  - XVIII -
Largos días estuvo Nucha detenida ante esas lóbregas
puertas que llaman de la muerte, con un pie en el umbral,
como diciendo: «¿Entraré? ¿No entraré?». Empujábanla
hacia dentro las horribles torturas físicas que habían
sacudido sus nervios, la fiebre devoradora que trastornó
su cerebro al invadir su pecho la ola de la leche inútil,
el desconsuelo de no poder ofrecer a su niña aquel
licor que la ahogaba, la extenuación de su ser del
cual la vida huía gota a gota sin que atajarla fuese
posible. Pero la solicitaban hacia fuera la juventud, el
ansia de existir que estimula a todo organismo, la ciencia
del gran higienista Juncal, y particularmente una manita
pequeña, coloradilla, blanda, un puñito cerrado
que asomaba entre los encajes de una chambra y los dobleces
de un mantón.
El primer día que Julián
pudo ver a la enferma, no hacía muchos que se levantaba,
para tenderse, envuelta en mantas y abrigos, sobre vetusto
y ancho canapé. No le era lícito incorporarse
aún, y su cabeza reposaba en almohadones doblados
al medio. Su rostro enflaquecido y exangüe amarilleaba
como una faz de imagen de marfil, entre el marco del negro
cabello reluciente. Bizcaba más, por habérsele
debilitado mucho aquellos días el nervio óptico.
Sonrió con dulzura al capellán, y le señaló
una silla. Julián clavaba en ella esa mirada donde
rebosaba la compasión, mirada delatora que en vano
queremos sujetar y apagar cuando nos aproximamos a un enfermo
grave.
-La encuentro a usted con muy buen semblante, señorita
-dijo el capellán mintiendo como un bellaco.
-Pues
usted -respondió ella lánguidamente- está
algo desmejorado.
Confesó que, en efecto, no andaba
bueno desde que..., desde que se había acatarrado
un poco. Le daba vergüenza referir lo de la noche en
vela, el desmayo, la fuerte impresión moral y física
sufrida con tal motivo. Nucha empezó a hablarle de
algunas cosas indiferentes, y pasó sin transición
a preguntarle:
-¿Ha visto usted la pequeñita? -Sí,
señora... El día del bautizo. ¡Angelito! Lloró
bien cuando le pusieron la sal y cuando sintió el
agua fría...
-¡Ah! Desde entonces ha crecido una
cuarta lo menos y se ha vuelto hermosísima. Y alzando
la voz y esforzándose, añadió:- ¡Ama,
ama! Traiga la niña.
Oyéronse pasos como de
estatua colosal que anda, y entró la mocetona color
de tierra, muy oronda con su vestido nuevo de merino azul
ribeteado de negro terciopelo de tira, con el cual se asemejaba
a la gigantona tradicional de la catedral de Santiago, llamada
la Coca. A manera de pajarito posado en grueso tronco, venía
la inocente criatura recostada en el magno seno que la nutría.
Estaba dormida, y tenía la calma, el dulce e insensible
respirar que hace sagrado el sueño de los niños.
Julián no se cansaba de mirarla así.
-¡Santita
de Dios! -murmuró apoyando los labios muy quedamente
en la gorra, por no atreverse a la frente.
-Cójala
usted, Julián... Ya verá lo que pesa. Ama,
déle la niña...
No pesaba más que un
ramo de flores, pero el capellán juró y perjuró
que parecía hecha de plomo. Aguardaba el ama en pie,
y él se había sentado con la chiquilla en brazos.
-Déjemela un poquito... -suplicó-. Ahora,
mientras duerme... No despertará de seguro en mucho
tiempo.
-Ya la llamaré cuando haga falta. Ama, váyase.
La conversación giró sobre un tema muy socorrido
y muy del gusto de Nucha: las gracias de la pequeña...
Tenía muchísimas, sí señor, y
el que lo dudase sería un gran majadero. Por ejemplo:
abría los ojos con travesura incomparable; estornudaba
con redomada picardía; apretaba con su manita el dedo
de cualquiera, tan fuerte, que se requería el vigor
de un Hércules para desasirse; y aún hacía
otros donaires, mejores para callados que para archivados
por la crónica. Al referirlos, el rostro exangüe
de Nucha se animaba, sus ojos brillaban, y la risa dilató
sus labios dos o tres veces. Mas de pronto se nubló
su cara, hasta el punto de que entre las pestañas
le bailaron lágrimas, a las cuales no dio salida.
-No me han dejado criarla, Julián... Manías
del señor de Juncal, que aplica la higiene a todo,
y vuelta con la higiene, y dale con la higiene... Me parece
a mí que no iba a morirme por intentarlo dos meses,
dos meses nada más. Puede que me encontrase mejor
de lo que estoy, y no tuviese que pasar un siglo clavada
en este sofá, con el cuerpo sujeto y la imaginación
loca y suelta por esos mundos de Dios... Porque así,
no gozo descanso: siempre se me figura que el ama me ahoga
la niña, o me la deja caer. Ahora estoy contenta,
teniéndola aquí cerquita.
Sonrió a
la chiquilla dormida, y añadió:
-¿No le encuentra
usted parecido...?
-¿Con usted? -¡Con su padre!... Es todito
él en el corte de la frente...
No manifestó
el capellán su opinión. Mudó de asunto
y continuó aquel día y los siguientes cumpliendo
la obra de caridad de visitar al enfermo. En la lenta convalecencia
y total soledad de Nucha, falta le hacía que alguien
se consagrase a tan piadoso oficio. Máximo Juncal
venía un día sí y otro no; pero casi
siempre de prisa, porque iba teniendo extensa clientela:
le llamaban hasta de Vilamorta. El médico hablaba
de política exhalando un aliento de vaho de ron, tratando
de pinchar y amoscar a Julián; y, en realidad, si
Julián fuese capaz de amostazarse, habría de
qué con las noticias que traía Máximo.
Todo eran iglesias derribadas, escándalos antirreligiosos,
capillitas protestantes establecidas aquí o acullá,
libertades de enseñanza, de cultos, de esto y de lo
otro... Julián se limitaba a deplorar tamaños
excesos, y a desear que las cosas se arreglasen, lo cual
no daba tela a Máximo para armar una de sus trifulcas
favoritas, tan provechosas al esparcimiento de su bilis y
tan fecundas en peripecias cuando tropezaba con curas ternes
y carlistas, como el de Boán o el Arcipreste.
Mientras
el belicoso médico no venía, todo era paz y
sosiego en la habitación de la enferma. Únicamente
lo turbaba el llanto, prontamente acallado, de la niña.
El capellán leía el Año cristiano en
alta voz, y poblábase el ambiente de historias con
sabor novelesco y poético: «Cecilia, hermosísima
joven e ilustre dama romana, consagró su cuerpo a
Jesucristo; desposáronla sus padres con un caballero
llamado Valeriano y se efectuó la boda con muchas
fiestas, regocijos y bailes... Sólo el corazón
de Cecilia estaba triste...». Seguía el relato de la
mística noche nupcial, de la conversión de
Valeriano, del ángel que velaba a Cecilia para guardar
su pureza, con el desenlace glorioso y épico del martirio.
Otras veces era un soldado, como San Menna; un obispo, como
San Severo... La narración, detallada y dramática,
refería el interrogatorio del juez, las respuestas
briosas y libres de los mártires, los tormentos, la
flagelación con nervios de buey, el ecúleo,
las uñas de hierro, las hachas encendidas aplicadas
al costado... «Y el caballero de Cristo estaba con un corazón
esforzado y quieto, con semblante sereno, con una boca llena
de risa (como si no fuera él sino otro el que padecía),
haciendo burla de sus tormentos y pidiendo que se los acrecentasen...».
Tales lecturas eran de fantástico efecto, particularmente
al caer de las adustas tardes invernales, cuando la hoja
seca de los árboles se arremolinaba danzando, y las
nubes densas y algodonáceas pasaban lentamente ante
los cristales de la ventana profunda. Allá a lo lejos
se oía el perpetuo sollozo de la represa, y chirriaban
los carros cargados de tallos de maíz o ramaje de
pino. Nucha escuchaba con atención, apoyada la barba
en la mano. De tiempo en tiempo su seno se alzaba para suspirar.
No era la primera vez que observaba Julián, desde
el parto, gran tristeza en la señorita. El capellán
había recibido una carta de su madre que encerraba
quizás la clave de los disgustos de Nucha. Parece
que la señorita Rita había engatusado de tal
manera a la tía vieja de Orense, que ésta la
dejaba por heredera universal, desheredando a su ahijada.
Además, la señorita Carmen estaba cada día
más chocha por su estudiante, y se creía en
el pueblo que, si don Manuel Pardo negaba el consentimiento,
la chica saldría depositada. También pasaban
cosas terribles con la señorita Manolita: don Víctor
de la Formoseda la plantaba por una artesana, sobrina de
un canónigo. En fin, misia Rosario pedía a
Dios paciencia para tantas tribulaciones (las de la casa
de Pardo eran para misia Rosario como propias). Si todo esto
había llegado a oídos de Nucha por conducto
de su marido o de su padre, no tenía nada de extraño
que suspirase así. Por otra parte, ¡el decaimiento
físico era tan visible! Ya no se parecía Nucha
a más Virgen que a la demacrada imagen de la Soledad.
Juncal la pulsaba atentamente, le ordenaba alimentos muy
nutritivos, la miraba con alarmante insistencia.
Atendiendo
a la niña, Nucha se reanimaba. Cuidábala con
febril actividad. Todo se lo quería hacer ella, sin
ceder al ama más que la parte material de la cría.
El ama, decía ella, era un tonel lleno de leche que
estaba allí para aplicarle la espita cuando fuese
necesario y soltar el chorro: ni más ni menos. La
comparación del tonel es exactísima: el ama
tenía hechura, color e inteligencia de tonel. Poseía
también, como los toneles, un vientre magno. Daba
gozo verla comer, mejor dicho, engullir: en la cocina, Sabel
se entretenía en llenarle el plato o la taza a reverter,
en ponerle delante medio pan, cebándola igual que
a los pavos. Con semejante mostrenco Sabel se la echaba de
principesa, modelo de delicados gustos y selectas aficiones.
Como todo es relativo en el mundo, para la gente de escalera
abajo de la casa solariega el ama representaba un salvaje
muy gracioso y ridículo, y se reían tanto más
con sus patochadas cuanto más fácilmente podían
incurrir ellos en otras mayores. Realmente era el ama objeto
curioso, no sólo para los payos, sino por distintas
razones, para un etnógrafo investigador. Máximo
Juncal refirió a Julián pormenores interesantes.
En el valle donde se asienta la parroquia de que el ama procedía
-valle situado en los últimos confines de Galicia,
lindando con Portugal- las mujeres se distinguen por sus
condiciones físicas y modo de vivir: son una especie
de amazonas, resto de las guerreras galaicas de que hablan
los geógrafos latinos; que si hoy no pueden hacer
la guerra sino a sus maridos, destripan terrones con la misma
furia que antes combatían; andan medio en cueros,
luciendo sus fornidas y recias carnazas; aran, cavan, siegan,
cargan carros de rama y esquilmo, soportan en sus hombros
de cariátide enormes pesos y viven, ya que no sin
obra, por lo menos sin auxilio de varón, pues los
del valle suelen emigrar a Lisboa en busca de colocaciones
desde los catorce años, volviendo sólo al país
un par de meses, para casarse y propagar la raza, y huyendo
apenas cumplido su oficio de machos de colmena. A veces,
en Portugal, reciben nuevas de infidelidades conyugales,
y, pasando la frontera una noche, acuchillan a los amantes
dormidos: éste fue el crimen del Tuerto protegido
por Barbacana, cuya historia había contado también
Juncal. No obstante, las hembras de Castrodorna suelen ser
tan honestas como selváticas. El ama no desmentía
su raza por la anchura desmesurada de las caderas y redondez
de los rudos miembros. Costó un triunfo a Nucha vestirla
racionalmente, y hacerle trocar la corta saya de bayeta verde,
que no le cubría la desnuda pantorrilla, por otra
más cumplida y decorosa, consintiéndole únicamente
el justillo, prenda clásica de ama de cría,
que deja rebosar las repletas ubres, y los característicos
pendientes de enorme argolla, el torquis romano conservado
desde tiempo inmemorial en el valle. Fue una lid obligarle
a poner los zapatos a diario, porque todas sus congéneres
los reservan para las fiestas repicadas; fue una penitencia
enseñarle el nombre y uso de cada objeto, aún
de los más sencillos y corrientes; fue pensar en lo
excusado convencerla de que la niña que criaba era
un ser delicado y frágil, que no se podía traer
mal envuelto en retales de bayeta grana, dentro de una banasta
mullida de helechos, y dejarse a la sombra de un roble, a
merced del viento, del sol y de la lluvia, como los recién
nacidos del valle de Castrodorna; y Máximo Juncal,
que aunque gran apologista de los artificios higiénicos
lo era también de las milagrosas virtudes de la naturaleza,
hallaba alguna dificultad en conciliar ambos extremos, y
salía del paso apelando a su lectura más reciente,
El origen de las especies, por Darwin, y aplicando ciertas
leyes de adaptación al medio, herencia, etcétera,
que le permitían afirmar que el método del
ama, si no hacía reventar como un triquitraque a la
criatura, la fortalecería admirablemente.
Por si
acaso, Nucha no se atrevió a intentar la prueba, y
dedicóse a cuidar en persona su tesoro, llevando la
existencia atareada y minuciosa de las madres, en la cual
es un acontecimiento que estén ahumadas las sopas,
y un fracaso que se apague el brasero. Ella lavaba a su hijita,
la vestía, la fajaba, la velaba dormida y la entretenía
despierta. La vida corría monótona, ocupadísima,
sin embargo. El bueno de Julián, testigo de estas
faenas, iba enterándose poco a poco de los para él
arcanos misteriosos del aseo y tocado de una criatura, llegando
a familiarizarse con los múltiples objetos que componen
el complicado ajuar de los recienes: gorras, ombligueros,
culeros, pañales, fajas, microscópicos zapatos
de crochet, capillos y baberos. Tales prendas, blanquísimas,
adornadas con bordados y encajes, zahumadas con espliego,
templaditas al sano calor de la camilla -calor doméstico
si los hay- las tenía el capellán muchas veces
en el regazo, mientras la madre, con la niña tendida
boca abajo sobre su delantal de hule, pasaba y repasaba la
esponja por las carnes de tafetán, escocidas y medio
desolladas por la excesiva finura de su tierna epidermis,
las rociaba con refrescantes polvos de almidón y,
apretando las nalgas con los dedos para que hiciesen hoyos,
se las mostraba a Julián exclamando con júbilo:
-¡Mire usted qué monada..., qué llenita se
va poniendo!
En materia de desnudeces infantiles, Julián
no era voto, pues sólo conocía las de los angelotes
de los retablos; pero cavilaba para sus adentros que, a pesar
de haber el pecado original corrompido toda carne, aquélla
que le estaban enseñando era la cosa más pura
y santa del mundo: un lirio, una azucena de candor. La cabezuela
blanda, cubierta de lanúgine rubia y suave por cima
de las costras de la leche, tenía el olor especial
que se nota en los nidos de paloma, donde hay pichones implumes
todavía; y las manitas, cuyo pellejo rellenaba ya
suave grasa, y cuyos dedos se redondeaban como los del niño
Dios cuando bendice; la faz,esculpida en cera color rosa;
la boca, desdentada y húmeda como coral pálido
recién salido del mar; los piececillos, encendidos
por el talón a fuerza de agitarse en gracioso pataleo,
eran otras tantas menudencias provocadoras de ese sentimiento
mixto que despiertan los niños muy pequeños
hasta en el alma más empedernida: sentimiento complejo
y humorístico, en que entra la compasión, la
abnegación, un poco de respeto y un mucho de dulce
burla, sin hiel de sátira.
En Nucha, el espectáculo
producía las hondas impresiones de la luna de miel
maternal, exaltadas por un temperamento nervioso y una sensibilidad
ya enfermiza. A aquel bollo blando, que aún parecía
conservar la inconsistencia del gelatinoso protoplasma, que
aún no tenía conciencia de sí propio
ni vivía más que para la sensación,
la madre le atribuía sentido y presciencia, le insuflaba
en locos besos su alma propia, y, en su concepto, la chiquilla
lo entendía todo y sabía y ejecutaba mil cosas
oportunísimas, y hasta se mofaba discretamente, a
su manera, de los dichos y hechos del ama. «Delirios impuestos
por la naturaleza con muy sabios fines», explicaba Juncal.
¡Qué fue el primer día en que una sonrisa borró
la grave y cómica seriedad de la diminuta cara y entreabrió
con celeste expresión el estrecho filete de los labios!
No era posible dejar de recordar el tan traído como
llevado símil de la luz de la aurora disipando las
tinieblas. La madre pensó chochear de alegría.
-¡Otra vez, otra vez! -exclamaba-. ¡Encanto, cielo, cielito,
monadita mía, ríete, ríete!
Por entonces
la sonrisa no se dignó presentarse más. La
zopenca del ama negaba el hecho, cosa que enfurecía
a la madre. Al otro día cupo a Julián la honra
de encender la efímera lucecilla de la inteligencia
naciente en la criatura, paseándole no sé qué
baratijas relucientes delante de los ojos. Julián
iba perdiendo el miedo a la nena, que al principio creía
fácil de deshacer entre los dedos como merengue; y
mientras la madre enrollaba la faja o calentaba el pañal,
solía tenerla en el regazo.
-Más me fío
en usted que en el ama -decíale Nucha confidencialmente,
desahogando unos secretos celos maternales-. El ama es incapaz
de sacramentos... Figúrese usted que para hacerse
la raya al peinarse apoya el peine en la barbilla y lo va
subiendo por la boca y la nariz hasta que acierta con la
mitad de la frente; de otro modo no sabe... Me he empeñado
en que no coma con los dedos, y ¿qué conseguí?
Ahora come la carne asada con cuchara... Es un entremés,
Julián. Cualquier día me estropea la chiquilla.
El capellán perfeccionaba sus nociones del arte de
tener un chico en brazos sin que llore ni rabie. Consolidó
su amistad con la pequeñuela un suceso que casi debería
pasarse en silencio: cierto húmedo calorcillo que
un día sintió Julián penetrar al través
de los pantalones... ¡Qué acontecimiento! Nucha y
él lo celebraron con algazara y risa, como si fuese
lo más entretenido y chusco. Julián brincaba
de contento y se cogía la cintura, que le dolía
con tantas carcajadas. La madre le ofreció su delantal
de hule, que él rehusó; ya tenía un
pantalón viejo, destinado a perecer en la demanda,
y por nada del mundo renunciaría a sentir aquella
onda tibia... Su contacto derretía no sé qué
nieve de austeridad, cuajada sobre un corazón afeminado
y virgen allá desde los tiempos del seminario, desde
que se había propuesto renunciar a toda familia y
todo hogar en la tierra entrando en el sacerdocio; y al par
encendía en él misterioso fuego, ternura humana,
expansiva y dulce; el presbítero empezaba a querer
a la niña con ceguera, a figurarse que, si la viese
morir, se moriría él también, y otros
muchos dislates por el estilo, que cohonestaba con la idea
de que, al fin, la chiquita era un ángel. No se cansaba
de admirarla, de devorarla con los ojos, de considerar sus
pupilas líquidas y misteriosas, como anegadas en leche,
en cuyo fondo parecía reposar la serenidad misma.
Una penosa idea le acudía de vez en cuando. Acordábase
de que había soñado con instituir en aquella
casa el matrimonio cristiano cortado por el patrón
de la Sacra Familia. Pues bien, el santo grupo estaba disuelto:
allí faltaba San José o lo sustituía
un clérigo, que era peor. No se veía al marqués
casi nunca; desde el nacimiento de la niña, en vez
de mostrarse más casero y sociable, volvía
a las andadas, a su vida de cacerías, de excursiones
a casa de los abades e hidalgos que poseían buenos
perros y gustaban del monte, a los cazaderos lejanos. Pasábase
a veces una semana fuera de los Pazos de Ulloa. Su hablar
era más áspero, su genio, más egoísta
e impaciente, sus deseos y órdenes se expresaban en
forma más dura. Y aún notaba Julián
más alarmantes indicios. Le inquietaba ver que Sabel
recibía otra vez su antigua corte de sultana favorita,
y que la Sabia y su progenie, con todas las parleras comadres
y astrosos mendigos de la parroquia, pululaban allí,
huyendo a escape cuando él se acercaba, llevando en
el seno o bajo el mandil bultos sospechosos. Perucho ya no
se ocultaba, antes se le encontraba por todas partes enredado
en los pies, y, en suma, las cosas iban tornando al ser y
estado que tuvieron antes.
Trataba el bueno del capellán
de comulgarse a sí propio con ruedas de molino, diciéndose
que aquello no significaba nada; pero la maldita casualidad
se empeñó en abrirle los ojos cuando no quisiera.
Una mañana que madrugó más de lo acostumbrado
para decir su misa, resolvió advertir a Sabel que
le tuviese dispuesto el chocolate dentro de media hora. Inútilmente
llamó a su cuarto, situado cerca de la torre en que
Julián dormía. Bajó con esperanzas de
encontrarla en la cocina, y al pasar ante la puerta del gran
despacho próximo al archivo, donde se había
instalado don Pedro desde el nacimiento de su hija, vio salir
de allí a la moza, en descuidado traje y soñolienta.
Las reglas psicológicas aplicables a las conciencias
culpadas exigían que Sabel se turbase: quien se turbó
fue Julián. No sólo se turbó, pero subió
de nuevo a su dormitorio, notando una sensación extraña,
como si le hubiesen descargado un fuerte golpe en las piernas
quebrándoselas. Al entrar en su habitación,
pensaba esto o algo análogo:
«Vamos a ver, ¿quién
es el guapo que dice misa hoy?».
  - XIX -
No,
ese guapo no era él. ¡Buena misa sería la que
dijese, con la cabeza hecha una olla de grillos! Hasta reprimir
los amotinados pensamientos que le acuciaban, hasta adoptar
una resolución firme y valedera, Julián no
se atrevía ni a pensar en el santo sacrificio.
La
cosa era bien clara. Situación: la misma del año
penúltimo. Tenía que marcharse de aquella casa
echado por el feo vicio, por el delito infame. No le era
lícito permanecer allí ni un instante más.
Salvo el debido respeto, se había llevado la trampa
el matrimonio cristiano, en cierto modo obra suya, y ya no
quedaba rastro de hogar, sino una sentina de corrupción
y pecado. A otra parte, pues, con la música.
Sólo
que... Vaya, hay cosas más fáciles de pensar
que de hacer en este mundo. Todo era una montaña:
encontrar pretexto, despedirse, preparar el equipaje... La
primera vez que pensó en irse de allí ya le
costaba algún esfuerzo; hoy, la idea sola de marchar
le producía el mismo efecto que si le echasen sobre
el alma un paño mojado en agua fría. ¿Por qué
le disgustaba tanto la perspectiva de salir de los Pazos?
Bien mirado, él era un extraño en aquella casa.
Es decir, eso de extraño... Extraño no, pues
vivía unido espiritualmente a la familia por el respeto,
por la adhesión, por la costumbre. Sobre todo, la
niña, la niña. El acordarse de la niña
le dejó como embobado. No podía explicarse
a sí mismo el gran sacudimiento interior que le causaba
pensar que no volvería a cogerla en brazos. ¡Mire
usted que estaba encariñado con la tal muñeca!
Se le llenaron de lágrimas los ojos.
«Bien decían
en el Seminario -murmuró con despecho- que soy muy
apocado y muy... así..., como las mujeres, que por
todo se afectan. ¡Vaya un sacerdote ordenado de misa! Si
tengo tal afición a chiquillos, no debí abrazar
la carrera que abracé. No, no; esto que voy diciendo
es un desatino mayor todavía... Si me gustan los chiquillos
y tengo vocación de ayo o niñero, ¿quién
me priva de cuidar a los que andan descalzos por las carreteras,
pidiendo limosna? Son hijos de Dios lo mismo que esta pobre
pequeña de aquí... Hice mal, muy mal en tomarle
tanta afición... Pero es que sólo un perro,
¡qué!, ni un perro...: sólo una fiera puede
besar a un angelito y no quererlo bien».
Resumiendo después
sus cavilaciones, añadió para sí:
«Soy
un majadero, un Juan Lanas. No sé a qué he
venido aquí la vez segunda. No debí volver.
Estaba visto que el señorito tenía que parar
en esto. Mi poca energía tiene la culpa. Con riesgo
de la vida debí barrer esa canalla, si no por buenas,
a latigazos. Pero yo no tengo agallas, como dice muy bien
el señorito, y ellos pueden y saben más que
yo, a pesar de ser unos brutos. Me han engañado, me
han embaucado, no he puesto en la calle a esa moza desvergonzada,
se han reído de mí y ha triunfado el infierno».
Mientras sostenía este monólogo, iba sacando
de un cajón de la cómoda prendas de ropa blanca,
a fin de hacer su equipaje, pues como todas las personas
irresolutas, solía precipitarse en los primeros momentos
y adoptar medidas que le ayudaban a engañarse a sí
propio. Al paso que rellenaba la maleta, razonaba para consigo:
«¿Señor, Señor, por qué ha de haber
tanta maldad y tanta estupidez en la tierra? ¿Por qué
el hombre ha de dejar que lo pesque el diablo con tan tosco
anzuelo y cebo tan ruin? (diciendo esto alineaba en el baúl
calcetines). Poseyendo la perla de las mujeres, el verdadero
trasunto de la mujer fuerte, una esposa castísima
(este superlativo se le ocurrió al doblar cuidadosamente
la sotana nueva), ¡ir a caer precisamente con una vil mozuela,
una sirviente, una fregona, una desvergonzada que se va a
picos pardos con el primer labriego que encuentra!».
Llegaba
aquí del soliloquio cuando trataba sin éxito
de acomodar el sombrero de canal de modo que la cubierta
de la maleta no lo abollase.
El ruido que hizo la tapa al
descender, el gemido armonioso del cuero, parecióle
una voz irónica que le respondía:
«Por eso,
por eso mismo».
«¡Será posible! -murmuró el
bueno del capellán-. ¡Será posible que la abyección,
que la indignidad, que la inmundicia misma del pecado atraiga,
estimule, sea un aperitivo, como las guindillas rabiosas,
para el paladar estragado de los esclavos del vicio! Y que
en esto caigan, no personas de poco más o menos, sino
señores de nacimiento, de rango, señores que...».
Detúvose y, reflexivo, contó un montículo
de pañuelos de narices que sobre la cómoda
reposaba.
«Cuatro, seis, siete... Pues yo tenía una
docena, todos marcados... Pierden aquí la ropa bastante...».
Volvió a contar. «Seis, siete... Y uno en el bolsillo,
ocho... Puede que haya otro en la lavandera...».
Dejólos
caer de golpe. Acababa de recordar que uno de aquellos pañuelos
se lo había atado él a la niñita debajo
de la barba, para impedir que la baba le rozase el cuello.
Suspiró hondamente, y abriendo otra vez el maletín,
notó que la seda del sombrero de canal se estropeaba
con la tapa. «No cabe», pensó, y parecióle
enorme dificultad para su viaje no poder acomodar la canaleja.
Miró el reloj: señalaba las diez. A las diez
o poco más comía la chiquita su sopa y era
la risa del mundo verla con el hocico embadurnado de puches,
empeñada en coger la cuchara y sin acertar a lograrlo.
¡Estaría tan mona! Resolvió bajar; al día
siguiente le sería fácil colocar mejor su sombrero
y resolver la marcha. Por veinticuatro horas más o
menos...
Este medicamento emoliente de la espera equivale,
para la mayor parte de los caracteres, a infalible específico.
No hay que vituperar su empleo, en atención a lo que
consuela: en rigor, la vida es serie de aplazamientos, y
sólo hay un desenlace definitivo, el último.
Así que Julián concibió la luminosa
idea de aguardar un poco, sintióse tranquilo; aun
más: contento. No era su carácter muy jovial,
propendiendo a una especie de morosidad soñadora y
mórbida, como la de las doncellas anémicas;
pero en aquel punto respiraba con tal desahogo por haber
encontrado una solución, que sus manos temblaban,
deshaciendo con alegre presteza el embutido de calcetines
y ropa blanca y dando amable libertad al canal y manteo.
Después se lanzó por las escaleras, dirigiéndose
a la habitación de Nucha.
Nada aconteció aquel
día que lo diferenciase de los demás, pues
allí la única variante solía ser el
mayor o menor número de veces que mamaba la chiquitina,
o la cantidad de pañales puestos a secar. Sin embargo,
en tan pacífico interior veía el capellán
desarrollarse un drama mudo y terrible. Ya se explicaba perfectamente
las melancolías, los suspiros ahogados de Nucha. Y
mirándole a la cara y viéndola tan consumida,
con la piel terrosa, los ojos mayores y más vagos,
la hermosa boca contraída siempre, menos cuando sonreía
a su hija, calculaba que la señorita, por fuerza,
debía saberlo todo, y una lástima profunda
le inundaba el alma. Reprendióse a sí mismo
por haber pensado siquiera en marcharse. Si la señorita
necesitaba un amigo, un defensor, ¿en quién lo encontraría
más que en él? Y lo necesitaría de fijo.
La misma noche, antes de acostarse, presenció el
capellán una escena extraña, que le sepultó
en mayores confusiones. Como se le hubiese acabado el aceite
a su velón de tres mecheros y no pudiese rezar ni
leer, bajó a la cocina en demanda de combustible.
Halló muy concurrido el sarao de Sabel. En los bancos
que rodeaban el fuego no cabía más gente: mozas
que hilaban, otras que mondaban patatas, oyendo las chuscadas
y chocarrerías del tío Pepe de Naya, vejete
que era un puro costal de malicias, y que, viniendo a moler
un saco de trigo al molino de Ulloa, donde pensaba pasar
la noche, no encontraba malo refocilarse en los Pazos con
el cuenco de caldo de unto y tajadas de cerdo que la hospitalaria
Sabel le ofrecía. Mientras él pagaba el escote
contando chascarrillos, en la gran mesa de la cocina, que
desde el casamiento de don Pedro no usaban los amos, se veían,
no lejos de la turbia luz de aceite, relieves de un festín
más suculento: restos de carne en platos engrasados,
una botella de vino descorchada, una media tetilla, todo
amontonado en un rincón, como barrido despreciativamente
por el hartazgo; y en el espacio libre de la mesa, tendidos
en hilera, había hasta doce naipes, que si no recortados
en forma ovada por exceso de uso, como aquellos de que se
sirvieron Rinconete y Cortadillo, no les cedían en
lo pringosos y sucios. En pie, delante de ellos, la señora
María la Sabia, extendiendo el dedo negro y nudoso
cual seca rama de árbol, los consultaba con ademán
reflexivo. Encorvada la horrenda sibila, alumbrada por el
vivo fuego del hogar y la luz de la lámpara, ponía
miedo su estoposa pelambrera, su catadura de bruja en aquelarre,
más monstruosa por el bocio enorme, ya que le desfiguraba
el cuello y remedaba un segundo rostro, rostro de visión
infernal, sin ojos ni labios, liso y reluciente a modo de
manzana cocida. Julián se detuvo en lo alto de la
escalera, contemplando las prácticas supersticiosas,
que se interrumpirían de seguro si sus zapatillas
hiciesen ruido y delatasen su presencia.
Si él conociese
a fondo la tenebrosísima y aún no desacreditada
ciencia de la cartomancia, ¡cuánto más interesante
le parecería el espectáculo! Entonces podría
ver reunidos allí, como en el reparto de un drama,
los personajes todos que jugaban en su vida y ocupaban su
imaginación. Aquel rey de bastos, con hopalanda azul
ribeteada de colorado, los pies simétricamente dispuestos,
la gran maza verde al hombro, se le figuraría bastante
temible si supiese que representaba un hombre moreno casado
-don Pedro-. La sota del mismo palo se le antojaría
menos fea si comprendiese que era símbolo de una señorita
morena también -Nucha-. A la de copas le daría
un puntapié por insolente y borracha, atendido que
personificaba a Sabel, una moza rubia y soltera. Lo más
grave sería verse a sí mismo -un joven rubio-
significado por el caballo de copas, azul por más
señas, aunque ya todos estos colorines los había
borrado la mugre.
¡Pues qué sucedería si después,
cuando la vieja barajó los naipes y, repartiéndolos
en cuatro montones, empezó a interpretar su sentido
fatídico, pudiese él oír distintamente
todas las palabras que salían del antro espantable
de su boca! Había allí concordancias de la
sota de bastos con el ocho de copas, que anunciaban nada
menos que amores secretos de mucha duración; apariciones
del ocho de bastos, que vaticinaban riñas entre cónyuges;
reuniones de la sota de espadas con la de copas patas arriba,
que encerraban tétricos augurios de viudez por muerte
de la esposa. A bien que el cinco del mismo palo profetizaba
después unión feliz. Todo esto, dicho por la
sibila en voz baja y cavernosa, lo escuchaba solamente la
bella fregatriz Sabel, que con los brazos cruzados tras la
espalda, el color arrebatado, se inclinaba sobre el oráculo,
que más parecía provocarla a curiosidad que
a regocijo. La jarana con que en el hogar se celebraban los
chistes del señor Pepe impedía que nadie atendiese
al silabeo de la vieja. Merced a la situación de la
escalera, dominaba Julián la mesa, trípode
y ara del temeroso rito, y sin ser visto podía ver
y entreoír algo. Escuchaba, tratando de entender mejor
lo que sólo confusamente percibía, y como al
hacerlo cargase sobre el barandal de la escalera, éste
crujió levemente, y la bruja alzó su horrible
carátula. En un santiamén recogió los
naipes, y el capellán bajó, algo confuso de
su espionaje involuntario, pero tan preocupado con lo que
creía haber sorprendido, que ni se le ocurrió
censurar el ejercicio de la hechicería. La bruja,
empleando el tono humilde y servil de siempre, se apresuró
a explicarle que aquello era mero pasatiempo, «por se reír
un poco».
Volvió Julián a su cuarto agitadísimo.
Ni él mismo sabía lo que le correteaba por
el magín. Bien presumía antes a cuántos
riesgos se exponían Nucha y su hija viviendo en los
Pazos: ahora..., ahora los divisaba inminentes, clarísimos.
¡Tremenda situación! El capellán le daba vueltas
en su cerebro excitado: a la niña la robarían
para matarla de hambre; a Nucha la envenenarían tal
vez... Intentaba serenarse. ¡Bah! No abundan tanto los crímenes
por esos mundos, a Dios gracias. Hay jueces, hay magistrados,
hay verdugos. Aquel hato de bribones se contentaría
con explotar al señorito y a la casa, con hacer rancho
de ella, con mandar anulando en su dignidad y poderío
doméstico a la señorita. Pero..., ¿si no se
contentaba?
Dio cuerda a su velón, y apoyando los
codos sobre la mesa intentó leer en las obras de Balmes,
que le había prestado el cura de Naya, y en cuya lectura
encontraba grato solaz su espíritu, prefiriendo el
trato con tan simpática y persuasiva inteligencia
a las honduras escolásticas de Prisco y San Severino.
Mas a la sazón no podía entender una sola línea
del filósofo, y sólo oía los tristes
ruidos exteriores, el quejido constante de la presa, el gemir
del viento en los árboles. Su acalorada fantasía
le fingió entre aquellos rumores quejumbrosos otro
más lamentable aún, porque era personal: un
grito humano. ¡Qué disparatada idea! No hizo caso
y siguió leyendo. Pero creyó escuchar de nuevo
el ay tristísimo. ¿Serían los perros? Asomóse
a la ventana: la luna bogaba en un cielo nebuloso, y allá
a lo lejos se oía el aullar de un perro, ese aullar
lúgubre que los aldeanos llaman ventar la muerte y
juzgan anuncio seguro del próximo fallecimiento de
una persona. Julián cerró la ventana estremeciéndose.
No despuntaba por valentón, y sus temores instintivos
se aumentaban en la casa solariega, que le producía
nuevamente la dolorosa impresión de los primeros días.
Su temperamento linfático no poseía el secreto
de ciertas saludables reacciones, con las cuales se desecha
todo vano miedo, todo fantasma de la imaginación.
Era capaz, y demostrado lo tenía, de arrostrar cualquier
riesgo grave, si creía que se lo ordenaba su deber;
pero no de hacerlo con ánimo sereno, con el hermoso
desdén del peligro, con el buen humor heroico que
sólo cabe en personas de rica y roja sangre y firmes
músculos. El valor propio de Julián era valor
temblón, por decirlo así; el breve arranque
nervioso de las mujeres.
Volvía a su conferencia
con Balmes cuando... ¡Jesús nos valga! ¡Ahora sí,
ahora sí que no cabía duda! Un chillido sobreagudo
de terror había subido por el oscuro caracol y entrado
por la puerta entornada. ¡Qué chillido! El velón
le bailaba en las manos a Julián... Bajaba, sin embargo,
muy aprisa, sin sentir sus propios movimientos, como en las
espantosas caídas que damos soñando. Y volaba
por los salones recorriendo la larga crujía para llegar
hacia la parte del archivo, donde había sonado el
grito horrible... El velón, oscilando más y
más en su diestra trémula, proyectaba en las
paredes caleadas extravagantes manchones de sombra... Iba
a dar la vuelta al pasillo que dividía el archivo
del cuarto de don Pedro, cuando vio... ¡Dios santo! Sí,
era la escena misma, tal cual se la había figurado
él... Nucha de pie, pero arrimada a la pared, con
el rostro desencajado de espanto, los ojos no ya vagos sino
llenos de extravío mortal; enfrente su marido, blandiendo
un arma enorme... Julián se arrojó entre los
dos... Nucha volvió a chillar...
-¡Ay!, ¡ay! ¡Qué
hace usted! ¡Que se escapa... que se escapa!
Comprendió
entonces el alucinado capellán lo que ocurría,
con no poca vergüenza y confusión suya... Por
la pared trepaba aceleradamente, deseando huir de la luz,
una araña de desmesurado grandor, un monstruoso vientre
columpiado en ocho velludos zancos. Su carrera era tan rápida,
que inútilmente trataba el señorito de alcanzarla
con la bota; de repente Nucha se adelantó, y con voz
entre grave y medrosa repitió ingenuamente lo que
había dicho mil veces en su niñez:
-¡San Jorge...
para la araña!
El feo insecto se detuvo a la entrada
de la zona de sombra: la bota cayó sobre él.
Julián, por reacción natural del miedo disipado,
que se trueca en inexplicable gozo, iba a reírse del
suceso; pero notó que Nucha, cerrando los ojos y apoyándose
en la pared, se cubría la cara con el pañuelo.
-No es nada, no es nada... -murmuraba. -Un poco de llanto
nervioso... Ya pasará... Estoy aún algo débil...
-¡Valiente cosa para tanto alboroto! -exclamó el
marido encogiéndose de hombros-. ¡Os crían
con más mimo! En mi vida he visto tal. Don Julián,
¿usted creyó que la casa se venía abajo? ¡Ea,
a recogerse! Buenas noches.
Tardó bastante el capellán
en dormirse. Recapacitaba en sus terrores y concedía
su ridiculez; prometíase vencer aquella pusilanimidad
suya; pero duraba aún el desasosiego: la impulsión
estaba comunicada y almacenada en sinuosidades cerebrales
muy hondas. Apenas le otorgó sus favores el sueño,
vino con él una legión de pesadillas a cual
más negra y opresora. Empezó a soñar
con los Pazos, con el gran caserón; mas, por extraña
anomalía propia del estado, cuyo fundamento son siempre
nociones de lo real, pero barajadas, desquiciadas y revueltas
merced al anárquico influjo de la imaginación,
no veía la huronera tal cual la había visto
siempre, con su vasta mole cuadrilonga, sus espaciosos salones,
su ancho portalón inofensivo, su aspecto amazacotado,
conventual, de construcción del siglo XVIII; sino
que, sin dejar de ser la misma, había mudado de forma;
el huerto con bojes y estanque era ahora ancho y profundo
foso; las macizas murallas se poblaban de saeteras, se coronaban
de almenas; el portalón se volvía puente levadizo,
con cadenas rechinantes; en suma: era un castillote feudal
hecho y derecho, sin que le faltase ni el romántico
aditamento del pendón de los Moscosos flotando en
la torre del homenaje; indudablemente, Julián había
visto alguna pintura o leído alguna medrosa descripción
de esos espantajos del pasado que nuestro siglo restaura
con tanto cariño. Lo único que en el castillo
recordaba los Pazos actuales era el majestuoso escudo de
armas; pero aun en este mismo existía diferencia notable,
pues Julián distinguía claramente que se habían
animado los emblemas de piedra, y el pino era un árbol
verde en cuya copa gemía el viento, y los dos lobos
rapantes movían las cabezas exhalando aullidos lúgubres.
Miraba Julián fascinado hacia lo alto de la torre,
cuando vio en ella alarmante figurón: un caballero
con visera calada, todo cubierto de hierro; y aunque ni un
dedo de la mano se le descubría, con el don adivinatorio
que se adquiere soñando, Julián percibía
al través de la celada la cara de don Pedro. Furioso,
amenazador, enarbolaba don Pedro un arma extraña,
una bota de acero, que se disponía a dejar caer sobre
la cabeza del capellán. Éste no hacía
movimiento alguno para desviarse, y la bota tampoco acababa
de caer; era una angustia intolerable, una agonía
sin término; de repente sintió que se le posaba
en el hombro una lechuza feísima, con greñas
blancas. Quiso gritar: en sueños el grito se queda
siempre helado en la garganta. La lechuza reía silenciosamente.
Para huir de ella, saltaba el foso; mas éste ya no
era foso, sino la represa del molino; el castillo feudal
también mudaba de hechura sin saberse cómo;
ahora se parecía a la clásica torre que tienen
en las manos las imágenes de Santa Bárbara;
una construcción de cartón pintado, hecha de
sillares muy cuadraditos, y a cuya ventana asomaba un rostro
de mujer pálido, descompuesto... Aquella mujer sacó
un pie, luego otro... fue descolgándose por la ventana
abajo... ¡Qué asombro! ¡Era la sota de bastos, la
mismísima sota de bastos, muy sucia, muy pringosa!
Al pie del muro la esperaba el caballo de espadas, una rara
alimaña azul, con la cola rayada de negro. Mas a poco
Julián reconoció su error: ¡qué caballo
de espadas! No era sino San Jorge en persona, el valeroso
caballero andante de las celestiales milicias, con su dragón
debajo, un dragón que parecía araña,
en cuya tenazuda boca hundía la lanza con denuedo...
Brillante y aguda, la lanza descendía, se hincaba,
se hincaba... Lo sorprendente es que el lanzazo lo sentía
Julián en su propio costado... Lloraba muy bajito,
queriendo hablar y pedir misericordia; nadie acudía
en su auxilio, y la lanza le tenía ya atravesado de
parte a parte... Despertó repentinamente, resintiéndose
de una punzada dolorosa en la mano derecha, sobre la cual
había gravitado el peso del cuerpo todo, al acostarse
del lado izquierdo, posición favorable a las pesadillas.
  - XX -
Los sueños de las noches de terror
suelen parecer risibles apenas despunta la claridad del nuevo
día; pero Julián, al saltar de la cama, no
consiguió vencer la impresión del suyo. Proseguía
el hervor de la imaginación sobrexcitada: miró
por la ventana, y el paisaje le pareció tétrico
y siniestro; verdad es que entoldaban la bóveda celeste
nubarrones de plomo con reflejos lívidos, y que el
viento, sordo unas veces y sibilante otras, doblaba los árboles
con ráfagas repentinas. El capellán bajó
la escalera de caracol con ánimo de decir su misa,
que a causa del mal estado de la capilla señorial
acostumbraba celebrar en la parroquia. Al regresar y acercarse
a la entrada de los Pazos, un remolino de hojas secas le
envolvió los pies, una atmósfera fría
le sobrecogió, y la gran huronera de piedra se le
presentó imponente, ceñuda y terrible, con
aspecto de prisión, como el castillo que había
visto soñando. El edificio, bajo su toldo de negras
nubes, con el ruido temeroso del cierzo que lo fustigaba,
era amenazador y siniestro. Julián penetró
en él con el alma en un puño. Cruzó
rápidamente el helado zaguán, la cavernosa
cocina, y, atravesando los salones solitarios, se apresuró
a refugiarse en la habitación de Nucha, donde acostumbraban
servirle el chocolate por orden de la señorita.
Encontró
a ésta algo más desemblantada que de costumbre.
Al abatimiento que de ordinario se revelaba en su rostro
afilado, se agregaba una contracción y un azoramiento,
indicios de gran tirantez nerviosa. Tenía a la niña
en brazos, y al ver llegar a Julián le hizo rápidamente
seña de que ni chistase ni se menease, que el angelito
andaba en tratos de aletargarse al calor del seno maternal.
Inclinada sobre la criatura, Nucha le echaba el aliento para
mejor adormecerla, y arreglaba con febriles movimientos el
pañolón calcetado que envolvía, como
el capullo a la oruga, aquella vida naciente. Pestañeó
la niña dos o tres veces, y luego cerró los
ojitos, mientras su madre no cesaba de arrullarla con una
nana aprendida del ama, una especie de gemido cuya base era
el triste, ¡lai... lai!, la queja lenta y larga de todas
las canciones populares en Galicia. El canto fue descendiendo,
hasta concluir en la pronunciación melancólica
y cariñosa de una sola letra, la e prolongada; y levantándose
en puntas de pie, Nucha depositó a su hija en la cuna
muy delicada y cuidadosamente, pues la chiquilla era tan
lista -en opinión de su madre- que distinguía
al punto la cuna del brazo, y era capaz de despertar del
sopor más profundo si se enteraba de la sustitución.
Por lo mismo Julián y Nucha se hablaron muy de quedo,
mientras la señorita manejaba la aguja de crochet
calcetando unos zapatitos que parecían bolsas. Julián
empezó por preguntar si se le había quitado
el susto de la noche anterior.
-Sí, pero todavía
estoy no sé cómo.
-Yo tampoco les tengo afición
a esos bichos asquerosos... No los había visto tan
gordos hasta que vine a la aldea. En el pueblo apenas los
hay.
-Pues yo -contestó Nucha- era antes muy valiente;
pero desde... que nació la pequeña, no sé
qué me pasa; parece que me he vuelto medio tonta,
que tengo miedo a todo...
Interrumpió la labor, y
alzó la cara; sus grandes ojos estaban dilatados;
sus labios, ligeramente trémulos.
-Es una enfermedad,
es una manía; ya lo conozco, pero no lo puedo remediar,
por más que hago. Tengo la cabeza debilitada; no pienso
sino en cosas de susto, en espantos... ¿Ve usted qué
chillidos di ayer por la dichosa araña? Pues de noche,
cuando me quedo sola con la niña... -porque el ama
durmiendo es lo mismo que si estuviese muerta; aunque le
disparen al oído un cañón de a ocho
no se mueve- haría a cada paso escenas por el estilo
si no me dominase. No se lo digo a Juncal por vergüenza;
pero veo cosas muy raras. La ropa que cuelgo me representa
siempre hombres ahorcados, o difuntos que salen del ataúd
con la mortaja puesta; no importa que mientras está
el quinqué encendido, antes de acostarme, la arregle
así o asá; al fin toma esas hechuras extravagantes
aun no bien apago la luz y enciendo la lamparilla. Hay veces
que distingo personas sin cabeza; otras, al contrario, les
veo la cara con todas sus facciones, la boca muy abierta
y haciendo muecas... Esos mamarrachos que hay pintados en
el biombo se mueven; y cuando crujen las ventanas con el
viento, como esta noche, me pongo a cavilar si son almas
del otro mundo que se quejan...
-¡Señorita! -exclamó
dolorosamente Julián-. ¡Eso es contra la fe! No debemos
creer en aparecidos ni en brujerías.
-¡Si yo no creo!
-repuso la señorita riendo nerviosamente-. ¿Usted
se figura que soy como el ama, que dice que ha visto en realidad
la Compaña, con su procesión de luces allá
a las altas horas? En mi vida he dado crédito a paparruchas
semejantes; por eso digo que debo de estar enferma, cuando
me persiguen visiones y vestiglos... Lo que siempre me porfía
el señor de Juncal: fortalecerse, criar sangre...
Lástima que la sangre no se compre en la tienda...
¿no le parece a usted?
-O que... los sanos no se la podamos
regalar a... los que... la necesitan...
Dijo esto el presbítero
titubeando, poniéndose encendido hasta la nuca, porque
su impulso primero había sido exclamar: «Señorita
Marcelina, aquí está mi sangre a la disposición
de usted».
El silencio producido por arranque tan vivo duró
algunos segundos, durante los cuales ambos interlocutores
miraron fijamente, distraídos y ensimismados, el paisaje
que se alcanzaba desde la ancha y honda ventana fronteriza.
Al pronto no lo vieron; luego su efecto sombrío les
fue entrando, mal de su grado, por los ojos hasta el alma.
Eran las montañas negras, duras, macizas en apariencia,
bajo la oscurísima techumbre del cielo tormentoso;
era el valle alumbrado por las claridades pálidas
de un angustiado sol; era el grupo de castaños, inmóvil
unas veces, otras violentamente sacudido por la racha del
ventarrón furioso y desencadenado... A un mismo tiempo
exclamaron los dos, capellán y señorita:
-¡Qué
día tan triste!
Julián reflexionaba en la
rara coincidencia de los terrores de Nucha y los suyos propios;
y, pensando alto, prorrumpía:
-Señorita, también
esta casa..., vamos, no es por decir mal de ella, pero...
es un poco miedosa. ¿No le parece?
Los ojos de Nucha se
animaron, como si el capellán le hubiese adivinado
un sentimiento que no se atrevía a manifestar.
-Desde
que ha venido el invierno -murmuró hablando consigo
misma- no sé qué tiene ni qué trazas
saca... que no me parece la misma... Hasta las murallas se
han vuelto más gordas y la piedra más oscura...
Será una tontería, ¡ya sé que lo será!,
pero no me atrevo a salir de mi habitación, yo que
antes revolvía todos los rincones y andaba por todas
partes... Y no tengo remedio sino dar una vuelta por ella...
Necesito ver si hay abajo, en el sótano, arcones para
la ropa blanca... Hágame el favor de venir, Julián,
ahora que la niña duerme... Quiero quitarme de la
cabeza estas aprensiones y estas tontunas.
Intentó
el capellán disuadirla: temía que se cansase,
que se enfriase al atravesar los salones, al bajar al claustro.
La señorita no dio más respuesta que dejar
la labor, envolverse en su mantón y echar a andar.
Cruzaron a buen paso la fila de habitaciones extensas, desamuebladas,
casi vacías, donde las pisadas retumbaban sordamente.
De tiempo en tiempo, Nucha volvía la cabeza atrás
a ver si la seguía su acompañante, y el ademán
de volverla revelaba alteración y zozobra. En la diestra
columpiaba un manojo de llaves. Salieron al claustro superior,
y por una escalerilla muy pendiente descendieron al inferior,
cuyas arcadas eran de piedra.
Llegados al patín que
cerraba el grave claustro, Nucha señaló a un
pilar que tenía incrustada una argolla de hierro,
de la cual colgaba aún un eslabón comido de
orín.
-¿Sabe usted qué era esto? -murmuró
con apagada voz.
-No sé -respondió Julián.
-Dice Pedro -explicó la señorita- que estuvo
ahí la cadena con que tenían sujeto sus abuelos
a un negro esclavo... ¿No parece mentira que se hiciesen
semejantes crueldades? ¡Qué tiempos tan malos, Julián!
-Señorita..., a don Máximo Juncal, que no
piensa más que en política, todo se le vuelve
hablar de eso; pero mire usted, en cada tiempo hay su legua
de mal camino... Bastantes barbaridades hacen hoy en día,
y la religión anda perdida desde estas grescas.
-Pero
como aquí -observó Nucha, formulando sencillamente
una observación histórico-filosófica
de bastante alcance- no ve uno sino las atrocidades de los
señores de otro tiempo..., parece que son las únicas
que le dan en qué pensar... ¿Por qué serán
tan malos cristianos los hombres? -añadió entreabriendo
los labios con cándido asombro.
El cielo se oscureció
más en el momento de expresarse así Nucha;
un relámpago alumbró súbitamente las
profundidades de las arcadas del claustro y el rostro de
la señorita, que adquirió a la luz verdosa
el aspecto trágico de una faz de imagen.
-¡Santa
Bárbara bendita! -articuló piadosamente el
capellán, estremeciéndose-. Volvámonos
arriba, señorita... Está tronando. Como este
año no tuvimos cordonazo de San Francisco..., ya se
ve, el equinoccio no quiere pasar sin esto... ¿Subimos?
-No -resolvió Nucha, empeñada en combatir sus
propios terrores-. Ésta es la puerta del sótano...
¿Cuál será la llave?
La buscó algún
tiempo en el manojo. Al introducirla en la cerradura y empujar
la puerta, otro relámpago bañó de claridad
fantasmagórica el sitio en que iba a penetrar; rodó
el carro del trueno, pausado al principio, después
ronco y formidable, como una voz hinchada por la cólera,
y Nucha retrocedió con espanto.
-¿Qué sucede,
señorita querida? ¿Qué sucede? -gritó
el capellán.
-¡Nada... nada! -tartamudeó la
señora de Ulloa-. Se me figuró al abrir que
estaba ahí dentro un perro muy grande, sentado, y
que se levantaba y se me echaba para morderme... ¿Si no los
tendré cabales? Pues mire usted que juraría
haberlo visto.
-¡El dulce Nombre! No, señorita es
que hace frío aquí, es que truena, es que es
una locura andar ahora revolviendo en los sótanos...
Retírese usted; yo buscaré lo que haga falta.
-No -replicó Nucha con energía-. Ya me carga
de veras ser tan boba... Quiero entrar antes, para que vea
usted si comprendo perfectamente que todas son necedades...
¿Trae usted la cerilla? -gritó ya desde dentro.
El
capellán la encendió, y a su luz menos que
dudosa vieron el sótano, mejor dicho, entrevieron
las paredes destilando humedad; el confuso montón
de objetos retirados allí por inservibles y pudriéndose
en los rincones; el conjunto de cosas informes y, por lo
mismo, temerosas y vagas. En la penumbra de aquel lugar casi
subterráneo, en el hacinamiento de vejestorios retirados
por inservibles y entregados a las ratas, la pata de una
mesa parecía un brazo momificado, la esfera de un
reloj era la faz blanquecina de un muerto, y unas botas de
montar carcomidas, asomando por entre papeles y trapos, despertaban
en la fantasía la idea de un hombre asesinado y oculto
allí. No obstante, Nucha, con paso resuelto, fue derecha
al caos húmedo y medroso, y, con la voz ahogada y
conmovida de los que acaban de obtener un gran triunfo sobre
sí mismos, gritó:
-Aquí está
el arcón... Que me lo suban después...
Salió
muy animada, satisfecha de su resolución, vencedora
en la lucha cuerpo a cuerpo con el caserón que la
asustaba. Al subir otra vez por la escalerilla, volvió
a sobrecogerla el fragor de un trueno más hondo, poderoso
y cercano que los anteriores. ¡Era preciso encender la vela
del Santísimo y rezar el Trisagio!
Así lo
hicieron al punto. La vela fue colocada sobre la cómoda
de Nucha: un cirio bastante largo aún, de cera color
de naranja, con muchas lágrimas y un pábilo
que chisporroteaba y no acababa de arder. Antes de arrodillarse,
cerraron las maderas de la ventana, para evitar que la ojeada
fulgurante del relámpago les deslumbrase a cada minuto.
Rugía con creciente ira el viento, y la tronada se
había situado sobre los Pazos, oyéndose su
estruendo lo mismo que si corriese por el tejado un escuadrón
de caballos a galope o si un gigante se entretuviese en arrastrar
un peñasco y llevarlo a tumbos por encima de las tejas.
¡Con cuánto fervor empezó el capellán
a guiar el Trisagio misterioso! Anonadándose ante
la cólera divina, cuya violencia sacudía y
hacía retemblar a los Pazos como si fuesen una choza,
pronunciaba:
|
De la subitánea muerte
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del rayo y de la centella |
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libra este Trisagio, y sella |
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a quien lo reza: y advierte... |
|
|
Nucha, de repente, se incorporaba lanzando un chillido,
y corría al sofá, donde se reclinaba lanzando
interrumpidas carcajadas histéricas, que sonaban a
llanto. Sus manos crispadas arrancaban los corchetes de su
traje, o comprimían sus sienes, o se clavaban en los
almohadones del sofá, arañándolos con
furor... Aunque tan inexperto, Julián comprendió
lo que ocurría: el espasmo inevitable, la explosión
del terror reprimido, el pago del alarde de valentía
de la pobre Nucha...
-¡Filomena, Filomena! Aquí,
mujer, aquí... Agua, vinagre..., el frasquito aquél...
¿Dónde está el frasco que vino de la botica
de Cebre? Aflójele el vestido... Ya me vuelvo de espaldas,
mujer, no necesitaba avisármelo... Unos pañitos
fríos en las sienes... ¡Si truena, que truene! Deje
tronar... Acuda a la señorita... Déle aire
con este papel aunque sea... ¿Ya está cubierta y floja?
Se lo daré yo, poquito a poco... Que respire bien
el vinagre...
  - XXI -
Notóse días
después alguna mejoría en el estado general
de la señora de Ulloa, con lo cual el capellán
revivió y se le animó también el marchito
semblante. El marqués andaba en extremo distraído,
organizando una cazata a los lejanos montes de Castrodorna,
más allá del río; el tiempo se aseguraba;
las noches eran de helada, claras y glaciales; acercábase
el plenilunio, y todo prometía feliz éxito.
La víspera de la salida al cazadero vinieron a dormir
a los Pazos el notario de Cebre, el señorito de Limioso,
el cura de Boán, el de Naya, y un cazador furtivo,
escopeta negra infalible, conocida en el país por
el alias de Bico de rato (hocico de ratón), mote apropiadísimo
a la color tiznada de su cara, donde giraban dos ojuelos
vivarachos. Llenóse la casa de ruido, de tilinteo
de cascabeles, de cadencia de uñas de perros sobre
los pisos de madera, de voces sonoras y de órdenes
para tener en punto al amanecer todos los arreos de caza.
La cena fue regocijada y ruidosa: se bromeó, se contaron
de antemano las perdices que habían de sucumbir, se
saborearon por adelantado las provisiones que se llevaban
al monte, y se remojó previamente el gaznate con jarros
de un tinto añejo que daba gloria. A la hora de los
postres y del café, habiéndose retirado Nucha,
que por el ansia de su niña se recogía temprano,
subieron de la cocina Primitivo y el ratón, y los
futuros compañeros de glorias y fatigas comenzaron
a fraternizar fumando y trincando a competencia. Era el momento
más sabroso, el verdadero instante de felicidad espiritual
para un cazador de raza: era el minuto de las anécdotas
cinegéticas y, sobre todo, de los embustes.
Para
éstos se establecía turno pacífico,
pues nadie renunciaba a soltar su correspondiente bola, y
crecían en magnitud conforme se enredaba la plática.
Formaban círculo los cazadores, y a sus pies dormían
enroscados los perros, con un ojo cerrado y otro entreabierto
y de párpado convulso; a veces, cuando se aplacaban
las risotadas y las frases chistosas, se oía a los
canes tocar la guitarra, espulgarse a toda orquesta, ladrar
por sueños, sacudir las orejas y suspirar con resignación.
Nadie les hacía caso.
El hocico de ratón tiene
la palabra:
-¡Pueda que no me lo crean y es tan cierto como
que habemos de morir y la tierra nos ha de comer! Para más
verdá fue un día de San Silvestre...
-Andarían
las brujas sueltas -interrumpió el cura de Boán.
-Si eran meigas o era el trasno, yo no lo sé: pero
lo mismo que habemos de dar cuenta a Dios nuestro Señor
de nuestras auciones, me pasó lo que les voy a contar.
Andaba yo tras de una perdiz agachadito, agachadito y el
ratón se agachaba en efecto, siguiendo su inveterada
costumbre de representar cuanto hablaba, porque no llevaba
perro ni diaño que lo valiese, y estaba, con perdón
de las barbas honradas que me escuchan, para montar a caballo
de un vallado, cuando oigo ¡tras tris, tras tras!, ¡tipirí,
tipirá!, el andar de una liebre; ¡más lista
venía... que las zantellas! Pues señor... viro
la cabeza mismo así..., ¡con perdón de las
barbas!, con mi escopeta más agarrada que la Bula...,
y de repente, ¡pan!, me pasa una cosa del otro mundo por
encima de la cabeza, y me caigo del vallado abajo...
Explosión
de preguntas, de risas, de protestas.
-¿Una cosa del otro
mundo?
-¿Un ánima del Purgatorio? -¿Pero él
era persona o animal o qué mil rayos era?
-Abrir
la puerta, que esta mentira no cabe en la habitación.
-¡Así Dios me salve y me dé la gloria como
es verdad! -clamó el hocico de ratón, poniendo
el semblante más compungido del mundo-. ¡Era, con
perdón, la descarada de la liebre, que brincó
por riba de mí y me tiró patas arriba!
La
aclaración produjo verdadero delirio. Don Eugenio,
el abad de Naya, se abría literalmente de risa, apretándose
las caderas con ambas manos, quejándose y derramando
lágrimas; el marqués de Ulloa lanzaba carcajadas
poderosas; hasta Primitivo modulaba una risa opaca y turbia.
El bueno del ratón no podía ya entreabrir los
labios para hablar sin que la hilaridad se desatase. En toda
reunión de cazadores (gente amiga de bromas pesadas)
hay un bufón, un juglar, un gracioso obligado, y este
papel correspondía de derecho a la escopeta negra,
que se prestaba a desempeñarlo de bonísima
gana. Acostumbrado a pasarse los días y las noches
al sereno, en espera de la liebre, del conejo o de la perdiz;
hecho a apretarse la cintura con una cuerda, a la manera
de los salvajes, en las muchas ocasiones en que le faltaba
un mendrugo de pan que roer, el mísero ratoncillo
era dichoso cuando le tocaba cazar con gente de pro, de la
que se lleva al cazadero botas henchidas de lo añejo,
lacones cocidos y cigarros; ufanábase cuando le celebraban
sus patrañas: las narraba cada día con mayor
seriedad, convicción y tono ingenuo, y a todas las
chanzas respondía invocando a Dios y a los santos
de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.
De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón,
mapamundi de remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz
y boca, que tenía de color de unto rancio, aguardaba
a que le pidiesen algún nuevo episodio tan verosímil
como el de la liebre; pero ahora el turno le correspondía
a don Eugenio.
-¿Saben -decía medio llorando y salivando
aún de risa- un caso que pasó entre el canónigo
Castrelo y un señor muy chistoso, Ramírez de
Orense?
-¡El canónigo Castrelo! -exclamaron el cura
de Boán y el marqués-. ¡Qué apunte!
¡De órdago! Ése las suelta... como la torre
de la Catedral.
-Pues verán, verán cómo
encontró con la horma de su zapato donde menos se
lo pensaba. Era una noche en el Casino, y estaban jugando
al tresillo. Castrelo se puso, como de costumbre, a espetar
cuentos de caza..., ¡mentira todos! Después de que
se hartó, quiso encajar uno descomunal y dijo así
muy serio: «Sabrán ustedes que una mañana salí
yo al monte, y entre unas matas oí así... un
ruido sospechoso. Me acerco muy despacito... el ruido seguía,
dale que tienes. Me acerco más..., y ya no me cabe
duda de que hay allí escondida una pieza. Armo, apunto,
disparo..., ¡pum, pum! ¿Y qué creerán ustedes
que maté, señores?». Todo el mundo a nombrar
animales diferentes: que lobo, que zorro, que jabalí,
y hasta hubo quien nombró a un oso... Castrelo a decir
que no con la cabeza..., hasta que por último saltó:
«Pues ni zorro, ni lobo, ni jabalí... Lo que maté
era... ¡un tigre de Bengala!».
-Hombre, don Eugenio... ¡No
fastidiar! -gritaron unánimemente los cazadores-.
¿Había de atreverse Castrelo?... ¿Cómo no le
deshicieron el morro de una bofetada allí mismo?
Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, hacía
con la mano señas de que faltaba lo mejor del cuento.
-¡Paciencia! -exclamó por fin-. Tengan paciencia,
que no se acabó. Pues, señor, ya ustedes comprenderán
que en el Casino se armó una gresca. Empezaron a insultar
a Castrelo y a tratarlo de mentiroso en su cara. Sólo
el señor de Ramírez estaba muy formal, y apaciguaba
a los alborotadores. «No hay que asombrarse, no hay que asombrarse;
yo les contaré a ustedes una cosa que me pasó
a mí cazando, que es más rara todavía
que la del señor de Castrelo». El canónigo
empieza a escamarse y la gente a atender. «Sabrán
ustedes que una mañana salí yo al monte, y,
entre unas matas, oí así... un ruido sospechoso.
Me acerco muy despacito... El ruido seguía, dale que
tienes. Me acerco más... Ya no me cabe duda de que
hay allí escondida una pieza. Armo..., apunto...,
disparo... ¡Pum, pum!... ¿Y qué creerá usted
que maté, señor canónigo?». «¿Cómo
demonios lo he de saber? Sería... un león».
«¡Ca!». «Pues sería... un elefante». «¡Caaa!». «Sería...
lo que usted guste, caramba». «¡Una sota de bastos, señor
de Castrelo! ¡Era una sota de bastos!».
Minutos de no entenderse.
El ratón reía con una especie de hipo agudo;
el señorito de Limioso, ronca y gravemente; el cura
de Boán, no sabiendo cómo desahogar el regocijo,
pateaba en el suelo y abofeteaba a la mesa.
-¡Ey! -gritó
don Eugenio-. Bico-de-rato, ¿no te has tropezado tú
nunca con ningún tigre? Echa un vasito y cuéntanos
si te encontraste alguno por ahí, hom.
Atizóse
el ratón su medio cuartillo; brilláronle los
ojuelos, limpió el labio con la bocamanga de la mugrienta
chaqueta, y declaró con acento sincero y candoroso:
-Lo que es trigues..., por estos montes no debe de los haber,
que si no, ya los tendría matados; pero les diré
lo que me pasó un día de la Virgen de Agosto...
-¿A las tres y diez minutos de la tarde? -preguntó
don Eugenio.
-No..., habían de ser las once de la
mañana, y puede que aún no las fuesen. ¡Pero
créanme, como que esa luz nos está alumbrando!
Venía yo de tirar a las tórtolas en un sembrado,
y me encontré a la chiquilla del tío Pepe de
Naya, que traía la vaca mismo cogida así y
hacía ademán de arrollarse una cuerda a la
muñeca. «Buenos días». «Santos y buenos». «¿Me
da las rulas?». «¿Y qué me das por ellas, rapaza?».
«No tengo un ichavo triste». «Pues déjame mamar de
la vaquiña, que rabio de sed». «Mame luego, pero no
lo chupe todo». Me arrodillo así el ratón medio
se hincó de hinojos ante el abad de Naya, y ordeñando
en la palma de la mano, con perdón, zampo la leche.
¡Qué fresca! «Vaya, rapaza... ¡San Antón te
guarde la vaca!». Ando, ando, ando, ando, y al cuarto de legua
de allí me entra un sueño por todo el cuerpo...,
como que me voy quedando tonto. ¡A escotar! Me meto por el
monte arriba, y llegando a donde hay unos tojos más
altos que un cristiano, me tumbo así (con perdón)
y saco el sombrero, y lo dejo de esta manera (reparen bien)
sobre la yerba. Sueño fue, que hasta de allí
a hora y media no volví en mi acuerdo. Voy a apañar
mi sombrero para largar... Lo mismo que todos nos habemos
de morir y resucitar en la gloria del día del Juicio,
me veo debajo una culebra más gorda que mi brazo drecho...,
¡con perdón!
-¿Pero no que el izquierdo? -interrumpió
don Eugenio picarescamente.
-¡Muchísimo más
gorda! -continuó el ratón imperturbable-, y
toda rollada, rollada, rollada, que cabía allí
debajo..., ¡y durmiendo como una santa de Dios!
-¿Pero roncar,
no roncaba?
-La condenada acudía al olor de la leche...,
y valió que le dio idea de esconderse en el chapeo...,
que las intenciones bien se las conocí... ¡eran de
metérseme por la boca, con perdón de las barbas
honradas!
Aunque se armó gran algazara, la moderó
algún tanto el cura de Boán recordando las
diversas ocasiones en que se oían contar casos análogos:
culebras que se encontraban en los establos mamando del pezón
de las vacas, otras que se deslizaban en la cuna de los niños
para beberles la leche en el estómago...
Asistía
Julián a la velada, entretenido y contento, porque
la alegría y el humor de los cazadores le disipaba
las ideas congojosas de algunos días atrás,
el miedo a la Sabia, a Primitivo, a los Pazos, los lúgubres
presentimientos acrecentados por la comunicación de
los terrores nerviosos de Nucha. Don Eugenio, viéndole
animado, le porfiaba para que fuese a hacerles una visita
al cazadero; negábase Julián, pretextando la
necesidad de decir misa, de rezar las horas canónicas:
en realidad, era que no quería dejar enteramente sola
a la señorita. Al cabo, tanto insistió don
Eugenio, que hubo de prometer, aplazando para el último
día.
-No ha de haber nada de eso -exclamó
el bullicioso párroco-. Mañana por la mañanita
nos lo llevamos con nosotros... Se vuelve de allá
pasado mañana temprano.
Toda resistencia hubiera
sido inútil, y más en tal momento, cuando la
jarana crecía y el vino menguaba en los jarros. Julián
sabía que aquella gente maleante y retozona era capaz
de llevarlo por fuerza, si se negaba a ir de grado.
  - XXII -
Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando diente con
diente, caballero en la mansa pollinita, y siendo blanco
de las bromas de los cazadores, porque iba vestido de modo
asaz impropio para la ocasión, sin zamarra, ni polainas
de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas o defensivas
de ninguna especie. El día asomaba despejado y magnífico:
en las hierbas resplandecían las cristalizaciones
de la escarcha; la tierra se estremecía de frío
y humeaba levemente a la primera caricia del sol; el paso
animado y gimnástico de los cazadores resonaba militarmente
sobre el terreno endurecido por la helada.
Desde el cazadero,
adonde llegaron a cosa de las nueve, desparramáronse
por el monte. Julián, no sabiendo qué hacer
de su persona, quedóse pegado a don Eugenio, y le
vio realizar dos proezas cinegéticas y meter en el
morral dos pollitos de perdiz, tibios aún de la recién
arrancada vida. Es de advertir que don Eugenio no gozaba
fama de diestro tirador, por lo cual, al reunirse los cazadores
a mediodía para comer en un repuesto encinar, el párroco
de Naya invocó el testimonio de Julián para
que asegurase que se las había visto tirar al vuelo.
-¿Y qué es tirar al vuelo, don Julián? -le
preguntaron todos.
Como el capellán se quedó
parado al hacerle tan insidiosa pregunta, ocurrióseles
a los cazadores que sería cosa muy divertida darle
a Julián una escopeta y un perro y que intentase cazar
algo. Quieras que no quieras, fue preciso conformarse. Se
le destinó el Chonito, perdiguero infatigable, recastado,
de hocico partido, el más ardiente y seguro de cuantos
canes iban allí.
-En cuanto vea que el perro se para
-explicábale don Eugenio al novel cazador, que apenas
sabía por dónde coger el arma mortífera-,
se prepara usted y le anima para que entre..., y al salir
las perdices, les apunta y hace fuego cuando se tiendan...
Si es la cosa más fácil del mundo...
Chonito
caminaba con la nariz pegada al suelo, sus ijares se estremecían
de impaciencia, de cuando en cuando se volvía para
cerciorarse de que le acompañaba el cazador. De pronto
tomó el trote hacia un matorral de u[r]ces, y repentinamente
se quedó parado, en actitud escultural, tenso e inmóvil
como si lo hubiesen fundido en bronce para colocar en un
zócalo.
-¡Ahora! -exclamó el de Naya-. Eh,
Julián, mándele que entre...
-Entra, Chonito,
entra -murmuró lánguidamente el capellán.
El perro, sorprendido por el tono suave de la orden, vaciló;
por fin se lanzó entre las urces, y al punto mismo
se oyó un revoloteo, y el bando salió en todas
direcciones.
-¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro! -gritó
don Eugenio.
Julián apretó el gatillo... Las
aves volaron raudamente y se perdieron de vista en un segundo.
Chonito, confuso, miraba al que había disparado, a
la escopeta y al suelo: el hidalgo animal parecía
preguntar con los ojos dónde se encontraba la perdiz
herida, para portarla.
Media hora después se repitió
la escena, y el desengaño de Chonito. Ni fue el último,
porque más adelante, en un sembrado, aún levantó
el can un bando tan numeroso, tan próximo, y que salía
tan a tiro, que era casi imposible no tumbar dos o tres perdices
disparando a bulto. Otra vez hizo fuego Julián. El
perdiguero ladraba de entusiasmo y de gozo... Mas ninguna
perdiz cayó. Entonces Chonito, clavando en el capellán
una mirada casi humana, llena de desprecio, volvió
grupas y se alejó corriendo a todo correr, sin dignarse
oír las imperativas voces con que lo llamaban...
No hay cómo encarecer lo que se celebró este
rasgo de inteligencia a la hora de la cena. Se hizo chacota
de Julián, y, en penitencia de su torpeza, se le condenó
a asistir inmediatamente, cansado y todo, a la espera de
las liebres.
La luna de aquella noche de diciembre semejaba
disco de plata bruñida colgado de una cúpula
de cristal azul oscuro; el cielo se ensanchaba y se elevaba
por virtud de la serenidad y transparencia casi boreales
de la atmósfera.
Caía helada, y en el aire
parecía que se cruzaban millares de finísimas
agujas, que apretaban las carnes y reconcentraban el calor
vital en el corazón. Pero para la liebre, vestida
con su abrigado manto de suave y tupido pelo, era noche de
festín, noche de pacer los tiernos retoños
de los pinos, la fresca hierba impregnada de rocío,
las aromáticas plantas de la selva; y noche también
de amor, noche de seguir a la tímida doncella de luengas
orejas y breve rabo, sorprenderla, conmoverla y arrastrarla
a las sombrías profundidades del pinar...
Tras de
los pinos y matorrales se emboscaban en noches así
los cazadores. Tendidos boca abajo, cubierto con un papel
el cañón de la carabina a fin de que el olor
de la pólvora no llegue a los finos órganos
olfativos de la liebre, aplican el oído al suelo,
y así se pasan a veces horas enteras. Sobre el piso
endurecido por el hielo resuena claramente el trotecillo
irregular de la caza; entonces el cazador se estremece, se
endereza, afianza en tierra la rodilla, apoya la escopeta
en el hombro derecho, inclina el rostro y palpa nerviosamente
el gatillo antes de apretarlo. A la claridad lunar divisa
por fin un monstruo de fantástico aspecto, pegando
brincos prodigiosos, apareciendo y desapareciendo como una
visión: la alternativa de la oscuridad de los árboles
y de los rayos espectrales y oblicuos de la luna hace parecer
enorme a la inofensiva liebre, agiganta sus orejas, presta
a sus saltos algo de funambulesco y temeroso, a sus rápidos
movimientos una velocidad que deslumbra. Pero el cazador,
con el dedo ya en el gatillo, se contiene y no dispara. Sabe
que el fantasma que acaba de cruzar al alcance de sus perdigones
es la hembra, la Dulcinea perseguida y recuestada por innumerables
galanes en la época del celo, a quien el pudor obliga
a ocultarse de día en su gazapera, que sale de noche,
hambrienta y cansada, a descabezar cogollos de pino, y tras
de la cual, desalados y hechos almíbar, corren por
lo menos tres o cuatro machos, deseosos de románticas
aventuras. Y si se deja pasar delante a la dama, ninguno
de los nocturnos rondadores se detendrá en su carrera
loca, aunque oiga el tiro que corta la vida de su rival,
aunque tropiece en el camino su ensangrentado cadáver,
aunque el tufo de la pólvora le diga: «¡Al final de
tu idilio está la muerte!».
No, no se pararán.
Acaso el instinto de cobardía propio de su raza les
moverá a agazaparse breves minutos detrás de
un arbusto o de una peña; pero al primer imperceptible
efluvio amoroso que les traiga la cortante brisa; al primer
hálito de la hembra que se destaque del olor de la
resina exhalado por los pinares, los fogosos perseguidores
se lanzarán de nuevo y con más brío,
ciegos de amor, convulsos de deseo, y el cazador que los
acecha los irá tendiendo uno por uno a sus pies, sobre
la hierba en que soñaron tener lecho nupcial.
  - XXIII -
En el corazón de la tierna heredera de los Ulloas
tenía el capellán, desde hacía algún
tiempo, un rival completamente feliz y victorioso: Perucho.
Le bastó presentarse para triunfar. Entró
un día en la punta de los pies, y sin ser sentido
fue arrimándose a la cuna. Nucha le ofrecía
de vez en cuando golosinas y calderilla, y el rapaz, como
suele suceder a las fieras domesticadas, contrajo excesiva
familiaridad y apego, y costaba trabajo echarle de allí,
encontrándosele por todas partes, donde menos se pensaba,
a manera de gatito pequeño viciado en el mimo y la
compañía.
Muchísimo le llamó
la atención la chiquitina al pronto. Ni los pollos
nuevos cuando rompían el cascarón, ni los cachorros
de la Linda, ni los recentales de la vaca, consiguieron nunca
fijar así las miradas atónitas de Perucho.
No podía él darse cuenta de cómo ni
por dónde había venido tan gran novedad; sobre
este tema, se perdía en reflexiones. Rondaba la cuna
incesantemente, poniéndose en riesgo notorio de recibir
algún pescozón del ama, y, como no le expulsasen,
se estaba buena pieza con el dedito en la boca, absorto y
embelesado, más parecido que nunca a los amorcillos
de los jardines que dicen con su actitud: «Silencio». Jamás
se le había visto quieto tantas horas seguidas. Así
que la niña empezó a tener asomos de conciencia
de la vida exterior, dio claras muestras de que si ella le
interesaba a Perucho, no le importaba menos Perucho a ella.
Ambos personajes reconocieron en seguida su mutua importancia,
y a este reconocimiento siguieron evidentes señales
de concordia y regocijo. Apenas veía la chiquilla
a Perucho, brillaban sus ojuelos, y de su boca entreabierta
salía, unido a la cristalina y caliente baba de la
dentición, un amorosísimo gorjeo. Tendía
ansiosamente las manos, y Perucho, comprendiendo la orden,
acercaba la cabeza cerrando los párpados; entonces
la pequeña saciaba su anhelo, tirando a su sabor del
pelo ensortijado, metiendo los dedos de punta por boca, orejas
y nariz, todo acompañado del mismo gorjeo, y entreverado
con chillidos de alegría cuando, por ejemplo, acertaba
con el agujero de la oreja.
Pasados los dos o tres primeros
meses de lactancia, el genio de los niños se agria,
y sus llantos y rabietas son frecuentes, porque empiezan
los fenómenos precursores de la dentición a
molestarles. Cuando tal sucedía a su niña,
Nucha solía emplear con buen resultado el talismán
de la presencia de Perucho. Un día que el berrenchín
no cesaba, fue preciso acudir a expedientes más heroicos:
sentar a Perucho en una silleta baja y ponerle en brazos
a la chiquitina. Él se estaba quieto, inmóvil,
con los ojos muy abiertos y fijos, sin osar respirar, tan
hermoso, que daban ganas de comérselo. La chiquita,
sin transición, había pasado de la furia a
la bonanza, y reía abriendo un palmo de desdentad |