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    El Diablo Mundo
     José de Espronceda
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ArribaAbajoCanto III


   «¡Cuán fugaces los años,
¡ay!, se deslizan, Póstumo!», gritaba
el lírico latino, que sentía
cómo el tiempo cruel le envejecía,
y el ánimo y las fuerzas le robaba.  5
Y es triste a la verdad ver cómo huyen
para siempre las horas, y con ellas
las dulces esperanzas que destruyen
sin escuchar jamás nuestras querellas.
¡Fatalidad! ¡Fatalidad impía!  10
Pasa la juventud, la vejez viene,
¡y nuestro pie que nunca se detiene
recto camina hacia la tumba fría!
Así yo meditaba
en tanto me afeitaba  15
esta mañana mismo, lamentando
como mi negra cabellera riza,
seca ya como cálida ceniza,
iba por varias partes blanqueando;
y un triste adiós mi corazón sentido  20
daba a mi juventud, mientras la historia
corría mi memoria
del tiempo alegre por mi mal perdido,
y un doliente gemido
mi dolor tributaba a mis cabellos  25
que canos se teñían,
pensando que ya nunca volverían
hermosas manos a jugar con ellos.
   ¡Malditos treinta años,
funesta edad de amargos desengaños!  30
   Perdonad, hombres graves, mi locura,
vosotros los que veis sin amargura,
como cosa corriente,
que siga un año al año antecedente,
y nunca os rebeláis contra el destino.  35
¡Oh!, será un desatino,
mas yo no me resigno a hallarme viejo
al mirarme al espejo,
y la razón averiguar quisiera
que en este nuestro mundo misterioso,  40
sin encontrar reposo,
nos obliga a viajar de esta manera.
   Y luego las mujeres, todavía
son mi dulce manía:
ellas la senda de ásperos abrojos  45
de la vida suavizan y coloran,
¡y a las mujeres los llorosos ojos
y los cabellos blancos no enamoran!
¡Griegos liceos! ¡Célebres hospicios!
(exclamaba también Lope de Vega  50
llorando la vejez de su sotana)
que apenas de haber sido dais indicios
su morirse del tiempo en la refriega,
y ejemplo sois de la locura humana.
¡Ah!, ¡no es extraño que el que a treinta llega  55
llegue a encontrarse la cabeza cana!
   Adiós amores, juventud, placeres,
adiós, vosotras, las de hermosos ojos,
hechiceras mujeres,
que en vuestros labios rojos  60
brindáis amor al alma enamorada.
Dichoso el que suspira
y oye de vuestra boca regalada,
siquiera una dulcísima mentira
en vuestro aliento mágico bañada.  65
¡Ah!, para siempre adiós: mi pecho llora
al deciros adiós ¡ilusión vana!
Mi tierno corazón siempre os adora,
mas mi cabeza se me vuelve cana.
   Coloraba en Oriente  70
el sol resplandeciente
los campos de zafir con rayos de oro,
y su rico tesoro
del faldellín de plata derramaba
la aurora, y esmaltaba  75
la esmeralda del prado con mil flores,
brotando aromas y vertiendo amores,
y llenaban el mundo de armonía.
La mar serena y la arboleda umbría
rizando aquéllas sus lascivas olas,  80
y éstas las verdes copas ondeando,
coronadas de vagas aureolas
a los rayos del sol que se va alzando.
   Y era el año cuarenta en que yo escribo
de este siglo que llaman positivo;  85
cuando el que viejo fue, por la mañana
en vez de hallarse la cabeza cana
y arrugada la frente,
se encontró de repente
joven al despertar, fuerte y brioso;  90
y el antes fatigoso
del triste corazón flaco latido,
en vigoroso golpe convertido;
y palpitantes, conteniendo apenas
la hirviente sangre, las hinchadas venas.  95
Y sintió nueva fuerza en los nervudos
músculos, antes de calor desnudos,
mientras en su agitada fantasía
volando con locura el pensamiento,
en vaga tropa imágenes sin cuento  100
de oro y azul el porvenir traía.
   El corazón henchido de esperanza,
sin temor de mudanza
mecida el alma en el placer futuro,
el ánimo seguro  105
tras su ilusión lanzándose a la gloria,
y libre de recuerdos la memoria
y el alma y todo nuevo.
Todo esperanzas el feliz mancebo.
    La nube más ligera  110
no empañaba la atmósfera siquiera
de su nuevo atrevido pensamiento;
nuevo su sentimiento
y pura y nueva su esperanza era;
a su espalda las aguas del olvido  115
sus antiguos recuerdos se llevaron,
y de la vida con raudal crecido
correr el limpio manantial dejaron.
   Y era el primer latido
que daba el corazón, y era el primero  120
pensamiento ligero
que formaba la mente, y la primera
nacarada ilusión del alma era.
Sus ojos a mirar no se volvían
los recuerdos que huían.  125
Y el denso velo de la mente oculta,
porque muertos habían,
muerto ya hasta el recuerdo de su nombre,
que allá también la eternidad sepulta,
y al despertar amaneció otro hombre.  130
   ¿Quién dudará que el nombre es un tormento?
Todo el tiempo pasado
va para siempre atado
al nombre que conserva el pensamiento,
y trae a la memoria  135
un solo nombre, una doliente historia.
Hilo tal vez de la madeja suelto,
en el nombre ya envuelto
el despecho, el placer, las ilusiones
de cien generaciones  140
que su historia acabaron
y cuyos nombres sólo nos quedaron.
Clavo de donde cuelgan nuestras vidas
en mis jirones pálidos rompidas,
que traen a la memoria  145
cual rota enseña de pasada gloria.
Porque el nombre es el hombre
y es su primer fatalidad su nombre
y en él se encarna a su existencia unido,
y en su inmortal espíritu se infunde,  150
y en su ser se confunde,
y arranca su memoria del olvido.
Y viviendo de ajena y propia vida,
alma de los que fueron, desprendida
júntase al alma del que vive y lleva  155
cual parte de su vida en su memoria
la ajena vida y la pasada historia.
   Cuanto diciendo voy se me figura
metafísica pura,
puro disparatar, y ya no entiendo  160
lector, te juro, lo que voy diciendo.
Vuelvo a mi cuento, y digo
que el viejo nuestro amigo
amaneció tan otro y tan ufano
tan orondo y lozano,  165
que envidia y gloria diera
a un jerónimo antiguo si le viera.
No hablo de los jerónimos de hoy día,
que flacos, macilentos,
tal vez recuerdan con la panza fría  170
la abundancia y la paz de sus conventos.

   Tersa y luciente brilla
la morena mejilla.
Los afilados dientes
unidos, transparentes,  175
entre sus labios de carmín blanquean,
y en negros rizos por su espalda ondean
los cabellos de ébano bruñido,
en tanto, que encendido
fuego sus negros ojos centellean;  180
y su frente diáfana ilumina
su raudo pensamiento,
prestando a su semblante movimiento
vívido rayo de la luz divina
ancha la espalda, levantando el pecho,  185
de férreos nervios hecho
el vigoroso cuerpo, y la belleza
junta a la fortaleza.
Maravillosa máquina formada
por ingenio divino,  190
de siglos mil a resistir lanzada
el choque y torbellino.
   ¡Y el alma!, ¡el corazón!, ¡la fantasía!
¡Oh!, la aurora más pura y más serena
de abril florido en la estación amena  195
fuera junto a su luz noche sombría.
   Nosotros, ¡ah!, los que al nacer lloramos,
que paso a la razón seguimos,
que una impresión tras otra recibimos
que ora a la infancia, a la niñez llegamos,  200
luego a la juventud, ¡ah!, no alcanzamos
a imaginar la dicha y la limpieza
del alma en su pureza.
¿Quién no lleva escondido
un rayo de dolor dentro del pecho?  205
¿Por cuál dichoso rostro no han corrido
lágrimas de amargura y de despecho?
¡Quién no lleva en su alma,
¡ah!, por muy joven y feliz que sea,
un penoso recuerdo, alguna idea,  210
que nublando su luz turba su calma!

   Tal nuestro padre Adán... Pero dejando
comparaciones frías
que el alma atormentando
nos traen recuerdos de mejores días,  215
y de aquella fatal, negra mañana
de la flaqueza o robustez de Eva,
cuando alargó la mano a la manzana
y... Pero, pluma, queda...
¿A qué vuelvo otra vez al paraíso  220
cuando la suerte quiso
que no fuera yo Adán, sino Espronceda?
Ni el primer hombre, ni el varón segundo
sino Dios sabe el cuántos, que no tengo
número conocido, y me entretengo  225
en este mundo tan alegre y vario,
como en jaula de alambres el canario
divertido en cantar mi Diablo Mundo,
grandílocuo poema y elocuente,
en vez de hablar allí con la serpiente...  230
Reptil sin instrucción, poco profundo,
poco espiritual, y al cabo un ente
de fe traidora y de melosa lengua,
el cual tal vez me hubiera pervertido,
y como a Eva para eterna mengua  235
deshonrado además y seducido;
y al fin allí no había
cátedras ni colegios todavía.
   Y dejando también mis digresiones,
más largas cada vez, más enojosas,  240
que para mí son tachas y borrones
de las mejores obras, fastidiosas
haciéndolas, llevando al pacienzudo
lector confuso siempre, aunque es defecto
de escritor concienzudo  245
que perdona el efecto,
con la intención de mejorar conciencias
con sus disertaciones y advertencias.
   El hombre en fin se levantó del lecho
mancebo ardiente y vigoroso hecho,  250
fuera de sí de esfuerzo y de alegría,
rebosándole el gozo
al rostro, y en el alma el alborozo,
al impulso secreto que sentía.
    Era el mes de abril una mañana;  255
con un rayo de sol dorado el viento
alegraba el cristal de su ventana,
y mecidas en blando movimiento
de varios tiestos las pintadas flores
sus corolas erguían  260
y al transparente céfiro esparcían
juveniles aromas y colores.
   Desplegaba ligera
entre las flores y el cristal sus alas,
ninfa de la galana primavera,  265
de su color vestida y ricas galas,
en círculos volando bulliciosa
alegre mariposa,
sus alas dando al sol rico tesoro
de nieve y de zafir con polvos de oro.  270
Y la aromosa flor que se mecía,
y el aliento del aura enamorada,
y la brillante luz que se bullía,
el inquieto volar de la encantada
eran, y rico adorno  275
mariposa feliz girando en torno,
imágenes doradas de la vida
que a la ilusión del porvenir convida.
Flores, luces, aromas y colores,
que sueña el alma enamorada cuando  280
guardan su sueño a su alrededor cantando
la virtud, la esperanza y los amores,
   y un alegre rumor que el vago viento
en confundido acento
de la calle elevaba  285
bullicio de la gente que pasaba,
cada cual acudiendo a sus quehaceres,
acá y allá esparcidos,
su afán mezclando y diferentes ruidos
al confuso rumor de los talleres.  290
Escalando a la estancia del mancebo
con estrépito alegre y armonía,
a su encantado pensamiento nuevo
regocijo añadía.
¡Oh mundo encubridor, mundo embustero!  295
¡Quién en la calle de Alcalá creyera
tanta felicidad que se escondiera
y en un piso tercero!
Mas todo son jardines de hermosura,
si con su varia tinta  300
el alma en su ventura
y mágica ilusión el cuadro pinta.
¡Y el más bello pensil trueca y convierte
del alma la amargura
en páramo erial de luto y muerte!  305

   ¡Bueno es el mundo!, ¡bueno!, ¡bueno!, ¡bueno!
Ha cantado un poeta amigo mío,
mas es fuerza mirarlo así de lleno,
el cielo, el campo, el mar, la gente, el río
sin entrarse jamás en pormenores  310
ni detenerse a examinar despacio,
que espinas llevan las lozanas flores,
y el más blanco y diáfano topacio
y la perla más fina,
manchas descubrirá si se examina.  315
Pero ¿qué hemos de hacer, no examinar?
¿Y el mundo que ande como quiera andar?
Pasar por todo y darlo de barato
fuera vivir cual sandio mentecato;
elegir la virtud en un buen medio  320
es un continuo tedio;
lanzarse a descubrir y lanzarse al cielo
cuando apenas alcanza nuestro vuelo
a elevarnos un palmo de la tierra,
miserables enanos,  325
y con voces hacer mezquina guerra
y levantar las impotentes manos,
es ridículo asaz y harto indiscreto.
Vamos andando pues y haciendo ruido,
llevando por el mundo el esqueleto  330
de carne y nervios y de piel vestido,
¡y el alma, que no sé yo do se esconde!
Vamos andando sin saber adónde.

   Vagaba en tanto por la estancia en cueros
sin respeto al pudor como un salvaje.  335
O como andaba allá por los oteros
floridos del Edén, o por los llanos,
sin arcabuz ni paje,
el padre universal de los humanos.
Que sin duda andaría  340
solo y sin su mujer el primer día;
o como van aún en las aldeas,
sucias las caras feas
y el cuerpo del color de la morcilla
los chicos de la Mancha y de Castilla,  345
nuestro héroe gritando,
gestos haciendo y cabriolas dando,
hasta que al fin al ruido
entró allí su patrón medio dormido.
Frisaba ya el patrón en sus cincuenta,  350
hombre grave y sesudo,
tenido entre sus gentes por agudo,
con lonja de algodones por su cuenta;
elector, del sensato movimiento
partidario en política, y nombrado  355
regidor del heroico ayuntamiento
por fama de hombre honrado,
y odiar en sus doctrinas reformistas
no menos al partido moderado
que a los cuatro anarquistas,  360
aunque éstos le incomodan mucho más;
por no verlos se diera a Barrabás,
y tiene persuadida a su mujer
que es gente que no tiene qué perder.

   Leyendo está las Ruinas de Palmira  365
detrás del mostrador a aquellas horas
que cuenta libres, y a educarse aspira
en la buena moral,
y a la patria ser útil en su oficio,
habiendo ya elegido en su buen juicio,  370
en cuanto a religión, la natural;
y mirando con lástima a su abuelo
que fue al fin un esclavo,
y el mezquino desvelo
de los pasados hombres y porfías,  375
rinde gracias a Dios, que el mundo al cabo
ha logrado alcanzar mejores días.
Así filosofando y discurriendo,
sus cuentas componiendo,
cuidando de la villa y su limpieza,  380
sólo tal vez alguna ligereza
turba su paz doméstica, que ha dado
en darle celos su mujer furiosa,
y aunque sobremanera
los celos sin razón ella exagera,  385
suena en el barrio como cierta cosa,
que aunque viejo, es de fuego,
corriente en una broma y mujeriego.

   En la estancia, al estruendo y algazara,
entre el discreto concejal gruñendo,  390
y con muy mala cara
de las bromas del huésped maldiciendo;
bromas de un hombre de su edad ajenas,
con un pie en el sepulcro dando voces,
haciendo el niño y disparando coces  395
mas lo que pueda el regidor, apenas,
(don Liborio) llegar a comprender,
es cómo a tanto escándalo se atreve
un hombre que le debe
cuatro meses lo menos de alquiler.  400
   «¿Es posible, al entrar, dijo don Pablo,
(sin reparar siquiera
que su huésped el mismo ya no era)
que os tiente así tan de mañana el diablo?
¡Vive Dios, que os encuentro divertido...!  405
Parece bien que un viejo que ya tiene
más años que un palmar hecho un orate
arme él solo más ruido
que cien chiquillos juntos... ¡Botarate!
¡Más valiera que tantas alegrías  410
fueran pagar contado
mis cuatro meses y diez y ocho días!»
   Tal con rostro indigesto
dijo, y en ademán de hombre enojado,
con desdén la cabeza torció a un lado  415
y empujó el labio con severo gesto.
    Con una interjección y un fiero brinco
digno de Auriol el saltarín payaso
al grave regidor le salta al paso,
colgándose a su cuello con ahínco  420
y amorosa locura,
su improvisado huésped, que se afana
(tal simpatiza la familia humana)
por conocer aquel confuso ente
de tan rara figura  425
que aparece a sus ojos de repente;
ambas manos le planta
en los carrillos, y su faz levanta
por verle bien, y en la nariz le arroja
tan súbita y ruidosa carcajada,  430
fijando en él su vívida mirada.
Que al pequeñuelo regidor enoja.

    ¡Cómo!, ¡a mí!, ¡voto a tal!, gritó en su ira
furioso el pobre concejal, en tanto,
viendo aquel tagarote con espanto  435
que con salvaje júbilo le mira,
que le acaricia rudo,
Hércules sin pudor, Sansón desnudo,
con atención tan rara y tan prolija
que al contemplar sus sujetos y oír su voz  440
cada vez más se alegra y regocija
con delirio feroz,
crujiéndole de cólera los huesos
en su impotencia don Liborio en vano
a remediar se esfuerza los excesos  445
de aquel bárbaro audaz y casquivano.
Confuso y sin saber quién le ha traído,
ni por dónde ha venido,
ni como, por qué arte prodigioso
su pacífico viejo en tan furioso  450
huésped se ha convertido.
   Su alegre huésped que le palpa y ríe
como su juguete vil contempla el niño,
que en su brutal cariño
ni un punto le permite se desvíe;  455
que imperturbable, en tanto que murmulla
el patrón amenazas y razones,
súplicas, maldiciones,
gritos inortográficos les aúlla
pálpale el rostro y pízcale el semblante.  460
   ¡Qué hombre formal se vio
en situación jamás tan apurada!
¡Su grave dignidad comprometida,
y aquí la autoridad desconocida
yace además y ajada  465
con que la sociedad le revistió!
   Ya le levanta en alto y le examina,
y al verle mal formado y tan pequeño,
le contempla risueño
entre cariño y burla con ternura,  470
y que un poder providencial lo envía
(¡oh presunción del hombre!) se figura
a servirle y hacerle compañía.

   En fin, los gritos fueron
tales y tantas del patrón las voces,  475
que todos los vecinos acudieron
al estruendo y estrépito feroces.
Acudió, como era
de su deber, al punto la primera
su mujer, con vestido de mañana  480
y tres moños no más, en la marmota,
dos de color de rosa, otro de grana,
que aunque el afán de ver quién alborota
la hizo subir con el vestido abierto,
la negra espalda al aire y sin concierto,  485
la marmota y los lazos con descuido
por el bien parecer se los ha puesto,
que un traje limpio y un semblante honesto
decoro en la mujer dan al marido,
acudió a la par de ella  490
un pintor joven, cuya mala estrella
trajo a Madrid con más saber que Apeles
mas no llegó a pintar, porque el dinero
a su llegada le ganó un fullero
y no compró ni lienzo ni pinceles;  495
y en la buhardilla vive
lejos del ruido y pompas de este mundo,
junto a Dios nada menos, que del profundo
genio de Dios la inspiración recibe;
mas tanto genio por causa tan fútil  500
estéril es, la inspiración inútil.
¡Y, oh prosa! ¡Oh mundo vil! No inspiraciones
pide el pintor a Dios, sino doblones.
   Un cachazudo médico, vecino
del cuarto principal, materialista,  505
sin turbarse subió, y entre otros vino
un romántico joven periodista
que en escribir se ocupa folletines,
de alma gastada y botas de charol,
que ora canta a los muertos paladines,  510
ora escribe noticias del Mogol,
cada línea a real, y anda buscando
mundo adelante nuevas sensaciones,
las ilusiones que perdió llorando,
lanzando a las mujeres maldiciones.  515
   En tanto, le ha quitado su gorreta
griega al patrón el héroe, y decidido
sobre su noble frente la encasqueta
ancho de vanidad, de gozo henchido;
y en cueros con su gorro se pasea  520
por el cuarto, y gentil se pavonea,
que es natural al más crudo varón
ser algo retrechero y coquetón;
echándole al patrón con desparpajo,
miradas que le miden de alto a bajo,  525
sin hacer caso de sus voces fieras
creyéndole en su estado natural,
ni atender al estrépito infernal
de los que suben ya las escaleras,
   se abrió de golpe la entornada puerta  530
y de tropel entraron los vecinos,
y hallaron al patrón, que a hablar no acierta,
y al Hércules haciendo desatinos.
Su esposa la primera, medio muerta
de espanto y de dolor, gritó: ¡asesinos!,  535
porque tiene el amor ojos de aumento
y quita la pasión conocimiento.
   Fue del patrón, cuando llegó socorro,
echarla lo primero de valiente,
y recobrar su dignidad y el gorro,  540
tomando un ademán correspondiente.
Y así mirando indiferente al corro,
que es máxima que tiene muy presente
la de nihil admirari, y la halló un día
en un tratado de filosofía.  545
    Tendió la mano al loco señalando,
y al mismo punto su inocente esposa,
¡la misma infausta dirección, temblando
con los ojos siguió toda azarosa!
¡Oh terrible visu!, ¡oh cuadro infando!  550
¡Oh!, la casta matrona ruborosa
vio... Mas ¿qué vio, que de matices rojos,
cubrió el marfil y se tapó los ojos?
   Musas, decid qué vio... La Biblia cuenta
que hizo a su imagen el Señor al hombre,  555
y a Adán desnudo a su mujer presenta
sin que ella se sonroje ni se asombre.
Después se le ha llamado, y a mi cuenta,
mientras peritos prácticos no nombre
la familia animal, está dudoso,  560
entre todos al hombre el más hermoso.
   Y muy cara se vende una pintura
de una mujer o un hombre en siendo buena,
y estimamos desnudo en la escultura
un atleta en su rústica faena,  565
mas eso no: la natural figura
es menester cubrirla y darla ajena
forma, bajo un sombrero de castor,
con guantes, frac, y botas por pudor.
   No que me queje yo de andar vestido  570
y ahora mucho menos en invierno,
y que el pudor se dé por ofendido
de ver desnudo un hombre lo discierno.
Y mucho más si el hombre no es marido,
ni cuñado siquiera, suegro o yerno,  575
que entonces la mujer no tiene culpa
y el mismo parentesco la disculpa.
   Mas es el caso aquí, que aquella dama
mujer del concejal... ¡Oh!, sin lisonja,
¿cómo diré la edad que le reclama  580
el tiempo que hace ya vive en la lonja,
yo que me precio de galán? La fama,
viéndola hacer escrúpulos de monja,
a los presentes reveló la cuenta,
y hubo vecino que la echó cincuenta.  585
   ¡Tanto pudor a los cincuenta años!
¡Oh incansable virtud de la matrona!
Después de tanto ataque y desengaños
en este mundo pícaro, que abona
el vicio con sus crímenes y amaños,  590
el tiempo que peñascos desmorona
no pudo su virtud jamás vencer.
¡Oh feliz don Liborio! ¡Oh gran mujer!
   ¿Y habrá de irse sin mirar siquiera
a un monstruo, a un loco? ¿Y dejará en el riesgo  595
a su Liborio con aquella fiera
en trance que ha tomado tan mal sesgo?
No lo permita Dios: Liborio muera,
y ella también con él. -¡Y aquí yo arriesgo
por seguir en octavas este canto  600
débilmente contar dévouement tanto!
   Ella, la pobre, a su pesar forzada
a ver un hombre en cueros, que no es
su esposo, con rubor una mirada
le echó de la cabeza hasta los pies;  605
y aunque fuerte, y honesta, y recatada,
un pensamiento la ocurrió después:
que la mujer al cabo menos lista
tiene en su corazón algo de artista.
   Y a contemplar las formas majestuosas,  610
la robustez del loco y carnes blancas,
recordó suspirando las garrosas
del pobre regidor groseras zancas.
Son las comparaciones siempre odiosas,
siempre, y en el archivo de Simancas,  615
si no me engaño, pienso haber leído
que en el símil, perdió siempre el marido.
   ¡Oh cuán dañosas son las bellas artes!
¡Y aún más dañosa la afición a ellas!
A sus maridos estudiar por partes  620
¡cuántas extravió mujeres bellas!
No pensó más moléculas Descartes,
ni en más rayos se parten las estrellas,
que en partes, ¡ay!, una mujer destriza
a su esposo infeliz y lo analiza.  625
Y a par que en él aplica el analítico,
al ajeno varón le hecha el sintético,
y al más fuerte marido encuentra estítico,
y al más débil galán encuentra atlético.
Juzga al primero un corazón raquítico,  630
halla en el otro un corazón poético.
La palabra de aquél ruda y narcótica
y la del otro tímida y erótica.
Y a mí este juicio me parece exacto,
y parézcales mal a los maridos,  635
que ellos han hecho con el mundo un pacto
y sus derechos son reconocidos;
y si tienen mujer, justo ipso facto
es que su condición lleven sufridos,
que habla con su mujer el que se casa,  640
y yo con las paredes de mi casa.
   El pensamiento que cruzó la mente
de la honrada mujer del concejal,
fue, sin pasión juzgado, estrictamente
cuando más un pecado venial.  645
La honrada dueña que no sea siente
(y éste es un sentimiento natural)
tan membrudo, tan noble y vigoroso
como su huésped su querido esposo.
   Y otra cosa además siente también  650
que no se ha de saber por mí tampoco,
ya que ella la reserva y hace bien,
que al cabo el hombre aquel no es más que un loco.
Y hay quien dice además que con desdén
vio desde entonces y le tiene en poco  655
(tal impresión en ella el huésped hizo)
a un mozo de la tienda asaz rollizo.
   ¡Ay infeliz de la que nace hermosa!
Mas la verdad (si la verdad se puede
en materia decir tan espinosa)  660
es (y perdón la pido si se excede
mi pluma en lo demás tan respetuosa)
(y esto, ¡oh lector!, entre nosotros quede),
mas no lo he decir, que es un secreto,
y siempre me he preciado de discreto.  665
   ¿Quién es el hombre aquél? ¿Quién le ha traído?
¿Adónde el viejo está que allí vivía?
¿Cómo y de dónde en cueros ha venido?
La noche antes don Liborio había
visto en su cuarto al viejo recogido,  670
su cuenta preparada le tenía;
y cuando el ruido a averiguar hoy entra
desnudo un loco en su lugar se encuentra.
   Miran al loco todos, entre tanto,
que por tal al momento le tuvieron,  675
y tal belleza y desenfado tanto
confiesan entre sí que nunca vieron.
Viéranlo con deleite, si el espanto
que al encontrarlo súbito sintieron
les dejara admirarle, pero el susto  680
hasta a la dueña le acibara el gusto.
   Él los mira también entre gustoso
y extrañado, con plácido semblante,
con benévola risa, cariñoso,
señalando al patrón que está delante,  685
y festejar queriéndole amoroso
fija la vista en él, y al mismo instante
la mano alarga, y el patrón la evita,
se echa hacia atrás amedrentado, y grita.
   Y su desvío y desdeñoso acento  690
sin comprender tal vez, y ya impaciente
el nuevo mozo, entre jovial y atento,
de un salto avanza a la agolpada gente;
en pronta retirada un movimiento
todos hicieron hasta el más valiente  695
el audaz regidor, lo menos cinco
escalones saltó de un solo brinco.
   No es retirarse huir, no, ni cordura
fuera trabar tan desigual combate
con un loco de atlética figura  700
capaz de cometer un disparate.
Gritando ¡atarlo! bajan con presura;
gran medida, mas falta quién le ate;
velos el loco, y más veloz que un gamo
prepárase a saltar de un brinco un tramo.  705
   ¡Oh confusión!, que al verle de repente,
rápido desprenderse de lo alto,
cada cual baja atropelladamente,
con gritos de terror, de aliento falto;
rueda en montón la acobardada gente,  710
y el regidor, queriendo dar un salto,
entre los pies del médico se enreda
se ase a su esposa, y con su esposa rueda.
   Y el médico también rueda detrás,
a un tobillo cogido del patrón;  715
entregábase el pintor a Barrabás,
que en un callo le han dado un pisotón:
ármase un estridor de Satanás,
el poeta ha perdido una ilusión,
que ha visto que la dama no sé qué,  720
y a más acaba de torcerse un pie.
    Y acude gente, y el rumor se aumenta,
y llénase el portal, crece el tumulto,
su juicio cada cual por cierto cuenta,
y se pregunta y se responde a bulto:  725
dicen que es un ladrón, hay quien sustenta
que al pueblo de Madrid se hace un insulto,
prendiendo a un regidor, y que él resiste
a la ronda de esbirros que le embiste.
   Llega la multitud formando cola  730
al sitio en que se alzaba Mariblanca,
y la nueva fatal de que tremola
ya su pendón, y que asomó una zanca
el espantoso monstruo que atortola
al más audaz ministro, y lo abarranca,  735
el Bu, de los gobiernos, la anarquía,
llegó aterrando a la secretaría.
   Órdenes dan que apresten los cañones,
salgan patrullas, dóblense los puestos,
no se permitan públicas reuniones,  740
pesquisas ejecútense y arrestos,
queden prohibidas tales expresiones,
obsérvense los trajes y los gestos
de los enmascarados anarquistas
y de sus nombres que se formen listas.  745
   Que luego a son de caja se publique
la ley marcial, y a todo ciudadano,
cuyo carácter no le justifique
luego por criminal que le echen mano;
que a vigilar la autoridad se aplique  750
la mansión del congreso soberano,
y bajo pena y pérdida de empleos,
sobre todo, la casa de Correos.
   Pásense a las provincias circulares,
y en la Gaceta en lastimoso tono,  755
imprímanse discursos a millares
contra los clubs y su rabioso encono;
píntense derribados los altares,
rota la sociedad, minado el trono,
y a los cuatro malévolos de horrendas  760
miras, mandando y destrozando haciendas,
   ¡oh cuadro horrible! ¡Pavoroso cuadro!
Pintado tantas veces y a porfía
al sonar el horrísono balandro
del monstruo que han llamado la anarquía.  765
Aquí tu elogio para siempre encuadro,
que a ser llegaste el pan de cada día,
cartilla eterna, universal registro
que aprende al gobernar todo ministro.
    ¡Oh, cuánto susto y miedos diferentes,  770
cuánto de afán durante algunos años
con vuestras peroratas elocuentes
habéis causado a propios y aun extraños!
Mal anda el mundo, pero ya las gentes
han llegado a palpar los desengaños  775
y aunque cien tronos caigan en ruina
no menos bien la sociedad camina.
   ¡Oh imbécil, necia y arraigada en vicios
turba de viejas que ha mandado y manda!
Ruinas soñar os hace y precipicios  780
vuestra codicia vil que así os demanda.
¿Pensáis tal vez que los robustos quicios
del mundo saltarán si aprisa anda,
porque son torpes vuestros pasos viles,
tropel asustadizo de reptiles?  785
   ¿Qué vasto plan? ¿Qué noble pensamiento
vuestra mente raquítica ha engendrado?
¿Qué altivo y generoso sentimiento
en ese corazón respuesta ha hallado?
¿Cuál de esperanza vigoroso acento  790
vuestra podrida boca ha pronunciado?
¿Qué noble porvenir promete al mundo
vuestro sistema de gobierno inmundo?
   Pasad, pasad como funesta plaga,
gusanos que roéis nuestra semilla,  795
vuestra letal respiración apaga
la luz del entusiasmo, apenas brilla.
Pasad, huid, que vuestro tacto estraga
cuanto toca y corrompe y lo amancilla.
Sólo nos podéis dar, canalla odiosa,  800
miseria y hambre y mezquindad y prosa.
   Basta, silencio, hipócritas parleros,
turba de charlatanes eruditos,
tan cortos en hazañas y rastreros
como en palabras vanas infinitos;  805
ministros de escribientes y porteros,
de la nación eternos parasitos;
basta, que el corazón aurado salta,
la lengua calla y la paciencia falta.
   Mientras al arma el ministerio toca  810
y se junta la tropa en los cuarteles,
y ve la gente con abierta boca
edecanes a escape en sus corceles
cruzar las calles, y al motín provoca
El gobierno con bandos y carteles,  815
y andan por la ciudad jefes diversos
cuyos nombres no caben en mis versos,
    como el jefe político y sus rondas,
capitán general, gobernador,
los que por mucho, ¡oh monstruo!, que te escondas.  820
Darán contigo en tu mansión de horror;
como del amar las agolpadas ondas,
al ímpetu del viento bramador,
la calle entera de Alcalá ocupando
se va la gente en multitud juntando.  825
   Y ya el discorde estrépito aumentaba
y la mentira y el afán crecía,
y la gente a la gente se empujaba,
codeaba, pisaba y resistía.
   El semblante y los ojos empinaba  830
cada cual para ver si algo veía,
y en larga hilera están ya detenidos
gentes, carros y coches confundidos.
   Con bosque de palmas que al violento
ímpetu dobla la gallarda copa,  835
cuando apiñado lo recoge el viento
y con su manto anchísimo lo arropa,
así ondula con sordo movimiento
en la ancha calle la agolpada tropa,
y la apiñada muchedumbre ruge  840
al vaivén rudo de su propio empuje.
   Y cede, y vuelve, y crece el vocerío,
la agitación del popular tumulto,
y un pánico terror entre el gentío
con asombro resbala oculto;  845
y en tan revuelto y congojoso lío,
con ronca voz y con violento insulto,
contrarios intereses y pasiones
se abren plaza a codazos y empujones.
   Y como negra nube en el verano  850
desátase en violento torbellino,
y piedras llueve, y el dorado grano
arroja el viento en raudo remolino.
Súbito rompe el populacho insano,
se esparce y atropéllase sin tino,  855
y huyendo acá y allá, y allá y acá
corre la gente sin saber do va.
   Ya habrá el lector, si como yo del ruido
y bulla popular y movimiento
alguna vez aficionado ha sido,  860
y con juicio observó y detenimiento
visto alguno tal vez tan aturdido
de la fuga en el crítico momento,
que dos horas después si lo ha encontrado
del ímpetu primero aún no ha aflojado.  865
   Y en bandadas derrámase y se extiende
la antes amontonada muchedumbre,
como gorriones que el gañán sorprende
vuelan del llano a la lejana cumbre.
Nadie a la voz del compañero atiende,  870
nadie acude a la ajena pesadumbre,
nadie presta favor y todos gritan
y en confuso tropel se precipitan.
   Y allí la voz aguardentosa truena,
grita asustada la afligida dama,  875
ladran los perros, y las calles llena
la gente que en tumulto se derrama.
Suspende el artesano su faena,
cuidoso el m