicas, de posturas eminentemente éticas, o de reglas morales estrictas, para sentir con las palabras el descubrimiento de una conciencia contaminada por la conciencia de los demás. Se trata de mantener los ojos abiertos, diciendo lo que se ve, aunque duela expresarlo o plantee evidentes contradicciones; de abordar con libertad cualquier tema que merezca debatirse, sin caer en las trampas de la soberbia, en exhibicionismos de salón o en desplantes groseros. El compromiso verdadero revela tanto la certeza como las incertidumbres de quien lo ejerce, situándolo en uno de los últimos enclaves de la solidaridad(648). Al escritor latinoamericano le corresponde en mayor grado mantener posturas comprometidas, reclamando a la crítica que le pague con la misma moneda. La literatura latinoamericana todavía ha de enfrentarse a prejuicios europeos, cuando sería más coherente plantear enfoques, modos de investigación y valoraciones críticas que sintonicen con los materiales de estudio. No estaría de más considerar los condicionamientos, las necesidades y los intereses de un autor que, ligado a su medio, sigue empeñado en cumplir una aventura literaria, demostrando así que es capaz de alcanzar unos resultados apreciables. Benedetti entiende que sería oportuno disponer de reglas de juego apropiadas:
No cabe embutir sin más el contenido de la literatura latinoamericana en los envases rígidos e inadecuados de una crítica que tiende a empaquetar las obras sin cuidar el trato que merecen, ejecutando una labor de oficio, aunque ésta se realice con talante paternalista; tampoco se ha de deshumanizar el trabajo, aplicando sistemas asépticos. En los intentos de analizar y comprender los documentos artísticos, debería evitarse métodos lesivos, visiones distanciadoras, excluyentes miradas o usos de antojeras, procurando asumir un trato exquisito que no eluda responsabilizarse con aquello que se atreven a manipular(650). Con su reticente ironía, Mario Benedetti valora el decir crítico, siempre que se le imponga una sola condición: que acote un mínimo territorio compartido en donde dialoguen, en forma razonable, mestiza e integradora, el escritor y quien ha de juzgarlo(651). La borra del café Por fortuna no se han agotado los temas de conversación que plantea Mario Benedetti a lo largo de una vida dedicada a la escritura. Muchos otros quedan en el tintero, aunque de alguna manera debemos retirarnos guardando memoria de lo dicho, resumiéndolo en unas pocas frases: es importante aceptar la realidad como primer referente de una literatura que, en última instancia, tiene un sólo responsable y cuenta con la presencia de un interlocutor cómplice, comprometiendo a ambos en una charla que los identifica, que guarda las formas y que da razón de su sentido. Tampoco ha de ignorarse que el debate común da fe de su existencia en la medida en que escribir, como bien afirma María Zambrano, «es defender la soledad en que se está, es una acción que sólo brota de un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente por la lejanía de todas las cosas concretas, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas»(652). Por su parte, Benedetti, que sintoniza con esa creencia, se entretiene en glosarla:
Resulta pertinente sostener ciertos interrogantes: «¿Acaso la sociedad no es factor, médula y sustancia de la soledad?¿Qué es, después de todo, la soledad sino un homenaje al público?»(654). Ante esas preguntas es lícito exponer otra cuestión: ¿Quién puede negarnos el justo derecho a ejercer con libertad el propio criterio?
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