  Los pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán
  Tomo I
  - I -
Por más que el jinete trataba de
sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la
única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes
y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose
en bajar la cuesta a un trote cochinero que descuadernaba
los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos
de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho del
camino real de Santiago a Orense en términos que los
viandantes, al pasarlo, sacudían la cabeza murmurando
que tenía bastante más declive del no sé
cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda
al llevar la carretera en semejante dirección, ya
sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna
quinta de personaje político, alguna influencia electoral
de grueso calibre debía andar cerca.
Iba el jinete
colorado, no como un pimiento, sino como una fresa, encendimiento
propio de personas linfáticas. Por ser joven y de
miembros delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera
un niño, a no desmentir la presunción sus trazas
sacerdotales. Aunque cubierto de amarillo polvo que levantaba
el trote del jaco, bien se advertía que el traje del
mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad
y poca gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar
vestidas por clérigos. Los guantes, despellejados
ya por la tosca brida, eran asimismo negros y nuevecitos,
igual que el hongo, que llevaba calado hasta las cejas, por
temor a que los zarandeos de la trotada se lo hiciesen saltar
al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo.
Bajo el cuello del desairado levitín asomaba un dedo
de alzacuello, bordado de cuentas de abalorio. Demostraba
el jinete escasa maestría hípica: inclinado
sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos
dedos de salir despedido por las orejas, leíase en
su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese algún
corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada
andadura habitual, y pudo el jinete enderezarse sobre el
aparejo redondo, cuya anchura inconmensurable le había
descoyuntado los huesos todos de la región sacro-ilíaca.
Respiró, quitóse el sombrero y recibió
en la frente sudorosa el aire frío de la tarde. Caían
ya oblicuamente los rayos del sol en los zarzales y setos,
y un peón caminero, en mangas de camisa, pues tenía
su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba
lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al
borde de la cuneta. Tiró el jinete del ramal para
detener a su cabalgadura, y ésta, que se había
dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paró
inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la
placa dorada de su sombrero relució un instante.
-¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho
para la casa del señor marqués de Ulloa?
-¿Para
los Pazos de Ulloa? -contestó el peón repitiendo
la pregunta.
-Eso es. -Los Pazos de Ulloa están
allí -murmuró extendiendo la mano para señalar
a un punto en el horizonte.- Si la bestia anda bien, el camino
que queda pronto se pasa... Ahora tiene que seguir hasta
aquel pinar ¿ve? y luego le cumple torcer a mano izquierda,
y luego le cumple bajar a mano derecha por un atajito, hasta
el crucero... En el crucero ya no tiene pérdida, porque
se ven los Pazos, una costrución muy grandísima...
-Pero... ¿como cuánto faltará? -preguntó
con inquietud el clérigo.
Meneó el peón
la tostada cabeza.
-Un bocadito, un bocadito... Y sin más
explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena,
manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro
arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando
las leguas de que se compone un bocadito, y taloneó
al rocín. El pinar no estaba muy distante, y por el
centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima,
en la cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado
en las oscuras profundidades del pinar, era casi impracticable;
pero el jaco, que no desmentía las aptitudes especiales
de la raza caballar gallega para andar por mal piso, avanzaba
con suma precaución, cabizbajo, tanteando con el casco,
para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la
llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino
cortados y atravesados donde hacían menos falta. Adelantaban
poco a poco, y ya salían de las estrecheces a senda
más desahogada, abierta entre pinos nuevos y montes
poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola heredad
labradía, un plantío de coles que revelase
la vida humana. De pronto los cascos del caballo cesaron
de resonar y se hundieron en blanda alfombra: era una camada
de estiércol vegetal, tendida, según costumbre
del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta
una mujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.
-Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués
de Ulloa?
-Va bien, va... -¿Y... falta mucho? Enarcamiento
de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta
ambigua en dialecto:
-La carrerita de un can... ¡Estamos
frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular
lo que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser
bastante para un caballo. En fin, en llegando al crucero
vería los Pazos de Ulloa... Todo se le volvía
buscar el atajo, a la derecha... Ni señales. La vereda,
ensanchándose, se internaba por tierra montañosa,
salpicada de manchones de robledal y algún que otro
castaño todavía cargado de fruta: a derecha
e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados
y oscuros. Experimentaba el jinete indefinible malestar,
disculpable en quien, nacido y criado en un pueblo tranquilo
y soñoliento, se halla por vez primera frente a frente
con la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza, y recuerda
historias de viajeros robados, de gentes asesinadas en sitios
desiertos.
-¡Qué país de lobos! -dijo para
sí, tétricamente impresionado.
Alegrósele
el alma con la vista del atajo, que a su derecha se columbraba,
estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra, límite
de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del
jaco para evitar tropezones, cuando divisó casi al
alcance de su mano algo que le hizo estremecerse: una cruz
de madera, pintada de negro con filetes blancos, medio caída
ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo
sabía que estas cruces señalan el lugar donde
un hombre pereció de muerte violenta; y, persignándose,
rezó un padrenuestro, mientras el caballo, sin duda
por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levemente
empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que
en breve le condujo a una encrucijada. Entre el marco que
le formaban las ramas de un castaño colosal, erguíase
el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado
que a primera vista parecía monumento románico,
por más que en realidad sólo contaba un siglo
de fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de
escultor, el crucero, en tal sitio y a tal hora, y bajo el
dosel natural del magnífico árbol, era poético
y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,
pronunció descubriéndose: «Adorámoste,
Cristo, y bendecímoste, pues por tu Santísima
Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su mirada
buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían
ser aquel gran edificio cuadrilongo, con torres, allá
en el fondo del valle. Poco duró la contemplación,
y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merced
a la huida que pegó el rocín, con las orejas
enhiestas, loco de terror. El caso no era para menos: a cortísima
distancia habían retumbado dos tiros.
Quedóse
el jinete frío de espanto, agarrado al arzón,
sin atreverse ni a registrar la maleza para averiguar dónde
estarían ocultos los agresores; mas su angustia fue
corta, porque ya del ribazo situado a espaldas del crucero
descendía un grupo de tres hombres, antecedido por
otros tantos canes perdigueros, cuya presencia bastaba para
demostrar que las escopetas de sus amos no amenazaban sino
a las alimañas monteses.
El cazador que venía
delante representaba veintiocho o treinta años: alto
y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados
del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano,
se advertía la blancura de la piel no expuesta a la
intemperie, en la frente y en la tabla de pecho, cuyos diámetros
indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba
la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas.
Protegían sus piernas recias polainas de cuero, abrochadas
con hebillaje hasta el muslo; sobre la ingle derecha flotaba
la red de bramante de un repleto morral, y en el hombro izquierdo
descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El
segundo cazador parecía hombre de edad madura y condición
baja, criado o colono: ni hebillas en las polainas, ni más
morral que un saco de grosera estopa; el pelo cortado al
rape, la escopeta de pistón, viejísima y atada
con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de enérgicas
facciones rectilíneas, una expresión de encubierta
sagacidad, de astucia salvaje, más propia de un piel
roja que de un europeo. Por lo que hace al tercer cazador,
sorprendióse el jinete al notar que era un sacerdote.
¿En qué se le conocía? No ciertamente en la
tonsura, borrada por una selva de pelo gris y cerdoso, ni
tampoco en la rasuración, pues los duros cañones
de su azulada barba contarían un mes de antigüedad;
menos aún en el alzacuello, que no traía, ni
en la ropa, que era semejante a la de sus compañeros
de caza, con el aditamento de unas botas de montar, de charol
de vaca muy descascaradas y cortadas por las arrugas. Y no
obstante trascendía a clérigo, revelándose
el sello formidable de la ordenación, que ni aun las
llamas del infierno consiguen cancelar, en no sé qué
expresión de la fisonomía, en el aire y posturas
del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No cabía
duda: era un sacerdote.
Aproximóse al grupo el jinete,
y repitió la consabida pregunta:
-¿Pueden ustedes
decirme si voy bien para casa del señor marqués
de Ulloa?
El cazador alto se volvió hacia los demás,
con familiaridad y dominio.
-¡Qué casualidad! -exclamó-.
Aquí tenemos al forastero... Tú, Primitivo...
Pues te cayó la lotería: mañana pensaba
yo enviarte a Cebre a buscar al señor... Y usted,
señor abad de Ulloa... ¡ya tiene usted aquí
quien le ayude a arreglar la parroquia!
Como el jinete permanecía
indeciso, el cazador añadió:
-¿Supongo que
es usted el recomendado de mi tío, el señor
de la Lage?
-Servidor y capellán... -respondió
gozoso el eclesiástico, tratando de echar pie a tierra,
ardua operación en que le auxilió el abad-.
¿Y usted... -exclamó, encarándose con su interlocutor-
es el señor marqués?
-¿Cómo queda el
tío? ¿Usted... a caballo desde Cebre, eh? -repuso
éste evasivamente, mientras el capellán le
miraba con interés rayano en viva curiosidad. No hay
duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda
la piel de transpiración ligera, terciada la escopeta
al hombro, era un cacho de buen mozo el marqués; y
sin embargo, despedía su arrogante persona cierto
tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada
contrastaba con lo afable y llano de su acogida.
El capellán,
muy respetuoso, se deshacía en explicaciones.
-Sí,
señor; justamente... En Cebre he dejado la diligencia
y me dieron esta caballería, que tiene unos arreos,
que vaya todo por Dios... El señor de la Lage, tan
bueno, y con el humor aquél de siempre... Hace reír
a las piedras... Y guapote, para su edad... Estoy reparando
que si fuese su señor papá de usted, no se
le parecería más... Las señoritas, muy
bien, muy contentas y muy saludables... Del señorito,
que está en Segovia, buenas noticias. Y antes que
se me olvide...
Buscó en el bolsillo interior de
su levitón, y fue sacando un pañuelo muy planchado
y doblado, un Semanario chico, y por último una cartera
de tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual
extrajo una carta que entregó al marqués. Los
perros de caza, despeados y anhelantes de fatiga, se habían
sentado al pie del crucero; el abad picaba con la uña
una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía
adherido por una punta al borde de los labios; Primitivo,
descansando la culata de la escopeta en el suelo, y en el
cañón de la escopeta la barba, clavaba sus
ojuelos negros en el recién venido, con pertinacia
escrutadora. El sol se ponía lentamente en medio de
la tranquilidad otoñal del paisaje. De improviso el
marqués soltó una carcajada. Era su risa, como
suya, vigorosa y pujante, y, más que comunicativa,
despótica.
-El tío -exclamó, doblando
la carta- siempre tan guasón y tan célebre...
Dice que aquí me manda un santo para que me predique
y me convierta... No parece sino que tiene uno pecados: ¿eh,
señor abad? ¿Qué dice usted a esto? ¿Verdad
que ni uno?
-Ya se sabe, ya se sabe -masculló el
abad en voz bronca... Aquí todos conservamos la inocencia
bautismal.
Y al decirlo, miraba al recién llegado
al través de sus erizadas y salvajinas cejas, como
el veterano al inexperto recluta, sintiendo allá en
su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo,
con cara de niña, donde sólo era sacerdotal
la severidad del rubio entrecejo y la compostura ascética
de las facciones.
-¿Y usted se llama Julián Álvarez?
-interrogó el marqués.
-Para servir a usted
muchos años.
-¿Y no acertaba usted con los Pazos?
-Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos
no le sacan a uno de dudas, ni le dicen categóricamente
las distancias. De modo que...
-Pues ahora ya no se perderá
usted. ¿Quiere montar otra vez?
-¡Señor! No faltaba
más.
-Primitivo -ordenó el marqués-,
coge del ramal a esa bestia.
Y echó a andar, dialogando
con el capellán que le seguía. Primitivo, obediente,
se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía
su pitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó
al cura.
-¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad
que no mete respeto?
-Boh... Ahora se estila ordenar miquitrefes... Y luego mucho de alzacuellitos, guantecitos, perejiles con
escarola... ¡Si yo fuera el arzobispo, ya les daría
el demontre de los guantes!
  - II -
Era noche
cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras del
cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía
la oscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones,
escondiéndose las líneas y detalles en la negrura
del ambiente. Ninguna luz brillaba en el vasto edificio,
y la gran puerta central parecía cerrada a piedra
y lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral,
muy bajo, donde al punto apareció una mujer corpulenta,
alumbrando con un candil. Después de cruzar corredores
sombríos, penetraron todos en una especie de sótano
con piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar
por las hileras de cubas adosadas a sus paredes, debía
ser bodega; y desde allí llegaron presto a la espaciosa
cocina, alumbrada por la claridad del fuego que ardía
en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un
mediano monte de leña y no es sino varios gruesos
cepos de roble, avivados, de tiempo en tiempo, con rama menuda.
Adornaban la elevada campana de la chimenea ristras de chorizos
y morcillas, con algún jamón de añadidura,
y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo
para calentarse oyendo hervir el negro pote, que, pendiente
de los llares, ofrecía a los ósculos de la
llama su insensible vientre de hierro.
A tiempo que la comitiva
entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al
pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez
distinguir un instante -con greñas blancas y rudas
como cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza
al reflejo del fuego-, pues no bien advirtió que venía
gente, levantóse más aprisa de lo que permitían
sus años, y murmurando en voz quejumbrosa y humilde:
«Buenas nochiñas nos dé Dios», se desvaneció
como una sombra, sin que nadie pudiese notar por dónde.
El marqués se encaró con la moza.
-¿No tengo
dicho que no quiero aquí pendones?
Y ella contestó
apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de la chimenea:
-No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.
Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si
Primitivo, con mayor imperio y enojo que su amo mismo, no
terciase en la cuestión, reprendiendo a la muchacha.
-¿Qué estás parolando ahí...? Mejor
te fuera tener la comida lista. ¿A ver cómo nos la
das corriendito? Menéate, despabílate.
En
el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por
el uso mostraba extendido un mantel grosero, manchado de
vino y grasa. Primitivo, después de soltar en un rincón
la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos perdigones
y una liebre muerta, con los ojos empañados y el pelaje
maculado de sangraza. Apartó la muchacha el botín
a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de
antigua y maciza plata, un mollete enorme en el centro de
la mesa y un jarro de vino proporcionado al pan; luego se
dio prisa a revolver y destapar tarteras, y tomó del
vasar una sopera magna. De nuevo la increpó airadamente
el marqués.
-¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como si también los perros comprendiesen su derecho
a ser atendidos antes que nadie, acudieron desde el rincón
más oscuro, y olvidando el cansancio, exhalaban famélicos
bostezos, meneando la cola y levantando el partido hocico.
Julián creyó al pronto que se había
aumentado el número de canes, tres antes y cuatro
ahora; pero al entrar el grupo canino en el círculo
de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que
lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de
tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón
acastañado y calzones de blanca estopa, podía
desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros,
en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor
inteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo
y la moza disponían en cubetas de palo el festín
de los animales, entresacado de lo mejor y más grueso
del pote; y el marqués -que vigilaba la operación-,
no dándose por satisfecho, escudriñó
con una cuchara de hierro las profundidades del caldo, hasta
sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue distribuyendo
en las cubetas. Lanzaban los perros alaridos entrecortados,
de interrogación y deseo, sin atreverse aún
a tomar posesión de la pitanza; a una voz de Primitivo,
sumieron de golpe el hocico en ella, oyéndose el batir
de sus apresuradas mandíbulas y el chasqueo de su
lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patas
de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer
impulso del hambre no saciada todavía, le miraban
de reojo, regañando los dientes y exhalando ronquidos
amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el tasajo
que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió
la mano para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó
una feroz dentellada, que por fortuna sólo alcanzó
la manga del chico, obligándole a refugiarse más
que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas de
la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián,
que empezaba a descalzarse los guantes, se compadeció
del chiquillo, y, bajándose, le tomó en brazos,
pudiendo ver que a pesar del mugre, la roña, el miedo
y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.
-¡Pobre! -murmuró cariñosamente-. ¿Te ha mordido
la perra? ¿Te hizo sangre? ¿Dónde te duele, me lo
dices? Calla, que vamos a reñirle a la perra nosotros.
¡Pícara, malvada!
Reparó el capellán
que estas palabras suyas produjeron singular efecto en el
marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas
se fruncieron, y arrancándole a Julián el chiquillo,
con brusco movimiento le sentó en sus rodillas, palpándole
las manos, a ver si las tenía mordidas o lastimadas.
Seguro ya de que sólo el chaquetón había
padecido, soltó la risa.
-¡Farsante! -gritó-.
Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué
vas a meterte con ella? Un día te come media nalga,
y después lagrimitas. ¡A callarse y a reírse
ahora mismo! ¿En qué se conocen los valientes?
Diciendo
así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al
niño que, cogiéndolo sin vacilar, lo apuró
de un sorbo. El marqués aplaudió:
-¡Retebién!
¡Viva la gente templada!
-No, lo que es el rapaz... el rapaz
sale de punta -murmuró el abad de Ulloa.
-¿Y no le
hará daño tanto vino? -objetó Julián,
que sería incapaz de bebérselo él.
-¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé
Dios! -respondió el marqués, con no sé
qué inflexiones de orgullo en el acento-. Déle
usted otros tres, y ya verá... ¿Quiere usted que hagamos
la prueba?
-Los chupa, los chupa -afirmó el abad.
-No señor; no señor... Es capaz de morirse
el pequeño... He oído que el vino es un veneno
para las criaturas... Lo que tendrá será hambre.
-Sabel, que coma el chiquillo -ordenó imperiosamente
el marqués, dirigiéndose a la criada.
Ésta,
silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó
un repleto cuenco de caldo, y el niño fue a sentarse
en el borde del lar, para engullirlo sosegadamente.
En la
mesa, los comensales mascaban con buen ánimo. Al caldo,
espeso y harinoso, siguió un cocido sólido,
donde abundaba el puerco: los días de caza, el imprescindible
puchero se tomaba de noche, pues al monte no había
medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritos
desencadenó la sed, ya alborotada con la sal del cerdo.
El marqués dio al codo a Primitivo.
-Tráenos
un par de botellitas... De el del año 59.
Y volviéndose
hacia Julián, dijo muy obsequioso:
-Va usted a beber
del mejor tostado que por aquí se produce... Es de
la casa de Molende: se corre que tienen un secreto para que,
sin perder el gusto de la pasa, empalague menos y se parezca
al mejor jerez... Cuanto más va, más gana:
no es como los de otras bodegas, que se vuelven azúcar.
-Es cosa de gusto -aseveró el abad, rebañando
con una miga de pan lo que restaba de yema en su plato.
-Yo -declaró tímidamente Julián- poco
entiendo de vinos... Casi no bebo sino agua.
Y al ver brillar
bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasiva de
puro desdeñosa, rectificó:
-Es decir... con
el café, ciertos días señalados, no
me disgusta el anisete.
-El vino alegra el corazón...
El que no bebe, no es hombre -pronunció el abad sentenciosamente.
Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando
en cada mano una botella cubierta de polvo y telarañas.
A falta de tirabuzón, se descorcharon con un cuchillo,
y a un tiempo se llenaron los vasos chicos traídos
ad hoc. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando
con el abad y el señorito. Sabel, por su parte, a
medida que el banquete se prolongaba y el licor calentaba
las cabezas, servía con familiaridad mayor, apoyándose
en la mesa para reír algún chiste, de los que
hacían bajar los ojos a Julián, bisoño
en materia de sobremesas de cazadores. Lo cierto es que Julián
bajaba la vista, no tanto por lo que oía, como por
no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le
había desagradado de extraño modo, a pesar
o quizás a causa de que Sabel era un buen pedazo de
lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos
y sumisos, su color animado, su pelo castaño que se
rizaba en conchas paralelas y caía en dos trenzas
hasta más abajo del talle, embellecían mucho
a la muchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de
su cara, lo tozudo y bajo de su frente, lo sensual de su
respingada y abierta nariz. Por no mirar a Sabel, Julián
se fijaba en el chiquillo, que envalentonado con aquella
ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose
hasta llegar a introducirse entre las rodillas del capellán.
Instalado allí, alzó su cara desvergonzada
y risueña, y tirando a Julián del chaleco,
murmuró en tono suplicante:
-¿Me lo da? Todo el
mundo se reía a carcajadas: el capellán no
comprendía.
-¿Qué pide? -preguntó.
-¿Qué ha de pedir? -respondió el marqués
festivamente-. ¡El vino, hombre! ¡El vaso de tostado!
-¡Mama!
-exclamó el abad.
Antes de que Julián se resolviese
a dar al niño su vaso casi lleno, el marqués
había aupado al mocoso, que sería realmente
una preciosidad a no estar tan sucio. Parecíase a
Sabel, y aún se le aventajaba en la claridad y alegría
de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo ensortijado,
y especialmente en el correcto diseño de las facciones.
Sus manitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el
vino color de topacio; el marqués se lo acercó
a la boca, divirtiéndose un rato en quitárselo
cuando ya el rapaz creía ser dueño de él.
Por fin consiguió el niño atrapar el vaso,
y en un decir Jesús trasegó el contenido, relamiéndose.
-¡Éste no se anda con requisitos! -exclamó
el abad.
-¡Quiá! -confirmó el marqués-.
¡Si es un veterano! ¿A que te zampas otro vaso, Perucho?
Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedían
lumbre, y dilataba la clásica naricilla con inocente
concupiscencia de Baco niño. El abad, guiñando
picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso,
que él tomó a dos manos y se embocó
sin perder gota; en seguida soltó la risa; y, antes
de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó
caer la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.
-¿Lo ven ustedes? -gritó Julián angustiadísimo-.
Es muy chiquito para beber así, y va a ponerse malo.
Estas cosas no son para criaturas.
-¡Bah! -intervino Primitivo-.
¿Piensa que el rapaz no puede con lo que tiene dentro? ¡Con
eso y con otro tanto! Y si no verá.
A su vez tomó
en brazos al niño y, mojando en agua fresca los dedos,
se los pasó por las sienes. Perucho abrió los
párpados y miró alrededor con asombro, y su
cara se sonroseó.
-¿Qué tal? -le preguntó
Primitivo-. ¿Hay ánimos para otra pinguita de tostado?
Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente,
dijo que no con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de
sus rizos. No era Primitivo hombre de darse por vencido tan
fácilmente: sepultó la mano en el bolsillo
del pantalón y sacó una moneda de cobre.
-De
ese modo... -refunfuñó el abad.
-No seas bárbaro,
Primitivo -murmuró el marqués entre placentero
y grave.
-¡Por Dios y por la Virgen! -imploró Julián-.
¡Van a matar a esa criatura! Hombre, no se empeñe
en emborrachar al niño: es un pecado, un pecado tan
grande como otro cualquiera. ¡No se pueden presenciar ciertas
cosas!
Al protestar, Julián se había incorporado,
encendido de indignación, echando a un lado su mansedumbre
y timidez congénita. Primitivo, de pie también,
mas sin soltar a Perucho, miró al capellán
fría y socarronamente, con el desdén de los
tenaces por los que se exaltan un momento. Y metiendo en
la mano del niño la moneda de cobre y entre sus labios
la botella destapada y terciada aún de vino, la inclinó,
la mantuvo así hasta que todo el licor pasó
al estómago de Perucho. Retirada la botella, los ojos
del niño se cerraron, se aflojaron sus brazos, y no
ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el rostro,
hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo
Primitivo. El marqués, un tanto serio, empezó
a inundar de agua fría la frente y los pulsos del
niño; Sabel se acercó, y ayudó también
a la aspersión; todo inútil: lo que es por
esta vez, Perucho la tenía.
-Como un pellejo -gruñó
el abad.
-Como una cuba -murmuró el marqués-.
A la cama con él en seguida. Que duerma y mañana
estará más fresco que una lechuga. Esto no
es nada.
Sabel se alejó cargada con el niño,
cuyas piernas se balanceaban inertes, a cada movimiento de
su madre. La cena se acabó menos bulliciosa de lo
que empezara: Primitivo hablaba poco, y Julián había
enmudecido por completo. Cuando terminó el convite
y se pensó en dormir, reapareció Sabel armada
de un velón de aceite, de tres mecheros, con el cual
fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía
al piso alto, y ascendía a la torre en rápido
caracol. Era grande la habitación destinada a Julián,
y la luz del velón apenas disipaba las tinieblas,
de entre las cuales no se destacaba más que la blancura
del lecho. A la puerta del cuarto se despidió el marqués,
deseándole buenas noches y añadiendo con brusca
cordialidad:
-Mañana tendrá usted su equipaje...
Ya irán a Cebre por él... Ea, descansar, mientras
yo echo de casa al abad de Ulloa... Está un poco...
¿eh? ¡Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la
noche al abrigo de un vallado!
Solo ya, sacó Julián
de entre la camisa y el chaleco una estampa grabada, con
marco de lentejuela, que representaba a la Virgen del Carmen,
y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa
de depositar el velón. Arrodillóse, y rezó
la media corona, contando por los dedos de la mano cada diez.
Pero el molimiento del cuerpo le hacía apetecer las
gruesas y frescas sábanas, y omitió la letanía,
los actos de fe y algún padrenuestro. Desnudóse
honestamente, colocando la ropa en una silla a medida que
se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse.
Entonces empezaron a danzar en su fantasía los sucesos
todos de la jornada: el caballejo que estuvo a punto de hacerle
besar el suelo, la cruz negra que le causó escalofríos,
pero sobre todo la cena, la bulla, el niño borracho.
Juzgando a las gentes con quienes había trabado conocimiento
en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivo
insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente
amigo de la caza, los perros excesivamente atendidos, y en
cuanto al marqués... En cuanto al marqués,
Julián recordaba unas palabras del señor de
la Lage:
-Encontrará usted a mi sobrino bastante
adocenado... La aldea, cuando se cría uno en ella
y no sale de allí jamás, envilece, empobrece
y embrutece.
Y casi al punto mismo en que acudió
a su memoria tan severo dictamen, arrepintióse el
capellán, sintiendo cierta penosa inquietud que no
podía vencer. ¿Quién le mandaba formar juicios
temerarios? Él venía allí para decir
misa y ayudar al marqués en la administración,
no para fallar acerca de su conducta y su carácter...
Con que... a dormir...
  - III -
Despertó
Julián cuando entraba de lleno en la habitación
un sol de otoño dorado y apacible. Mientras se vestía,
examinaba la estancia con algún detenimiento. Era
vastísima, sin cielo raso; alumbrábanla tres
ventanas guarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas
de vidrios cuanto abastecidas de remiendos de papel pegados
con obleas. Los muebles no pecaban de suntuosos ni de abundantes,
y en todos los rincones permanecían señales
evidentes de los hábitos del último inquilino,
hoy abad de Ulloa, y antes capellán del marqués:
puntas de cigarros adheridas al piso, dos pares de botas
inservibles en un rincón, sobre la mesa un paquete
de pólvora y en un poyo varios objetos cinegéticos,
jaulas para codornices, gayolas, collares de perros, una
piel de conejo mal curtida y peor oliente. Amén de
estas reliquias, entre las vigas pendían pálidas
telarañas, y por todas partes descansaba tranquilamente
el polvo, enseñoreado allí desde tiempo inmemorial.
Miraba Julián las huellas de la incuria de su antecesor,
y sin querer acusarle, ni tratarle en sus adentros de cochino,
el caso es que tanta porquería y rusticidad le infundía
grandes deseos de primor y limpieza, una aspiración
a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma. Julián
pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen
la virtud espantadiza, con repulgos de monja y pudores de
doncella intacta. No habiéndose descosido jamás
de las faldas de su madre sino para asistir a cátedra
en el Seminario, sabía de la vida lo que enseñan
los libros piadosos. Los demás seminaristas le llamaban
San Julián, añadiendo que sólo le faltaba
la palomita en la mano. Ignoraba cuándo pudo venirle
la vocación; tal vez su madre, ama de llaves de los
señores de la Lage, mujer que pasaba por beatona,
le empujó suavemente, desde la más tierna edad,
hacia la Iglesia, y él se dejó llevar de buen
grado. Lo cierto es que de niño jugaba a cantar misa,
y de grande no paró hasta conseguirlo. La continencia
le fue fácil, casi insensible, por lo mismo que la
guardó incólume, pues sienten los moralistas
que es más hacedero no pecar una vez que pecar una
sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, amén
de la gracia de Dios que él solicitaba muy de veras,
la endeblez de su temperamento linfático-nervioso,
puramente femenino, sin ardores ni rebeldías, propenso
a la ternura, dulce y benigno como las propias malvas, pero
no exento, en ocasiones, de esas energías súbitas
que también se observan en la mujer, el ser que posee
menos fuerza en estado normal, y más cantidad de ella
desarrolla en las crisis convulsivas. Julián, por
su compostura y hábitos de pulcritud -aprendidos de
su madre, que le sahumaba toda la ropa con espliego y le
ponía entre cada par de calcetines una manzana camuesa-
cogió fama de seminarista pollo, máxime cuando
averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era
así, y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia,
él extendería las abluciones frecuentes al
resto del cuerpo, que procuraba traer lo más aseado
posible.
El primer día de su estancia en los Pazos
bien necesitaba chapuzarse un poco, atendido el polvo de
la carretera que traía adherido a la piel; pero sin
duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo
de lujo los enseres de tocador, pues no vio Julián
por allí más que una palangana de hojalata,
a la cual servía de palanganero el poyo. Ni jarra,
ni tohalla, ni jabón, ni cubo. Quedóse parado
delante de la palangana, en mangas de camisa y sin saber
qué hacer, hasta que, convencido de la imposibilidad
de refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño
de aire, y abrió la vidriera.
Lo que abarcaba la
vista le dejó encantado. El valle ascendía
en suave pendiente, extendiendo ante los Pazos toda la lozanía
de su ladera más feraz. Viñas, castañares,
campos de maíz granados o ya segados, y tupidas robledas,
se escalonaban, subían trepando hasta un montecillo,
cuya falda gris parecía, al sol, de un blanco plomizo.
Al pie mismo de la torre, el huerto de los Pazos se asemejaba
a verde alfombra con cenefas amarillentas, en cuyo centro
se engastaba la luna de un gran espejo, que no era sino la
superficie del estanque. El aire, oxigenado y regenerador,
penetraba en los pulmones de Julián, que sintió
disiparse inmediatamente parte del vago terror que le infundía
la gran casa solariega y lo que de sus moradores había
visto. Como para renovarlo, entreoyó detrás
de sí rumor de pisadas cautelosas, y al volverse vio
a Sabel, que le presentaba con una mano platillo y jícara,
con la otra, en plato de peltre, un púlpito de agua
fresca y una servilleta gorda muy doblada encima. Venía
la moza arremangada hasta el codo, con el pelo alborotado,
seco y volandero, del calor de la cama sin duda: y a la luz
del día se notaba más la frescura de su tez,
muy blanca y como infiltrada de sangre. Julián se
apresuró a ponerse el levitín, murmurando:
-Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la puerta antes
de entrar... Conforme estoy a pie, pudo cuadrar que estuviese
en la cama todavía... o vistiéndome.
Miróle
Sabel de hito en hito, sin turbarse, y exclamó:
-Disimule,
señor... Yo no sabía... El que no sabe, hace
como el que no ve.
-Bien, bien... Yo quería decir
misa antes de tomar el chocolate.
-Hoy no podrá,
porque tiene la llave de la capilla el señor abad
de Ulloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá,
ni si habrá quién vaya allá por ella.
Julián contuvo un suspiro. ¡Dos días ya sin
misar! Cabalmente desde que era presbítero se había
redoblado su fervor religioso, y sentía el entusiasmo
juvenil del nuevo misacantano, conmovido aún por la
impresión de la augusta investidura; de suerte que
celebraba el sacrificio esmerándose en perfilar la
menor ceremonia, temblando cuando alzaba, anonadándose
cuando consumía, siempre con recogimiento indecible.
En fin, si no había remedio...
-Ponga el chocolate
ahí -dijo a Sabel.
Mientras la moza ejecutaba esta
orden, Julián alzaba los ojos al techo y los bajaba
al piso, y tosía, tratando de buscar una fórmula,
un modo discreto de explicarse.
-¿Hace mucho que no duerme
en este cuarto el señor abad?
-Poco... Hará
dos semanas que bajó a la parroquia.
-Ah... Por eso...
Esto está algo... sucio, ¿no le parece? Sería
bueno barrer... y pasar también la escoba por entre
las vigas.
Sabel se encogió de hombros. -El señor
abad no me mandó nunca que le barriese el cuarto.
-Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el
mundo gusta.
-Sí, señor, ya se sabe... No
pase cuidado, que yo lo arreglaré muy arregladito.
Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián
a su vez quiso mostrarle un poco de caritativo interés.
-¿Y el niño? -preguntó-. ¿No le hizo mal lo
de ayer?
-No, señor... Durmió como un santiño
y ya anda corriendo por la huerta. ¿Ve? Allí está.
Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una
pantalla con la mano, Julián divisó a Perucho,
que, sin sombrero, con la cabeza al sol, arrojaba piedras
al estanque.
-Lo que no sucede en un año sucede en
un día, Sabel -advirtió gravemente el capellán-.
¡No debe consentir que le emborrachen al chiquillo: es un
vicio muy feo, hasta en los grandes, cuanto más en
un inocente así! ¿Para qué le aguanta a Primitivo
que le dé tanta bebida? Es obligación de usted
el impedirlo.
Sabel fijaba pesadamente en Julián
sus azules pupilas, siendo imposible discernir en ellas el
menor relámpago de inteligencia o de convencimiento.
Al fin articuló con pausa:
-Yo qué quiere
que le haga... No me voy a reponer contra mi señor
padre.
Julián calló un momento atónito.
¡De modo que quien había embriagado a la criatura
era su propio abuelo! No supo replicar nada oportuno, ni
siquiera lanzar una exclamación de censura. Llevóse
la taza a la boca para encubrir la turbación, y Sabel,
creyendo terminado el coloquio, se retiraba despacio, cuando
el capellán le dirigió una pregunta más.
-¿El señor marqués anda ya levantado? -Sí,
señor... Debe estar por la huerta o por los alpendres.
-Haga el favor de llevarme allí -dijo Julián
levantándose y limpiándose apresuradamente
los labios sin desdoblar la servilleta.
Antes de dar con
el marqués, recorrieron el capellán y su guía
casi toda la huerta. Aquella vasta extensión de terreno
debía haber sido en otro tiempo cultivada con primor
y engalanada con los adornos de la jardinería simétrica
y geométrica cuya moda nos vino de Francia. De todo
lo cual apenas quedaban vestigios: las armas de la casa,
trazadas con mirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral
de bojes, donde ni la vista más lince distinguiría
rastro de los lobos, pinos, torres almenadas, roeles y otros
emblemas que campeaban en el preclaro blasón de los
Ulloas; y, sin embargo, persistía en la confusa masa
no sé qué aire de cosa plantada adrede y con
arte. El borde de piedra del estanque estaba semiderruido,
y las gruesas bolas de granito que lo guarnecían andaban
rodando por la hierba, verdosas de musgo, esparcidas aquí
y acullá como gigantescos proyectiles en algún
desierto campo de batalla. Obstruido por el limo, el estanque
parecía charca fangosa, acrecentando el aspecto de
descuido y abandono de la huerta, donde los que ayer fueron
cenadores y bancos rústicos se habían convertido
en rincones poblados de maleza, y los tablares de hortaliza
en sembrados de maíz, a cuya orilla, como tenaz reminiscencia
del pasado, crecían libres, espinosos y altísimos,
algunos rosales de variedad selecta, que iban a besar con
sus ramas más altas la copa del ciruelo o peral que
tenían enfrente. Por entre estos residuos de pasada
grandeza andaba el último vástago de los Ulloas,
con las manos en los bolsillos, silbando distraídamente
como quien no sabe qué hacer del tiempo. La presencia
de Julián le dio la solución del problema.
Señorito y capellán emparejaron y alabando
la hermosura del día, acabaron de visitar el huerto
al pormenor, y aun alargaron el paseo hasta el soto y los
robledales que limitaban, hacia la parte norte, la extensa
posesión del marqués. Julián abría
mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón
toda la ciencia rústica, a fin de entender bien las
explicaciones relativas a la calidad del terreno o el desarrollo
del arbolado; pero, acostumbrado a la vida claustral del
Seminario y de la metrópoli compostelana, la naturaleza
le parecía difícil de comprender, y casi le
infundía temor por la vital impetuosidad que sentía
palpitar en ella, en el espesor de los matorrales, en el
áspero vigor de los troncos, en la fertilidad de los
frutales, en la picante pureza del aire libre. Exclamó
con desconsuelo sincerísimo:
-Yo confieso la verdad,
señorito... De estas cosas de aldea, no entiendo jota.
-Vamos a ver la casa -indicó el señor de Ulloa-.
Es la más grande del país -añadió
con orgullo.
Mudaron de rumbo, dirigiéndose al enorme
caserón, donde penetraron por la puerta que daba al
huerto, y habiendo recorrido el claustro formado por arcadas
de sillería, cruzaron varios salones con destartalado
mueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas
pinturas maltrataba la humedad, no siendo más clemente
la polilla con el maderamen del piso. Pararon en una habitación
relativamente chica, con ventana de reja, donde las negras
vigas del techo semejaban remotísimas, y asombraban
la vista grandes estanterías de castaño sin
barnizar, que en vez de cristales tenían enrejado
de alambre grueso. Decoraba tan tétrica pieza una
mesa-escritorio, y sobre ella un tintero de cuerno, un viejísimo
bade de suela, no sé cuántas plumas de ganso
y una caja de obleas vacía.
Las estanterías
entreabiertas dejaban asomar legajos y protocolos en abundancia;
por el suelo, en las dos sillas de baqueta, encima de la
mesa, en el alféizar mismo de la enrejada ventana,
había más papeles, más legajos, amarillentos,
vetustos, carcomidos, arrugados y rotos; tanta papelería
exhalaba un olor a humedad, a rancio, que cosquilleaba en
la garganta desagradablemente. El marqués de Ulloa,
deteniéndose en el umbral y con cierta expresión
solemne, pronunció:
-El archivo de la casa. Desocupó
en seguida las sillas de cuero, y explicó muy acalorado
que aquello estaba revueltísimo -aclaración
de todo punto innecesaria- y que semejante desorden se debía
al descuido de un fray Venancio, administrador de su padre,
y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos pecadoras había
venido el archivo a parar en lo que Julián veía...
-Pues así no puede seguir -exclamaba el capellán-.
¡Papeles de importancia tratados de este modo! Hasta es muy
fácil que alguno se pierda.
-¡Naturalmente! Dios
sabe los desperfectos que ya me habrán causado, y
cómo andará todo, porque yo ni mirarlo quiero...
Esto es lo que usted ve: ¡un desastre, una perdición!
¡Mire usted..., mire usted lo que tiene ahí a sus
pies! ¡Debajo de una bota!
Julián levantó
el pie muy asustado, y el marqués se bajó recogiendo
del suelo un libro delgadísimo, encuadernado en badana
verde, del cual pendía rodado sello de plomo. Tomólo
Julián con respeto, y al abrirlo, sobre la primera
hoja de vitela, se destacó una soberbia miniatura
heráldica, de colores vivos y frescos a despecho de
los años.
-¡Una ejecutoria de nobleza! -declaró
el señorito gravemente.
Por medio de su pañuelo
doblado, la limpiaba Julián del moho, tocándola
con manos delicadas. Desde niño le había enseñado
su madre a reverenciar la sangre ilustre, y aquel pergamino
escrito con tinta roja, miniado, dorado, le parecía
cosa muy veneranda, digna de compasión por haber sido
pisoteada, hollada bajo la suela de sus botas. Como el señorito
permanecía serio, de codos en la mesa, las manos cruzadas
bajo la barba, otras palabras del señor de la Lage
acudieron a la memoria del capellán: «Todo eso de
la casa de mi sobrino debe ser un desbarajuste... Haría
usted una obra de caridad si lo arreglase un poco». La verdad
es que él no entendía gran cosa de papelotes,
pero con buena voluntad y cachaza...
-Señorito -murmuró-,
¿y por qué no nos dedicamos a ordenar esto como Dios
manda? Entre usted y yo, mal sería que no acertásemos.
Mire usted, primero apartamos lo moderno de lo antiguo; de
lo que esté muy estropeado se podría hacer
sacar copia; lo roto se pega con cuidadito con unas tiras
de papel transparente...
El proyecto le pareció al
señorito de perlas. Convinieron en ponerse al trabajo
desde la mañana siguiente. Quiso la desgracia que
al otro día Primitivo descubriese en un maizal próximo
un bando entero de perdices entretenido en comerse la espiga
madura. Y el marqués se terció la carabina
y dejó para siempre jamás amén a su
capellán bregar con los documentos.
  - IV -
Y el capellán lidió con ellos a brazo partido,
sin tregua, tres o cuatro horas todas las mañanas.
Primero limpió, sacudió, planchó sirviéndose
de la palma de la mano, pegó papelitos de cigarro
a fin de juntar los pedazos rotos de alguna escritura. Parecíale
estar desempolvando, encolando y poniendo en orden la misma
casa de Ulloa, que iba a salir de sus manos hecha una plata.
La tarea, en apariencia fácil, no dejaba de ser enfadosa
para el aseado presbítero: le sofocaba una atmósfera
de mohosa humedad; cuando alzaba un montón de papeles
depositado desde tiempo inmemorial en el suelo, caía
a veces la mitad de los documentos hecha añicos por
el diente menudo e incansable del ratón; las polillas,
que parecen polvo organizado y volante, agitaban sus alas
y se le metían por entre la ropa; las correderas,
perseguidas en sus más secretos asilos, salían
ciegas de furor o de miedo, obligándole, no sin gran
repugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapándose
los oídos para no percibir el ¡chac! estremecedor
que produce el cuerpo estrujado del insecto; las arañas,
columpiando su hidrópica panza sobre sus descomunales
zancos, solían ser más listas y refugiarse
prontísimamente en los rincones oscuros, a donde las
guía misterioso instinto estratégico. De tanto
asqueroso bicho tal vez el que más repugnaba a Julián
era una especie de lombriz o gusano de humedad, frío
y negro, que se encontraba siempre inmóvil y hecho
una rosca debajo de los papeles, y al tocarlo producía
la sensación de un trozo de hielo blando y pegajoso.
Al cabo, a fuerza de paciencia y resolución, triunfó
Julián en su batalla con aquellas alimañas
impertinentes, y en los estantes, ya despejados, fueron alineándose
los documentos, ocupando, por efecto milagroso del buen orden,
la mitad menos que antes, y cabiendo donde no cupieron jamás.
Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante de plomo,
quedaron apartadas, envueltas en paños limpios. Todo
estaba arreglado ya, excepto un tramo de la estantería
donde Julián columbró los lomos oscuros, fileteados
de oro, de algunos libros antiguos. Era la biblioteca de
un Ulloa, un Ulloa de principios del siglo: Julián
extendió la mano, cogió un tomo al azar, lo
abrió, leyó la portada... «La Henriada, poema francés, puesto en verso español: su autor,
el señor de Voltaire...». Volvió a su sitio
el volumen, con los labios contraídos y los ojos bajos,
como siempre que algo le hería o escandalizaba: no
era en extremo intolerante, pero lo que es a Voltaire, de
buena gana le haría lo que a las cucarachas; no obstante,
limitóse a condenar la biblioteca, a no pasar ni un
mal paño por el lomo de los libros: de suerte que
polillas, gusanos y arañas, acosadas en todas partes,
hallaron refugio a la sombra del risueño Arouet y
su enemigo el sentimental Juan Jacobo, que también
dormía allí sosegadamente desde los años
de 1816.
No era tortas y pan pintado la limpieza material
del archivo; sin embargo, la verdadera obra de romanos fue
la clasificación. ¡Aquí te quiero! parecían
decir los papelotes así que Julián intentaba
distinguirlos. Un embrollo, una madeja sin cabo, un laberinto
sin hilo conductor. No existía faro que pudiese guiar
por el piélago insondable: ni libros becerros, ni
estados, ni nada. Los únicos documentos que encontró
fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde
su antecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los
pagadores y arrendatarios de la casa, y al margen, con un
signo inteligible para él solo, o con palabras más
enigmáticas aún, el balance de sus pagos. Los
unos tenían una cruz, los otros un garabato, los de
más allá una llamada, y los menos, las frases
no paga, pagará, va pagando, ya pagó. ¿Qué
significaban pues el garabato y la cruz? Misterio insondable.
En una misma página se mezclaban gastos e ingresos:
aquí aparecía Fulano como deudor insolvente,
y dos renglones más abajo, como acreedor por jornales.
Julián sacó del libro del abad una jaqueca
tremebunda. Bendijo la memoria de fray Venancio, que, más
radical, no dejara ni rastro de cuentas, ni el menor comprobante
de su larga gestión.
Había puesto Julián
manos a la obra con sumo celo, creyendo no le sería
imposible orientarse en semejante caos de papeles. Se desojaba
para entender la letra antigua y las enrevesadas rúbricas
de las escrituras; quería al menos separar lo correspondiente
a cada uno de los tres o cuatro principales partidos de renta
con que contaba la casa; y se asombraba de que para cobrar
tan poco dinero, tan mezquinas cantidades de centeno y trigo,
se necesitase tanto fárrago de procedimientos, tanta
documentación indigesta. Perdíase en un dédalo
de foros y subforos, prorrateos, censos, pensiones, vinculaciones,
cartas dotales, diezmos, tercios, pleitecillos menudos, de
atrasos, y pleitazos gordos, de partijas. A cada paso se
le confundía más en la cabeza toda aquella
papelería trasconejada; si las obras de reparación,
como poner carpetas de papel fuerte y blanco a las escrituras
que se deshacían de puro viejas le eran ya fáciles,
no así el conocimiento científico de los malditos
papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones
y práctica. Ya desalentado se lo confesó al
marqués.
-Señorito, yo no salgo del paso...
Aquí convenía un abogado, una persona entendida.
-Sí, sí, hace mucho tiempo que lo pienso yo
también... Es indispensable tomar mano en eso, porque
la documentación debe andar perdida... ¿Cómo
la ha encontrado usted? ¿Hecha una lástima? Apuesto
a que sí.
Dijo esto el marqués con aquella
entonación vehemente y sombría que adoptaba
al tratar de sus propios asuntos, por insignificantes que
fuesen; y mientras hablaba, entretenía las manos ciñendo
su collar de cascabeles a la Chula, con la cual iba a salir
a matar unas codornices.
-Sí, señor... -murmuró
Julián-. No está nada bien, no... Pero la persona
acostumbrada a estas cosas se desenreda de ellas en un soplo...
Y tiene que venir pronto quien sea, porque los papeles no
ganan así.
La verdad era que el archivo había
producido en el alma de Julián la misma impresión
que toda la casa: la de una ruina, ruina vasta y amenazadora,
que representaba algo grande en lo pasado, pero en la actualidad
se desmoronaba a toda prisa. Era esto en Julián aprensión
no razonada, que se transformaría en convicción
si conociese bien algunos antecedentes de familia del marqués.
Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage quedó
huérfano de padre muy niño aún. A no
ser por semejante desgracia, acaso hubiera tenido carrera:
los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado, enciclopedista
y francmasón que se permitía leer al señor
de Voltaire, cierta tradición de cultura trasañeja,
medio extinguida ya, pero suficiente todavía para
empujar a un Moscoso a los bancos del aula. En los Pardos
de la Lage era, al contrario, axiomático que más
vale asno vivo que doctor muerto. Vivían entonces
los Pardos en su casa solariega, no muy distante de la de
Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, el mayorazgo de
la Lage iba a casarse en Santiago con una señorita
de distinción, trasladando sus reales al pueblo; y
don Gabriel, el segundón, se vino a los Pazos de Ulloa,
para acompañar a su hermana, según decía,
y servirle de amparo; en realidad, afirmaban los maldicientes,
para disfrutar a su talante las rentas del cuñado
difunto. Lo cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumió
el mando de la casa: él descubrió y propuso
para administrador a aquel bendito exclaustrado fray Venancio,
medio chocho desde la exclaustración, medio idiota
de nacimiento ya, a cuya sombra pudo manejar a su gusto la
hacienda del sobrino, desempeñando la tutela. Una
de las habilidades de don Gabriel fue hacer partijas con
su hermana cogiéndole mañosamente casi toda
su legítima, despojo a que asintió la pobre
señora, absolutamente inepta en materia de negocios,
hábil sólo para ahorrar el dinero que guardaba
con sórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería
de ir poniendo en onzas de oro, de las más antiguas,
de premio. Cortos eran los réditos del caudal de Moscoso
que no se deslizaban de entre los dedos temblones de fray
Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban
pasar a las de doña Micaela, ya no salían de
allí sino en forma de peluconas, camino de cierto
escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a poco formándose
una leyenda en el país. Mientras la madre atesoraba,
don Gabriel educaba al sobrino a su imagen y semejanza, llevándolo
consigo a ferias, cazatas, francachelas rústicas,
y acaso distracciones menos inocentes, y enseñándole,
como decían allí, a cazar la perdiz blanca;
y el chico adoraba en aquel tío jovial, vigoroso y
resuelto, diestro en los ejercicios corporales, groseramente
chistoso, como todos los de la Lage, en las sobremesas: especie
de señor feudal acatado en el país, que enseñaba
prácticamente al heredero de los Ulloas el desprecio
de la humanidad y el abuso de la fuerza. Un día que
tío y sobrino se deportaban, según costumbre,
a cuatro o seis leguas de distancia de los Pazos, habiéndose
llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a las cuatro
de la tarde y estando abiertas todas las puertas del caserón
solariego, se presentó en él una gavilla de
veinte hombres enmascarados o tiznados de carbón,
que maniató y amordazó a la criada, hizo echarse
boca abajo a fray Venancio, y apoderándose de doña
Micaela, le intimó que enseñase el escondrijo
de las onzas; y como la señora se negase, después
de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una
navaja, mientras unos cuantos proponían que se calentase
aceite para freírle los pies. Así que le acribillaron
un brazo y un pecho, pidió compasión y descubrió,
debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo, trampa hábilmente
disimulada por medio de una tabla igual a las demás
del piso, pero que subía y bajaba a voluntad. Recogieron
los ladrones las hermosas medallas, apoderáronse también
de la plata labrada que hallaron a mano, y se retiraron de
los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo. Algún
labrador o jornalero les vio salir, pero ¿qué había
de hacer? Eran veinte, bien armados con escopetas, pistolas
y trabucos.
Fray Venancio, que sólo había
recibido tal cual puntapié o puñada despreciativa,
no necesitó más pasaporte para irse al otro
mundo, de puro miedo, en una semana; la señora se
apresuró menos, pero, como suele decirse, no levantó
cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía
serosa le impidió seguir guardando onzas en un agujero
mejor disimulado. Del robo se habló largo tiempo en
el país, y corrieron rumores muy extraños:
se afirmó que los criminales no eran bandidos de profesión,
sino gentes conocidas y acomodadas, alguna de las cuales
desempeñaba cargo público, y entre ellas se
contaban personas relacionadas de antiguo con la familia
de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de las costumbres
de la casa, de los días en que se quedaba sin hombres,
y de la insaciable constancia de doña Micaela en recoger
y conservar la más valiosa moneda de oro. Fuese lo
que fuese, la justicia no descubrió a los autores
del delito, y don Pedro quedó en breve sin otro pariente
que su tío Gabriel. Éste buscó para
el sitio de fray Venancio a un sacerdote brusco, gran cazador,
incapaz de morirse de miedo ante los ladrones. Desde tiempo
atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticas
Primitivo, la mejor escopeta furtiva del país, la
puntería más certera, y el padre de la moza
más guapa que se encontraba en diez leguas a la redonda.
El fallecimiento de doña Micaela permitió que
hija y padre se instalasen en los Pazos, ella a título
de criada, él a título de... montero mayor,
diríamos hace siglos; hoy no hay nombre adecuado para
el empleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos,
olfateando en Primitivo un riesgo serio para su influencia;
pero tres o cuatro años después de la muerte
de su hermana, don Gabriel sufrió ataques de gota
que pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó
lo que ya se susurraba acerca de su casamiento secreto con
la hija del carcelero de Cebre. El hidalgo se trasladó
a vivir, mejor dicho a rabiar, en la villita; otorgó
testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes
y caudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria;
y habiéndosele subido la gota al corazón, entregó
su alma a Dios de malísima gana, con lo cual hallóse
el último de los Moscosos dueño de sí
por completo.
Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas
y pellizcos, la casa de Ulloa, a pesar de poseer dos o tres
decentes núcleos de renta, estaba enmarañada
y desangrada; era lo que presumía Julián: una
ruina. Dada la complicación de red, la subdivisión
atomística que caracteriza a la propiedad gallega,
un poco de descuido o mala administración basta para
minar los cimientos de la más importante fortuna territorial.
La necesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses
había sido causa de que la casa se gravase con una
hipoteca no muy cuantiosa; pero la hipoteca es como el cáncer:
empieza atacando un punto del organismo y acaba por inficionarlo
todo. Con motivo de los susodichos censos, el señorito
buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de
su madre; tiempo perdido: o la señora no había
atesorado más desde el robo, o lo había ocultado
tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.
La vista
de tal hipoteca contristó a Julián, pues el
buen clérigo empezaba a sentir la adhesión
especial de los capellanes por las casas nobles en que entran;
pero más le llenó de confusión encontrar
entre los papelotes la documentación relativa a un
pleitecillo de partijas, sostenido por don Alberto Moscoso,
padre de don Pedro, con... ¡el marqués de Ulloa!
Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa
auténtico y legal, el que consta en la Guía
de forasteros, se paseaba tranquilamente en carretela por
la Castellana, durante el invierno de 1866 a 1867, mientras
Julián exterminaba correderas en el archivo de los
Pazos. Bien ajeno estaría él de que el título
de nobleza por cuya carta de sucesión había
pagado religiosamente su impuesto de lanzas y medias anatas,
lo disfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón
de Galicia. Verdad que al legítimo marqués
de Ulloa, que era Grande de España de primera clase,
duque de algo, marqués tres veces y conde dos lo menos,
nadie le conocía en Madrid sino por el ducado, por
aquello de que baza mayor quita menor, aun cuando el título
de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira de Portugal,
pudiese ganar en antigüedad y estimación a los
más eminentes. Al pasar a una rama colateral la hacienda
de los Pazos de Ulloa, fue el marquesado a donde correspondía
por rigurosa agnación; pero los aldeanos, que no entienden
de agnaciones, hechos a que los Pazos de Ulloa diesen nombre
al título, siguieron llamando marqueses a los dueños
de la gran huronera. Los señores de los Pazos no protestaban:
eran marqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador,
en un camino hondo, se descubría respetuosamente ante
don Pedro, murmurando: «Vaya usía muy dichoso, señor
marqués», don Pedro sentía un cosquilleo grato
en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:
«Felices tardes».
  - V -
Del famoso arreglo del
archivo sacó Julián los pies fríos y
la cabeza caliente: él bien quisiera despabilarse,
aplicar prácticamente las nociones adquiridas acerca
del estado de la casa, para empezar a ejercer con inteligencia
sus funciones de administrador, mas no acertaba, no podía;
su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía
a cada paso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de
los Pazos: tomábase el trabajo de ir a los establos,
a las cuadras, de enterarse de los cultivos, de visitar la
granera, el horno, los hórreos, las eras, las bodegas,
los alpendres, cada dependencia y cada rincón; de
preguntar para qué servía esto y aquello y
lo de más allá, y cuánto costaba y a
cómo se vendía; labor inútil, pues olfateando
por todas partes abusos y desórdenes, no conseguía
nunca, por su carencia de malicia y de gramática parda,
poner el dedo sobre ellos y remediarlos. El señorito
no le acompañaba en semejantes excursiones: harto
tenía que hacer con ferias, caza y visitas a gentes
de Cebre o del señorío montañés,
de suerte que el guía de Julián era Primitivo.
Guía pesimista si los hay. Cada reforma que Julián
quería plantear, la calificaba de imposible, encogiéndose
de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, la
declaraba el cazador indispensable al buen servicio de la
casa. Ante el celo de Julián surgían montones
de dificultades menudas, impidiéndole realizar ninguna
modificación útil. Y lo más alarmante
era observar la encubierta, pero real omnipotencia de Primitivo.
Mozos, colonos, jornaleros, y hasta el ganado en los establos,
parecía estarle supeditado y propicio: el respeto
adulador con que trataban al señorito, el saludo,
mitad desdeñoso y mitad indiferente que dirigían
al capellán, se convertían en sumisión
absoluta hacia Primitivo, no manifestada por fórmulas
exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de
su voluntad, indicada a veces con sólo el mirar directo
y frío de sus ojuelos sin pestañas. Y Julián
se sentía humillado en presencia de un hombre que
mandaba allí como indiscutible autócrata, desde
su ambiguo puesto de criado con ribetes de mayordomo. Sentía
pesar sobre su alma la ojeada escrutadora de Primitivo que
avizoraba sus menores actos, y estudiaba su rostro, sin duda
para averiguar el lado vulnerable de aquel presbítero,
sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras
garridas. Tal vez la filosofía de Primitivo era que
no hay hombre sin vicio, y no había de ser Julián
la excepción.
Corría entre tanto el invierno,
y el capellán se habituaba a la vida campestre. El
aire vivo y puro le abría el apetito: no sentía
ya las efusiones de devoción que al principio, y sí
una especie de caridad humana que le llevaba a interesarse
en lo que veía a su alrededor, especialmente los niños
y los irracionales, con quienes desahogaba su instintiva
ternura. Aumentábase su compasión hacia Perucho,
el rapaz embriagado por su propio abuelo; le dolía
verle revolcarse constantemente en el lodo del patio, pasarse
el día hundido en el estiércol de las cuadras,
jugando con los becerros, mamando del pezón de las
vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la
hierba destinada al pienso de la borrica; y determinó
consagrar algunas horas de las largas noches de invierno
a enseñar al chiquillo el abecedario, la doctrina
y los números. Para realizarlo se acomodaba en la
vasta mesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel
con gruesos troncos; y cogiendo al niño en sus rodillas,
a la luz del triple mechero del velón, le iba guiando
pacientemente el dedo sobre el silabario, repitiendo la monótona
salmodia por donde empieza el saber: be-a bá, be-e
bé, be-i bí... El chico se deshacía
en bostezos enormes, en muecas risibles, en momos de llanto,
en chillidos de estornino preso; se acorazaba, se defendía
contra la ciencia de todas las maneras imaginables, pateando,
gruñendo, escondiendo la cara, escurriéndose,
al menor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier
rincón o volverse al tibio abrigo del establo.
En
aquel tiempo frío, la cocina se convertía en
tertulia, casi exclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas
y pisando de lado, como recelosas, iban entrando algunas,
con la cabeza resguardada por una especie de mandilón
de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a la
deleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y
el copo de lino, hilaban después de haberse calentado
las manos, o sacando del bolsillo castañas, las ponían
a asar entre el rescoldo; y todas, empezando por cuchichear
bajito, acababan por charlotear como urracas. Era Sabel la
reina de aquella pequeña corte: sofocada por la llama,
con los brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía
el incienso de las adulaciones, hundía el cucharón
de hierro en el pote, llenaba cuencos de caldo, y al punto
una mujer desaparecía del círculo, refugiábase
en la esquina o en un banco, donde se la oía mascar
ansiosamente, soplar el hirviente bodrio y lengüetear
contra la cuchara. Noches había en que no se daba
la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres en
entrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí
desfilaba sin duda, como en mesón barato, la parroquia
entera. Al salir cogían aparte a Sabel, y si el capellán
no estuviese tan distraído con su rebelde alumno,
vería algún trozo de tocino, pan o lacón
rápidamente escondido en un justillo, o algún
chorizo cortado con prontitud de las ristras pendientes en
la chimenea, que no menos velozmente pasaba a las faltriqueras.
La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba
más tiempo y más íntimamente con Sabel,
era la vieja de las greñas de estopa, entrevista por
Julián la noche de su llegada a los Pazos. Era imponente
la fealdad de la bruja: tenía las cejas canas, y,
de perfil, le sobresalían, como también las
cerdas de un lunar; el fuego hacía resaltar la blancura
del pelo, el color atezado del rostro, y el enorme bocio
o papera que deformaba su garganta del modo más repulsivo.
Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía
de un artista podía evocar los cuadros de tentaciones
de San Antonio en que aparecen juntas una asquerosa hechicera
y una mujer hermosa y sensual, con pezuña de cabra.
Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar
a Julián la tertulia y las familiaridades de Sabel,
que se le arrimaba continuamente, a pretexto de buscar en
el cajón de la mesa un cuchillo, una taza, cualquier
objeto indispensable. Cuando la aldeana fijaba en él
sus ojos azules, anegados en caliente humedad, el capellán
experimentaba malestar violento, comparable sólo al
que le causaban los de Primitivo, que a menudo sorprendía
clavados a hurtadillas en su rostro. Ignorando en qué
fundar sus recelos, creía Julián que meditaban
alguna asechanza. Era Primitivo, salvo tal cual momentáneo
acceso de brusca y selvática alegría, hombre
taciturno, a cuya faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos;
y con todo eso, Julián se juzgaba blanco de hostilidad
encubierta por parte del cazador; en rigor, ni hostilidad
podía llamarse; más bien tenía algo
de observación y acecho, la espera tranquila de una
res, a quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Semejante
actitud no podía definirse, ni expresarse apenas.
Julián se refugió en su cuarto, adonde hizo
subir, medio arrastro, al niño, para la lección
acostumbrada. Así como así, el invierno había
pasado, y el calor de la lareira no era apetecible ya.
En
su habitación pudo el capellán notar mejor
que en la cocina la escandalosa suciedad del angelote. Media
pulgada de roña le cubría la piel; y en cuanto
al cabello, dormían en él capas geológicas,
estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos,
toda suerte de cuerpos extraños. Julián cogió
a viva fuerza al niño, lo arrastró hacia la
palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras,
toallas y jabón. Empezó a frotar. ¡María
Santísima y qué primer agua la que salió
de aquella empecatada carita! Lejía pura, de la más
turbia y espesa. Para el pelo fue preciso emplear aceite,
pomada, agua a chorros, un batidor de gruesas púas
que desbrozase la virgen selva. Al paso que adelantaba la
faena, iban saliendo a luz las bellísimas facciones,
dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina
del sol y del aire; y los bucles, libres de estorbos, se
colocaban artísticamente como en una testa de Cupido,
y descubrían su matiz castaño dorado, que acababa
de entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito que había
hecho Dios a aquel muñeco!
Todos los días,
que gritase o que se resignase el chiquillo, Julián
lo lavaba así antes de la lección. Por aquel
respeto que profesaba a la carne humana no se atrevía
a bañarle el cuerpo, medida bien necesaria en verdad.
Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de
Julián, el diablillo iba tomándose demasiadas
confianzas, y no dejaba cosa a vida en el cuarto. Su desaplicación,
mayor a cada instante, desesperaba al pobre presbítero:
la tinta le servía a Perucho para meter en ella la
mano toda y plantarla después sobre el silabario;
la pluma, para arrancarle las barbas y romperle el pico cazando
moscas en los vidrios; el papel, para rasgarlo en tiritas
o hacer con él cucuruchos; las arenillas, para volcarlas
sobre la mesa y figurar con ellas montes y collados, donde
se complacía en producir cataclismos hundiendo el
dedo de golpe. Además, revolvía la cómoda
de Julián, deshacía la cama brincando encima,
y un día llegó al extremo de prender fuego
a las botas de su profesor, llenándolas de fósforos
encendidos.
Bien aguantaría Julián estas diabluras
con la esperanza de sacar algo en limpio de semejante hereje;
pero se complicaron con otra cosa bastante más desagradable:
las idas y venidas frecuentes de Sabel por su habitación.
Siempre encontraba la moza algún pretexto para subir:
que se le había olvidado recoger el servicio del chocolate;
que se le había esquecido mudar la toalla. Y se endiosaba,
y tardaba un buen rato en bajar, entreteniéndose en
arreglar cosas que no estaban revueltas, o poniéndose
de pechos en la ventana, muy risueña y campechanota,
alardeando de una confianza que Julián, cada día
más reservado, no autorizaba en modo alguno.
Una
mañana entró Sabel a la hora de costumbre con
las jarras de agua para las abluciones del presbítero,
que, al recibirlas, no pudo menos de reparar, en una rápida
ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas,
con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos
un pie y pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba
siempre y no hacía más que la labor de cocina
y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y comadres,
no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros.
Julián retrocedió, y la jarra tembló
en su mano, vertiéndose un chorro de agua por el piso.
-Cúbrase usted, mujer -murmuró con voz sofocada
por la vergüenza-. No me traiga nunca el agua cuando
esté así... no es modo de presentarse a la
gente.
-Me estaba peinando y pensé que me llamaba...
-respondió ella sin alterarse, sin cruzar siquiera
las palmas sobre el escote.
-Aunque la llamase no era regular
venir en ese traje... Otra vez que se esté peinando
que me suba el agua Cristobo o la chica del ganado... o cualquiera...
Y al pronunciar estas palabras, volvíase de espaldas
para no ver más a Sabel, que se retiraba lentamente.
Desde aquel punto y hora, Julián se desvió
de la muchacha como de un animal dañino e impúdico;
no obstante, aún le parecía poco caritativo
atribuir a malos fines su desaliño indecoroso, prefiriendo
achacarlo a ignorancia y rudeza. Pero ella se había
propuesto demostrar lo contrario. Poco tiempo iba transcurrido
desde la severa reprimenda, cuando una tarde, mientras Julián
leía tranquilamente la Guía de Pecadores, sintió
entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, que
algo arreglaba en el cuarto. De pronto oyó un golpe,
como caída de persona contra algún mueble,
y vio a la moza recostada en la cama, despidiendo lastimeros
ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una aflición,
una cosa repentina, y Julián, turbado pero compadecido,
acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes,
y a fin de ejecutarlo se acercó a la acongojada enferma.
Apenas se inclinó hacia ella, pudo -a pesar de su
poca experiencia y ninguna malicia- convencerse de que el
supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima
y sinvergüenza calificada. Una ola de sangre encendió
a Julián hasta el cogote: sintió la cólera
repentina, ciega, que rarísima vez fustigaba su linfa,
y señalando a la puerta, exclamó:
-Se me va
usted de aquí ahora mismo o la echo a empellones...,
¿entiende usted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta...
Todo, todo lo que necesite, me lo traerá Cristobo...
¡Largo inmediatamente!
Retiróse la moza cabizbaja
y mohína, como quien acaba de sufrir pesado chasco.
Julián, por su parte, quedó tembloroso, agitado,
descontento de sí mismo, cual suelen los pacíficos
cuando ceden a un arrebato de ira: hasta sentía dolor
físico, en el epigastrio. A no dudarlo, se había
excedido; debió dirigir a aquella mujer una exhortación
fervorosa, en vez de palabras de menosprecio. Su obligación
de sacerdote era enseñar, corregir, perdonar, no pisotear
a la gente como a los bichos del archivo. Al cabo Sabel tenía
un alma, redimida por la sangre de Cristo igual que otra
cualquiera. Pero ¿quién reflexiona, quién se
modera ante tal descaro? Hay un movimiento que llaman los
escolásticos primo primis fatal e inevitable. Así
se consolaba el capellán. De todos modos, era triste
cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no más
púdica que las vacas. ¿Cómo podía haber
mujeres así? Julián recordaba a su madre, tan
modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y
suave, con su casabé abrochado hasta la nuez, sobre
el cual, para mayor recato, caía liso, sin arrugas,
un pañuelito de seda negra. ¡Qué mujeres! ¡Qué
mujeres se encuentran por el mundo!
Desde el funesto lance
tuvo Julián que barrerse el cuarto y subirse el agua,
porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus órdenes,
y a Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta.
Lo que más extrañeza y susto le causó
fue observar que Primitivo, después del suceso, no
se recataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole
con una ojeada que equivalía a una declaración
de guerra. Julián no podía dudar que estorbaba
en los Pazos: ¿por qué? A veces meditaba en ello interrumpiendo
la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis libros de
San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio; pero al poco
rato, descorazonado por tanta mezquina contrariedad, desesperando
de ser útil jamás a la casa de Ulloa, se enfrascaba
nuevamente en sus páginas místicas.

Los pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán ; revisada por Ana María Freire
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