  Carta XXVII
Del mismo al mismo
Toda la noche pasada estuvo hablando
mi amigo Nuño de una cosa que llaman fama póstuma.
Éste es un fantasma que ha alborotado muchas provincias
y quitado el sueño a muchos, hasta secarles el cerebro
y hacerles perder el juicio. Alguna dificultad me costó
entender lo que era, pero lo que aun ahora no puedo comprender
es que haya hombres que apetezcan la tal fama. ¡Cosa que
yo no he de gozar, no sé por qué he de apetecerla!
Si después de morir en opinión de hombre insigne,
hubiese yo de volver a segunda vida, en que sacase el fruto
de la fama que merecieron las acciones de la primera, y que
esto fuese indefectible, sería cosa muy cuerda trabajar
en la actual para la segunda: era una especie de economía,
aun mayor y más plausible que la del joven que guarda
para la vejez. Pero, Ben-Beley, ¿de qué me servirá?
¿Qué puede ser este deseo que vemos en algunos tan
eficaz de adquirir tan inútil ventaja? En nuestra
religión y en la cristiana, el hombre que muere no
tiene ya conexión temporal con los que quedan vivos.
Los palacios que fabricó no le han de hospedar, ni
ha de comer el fruto del árbol que dejó plantado,
ni ha de abrazar los hijos que dejó; ¿de qué,
pues, le sirven los hijos, los huertos, los palacios? ¿Será,
acaso, la quinta esencia de nuestro amor propio este deseo
de dejar nombre a la posteridad? Sospecho que sí.
Un hombre que logró atraerse la consideración
de su país o siglo, conoce que va a perder el humo
de tanto incensario desde el instante que expire; conoce
que va a ser igual con el último de sus esclavos.
Su orgullo padece en este instante un abatimiento tan grande
como lo fue la suma de todas las lisonjas recibidas mientras
adquirió la fama. ¿Por qué no he de vivir eternamente,
dícese a sí mismo, recibiendo los aplausos
que voy a perder? Voces tan agradables, ¿no han de volver
a lisonjear mis oídos? El gustoso espectáculo
de tanta rodilla hincada ante mí, ¿no ha de volver
a deleitar mi vista? La turba de los que me necesitan, ¿han
de volverme la espalda? ¿Han de tener ya por objeto de asco
y horror el que fue para ellos un dios tutelar, a quien temblaban
airado y aclamaban piadoso? Semejantes reflexiones le atormentan
en la muerte; pero hace su último esfuerzo su amor
propio, y le engaña diciendo: tus hazañas llevarán
tu nombre de siglo en siglo a la más remota posteridad;
la fama no se oscurece con el humo de la hoguera, ni se corrompe
con el polvo del sepulcro. Como hombre, te comprende la muerte;
como héroe, la vences. Ella misma se hace la primera
esclava de tu triunfo, y su guadaña el primero de
tus trofeos. La tumba es una cuna nueva para semidioses como
tú; en su bóveda han de resonar las alabanzas
que te canten futuras generaciones. Tu sombra ha de ser tan
venerada por los hijos de los que viven como lo fue tu presencia
entre sus padres. Hércules, Alejandro y otros ¿no
viven? ¿Acaso han de olvidarse sus nombres? Con estos y otros
iguales delirios se aniquila el hombre; muchos de este carácter
inficionan toda la especie; y anhelan a inmortalizarse algunos
que ni aun en su vida son conocidos.
  Carta XXVIII
De Ben-Beley a Gazel, respuesta de la anterior
He leído
muchas veces la relación que me haces de esas especies
de locura que llaman deseo de la fama póstuma. Veo
lo que me dices del exceso de amor propio, de donde nace
esa necedad de querer un hombre sobrevivirse a sí
mismo. Creo, como tú, que la fama póstuma de
nada sirve al muerto, pero puede servir a los vivos con el
estímulo del ejemplo que deja el que ha fallecido.
Tal vez éste es el motivo del aplauso que logra.
En este supuesto, ninguna fama póstuma es apreciable
sino la que deja el hombre de bien. Que un guerrero transmita
a la posteridad la fama de conquistador, con monumentos de
ciudades asaltadas, naves incendiadas, campos desbaratados,
provincias despobladas, ¿qué ventajas producirá
su nombre? Los siglos venideros sabrán que hubo un
hombre que destruyó medio millón de hermanos
suyos; nada más. Si algo más se produce de
esta inhumana noticia, será tal vez enardecer el tierno
pecho de algún joven príncipe; llenarle la
cabeza de ambición y el corazón de dureza;
hacerle dejar el gobierno de su pueblo y descuidar la administración
de la justicia para ponerse a la cabeza de cien mil hombres
que esparzan el terror y llanto por todas las provincias
vecinas. Que un sabio sea nombrado con veneración
por muchos siglos, con motivo de algún descubrimiento
nuevo en las que se llaman ciencias, ¿qué fruto sacarán
los hombres? Dar motivo de risa a otros sabios posteriores,
que demostrarán ser engaño lo que el primero
dio por punto evidente; nada más. Si algo más
sale de aquí, es que los hombres se envanezcan de
lo poco que saben, sin considerar lo mucho que ignoran.
La fama póstuma del justo y bueno tiene otro mayor
y mejor influjo en los corazones de los hombres, y puede
causar superiores efectos en el género humano. Si
nos hubiésemos aplicado a cultivar la virtud tanto
como las armas y las letras, y si en lugar de las historias
de los guerreros y los literatos se hubiesen escrito con
exactitud las vidas de los hombres buenos, tal obra, ¡cuánto
más provechosa sería! Los niños en las
escuelas, los jueces en los tribunales, los reyes en los
palacios, los padres de familia en el centro de ellas, leyendo
pocas hojas de semejante libro, aumentarían su propia
bondad y la ajena, y con la misma mano desarraigarían
la propia y la ajena maldad.
El tirano, al ir a cometer
un horror, se detendría con la memoria de los príncipes
que contaban por perdido el día de su reinado que
no señalaban con algún efecto de benignidad.
¿Qué madre prostituiría sus hijas? ¿Qué
marido se volvería verdugo de su mujer? ¿Qué
insolente abusaría de la flaqueza de una inocente
virgen? ¿Qué padre maltrataría a su hijo? ¿Qué
hijo no adoraría a su padre? ¿Qué esposa violaría
el lecho conyugal? Y, en fin, ¿quién sería
malo, acostumbrado a ver tantos actos de bondad? Los libros
frecuentes en el mundo apenas tratan sino de venganzas, rencores,
crueldades y otros defectos semejantes, que son las acciones
celebradas de los héroes cuya fama póstuma
tanto nos admira. Si yo hubiese sido siglos ha un hombre
de estos insignes, y resucitase ahora a recoger los frutos
del nombre que dejé aún permanente, sintiera
mucho oír estas o iguales palabras: «Ben-Beley fue
uno de los principales conquistadores que pasaron el mar
con Tarif. Su alfanje dejó las huestes cristianas
como la siega deja el campo en que hubo trigo. Las aguas
del Guadalete se volvieron rojas con la sangre goda que él
solo derramó. Tocáronle muchas leguas del terreno
conquistado; lo hizo cultivar por muchos millares de españoles.
Con el trabajo de otros tantos se mandó fabricar dos
alcázares suntuosos: uno en los fértiles campos
de Córdoba, otro en la deliciosa Granada; adornólos
ambos con el oro y plata que le tocaron en el reparto de
los despojos. Mil españolas de singular belleza se
ocupaban en su delicia y servicio. Llegado ya a una gloriosa
vejez, le consolaron muchos hijos dignos de besar la mano
a tal padre; instruidos por él, llevaron nuestros
pendones hasta la falda de los Pirineos e hicieron a su padre
abuelo de una prole numerosa, que el cielo pareció
multiplicar por la total aniquilación del nombre español.
En estas hojas, en estas piedras, en estos bronces están
los hechos de Ben-Beley. Con esta lanza atravesó a
Atanagildo; con esta espada degolló a Endeca; con
aquel puñal mató a Valia, etc.».
Nada de esto
lisonjearía mi oído. Semejantes voces harían
estremecer mi corazón. Mi pecho se partiría
como la nube que despide el rayo. ¡Cuán diferentes
efectos me causaría oír!: «Aquí yace
Ben-Beley, que fue buen hijo, buen padre, buen esposo, buen
amigo, buen ciudadano. Los pobres le querían porque
les aliviaba en las miserias; los magnates también,
porque no tenía el orgullo de competir con ellos.
Amábanle los extraños, porque hallaban en él
la justa hospitalidad; llóranle los propios, porque
han perdido un dechado vivo de virtudes. Después de
una larga vida, gastada toda en hacer bien, murió
no sólo tranquilo, sino alegre, rodeado de hijos,
nietos y amigos, que llorando repetían: no merecía
vivir en tan malvado mundo; su muerte fue como el ocaso del
sol, que es glorioso y resplandeciente, y deja siempre luz
a los astros que quedan en su ausencia».
Sí, Gazel,
el día que el género humano conozca que su
verdadera gloria y ciencia consiste en la virtud, mirarán
los hombres con tedio a los que tanto les pasman ahora. Estos
Aquiles, Ciros, Alejandros y otros héroes de armas
y los iguales en letras dejarán de ser repetidos con
frecuencia; y los sabios (que entonces merecerán este
nombre) andarán indagando a costa de muchos desvelos
los nombres de los que cultivan las virtudes que hacen al
hombre feliz. Si tus viajes no te mejoran en ellas, si la
virtud que empezó a brillar en tu corazón desde
niño como matiz en la tierna flor no se aumenta con
lo que veas y oigas, volverás tal vez más erudito
en las ciencias europeas, o más lleno del furor y
entusiasmo soldadesco; pero miraré como perdido el
tiempo de tu ausencia. Si al contrario, como lo pido a Alá,
han ido creciendo tus virtudes al paso que te acercas más
a tu patria, semejante al río que toma notable incremento
al paso que llega al mar, me parecerán otros tantos
años más de vida concedidos a mi vejez los
que hayas gastado en tus viajes.
  Carta XXIX
Gazel a Ben-Beley
Cuando hice el primer viaje por Europa,
te di noticia de un país que llaman Francia, que está
más allá de los montes Pirineos. Desde Inglaterra
me fue muy fácil y corto el tránsito. Registré
sus provincias septentrionales; llegué a su capital,
pero no pude examinarla a mi gusto, por ser corto el tiempo
que podía gastar entonces en ello, y ser mucho el
que se necesita para ejecutarlo con provecho. Ahora he visto
la parte meridional de ella, saliendo de España por
Cataluña y entrando por Guipúzcoa, inclinándome
hasta León por un lado y Burdeos por otro.
Los franceses
están tan mal queridos en este siglo como los españoles
lo estaban en el anterior, sin duda porque uno y otro siglo
han sido precedidos de las eras gloriosas respectivas de
cada nación, que fue la de Carlos I para España,
y la de Luis XIV para Francia. Esto último es más
reciente, con que también es más fuerte su
efecto; pero bien examinada la causa, creo hallar mucha preocupación
de parte de todos los europeos contra los franceses. Conozco
que el desenfreno de su juventud, la mala conducta de algunos
que viajan fuera de su país profesando un sumo desprecio
de todo lo que no es Francia; el lujo que ha corrompido la
Europa y otros motivos semejantes repugnan a todos sus vecinos
más sobrios, a saber: al español religioso,
al italiano político, al inglés soberbio, al
holandés avaro y al alemán áspero; pero
la nación entera no debe padecer la nota por culpa
de algunos individuos. En ambas vueltas que he dado por Francia
he hallado en sus provincias, que siempre mantienen las costumbres
más puras que la capital, un trato humano, cortés
y afable para los extranjeros, no producido de la vanidad
que les resulta de que se les visite y admire, como puede
suceder en París, sino dimanado verdaderamente de
un corazón franco y sencillo, que halla gusto en procurárselo
al desconocido. Ni aun dentro de su capital, que algunos
pintan como centro de todo el desorden, confusión
y lujo, faltan hombres verdaderamente respetables. Todos
los que llegan a cierta edad son, sin duda, los hombres más
sociables del universo, porque, desvanecidas las tempestades
de su juventud, les queda el fondo de una índole sincera,
prolija educación, que en este país es común,
y exterior agradable, sin la astucia del italiano, la soberbia
del inglés, la aspereza del alemán ni el desapego
del español. En llegando a los cuarenta años
se transforma el francés en otro hombre distinto de
lo que era a los veinte. El militar concurre al trato civil
con suma urbanidad, el magistrado con sencillez, y el particular
con sosiego; y todos con ademanes de agasajar al extranjero
que se halla medianamente introducido por su embajador, calidad,
talento o otro motivo. Se entiende todo esto entre la gente,
de forma que, con la mediana y común, el mismo hecho
de ser extranjero es una recomendación superior a
cuantas puede llevar el que viaja.
La misma desenvoltura
de los jóvenes, insufrible a quien no les conoce,
tiene un no sé qué que los hace amables. Por
ella se descubre todo el hombre interior, incapaz de rencores,
astucias bajas ni intención dañada. Como procuro
indagar precisamente el carácter verdadero de las
cosas, y no graduarlas por las apariencias, casi siempre
engañosas, no me parece tan odiosa aquella descompostura
por lo que llevo dicho. Del mismo dictamen es mi amigo Nuño,
no obstante lo quejoso que está de que los franceses
no sean igualmente imparciales cuando hablan de los españoles.
Estábamos el otro día en una casa de concurrencia
pública, donde se vende café y chocolate, con
un joven francés de los que acabo de pintar, y que
por cierto en nada desmentía el retrato. Reparando
yo aquellos defectos comunes de su juventud, me dijo Nuño:
-¿Ves todo ese estrépito, alboroto, saltos, gritos,
votos, ascos que hace de España, esto que dice de
los españoles y trazas de acabar con todos los que
estábamos aquí? Pues apostemos a que si cualquiera
de nosotros se levanta y le pide la última peseta
que tiene, se la da con mil abrazos. ¡Cuánto más
amable es su corazón que el de aquel otro desconocido
que ha estado haciendo tantos elogios de nuestra nación,
por el lado mismo que nos consta a nosotros ser defectuosa!
Óyele, y escucharás que dice mil primores de
nuestros caminos, posadas, carruajes, espectáculos,
etcétera. Acaba de decir que se tiene por feliz de
venir a morir en España, que da por perdidos todos
los años de su vida que no ha gastado en ella. Ayer
estuvo en la comedia El negro más prodigioso: ¡cuánto
la alabó! Esta mañana estuvo por rodar toda
la escalera envuelto en una capa, por no saber manejarla,
y nos dijo con mucha dulzura que la capa es un traje muy
cómodo, airoso y muy de su genio. Más quiero
a mi francés, que nos dijo haber leído 1.400
comedias españolas, y no haber hallado siquiera una
escena regular. Sabe, amigo Gazel -añadió Nuño-,
que esa juventud, en medio de su superficialidad y arrebato,
ha hecho siempre prodigios de valor en servicio de su rey
y defensa de su patria. Cuerpos enteros militares de esa
misma traza que ves forman el nervio del ejército
de Francia. Parece increíble, pero es constante que
con todo el lujo de los persas, tienen todo el valor de los
macedonios. Lo demuestran en varios lances, pero con singular
gloria en la batalla de Fontenoy, arrojándose con
espada en mano sobre una infantería formidable, compuesta
de naciones duras y guerreras, y la deshicieron totalmente,
ejecutando entonces lo que no había podido lograr
su ejército entero, lleno de oficiales y soldados
del mayor mérito.
De aquí inferirás
que cada nación tiene su carácter, que es un
mixto de vicios y virtudes, en el cual los vicios pueden
apenas llamarse tales si producen en la realidad algunos
buenos efectos; y éstos se ven sólo en los
lances prácticos, que suelen ser muy diversos de los
que se esperaban por mera especulación.
  Carta XXX
Del mismo al mismo
Reparo que algunos tienen singular
complacencia en hablar delante de aquéllos a quienes
creen ignorantes, como los oráculos hablaban al vulgo
necio y engañado. Aunque mi humor fuese de hablar
mucho, creo sería de mayor gusto para mí el
aparentar necedad y oír el discurso del que se cree
sabio, o proferir de cuando en cuando algún desatino,
con lo que daría mayor pábulo a su vanidad
y a mi diversión.
  Carta XXXI
Ben-Beley a Gazel
De las cartas que recibo de tu parte
desde que estás en España, y las que me escribiste
en otros viajes, infiero una gran contradicción en
los españoles, común a todos los europeos.
Cada día alaban la libertad que les nace del trato
civil y sociable, la ponderan y se envanecen de ella; pero
al mismo tiempo se labran a sí mismos la más
penosa esclavitud. La naturaleza les impone leyes como a
todos los hombres; la religión les añade otras;
la patria, otras; las carreras, otras; y como si no bastasen
todas estas cadenas para esclavizarlos, se imponen a sí
mismos otros muchos preceptos espontáneamente en el
trato civil y diario, en el modo de vestirse, en la hora
de comer, en la especie de diversión, en la calidad
del pasatiempo, en el amor y en la amistad. Pero ¡qué
exactitud en observarlos! ¡Cuánto mayor que en la
observancia de los otros!
  Carta XXXII
Del mismo al mismo
Acabo de leer el último libro
de los que me has enviado en los varios viajes que has hecho
por Europa, con el cual llegan a algunos centenares las obras
europeas de distintas naciones y tiempos, los que he leído.
Gazel, Gazel, sin duda tendrás por grande absurdo
lo que voy a decirte, y si publicas este mi dictamen, no
habrá europeo que no me llame bárbaro africano;
pero la amistad que te profeso es muy grande para dejar de
corresponder con mis observaciones a las tuyas, y mi sinceridad
es tanta, que en nada puede mi lengua hacer traición
a mi pecho. En este supuesto, digo que de los libros que
he referido he hecho la siguiente separación: he escogido
cuatro de matemáticas, en los que admiro la extensión
y acierto que tiene el entendimiento humano cuando va bien
dirigido; otros tantos de filosofía escolástica,
en que me asombra la variedad de ocurrencias extraordinarias
que tiene el hombre cuando no procede sobre principios ciertos
y evidentes; uno de medicina, al que falta un tratado completo
de los simples, cuyo conocimiento es mil veces mayor en África;
otro de anatomía, cuya lectura fue sin duda la que
dio motivo al cuento del loco que se figuraba ser tan quebradizo
como el vidrio; dos de los que reforman las costumbres, en
las que advierto lo mucho que aún tienen que reformar;
cuatro del conocimiento de la naturaleza, ciencia que llaman
filosofía, en los que noto lo mucho que ignoraron
nuestros abuelos y lo mucho más que tendrán
que aprender nuestros nietos; algunos de poesía, delicioso
delirio del alma, que prueba ferocidad en el hombre si la
aborrece, puerilidad si la profesa toda la vida, y suavidad
si la cultiva algún tiempo. Todas las demás
obras de las ciencias humanas las he arrojado o distribuido,
por parecerme inútiles extractos, compendios defectuosos
y copias imperfectas de lo ya dicho y repetido una y mil
veces.
  Carta XXXIII
Gazel a Ben-Beley
En mis viajes por la península
me hallo de cuando en cuando con algunas cartas de mi amigo
Nuño, que se mantiene en Madrid. Te enviaré
copia de algunas y empiezo por la siguiente, en que habla
de ti sin conocerte.
Copia. «Amado Gazel: Estimaré
que continúes tu viaje por la península con
felicidad. No extraño tu detención en Granada:
es ciudad llena de antigüedades del tiempo de tus abuelos.
Su suelo es delicioso y sus habitantes son amables. Yo continúo
haciendo la vida que sabes y visitando la tertulia que conoces.
Otras pudiera frecuentar, pero ¿a qué fin? He vivido
con hombres de todas clases, edades y genios; mis años,
mi humor y mi carrera me precisaron a tratar y congeniar
sucesivamente con varios sujetos; milicia, pleitos, pretensiones
y amores me han hecho entrar y salir con frecuencia en el
mundo. Los lances de tanta escena como he presenciado, ya
como individuo de la farsa, o ya como del auditorio, me han
hecho hallar tedio en lo ruidoso de las gentes, peligro en
lo bajo de la república y delicia en la medianía.
»¿Habrá cosa más fastidiosa que la conversación
de aquellos que pesan el mérito del hombre por el
de la plata y oro que posee? Éstos son los ricos.
¿Habrá cosa más cansada que la compañía
de los que no estiman a un hombre por lo que es, sino por
lo que fueron sus abuelos? Éstos son los nobles. ¿Cosa
más vana que la concurrencia de aquellos que apenas
llaman racional al que no sabe el cálculo algebraico
o el idioma caldeo? Éstos son los sabios. ¿Cosa más
insufrible que la concurrencia de los que vinculan todas
las ventajas del entendimiento humano en juntar una colección
de medallas o en saber qué edad tenía Catulo
cuando compuso el Pervigilium Veneris, si es suyo, o de quien
sea en caso de no serlo del dicho? Éstos son los eruditos.
En ningún concurso de éstos ha depositado naturaleza
el bien social de los hombres. Envidia, rencor y vanidad
ocupan demasiado tales pechos para que en ellos quepan la
verdadera alegría, la conversación festiva,
la chanza inocente, la mutua benevolencia, el agasajo sincero
y la amistad, en fin, madre de todos los bienes sociables.
Ésta sólo se halla entre los hombres que se
miran sin competencia.
»La semana pasada envié a
Cádiz las cartas que me dejaste para el sujeto de
aquella ciudad a quien has encargado las dirija a Ben-Beley.
También escribo yo a este anciano como me lo encargas.
Espero con la mayor ansia su respuesta para confirmarme en
el concepto que me has hecho formar de sus virtudes, menos
por la relación que me hiciste de ellas que por las
que veo en tu persona. Prendas cuyo origen puede atribuirse
en gran parte a sus consejos y crianza».
  Carta XXXIV
Gazel a Ben-Beley
Con más rapidez que la ley de
nuestro profeta Mahoma han visto los cristianos de este siglo
extenderse en sus países una secta de hombres extraordinarios
que se llaman proyectistas. Éstos son unos entes que,
sin patrimonio propio, pretenden enriquecer los países
en que se hallan, o ya como naturales, o ya como advenedizos.
Hasta en España, cuyos habitantes no han dejado de
ser alguna vez demasiado tenaces en conservar sus antiguos
usos, se hallan varios de estos innovadores de profesión.
Mi amigo Nuño me decía, hablando de esta secta,
que jamás había podido mirar uno de ellos sin
llorar o reír, conforme la disposición de humores
en que se hallaba.
-Bien sé yo -decía ayer
mi amigo a un proyectista-, bien sé yo que desde el
siglo XVI hemos perdido los españoles el terreno que
algunas otras naciones han adelantado en varias ciencias
y artes. Largas guerras, lejanas conquistas, urgencias de
los primeros reyes austríacos, desidia de los últimos,
división de España al principio del siglo,
continua extracción de hombres para las Américas,
y otras causas, han detenido sin duda el aumento del floreciente
estado en que dejaron esta monarquía los reyes don
Fernando V y su esposa doña Isabel; de modo que, lejos
de hallarse en el pie que aquellos reyes pudieron esperar
en vista de su gobierno tan sabio y del plantío de
los hombres grandes que dejaron, halló Felipe V su
herencia en el estado más infeliz: sin ejército,
marina, comercio, rentas ni agricultura, y con el desconsuelo
de tener que abandonar todas las ideas que no fuesen de la
guerra, durando ésta casi sin cesar en los cuarenta
y seis años de su reinado. Bien sé que para
igualar nuestra patria con otras naciones es preciso cortar
muchos ramos podridos de este venerable tronco, ingerir otros
nuevos y darle un fomento continuo; pero no por eso le hemos
de aserrar por medio, ni cortarle las raíces, ni menos
me harás creer que para darle su antiguo vigor es
suficiente ponerle hojas postizas y frutos artificiales.
Para hacer un edificio en que vivir, no basta la abundancia
de materiales y de obreros; es preciso examinar el terreno
para los cimientos, los genios de los que han de habitar,
la calidad de sus vecinos, y otras mil circunstancias, como
la de no preferir la hermosura de la fachada a la comodidad
de sus viviendas. -Los canales -dijo el proyectista interrumpiendo
a Nuño- son de tan alta utilidad, que el hecho solo
de negarlo acreditaría a cualquiera de necio. Tengo
un proyecto para hacer uno en España, el cual se ha
de llamar canal de San Andrés, porque ha de tener
la figura de las aspas de aquel bendito mártir. Desde
La Coruña ha de llegar a Cartagena, y desde el cabo
de Rosas al de San Vicente. Se han de cortar estas dos líneas
en Castilla la Nueva, formando una isla, a la que se pondrá
mi nombre para inmortalizar al protoproyectista. En ella
se me levantará un monumento cuando muera, y han de
venir en romería todos los proyectistas del mundo
para pedir al cielo los ilumine (perdónese esta corta
digresión a un hombre ansioso de fama póstuma).
Ya tenemos, a más de las ventajas civiles y políticas
de este archicanal, una división geográfica
de España, muy cómodamente hecha, en septentrional,
meridional, occidental y oriental. Llamo meridional la parte
comprendida desde la isla hasta Gibraltar; occidental la
que se contiene desde el citado paraje hasta la orilla del
mar Océano por la costa de Portugal y Galicia; oriental,
lo de Cataluña; y septentrional la cuarta parte restante.
Hasta aquí lo material de mi proyecto. Ahora entra
lo sublime de mis especulaciones, dirigido al mejor expediente
de las providencias dadas, más fácil administración
de la justicia, y mayor felicidad de los pueblos. Quiero
que en cada una de estas partes se hable un idioma y se estile
un traje. En la septentrional ha de hablarse precisamente
vizcaíno; en la meridional, andaluz cerrado; en la
oriental, catalán; y en la occidental, gallego. El
traje en la septentrional ha de ser como el de los maragatos,
ni más ni menos; en la segunda, montera granadina
muy alta, capote de dos faldas y ajustador de ante; en la
tercera, gambeto catalán y gorro encarnado; en la
cuarta, calzones blancos largos, con todo el restante del
equipaje que traen los segadores gallegos. Ítem, en
cada una de las dichas, citadas, mencionadas y referidas
cuatro partes integrantes de la península, quiero
que haya su iglesia patriarcal, su universidad mayor, su
capitanía general, su chancillería, su intendencia,
su casa de contratación, su seminario de nobles, su
hospicio general, su departamento de marina, su tesorería,
su casa de moneda, sus fábricas de lanas, sedas y
lienzos, su aduana general. Ítem, la corte irá
mudándose según las cuatro estaciones del año
por las cuatro partes, el invierno en la meridional, el verano
en la septentrional, et sic de caeteris.
Fue tanto lo que
aquel hombre iba diciendo sobre su proyecto, que sus secos
labios iban padeciendo notable perjuicio, como se conocía
en las contorsiones de boca, convulsiones de cuerpo, vueltas
de ojos, movimiento de lengua y todas las señales
de verdadero frenético. Nuño se levantó
por no dar más pábulo al frenesí del
pobre delirante, y sólo le dijo al despedirse: ¿Sabéis
lo que falta en cada parte de vuestra España cuatripartita?
Una casa de locos para los proyectistas de Norte, Sur, Poniente
y Levante.
-¿Sabes lo malo de esto? -díjome volviendo
la espalda al otro-. Lo malo es que la gente, desazonada
con tanto proyecto frívolo, se preocupa contra las
innovaciones útiles y que éstas, admitidas
con repugnancia, no surten los buenos efectos que producirían
si hallasen los ánimos más sosegados.
-Tienes
razón, Nuño -respondí yo-. Si me obligaran
a lavarme la cara con trementina, y luego con aceite, y luego
con tinta, y luego con pez, me repugnaría tanto el
lavarme que después no me lavaría gustoso ni
con agua de la fuente más cristalina.
  Carta XXXV
Del mismo al mismo
En España, como en todas partes,
el lenguaje se muda al mismo paso que las costumbres; y es
que, como las voces son invenciones para representar las
ideas, es preciso que se inventen palabras para explicar
la impresión que hacen las costumbres nuevamente introducidas.
Un español de este siglo gasta cada minuto de las
veinticuatro horas en cosas totalmente distintas de aquellas
en que su bisabuelo consumía el tiempo; éste,
por consiguiente, no dice una palabra de las que al otro
se le ofrecían. -Si me dejan hoy a leer -decía
Nuño- un papel escrito por un galán del tiempo
de Enrique el Enfermo refiriendo a su dama la pena en que
se halla ausente de ella, no entendería una sola cláusula,
por más que estuviese escrito de letra excelente moderna,
aunque fuese de la mejor de las Escuelas Pías. Pero
en recompensa ¡qué chasco llevaría uno de mis
tatarabuelos si hallase, como me sucedió pocos días
ha, un papel de mi hermana a una amiga suya, que vive en
Burgos! Moro mío, te lo leeré, lo has de oír,
y, como lo entiendas, tenme por hombre extravagante. Yo mismo,
que soy español por todos cuatro costados y que, si
no me debo preciar de saber el idioma de mi patria, a lo
menos puedo asegurar que lo estudio con cuidado, yo mismo
no entendí la mitad de lo que contenía. En
vano me quedé con copia del dicho papel; llevado de
curiosidad, me di prisa a extractarlo, y, apuntando las voces
y frases más notables, llevé mi nuevo vocabulario
de puerta en puerta, suplicando a todos mis amigos arrimasen
el hombro al gran negocio de explicármelo. No bastó
mi ansia ni su deseo de favorecerme. Todos ellos se hallaron
tan suspensos como yo, por más tiempo que gastaron
en revolver calepinos y diccionarios. Sólo un sobrino
que tengo, muchacho de veinte años, que trincha una
liebre, baila un minuet y destapa una botella de Champaña
con más aire que cuantos hombres han nacido de mujeres,
me supo explicar algunas voces. Con todo, la fecha era de
este mismo año.
Tanto me movieron estas razones a
deseo de leer la copia, que se la pedí a Nuño.
Sacola de su cartera, y, poniéndose los anteojos,
me dijo: -Amigo, ¿qué sé yo si leyéndotela
te revelaré flaquezas de mi hermana y secretos de
mi familia? Quédame el consuelo que no lo entenderás.
Dice así: «Hoy no ha sido día en mi apartamiento
hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de
té. Púseme un desabillé y bonete de
noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca
de ocho versos del segundo acto de la Zaira. Vino Mr. Lavanda;
empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé
pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía.
Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo;
jugué una partida de mediator; tiré las cartas;
jugué al piquete. El maître d'hôtel avisó.
Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar
de París. La crapaudina, mi plato favorito, estaba
delicioso. Tomé café y licor. Otra partida
de quince; perdí mi todo. Fui al espectáculo;
la pieza que han dado es execrable; la pequeña pieza
que han anunciado para el lunes que viene es muy galante,
pero los actores son pitoyables; los vestidos, horribles;
las decoraciones, tristes. La Mayorita cantó una cavatina
pasablemente bien. El actor que hace los criados es un poquito
extremoso; sin eso sería pasable. El que hace los
amorosos no jugaría mal, pero su figura no es previniente.
Es menester tomar paciencia, porque es preciso matar el tiempo.
Salí al tercer acto, y me volví de allí
a casa. Tomé de la limonada. Entré en mi gabinete
para escribirte ésta, porque soy tu veritable amiga.
Mi hermano no abandona su humor de misántropo; él
siente todavía furiosamente el siglo pasado; yo no
le pondré jamás en estado de brillar; ahora
quiere irse a su provincia. Mi primo ha dejado a la joven
persona que él entretenía. Mi tío ha
dado en la devoción; ha sido en vano que yo he pretendido
hacerle entender la razón. Adiós, mi querida
amiga, baste otra posta; y ceso, porque me traen un dominó
nuevo a ensayar».
Acabó Nuño de leer, diciéndome:
-¿Qué has sacado en limpio de todo esto? Por mi parte,
te aseguro que entes de humillarme a preguntar a mis amigos
el sentido de estas frases, me hubiera sujetado a estudiarlas,
aunque hubiesen sido precisas cuatro horas por la mañana
y cuatro por la tarde durante cuatro meses. Aquello de medio día y medio, y que no había sido día hasta mediodía, me volvía loco, y todo se me
iba en mirar al sol, a ver qué nuevo fenómeno
ofrecía aquel astro. Lo del desabillé también
me apuró, y me di por vencido. Lo del bonete de noche,
o de día, no pude comprender jamás qué
uso tuviese en la cabeza de una mujer. Hacer un tour puede
ser cosa muy santa y muy buena, pero suspendo el juicio hasta
enterarme. Dice que leyó de la Zaira unos ocho versos;
sea enhorabuena, pero no sé qué es Zaira. Mr.
de lavanda, dice que vino; bien venido sea Mr. de Lavanda,
pero no le conozco. Empezó su toaleta; esto ya lo
entendí, gracias a mi sobrino que me lo explicó,
no sin bastante trabajo, según mis cortas entendederas,
burlándose de que su tío es hombre que no sabe
lo que es toaleta. También me dijo lo que era modista,
piquete, maître d'hôtel y otras palabras semejantes.
Lo que nunca me pudo explicar de modo que acá yo me
hiciese bien cargo de ello, fue aquello de que el jefe de
cocina era divino. También lo de matar el tiempo,
siendo así que el tiempo es quien nos mata a todos,
fue cosa que tampoco se me hizo fácil de entender,
aunque mi intérprete habló mucho, y sin duda
muy bueno, sobre este particular. Otro amigo, que sabe griego,
o a lo menos dice que lo sabe, me dijo lo que era misántropo,
cuyo sentido yo indagué con sumo cuidado por ser cosa
que me tocaba personalmente; y a la verdad que una de dos:
o mi amigo no me lo explicó cual es, o mi hermana
no lo entendió, y siendo ambos casos posibles, y no
como quiera, sino sumamente posibles, me creo obligado a
suspender por ahora el juicio hasta tener mejores informes.
Lo restante me lo entendí tal cual, ingeniándome
acá a mi modo, y estudiando con paciencia, constancia
y trabajo.
Ya se ve -prosiguió Nuño- cómo
había de entender esta carta el conde Fernán
Gonzalo, si en su tiempo no había té, ni desabillé,
ni bonete de noche, ni había Zaira, ni Mr. Vanda,
ni toaletas, ni los cocineros eran divinos, ni se conocían
crapaudinas ni café, ni más licores que el
agua y el vino.
Aquí lo dejó Nuño.
Pero yo te aseguro, amigo Ben-Beley, que esta mudanza de
modas es muy incómoda, hasta para el uso de la palabra,
uno de los mayores beneficios en que naturaleza nos dotó.
Siendo tan frecuentes estas mutaciones, y tan arbitrarias,
ningún español, por bien que hable su idioma
este mes, puede decir: el mes que viene entenderé
la lengua que me hablen mis vecinos, mis amigos, mis parientes
y mis criados. Por todo lo cual, dice Nuño, mi parecer
y dictamen, salvo meliori, es que en cada un año se
fijen las costumbres para el siguiente, y por consecuencia
se establezca el idioma que se ha de hablar durante sus 365
días. Pero como quiera que esta mudanza dimana en
gran parte o en todo de los caprichos, invenciones y codicias
de sastres, zapateros, ayudas de cámara, modistas,
reposteros, cocineros, peluqueros y otros individuos igualmente
útiles al vigor y gloria de los estados, convendría
que cierto número igual de cada gremio celebre varias
juntas, en las cuales quede este punto evacuado; y de resultas
de estas respetables sesiones, vendan los ciegos por las
calles públicas, en los últimos meses de cada
un año, al mismo tiempo que el Calendario, Almanak
y Piscator, un papel que se intitule, poco más o menos:
«Vocabulario nuevo al uso de los que quieran entenderse y
explicarse con las gentes de moda, para el año de
mil setecientos y tantos y siguientes, aumentado, revisto
y corregido por una Sociedad de varones insignes, con los
retratos de los más principales».
  Carta XXXVI
Del mismo al mismo
Prescindiendo de la corrupción
de la lengua, consiguiente a la de las costumbres, el vicio
de estilo más universal en nuestros días es
el frecuente uso de una especie de antítesis, como
el del equívoco lo fue en el siglo pasado. Entonces
un orador no se detenía en decir un desatino de cualquiera
clase que fuese, por no desperdiciar un equivoquillo pueril
y ridículo; ahora se expone a lo mismo por aprovechar
una contraposición, falsa muchas veces. Por ejemplo,
en el año de 1670 diría un panegirista en la
oración fúnebre de uno que por casualidad se
llamase Fulano Vivo: «Vengo a predicar con viveza la muerte
del Vivo que murió para el mundo, y con moribundos
acentos la vida del muerto que vive en las lenguas de la
fama». Pero en 1770, un gacetista que escribiese una expedición
hecha por los españoles en América no se detendría
un minuto en decir: «Estos españoles hicieron en estas
conquistas las mismas hazañas que los soldados de
Cortés, sin cometer las crueldades que aquéllos
ejecutaron».
  Carta XXXVII
Del mismo al mismo
Reflexionando sobre la naturaleza del
diccionario que quiere publicar mi amigo Nuño, veo
que, efectivamente, se han vuelto muy oscuros y confusos
los idiomas europeos. El español ya no es inteligible.
Lo más extraño es que los dos adjetivos bueno y malo ya no se usan; en su lugar se han puesto otros que,
lejos de ser equivalentes, pueden causar mucha confusión
en el trato común.
Pasaba yo un día por el
frente del regimiento formado en parada, cuyo aspecto infundía
terror. Oficiales de distinción y experiencia, soldados
veteranos, armas bien acondicionadas, banderas que daban
muestras de las balas que habían recibido, y todo
lo restante del aparato, verdaderamente guerrero, daba la
idea más alta del poder de quien la mantenía.
Admiréme de la fuerza que manifestaba tan buen regimiento,
pero las gentes que pasaban le aplaudían por otro
término. -¡Qué oficiales tan bonitos! -decía
una dama desde el coche-. -¡Hermoso regimiento! -dijo un
general galopando por el frente de banderas-. -¡Qué
tropa tan lucida! -decían unos-. -¡Bella gente! -decían
otros-. Pero ninguno dijo: -Este regimiento está bueno.
Me hallé poco ha en una concurrencia en que se hablaba
de un hombre que se deleitaba en fomentar cizaña en
las familias, suscitar pleitos entre los vecinos, sorprender
doncellas inocentes y promover toda especie de vicios. Unos
decían: -Fatal es este hombre. Otros: -¡Qué
lástima que tenga esas cosas! Pero nadie decía:
-Éste es un hombre malo.
Ahora, Ben-Beley, ¿qué
te parece de una lengua en que se han quitado las voces bueno
y malo? ¿Qué te parecerá de unas costumbres
que han hecho tal reforma en la lengua?
  Carta XXXVIII
Del mismo al mismo
Uno de los defectos de la nación
española, según el sentir de los demás
europeos, es el orgullo. Si esto es así, es muy extraña
la proporción en que este vicio se nota entre los
españoles, pues crece según disminuye el carácter
del sujeto, parecido en algo a lo que los físicos
dicen haber hallado en el descenso de los graves hacia el
centro: tendencia que crece mientras más baja el cuerpo
que la contiene. El rey lava los pies a doce pobres en ciertos
días del año, acompañado de sus hijos,
con tanta humildad, que yo, sin entender el sentido religioso
de esta ceremonia, cuando asistí a ella me llené
de ternura y prorrumpí en lágrimas. Los magnates
o nobles de primera jerarquía, aunque de cuando en
cuando hablan de sus abuelos, se familiarizan hasta con sus
ínfimos criados. Los nobles menos elevados hablan
con más frecuencia de sus conexiones, entronques y
enlaces. Los caballeros de las ciudades ya son algo pesados
en punto de nobleza. Antes de visitar a un forastero o admitirle
en sus casas, indagan quién fue su quinto abuelo,
teniendo buen cuidado de no bajar un punto de esta etiqueta,
aunque sea en favor de un magistrado del más alto
mérito y ciencia, ni de un militar lleno de heridas
y servicios. Lo más es que, aunque uno y otro forastero
tengan un origen de los más ilustres, siempre se mira
como tacha inexcusable el no haber nacido en la ciudad donde
se halla de paso, pues se da por regla general que nobleza
como ella no la hay en todo el reino.
Todo lo dicho es poco
en comparación de la vanidad de un hidalgo de aldea.
Éste se pasea majestuosamente en la triste plaza de
su pobre lugar, embozado en su mala capa, contemplando el
escudo de armas que cubre la puerta de su casa medio caída,
y dando gracias a la providencia divina de haberle hecho
don Fulano de Tal. No se quitará el sombrero, aunque
lo pudiera hacer sin embarazarse; no saludará al forastero
que llega al mesón, aunque sea el general de la provincia
o el presidente del primer tribunal de ella. Lo más
que se digna hacer es preguntar si el forastero es de casa
solar conocida al fuero de Castilla, qué escudo es
el de sus armas, y si tiene parientes conocidos en aquellas
cercanías. Pero lo que te ha de pasmar es el grado
en que se halla este vicio en los pobres mendigos. Piden
limosna; si se les niega con alguna aspereza, insultan al
mismo a quien poco ha suplicaban. Hay un proverbio por acá
que dice: «El alemán pide limosna cantando, el francés
llorando y el español regañando».
  Carta XXXIX
Del mismo al mismo
Pocos días ha, me entré
una mañana en el cuarto de mi amigo Nuño antes
que él se levantase. Hallé su mesa cubierta
de papeles, y, arrimándome a ellos con la libertad
que nuestra amistad nos permite, abrí un cuadernillo
que tenía por título Observaciones y reflexiones
sueltas. Cuando pensé hallar una cosa por lo menos
mediana, hallé que era un laberinto de materias sin
conexión. Junto a una reflexión muy seria sobre
la inmortalidad del alma, hallé otra acerca de la
danza francesa, y, entre dos relativas a la patria potestad,
una sobre la pesca del atún. No pude menos de extrañar
este desarreglo, y aun se lo dije a Nuño, quien sin
alterarse ni hacer más movimiento que suspender la
acción de ponerse una media, en cuyo movimiento le
cogió mi reparo, me respondió: «Mira, Gazel;
cuando intenté escribir mis observaciones sobre las
cosas del mundo y las reflexiones que de ellas nacen, creí
también sería justo disponerlas en varias órdenes,
como religión, política, moral, filosofía,
crítica, etc.; pero cuando vi el ningún método
que el mundo guarda en sus cosas, no me pareció digno
de que estudiase mucho el de escribirlas. Así como
vemos al mundo mezclar lo sagrado con lo profano, pasar de
lo importante a lo frívolo, confundir lo malo con
lo bueno, dejar un asunto para emprender otro, retroceder
y adelantar a un tiempo, afanarse y descuidarse, mudar y
afectar constancia, ser firme y aparentar ligereza, así
también yo quiero escribir con igual desarreglo».
Al decir esto prosiguió vistiéndose, mientras
fui ojeando el manuscrito.
Extrañé también
que un hombre tan amante de su patria tuviese tan poco escrito
sobre el gobierno de ella; a lo que me dijo: «Se ha escrito
tanto, con tanta variedad, en tan diversos tiempos, y con
tan distintos fines sobre el gobierno de las monarquías,
que ya poco se puede decir de nuevo que sea útil a
los estados, o seguro para los autores».
  Carta XL
Del mismo al mismo
Paseábame yo con Nuño
la otra tarde por la calle principal de la corte, muy divertido
de ver la variedad de gentes que le hablaban y a quienes
él respondía. -Todos mis conocidos son mis
amigos -me decía-, porque, como saben que a todos
quiero bien, todos me corresponden. No es el género
humano tan malo como otros le suelen pintar, y como efectivamente
le hallan los que no son buenos. Uno que desea y anhela continuamente,
engrandecerse y enriquecerse a costa de cualquiera prójimo
suyo, ¿qué derecho tiene a hablar ni aun a pretender
el menor rastro de humanidad entre los hombres sus compañeros?
¿Qué sucede? Que no halla sino recíprocas injusticias
en los mismos que hubieran producido abundante cosecha de
beneficios, si él no hubiera sembrado tiranías
en sus pechos. Se irrita contra lo que es natural, y declama
contra lo que él mismo ha causado. De aquí
tantas invectivas contra el hombre, que de suyo es un animal
tímido, sociable, cuitado.
Seguimos nuestra conversación
y paseo, sin que el hilo de ella interrumpiese a mi amigo
el cumplimiento, con el sombrero o con la mano, a cuantos
encontrábamos a pie o en coche. Por esta urbanidad
que es casi religión en Nuño, me pareció
sumamente extraña su falta de atención para
con un anciano de venerable presencia que pasó junto
a nosotros, sin que mi amigo le saludase ni hiciese el menor
obsequio, cuando merecía tanto su aspecto. Pasaba
de ochenta años; abundantes canas le cubrían
la cabeza majestuosa y frente arrugada, apoyábase
en un bastón costoso; le sostenía con respeto
un lacayo de librea magnífica; iba recibiendo reverencias
del pueblo, y en todo daba a entender un carácter
respetable.
-El culto con que veneramos a los viejos -me
dijo Nuño- suele ser a veces más supersticioso
que debido. Cuando miro a un anciano que ha gastado su vida
en alguna carrera útil a la patria, lo miro sin duda
con veneración; pero cuando el tal no es más
que un ente viejo que de nada ha servido, estoy muy lejos
de venerar sus canas.
  Carta XLI
Del mismo al mismo
Nosotros nos vestimos como se vestían
dos mil años ha nuestros predecesores; los muebles
de las casas son de la misma antigüedad de los vestidos;
la misma fecha tienen nuestras mesas, trajes de criados y
todo lo restante; por todo lo cual sería imposible
explicarte el sentido de esta voz: lujo. Pero en Europa,
donde los vestidos se arriman antes de ser viejos, y donde
los artesanos más viles de la república son
los legisladores más respetados, esta voz es muy común;
y para que no leas varias hojas de papel sin entender el
asunto de que se trata, haz cuenta que lujo es la abundancia
y variedad de las cosas superfluas a la vida.
Los autores
europeos están divididos sobre si conviene o no esta
variedad o abundancia. Ambos partidos traen especiosos argumentos
en su apoyo. Los pueblos que, por su genio inventivo, industria
mecánica y sobra de habitantes, han influido en las
costumbres de sus vecinos, no sólo lo aprueban, sino
que les predican el lujo y los empobrecen, persuadiéndoles
ser útil lo que les deja sin dinero. Las naciones
que no tienen esta ventaja natural gritan contra la introducción
de cuanto en lo exterior choca a su sencillez y traje, y
en lo interior los hace pobres.
Cosa fuerte es que los hombres,
tan amigos de distinciones y precisiones en unas materias,
procedan tan de bulto en otras. Distingan de lujo, y quedarán
de acuerdo. Fomente cada pueblo el lujo que resulta de su
mismo país, y a ninguno será dañoso.
No hay país que no tenga alguno o algunos frutos capaces
de adelantamiento y alteración. De estas modificaciones
nace la variedad; con ésta se convida la vanidad;
ésta fomenta la industria, y de esto resulta el lujo
ventajoso al pueblo, pues logra su verdadero objeto, que
es el que el dinero físico de los ricos y poderosos
no se estanque en sus cofres, sino que se derrame entre los
artesanos y pobres.
Esta especie de lujo perjudicará
al comercio grande, o sea general; pero nótese que
el tal comercio general del día consiste mucho menos
en los artículos necesarios que en los superfluos.
Por cada fanega de trigo, vara de paño o de lienzo
que entra en España, ¡cuánto se vende de cadenas
de reloj, vueltas de encaje, palilleros, abanicos, cintas,
aguas de olor y otras cosas de esta calidad! No siendo el
genio español dado a estas fábricas, ni la
población de España suficiente para abastecerlas
de obreros es imposible que jamás compitan los españoles
con los extranjeros en este comercio; siempre será
dañoso a España, pues la empobrece y la esclaviza
al capricho de la industria extranjera; y ésta, hallando
continuo pábulo en la extracción de los metales
oro y plata (única balanza de la introducción
de las modas), el efecto sería cada día más
exquisito y, por consiguiente, más capaz de agotar
el oro y plata que tengan los españoles. En consecuencia
de esto, estando el atractivo del lujo refinado y apurado,
que engaña a los mismos que conocen que es perjudicial,
y juntándose esto con aquello, no tiene fin el daño.
No quedan más que dos medios para evitar que el lujo
sea total ruina de esta nación: o superar la industria
extranjera, o privarse de su consumo, inventando un lujo
nacional que igualmente lisonjeará el orgullo de los
poderosos, y les obligaría a hacer a los pobres partícipes
de sus caudales.
El primer medio parece imposible, porque
las ventajas que llevan las fábricas extranjeras a
las españolas son tantas, que no cabe que éstas
desbanquen a aquéllas. Las que se establezcan en adelante,
y el fomento de las ya establecidas, cuestan a la corona
grandes desembolsos. Éstos no pueden resarcirse sino
del producto de lo fabricado aquí, y esto siempre
será a proporción más caro que lo fabricado
afuera; conque lo de afuera siempre tendrá más
despacho, porque el comprador acude siempre adonde por el
mismo dinero halla más ventaja en la cantidad y calidad,
o ambas. Si por algún accidente que no cabe en la
especulación, pudiesen estas fábricas dar en
el primer año el mismo género, y por el mismo
precio que las extrañas, las de fuera, en vista del
auge en que están desde tantos años en fuerza
de los caudales adquiridos, y visto el fondo ya hecho, pueden
muy bien malbaratar su venta, minorando en mucho los precios
unos cuantos años; y en este caso, no hay resistencia
de parte de las nuestras.
El segundo medio, cual es la invención
de un lujo nacional, parecerá a muchos tan imposible
como el primero, porque hace mucho tiempo que reina la epidemia
de la imitación y que los hombres se sujetan a pensar
por el entendimiento de otros, y no cada uno por el suyo.
Pero aun así, retrocediendo dos siglos en la historia,
veremos que se vuelve imitación lo que ahora parece
invención.
Siempre que para constituir el lujo baste
la profusión, novedad y delicadez, digo que ha habido
dos siglos ha (y, por consiguiente, no es imposible que lo
haya ahora) un lujo nacional; lo que me parece demostrable
de este modo:
En los tiempos inmediatos a la conquista de
América, no había las fábricas extranjeras
en que se refunde hoy el producto de aquellas minas, porque
el establecimiento de las dichas fábricas es muy moderno
respecto a aquella época; y no obstante esto, había
lujo, pues había profusión, abundancia y delicadez
(respecto de que si no lo hubiera habido, entonces no se
hubiera gastado sino lo preciso). Luego hubo en aquel tiempo
un lujo considerable, puramente nacional; esto es, dimanado
de los artículos que ofrece la naturaleza sin pasar
los Pirineos. ¿Por qué, pues, no lo puede haber hoy,
como lo hubo entonces? Pero ¿cuál fue?
Indáguese
en qué consistía la magnificencia de aquellos
ricoshombres. No se avergüencen los españoles
de su antigüedad, que por cierto es venerable la de
aquel siglo. Dedíquense a hacerla revivir en lo bueno,
y remediarán por un medio fácil y loable la
exacción de tanto dinero como arrojan cada año,
a cuya pérdida añaden la nota de ser tenidos
por unos meros administradores de las minas que sus padres
ganaron a costa de tanta sangre y trabajos.
¡Extraña
suerte es la de la América! ¡Parece que está
destinada a no producir jamás el menor beneficio a
sus poseedores! Antes de la llegada de los europeos, sus
habitantes comían carne humana, andaban desnudos,
y los dueños de la mayor parte de la plata y oro del
orbe no tenían la menor comodidad de la vida. Después
de su conquista, sus nuevos dueños, los españoles,
son los que menos aprovechan aquella abundancia.
Volviendo
al lujo extranjero y nacional, éste, en la antigüedad
que he dicho, consistía, a más de varios artículos
ya olvidados, en lo exquisito de sus armas, abundancia y
excelencia de sus caballos, magnificencia de sus casas, banquetes
de increíble número de platos para cada comida,
fábricas de Segovia y Córdoba, servido personal
voluntario al soberano, bibliotecas particulares, etcétera;
todo lo cual era producto de España y se fabricaba
por manos españolas. Vuélvanse a fomentar estas
especies y, consiguiéndose el fin político
del lujo (que, como está ya dicho, es el reflujo de
los caudales excesivos de los ricos a los pobres), se verán
en breves años multiplicarse la población,
salir de la miseria los necesitados, cultivarse los campos,
adornarse las ciudades, ejercitarse la juventud y tomar el
Estado su antiguo vigor. Éste es el cuadro del antiguo
lujo. ¿Cómo retrataremos el moderno? Copiemos los
objetos que nos ofrecen a la vista, sin lisonjearlos ni ofenderlos.
El poderoso de este siglo (hablo del acaudalado, cuyo dinero
físico es el objeto del lujo) ¿en qué gasta
sus rentas? Despiértanle dos ayudas de cámara
primorosamente peinados y vestidos; toma café de Moca
exquisito en taza traída de la China por Londres;
pónese una camisa finísima de Holanda, luego
una bata de mucho gusto tejida en León de Francia;
lee un libro encuadernado en París; viste a la dirección
de un sastre y peluquero francés; sale con un coche
que se ha pintado donde el libro se encuadernó; va
a comer en vajilla labrada en París o Londres las
viandas calientes, y en platos de Sajonia o China las frutas
y dulces; paga a un maestro de música y otro de baile,
ambos extranjeros; asiste a una ópera italiana, bien
o mal representada, o a una tragedia francesa, bien o mal
traducida; y al tiempo de acostarse, puede decir esta oración:
«Doy gracias al cielo de que todas mis operaciones de hoy
han salido dirigidas a echar fuera de mi patria cuanto oro
y plata ha estado en mi poder».
Hasta aquí he hablado
con relación a la política, pues considerando
sobre las costumbres, esto es, hablando no como estadista,
sino como filósofo, «todo lujo es dañoso, porque
multiplica las necesidades de la vida, emplea el entendimiento
humano en cosas frívolas y, dorando los vicios, hace
despreciable la virtud, siendo ésta la única
que produce los verdaderos bienes y gustos».
  Carta XLII
De Nuño a Ben-Beley
Según las noticias que
Gazel me ha dado de ti, sé que eres un hombre de bien
que vives en África, y según las que te habrá
dado él mismo de mí, sabrás que soy
un hombre de bien que vivo en Europa. No creo que necesite
más requisito para que formemos mutuamente un buen
concepto el uno del otro. Nos estimamos sin conocernos; que
a poco que nos tratáramos, seríamos amigos.
El trato de este joven y el conocimiento de que tú
le has dado crianza me impelen a dejar a Europa y pasar a
África, donde resides. Deseo tratar un sabio africano,
pues te juro que estoy fastidiado de todos los sabios europeos,
menos unos pocos que viven en Europa como si estuviesen en
África. Quisiera me dijeses qué método
seguiste y qué objeto llevaste en la educación
de Gazel. He hallado su entendimiento a la verdad muy poco
cultivado, pero su corazón inclinado a lo bueno; y
como aprecio en muy poco toda la erudición del mundo
respecto de la virtud, quisiera que nos viniesen de África
unas pocas docenas de ayos como tú para encargarse
de la educación de nuestros jóvenes, en lugar
de los ayos europeos, que descuidan mucho la dirección
de los corazones de sus alumnos por llenar sus cabezas de
noticias de blasón, cumplidos franceses, vanidad española,
arias italianas y otros renglones de esta perfección
e importancia; cosas que serán sin duda muy buenas,
pues tanto dinero llevan por enseñarlas, pero que
me parecen muy inferiores a las máximas cuya práctica
observo en Gazel.
Por medio de estos pocos renglones cumplo
con su encargo y con mi deseo: todo esto me ha sido muy fácil.
¡Cuán dificultoso me hubiera sido practicar lo mismo
respecto de un europeo! En el país del mundo en que
hay más comodidad para que un hombre sepa de otro,
por la prontitud y seguridad de los correos, se halla la
mayor dificultad para escribir éste a aquél.
Si, como eres un moro que jamás me has visto, ni yo
he visto, que vives a doscientas leguas de mi casa, y que
eres en todo diferente de mí, fueses un europeo cristiano
y avecindado a diez leguas de mi lugar, sería obra
muy ardua la de escribirte por la primera vez. Primero, había
de considerar con madurez lo ancho del margen de la carta.
Segundo, sería asunto de mucha reflexión la
distancia que había de dejar entre el primer renglón
y la extremidad del papel. Tercero, meditaría muy
despacio el cumplido con que había de empezar. Cuarto,
no con menos aplicación estudiaría la expresión
correspondiente para el fin. Quinto, no merecía menos
cuidado el saber cómo te había de llamar en
el contenido de la carta; o si había de dirigir el
discurso como hablando contigo solo, o como con muchos, o
como con tercera persona, o al señorío que
puedes tener en algún lugar, o a la excelencia tuya
sobre varios que tengan señoríos, o a otras
calidades semejantes, sin hacer caso de tu persona; naciendo
de todo esto tanta y tan terrible confusión, que por
no entrar en ella muchas veces deja de escribir un español
a otro.
El Ser Supremo, que nosotros llamamos Dios y vosotros
Alá, y es quien hizo África y Asia, Europa
y América, te guarde los años, y con las felicidades
que deseo, a ti y a todos los americanos, africanos, asiáticos
y europeos.
  Carta XLIII
De Gazel a Nuño
La ciudad en que ahora me hallo
es la única de cuantas he visto que se parece a las
de la antigua España, cuya descripción me has
hecho muchas veces. El color de los vestidos, triste; las
concurrencias, pocas; la división de los dos sexos,
fielmente observada; las mujeres, recogidas; los hombres,
celosos; los viejos, sumamente graves; los mozos, pendencieros,
y todo lo restante del aparato me hace mirar mil veces al
calendario por ver si estamos efectivamente en el año
que vosotros llamáis de 1768, o si es el de 1500,
ó 1600 al sumo. Sus conversaciones son correspondientes
a sus costumbres. Aquí no se habla de los sucesos
que hoy vemos ni de las gentes que hoy viven, sino de los
eventos que ya pasaron y hombres que ya fueron. He llegado
a dudar si por arte mágica me representa algún
encantador las generaciones anteriores. Si esto es así,
¡ojalá alcanzara su ciencia a traerme a los ojos las
edades futuras! Pero sin molestarme más en este correo,
y reservando el asunto para cuando nos veamos, te aseguro
que admiro como singular mérito en estos habitantes
la reverencia que hacen continuamente a las cenizas de sus
padres. Es una especie de perpetuo agradecimiento a la vida
que de ellos han recibido. Pero, pues en esto puede haber
exceso, como en todas las prendas de los hombres, cuya naturaleza
suele viciar hasta las virtudes mismas, responde lo que te
se ofrezca sobre este particular.
  Carta XLIV
De Nuño a Gazel, respuesta de la antecedente
Empiezo
a responder a tu última carta por donde la acabaste.
Confírmate en la idea de que la naturaleza del hombre
está corrompida y, para valerme de tu propia expresión,
suele viciar hasta las virtudes mismas. La economía
es, sin duda, una virtud moral, y el hombre que es extremado
en ella la vuelve en el vicio llamado avaricia; la liberalidad
se muda en prodigalidad, y así de las restantes. El
amor de la patria es ciego como cualquiera otro amor; y si
el entendimiento no le dirige, puede muy bien aplaudir lo
malo, desechar lo bueno, venerar lo ridículo y despreciar
lo respetable. De esto nace que, hablando con ciego cariño
de la antigüedad, va el español expuesto a muchos
yerros siempre que no se haga la distinción siguiente.
En dos clases divido los españoles que hablan con
entusiasmo de la antigüedad de su nación: los
que entienden por antigüedad el siglo último,
y los que por esta voz comprenden el antepasado y anteriores.
El siglo pasado no nos ofrece cosa que pueda lisonjearnos.
Se me figura España desde fin de 1500 como una casa
grande que ha sido magnífica y sólida, pero
que por el discurso de los siglos se va cayendo y cogiendo
debajo a los habitantes. Aquí se desploma un pedazo
del techo, allí se hunden dos paredes, más
allá se rompen dos columnas, por esta parte faltó
un cimiento, por aquélla se entró el agua de
las fuentes, por la otra se abre el piso; los moradores gimen,
no saben dónde acudir; aquí se ahoga en la
cuna el dulce fruto del matrimonio fiel; allí muere
de golpes de las ruinas, y aun más del dolor de ver
a este espectáculo, el anciano padre de la familia;
más allá entran ladrones a aprovecharse de
la desgracia; no lejos roban los mismos criados, por estar
mejor instruidos, lo que no pueden los ladrones que lo ignoran.
Si esta pintura te parece más poética que
verdadera, registra la historia, y verás cuán
justa es la comparación. Al empezar este siglo, toda
la monarquía española, comprendidas las dos
Américas, media Italia y Flandes, apenas podía
mantener veinte mil hombres, y ésos mal pagados y
peor disciplinados. Seis navíos de pésima construcción,
llamados galeones, y que traían de Indias el dinero
que escapase los piratas y corsarios; seis galeras ociosas
en Cartagena, y algunos navíos que se alquilaban según
las urgencias para transporte de España a Italia,
y de Italia a España, formaban toda la armada real.
Las rentas reales, sin bastar para mantener la corona, sobraban
para aniquilar al vasallo, por las confusiones introducidas
en su cobro y distribución. La agricultura, totalmente
arruinada, el comercio, meramente pasivo, y las fábricas,
destruidas, eran inútiles a la monarquía. Las
ciencias iban decayendo cada día. Introducíanse
tediosas y vanas disputas que se llamaban filosofía;
en la poesía admitían equívocos ridículos
y pueriles; el Pronóstico, que se hacía junto
con el Almanak, lleno de insulseces de astrología
judiciaria, formaba casi toda la matemática que se
conocía; voces hinchadas y campanudas, frases dislocadas,
gestos teatrales iban apoderándose de la oratoria
práctica y especulativa. Aun los hombres grandes que
produjo aquella era solían sujetarse al mal gusto
del siglo, como hermosos esclavos de tiranos feísimos.
¿Quién, pues, aplaudirá tal siglo?
Pero ¿quién
no se envanece si se habla del siglo anterior, en que todo
español era un soldado respetable? Del siglo en que
nuestras armas conquistaban las dos Américas y las
islas de Asia, aterraban a África e incomodaban a
toda Europa con ejércitos pequeños en número
y grandes por su gloria, mantenidos en Italia, Alemania,
Francia y Flandes, y cubrían los mares con escuadras
y armadas de navíos, galeones y galeras; del siglo
en que la academia de Salamanca hacía el primer papel
entre las universidades del mundo; del siglo en que nuestro
idioma se hablaba por todos los sabios y nobles de Europa.
¿Y quién podrá tener voto en materias críticas,
que confunda dos eras tan diferentes, que parece en ellas
la nación dos pueblos diversos? ¿Equivocará
un entendimiento mediano un tercio de españoles delante
de Túnez, mandado por Carlos I, con la guardia de
la cuchilla de Carlos II? ¿A Garcilaso con Villamediana?
¿Al Brocense con cualquiera de los humanistas de Felipe IV?
¿A don Juan de Austria, hermano de Felipe II, con don Juan
de Austria, hijo de Felipe IV? Créeme que la voz antigüedad es demasiado amplia, como la mayor parte de las que pronuncian
los hombres con sobrada ligereza.
La predilección
con que se suele hablar de todas las cosas antiguas, sin
distinción de crítica, es menos efecto de amor
hacia ellas que de odio a nuestros contemporáneos.
Cualquiera virtud de nuestros coetáneos nos ofende
porque la miramos como un fuerte argumento contra nuestros
defectos; y vamos a buscar las prendas de nuestros abuelos,
por no confesar las de nuestros hermanos, con tanto ahínco
que no distinguimos al abuelo que murió en su cama,
sin haber salido de ella, del que murió en campaña,
habiendo vivido siempre cargado con sus armas; ni dejamos
de confundir al abuelo nuestro, que no supo cuántas
leguas tiene un grado geográfico, con los Álavas
y otros, que anunciaron los descubrimientos matemáticos
hechos un siglo después por los mayores hombres de
aquella facultad. Basta que no les hayamos conocido, para
que los queramos; así como basta que tratemos a los
de nuestros días, para que sean objeto de nuestra
envidia o desprecio.
Es tan ciega y tan absurda esta indiscreta
pasión a la antigüedad, que un amigo mío,
bastante gracioso por cierto, hizo una exquisita burla de
uno de los que adolecen de esta enfermedad. Enseñóle
un soneto de los más hermosos de Hernando de Herrera,
diciéndole que lo acababa de componer un condiscípulo
suyo. Arrojólo al suelo el imparcial crítico,
diciéndole que no se podía leer de puro flojo
e insípido. De allí a pocos días, compuso
el mismo muchacho una octava, insulsa si las hay, y se la
llevó al oráculo, diciendo que había
hallado aquella composición en un manuscrito de letra
de la monja de Méjico. Al oírlo, exclamó
el otro diciendo: -Esto sí que es poesía, invención,
lenguaje, armonía, dulzura, fluidez, elegancia, elevación
-y tantas cosas más que se me olvidaron-; pero no
a mi sobrino, que se quedó con ellas de memoria, y
cuando oye se lee alguna infelicidad del siglo pasado delante
de un apasionado de aquella era, siempre exclama con increíble
entusiasmo irónico: -¡Esto sí que es invención,
poesía, lenguaje, armonía, dulzura, fluidez,
elegancia, elevación!
Espero cartas de Ben-Beley;
y tú manda a Nuño.
  Carta XLV
De Gazel a Ben-Beley
Acabo de llegar a Barcelona. Lo poco
que he visto de ella me asegura ser verdadero el informe
de Nuño, el juicio que formé por instrucción
suya del genio de los catalanes y utilidad de este principado.
Por un par de provincias semejantes pudiera el rey de los
cristianos trocar sus dos Américas. Más provecho
redunda a su corona de la industria de estos pueblos que
de la pobreza de tantos millones de indios. Si yo fuera señor
de toda España, y me precisaran a escoger los diferentes
pueblos de ella por criados míos, haría a los
catalanes mis mayordomos.
Esta plaza es de las más
importantes de la península y, por tanto, su guarnición
es numerosa y lucida, porque entre otras tropas se hallan
aquí las que llaman guardias de infantería
española. Un individuo de este cuerpo está
en la misma posada que yo desde antes de la noche en que
llegué; ha congeniado sumamente conmigo por su franqueza,
cortesanía y persona; es muy joven, su vestido es
el mismo que el de los soldados rasos, pero sus modales le
distinguen fácilmente del vulgo soldadesco. Extrañé
esta contradicción; ayer en la mesa, que en estas
posadas llaman redonda, porque no tienen asiento preferente,
viéndole tan familiar y tan bien recibido con los
oficiales más viejos del cuerpo, que son muy respetables,
no pudo aguantar un minuto más mi curiosidad acerca
de su clase, y así le pregunté quién
era.
-Soy -me dijo- cadete de este cuerpo, y de la compañía
de aquel caballero -señalando a un anciano venerable,
con la cabeza cargada de canas, el cuerpo lleno de heridas
y el aspecto guerrero-. -Sí, señor, y de mi
compañía -respondió el viejo-. Es nieto
y heredero de un compañero mío que mataron
a mi lado en la batalla de Campo Santo; tiene veinte años
de edad y cinco de servicio: hace el ejercicio mejor que
todos los granaderos del batallón; es un poco travieso,
como los de su clase y edad, pero los viejos no lo extrañamos,
porque son lo que fuimos, y serán lo que somos. -No
sé qué grado es ese de cadete -dije yo-. -Esto
se reduce -dijo otro oficial- a que un joven de buena familia
sienta plaza, sirve doce o catorce años, haciendo
siempre el servicio de soldado raso, y después de
haberse portado como es regular se arguya de su nacimiento,
es promovido al honor de llevar una bandera con las armas
del rey y divisa del regimiento. En todo este tiempo, suelen
consumir, por la indispensable decencia con que se portan,
sus patrimonios, y por las ocasiones de gastar que se les
presentan, siendo su residencia en esta ciudad, que es lucida
y deliciosa, o en la corte, que es costosa. -Buen sueldo
gozarán -dije yo-, para estar tanto tiempo sin el
carácter de oficial y con gastos como si lo fueran.
-El prest de soldado raso y nada más -dijo el primero-;
en nada se distinguen, sino en que no toman ni aun eso, pues
lo dejan con alguna gratificación más al soldado
que cuida de sus armas y fornitura. -Pocos habrá -insté
yo- que sacrifiquen de ese modo su juventud y patrimonio.
-¿Cómo pocos? -saltó el muchacho-. Somos cerca
de 200, y si se admiten todos los que pretenden ser admitidos,
llegaremos a dos mil. Lo mejor es que nos estorbamos mutuamente
para el ascenso, por el corto número de vacantes y
grande de cadetes; pero más queremos esperar montando
centinelas con esta casaca, que dejarla. Lo más que
hacen algunos de los nuestros es: benefician compañías
de caballería o dragones, cuando la ocasión
se presenta, si se hallan ya impacientes de esperar; y aun
así, quedan con tanto afecto al regimiento como si
viviesen en él. -¡Glorioso cuerpo -exclamé
yo-, en que doscientos nobles ocupan el hueco de otros tantos
plebeyos, sin más paga que el honor de la nación!
¡Gloriosa nación, que produce nobles tan amantes de
su rey! ¡Poderoso rey, que manda a una nación cuyos
nobles individuos no anhelan más que a servirle, sin
reparar en qué clase ni con qué premio!
  Carta XLVI
Ben-Beley a Nuño
Cada día me agrada más
la noticia de la continuación de tu amistad con Gazel,
mi discípulo. De ella infiero que ambos sois hombres
de bien. Los malvados no pueden ser amigos. En vano se juran
mil veces mutua amistad y estrecha unión; en vano
uniforman su proceder; en vano trabajan unidos a algún
objeto común: nunca creeré que se quieren.
El uno engaña al otro, y éste al primero, por
recíprocos intereses de fortuna o esperanza de ella.
Para esto, sin duda necesitan ostentar una amistad firmísima
con una aparente confianza. Pero de nadie se desconfían
más que el uno del otro, porque el primero conoce
los fraudes del segundo, a menos que se recaten mutuamente
el uno del otro; en cuyo caso habrá mucha menor franqueza
y, por consiguiente, menor amistad. No dudo que ambos se
unan muy de veras en daño de un tercero; pero perdido
éste, los dos inmediatamente riñen por quedar
uno solo en posesión del bocado que arrebataron de
las manos del perdido; así como dos salteadores de
camino se juntan para robar al pasajero, pero luego se hieren
mutuamente sobre repartir lo que han robado. De aquí
viene que el pueblo ignorante se admire cuando ve convertida
en odio la amistad que tan pura y firme le parecía.
«¡Alá! ¡Alá!, dicen: ¿quién creyera
que aquellos dos se separaran al cabo de tantos años?
¡Qué corazón el del hombre! ¡Qué inconstante!
¿Adónde te refugiaste, santa amistad? ¿Dónde
te hallaremos? ¡Creíamos que tu asilo era el pecho
de cualquiera de éstos dos, y ambos te destierran!».
Pero considérese las circunstancias de este caso,
y se conocerá que todas éstas son varias declamaciones
e injurias al corazón humano. Si el vulgo (tan discretamente
llamado profano por un poeta filósofo latino, cuyas
obras me envió Gazel), si el vulgo, digo, profano
supiese la verdadera clave de esta y de otras maravillas,
no se espantaría de tantas. Entendería que
aquella amistad no lo fue, ni mereció más nombre
que el de una mutua traición, conocida por ambas partes
y mantenida por las mismas el tiempo que pareció conducente.
Al contrario, entre dos corazones rectos, la amistad crece
con el trato. El recíproco conocimiento de las bellas
prendas que por días se van descubriendo aumenta la
mutua estimación. El consuelo que el hombre bueno
recibe viendo crecer el fruto de la bondad de su amigo le
estimula a cultivar más y más la suya propia.
Este gozo, que tanto eleva al virtuoso, jamás puede
negar a gozarle, ni aun a conocerle, el malvado. La naturaleza
le niega un número grande de gustos inocentes y puros,
en trueque de las satisfacciones inicuas que él mismo
se procura fabricar con su talento siniestramente dirigido.
En fin, dos malvados felices a costa de delitos se miran
con envidia, y la parte de prosperidad que goza el uno es
tormento para el otro. Pero dos hombres justos, cuando se
hallen en alguna situación dichosa, gozan no sólo
de su propia dicha cada uno, sino también de la del
otro. De donde se infiere que la maldad, aun en el mayor
auge de la fortuna, es semilla abundante de recelos y sustos;
y que, al contrario, la bondad, aun cuando parece desdichada,
es fuente continua de gustos, delicias y sosiego.
Éste
es mi dictamen sobre la amistad de los buenos y malos; y
no lo fundo sólo en esta especulación, que
me parece justa, sino en repetidos ejemplares que abundan
en el mundo.
  Carta XLVII
Respuesta de la anterior
Veo que nos conformamos mucho
en las ideas de virtud, amistad y vicio, como también
en la justicia que hacemos al corazón del hombre en
medio de la universal sátira que padece la humanidad
en nuestros días. Bien me lo prueba tu carta, pero
si se publicase pocos la entenderían. La mayor parte
de los lectores la tendría por un trozo de moral abstracto
y casi de ningún servicio en el trato humano. Reiríanse
de ello los mismos que lloran algunas veces de resulta de
no observarse semejante doctrina. Ésta es otra de
nuestras flaquezas, y de las más antiguas, pues no
fue el siglo de Augusto el primero que dio motivo a decir:
conozco lo mejor y sigo lo peor; y desde aquél al
nuestro han pasado muchos, todos muy parecidos los unos a
los otros.
  Carta XLVIII
De Nuño a Ben-Beley
He visto en una de las cartas
que Gazel te escribe un retrato horroroso del siglo actual,
y la ridícula defensa de él, hecha por un hombre
muy superficial e ignorante. Partamos la diferencia tú
y yo entre los dos pareceres; y sin dejar de conocer que
no es la era tan buena ni tan mala como se dice, confesemos
que lo peor que tiene este siglo es que lo defiendan como
cosa propia semejantes abogados. El que se ve en esta carta
oponerse a la demasiado rigurosa crítica de Gazel
es capaz de perder la más segura causa. Emprende la
defensa, como otros muchos, por el lado que muestra más
flaqueza y ridiculez. Si en lugar de querer sostener estas
locuras se hiciera cargo de lo que merece verdaderos aplausos,
hubiera dado sin duda al africano mejor opinión de
la era en que vino a Europa. Otro efecto le hubiera causado
una relación de la suavidad de costumbres, humanidad
en la guerra, noble uso de las victorias, blandura en los
gobiernos; los adelantamientos en las matemáticas
y física; el mutuo comercio de talentos por medio
de las traducciones que se hacen en todas las lenguas de
cualquiera obra que sobresale en alguna de ellas. Cuando
todas estas ventajas no sean tan efectivas como lo parecen,
pueden a lo menos hacer equilibrio con la enumeración
de desdichas que hace Gazel; y siempre que los bienes y los
males, los delitos y las virtudes estén en igual balanza,
no puede llamarse tan infeliz el siglo en que se note esta
igualdad, respecto del número que nos muestra la historia
llenos de miserias y horrores, y sin una época siquiera
que consuele al género humano.
  Carta XLIX
Gazel a Ben-Beley
¿Quién creyera que la lengua
tenida universalmente por la más hermosa de todas
las vivas dos siglos ha, sea hoy una de las menos apreciables?
Tal es la priesa que se han dado a echarla a perder los españoles.
El abuso de su flexibilidad, digámoslo así,
la poca economía en figuras y frases de muchos autores
del siglo pasado, y la esclavitud de los traductores de presente
a sus originales, han despojado este idioma de sus naturales
hermosuras, cuales eran laconismo, abundancia y energía.
Los franceses han hermoseado el suyo al paso que los españoles
lo han desfigurado. Un párrafo de Montesquieu y otros
coetáneos tiene tal abundancia de las tres hermosuras
referidas, que no parecían caber en el idioma francés;
y siendo anteriores con un siglo y algo más los autores
que han escrito en buen castellano, los españoles
del día parecen haber hecho asunto formal de humillar
el lenguaje de sus padres. Los traductores e imitadores de
los extranjeros son los que más han lucido en esta
empresa. Como no saben su propia lengua, porque no se sirven
tomar el trabajo de estudiarla, cuando se hallan con alguna
hermosura en algún original francés, italiano
o inglés, amontonan galicismos, italianismos y anglicismos,
con lo cual consiguen todo lo siguiente:
1.º Defraudan el
original de su verdadero mérito, pues no dan la verdadera
idea de él en la traducción. 2.º Añaden
al castellano mil frases impertinentes. 3º Lisonjean al extranjero,
haciéndole creer que la lengua española es
subalterna a las otras. 4.º Alucinan a muchos jóvenes
españoles, disuadiéndoles del indispensable
estudio de su lengua natal.
Sobre estos particulares suele
decirme Nuño: «Algunas veces me puse a traducir, cuando
muchacho, varios trozos de literatura extranjera; porque
así como algunas naciones no tuvieron a menos el traducir
nuestras obras en los siglos en que éstas lo merecían,
así debemos nosotros portarnos con ellas en lo actual.
El método que seguí fue éste: leía
un párrafo del original con todo cuidado; procuraba
tomarle el sentido preciso; lo meditaba mucho en mi mente,
y luego me preguntaba yo a mí mismo: si yo hubiese
de poner en castellano la idea que me ha producido esta especie
que he leído, ¿cómo lo haría? Después
recapacitaba si algún autor antiguo español
había dicho cosa que se le pareciese; si se me figuraba
que sí, iba a leerlo, y tomaba todo lo que me parecía
ser análogo a lo que deseaba. Esta familiaridad con
los españoles del XVI siglo y algunos del XVII me
sacó de muchos apuros, y sin esta ayuda es formalmente
imposible el salir de ellos, a no cometer los vicios de estilo
que son tan comunes. Más te diré. Creyendo
la transmigración de las artes tan firmemente como
cree la de las almas cualquiera buen pitagorista, he creído
ver en el castellano y latín de Luis Vives, Alonso
Matamoros, Pedro Ciruelo, Francisco Sánchez llamado
el Brocense, Hurtado de Mendoza, Ercilla, fray Luis de Granada,
fray Luis de León, Garcilaso, Argensola, Herrera,
Álava, Cervantes y otros, las semillas que tan felizmente
han cultivado los franceses de la mitad última del
siglo pasado, de que tanto fruto han sacado los del actual.
En medio del justo respeto que siempre han observado las
plumas españolas en materias de religión y
gobierno, he visto en los referidos autores excelentes trozos,
así de pensamiento como de locución, hasta
en las materias frívolas de pasatiempo gracioso; y
en aquellas en que la crítica con sobrada libertad
suele mezclar lo frívolo con lo serio, y que es precisamente
el género que más atractivo tiene en lo moderno
extranjero, hallo mucho en lo antiguo nacional, así
impreso como inédito. Y en fin, concluyo que, bien
entendido y practicado nuestro idioma, según lo han
manejado los maestros arriba citados, no necesita más
echarlo a perder en la traducción de lo que se escribe,
bueno o malo, en lo restante de Europa; y a la verdad, prescindiendo
de lo que han adelantado en física y matemática,
por lo demás no hacen absoluta falta las traducciones».
Esto suele decir Nuño cuando habla seriamente en
este punto.
  Carta L
Gazel a Ben-Beley
El uso fácil de la imprenta,
el mucho comercio, las alianzas entre los príncipes
y otros motivos han hecho comunes a toda la Europa las producciones
de cada reino de ella. No obstante, lo que más ha
unido a los sabios europeos de diferentes países es
el número de traducciones de unas lenguas en otras;
pero no creas que esta comodidad sea tan grande como te figuras
desde luego. En las ciencias positivas, no dudo que lo sea,
porque las voces y frases para tratarlas en todos los países
son casi las propias, distinguiéndose éstas
muy poco en la sintaxis, y aquéllas sólo en
la terminación, o tal vez en la pronunciación
de las terminaciones; pero en las materias puramente de moralidad,
crítica, historia o pasatiempo, suele haber mil yerros
en las traducciones, por las varias &iac |