  - XXV -
Si
unas elecciones durasen mucho, acabarían con quien
las maneja, a puro cansancio, molimiento y tensión
del cuerpo y del espíritu, pues los odios enconados,
la perpetua sospecha de traición, las ardientes promesas,
las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas
incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño,
las comidas sin orden, componen una existencia vertiginosa
e inaguantable. Acerca de los inconvenientes prácticos
del sistema parlamentario estaban muy de acuerdo la yegua
y la borrica que, con un caballo recio y joven nuevamente
adquirido por el mayordomo para su uso privado, completaban
las caballerizas de los Pazos de Ulloa. ¡Buenas cosas pensaban
ellos de las elecciones allá en su mente asnal y rocinesca,
mientras jadeaban exánimes de tanto trotar, y humeaba
todo su pobre cuerpo bañado en sudor!
¡Pues qué
diré de la mula en que Trampeta solía hacer
sus excursiones a la capital! Ya las costillas le agujereaban
la piel, de tan flaca como se había puesto. Día
y noche estaba el insigne cacique atravesado en la carretera,
y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba
más dudosa, más peliaguda, y Trampeta, desesperado,
vociferaba en el despacho del Gobernador que importaba desplegar
fuerza, destituir, colocar, asustar, prometer, y, sobre todo,
que el candidato cunero del gobierno aflojase la bolsa, pues
de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se largaba
de entre las manos.
-¿Pues no decía usted -gritó
un día el Gobernador con vehementes impulsos de mandar
al infierno al gran secretario- que la elección no
sería muy costosa; que los adversarios no podían
gastar nada; que la Junta carlista de Orense no soltaba un
céntimo; que la casa de los Pazos no soltaba un céntimo
tampoco, porque a pesar de sus buenas rentas está
siempre a la quinta pregunta?
-Ahí verá usted,
señor -contestó Trampeta-. Todo eso es mucha
verdad; pero hay momentos en que el hombre..., pues... cambia
sus auciones, como usted me enseña (Trampeta tenía
esta muletilla). El marqués de Ulloa...
-¡Qué
marqués ni qué calabazas! -interrumpió
con impaciencia el Gobernador.
-Bueno, es una costumbre
que hay de llamarle así... Y mire usted que llevo
un mes de porclamar en todos lados que no hay semejante marqués,
que el gobierno le ha sacado el título para dárselo
a otro más liberal, y que ese título de marqués
quien se lo ha ofrecido es Carlos siete, para cuando venga
la Inquisición y el diezmo, como usted me enseña...
-Adelante, adelante -exclamó el Gobernador, que aquel
día debía estar nervioso-. Decía usted
que el marqués o lo que sea... en vista de las circunstancias...
-No reparará en un par de miles de duros más
o menos, no señor.
-¿Si no los tenía, los
habrá pedido?
-¡Catá! Los ha pedido a su suegro
de Santiago; y como el suegro de Santiago no tiene tampoco
una peseta disponible, como usted me enseña... héteme
aquí que se los ha dado el suegro de los Pazos.
-¿Se
le cuentan dos suegros a ese candidato carlista? -preguntó
el gobernador, que a su pesar se divertía con los
chismes del secretario.
-No será el primero, como
usted me enseña -dijo Trampeta riéndose de
la chuscada-. Ya entiende por quién hablo... ¿eh?
-¡Ah!, sí, la muchacha ésa que vivía
en la casa antes de que Moscoso se casase, y de la cual tiene
un hijo... Ya ve usted cómo me acuerdo.
-El hijo...
el hijo será de quien Dios disponga, señor
gobernador... Su madre lo sabrá..., si es que lo sabe.
-Bien, eso para la elección importa un rábano...
Al grano: los recursos de que Moscoso dispone...
-Pues se
los ha facilitado el mayordomo, el Primitivo, el suegro de
cultis... Y usted me preguntará: ¿cómo un infeliz
mayordomo tiene miles de duros? Y yo respondo: prestando
a réditos del ocho por ciento al mes, y más
los años de hambre, y metiendo miedo a todo el mundo
para que le paguen bien y no le nieguen una miserable deuda
de un duro... -Y usted dirá: ¿de dónde saca
ese Primitivo o ese ladrón el dinero para prestar?
-Y yo replico: del bolsillo de su mismo amo, robándole
en la venta del fruto, dándolo a un precio y abonándoselo
a otro, engañándole en la administración
y en los arriendos, pegándosela, como usted me enseña,
por activa y por pasiva... -Y usted dirá...
Este
modo dialogado era un recurso de la oratoria trampetil, del
cual echaba mano cuando quería persuadir al auditorio.
El gobernador le interrumpió:
-Con permiso de usted
lo diré yo mismo. ¿Qué cuenta le tiene a ese
galopín prestarle a su amo los miles de duros que
tan trabajosamente le ha cogido?
-¡Me caso!... -votó
el secretario-. Los miles de duros, como usted me enseña,
no se prestan sin hipoteca, sin garantías de una clás
o de otra, y el Primitivo no ha nacido en el año de
los tontos. Así queda seguro el capital y el amo sujeto.
-Comprendo, comprendo -articuló con viveza el Gobernador.
Queriendo dar una muestra de su penetración, añadió:
- Y le conviene sacar diputado al señorito, para disponer
de más influencia en el país y poder hacer
todo cuanto le acomode...
Trampeta miró al funcionario
con la mezcla de asombro y de gozosa ironía que las
personas de educación inferior muestran cuando oyen
a las más elevadas decir una simpleza gorda.
-Como
usted me enseña, señor gobernador -pronunció-,
no hay nada de eso... Don Pedro, diputado de oposición
o independiente o conforme les dé la gana de llamarle,
servirá de tanto a los suyos como la carabina de Ambrosio...
Primitivo, arrimándose a un servidor de usted o al
judío, con perdón, de Barbacana, conseguiría
lo que quisiese ¿eh?, sin necesidad de sacar diputado al
amo... Y Primitivo, hasta que le dio la ventolera, siempre
fue de los míos... Zorro como él no lo hay
en toda la provincia... Ése ha de acabar por envolvernos
a Barbacana y a mí.
-Y entonces Barbacana ¿por qué
se ha declarado a favor del señorito?
-Porque Barbacana
va con los curas a donde lo lleven. Ya sabe lo que hace...
Usted, un suponer, está ahí hoy y se larga
mañana; pero los curas están siempre, y lo
mismo el señorío... los Limiosos, los Méndez...
Y dando suelta al torrente de su rencor, el cacique añadió
apretando los puños:
-¡Me caso con Dios! Mientras
no hundamos a Barbacana, no se hará nada en Cebre.
-¡Corriente! Pues facilítenos usted la manera de
hundirlo. Ganas no faltan.
Trampeta se quedó un rato
pensativo, y con la cuadrada uña del pulgar, quemada
del cigarro, se rascó la perilla.
-Lo que yo cavilo
es ¿qué cuenta le tendrá al raposo de Primitivo
esta diputación del amo?... Ahora se aprovecha de
dos cosas: lo que le pilla como hipoteca y lo que le mama
corriendo con los gastos electorales y presentándole
luego, como usted me enseña, las cuentas del Gran
Capitán... Pero si vencen y me hacen diputado a mi
señor don Pedro, y éste vuela para Madrí,
y allí pide cuartos por otro lado, que sí pedirá,
y abre el ojo para ver las picardías de su mayordomo,
y no se vuelve a acordar de la moza ni del chiquillo...,
entonces...
Tornó a rascarse la perilla, suspenso
y meditabundo, como el que persigue la solución de
un problema muy intrincado. Sus agudísimas facultades
intelectuales estaban todas en ejercicio. Pero no daba con
el cabo de la madeja.
-Al caso -insistió el gobernador-.
De lo que se trata es de que no nos derroten vergonzosamente.
El candidato es primo del ministro; hemos respondido de la
elección.
-Contra el candidato de la Junta de Orense.
-¿Piensa usted que allá admiten esas distinciones?
Estamos a triunfar contra cualquiera. No andemos con circunloquios;
¿cree usted que vamos a salir rabo entre piernas? ¿Sí
o no?
Trampeta permanecía indeciso. Al cabo levantó
la faz, con el orgullo de un gran estratégico, seguro
siempre de inventar algún ardid para burlar al enemigo.
-Mire usted -dijo-, hasta la fecha Barbacana no ha podido
acabar con este cura, aunque me ha jugado dos o tres buenas...
Pero a jugarlas no me gana él ni Dios... Sólo
que a mí no se me ocurren las mejores tretas hasta
que tocan a romper el fuego... Entonces ni el diablo discurre
lo que yo discurro. Tengo aquí -y se dio una puñada
en la negruzca frente- una cosa que rebulle, pero que aún
no sale por más que hago... Saldrá, como usted
me enseña, cuando llegue el mismísimo punto
resfinado de la ocasión...
Y blandiendo el brazo
derecho repetidas veces de arriba abajo, como un sable, añadió
en voz hueca:
-Fuera miedo. ¡Se gana! Mientras el secretario
cabildeaba con la primera autoridad civil de la provincia,
Barbacana daba audiencia al Arcipreste de Loiro, que había
querido ir en persona a tomar noticias de cómo andaban
los negocios por Cebre, y se arrellanaba en el despacho del
abogado, sorbiendo, por fusique de plata, polvos de un rapé
Macuba, que acaso nadie gastaba ya sino él en toda
Galicia, y que le traían de contrabando, con gran
misterio y cobrándole un dineral.
El Arcipreste,
a quien en Santiago conocían por el apodo de Sobres
de Envelopes, a causa de una candorosa pregunta en mal hora
formulada en una tienda, había sido en otro tiempo,
cuando simple abad de Anles, el mejor instrumento electoral
conocido. Dijéronle una vez que iba perdida la elección
que él manejaba; gritó él furioso: «¿Perder
el cura de Anles una elección?», y, al gritar, dio
el más soberano puntapié a la urna, que era
un puchero, haciéndola volar en miles de pedazos,
desparramando las cédulas y logrando, con tan sencillo
expediente, que su candidato triunfase. La hazaña
le valió la gran cruz de Isabel la Católica.
En el día, obesidad, años y sordera le impedían
tomar parte activa; pero quedábale la afición
y el compás, no habiendo para él cosa tan gustosa
como un electoral cotarro.
Siempre que el arcipreste venía
a Cebre, pasaba un ratito en el estanco y cartería,
donde se charlaba de política por los codos, se leían
papeles de Madrid, y se enmendaba la plana a todos los gobernantes
y estadistas habidos y por haber, oyéndose a menudo
frases del corte siguiente: «Yo, Presidente del Consejo de
Ministros, arreglo eso de una plumada». «Yo que Prim, no
me arredro por tan poco». Y aún solía levantarse
la voz de algún tonsurado exclamando: «Pónganme
a mí donde está el Papa, y verán cómo
lo resuelvo mucho mejor en un periquete».
Al salir de casa
de Barbacana, encontró el arcipreste en la cartería
al juez y al escribano, y a la puerta a don Eugenio, desatando
su yegua de una argolla y dispuesto a montar.
-Aguárdate
un poco, Naya -le dijo familiarmente, dándole, según
costumbre entre curas, el nombre de su parroquia-. Voy a
ver los partes de los periódicos, y después
nos largamos juntos.
-Yo tomo hacia los Pazos. -Yo también.
Di allá en la posada que me traigan aquí la
mula.
Cumplió don Eugenio el encargo diligentemente,
y a poco ambos eclesiásticos, envueltos en cumplidos
montecristos, atados los sombreros por debajo de la barba
con un pañuelo para que no se los llevase el viento
fuerte que corría, bajaban el repecho de la carretera
al sosegado paso de sus monturas. Naturalmente hablaban de
la batalla próxima, del candidato y de otras particularidades
referentes a la elección. El arcipreste lo veía
todo muy de color de rosa, y estaba tan cierto de vencer,
que ya pensaba en llevar la música de Cebre a los
Pazos para dar serenata al diputado electo. Don Eugenio,
aunque animado, no se las prometía tan felices. El
gobierno dispone de mucha fuerza, ¡qué diantre!, y
cuando ve la cosa mal parada recurre a la coacción,
haciendo las elecciones por medio de la Guardia Civil. Todo
eso de Cortes era, según dicho del abad de Boán,
una solemnísima farsa.
-Pues por esta vez -contestaba
el arcipreste, manoteando y bufando para desenredarse de
la esclavina del montecristo, que el viento le envolvía
alrededor de la cara-, por esta vez, les hemos de hacer tragar
saliva. Al menos el distrito de Cebre enviará al congreso
una persona decente, hijo del país, jefe de una casa
respetable y antigua, que nos conoce mejor que esos pillastres
venidos de fuera.
-Eso es muy cierto -respondió don
Eugenio, que rara vez contradecía de frente a sus
interlocutores-; a mí me gusta, como al que más,
que la casa de los Pazos de Ulloa represente a Cebre; y si
no fuese por cosas que todos sabemos...
El arcipreste, muy
grave, sorbió el fusique o cañuto. Amaba entrañablemente
a don Pedro, a quien, como suele decirse, había visto
nacer, y además profesaba el principio de respetar
la alcurnia.
-Bien, hombre, bien -gruñó-,
dejémonos de murmuraciones... Cada uno tiene sus defectos
y sus pecados, y a Dios dará cuenta de ellos. No hay
que meterse en vidas ajenas.
Don Eugenio, como si no entendiese,
insistió, repitiendo cuanto acaba de oír en
la cartería de Cebre, donde se bordaban con escandalosos
comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador
de la provincia. Todo lo refería gritando bastante,
a fin de que el punto de sordera del arcipreste, agravado
por el viento, no le impidiese percibir lo más sustancial
del discurso. El travieso y maleante clérigo gozaba
lo indecible viendo al arcipreste sofocado, abotargado, con
la mano en la oreja a guisa de embudo, o introduciendo rabiosamente
el fusique en las narices. Cebre, según don Eugenio,
hervía en indignación contra don Pedro Moscoso;
los aldeanos lo querían bien; pero en la villa, dominada
por gentes que protegía Trampeta, se contaban horrores
de los Pazos. De algunos días acá, justamente
desde la candidatura del marqués, se había
despertado en la población de Cebre un santo odio
al pecado, una reprobación del concubinato y la bastardía,
un sentimiento tan exquisito de rectitud y moralidad, que
asombraba; siendo de advertir que este acceso de virtud se
notaba únicamente en los satélites del secretario,
gente en su mayoría de la cáscara amarga y
nada edificante en su conducta. Al enterarse de tales cosas,
el arcipreste se amorataba de furor.
-¡Fariseos, escribas!
-rebufaba-. ¡Y luego nos llamarán a nosotros hipócritas!
¡Miren ustedes qué recato, qué decoro y qué
vergüenza les ha entrado a los incircuncisos de Cebre!
(en boca del arcipreste, incircunciso era tremenda injuria).
Como si el que más y el que menos de ese atajo de
tunantes no tuviese hechos méritos para ir a presidio...
y al palo, sí señor, ¡al palo!
Don Eugenio
no podía contener la risa.
-Hace siete años,
la friolera de siete años -tartamudeó el arcipreste
calmándose un poco, pero respirando trabajosamente
a causa del mucho viento-, siete añitos que en los
Pazos sucede... eso que tanto les asusta ahora... Y maldito
si se han acordado de decir esta boca es mía. Pero
con las elecciones... ¡Qué condenado de aire! Vamos
a volar, muchacho.
-Pues aún murmuran cosas peores
-gritó el de Naya.
-¿Eh? Si no se oye nada con este
vendaval.
-Que aún dicen cosas más serias
-voceó don Eugenio, pegando su inquieta yegüecilla
a la reverenda mula del arcipreste.
-Dirán que nos
van a fusilar a todos... Lo que es a mí, ya me amenazó
el secretario con formarme siete causas y meterme en chirona.
-Qué causas ni qué... Baje usted la cabeza...
Así... Aunque estamos solos no quiero gritar mucho...
Agarrado don Eugenio al montecristo de su compañero,
le explicó desde cerca algo que las alas del nordeste
se llevaron aprisa, con estridente y burlón silbido.
-¡Caramelos! -rugió el arcipreste, sin que se le
ocurriese una sola palabra más. Tardó aún
cosa de dos minutos en recobrar la expedición de la
lengua y en poder escupir al ventarrón, cada vez más
desencadenado y furioso, una retahíla de injurias
contra los infames calumniadores del partido de Trampeta.
El granuja de don Eugenio le dejó desahogar, y luego
añadió:
-Aún hay más, más.
-¿Y qué más puede haber? ¿Dicen también
que el señorito don Pedro sale a robar a los caminos?
¡Canalla de incircuncisos ésos, sin más Dios
ni más ley que su panza!
-Aseguran que la noticia
viene por persona de la misma casa.
-¿Eeeeh? Cargue el diablo
con el viento.
-Que la noticia viene por persona de la misma
casa de los Pazos... ¿Ya me entiende usted? -Y don Eugenio
guiñó el ojo.
-Ya entiendo, ya... ¡Corazones
de perro, lenguas de escorpión! Una señorita
que es la honradez en persona, de una familia tan buena,
no despreciando a nadie..., ¡y calumniarla, y para más
con un ordenado de misa! ¡Liberaluchos indecentes, de éstos
de por aquí, que se venden tres al cuarto! ¡Pero cómo
está el mundo, Naya, cómo está el mundo!
-Pues también añaden... -¡Caramelos! ¿Acabarás
hoy? ¡Qué tormenta se prepara, María Santísima!
¡Qué viento... qué viento!
-Atiéndame,
que esto no lo dicen ellos, sino Barbacana. Que esa persona
de la casa -Primitivo, vamos- nos va a hacer una perrería
gorda en la elección.
-¿Eeeh? ¿Tú seque chocheas?
Para, mula, a ver si oigo mejor. ¿Que Primitivo...?
-No
es seguro, no es seguro, no es seguro -vociferó el
abad de Naya, que se divertía más que en un
sainete.
-¡Por vida de lo que malgasto, que esto ya pasa
de raya! Hazme el favor de no volverme loco, ¿eh?, que para
eso bastante tengo con el viento maldito. ¡No quiero oír,
no quiero oír más! -declaró esto en
ocasión que su montecristo se alzaba rápidamente
a impulsos de una ráfaga mayor, y se volvía
todo hacia arriba, dejando al arcipreste como suelen pintar
a Venus en la concha. Así que logró remediar
el percance, hizo trotar a su mula, y no se oyó en
el camino más voz que la del nordeste, que allá
a lo lejos, sacudiendo castañares y robledales, remedaba
majestuosa sinfonía.
  - XXVI -
Amortiguada
la primera impresión, no se atrevía Julián
a interrogar a Nucha sobre lo que había visto. Hasta
recelaba ir al cuarto de la señorita. Algún
fundamento tenía este recelo. Aunque de suyo confiado,
creía notar el capellán que le espiaban. ¿Quién?
Todo el mundo: Primitivo, Sabel, la vieja bruja, los criados.
Como sentimos de noche, sin verla, la niebla húmeda
que nos penetra y envuelve, así sentía Julián
la desconfianza, la malevolencia, la sospecha, la odiosidad
que iba espesándose en torno suyo. Era cosa indefinible,
pero patente. En dos o tres funciones a que asistió,
figurósele que los curas le hablaban con acento hostil,
que el arcipreste le examinaba frunciendo el entrecejo, y
que únicamente don Eugenio le manifestaba la acostumbrada
cordialidad. Pero acaso fuesen éstas vanas cavilaciones,
y quizás soñaba también al imaginarse
que, a la mesa, don Pedro seguía continuamente la
dirección de sus ojos y acechaba sus movimientos.
Esto le fatigaba tanto más cuanto que un irresistible
anhelo le obligaba a mirar a Nucha muy a menudo, reparando
a hurtadillas si estaba más delgada, si comía
con buen apetito, si se notaba algo nuevo en sus muñecas.
La señal, oscura el primer día, fue verdeando
y desapareciendo.
La necesidad de ver a la niña acabó
por poder más que las vacilaciones de Julián.
Arreglada ya la capilla, sólo en la habitación
de su madre podía verla, y allí fue, no bastándole
el beso robado en el corredor, cuando el ama lo cruzaba con
la nena en brazos. Iba la criatura saliendo de esa edad en
que los niños parecen un lío de trapos, y sin
perder la gracia y atractivo del ser indefenso y débil,
tenía el encanto de la personalidad, de la soltura
cada vez mayor de sus movimientos y conciencia de sus actos.
Ya adoptaba posturas de ángel de Murillo; ya cogía
un objeto y acertaba a llevarlo a la cálida boca,
en la impaciencia de la dentición retrasada; ya ejecutaba
con indecible monería ese movimiento cautivador entre
todos los de los niños pequeños, de tender
no sólo los brazos, sino el cuerpo entero, con abandono
absoluto, hacia la persona que les es simpática; actitud
que las nodrizas llaman irse con la gente. Hacía tiempo
que la pequeña redoblaba la risa, y su carcajada melodiosa,
repentina y breve, era sólo comparable a gorjeo de
pájaro. Ningún sonido articulado salía
aún de su boca, pero sabía expresar divinamente,
con las onomatopeyas que según ciertos filólogos
fueron base del lenguaje primitivo, todos sus afectos y antojos;
en su cráneo, que empezaba a solidificarse, por más
que en el centro latiese aún la abierta mollera, se
espesaba el pelo, de día en día más
oscuro, suave aún como piel de topo; sus piececitos
se desencorvaban, y los dedos, antes retorcidos, el pulgar
vuelto hacia arriba, los otros botoncillos de rosa hacia
abajo, se habituaban a la estación horizontal que
exige el andar humano. Cada uno de estos grandes progresos
en el camino de la vida era sorpresa y placer inefable para
Julián, confirmando su dedicación paternal
al ser que le dispensaba el favor insigne de tirarle de la
cadena del reloj, manosearle los botones del chaleco, ponerle
como nuevo de baba y leche. ¡Qué no haría él
por servir de algo a la nenita idolatrada! A veces el cariño
le inspiraba ideas feroces, como agarrar un palo y moler
las costillas a Primitivo; coger un látigo y dar el
mismo trato a Sabel. Pero, ¡ay! Nadie puede usurpar el puesto
del amo de casa, del jefe de la familia; y el jefe... Al
capellán le pesaba en el alma la fundación
de aquel hogar cristiano. Recta había sido la intención,
y amargo el fruto. ¡Sangre del corazón daría
él por ver a Nucha en un convento!
¿Qué arbitrio
adoptar ya? Julián presentía los inmensos inconvenientes
de su intervención directa. Seguro de la teoría,
firme en el terreno del derecho, capaz de resistir pasivamente
hasta morir, faltábale la vigorosa palanca de los
actos humanos, la iniciativa. En aquella casa es indudable
que andaban muchas cosas desquiciadas, otras torcidas y fuera
de camino; el capellán asistía al drama, temía
un desenlace trágico, sobre todo desde la famosa señal
en las muñecas, que no le salía de la acalorada
imaginación; mostrábase taciturno; su color
sonrosado se trocaba en amarillez de cera; rezaba más
aún que de costumbre; ayunaba; decía la misa
con el alma elevada, como la diría en tiempos de martirio;
deseaba ofrecer la existencia por el bienestar de la señorita;
pero, a no ser en uno de sus momentos de arrechucho puramente
nervioso, no podía, no sabía, no acertaba a
dar un paso, a adoptar una medida -aunque ésta fuese
tan fácil y hacedera como escribir cuatro renglones
a don Manuel Pardo de la Lage, informándole de lo
que ocurría a su hija-. Siempre encontraba pretextos
para aplazar toda acción, tan socorridos como éste,
verbigracia:
-Dejemos que pasen las elecciones. Las elecciones
le infundían esperanzas de que, si el señorito,
elegido diputado, salía de la huronera, de entre la
gente inicua que lo prendía en sus redes, era posible
que Dios le tocase en el corazón y mudase de conducta.
Una cosa preocupaba mucho al buen capellán: ¿el señorito
se iría solo a Madrid, o llevaría a su mujer
y a la pequeña? Julián ponía a Dios
por testigo de que deseaba esto último, si bien al
pensar qué podía suceder le entraba una hipocondría
mortal. La idea de no ver más a nené durante
meses o años, de no tenerla en las rodillas montada
a caballito, de quedarse allí, frente a frente con
Sabel, como en oscuro pozo habitado por una sabandija, le
era intolerable. Duro le parecía que se marchase la
señorita, pero lo de la niña..., lo de la niña...
«Si me la dejasen -pensaba- la cuidaría yo perfectamente».
Acercábase la batalla decisiva. Los Pazos eran un
jubileo, un ir y venir de adictos y correveidiles, un entrar
y salir de mensajes, de órdenes y contraórdenes,
que le daban semejanza con un cuartel general. Siempre había
en las cuadras caballos o mulas forasteras, masticando abundante
pienso, y en los anchos salones se oía crujir incesante
de botas altas, pisadas de fuertes zapatos, cuando no pateo
de zuecos. Julián se tropezaba con curas sofocados,
respirando bélico ardor, que le hablaban de los trabajos,
pasmándose de ver que no tomaba parte en nada... ¡En
tan solemne y crítica ocasión, el capellán
de los Pazos no tenía derecho a dormir ni a comer!
Seguía reparando que algunos abades se mostraban
con él así como airados o resentidos, en especial
el arcipreste, el más encariñado con la casa
de Ulloa; pues mientras el cura de Boán y aun el de
Naya atendían sobre todo al triunfo político,
el arcipreste miraba principalmente al esplendor del hidalgo
solar, al buen nombre de los Moscosos.
Todo anunciaba que
el señor de los Pazos se llevaría el gato al
agua, a pesar del enorme aparato de fuerza desplegado por
el gobierno. Se contaban los votos, se hacía un censo,
se sabía que la superioridad numérica era tal,
que las mayores diabluras de Trampeta no la echarían
abajo. No disponía el gobierno en el distrito sino
de lo que, pomposamente hablando, puede llamarse el elemento
oficial. Si es verdad que éste influye mucho en Galicia,
merced al carácter sumiso de los labriegos, allí
en Cebre no podía contrapesar la acción de
curas y señoritos reunidos en torno del formidable
cacique Barbacana. El arcipreste resoplaba de gozo. ¡Cosa
rara! Barbacana mismo era el único que no se las contaba
felices. Preocupado y de peor humor a cada instante, torcía
el gesto cuando algún cura entraba en su despacho
frotándose las manos de gusto, a noticiarle adhesiones,
caza de votos.
¡Qué elecciones aquéllas, Dios
eterno! ¡Qué lid reñidísima, qué
disputar el terreno pulgada a pulgada, empleando todo género
de zancadillas y ardides! Trampeta parecía haberse
convertido en media docena de hombres para trampetear a la
vez en media docena de sitios. Trueques de papeletas, retrasos
y adelantos de hora, falsificaciones, amenazas, palos, no
fueron arbitrios peculiares de esta elección, por
haberse ensayado en otras muchas; pero uniéronse a
las estratagemas usuales algunos rasgos de ingenio sutil,
enteramente inéditos. En un colegio, las capas de
los electores del marqués se rociaron de aguarrás
y se les prendió fuego disimuladamente por medio de
un fósforo, con que los infelices salieron dando alaridos,
y no aparecieron más. En otro se colocó la
mesa electoral en un descanso de escalera; los votantes no
podían subir sino de uno en uno, y doce paniaguados
de Trampeta, haciendo fila, tuvieron interceptado el sitio
durante toda la mañana, moliendo muy a su sabor a
puñadas y coces a quien intentaba el asalto. Picardía
discreta y mañosa fue la practicada en Cebre mismo.
Acudían allí los curas acompañando
y animando al rebaño de electores, a fin de que no
se dejasen dominar por el pánico en el momento de
depositar el voto. Para evitar que «se la jugasen», don Eugenio,
valiéndose del derecho de intervención, sentó
en la mesa a un labriego de los más adictos suyos,
con orden terminante de no separar la vista un minuto de
la urna. «¿Tú entendiste, Roque? No me apartas los
ojos de ella, así se hunda el mundo». Instalóse
el payo, apoyando los codos en la mesa y las manos en los
carrillos, contemplando de hito en hito la misteriosa olla,
tan fijamente como si intentase alguna experiencia de hipnotismo.
Apenas alentaba, ni se movía más que si fuese
hecho de piedra. Trampeta en persona, que daba sus vueltas
por allí, llegó a impacientarse viendo al inmóvil
testigo, pues ya otra olla rellena de papeletas, cubiertas
a gusto del alcalde y del secretario de la mesa, se escondía
debajo de ésta, aguardando ocasión propicia
de sustituir a la verdadera urna. Destacó, pues, un
seide encargado de seducir al vigilante, convidándole
a comer, a echar un trago, recurriendo a todo género
de insinuaciones halagüeñas. Tiempo perdido:
el centinela ni siquiera miraba de reojo para ver a su interlocutor:
su cabeza redonda, peluda, sus salientes mandíbulas,
sus ojos que no pestañeaban, parecían imagen
de la misma obstinación. Y era preciso sacarle de
allí, porque se acercaba la hora sacramental, las
cuatro, y había que ejecutar el escamoteo de la olla.
Trampeta se agitó, hizo a sus adláteres preguntas
referentes a la biografía del vigilante, y averiguó
que tenía un pleito de tercería en la Audiencia,
por el cual le habían embargado los bueyes y los frutos.
Acercóse a la mesa disimuladamente, púsole
una mano en el hombro, y gritó: «¡Fulano... ganaste
el pleito!». Saltó el labriego, electrizado. «¡Qué
me dices, hombre!». «Se falló en la Audiencia ayer».
«Tú loqueas». «Lo que oyes». En este intervalo el
secretario de la mesa verificaba el trueque de pucheros:
ni visto ni oído. El alcalde se levantó con
solemnidad. «¡Señores... se va a proceder al discutinio!». Entra la gente en tropel: comienza la lectura de papeletas;
míranse los curas atónitos, al ver que el nombre
de su candidato no aparece «¿Tú te moviste de ahí?»,
pregunta el abad de Naya al centinela. «No, señor»,
responde éste con tal acento de sinceridad, que no
consentía sospecha. «Aquí alguien nos vende»,
articula el abad de Ulloa en voz bronca, mirando desconfiadamente
a don Eugenio. Trampeta, con las manos en los bolsillos,
ríe a socapa.
Tales amaños mermaron de un
modo notable la votación del marqués de Ulloa,
dejando cincunscrita la lucha, en el último momento,
a disputarse un corto número de votos, del cual dependía
la victoria. Y llegado el instante crítico, cuando
los ulloístas se juzgaban ya dueños del campo,
inclinaron la balanza del lado del gobierno defecciones completamente
impensadas, por no decir abominables traiciones, de personas
con quienes se contaba en absoluto, habiendo respondido de
ellas la misma casa de los Pazos, por boca de su mayordomo.
Golpe tan repentino y alevoso no pudo prevenirse ni evitarse.
Primitivo, desmintiendo su acostumbrada impasibilidad, dio
rienda a una cólera furiosa, desatándose en
amenazas absurdas contra los tránsfugas.
Quien se
mostró estoico fue Barbacana. La tarde que se supo
la pérdida definitiva de la elección, el abogado
estaba en su despacho, rodeado de tres o cuatro personas.
Ahogándose como ballena encallada en una playa y a
quien el mar deja en seco, entró el arcipreste, morado
de despecho y furor. Desplomóse en un sillón
de cuero; echó ambas manos a la garganta, arrancó
el alzacuello, los botones de camisa y almilla; y trémulo,
con los espejuelos torcidos y el fusique oprimido en el crispado
puño izquierdo, se enjugó el sudor con un pañuelo
de hierbas. La serenidad del cacique le sacó de tino.
-¡Me pasmo, caramelos! Me pasmo de verle con esa flema!
¿O no sabe lo que pasa?
-Yo no me apuro por cosas que están
previstas. En materia de elecciones no se me coge a mí
de susto.
-¿Usted se esperaba lo que ocurre? -Como si lo
viera. Aquí está el abad de Naya, que puede
responder de que se lo profeticé. No atestiguo con
muertos.
-Verdad es -corroboró don Eugenio, harto
compungido.
-¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos
embromados?
-No les íbamos a dejar el distrito por
suyo sin disputárselo siquiera. ¿Les gustaría
a ustedes? Legalmente, el triunfo es nuestro.
-Legalmente...
¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos
con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron
cuando precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero
de Gondás, los dos Ponlles, el albéitar...!
-Ésos no son Judas, no sea inocente, señor
arcipreste: ésa es gente mandada, que acata una consigna.
El Judas es otro.
-¿Eeeeh? Ya entiendo, ya... ¡Hombre, si
es cierta esa maldad -que no puedo convencerme, que se me
atraganta-, aún sería poco para el traidor
el castigo de Judas! Pero usted, santo, ¿por qué no
le atajó? ¿Por qué no avisó? ¿Por qué
no le arrancó la careta a ese pillo? Si el señor
marqués de Ulloa supiese que tenía en casa
al traidor, con atarlo al pie de la cama y cruzarlo a latigazos...
¡Su propio mayordomo! No sé cómo pudo usted
estarse así con esa flema.
-Se dice luego; pero mire
usted: cuando la elección estriba en una persona,
y no cabe cerciorarse de si está de buena o mala fe,
de poco sirve revelar sospechas... Hay que aguardar el golpe
atado de pies y manos..., son cosas que se ven a la prueba,
y si salen mal, se debe callar y guardarlas...
Al pronunciar
la palabra guardarlas, el cacique se daba una puñada
en el pecho, cuya concavidad retumbó sordamente, lo
mismo que debía retumbar la de san Jerónimo
cuando el santo la hería con el famoso pedrusco.
Y algo se asemejaba Barbacana al tipo de los san Jerónimos
de escuela española, amojamados y huesudos, caracterizados
por la luenga y enmarañada barba y el sombrío
fuego de las pupilas negras.
-De aquí no salen -añadió
con torvo acento-, y aquí no pierden el tiempo, que
todavía nadie se la hizo a Barbacana sin que algún
día se la pagase. Y respecto del Judas, ¿cómo
quería usted que lo pudiésemos desenmascarar,
si ahora, lo mismo que en tiempo de la pasión de Nuestro
Señor Jesucristo, tenía la bolsa en la mano?
A ver, señor arcipreste, ¿quién nos ha facilitado
las municiones para esta batalla?
-¿Que quién las
ha facilitado? En realidad de verdad, la casa de Ulloa.
-¿Las tenía disponibles? ¿Sí o no? Ahí
está el toque. Como esas casas no son más que
vanidad y vanidad, por no confesar que le faltaban los cuartos
y no pedirlos a una persona de conocida honradez, pongo por
ejemplo, un servidor, va y los recibe de un pillastre, de
una sanguijuela que le está chupando cuanto posee.
-Buenas cosas van a decir de nosotros los badulaques de
la Junta de Orense. Que somos unos estafermos y que no servimos
para nada. ¡Perder una elección! Es la primera vez
de mi vida.
-No. Que escogimos un candidato muy simple.
Hablando en plata, eso es lo que dirá la Junta de
Orense.
-Poco a poco -exclamó el arcipreste dispuesto
a romper lanzas por su caro señorito-. No estamos
conformes...
Aquí llegaban de su plática,
y el auditorio, que se componía, además del
abad de Naya, del de Boán y del señorito de
Limioso, guardaba el silencio de la humillación y
la derrota. De repente un espantoso estruendo, formado por
los más discordantes y fieros ruidos que pueden desgarrar
el tímpano humano, asordó la estancia. Sartenes
rascadas con tenedores y cucharas de hierro; tiestos de cocina
tocados como címbalos; cacerolas, dentro de las cuales
se agitaba en vertiginoso remolino un molinillo de batir
chocolate; peroles de cobre en que tañían broncas
campanadas fuertes manos de almirez; latas atadas a un cordel
y arrastradas por el suelo; trébedes repicados con
varillas de hierro, y, por cima de todo, la lúgubre
y ronca voz del cuerno, y la horrenda vociferación
de muchas gargantas humanas, con esa cavernosidad que comunica
a la laringe el exceso de vino en el estómago. Realmente
acababan los bienaventurados músicos de agotar una
redonda corambre, que en la Casa Consistorial les había
brindado la munificencia del secretario. Por entonces aún
ignoraban los electores campesinos ciertos refinamientos,
y no sabían pedir del vino que hierve y hace espuma,
como algunos años después, contentándose
con buen tinto empecinado del Borde. Al través de
las vidrieras de Barbacana penetraba, junto con el sonido
de los hórridos instrumentos y descompasada gritería,
vaho vinoso, el olor tabernario de aquella patulea, ebria
de algo más que del triunfo. El arcipreste se enderezaba
los espejuelos; su rostro congestionado revelaba inquietud.
El cura de Boán fruncía el cano entrecejo.
Don Eugenio se inclinaba a echarlo todo a broma. El señorito
de Limioso, resuelto y tranquilo, se aproximó a la
ventana, alzó un visillo y miró.
La cencerrada
proseguía, implacable, frenética, azotando
y arañando el aire como una multitud de gatos en celo
el tejado donde pelean; súbitamente, de entre el alboroto
grotesco se destacó un clamor que en España
siempre tiene mucho de trágico: un muera.
-¡Muera
el Terso!
Un enjambre de mueras y vivas salió tras
el primero.
-¡Mueran los curas! -¡Muera la tiranía!
-¡Viva Cebre y nuestro diputado! -¡Viva la Soberanía
Nacional!
-¡Muera el marqués de Ulloa! Más
enérgico, más intencionado, más claro
que los restantes, brotó este grito:
-¡Muera el ladrón
faucioso Barbacana!
Y el vocerío, unánime,
repitió:
-¡Mueraaaa! Instantáneamente apareció
junto a la mesa del abogado un hombre de siniestra catadura,
hasta entonces oculto en un rincón. No vestía
como los labriegos, sino como persona de baja condición
en la ciudad: chaqueta de paño negro, faja roja y
hongo gris; patillas cortas, de boca de hacha, redoblaban
la dureza de su fisonomía, abultada de pómulos
y ancha de sienes. Uno de sus hundidos ojuelos verdes relucía
felinamente; el otro, inmóvil y cubierto con gruesa
nube blanca, semejaba hecho de cristal cuajado.
Abriendo
Barbacana el cajón de su pupitre, sacaba de él
dos enormes pistolas de arzón, prehistóricas
sin duda, y las reconocía para cerciorarse de que
estaban cargadas. Mirando al aparecido fijamente, pareció
ofrecérselas con leve enarcamiento de cejas. Por toda
respuesta, el Tuerto de Castrodorna hizo asomar al borde
de su faja el extremo de una navaja de cachas amarillas,
que volvió a ocultar al punto. El arcipreste, que
había perdido los bríos con la obesidad y los
años, sobresaltóse mucho.
-Déjese de
calaveradas, mi amigo. Por si acaso, me parece oportuno salir
por la puerta de atrás. ¿Eh? No es cosa de aguardar
a que esos incircuncisos vengan aquí a darle a uno
tósigo.
Mas ya el cura de Boán y el señorito
de Limioso, unidos al Tuerto, formaban un grupo lleno de
decisión. El señorito de Limioso, no desmintiendo
su vieja sangre hidalga, aguardaba sosegadamente, sin fanfarronería
alguna, pero con impávido corazón; el abad
de Boán, nacido con más vocación de
guerrillero que de misacantano, apretaba con júbilo
la pistola, olfateaba el peligro, y, a ser caballo, hubiera
relinchado de gozo; el Tuerto, encogido y crispado como un
tigre, se situaba detrás de la puerta a fin de destripar
a mansalva al primero que entrase.
-No tenga miedo, señor
arcipreste... -murmuró gravemente Barbacana-. Perro
que ladra no muerde. Ni a romperme un vidrio se atreverán
esos bocalanes. Pero conviene estar dispuesto, por si acaso,
a enseñarles los dientes.
Resonaban nutridos y feroces
los mueras; mas en efecto, ni una piedra sola venía
a herir los cristales. El señorito de Limioso se acercó
otra vez, levantó el visillo y llamó a don
Eugenio.
-Mire, Naya, mire para aquí... Buena gana
tienen de subir ni de tirar piedras... Están bailando.
Don Eugenio se llegó a la vidriera y soltó
la carcajada. Entre la patulea de beodos, dos seides de Trampeta,
carcelero el uno, el otro alguacil, trataban de calentar
a algunos de los que chillaban más fuerte, para que
atacasen la morada del abogado; señalaban a la puerta,
indicaban con ademanes elocuentes lo fácil que sería
echarla abajo y entrar. Pero los borrachos, que no por estarlo
perdían la cautelosa prudencia, el saludable temor
que inspira el cacique al labriego, se hacían los
desentendidos, limitándose a berrear, a herir cazos
y sartenes con más furia. Y en el centro del corro,
al compás de los almireces y cacerolas, brincaban
como locos los más tomados de la bebida, los verdaderos
pellejos.
-Señores -dijo en grave y enronquecida
voz Ramón Limioso-: Es siquiera una mala vergüenza
que esos pillos nos tengan aquí sitiados... Me dan
ganas de salir y pegarles una corrida, que no paren hasta
el Ayuntamiento.
-Hombre -gruñó el abad de
Boán-, usted poco habla, pero bueno. Vamos a meterles
miedo, ¡quoniam! Estornudando solamente, espanto yo media
docena de esos pellejones.
No pronunció el Tuerto
palabra; únicamente su ojo verdoso se encendió
con fosfórica luz, y miró a Barbacana, como
pidiéndole permiso de tomar parte en la empresa. Barbacana
hizo con la cabeza señal afirmativa, pero le indicó
al mismo tiempo que guardase la navaja.
-Tiene razón
-exclamó el hidalgo de Limioso, enderezando la cabeza
y dilatando las ventanillas de la nariz con altanera expresión,
muy desusada en su lánguida y triste faz-. A esa gente,
a palos y latigazos se les sacude el polvo. No ensuciar un
arma que uno usa para el monte, para las perdices y las liebres,
que valen más que ellos (fuera el alma).
Y al decir
fuera el alma, persignóse el señorito.
-Tengan
miramiento, hombre, tengan miramiento... -murmuraba el arcipreste
difícilmente, extendiendo las manos como para calmar
los ánimos irritados. (¡Cuán lejos estaban
los tiempos belicosos en que aseguraba una elección
a puntapiés!)
Barbacana no se opuso a la hazaña;
al contrario, pasó a otra estancia y volvió
con un haz de junquillos, palos y bastones. El cura de Boán
no quiso más garrote que el suyo, que era formidable;
Ramón Limioso, fiel a su desdén de la grey
villana, asió el látigo más delgado,
un latiguillo de montar. El Tuerto empuñó una
especie de tralla, que, manejada por diestra vigorosa, debía
ser de terrible efecto.
Bajaron cautelosamente la escalera,
cuidando de no zapatear, previsión que el endiablado
estrépito de la cencerrada hacía de todo punto
ociosa. Tenía la puerta su tranca y los cerrojos corridos,
medida de precaución adoptada por la cocinera del
abogado así que oyó estruendo de motín.
El abad de Boán los descorrió impetuosamente,
el Tuerto sacó la tranca, giró la llave en
la cerradura, y clérigos y seglares se lanzaron contra
la canalla sin avisar ni dar voces, con los dientes apretados,
chispeantes los ojos, blandiendo látigos y esgrimiendo
garrotes.
No habrían transcurrido cinco minutos cuando
Barbacana, que por detrás de los visillos registraba
el teatro del combate, sonrió silenciosamente, o más
bien regañó los labios, descubriendo la amarilla
dentadura, y apretó con nerviosa violencia la barandilla
de la ventana. En todas direcciones huían los despavoridos
borrachos, chillando como si los cargase un regimiento de
caballería a galope: algunos tropezaban y caían
de bruces, y la tralla del Tuerto se les enroscaba alrededor
de los lomos, arrancándoles alaridos de dolor. Fustigaba
el hidalgo de Limioso con menos crueldad, pero con soberano
desprecio, como se fustigaría a una piara de marranos.
El cura de Boán sacudía estacazo limpio, con
regularidad y energía infatigables. El de Naya, incapaz
de mantenerse dentro de los límites de su papel justiciero,
insultaba, reía y vapuleaba a un mismo tiempo a los
beodos.
-¡Anda, tinaja, cuba, mosquito! ¡Toma, toma, para
que vuelvas otra vez, pellejo, odre! ¡Ve a dormir la mona,
cuero! ¡A la taberna con tus huesos, larpán, tonel
de mosto! ¡A la cárcel, borrachos, a vomitar lo que
tenéis en esas tripas!
Limpia estaba la calle; más
limpia ya que una patena: silencio profundo había
sustituido al vocerío, a los mueras y a la cencerrada
feroz. Por el suelo quedaban esparcidos despojos de la batalla:
cazos, almireces, cuernos de buey. En la escalera se oía
el ruido de los vencedores, que subían celebrando
el fácil triunfo. Delante de todos entró don
Eugenio, que se echó en una butaca partiéndose
a carcajadas y palmoteando. El cura de Boán le seguía
limpiándose el sudor. Ramón Limioso, serio
y aún melancólico, se limitó a entregar
a Barbacana el latiguillo, sin despegar los labios.
-¡Van...
buenos! -tartamudeó el abad de Naya reventando de
risa.
-Yo mallé en ellos... como quien malla en centeno!
-exclamó respirando con placer el de Boán.
-Pues yo -explicó el hidalgo-, si supiese que habían
de ser tan cobardes y echar a correr sin volvérsenos
siquiera, a fe que no me tomo el trabajo de salir.
-No se
fíen -observó el arcipreste-. Ahora en el Ayuntamiento
los avergüenza Trampeta, y capaz es de venir acá
en persona con los incircuncisos a darle un susto al señor
Licenciado (así llamaban a Barbacana familiarmente
sus amigos). Por si acaso, es prudente que estos señores
pasen aquí la noche. Yo tengo que misar mañana
en Loiro, y mi hermana estará muerta de miedo...,
que si no...
-Nada de eso -replicó perentoriamente
Barbacana-. Estos señores se vuelven cada uno a su
casa. No hay cuidado ninguno. A mí... me basta con
este mozo -añadió señalando al Tuerto,
agazapado otra vez en su rincón.
No fue posible reducir
al cacique a que aceptase la guardia de honor que le ofrecían.
Por otra parte, no se notaba síntoma alguno de que
hubiese de alterarse el orden nuevamente. Ni se oían
a lo lejos vociferaciones de electores victoriosos. El soñoliento
silencio de los pueblecillos pequeños y sin vida pesaba
sobre la villa de Cebre. Tres héroes de la gran batida,
y el arcipreste con ellos, salieron a caballo hacia la montaña.
No iban cabizbajos, a fuer de muñidores electorales
derrotados, sino llenos de regocijo, con gran cháchara
y broma, celebrando a más y mejor la somanta administrada
a los borrachines cencerreadores. Don Eugenio estaba inspirado,
oportuno, bullanguero, ocurrentísimo en una palabra;
había que oírle remedar los aullidos y la caída
de los ebrios en el lodo de la calle, y el gesto que ponía
el cura de Boán al majar en ellos.
Barbacana se quedó
solo con el Tuerto. Si alguno de los molidos músicos
de la cencerrada se atreviese a asomar la cabeza y mirar
hacia las ventanas del cacique, vería que, por fanfarronada
o por descuido, no estaban cerradas las maderas, y podría
distinguir, al través de los visillos y destacándose
sobre el fondo de la habitación alumbrada por el quinqué,
las cabezas del abogado y de su feroz defensor y seide. Sin
duda hablaban de algo importante, porque la plática
fue larga. Una hora o algo más corrió desde
que encendieron la luz hasta que las maderas se cerraron,
quedando la casa silenciosa, torva y sombría como
quien oculta algún negro secreto.
  - XXVII -
La persona en quien se notó mayor sentimiento por
la pérdida de las elecciones fue Nucha. Desde la derrota,
se desmejoró más de lo que estaba, y creció
su abatimiento físico y moral. Apenas salía
de su habitación donde vivía esclava de su
niña, cosida a ella día y noche. En la mesa,
mientras comía poco y sin gana, guardaba silencio,
y a veces Julián, que no apartaba los ojos de la señorita,
la veía mover los labios, cosa frecuente en las personas
poseídas de una idea fija, que hablan para sí,
sin emitir la voz. Don Pedro, como nunca huraño, no
se tomaba el trabajo de intentar un asomo de conversación.
Mascaba firme, bebía seco, y tenía los ojos
fijos en el plato, cuando no en las vigas del techo; jamás
en sus comensales.
Tan deshecha y acabada le parecía
al capellán la señorita, que un día
se atrevió, venciendo recelos inexplicables, a llamar
aparte a don Pedro, preguntándole en voz entrecortada
si no sería bueno avisar al señor de Juncal,
para que viese...
-¿Está usted loco? -respondió
don Pedro, fulminándole una mirada despreciativa-.
¿Llamar a Juncal..., después de lo que trabajó
contra mí en las elecciones? Máximo Juncal
no atravesará más las puertas de esta casa.
No replicó el capellán, pero pocos días
después, volviendo de Naya, se tropezó con
el médico. Éste detuvo su caballejo, y, sin
apearse, contestó a las preguntas de Julián.
-«Puede ser grave...». Quedó muy débil del
parto, y necesitaba cuidados exquisitos... Las mujeres nerviosas
sanan del cuerpo cuando se les tranquiliza y se les distrae
el espíritu... Mire, Julián, tendríamos
que hablar para seis horas si yo le dijese todo lo que pienso
de esa infeliz señorita, y de esos Pazos... Punto
en boca... Bonito diputado querían ustedes enviar
a las Cortes... Más valdría que sus padres
lo hubiesen mandado a la escuela...
Puede ser grave... Esto
principalmente se estampó en el pensamiento de Julián.
Sí que podía ser grave: ¿Y de qué medios
disponía él para conjurar la enfermedad y la
muerte? De ninguno. Envidió a los médicos.
Él sólo tenía facultades para curar
el espíritu: ni aun ésas le servían,
pues Nucha no se confesaba con él; y hasta la idea
de que se confesase, de ver desnuda un alma tan hermosa,
le turbaba y confundía.
Muchas veces había
pensado en semejante probabilidad: cualquier día era
fácil que Nucha, por necesidad de desahogo y de consuelo,
viniese a echársele a los pies en el tribunal de la
penitencia y a demandarle consejos, fuerza, resignación.
«¿Y quién soy yo -se decía Julián- para
guiar a una persona como la señorita Marcelina? Ni
tengo edad, ni experiencia, ni sabiduría suficiente;
y lo peor es que también me falta virtud, porque yo
debía aceptar gustoso todos los padecimientos de la
señorita, creer que Dios se los envía para
probarla, para acrecentar sus méritos, para darle
mayor cantidad de gloria en el otro mundo... y soy tan malo,
tan carnal, tan ciego, tan inepto, que me paso la vida dudando
de la bondad divina porque veo a esta pobre señora
entre adversidades y tribulaciones pasajeras... Pues no ha
de ser así -resolvía el capellán con
esfuerzo-. He de abrir los ojos, que para eso tengo la luz
de la fe, negada a los incrédulos, a los impíos,
a los que están en pecado mortal. Si la señorita
me viene a pedir que le ayude a llevar la cruz, enseñémosle
a que la abrace amorosamente. Es necesario que comprenda
ella, y yo también, lo que significa esa cruz. Con
ella se va a la felicidad única y verdadera. Por muy
dichosa que fuese la señorita aquí en el mundo,
vamos a ver, ¿cuánto tiempo y de qué manera
podría serlo? Aunque su marido la... estimase como
merece, y la pusiese sobre las niñas de sus ojos,
¿se libraría por eso de contrariedades, enfermedades,
vejez y muerte? Y cuando llega la hora de la muerte, ¿qué
importa ni de qué sirve haber pasado un poco más
alegre y tranquila esta vidilla perecedera y despreciable?».
Tenía Julián a la mano siempre un ejemplar
de la Imitación de Cristo; era la modesta edición
de la Librería religiosa, y castiza y admirable traducción
del P. Nieremberg. Al frente de la portada había un
grabado, bien ínfimo como obra de arte, que proporcionaba
al capellán mucho alivio cada vez que fijaba sus ojos
en él. Representaba una colina, el Calvario; y por
el estrecho sendero que conducía al lugar del suplicio,
iba subiendo lentamente Jesús, con la cruz a cuestas,
y el rostro vuelto hacia un fraile que allá en lontananza
se echaba otra cruz al hombro. Aunque malo el dibujo y peor
el desempeño, respiraba aquel grabado una especie
de resignación melancólica, adecuada a la situación
moral del presbítero. Y después de haberlo
contemplado despacio, parecíale sentir en los hombros
una pesadumbre abrumadora y dulcísima a la vez, y
una calma honda, como si se encontrase -calculaba él
para sí- sepultado en el fondo del mar, y el agua
le rodease por todas partes, sin ahogarle. Entonces leía
párrafos del libro de oro, que se le entraban en el
alma a manera de hierro enrojecido en la carne:
«¿Por qué
temes, pues, tomar la cruz, por la cual se va al reino? En
la cruz está la salud, en la cruz está la vida,
en la cruz está la defensa de los enemigos, en la
cruz está la infusión de la suavidad soberana,
en la cruz está la fortaleza del corazón, en
la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz
está la suma virtud, en la cruz está la perfección
de la santidad... Toma pues tu cruz, y sigue a Jesús...
Mira que todo consiste en la cruz, y todo está en
morir; y no hay otro camino para la vida y para la verdadera
paz que el de la santa cruz y continua mortificación...
Dispón y ordena todas las cosas según tu querer,
y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado
o por fuerza; y así siempre hallarás la cruz,
porque o sentirás dolor en el cuerpo, o padecerás
tribulación en el espíritu... Cuando llegares
al punto de que la aflicción te sea dulce y gustosa
por amor de Cristo, piensa entonces que te va bien, porque
hallaste el paraíso en la tierra...».
-¡Cuándo
llegaré yo a este estado de bienaventuranza, Señor!
-murmuraba Julián poniendo una señal en el
libro-. Había oído algunas veces que Dios concede
lo que se le pide mentalmente en el acto de consagrar la
hostia, y con muchas veras le pedía llegar al punto
de que su cruz... No, la de la pobre señorita, le
fuese dulce y gustosa, como decía Kempis...
A la
misa en la capilla remozada asistía siempre Nucha,
oyéndola toda de rodillas, y retirándose cuando
Julián daba gracias. Sin volverse ni distraerse en
la oración, Julián conocía el instante
en que se levantaba la señorita y el ruido imperceptible
de sus pisadas sobre el entarimado nuevo. Cierta mañana
no lo oyó. Este hecho tan sencillo le privó
de rezar con sosiego. Al alzarse, vio a Nucha también
en pie, el índice sobre los labios. Perucho, que ayudaba
a misa con desembarazo notable, se dedicaba a apagar los
cirios, valiéndose de una luenga caña. La mirada
de la señorita decía elocuentemente:
«Que
se vaya ese niño».
El capellán ordenó
al acólito que despejase.
Tardó éste
algo en obedecer, deteniéndose en doblar la toalla
del lavatorio. Al fin se fue, no muy de su grado. Llenaba
la capilla olor de flores y barniz fresco; por las ventanas
entraba una luz caliente, que cernían visillos de
tafetán carmesí; y las carnes de los santos
del altar adquirían apariencia de vida, y la palidez
de Nucha se sonroseaba artificialmente.
-¿Julián?
-preguntó con imperioso acento, extraño en
ella.
-Señorita... -respondió él en
voz baja, por respeto al lugar sagrado. Tembláronle
los labios y las manos se le enfriaron, pues creyó
llegado el terrible momento de la confesión.
-Tenemos
que hablar. Y ha de ser aquí, por fuerza. En otras
partes no falta quien aceche.
-Es verdad que no falta.
-¿Hará usted lo que le pida? -Ya sabe que... -¿Sea
lo que sea?
-Yo... Su turbación crecía: el
corazón le latía con sordo ruido. Se recostó
en el altar.
-Es preciso -declaró Nucha sin apartar
de él sus ojos, más que vagos, extraviados
ya- que me ayude usted a salir de aquí. De esta casa.
-A... A... salir... -tartamudeó Julián, aturdido.
-Quiero marcharme. Llevarme a mi niña. Volverme junto
a mi padre. Para conseguirlo hay que guardar secreto. Si
lo saben aquí, me encerrarán con llave. Me
apartarán de la pequeña. La matarán.
Sé de fijo que la matarán.
El tono, la expresión,
la actitud, eran de quien no posee la plenitud de sus facultades
mentales; de mujer impulsada por excitación nerviosa
que raya en desvarío.
-Señorita... -articuló
el capellán, no menos alterado-, no esté de
pie, no esté de pie... Siéntese en este banquito...
Hablemos con tranquilidad... Ya conozco que tiene disgustos,
señorita... Se necesita paciencia, prudencia... Cálmese...
Nucha se dejó caer en el banco. Respiraba fatigosamente,
como persona en quien se cumplen mal las funciones pulmonares.
Sus orejas, blanquecinas y despegadas del cráneo,
transparentaban la luz. Habiendo tomado aliento, habló
con cierto reposo.
-¡Paciencia y prudencia! Tengo cuanta
cabe en una mujer. Aquí no viene al caso disimular:
ya sabe usted cuándo empezó a clavárseme
la espina; desde aquel día me propuse averiguar la
verdad, y no me costó... gran trabajo. Digo, sí;
me costó un... un combate... En fin, eso es lo que
menos importa. Por mí no pensaría en irme,
pues no estoy buena y se me figura que... duraré poco...,
pero..., ¿y la niña?
-La niña... -La van
a matar, Julián, esas... gentes. ¿No ve usted que
les estorba? ¿Pero no lo ve usted?
-Por Dios le pido que
se sosiegue... Hablemos con calma, con juicio...
-¡Estoy
harta de tener calma! -exclamó con enfado Nucha, como
el que oye una gran simpleza-. He rogado, he rogado... He
agotado todos los medios... No aguardo, no puedo aguardar
más. Esperé a que se acabasen las elecciones
dichosas, porque creía que saldríamos de aquí
y entonces se me pasaría el miedo... Yo tengo miedo
en esta casa, ya lo sabe usted, Julián; miedo horrible...
Sobre todo de noche.
A la luz del sol, que tamizaban los
visillos carmesíes, Julián vio las pupilas
dilatadas de la señorita, sus entreabiertos labios,
sus enarcadas cejas, la expresión de mortal terror
pintada en su rostro.
-Tengo mucho miedo -repitió
estremeciéndose.
Renegaba Julián de su sosera.
¡Cuánto daría por ser elocuente! Y no se le
ocurría nada, nada. Los consuelos místicos
que tenía preparados y atesorados, la teoría
de abrazarse a la cruz..., todo se le había borrado
ante aquel dolor voluntarioso, palpitante y desbordado.
-Ya desde que llegué... esta casa tan grande y tan
antigua... -prosiguió Nucha- me dio frío en
la espalda... Sólo que ahora... no son tonterías
de chiquilla mimada, no... Me van a matar a la pequeña...
¡Usted lo verá! Así que la dejo con el ama,
estoy en brasas... Acabemos pronto... Esto se va a resolver
ahora mismo. Acudo a usted, porque no puedo confiarme a nadie
más... Usted quiere a mi niña.
-Lo que es
quererla... -balbució Julián, casi afónico
de puro enternecido.
-Estoy sola, sola... -repitió
Nucha pasándose la mano por las mejillas. Su voz sonaba
como entrecortada por lágrimas que contenía-.
Pensé en confesarme con usted, pero... buena confesión
te dé Dios... No obedecería si usted me mandase
quedarme aquí... Ya sé que es mi obligación:
la mujer no debe apartarse del marido. Mi resolución,
cuando me casé, era...
Detúvose de pronto,
y careándose con Julián, le preguntó:
-¿No le parece a usted como a mí que este casamiento
tenía que salir mal? Mi hermana Rita ya era casi novia
del primo cuando él me pidió... Sin culpa mía,
quedamos reñidas Rita y yo desde entonces... No sé
cómo fue aquello; bien sabe Dios que no puse nada
de mi parte para que Pedro se fijase en mí. Papá
me aconsejó que, de todos modos, me casase con el
primo... Yo seguí el consejo... Me propuse ser buena,
quererle mucho, obedecerle, cuidar de mis hijos... Dígame
usted, Julián, ¿he faltado en algo?
Julián
cruzó las manos. Sus rodillas se doblaban, y a punto
estuvo de hincarlas en tierra. Pronunció con entusiasmo:
-Usted es un ángel, señorita Marcelina. -No...
-replicó ella-, ángel no, pero no me acuerdo
de haber hecho daño a nadie. He cuidado mucho a mi
hermanito Gabriel, que era delicado de salud y no tenía
madre...
Al pronunciar esta frase, la ola rebosó,
las lágrimas corrieron por fin; Nucha respiró
mejor, como si aquellos recuerdos de la infancia templasen
sus nervios y el llanto le diese alivio.
-Y por cierto que
le tomé tal cariño, que pensaba para mí:
«Si tengo hijos algún día, no es posible quererlos
más que a mi hermano». Después he visto que
esto era un disparate; a los hijos se les quiere muchísimo
más aún.
El cielo se nublaba lentamente, y
se oscurecía la capilla. La señorita hablaba
con sosiego melancólico.
-Cuando mi hermano se fue
al colegio de artillería, yo no pensé más
que en dar gusto a papá, y en que se notase poco la
falta de la pobre mamá... Mis hermanas preferían
ir a paseo, porque, como son bonitas, les gustaban las diversiones.
A mí me llamaban feúcha y bizca, y me aseguraban
que no encontraría marido.
-¡Ojalá! -exclamó
Julián sin poder reprimirse.
-Yo me reía.
¿Para qué necesitaba casarme? Tenía a papá
y a Gabriel con quien vivir siempre. Si ellos se me morían,
podía entrar en un convento: el de las Carmelitas,
en que está la tía Dolores, me gustaba mucho.
En fin, no he tenido culpa ninguna del disgusto de Rita.
Cuando papá me enteró de las intenciones del
primo, le dije que no quería sacarle el novio a mi
hermana, y entonces papá... me besuqueó mucho
en los carrillos, como cuando era pequeña, y... me
parece que le estoy oyendo... me respondió así:
«Rita es una tonta..., cállate». Pero por mucho que
diga papá... ¡al primo le seguía gustando más
Rita!...
Continuó después de algunos segundos
de silencio:
-Ya ve usted que no tenía mucho por
qué envidiarme mi hermana... ¡Cuánta hiel he
tragado, Julián! Cuando lo pienso se me pone un nudo
aquí...
El capellán pudo al fin expresar parte
de sus sentimientos.
-No me extraña que se le ponga
ese nudo... Soy yo y lo tengo también... Día
y noche estoy cavilando en sus males, señorita...
Cuando vi aquella señal... La lastimadura en la muñeca...
Por primera vez durante la conversación se encendió
el descolorido rostro de Nucha, y sus ojos se velaron, cubriéndolos
la caída de las pestañas. No respondió
directamente.
-Mire usted -murmuró con asomos de
amarga sonrisa- que siempre me suceden a mí desgracias
por cosas de que no tengo la culpa... Pedro se empeñaba
en que yo le reclamase a papá la legítima de
mamá, porque papá le negó un dinero
que le hacía falta para las elecciones. También
se disgustó mucho porque la tía Marcelina,
que pensaba instituirme heredera, creo que va a dejarle a
Rita los bienes... Yo no tengo que ver con nada de eso...
¿Por qué me matan? Ya sé que soy pobre: no
hay necesidad de repetírmelo... En fin, esto es lo
de menos... Me dolió bastante más el que mi
marido me dijese que por mí se ve sin sucesión
la casa de Moscoso... ¡Sin sucesión! ¿Y mi niña?
¡Angelito de mis entrañas!
Lloraba la infeliz señora,
lentamente, sin sollozar. Sus párpados tenían
ya el matiz rojizo que dan los pintores a los de las Dolorosas.
-Lo mío -añadió- no me importa. Lo
mío lo aguantaría hasta el último instante.
Que me... traten de un modo... o de otro, que... que la criada...
sea... ocupe mi sitio... bien..., bien, paciencia, sería
cuestión de tener paciencia, de sufrir, de dejarse
morir... Pero está de por medio la niña...,
hay otro niño, otro hijo, un bastardo... La niña
estorba... ¡La matarán!...
Repitió solemnemente
y muy despacio:
-La matarán. No me mire usted así.
No estoy loca, sólo estoy excitada. He determinado
marcharme e irme a vivir con mi padre. Me parece que esto
no es ningún pecado, ni tampoco el llevarme a la pequeña.
¡Y si peco, no me lo diga, Julianciño!... Es resolución
irrevocable. Usted vendrá conmigo, porque sola no
conseguiría realizar mi plan. ¿Me acompañará?
Julián quiso objetar algo; ¿qué? No lo sabía
él mismo. El diminutivo cariñoso usado por
la señorita, la febril resolución con que hablaba,
le vencieron. ¿Negarse a ayudar a la desdichada? Imposible.
¿Pensar en lo que el proyecto tenía de extraño,
de inconveniente? Ni se le ocurrió un minuto. A fuer
de criatura candorosa, una fuga tan absurda le pareció
hasta fácil. ¿Oponerse a la marcha? También
él había tenido y tenía a cada instante
miedo, miedo cerval, no sólo por la niña, sino
por la madre: ¿acaso no se le había ocurrido mil veces
que la existencia de las dos corría inminente peligro?
Además, ¿qué cosa en el mundo dejaría
él de intentar por secar aquellos ojos puros, por
sosegar aquel anheloso pecho, por ver de nuevo a la señorita
segura, honrada, respetada, cercada de miramientos en la
casa paterna?
Se representaba la escena de la escapatoria.
Sería al amanecer. Nucha iría envuelta en muchos
abrigos. Él cargaría con la niña, dormidita
y arropadísima también. Por si acaso llevaría
en el bolsillo un tarro con leche caliente. Andando bien
llegarían a Cebre en tres horas escasas. Allí
se podían hacer sopas. La nena no pasaría hambre.
Tomarían en el coche la berlina, el sitio más
cómodo. Cada vuelta de la rueda les alejaría
de los tétricos Pazos...
Muy quedito, como quien
se confiesa, empezaron a debatir y resolver estos pormenores.
Otro rayo de sol entreabría las nubes, y los santos,
en sus hornacinas, parecían sonreír benévolamente
al grupo del banquillo. Ni la Purísima de sueltos
tirabuzones y traje blanco y azul, ni el san Antonio que
hacía fiestas a un niño Jesús regordete,
ni el san Pedro con la tiara y las llaves, ni siquiera el
arcángel san Miguel, el caballero de la ardiente espada,
siempre dispuesto a rajar y hendir a Satanás, revelaban
en sus rostros pintados de fresco el más leve enojo
contra el capellán, ocupado en combinar los preliminares
de un rapto en toda regla, arrebatando una hija a su padre
y una mujer a su legítimo dueño.
  - XXVIII -
Al llegar aquí de la narración, es preciso
acudir, para completarla, a las reminiscencias que grabaron
para siempre en la imaginación del lindo rapazuelo,
hijo de Sabel, los sucesos de la memorable mañana
en que por última vez ayudó a misa al bonachón
de don Julián (el cual, por más señas,
solía darle dos cuartos una vez terminado el oficio
divino).
El primer recuerdo que Perucho conserva es que,
al salir de la capilla, quedóse muy triste arrimado
a la puerta, porque aquel día el capellán no
le había dado cosa alguna. Chupándose el dedo
y en actitud meditabunda permaneció allí unos
instantes, hasta que la misma falta de los dos cuartos acostumbrados
le descubrió un rayo de luz: ¡su abuelo le había
prometido otros dos si le avisaba cuando la señora
se quedase en la capilla después de oída la
misa! Raciocinando con sorprendente rigor matemático,
calculó que pues perdía dos cuartos por un
lado, era urgente ganarlos por otro; apenas concibió
tan luminosa idea, sintió que las piernas le bailaban,
y echó a correr con toda la velocidad posible en busca
de su abuelo.
Atravesando la cocina, colóse en la
habitación baja donde despachaba Primitivo, y empujando
la puerta, le vio sentado ante una gran mesa antigua, sobre
la cual se encrespaba un maremágnum de papelotes cubiertos
de cifras engarrapatadas, de apuntes escritos con letra jorobada
y escabrosa, por mano que no debía ser diestra ni
aun en palotes. La mesa y el cuarto en general atraían
a Perucho con el encanto que posee para la niñez lo
desordenado y revuelto, los sitios en que se acumulan muchas
cosas variadas, pues imaginan ellos que cada montón
de objetos es un mundo desconocido, un depósito de
tesoros inestimables. Rara vez entraba allí Perucho;
su abuelo acostumbraba echarle para que no sorprendiese ciertas
operaciones financieras que el mayordomo gustaba de realizar
sin testigos. Cuando el nieto entró, la cara pulimentada
y oscura de Primitivo podía confundirse con el tono
bronceado de un acervo de calderilla o montaña de
cobre, de la cual iban saliendo columnitas, columnitas que
el mayordomo alineaba en correcta formación... Perucho
se quedó deslumbrado ante tan fabulosa riqueza. ¡Allí
estaban sus dos cuartos! ¡Menuda pepita de aquel gran criadero
de metal! Lleno de esperanza, alzó la voz cuanto pudo,
y dio su recado. Que la señora estaba en la capilla,
con el señor capellán... Que le habían
despedido de allí.
Iba a añadir: «Y que se
me deben dos cuartos por la noticia» o cosa análoga,
pero no le dio lugar a ello su abuelo, alzándose del
sillón con la agilidad de bicho montés que
caracterizaba sus movimientos todos, no sin que al hacerlo
produjese un tempestuoso remolino en el mar de calderilla,
y la caída de algunas torres que, con sonoro estrépito,
se rindieron a la gran pesadumbre. Primitivo salió
corriendo hacia el interior de la casa. El chiquillo se quedó
allí, solicitado por las dos tentaciones más
fuertes que en su vida había sufrido. Era una la de
comerse las obleas, que con su provocativa blancura y encendido
rojo le estaban convidando desde un bote de hojalata, y aun
cuando sería más glorioso para nuestro héroe
vencer el goloso capricho, la sinceridad obliga a declarar
que alargó el dedo humedecido en saliva, y fue pescando
una, dos, tres, hasta zamparse cuantas encerraba el bote.
Satisfecha esta concupiscencia, le apremió la otra,
incitándole nada menos que a cobrarse por su mano
de los dos cuartos prometidos, tomándolos del montón
que tenía allí delante, a su disposición
y albedrío. No sólo apetecía cobrarse
del debido salario, sino que le seducían principalmente
unos ochavos roñosos llamados de la fortuna en el
país, y que, merced a consideraciones muy lógicas
en su mente infantil, le parecían preferibles a las
piezas gordas. Las adquisiciones y placeres de Perucho los
representaba generalmente un ochavo. Por un ochavo le daba
la rosquillera, en ferias y romerías, caramelos de
alfeñique o rosquillas bastantes; por un ochavo le
vendían bramante suficiente para el trompo, y le surtía
el cohetero de pólvora en cantidad con que hacer regueritos;
por un ochavo se procuraba tiras de mistos de cartón,
groseras aleluyas impresas en papel amarillo, gallos de barro
con un pito en parte no muy decorosa. Y todo esto lo tenía
al alcance de su mano, como las obleas; ¡y nadie le veía
ni podía delatarle! El angelote se empinó en
la punta de los pies para alcanzar mejor el dinero, alargó
a la vez ambas palmas, y las sumergió en el mar de
cobre... Las paseó mucho rato por la superficie sin
osar cerrarlas... Por fin hizo presa en un puñado
de ochavos, y entonces apretó el puño fortísimamente,
con la intensidad propia de los niños, que temen siempre
se les escape la dicha por la mano abierta. Y así
se mantuvo inmóvil, sin atreverse a retraer aquella
diestra pecadora y cargada de botín al seguro rincón
del seno, donde almacenaba siempre sus latrocinios. Porque
es de advertir que Perucho tenía bastante de caco,
y con la mayor frescura se apropiaba huevos, fruta, y, en
general, cuantos objetos codiciaba; pero, con respeto supersticioso
de aldeano, que sólo juzga propiedad ajena el dinero,
jamás había tocado a una moneda. En el alma
de Perucho se verificaba una de esas encarnizadas luchas
entre el deber y la pasión, cantadas por la musa dramática:
el ángel malo y el bueno le tiraban cada uno de una
oreja, y no sabía a cuál atender. ¡Tremendo
conflicto! Pero regocíjense el cielo y los hombres,
pues venció el espíritu de luz. ¿Fue el primer
despertar de ese sentimiento de honor que dicta al hombre
heroicos sacrificios? ¿Fue una gota de la sangre de Moscoso,
que realmente corría por sus venas y que, con la misteriosa
energía de la transmisión hereditaria, le guió
la voluntad como por medio de una rienda? ¿Fue temprano fruto
de las lecciones de Julián y Nucha? Lo cierto es que
el rapaz abrió la mano, separando mucho los dedos,
y los ochavos apresados cayeron entre los restantes, con
metálico retintín.
No por eso hay que figurarse
que Perucho renunciaba a sus dos cuartos, los ganados honradamente
con la agilidad de sus piernas. ¡Renunciar! ¡A buena parte!
Aquel mismo embrión de conciencia que en el fondo
de su ser, donde todos tenemos escrita desde ab initio gran
parte del Decálogo, le gritaba: «no hurtarás»,
le dijo con no menor energía: «tienes derecho a reclamar
lo que te ofrecieron». Y, obedeciendo a la impulsión,
la criatura echó a correr en la misma dirección
que su abuelo.
Casualmente tropezó con él
en la cocina, donde preguntaba algo a Sabel en queda voz.
Acercósele Perucho, y asiéndole de la chaqueta
exclamó:
-¿Mis dos cuartos? No hizo caso Primitivo.
Dialogaba con su hija, y, a lo que Perucho pudo comprender,
ésta explicaba que el señorito había
salido de madrugada a tirar a los pollos de perdiz, y suponía
que anduviese hacia la parte del camino de Cebre. El abuelo
soltó un juramento que usaba a menudo y que Perucho
solía repetir por fanfarronada, y, sin más
conversación, se alejó.
Aseguró Perucho
después que le había llamado la atención
ver al abuelo salir sin tomar la escopeta y el sombrerón
de alas anchas, prendas que no soltaba nunca. Semejante idea
debió ocurrírsele al chiquillo más tarde,
en vista de los sucesos. Al pronto sólo pensó
en alcanzar a Primitivo, y lo logró en lo alto del
camino que baja a los Pazos. Aunque el cazador iba como el
pensamiento, el rapaz corría en regla también.
-¡Anda al demonio! ¿Qué se te ofrece? -gruñó
Primitivo al conocer a su nieto.
-¡Mis dos cuartos! -Te
doy cuatro en casa si me ayudas a buscar por el monte al
señorito y le dices, en cuanto lo veas, lo que me
dijiste a mí, ¿entiendes? Que el capellán está
con la señora encerrado en la capilla y que te echaron
de allí para quedar solos.
El angelón fijó
sus pupilas límpidas en los fascinadores ojuelos de
víbora de su abuelo; y, sin esperar más instrucciones,
abriendo mucho la boca, salió a galope hacia donde
por instinto juzgaba él que el señorito debía
encontrarse. Volaba, con los puños apretados, haciendo
saltar guijarros y tierra al golpe de sus piececillos encallecidos
por la planta. Cruzaba por cima de los tojos sin sentir las
espinas, hollando las flores del rosado brezo, salvando matorrales
casi tan altos como su persona, espantando la liebre oculta
detrás de un madroñero o la pega posada en
las ramas bajas del pino. De repente oyó el andar
de una persona y vio al señorito salir de entre el
robledal... Loco de júbilo se acercó a darle
su recado, del cual esperaba albricias. Éstas fueron
la misma palabrota inmunda y atroz que había expectorado
su abuelo en la cocina; y el señorito salió
disparado en dirección de los Pazos, como si un torbellino
lo arrebatase.
Perucho se quedó algunos instantes
suspenso y confuso; él afirma que al poco rato volvió
a embargar su ánimo el deseo de los cuartos ofrecidos,
que ya ascendían a la respetable suma de cuatro. Para
obtenerlos era menester buscar a su abuelo, y avisarle del
encuentro con el señorito; no lo tuvo por difícil,
pues recordaba aproximadamente el punto del bosque donde
Primitivo quedaba; y por atajos y vericuetos sólo
practicables para los conejos y para él, Perucho se
lanzó tras la pista de su abuelo. Trepaba por un murallón
medio deshecho ya, amparo de un viñedo colgado, por
decirlo así, en la falda abrupta del monte, cuando
del otro lado del baluarte que escalaba creyó sentir
rumor de pisadas, que la finura de su oído no confundió
con las del cazador; y con el instinto cauteloso de los niños
hijos de la naturaleza y entregados a sí mismos, se
agachó, quedando encubierto por el murallón
de modo que sólo rebasase la frente. No podía
dudarlo; eran pisadas humanas, bien distintas de la corrida
de la liebre por entre las hojas, o de los golpecitos secos
y reiterados que sacuden las patas unguladas del zorro o
del perro. |