 La lozana andaluza
Francisco Delicado
[Nota preliminar: presentamos una edición modernizada de La lozana andaluza de Francisco Delicado, Venecia, 1528, (edición facsímil de Antonio Pérez Gómez, Valencia, Tipografía Moderna 1950), basándonos en la edición de Bruno M. Damiani (Delicado, Francisco La lozana andaluza, Madrid, Castalia, 1984), cuya consulta recomendamos. Con el objetivo de facilitar la lectura del texto al público no especializado se opta por ofrecer una edición modernizada y eliminar las marcas de editor, asumiendo, cuando lo creemos oportuno, las correcciones, reconstrucciones y enmiendas propuestas por Damiani.]
 Dedicatoria
Ilustre Señor:
Sabiendo yo que vuestra
señoría toma placer cuando oye hablar en cosas de amor, que
deleitan a todo hombre, y máxime cuando siente decir de personas que
mejor se supieron dar la manera para administrar las cosas a él
pertenecientes, y porque en vuestros tiempos podéis gozar de persona que
para sí y para sus contemporáneas, que en su tiempo florido
fueron de esta alma ciudad, con ingenio mirable y arte muy sagaz, diligencia
grande, vergüenza y conciencia, «por el cerro de Úbeda»
ha administrado ella y un su pretérito criado, como abajo diremos, el
arte de aquella mujer que fue en Salamanca en tiempo de Celestino segundo; por
tanto he dirigido este retrato a vuestra señoría para que su muy
virtuoso semblante me dé favor para publicar el retrato de la
señora Lozana. Y mire vuestra señoría que solamente
diré lo que oí y vi, con menos culpa que Juvenal, pues
escribió lo que en su tiempo pasaba; y si, por tiempo, alguno se
maravillare que me puse a escribir semejante materia, respondo por
entonces que
epistola enim non erubescit, y asimismo
que es pasado el tiempo que estimaban los que trabajaban en cosas meritorias.
Y como dice el cronista Fernando del Pulgar, «así daré
olvido al dolor», y también por traer a la memoria muchas cosas
que en nuestros tiempos pasan, que no son laude a los presentes ni espejo a
los a venir. Y así vi que mi intención fue mezclar natura
con bemol, pues los santos hombres por más saber, y otras veces por
desenojarse, leían libros fabulosos y cogían entre las flores las
mejores. Y pues todo retrato tiene necesidad de barniz, suplico a
vuestra señoría se lo mande dar, favoreciendo mi voluntad,
encomendando a los discretos lectores el placer y gasajo que de leer a la
señora Lozana les podrá suceder.
 Argumento en el cual se contienen todas las
particularidades que ha de haber en la presente obra
Decirse ha primero la ciudad, patria y
linaje, ventura, desgracia y fortuna, su modo, manera y
conversación, su trato, plática y fin, porque solamente
gozará de este retrato quien todo lo leyere.
Protesta el autor que ninguno quite ni
añada palabra ni razón ni lenguaje, porque aquí no compuse
modo de hermoso decir, ni saqué de otros libros, ni hurté
elocuencia, porque:
para decir la verdad, poca elocuencia basta,
como dice Séneca; ni quise nombre, sino que quise retraer muchas cosas
retrayendo una, y retraje lo que vi que se debería retraer, y por esta
comparación que se sigue verán que tengo razón.
Todos los artífices que en este
mundo trabajan desean que sus obras sean más perfectas que ningunas
otras que jamás fuesen. Y vese mejor esto en los pintores que
no en otros artífices, porque cuando hacen un retrato procuran sacarlo
del natural, y a esto se esfuerzan, y no solamente se contentan de
mirarlo y cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeúntes y
circunstantes, y cada uno dice su parecer, mas ninguno toma el pincel y
emienda, salvo el pintor que oye y ve la razón de cada uno, y
así emienda, cotejando también lo que ve más que lo que
oye; lo que muchos artífices no pueden hacer, porque después de
haber cortado la materia y dádole forma, no pueden sin pérdida
emendar. Y porque este retrato es tan natural, que no hay persona que haya
conocido la señora Lozana en Roma o fuera de Roma que no vea
claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras; y asimismo porque yo he
trabajado de no escribir cosa que primero no sacase en mi dechado la labor,
mirando en ella o a ella. Y viendo, vi mucho mejor que yo ni otro podrá
escribir, y diré lo que dijo Eschines, filósofo, leyendo una
oración o proceso que Demóstenes había hecho contra
él; no pudiendo exprimir la mucha más elocuencia que había
en el dicho Demóstenes, dijo: «¿Qué haría si
oyerais a él?»,
Quid si ipsam audissetis bestiam? Y por
eso vendrá en fábula mucho más sabia la Lozana que
no mostraba, y viendo yo en ella muchas veces manera y saber que bastaba para
cazar sin red, y enfrenar a quien mucho pensaba saber, sacaba lo que
podía, para reducir a memoria, que en otra parte más alta que una
picota fuera mejor retraída que en la presente obra; y porque no le pude
dar mejor matiz, no quiero que ninguno añada ni quite; que si miran en
ello, lo que al principio falta se hallará al fin, de modo que, por lo
poco, entiendan lo mucho más ser como deducción de canto llano; y
quien al contrario hiciere, sea siempre enamorado y no querido,
amén.
 Parte I
Comienza la historia o retrato sacado del jure cevil 1
natural de la señora Lozana; compuesto en el año mil quinientos veinticuatro, a treinta días del mes de junio, en Roma,
alma ciudad; y como había de ser partido en capítulos, va por
mamotretos, porque en semejante obra mejor conviene
 Mamotreto I
La señora Lozana fue
natural compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber,
la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fue muy
querida de sus padres por ser aguda en servirlos y contentarlos. Y muerto su
padre, fue necesario que acompañase a su madre fuera de su
natural, y esta fue la causa que supo y vio muchas ciudades, villas y lugares
de España, que ahora se le recuerdan de casi el todo, y
tenía tanto intelecto, que casi excusaba a su madre procurador
para sus negocios. Siempre que su madre le mandaba ir o venir, era presta, y
como pleiteaba su madre, ella fue en Granada mirada y tenida por
solicitadora perfecta y pronosticada futura. Acabado el pleito, y no
queriendo tornar a su propia ciudad, acordaron de morar en Jerez y pasar por
Carmona. Aquí la madre quiso mostrarle tejer, el cual oficio no se le
dio así como el urdir y tramar, que le quedaron tanto en la
cabeza, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con
personas que la amaban por su hermosura y gracia; asimismo, saltando una pared
sin licencia de su madre, se le derramó la primera sangre que del
natural tenía. Y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino
a Sevilla, donde halló una su parienta, la cual le decía:
«Hija, sed buena, que ventura no os faltará»; y asimismo le
demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué
sabía hacer, y de qué la podía loar a los que a ella
conocían. Entonces respondíale de esta manera:
«Señora tía, yo quiero que vuestra merced vea lo que
sé hacer, que cuando era vivo mi señor padre, yo le guisaba
guisadicos que le placían, y no solamente a él, mas a todo el
parentado, que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas
necesarias, no como ahora, que la pobreza hace comer sin guisar, y
entonces las especias, y ahora el apetito; entonces estaba
ocupada en agradar a los míos, y ahora a los extraños».
 Mamotreto II
| Responde la tía y prosigue
| |
[TÍA.-]
Sobrina, más ha de los
años treinta que yo no vi a vuestro padre, porque se fue niño, y
después me dijeron que se casó por amores con vuestra madre, y en
vos veo yo que vuestra madre era hermosa.
| |
LOZANA.-
¿Yo, señora? Pues
más parezco a mi abuela que a mi señora madre, y por amor de
mi abuela me llamaron a mí Aldonza, y si esta mi abuela
vivía, sabía yo más que no sé, que ella me
mostró guisar, que en su poder aprendí hacer fideos
empanadillas, alcuzcuz con garbanzos, arroz entero, seco, graso,
albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conocían
las que yo hacía entre ciento. Mirá, señora tía,
que su padre de mi padre decía: «¡Éstas son de mano
de mi hija Aldonza!» Pues, ¿adobado no hacía? Sobre
que cuantos traperos había en la cal de la Heria querían
probarlo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero. Y
¡qué miel! Pensá, señora, que la teníamos de
Adamuz, y zafrán de Peñafiel, y lo mejor del
Andalucía venía en casa de esta mi abuela. Sabía hacer
hojuelas, prestiños, rosquillas de alfajor, testones de cañamones
y de ajonjolí, nuégados, sopaipas, hojaldres, hormigos
torcidos con aceite, talvinas, zahínas y nabos sin tocino
y con comino; col murciana con alcaravea, y «olla reposada no la
comía tal ninguna barba». Pues boronía ¿no
sabía hacer?: ¡por maravilla! Y cazuela de berenjenas
mojíes en perfección; cazuela con su ajico y
cominico, y saborcico de vinagre, esta hacía yo sin que me la vezasen.
Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con
limón ceutí. Y cazuelas de pescado cecial
con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que
serían luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel
para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berenjenas,
de nueces y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y de
hierbabuena, para quien pierde el apetito. Pues ¿ollas en tiempo de
ayuno? Estas y las otras ponía yo tanta hemencia en ellas, que
sobrepujaba a Platina,
De voluptatibus, y a Apicio
Romano,
De re coquinaria, y decía
esta madre de mi madre: «Hija Aldonza, la olla sin cebolla
es boda sin tamborín». Y si ella me viviera, por mi saber y
limpieza (dejemos estar hermosura), me casaba, y no salía yo acá
por tierras ajenas con mi madre, pues me quedé sin dote, que mi madre me
dejó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta
lanzadera para tejer cuando tenga premideras.
| |
TÍA.-
Sobrina, esto que vos tenéis
y lo que sabéis será dote para vos, y vuestra hermosura
hallará ajuar cosido y zurcido, que no os tiene Dios olvidada, que aquel
mercader que vino aquí ayer me dijo que, cuando torne, que va a
Cádiz, me dará remedio para que vos seáis casada y
honrada, mas querría él que supieses labrar.
| |
LOZANA.-
Señora tía, yo
aquí traigo el alfiletero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no
faltaría para apretar, y por eso, señora tía, si vos
queréis, yo le hablaré antes que se parta, porque no pierda mi
ventura, siendo huérfana.
|
 Mamotreto III
| Prosigue la Lozana y pregunta a la
tía
| |
[LOZANA.-]
¿Señora tía,
es aquel que está paseándose con aquel que suena los
órganos? ¡Por su vida, que lo llame! ¡Ay, cómo es
dispuesto! ¡Y qué ojos tan lindos! ¡Qué ceja
partida! ¡Qué pierna tan seca y enjuta! ¿Chinelas trae?
¡Qué pie para galochas y zapatilla zeyena! Querría
que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira.
¿Quiere vuestra merced que me asome?
| |
TÍA.-
No, hija, que yo quiero ir abajo, y
él me vendrá a hablar, y cuando él estará abajo, vos
vendréis. Si os hablare, abajá la cabeza y pasaos y, si yo
os dijere que le habléis, vos llegá cortés y
hacé una reverencia y, si os tomare la mano retraeos hacia
atrás, porque, como dicen: «muestra a tu marido el copo, mas no
del todo». Y de esta manera él dará de sí, y veremos
qué quiere hacer.
| |
LOZANA.-
¿Veislo? Viene
acá.
| |
MERCADER.-
Señora, ¿qué se
hace?
| |
TÍA.-
Señor, serviros, y mirar en
vuestra merced la lindeza de Diomedes el Raveñano.
| |
MERCADER.-
Señora, ¡pues así me
llamo yo, madre mía! Yo querría ver aquella vuestra sobrina. Y
por mi vida que será su ventura, y vos no perderéis nada.
| |
TÍA.-
Señor, está revuelta
y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced cómo es
dotada de hermosura, quiero que pase aquí abajo su telar y verala
cómo teje.
| |
DIOMEDES.-
Señora mía, pues sea
luego.
| |
TÍA.-
¡Aldonza!
¡Sobrina! ¡Descíos2 acá, y veréis
mejor!
| |
LOZANA.-
Señora tía,
aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa, salvo que no tengo
premideras.
| |
TÍA.-
Descí3, sobrina, que
este gentilhombre quiere que le tejáis un tejillo, que proveeremos de
premideras. Vení aquí, hacé una reverencia a este
señor.
| |
DIOMEDES.-
¡Oh, qué gentil dama!
Mi señora madre, no la deje ir, y suplícole que le mande que me
hable.
| |
TÍA.-
Sobrina, respondé a ese
señor, que luego torno.
| |
DIOMEDES.-
Señora, su nombre me
diga.
| |
LOZANA.-
Señor, sea vuestra
merced de quien mal lo quiere. Yo me llamo Aldonza, a servicio y
mandado de nuestra merced.
| |
DIOMEDES.-
¡Ay, ay! ¡Qué
herida! Que de vuestra parte cualque vuestro servidor me ha dado en el
corazón con una saeta dorada de amor.
| |
LOZANA.-
No se maraville vuestra
merced, que cuando me llamó que viniese abajo, me parece que vi
un muchacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé
con qué. En la teta izquierda me tocó.
| |
DIOMEDES.-
Señora, es tal ballestero,
que de un mismo golpe nos hirió a los dos.
Ecco adonque due anime in uno
core. ¡Oh, Diana! ¡Oh, Cupido! ¡Socorred el vuestro
siervo! Señora, si no remediamos con socorro de médicos sabios,
dudo la sanidad, y pues yo voy a Cádiz, suplico a vuestra merced
se venga conmigo.
| |
LOZANA.-
Yo, señor, vendré a la
fin del mundo, mas deje subir a mi tía arriba y, pues quiso mi ventura,
seré siempre vuestra más que mía.
| |
TÍA.-
¡Aldonza!
¡Sobrina! ¿Qué hacéis? ¿Dónde
estáis? ¡Oh, pecadora de mí! El hombre deja el padre y la
madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay,
sobrina! Y si mirara bien en vos, viera que me habíais de burlar, mas
no tenéis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca, busqué el
eslabón. ¡Mirá qué pago, que si miro en ello, ella
misma me hizo alcahueta! ¡Va, va, que en tal pararás!
|
 Mamotreto IV
| Prosigue el autor
| |
[AUTOR.-]
Juntos a Cádiz, y sabido por
Diomedes a qué sabía su señora, si era concho o veramente
asado, comenzó a imponerla según que para luengos tiempos
durasen juntos; y viendo sus lindas carnes y lindeza de persona, y notando en
ella la agudeza que la patria y parentado le habían prestado, de cada
día le crecía el amor en su corazón, y
así determinó que no dejarla. Y pasando él en Levante
con mercancía4, que su padre era uno de los primos mercaderes de
Italia, llevó consigo a su muy amada Aldonza, y de todo cuanto
tenía la hacía partícipe; y ella muy contenta, viendo en
su caro amador Diomedes todos los géneros y partes de gentilhombre, y de
hermosura en todos sus miembros, que le parecía a ella que la
natura no se había reservado nada que en su caro amante no hubiese
puesto. Y por esta causa, miraba de ser ella presta a toda su voluntad, y como
él era único entre los otros mercadantes, siempre en su casa
había concurso de personas gentiles y bien criadas, y como veían
que a la señora Aldonza no le faltaba nada, que sin maestro
tenía ingenio y saber, y notaba las cosas mínimas por saber y
entender las grandes y arduas, holgaban de ver su elocuencia; y a todos
sobrepujaba, de modo que ya no había otra en aquellas partes que en
más fuese tenida, y era dicho entre todos de su lozanía,
así en la cara como en todos sus miembros. Y viendo que esta
lozanía era de su natural, quedoles en fábula que
ya no entendían por su nombre Aldonza, salvo la Lozana; y
no solamente entre ellos, mas entre las gentes de aquellas tierras
decían la Lozana por cosa muy nombrada. Y si mucho sabía
en estas partes, mucho más supo en aquellas provincias, y procuraba de
ver y saber cuanto a su facultad pertenecía. Siendo en Rodas, su
caro Diomedes le preguntó:
Mi señora, no querría
se os hiciese de mal venir a Levante, porque yo me tengo de disponer a servir y
obedecer a mi padre, el cual manda que vaya en Levante, y andaré
toda la Berbería, y principalmente donde tenemos trato, que me
será fuerza de demorar y no tornar tan presto como yo querría,
porque solamente en estas ciudades que ahora oiréis tengo de estar
años, y no meses, como será en Alejandría, en Damasco,
Damiata, en Barut, en parte de la Soria, en Chiple, en el Caire y en el
Chío, en Constantinópoli, en Corintio, en Tesalia, en Boecia, en
Candía, a Venecia y Flandes, y en otras partes que vos, mi
señora, veréis si queréis tenerme
compañía.
| |
LOZANA.-
¿Y cuándo quiere
vuestra merced que partamos? ¡Porque yo no delibro de volver a
casa por el mantillo!
| Vista por Diomedes la respuesta y
voluntad tan sucinta que le dio con palabras antipensadas, mucho se
alegró y suplicola que se esforzase a no dejarlo por otro
hombre, que él se esforzaría a no tomar otra por mujer que
a ella. Y todos dos, muy contentos, se fueron en Levante y por todas las
partidas que él tenía sus tratos, y fue de él muy bien
tratada y de sus servidores y siervas muy bien servida y acatada. Pues
¿de sus amigos no era acatada y mirada? Vengamos a que, andando por
estas tierras que arriba dijimos, ella señoreaba y pensaba que
jamás le había de faltar lo que al presente tenía y,
mirando su lozanía, no estimaba a nadie en su ser y en su
hermosura y pensó que, en tener hijos de su amador Diomedes,
había de ser banco perpetuo para no faltar a su fantasía y
triunfo, y que aquello no le faltaría en ningún tiempo. Y siendo
ya en Candía, Diomedes le dijo: | [DIOMEDES.-]
Mi señora Aldonza, ya
vos veis que mi padre me manda que me vaya en Italia. Y como mi
corazón se ha partido en dos partes, la una en vos, que no quise
así bien a criatura, y la otra en vuestros hijos, los cuales
envié a mi padre; y el deseo me tira, que a vos amo, y a ellos deseo
ver; a mí me fuerza la obediencia suya, y a vos no tengo de
faltar, yo determino de ir a Marsella, y de allí ir a dar cuenta a mi
padre y hacer que sea contento que yo vaya otra vez en España, y
allí me entiendo casar con vos. Si vos sois contenta, vení
conmigo a Marsella, y allí quedaréis hasta que yo torne; y vista
la voluntad de mi padre y el amor que tiene a vuestros hijos, haré que
sea contento con lo que yo le dijere. Y así veremos en nuestro fin
deseado. | |
LOZANA.-
Mi señor, yo iré de
muy buena voluntad donde vos, mi señor, me mandareis; que no
pienso en hijos, ni en otra cosa que dé fin a mi esperanza, sino en vos,
que sois aquélla; y por esto os demando de merced que
dispongáis de mí a vuestro talento, que yo tengo siempre de
obedecer.
| Así vinieron en Marsella y,
como su padre de Diomedes supo, por sus espías, que venía con su
hijo Diomedes Aldonza, madre de sus hijos, vino él en persona,
muy disimulado, amenazando a la señora Aldonza. Mas ya Diomedes
le había rogado que fuese su nombre Lozana, pues que Dios se lo
había puesto en su formación, que mucho más le
convenía que no Aldonza, que aquel nombre, Lozana,
sería su ventura para el tiempo por venir. Ella consintió en todo
cuanto Diomedes ordenó. Y estando un día Diomedes para se partir
a su padre, fue llevado en prisión a instancia de su padre, y
ella, madona Lozana, fue despojada en camisa, que no salvó sino
un anillo en la boca. Y así fue dada a un barquero que la echase en la
mar, al cual dio cien ducados el padre de Diomedes, porque ella no
pareciese; el cual, visto que era mujer, la echó en tierra y, movido a
piedad, le dio un su vestido que se cubriese. Y viéndose sola y pobre, y
a qué la había traído su desgracia, pensar puede cada uno
lo que podía hacer y decir de su boca, encendida de mucha
pasión. Y sobre todo se daba de cabezadas, de modo que se le
siguió una gran jaqueca, que fue causa que le viniese a la
frente una estrella, como abajo diremos. Finalmente, su fortuna fue tal, que
vio venir una nao que venía a Liorna y, siendo en Liorna, vendió
su anillo, y con él fue hasta que entró en Roma. |
 Mamotreto V
Cómo se supo dar la manera para vivir, que
fue menester que usase audacia pro sapientia
Entrada la señora Lozana
en la alma ciudad y proveída de súbito consejo, pensó: «Yo sé mucho; si ahora no me
ayudo en que sepan todos, mi saber será ninguno». Y siendo ella hermosa y habladera, y
decía a tiempo, y tenía gracia en cuanto hablaba, de modo
que embaía a los que la oían. Y como era plática y de gran
conversación, y habiendo siempre sido en compañía de
personas gentiles, y en mucha abundancia, y viéndose que siempre fue en
grandes riquezas y convites y gastos, que la hacían triunfar,
decía entre sí: «Si esto me falta seré muerta,
que siempre oí decir que el cebo usado es el provechoso». Y como ella tenía gran ver e ingenio diabólico y
gran conocer, y en ver un hombre sabía cuánto valía, y
qué tenía, y qué la podía dar, y qué le
podía ella sacar. Y miraba también cómo hacían
aquellas que entonces eran en la ciudad, y notaba lo que le
parecía a ella que le había de aprovechar, para ser siempre
libre y no sujeta a ninguno, como después veremos. Y, acordándose
de su patria, quiso saber luego quién estaba aquí de aquella
tierra y, aunque fuesen de Castilla, se hacía ella de allá por
parte de un su tío, y si era andaluz, mejor, y si de Turquía,
mejor, por el tiempo y señas que de aquella tierra daba, y embaucaba a
todos con su gran memoria. Halló aquí de Alcalá la Real, y
allí tenía ella una prima, y en Baena otra, en Luque y en la
Peña de Martos, natural parentela. Halló aquí de Arjona y
Arjonilla y de Montoro, y en todas estas partes tenía parientas y
primas, salvo que en la Torredonjimeno que tenía una entenada, y
pasando con su madre a Jaén, posó en su casa, y allí
fueron los primeros grañones que comió con huesos de
tocino. Pues, como daba señal de la tierra, halló luego
quien la favoreció, y diéronle una cámara en
compañía de unas buenas mujeres españolas. Y otro
día hizo quistión con ellas sobre un jarillo, y echó las
cuatro las escaleras abajo; y fuese fuera, y demandaba por Pozo Blanco, y
procuró entre aquellas camiseras castellanas cualque estancia o
cualque buena compañía. Y como en aquel tiempo estuviese en Pozo
Blanco una mujer napolitana con un hijo y dos hijas, que tenía por
oficio hacer solimán y blanduras y afeites y cerillas, y
quitar cejas y afeitar novias, y hacer mudas de azúcar
candi y agua de azofaifas y, cualque vuelta, apretaduras, y todo lo que
pertenecía a su arte tenían sin falta, y lo que no
sabían se lo hacían enseñar de las judías, que
también vivían con esta plática, como fue Mira, la
judía que fue de Murcia, Engracia, Perla, Jamila, Rosa, Cufa,
Cintia y Alfarutia, y otra que se decía la judía del
vulgo, que era más plática y tenía más
conversación. Y habéis de notar que pasó a todas
éstas en este oficio, y supo más que todas, y diole mejor
la manera, de tal modo, que en nuestros tiempos podemos decir que no hay quien
use el oficio mejor ni gane más que la señora
Lozana, como abajo diremos, que fue entre las otras como Avicena entre
los médicos.
Non est mirum acutissima patria.
 Mamotreto VI
| Cómo en Pozo Blanco, en casa de una
camisera, la llamaron
| | |
Una sevillana, mujer viuda, la
llamó a su casa, viéndola pasar, y le demandó:
| [SEVILLANA.-]
Señora mía,
¿sois española? ¿Qué buscáis? | |
LOZANA.-
Señora, aunque vengo vestida
a la ginovesa, soy española y de Córdoba.
| |
SEVILLANA.-
¿De Córdoba?
¡Por vuestra vida, ahí tenemos todas parientes! ¿Y a
qué parte morabais?
| |
LOZANA.-
Señora, a la
Cortiduría.
| |
SEVILLANA.-
¡Por vida vuestra, que una mi
prima casó ahí con un cortidor rico! ¡Así goce de
vos, que quiero llamar a mi prima Teresa de Córdoba, que os vea!
¡Mencía, hija! Va, llama a tu tía y a Beatriz de
Baeza y Marina Hernández, que traigan sus costuras y se vengan
acá. Decime, señora, ¿cuánto ha que
viniste?
| |
LOZANA.-
Señora, ayer de
mañana.
| |
SEVILLANA.-
Y ¿dónde
dormiste?
| |
LOZANA.-
Señora, demandando de
algunas de la tierra, me fue mostrada una casa donde están siete o ocho
españolas. Y como fui allá, no me querían acoger, y yo
venía cansada, que me dijeron que el Santo Padre iba a encoronarse. Yo,
por verlo, no me curé de comer.
| |
SEVILLANA.-
¿Y vístelo, por mi
vida?
| |
LOZANA.-
Tan lindo es, y bien se llama
León décimo, que así tiene la cara.
| |
SEVILLANA.-
Y bien, ¿diéronnos
algo aquellas españolas a comer?
| |
LOZANA.-
Mirá qué bellacas,
que ni me quisieron ir a demostrar la plaza. Y en esto vino una que,
como yo dije que era de los buenos de su tierra, fueme por de comer, y
después fue conmigo a enseñarme los señores. Y como
supieron quién yo y los míos eran, que mi tío fue muy
conocido, que cuando murió le hallaron en las manos los callos
tamaños, de la vara de la justicia, luego me mandaron dar
aposento. Y envió conmigo su mozo, y Dios sabe que no osaba sacar
las manos afuera por no ser vista, que traigo estos guantes, cortadas las
cabezas de los dedos, por las encubrir.
| |
SEVILLANA.-
¡Mostrad, por mi vida, quitad los guantes! ¡Viváis vos en el mundo y aquel Criador
que tal crió! ¡Lograda y engüerada seáis, y la
bendición de vuestros pasados os venga! Cubridlas, no las vea mi
hijo, y acabáme de contar cómo os fue.
| |
LOZANA.-
Señora mía, aquel
mozo mandó a la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la
puta vieja barbuda, estrellera, dijo: «¿No veis que tiene
grañimón?» Y ella, que es estada mundaria toda su vida, y
ahora que se vio harta y quita de pecado, pensó que, porque yo traigo
la toca baja y ligada a la ginovesa, y son tantas las cabezadas que me
he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo cómo soy
viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha
tocado entre ceja y ceja, y creo que me quedará
señal.
| |
SEVILLANA.-
No será nada, por mi vida.
Llamaremos aquí un médico que la vea, que parece una
estrellica.
|
 Mamotreto VII
| Cómo vienen las parientas y les dice la
Sevillana
| [SEVILLANA.-]
Norabuena vengáis. Así goce yo de todas, que os asentéis y oiréis a esta señora
que ayer vino y es de nuestra tierra. | |
BEATRIZ.-
Bien se le parece, que
así son todas frescas, graciosas y lindas, como ella, y en su
lozanía se ve que es de nuestra tierra. ¿Cuánto ha,
señora mía, que saliste de Córdoba?
| |
LOZANA.-
Señora, de once años
fui con mi señora a Granada, que mi padre nos dejó una casa en
pleito por ser él muy putañero y jugador, que jugara el sol en la
pared.
| |
SEVILLANA.-
¡Y duelos le vinieron!
¿Teniendo hijas doncellas, jugaba?
| |
LOZANA.-
¡Y qué hijas! Tres
éramos y traíamos zarcillos de plata. Y yo era la
mayor; fui festejada de cuantos hijos de caballeros hubo en Córdoba, que
de aquéllos me holgaba yo. Y esto puedo jurar, que desde chiquita me
comía lo mío, y en ver hombre se me desperezaba y me quisiera ir
con alguno, sino que no me lo daba la edad; que un hijo de un caballero nos dio
unas arracadas muy lindas, y mi señora se las escondió porque no
se las jugase, y después las vendió ella para vezar a las otras a
labrar, que yo ni sé labrar ni coser y el filar se me ha olvidado.
| |
CAMISERA.-
Pues, ¡guayas de mi casa!,
¿de qué vivís?
| |
LOZANA.-
¿De qué,
señora? Sé hacer alheña y mudas y tez de cara, que
aprendí en Levante, sin lo que mi madre me mostró.
| |
CAMISERA.-
¿Que sois estada en Levante?
¡Por mi vida, yo pensé que veníais de Génova!
| |
LOZANA.-
¡Ay, señoras! Os contaré maravillas. Dejame ir a verter aguas que, como eché aquellas
putas viejas alcoholadas por las escaleras abajo, no me paré a mis
necesidades. Y estaba allí una beata de Lara, el coño puto
y el ojo ladrón, que creo hizo pasto a cuantos brunetes van por el mar
Océano.
| |
CAMISERA.-
¿Y qué os hizo?
| |
LOZANA.-
No quería que me lavase con
el agua de su jarrillo. Y estaba allí otra abacera, que de su
tierra acá no vino mayor rabanera, villana, tragasantos, que dice que
viene aquí por una bula para una ermita, y trae consigo un hermano
fraile de la Merced que tiene una nariz como asa de cántaro y el
pie como remo de galera, que anoche la vino a acompañar, ya tarde, y esta
mañana, en siendo de día, la demandaba; y enviésela lo
más presto que pude, rodando. Y, por el Dios que me hizo, que, si me
hablara, que estaba determinada comerle las sonaderas porque me
pareciera. Y viniéndome para acá, estaban cuatro
españoles allí, cabe una grande plaza, y tenían
muchos dineros de plata en la mano, y díjome el uno:
«Señora, ¿quereisnos contentar a todos y
tomá?» Yo presto les respondí. ¡Sí me entendieron!
| |
CAMISERA.-
¿Qué, por mi
vida? ¡Así gocéis!
| |
LOZANA.-
Díjeles: «Hermanos, no
hay cebada para tantos asnos». Y perdoname, que luego
torno, que me meo toda.
| |
BEATRIZ.-
Hermana, ¿viste tal
hermosura de cara y tez? ¡Si tuviese asiento para los antojos! Mas creo
que, si se cura, que sanará.
| |
TERESA HERNÁNDEZ.-
¡Andá ya, por vuestra
vida, no digáis! Súbele más de mitad de la frente;
quedará señala para cuanto viviere. ¿Sabéis
qué podía ella hacer? Que aquí hay en Campo de
Flor muchos de aquellos charlatanes que sabrían medicarla por abajo de
la banda izquierda.
| |
CAMISERA.-
¡Por vida de vuestros hijos,
que bien decís! Mas, ¿quién se lo osará decir?
| |
TERESA.-
Eso de quién, yo hablando,
hablando, se lo diré.
| |
BEATRIZ.-
¡Ay, prima Hernández,
no lo hagáis, que nos deshonrará como a mal pan! ¿No veis
qué labia y qué osadía que tiene y qué decir? Ella
se hará a la usanza de la tierra, que verá lo que le cumple. No
querría sino saber de ella si es confesa, porque hablaríamos sin
miedo.
| |
TERESA.-
¿Y eso me decís?
Aunque lo sea, se hará cristiana linda.
| |
BEATRIZ.-
Dejemos hablar a Teresa de
Córdoba, que ella es burlona y se lo sacará.
| |
TERESA.-
Mirá en qué
estáis. Digamos que queremos torcer hormigos o hacer alcuzcuz, y
si los sabe torcer, ahí veremos si es
de nobis, y si los tuerce
con agua o con aceite.
| |
BEATRIZ.-
Viváis vos, que más
sabéis que todas. No hay peor cosa que confesa necia.
| |
SEVILLANA.-
Los cabellos os sé decir que
tiene buenos.
| |
BEATRIZ.-
¿Pues no veis que dice que
había doce años que jamás le pusieron garvín ni
albanega, sino una princeta labrada, de seda verde, a usanza de
Jaén?
| |
TERESA.-
Hermana, Dios me acuerde para bien,
que por sus cabellos me he acordado, que cien veces os lo he querido
decir: ¿Acordaisos el otro día, cuando fuimos a ver la
parida, si viste aquélla que la servía, que es madre de una que
vos bien sabéis?
| |
CAMISERA.-
Ya os entiendo: mi hijo le dio una
camisa de oro labrada, y las bocas de las mangas con oro y azul. ¿Y es
aquélla su madre? Más moza parece que la hija.
¡Y qué cabellos rubios que tenía!
| |
TERESA.-
¡Hi, hi! ¡Por el
paraíso de quien acá os dejó, que son alheñados por
cubrir la nieve de las navidades! Y las cejas se tiñe cada
mañana, ya que el lunar postizo es porque, si miráis en
él, es negro y unos días más grande que otros; y los
pechos, llenos de paños para hacer tetas; y, cuando sale, lleva
más dijes que una negra, y el tocado muy plegado por henchir la cara, y
piensa que todos la miran, y a cada palabra su reverencia; y, cuando se
asienta, no parece sino depósito mal pintado. Y siempre va con
ella la otra Marijorríquez, la regatera, y la cabrera, que tiene aquella
boca que no parece sino tragacaramillos, que es más vieja que
Satanás; y sálense de noche de dos en dos, con sombreros, por
festejadas, y no se osan descubrir, que no vean el ataúd carcomido.
| |
BEATRIZ.-
Decime, prima, ¡mucho
sabéis vos!, que yo soy una boba que no paro mientes en nada de todo
eso.
| |
TERESA.-
Dejame decir, que así dicen ellas de nosotras cuando nos ven que vamos a la estufa o veníamos:
«¡Veis las camiseras, son de Pozo Blanco, y batículo
llevan!» Osadas, que no van tan espeso a misa, y no se miran a ellas, que
son putas públicas. ¿Y cuándo vieron ellas confesas putas
y devotas? Ciento entre una.
| |
CAMISERA.-
Dejá eso y notá que
me dijo esta forastera que tenía un tío que murió con los
callos en las manos, de la vara de la justicia, y debía de ser
que sería cortidor.
| |
TERESA.-
Callá, que viene; si no,
será peor que con las otras que echó a rodar.
|
 Mamotreto VIII
| Cómo torna la Lozana y
pregunta
| [LOZANA.-]
Señoras, ¿en qué
habláis, por mi vida? | |
TERESA.-
En que, para mañana,
querríamos hacer unos hormigos torcidos.
| |
LOZANA.-
¿Y tenéis culantro
verde? Pues dejá hacer a quien, de un puño de buen harina y tanto
aceite, si lo tenéis bueno, os hará una almofía llena,
que no los olvidéis aunque muráis.
| |
BEATRIZ.-
Prima, así gocéis,
que no son de perder. Toda cosa es bueno probar, cuanto más pues que es
de tan buena maestra, que, como dicen: «la que las sabe las
tañe». (¡Por tu vida, que es
de nostris!) Señora,
sentaos, y decinos vuestra fortuna cómo os ha corrido por
allá por Levante.
| |
LOZANA.-
Bien, señoras, si el fin
fuera como el principio; mas no quiso mi desdicha, que podía yo
parecer delante a otra que fuera en todo el mundo de belleza y
bienquista, delante a cuantos grandes señores me conocían,
querida de mis esclavas, de los de mi casa toda, que a la maravilla me
querían ver cuantos de acá iban. Pues oírme hablar, no
digo nada; que ahora este duelo de la cara me afea, y por maravilla
venían a ver mis dientes, que creo que mujer nacida tales los
tuvo, porque es cosa que podéis ver, bien que me veis así muy
cubierta de vergüenza, que pienso que todos me conocen. Y cuando
sabréis cómo ha pasado la cosa, os maravillaréis, que no
me faltaba nada, y ahora no es por mi culpa, sino por mi desventura. Su padre de
un mi amante, que me tenía tan honrada, vino a Marsella, donde me
tenía para enviarme a Barcelona, a que lo esperase allí en
tanto que él iba a dar la cuenta a su padre; y por mis duelos grandes,
vino el padre primero, y a él echó en prisión, y a mi me
tomó y me desnudó fin a la camisa, y me quitó los anillos,
salvo uno, que yo me metí en la boca, y mandome echar en la mar a
un marinero, el cual me salvó la vida viéndome mujer, y
posome en tierra, y así vinieron unos de una nao, y me vistieron
y me trajeron a Liorna.
| |
CAMISERA.-
¡Y mala entrada le entre al
padre de ese vuestro amigo! ¿Y si mató vuestros hijos
también, que le habíais enviado?
| |
LOZANA.-
Señora, no, que los quiere
mucho; mas porque lo quería casar a este su hijo, a mí me
mandó de aquella manera.
| |
BEATRIZ.-
¡Ay, lóbrega de vos,
amiga mía! ¿Y todo eso habéis pasado?
| |
LOZANA.-
Pues no es la mitad de lo que os
diré, que tomé tanta malenconía, que daba con mi
cabeza por tierra, y porrazos me he dado en esta cara que me maravillo
que esta jaqueca no me ha cegado.
| |
CAMISERA.-
¡Ay, ay! ¡Guayosa de
vos! ¿Cómo no sois muerta?
| |
LOZANA.-
No quiero deciros más porque
el llorar me mata, pues que soy venida a tierra que no faltará de
qué vivir, que ya he vendido el anillo en nueve ducados, y di dos al
harriero, y con estos otros me remediaré si supiese hacer melcochas o
mantequillas.
|
 Mamotreto IX
| Una pregunta que hace la Lozana para informarse
| [LOZANA.-]
Decime, señoras
mías, ¿sois casadas? | |
BEATRIZ.-
Señora, sí.
| |
LOZANA.-
Y vuestros maridos, ¿en
qué entienden?
| |
TERESA.-
El mío es cambiador, y el de
mi prima, lencero, y el de esa señora que está cabo vos, es
borceguinero.
| |
LOZANA.-
¡Vivan en el mundo! ¿Y
casaste aquí o en España?
| |
BEATRIZ.-
Señora, aquí. Mi
hermana la viuda vino casada con un trapero rico.
| |
LOZANA.-
¿Y cuánto ha que
estáis aquí?
| |
BEATRIZ.-
Señora mía, desde el
año que se puso la Inquisición.
| |
LOZANA.-
Decime, señoras
mías, ¿hay aquí judíos?
| |
BEATRIZ.-
Muchos, y amigos nuestros; si
hubiereis menester algo de ellos, por amor de nosotras os harán
honra y cortesía.
| |
LOZANA.-
¿Y tratan con los
cristianos?
| |
BEATRIZ.-
Pues, ¿no los
sentís?
| |
LOZANA.-
¿Y cuáles son?
| |
BEATRIZ.-
Aquellos que llevan aquella
señal colorada.
| |
LOZANA.-
¿Y ellas llevan
señal?
| |
BEATRIZ.-
Señora, no; que van por Roma
adobando novias y vendiendo solimán labrado y aguas para la cara.
| |
LOZANA.-
Eso querría yo ver.
| |
BEATRIZ.-
Pues id vos allí a casa de
una Napolitana, mujer de Jumilla, que mora aquí arriba en Calabraga, que
ella y sus hijas lo tienen por oficio y aun creo que os dará
ella recaudo, porque saben muchas cosas de señores que os
tomarán para guarda de casa y compañía a sus mujeres.
| |
LOZANA.-
Eso querría yo, si me
mostrase este niño la casa.
| |
CAMISERA.-
Sí hará. Ven
acá, Aguilarico.
| |
LOZANA.-
¡Ay, señora
mía! ¿Aguilarico se llama? Mi pariente debe ser.
| |
BEATRIZ.-
Ya podría ser, pues
ahí junto mora su madre.
| |
LOZANA.-
Beso las manos de vuestras
mercedes, y si supieren algún buen partido para mí, como
si fuese estar con algunas doncellas, en tal que yo lo sirva, me avisen.
| |
BEATRIZ.-
Señora, sí; andad con
bendición. ¿Habéis visto? ¡Qué lengua,
qué saber! Si a ésta le faltaran partidos, decí mal de
mí; mas beato el que le fiara su mujer.
| |
TERESA.-
Pues andaos, a decir gracias no,
sino gobernar doncellas; mas no mis hijas. ¿Qué pensáis
que sería?: dar carne al lobo. Antes de ocho días sabrá
toda Roma, que ésta en son la veo yo que con los cristianos será
cristiana, y con los jodíos, jodía, y con los turcos, turca, y
con los hidalgos, hidalga, y con los ginoveses, ginovesa, y con los franceses,
francesa, que para todos tiene salida.
| |
CAMISERA.-
No veía la hora que la
enviaseis de aquí, que si viniera mi hijo, no la dejara
partir.
| |
TERESA.-
Eso quisiera yo ver, cómo
hablaba y los gestos que hiciera, y por ver si se cubriera. Mas no
curéis, que presto dará de sí como casa vieja, pues a casa
va que no podría mejor hallar a su propósito, y endemás
la patrona, que parece a la judía de Zaragoza, que la
llevará consigo y a todos contará sus duelos y fortuna.
|
 Mamotreto X
| El modo que tuvo yendo con Aguilarico,
espantándose que le hablaban en catalán, y dice un barbero,
Mosén Sorolla
| [SOROLLA.-]
Ven ací, mon
cosín Aguilaret. Veniu ací, mon fill. ¿On
seu estat? Que ton pare te'n demana. | |
AGUILARET.-
No vul venir, que vaig con aquesta
dona.
| |
SOROLLA.-
¡Ma comare! Feu-vos
ací, veureu vostron fill.
| |
SOGORBESA.-
Vens ací,
tacanyet.
| |
AGUILARET.-
¿Què voleu ma mare?, ara
vinc.
| |
SOGORBESA.-
¡No et cures, penjat,
traidoret! Aqueixa dona, ¿on t'ha tingut tot hui?
| |
LOZANA.-
Yo, señora, ahora lo vi, y
le rogaron unas señoras que me enseñase aquí junto a una
casa.
| |
SOGORBESA.-
Aneu al burdell, i deixeu estar mon
fill.
| |
LOZANA.-
Id vos, y besadlo donde
sabéis.
| SOROLLA.-
¡Mirá la cejijunta con qué me
salió! | |
MALLORQUINA.-
Veniu ací, bona dona.
No us prengau amb aqueixa dona, ma veïna. ¿On aneu?
| |
LOZANA.-
Por mi vida, señora, que no
sé el nombre del dueño de una casa por aquí que aquel
niño me quería mostrar.
| |
MALLORQUINA.-
¿Deveu de fer labors o res?
Que ací ma filla vos farà tot quan vos li comenareu.
| |
LOZANA.-
Señora, no busco eso, y
siempre halla el hombre lo que no busca, máxime en esta tierra.
Decime, así viváis, ¿quién es aquella hija
de corcovado, y catalana que, no conociéndome, me
deshonró? Pues ¡guay de ella si soltaba yo la maldita! Ni vi su
hijo, ni quisiera ver a ella.
| |
MALLORQUINA.-
No us cureu, filla; aneu vostron
viatge, i si vos maneu res, lo farem nosaltres de bon cor.
| |
LOZANA.-
Señora, no quiero nada de
vos, que yo busco una mujer que quita cejas.
| |
MALLORQUINA.-
¡Aneu en mal guany!
¿I això volíeu? Cerqueu-la.
| |
LOZANA.-
¡Válgalas el diablo, y
locas son estas mallorquinas! ¡En Valencia os ligarían a
vosotras! ¡Y herraduras han menester como bestias! Pues no me la
irán a pagar a la pellejería de Burgos. ¡Cul de sant Arnau, som segurs! ¡Quina gent de Déu!
|
 Mamotreto XI
| Cómo llamó a la Lozana la
Napolitana que ella buscaba, y dice a su marido que la llame
| |
[NAPOLITANA.-]
Oíslo, ¿quién
es aquella mujer que anda por allí? Ginovesa me parece.
Mirá si quiere nada de la botica; salí allá,
quizá que trae guadaño.
| |
JUMILLA.-
Salí vos, que en ver hombre
se espantará.
| |
NAPOLITANA.-
Dame acá ese morteruelo de
azófar. Decí, hija, ¿echaste aquí el
atanquía y las pepitas de pepino?
| HIJA.-
Señora, sí. | |
NAPOLITANA.-
¿Qué miráis,
señora? ¡Con esa tez de cara no ganaríamos nosotros
nada!
| |
LOZANA.-
Señora, no os
maravilléis que solamente en oíros hablar me alegré.
| |
NAPOLITANA.-
Así es, que no en balde se
dijo: «por donde fueres, de los tuyos halles». Quizá la sangre
os tira. Entrá, mi señora, y quitaos de ese sol. ¡Ven
acá, tu! Sácale aquí a esta señora con qué
se refresque.
| |
LOZANA.-
No hace menester que, si ahora
comiese, me ahogaría del enojo que traigo de aquesas vuestras vecinas.
Mas, si vivimos y no nos morimos, a tiempo seremos. La una porque su hijo me
venía a mostrar a vuestra casa, y la otra porque demandé de
vuestra merced.
| |
NAPOLITANA.-
¡Hi, hi!, son envidiosas y
por eso mirá cuál va su hija el domingo afeitada de mano de
Mira, la jodía, o como las que nosotras afeitamos, ni más ni ál5.
Señora mía, «el tiempo os doy por testigo». La una es
de Sogorbe y la otra mallorquina y, como dijo Juan del Encina, que «cul y
cap y feje y cos echan fuera a voto a Dios».
| |
LOZANA.-
¡Mirá si las
conocí yo! Señora mía, ¿son doncellas estas
vuestras hijas?
| |
NAPOLITANA.-
Son y no son; sería largo
de contar. Y vos, señora, ¿sois casada?
| |
LOZANA.-
Señora sí; y mi
marido será ahora aquí, de aquí a pocos días, y en
este medio querría no ser conocida y empezar a ganar para
la costa. Querría estar con personas honestas por la honra, y quiero
primero pagaros que me sirváis. Yo, señora, vengo de Levante y
traigo secretos maravillosos que, máxime en Grecia, se usan mucho las
mujeres, que no son hermosas, procurar de sello y, porque lo veáis,
póngase aquesto vuestra hija, la más morena.
| |
NAPOLITANA.-
Señora, yo quiero que vos
misma se lo pongáis y, si eso es, no habíais vos menester padre
ni madre en esta tierra, y ese vuestro marido que decís, será
rey. ¡Ojalá fuera uno de mis dos hijos!
| |
LOZANA.-
¿Qué, también
tenéis hijos?
| |
NAPOLITANA.-
Como dos pimpollos de oro;
traviesos son, mas no me curo, que para eso son los hombres. El uno es rubio
como unas candelas, y el otro crespo. Señora, quedaos aquí y
dormiréis con las doncellas y, si algo quisiereis hacer para
ganar, aquí a mi casa vienen moros y jodíos que, si os
conocen, todos os ayudarán; y mi marido va vendiendo cada
día dos, tres y cuatro cestillas de esto que hacemos, y «lo
que basta para una persona, basta para dos».
| |
LOZANA.-
Señora, yo lo doy por
recibido. Dad acá si queréis que os ayude a eso que
hacéis.
| |
NAPOLITANA.-
Quitaos primero el paño y
mirá si traéis ninguna cosa que dar a guardar.
| |
LOZANA.-
Señora, no, sino un espejo
para mirarme; y ahora veo que tengo mi pago, que solía tener diez
espejos en mi cámara para mirarme, que de mí misma estaba como
Narciso, y ahora como Tisbe a la fontana, y si no me miraba cien veces,
no me miraba una, y he habido el pago de mi propia merced.
¿Quién son estos que vienen aquí?
| |
NAPOLITANA.-
Así goce de vos, que son
mis hijos.
| |
LOZANA.-
Bien parecen a su padre, y si
son éstos los pinos de oro, a sus ojos.
| |
NAPOLITANA.-
¿Qué decís?
| |
LOZANA.-
Señora, que parecen
hijos de rey, nacidos en Badajoz. Que veáis nietos de ellos.
| |
NAPOLITANA.-
Así veáis vos de lo
que pariste.
| |
LOZANA.-
Mancebo de bien, llegaos
acá y mostrame la mano. Mirá que señal tenéis
en el monte de Mercurio y uñas de rapina. Guardaos de tomar lo ajeno,
que peligraréis.
| |
NAPOLITANA.-
A este otro bizarro me
mirá.
| |
LOZANA.-
Ese barbitaheño,
¿cómo se llama? Vení, vení. Este monte de Venus
está muy alto. Vuestro peligro está señalado en Saturno,
de una prisión, y en el monte de la Luna, peligro por mar.
| |
RAMPÍN.-
«Caminar por donde va el
buey».
| |
LOZANA.-
Mostrá esa otra mano.
| |
RAMPÍN.-
¿Qué queréis
ver?, que mi ventura ya la sé. Decime vos, ¿dónde
dormiré esta noche?
| |
LOZANA.-
¿Dónde? Donde no
soñaste.
| |
RAMPÍN.-
No sea en la prisión, y venga
lo que viniere.
| |
LOZANA.-
Señora, este vuestro hijo
más es venturoso que no pensáis. ¿Qué edad
tiene?
| |
NAPOLITANA.-
De diez años le sacamos
los bracicos y tomó fuerza en los lomos.
| |
LOZANA.-
Suplícoos que le deis
licencia que vaya conmigo y me muestre esta ciudad.
| |
NAPOLITANA.-
Sí hará, que es muy
servidor de quien lo merece.
Andá, meteos esa camisa y
serví a esa señora honrada. |
 Mamotreto XII
| Cómo Rampín le va mostrando la
ciudad y le da ella un ducado que busque donde cenen y duerman, y lo que
pasaron con una lavandera
| |
LOZANA.-
Pues hacé una cosa, mi hijo,
que, por donde fuéramos, que me digáis cada cosa qué es y
cómo se llaman las calles.
| |
RAMPÍN.-
Esta es la Ceca, donde se hace
la moneda, y por aquí se va a Campo de Flor y al Coliseo, y acá
es el puente, y éstos son los banqueros.
| |
LOZANA.-
¡Ay, ay! No querría
que me conociesen, porque siempre fui mirada.
| |
RAMPÍN.-
Vení por acá y
mirá. Aquí se venden muchas cosas, y lo mejor que en Roma y
fuera de Roma nace se trae aquí.
| |
LOZANA.-
Por tu vida, que tomes este ducado
y que compres lo mejor que te pareciere, que aquí jardín me
parece más que otra cosa.
| |
RAMPÍN.-
Pues adelante lo veréis.
| |
LOZANA.-
¿Qué me dices? Por tu
vida, que compres aquellas tres perdices, que cenemos.
| |
RAMPÍN.-
¿Cuáles,
aquéstas? Estarnas son, que el otro día me dieron a comer de una
en casa de una cortesana, que mi madre fue a quitar las cejas y yo le
llevé los afeites.
| |
LOZANA.-
¿Y dónde vive?
| |
RAMPÍN.-
Aquí abajo, que por
allí habemos de pasar.
| |
LOZANA.-
Pues todo eso quiero que vos me
mostréis.
| |
RAMPÍN.-
Sí haré.
| |
LOZANA.-
Quiero que vos seáis mi
hijo, y dormiréis conmigo. Y mirá no me lo hagáis, que ese
bozo de encima demuestra que ya sois capón.
| |
RAMPÍN.-
Si vos me probaseis, no
sería capón.
| |
LOZANA.-
¡Por mi vida! ¡Hi, hi!
Pues comprá de aquellas hostias un par de julios, y acordá
dónde iremos a dormir.
| |
RAMPÍN.-
En casa de una mi tía
| |
LOZANA.-
¿Y vuestra madre?
| |
RAMPÍN.-
¡Que la quemen!
| |
LOZANA.-
Llevemos un cardo.
| |
RAMPÍN.-
Son todos grandes.
| |
LOZANA.-
¿Pues qué se nos da?
Cueste lo que costare, que, como dicen: «ayunar o comer
trucha».
| |
RAMPÍN.-
Por esta calle hallaremos tantas
cortesanas juntas como colmenas.
| |
LOZANA.-
¿Y cuáles son?
| |
RAMPÍN.-
Ya las veremos a las
celosías. Aquí se dice el Urso. Más arriba veréis
muchas más.
| |
LOZANA.-
¿Quién es
éste? ¿Es el obispo de Córdoba?
| |
RAMPÍN.-
¡Así viva mi padre!
Es un obispo espigacensis de mala muerte.
| |
LOZANA.-
Más triunfo lleva un
mameluco.
| |
RAMPÍN.-
Los cardenales son aquí como
los mamelucos.
| |
LOZANA.-
Aquéllos se hacen
adorar.
| |
RAMPÍN.-
Y éstos también.
| |
LOZANA.-
Gran soberbia llevan.
| |
RAMPÍN.-
El año de veintisiete me
lo dirán.
| |
LOZANA.-
Por ellos padeceremos
todos.
| |
RAMPÍN.-
«Mal de muchos, gozo
es». Alzá los ojos arriba, y veréis la manifactura de
Dios en la señora Clarina. Allí me mirá vos.
¡Aquélla es gentil mujer!
| |
LOZANA.-
Hermano, «hermosura en puta y
fuerza en bastajo».
| |
RAMPÍN.-
Mirá esta otra.
| |
LOZANA.-
¡Qué presente para
triunfar! Por eso se dijo: «¿Quién te hizo puta? El vino y
la fruta».
| |
RAMPÍN.-
Es favorida de un perlado.
Aquí mora la Galán portuguesa.
| |
LOZANA.-
¿Qué es, amiga de
algún ginovés?
| |
RAMPÍN.-
«Mi abuelo es mi
pariente, de ciento y otros veinte».
| |
LOZANA.-
¿Y quién es aquella
andorra que va con sombrero tapada, que va culeando y dos mozas
lleva?
| |
RAMPÍN.-
¿Ésa? Cualque
cortesanilla por ahí. ¡Mirá qué traquinada de ellas
van por allá, que parecen enjambre, y los galanes tras ellas! A estas
horas salen ellas disfrazadas.
| |
LOZANA.-
¿Y dónde van?
| |
RAMPÍN.-
A perdones.
| |
LOZANA.-
¿Sí? Por demás lo
tenían. ¿Putas y perdoneras?
| |
RAMPÍN.-
Van por recoger para la noche.
| |
LOZANA.-
¿Qué es aquello?
¿Qué es aquello?
| |
RAMPÍN.-
Llévalas la justicia.
| |
LOZANA.-
Esperá, no os
envolváis con esa gente.
| |
RAMPÍN.-
No haré. Luego vengo.
| |
LOZANA.-
¡Mira ahora dónde va
Braguillas! ¡Guayas si la sacó Perico el Bravo! ¿Qué
era, por mi vida, hijo?
| |
RAMPÍN.-
No, nada, sino el tributo que les
demandaban, y ellas han dado, por no ser vistas, quién anillo,
quién cadena, y después enviará cada una cualque litigante
por lo que dio, y es una cosa, que pagan cada una un ducado al año al
capitán de Torre Sabela.
| |
LOZANA.-
¿Todas?
| |
RAMPÍN.-
Salvo las casadas.
| |
LOZANA.-
Mal hacen, que no habían de
pagar sino las que están al burdel.
| |
RAMPÍN.-
Pues por eso es la mayor parte de
Roma burdel, y le dicen: «Roma putana».
| |
LOZANA.-
¿Y aquéllas
qué son, moriscas?
| |
RAMPÍN.-
¡No, cuerpo del mundo, son
romanas!
| |
LOZANA.-
¿Y por qué van con
aquellas almalafas?
| |
RAMPÍN.-
No son almalafas; son
batículo o batirrabo, y paños listados.
| |
LOZANA.-
¿Y qué quiere decir
que en toda la Italia llevan delante sus paños listados o velos?
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RAMPÍN.-
Después acá de
Rodriguillo español van ellas así.
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LOZANA.-
Eso quería yo saber.
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RAMPÍN.-
No sé más de cuanto
lo oí así, y os puedo mostrar al Rodriguillo españolo de
bronzo, hecha su estatua en Campidolio, que se saca una espina del pie y
está desnudo.
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LOZANA.-
¡Por mi vida, que es cosa de
saber y ver, que dicen que en aquel tiempo no había dos españoles
en Roma, y ahora hay tantos! Vendrá tiempo que no habrá ninguno, y
dirán «Roma mísera», como dicen «España
mísera».
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RAMPÍN.-
¿Veis allí la estufa
donde salieron las romanas?
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LOZANA.-
¡Por vida de tu padre que
vamos allá!
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RAMPÍN.-
Pues dejame llevar esto en
casa de mi tía, que cerca estamos, y hallarlo hemos aparejado.
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LOZANA.-
Pues ¿dónde me
entraré?
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RAMPÍN.-
Aquí, con esta lavandera
milagrosa.
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LOZANA.-
Bueno será.
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RAMPÍN.-
Señora mía, esta
señora se quede aquí, así Dios os guarde, a reservirlo
hasta que torno.
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LAVANDERA.-
Intrate, madona; seate bien
venuta.
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LOZANA.-
Beso las manos.
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LAVANDERA.-
¿De dove siate?
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LOZANA.-
Señora, soy española;
mas todo mi bien lo he habido de un ginovés que estaba para ser mi
marido y, por mi desgracia, se murió; y ahora vengo aquí
porque tengo de haber de sus parientes gran dinero que me ha dejado para que me
case.
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LAVANDERA.-
¡Ánima mía, Dios
os dé mejor ventura que a mí, que aunque me veis aquí, soy
española!
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LOZANA.-
¿Y de dónde?
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LAVANDERA.-
Señora, de Nájara. Y
soy estada dama de grandes señoras, y un traidor me sacó, que se
había de casar conmigo, y burlome.
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LOZANA.-
No hay que fiar. Decime,
¿cuánto ha que estáis en Roma?
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LAVANDERA.-
Cuando vino el mal de
Francia, y ésta fue la causa que yo quedase burlada. Y si estoy
aquí lavando y fatigándome, es para |
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