  Tomo II
  - XII -
Quedaban migajas, no muy añejas
aún, del pan de la boda, cuando don Pedro celebró
con Julián una conferencia, conviniendo ambos en lo
urgente de que el capellán se adelantase a salir a
los Pazos para adoptar varias precauciones indispensables
y civilizar algo la huronera, mientras no iban a vivirla
sus dueños. Julián aceptó la comisión,
y entonces el señorito mostró remordimientos
o escrúpulos de habérsela encomendado.
-Mire
usted -advirtió- que allí se necesitan muchas
agallas... Primitivo es hombre de malos hígados, capaz
de darle a usted cien vueltas...
-Dios delante. Matar no
me matará.
-No lo diga usted dos veces -insistió
el señor de Ulloa, impulsado por voces de su conciencia,
que en aquel momento se dejaban oír claras y apremiantes-.
Ya le avisé a usted en otra ocasión de cómo
es Primitivo: capaz de cualquier desafuero... Lo que yo no
creo es que vaya a cometer barbaridades por gusto de cometerlas,
ni aun en el primer momento, cuando le ciega el deseo de
la venganza... Con todo...
No era ésta la única
vez que don Pedro manifestaba sagacidad en el conocimiento
de caracteres y personas, don esterilizado por la falta de
nociones de cultura moral y delicadeza, de ésas que
hoy exige la sociedad a quien, mediante el nacimiento, la
riqueza o el poder, ocupa en ella lugar preeminente.
Prosiguió
el señorito:
-Primitivo no es un bárbaro...
Pero es un bribón redomado y taimadísimo, que
no se para en barras con tal de lograr sus fines... ¡Demontres!
Harto estoy de saberlo... El día que nos vinimos...
si él pudiese detenernos soplándonos un tiro
a mansalva... no doy dos cuartos por su pellejo de usted
ni por el mío.
Estremecióse Julián,
y se le borraron las rosadas tintas de los pómulos.
No era de madera de héroes, lo cual le salía
a la cara. A don Pedro le divertía infinito el miedo
del capellán. En la índole de don Pedro había
un fondo de crueldad, sostenido por su vida grosera.
-Apostemos
-exclamó riéndose- que la cruz aquélla
del camino va usted a pasarla rezando.
-No digo que no -contestó
Julián repuesto ya-; mas no por eso me niego a ir.
Es mi deber; de suerte que no hago nada de extraordinario
en cumplirlo. Dios sobre todo... A veces no es tan fiero
el león como lo pintan.
-No le tiene cuenta ahora
a Primitivo meterse en dibujos.
Calló Julián.
Al cabo exclamó:
-Señorito, ¡si usted adoptase
una buena resolución! ¡Echar a ese hombre, señorito,
echarlo!
-Calle usted, hombre, calle usted... Le pondremos
a raya... Pero eso de echar... ¿Y los perros? ¿Y la caza?
¿Y aquellas gentes, y todo aquel cotarro, que nadie me lo
entiende sino él? Desengáñese usted:
sin Primitivo no me arreglo yo allí... Haga usted
la prueba, sólo por gusto, de aquillotrarme algunas
cosas de las que Primitivo maneja durmiendo... Además,
crea usted lo que le digo, que es como el Evangelio: si echa
usted a Primitivo por la puerta, se nos entrará por
la ventana. ¡Diantre! ¡Si sabré yo quién es
Primitivo!
Julián balbució: -¿Y... de lo
demás...?
-De lo demás... Arréglese
usted como quiera... Lleva usted plenos poderes.
¡Ya lo
creo que los llevaba! ¡Así llevase también
alguna receta eficaz para servirse de ellos! Investido de
autoridad omnímoda, Julián sentía en
el fondo del alma una especie de compasión por la
desvergonzada manceba y el hijo espurio. Este último
sobre todo. ¿Qué culpa tenía el pobre inocente
de las bellaquerías maternales? Siempre parecía
duro arrojarle de una casa donde, al fin y al cabo, el dueño
era su padre. Julián no se hubiera encargado jamás
de tan ingrata comisión a no parecerle que iba en
ello la salvación eterna de don Pedro, y también
el sosiego temporal de la que él seguía llamando
señorita Marcelina, contra el dictamen de las convidadas
a la boda.
No sin aprensión cruzó de nuevo
el triste país de lobos que antecedía al valle
de los Pazos. El cazador le aguardaba en Cebre, e hicieron
la jornada juntos; Primitivo, por más señas,
se mostró tan sumiso y respetuoso, que Julián,
quien al revés que don Pedro poseía el don
de errar en el conocimiento práctico de las gentes,
guardando los aciertos para el terreno especulativo y abstracto,
fue poco a poco desechando la desconfianza, y persuadiéndose
de que ya no tenía el zorro intenciones de morder.
El rostro impasible de Primitivo no revelaba rencor ni enojo.
Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo
desapacible y metido en agua, que casi no había consentido
majar, ni segar el maíz, ni vendimiar como Dios manda,
ni cumplir en paz ninguna de las grandes faenas agrícolas.
Estaba en efecto el camino encharcado, lleno de aguazales,
y como había llovido por la mañana también,
los pinos dejaban escurrir de las verdes y brillantes púas
de su ramaje gotas de agua que se aplastaban en el sombrero
de los viajeros. Julián iba perdiendo el miedo y un
gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó
al crucero con verdadera efusión religiosa.
«Bendito
seas, Dios mío -pensaba para sí-, pues me has
permitido cumplir una obra buena, grata a tus ojos. He encontrado
en los Pazos, hace un año, el vicio, el escándalo,
la grosería y todas las malas pasiones; y vuelvo trayendo
el matrimonio cristiano, las virtudes del hogar consagrado
por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido para
tan santa obra... Dios mío, gracias».
Cortaron el
soliloquio ladridos vehementes: era la jauría del
marqués, que salía a recibir al montero mayor,
haciendo locas demostraciones de regocijo, zarandeando los
rabos mutilados y abriendo de una cuarta las fresquísimas
bocas. Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues
era sumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que
en pos de los perros venía, le dio una especie de
festivo soplamocos. Quiso Julián besar al niño,
pero éste se puso en polvorosa antes de que pudiese
lograrlo; y el capellán experimentó otra vez
compasivos remordimientos, causados por la vista de la ya
repudiada criatura. A Sabel la halló en el sitio de
costumbre, entre sus pucheros, pero sin el antiguo séquito
de aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su dilatada progenie.
Reinaba en la cocina orden perfecto: todo limpio, sosegado
y solitario; la persona más severa y amiga de censurar
no encontraría qué. El capellán comenzaba
a sentirse confuso viendo en ausencia suya tanto arreglo,
y a temer que su venida lo trastornara: idea dictada por
su nativa timidez. A la hora de cenar aumentó su sorpresa.
Primitivo, más blando que un guante, le daba cuenta
en voz reposada de lo ocurrido allí durante medio
año, en materia de vacas paridas, obras emprendidas,
rentas cobradas; y mientras el padre reconocía así
su autoridad superior, la hija le servía diligente
y humilde, con pegajosa dulzura de animal doméstico
que implora caricias. No sabía Julián qué
cara poner en vista de una acogida tan cordial.
Creyó
que mudarían de actitud al día siguiente, cuando,
haciendo uso de los plenísimos poderes y facultades
omnímodas de que venía investido, ordenó
a la Agar y al Ismael de aquel patriarcado emigrar al desierto.
¡Milagro asombroso! Tampoco se alteró entonces la
mansedumbre de Primitivo.
-Los señoritos traerán
cocinera de allá, de Santiago... -explicaba Julián,
para fundar en algo la expulsión.
-Por supuesto...
-respondió Primitivo con la mayor naturalidad del
mundo-. Allá en la vila guísase de otro modo...
Los señores tienen la boca acostumbrada... Cuadra
bien, que yo también le iba a pedir que le escribiese
al señor marqués de traer quien cocinase.
-¿Usted? -exclamó Julián, estupefacto. -Sí,
señor... La hija se me quiere casar...
-¿Sabel?
-Sabel, sí, señor, anda en eso... Con el gaitero
de Naya, el Gallo... Por de contado se empeña en irse
para su casa, así que les echen las bendiciones...
Sintió Julián un sofocón de pura alegría.
No pudo menos de pensar que en todo aquel negocio de Sabel
andaba visiblemente la mano de la Providencia. ¡Sabel casada,
alejada de allí; el peligro conjurado; las cosas en
orden, la salvación segura! Una vez más dio
gracias al Dios bondadoso que quita los estorbos de delante
cuando la mezquina previsión humana no cree posible
removerlos siquiera... La satisfacción que le rebosaba
en el semblante era tal, que se avergonzó de mostrarla
ante Primitivo, y empezó a charlar aprisa, por disimulo,
felicitando al cazador y augurando a Sabel un porvenir de
ventura en el nuevo estado. Aquella noche misma escribió
al marqués la buena noticia.
Pasaron días,
siempre bonancibles. Proseguía Sabel mansa, Primitivo
complaciente, Perucho invisible, la cocina desierta. Sólo
notaba Julián cierta resistencia pasiva en lo tocante
al gobierno de los estados y hacienda del marqués.
En este terreno le fue absolutamente imposible adelantar
una pulgada. Primitivo sostenía su posición
de verdadero administrador, apoderado, y, entre bastidores,
autócrata: Julián comprendía que sus
plenos poderes importaban tanto como la carabina de Ambrosio,
y hasta pudo cerciorarse, por indicios evidentes, de que
el influjo que ejercía el cazador en el circuito de
los Pazos iba haciéndose extensivo a toda la comarca;
a menudo venían a conferenciar con el mayordomo, en
actitud respetuosa y servil, gentes de Cebre, de Castrodorna,
de Boán, de puntos más distantes todavía.
En cuatro leguas a la redonda no se movía una paja
sin intervención y aquiescencia de Primitivo. No poseía
Julián fuerzas para luchar con él, ni lo intentaba,
pareciéndole secundario el perjuicio que a la casa
de Ulloa originase la mala administración de Primitivo,
en proporción al daño inmenso que estuvo a
punto de causarle Sabel. Descartarse de la hija lo tenía
él por importante; en cuanto al padre...
Verdad es
que la hija no se marchaba tampoco; pero se marcharía,
¡no faltaba más! ¿Quién duda que se marcharía?
Tranquilizaba a Julián una señal en su concepto
infalible: el haber sorprendido cierto anochecer, cerca del
pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en coloquios
más dulces que edificantes. Le ruborizó el
encuentro, pero hizo la vista gorda reflexionando que aquello
era, por decirlo así, la antesala del altar. Seguro
de la victoria respecto a la mala hembra, transigió
en lo relativo al mayordomo. Cuanto más que éste
no rechazaba las indicaciones de Julián, ni le llevaba
la contraria en cosa alguna. Si el capellán ideaba
planes, censuraba abusos o insistía en la urgente
necesidad de una reforma, Primitivo aprobaba, allanaba el
camino, sugería medios, de palabra se entiende; al
llegar a la realización, ya era harina de otro costal:
empezaban las dificultades, las dilaciones: que hoy... que
mañana... No hay fuerza comparable a la inercia. Primitivo
decía a Julián para consolarle:
-Una cosa
es hablar, y otra hacer...
O matar a Primitivo, o entregársele
a discreción: el capellán comprendía
que no quedaba otro recurso. Fue un día a desahogar
sus cuitas con don Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos
pareceres le alentaban mucho. Encontróle todo alborotado
con los noticiones políticos, que acababan de confirmar
los pocos periódicos que se recibían en aquellos
andurriales. La marina se había sublevado, echando
del trono a la reina, y ésta se encontraba ya en Francia,
y se constituía un gobierno provisional, y se contaba
de una batalla reñidísima en el puente de Alcolea,
y el ejército se adhería, y el diablo y su
madre... Don Eugenio andaba, de puro excitado, medio loco,
proyectando irse a Santiago sin dilación para saber
noticias ciertas. ¡Qué dirían el señor
Arcipreste y el abad de Boán! ¿Y Barbacana? Ahora
sí que Barbacana estaba fresco: su eterno adversario
Trampeta, amigo de los unionistas, se le montaría
encima por los siglos de los siglos, amén. Con el
embullo de estos acontecimientos, apenas atendió el
abad de Naya a las tribulaciones de Julián.
  - XIII -
Transcurrido algún tiempo de vida familiar con suegro
y cuñadas, don Pedro echó de menos su huronera.
No se acostumbraba a la metrópoli arzobispal. Ahogábanle
las altas tapias verdosas, los soportales angostos, los edificios
de lóbrego zaguán y escalera sombría,
que le parecían calabozos y mazmorras. Fastidiábale
vivir allí donde tres gotas de lluvia meten en casa
a todo el mundo y engendran instantáneamente una triste
vegetación de hongos de seda, de enormes paraguas.
Le incomodaba la perenne sinfonía de la lluvia que
se deslizaba por los canalones abajo o retiñía
en los charcos causados por la depresión de las baldosas.
Quedábanle dos recursos no más para combatir
el tedio: discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino.
Ambas cosas le produjeron en breve, no hastío, pues
el verdadero hastío es enfermedad moral propia de
los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino irritación
y sorda cólera, hija de la secreta convicción
de su inferioridad. Don Manuel era superior a su sobrino
por el barniz de educación adquirido en dilatados
años de existencia ciudadana y el consiguiente trato
de gentes, así como por aquel bien entendido orgullo
de su nacimiento y apellido, que le salvaba de adocenarse
(era su expresión predilecta). Aparte de la manía
de referir en las sobremesas y entre amigos de confianza
mil anécdotas, no contrarias al pudor, pero sí
a la serenidad del estómago de los oyentes, era don
Manuel persona cortés y de buenas formas para presidir,
verbigracia, un duelo, asistir a una junta en la Sociedad
Económica de Amigos del País, llevar el estandarte
en una procesión, ser llamado al despacho de un gobernador
en consulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraía
tan sólo la perspectiva de dar rienda suelta a instintos
selváticos, de andar sin corbata, de no pagar tributo
a la sociedad, sino que le solicitaban aficiones más
delicadas, de origen moderno: el deseo de tener un jardín,
de cultivar frutales, de hacer obras de albañilería,
distracción que le embelesaba y que en el campo es
más barata que en la ciudad. Además, el fino
trato de su mujer, la perpetua compañía de
sus hijas suavizara ya las tradiciones rudas que por parte
de los la Lage conservaba don Manuel: cinco hembras respetadas
y queridas civilizan al hombre más agreste. He aquí
por qué el suegro, a pesar de encontrarse cronológicamente
una generación más atrás que su yerno,
estaba moralmente bastantes años delante.
Trataba
don Manuel de descortezar a don Pedro; y no sólo fue
trabajo perdido, sino contraproducente, pues recrudeció
su soberbia y le infundió mayores deseos de emanciparse
de todo yugo. Aspiraba el señor de la Lage a que su
sobrino se estableciese en Santiago, levantando la casa de
los Pazos y visitándola los veranos solamente, a fin
de recrearse y vigilar sus fincas; y al dar tales consejos
a su yerno, los entreveraba con indirectas y alusiones, para
demostrar que nada ignoraba de cuanto sucedía en la
vieja madriguera de los Ulloas. Este género de imposición
y fiscalización, aunque tan disculpable, irritó
a don Pedro, que según decía, no aguantaba
ancas ni gustaba de ser manejado por nadie en el mundo.
-Por lo mismo -declaró un día delante de su
mujer- vamos a tomar soleta pronto. A mí nadie me
trae y lleva desde que pasé de chiquillo. Si callo
a veces, es porque estoy en casa ajena.
Estar en casa ajena
le exaltaba. Todo cuanto veía lo encontraba censurable
y antipático. El decoroso fausto del señor
de la Lage; sus bandejas y candelabros de plata; su mueblaje
rico y antiguo; la respetabilidad de sus relaciones, compuestas
de lo más selecto de la ciudad; su honesta tertulia
nocturna de canónigos y personas formales que venían
a hacerle la partida de tresillo; sus criados respetuosos,
a veces descuidados, pero nunca insolentes ni entrometidos,
todo se le figuraba a don Pedro sátira viviente del
desarreglo de los Pazos, de aquella vida torpe, de las comidas
sin mantel, de las ventanas sin vidrios, de la familiaridad
con mozas y gañanes. Y no se le despertaba la saludable
emulación, sino la ruin envidia y su hermano el ceñudo
despecho. Únicamente le consolaban los desatinados
amoríos de Carmen; celebraba la gracia, frotándose
las manos, siempre que en el Casino se comentaba la procacidad
del estudiante y el descaro de la chiquilla. ¡Que rabiase
su suegro! No bastaba tener sillas de damasco y alfombras
para evitar escándalos.
Los altercados de don Pedro
con su tío iban agriándose, y vino a envenenarlos
la discusión política, que enzarza más
que ninguna otra, especialmente a los que discuten por impresión,
sin ideas fijas y razonadas. Fuerza es confesar que el marqués
estaba en este caso. Don Manuel no era ningún lince,
pero afiliado platónicamente desde muchos años
atrás al partido moderado puro, hecho a leer periódicos,
conocía la rutina; y había tomado tan a contrapelo
el chasco de González Bravo y la marcha de Isabel
II, que se disparaba, poniéndose a dos dedos de ahogarse,
cuando el sobrino, por molestarle, le contradecía,
disculpaba a los revolucionarios, repetía las enormidades
que la prensa y las lenguas de entonces propalaban contra
la majestad caída, y aparentaba creerlas como artículo
de fe. El tío le rebatía con acritud y calor,
alzando al cielo las gigantescas manos.
-Allá en
las aldeas -decía- se traga todo, hasta el mayor disparate...
No tenéis formado el criterio, hijo, no tenéis
formado el criterio, ésa es vuestra desgracia... Lo
miráis todo al través de un punto de vista
que os forjáis vosotros mismos... (este tremendo disparate
debía haberlo aprendido don Manuel en algún
artículo de fondo). Hay que juzgar con la experiencia,
con la sensatez.
-¿Y usted se figura que somos tontos los
que venimos de allá...? Puede ser que aún tengamos
más pesquis, y veamos lo que ustedes no ven... (aludía
a su prima Carmen, colgada de la galería en aquel
momento). Créame usted, tío, en todas partes
hay bobalicones que se maman el dedo... ¡Vaya si los hay!
La discusión tomaba carácter personal y agresivo;
solía esto ocurrir a la hora de la sobremesa; las
tazas del café chocaban furiosas contra los platillos;
don Manuel, trémulo de coraje, vertía el anisete
al llevarlo a la boca; tío y sobrino alzaban la voz
mucho más de lo regular, y después de algún
descompasado grito o frase dura, había instantes de
armado silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se
miraban y Nucha, con la cabeza baja, redondeaba bolitas de
miga de pan o doblaba muy despacio las servilletas de todos
deslizándolas en las anillas. Don Pedro se levantaba
de repente, rechazando su silla con energía, y, haciendo
temblar el piso bajo su andar fuerte, se largaba al Casino,
donde las mesas de tresillo funcionaban día y noche.
Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale
cierta atmósfera intelectual, muy propia de ciudad
universitaria. Compostela es pueblo en que nadie quiere pasar
por ignorante, y comprendía el señorito cuánto
se mofarían de él y qué chacota se le
preparaba, si se averiguase con certeza que no estaba fuerte
en ortografía ni en otras ías nombradas allí
a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible
en los Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticos
acatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras,
con las botas rojas y el cerebro caliente y vibrante todavía
de alguna lectura de autor moderno, en la Biblioteca de la
Universidad o en el gabinete del Casino. Aquella vida era
sobrado activa para la cabeza del señorito, sobrado
entumecida y sedentaria para su cuerpo; la sangre se le requemaba
por falta de esparcimiento y ejercicio, la piel le pedía
con mucha necesidad baños de aire y sol, duchas de
lluvia, friegas de espinos y escajos, ¡plena inmersión
en la atmósfera montés!
No podía sufrir
la nivelación social que impone la vida urbana; no
se habituaba a contarse como número par en un pueblo,
habiendo estado siempre de nones en su residencia feudal.
¿Quién era él en Santiago? Don Pedro Moscoso
a secas; menos aún: el yerno del señor de la
Lage, el marido de Nucha Pardo. El marquesado allí
se había deshecho como la sal en el agua, merced a
la malicia de un viejecillo, miembro del maldiciente triunvirato,
a quien correspondía, por su acerada y prodigiosa
memoria y años innumerables, el ramo de averiguación
y esclarecimiento de añejos sucedidos, así
como al más joven, que conocemos ya, tocaban las investigaciones
de actualidad, viniendo a ser cronista el uno y analista
el otro de la metrópoli. El cronista, pues, hizo su
oficio desentrañando la genealogía entera y
verdadera de las casas de Cabreira y Moscoso, probando ce
por be que el título de Ulloa no correspondía
ni podía corresponder sino al duque de tal y cual,
grande de España, etc.; y demostrándolo mediante
oportuna exhibición de la Guía de Forasteros.
Por cierto que al instruir estas diligencias se hizo bastante
burla de don Pedro y del señor de la Lage, a quien
se acusaba de haber bordado la corona de marquesa en un juego
de sábanas regalado a su hija; inocente desliz que
el analista confirmó, especificando dónde y
cómo se habían marcado las susodichas sábanas,
y cuánto había costado el escusón y
el perendengue de la coronita.
Impaciente ya, resolvió
don Pedro la marcha antes de que pasase la inclemencia del
invierno, a fines de un marzo muy esquivo y desapacible.
Salía el coche para Cebre tan de madrugada, que no
se veía casi; hacía un frío cruel, y
Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo
vehículo, se llevaba a menudo el pañuelo a
los ojos, por lo cual su marido la interpeló con poca
blandura:
-¿Parece que vienes de mala gana conmigo? -¡Qué
cosas tienes! -respondió la muchacha destapando el
rostro y sonriendo-. Es natural que sienta dejar al pobre
papá y... y a las chicas.
-Pues ellas -murmuró
el señorito- me parece que no te echarán memoriales
para que vuelvas.
Nucha calló. El carruaje brincaba
en los baches de la salida, y el mayoral, con voz ronca,
animaba al tiro. Alcanzaron la carretera y rodó el
armatoste sobre una superficie más igual. Nucha reanudó
el diálogo preguntando a su marido pormenores relativos
a los Pazos, conversación a que él se prestaba
gustoso, ponderando hiperbólicamente la hermosura
y salubridad del país, encareciendo la antigüedad
del caserón y alabando la vida cómoda e independiente
que allí se hacía.
-No creas -decía
a su mujer, alzando la voz para que no la cubriese el ruido
de los cascabeles y el retemblar de los vidrios-, no creas
que no hay gente fina allí... La casa está
rodeada de señorío principal: las señoritas
de Molende, que son muy simpáticas; Ramón Limioso,
un cumplido caballero... También nos hará compañía
el Abad de Naya... ¡Pues y el nuestro, el de Ulloa, que es
presentado por mí! Ése es tan mío como
los perros que llevo a cazar... No le mando que ladre y que
porte porque no se me antoja. ¡Ya verás, ya verás!
Allí es uno alguien y supone algo.
A medida que se
acercaban a Cebre, que entraba en sus dominios, se redoblaba
la alegre locuacidad de don Pedro. Señalaba a los
grupos de castaños, a los escuetos montes de aliaga
y exclamaba regocijadísimo:
-¡Foro de casa...! ¡Foro
de casa...! No corre por ahí una liebre que no paste
en tierra mía.
La entrada en Cebre acrecentó
su alborozo. Delante de la posada aguardaban Primitivo y
Julián; aquél con su cara de metal, enigmática
y dura, éste con el rostro dilatado por afectuosísima
sonrisa. Nucha le saludó con no menor cordialidad.
Bajaron los equipajes, y Primitivo se adelantó trayendo
a don Pedro su lucia y viva yegua castaña. Iba éste
a montar, cuando reparó en la cabalgadura que estaba
dispuesta para Nucha, y era una mula alta, maligna y tozuda,
arreada con aparejo redondo, de esos que por formar en el
centro una especie de comba, más parecen hechos para
despedir al jinete que para sustentarlo.
-¿Cómo no
le has traído a la señorita la borrica? -preguntó
don Pedro, deteniéndose antes de montar, con un pie
en el estribo y una mano asida a las crines de la yegua,
y mirando al cazador con desconfianza.
Primitivo articuló
no sé qué de una pata coja, de un tumor frío...
-¿Y no hay más borricos en el país?, ¿eh?
A mí no me vengas con eso. Te sobraba tiempo para
buscar diez pollinas.
Volvióse hacia su mujer, y
como para tranquilizar su conciencia, preguntóle:
-¿Tienes miedo, chica? Tú no estarás acostumbrada
a montar. ¿Has andado alguna vez en esta casta de aparejos?
¿Sabes tenerte en ellos?
Nucha permanecía indecisa,
recogiendo el vestido con la diestra, sin soltar de la otra
el saquillo de viaje. Al cabo murmuró:
-Lo que es
tenerme, sé... El año pasado, cuando estuve
de baños, monté en mil aparejos nunca vistos...
Sólo que ahora...
Soltó el traje de repente,
llegóse a su marido, y le pasó un brazo alrededor
del cuello, escondiendo la cara en su pechera como la primera
vez que había tenido que abrazarle; y allí,
en una especie de murmullo o secreteo dulcísimo, acabó
la frase interrumpida. Pintóse en el rostro del marqués
la sorpresa, y casi al mismo tiempo la alegría inmensa,
radiante, el júbilo orgulloso, la exaltación
de una victoria. Y apretando contra sí a su mujer,
con amorosa protección, exclamó a gritos:
-O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa,
o aunque la tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera
prestar, aquí vendrá para ti, a fe de Pedro
Moscoso. Aguarda, hija, aguarda un minuto nada más...
O mejor dicho, entra en la posada y siéntate... A
ver, un banco, una silla para la señorita... Espera,
Nuchiña, vengo volando. Primitivo, acompáñame
tú. Abrígate, Nucha.
Volando no, pero sí
al cabo de media hora, volvió sin aliento. Traía
del ronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dócil
y segura: la propia hacanea de la mujer del juez de Cebre.
Don Pedro tomó en brazos a su esposa y la sentó
en la albarda, arreglándole la ropa con esmero.
  - XIV -
Así que pudieron conferenciar reservadamente
capellán y señorito, preguntó don Pedro,
sin mirar cara a cara a Julián:
-¿Y... ésa?
¿Está todavía por aquí? No la he visto
cuando entramos.
Como Julián arrugase el entrecejo,
añadió:
-Está, está... Apostaría
yo cien pesos, antes de llegar, a que usted no había
encontrado modo de sacudírsela de encima.
-Señorito,
la verdad... -articuló Julián bastante disgustado-.
Yo no sé qué decir... Ha sido una cosa que
se ha ido enredando... Primitivo me juró y perjuró
que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya...
-Ya sé quién es -dijo entre dientes don Pedro,
cuyo rostro se anubló.
-Pues yo... como era bastante
natural, lo creí. Además tuve ocasión
de persuadirme de que, en efecto, el gaitero y Sabel... tienen...
trato.
-¿Ha averiguado usted todo eso? -interrogó
el marqués con ironía.
-Señor, yo...
Aunque no sirvo mucho para estas cosas, quise informarme
para no caer de inocente... He preguntado por ahí
y todo el mundo está conforme en que andan para casarse;
hasta don Eugenio, el abad de Naya, me dijo que el muchacho
había pedido sus papeles. Y por cierto que, a pretexto
de no sé qué enredo o dificultad en los tales
papeles dichosos, no se hizo la cosa todavía.
Quedóse
don Pedro callado, y al fin prorrumpió:
-Es usted
un santo. Ya podían venirme a mí con ésas.
-Señor, la verdad es que si tuvieron intención
de engañarme... digo que son unos grandísimos
pillos. Y la Sabel, si no está muerta y penada por
el gaitero, lo figura que es un asombro. Hace dos semanas
fue a casa de don Eugenio y se le arrodilló llorando
y pidiendo por Dios que se diese prisa a arreglarle el casamiento,
porque aquel día sería el más feliz
de su vida. Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no
dice una cosa por otra.
-¡Bribona! ¡Bribonaza! -tartamudeó
el señorito, iracundo, paseándose por la habitación
aceleradamente.
Sosegóse no obstante muy luego, y
agregó:
-No me pasmo de nada de eso, ni digo que
don Eugenio mienta; pero... usted... es un papanatas, un
infeliz, porque aquí no se trata de Sabel, ¿entiende
usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le ha engañado
a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien
comprendo que rabia por largarse; mas Primitivo es abonado
para matarla antes que tal suceda.
-No, si también
empezaba yo a maliciarme eso... Mire usted que empezaba a
maliciármelo.
El señorito se encogió
de hombros con desdén, y exclamó:
-A buena
hora... Deje usted ya de mi cuenta este asunto... Y por lo
demás..., ¿qué tal, qué tal?
-Muy mansos...,
como corderos... No se me han opuesto de frente a nada.
-Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje...
Mire usted, don Julián, a veces me dan ganas de empapillarle
a usted. Lo mismito que a los pichones.
Julián replicó
todo compungido:
-Señorito, acierta usted de medio
a medio. No hay forma de conseguir nada aquí si Primitivo
se opone. Tenía usted razón cuando me lo aseguraba
el año pasado. Y de algún tiempo acá,
parece que aún le tienen mayor respeto, por no decir
más miedo. Desde que se armó la revolución
y andan agitadas las cosas políticas, y cada día
recibimos una noticia gorda, creo que Primitivo se mezcla
en esos enredos, y recluta satélites en el país...
Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes
tenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.
Guardaba silencio don Pedro. Por fin alzó la cabeza
y dijo:
-¿Se acuerda usted de la burra que hubo que buscar
en Cebre para mi mujer?
-¡No me he de acordar! -Pues la
señora del juez..., ríase usted un poco, hombre...,
la señora del juez se avino a prestármela porque
iba Primitivo conmigo. Si no...
No hizo Julián reflexión
alguna acerca de un suceso que tanto indignaba al marqués.
Al terminar la conferencia, don Pedro le puso la mano en
el hombro.
-¿Y por qué no me da usted la enhorabuena,
desatento? -exclamó con aquella misma irradiación
que habían tenido sus pupilas en Cebre.
Julián
no entendía. El señorito se explicó
cayéndosele la baba de gozo. Sí, señor,
para octubre, el tiempo de las castañas..., esperaba
el mundo un Moscoso, un Moscoso auténtico y legítimo...
hermoso como un sol además.
-¿Y no puede también
ser una Moscosita? -preguntó Julián después
de reiteradas felicitaciones.
-¡Imposible! -gritó
el marqués con toda su alma. Y como el capellán
se echase a reír, añadió:- Ni de guasa
me lo anuncie usted, don Julián... Ni de guasa. Tiene
que ser un chiquillo, porque si no le retuerzo el pescuezo
a lo que venga. Ya le he encargado a Nucha que se libre bien
de traerme otra cosa más que un varón. Soy
capaz de romperle una costilla si me desobedece. Dios no
me ha de jugar tan mala pasada. En mi familia siempre hubo
sucesión masculina: Moscosos crían Moscosos,
es ya proverbial. ¿No lo ha reparado usted cuando estuvo
almorzándose el polvo del archivo? Pero usted es capaz
de no haber reparado tampoco el estado de mi mujer, si no
le entero yo ahora.
Y era verdad. No sólo no lo había
echado de ver, sino que tan natural contingencia no se le
había pasado siquiera por las mientes. La veneración
que por Nucha sentía y que iba acrecentándose
con el trato, cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle
los mismos percances fisiológicos que a las demás
hembras del mundo. Justificaba esta candorosa niñería
el aspecto de Nucha. La total inocencia, que se pintaba en
sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo
interior, no había menguado con el matrimonio; las
mejillas, un poco más redondeadas, seguían
tiñéndose del carmín de la vergüenza
por el menor motivo. Si alguna variación podía
observarse, algún signo revelador del tránsito
de virgen a esposa, era quizás un aumento de pudor;
pudor, por decirlo así, más consciente y seguro
de sí mismo; instinto elevado a virtud. No se cansaba
Julián de admirar la noble seriedad de Nucha cuando
una chanza atrevida o una palabra malsonante hería
sus oídos; la dignidad natural, que era como su propia
envoltura, escudo impalpable que la resguardaba hasta contra
las osadías del pensamiento; la bondad con que agradecía
la atención más leve, pagándola con
frases compuestas, pero sinceras; la serenidad de toda su
persona, semejante al caer de una tarde apacibilísima.
Parecíale a Julián que Nucha era ni más
ni menos que el tipo ideal de la bíblica Esposa, el
poético ejemplar de la Mujer fuerte, cuando aún
no se ha borrado de su frente el nimbo del candor, y sin
embargo ya se adivina su entereza y majestad futura. Andando
el tiempo aquella gracia había de ser severidad, y
a las oscuras trenzas sucederían las canas de plata,
sin que en la pura frente imprimiese jamás una mancha
el delito ni una arruga el remordimiento. ¡Cuán sazonada
madurez prometía tan suave primavera! Al pensarlo,
felicitábase otra vez Julián por la parte que
le cabía en la acertada elección del señorito.
Con desinteresada satisfacción se decía a
sí mismo que había logrado contribuir al establecimiento
de una cosa gratísima a Dios, e indispensable a la
concertada marcha de la sociedad: el matrimonio cristiano,
lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiende juntamente,
con admirable sabiduría, a fines espirituales y materiales,
santificando los segundos por medio de los primeros. «La
índole de tan sagrada institución -discurría
Julián- es opuesta a impúdicos extremos y arrebatos,
a romancescos y necios desahogos, ardientes y roncos arrullos
de tórtola»; por eso alguna vez que el esposo se deslizaba
a familiaridades más despóticas que tiernas,
parecíale al capellán que la esposa sufría
mucho, herida en su cándida modestia, en su decente
compostura; figurábasele que la caída de sus
párpados, su encendimiento, su silencio, eran muda
protesta contra libertades impropias del honesto trato conyugal.
Si ante él sucedían tales cosas, a la mesa
por ejemplo, Julián torcía la cara, haciéndose
el distraído, o alzaba el vaso para beber, o fingía
atender a los perros, que husmeaban por allí.
Le
asaltaba entonces un escrúpulo, de ésos que
se quiebran de sutiles. Por muy perfecta casada que hiciese
Nucha, su condición y virtudes la llamaban a otro
estado más meritorio todavía, más parecido
al de los ángeles, en que la mujer conserva como preciado
tesoro su virginal limpieza. Sabía Julián por
su madre que Nucha manifestaba a veces inclinación
a la vida monástica, y daba en la manía de
deplorar que no hubiese entrado en un convento. Siendo Nucha
tan buena para mujer de un hombre, mejor sería para
esposa de Cristo; y las castas nupcias dejarían intacta
la flor de su inocencia corporal, poniéndola para
siempre al abrigo de las tribulaciones y combates que en
el mundo nunca faltan.
Esto de los combates le recordaba
a Sabel. ¿Quién duda que su permanencia en casa era
ya un peligro para la tranquilidad de la esposa legítima?
No imaginaba Julián riesgos inmediatos, pero presentía
algo amenazador para lo porvenir. ¡Horrible familia ilegal,
enraizada en el viejo caserón solariego como las parietarias
y yedras en los derruidos muros! Al capellán le entraban
a veces impulsos de coger una escoba, y barrer bien fuerte,
bien fuerte, hasta que echase de allí a tan mala ralea.
Pero cuando iba más determinado a hacerlo, tropezaba
en la egoísta tranquilidad del señorito y en
la resistencia pasiva, incontrastable del mayordomo. Sucedió
además una cosa que aumentó la dificultad de
la barredura: la cocinera enviada de Santiago empezó
a malhumorarse, quejándose de que no entendía
la cocina, de que la leña no ardía bien, del
humo, de todo; Sabel, muy servicial, acudió a ayudarla;
y a los pocos días la cocinera, cansada de aldea,
se despidió con malos modos, y Sabel quedó
en su sitio, sin que mediasen más fórmulas
para el reemplazo que asir el mango de la sartén cuando
la otra lo soltó. Julián no tuvo ni tiempo
de protestar contra este cambio de ministerio y vuelta al
antiguo régimen. Lo cierto es que la familia espuria
se mostraba por entonces incomparablemente humilde: a Primitivo
no se le encontraba sino llamándole cuando hacía
falta; Sabel se eclipsaba apenas dejaba la comida puesta
a la lumbre y confiada al cuidado de las mozas de fregadero;
el chiquillo parecía haberse evaporado.
Y con todo,
al capellán no le llegaba la camisa al cuerpo. ¡Si
Nucha se enteraba! ¿Y quién duda que se enteraría
en el momento menos pensado? Por desgracia la nueva esposa
mostraba afición suma a recorrer la casa, a informarse
de todo, a escudriñar los sitios más recónditos
y trasconejados, verbigracia desvanes, bodegas, lagar, palomar,
hórreos, tulla, perreras, cochiqueras, gallinero,
establos y herbeiros o depósitos de forraje. No le
llegaba a Julián la camisa al cuerpo, temblando que
en alguna de estas dependencias recibiese Nucha a boca de
jarro, por impensado incidente, la atroz revelación.
Y al mismo tiempo, ¿cómo oponerse al útil merodeo
del ama de casa hacendosa por sus dominios? Parecía
que con la joven señora entraban en cada rincón
de los Pazos la alegría, la limpieza y el orden, y
que la saludaba el rápido bailotear del polvo arremolinado
por las escobas, la vibración del rayo de sol proyectado
en escondrijos y zahurdas donde las espesas telarañas
no lo habían dejado penetrar desde años antes.
Seguía Julián a Nucha en sus exploraciones,
a fin de vigilar y evitar, si cabía, cualquier suceso
desgraciado. Y en efecto, su intervención fue provechosa
cuando Nucha descubrió en el gallinero cierto pollo
implume. El caso merece referirse despacio.
Había
observado Nucha que en aquella casa de bendición las
gallinas no ponían jamás, o si ponían
no se veía la postura. Afirmaba don Pedro que se gastaban
al año bastantes ferrados de centeno y mijo en el
corral; y con todo eso, las malditas gallinas no daban nada
de sí. Lo que es cacarear, cacareaban como descosidas,
indicio evidente de que andaban en tratos de soltar el huevo;
oíase el himno triunfal de las fecundas a la vez que
el blando cloquear de las lluecas; se iba a ver el nido,
se advertía en él suave calorcillo, se distinguía
la paja prensada señalando en relieve la forma del
huevo... Y nada; que no se podía juntar ni para una
mala tortilla. Nucha permanecía ojo alerta. Un día
que acudió más diligente al cacareo delator,
divisó agazapado en el fondo del gallinero, escondiéndose
como un ratoncillo, un rapaz de pocos años. Sólo
asomaban entre la paja de la nidadura sus descalzos pies.
Nucha tiró de ellos y salió el cuerpo, y tras
del cuerpo las manos, en las cuales venía ya el plato
que apetecía el ama de casa, pues los huevos que el
chico acababa de ocultar se le habían roto con la
prisa, y la tortilla estaba allí medio hecha, batida
por lo menos.
-¡Ah pícaro! -exclamó Nucha
cogiéndole y sacándole afuera, a la luz del
corral-. ¡Te voy a desollar vivo, gran tunante! ¡Ya sabemos
quién es el zorro que se come los huevos! Hoy te pongo
el trasero en remojo, donde no lo veas.
Agitábase
y perneaba el ladrón en miniatura; Nucha sintió
lástima, imaginándose que sollozaba con desconsuelo.
Apenas logró verle un minuto la cara desviándole
de ella los brazos, pudo convencerse de que el muy insolente
no hacía sino reírse a más y a mejor,
y también notar la extraordinaria lindeza del desharrapado
chicuelo. Julián, testigo inquieto de esta escena,
se adelantó y quiso arrebatárselo a Nucha.
-Déjemelo usted, don Julián... -suplicó
ella-. ¡Qué guapo!, ¡qué pelo!, ¡qué
ojos! ¿De quién es esta criatura?
Nunca el timorato
capellán sintió tantas ganas de mentir. No
atinó, sin embargo.
-Creo... -tartamudeó atragantándose-,
creo que... de Sabel, la que guisa estos días.
-¿De
la criada? Pero... ¿está casada esa chica?
Creció
la turbación de Julián. De esta vez tenía
en la garganta una pera de ahogo.
-No, señora; casada,
no... Ya sabe usted que... desgraciadamente... las aldeanas...,
por aquí... no es común que guarden el mayor
recato... Debilidades humanas.
Sentóse Nucha en un
poyo del corral que con el gallinero lindaba, sin soltar
al chiquillo, empeñándose en verle la cara
mejor. Él porfiaba en taparla con manos y brazos,
pegando respingos de conejo montés cautivo y sujeto.
Sólo se descubría su cabellera, el monte de
rizos castaños como la propia castaña madura,
envedijados, revueltos con briznas de paja y motas de barro
seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.
-Julián,
¿tiene usted ahí una pieza de dos cuartos?
-Sí,
señora.
-Toma, rapaciño... A ver si me pierdes
el miedo.
Fue eficaz el conjuro. Alargó el chiquillo
la mano, y metió rápidamente en el seno la
moneda. Nucha vio entonces el rostro redondeado, hoyoso,
graciosísimo y correcto a la vez, como el de los amores
de bronce que sostienen mecheros y lámparas. Una risa
entre picaresca y celestial alegraba tan linda obra de la
naturaleza. Nucha le plantó un beso en cada carrillo.
-¡Qué monada! ¡Dios lo bendiga! ¿Cómo te llamas,
pequeño?
-Perucho -contestó el pilluelo con
sumo desenfado.
-¡El nombre de mi marido! -exclamó
la señorita con viveza-. ¿Apostemos a que es su ahijado?
¿Eh?
-Es su ahijado, su ahijado -se apresuró a declarar
Julián, que desearía ponerle al chico un tapón
en aquella boca risueña, de carnosos labios cupidinescos.
No pudiendo hacerlo intentó sacar la conversación
de terreno tan peligroso.
-¿Para qué querías
tú los huevos? Dilo y te doy otros dos cuartos, anda.
-Los vendo -declaró Perucho concisamente. -Con que
los vendes, ¿eh? Tenemos aquí un negociante... ¿Y
a quién los vendes?
-A las mujeres de por ahí,
que van a la vila...
-Sepamos, ¿a cómo te pagan?
-Dos cuartos por la ducia.
-Pues mira -díjole Nucha
cariñosamente-, de aquí en adelante me los
vas a vender a mí, que te pagaré otro tanto.
Por lo bonito que eres no quiero reñirte ni enfadarme
contigo. ¡Quiá! Vamos a ser muy amigotes tú
y yo. Lo primerito que te he de regalar son unos pantalones...
No andas muy decente que digamos.
En efecto, por los desgarrones
y aberturas del sucio calzón de estopa del chico hacían
irrupción sus fresquísimas y lozanas carnes,
cuya morbidez no alcanzaba a encubrir el fango y suciedad
que les servía de vestidura, a falta de otra más
decorosa.
-¡Angelitos! -murmuró Nucha-. ¡Parece mentira
que los traigan así! Yo no sé cómo no
se matan, cómo no perecen de frío... Julián,
hay que vestir a este niño Jesús.
-Sí,
¡buen niño Jesús está él! -gruñó
Julián-. El mismísimo enemigo malo, ¡Dios me
perdone! No le tenga lástima, señorita; es
un diablillo, más travieso que un mico... Lo que no
hice yo para enseñarle a leer y escribir, para acostumbrarle
a que se lavase esos hocicos y esas patas... ¡Ni atándolo,
señorita, ni atándolo! Y está más
sano que una manzana con la vida que trae. Ya se ha caído
dos veces al estanque este año, y de una por poco
se ahoga.
-Vaya, Julián, ¿qué quiere usted
que haga a su edad? No ha de ser formal como los mayores.
Ven conmigo, rapaz, que voy a arreglarte algo para que te
tapes esas piernecitas... ¿No tiene calzado? Pues hay que
encargarle unos zuecos bien fuertes, de álamo... Y
le voy a predicar un sermón a su madre para que me
lo enjabone todos los días. Usted le va a dar lección
otra vez. O le haremos ir a la escuela, que será lo
mejor.
No hubo quien apease a Nucha de su caritativo propósito.
Julián estaba con el alma en un hilo, temiendo que
de semejante aproximación resultase alguna catástrofe.
No obstante, la bondad natural de su corazón hizo
que se interesase nuevamente por aquella obra pía,
que ya había intentado sin fruto. Veía en ella
mayor demostración de la hermosura moral de Nucha.
Parecíale que era providencial el que la señorita
cuidase a aquel mal retoño de tronco ruin. Y Nucha
entretanto se divertía infinito con su protegido;
hacíale gracia su propia desvergüenza, sus instintos
truhanescos, su afán por apandar huevos y fruta, su
avidez al coger las monedas, su afición al vino y
a los buenos bocados. Aspiraba a enderezar aquel arbolito
tierno, civilizándole a la vez la piel y el espíritu.
Obra de romanos, decía el capellán.
  - XV -
Por entonces se dedicó el matrimonio Moscoso a pagar
visitas de la aristocracia circunvecina. Nucha montaba la
borriquilla, y su marido la yegua castaña; Julián
los acompañaba en mula; alguno de los perros favoritos
del marqués se incorporaba a la comitiva siempre,
y dos mozos, vestidos con la ropa dominguera, la más
bordada faja, el sombrero de fieltro nuevecito, empuñando
varas verdes que columpiaban al andar, iban de espolistas,
encargados de tener mano de las monturas cuando se apeasen
los jinetes.
La tanda empezó por la señora
jueza de Cebre. Abrió la puerta la criada en pernetas,
que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y arreglar los
volantes del traje con el mango de la sombrilla, echó
a correr despavorida hacia el interior de la casa, clamando
como si anunciase fuego o ladrones:
-Señora... ¡Ay,
mi señora! ¡Unos señores...!, ¡hay unos señores
aquí!
Ningún eco respondió a sus alaridos
de consternación; pero transcurridos breves minutos,
apareció en el zaguán el juez en persona, deshaciéndose
en excusas por la torpeza de la muchacha: era inconcebible
el trabajo que costaba domesticarlas; se les repetía
mil veces la misma cosa, y nada, no aprendían a recibir
a las... pues... de la manera que... Al murmurar así,
arqueaba el codo ofreciendo a Nucha el sostén de su
brazo para subir la escalera; y siendo ésta tan angosta
que no cabían dos personas de frente, la señora
de Moscoso pasaba los mayores trabajos del mundo intentando
asirse con las yemas de los dedos al brazo del buen señor,
que subía dos escalones antes que ella todo torcido
y sesgado. Llegados a la puerta de la sala, el juez empezó
a palparse, buscando ansiosamente algo en los bolsillos,
articulando a media voz monosílabos entrecortados
y exclamaciones confusas. De repente exhaló una especie
de bramido terrible.
-Pepa... ¡Pepaaaá! Se oyó
el ¡clac! de los pies descalzos, y el juez interpeló
a la fámula:
-La llave, ¿vamos a ver? ¿Dónde
Judas has metido la llave?
Pepa se la alargaba ya a toda
prisa, y el juez, cambiando de tono y pasando de la más
furiosa ronquera a la más meliflua dulzura, empujó
la puerta y dijo a Nucha:
-Por aquí, señora
mía, por aquí..., tenga usted la bondad...
La sala estaba completamente a oscuras. Nucha tropezó
con una mesa, a tiempo que el juez repetía:
-Tenga
usted la bondad de sentarse, señora mía...
Usted dispense...
La claridad que bañó la
habitación, una vez abiertas las maderas de la ventana,
permitió a Nucha distinguir al fin el sofá
de repis azul, los dos sillones haciendo juego, el velador
de caoba, la alfombra tendida a los pies del sofá
y que representaba un ferocísimo tigre de Bengala,
color de canela fina. Al juez todo se le volvía acomodar
a los visitadores, insistiendo mucho en si al marqués
de Ulloa le convenía la luz de frente o estaría
mejor de espaldas a la vidriera; al mismo tiempo lanzaba
ojeadas de sobresalto en derredor, porque le iba sabiendo
mal la tardanza de su mujer en presentarse. Esforzábase
en sostener la conversación, pero su sonrisa tenía
la contracción de una mueca, y su ojo severo se volvía
hacia la puerta muy a menudo. Al cabo se oyó en el
corredor crujido de enaguas almidonadas: la señora
jueza entró, sofocada y compuesta de fresco, según
claramente se veía en todos los pormenores de su tocado;
acababa de embutir su respetable humanidad en el corsé,
y sin embargo no había logrado abrochar los últimos
botones del corpiño de seda; el moño postizo,
colocado a escape, se torcía inclinándose hacia
la oreja izquierda; traía un pendiente desabrochado,
y no habiéndole llegado el tiempo para calzarse, escondía
con mil trabajos, entre los volantes pomposos de la falda
de seda, las babuchas de orillo.
Aunque Nucha no pecaba
de burlona, no pudo menos de hacerle gracia el atavío
de la jueza, que pasaba por el figurín vivo de Cebre,
y a hurtadillas sonrió a Julián mostrándole
con imperceptible guiño los collares, dijes y broches
que lucía en el cuello la señora, mientras
ésta a su vez devoraba e inventariaba el sencillo
adorno de la recién casada santiaguesa. La visita
fue corta, porque el marqués deseaba cumplir aquel
mismo día con el Arcipreste, y la parroquia de Loiro
distaba una legua por lo menos de la villita de Cebre. Se
despidieron de la autoridad judicial tan ceremoniosamente
como habían entrado, con los mismos requilorios de
brazo y acompañamiento y muchos ofrecimientos de casa
y persona.
Era preciso para ir a Loiro internarse bastante
en la montaña, y seguir una senda llena de despeñaderos
y precipicios, que sólo se hacía practicable
al acercarse a los dominios del arciprestazgo, vastos y ricos
algún día, hoy casi anulados por la desamortización.
La rectoral daba señales de su esplendor pasado; su
aspecto era conventual; al entrar y apearse en el zaguán,
los señores de Ulloa sintieron la impresión
del frío subterráneo de una ancha cripta abovedada,
donde la voz humana retumbaba de un modo extraño y
solemne. Por la escalera de anchos peldaños y monumental
balaústre de piedra bajaba dificultosamente, con la
lentitud y el balanceo con que caminan los osos puestos en
dos pies, una pareja de seres humanos monstruosa, deforme,
que lo parecía más viéndola así
reunida: el Arcipreste y su hermana. Ambos jadeaban: su dificultosa
respiración parecía el resuello de un accidentado;
las triples roscas de la papada y el rollo del pestorejo
aureolaban con formidable nimbo de carne las faces moradas
de puro inyectadas de sangre espesa; y cuando se volvían
de espaldas, en el mismo sitio en que el Arcipreste lucía
la tonsura ostentaba su hermana un moñito de pelo
gris, análogo al que gastan los toreros. Nucha, a
quien el recibimiento del juez y el tocado de su señora
habían puesto de buen humor, volvió a sonreír
disimuladamente, sobre todo al notar los quidproquos de la
conversación, producidos por la sordera de los dos
respetables hermanos. No desmintiendo éstos la hospitalaria
tradición campesina, hicieron pasar a los visitadores,
quieras no quieras, al comedor, donde un mármol se
hubiera reído también observando cómo
la mesa del refresco, la misma en que comían a diario
los dueños de casa, tenía dos escotaduras,
una frente a otra, sin duda destinadas a alojar desahogadamente
la rotundidad de un par de abdómenes gigantescos.
El regreso a los Pazos fue animado por comentarios y bromas
acerca de las visitas: hasta Julián dio de mano a
su formalidad y a su indulgencia acostumbrada para divertirse
a cuenta de la mesa escotada y del almacén de quincalla
que la señora jueza lucía en el pescuezo y
seno. Pensaban con regocijo en que al día siguiente
se les preparaba otra excursión del mismo género,
sin duda igualmente divertida: tocábales ver a las
señoritas de Molende y a los señores de Limioso.
Salieron de los Pazos tempranito, porque bien necesitaban
toda la larga tarde de verano para cumplir el programa; y
acaso no les alcanzaría, si no fuese porque a las
señoritas de Molende no las encontraron en casa; una
mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba explicó
difícilmente que las señoritas iban en la feria
de Vilamorta, y sabe Dios cuándo volverían
de allá. Le pesó a Nucha, porque las señoritas,
que habían estado en los Pazos a verla, le agradaban,
y eran los únicos rostros juveniles, las únicas
personas en quienes encontraba reminiscencias de la cháchara
alegre y del fresco pico de sus hermanas, a las cuales no
podía olvidar. Dejaron un recado de atención
a cargo de la mocetona y torcieron monte arriba, camino del
Pazo de Limioso.
El camino era difícil y se retorcía
en espiral alrededor de la montaña; a uno y otro lado,
las cepas de viña, cargadas de follaje, se inclinaban
sobre él como para borrarlo. En la cumbre amarilleaba
a la luz del sol poniente un edificio prolongado, con torre
a la izquierda, y a la derecha un palomar derruido, sin techo
ya. Era la señorial mansión de Limioso, un
tiempo castillo roquero, nido de azor colgado en la escarpada
umbría del montecillo solitario, tras del cual, en
el horizonte, se alzaba la cúspide majestuosa del
inaccesible Pico Leiro. No se conocía en todo el contorno,
ni acaso en toda la provincia, casa infanzona más
linajuda ni más vieja, y a cuyo nombre añadiesen
los labriegos con acento más respetuoso el calificativo
de Pazo, palacio, reservado a las moradas hidalgas.
Desde
bastante cerca, el Pazo de Limioso parecía deshabitado,
lo cual aumentaba la impresión melancólica
que producía su desmantelado palomar. Por todas partes
indicios de abandono y ruina: las ortigas obstruían
la especie de plazoleta o patio de la casa; no faltaban vidrios
en las vidrieras, por la razón plausible de que tales
vidrieras no existían, y aun alguna madera, arrancada
de sus goznes, pendía torcida, como un jirón
en un traje usado. Hasta las rejas de la planta baja, devoradas
de orín, subían las plantas parásitas,
y festones de yedra seca y raquítica corrían
por entre las junturas desquiciadas de las piedras. Estaba
el portón abierto de par en par, como puerta de quien
no teme a ladrones; pero al sonido mate de los cascos de
las monturas en el piso herboso del patio, respondieron asmáticos
ladridos y un mastín y dos perdigueros se abalanzaron
contra los visitantes, desperdiciando por las fauces el poco
brío que les quedaba, pues ninguno de aquellos bichos
tenía más que un erizado pelaje sobre una armazón
de huesos prontos a agujerearlo al menor descuido. El mastín
no podía, literalmente, ejecutar el esfuerzo del ladrido:
temblábanle las patas, y la lengua le salía
de un palmo entre los dientes, amarillos y roídos
por la edad. Apaciguáronse los perdigueros a la voz
del señor de Ulloa, con quien habían cazado
mil veces; no así el mastín, resuelto sin duda
a morir en la demanda, y a quien sólo acalló
la aparición de su amo el señorito de Limioso.
¿Quién no conoce en la montaña al directo
descendiente de los paladines y ricohombres gallegos, al
infatigable cazador, al acérrimo tradicionalista?
Ramonciño Limioso contaría a la sazón
poco más de veintiséis años, pero ya
sus bigotes, sus cejas, su cabello y sus facciones todas
tenían una gravedad melancólica y dignidad
algún tanto burlesca para quien por primera vez lo
veía. Su entristecido arqueo de cejas le prestaba
vaga semejanza con los retratos de Quevedo; su pescuezo,
flaco, pedía a voces la golilla, y en vez de la vara
que tenía en la mano, la imaginación le otorgaba
una espada de cazoleta. Donde quiera que se encontrase aquel
cuerpo larguirucho, aquel gabán raído, aquellos
pantalones con rodilleras y tal cual remiendo, no se podía
dudar que, con sus pobres trazas, Ramón Limioso era
un verdadero señor desde sus principios -así
decían los aldeanos- y no hecho a puñetazos,
como otros.
Lo era hasta en el modo de ayudar a Nucha a
bajarse de la borrica, en la naturalidad galante con que
le ofreció no el brazo, sino, a la antigua usanza,
dos dedos de la mano izquierda para que en ellos apoyase
la palma de su diestra la señora de Ulloa. Y con el
decoro propio de un paso de minueto, la pareja entró
por el Pazo de Limioso adelante, subiendo la escalera exterior
que conducía al claustro, no sin peligro de rodar
por ella: tales estaban de carcomidos los venerables escalones.
El tejado del claustro era un puro calado; veíanse,
al través de las tejas y las vigas, innumerables retales
de terciopelo azul celeste; la cría de las golondrinas
piaba dulcemente en sus nidos, cobijados en el sitio más
favorable, tras el blasón de los Limiosos, repetido
en el capitel de cada pilar en tosca escultura -tres peces
bogando en un lago, un león sosteniendo una cruz-.
Fue peor cuando entraron en la antesala. Muchos años
hacía que la polilla y la vetustez habían dado
cuenta de la tablazón del piso; y no alcanzando, sin
duda, los medios de los Limiosos a echar piso nuevo, se habían
contentado con arrojar algunas tablas sueltas sobre los pontones
y las vigas, y por tan peligroso camino cruzó tranquilamente
el señorito, sin dejar de ofrecer los dedos a Nucha,
y sin que ésta se atreviese a solicitar más
firme apoyo. Cada tablón en que sentaban el pie se
alzaba y blandía, descubriendo abajo la negra profundidad
de la bodega, con sus cubas vestidas de telarañas.
Atravesaron impávidos el abismo y penetraron en la
sala, que al menos poseía un piso clavado, aunque
en muchos sitios roto y en todos casi reducido a polvo sutil
por el taladro de los insectos.
Nucha se quedó inmóvil
de sorpresa. En un ángulo de la sala medio desaparecía
bajo un gran acervo de trigo un mueble soberbio, un vargueño
incrustado de concha y marfil; en las paredes, del betún
de los cuadros viejos y ahumados se destacaba a lo mejor
una pierna de santo martirizado, toda contraída, o
el anca de un caballo, o una cabeza carrilluda de angelote;
frente a la esquina del trigo, se alzaba un estrado revestido
de cuero de Córdoba, que aún conservaba su
rica coloración y sus oros intensos; ante el estrado,
en semicírculo, magníficos sitiales escultados,
con asiento de cuero también; y entre el trigo y el
estrado, sentadas en tallos (asientos de tronco de roble
bruto, como los que usan los labriegos más pobres),
dos viejas secas, pálidas, derechas, vestidas de hábito
del Carmen, ¡hilaban!
Jamás había creído
la señora de Moscoso que vería hilar más
que en las novelas o en los cuentos, a no ser a las aldeanas,
y le produjo singular efecto el espectáculo de aquellas
dos estatuas bizantinas, que tales parecían por su
quietud y los rígidos pliegues de su ropa, manejando
el huso y la rueca, y suspendiendo a un mismo tiempo la labor
cuando ella entró. En nombre de las dos estatuas -que
eran las tías paternas del señorito de Limioso-
había visitado éste a Nucha; vivía también
en el Pazo el padre, paralítico y encamado, pero a
éste nadie le echaba la vista encima; su existencia
era como un mito, una leyenda de la montaña. Las dos
ancianas se irguieron y tendieron a Nucha los brazos con
movimiento tan simultáneo que no supo a cuál
de ellas atender, y a la vez y en las dos mejillas sintió
un beso de hielo, un beso dado sin labios y acompañado
del roce de una piel inerte. Sintió también
que le asían las manos otras manos despojadas de carne,
consuntas, amojamadas y momias; comprendió que la
guiaban hacia el estrado, y que le ofrecían uno de
los sitiales, y apenas se hubo sentado en él, conoció
con terror que el asiento se desvencijaba, se hundía;
que se largaba cada pedazo del sitial por su lado sin crujidos
ni resistencia; y con el instinto de la mujer encinta, se
puso de pie, dejando que la última prenda del esplendor
de los Limiosos se derrumbase en el suelo para siempre...
Salieron del goteroso Pazo cuando ya anochecía, y
sin que se lo comunicasen, sin que ellos mismos pudiesen
acaso darse cuenta de ello, callaron todo el camino porque
les oprimía la tristeza inexplicable de las cosas
que se van.
  - XVI -
Debía el sucesor
de los Moscosos andar ya cerca de este mundo, porque Nucha
cosía sin descanso prendas menudas semejantes a ropa
de muñecas. A pesar de la asiduidad en la labor, no
se desmejoraba, al contrario, parecía que cada pasito
de la criatura hacia la luz del día era en beneficio
de su madre. No podía decirse que Nucha hubiese engruesado,
pero sus formas se llenaban, volviéndose suaves curvas
lo que antes eran ángulos y planicies. Sus mejillas
se sonroseaban, aunque le velaba frente y sienes esa ligera
nube oscura conocida por paño. Su pelo negro parecía
más brillante y copioso; sus ojos, menos vagos y más
húmedos; su boca, más fresca y roja. Su voz
se había timbrado con notas graves. En cuanto al natural
aumento de su persona, no era mucho ni la afeaba, prestando
solamente a su cuerpo la dulce pesadez que se nota en el
de la Virgen en los cuadros que representan la Visitación.
La colocación de sus manos, extendidas sobre el vientre
como para protegerlo, completaba la analogía con las
pinturas de tan tierno asunto.
Hay que reconocer que don
Pedro se portaba bien con su esposa durante aquella temporada
de expectación. Olvidando sus acostumbradas correrías
por montes y riscos, la sacaba todas las tardes, sin faltar
una, a dar paseítos higiénicos, que crecían
gradualmente; y Nucha, apoyada en su brazo, recorría
el valle en que los Pazos de Ulloa se esconden, sentándose
en los murallones y en los ribazos al sentirse muy fatigada.
Don Pedro atendía a satisfacer sus menores deseos:
en ocasiones se mostraba hasta galante, trayéndole
las flores silvestres que le llamaban la atención,
o ramas de madroño y zarzamora cuajadas de fruto.
Como a Nucha le causaban fuerte sacudimiento nervioso los
tiros, no llevaba jamás el señorito su escopeta,
y había prohibido expresamente a Primitivo cazar por
allí. Parecía que la leñosa corteza
se le iba cayendo, poco a poco, al marqués, y que
su corazón bravío y egoísta se inmutaba,
dejando asomar, como entre las grietas de la pared, florecillas
parásitas, blandos afectos de esposo y padre. Si aquello
no era el matrimonio cristiano soñado por el excelente
capellán, viven los cielos que debía asemejársele
mucho.
Julián bendecía a Dios todos los días.
Su devoción había vuelto, no a renacer, pues
no muriera nunca, pero sí a reavivarse y encenderse.
A medida que se acercaba la hora crítica para Nucha,
el capellán permanecía más tiempo de
rodillas dando gracias al terminar la misa; prolongaba más
las letanías y el rosario; ponía más
alma y fervor en el cuotidiano rezo. Y no entran en la cuenta
dos novenas devotísimas, una a la Virgen de Agosto,
otra a la Virgen de Septiembre. Figurábasele este
culto mariano muy adecuado a las circunstancias, por la convicción
cada vez más firme de que Nucha era viva imagen de
Nuestra Señora, en cuanto una mujer concebida en pecado
puede serlo.
Al oscurecer de una tarde de octubre estaba
Julián sentado en el poyo de su ventana, engolfado
en la lectura del P. Nieremberg. Sintió pasos precipitados
en la escalera. Conoció el modo de pisar de don Pedro.
El rostro del señor de Ulloa derramaba satisfacción.
-¿Hay novedades? -preguntó Julián soltando
el libro.
-¡Ya lo creo! Nos hemos tenido que volver del
paseo a escape.
-¿Y han ido a Cebre por el médico?
-Va allá Primitivo. Julián torció
el gesto.
-No hay que asustarse... Detrás de él
van a salir ahora mismo otros dos propios. Quería
ir yo en persona, pero Nucha dice que no se queda ahora sin
mí.
-Lo mejor sería ir yo también por
si acaso -exclamó Julián-. Aunque sea a pie
y de noche...
Lanzó don Pedro una de sus terribles
y mofadoras carcajadas.
-¡Usted! -clamó sin cesar
de reír-. ¡Vaya una ocurrencia, don Julián!
El capellán bajó los ojos y frunció
el rubio ceño. Sentía cierta vergüenza
de su sotana, que le inutilizaba para prestar el menor servicio
en tan apretado trance. Y al par que sacerdote era hombre,
de modo que tampoco podía penetrar en la cámara
donde se cumplía el misterio. Sólo tenían
derecho a ello dos varones: el esposo y el otro, el que Primitivo
iba a buscar, el representante de la ciencia humana. Acongojóse
el espíritu de Julián pensando en que el recato
de Nucha iba a ser profanado, y su cuerpo puro tratado quizás
como se trata a los cadáveres en la mesa de anatomía:
como materia inerte, donde no se cobija ya un alma. Comprendió
que se apocaba y afligía.
-Llámeme usted si
para algo me necesita, señor marqués -murmuró
con desmayada voz.
-Mil gracias, hombre... Venía
únicamente a darle a usted la buena noticia.
Don
Pedro volvió a bajar la escalera rápidamente
silbando una riveirana, y el capellán, al pronto,
se quedó inmóvil. Pasóse luego la mano
por la frente, donde rezumaba un sudorcillo. Miró
a la pared. Entre varias estampitas pendientes del muro y
encuadradas en marcos de briche y lentejuelas, escogió
dos: una de San Ramón Nonnato y otra de Nuestra Señora
de la Angustia, sosteniendo en el regazo a su Hijo muerto.
Él la hubiera preferido de la Leche y Buen Parto,
pero no la tenía, ni se había acordado mucho
de tal advocación hasta aquel instante. Desembarazó
la cómoda de los cachivaches que la obstruían
y puso encima, de pie, las estampas. Abrió después
el cajón, donde guardaba algunas velas de cera destinadas
a la capilla; tomó un par, las acomodó en candeleros
de latón, y armó su altarito. Así que
la luz amarillenta de los cirios se reflejó en los
adornos y cristal de los cuadros, el alma de Julián
sintió consuelo inefable. Lleno de esperanza, el capellán
se reprendió a sí mismo por haberse juzgado
inútil en momentos semejantes. ¡Él inútil!
Cabalmente le incumbía lo más importante y
preciso, que es impetrar la protección del cielo.
Y arrodillándose henchido de fe, dio principio a sus
oraciones.
El tiempo corría sin interrumpirlas. De
abajo no llegaba noticia alguna. A eso de las diez reconoció
Julián que sus rodillas hormigueaban con insufrible
hormigueo, que se apoderaba de sus miembros dolorosa lasitud,
que se le desvanecía la cabeza. Hizo un esfuerzo y
se incorporó tambaleándose. Una persona entró.
Era Sabel, a quien el capellán miró con sorpresa,
pues hacía bastante tiempo que no se presentaba allí.
-De parte del señorito, que baje a cenar. -¿Ha venido
su padre de usted? ¿Ha llegado el médico? -interrogó
ansiosamente Julián, no atreviéndose a preguntar
otra cosa.
-No, señor... De aquí a Cebre hay
un bocadito.
En el comedor encontró Julián
al marqués cenando con apetito formidable, como hombre
a quien se le ha retrasado la pitanza dos horas más
que de costumbre. Julián trató de imitar aquel
sosiego, sentándose y extendiendo la servilleta.
-¿Y la señorita? -preguntó con afán.
-¡Pss!... Ya puede usted suponer que no muy a gusto. -¿Necesitará
algo mientras usted está aquí?
-No. Tiene
allá a su doncella, la Filomena. Sabel también
ayuda para cuanto se precise.
Julián no contestó.
Sus reflexiones valían más para calladas que
para dichas. Era una monstruosidad que Sabel asistiese a
la legítima esposa; pero si no se le ocurría
al marido, ¿quién tenía valor para insinuárselo?
Por otra parte, Sabel, en realidad, no carecía de
experiencia doméstica, ni dejaría de ser útil.
Notó Julián que el marqués, a diferencia
de algunas horas antes, parecía malhumorado e impaciente.
Recelaba el capellán interrogarle. Determinóse
al fin.
-¿Y... dará tiempo a que llegue el médico?
-¿Que si da tiempo? -respondió el señorito
embaulando y mascando con colérica avidez-. ¡Como
no lo dé de más! Estas señoritas finas
son muy delicadas y difíciles para todo... Y cuando
no hay un gran físico... Si fuese por el estilo de
su hermana Rita...
Descargó un porrazo con el vaso
en la mesa, y añadió sentenciosamente:
-Son
una calamidad las mujeres de los pueblos... Hechas de alfeñique...
Le aseguro a usted que tiene una debilidad, y una tendencia
a las convulsiones y a los síncopes, que... ¡Melindres,
diantre! ¡Melindres a que las acostumbran desde pequeñas!
Pegó otro trompis y se levantó, dejando solo
en el comedor a Julián. No sabía éste
qué hacer de su persona, y pensó que lo mejor
era emprender de nuevo plática con los santos. Subió.
Las velas seguían ardiendo, y el capellán volvió
a arrodillarse. Las horas pasaban y pasaban, y no se oían
más ruidos que el viento de la noche al gemir en los
castaños, y el hondo sollozo del agua en la represa
del cercano molino. Sentía Julián cosquilleo
y agujetas en los muslos, frío en los huesos y pesadez
en la cabeza. Dos o tres veces miró hacia su cama,
y otras tantas el recuerdo de la pobrecita, que sufría
allá abajo, le detuvo. Dábale vergüenza
ceder a la tentación. Mas sus ojos se cerraban, su
cabeza, ebria de sueño, caía sobre el pecho.
Se tendió vestido, prometiéndose despabilarse
al punto. Despertó cuando ya era de día.
Al
encontrarse vestido, se acordó, y tratándose
mentalmente de marmota y leño, pensó si ya
estaría en el mundo el nuevo Moscoso. Bajó
apresurado, frotándose los párpados, medio
aturdido aún. En la antesala de la cocina se dio de
manos a boca con Máximo Juncal, el médico de
Cebre, con bufanda de lana gris arrollada al cuello, chaquetón
de paño pardo, botas y espuelas.
-¿Llega usted ahora
mismo? -preguntó asombrado el capellán.
-Sí,
señor... Primitivo dice que estuvieron llamando anoche
a mi puerta él y otros dos, pero que no les abrió
nadie... Verdad que mi criada es algo sorda; mas con todo...,
si llamasen como Dios manda... En fin, que hasta el amanecer
no me llegó el aviso. De cualquier manera parece que
vengo muy a tiempo todavía... Primeriza al fin y al
cabo... Estas batallas acostumbran durar bastante... Allá
voy a ver qué ocurre...
Precedido de don Pedro, echó
a andar látigo en mano y resonándole las espuelas,
de modo que la imagen bélica que acababa de emplear
parecía exacta, y cualquiera le tomaría por
el general que acude a decidir con su presencia y sus órdenes
la victoria. Su continente resuelto infundía confianza.
Reapareció a poco pidiendo una taza de café
bien caliente, pues con la prisa de venir se encontraba en
ayunas. Al señorito le sirvieron chocolate. Emitió
el médico su dictamen facultativo: armarse de paciencia,
porque el negocio iba largo.
Don Pedro, de humor algo fosco
y con las facciones hinchadas por el insomnio, quiso a toda
costa saber si había peligro.
-No, señor;
no, señor -contestó Máximo desliendo
el azúcar con la cucharilla y echando ron en el café-.
Si se presentan dificultades, estamos aquí... Tú,
Sabel: una copita pequeña.
En la copita pequeña
escanció también ron, que paladeó mientras
el café se enfriaba. El marqués le tendió
la petaca llena.
-Muchas gracias... -pronunció el
médico encendiendo un habano-. Por ahora estamos a
ver venir. La señora es novicia, y no muy fuerte...
A las mujeres se les da en las ciudades la educación
más antihigiénica: corsé para volver
angosto lo que debe ser vasto; encierro para producir la
clorosis y la anemia; vida sedentaria, para ingurgitarlas
y criar linfa a expensas de la sangre... Mil veces mejor
preparadas están las aldeanas para el gran combate
de la gestación y alumbramiento, que al cabo es la
verdadera función femenina.
Siguió explanando
su teoría, queriendo manifestar que no ignoraba las
más recientes y osadas hipótesis científicas,
alardeando de materialismo higiénico, ponderando mucho
la acción bienhechora de la madre naturaleza. Veíase
que era mozo inteligente, de bastante lectura y determinado
a lidiar con las enfermedades ajenas; mas la amarillez biliosa
de su rostro, la lividez y secura de sus delgados labios,
no prometían salud robusta. Aquel fanático
de la higiene no predicaba con el ejemplo. Asegurábase
que tenía la culpa el ron y una panadera de Cebre,
con salud para vender y regalar cuatro doctores higienistas.
Don Pedro chupaba también con ensañamiento
su cigarro y rumiaba las palabras del médico, que
por extraño caso, atendida la diferencia entre un
pensamiento relleno de ciencia novísima y otro virgen
hasta de lectura, conformaban en todo con su sentir. También
el hidalgo rancio pensaba que la mujer debe ser principalmente
muy apta para la propagación de la especie. Lo contrario
le parecía un crimen. Acordábase mucho, mucho,
con extraños remordimientos casi incestuosos, del
robusto tronco de su cuñada Rita. También recordó
el nacimiento de Perucho, un día que Sabel estaba
amasando. Por cierto que la borona que amasaba no hubiera
tenido tiempo de cocerse cuando el chiquillo berreaba ya
diciendo a su modo que él era de Dios como los demás
y necesitaba el sustento. Estas memorias le despertaron una
idea muy importante.
-Diga, Máximo... ¿le parece
que mi mujer podrá criar?
Máximo se echó
a reír, saboreando el ron.
-No pedir gollerías,
señor don Pedro... ¡Criar! Esa función augusta
exige complexión muy vigorosa y predominio del temperamento
sanguíneo... No puede criar la señora.
-Ella
es la que se empeña en eso -dijo con despecho el marqués-;
yo bien me figuré que era un disparate... por más
que no creí a mi mujer tan endeble... En fin, ahora
tratamos de que no nazca el niño para rabiar de hambre.
¿Tendré tiempo de ir a Castrodorna? La hija de Felipe
el casero, aquella mocetona, ¿no sabe usted?...
-¿Pues no
he de saber? ¡Gran vaca! Tiene usted ojo médico...
Y está parida de dos meses. Lo que no sé es
si los padres la dejarán venir. Creo que son gente
honrada en su clase y no quieren divulgar lo de la hija.
-¡Música celestial! Si hace ascos la traigo arrastrando
por la trenza... A mí no me levanta la voz un casero
mío. ¿Hay tiempo o no de ir allá?
-Tiempo,
sí. Ojalá acabásemos antes; pero no
lleva trazas.
Cuando el señorito salió, Máximo
se sirvió otra copa de ron y dijo en confianza al
capellán:
-Si yo estuviese en el pellejo del Felipe...
ya le quiero un recado a don Pedro. ¿Cuándo se convencerán
estos señoritos de que un casero no es un esclavo?
Así andan las cosas de España: mucho de revolución,
de libertad, de derechos individuales... ¡Y al fin, por todas
partes la tiranía, el privilegio, el feudalismo! Porque,
vamos a ver, ¿qué es esto sino reproducir los ominosos
tiempos de la gleba y las iniquidades de la servidumbre?
Que yo necesito tu hija, ¡zas!, pues contra tu voluntad te
la cojo. Que me hace falta leche, una vaca humana, ¡zas!,
si no quieres dar de mamar de grado a mi chiquillo, le darás
por fuerza. Pero le estoy escandalizando a usted. Usted no
piensa como yo, de seguro, en cuestiones sociales.
-No señor;
no me escandalizo -contestó apaciblemente Julián-.
Al contrario... Me dan ganas de reír porque me hace
gracia verle a usted tan sofocado. Mire usted qué
más querrá la hija de Felipe que servir de
ama de cría en esta casa. Bien mantenida, bien regalada,
sin trabajar... Figúrese.
-¿Y el albedrío?
¿Quiere usted coartar el albedrío, los derechos individuales?
Supóngase que la muchacha se encuentre mejor avenida
con su honrada pobreza que con todos esos beneficios y ventajas
que usted dice... ¿No es un acto abusivo traerla aquí
de la trenza, porque es hija de un casero? Naturalmente que
a usted no se lo parece; claro está. Vistiéndose
por la cabeza, no se puede pensar de otro modo; usted tiene
que estar por el feudalismo y la teocracia. ¿Acerté?
No me diga usted que no.
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