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[321] Cuaderno VI. Diciembre, 1883.NoticiasEn la catedral de Murcia, nuestro sabio correspondiente, Don Felix Martínez Espinosa, ha encontrado la bula original de Nicolao IV, fechada en Rieti á 13 de Setiembre de 1289, cuyo traslado auténtico, del año 1772, procedente del archivo del Vaticano ha visto la luz pública en el número anterior de este BOLETÍN (297). D. Javier Fuentes y Ponte ha enviado á nuestra Academia, de la que es correspondiente, el folleto que acaba de publicar titulado Sumario del descubrimiento de los restos de D. Diego Saavedra Fajardo. En este opúsculo se hace constar que el hallazgo tuvo lugar el 27 (no 29) de Octubre último; y que fué debido principalmente á la actividad y buena fortuna del autor. En la sesión del 2 de Noviembre se leyó la solicitud que las autoridades de la diócesis, provincia y ciudad de Murcia habían dirigido al Excmo. Sr. Director de la Academia: «Excmo Sr.: Los que abajo firman, por sí y en representación [322] de la diócesis y su cabildo, de la provincia y municipio de Murcia, con motivo del hallazgo de los restos del insigne murciano D. Diego Saavedra Fajardo, acuden atentamente á esa Real Academia de la Historia, manifestando que si á ella, en 1836, se debió que se salvasen entonces algunos de aquellos, cuyo lugar de reposo en la Real Iglesia de San Isidro, de esa corte, se ha venido ignorando hasta el día 27 del actual, y á ella se debe también su identificación; haría ese alto é ilustrado Cuerpo un honor á este antiguo reino, cuna de aquel distinguido hombre de Estado, si de nuevo, encargándose de los predichos restos, interpusiera su poderoso valimiento cerca de la superioridad, á fin de que ésta concediese su licencia para que fuesen trasladados al templo catedral de Murcia. Esta es la súplica que se permiten dirigir á V. E., sin que duden del éxito favorable, por lo que tributan anticipadamente á ese alto é ilustrado Cuerpo el testimonio de su gratitud. -Dios guarde á V. E. muchos años. -Murcia 31 de Octubre de 1883. -DIEGO MARIANO, Obispo de Cartagena. -JOSÉ MARÍA DÍAZ, Gobernador civil. -ANDRÉS BABRIO, Dean. -JOSÉ ESTEVE, Presidente de la Excma. Diputación provincial. -EDUARDO RIQUELME, Alcalde constitucional de Murcia. -JAVIER FUENTES Y PONTE, iniciador del centenario y de la traslación de los restos.» El Sr. Marqués de Molins ha presentado y leído con gran satisfacción de la Academia el extenso informe que por encargo de la misma ha hecho acerca de lo que piden las autoridades de Murcia. El Sr. Fuentes y Ponte ha puesto á disposición de la Academia, para que se conserven en su archivo, dos documentos originales manuscritos de alta importancia histórica. Uno es la memoria escrita por el conde de Florida-blanca con este encabezamiento autógrafo: Puntos principales sobre mi conducta ministerial. El otro documento es la fe de mortuorio de aquel gran repúblico, único ejemplar que queda de los dos que se hicieron, ó acta [323] duplicada de la exposición de su cadáver, extendida por el escribano público de Sevilla D. Antonio Hermoso Míguez y legalizada en forma. La Academia ha visto con agrado dos dibujos del mosáico de Villasirga que mide 16 piés en cuadro y ofrece muchos puntos de semejanza con el que fué encontrado debajo del altar mayor de la catedral compostelana y cuyo diseño han publicado los Sres. Fita y Fernández-Guerra en su libro in titulado Recuerdos de un viaje á Santiago de Galicia, pág. 71. Uno de los dibujos sencillo y exacto ha sido ejecutado por la Srta. Doña Guadalupe Martínez; el otro iluminado y bellísimo, lo ha remitido el propietario del mosáico D. Próculo Garrachón. El Diario de Tarragona en su número del 18 de Noviembre da la noticia de haberse encontrado algunos días antes la lápida romana de mármol jaspeado del país que lleva el número 4408 en la colección de Hübner. Esta lápida que se halla en el mejor estado de conservación se trasladó inmediatamente al Museo Arqueológico. Han sido remitidas á la Academia copias de nuevas lápidas encontradas en el despoblado de Iruña y copiadas por el ilustrado párroco de Trespuentes D. Juan Ochoa de Alaiza. Asimismo se han enviado por sus respectivos autores dos folletos interesantes á la historia y literatura de Galicia y de las Provincias Vascongadas: Las tradiciones populares acerca del sepulcro del apóstol Santiago, por D. Antonio López Ferreiro; Ensayo acerca de las leyes fonéticas de la lengua euskara, por D. Arturo Campión. Han sido nombrados socios honorarios por voto unánime de la Academia los eminentes filólogos el Príncipe Luis Luciano Bonaparte M. Antoine d'Abbadie, miembro del Instituto de Francia, y el Dr. A. H. Sayce, catedrático de la Universidad de Oxford. [324] InformesI. Puerta y cubo de Santa Clara de ZamoraAcaso en el largo tiempo que pesa sobre mí el cargo de Anticuario de esta Real Academia, no he sentido la impresión penosa que ahora me causa el tener que hablar de una nueva pérdida y ruina en el caudal de los monumentos arquitectónicos que otras edades nos legaron, unidos á gloriosos recuerdos. No pueden menos de entristecer el ánimo los documentos sobre que el señor Director se ha servido pedirme informe. Los esenciales son: Exposición del Ayuntamiento de la ciudad de Zamora, remitida por conducto del Gobernador de la provincia, encareciendo la conveniencia de continuar el derribo de la puerta de Santa Clara y del cubo á ella contiguo, é Informe de la Comisión de monumentos históricos y artísticos de la misma provincia con notas y diseños. Y á reserva de pesar las razones de cada uno, citando oportunamente los de ajena procedencia que á la comprobación y juicio me sirvan, en resumen dicen lo que apunto: Para dar mayor facilidad al tráfico, y doble paso á los carruajes por la calle de Santa Clara, que es de las principales de la ciudad, acordó el Ayuntamiento el derribo de la puerta de la muralla con el lienzo de esta y cubo ó torreón contiguo, publicando subasta y señalando día para empezar la demolición, en la inteligencia de obrar con arreglo á las atribuciones de la ley municipal. Se reunió [325] con este motivo la Comisión de monumentos presidida por el Gobernador, acordó á su vez poner el caso en conocimiento de las Academias de la Historia y de San Fernando, como su reglamento preceptúa, y lo comunicó á la Corporación concejil, rogando que suspendiera el derribo en tanto recala resolución superior; pero por contestación expuso el Ayuntamiento, que no tratándose de edificio artístico ó histórico, no reconocía en la Comisión competencia para mediar en el asunto. Reiteró ésta la gestión con sensatas razones en pro de una demora que no prejuzgaba en modo alguno la cuestión de atribuciones ni tenía otro fin que el de consultar á las Corporaciones académicas, cuya declaración creía convenir al buen concepto de la ciudad; y como sirviera este acto de móvil para acelerar la obra de destrucción ya comenzada, la Comisión repitió el aviso por telégrafo á las Academias, y como tuviese en cuenta ser época de vacaciones, dió también parte al Sr. Director de Instrucción pública, el cual celosamente ordenó la suspensión. Entonces redactó el Ayuntamiento la exposición referida con explicaciones de lo ocurrido y defensa de su acuerdo, que rogaba se le consintiera ejecutar. Procedió esta Academia á la tramitación del expediente, encargando á la Comisión provincial que remitiese fotografías, y en su defecto dibujos y planos, acompañados de las explicaciones necesarias. Pero entre tanto, sin esperar el resultado de la repetida exposición, sin que orden superior, que conste, revocara la existente, el Ayuntamiento por sí dispuso continuar el derribo del torreón, para lo que esta vez se emplearon barrenos de pólvora como medio más rápido, según nos dice la Comisión de monumentos. Hace al propio tiempo la Comisión una advertencia que es de consignar aquí, á saber: que ni en la presente ocasión ni en otra alguna, se ha opuesto por sistema á mejoras locales que no afecten á edificios de carácter verdaderamente monumental; y no ha hecho ahora objeción al derribo de la puerta y muralla de Santa Clara en la extensión que se considerara necesaria á la amplitud de la vía pública, y si sólo al del torreón que sin inconveniente alguno podía conservarse como recuerdo el más digno de respeto. [326] Consultando antecedentes históricos, encuentra que desde la remota fecha en que Zamora fué blanco en el deseo de moros y cristianos, como paso obligado del Duero; desde que Alfonso III logró fijar la frontera en este río, se debieron levantar y se levantaron sin duda fortificaciones en el lugar que ocupa el torreón, único sitio de acceso llano y fácil al que sirve de asiento á la ciudad, y padecieron las obras defensivas las vicisitudes consiguientes á las acometidas y triunfos alternativamente conseguidos. La trasformación última del llamado cubo de Santa Clara, según los que informan, data del tiempo en que se llevaron á cabo las obras de restauración general emprendidas por D. Fernando el Magno en la postrera mitad del siglo XI; y esto se acredita por no haber en los recintos sucesivos, flanqueados por gran número de torreones de planta cuadrada ó circular, más que dos de especial fábrica, notablemente distintos en su forma, en su altura y aun en la disposición de los sillares: el uno, ya modificado, que se halla en la extremidad meridional de la ciudad, dentro de la ciudadela ó castillo; el otro, en la opuesta del Norte, que es el de que se trata y que por mantenerse intacto, por único en la belleza artística, unida al venerando recuerdo de tan codiciado baluarte de la cristiandad, amparaba la Comisión en sus recomendaciones al Ayuntamiento. No es menester tan extenso resumen para que la idea que impulsó á la Corporación municipal sea conocida; basta el siguiente párrafo de su exposición: »Todo el mundo sabe que en España no hay restos de castillo, de torre ni de muro, que no represente los heroicos esfuerzos de nuestros padres durante la gloriosa época de la reconquista; y sin embargo, aquellos monumentos han desaparecido, no por incuria ni por afán de destruir, sino porque lo han exigido las necesidades de los pueblos, que para extenderse han tenido que ocupar los solares de los castillos y de las fortalezas; y porque los hechos gloriosos que unos y otros representaban, consignados están en la historia, que es un recuerdo vivo é imperecedero, bastante por sí solo para mantener inextinguible el fuego sagrado del orgullo nacional... ¿Qué queda de los castillos de Peñausende de Castrotorafe, de Fermoselle, de Torrefrades y otros cien puntos [327] de esta provincia? Grandes montones de piedra que los vecinos de los pueblos inmediatos utilizan para construir sus viviendas, sin que por eso se olviden, porque la historia se lo enseña, que fueron un día la línea de defensa de las fronteras del reino de León, y que en ellos se estrelló más de una vez el furor de las huestes agarenas.» Por otro lado, opina que «si las murallas, en tesis general, ahogan á las poblaciones, las de la puerta de Santa Clara con el cubo, supuesta fábrica de Fernando el Magno, cuando en realidad es construccion de principios del siglo XVIII, cortando las corrientes del aire del Norte y de Levante, reconocidas como las más puras, son perjudiciales al saneamiento de los edificios habitados; y el Ayuntamiento puede economizarse la molestia de justificar una medida higiénica y de salubridad general del pueblo...» Es de advertir que tanto la Corporacion popular como la Comisión de monumentos, cada cual apoya sus opiniones encontradas, en datos ó deducciones de la obra que recientemente ha publicado nuestro diligente y sabio colega el Sr. D. Cesáreo Fernández Duro con el título de Memorias históricas de Zamora, y la disparidad me ha obligado á repasarla antes de emitir juicio propio. El historiador zamorano recoge en las antiguas crónicas cuanto se sabe de los sucesos concernientes á la reconquista. A partir de la destrucción de la ciudad por Almanzor, cuenta cómo empezó á restaurarla Alfonso V; el incremento que á la edificación dió Fernando I; y cómo después de conquistada Toledo, ensanchadas las fronteras del reino y necesitada de expansión la gente, crecieron las pueblas exteriores de Zamora, viniendo á ser el reinado del emperador Alfonso VII el más fecundo en beneficios materiales, como ni más ni menos el de Alfonso IX, príncipe que nacido en esta ciudad, las aumentó, y cuya época debe considerarse como término del período monumental zamorano. Con patente amor al pueblo que le dió cuna va el Sr. Fernández Duro señalando la época y el mérito de los edificios notables, y advierte que ya D. José Caveda, de grata y respetada memoria para la Academia, calificó los muros de Zamora en el Ensayo [328] sobre los diversos géneros de arquitectura de España, como de las construcciones del estilo romano-bizantino más estimables del siglo XI. No aventura nuestro compañero opinión que no tenga apoyo en documentos de los muchos inéditos é interesantes que ha conseguido reunir, y no faltan en su colección algunos que ofrezcan indicios claros de la antiquísima existencia del Torreón de Santa Clara. Abarcando el sitio que ocupa, se extendieron por un lado, la puebla del Valle, con fuero especial que confirmó el conde D. Ramón ó Raimundo el año 1094; por otro, la puebla de San Torcaz, de cuyo concejo, también independiente, y del monasterio del mismo nombre se trata en donaciones del año 1139. Entre los términos de ambas pueblos ó burgos, avanzado centinela de ellas, se alza precisamente aquella histórica fortaleza, muy de cuenta en su tiempo. El correspondiente de nuestra Academia D. Tomás María Garnacho, defendiendo las murallas contra arremetidas anteriores, de estas modernas, más destructoras que las cavas de D. Sancho el Fuerte, indicó en su libro la hermosura del soberbio torreon almenado de la puerta de Santa Clara, entre los restos de antigüedades notables que Zamora posee, como excepción recomendada al implacable ejercicio de la piqueta; y discurrió con razonable criterio sobre lo que sería aquel pueblo si, dejando al descubierto el pobre caserío, se echaran por tierra además las nobles edificaciones interiores, á cuya contemplación acuden todavía los amantes de las bellas artes. Los excelentes dibujos enviados por la Comisión de monumentos completan la ilustración de los antecedentes. El torreón que motivó el informe, se representa mirado desde el norte, ó sea desde la parte exterior de la muralla, que es desde donde se descubren en toda la altura sus bellas proporciones. La planta es un octógono regular, y forman las caras del prisma sillares bien labrados, en perfecta conservación por aquella parte y no tan bien en la opuesta, batida por las aguas y vientos predominantes en el invierno. Atraviesa al torreón, de lado á lado, una galería con bóveda de arco ligeramente apuntado, como el de las dos puertas en que termina (ejemplar que se repite en otra torre antigua de las de Zamora), y remata, ó más bien remataba hasta ![]() [330] ahora, en lo alto, con almenas puntiagudas, sin labor ó adorno de ninguna especie. Reune la fábrica las condiciones de fortaleza, severidad y elegancia que tan hábilmente supieron armonizar los alarifes mudéjares toledanos, cuya presencia en la restauración de Zamora comprueban las investigaciones de los académicos, nuestros compañeros, Sres. Fernández y González, Codera y Fernández Duro; bien que sin ellas parezca descubrirse la mano de aquellos operarios, en la sección poligonal del edificio, semejante á la de la torre del Oro de Sevilla, en el arco de la galería y en el poético almenaje, que marcan la obra con el sello peculiar de aquella arquitectura. Los límites de la erección pueden conjeturarse entre mediados del siglo XI y mediados del siguiente, por el dato importante que suministra el restablecimiento de la Sede zamorana. Sabido es que el primer obispo, D. Bernardo, trajo de Claraval con los monjes y los maçones franceses un gusto nuevo, y echó á un lado las tradiciones del arte con los modelos á que se ajustaron la Catedral, la Magdalena y otros edificios no menos conocidos, desde el año 1124 en que empezó su pontificado. He tenido á la vista el plano de la ciudad y sus alrededores, donde el torreón de Santa Clara ocupa el vértice de un ángulo próximamente recto que forman la calle principal del mismo nombre y la ronda ó carretera exterior; de manera que ni para el ensanche de la entrada, ni para la prolongación de la vía, ni para la edificación en cualquier sentido ofrecía obstáculo, y por el contrario se había de apreciar por ornato no común. Este conocimiento me obliga, bien á pesar mío, á deducir que el Ayuntamiento de Zamora, deliberada y caprichosamente, ha desoido las atinadas indicaciones que á tiempo se le hicieron por quien podía y debía presentarlas; ha infringido el Real decreto vigente de 16 de Diciembre de 1873; y ha menospreciado la orden que recibió de suspender los trabajos de demolición, al derribar un monumento estimable así en el concepto artístico como en el histórico. ¿Tanta era la urgencia del caso que no consentía prolongar algunos meses la existencia secular de la torre? ¿Tan ligera parecía á los concejales la responsabilidad en que habían de incurrir [331] no llenando los trámites y requisitos legales para dar buena cuenta de los intereses que administran? La singular afirmación de bastar las páginas de la historia á mantener vivo el recuerdo de nuestras glorias, responde, explicando de paso por qué no existen ya en la provincia los castillos que se mencionan, los monasterios y otros edificios que se dejan de mencionar, y que generaciones sensatas se habrían apresurado á conservar costase lo que costase. Páginas vivas de la historia son esas, despreciadas por la ignorancia ó falta de patriotismo, obras de otras generaciones, que dicen á los sentidos y al alma lo que en ausencia suya no expresarán nunca las páginas escritas; hojas en que leen el ignorante y el sabio; que engrandecen el espíritu popular; que inspiran y completan la lección del romance y el drama; que hermanan las sublimes concepciones de las artes bellas; que ofrecen, en fin, demostración evidente de la cultura de los pueblos no atenidos á la grosera materialidad. Que haya quien no las comprenda ni las estime ¿quién lo duda? Para los ciegos no alumbra el sol. Hablando á su alcance, habría que explicarles que los monumentos son en ciertas poblaciones lo que los grabados en el libro impreso en lengua desconocida: si el volumen cae en manos de niño travieso y mal educado que arranca las láminas, el libro es inútil. Dura es la necesidad de hacer notoria la censura que merece el Ayuntamiento de Zamora; pero ante el riesgo que corren otras antigüedades, con vista de la repetición, frecuente de hazañas semejantes, en otras poblaciones, alentados por la indiferencia y la impunidad los que tal hacen, y guiados á veces por miras bastardas, cumple á mi juicio que la Academia deje oír su voz autorizada y denuncie al Gobierno de S. M. el peligro que amaga al concepto nacional, y pida como corrección y ejemplar provechoso que se cumplan sin contemplación ni miramiento ninguno las prescripciones del citado Real decreto de 16 de Diciembre de 1873. Y que en virtud de él, se proceda desde luego á restaurar el torreón de Santa Clara hasta dejarlo en el estado y forma que tenía, con arreglo al exacto dibujo con tanta previsión formado por la Comisión provincial de Monumentos. [332] Pienso que al propio fin ejemplar y al del general interés, convendrá que se publique lo ocurrido en Zamora, y se acompañe grabado de la torre. Adoptada que sea esta resolución urgente, la Academia debiera meditar si es llegada la oportunidad de instar por un proyecto de ley que, á semejanza de la que adoptó el Senado y Pueblo romano y de las que otras naciones tienen, afiance la conservación de los monumentos artísticos é históricos. También la Academia verá si importa manifestar al Gobierno la conveniencia de vulgarizar una cartilla ó prontuario arqueológicos, destinados á formar en los Institutos, en los Seminarios y demás centros de pública enseñanza el gusto de la juventud y á infundirle el respeto á los monumentos, que son ornamento, lustre y realce de la patria. En algún modo suaviza lo desagradable del encargo que desempeño, el justo reconocimiento que se debe á la prudencia, ilustración y celo con que la Comisión provincial de Monumentos de Zamora, para honra suya y de la ciudad en que reside, ha procedido. Mucho me complace reconocerlos, al someter mis observaciones á la sabiduría de la Academia. Madrid 2 de Octubre de 1883. AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA. II. La calavera del Conde de TendillaCuentan en el Escorial, que cuando estuvo allí M. Thiers y subió al cimborrio, para dominar desde aquel paraje, no solamente el conjunto del edificio, sino también el panorama que desde allí se descubre, hubo de lanzar alguna frase de vilipendio sobre la incuria de España, al observar las ruinas de la casa de la ballestería y otras de las que rodean el edificio. El ciego Cornelio, que le servía de Cicerone, como á casi todos los viajeros y touristas, le dijo con tono socarrón: - «Esas son las gangas que nos dejaron por aquí los soldados de Napoleón, paisanos de V.» No sé hasta qué punto será cierta la anecdotilla, que en letras de molde la he leído: si non è vero, è ben trovato. Y en efecto, como decía en aquella misma iglesia el respetable P. Guadalupe, cuando con su habitual parsimonia enseñaba las reliquias, «los franceses (omito un adjetivo) nos llevaron el oro y la plata, pero afortunadamente nos dejaron el hierro de la parrilla en que fué martirizado el bendito San Lorenzo.» No en todas las iglesias se podría decir lo mismo, ú otro tanto, pues profanaron muchas reliquias y destruyeron no pocas: además, lo que no era plata ú oro lo destrozaban, y, no contentos con asesinar vivos, se dieron á maltratar muertos. Se comprende que tuvieran ojeriza al antipapa Pedro de Luna, á quien los mayores de ellos hicieron Papa, y luego persiguieron cuando le hallaron e poco dócil á sus insinuaciones; y que, al llegar al castillo feudal de Yllueca, propiedad de la casa de Luna y condes de Morata, y hallar allí su momia íntegra y bien conservada, la tirasen por un balcón, la arrastraran por las calles y le cortasen la cabeza á cercén, cabeza que hoy se conserva en el palacio de los condes de Argillo en Sabiñán. Compréndese también que tuviesen ojeriza al duque de Alba, que dió también malos ratos á los antiguos guerreros franceses; y, que, por tanto, le desenterrasen de su sepulcro en la gran iglesia de de San Esteban de Salamanca y destrozasen sus restos, robaran su espada, y arrastrasen su cadáver y el del cardenal Toledo, fundador de la iglesia y los de otros personajes de la familia, que si dieron que hacer en vida á los franceses, allí reposaban pacíficamente. Y no seguiré enumerando el largo catálogo de otras iguales profanaciones de restos mortales de personajes célebres, santos obispos, guerreros célebres, incluso el Cid, políticos discretos y afamados, sino que me concretaré al del célebre D. Íñigo Lopez de Mendoza, primer conde de Tendilla, uno de los más ilustres personajes que intervinieron en la conquista de Granada. Al otorgar testamento, mandó este buen conde, el primero de [334] su título, que se trajesen sus restos mortales á su monasterio de Santa Ana, patronato suyo y de su casa por fundación y dotación. Con su manto de caballero de Santiago se le enterró en rico y fuerte ataud, en una alhacena al lado del Evangelio junto al altar mayor. Cerraban la alhacena fuertes puertas y tenían las dos llaves de ellas y del ataud los condes, sus descendientes y el prior del monasterio de jerónimos. Allí se colocaron además, las estatuas vacentes de él y de su mujer, sobre ricos túmulos góticos, teniendo él á sus piés un paje que parecía velar su sueño eterno, y ella una dueña en actitud doliente. Cuando á fines del siglo pasado vino á Tendilla el marqués de Bélgida, su descendiente y sucesor en los títulos, vínculos y derechos del condado de Tendilla, se procedió, reunidas las dos llaves, á la apertura de la alhacena, y sacando el ataud con religioso aparato se le colocó en medio de la iglesia, donde le pudo ver despacio todo el pueblo, observando todavía sus facciones acartonadas ó momificadas, y viendo el esqueleto con el manto de caballero de Santiago, el cual conservaba sus cordones y borlas, distinguiéndose aún las franjas y bordados de su vestido. Pocos años después en la noche del 15 de Enero de 1809, invadieron el pueblo las tropas francesas, saquearon el monasterio y la iglesia y violentaron las puertas de la alhacena, creyendo quizá encontrar algún tesoro; mas hallando solo el ataud, lo rompieron, destrozaron el cadáver, y, poniendo en la calavera un cabo de vela, hicieron con ella una ridícula procesión, remedando los cánticos fúnebres de la iglesia, que oía con indignación mal comprimida el aterrado y maltratado vecindario de Tendilla, cuyas casas habían saqueado á mansalva, pues ninguna resistencia se les había hecho. Y como si no fueran bastantes tanta impiedad y tan feróz y salvaje profanación de los invasores, siguió á ella la habitual incuria de los españoles, y, ni la casa de Bélgida, ni los monjes se cuidaron de recoger y conservar los restos en un ataud, por modesto que fuese, ni volverlos á la alhacena, y á reponer las llaves, sino que, cogiendo la calavera y los restos que por allí se hallaron, los pusieron debajo de la mesa del altar mayor, donde [335] no debían estar según las reglas litúrgicas, no siendo reliquias de ningún santo. Los que utilizaban las rentas que él les dejara, ¿no podían entre todos reunir la enorme cantidad de unos cien reales para hacer una caja de pino con dos cerraduras, y arreglar las puertas de la alhacena, y volver á su sitio los restos mortales del honrado y generoso primer conde de Tendilla? La imparcialidad exige que al censurar la brutalidad de los invasores, acusemos también acerbamente la incuria de los nuestros. No se diga que estas cosas se deben callar: no se diga que se tenga compasión con la memoria de los que no lo hicieron, buscando atenuaciones en la penuria, en la inadvertencia, y en la urgencia de mayores apuros. Ese olvido, ese descuido, esa inadvertencia, esa nueva profanación, son actos de ingratitud, y, como de ingratitud, vituperables y punibles. Para esos castigos sirve la Historia, la cual, semejante al tribunal de Minos que fingió la fábula, tiene la misión de residenciar á los muertos, y no como quiera á los individuos, sino á las colectividades, cualesquiera que sean, y, al flagelar con su crítica imparcial, pero inexorable, los vicios, la incuria, los errores, las profanaciones, las ingratitudes de los pueblos y de las corporaciones, como también las de los individuos que ya dieron cuenta particular á Dios verdadero ante su tribunal eterno, omnipotente y justo, enseña á los vivos y á las corporaciones y á los pueblos y á los gobiernos, lo que les aguarda para en su día, y lo que se hará con ellos acusándolos ante las generaciones venideras, cuando la historia de entonces venga á decir lo que ahora quizá, ó se calla por respeto, ó no se puede acusar sin lastimar altas consideraciones. Y en efecto, aun con relación á la malparada, abandonada y olvidada calavera del conde de Tendilla se vino á descubrir su paradero, cuando menos se podría esperar. Los monjes, que habían vuelto á Tendilla en 1814, fueron expulsados en 1822. Volvieron en 1825 y fueron otra vez expulsados en 1835. En este siglo duran las cosas en España diez años á todo rabiar, y es muy oportuna la frase, pues se pasan entre tanto algunas temporadas rabiando, aunque sin hidrofobia, por misericordia especial. Diez años después, en 1845, la Comisión de Monumentos de [336] Guadalajara, cumpliendo con su deber, quiso averiguar el paradero de los restos mortales de D. Íñigo Lopez de Mendoza, uno de los opulentos magnates de aquella célebre casa, cuyas glorias van estrechamente unidas á las de la ciudad y aun á las de la provincia en gran parte. A fines de Octubre de dicho año pasó á Tendilla el secretario de la Comisión de Monumentos de aquella provincia, D. Fernando Ahumada, por encargo y comisión de la misma, á investigar el paradero de los restos mortales de aquel personaje y el estado de su sepulcro. El convento se había vendido, la iglesia estaba sin culto: el secretario hubo de impetrar permiso del dueño del convento para entrar en la iglesia á cumplir su cometido. Allí no había ya ni altares, ni epitafios, ni vestigios de tal cosa: una fábrica de mampostería indicaba solamente donde había estado el altar mayor. El dueño del convento, D. Pedro Diaz de Yela, abogado de Tendilla, proporcionó tres trabajadores para que se hicieran excavaciones donde fuera necesario. Los ancianos que acompañaban al Sr. Ahumada recordaban, no solamente el paraje donde había sido enterrado, sino también el estado del cadáver cuando se le expuso al público á fines del siglo pasado, y las horribles escenas de la funesta noche del 15 de Enero de 1809. Se cavó en varios parajes del presbiterio, se picó en las paredes contiguas, pero nada se pudo hallar. Por algún indicio que se tenía de que se habían metido algunos restos del cadáver debajo del altar mayor, se hizo que uno de los trabajadores entrase allí para reconocer lo que hubiese. «A corto tiempo de entrar y tantear, dice la declaración que se tomó ante el Alcalde y Escribano, manifestó que tocaba una calavera, la cual extrajo, y examinada por dicho Sr. Secretario y Sr. D. Pedro y los declarantes, vieron tener algunas cuchilladas en la parte alta y posterior del cráneo, y notando que sonaba dentro alguna cosa, se sacó, y era un cabito de vela de cera. Después entró con mucho trabajo el mismo Sr. Secretario con una luz en el hueco mencionado, é indicándole desde fuera el A. (el trabajador) el sitio donde había estado la calavera, los declarantes vieron ser un nicho pequeñito formado en el rincón que resultaba de la mesa del altar y un tabique que se conocía [337] había para dividir esta por la mitad. El dicho Sr. Secretario extrajo del nicho, según vieron los que declaran, algunos huesos como de manos y piés, otro del pecho y canillas, todo de persona humana, que con el mayor esmero hizo el referido Sr. Secretario que condujesen los declarantes.» Entre las declaraciones que se tomaron es la más curiosa la del licenciado D. Casimiro José Olivera, de edad de 70 años, que dice así: «Que le consta, á no dudarlo, que D. Íñigo Lopez de Mendoza, Conde de Tendilla, Fundador del convento de Jerónimos de Santa Ana, extra-muros de esta villa (de Tendilla), estaba enterrado en una caja con dos llaves, que una tenía el Sr. Conde, y otra el Prior del enunciado Monasterio, y colocada en un nicho al lado del Evangelio de la iglesia del dicho Monasterio, debajo del sepulcro artístico que hay en su pared, y el nicho estaba cerrado con dos puertas, y encima de ellas el epitafio de su cadáver (298), el cual estaba embalsamado, cubierto con el hábito de la órden de Santiago; lo que sabe el declarante por haberlo visto en ocasión de haber venido el Sr. Conde (299), á fines del siglo pasado, haberse sacado la caja al cuerpo de la iglesia, y abierto para la exposición pública, y advirtió también que el cadáver se hallaba acartonado. »Que asimismo le consta, que en la noche del quince de Enero de mil ochocientos nueve, se alojaron en el Monasterio unas compañías de tropas francesas, quebrantaron las puertas y caja, sacando el cuerpo acartonado, le destrozaron y anduvieron con sus huesos por el Monasterio, cantando entre otras cosas la Letanía, pues se oía en el pueblo. Que luego que marcharon las tropas, subió el testigo, y vió el destrozo del cadáver, hallando huesos por la iglesia, los claustros y el corral, y lo que había sido carne se hallaba convertido en un polvo como de tabaco y [338] serrín, y además se veían algunas partes de piel cuartonada. Que los huesos que vió y más le llamaron la atención fueron los de las piernas y brazos, y habiendo visto en la noche del diez y ocho del que concluye, los que de aquellas partes recogió el señor secretario de la Comisión, le parece son los mismos; tanto más forma este juicio y presunción quanto que después que los monges colocaron los huesos, oyó decir lo habían hecho en el Altar Mayor, que comunmente se llama el presbiterio, que es donde se han hallado. Por todo lo cual cree, si no por una evidencia física, al menos moral, que los referidos huesos son del Sr. Conde de Tendilla D. Íñigo Lopez de Mendoza; corroborando este juicio por la señal que tiene la calavera de haberla dado un golpe con sable, ú otro instrumento cortante, en la occipital, con el fin tal vez de destrozarla, como lo hicieron las tropas francesas con las demás partes del cuerpo de dicho Señor.» El presbítero Olivera añade, que oyó á diferentes gentes de esta población, que en la referida noche las tropas francesas llevaban en procesión la calavera del Sr. Conde, con una luz dentro de ella, cantando lo que no entendían. Lo mismo dice, otro vecino de edad de 75 años. Añade el clérigo que «le consta que los monjes recogieron la calavera y huesos que quedaron de aquel cadáver, que noticiaron lo ocurrido al Excmo. Sr. Marqués de Bélgida, quien les mandó los depositaran en su iglesia, pero que ignora el declarante el sitio en que los pusieron, aunque infiere sería en lugar distinguido é inmediato adonde estuvo colocado.» Omitimos la descripción de los preciosos mausoleos de mármol con las estatuas yacentes del buen Conde y su esposa Doña Elvira, que fueron trasladados de Tendilla á Guadalajara, y se hallan colocados en la antigua iglesia de Santo Domingo, actual parroquia de San Ginés, los cuales pueden verse á la página LIV del tomo II de la magnífica obra de nuestro compañero D. Valentín Carderera, titulada Iconografía Española, y una preciosa lámina en que se hallan exactamente dibujados ambos sepulcros. El Sr. Carderera tributa con ese motivo un merecido elogio á la [339] Comisión de Monumentos, y lo merece igualmente la Diputación, que costeó la traslación y restauración de aquellos monumentos, dos cuales hoy honran la capital de la Alcarria. Madrid, Febrero de 1881. VICENTE DE LA FUENTE. III. Assilah de Aben PascualII Al terminar la reseña que del contenido del segundo cuaderno de la Assilah de Aben Pascual, tuve el honor de leer ante la Academia, adelanté la idea de que en las primeras páginas del tercer cuaderno se resolvía una cuestion cronológica, que me proponía tratar cuando hubiera de dar noticia de la última parte del primer volumen de dicha obra. La historia de Córdoba en el decenio comprendido entre los años 460 y 470 de la hégira es tan obscura por los pocos y contradictorios datos encontrados hasta ahora en los autores árabes, que nuestro sabio correspondiente M. Dozy, despues de prolijas investigaciones, sólo pudo fijar de un modo aproximado las fechas de la toma de esta ciudad, primero por Almotamid de Sevilla, -despues por Aben Occaxah, partidario de Almamun de Toledo,- y nuevamente por Almotamid, que la arranca del poder de Aben Occaxah. [340] Las fechas respectivas de estos sucesos, son, según la opinión de M. Dozy hacia fines de 462, 467 y 471 (300). Con el testimonio de monedas perfectamente conservadas, creo haber probado (301) que la proclamación de Almotamid en Córdoba, después de haber auxiliado á Abdelmélic ben Chawar contra Almamun de Toledo, se llevó á cabo en el año 461 como dice Aben Aljathib, no en 462 como creyó M. Dozy siguiendo á Aben Bassam. De la fecha de la toma de Córdoba por Aben Occaxah nada pude decir en virtud de monumentos numismáticos, pues entonces no conocía monedas acuñadas en Córdoba por Almamun de Toledo. Respecto á la fecha en que Almotamid pudo recobrar la antigua capital del Califato, entre las dos fechas, 469 que nos da Aben Aljathib, y la de 471 que se encuentra en Abdelwahid, y que seguía M. Dozy, hubimos de aceptar la primera, en virtud de haber visto un dinar acuñado en Córdoba en el año 469, con los nombres de Almotamid y de su hijo Adhido-d-Daulah, que á la muerte de su hermano Abbad Çiracho-d-Daulah, vino á ocupar el lugar de Príncipe heredero, y por ende á figurar lo mismo en las monedas acuñadas por su padre en Sevilla, que en las acuñadas en Córdoba: con esta moneda, si se probaba que no era exacta la fecha 471 que nos da Abdelwahid, no se probaba que fuese verdadera la version de Aben Aljathib, aunque se acercase más á la verdad: nosotros aceptamos sin reserva esta última, si bien en rigor debiéramos haber advertido que solo la aceptábamos provisionalmente. En dos pasajes de Aben Pascual (páginas 67 y 184) encontramos indicado el hecho de que Almamun de Toledo era rey de Córdoba en el año 467; pero en ninguno de ellos encontramos mencionado el mes. En 468 era rey de Córdoba Almotamid de Sevilla, pues Aben [341] Pascual, hablando de Obaid-Allah ben Mohammad ben Adham, dice (pág. 298) que Almotamid-ála-Allah Mohammad ben Abbad le nombró kadhí de la aljamah de Córdoba el jueves, cinco (noches) faltando del mes de safar del año 468. Combinado este texto de Aben Pascual con lo que dice Abdelwahid (302) «que el apoderarse Almotamid de Córdoba y el hacer salir de ella á Aben Occaxah fué en martes, siete (noches) faltando del mes de safar del año 471», nos induce á suponer que este texto sería exacto sustituyendo la fecha 471 por 468; pues el 22 de safar del año 471 no era martes sino lunes: de los años inmediatos, sólo en el 468 se da la circunstancia de que el 22 de safar sea martes; como Almotamid nombró kadhí de la aljamah á Obaid-Allah ben Mohammad ben Adham el 24, jueves del mismo mes, podemos suponer que efectivamente se había apoderado de Córdoba dos días antes y que Abdelwahid equivocó el año, como equivocó el nombre del Príncipe, á quien Almotamid dió el mando de Córdoba al regresar á Sevilla; pues le llama Abbad Almamun, siendo así que Abbad (Çiracho-d-Daulah) había sido muerto por Aben Occaxah al apoderarse de Córdoba en 467, y el hijo de Almotamid, que despues tomó el título sultánico Almamun y quedó de gobernador de Córdoba, se llamaba Alfatah (303). A la cronología que con estos datos establecemos, pudiera oponerse que Aben Pascual, pocas páginas después, cita á Aben Occaxah como alcaide de Calatrava cerca del año 480, lo cual no parece convenir con lo expuesto; pues es sabido que fué muerto al ser recobrada Córdoba por Almotamid; pero la palabra cerca es tan vaga, que lo mismo puede ser verdad con aplicacion al año 468 que al 480. Pasando ya á dar un resumen general del contenido del tercer cuaderno de Aben Pascual, diremos que van impresas 408 páginas, en las que se comprenden 888 biografías, de las cuales al tercer cuaderno corresponden 283. [342] De estas biografías, 93 pertenecen á personajes de Córdoba; 31 son de Toledo, 18 de Sevilla, 11 de Zaragoza, 7 de Almería, 6 de Játiva, Guadalajara y Murcia, 5 de Badajoz, 4 de Málaga, Valencia y Baena, 3 de Talavera, 2 de Evora, Mallorca y Rayyah, y una de cada una de las poblaciones siguientes, Denia, Tudela, Saltis, Ricla, Algeciras, Alpuente, Uclés, Balaguer, Tortosa, Madrid, Xomontan, Sidonia, Daroca, Segura, Medinaceli, Osuna, y Elvira, aparte de algunos personajes de cuyo pueblo natal no da noticias el autor ó no es fácil determinar. El catálogo de los escritores árabes españoles se aumenta considerablemente, pues Aben Pascual cita 34 escritores que no constan en el Diccionario bibliográfico de Hachi Jalifa, siendo solo 7 los citados por ambos autores. El número de los que hicieron la peregrinación á la Meca, asciende á 29, y á 34 el de los que viajaron por Oriente; con la particularidad de que el autor dice de algunos que viajaron por Oriente, sin decir que hicieran la peregrinación, como á su vez no considera como viajeros á los que se limitaban á cumplir con el precepto koránico. Son tantas las noticias de carácter administrativo que como de paso se encuentran en Aben Pascual, que ellas solas debieran dar lugar á un concienzudo estudio sobre la administracion de los árabes españoles: me limitaré aquí á traducir casi literalmente lo que dice de algunos personajes que ejercieron cargos, que me parecen nuevos. Hablando de Abderrahman ben Ahmed ben Obaid-Allah, el Roainí, natural de Córdoba, dice entre otras cosas «mandó el Consejo en tiempo del kadhí Abu Bequer ben Zarab, y Aben Abu Amir (Almanzor) le encargó de los juicios de la guardia (ó policía) y la inspeccion de los contratos (ó registros notariales) del sultán, dándole al mismo tiempo el cadiazgo de Ecija, Osuna, Carmona, Moron y Tecorona, todos j tintos: después lo trasladó de ellos, y le dió el mando de los juicios de contabilidad, que entre nosotros se llama waliazgo del mercado: luego fué kadhí de Jaen, y despues de Valencia y sus distritos; el mismo Almanzor le invistió del cargo de ordenar la historia de su tiempo, en cuyo cargo reunió su admirable libro, que hizo perecer el saqueo en [343] la desgracia de la familia de Abu Amir (Almanzor), interrumpiéndose su institución y desapareciendo su propósito (pág. 301): aquí tenemos mencionada la institucion del oficio de cronista, que desapareció al poco tiempo á consecuencia de las turbulencias que siguieron á la muerte de Almanzor. En las biografías correspondientes á los números 786 y 805 se hace mencion de un cargo que conferia el kadhí de Córdoba: Âbdel-Âziz ben Maçûd, el de Evora y Abdelsámid ben Alfatab el Abdarí estuvieron encargados de anotar ó registrar los fallos dictados por el kadhí, cuyo cargo parece era compatible con el de ¿Abogado ó Consultor de número en Córdoba?, pues de Âbdel-Aziz dice el autor á continuacion que «estaba en el número de los consultados» (M. Dozy da á esta palabra la acepcion de jurisconsulto á quien se pide decisiones y las da) en Córdoba: de otras muchas particularidades referentes á cargos administrativos pudiera tratar, pero las omito en gracia á la brevedad. He hablado alguna vez de musulmanes españoles colectores de libros: en la biografía núm. 679 se trata de Abderrahman ben Mohammad ben Iça ben Fothais, natural de Córdoba, cuya manía bibliófila era tal, que en cuanto tenía noticia de algun libro bueno que él no tuviera, proponía á su dueño la venta, y si no podía adquirirlo, lo copiaba y devolvía: sin duda no hacían todos lo mismo; pues con referencia á un nieto suyo dice nuestro autor que Abderrahman bajo ningún pretexto dejaba sus libros, si bien, cuando alguien se los pedía con insistencia, los daba á uno de sus copistas, quien lo copiaba, y después de cotejar la copia, la entregaba al postulante, y si la devolvia, (bien), y si no, le dejaba (en paz): el número de los libros que llegó á reunir fué tan considerable, que según contaron al autor varios de la familia de Abderrahman, la gente de Córdoba acudió á la venta de los libros que se efectuaba en su mezquita (en la mezquita de su ¿parroquia?), durante un año entero, y de su precio se reunieron 40000 dinares kaçemies, suma que por su valor intrínseco equivalía á más de 100.000 duros de nuestra moneda: los cargos que ejerció y los libros que escribió fueron muchos, y de ellos da noticia Aben Pascual y también le menciona Hachí Jalifa en su gran Diccionario bibliográfico. [344] Discípulo del anterior fué Ômar ben Ôbaid-Allah ben Iuçuf, natural también de Córdoba, gran colector de libros, á quien los bereberes robaron 8 cargas de estos que había encerrado en su casa en el arrabal occidental, con objeto de llevarlos á otra parte. Habiendo entre los árabes españoles tantos bibliófilos, naturalmente debía haber muchos y buenos copistas; así, de Abder-Rahman ben Mohammad ben Fothais, mencionado antes, dice el autor, que tenía seis libreros (ó copistas), y que por no prestar los originales, hacía sacar copias para poderlas prestar: de muchos de los literatos dice que tenían buena forma de letra, y es notable lo que asegura (pág. 324) de Abderrahman ben Mohammad ben Abbn ben Chauxac, natural de Toledo, quien en un día copiaba y cotejaba la obra titulada Mojtasar de Aben Obaid y sin tomar tinta escribía 15 líneas. Muchos eran los entierros á los cuales asistía un gran acompañamiento: á mitad de xaâban del año 422 de la hégira moría en Córdoba Abde-r-Rahman ben Ahmed... ben García (pág. 321), kadhí que había sido de la aljama durante el califato de los Hammudies en Córdoba, y que depuesto á fines de 419 por Hixem III, que le odiaba, éste asistió á su entierro, manifestándose en su cara la alegría; pero corto fué el fruto que de esto sacó en esta vida después de él, añade el autor, y efectivamente no debió durarle mucho la alegría, pues á los pocos rneses fué destronado, y gracias que pudo evadirse del castillo en que le tuvieron detenido y refugiarse en Lérida, donde murió algunos años después casi completamente ignorado. De otro entierro presidido también por un Sultán (así lo llama), y no con tan malas disposiciones, nos da noticia Aben Pascual: á mitad del mes de xawal del año 444 moría en Denia Otsman ben Çaîd, natural de Córdoba, gran viajero y escritor: en su entierro y delante del cadáver iba á pie el Sultán, de quien no dice el autor cómo se llamaba, aunque no hubiera estado demás, pues ni entonces, ni ahora tendrían todos á mano un libro donde poder averiguar que el rey de Denia en este año se llamaba Âlí Jkbaio-d-Daulali. Pocas veces menciona Aben Pascual á los príncipes españoles; pues de ordinario solo se acuerda de ellos cuando asisten á algún [345] entierro ó confieren algún cargo; pero en este cuaderno los menciona varias veces para reprocharles por sus iniquidades: ya hemos visto la poco lisonjera mencion de Hixem III: á Almotadhid de Sevilla le menciona al hablar de Omar ben Alhçan ben Omar el Hanzani, á quien aquel dió muerte en el alcázar de Sevilla, enterrándole dentro del mismo alcázar con sus vestidos, en la noche del sábado á 15 de rebia postrero del año 460, sin lavar su cadáver y sin oración; «Allah le haya perdonado»: añade el autor, Allah es el que pedirá cuenta de su sangre, pues no hay Dios sino él (pág. 394): en la página siguiente menciona también la muerte dada en Almodóbar á Omar ben Hayyan ben Jálaf ben Hayyan por un nieto de Almotadhid, llamado Almamun Alfatah, hijo de Almotamid: de esta muerte sólo añade «que se hizo proverbial.» En la pág. 360, el autor da la biografía de su padre Abdel-Melic ben Maçûd ben Muça ben Pascual, y entre otras cosas dice, que leía el Coran día y noche, y en verdad que no se necesitaba menos para leerlo todo en un día como asegura: de Âli ben Muça ben Ibrahim, natural de Talavera, dice (pag. 405) que lo leía todo en tres noches; de otros asegura respecto al número de veces que leyeron esta ó la otra obra piadosa ó literaria, cosas que nos parecerían imposibles, si no tuvierámos en cuenta la paciencia verdadaderamente admirable de que dan pruebas los semitas. Entre las mezquitas y cementerios nuevos, sólo haremos mencion de la mezquita de Yuçuf ben Baçil, situada en la plaza de Aben Dirhamain (el hijo de los dos dirhemes): es probable que la mezquita tomase el nombre del fundador, que parece ser el hijo de un renegado: quizá el Baçil que figura en monedas de Abde-r-Rahman II, y Yuçuf ben Baçil será el que figura como prefecto á la muerte del mismo Abde-Rahman. Pudieran citarse casos curiosos de personajes nombrados para cargos importantes, que no hubo medio de hacerles aceptar, y otras muchas particularidades; pero esto me llevaría muy lejos y no quiero molestar por más tiempo la atención de los Sres. Académicos, tanto menos cuanto estas reseñas deberán repetirse con frecuencia, gracias á la rapidez con que llevan á cabo la composición del texto árabe los alumnos que me ayudan en esta enojosa tarea. Madrid, 3 de Abril de 1883. [346] III Creo que la Academia oirá con satisfacción que el texto de la Assilah de Aben Pascual está ya impreso todo, y que pronto podrán los eruditos aprovechar las muchas noticias que en dicha obra se hallan esparcidas. Mil cuatrocientas cuarenta son las biografías contenidas en esta obra; los tres primeros cuadernos, como tuve ocasión de informar a la Academia, comprenden las 887 primeras: cúmpleme ahora decir algo de lo contenido en los cuadernos IV y V. De las 553 biografías incluidas en ellos, como siempre, obtienen la supremacía los individuos de Córdoba, patria del autor, quien, como es consiguiente, conocía mejor á sus paisanos que á los naturales de otras poblaciones, siquiera las hubiera visitado. Ciento treinta y nueve son los individuos de esta ciudad, cuyas biografías pueden leerse en los dos últimos cuadernos de Aben Pascual: Toledo figura con 54, Sevilla con 32, Almería y Zaragoza con 17, Granada con 10, Badajoz y Xátiva con 9, Murcia, Málaga y Guadalajara con 8, con 7 Huesca y Jaen, con 6 Denia y Pechina, con 5 Talavera, con 4 Medinaceli, Tudela y Mallorca, con 3 Valencia y Madrid y con 1 ó 2 Tortosa, Lebla, Elvira, Uclés, Vélez, Calatrava, Castalla, Santarén, Béjar, Osuna, Zurita, Alpuente, Quesada, Santamaría de Algarbe, Santamaría (de Aben Bazin?), Silves, Cuenca, Maqueda, Ecija, Orihuela, Cádiz, Sidonia, Baeza, Alcira, Lisboa, Onda, Calatayud y Barbastro, y cuatro ó seis poblaciones más, cuya correspondencia no es fácil determinar. El contingente de autores españoles no citados por Hachi Jalifa en su gran Diccionario bibliográfico, se aumenta con treinta nombres nuevos, siendo sólo cinco los que citados por Aben Pascual aparecen también en aquél. Sólo por seguir la marcha iniciada al dar cuenta de los cuadernos anteriores, diré que 95 de los personajes biografiados hicieron largos viajes, generalmente á Oriente, y para cumplir el precepto koránico de la peregrinación, si bien sólo de 45 dice de un modo expreso que lo hicieran. [347] Noticias curiosas consignadas por Aben Pascual en estas biografías podrían indicarse muchas, pero sólo haré mención de algunas que tienen interés cronológico ú ofrecen mayor novedad. En la biografía 1190, hablando de Abu Bequer Mohammad ben Iça ben Zauba, kadhí de Ceuta,
su patria, nombrado por Almuthaffar, hijo de Almanzor, dice que cuando Aben Hammud (Âlí ben
Hammud) llamó á la rebelión contra los Omeyyahs, le mató en 401 ó 402, por sospechas en favor
de ellos: esta noticia, que parece de poca importancia, puede aclarar un punto oscuro de nuestra
historia: Âlí ben Hammud y su hermano Alkáçem fueron nombrados gobernadores de Ceuta y
Algeciras el primero, y de Tanger el segundo por Çuleimán Almoçtain: por las pocas noticias que
en los autores encontramos, parecía inferirse que este nombramiento fué posterior al año 403,
fecha del segundo reinado del intruso Çuleimán, y de la desaparición de Hixem II. Por la
existencia de una moneda del año 402, acuñada por Alí en Ceuta á nombre de Çuleimán, dí por
hecho que el nombramiento de Alí para gobernador de Ceuta debió de tener lugar en el año 400,
en el primer reinado de Çuleimán (304). Hubo de tratar de nuevo de esta cuestión el Sr. Guillén
Robles en su Málaga Musulmana, y no pareciéndole prueba bastante para alterar la cronología
recibida la existencia de una moneda, que yo confesaba no haber visto, me propuso la sospecha
de si en el original diría Posteriormente á la publicación de la memoria sobre los Hammadies de Málaga y Algeciras
y aun á la publicación de la Málaga Musulmana de nuestro correspondiente Sr. Guillén Robles,
he visto, ya que no la moneda en cuestión, una impronta sacada al parecer por el Sr. D. Antonio
Delgado. Hállase entre los Estudios inéditos para la obra sobre las monedas arábigo-hispanas,
paquete núm. 1, papeles existentes en nuestra Biblioteca: de la impronta retocada con tinta por
el Sr. Delgado, resulta que la moneda no estaba bien conservada: el Sr. Delgado leía año Por otra parte, la misma existencia de las monedas en que Alí ben Hammud reconoce á
Çuleimán antes de que aparezcan las que dan testimonio de su rebelión contra éste, aun
admitiendo que las dos conocidas fuesen del año 405, ¿no probarían que Alí era algo más que un
simple wali recien nombrado después del nuevo triunfo del usurpador? Nótese que entre las
muchas variedades [349] de monedas acuñadas por Çuleimán, sólo estas tienen el nombre de la
çeca de un modo concreto, pues en las otras se lee La moneda que ha motivado esta digresión histórica, perteneció, según las notas del Sr. Delgado, al Sr. Brigadier Piñeiro, y antes al Duque de la Victoria. Entre los reyes independientes de Toledo se cita como el primero á Yaîx ben Mohammad ben Yaîx, de cuyo reinado se sabe tan poco, que M. Dozy lo supone desde 400? á 427. Aben Pascual nos da su biografía, pero con tan pocos datos bajo el punto de vista que hoy más nos interesaría, que sólo dice, después de hablar de sus estudios, «desempeñó el cargo de los juicios en su país; después llegó á él la administración del principado en él, con lo cual Allahg aprovechó á la gente de Toledo, de donde fué echado luego, marchándose á Calatayud, donde murió en el año 418; así lo dice Aben Mothahir; pero Aben Hayyan dice que murió en el mes de safar del año 19»: de modo que según esto, el reinado de Içmail, sucesor de Yaîx, debió de comenzar lo menos diez años antes de lo que se había creido, terminando también bastante después de la fecha 429 que indica Aben Jaldun; pues reinó hasta el 435 según resulta de Aben Al-Atsir (305) y Annowairí. Si por el estudio de las monedas acuñadas en Córdoba (306) por Almotamid de Sevilla no hubiéramos podido rectificar la fecha en que se apoderó de Córdoba, echando pérfidamente de ella á su protegido Abdel-Melic ben Mohammad ben Chahwar, podría creerse que en la biografía de su padre íbamos á encontrar resuelta la cuestión con todos sus detalles; pero nada más lejos de la mente de Aben Pascual; nada nos dice de la vida política del que llama Arraez de Córdoba, y gracias si al indicarnos su muerte, nos dice que murió en Xaltis, desterrado por Almotamid: por casualidad en la biografía anterior, al dar noticia de la muerte de Mohammed ben Âtab, acaecida á 19 del mes de safar del 462, nos dice [350] que Almotamid presidió el entierro á pié, de donde resultarla, si ya no lo supiéramos, que se apoderó de esta ciudad antes de fin de año como creyó M. Dozy, bien que las monedas nos le muestran en Córdoba ya en 461; por la asistencia á otro entierro resulta casi lo mismo, aunque no dice el mes, pág. 67. Muchos son los ejemplos que cita Aben Pascual de personajes que rehusaron aceptar los cargos más distinguidos: de varios que pudieran aquí citarse, anotaré sólo el de Muza ben Hudzail, natural de Córdoba, á quien siendo ¿asesor? en los juicios, quiso nombrar khadí de Córdoba Mohammed ben Chabwar: Muza pidió ocho días de plazo para pedir á Allah (el acierto): concedido como era de esperar, quedó ciego en estos días, y la gente creyó que él mismo había pedido esto. Y no es extraño que el pueblo creyera que Muza ben Hudzail había conseguido lo que había
pedido por verse libre de un cargo, que sin duda aborrecía; pues Aben Pascual dice de muchos de
sus biografiados, que su intercesión ú oración en provecho de otros era muy atendida
Algún ejemplo he citado en trabajos anteriores de prodigiosa memoria de que ofrecen muchos
ejemplos los pueblos semitas: sin contar los muchos que sabían de memoria el Korán, pues parece
que eso al menos se necesitaba para que uno llevara el título de Varias veces dice Aben Pascual que éste ó el otro personaje fué enterrado en el sepulcro de sus antepasados ó con su familia: á este espíritu obedecería sin duda el hecho de que varios individuos fuesen trasladados á enterrar de un punto á otro no poco distante, como de Córdoba ó Marruecos á Sevilla, ó de Valencia á Murcia, cuyos hechos se consignan en las biografías 1143, 1161 y 1140. Entre muslimes, como entre cristianos, era frecuente dedicarse como ejercicio piadoso á la guerra contra cristianos ó muslimes respectivamente, haciendo profesión de establecerse en alguna fortaleza fronteriza: al castillo de Alfamín en tierra de Toledo es adonde con preferencia se dirigían los piadosos muslimes: varias veces se le cita con este motivo; así del hachch Hixem ben Mohammad el Keiçi, después de indicar los muchos maestros á quienes oyó en España ó trató en su peregrinación, dice que ayunaba el mes de ramadhán en Alfamín, celebrando allí la fiesta de la ruptura del ayuno, dando una abundante comida á la gente del castillo y á cuantos fronteros se encontraban allí, gastando en esto sus muchas riquezas, mientras él, vestido toscamente, estaba dedicado á la guerra de las fronteras. Si de muchos de los biografiados, dice Aben Pascual que tenían buena letra, ó que su conducta, siendo kadhíes había sido alabada, no faltan casos en que diga lo contrario, como de Mohammad ben Çuleiman el Nafazabí, cuya letra era mala, ó de Mohammad ben Ibrahim el Gaçaní, quien después de haber sido consejero en Almería, fué nombrado kadhi de Murcia, en cuya población no sabemos si su conducta fué mala, sólo sí, que no fué alabada. Innumerables son los casos citados por Aben Pascual de nombramientos [352] para cargos administrativos; he indicado y creo firmemente que merecen un estudio especial, en el que se fijase la naturaleza de los diferentes cargos en cuanto pudiera hacerse; cuáles eran compatibles, cuáles de más categoría; quiénes hacían los nombramiento, si era limitado ó no su número, etc., aprovechando cuantas indicaciones nos ofrece Aben Pascual; indicaciones que de seguro completarán más ó menos los autores que nos proponemos publicar: así, respecto al número de los mufhíes, si era indefinido, ó de ejercicio libre, como parece ser por ejemplo el de notarios, encontramos la indicación de que Yahya ben Hacam el Amili, natural de Córdoba, era del número de los mufhíes en esta ciudad por nombramiento de Aben Zarbi (el kadhi?): si el número no era limitado, al menos no era profesión libre, pues se necesitaba nombramiento. Son tantas las cosas que pudieran anotarse de las noticias que da nuestro autor, y que de seguro, si no aprovechaban á unos, aprovecharían á otros, que sería interminable si hubiera de hacer uso de las papeletas que había separado para redactar esta noticia de lo contenido en los cuadernos IV y V del texto; pero reconozco, mi impericia para hacerlo sin molestar mucho á los Sres. Académicos, de cuya benevolencia he abusado ya bastante y por tanto doy por terminado mi propósito. Madrid 16 de Noviembre 1883. FRANCISCO CODERA. [353] IV. La reja de San MillánEl texto do la Reja de San Millán, que reproduje, en nuestro BOLETÍN (308) tomándolo de Llorente, ha sido al fin cotejado por el docto P. Minguella con las fuentes mis antiguas, si no primeras, que todavía subsisten en la biblioteca del célebre ex-monasterio Emilianense, y son el Becerro gótico (fol. 61) y el galicano (folios 189 y 190). Anotaré las pocas variantes ó erratas que arroja este último, no desatendibles; y en punto á las de Llorente, prevengo una vez por todas, que omitió las sumas de las rejas correspondientes á cada uno de los diez y seis distritos (309). «In era millesima sesagesima tertia decano sancti Emiliani, sicut colligebat ferro por Alava, ita describimus (310). Ubarrundia XVIII reggas Gamarra maior duas reggas. Gamarra (311) minor una regga. Erretana una reg. Hamarita una. Camboa (314) XX Lehete I Harhazua XXVII Darana II Harhazua XII Betonia II Maliszhaeza (333) XXII Abendagu (334) I Hiraszaeza (339) XXII Gelegieta (340) III Hegiraz XIIII Hamainio (346) I Septem Alfoces Hegiraz (353) el sancti Romani et Hurabagin el Halbiniz (354) et Hamezaba uno andosco. Hillardui (355) et Arzanhegi, Ibarguren Antuiahin et Heinhu (356) uno andosco. Zonotegi (357) Irossona (358) Horibarri (359) et (360) Udalha uno andosco. Galharreta I Langrares XXIV Transponte uno. carnero Mendihil (370) I Gersalzaha I Paves I Alfoce de Fornello XX Erenna I Rivo de Ibita (409) XXXII Prango et Prango II Harrahia XIII Sancta Pia II Divina XXII Oto et Oto III Anda extraviado, si por desdicha no pareció, el instrumento original de la Reja de San Millán, escrito en 1025. Sirvió, no mucho después, de tipo ejemplar al Becerro gótico, y algo más tarde al galicano. Este códice acertó á suplir varias omisiones en que aquel incurrió, pero tampoco se halla exento de errores, que importa rectificar, en atención á que el documento es fundamental, como lingüístico y como geográfico, de amplios y trascendentales estudios. Igual desgracia han sufrido no pocas lápidas romanas que, arrancadas de Iruña, perecieron, sin valerles el celo protector de [361] sociedad benemérita. Una de ellas (Hübner, 2929) ofrecía el tipo étnico de los Euskaldúnac y el radical de la Euskara:
Marco Poncio Tonio, hijo de Auscio, de la tribu Quirina, de 75 años de edad, aquí yace. Madrid, 7 Noviembre, 1883. FIDEL FITA. V. Los SaavedrasPreclarísimo linaje y glorioso nombre es el de Saavedra para la honra de España; él aparece una y otra y otra vez brillando en nuestra historia literaria é irradia su fulgor en épocas y generaciones diversas. Séame permitida ó perdonada á lo menos esta enunciación que me asaltó al evacuar el informe con cuyo encargo me honró el Presidente de nuestra Academia, referente al insigne escritor Saavedra Fajardo. Ni creo que sean estas noticias de familia impertinentes al asunto, ni impropias de la Academia de la Historia. Porque ¿qué cosa es la historia de un país sino la narración exacta de los hechos realizados por el pueblo que lo habita? Y ¿qué es pueblo en este sentido sino el conjunto de gentes ó razas que viven en un territorio? Y ¿qué es, en fin, raza sino una aglomeración de familias de un mismo origen más ó menos remoto? Y siendo esto así, séame de nuevo lícito admirarme y llamar [362] vuestra atención hacia esta familia de Saavedra, que en épocas distintas ha dado tan esplendente brillo á nuestra fama literaria, y que aún hoy día nos envía un valeroso combatiente á este palenque de nuestras glorias históricas. Los Saavedras, oriundos del reino de Galicia y ricos-hombres de tiempo inmemorial, bajan con los Reyes Conquistadores, tomando gloriosa parte en la restauración de nuestro territorio. D. Alonso Fernández de Saavedra, vigésimo primero Señor de esta Casa y Caballero de Santiago, Comendador de Aledo y Adelantado de Murcia por D. Alfonso XI en 1330 (437), asistió á la sentencia arbitral que dió D. Dionís de Portugal sobre las fronteras de los reinos de Valencia y Murcia. En este caballero, dejando aparte el antiguo y primitivo patrimonio de Galicia, que heredó su hijo D. Gonzalo, se dividieron otras dos ramas, la andaluza y la murciana. En la primera encontramos á Juan García de Saavedra, vigésimo segundo Señor de la Casa de Saavedra, que toma parte en la batalla del Salado (438). A su hijo Fernán Yañez de Saavedra, doncel del Rey D. Pedro, luégo fiel partidario de Enrique II y camarero de Enrique III (439). Al hijo de éste, Fernán Arias de Saavedra, llamado el Bueno (440), primer Señor del Castellar y del Viso de Alcor, que se distinguió en la conquista de la primera de estas villas. Y, en fin, á D. Juan Arias de Saavedra, segundo Señor del Castellar (441). Este D. Juan Arias de Saavedra, segundo Señor del Castellar y del Viso, justamente llamado el Famoso, allá por los tiempos de D. Juan II, tuvo en su mujer Doña Juana de Abellaneda, entre otros hijos, á dos que nos conviene nombrar, Doña Juana de Saavedra y D. Hernando Arias de Saavedra (442). [363] La Doña Juana casó con Diego de Cervántes, Comendador de la Orden de Santiago, y los descendientes de este matrimonio juntaron en uno los dos apellidos, llamándose desde entonces Cervántes Saavedra. Hijo de ambos fué Juan de Cervántes Saavedra, Corregidor de Osuna, que tuvo á Rodrigo de Cervántes, casado con Doña Leonor de Cortinas, dichosísimos padres del inmortal autor del Quijote. Volvamos ahora á aquel Alfonso Fernández de Saavedra, rico-hombre de D. Alfonso XI, cuantiosamente heredado en las tierras de Andalucía, pero Comendador de Aledo en Murcia y Adelantado de aquella frontera. De él descienden á la vez, como prueba Cascales, y como refieren en la parte que les concierne los nobiliarios andaluces, las dos ramas, la una murciana, que pasando por D. Gonzalo de Saavedra, Comendador de Calasparra en la Orden de San Juan, fundó la capilla de los Saavedras en la parroquia de San Pedro de Murcia, y que fué heredada en aquella fertilísima vega, con casa en la ciudad, hoy poseida á lo que creo, ó si acaso recientemente enajenada por los Barones de Albalat, Condes de Alcudia, con una granja además en la vecina villa de Aljezares; familia que estaba representada á fines del siglo XVI por D. Pedro de Saavedra, esposo de Doña Fabiana Fajardo, la cual en la humilde villa citada dió á luz en 6 de Mayo de 1584 al tercero de sus hijos varones, á quien por el nombre mismo del respetable sacerdote que le bautizó se puso por nombre Diego (443). La rama andaluza necesitaba aún más tiempo para crecer y producir su mejor fruto. Retrocediendo, pues, á aquel D. Juan Arias de Saavedra, segundo Señor del Castellar y del Viso de Alcor, hallamos el otro hijo llamado D. Hernando (444), tercero de este título, que le cambió en condado en favor de su hijo D. Juan Arias de Saavedra, cuarto Señor y primer Conde del Castellar en tiempo del Emperador Carlos V. A la quinta generación, D. José Ramirez de Saavedra y Ulloa, [364] segundo de su Casa, dejando al primero D. Fernando el rondado del Castellar, que hoy ha ingresado en la Casa de Medinaceli, obtuvo de Felipe IV en 1637 el título de Marqués de Rivas. Otras cinco generaciones más adelante este marquesado fué elevado á la dignidad ducal y á la grandeza de España en favor de D. Juan Martín Perez de Saavedra, sexto Marqués y primer Duque de Rivas, padre del insigne escritor D. Angel, predecesor nuestro en esta Real Academia, y cien veces justamente laureado autor de D. Alvaro, del Moro Expósito, de los romances y leyendas históricas, y de la Historia de la sublevación de Masanielo. ¡No os parece, señores, coincidencia notable que pertenezcan estos tres grandes ingenios á una misma familia como (sin pretenderlo) lo prueban Zúñiga y Argote, Cascales, Pellicer y Navarrete! De mí sé decir que me ha llamado la atención ver usar del mismo apellido al sin par ingenio que desterró los libros de caballería que influían dañosamente en la literatura, en las costumbres y hasta en la política de nuestros antepasados; al cristiano erudito y profundo filósofo que supo reducir á pictóricas empresas y eruditísimos artículos los preceptos del difícil oficio de reinar, y en fin, al insigne dramaturgo que en nuestros días hizo revivir la escena española desmayada ó adormecida por los preceptistas franceses, y volverla á la vigorosa vida de Rojas y de Calderón, elevando al mismo tiempo un dique que nos preservase del descabellado romanticismo y del vulgar naturalismo que de allende el Pirineo nos invade: inspirado y patriótico poeta además que con populares romances dió á un tiempo vigor á tradiciones gloriosas, y al género de poesía pura y exclusivamente española. Ni se limita al nombre la analogía que existe entre estos dos varones insignes. Hijos ambos de muy ilustre familia, pero no llamados por las leyes de vinculación á heredar sus riquezas, son uno y otro nobles segundones; los mayorazgos de Murcia los había de heredar D. Pedro de Saavedra, los de Córdoba tocaban á D. Juan Remigio. Sin embargo, ni D. Diego, ni D. Angel se resignan á vivir ociosos a expensas de una pensión alimenticia, ni á buscar una rica heredera que les dore el escudo de armas. Aspiran ambos á ilustrar con sus propios hechos el nombre de sus [365] mayores; asi que si el satírico Quevedo hubiera querido censurar á su contemporáneo D. Diego de Saavedra no hubiese dicho:
Y eso que en verdad la nobleza murciana y más aún la gente popular de Aljezares se precia de caballista y gusta de aventuras, quizá más de lo necesario y plausible. El Sr. de la Torre de Juan Abad hubiese hallado al caballero murciano en las aulas de Salamanca ó en empleos de harta ciencia y no poco trabajo. Siglos adelante el gran patricio Jovellanos exclamaba criticando los vicios de los nobles de su tiempo:
Pero tampoco estas bellísimas apóstrofes podrán dirigirse al denodado y entusiasta D. Angel de Saavedra, á quien casi en aquellos mismos días, sino el fiero berberisco, el invasor francés, dejaba exangüe en los campos de Ocaña.
Con el estudio de los cánones y leyes D. Diego, con el manejo de las armas D. Angel, procuraban defender los derechos de la patria, hacerse dignos del apellido heredado, y que el hábito de Santiago que llevaba el uno y el de San Juan que vestía el otro, fuesen tan honrados en sus pechos como en los de Lope ó Calderón. Sin embargo, ni el clero ni la milicia eran la verdadera vocación [366] de uno y otro Saavedra: el espíritu observador, el genio ameno, la natural elocuencia de uno y otro los llamaban por otros senderos, y así ambos, dejada la primera carrera, brillaron luego en la diplomacia, en las embajadas, en los Congresos. Los protocolos de Munster en el siglo XVII, y los de Gaeta en el nuestro guardan elocuente testimonio de su habilidad y de su patriotismo. Cuando, más que la edad, los trabajos, los rindieron, ambos vinieron á ilustrar con las luces de su experiencia los consejos de la corona. En el primer período uno y otro habían cumplido como buenos y pagado generosamente la deuda que tenían con su propio linaje, D. Diego llegó jóven aún al interior de dos cónclaves, D. Angel esmaltó con su sangre su nobleza en los campos de batalla, ¿qué más pudieran pedirles sus insignes antepasados? En el segundo período de su vida uno y otro por el propio rumbo hicieron altísimos servicios al Rey y á la patria, los cuales, bien ó mal pagados, fueron públicamente reconocidos y proclamados. Pero donde adquirieron indudablemente mayor gloria y más duradera fama es, sin duda, en la carrera literaria: la pluma era, á no dudarlo, el poderoso instrumento de ambos: ni el murciano ni el cordobés la dejaron de la mano, ni en los estudios y pasiones de la juventud, ni en medio de sus largos y trabajosos viajes, ni en la final elevación de altísimos empleos. Por ella más que por cosa alguna vivirán admirados en las generaciones venideras. Demos una ligera ojeada á las obras de cada uno en tales períodos. La República literaria es el primer parto del ingenio de Saavedra Fajardo, según él mismo escribe en su dedicatoria al hijo natural del Conde Duque, y aunque así no lo declarase, bien lo dan á entender de una parte el desenfado juvenil con que está escrito, y de otra el respeto imitativo á libros que en aquel período corrían en gran voga, como El viaje al Parnaso de Cervántes, El Laurel de Apolo de Lope, y otros extranjeros. Joven era también D. Angel cuando dió á la estampa la Oda á la batalla de Bailén, El Paso honroso, Florinda y Lanuza, y [367] ¿quién no ve entre aquellos clásicos versos el fogoso patriotismo del joven oficial y la respetuosa imitación del admirador de Quintana y Gallego? Pero siendo esta exuberancia juvenil en el estilo, este español patriotismo en el pensamiento, y este respeto á los modelos en el gusto, cualidades comunes á ambos escritos ¡cómo se marca ya la diferencia entre los autores! ¡cómo se percibe la profundidad filosófica del canonista murciano y el brillante pincel del oficial andaluz! El servicio del Rey llevó pronto al tonsurado D. Diego á la corte y á Roma, allí, ve, estudia, medita y más independiente y más espontáneo y profundo, escribe las Introducciones á la Política, y Razón de Estado del Rey Católico D. Fernando. También las vicisitudes políticas y no ya el servicio sino la sentencia del Rey sacan á D. Angel del hogar amado y lo llevan lejos de España; y asimismo más independiente, más resuelto, más Él, escribe ya el Faro de Malta, y comienza aquella serie de romances históricos, una de las obras que más le caracterizan y una de las más preciadas joyas del parnaso español. Pero sigamos en su marcha á estos dos ingenios que á pesar del vasto espacio á que se extienden en sus escritos y del largo transcurso de dos siglos, no se encuentran nunca; pero que como dos líneas paralelas, siguen la misma dirección y como que se encaminan al mismo norte... y así es en verdad; al norte del bien moral y al engrandecimiento de su patria. Saavedra Fajardo dejada Italia y tomando á su cargo las múltiples negociaciones de Alemania, como embajador ora cerca del Duque de Baviera, ora en el Círculo de Borgoña, en la dieta de Ratisbona, en la Confederación Helvética, en París, en Viena trata íntimamente con los profundos pensadores de aquellas naciones con los hábiles estadistas y grandes capitanes de aquella época, bien que puesto siempre el corazón en su amada patria y fijo su pensamiento, no tanto en Felipe IV, perezoso en el oficio de Rey y entregado á sus validos, cuanto en el joven D. Baltasar Carlos objeto del público amor y fundamento (presto malogrado) de grandes esperanzas. No emplea su ingenio en novelas picarescas ó viajes más ó menos ciertos y entretenidos. «Sino que [368] en la ociosidad (así la llama), de sus continuos viajes por Alemania y por otras provincias, piensa en las cien empresas que forman la idea de un Príncipe cristiano, y escribiendo en las posadas lo que entre sí había discurrido por el camino,» remata aquella admirable obra traducida en vida de su autor á todas las lenguas, código ingenioso y elocuente de moral, de justicia, de religiosidad y á veces de administración y de milicia, de cuanto en fin constituye lo que él llama la ciencia de reinar. Vicisitudes políticas también sacan á D. Angel del hospitalario, suelo de Malta, cruza con fruto por Inglaterra, llega á Francia, se establece en Tours, visita frecuentemente á París, y así como la culta sociedad inglesa le había inspirado el amor á Shakespeare y á Byron, en la Francia del año treinta se pone al tanto del movimiento que Lamartine, Hugo, Nodier, Delavigne, Mériméc, Dumas y otros muchos habían impreso á todo género de literatura; madura él más y más el pensamiento que ya tenía de dar á semejante evolución intelectual, el carácter castizamente español, emancipando las letras patrias del falso clasicismo francés y restaurando en ellas el espíritu de nuestros antiguos romanceros y autores dramáticos. El Moro expósito que tenía muy adelantado desde Malta, es continuado con calor y rematado con éxito; D. Alvaro concebido allá donde se hablaba la lengua de Byron, es discutido largamente con su amigo Galiano y puesto en fácil prosa y armoniosos versos, en las margenes del Loire. Admirable colección de caracteres, galería perfectísima de cuadros de costumbres, de personajes, de sucesos españoles todos, pero que afectan, retratan y enseñan á la humanidad entera sin que su estilo peque en el conceptismo de los autores antiguos ni llegue al realismo que afectan los modernos. En el Moro expósito hay trozos tan grandilocuentes como en las Naves de Cortés y como en los mejores cantos del Bernardo; parajes tan fáciles y llanos como en la Gatomaquia. En cuanto al drama, diremos que mientras Moratín y el mismo D. Ramón de la Cruz no desdeñarían las escenas del Mesón de Hornachuelos y el carácter de Fr. Melitón: Calderón y Rojas suscribirían las décimas de D. Alvaro ó el proyecto de fuga con [369] su amada Leonor: obras son ambas admirables que enseñan también la ciencia de reinar en la epopeya y en el drama. Otras dos escribieron los Saavedras que nos reclaman mayor atención, La Corona Gótica del uno y La Sublevación de Nápoles del otro. Ambas caen más directamente bajo la jurisdicción de la Academia por ser historiales; pero eso mismo me impide hablar de ellas dado que esta sabia Corporación ha colocado á Saavedra Fajardo al lado de los Melos y Moncadas y que dió alto asiento al Duque de Rivas encargándole llevar la voz de la Academia para laurear á sus premiados. Pero no puedo ni debo dejar de tomar en cuenta la semejanza entre ambos autores, que llegados al postrer escalón de su carrera diplomática, embajadores ambos, emplean su pluma en trabajos históricos y desde remotas tierras, entre extranjeras gentes, vuelven la vista á la amada patria y ponen la pluma en asuntos que conciernen á su historia y á sus derechos. ¿Son estas dos obras las más importantes de los insignes escritores? Hay quien así lo piensa. La fama popular no lo sanciona cuando llama al uno el autor de las Empresas Políticas y al otro el autor de Don Álvaro. En mi humilde opinión y según escribe el autor antiguo y oí yo mismo decir al poeta contemporáneo no son estas las que con mayor trabajo y diligencia compusieron. Otras no tan aplaudidas son sin duda las que acreditan mayores tareas, más concienzudos estudios históricos y más sostenida inspiración á saber: El Moro expósito de D. Angel y La Corona Gótica de D. Diego. Propusiéronse además los autores fines trascendentales y en cierto modo parecidos. D. Angel eligió un asunto de la historia de España de los siglos medios, y sus héroes, leyes, ritos y costumbres están tratados con tan bizarro y animado estilo, con tan varia versificación y por tan libre manera, que el lector no sólo halla entero conocimiento de todo sino también practicadas máximas literarias apropiadas ánuestra época. D. Diego intentó reducir en breve volumen las historias de los Reyes Godos de tal suerte dispuestas, que no solo hallase el Príncipe [370] (D. Baltasar Carlos) entero conocimiento de ellas, sino también advertidas máximas políticas, pero con moderación; porque el oficio de historiador no es de enseñar refiriendo sino de referir enseñando. Notables diferencias median entre ambos libros ó por mejor decir en las condiciones y circunstancias en que sus respectivos autores se encontraban. Las fechas de sus dedicatorias bastan á explicarlas. La de El Moro expósito dice así: A. Mr. John H. Frere. -París. 1.º Diciembre 1833. Es decir cuando el autor contaba cuarenta años, lo había pues escrito reposadamente en la flor de su vida, en el mayor vigor de su ingenio en las risueñas márgenes del Loire (Tours, Mayo 1833) y estaba rodeado de su familia que le idolatraba, de amigos (como Galiano) que le hacían justicia, lo remataba y daba á la estampa en el brillante y bullicioso París, cuando le estaban tras larga emigración abiertas las puertas de la patria, cuando ya amanecía en ella una aurora de libertad y ventura con el reinado de Isabel II y la regencia de María Cristina, cuando en fin su esposa y sus hijos precursores de su regreso le anunciaban desde Madrid cariñosos abrazos y populares triunfos. Del todo opuestas eran las circunstancias que rodeaban al embajador Saavedra Fajardo y que se compendian en la cabeza y pié de su dedicatoria de La Corona Gótica que dice: Al Príncipe Nuestro Señor. -Munster 8 de Setiembre 1645. En efecto, no contaba ya cuarenta años como el autor de El Moro expósito, sino que tenía bien cumplidos sesenta y uno, no departía como aquel con su familia y sus amigos por las verdes colinas de la Turena ó por los alegres boulevares de París, sino que confinado por su oficio en las heladas llanuras de Westfalia cubierto por las nieblas otoñales con que el mezquino Aa envuelve los monótonos campos de Munster, solitario allí y preso además por la convalecencia de una enfermedad que en Bruselas le había puesto á las puertas de la muerte; más afligido aún moralmente por lo que le escribían de la corte y porque su experiencia de las cosas internacionales le hacían preveer claramente el triste desenlace que tuvieron las negociaciones que seguía y la decadencia de la monarquía que era su ídolo. Inquieto, atormentado en fin [371] por las dificultades y dilaciones que hallaba el tratado de la paz universal, negocio tan grande, dice, de que pende el remedio de los mayores peligros y calamidades que jamás ha padecido la cristiandad. ¿Qué mucho que mientras el desterrado, iluminado por la aurora de sus esperanzas componía un poema por todo extremo deleitable, el embajador, al triste anochecer de sus desengaños escribiese la grave y severa historia dedicada al primogénito del distraido é imprudente Felipe IV y termine así su libro: «Lo que conviene, es que la virtud, la prudencia y la atención de los Reyes hagan durables sus reinos, porque si bien son inmutables los decretos de la divina Providencia en las mudanzas de las coronas... es verdad infalible que la duracion de los ceptros es premio de la virtud y que por el vicio, la imprudencia, el engaño y la injusticia muda Dios los reinos de unas gentes en otras.». Hemos dicho que la obra fué dedicada por el negociador de Munster al Príncipe del Reino en 8 de Setiembre de 1645. Parece fatalidad: el Príncipe D. Baltagar Carlos murió poco después; el negociador no vió la conclusión de su tratado; y el día mismo en que escribía su dedicatoria (como en presagio) moría en España el escritor político de más nota de nuestra patria, Quevedo. Volvamos al paralelo de los dos Saavedras. Ambos terminaron su carrera pública en los Consejos supremos. D. Diego en la Cámara del de Indias, D. Angel en la Presidencia del de Estado; pero ni los vaivenes de la política, ni los achaques de la ancianidad, ni los desengaños de la vida los respetaron allí. Ambos buscaron el refugio que á cada cual consentían los tiempos: nuestro prócer cordobés en los cuidados y cariño de su numerosa familia, de su primogénito á quien legaba con la dignidad nobiliaria su lira más bella y gloriosa todavía: viendo así acercarse su fin en la casa que la habían legado sus antepasados, y junto al templo mismo de la Concepción Jerónima en que aquellos reposaban. Cuando el 22 de Junio de 1865 sonó la hora de su eterno sueño á los 74 años de su edad, fué sepultado en el convento de Rivas de su patronato. [372] El historiador murciano que no tenía hijos hizo de la familia agustiniana la suya propia, construyó una celda en el convento de Recoletos cerca de donde hoy está la fábrica de moneda, y preparó allí su postrer descanso que logró el 24 de Agosto de 1648 á los 64 años de su edad. Aquella comunidad amiga y respetuosa en vida, y agradecida en muerte le erigió digno sepulcro en la capilla inmediata al coro y le dedicó sufragios hasta la época de su extinción. He terminado este impertinente paralelo, no por encargo vuestro, sitio por espontánea y quizá senil inclinación mía escrito, é inspirado por un nombre cuatro veces respetado ó querido en esta Academia. El primero que he nombrado, nacido en el siglo XVI, de las glorias militares y de las tiránicas demasías, sentó plaza de soldado y se vió cautivo. El segundo, floreciendo en el siglo en que las guerras religiosas producían su amargo fruto y España confiaba á la diplomacia la defensa de su poder espirante, fué clérigo y diplomático. El tercero, que alcanzó la epopeya de nuestra independencia y el renacimiento de nuestras Cortes, fué guerrero y orador parlamentario. El que felizmente nos acompaña, perteneciente á la edad en que el ferrocarril horada las montañas y allana los valles, en que la electricidad comunica los hemisferios y la industria junta los mares, es ingeniero. Las cenizas del primero, Cervántes Saavedra, no se han hallado ni se pueden hallar; tan modesta fué su sepultura; pero aún están en pie los muros que le guardan, y aún resuenan las oraciones que le bendicen. Al revés acontece con los restos del segundo, Saavedra Fajardo; se ha perdido el magnífico epitafio, derribado el templo, allanado y desfigurado el terreno en que descansaron. Pero ellos se han salvado merced á la Academia, y aún ha podido en nuestros días el hombre de ciencia tomar en su mano el cráneo, sede otro tiempo de tan profundos pensamientos, y aún podrá el sacerdote rociar con el agua santa los huesos del que fué tan piadoso como elocuente. [373] Del tercero todo ha sido hasta ahora respetado, sus despojos y su sepulcro; aún sejuntan alrededor de su tumba, bajo la bóveda consagrada, sus hijos y sus admiradores. El cuarto, felizmente, vive; nos edifica con su laboriosidad, y, gracias á Dios, esperamos que largo tiempo nos instruya y honre con sus trabajos. Porque es lo cierto que todos cuatro, en el trascurso de otros tantos siglos han comprendido que la religión y la patria deben ser el primer objeto de nuestro amor, y que las obras intelectuales son el mejor medio de prestarles defensa y culto. Pido de nuevo humildemente perdón por este escrito, por decirlo así, intruso y advenedizo, y paso á cumplir más concretamente el encargo de la Academia. LOS RESTOS DE SAAVEDRA FAJARDO En los primeros meses del año 1836 vivía en Madrid el sabio académico D. José Musso y Valiente, varón de vastísima y general erudición, contrariado por tan gran modestia que apenas ha dejado público testimonio de su sabor sino en las actas académicas; de piedad cristiana tierna y ferviente, lo cual lo ponía en aquellas circunstancias en íntimo contacto con dignos eclesiásticos regulares, perseguidos á la sazón; de patriotismo además tan sincero y cordial, que confundía en un mismo amor las épocas todas de nuestras glorias nacionales, y que extendía el cariño que profesaba á su familia á toda la provincia de Murcia, en que de ilustre y antiguo linaje había nacido, como si toda aquella fertilísima comarca fuera su hogar y todos aquellos moradores, grandes y pequeños, antiguos y contemporáneos, fuesen sus padres, sus hermanos o sus hijos. Debo añadir (para dar autoridad á lo que he de referir) que tenía conmigo algunas relaciones de parentesco, y más aún de amistad que pudiera llamar paternal, si su edad ya entonces madura y su vastísimo saber no le dieran para mí autoridad y carácter de padre y de maestro. Lecciones eran y muy sabrosas é instructivas los paseos que [374] casi todos los días dábamos juntos: recuerdo que uno, justamente el de su santo, discurriendo por la entonces estrecha alameda de Recoletos, y contemplando la elegante puerta ó arco de triunfo, que aún llevaba tal nombre, comenzamos á razonar sobre los derribos que entonces airadamente se hacían, algunas veces con daño de las artes y otras con ofensa de gloriosos recuerdos. «Justamente, dijo Musso, ahora ando yo á caza de los huesos de nuestro Saavedra Fajardo, que aún han de estar ahí (y se paró, señalando lo que era á la sazón taller de coches de D. Mariano Carsi, y Galería topográfica pintoresca); pero en donde se conservaba, hacia la derecha de la abandonada iglesia y al extremo del edificio del convento, una especie de pabellón de arquitectura diversa, que remataba en lo alto en una galería ó soleadero con cinco arcos al Mediodía. -Aquella (añadió Musso), era la celda que para su retiro, hizo fabricar nuestro autor, ni más ni menos que Floridablanca, en el convento de San Francisco de Murcia. Su sepulcro está en la capilla de junto al coro y su epitafio dice...» y me lo recitó entero, mostrando aquella prodigiosa memoria que celebraba Lista por lo extensa y que Gallego, por lo pronta en retener, llamaba memoria á lo Stanhop. Roguéle que me pusiese al corriente de lo que en el particular averiguase ó consiguiese, y me dijo que había el día antes hecho conversación de todo en la Academia de la Historia (445) para que tomase parte en el asunto; que la Academia, sin que constase nada en actas para no sufrir desaire ó desengaño, había acordado dirigirse confidencial y verbalmente al Gobernador civil para ver de salvar los restos del insigne escritor, y que en efecto había tomado este encargo el Sr. Baranda, que como eclesiástico y como íntimo amigo de Olózaga podía satisfactoriamente desempeñarlo. Y acertó en la elección la Academia; porque en el acta del viernes 25 de Marzo de 1836, (es decir en la sesión siguiente), leemos: «El Sr. Baranda manifestó que había conferenciado con el Sr. Gobernador civil sobre la conservación de los restos mortales [375] del célebre D. Diego de Saavedra Fajardo que se hallaban hace poco tiempo en el convento de Recoletos; y que aquella autoridad se había mostrado pronta y dispuesta á coadyuvar á ello; pareciéndole al Sr. Baranda sería oportuno que por parte de la Academia se le hiciese alguna recomendación sobre el mismo objeto.» Así lo acordó la Academia. A lo que vagamente recuerdo y no aseguro, el Gobernador solícito en complacerá la Academia, como aquel que desea contraer méritos, aprovechó la próxima semana santa y sin aguardar la comunicación escrita comenzó á dar pasos en el asunto. Lo que sí sé de cierto es que llamó con urgencia a su despacho al último prior y áun á otros religiosos del extinguido convento, causándoles no leve susto; porque el Sr. Olózaga, no tenía fama de llamar á los frailes para convidarlos á chocolate ó para darles limosnas de misas. El hecho es que los infelices poco enterados ó poco tranquilos, no acertaron á decir sino que en efecto «D. Diego había sido sepultado en la iglesia, que se habían cumplido sus píos legados hasta la exclaustración, que el sepulcro estaba en la capilla próxima al coro y que había sido violado en tiempo de los franceses.» Bastaron estas noticias para que el activo Gobernador enviase allá agentes y operarios y mandase sacar de la sepultura y traer al Gobierno civil los deseados huesos. ¡Cuál fué su sorpresa cuando vió que sobraban algunos y faltaban otros, entre ellos nada menos que el cráneo! Algo se trasluce de esto en el siguiente párrafo del acta del viernes 15 de Abril de 1836. «Dí cuenta asimismo de un oficio del Gobernador civil de esta provincia de 13 del corriente, en el cual manifiesta que á consecuencia del que se le dirigió con fecha del 7, había practicado las oportunas diligencias para averiguar el paradero de los restos mortales de D. Diego de Saavedra Fajardo y conseguido tenerlos á su disposición. Pero que como han sido trasladados del sitio varias veces desde su extracción del sepulcro en la guerra de la Independencia, que para afianzar más su identidad, sería indispensable continuar la indagación de lo ocurrido y recoger todas las noticias que los moradores de aquel convento ú otras personas [376] pudieran suministrar: que si la Academia era del mismo parecer, podía servirse nombrar una comisión de su seno, que entendiese en ello por sí misma ó en unión con dicho Gobernador civil en la seguridad de que emplearía para llevar á su término este negocio, cuantos medios pendiesen de su autoridad. La Academia en vista de esta apreciable indicación, acordó nombrar á los Sres. Musso y Baranda, para que en unión con dicho Gobernador civil entiendan en este negocio, hasta terminarlo debidamente.» Los comisionados siguieron otro método que el Gobernador. Visitaron amistosamente á los exclaustrados; tranquilizándolos sobre el asunto de que se trataba, y confidencialmente averiguaron que en efecto no sabían más que lo que habían dicho á Olózaga; pero por su medio entablaron relaciones con cierto fraile lego que había entrado de monaguillo en el convento á fines del siglo pasado, y que, profeso ya, era sacristán cuando la invasión francesa. ¿Era este uno de los moradores de aquel convento á quienes aludía Olózaga en su oficio? Lo ignoramos. En todo caso por él supieron que los gabachos creyendo que la comunidad habría escondido sus alhajas y las de sus bienhechores en los sepulcros, los profanaron todos, entre ellos el de Saavedra, rompieron ó se llevaron la lápida, sacaron el ataud, aún estaba el cuerpo entero, y tenía pedazos del manto de Santiago; pero no hallando los gabachos (siempre los nombraba así), tesoro ni alhajas ni siquiera espada ó venera lo dejaron todo tirado. El piadoso lego volvió á meter como pudo el ataud en el sepulcro pero no la lápida que había desaparecido. Al regreso de la comunidad su prior quiso examinar lo ocurrido y al abrir de nuevo el ataud se encontró el esqueleto deshecho y mezclados confusamente los huesos. O por esta causa, ó por que se hubiesen de hacer reparaciones en la capilla, ó por otra razón, tales huesos reunidos en una arquilla preciosa, se depositaron en un armario de la sacristía. Estando allí acaeció un suceso que merece referirse; vino á Madrid, según relación del lego un lord inglés. (En concepto del pueblo todo viajero es inglés, y todo inglés es lord); sin embargo, [377] no sería raro en aquella época que fuese exacta la relación, y aún puede convenir al célebre Lord Holland ó á su hermano el general Fox, que viajaba á la sazón por España en compañía de su hijo y que era gran conocedor de nuestra literatura: pues bien, diz que este lord, poniendo en las manos de su hijo la calavera de Saavedra, dicen que dijo: «Toma, para que digas que has tocado con tus propias manos el cráneo del primer político de esta nación y de uno de los mayores ingenios de su siglo.» Copio estas palabras del artículo que yo mismo escribí en aquellos días casi al dictado de Musso, y que se publicó en el núm. 6 del Semanario pintoresco de 8 de Mayo de 1836, pág. 55. Y una vez citado aquel articulejo humorístico, pero veraz, que recuerda hechos que ya había olvidado, séame lícito reproducir algunos renglones más que precisan otros. «El dicho de aquel inglés hubo de dar en qué pensar al prelado, que entonces había en el monasterio, averigua que su antecesor había confundido las reliquias de un sabio con las de los santos, y quiere enderezar el entuerto.» Su proceder no sólo era ortodoxo sino asimismo razonable: veremos ahora documentalmente los resultados. En el expediente que sobre este negocio existe en la Academia y en la minuta del oficio que ya hemos dicho se pasó al Gobernador civil, se encuentra esta noticia importante. «... que V. S. (dice) «tome las disposiciones más oportunas para que se averigüe el paradero de los enunciados despojos que recientemente, esto es, poco tiempo antes de la supresión de dicha comunidad se hallaban en una arquita en la celda del P. Provincial, etc.» Esto consta por una parte, por otra hemos visto consignar que el Gobernador civil no se atrevía á reconocer por sí solo la identidad de aquellos despojos, y en efecto, cuando los comisionados de la Academia los vieron, la arquita preciosa había desaparecido, los huesos estaban en un cajón mezclados con otros muchos, entre ellos cuatro tibias y ningún cráneo. Merced, pues, á la diligente habilidad de Musso y Baranda, se pudo averiguar, por confesión del mismo lego, que desde niño los había (por decirlo así) seguido, que él siendo sacristán había obtenido del prelado que el bello cráneo (hasta en las calaveras hay estética) y los fémures [378] se extrajesen de la citada arquita cada vez que hubiera de celebrarse algún funeral, para coronar el túmulo mortuorio. Confesó más el buen lego, que á la supresión y venta del convento, él había prestado ó cedido aquel fúnebre y precioso adorno al dueño de la llamada Galería Topográfica y Pintoresca, para colocar la calavera en la mano de una Magdalena, que más ó menos vestida, acompañaba á una Vénus del todo desnuda, y al famoso torero Montes con su traje, su espada y su muleta. Cierto que al ver tales despojos de tal varón y en tal empleo es forzoso repetir el lema de su última empresa: LUDIBRIA MORTIS. De esos ludibrios procuraron sacarlo nuestros mayores, y lo lograron por el tacto y diligencia de los Sres. Musso y Baranda que lo participaron, no por escrito sino verbalmente (é hicieron bien) á la Academia en sesión del viernes 22 de Abril de 1836, cuya acta dice: «Los Sres. Musso y Baranda participaron á la Academia, que en desempeño de la comisión que se había servido confiarles habían concurrido con el Secretario del Gobierno civil de esta provincia á practicar las diligencias oportunas para asegurarse de la identidad de los restos mortales de D. Diego Saavedra Fajardo que habían estado depositados en el convento de Agustinos Recoletos de esta capital, de cuyas diligencias sólo había resultado hasta ahora el recogerla calavera y fémures que indudablemente fueron del dicho D. Diego Saavedra; pero que aún se continuaban las indagaciones en busca del resto del cadáver.» Tales indagaciones no produjeron resultado alguno por las causas que quedan apuntadas; y aunque las actas de nuestras juntas no vuelven á hacer mención de este asunto, bien claro lo demuestra el señor director D. Martín Navarrete en su discurso leído en junta de 24 de Noviembre de 1837, donde dice en su párrafo 20, página 36, que la Academia noticiosa de que en el convento de Agustinos Recoletos estaban á punto de perecer los pocos huesos (que en la guerra de la Independencia lograron salvarse) del distinguido literato y profundo político D. Diego de Saavedra Fajardo, [379] acudió al señor Gobernador civil y comisionó á los Sres. Musso y Baranda, que puestos de acuerdo con S. S. recogieron su calavera y ambos fémures, y los depositaron en la Iglesia de San Isidro. Allí en la capilla de la Virgen del Buen Consejo en un compartimiento de la cajonería de una sacristía, mas como utensilio de culto que como restos de un varón insigne permanecían, de muchos desconocidos; para otros pasando falsamente por ser de Cervantes; engañados por el apellido de SABEDRA, que mal escrito de letra quizá del lego de Recoletos se lee en la calavera; por los más en fin ignorados á pesar de lo que dice y explica Mesonero en su Antiguo Madrid, hasta que poco hace, el activo académico correspondiente y vecino de Murcia D. Javier Fuentes y Ponte ha intentado trasladarlos á aquella catedral con ocasión del centenario del natalicio del insigne escritor, y con este fin y en unión con el Reverendo Obispo y demás autoridades de aquella provincia, solicitan de la Academia que sea su mediadora para que el Gobierno de S. M. obtempere con sus deseos y permita la traslación de los restos mortales de D. Diego Saavedra Fajardo á la ciudad que fué, por decirlo así, su cuna. ¿Debe ó no nuestra Academia condescender con esta súplica? En mi entender no, si los restos se hallasen en el sitio y sepulcro que Saavedra eligió, encomendado á la memoria y oraciones de aquellos que designó por guardadores de sus cenizas. Pero esto no sucede. Sería todavía dudoso si hubiese siquiera remota probabilidad de que se le dedicase monumento digno... pero la verdad es que están sus despojos desconocidos y colocados menos dignamente que otros que allí yacen, como los de Laínez, Rivadeneyra, Nieremberg y Esquilache, y aun los modernos Melendez, Moratin y Valdegamas, los cuales al menos no están manoseados por la curiosidad de los viajeros ó la travesura de los infantillos LUDIBRIA MORTIS. En el caso presente, y en la realidad de los hechos, mi opinión es que Saavedra (si me es lícito hablar así) ganará mucho; que la [380] corte no perderá nada y que la Academia, accediendo á los deseos de los demandantes, concluirá la piadosa obra de reparación y patriotismo que comenzó en 1837. Si así lo estima, pienso yo que no sólo debe recomendar al Gobierno de S. M. la solicitud de las autoridades de Murcia, sino que fuera bien nombrar una comisión que autorizase la entrega de los restos que ella salvó hace cuarenta y seis años y presenciase su colocación definitiva en el templo mismo en que yacen en monumental capilla los Fajardos, antepasados del insigne escritor; para que, como escribe el mismo (Empresa CI), en la contemplación del sepulcro halle el alma el verdadero tesoro de la quietud eterna. Si así lo acordase la Academia, podría dirigir al Gobierno una solicitud que poco más ó menos dijese: «Excmo. Sr.: Los restos mortales de D. Diego Saavedra Fajardo, el célebre autor de las Empresas políticas, de la Corona gótica y de la República literaria, que yacían en la iglesia de Padres Agustinos Recoletos desde 1648, fueron en 1836 recogidos por esta Real Academia y depositados de orden del Gobierno en la Real iglesia de San Isidro. »Allí estaban arrinconados, quizá desconocidos, y tal vez pronto hubieran sido, como otros, perdidos; porque la Academia al reclamarlos no se propuso erigirles monumento digno y vistoso, empresa que si con todos los que se hallan en el caso del ilustre escritor se hubiera de llevar á cabo, excedería con mucho á los escasos recursos de esta Corporación. Atendió en 1836 sólo á lo que se consiguió, á saber: salvar de la profanación y del olvido tan preciosos despojos. »Al presente, noticioso de lo referido el celoso corresponsal de esta Academia D. Javier Fuentes y Ponte, sabedores del caso el prelado y las autoridades de Murcia, se han propuesto trasladar á aquella ciudad y depositar en su catedral, en monumento digno, los restos del que fué gloria de aquella provincia, honra de España, sujeto respetado en naciones extrañas y aun enemigas, y amantísimo servidor de su Rey y de su patria. »Con semejante intento se han dirigido á esta Academia pidiéndola que sea su medianera con el Gobierno de S. M. para la consecución de tan piadoso como patriótico propósito. [381] »Si esta Corporación creyese posible elevar en la capital de España monumentos á los varones ilustres que en ella están sepultados, vacilaría en prohijar el proyecto de los patricios de Murcia, porque no está resuelto si es ó no conveniente esa centralización absoluta aún de los recuerdos gloriosos. Pero lo ocioso de tal cuestión y lo irrealizable de semejantes monumentos se demuestra con sólo decir que en las mismas bóvedas de San Isidro, aun descontando los Lainez, Rivadeneyras y Nieremberg, yacen arrinconados Esquilache, Melendez Valdés, Moratín y Valdegamas. »Ni hay tampoco en el intento de los murcianos el menor asomo de egoismo provincial ó de demostración ruidosa de espíritu de localidad, sino el piadoso deseo de honrar la memoria y salvar las cenizas de quien fué ejemplo de buenos ciudadanos como de clásicos escritores, y estimular así el estudio y la imitación de los venideros. »Por estas causas la Academia espera que el Gobierno de S. M. accederá á la súplica de esta Corporación, y que, de acuerdo con la autoridad eclesiástica, dispondrá le sean devueltos los restos mortales de D. Diego Saavedra Fajardo, que la misma Academia depositó en 1836 en la Real iglesia de San Isidro, autorizando á la misma Academia á que los entregue á las autoridades de Murcia para ser allí honrosa y definitivamente sepultados.» La Academia, en vista de todo, resolverá, como siempre, lo más acertado. Madrid 16 de Noviembre de 1883. EL MARQUÉS DE MOLINS. [382] VI. Lápidas romanas de Iruña y LeónD. Juan Ochoa de Alayza, digno é ilustrado párroco de Trespuentes, contestando á mi solicitud acerca de los epígrafes romanos que se han descubierto recientemente en Iruña, me dice que en la primera mitad del año pasado, como arase un labrador en el campo contiguo á la puerta casi derruida de la que fué muralla del Norte, sacó á flor de tierra cinco lápidas, cuyo rápido bosquejo me envía, y son las siguientes: ![]() Elanus Uraesami f(ilius) ic sit(us) est. Elano, hijo de Urésamo, aquí yace. Ilustra esta inscripción las de Valladolid (H. 2726) y Contrasta (2956), donde suenan Uraesamu Cantabri f(ilius) y Saeliá Elani mater. La segunda letra de la línea segunda tiene la forma ibérica de la sílaba ka Elanus sonaba Elonus (449) al otro lado de la frontera francesa, y demuestra que no es forzada la asonancia que establecí entre Dullanci (Alegría) y Tullonio.
Silanus Fuscus Evili f(ilius)..... Evili está por Avili, genitivo de Avilius, y se amolda á una regla, por lo visto muy antigua, de la fonética vascongada, que expone D. Arturo Campión en la preciosa Monografía (450) que en su nombre os presento. 3)
An (norum) LXVII h(ic) s(itus) e(st). [384] Completa este fragmento el sentido del anterior; si bien careciendo de calcos y datos suficientes, no me atrevo á decidir que fuesen los dos de una misma lápida.
Vinius Etilius s(ervus) ann(orum) XXXV h(ic) e(st) s(itus). Aquí yace Vinio Etilio, siervo, de edad de 35 años. Esta inscripción es importantísima. Como algunas cantábricas, que ha examinado y descifrado el Sr. Fernández-Guerra, ofrece la especialidad de estar escrita de abajo arriba, y las líneas en dirección de izquierda á derecha. En Etilius se reproduce la aplicación de la ley fonética del vascuence, que hemos visto en Evilius. Vinius quizá dimanó de un nombre geográfico poco lejano; por ejemplo, el de los Vennenses, que cita Plinio, y parece traslucirse en Bénea, que la Reja de San Millán atribuye á la comarca septentrional de Iruña, donde se alzan Ullibarri de Viña y Echavarri de Viña. La última, ó 5.ª inscripción que se ha descubierto, es aún más importante: ![]() Tutelae sac(rum) [?va]ler(ius) ed(ilis) fiam(en) divi Au(gusti) p(osuit). Consagrado á la diosa Tutela. Púsolo (Cayo?) Valerio edil, flamen del divo Augusto. Es, en efecto, esta lápida, la primera y única de Iruña que nos brinda el nombre de una deidad, y la única y primera también [385] que nos hace reconocer que allí existió municipio romano con sus ediles y flámines del divo Augusto. La inscripción se ha trasladado al Museo provincial de Vitoria. No se ha contentado el digno párroco de Trespuentes con haber buscado y recogido estos monumentos. Con la lista en la mano de los que no dice Hübner que hayan salido de Iruña y de su comarca, me certifica que faltan los que el doctor alemán reseña con los números 2927, 2932, 2935 y 2937. Los demás permanecen sin haberse movido del sitio exactamente indicado por el Corpus inscriptionum latinarum. Una rectificación, que afecta al sentido, hay que hacer en la inscripción 2936, que existe en Trespuentes «en el quicio de la puerta de entrada á la casa de D. Juan López.» Léese claramente con toda sus letras y con su forma arcaica: ![]() Rhodanus Atili f(ilius) servos an(norum) L Tychia uxor [Ill?] una socra. I(c) e(st). Aquí yace Ródano, siervo, hijo de Atilio, de 50 años de edad. Pusiéronle esta memoria su mujer Tiquia y su suegra Illuna. Padre de Ródano fué probablemente Vinio Atilio, cuya lápida sepulcral se nos ha descubierto.
Fácil se hace suponer que la raíz de Tichia sea Las relaciones de España con el Oriente durante la Edad Romana y las influencias del griego en nuestro romance, se dejarán más y más apreciar conforme vaya creciendo el estadio de la Epigrafía. Ya lo hice ver, al imprimir y comentar ampliamente la inscripción del ara leonesa de Tito Vitrasio Polión en el tomo II de la revista La Academia (453) y en el tomo XI del Museo español de antigüedades (454). A este último estudio mío, cuyas ideas é investigaciones se apropia nuestro aprovechado correspondiente el Sr. Castrillón (455), sólo añade que el ara es de mármol blanco, simulando una pilastra con plinto, cornisa y frontón, y midiendo 1,29 m. de alto por 0,54 m. de ancho y 0,49 m. de grueso; y que hallada en la escalera que conducía al sótano de la casa número 4 de la calle de la Escalerilla, contigua al lienzo meridional de la antigua muralla de la ciudad, ha sido cedida por el propietario, D. José Lorenzana, al Museo arqueológico provincial, sito en los claustros del monumental edificio de San Marcos. FIDEL FITA. [389] Índice de los grabados contenidos en este volumen_____
[391] Erratas
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