  Carta LXVI
Del mismo al mismo
En Europa hay varias clases de escritores.
Unos escriben cuanto les viene a la pluma; otros, lo que
les mandan escribir; otros, todo lo contrario de lo que sienten;
otros, lo que agrada al público, con lisonja; otros,
lo que les choca, con reprehensiones. Los de la primera clase
están expuestos a más gloria y más desastres,
porque pueden producir mayores aciertos y desaciertos. Los
de la segunda se lisonjean de hallar el premio seguro de
su trabajo; pero si, acabado de publicarlo, se muere o se
aparta el que se lo mandó y entra a sucederle uno
de sistema opuesto, suele encontrar castigo en vez de recompensa.
Los de la tercera son mentirosos, como los llama Nuño,
y merecen por escrito el odio de todo el público.
Los de la cuarta tienen alguna disculpa, como la lisonja
no sea muy baja. Los de la última merecen aprecio
por el valor, pues no es poco el que se necesita para reprehender
a quien se halla bien con sus vicios, o bien cree que el
libre ejercicio de ellos es una preeminencia muy apreciable.
Cada nación ha tenido alguno o algunos censores más
o menos rígidos; pero creo que para ejercer este oficio
con algún respeto de parte del vulgo, necesita el
que lo emprende hallarse limpio de los defectos que va a
censurar. ¿Quién tendría paciencia en la antigua
Roma para ver a Séneca escribir contra el lujo y la
magnificencia con la mano misma que se ocupaba con notable
codicia en atesorar millones? ¿Qué efecto podría
producir todo el elogio que hacía de la medianía
quien no aspiraba sino a superar a los poderosos en esplendor?
El hacer una cosa y escribir otra es el modo más tiránico
de burlar la sencillez de la plebe, y es también el
medio más poderoso para exasperarla, si llega a comprender
este artificio.
  Carta LXVII
De Nuño a Gazel
Desde tu llegada a Bilbao no he
tenido carta tuya; la espero con impaciencia, para ver qué
concepto formas de esos pueblos en nada parecidos a otro
alguno. Aunque en la capital misma la gente se parezca a
la de otras capitales, los habitantes del campo y provincias
son verdaderamente originales. Idioma, costumbres, trajes
son totalmente peculiares, sin la menor conexión con
otros.
Noticias de literatura, que tanto solicitas, no tenemos
estos días; pero en pago te contaré lo que
me pasó poco ha en los jardines del Retiro con un
amigo mío (y a fe que dicen es sabio de veras, porque
aunque gasta doce horas en cama, cuatro en el tocador, cinco
en visitas y tres en el paseo, es fama que ha leído
cuantos libros se han escrito, y en profecía cuantos
se han de escribir, en hebreo, siriaco, caldeo, egipcio,
chino, griego, latino, español, italiano, francés,
inglés, alemán, holandés, portugués,
suizo, prusiano, dinamarqués, ruso, polaco, húngaro
y hasta la gramática vizcaína del padre Larramendi).
Este tal, trabando conversación conmigo sobre los
libros y papeles dados al público en estos años,
me dijo: -He visto varias obrillas modernas así tal
cual -y luego tomó un polvo y se sonrió; y
prosiguió: -Una cosa les falta, sí, una cosa.
-Tantas les faltará y tantas les sobrará...
-dije yo. -No, no es eso -replicó el amigo, y tomó
otro polvo y se sonrió otra vez, y dio dos o tres
pasos, y continuó: -Una sola, que caracterizaría
el buen gusto de nuestros escritores. ¿Sabe el señor
don Nuño cuál es? -dijo, dando vueltas a la
caja entre el dedo pulgar y el índice. -No -respondí
yo lacónicamente. -¿No? -instó el otro. -Pues
yo se la diré -y volvió a tomar un polvo, y
a sonreírse, y a dar otros tres pasos. -Les falta
-dijo con magisterio-, les falta en la cabeza de cada párrafo
un texto latino sacado de algún autor clásico,
con su cita y hasta la noticia de la edición con aquello
de mihi entre paréntesis; con esto el escrito da a
entender al vulgo, que se halla dueño de todo el siglo
de Augusto materialiter et formaliter. ¿Qué tal? Y
tomó doble dosis de tabaco, sonriose y paseó,
me miró, y me dejó para ir a dar su voto sobre
una bata nueva que se presentó en el paseo.
Quedé
solo, raciocinando así: este hombre, tal cual Dios
lo crió, es tenido por un pozo de ciencia, golfo de
erudición y piélago de literatura; ¡luego haré
bien si sigo sus instrucciones! Adiós, dije yo para
mí; adiós, sabios españoles de 1500,
sabios franceses de 1600, sabios ingleses de 1700; se trata
de buscar retazos sentenciosos del tiempo de Augusto, y gracias
a que no nos envían algunos siglos más atrás
en busca de renglones que poner a la cabeza de lo que se
ha de escribir en el año que, si no miente el calendario,
es el de 1774 de la era cristiana, 1187 de la Hégira
de los árabes, 6973 de la creación del mundo,
4731 del diluvio universal, 4018 de la fundación de
España, 3943 de la de Madrid, 2549 de la era de las
Olimpiadas, 192 de la corrección gregoriana, 16 del
reinado de nuestro religioso y piadoso monarca Carlos III,
que Dios guarde.
Fuime a casa, y sin abrir más que
una obra encontré una colección completa de
estos epígrafes. Extractélos, y los apunté
con toda formalidad; llamé a mi copiante (que ya conoces,
hombre asaz extraño) y le dije: -Mire Vm., don Joaquín,
Vm. es mi archivero, y digno depositario de todos mis papeles,
papelillos y papelones en prosa y en verso. En este supuesto,
tome Vm. esta lista, que no parece sino de motes para galanes
y damas; y advierta Vm. que si en adelante caigo en la tentación
de escribir algo para el público, debe Vm. poner un
renglón de éstos en cada una de mis obras,
según y conforme venga más al caso, aunque
sea estirando el sentido. -Está muy bien -dijo mi
don Joaquín (que a estas horas ya había sacado
los anteojos, cortado una pluma nueva y probado en el sobrescrito
de una carta con un Muy Señor mío muy hermoso,
y muchos rasgos). -De este modo los ha de emplear Vm. -proseguí
yo.
Si se me ofrece, que creo se me ofrecerá, alguna
disertación sobre lo mucho superficial que hay en
las cosas, ponga Vm. aquello de Persio:
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Oh curas hominum! quantum est in rebus inane!
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Cuando publique endechas muy tristes sobre la muerte de
algún personaje célebre, cuya pérdida
sea sensible, vea Vm. cuán al caso vendrá la
conocida dureza de algunos soldados de los que tomaron a
Troya, diciendo con Virgilio:
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...quis talia fando |
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Myrmidonum, Dolopumve, aut duri miles
Ulyssei |
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temperet a lacrymis! |
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Dios me libre de escribir
de amor, pero si tropiezo en esta flaqueza humana, y ando
por estos montes y valles, bosques y peños, fatigando
a la ninfa Eco con los nombres de Amarilis, Aminta, Servia,
Nise, Corina, Delia, Galatea y otras, por mucha prisa que
yo le dé a Vm., no hay que olvidar lo de Ovidio:
Si me pongo alguno vez muy despacio a consolar algún
amigo, o a mí mismo, sobre alguna de las infinitas
desgracias que nos pueden acontecer a todos los herederos
de Adán, sírvase Vm. poner de muy bonita letra
lo de Horacio:
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aequam memento rebus in arduis |
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servare mentem. |
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Cuando yo
declame por escrito contra las riquezas, porque no la tengo,
como hacen otros (y hacen menos mal que los que declaman
contra ellas y no piensan sino en adquirirlas), ¡qué
mal hará Vm. si no pone, hurtándoselo a Virgilio,
que lo dijo en una ocasión harto serio, grave y estupendamente:
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quid non mortalia pectora cogis, |
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auri sacra fames! |
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Sentiré muy mucho que la depravación
de costumbres me haga caer en la torpeza de celebrar los
desórdenes; pero como es tan frágil esta nuestra
máquina, ¿qué sé yo si algún
día me echaré a aplaudir lo que siempre he
reprehendido, y cante que es inútil trabajo el de
guardar mujeres, hijas y hermanas? A esta piadosa producción,
hágame Vm. el corto agasajo de poner en boca de Horacio:
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inclusam Danaen turris ahenea, |
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robur atque fores, et vigilum canum |
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tristes excubiae,
munierant satis |
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nocturnis ab adulteris. |
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si non... |
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Si
algún día llego a profanar tanto mi pluma,
que escriba contra lo que pienso, y digo entre otras cosas
que este siglo es peor que otro alguno, con ánimo
de congraciarme con los viejos del siglo pasado, lo puedo
hacer a muy poca costa, sólo con que Vm. se sirva
poner en la cabeza lo que el mismo dijo del suyo:
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clamant periisse pudorem |
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cuncti pene Patres. |
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Si el cielo de Madrid no fuese tan
claro y hermoso y se convirtiese en triste, opaco y caliginoso
como el de Londres (cuya triste opacidad y caliginosidad
depende, según geógrafo-físicos, de
los vapores del Támesis, del humo del carbón
de piedra y otras causas), me atrevería yo a publicar
las Noches lúgubres que he compuesto a la muerte de
un amigo mío, por el estilo de las que escribió
el doctor Young. La impresión sería en papel
negro con letras amarillas, y el epígrafe, a mi ver
muy oportuno aunque se deba traer de la catástrofe
de Troya a un caso particular, sería el de
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crudelis ubique |
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luctus, ubique pavor, et plurima noctis
imago. |
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Cuando publiquemos, mi don Joaquín, la colección
de cartas que algunos amigos me han escrito en varias ocasiones
(porque hoy de todo se hace dinero), Horacio tendrá
que hacer también esta vez el gasto y diremos con
él:
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nil ego praetulerim jucundo sanus amico.
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A fuerza de llamarse
poetas muchos tunantes, ridículos, necios, bufones,
truhanes y otros, ha caído mucho la poesía
del antiguo aprecio con que se trataba marras a los buenos
poetas. Ya ve Vm., mi don Joaquín, cuán al
caso vendrá una disertación, volviendo por
el honor de la poesía verdadera, diciendo su origen,
aumento, decadencia, ruina y resurrección, y también
ve Vm., mi don Joaquín, cuán del caso sería
pedir otra vez a Horacio un poquito de latín por amor
de Dios, y decir:
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sic honor, et nomen divinis vatibus, atque |
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carminibus venit. |
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Al ver tanto papel como hace gemir la prensa en nuestros
días, ¿quién podrá detener la pluma,
por poco satírico que sea, y dejar de repetir con
el nada lisonjero Juvenal
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tenet insanabiles multos scribendi cacoethes? |
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Paréceme
que por punto general debo yo, y debe todo escritor, o bien
de papeles como éste, pequeños, o bien de tomazos
grandes, como algunos que yo sé, escribir ante todas
cosas después de cruz y margen lo que Marcial:
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sunt bona sunt quaedam mediocria, sunt mala plura, |
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quae
legis hic: aliter non fit, Avite, liber. |
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Siempre que yo
vea salir al público un libro escrito en nuestros
días en castellano puro, fluido, natural, corriente
y genuino, cual se escribía en tiempo de mi señora
abuela, prometo darle gracias al autor en nombre de los difuntos
señores Garcilaso, Cervantes, Mariana, Mendoza, Solís
y otros (que Dios haya perdonado), y el epígrafe de
mi carta será:
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...aevo rarissima nostro |
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simplicitas. |
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Tengo, como vuestra merced sabe, don Joaquín, un
tratado en vísperas de concluirle contra el archicrítico
maestro Feijoo, con que pruebo contra el sistema de su reverendísima
ilustrísima que son muy comunes, y por legítima
consecuencia no tan raros, los casos de duendes, brujas,
vampiros, brucolacos, trasgos y fantasmas, todo ello auténtico
por disposición de personas fidedignas, como amas
de niños, abuelas, viejos de lugar y otros de igual
autoridad. Hago ánimo de publicarlo en breve con láminas
finas y exactos mapas; singularmente la estampa del frontispicio,
que representa el campo de Barahona con una asamblea general
de toda la nobleza y plebe de la brujería; a cuyo
fin volveremos a llamar a la puerta de Horacio, aunque sea
a media noche, y, pidiéndole otro texto para una necesidad,
tomaremos de su mano lo de
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somnia, terrores magicos, miracula, sagas, |
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nocturnos lemures, portentaque tesala rides. |
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El primer
soberano que muera en el mundo, aunque sea un cacique de
indios entre los apaches, como su muerte llegue a mis oídos,
me dará motivo para una arenga oratoria sobre la igualdad
de las condiciones humanas respecto a la muerte, y vuelta
en casa de Horacio en busca de:
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pallida mors aequo pulsat pede |
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pauperum tabernas, regumque turres. |
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Por nada quisiera
yo ser hombre de entradas y salidas, negocios graves, secretos
importantes y ocupaciones misteriosas, sino para volverme
loco un día, apuntar cuanto supiera y enviar mi manuscrito
a imprimirse en Holanda, sólo para aprovechar lo que
dijo Virgilio a los dioses del infierno:
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sit mihi fas audita loqui.
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|
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Supongamos que algún día sea yo académico,
aunque indigno, de cualquiera de las academias o academías
(escríbalo Vm. como quiera, mi don Joaquín,
largo o breve, que sobre eso no hemos de reñir); si,
como digo de mi asunto, algún día soy individuo
de alguna de ellas, aunque sea la famosa de Argamasilla que
hubo en tiempo del muy valiente señor Don Quijote
de andante memoria, el día que tome asiento entre
tanta gente honrada he de pronunciar un largo y patético
discurso sobre lo útil de las ciencias, sobre todo
en la particularidad de ablandar los genios y suavizar las
costumbres; y molidos que estén mis compañeros
con lo pesado de mi oratoria, les resarciré el perjuicio
padecido en su paciencia acabando de decir cual Ovidio:
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ingenuas didicisse fideliter artes, |
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emollit mores, nec sinit esse ferox.
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Mire Vm., don Joaquín,
por ahí anda una cuadrilla de muchachos que no hay
quien los aguante. Si uno habla con un poco de método
escolástico, se echan a reír, y de cuatro tajos
o reveses lo hacen a uno callar. Esto ya ve Vm. cuán
insufrible ha de ser por fuerza a los que hemos estudiado
cuarenta años a Aristóteles, Galeno, Vinio
y otros, en cuya lectura se nos han caído los dientes,
salido las canas, quemado las cejas, lastimado el pecho y
acortado la vista, ¿no es verdad, don Joaquín? Pues
mire Vm., los tengo entre manos, y los he de poner como nuevos.
Diré lo mismo que dijo Juvenal de otros perillanes
de su tiempo, arguyéndoles del respeto con que en
otros tiempos se miraban las canas, pues dice que
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credebant hoc grande nefas, et morte piandum, |
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si juvenis vetulo non adsurrexerit. |
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Me alegrara tener
mucho dinero para muchas cosas, y, entre otras, para hacer
una nueva edición de nuestros dramáticos del
siglo pasado, con notas, ya críticas, ya apologéticas,
y bajo el retrato de don Frey Lope de Vega Carpio (que los
franceses han dado en llamar López y decir que fue
hijo de un cómico), aquello de Ovidio:
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video meliora, proboque; |
|
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deteriora sequor. |
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Cuando nos vayamos a la aldea que Vm.
sabe, y escribamos a los amigos de Madrid, aunque no sea
más que pidiéndoles las gacetas o encargándoles
alguna friolera, no se olvide Vm. de poner la que puso Horacio,
diciendo:
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scriptorum chorus omnis amat nemus, et fugit urbes.
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Sobre el rumbo que ha tomado la crítica en nuestros
días, no fuera malo tampoco el dar a luz un discurso
que señalase el verdadero método que ha de
seguir para ser útil en la república literaria;
en este caso el mote será de Juvenal:
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dat veniam corvis, vexat censura |
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columbas... |
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Alguna vez me he puesto a considerar cuán
digno asunto para un poema épico es la venida de Felipe
V a España, cuánto adorno se podría
sacar de los lances que le acaecieron en su reinado, cuánto
pronóstico feliz para España la amable descendencia
que dejó. Ya había yo formado el plan de mi
obra, la división de cantos, los caracteres de los
principales héroes, la colocación de algunos
episodios, la imitación de Homero y Virgilio, varias
descripciones, la introducción de lo sublime y maravilloso,
la descripción de algunas batallas; y aun había
empezado la versificación, cuidando mucho de poner
r r r, en los versos duros, l l l, en los blandos, evitando
los consonantes vulgares de ible, able, ente, eso y otros
tales; en fin, la cosa iba de veras, cuando conocí
que la epopeya es para los modernos el ave fénix de
quien todos hablan y a quien nadie ha visto. Fue preciso
dejarlo, y a fe que le tenía buscado un epigrama muy
correspondiente al asunto, y era de Virgilio, cuando metiéndose
a profeta dijo en voz hinchada y enfática:
|
jam nova progenies coelo demittitur alto.
|
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|
No fuera malo dedicarnos un poco de tiempo a buscar faltas,
errores, equivocaciones, yerros y lugares oscuros en los
más clásicos autores nuestros o ajenos, y luego
salir con una crítica de ellos muy humilde al parecer,
pero en la realidad muy soberbia (especie de humildad muy
a la moda), y poner en el frontispicio, como por vía
de obsequio al autor criticado, lo de Horacio, a saber:
|
quandoque bonus dormitat Homerus.
|
|
|
Y así de todos los demás asuntos que puedan
ofrecerse. Te estoy viendo reír de este método,
amigo Gazel, que sin duda te parecerá pura pedantería;
pero vemos mil libros modernos que no tienen nada de bueno
sino el epígrafe.
  Carta LXVIII
Gazel a Ben-Beley
Examina la historia de todos los pueblos,
y sacarás que toda nación se ha establecido
por la austeridad de costumbres. En este estado de fuerza
se ha aumentado, de este aumento ha venido la abundancia,
de esta abundancia se ha producido el lujo, de este lujo
se ha seguido afeminación, de esta afeminación
ha nacido la flaqueza, de la flaqueza ha dimanado su ruina.
Otros lo han dicho antes que yo; pero no por eso deja de
ser verdad y verdad útil, y las verdades útiles
están tan lejos de ser repetidas con sobrada frecuencia,
que pocas veces llegan a repetirse con la suficiente.
  Carta LXIX
De Gazel a Nuño
Como los caminos son tan malos
en la mayor parte de las provincias de tu país, no
es de extrañar que se rompan con frecuencia los carruajes,
se despeñen las mulas y los viajantes pierdan las
jornadas. El coche que saqué de Madrid ha pasado varios
trabajos; pero el de quebrarse uno de sus ejes, pudiendo
serme muy sensible, no sólo no me causó desgracia
alguna, sino que me procuró uno de los mayores gustos
que pude haber en la vida, a saber: la satisfacción
de tratar, aunque no tanto tiempo como quisiera, con un hombre
distinto de cuantos hasta ahora he visto y pienso ver. El
caso fue al pie de la letra como sigue, porque lo apunté
muy individualmente en el diario de mi viaje.
A pocas leguas
de esta ciudad, bajando una cuesta muy pendiente, se disparó
el tiro de mulas, volcose el coche, rompiose el eje delantero
y una de las varas. Luego que volvimos del susto y salimos
todos como pudimos por la puertecilla que quedó en
alto, me dijeron los cocheros que necesitaban muchas horas
para reparar este daño, pues era preciso ir a un lugar
que estaba a una legua del paraje en que nos hallábamos
para traer quien lo remediase. Viendo que iba anocheciendo,
me pareció mejor irme a pie con un criado, y cada
uno su escopeta, al lugar, y pasar la noche en él,
durante la cual se remediaría el fracaso y descansaríamos
los maltratados. Así lo hice, y empecé a seguir
una vereda que el mismo cochero me señaló,
por un terreno despoblado y nada seguro al parecer por lo
áspero del monte. A cosa de un cuarto de legua me
hallé en un paraje menos desagradable, y en una peña
de la orilla de un arroyo vi un hombre de buen porte en acción
de meterse un libro en el bolsillo, levantarse, acariciar
un perro y ponerse un sombrero de campo, tomando un bastón
más robusto que primoroso. Su edad sería de
cuarenta años y su semblante era apacible, el vestido
sencillo, pero aseado, y sus ademanes llenos de aquel desembarazo
que da el trato frecuente de las gentes principales, sin
aquella afectación que inspira la arrogancia y vanidad.
Volvió la cara de pronto al oír mi voz, y saludome.
Le correspondí, adelantéme hacia él
y, diciéndole que no me tuviese por sospechoso por
el paraje, compañía y armas, pues el motivo
era lo que me acababa de pasar (lo que le conté brevemente),
preguntele si iba bien para tal pueblo. El desconocido volvió
a saludarme segunda vez, y me dijo que sentía mi desgracia,
que eran frecuentes en aquel puesto; que varias veces lo
había hecho presente a las justicias de aquellas cercanías
y aun a otras superiores; que no diese un paso más
hacia donde había determinado, porque estaba a un
tiro de bala de allí la casa en que residía;
que desde allí despacharía un criado suyo a
caballo al lugar para que el alcalde enviase el auxilio competente.
Acordeme entonces de tu encuentro con el caballero ahijado
del tío Gregorio; pero ¡cuán otro era éste!
Obligome a seguirle, y después de haber andado algunos
pasos sin hablar cosa que importase, prorrumpió diciendo:
«Habrá extrañado el señor forastero
el encuentro de un hombre como yo a estas horas y en este
paraje; más extraño le parecerá lo que
oiga y vea de aquí en adelante, mientras se sirva
permanecer en mi compañía y casa, que es ésta»,
señalando una que ya tocábamos. En esto llamó
a una puerta grande de la tapia de un huerto contiguo a ella.
Ladró un perro disforme, acudieron dos mozos del campo
que abrieron luego, y entrando por un hermoso plantío
de toda especie de árboles frutales al lado de un
estanque muy capaz, cubierto de patos y ánades, llegamos
a un corral lleno de toda especie de aves, y de allí
a un patio pequeño. Salieron de la casa dos niños
hermosos, que se arrodillaron y le besaron la mano; uno le
tomó el bastón, otro el sombrero, y se adelantaron
corriendo y diciendo: «Madre, ahí viene padre». Salió
al umbral de la puerta una matrona, llena de aquella hermosura
majestuosa que inspira más respeto que pasión,
y al ir a echar los brazos a su esposo reparó la compañía
de los que íbamos con él. Detuvo el ímpetu
de su ternura, y la limitó a preguntarle si había
tenido alguna novedad, pues tanto había tardado en
volver; a lo cual éste le respondió con estilo
amoroso, pero decente. Presentome a su mujer, diciéndola
el motivo de llevarme a su casa, y dio orden de que se ejecutase
lo ofrecido para que pudiese venir el coche. Entramos juntos
por varias piezas pequeñas, pero cómodas, alhajadas
con gracia y sin lujo, y nos sentamos en la que se preparó
para mi hospedaje.
A nuestra vista te referiré más
despacio la cena, la conversación que en ella hubo,
las disposiciones caseras que dio mi huésped delante
de mí, el modo cariñoso y bien ordenado con
que se apartaron los hijos, mujer y criados a recogerse,
y las expresiones de atractivo con que me ofreció
su casa, me suplicó usase de ella, y se retiró
para dejarme descansar. Quería también ejecutar
lo mismo un criado anciano, que parecía de toda su
confianza y que había quedado esperando que yo me
acostase para llevarme la luz; pero me había movido
demasiado la curiosidad toda aquella escena, y me parecían
muy misteriosos sus personajes para no indagar el carácter
de cada uno. Detúvele, pues, y con vivas instancias
le pedí una y mil veces me declarase tan largo enigma.
Resistiose con igual eficacia, hasta que al cabo de algunas
suspensiones puso sobre la mesa la bujía que había
tomado para irse, entornó la puerta, se sentó
y me dijo que no dudaba los deseos que yo tendría
de enterarme en el genio y condición de su amo; y
prosiguió poco más o menos en estas voces:
«Si el cariño de una esposa amable, la hermosura
del fruto del matrimonio, una posesión pingüe
y honorífica, una robusta salud y una biblioteca selecta
con que pulir un talento claro por naturaleza, pueden hacer
feliz a un hombre que no conoce la ambición, no hay
en el mundo quien pueda jactarse de serlo más que
mi amo, o por mejor decir, mi padre, pues tal es para todos
sus criados. Su niñez se pasó en esta aldea,
su primera juventud en la universidad; luego siguió
el ejército; después vivió en la corte
y ahora se ha retirado a este descanso. Esta variedad de
vidas le ha hecho mirar con indiferencia cualquiera especie
de ellas, y aun con odio la mayor parte de todas. Siempre
le he seguido y siempre le seguiré, aun más
allá de la sepultura, pues poco podré vivir
después de su muerte. El mérito oculto en el
mundo es despreciado y, si se manifiesta, atrae contra sí
la envidia y sus secuaces. ¿Qué ha de hacer, pues,
el hombre que lo tiene? Retirarse a donde pueda ser útil
sin peligro propio. Llamo mérito el conjunto de un
buen talento y buen corazón. De éste usa mi
amo en beneficio de sus dependientes.
»Los labradores a
quienes arrienda sus campos lo miran como a un ángel
tutelar de sus casas. Jamás entra en ellas sino para
llenarlas de beneficios, y los visita con frecuencia. Los
años medianos les perdona parte del tributo y el total
en los malos. No se sabe lo que son pleitos entre ellos.
El padre amenaza al hijo malo con nombrar a su amo, y halaga
al hijo bueno con su nombre. La mitad de su caudal se emplea
en colocar las hijas huérfanas de estos contornos
con mozos honrados y pobres de las mismas aldeas. Ha fundado
una escuela en un lugar inmediato, y suele por su misma mano
distribuir un premio cada sábado al niño que
ha empleado mejor la semana. De lejanos países ha
hecho traer instrumentos de agricultura y libros de su uso
que él mismo traduce de extrañas lenguas, repartiendo
unos y otros de balde a los labradores. Todo forastero que
pasa por este puesto halla en él la hospitalidad cual
se ejercitaba en Roma en sus más felices tiempos.
Una parte de su casa está destinada para recoger los
enfermos de estas cercanías, en las cuales no se halla
proporción de cuidarlos. Ni por esta tierra suele
haber gente vaga: es tal su atractivo, que hace vasallos
industriosos y útiles a los que hubieran sido inútiles,
cuando menos, si hubieran seguido en un ocio acostumbrado.
En fin, en los pocos años que vive aquí, ha
mudado este país de semblante. Su ejemplo, generosidad
y discreción ha hecho de un terreno áspero
e inculto una provincia deliciosa y feliz.
»La educación
de sus hijos ocupa mucha parte de su tiempo. Diez años
tiene el uno y nueve el otro; los he visto nacer y criarse;
cada vez que los oigo o veo, me encanta tanta virtud e ingenio
en tan pocos años. Éstos sí que heredan
de su padre un caudal superior a todos los bienes de fortuna.
En éstos sí que se verifica ser la prole hermosa
y virtuosa el primer premio de un matrimonio perfecto. ¿Qué
no se puede esperar con el tiempo de unos niños que
en tan tierna edad manifiestan una alegría inocente,
un estudio voluntario, una inclinación a todo lo bueno,
un respeto filial a sus padres y un porte benigno y decoroso
para con sus criados?
»Mi ama, la digna esposa de mi señor,
el honor de su sexo, es una mujer dotada de singulares prendas.
Vamos claros, señor forastero: la mujer por sí
sola es una criatura dócil y flexible. Por más
que el desenfreno de los jóvenes se empeña
en pintarla como un dechado de flaqueza, yo veo lo contrario:
veo que es un fiel traslado del hombre con quien vive. Si
una mujer joven, poderosa y con mérito halla en su
marido una pasión de razón de estado, un trato
desabrido y un mal concepto de su sexo en lo restante de
los hombres, ¿qué mucho que proceda mal? Mi ama tiene
pocos años, más que mediana hermosura, suma
viveza y lo que llaman mucho mundo. Cuando se desposó
con mi amo, halló en su esposo un hombre amable, juicioso,
lleno de virtudes; halló un compañero, un amante,
un maestro; todo en un solo hombre, igual a ella hasta en
las accidentales circunstancias de lo que llaman nacimiento;
por todo había de ser y continuar siendo buena. No
es tan mala la naturaleza que pueda resistirse a tanto ejemplo
de bondad. No he olvidado, ni creo que jamás pueda
olvidar un lance en que acabó de acreditarse en mi
concepto de mujer singular o única. Pasaba por estos
países parte del ejército que iba a Portugal.
Mi amo hospedó en casa algunos señores a quienes
había conocido en la corte. Uno de ellos se detuvo
algún tiempo más para convalecer de una enfermedad
que le sobrevino. Gallarda presencia, conversación
graciosa, nombre ilustre, equipaje magnífico, desembarazo
cortesano y edad propia a las empresas amorosas le dieron
algunas alas para tocar un día delante de mi ama especies
al parecer poco ajustadas al decoro que siempre ha reinado
en esta casa. ¡Cuán discreta anduvo mi señora!
El joven se avergonzó de su misma confianza; mi amo
no pudo entender el asunto de que se trataba, y con todo
esto la oí llorar en su cuarto y quejarse del desenfreno
del joven».
Contándome otras cosas de este tenor
de la vida de sus amos, me detuvo el buen criado toda la
noche y, por no molestar a mis huéspedes, me puse
en viaje al amanecer, dejando dicho que a mi regreso para
Madrid me detendría una semana en su casa.
¿Qué
te parece de la vida de este hombre? Es de las pocas que
pueden ser apetecidas. Es la única que me parece envidiable.
  Carta LXX
De Nuño a Gazel, respuesta de la anterior
Veo la
relación que me haces de la vida del huésped
que tuviste, por la casualidad, tan común en España,
de romperse un coche de camino. Conozco que ha congeniado
contigo aquel carácter y retiro. La enumeración
que me haces de las virtudes y prendas de aquella familia,
sin duda ha de tener mucha simpatía con tu buen corazón.
El gustar de su semejante es calidad que días ha se
ha descubierto propia de nuestra naturaleza, pero con más
fuerza entre los buenos que entre los malvados; o, por mejor
decir, sólo entre los buenos se halla esta simpatía,
pues los malos se miran siempre unos a otros con notable
recelo, y si se tratan con aparente intimidad, sus corazones
están siempre tan separados como estrechados sus brazos
y apretadas sus manos; doctrina en que me confirma tu amigo
Ben-Beley. Pero, Gazel, volviendo a tu huésped y otros
de su carácter, que no faltan en las provincias y
de los cuales conozco no pequeño número, ¿no
te parece lastimosa para el estado la pérdida de unos
hombres de talento y mérito que se apartan de las
carreras útiles a la república? ¿No crees que
todo individuo está obligado a contribuir al bien
de su patria con todo esmero? Apártense del bullicio
los inútiles y decrépitos: son de más
estorbo que servicio; pero tu huésped y sus semejantes
están en la edad de servirla, y deben buscar las ocasiones
de ello aun a costa de toda especie de disgustos. No basta
ser buenos para sí y para otros pocos; es preciso
serlo o procurar serlo para el total de la nación.
Es verdad que no hay carrera en el estado que no esté
sembrada de abrojos; pero no deben espantar al hombre que
camina con firmeza y valor.
La milicia estriba toda en una
áspera subordinación, poco menos rígida
que la esclavitud que hubo entre los romanos. No ofrece sino
trabajo de cuerpo a los bisoños y de espíritu
a los veteranos; no promete jamás premio que pueda
así llamarse, respecto de las penas con que amenaza
continuamente. Heridas y pobreza forman la vejez del soldado
que no muere en el polvo de algún campo de batalla
o entre las tablas de algún navío de guerra.
Son además tenidos en su misma patria por ciudadanos
despegados del gremio; no falta filósofo que los llame
verdugos. ¿Y qué, Gazel, por eso no ha de haber soldados?
¿No han de entrar en la milicia los mayores próceres
de cada pueblo? ¿No ha de mirarse esta carrera como la cuna
de la nobleza?
La toga es ejercicio no menos duro. Largos
estudios, áridos y desabridos, consumen la juventud
del juez; a ésta suceden un continuo afán y
retiro de las diversiones, y luego, hasta morir, una obligación
diaria de juzgar de vidas y haciendas ajenas, arreglado a
una oscura letra de dudoso sentido y de escrupulosa interpretación,
adquiriéndose continuamente la malevolencia de tantos
como caen bajo la vara de la justicia. ¿Y no ha de haber
por eso jueces, ni quien siga la carrera que tanto se parece
a la esencia divina en premiar el bueno y castigar el malo?
Lo mismo puede ofrecer para espantarnos la vida de palacio,
y aun mucho más, mostrándonos la precisión
de vivir con un perpetuo ardid que muchas veces aun no basta
para mantenerse el palaciego. Mil acasos no previstos deshacen
los mayores esfuerzos de la prudencia humana. Edificios de
muchos años se arruinan en un instante. Mas no por
eso han de faltar hombres que se dediquen a aquel método
de vivir.
Las ciencias, que parecen influir dulzura y bondad,
y llenar de satisfacción a quien las cultiva, no ofrecen
sino pesares. ¡A cuánto se expone el que de ellas
saca razones para dar a los hombres algún desengaño,
o enseñarles alguna verdad nueva! ¡Cuántas
pesadumbres le acarrea! ¡Cuántas y cuán siniestras
interpretaciones suscitan la envidia o la ignorancia, o ambas
juntas, o la tiranía valiéndose de ellas! ¡Cuánto
pasa el sabio que no supo lisonjear al vulgo! ¿Y por eso
se ha de dejar a las ciencias? ¿Y por el miedo a tales peligros
han de abandonar los hombres lo que tanto pule su racionalidad
y la distingue del instinto de los brutos?
El hombre que
conoce la fuerza de los vínculos que le ligan a la
patria, desprecia todos los fantasmas producidos por una
mal colocada filosofía que le procura espantar, y
dice: Patria, voy a sacrificarte mi quietud, mis bienes y
vida. Corto sería este sacrificio si se redujera a
morir: voy a exponerme a los caprichos de la fortuna y a
los de los hombres, aun más caprichosos que ella.
Voy a sufrir el desprecio, la tiranía, el odio, la
envidia, la traición, la inconstancia y las infinitas
y crueles combinaciones que nacen del conjunto de muchas
de ellas o de todas.
No me dilato más, aunque fuera
muy fácil, sobre esta materia. Creo que lo dicho baste
para que formes de tu huésped un concepto menos favorable.
Conocerás que aunque sea hombre bueno será
mal ciudadano; y que el ser buen ciudadano es una verdadera
obligación de las que contrae el hombre al entrar
en la república, si quiere que ésta le estime,
y aun más si quiere que no lo mire como a extraño.
El patriotismo es de los entusiasmos más nobles que
se han conocido para llevar al hombre a despreciar y emprender
cosas grandes, y para conservar los estados.
  Carta LXXI
Del mismo al mismo
A estas horas ya habrás leído
mi última contra la quietud particular y a favor del
entusiasmo; aunque sea molestar tu espíritu filosófico
y retirado, he de continuar en ésta por donde dejé
aquélla.
La conservación propia del individuo
es tan opuesta al bien común de la sociedad, que una
nación compuesta toda de filósofos no tardaría
en ser esclavizada por otra. El noble entusiasmo del patriotismo
es el que ha guardado los estados, detenido las invasiones,
asegurado las vidas y producido aquellos hombres que son
el verdadero honor del género humano. De él
han dimanado las acciones heroicas imposibles de entenderse
por quien no esté poseído del mismo ardor,
y fáciles de imitar por quien se halla dominado de
él.
(Aquí estaba
roto el manuscrito, con lo que se priva al público
de la continuación de un asunto tan plausible.)
  Carta LXXII
Gazel a Ben-Beley
Hoy he asistido por mañana y
tarde a una diversión propiamente nacional de los
españoles, que es lo que ellos llaman fiesta o corrida
de toros. Ha sido este día asunto de tanta especulación
para mí, y tanto el tropel de ideas que me asaltaron
a un tiempo, que no sé por cuál empezar a hacerte
la relación de ellas. Nuño aumenta más
mi confusión sobre este particular, asegurándome
que no hay un autor extranjero que hable de este espectáculo,
que no llame bárbara a la nación que aún
se complace en asistir a él. Cuando esté mi
mente más en su equilibrio, sin la agitación
que ahora experimento, te escribiré largamente sobre
este asunto; sólo te diré que ya no me parecen
extrañas las mortandades que sus historias dicen de
abuelos nuestros en la batalla de Clavijo, Salado, Navas
y otras, si las excitaron hombres ajenos de todo el lujo
moderno, austeros en sus costumbres, y que pagan dinero por
ver derramar sangre, teniendo esto por diversión dignísima
de los primeros nobles. Esta especie de barbaridad los hacía
sin duda feroces, pues desde niños se divertían
con lo que suelen causar desmayos a hombres de mucho valor
la primera vez que asisten a este espectáculo.
  Carta LXXIII
Del mismo al mismo
Cada día admiro más y
más el número de varones grandes que se leen
en genealogías de los reyes de la casa que actualmente
ocupa el trono de España. El presente empezó
su reinado perdonando las deudas que habían contraído
provincias enteras por los años infelices, y pagando
las que tenían sus antecesores para con sus vasallos.
Con haber dejado la deudas en el estado que las halló,
sin cobrar ni pagar, cualquiera le hubiera tenido por equitativo,
y todos hubieran alabado su benignidad, pues teniendo en
su mano el arbitrio de ser juez y parte, parecería
suficiente moderación la de no cobrar lo que podía;
pero se condenó a sí mismo y absolvió
a los otros. Y dio por este medio un ejemplo de justificación
más estimable que un código entero que hubiese
publicado sobre la justicia y el modo de administrarla. Se
olvidó que era rey, y sólo se acordó
que era padre.
Su hermano y predecesor, Fernando, en su
reinado pacífico confirmó a su pueblo en la
idea de que el nombre de Fernando había de ser siempre
de buen agüero para España.
Su otro hermano,
Luis, duró poco, pero lo bastante para que se llorase
mucho su muerte.
Su padre, Felipe, fue héroe y fue
rey, sin que sepa la posteridad en cuál clase colocarle
sin agraviar a la otra. Vivo retrato de su progenitor Enrique
IV, tuvo al principio de su reinado una mano levantada para
vencer y otra para aliviar a los vencidos. Su pueblo se dividió
en dos, y él también dividió en dos
su corazón, para premiar a unos y perdonar a otros.
Los pueblos que le siguieron fieles hallaron un padre que
los halagaba, y los que se apartaron encontraron un maestro
que los corregía. Tenían que admirarle los
que no le amaban; y si los leales le hallaban bueno, los
otros le hallaban grande. Como la naturaleza humana es tal
que no puede tardar en querer al mismo a quien admira, murió
reinando sobre todas las provincias, pero sin haber logrado
una paz estable que le hiciese gozar los frutos de sus fatigas.
Sus ascendientes reinaron en Francia. Léanse sus
historias con reflexión, y se verá qué
era la Francia antes de Enrique IV, y qué papel tan
diferente ha hecho aquella monarquía desde que la
mandan los descendientes de aquel gran príncipe.
  Carta LXXIV
Gazel a Ben-Beley
Ayer me hallé en una concurrencia
en que se hablaba de España, de su estado, de su religión,
de su gobierno, de lo que es, de lo que ha sido, de lo que
pudiera ser, etc. Admirome la elocuencia, la eficacia y el
amor con que se hablaba, tanto más cuanto noté
que excepto Nuño, que era el que menos se explicaba,
ninguno de los concurrentes era español. Unos daban
al público los hermosos efectos de sus especulaciones
para que esta monarquía tuviese cien navíos
de línea en poco más de seis meses; otros,
para que la población de estas provincias se duplicase
en menos de quince años; otros, para que todo el oro
y plata de ambas Américas queden en la península;
otros, para que las fábricas de España desbancasen
todas las de Europa; y así de lo demás.
Muchos
apoyaban sus discursos con pariedades sacadas de lo que sucede
en otro país. Algunos pretendían que no les
movía más objeto que el hacer bien a esta nación,
contemplándola con dolor atrasada en más de
siglo y medio respecto de las otras, y no faltaban algunos
que ostentaban su profunda ciencia en estas materias para
demostrar con más evidencia la inutilidad de los genios
o ingenios españoles, y otros, en fin, por otros varios
motivos.
-Harto se hizo en tiempo de Felipe V, no obstante
sus largas y sangrientas guerras -dijo uno.
-Tal quedó
ello en la muerte de Carlos II -dijo otro.
-Fue muy desidioso
-añadió un tercero-, Felipe IV, y muy desgraciado
su ministro el conde-duque de Olivares.
-¡Ay, caballeros!
-dijo Nuño-; aunque todos ustedes tengan la mejor
intención cuando hablan de remediar los atrasos de
España, aunque todos tengan el mayor interés
en trabajar a restablecerla, por más que la miren
con el amor de patria, digámoslo así, adoptiva,
es imposible que acierten. Para curar a un enfermo, no bastan
las noticias generales de la facultad ni el buen deseo del
profesor; es preciso que éste tenga un conocimiento
particular del temperamento del paciente, del origen de la
enfermedad, de sus incrementos y de sus complicaciones si
las hay. Quieren curar toda especie de enfermos y de enfermedades
con un mismo medicamento: no es medicina, sino lo que llaman
charlatanería, no sólo ridícula en quien
la profesa, sino dañosa para quien la usa. En lugar
de todas estas especulaciones y proyectos, me parece mucho
más sencillo otro sistema nacido del conocimiento
que ustedes no tienen, y se reduce a esto poco: la monarquía
española nunca fue tan feliz por dentro, ni tan respetada
por fuera, como en la época de morir Fernando el Católico;
véase, pues, qué máximas entre las que
formaron juntas aquella excelente política han decaído
de su antiguo vigor; vuélvase a dar el vigor antiguo,
y tendremos la monarquía en el mismo pie en que la
halló la casa de Austria. Cortas variaciones respecto
el sistema actual de Europa bastan, en vez de todas esas
que ustedes han amontonado.
-¿Quién fue ese Fernando
el Católico? -preguntó uno de los que habían
perorado. -¿Quién fue ése? -preguntó
otro. -¿Quién, quién? -preguntaron todos los
demás estadistas.
-¡Ay, necio de mí! -exclamó
Nuño, perdiendo algo de su natural quietud-; ¡necio
de mí! que he gastado tiempo en hablar de España
con gentes que no saben quién fue Fernando el Católico.
Vámonos, Gazel.
  Carta LXXV
Del mismo al mismo
Al entrar anoche en mi posada, me hallé
con una carta cuya copia te remito. Es de una cristiana a
quien apenas conozco. Te parecerá muy extraño
su contenido, que dice así:
«Acabo de cumplir veinticuatro
años, y de enterrar a mi último esposo de seis
que he tenido en otros tantos matrimonios, en espacio de
poquísimos años. El primero fue un mozo de
poca más edad que la mía, bella presencia,
buen mayorazgo, gran nacimiento, pero ninguna salud. Había
vivido tanto en sus pocos años, que cuando llegó
a mis brazos ya era cadáver. Aún estaban por
estrenar muchas galas de mi boda, cuando tuve que ponerme
luto. El segundo fue un viejo que había observado
siempre el más rígido celibatismo; pero heredando
por muertes y pleitos unos bienes copiosos y honoríficos,
su abogado le aconsejó que se casase; su médico
hubiera sido de otro dictamen. Murió de allí
a poco, llamándome hija suya, y juró que como
a tal me trató desde el primer día hasta el
último. El tercero fue un capitán de granaderos,
más hombre, al parecer, que todos los de su compañía.
La boda se hizo por poderes desde Barcelona; pero picándose
con un compañero suyo en la luneta de la ópera,
se fueron a tomar el aire juntos a la explanada y volvió
solo el compañero, quedando mi marido por allá.
El cuarto fue un hombre ilustre y rico, robusto y joven,
pero jugador tan de corazón, que ni aun la noche de
la boda durmió conmigo porque la pasó en una
partida de banca. Diome esta primera noche tan mala idea
de las otras, que lo miré siempre como huésped
en mi casa, más que como precisa mitad mía
en el nuevo estado. Pagome en la misma moneda, y murió
de allí a poco de resulta de haberle tirado un amigo
suyo un candelero a la cabeza, sobre no sé qué
equivocación de poner a la derecha una carta que había
de caer a la izquierda. No obstante todo esto, fue el marido
que más me ha divertido, a lo menos por su conversación
que era chistosa y siempre en estilo de juego. Me acuerdo
que, estando un día comiendo con bastantes gentes
en casa de una dama algo corta de vista, le pidió
de un plato que tenía cerca y él la dijo: -Señora,
la talla anterior, pudo cualquiera haber apuntado, que había
bastante fondo; pero aquel caballero que come y calla acaba
de hacer a este plato una doble paz de paroli con tanto acierto,
que nos ha desbancado. -Es un apunte temible a este juego.
»El quinto que me llamó suya era de tan corto entendimiento,
que nunca me habló sino de una prima que él
tenía y que quería mucho. La prima se murió
de viruelas a pocos días de mi casamiento, y el primo
se fue tras ella. Mi sexto y último marido fue un
sabio. Estos hombres no suelen ser buenos muebles para maridos.
Quiso mi mala suerte que en la noche de mi casamiento se
apareciese una cometa, o especie de cometa. Si algún
fenómeno de éstos ha sido jamás cosa
de mal agüero, ninguno lo fue tanto como éste.
Mi esposo calculó que el dormir con su mujer sería
cosa periódica de cada veinticuatro horas, pero que
si el cometa volvía, tardaría tanto en dar
la vuelta, que él no le podría observar; y
así, dejó esto por aquello, y se salió
al campo a hacer sus observaciones. La noche era fría,
y lo bastante para darle un dolor de costado, del que murió.
»Todo esto se hubiera remediado si yo me hubiera casado
una vez a mi gusto, en lugar de sujetarlo seis veces al de
un padre que cree la voluntad de la hija una cosa que no
debe entrar en cuenta para el casamiento. La persona que
me pretendía es un mozo que me parece muy igual a
mí en todas calidades, y que ha redoblado sus instancias
cada una de las cinco primeras veces que yo he enviudado;
pero en obsequio de sus padres, tuvo que casarse también
contra su gusto, el mismo día que yo contraje matrimonio
con mi astrónomo.
»Estimaré al señor
Gazel me diga qué uso o costumbre se sigue allá
en su tierra en esto de casarse las hijas de familia, porque
aunque he oído muchas cosas que espantan de lo poco
favorable que nos son las leyes mahometanas, no hallo distinción
alguna entre ser esclava de un marido o de un padre, y más
cuando de ser esclava de un padre resulta el parar en tener
marido, como en el caso presente».
  Carta LXXVI
Gazel a Ben-Beley
Son infinitos los caprichos de la moda.
Uno de los actuales es escribirme cartas algunas mujeres
que no me conocen sino de nombre, o por oírme, o por
hablarme, o por ambos casos. Se han puesto muchas en este
pie desde que se divulgó la esquela que me escribió
la primera y yo te remití. Lo mismo ejecutaré
con las que me parezcan dignas de pasar el mar para divertir
a un sabio africano con extravagancias europeas; y sin perder
correo, allá va esa copia. Depón por un rato,
oh mi venerable Ben-Beley, el serio aspecto de tu edad y
carácter. Te he oído mil veces que algún
rato empleado en pasatiempo suele dejar el espíritu
más descansado para dedicarse a sublimes especulaciones.
Me acuerdo haberte visto cuidar de un pájaro en la
jaula y de una flor en el jardín: nunca me pareciste
más sabio. El hombre grande nunca es mayor que cuando
se baja al nivel de los demás hombres, sin que esto
le quite el remontarse después a donde le encumbre
el rayo de la esencia suprema que nos anima. Dice, pues,
así la carta:
«Señor moro: Las francesas tienen
cierto pasatiempo que llaman coquetería, y es engaño
que hace la mujer a cuantos hombres se presentan. La coqueta
lo pasa muy bien, porque tiene a su disposición todos
los jóvenes de algún mérito, y se lisonjea
mucho del amor propio con tanto incienso. Pero como los franceses
toman y dejan con bastante ligereza algunas cosas, y entre
ellas las de amor, las consecuencias de mil coquetinas en
perjuicio de un mozo se reducen a que el tal lo reflexiona
un minuto, y se va con su incensario a otro altar. Los españoles
son más formales en esto de enamorarse; y como ya
todo aquel antiguo aparato de galanteo, obstáculos
que vencer, dificultades que prevenir, criados que cohechar,
como todo esto se ha desvanecido, empiezan a padecer desde
el instante que se enamoraron de una coqueta española,
y suele parar la cosa en que el amante que conoce la burla
que le han hecho se muere, se vuelve loco, o a mejor librar,
piensa en ausentarse desesperado. Yo soy una de las más
famosas en esta secta, y no puedo menos de acordarme con
satisfacción propia de las víctimas que se
han sacrificado en mi templo y por mi culto. Si en Marruecos
nos dan algún día semejante despotismo, que
será en el mismo instante que se anulen las austeras
leyes de los serrallos, y si las señoras marruecas
quisiesen admitir unas cuantas españolas para catedráticas
de esta nueva ciencia hasta ahora desconocida en África,
prometo en breve tiempo sacar, entre mis lecciones y la de
otra media docena de amigas, suficiente número de
discípulas para que paguen los musulmanes a pocas
semanas todas las tiranías que han ejercido sobre
nosotras desde el mismo Mahoma hasta el día de la
fecha; pues aumentando el dominio de mi sexo sobre el masculino
en proporción del calor del clima como se ha experimentado
en la corta distancia del paso de los Pirineos, deben esperar
las coquetas marruecas un despotismo que apenas cabe en la
imaginación humana, sobre todo en las provincias meridionales
de ese imperio».
  Carta LXXVII
Gazel a Ben-Beley
Los trámites del nacimiento,
aumento, decadencia, pérdida y resurrección
del buen gusto en la transmigración de las ciencias
y artes dejan tal serie de efectos, que se ven en cada periodo
de éstos los influjos del anterior. Pero cuando se
hacen más notables es cuando, después de la
era del mal gusto, al tocar ya en la del bueno, se conocen
los efectos del antecedente; y si esto se advierte con lástima
en las ciencias positivas y artes serias, se echa de ver
con risa en las facultades de puro adorno, como elocuencia
y poesía.
Ambas decayeron a la mitad del siglo pasado
en España, como todo lo restante de la monarquía.
Intentan volver ambas a levantarse en el actual; pero no
obstante el fomento dado a las ciencias, a pesar de la resurrección
de los autores buenos españoles del siglo XVI, sin
embargo de la traducción de los extranjeros modernos,
aun después del establecimiento de las Academias,
y en medio de la mofa con que algunos españoles han
ridiculizado la hinchazón y todos los vicios del mal
lenguaje, se ven de cuando en cuando algunos efectos de la
falsa retórica y poesía de la última
mitad del siglo pasado. Algunos ingenios mueren todavía,
digámoslo así, de la misma peste de que pocos
escaparon entonces. Varios oradores y poetas de estos días
parece no ser sino sombra o almas de los que murieron cien
años ha, y volver al mundo, ya para seguir los discursos
que dejaron pendientes cuando expiraron, ya para espantar
a los vivos.
Nuño me decía esto mismo anoche,
y añadió: -Ésta es una verdad patente,
pero con particularidad en los títulos de los libros,
papeles y comedias. Aquí tengo una lista de títulos
extraordinarios de obras que han salido al público
con toda solemnidad de veinte años a esta parte, haciendo
poco honor a nuestra literatura, aunque su contenido no deje
de tener muchas cosas buenas, de lo que prescindo.
Sacó
su cartera, aquella cartera de que te he hablado tantas veces,
y después de papelear, me dijo: «Toma y lee». Tomé
y leí, y decía de este modo:
«Lista de algunos
títulos de libros, papeles y comedias, que me han
dado golpe, publicados desde el año de 1757, cuando
ya era creíble que se hubiese acabado toda hinchazón
y pedantería».
1. Los
celos hacen estrellas, y el amor hace prodigios. Decía
al margen de letra de Nuño: «No entiendo la primera
parte de este título».
2. Medula eutropólica
que enseña a jugar a las damas con espada y broquel,
añadida y aumentada. Y la nota marginal decía:
«Estábamos todos en que el juego de las damas, así
como el del ajedrez, era juego de mucha cachaza, excelentes
para una aldea tranquila, propios de un capitán de
caballos que está dando verde a su compañía,
con el boticario o fiel de fechos de su lugar, mientras dan
las doce para ir a comer el puchero; pero el autor medular
eutropólico nos da una idea tan honrosa de este pasatiempo,
que me alegró mucho no ser aficionado a tal juego;
porque esto de ir un hombre armado con espada y broquel,
cuando sólo creí que se trataba de un poco
de diversión mansueta, sosegada y flemática,
es chasco temible».
3. Arte
de bien hablar, freno de lenguas, modelo de hacer personas,
entretenimiento útil y camino para vivir en paz. Al
margen se leían los siguientes renglones: «Éste
es mucho título, y lo de hacer personas es mucha obra».
4. Nueva mágica experimental
y permitida. Ramillete de selectas flores, así aritméticas
como físicas, astronómicas, astrológicas,
graciosos juegos repartidos en un manual calendario para
el presente año de 1761. Sin duda enfadó mucho
este título a mi amigo, pues al margen había
puesto de malísima letra, como temblándole
el pulso de pura cólera: «Si se lee este título
dos veces seguidas a cualquiera estatua de bronce, y no se
hace pedazos de risa o rabia, digo que hay bronces más
duros que los mismos bronces».
5.
Zumba de pronósticos y pronóstico de zumbas.
«Zumbando me quedan los oídos con el retruécano»,
decía la nota marginal.
6. Manojito de diversas flores, cuya fragancia descifra los
misterios de la Misa y Oficio Divino, da esfuerzos a los
moribundos y ahuyenta las tempestades.
7. Eternidad de diversas
eternidades.
8. Arco iris
de paz, cuya cuerda es la consideración y meditación
para rezar el Santísimo Rosario de Nuestra Señora.
Su aljaba ocupa 560 consideraciones, que tira el Amor Divino
a todas sus almas.
9. Sacratísimo
antídoto el nombre inefable de Dios contra el abuso
de agur. Al margen de este título y los tres antecedentes,
había: «Siento mucho que para hablar de los asuntos
sagrados de una religión verdaderamente divina, y
por consiguiente digna de que se trate con la más
profunda circunspección, se usen expresiones tan extravagantes
y metáforas tan ridículas. Si semejantes locuciones
fuesen sobre materias menos respetables, se pudiera hacer
buena mofa de ellas».
10. Historia de lo futuro. Prologómeno
a toda la historia de lo futuro, en que se declara el fin
y se prueban los fundamentos de ella, traducida del portugués. Y la nota decía: «Alabo la diligencia del traductor.
Como si no tuviésemos bastante copia de hinchazón,
pedantería y delirio, sembrada, cultivada, cogida
y almacenada de nuestra propia cosecha, el buen traductor
quiere introducirnos los productos de la misma especie de
los extranjeros, por si nos viene algún año
malo de este fruto».
11. Antorchas para solteros, de chispas
para casados. Y al margen había puesto mi amigo: «Este
título es más que todos los anteriores juntos.
No hay hombre en España que lo entienda, como no lea
la obra, y no es obra que convide mucho a los lectores por
el título».
12. Ingeniosa y literal competencia entre
Musa, rey de los nombres, y Amo, rey de los verbos, a la
que dio fin una campal y sangrienta batalla que se dieron
los vasallos de uno y otro monarca; compuesta en forma de
coloquio. La nota marginal decía: «Por el honor literario
de mi patria sentiré mucho que pase los Pirineos semejante
título, aunque para mi uso particular no puedo menos
de aplaudirlo, pues cada vez que lo leo me quita dos o tres
grados de mi natural hipocondría. Si todos estos títulos
fuesen de obras jocosas o satíricas, pudiera tolerarse,
aunque no tanto; pero es insufrible este estilo cuando los
asuntos de las obras son serios, y mucho más cuando
son sagrados. Es sensible que aún permanezca semejante
abuso en nuestro siglo en España, cuando ya se ha
desterrado de todo lo restante del mundo, y más cuando
en España misma se ha hecho por varios autores tan
repetida y graciosa crítica de ello, y más
severa que en parte alguna de Europa, respecto de que el
genio español en las materias de entendimiento es
como la gruesa artillería, que es difícil de
transportarse y manejarse a mudar de dirección, pero,
mudada una vez, hace más efecto dondequiera que la
apuntan».
  Carta LXXVIII
Del mismo al mismo
¿Sabes tú lo que es un verdadero
sabio escolástico? No digo de aquellos que, siguiendo
por carrera o razón de estado el método común,
se instruyen plenamente a sus solas de las verdaderas ciencias
positivas, estudian a Newtón en su cuarto y explican
a Aristóteles en su cátedra -de los cuales
hay muchos en España-, sino de los que creen en su
fuero interno que es desatino físico y ateísmo
puro todo lo que ellos mismos no enseñan a sus discípulos
y no aprendieron de sus maestros. Pues mira, hazte cuenta
que vas a oírle hablar. Figúrate antes que
ves un hombre muy seco, muy alto, muy lleno de tabaco, muy
cargado de anteojos, muy incapaz de bajar la cabeza ni saludar
a alma viviente, y muy adornado de otros requisitos semejantes.
Ésta es la pintura que Nuño me hizo de ellos,
y que yo verifiqué ser muy conforme al original cuando
anduve por sus universidades. Te dirán, pues, de este
modo, si le vas insinuando alguna afición tuya a otras
ciencias que las que él sabe:
«Para nada se necesitan
dos años, ni uno siquiera, de retórica. Con
saber unas cuantas docenas de voces largas de catorce o quince
sílabas cada una, y repetirlas con frecuencia y estrépito,
se compone una oración o bien fúnebre o bien
gratulatoria». Si le dices las ventajas de la buena oratoria,
su uso, sus reglas, los ejemplos de Solís, Mendoza,
Mariana u otros, se echará a reír y te volverá
la espalda.
«La poesía es un pasatiempo frívolo.
¿Quién no sabe hacer una décima o glosar una
cuarteta de repente a una dama, a un viejo, contra un médico
o una vieja, en memoria de tal santo o en reverenda de tal
Misterio?». Si le dices que esto no es poesía, que
la poesía es una cosa inexplicable y que sólo
se aprende y se conoce leyendo los poetas griegos y latinos
y tal cual moderno; que la religión misma usa de la
poesía en las alabanzas al Criador; que la buena poesía
es la piedra de toque del buen gusto de una nación
o siglo; que, despreciando las producciones ridículas
de equivoquistas, truhanes y bufones, las poesías
heroicas y satíricas son las obras tal vez más
útiles a la república literaria, pues sirven
para perpetuar la memoria de los héroes y corregir
las costumbres de nuestros contemporáneos, no harían
caso de ti.
«La física moderna es un juego de títeres.
He visto esas que llaman máquinas de física
experimental: juego de títeres, vuelvo a decir, agua
que sube, fuego que baja, hilos, alambres, cartones, puro
juguete de niños». Si le instas que a lo que él
llama juego de títeres deben todas las naciones los
adelantamientos en la vida civil, y aun de la vida física,
pues estarían algunas provincias debajo del agua sin
el uso de los diques y máquinas construidas por buenos
principios de la tal ciencia; si les dices que no hay arte
mecánica que no necesite de dicha física para
subsistir y adelantar; si les dices, en fin, que en todo
el universo culto se hace mucho caso de esta ciencia y de
sus profesores, te llamará hereje.
Pobre de ti si
le hablas de matemáticas. «Embuste y pasatiempo -dirá
él muy grave-. Aquí tuvimos a don Diego de
Torres, repetirá con mucha solemnidad y orgullo, y
nunca estimamos su facultad, aunque mucho su persona por
las sales y conceptos de sus obras». Si le dices: yo no sé
nada de don Diego de Torres, sobre si fue o no gran matemático,
pero las matemáticas son y han sido siempre tenidas
por un conjunto de conocimientos que forman la única
ciencia que así puede llamarse entre los hombres.
Decir si ha de llover por marzo, ha de hacer frío
por diciembre, si han de morir algunas personas en este año
y nacer otras en el que viene, decir que tal planeta tiene
tal influjo, que el comer melones ha de dar tercianas, que
el nacer en tal día, a tal hora, significa tal o tal
serie de acontecimientos, es, sin duda, un despreciable delirio;
y si ustedes han llamado a esto matemática, y si creen
que la matemática no es otra cosa diversa, no lo digan
donde lo oigan gentes. La física, la navegación,
la construcción de los navíos, la fortificación
de las plazas, la arquitectura civil, los acampamentos de
los ejércitos, la fundición, manejo y suceso
de la artillería, la formación de los caminos,
el adelantamiento de todas las artes mecánicas, y
otras partes más sublimes, son ramos de esta facultad,
y vean ustedes si estos ramos son útiles en la vida
humana.
«La medicina que basta -dirá el mismo- es
lo extractado de Galeno e Hipócrates. Aforismos racionales,
ayudados de buenos silogismos, bastan para constituir un
buen médico». Si le dices que, sin despreciar el mérito
de aquellos dos sabios, los modernos han adelantado en esta
facultad por el mayor conocimiento de la anatomía
y botánica, que no tuvieron en tanto grado los antiguos,
a más de muchos medicamentos, como la quina y mercurio,
que no se usó hasta ahora poco, también se
reirá de ti.
Así de las demás facultades.
Pues ¿cómo hemos de vivir con estas gentes?, preguntará
cualquiera. Muy fácilmente, responde Nuño.
Dejémoslos gritar continuamente sobre la famosa cuestión
que propone un satírico moderno, utrum chimera, bombilians
in vacuo possit comedere secundas intentiones. Trabajemos
nosotros a las ciencias positivas, para que no nos llamen
bárbaros los extranjeros; haga nuestra juventud los
progresos que pueda; procure dar obras al público
sobre materias útiles, deje morir a los viejos como
han vivido, y cuando los que ahora son mozos lleguen a edad
madura, podrán enseñar públicamente
lo que ahora aprenden ocultos. Dentro de veinte años
se ha de haber mudado todo el sistema científico de
España insensiblemente, sin estrépito, y entonces
verán las academias extranjeras si tienen motivo para
tratarnos con desprecio. Si nuestros sabios tardan algún
tiempo en igualarse con los suyos, tendrán la excusa
de decirles: -Señores, cuando éramos jóvenes,
tuvimos unos maestros que nos decían: «Hijos míos,
vamos a enseñaros todo cuanto hay que saber en el
mundo; cuidado no toméis otras lecciones, porque de
ellas no aprenderéis sino cosas frívolas, inútiles,
despreciables y tal vez dañosas». Nosotros no teníamos
gana de gastar el tiempo sino en lo que nos pudiese dar conocimientos
útiles y seguros, con que nos aplicamos a lo que oíamos.
Pero a poco fuimos oyendo otras voces y leyendo otros libros,
que, si nos espantaron al principio, después nos gustaron.
Los empezamos a leer con aplicación, y como vimos
que en ellos se contenían mil verdades en nada opuestas
a la religión ni a la patria, pero sí a la
desidia y preocupación, fuimos dando varios usos a
unos y a otros cartapacios y libros escolásticos,
hasta que no quedó uno. De esto ya ha pasado algún
tiempo, y en él nos hemos igualado con ustedes, aunque
nos llevaban siglo y cerca de medio de delantera. Cuéntese
por nada lo dicho, y pongamos la fecha desde hoy, suponiendo
que la península se hundió a mediados del siglo
XVII y ha vuelto a salir de la mar a últimos del de
XVIII.
  Carta LXXIX
Del mismo al mismo
Dicen los jóvenes: esta pesadez
de los viejos es insufrible. Dicen los viejos: este desenfreno
de los jóvenes es inaguantable. Unos y otros tienen
razón, dice Nuño; la demasiada prudencia de
los ancianos hace imposibles las cosas más fáciles,
y el sobrado ardor de los mozos finge fáciles las
cosas imposibles. En este caso no debe interesarse el prudente,
añade Nuño, ni por uno ni por otro bando; sino
dejar a los unos con su cólera y a los otros con su
flema; tomar el medio justo y burlarse de ambos extremos.
  Carta LXXX
Del mismo al mismo
Pocos días ha presencié
una exquisita chanza que dieron a Nuño varios amigos
suyos extranjeros; pero no de aquéllos que para desdoro
de su respectiva patria andan vagando el mundo, llenos de
los vicios de todos los países que han corrido por
Europa, y traen todo el conjunto de todo lo malo a este rincón
de ella, sino de los que procuran imitar y estimar lo bueno
de todas partes y que, por tanto, deben ser muy bien admitidos
en cualquiera. De éstos trata Nuño algunos
de los que residen en Madrid, y los quiere como paisanos
suyos, pues tales le parecen todos los hombres de bien del
mundo, siendo para con ellos un verdadero cosmopolita, o
sea ciudadano universal. Zumbábanle, pues, sobre la
facilidad con que los españoles de cualquiera condición
y clase toma el tratamiento de don. Como el asunto es digno
de crítica, y los concurrentes eran personas de talento
y buen humor, se les ofreció una infinidad de ideas
y de expresiones a cual más chistosas, sin el empeño
enfático de las disputas de escuela, sino con el donaire
de las conversaciones de corte.
Un caballero flamenco, que
se halla en Madrid siguiendo no sé qué pleito,
dimanado de cierta conexión de su familia con otra
de este país y tronco de aquélla, le decía
lo absurdo que le parecía este abuso, y lo amplificaba,
añadía y repetía: -Don es el amo de
una casa; don, cada uno de sus hijos; don, el dómine
que enseña gramática al mayor; don, el que
enseña a leer al chico; don, el mayordomo; don, el
ayuda de cámara; doña, el ama de llaves; doña,
la lavandera. Amigo, vamos claros: son más dones los
de cualquiera casa que los del Espíritu Santo.
Un
oficial reformado francés, ayudante de campo del marqués
de Lede, hombre sumamente amable que ha llegado a formar
un excelente medio entre la gravedad española y la
ligereza francesa, tomó la mano y dijo mil cosas chistosas
sobre el mismo abuso.
A éste siguió un italiano,
de familia muy ilustre, que había venido viajando
por su gusto, y se detenía en España, aficionado
de la lengua castellana, haciendo una colección de
los autores españoles, criticando con tanto rigor
a los malos como aplaudiendo con desinterés a los
buenos.
A todo callaba Nuño, y su silencio aun me
daba más curiosidad que la crítica de los otros;
pero él no les interrumpió mientras tuvieron
que decir y aun repetir lo dicho; ni aun mudaba de semblante.
Al contrario, parecía aprobar con su dictamen el de
sus amigos: con la cabeza, que movía de arriba abajo,
con las cejas que arqueaba, con los hombros que encogía
algunas veces; y con la alternativa de poner de cuando en
cuando ya el muslo derecho sobre la rodilla izquierda, ya
el muslo izquierdo sobre la rodilla derecha, significaba,
a mi ver, que no tenía cosa que decir en contra; hasta
que, cansados ya de hablar todos los concurrentes, les dijo
poco más o menos:
-No hay duda que es extravagante
el número de los que usurpan el tratamiento de don;
abuso general en estos años, introducido en el siglo
pasado, y prohibido expresamente en los anteriores. Don significa
señor, como que es derivado de la voz latina Dominus. Sin pasar a los godos, y sin fijar la vista en más
objetos que en los posteriores a la invasión de los
moros, vemos que solamente los soberanos, y aun no todos,
ponían don antes de su nombre. Los duques y grandes
señores lo tomaron después con condescendencia
de los reyes. Después quedó en todos aquellos
en quienes parecía bien, a saber, en todo señor
de vasallos. Siguiose esta práctica con tanto rigor,
que un hijo segundo del mayor señor, no siéndolo
él mismo, no se ponía tal distintivo. Ni los
empleos honoríficos de la Iglesia, toga y ejército
daban semejante adorno, aun cuando recaían en las
personas de la más ilustre cuna. Se firmaban con todos
sus títulos, por grandes que fueran; se les escribía
con todos sus apellidos, aunque fuesen los primeros de la
monarquía, como Cerdas, Guzmanes, Pimenteles, sin
poner el don; pero no se olvidaba al caballero particular
más pobre, como tuviese efectivamente algún
señorío, por pequeño que fuese. En cuántos
monumentos, y no muy antiguos, leemos inscripciones de este
o semejante tenor: Aquí yace Juan Fernández
de Córdoba, Pimentel, Hurtado de Mendoza y Pacheco,
comendador de Mayorga en la Orden de Alcántara, maestre
de campo del tercio viejo de Salamanca; nació, etc.,
etc. Aquí yace el licenciado Diego de Girón
y Velasco, del Consejo de S. M. en el Supremo de Castilla,
Embajador que fue en la Corte del Santo Padre, etc., etc.
Pero ninguno de éstos ponía el don, aunque
les sobrasen tantos títulos sobre que recaer. Después
pareció conveniente tolerar que la personas condecoradas
con empleos de consideración en el Estado se llamasen
así. Y esto, que pareció justo, demostró
cuánto más lo era el rigor antiguo, pues en
pocos años ya se propagó la donimanía (perdonen ustedes la voz nueva), de modo que en nuestro siglo
todo el que no lleva librea se llama don Fulano; cosa que
no consiguieron in illo tempore ni Hernán Cortés,
ni Sancho Dávila, ni Antonio de Leiva, ni Simón
Abril, ni Luis Vives, ni Francisco Sánchez, ni los
otros varones insignes en armas y letras. Más es,
que la multitud del don lo ha hecho despreciable entre la
gente de primorosa educación. Llamarle a uno don Juan,
don Pedro, don Diego a secas, es tratarle de criado; es preciso
llamarle señor don, que quiere decir dos veces don.
Si el señor don llega también a multiplicarse
en el siglo que viene como el don en el nuestro, ya no bastará
el señor don para llamar a un hombre de forma sin
agraviarle, y será preciso decir don señor
don; y temiéndose igual inconveniente en lo futuro,
irá creciendo el número de los dones y señores en el de los siglos, de modo que dentro de algunos se pondrán
las gentes en el pie de no llamarse las unas a las otras,
por el tiempo que se ha de perder miserablemente en repetir
el señor don tantas y tan inútiles veces. Las
gentes de corte, que sin duda son las que menos tiempo tienen
que perder, ya han conocido este daño y para ponerle
competente remedio, si tratan a uno con alguna familiaridad,
le llaman por el apellido a secas; y si no se hallan todavía
en este pie, le añaden el señor de su apellido
sin el nombre de bautismo. Pero aun de aquí nace otro
embarazo: si nos hallamos en una sala muchos hermanos, o
primos, o parientes del mismo apellido, ¿cómo nos
han de distinguir, sino por las letras del abecedario, como
los matemáticos distinguen las partes de sus figuras,
o por números, como los ingleses sus regimientos de
infantería?
A esto añadió Nuño
otras mil reflexiones chistosas, y acabó levantándose
con los demás para dar un paseo, diciendo: -Señores,
¿qué le hemos de hacer? Esto prueba lo que mucho tiempo
se ha demostrado, a saber, que los hombres corrompen todo
lo bueno. Yo lo confieso en este particular, y digo lisa
y llanamente que hay tantos dones superfluos en España
como marqueses en Francia, barones en Alemania y príncipes
en Italia; esto es, que en todas partes hay hombres que toman
posesión de lo que no es suyo, y lo ostentan con más
pompa que aquellos a quienes toca legítimamente; y
si en francés hay un adagio que dice, aludiendo a
esto mismo, Baron allemand, marquis français et prince
d'Italie, mauvaise compagnie, así también ha
pasado a proverbio castellano el dicho de Quevedo:
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Don Turuleque me llaman,
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pero pienso que es adrede, |
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porque no sienta muy bien |
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el don con el Turuleque. |
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  Carta LXXXI
Del mismo al mismo
No es fácil saber cómo
ha de portarse un hombre para hacerse un mediano lugar en
el mundo. Si uno aparenta talento o instrucción, se
adquiere el odio de las gentes, porque le tienen por soberbio,
osado y capaz de cosas grandes. Si, al contrario, uno es
humilde y comedido, le desprecian por inútil y necio.
Si ven que uno es algo cauto, prudente y detenido, le tienen
por vengativo y traidor. Si es uno sincero, humano y fácil
de reconciliarse con el q |