  - VI -
De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno
había hecho Julián tan buenas migas como con
don Eugenio, el de Naya. El abad de Ulloa, al cual veía
con más frecuencia, no le era simpático, por
su desmedida afición al jarro y a la escopeta; y al
abad de Ulloa, en cambio, le exasperaba Julián, a
quien solía apodar mariquita; porque para el abad
de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía
caer un hombre era beber agua, lavarse con jabón de
olor y cortarse las uñas: tratándose de un
sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón
con la simonía. «Afeminaciones, afeminaciones», gruñía
entre dientes, convencidísimo de que la virtud en
el sacerdote, para ser de ley, ha de presentarse bronca,
montuna y cerril; aparte de que un clérigo no pierde,
ipso facto, los fueros de hombre, y el hombre debe oler a
bravío desde una legua. Con los demás curas
de las parroquias cercanas tampoco frisaba mucho Julián;
así es que, convidado a las funciones de iglesia,
acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan las ceremonias,
sin aceptar jamás la comida que era su complemento
indispensable. Pero cuando don Eugenio le invitó con
alegre cordialidad a pasar en Naya el día del patrón, aceptó de buen grado, comprometiéndose a no
faltarle.
Según lo convenido, subió a Naya
la víspera, rehusando la montura que le ofrecía
don Pedro. ¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tarde hermosísima!
Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese,
deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el
paisaje, no tardó mucho en llegar al cerro que domina
el caserío de Naya, tan oportunamente que vino a caer
en medio del baile que, al son de la gaita, bombo y tamboril,
a la luz de los fachones de paja de centeno encendidos y
agitados alegremente, preludiaba a los regocijos patronales.
Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral,
cantando y atruxando como locos, y con ellos descendió
Julián.
El cura esperaba en la portalada misma: recogidas
las mangas de su chaqueta, levantaba en alto un jarro de
vino, y la criada sostenía la bandeja con vasos. Detúvose
el grupo; el gaitero, vestido de pana azul, en actitud de
cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo punteiro caía
sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la
frente sudorosa con un pañuelo de seda, y los reflejos
de la paja ardiendo y de las luces que alumbraban la casa
del cura permitían distinguir su cara guapota, de
correctas facciones, realzada por arrogantes patillas castañas.
Cuando le sirvieron el vino, el rústico artista dijo
cortésmente: «¡A la salud del señor abade y
la compaña!» y, después de echárselo
al coleto, aún murmuró con mucha política,
pasándose el revés de la mano por la boca:
«De hoy en veinte años, señor abade». Las libaciones
consecutivas no fueron acompañadas de más fórmulas
de atención.
Disfrutaba el párroco de Naya
de una rectoral espaciosa, alborozada a la sazón con
los preparativos de la fiesta y asistía impávido
a los preliminares del saco y ruina de su despensa, bodega,
leñera y huerto. Era don Eugenio joven y alegre como
unas pascuas, y su condición, más que de padre
de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo la corteza
infantil se escondía singular don de gentes y conocimiento
de la vida práctica. Sociable y tolerante, había
logrado no tener un solo enemigo entre sus compañeros.
Le conceptuaban un rapaz inofensivo.
Tras el pocillo de
aromoso chocolate, dio a Julián la mejor cama y habitación
que poseía, y le despertó cuando la gaita floreaba
la alborada, rayando ésta apenas en los cielos. Fueron
juntos los dos clérigos a revisar el decorado de los
altares, compuestos ya para la misa solemne. Julián
pasaba la revista con especial devoción, puesto que
el patrón de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado
San Julián, que allí estaba en el altar mayor
con su carita inocentona, su estática sonrisilla,
su chupa y calzón corto, su paloma blanca en la diestra,
y la siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la
camisola. La imagen modesta, la iglesia desmantelada y sin
más adorno que algún rizado cirio y humildes
flores aldeanas puestas en toscos cacharros de loza, todo
excitaba en Julián tierna piedad, la efusión
que le hacía tanto provecho, ablandándole y
desentumeciéndole el espíritu. Iban llegando
ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado
de hierba, se oía al gaitero templar prolijamente
el instrumento, mientras en la iglesia el hinojo, esparcido
por las losas y pisado por los que iban entrando, despedía
olor campestre y fresquísimo. La procesión
se organizaba; San Julián había descendido
del altar mayor; la cruz y los estandartes oscilaban sobre
el remolino de gentes amontonadas ya en la estrecha nave,
y los mozos, vestidos de fiesta, con su pañuelo de
seda en la cabeza en forma de burelete, se ofrecían
a llevar las insignias sacras. Después de dar dos
vueltas por el atrio y de detenerse breves instantes frente
al crucero, el santo volvió a entrar en la iglesia,
y fue pujado, con sus andas, a una mesilla al lado del altar
mayor muy engalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco
carmesí. La misa empezó, regocijada y rústica,
en armonía con los demás festejos. Más
de una docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el
desvencijado incensario iba y venía, con retintín
de cadenillas viejas, soltando un humo espeso y aromático,
entre cuya envoltura algodonosa parecía suavizarse
el desentono del introito, la aspereza de las broncas laringes
eclesiásticas. El gaitero, prodigando todos sus recursos
artísticos, acompañaba con el punteiro desmangado
de la gaita y haciendo oficios de clarinete. Cuando tenía
que sonar entera la orquesta, mangaba otra vez el punteiro
en el fol; así podía acompañar la elevación
de la hostia con una solemne marcha real, y el postcomunio
con una muñeira de las más recientes y brincadoras,
que, ya terminada la misa, repetía en el vestíbulo,
donde tandas de mozos y mozas se desquitaban, bailando a
su sabor, de la compostura guardada por espacio de una hora
en la iglesia. Y el baile en el atrio lleno de luz, el templo
sembrado de hojas de hinojos y espadaña que magullaron
los pisotones, alumbrado, más que por los cirios,
por el sol que puerta y ventanas dejaban entrar a torrentes,
los curas jadeantes, pero satisfechos y habladores, el santo
tan currutaco y lindo, muy risueño en sus andas, con
una pierna casi en el aire para empezar un minueto y la cándida
palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal,
nada inspiraba la augusta melancolía que suele imperar
en las ceremonias religiosas. Julián se sentía
tan muchacho y contento como el santo bendito, y salía
ya a gozar el aire libre, acompañado de don Eugenio,
cuando en el corro de los bailadores distinguió a
Sabel, lujosamente vestida de domingo, girando con las demás
mozas, al compás de la gaita. Esta vista le aguó
un tanto la fiesta.
Era a semejante hora la rectoral de
Naya un infierno culinario, si es que los hay. Allí
se reunían una tía y dos primas de don Eugenio
-a quienes por ser muchachas y frescas no quería el
párroco tener consigo a diario en la rectoral-; el
ama, viejecilla llorona, estorbosa e inútil, que andaba
dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama bien
distinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en
sus mocedades había servido a un canónigo compostelano,
y era célebre en el país por su destreza en
batir mantequillas y asar capones. Esta fornida guisandera,
un tanto bigotuda, alta de pecho y de ademán brioso,
había vuelto la casa de arriba abajo en pocas horas,
barriéndola desde la víspera a grandes y furibundos
escobazos, retirando al desván los trastos viejos,
empezando a poner en marcha el formidable ejército
de guisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando,
con rápida ojeada de general en jefe, la hidrópica
despensa, atestada de dádivas de feligreses; cabritos,
pollos, anguilas, truchas, pichones, ollas de vino, manteca
y miel, perdices, liebres y conejos, chorizos y morcillas.
Conocido ya el estado de las provisiones, ordenó las
maniobras del ejército: las viejas se dedicaron a
desplumar aves, las mozas a fregar y dejar como el oro peroles,
cazos y sartenes, y un par de mozancones de la aldea, uno
de ellos idiota de oficio, a desollar reses y limpiar piezas
de caza.
Si se encontrase allí algún maestro
de la escuela pictórica flamenca, de los que han derramado
la poesía del arte sobre la prosa de la vida doméstica
y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo
de la gran cocina, la hermosa actividad del fuego de leña
que acariciaba la panza reluciente de los peroles, los gruesos
brazos del ama confundidos con la carne no menos rolliza
y sanguínea del asado que aderezaba, las rojas mejillas
de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como
ninfas con un sátiro atado, arrojándole entre
el cuero y la camisa puñados de arroz y cucuruchos
de pimiento! Y momentos después, cuando el gaitero
y los demás músicos vinieron a reclamar su
parva o desayuno, el guiso de intestinos de castrón,
hígado y bofes, llamado en el país mataburrillo,
¡cuán digna de su pincel encontraría la escena
de rozagante apetito, de expansión del estómago,
de carrillos hinchados y tragos de mosto despabilados al
vuelo, que allí se representó entre bromas
y risotadas!
¿Y qué valía todo ello en comparación
del festín homérico preparado en la sala de
la rectoral? Media docena de tablas tendidas sobre otros
tantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por
encima dos limpios manteles de lamanisco sostenían
grandes jarros rebosando tinto añejo; y haciéndoles
frente, en una esquina del aposento, esperaban turno ventrudas
ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla era
mezclada, y entre el estaño y barro vidriado descollaba
algún talavera legítimo, capaz de volver loco
a un coleccionista, de los muchos que ahora se consagran
a la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa y sus apéndices,
no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomando asiento
los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos
de preferencia, que al cabo tocaron al obeso Arcipreste de
Loiro -la persona más respetable en años y
dignidad de todo el clero circunvecino, que no había
asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas
del gentío en la misa-, y a Julián, en quien
don Eugenio honraba a la ilustre casa de Ulloa.
Sentóse
Julián avergonzado, y su confusión subió
de punto durante la comida. Por ser nuevo en el país
y haber rehusado siempre quedarse a comer en las fiestas,
era blanco de todas las miradas. Y la mesa estaba imponente.
La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entre
ellos el médico, notario y juez de Cebre, el señorito
de Limioso, el sobrino del cura de Boán, y el famosísimo
cacique conocido por el apodo de Barbacana, que apoyándose
en el partido moderado a la sazón en el poder, imperaba
en el distrito y llevaba casi anulada la influencia de su
rival el cacique Trampeta, protegido por los unionistas y
mal visto por el clero. En suma, allí se juntaba lo
más granado de la comarca, faltando sólo el
marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los
postres. La monumental sopa de pan rehogada en grasa, con
chorizo, garbanzos y huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba
ya en gigantescos tarterones, y se comía en silencio,
jugando bien las quijadas. De vez en cuando se atrevía
algún cura a soltar frases de encomio a la habilidad
de la guisandera; y el anfitrión, observando con disimulo
quiénes de los convidados andaban remisos en mascar,
les instaba a que se animasen, afirmando que era preciso
aprovecharse de la sopa y del cocido, pues apenas había
otra cosa. Creyéndolo así Julián, y
no pareciéndole cortés desairar a su huésped,
cargó la mano en la sopa y el cocido. Grande fue su
terror cuando empezó a desfilar interminable serie
de platos, los veintiséis tradicionales en la comida
del patrón de Naya, no la más abundante que
se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba
mucho.
Para llegar al número prefijado, no había
recurrido la guisandera a los artificios con que la cocina
francesa disfraza los manjares bautizándolos con nombres
nuevos o adornándolos con arambeles y engañifas.
No, señor: en aquellas regiones vírgenes no
se conocía, loado sea Dios, ninguna salsa o pebre
de origen gabacho, y todo era neto, varonil y clásico
como la olla. ¿Veintiséis platos? Pronto se hace la
lista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con
guisantes, con cebollas, con patatas y con huevos; aplíquese
el mismo sistema a la carne, al puerco, al pescado y al cabrito.
Así, sin calentarse los cascos, presenta cualquiera
veintiséis variados manjares.
¡Y cómo se burlaría
la guisandera si por arte de magia apareciese allí
un cocinero francés empeñado en redactar un
menú, en reducirse a cuatro o seis principios, en
alternar los fuertes con los ligeros y en conceder honroso
puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría
el ama del cura de Cebre, riéndose con toda su alma
y todas sus caderas también. ¡Legumbres el día
del patrón! Son buenas para los cerdos.
Ahíto
y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para
rechazar con la mano las fuentes que no cesaban de circular
pasándoselas los convidados unos a otros: a bien que
ya le observaban menos, pues la conversación se calentaba.
El médico de Cebre, atrabiliario, magro y disputador;
el notario, coloradote y barbudo, osaban decir chistes, referir
anécdotas; el sobrino del cura de Boán, estudiante
de derecho, muy enamorado de condición, hablaba de
mujeres, ponderaba la gracia de las señoritas de Molende
y la lozanía de una panadera de Cebre, muy nombrada
en el país; los curas al pronto no tomaron parte,
y como Julián bajase la vista, algunos comensales,
después de observarle de reojo, se hicieron los desentendidos.
Mas duró poco la reserva; al ir vaciándose
los jarros y desocupándose las fuentes, nadie quiso
estar callado y empezaron las bromas a echar chispas.
Máximo
Juncal, el médico, recién salido de las aulas
compostelanas, soltó varias puntadas sobre política,
y también malignas pullas referentes al grave escándalo
que a la sazón traía muy preocupados a los
revolucionarios de provincia: Sor Patrocinio, sus manejos,
su influencia en Palacio. Alborotáronse dos o tres
curas; y el cacique Barbacana, con suma gravedad, volviendo
hacia Juncal su barba florida y luenga, díjole desdeñosamente
una verdad como un templo: que «muchos hablaban de lo que
no entendían», a lo cual el médico replicó,
vertiendo bilis por ojos y labios, «que pronto iba a llegar
el día de la gran barredura, que luego se armaría
el tiberio del siglo, y que los neos irían a contarlo
a casa de su padre Judas Iscariote».
Afortunadamente profirió
estos tremendos vaticinios a tiempo que la mayor parte de
los párrocos se hallaban enzarzados en la discusión
teológica, indispensable complemento de todo convite
patronal. Liados en ella, no prestó atención
a lo que el médico decía ninguno de los que
podían volvérselas al cuerpo: ni el bronco
abad de Ulloa, ni el belicoso de Boán, ni el Arcipreste,
que siendo más sordo que una tapia, resolvía
las discusiones políticas a gritos, alzando el índice
de la mano derecha como para invocar la cólera del
cielo. En aquel punto y hora, mientras corrían las
fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se
agotaban las copas de tostado, llegaba a su periodo álgido
la disputa, y se entreoían argumentos, proposiciones,
objeciones y silogismos.
-Nego majorem...
-Probo minorem.
-Eh... Boán, que con mucho disimulo me estás
echando abajo la gracia...
-Compadre, cuidado... Si adelanta
usted un poquito más nos vamos a encontrar con el
libre albedrío perdido.
-Cebre, mira que vas por
mal camino: ¡mira que te marchas con Pelagio!
-Yo a San
Agustín me agarro, y no lo suelto.
-Esa proposición
puede admitirse simpliciter, pero tomándola en otro
sentido... no cuela.
-Citaré autoridades, todas las
que se me pidan: ¿a que no me citas tú ni media docena?
A ver.
-Es sentir común de la Iglesia desde los primeros
concilios.
-Es punto opinable, ¡quoniam! A mí no
me vengas a asustar tú con concilios ni concilias.
-¿Querrás saber más que Santo Tomás?
-¿Y tú querrás ponerte contra el Doctor de
la gracia?
-¡Nadie es capaz de rebatirme esto! Señores...
la gracia...
-¡Que nos despeñamos de vez! ¡Eso es
herejía formal; es pelagianismo puro!
-Qué
entiendes tú, qué entiendes tú... Lo
que tú censures, que me lo claven...
-Que diga el
señor Arcipreste... Vamos a aventurar algo a que no
me deja mal el señor Arcipreste.
El Arcipreste era
respetado más por su edad que por su ciencia teológica;
y se sosegó un tanto el formidable barullo cuando
se incorporó difícilmente, con ambas manos
puestas tras los oídos, vertiendo sangre por la cara,
a fin de dirimir, si cabía lograrlo, la contienda.
Pero un incidente distrajo los ánimos: el señorito
de Ulloa entraba seguido de dos perros perdigueros, cuyos
cascabeles acompañaban su aparición con jubiloso
repique. Venía, según su promesa, a tomar una
copa a los postres; y la tomó de pie, porque le aguardaba
un bando de perdices allá en la montaña.
Hízosele
muy cortés recibimiento, y los que no pudieron agasajarle
a él agasajaron a la Chula y al Turco, que iban apoyando
la cabeza en todas las rodillas, lamiendo aquí un
plato y zampándose un bizcocho allá. El señorito
de Limioso se levantó resuelto a acompañar
al de Ulloa en la excursión cinegética, para
lo cual tenía prevenido lo necesario, pues rara vez
salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta
al hombro y el morral a la cintura.
Cuando partieron los
dos hidalgos, ya se había calmado la efervescencia
de la discusión sobre la gracia, y el médico,
en voz baja, le recitaba al notario ciertos sonetos satírico-políticos
que entonces corrían bajo el nombre de belenes. Celebrábalos
el notario, particularmente cuando el médico recalcaba
los versos esmaltados de alusiones verdes y picantes. La
mesa, en desorden, manchada de salsas, ensangrentada de vino
tinto, y el suelo lleno de huesos arrojados por los comensales
menos pulcros, indicaban la terminación del festín;
Julián hubiera dado algo bueno por poderse retirar;
sentíase cansado, mortificado por la repugnancia que
le inspiraban las cosas exclusivamente materiales; pero no
se atrevía a interrumpir la sobremesa, y menos ahora
que se entregaban al deleite de encender algún pitillo
y murmurar de las personas más señaladas en
el país. Se trataba del señorito de Ulloa,
de su habilidad para tumbar perdices, y sin que Julián
adivinase la causa, se pasó inmediatamente a hablar
de Sabel, a quien todos habían visto por la mañana
en el corro de baile; se encomió su palmito, y al
mismo tiempo se dirigieron a Julián señas y
guiños, como si la conversación se relacionase
con él. El capellán bajaba la vista según
costumbre, y fingía doblar la servilleta; mas de improviso,
sintiendo uno de aquellos chispazos de cólera repentina
y momentánea que no era dueño de refrenar,
tosió, miró en derredor, y soltó unas
cuantas asperezas y severidades que hicieron enmudecer a
la asamblea. Don Eugenio, al ver aguada la sobremesa, optó
por levantarse, proponiendo a Julián que saliesen
a tomar el fresco en la huerta: algunos clérigos se
alzaron también, anunciando que iban a echar completas;
otros se escurrieron en compañía del médico,
el notario, el juez y Barbacana, a menear los naipes hasta
la noche.
Refugiáronse al huerto el cura de Naya
y Julián, pasando por la cocina, donde la algazara
de los criados, primas del cura, cocineras y músicos
era formidable, y los jarros se evaporaban y la comilona
amenazaba durar hasta el sol puesto. El huerto, en cambio,
permanecía en su tranquilo y poético sosiego
primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba las últimas
flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follaje
de las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama,
se tendieron ambos presbíteros, no sin que don Eugenio,
sacando un pañuelo de algodón a cuadros, se
tapase con él la cabeza, para resguardarla de las
importunidades de alguna mosca precoz. A Julián todavía
le duraba el sofoco, la llamarada de indignación;
pero ya le pesaba, de su corta paciencia, y resolvía
ser más sufrido en lo venidero. Aunque bien mirado...
-¿Quiere escotar un sueño? -preguntó el de
Naya al verle tan cabizbajo y mustio.
-No; lo que yo quería,
Eugenio, era pedirle que me dispensase el enfado que tomé
allá en la mesa... Conozco que soy a veces así...
un poco vivo... y luego hay conversaciones que me sacan de
tino, sin poderlo remediar. Usted póngase en mi caso.
-Pongo, pongo... Pero a mí me están embromando
también a cada rato con las primas..., y hay que aguantar,
que no lo hacen con mala intención; es por reírse
un poco.
-Hay bromas de bromas, y a mí me parecen
delicadas para un sacerdote las que tocan a la honestidad
y a la pureza. Si aguanta uno por respetos humanos esos dichos,
acaso pensarán que ya tiene medio perdida la vergüenza
para los hechos. Y ¿qué sé yo si alguno, no
digo de los sacerdotes, no quiero hacerles tal ofensa, pero
de los seglares, creerá que en efecto...?
El de Naya
aprobó con la cabeza como quien reconoce la fuerza
de una observación; pero, al mismo tiempo, la sonrisa
con que lucía la desigual dentadura era suave e irónica
protesta contra tanta rigidez.
-Hay que tomar el mundo según
viene... -murmuró filosóficamente-. Ser bueno
es lo que importa; porque ¿quién va a tapar las bocas
de los demás? Cada uno habla lo que le parece, y gasta
las guasas que quiere... En teniendo la conciencia tranquila...
-No, señor; no, señor; poco a poco -replicó
acaloradamente Julián-. No sólo estamos obligados
a ser buenos, sino a parecerlo; y aún es peor en un
sacerdote, si me apuran, el mal ejemplo y el escándalo,
que el mismo pecado. Usted bien lo sabe, Eugenio; lo sabe
mejor que yo, porque tiene cura de almas.
-También
usted se apura ahí por una chanza, por una tontería,
lo mismo que si ya todo el mundo le señalase con el
dedo... Se necesita una vara de correa para vivir entre gentes.
A este paso no le arriendo la ganancia, porque no va a sacar
para disgustos.
Caviloso y cejijunto, había cogido
Julián un palito que andaba por el suelo, y se entretenía
en clavarlo en la hierba. Levantó la cabeza de pronto.
-Eugenio, ¿es mi amigo? -Siempre, hombre, siempre -contestó
afable y sinceramente el de Naya.
-Pues séame franco.
Hábleme como si estuviésemos en el confesonario.
¿Se dice por ahí... eso?
-¿Lo qué? -Lo de
que yo... tengo algo que ver... con esa muchacha, ¿eh? Porque
puede usted creerme, y se lo juraría si fuese lícito
jurar: bien sabe Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible,
y que no le habré mirado a la cara media docena de
veces desde que estoy en los Pazos.
-No, pues a la cara
se le puede mirar, que la tiene como una rosa... Ea, sosiéguese:
a mí se me figura que nadie piensa mal de usted con
Sabel. El marqués no inventó la pólvora,
es cierto que no, y la moza se distraerá con los de
su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en la gaita
de hoy; pero no iba a tener la desvergüenza de pegársela
en sus barbas, con el mismo capellán... Hombre, no
hagamos tan estúpido al marqués.
Julián
se volvió, más bien arrodillado que sentado
en la grama, con los ojos abiertos de par en par.
-Pero...
el señorito..., ¿qué tiene que ver el señorito...?
El cura de Naya saltó a su vez, sin que ninguna mosca
le picase, y prorrumpió en juvenil carcajada. Julián,
comprendiendo, preguntó nuevamente:
-Luego el chiquillo...
el Perucho...
Tornó don Eugenio a reír hasta
el extremo de tener que limpiarse los lagrimales con el pañuelo
de cuadros.
-No se ofenda... -murmuraba entre risa y llanto-.
No se ofenda porque me río así... Es que, de
veras, no me puedo contener cuando me pega la risa; un día
hasta me puse malo... Esto es como las cosqui... cosquillas...
involuntario...
Aplacado el acceso de risa, añadió:
-Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado,
como nuestro patrón San Julián..., pero esto
pasa de castaño oscuro... ¡Vivir en los Pazos y no
saber lo que ocurre en ellos! ¿O es que quiere hacerse el
bobo?
-A fe, no sospechaba nada, nada, nada. ¿Usted piensa
que iba a quedarme allí ni dos días, caso de
averiguarlo antes? ¿Autorizar con mi presencia un amancebamiento?
¿Pero... usted está seguro de lo que dice?
-Hombre...
¿tiene usted gana de cuentos? ¿Es usted ciego? ¿No lo ha
notado? Pues repárelo.
-¡Qué sé yo!
¡Cuando uno no está en la malicia! Y el niño...,
¡infeliz criatura! El niño me da tanta compasión...
Allí se cría como un morito... ¿Se comprende
que haya padres tan sin entrañas?
-Bah... Esos hijos
así, nacidos por detrás de la Iglesia... Luego,
si uno oye a los de aquí y a los de allá...
Cada cual dice lo que se le antoja... La moza es alegre como
unas castañuelas; todo el mundo en las romerías
le debe dos cuartos: uno la convida a rosquillas, el otro
a resolio, éste la saca a bailar, aquél la
empuja... Se cuentan mil enredos... ¿Usted se ha fijado en
el gaitero que tocó hoy en la misa?
-¿Un buen mozo,
con patillas?
-Cabal. Le llaman el Gallo de mote. Pues dicen
si la acompaña o no por los caminos... ¡Historias!
Por detrás de la tapia del huerto se oyó entonces
vocerío alegre y argentinas carcajadas.
-Son las
primas... -dijo don Eugenio-. Van a la gaita, que está
tocando en el crucero ahora. ¿Quiere usted venir un ratito?
A ver si se le pasa el disgusto... Ahí en casa unos
rezan y otros juegan... Yo no rezo nunca sobre la comida.
-Vamos allá -contestó Julián, que se
había quedado ensimismado.
-Nos sentaremos al pie
del crucero.
  - VII -
Volvía Julián
preocupado a la casa solariega, acusándose de excesiva
simplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto.
Él era sencillo como la paloma; sólo que en
este pícaro mundo también se necesita ser cauto
como la serpiente... Ya no podía continuar en los
Pazos... ¿Cómo volvía a vivir a cuestas de
su madre, sin más emolumentos que la misa? ¿Y cómo
dejaba así de golpe al señorito don Pedro,
que le trataba tan llanamente? ¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba
un restaurador celoso y adicto? Todo era verdad: pero, ¿y
su deber de sacerdote católico?
Le acongojaban estos
pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo lindero manzanilla
y cabrifollos despedían grato aroma. Era la noche
templada y benigna, y Julián apreciaba por primera
vez la dulce paz del campo, aquel sosiego que derrama en
nuestro combatido espíritu la madre naturaleza. Miró
al cielo, oscuro y alto.
-¡Dios sobre todo! -murmuró,
suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo
de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los
perros. Ya divisaba próxima la vasta mole de los Pazos.
El postigo debía estar abierto. Julián distaba
de él unos cuantos pasos no más, cuando oyó
dos o tres gritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados
como de alimaña herida, a los cuales se unía
el desconsolado llanto de un niño.
Engolfóse
el capellán en las tenebrosas profundidades de corredor
y bodega, y llegó velozmente a la cocina. En el umbral
se quedó paralizado de asombro ante lo que iluminaba
la luz fuliginosa del candilón. Sabel, tendida en
el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor,
la brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los
puños metidos en los ojos, sollozaba. Sin reparar
lo que hacía, arrojóse Julián hacia
el grupo, llamando al marqués con grandes voces:
-¡Señor don Pedro..., señor don Pedro! Volvióse
el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil,
con la escopeta empuñada por el cañón,
jadeante, lívido de ira, los labios y las manos agitadas
por temblor horrible; y en vez de disculpar su frenesí
o de acudir a la víctima, balbució roncamente:
-¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto
de cenar, o te deshago! ¡A levantarse... o te levanto con
la escopeta!
Sabel se incorporaba ayudada por el capellán,
gimiendo y exhalando entrecortados ayes. Tenía aún
el traje de fiesta con el cual la viera Julián danzar
pocas horas antes junto al crucero y en el atrio; pero el
mantelo de rico paño se encontraba manchado de tierra;
el dengue de grana se le caía de los hombros, y uno
de sus largos zarcillos de filigrana de plata, abollado por
un culatazo, se le había clavado en la carne de la
nuca, por donde escurrían algunas gotas de sangre.
Cinco verdugones rojos en la mejilla de Sabel contaban bien
a las claras cómo había sido derribada la intrépida
bailadora.
-¡La cena he dicho! -repitió brutalmente
don Pedro.
Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse
la muchacha hacia el rincón donde hipaba el niño,
y le tomó en brazos, apretándole mucho. El
angelote seguía llorando a moco y baba. Don Pedro
se acercó entonces, y mudando de tono, preguntó:
-¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho? Púsole
la mano en la frente y la sintió húmeda. Levantó
la palma: era sangre. Desviando entonces los brazos, apretando
los puños, soltó una blasfemia, que hubiera
horrorizado más a Julián si no supiese, desde
aquella tarde misma, que acaso tenía ante sí
a un padre que acababa de herir a su hijo. Y el padre resurgía,
maldiciéndose a sí propio, apartando los rizos
del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y atándolo
con cuidado indecible sobre la descalabradura.
-A ver cómo
lo cuidas... -gritó dirigiéndose a Sabel-.
Y cómo haces la cena en un vuelo... ¡Yo te enseñaré,
yo te enseñaré a pasarte las horas en las romerías
sacudiéndote, perra!
Con los ojos fijos en el suelo,
sin quejarse ya, Sabel permanecía parada, y su mano
derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en el cual
debía tener alguna dolorosa contusión. En voz
baja y lastimera, pero con suma energía, pronunció
sin mirar al señorito:
-Busque quien le haga la cena...,
y quien esté aquí... Yo me voy, me voy, me
voy, me voy...
Y lo repetía obstinadamente, sin entonación,
como el que afirma una cosa natural e inevitable.
-¿Qué
dices, bribona?
-Que me voy, que me voy... A mi casita pobre...
¡Quién me trajo aquí! ¡Ay, mi madre de mi alma!
Rompió la moza a llorar amarguísimamente,
y el marqués, requiriendo su escopeta, rechinaba los
dientes de cólera, dispuesto ya a hacer alguna barrabasada
notable, cuando un nuevo personaje entró en escena.
Era Primitivo, salido de un rincón oscuro; diríase
que estaba allí oculto hacía rato. Su aparición
modificó instantáneamente la actitud de Sabel,
que tembló, calló y contuvo sus lágrimas.
-¿No oyes lo que te dice el señorito? -preguntó
sosegadamente el padre a la hija.
-Oi-go, siii-see-ñoor,
oi-go -tartamudeó la moza, comiéndose los sollozos.
-Pues a hacer la cena en seguida. Voy a ver si volvieron
ya las otras muchachas para que te ayuden. La Sabia está
ahí fuera: te puede encender la lumbre.
Sabel no
replicó más. Remangóse la camisa y bajó
de la espetera una sartén. Como evocada por alguna
de sus compañeras en hechicerías, entró
en la cocina entonces, pisando de lado, la vieja de las greñas
blancas, la Sabia, que traía el enorme mandil atestado
de leña. El marqués tenía aún
la escopeta en la mano: cogiósela respetuosamente
Primitivo, y la llevó al sitio de costumbre. Julián,
renunciando a consolar al niño, creyó llegada
la ocasión de dar un golpe diplomático.
-Señor
marqués..., ¿quiere que tomemos un poco el aire? Está
la noche muy buena... Nos pasearemos por el huerto...
Y
para sus adentros pensaba:
«En el huerto le digo que me
voy también... No se ha hecho para mí esta
vida, ni esta casa».
Salieron al huerto. Oíase el
cuarrear de las ranas en el estanque, pero ni una hoja de
los árboles se movía, tal estaba la noche de
serena. El capellán cobró ánimos, pues
la oscuridad alienta mucho a decir cosas difíciles.
-Señor marqués, yo siento tener que advertirle...
Volvióse el marqués bruscamente. -Ya sé...,
¡chist!, no necesitamos gastar saliva. Me ha pescado usted
en uno de esos momentos en que el hombre no es dueño
de sí... Dicen que no se debe pegar nunca a las mujeres...
Francamente, don Julián, según ellas sean...
¡Hay mujeres de mujeres, caramba..., y ciertas cosas acabarían
con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que siento
es el golpe que le tocó al chiquillo.
-Yo no me refería
a eso... -murmuró Julián-. Pero si quiere que
le hable con el corazón en la mano, como es mi deber,
creo no está bien maltratar así a nadie...
Y por la tardanza de la cena, no merece...
-¡La tardanza
de la cena! -pronunció el señorito-. ¡La tardanza!
A ningún cristiano le gusta pasarse el día
en el monte comiendo frío y llegar a casa y no encontrar
bocado caliente; ¡pero si esa mala hembra no tuviese otras
mañas...! ¿No la ha visto usted? ¿No la ha visto usted
todo el día, allá en Naya, bailoteando como
una descosida, sin vergüenza? ¿No la ha encontrado usted
a la vuelta, bien acompañada? ¡Ah!... ¿Usted cree
que se vienen solitas las mozas de su calaña? ¡Ja,
ja! Yo la he visto, con estos ojos, y le aseguro a usted
que si tengo algún pesar, ¡es el de no haberle roto
una pierna, para que no baile más por unos cuantos
meses!
Guardó silencio el capellán, sin saber
qué responder a la inesperada revelación de
celos feroces. Al fin calculó que se le abría
camino para soltar lo que tenía atravesado en la garganta.
-Señor marqués -murmuró-, dispénseme
la libertad que me tomo... Una persona de su clase no se
debe rebajar a importársele por lo que haga o no haga
la criada... La gente es maliciosa, y pensará que
usted trata con esa chica... Digo pensará Ya lo piensa
todo el mundo... Y el caso es que yo..., vamos..., no puedo
permanecer en una casa donde, según la voz pública,
vive un cristiano en concubinato... Nos está prohibido
severamente autorizar con nuestra presencia el escándalo
y hacernos cómplices de él. Lo siento a par
del alma, señor marqués; puede creerme que
hace tiempo no tuve un disgusto igual.
El marqués
se detuvo, con las manos sepultadas en los bolsillos.
-Leria,
leria... -murmuró-. Es preciso hacerse cargo de lo
que es la juventud y la robustez... No me predique un sermón,
no me pida imposibles. ¡Qué demonio!, el que más
y el que menos es hombre como todos.
-Yo soy un pecador
-replicó Julián-, solamente que veo claro en
este asunto, y por los favores que debo a usted, y el pan
que le he comido, estoy obligado a decirle la verdad. Señor
marqués, con franqueza, ¿no le pesa de vivir así
encenagado? ¡Una cosa tan inferior a su categoría
y a su nacimiento! ¡Una triste criada de cocina!
Siguieron
andando, acercándose a la linde del bosque, donde
concluía el huerto.
-¡Una bribona desorejada, que
es lo peor! -exclamó el marqués después
de un rato de silencio-. Oiga usted... -añadió
arrimándose a un castaño-. A esa mujer, a Primitivo,
a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas y nietas,
a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros,
a la aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así
(y agarraba una rama del castaño triturándola
en menudos fragmentos) y deshacerlos. Me están saqueando,
me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta me aborrece
y se va de mejor gana con cualquier gañán de
los que acuden descalzos a alquilarse para majar el centeno,
¡tengo mientes de aplastarle los sesos como a una culebra!
Julián oía estupefacto aquellas miserias de
la vida pecadora, y se admiraba de lo bien que teje el diablo
sus redes.
-Pero, señor... -balbució-. Si
usted mismo lo conoce y lo comprende...
-¿Pues no lo he
de comprender? ¿Soy estúpido acaso para no ver que
esa desvergonzada huye de mí, y cada día tengo
que cazarla como a una liebre? ¡Sólo está contenta
entre los demás labriegos, con la hechicera que le
trae y lleva chismes y recados a los mozos! A mí me
detesta. A la hora menos pensada me envenenará.
-Señor
marqués, ¡yo me pasmo! -arguyó el capellán
eficazmente-. ¡Que usted se apure por una cosa tan fácil
de arreglar! ¿Tiene más que poner a semejante mujer
en la calle?
Como ambos interlocutores se habían
acostumbrado a la oscuridad, no sólo vio Julián
que el marqués meneaba la cabeza, sino que torcía
el gesto.
-Bien se habla... -pronunció sordamente-.
Decir es una cosa y hacer es otra... Las dificultades se
tocan en la práctica. Si echo a ese enemigo, no encuentro
quien me guise ni quien venga a servirme. Su padre... ¿Usted
no lo creerá? Su padre tiene amenazadas a todas las
mozas de que a la que entre aquí en marchándose
su hija, le mete él una perdigonada en los lomos...
Y saben que es hombre para hacerlo como lo dice. Un día
cogí yo a Sabel por un brazo y la puse en la puerta
de la casa: la misma noche se me despidieron las otras criadas,
Primitivo se fingió enfermo, y estuve una semana comiendo
en la rectoral y haciéndome la cama yo mismo... Y
tuve que pedirle a Sabel, de favor, que volviese... Desengáñese
usted, pueden más que nosotros. Esa comparsa que traen
alrededor son paniaguados suyos, que les obedecen ciegamente.
¿Piensa usted que yo ahorro un ochavo aquí en este
desierto? ¡Quiá! Vive a mi cuenta toda la parroquia.
Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen sus gallinas
con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña,
mis hórreos les surten de pan; la renta se cobra tarde,
mal y arrastro; yo sostengo siete u ocho vacas, y la leche
que bebo cabe en el hueco de la mano; en mis establos hay
un rebaño de bueyes y terneros que jamás se
uncen para labrar mis tierras; se compran con mi dinero,
eso sí, pero luego se dan a parcería y no se
me rinden cuentas jamás...
-¿Por qué no pone
otro mayordomo?
-¡Ay, ay, ay! ¡Como quien no dice nada!
Una de dos: o sería hechura de Primitivo y entonces
estábamos en lo mismo, o Primitivo le largaría
un tiro en la barriga... Y si hemos de decir verdad, Primitivo
no es mayordomo... Es peor que si lo fuese, porque manda
en todos, incluso en mí; pero yo no le he dado jamás
semejante mayordomía... Aquí el mayordomo fue
siempre el capellán... Ese Primitivo no sabrá
casi leer ni escribir; pero es más listo que una centella,
y ya en vida del tío Gabriel se echaba mano de él
para todo... Mire usted, lo cierto es que el día que
él se cruza de brazos, se encuentra uno colgadito...
No hablemos ya de la caza, que para eso no tiene igual; a
mí me faltarían los pies y las manos si me
faltase Primitivo... Pero en los demás asuntos es
igual... Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no se valía
sin él; y usted, que también ha venido en concepto
de administrador, séame franco: ¿ha podido usted amañarse
solo?
-La verdad es que no -declaró Julián
humildemente-. Pero con el tiempo..., la práctica...
-¡Bah, bah! A usted no le obedecerá ni le hará
caso jamás ningún paisano, porque es usted
un infeliz; es usted demasiado bonachón. Ellos necesitan
gente que conozca sus máculas y les dé ciento
de ventaja en picardía.
Por depresiva que fuese para
el amor propio del capellán la observación,
hubo de reconocer su exactitud. No obstante, picado ya, se
propuso agotar los recursos del ingenio para conseguir la
victoria en lucha tan desigual. Y su caletre le sugirió
la siguiente perogrullada:
-Pero, señor marqués...,
¿por qué no sale un poco al pueblo? ¿No sería
ése el mejor modo de desenredarse? Me admiro de que
un señorito como usted pueda aguantar todo el año
aquí, sin moverse de estas montañas fieras...
¿No se aburre?
El marqués miraba al suelo, aun cuando
en él no había cosa digna de verse. La idea
del capellán no le cogía de sorpresa.
-¡Salir
de aquí! -exclamó-. ¿Y a dónde demontre
se va uno? Siquiera aquí, mal o bien, es uno el rey
de la comarca... El tío Gabriel me lo decía
mil veces: las personas decentes, en las poblaciones, no
se distinguen de los zapateros... Un zapatero que se hace
millonario metiendo y sacando la lesna, se sube encima de
cualquier señor, de los que lo somos de padres a hijos...
Yo estoy muy acostumbrado a pisar tierra mía y a andar
entre árboles que corto si se me antoja.
-Pero al
fin, señorito, ¡aquí le manda Primitivo!
-Bah...
A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapiés,
si se me hinchan las narices, sin que el juez me venga a
empapelar... No lo hago; pero duermo tranquilo con la seguridad
de que lo haría si quisiese. ¿Cree usted que Sabel
irá a quejarse a la justicia de los culatazos de hoy?
Esta lógica de la barbarie confundía a Julián.
-Señor, yo no le digo que deje esto... Únicamente,
que salga una temporadita, a ver cómo le prueba...
Apartándose usted de aquí algún tiempo,
no sería difícil que Sabel se casase con persona
de su esfera, y que usted también encontrase una conveniencia
arreglada a su calidad, una esposa legítima. Cualquiera
tiene un desliz, la carne es flaca; por eso no es bueno para
el hombre vivir solo, porque se encenaga, y como dijo quien
lo entendía, es mejor casarse que abrasarse en concupiscencia,
señor don Pedro. ¿Por qué no se casa, señorito?
-exclamó, juntando las manos-. ¡Hay tantas señoritas
buenas y honradas!
A no ser por la oscuridad, vería
Julián chispear los ojos del marqués de Ulloa.
-¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había
ocurrido a mí? ¿Piensa usted que no sueño todas
las noches con un chiquillo que se me parezca, que no sea
hijo de una bribona, que continúe el nombre de la
casa..., que herede esto cuando yo me muera... y que se llame
Pedro Moscoso, como yo?
Al decir esto golpeábase
el marqués su fornido tronco, su pecho varonil, cual
si de él quisiese hacer brotar fuerte y adulto ya
el codiciado heredero. Julián, lleno de esperanza,
iba a animarle en tan buenos propósitos; pero se estremeció
de repente, pues creyó sentir a sus espaldas un rumor,
un roce, el paso de un animal por entre la maleza.
-¿Qué
es eso? -exclamó volviéndose-. Parece que anda
por aquí el zorro.
El marqués le cogió
del brazo.
-Primitivo... -articuló en voz baja y
ahogada de ira-. Primitivo que nos atisbará hace un
cuarto de hora, oyendo la conversación... Ya está
usted fresco... Nos hemos lucido... ¡Me valga Dios y los
santos de la corte celestial! También a mí
se me acaba la cuerda. ¡Vale más ir a presidio que
llevar esta vida!
  - VIII -
Mientras se raía
con la navaja de barba los contados pelos rubios que brotaban
en sus carrillos, Julián maduraba un proyecto: afeitado
y limpio que fuese, emprendería el camino de Cebre
un pie tras otro, en el caballo de San Francisco; allí
le pediría al cura una jícara de chocolate,
y esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en
que pasa la diligencia de Orense a Santiago; malo sería
que en interior o cupé no hubiese un asiento vacante.
Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría
a buscar desde Cebre por un mozo. Y calculando así,
miraba contristado el paisaje ameno, el huerto con su dormilón
estanque, el umbrío manchón del soto, la verdura
de los prados y maizales, la montaña, el limpio firmamento,
y se le prendía el alma en el atractivo de aquella
dulce soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar
allí la vida toda. ¡Cómo ha de ser! Dios nos
lleva y trae según sus fines... No, no era Dios, sino
el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del paraíso...
Le agitó semejante idea y se cortó dos veces
la mejilla... Estuvo próximo a inferirse el tercer
rasguño, porque le dieron una palmada en el hombro.
Se volvió... ¿Quién había de conocer
a don Pedro, tan metamorfoseado como venía? Afeitado
también, aunque sin detrimento de su barba, que brillaba
suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón
y a ropa limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco
de piqué blanco, hongo azul, y al brazo un abrigo,
parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo
y diferente, con veinte grados más de educación
y cultura que el anterior. De golpe lo comprendió
todo Julián... y la sangre le dio gozoso vuelco.
-¡Señorito...! -Ea, despachar, que corre prisa...
Tiene usted que acompañarme a Santiago y necesitamos
llegar a Cebre antes de mediodía.
-¿De veras viene
usted? ¡Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoy arreglando
la maleta. ¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que
me quede aquí entretanto...
-¡No faltaba otra cosa!
Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a dar una sorpresa
al tío Manolo, y a conocer a las primas, que sólo
las he visto cuando eran unas mocosas... Si ahora me desanimo,
no vuelvo a animarme en diez años. Ya he mandado a
Primitivo que ensille la yegua y ponga el aparejo a la borrica.
En aquel punto asomó por la puerta un rostro que
a Julián se le antojó siniestro, y acaso pensó
otro tanto el marqués, pues preguntó impaciente:
-Vamos a ver, ¿qué ocurre? -La yegua -respondió
Primitivo sin alzar la voz- no sirve para el camino.
-¿Por
qué razón? ¿Puede saberse?
-Está sin
una ferradura siquiera -declaró serenamente el cazador.
-¡Mal rayo que te parta! -vociferó el marqués
echando fuego por los ojos-. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no
es cuenta tuya cuidar de que esté herrada? ¿O he de
llevarla yo al herrador todos los días?
-Como no
sabía que el señorito quisiese salir hoy...
-Señor -intervino Julián-, yo iré a
pie. Al fin tenía determinado dar ese paseo. Lleve
usted la burra.
-Tampoco hay burra -objetó el cazador
sin pestañear ni alterar un solo músculo de
su faz broncínea.
-¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?
-articuló, apretando los puños, don Pedro-.
¿Que no... la... hayyy? A ver, a ver... Repíteme eso,
en mi cara.
El hombre de bronce no se inmutó al reiterar
fríamente.
-No hay burra. -¡Pues así Dios
me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por
quien soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis
a caballo hasta Cebre!
Nada replicó Primitivo, incrustado
en el quicio de la puerta.
-Vamos claros, ¿cómo es
que no hay burra?
-Ayer, al volver del pasto, el rapaz que
la cuida le encontró dos puñaladas... Puede
el señorito verla.
Disparó don Pedro una imprecación,
y bajó de dos en dos las escaleras. Primitivo y Julián
le seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente de
cara estúpida y escrofulosa, confirmó la versión
del cazador. Allá en el fondo del establo columbraron
al pobre animal, que temblaba, con las orejas gachas y el
ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negro reguero,
se había coagulado desde el anca a los cascos. Julián
experimentaba en el establo sombrío y lleno de telarañas
impresión análoga a la que sentiría
en el teatro de un crimen. Por lo que hace al marqués,
quedóse suspenso un instante, y de súbito,
agarrando al pastor por los cabellos, se los mesó
y refregó con furia, exclamando:
-Para que otra vez
dejes acuchillar a los animales..., toma..., toma..., toma...
Rompió el chico a llorar becerrilmente, lanzando
angustiosas miradas al impasible Primitivo. Don Pedro se
volvió hacia éste.
-Pilla ahora mismo mi saco
y la maleta de don Julián... Volando... Nos vamos
a pie hasta Cebre... Andando bien, tenemos tiempo de coger
el coche.
Obedeció el cazador sin perder su helada
calma. Bajó la maleta y el saco; pero en vez de cargar
ambos objetos a hombros, entregó cada bulto a un mozo
de campo, diciendo lacónicamente:
-Vas con el señorito.
Sorprendióse el marqués y miró a su
montero con desconfianza. Jamás perdonaba Primitivo
la ocasión de acompañarle, y extrañaba
su retraimiento entonces. Por la imaginación de don
Pedro cruzaron rápidas vislumbres de recelo; y como
si Primitivo lo adivinase, probó a disiparlo.
-Yo
tengo ahí que atender al rareo del soto de Rendas.
Están los castaños tan apretados, que no se
ve... Ya andan allá los leñadores... Pero sin
mí, no se desenvuelven...
Encogióse de hombros
el señorito, calculando que acaso Primitivo se proponía
ocultar en el soto la vergüenza de su derrota. No obstante,
como creía conocerle, hacíasele duro que abandonase
la partida sin desquite. Estuvo a punto de exclamar: «Acompáñame».
Presintió resistencias, y pensó para su sayo:
«¡Qué demonio! Más vale dejarle. Aunque se
empeñe, no me ha de cortar el paso... Y si cree que
puede conmigo...».
Fijó sin embargo una mirada escrutadora
en las escuetas facciones del cazador, donde creía
advertir, muy encubierta y disimulada, cierta contracción
diabólica.
-¿Qué estará rumiando este
zorro? -cavilaba el señorito-. Sin alguna no escapamos.
¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.
Subió don Pedro a su habitación y volvió
con la escopeta al hombro. Julián le miraba sorprendido
de que tomase el arma yendo de viaje. De pronto el capellán
recordó algo también y se dirigió a
la cocina.
-¡Sabel! -gritó-. ¡Sabel! ¿Dónde
está el niño, mujer? Le quería dar un
beso.
Sabel salió y volvió con el chiquillo
agarrado a sus sayas. Le había encontrado escondido
en el pesebre de las vacas, su rincón favorito, y
el diablillo traía los rizos entretejidos con hierba
y flores silvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la
descalabradura le asemejaba al Amor. Julián le levantó
en peso, besándole en ambos carrillos.
-Sabel, mujer,
lávelo de vez en cuando siquiera... Por las mañanas...
-Vámonos, vámonos... -apremió el marqués
desde la puerta, como si recelase entrar junto a la mujer
y el niño-. Hace falta el tiempo... Se nos va a marchar
el coche.
Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas,
no dio de ello la más leve señal, pues se volvió
con gran sosiego a sus potes y trébedes. Don Pedro,
a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julián,
aguardó dos minutos en la puerta, quizás con
la ilusión recóndita de ser detenido por la
muchacha; pero al fin, encogiéndose de hombros, salió
delante, y echó a andar por la senda abierta entre
viñas que conducía al crucero. Era el paraje
descubierto, aunque el terreno quebrado, y el señorito
podía otear fácilmente a derecha e izquierda
todo cuanto sucediese: ni una liebre brincaría por
allí sin que sus ojos linces de cazador la avizorasen.
Aunque departiendo con Julián acerca de la sorpresa
que se le preparaba a la familia de la Lage, y de si amenazaba
llover porque el cielo se había encapotado, no descuidaba
el marqués observar algo que debía interesarle
muchísimo. Un instante se paró, creyendo divisar
la cabeza de un hombre allá lejos, detrás de
los paredones que cerraban la viña. Pero a tal distancia
no consiguió cerciorarse. Vigiló más
atento.
Acercábanse al soto de Rendas, situado antes
del crucero; desde allí el arbolado se espesaba, y
se dificultaba la precaución. Orillaron el soto, llegaron
al pie del santo símbolo y se internaron en el camino
más agrio y estrecho, sin ver nada que justificase
temores. En la espesura oyeron el golpe reiterado del hacha
y el ¡ham! de los leñadores, que rareaban los castaños.
Más adelante, silencio total. El cielo se cubría
de nubes cirrosas, y la claridad del sol apenas se abría
paso, filtrándose velada y cárdena, presagiando
tempestad. Julián recordó un detalle melancólico,
la cruz a la cual iban a llegar en breve, que señalaba
el teatro de un crimen, y preguntó:
-¿Señorito?
-¿Eh? -murmuró el marqués, hablando con los
dientes apretados.
-Aquí cerca mataron un hombre,
¿verdad? Donde está la cruz de madera. ¿Por qué
fue, señorito? ¿Alguna venganza?
-Una pendencia entre
borrachos, al volver de la feria -respondió secamente
don Pedro, que se hacía todo ojos para inspeccionar
los matorrales.
La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julián
se puso a rezar el Padre nuestro acostumbrado, muy bajito.
Iba delante, y el señorito le pisaba casi los talones.
Los mozos portadores del equipaje se habían adelantado
mucho, deseosos de llegar cuanto antes a Cebre y echar un
traguete en la taberna. Para oír el susurro que produjeron
las hojas y la maleza al desviarse y abrir paso a un cuerpo,
necesitábanse realmente sentidos de cazador. El señorito
lo percibió, aunque tenue, clarísimo, y vio
el cañón de la escopeta apuntado tan diestramente
que de fijo no se perdería el disparo: el cañón
no amagaba a su pecho, sino a las espaldas de Julián.
La sorpresa estuvo a punto de paralizar a don Pedro: fue
un segundo, menos que un segundo tal vez, un espacio de tiempo
inapreciable, lo que tardó en reponerse, y en echarse
a la cara su arma, apuntando a su vez al enemigo emboscado.
Si el tiro de éste salía, la bala se cruzaría
casi con otra bala justiciera. La situación duró
pocos instantes: estaban frente a frente dos adversarios
dignos de medir sus fuerzas. El más inteligente cedió,
encontrándose descubierto. Oyó el marqués
el roce del follaje al bajarse el cañón que
amenazaba a Julián, y Primitivo salió del soto,
blandiendo su vieja escopeta certera, remendada con cordeles.
Julián precipitó el Gloria Patri para decirle
en tono cortés:
-Hola... ¿Se viene usted con nosotros
por fin hasta Cebre?
-Sí, señor -contestó
Primitivo, cuyo semblante recordaba más que nunca
el de una estatua de fundición-. Dejo dispuesto en
Rendas, y voy a ver si de aquí a Cebre sale algo que
tumbar...
-Dame esa escopeta, Primitivo -ordenó don
Pedro-. Estoy oyendo cantar la codorniz ahí, que no
parece sino que me hace burla. Se me ha olvidado cargar mi
carabina.
Diciendo y haciendo, cogió la escopeta,
apuntó a cualquier parte, y disparó. Volaron
hojas y pedazos de rama de un roble próximo, aunque
ninguna codorniz cayó herida.
-¡Marró! -exclamó
el señorito fingiendo gran contrariedad, mientras
para sí discurría: «No era bala, eran postas...
Le quería meter grajea de plomo en el cuerpo... ¡Claro,
con bala era más escandaloso, más alarmante
para la justicia. Es zorro fino!».
Y en voz alta: -No vuelvas
a cargar; hoy no se caza, que se nos viene la lluvia encima
y tenemos que apretar el paso. Marcha delante, enséñanos
el atajo hasta Cebre.
-¿No lo sabe el señorito?
-Sí tal, pero a veces me distraigo.
  - IX -
Como ya dos veces había repicado la campanilla y
los criados no llevaban trazas de abrir, las señoritas
de la Lage, suponiendo que a horas tan tempranas no vendría
nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a abrir
la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.
Así es que se quedaron voladas al encontrarse con
un arrogante mozo, que les decía campechanamente:
-¿A que nadie me conoce aquí? Sintieron impulsos
de echar a correr; pero la tercera, la menos linda de todas,
frisando al parecer en los veinte años, murmuró:
-De fijo que es el primo Perucho Moscoso. -¡Bravo! -exclamó
don Pedro-. ¡Aquí está la más lista
de la familia!
Y adelantándose con los brazos abiertos
fue para abrazarla; pero ella, hurtando el cuerpo, le tendió
una manecita fresca, recién lavada con agua y colonia.
En seguida se entró por la casa gritando:
-¡Papá!,
¡papá! ¡Está aquí el primo Perucho!
El piso retembló bajo unos pasos elefantinos... Apareció
el señor de la Lage, llenando con su volumen la antesala,
y don Pedro abrazó a su tío, que le llevó
casi en volandas al salón. Julián, que por
no malograr la sorpresa de la aparición del primo
se había quedado oculto detrás de la puerta,
salía riendo del escondite, muy embromado por las
señoritas, que afirmaban que estaba gordísimo,
y se escurría por el corredor, en busca de su madre.
Viéndoles juntos, se observaba extraordinario parecido
entre el señor de la Lage y su sobrino carnal: la
misma estatura prócer, las mismas proporciones amplias,
la misma abundancia de hueso y fibra, la misma barba fuerte
y copiosa; pero lo que en el sobrino era armonía de
complexión titánica, fortalecida por el aire
libre y los ejercicios corporales, en el tío era exuberancia
y plétora; condenado a una vida sedentaria, se advertía
que le sobraba sangre y carne, de la cual no sabía
qué hacer; sin ser lo que se llama obeso, su humanidad
se desbordaba por todos lados; cada pie suyo parecía
una lancha, cada mano un mazo de carpintero. Se ahogaba con
los trajes de paseo; no cabía en las habitaciones
reducidas; resoplaba en las butacas del teatro, y en misa
repartía codazos para disponer de más sitio.
Magnífico ejemplar de una raza apta para la vida guerrera
y montés de las épocas feudales, se consumía
miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que
nada produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada
sirve y nada hace. ¡Oh dolor! Aquel castizo Pardo de la Lage,
naciendo en el siglo XV, hubiera dado en qué entender
a los arqueólogos e historiadores del XIX.
Mostró
admirarse de la buena presencia del sobrino y le habló
llanotamente, para inspirarle confianza.
-¡Muchacho, muchacho!
¿A dónde vas con tanto doblar? Cuidado que estás
más hombre que yo... Siempre te imitaste más
a Gabriel y a mí que a tu madre que santa gloria haya...
Lo que es con tu padre, ni esto... No saliste Moscoso, ni
Cabreira, chico; saliste Pardo por los cuatro costados. Ya
habrás visto a tus primas, ¿eh? Chiquillas, ¿qué
le decís al primo?
-¿Qué me dicen? Me han
recibido como a la persona de más cumplimiento...
A ésta le quise dar un abrazo, y ella me alargó
la mano muy fina.
-¡Qué borregas! ¡Marías
Remilgos! A ver cómo abrazáis todas al primo,
inmediatamente.
La primera que se adelantó a cumplir
la orden fue la mayor. Al estrecharla, don Pedro no pudo
dejar de notar las bizarras proporciones del bello bulto
humano que oprimía. ¡Una real moza, la primita mayor!
-¿Tú eres Rita, si no me equivoco? -preguntó
risueño-. Tengo muy mala memoria para nombres y puede
que os confunda.
-Rita, para servirte... -respondió
con igual amabilidad la prima-. Y ésta es Manolita,
y ésta es Carmen, y aquélla es Nucha...
-Sttt...
Poquito a poco... Me lo iréis repitiendo conforme
os abrace.
Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo
festivamente:
-Yo soy Manolita, para servir a usted. -Yo,
Carmen, para lo que usted guste mandar.
Allá entre
los pliegues de una cortina de damasco se escondía
la tercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa;
pero no le valió la treta, antes su retraimiento incitó
al primo a exclamar:
-¿Doña Hucha, o como te llames?...
Cuidadito conmigo..., se me debe un abrazo...
-Me llamo
Marcelina, hombre... Pero éstas me llaman siempre
Marcelinucha o Nucha...
Costábale trabajo resolverse,
y permanecía refugiada en el rojo dosel de la cortina,
cruzando las manos sobre el peinador de percal blanco, que
rayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus sueltas
trenzas. El padre la empujó bruscamente, y la chica
vino a caer contra el primo, toda ruborizada, recibiendo
un apretón en regla, amén de un frote de barbas
que la obligó a ocultar el rostro en la pechera del
marqués.
Hechas así las amistades, entablaron
el señor de la Lage y su sobrino la imprescindible
conversación referente al viaje, sus causas, incidentes
y peripecias. No explicaba muy satisfactoriamente el sobrino
su impensada venida: pch... ganas de espilirse... Cansa estar
siempre solo... Gusta la variación... No insistió
el tío, pensando para su chaleco: «Ya Julián
me lo contará todo».
Y se frotaba las manos colosales,
sonriendo a una idea que, si acariciaba tiempo hacía
allá en su interior, jamás se le había
presentado tan clara y halagüeña como entonces.
¡Qué mejor esposo podían desear sus hijas que
el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del tipo del
padre que desea colocar a sus niñas, ninguno más
vehemente que don Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad,
pero ninguno más reservado en el modo y forma. Porque
aquel hidalgo de cepa vieja sentía a la vez gana ardentísima
de casar a las chiquillas y un orgullo de raza tan exaltado,
bajo engañosas apariencias de llaneza, que no sólo
le vedaba descender a ningún ardid de los usuales
en padres casamenteros, sino que le imponía suma rigidez
y escrúpulo en la elección de sus relaciones
y en la manera de educar a sus hijas, a quienes traía
como encastilladas y aisladas, no llevándolas sino
de pascuas a ramos a diversiones públicas. Las señoritas
de la Lage, discurría don Manuel, deben casarse, y
sería contrario al orden providencial que no apareciese
tronco en que injertar dignamente los retoños de tan
noble estirpe; pero antes se queden para vestir imágenes
que unirse con cualquiera, con el teniente que está
de guarnición, con el comerciante que medra midiendo
paño, con el médico que toma el pulso; eso
sería, ¡vive Dios!, profanación indigna; las
señoritas de la Lage sólo pueden dar su mano
a quien se les iguale en calidad. Así pues, don Manuel,
que se desdeñaría de tender redes a un ricachón
plebeyo, se propuso inmediatamente hacer cuanto estuviese
en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como el Sandoval
de la zarzuela.
¿Conformaban las primitas con las opiniones
de su padre? Lo cierto es que, apenas el primo se sentó
a platicar con don Manuel, cada niña se escurrió
bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento
al forastero y platos selectos para la mesa. Se convino en
que el primo se quedaba hospedado allí, y se envió
por la maleta a la posada.
Fue la comida alegre en extremo.
Rápidamente se había establecido entre don
Pedro y las señoritas de la Lage el género
de familiaridad inherente al parentesco en grado prohibido
pero dispensable: familiaridad que se diferencia de la fraternal
en que la sazona y condimenta un picante polvito de hostilidad,
germen de graciosas y galantes escaramuzas. Cruzábase
en la mesa vivo tiroteo de bromas, piropos, que entre los
dos sexos suele preludiar a más serios combates.
-Primo, me extraña mucho que estando a mi lado no
me sirvas el agua.
-Los aldeanos no entendemos de política:
ve enseñándome un poco, que por tener maestras
así...
-Glotón, ¿quién te da permiso
para repetir?
-El plato está tan rico, que supongo
que es obra tuya.
-¡Vaya unas ilusiones! Ha sido la cocinera.
Yo no guiso para ti. Te fastidiaste.
-Prima, esta yemecita.
Por mí.
-No me robes del plato, goloso. Que no te
lo doy, ea. ¿No tienes ahí la fuente?
-¿A que te
lo atrapo? Cuando más descuidada estés...
-¿A que no? Y la prima se levantaba y echaba a correr con
su plato en las manos, para evitar el hurto de un merengue
o de media manzana, y el juego se celebraba con estrepitosas
carcajadas, como si fuese el paso más gracioso del
mundo. Las mantenedoras de este torneo eran Rita y Manolita,
las dos mayores; en cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban
en los términos de una cordialidad mesurada, presenciando
y riendo las bromas, pero sin tomar parte activa en ellas,
con la diferencia de que en el rostro de Carmen, la más
joven, se notaba una melancolía perenne, una preocupación
dominante, y en el de Nucha se advertía tan sólo
gravedad natural, no exenta de placidez.
Hállabase
don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje,
receló que las primas fuesen algunas señoritas
muy cumplimenteras y espetadas, cosa que a él le pondría
en un brete, por serle extrañas las fórmulas
del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de perdices
blancas que nunca había cazado; mas aquel recibimiento
franco le devolvió al punto su aplomo. Animado, y
con la cálida sangre despierta, consideraba a las
primitas una por una, calculando a cuál arrojaría
el pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda,
blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada
pasión de ánimo, las cárdenas ojeras,
amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por
romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase
bastante a la menor, sólo que en feo: sus ojos, de
magnífico tamaño, negros también como
moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual
daba a su mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta,
ni sus facciones se pasaban de correctas, a excepción
de la boca, que era una miniatura. En suma, pocos encantos
físicos, al menos para los que se pagan de la cantidad
y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía
otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes
y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento
singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia
a don Pedro, les inspira repulsión: un carácter
masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que
iba pasando a bigote, una prolongación del nacimiento
del pelo sobre la oreja que, descendiendo a lo largo de la
mandíbula, quería ser, más que suave
patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner
tachas era a Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba
a su primo, en Rita, no era tanto la belleza del rostro como
la cumplida proporción del tronco y miembros, la amplitud
y redondez de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto
en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona
prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta.
¡Soberbio vaso en verdad para encerrar un Moscoso legítimo,
magnífico patrón donde injertar el heredero,
el continuador del nombre! El marqués presentía
en tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino
la numerosa y masculina prole que debía rendir; bien
como el agricultor que ante un terreno fértil no se
prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero calcula aproximadamente
la cosecha que podrá rendir al terminarse el estío.
Pasaron al salón después de la comida, para
la cual las muchachas se habían emperejilado. Enseñaron
a don Pedro infinidad de quisicosas: estereóscopos,
álbumes de fotografías, que eran entonces objetos
muy elegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al
primo a fijarse en los retratos que las representaban apoyadas
en una silla o en una columna, actitud clásica que
por aquel tiempo imponían los fotógrafos; y
Nucha, abriendo un álbum chiquito, se lo puso delante
a don Pedro, preguntándole afanosamente:
-¿Le conoces?
Era un muchacho como de diecisiete años, rapado,
con uniforme de alumno de la Academia de artillería,
parecidísimo a Nucha y a Carmen cuanto puede parecerse
un pelón a dos señoritas con buenas trenzas
de pelo.
-Es mi niño -afirmó Nucha muy grave.
-¿Tu niño? Riéronse las otras hermanas a
carcajadas, y don Pedro exclamó cayendo en la cuenta:
-¡Bah!, ya sé. Es vuestro hermano, mi señor
primo, el mayorazgo de la Lage, Gabrieliño.
-Pues
claro: ¿quién había de ser? Pero esa Nucha
le quiere tanto, que siempre le llama su niño.
Nucha,
corroborando el aserto, se inclinó y besó el
retrato, con tan apasionada ternura, que allá en Segovia
el pobre alumno, víctima quizá de los rigores
de la cruel novatada, debió sentir en la mejilla y
el corazón una cosa dulce y caliente.
Cuando Carmen,
la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, se escabulló
del salón, donde ya no apareció más.
Agotado todo lo que en el salón había que enseñar
al primo, le mostraron la casa desde el desván hasta
la leñera: un caserón antiguo, espacioso y
destartalado, como aún quedan muchos en la monumental
Compostela, digno hermano urbano de los rurales Pazos de
Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería
de nuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo de la Lage,
que tenía el costoso vicio de hacer obras. Semejante
solecismo arquitectónico era el quitapesares de las
señoritas de Pardo; allí se las encontraba
siempre, posadas como pájaros en rama favorita, allí
hacían labor, allí tenían un breve jardín,
contenido en macetas y cajones, allí colgaban jaulas
de canarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos
oficios de la galería dichosa. Lo cierto es que en
ella encontraron a Carmen, asomada y mirando a la calle,
tan absorta que no sintió llegar a sus hermanas. Nucha
le tiró del vestido; la muchacha se volvió,
pudiendo notarse que tenía unas vislumbres de rosa
en las mejillas, descoloridas de ordinario. Hablóle
Nucha vivamente al oído, y Carmen se apartó
del encristalado antepecho, siempre muda y preocupada. Rita
no cesaba de explicar al primo mil particularidades.
-Desde
aquí se ven las mejores calles... Ése es el
Preguntoiro; por ahí pasa mucha gente... Aquella torre
es la de la Catedral... ¿Y tú no has ido a la Catedral
todavía? ¿Pero de veras no le has rezado un Credo
al Santo Apóstol, judío? -exclamaba la chica
vertiendo provocativa luz de sus pupilas radiantes-. Vaya,
vaya... Tengo yo que llevarte allí, para que conozcas
al Santo y lo abraces muy apretadito... ¿Tampoco has visto
aún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad? ¡Señor!
¡Si no has visto nada!
-No, hija... Ya sabes que soy un
pobre aldeano... y he llegado ayer al anochecer. No hice
más que acostarme.
-¿Por qué no te viniste
acá en derechura, descastado?
-¿A alborotaros la
casa de noche? Aunque salgo de entre tojos, no soy tan mal
criado como todo eso.
-Vamos, pues hoy tienes que ver alguna
notabilidad... Y no faltar al paseo... Hay chicas muy guapas.
-De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda
-contestó el primo echando a Rita una miradaza que
ella resistió con intrepidez notoria, y pagó
sin esquivez alguna.
  - X -
Y en efecto, le fueron
enseñadas al marqués de Ulloa multitud de cosas
que no le importaban mayormente. Nada le agradó, y
experimentó mil decepciones, como suele acontecer
a las gentes habituadas a vivir en el campo, que se forman
del pueblo una idea exagerada. Pareciéronle, y con
razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles,
fangoso el piso, húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos
los edificios, pequeño el circuito de la ciudad, postrado
su comercio y solitarios casi siempre sus sitios públicos;
y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede enamorar
a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna
vida del arte conservada en monumentos y ruinas, de eso entendía
don Pedro lo mismo que de griego o latín. ¡Piedras
mohosas! Ya le bastaban las de los Pazos. Nótese cómo
un hidalgo campesino de muy rancio criterio se hallaba al
nivel de los demócratas más vandálicos
y demoledores. A pesar de conocer a Orense y haber estado
en Santiago cuando niño, discurría y fantaseaba
a su modo lo que debe ser una ciudad moderna: calles anchas,
mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante,
gran policía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización
a sus esclavos? Es cierto que Santiago poseía dos
o tres edificios espaciosos, la Catedral, el Consistorio,
San Martín... Pero en ellos existían cosas
muy sin razón ponderadas, en concepto del marqués:
por ejemplo, la Gloria de la Catedral. ¡Vaya unos santos
más mal hechos y unas santas más flacuchas
y sin forma humana!, ¡unas columnas más toscamente
esculpidas! Sería de ver a alguno de estos sabios
que escudriñan el sentido de un monumento religioso,
consagrándose a la tarea de demostrar a don Pedro
que el pórtico de la Gloria encierra alta poesía
y profundo simbolismo. ¡Simbolismo! ¡Jerigonzas! El pórtico
estaba muy mal labrado, y las figuras parecían pasadas
por tamiz. Por fuerza las artes andaban atrasadísimas
en aquellos tiempos de maricastaña. Total, que de
los monumentos de Santiago se atenía el marqués
a uno de fábrica muy reciente: su prima Rita.
La
proximidad de la fiesta del Corpus animaba un tanto la soñolienta
ciudad universitaria, y todas las tardes había lucido
paseo bajo los árboles de la Alameda. Carmen y Nucha
solían ir delante, y las seguían Rita y Manolita,
acompañadas por su primo; el padre cubría la
retaguardia conversando con algún señor mayor,
de los muchos que existen en el pueblo compostelano, donde
por ley de afinidad parece abundar más que en otras
partes la gente provecta. A menudo se arrimaba a Manolita
un señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque
ridículo y exageradas pretensiones de elegancia: llamábase
don Víctor de la Formoseda y estudiaba derecho en
la Universidad; don Manuel Pardo le veía gustoso acercarse
a sus hijas, por ser el señorito de la Formoseda de
muy limpio solar montañés, y no despreciable
caudal. No era éste el único mosquito que zumbaba
en torno de las señoritas de la Lage. A las primeras
de cambio notó don Pedro que as& |