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    Tratado de Economía Política o Exposición sencilla del modo con que se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas. Tomo primero
     por Juan Bautista Say ; nueva traducción por Juan Sánchez Rivera
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Discurso preliminar del autor

Ninguna ciencia hace verdaderos progresos hasta que se ha llegado a determinar bien el campo a donde pueden extenderse sus investigaciones, y el objeto que se deben proponer; porque de lo contrario no se hace más que recoger de aquí y de allí un corto número de verdades sin conocer su conexión, y muchos errores sin poder descubrir su falsedad.

Se ha confundido por mucho tiempo la Política propiamente tal, la ciencia de la organización de las sociedades, con la Economía política, que es la que enseña cómo se forman, se distribuyen y se consumen las riquezas. Sin embargo, las riquezas son esencialmente independientes de la organización política. En cualquiera forma de gobierno puede prosperar un Estado, con tal que su administración sea buena. Hemos visto naciones que se han enriquecido con Monarcas absolutos; y hemos visto otras que se han arruinado con gobiernos populares. Si la libertad política es más favorable a la creación y giro de las riquezas, lo es de un modo indirecto, así como es mas favorable a la instrucción.

Confundiendo en unas mismas investigaciones los principios que constituyen un buen gobierno, y aquellos en que se funda el aumento de las riquezas, ya sean públicas o privadas, no es extraño que se hayan embrollado muchas ideas en vez de ilustrarlas. Este es el cargo que se puede hacer a Steuart, el cual intituló su primer capitulo: Del gobierno del género humano; a los Economistas del siglo XVIII en casi todos sus escritos, y a Juan Jacobo Rousseau en la Enciclopedia (artículo Economía política).

Me parece que desde Adan Smith se han distinguido constantemente estes dos cuerpos de doctrina, reservando el nombre de Economía política2 a la ciencia que trata de las riquezas, y usando del de Política sin ningún aditamento, para disipar las relaciones que hay entre el gobierno y el pueblo, y las de los gobiernos entre sí.

Después de haber hecho incursiones en la política pura, con motivo se la Economía política, se creyó que había mucha más razón para hacerlas en la agricultura, comercio y artes, que son los verdaderos fundamentos de las riquezas, en las cuales no tienen las leyes más que un influjo accidental e indirecto. ¡Cuántas divagaciones no resultaron de este primer paso! Porque, si el comercio. por ejemplo, forma una parte de la Economía política, la formarán todas las especies de comercio; por consiguiente el comercio marítimo, por consiguiente la navegación, la geografía,... ¿y donde podremos detenernos? Todos los conocimientos humanos tienen su enlace y conexión. Es pues necesario esforzarse a hallar, a determinar bien el punto de contacto, la articulación que los une. De este modo se tiene un conocimiento más preciso de cada una de sus ramificaciones: se sabe a dónde vuelven estas a unirse; lo cual es en todo caso una parte de sus propiedades.

La Economía política no considera la agricultura, el comercio y las artes sino por la relación que tienen con el aumento o la diminución de las riquezas, y de ningún modo en sus métodos o formas de ejecución. Indica los casos en que el comercio es verdaderamente productivo; aquellos en que lo que produce a unos es arrebatado a otros, y aquellos en que es útil a todos. Enseña también a apreciar cada una de sus operaciones, pero solamente en sus resultados. Estos son sus límites. Lo demás de la ciencia del negociante se compone del conocimiento de las operaciones de su arte. Es necesario que él conozca las mercancías que son el objeto de su tráfico, sus calidades, sus defectos, el lugar de donde se sacan, los medios de transporte, los valores que puede dar en cambio y el modo de llevar sus cuentas.

Lo mismo se puede decir del agricultor, del fabricante, del administrador. Todos tienen necesidad de instruirse en la Economía política para conocer la causa y los resultados de cada fenómeno; y cada uno debe añadir a esto el estudio de las operaciones de su arte, si ha de adquirir la perfección que corresponde.

No confundió Smith estos diferentes objetos de investigación; pero ni él ni los escritores que le siguieron, tomaron las debidas precauciones para evitar otra especie de confusión que es necesario disipar. Las aclaraciones que de aquí resulten no serán inútiles a los progresos de los conocimientos humanos en general, y al de que ahora se trata en particular.

En la Economía política, en la física, en todo se han formado sistemas antes de establecer verdades: es decir, que se han presentado como verdades unas meras aserciones aventuradas. Se aplicaron después a esta ciencia los excelentes métodos que tanto han contribuido a los progresos de todas las demás de medio siglo a esta parte; ¿pero no se han empleado estos métodos antes de saber bien en que consisten, y por consiguiente, antes de conocer toda la ventaja que se puede sacar de ellos? Es verdad que en general se dice que consisten en no admitir sino hechos bien observados, y las consecuencias, de estos mismos hechos: lo cual excluye totalmente aquellas preocupaciones y autoridades que en las ciencias y en la moral, en la literatura y en la administración vienen a interponerse entre el hombre y la verdad. ¿Pero se sabe bien todo lo que se debe entender por la palabra hechos, de la cual se hace un uso tan frecuente?

Me parece que se debe entender por ella las cosas que existen, y las cosas que suceden: lo cual introduce ya dos órdenes de hechos. Es un hecho que tal cosa es así: es un hecho que tal acontecimiento sucedió de tal modo.

Para que las cosas que existen puedan servir de bases a raciocinios seguros, es necesario verlas según son en todos sus aspectos, y con todas, sus propiedades. A no ser así, pudiera acontecer que creyendo discurrir acerca de una misma cosa, se discurriese, bajo un mismo nombre, de dos cosas diversas.

El segundo orden de hechos, esto es, las cosas que suceden, consiste en los fenómenos que se manifiestan cuando se observa de qué modo pasan las cosas. Es un hecho que cuando se exponen los metales a cierto grado de calor, se liquidan.

El modo con que las cosas son, y con que suceden, constituye lo que se llama la naturaleza de las cosas; y la observación exacta de la naturaleza de ellas es el único fundamento de toda verdad.

De aquí nacen dos géneros de ciencias: las que se pueden llamar descriptivas, las cuales nos enseñan a conocer bien ciertas cosas y sus propiedades, como son la botánica y la historia natural, y las experimentales, que nos dan idea del modo con que suceden las cosas, como son la química, la física y la astronomía.

Unas y otras son ciencias de hechos, y suministran conocimientos sólidos. La Economía política pertenece a las últimas, pues mostrando como suceden las cosas relativamente a las riquezas, forma parte de las ciencias experimentales3.

Pero los hechos que suceden pueden considerarse bajo dos aspectos o relaciones: como hechos generales o constantes, y como hechos particulares o variables. Los hechos generales son los resultados de la naturaleza de las cosas en todos los casos semejantes: los hechos particulares resultan también de la naturaleza de las cosas; pero son el resultado de muchas acciones modificadas una por otra en un caso particular. No son los unos menos incontestables que los otros, aun cuando parece que se contradicen. Es un hecho general en la física que los cuerpos graves descienden hacia la tierra, y sin embargo, se aleja de ella el agua que sale de nuestros surtidores. El hecho particular de un surtidor es un resultado en que se combinan las leyes del equilibrio con las de la gravedad, pero sin destruirlas.

En la materia de que tratamos el conocimiento de esto dos órdenes de hechos, esto es, el conocimiento de las cosas que son, y el de las cosas que suceden, forman dos ciencias distintas: la Estadística, y la Economía política.

Esta nos enseña siempre con arreglo a hechos bien observados, cuál es la naturaleza de las riquezas. Del cocimiento de la naturaleza deduce los medios de crearlas, y expone el orden que signen las riquezas en su distribución, como también los fenómenos que acompañan a su destrucción. Es una pintura de los hechos generales que se observan en esta materia; y es con respecto a las riquezas el conocimiento de los efectos y de las causas. Muestra cuales son los hechos que están necesariamente encadenados, de suerte que uno es siempre consecuencia de otro, y por qué o de dónde nace este encadenamiento. Pero no recurre a hipótesis para hacer sus explicaciones, sino que es necesario que se conciba claramente, conforme a la naturaleza de cada cosa, por qué un hecho ha resultado de otro; y que la ciencia nos conduzca de uno a otro eslabón, de suerte que todo hombre dotado de un juicio recto pueda ver claramente cómo están unidos estos eslabones. Esto es lo que constituye la excelencia del método moderno.

La Estadística expone el estado de las producciones consumos de un paraje particular en una época designada, como también el estado de su población, fuerzas, riquezas, y actos ordinarios que en él ocurren, y son susceptibles de valuación: de suerte que viene a ser una descripción muy circunstanciada.

Hay entre la Economía política y la Estadística la misma diferencia que entre la política experimental y la historia.

Puede la Estadística ser un objeto agradable a la curiosidad; pero no la satisface útilmente, cuando no indica el origen y las consecuencias de los hechos que presenta; cuando muestra su origen y consecuencias, pasa ya a ser Economía política, siendo esta sin duda la razón porque se las ha confundido hasta ahora. La obra de Smith no es más que un agregado confuso de los principios más sanos de la Economía política, apoyados en ejemplos luminosos, y de las nociones más curiosas de la Estadística, mezcladas con reflexiones instructivas; pero no es un tratado completo de una ni de otra. Su libro es un vasto caos de ideas exactas, revueltas, por decirlo así, con conocimientos positivos.

Nuestros conocimientos en materia de Economía política pueden ser completos, esto es, podemos llegar a descubrir todos los hechos generales de cuya reunión se forma esta ciencia; pero no puede suceder esto con nuestros conocimientos en la Estadística, porque ésta, del mismo modo que la historia, es una exposición de hechos más o menos inciertos y necesariamente incompletos. Solo pueden presentarse ensayos aislados y muy imperfectos sobre la Estadística de los tiempos pasados y de los países remotos. Por lo que hace al tiempo presente, son muy pocos los hombres que reúnen las cualidades de un buen observador a una posición favorable para observar. La inexactitud de las relaciones de que es indispensable valerse, la desconfianza inquieta de ciertos gobiernos, y aun de los particulares, la mala voluntad, y la indolencia, oponen obstáculos muchas veces insuperables al esmero con que se procura recoger particularidades exactas; y aun cuando se lograse adquirirlas sólo serían verdaderas por un instante. Esta es la razón porque confiesa Smith que no da mucho crédito a la Aritmética política, la cual no es, otra cosa que la reunión de muchos datos de Estadística.

La Economía política, al contrario, estriba en fundamentos inalterables, una vez que los principios que le sirven de base son deducciones rigurosas de hechos generales incontestables: es verdad que los hechos generales están fundados en la observación de los hechos particulares; pero se han podido escoger los hechos particulares mejor observados, más acreditados y comprobados por la experiencia propia: y cuando sus resultados han sido constantemente unos mismos, cuando un raciocinio solido muestra por qué lo han sido, cuando las excepciones mismas son una comprobación de otros principios no menos bien acreditados, hay fundamento para dar estos resultados como hechos generales positivos, y para entregarlos confiadamente al crisol de todos aquellos que dotados de las cualidades necesarias, quieran sujetarlos a una nueva experiencia. No basta un nuevo hecho particular, si está aislado, y no se demuestra por medio de un raciocinio la relación que tiene con sus antecedentes y consiguientes, para destruir un hecho general: porque ¿quién podrá asegurar que una circunstancia desconocida, no haya producido la diferencia que se observa entre los resultados de uno y otro? Veo una pluma ligera que da vueltas en el aire y se detiene mucho tiempo antes de volver a caer en tierra. ¿Inferiré de aquí que esta pluma no está sujeta a la gravitación universal? Esta sería una consecuencia errónea. Es un hecho general en la Economía política, que el interés del dinero, sube a proporción de los riesgos que corre el prestamista de no ser reembolsado. ¿Inferiré que es falso el principio, por haber visto prestar con corto interés en circunstancias arriesgadas? Podía el prestamista ignorar el riesgo: podía hallarse precisado a hacer sacrificios por agradecimiento u por temor: y la ley general, turbada en un caso particular, debía recobrar todo su imperio en el momento en que cesase la acción de las causas que la alteraron. En fin, ¡cuán pocos son los hechos particulares que están completamente verificados! Cuán pocos los que han sido observados con todas sus circunstancias! Y aun suponiéndolos bien verificados observados y descritos, ¡cuántos hay que nada prueban, o que prueban lo contrario de lo que se quiere persuadir.

Así es que no hay opinión extravagante que no se haya sostenido con hechos4, y por este medio ha sido extraviada con tanta frecuencia la autoridad pública. El conocimiento de los hechos, cuando no va acompañado del de las relaciones que los unen, no es más que el saber indigesto de un oficinista; y aun el oficinista más instruido apenas conoce completamente sino una serie de hechos, lo que no le permite examinar las cuestiones más que por un solo lado.

Es una oposición muy vana la de la teórica y la práctica. Porque en efecto ¿qué es la teórica, sino el conocimiento de las leyes que unen los efectos a las causas, esto es, unos hechos a otros? ¿Quién conoce mejor los hechos que el teórico que los conoce en todos sus aspectos, y sabe las relaciones que tienen entre sí? ¿Y qué es la práctica5 sin la teórica, esto es, el uso de los medios, sin saber cómo ni por qué producen su efecto? No es más que un empirismo peligroso, por el cual se aplican unos mismos medios a casos opuestos, creyéndolos semejantes, con lo cual se llega a donde no se quería ir.

Así es, que después de haber visto el sistema exclusivo de comercio (esto es, la opinión de que una nación no puede ganar sino lo que otra pierde), adoptado casi generalmente en Europa desde la renovación de las artes y de las luces; después de haber visto que aumentándose de día en día los impuestos en ciertas naciones llegaban a unas sumas espantosas, y que a pesar de esto eran más ricas, más poderosas, y tenían más población que cuando comerciaban libremente, y no sufrían casi ninguna carga, concluyó el vulgo que eran ricas y poderosas, porque se había recargado de trabas su industria, y grabado con impuestos las rentas de los particulares: se empeñó en que esta opinión estaba fundada en hechos, y miró como una imaginación vana y sistemática toda opinión diferente.

Al contrario, no se puede dudar que los que han sostenido la opinión opuesta, conocían más hechos que el vulgo, y los conocían mejor. Sabían que la visible efervescencia de la industria en los Estados libres de Italia en la edad media, y en las ciudades anseáticas del norte de Europa; el espectáculo de las riquezas que les había proporcionado esta industria; el fuerte sacudimiento producido por las cruzadas; los progresos de las artes y ciencias; los de la navegación; el descubrimiento del paso para las Indias y del continente de América, y una multitud de otras circunstancias menos importantes que estas, son las verdaderas causas que han multiplicado las riquezas de las naciones más ingeniosas del globo. Sabían que si se han puesto trabas sucesivamente a esta actividad, se la ha desembarazado por otra parte de obstáculos más incómodos. Hallándose ya en decadencia la autoridad de los barones y de los señores, no podía impedir las comunicaciones recíprocas de las provincias ni de los Estados; había más comodidad y seguridad en los caminos; era más constante la legislación; libres ya del vasallaje las ciudades, dependían únicamente de la autoridad real que tenía interés en los progresos de ellas; esta libertad que por la fuerza de las cosas y por los adelantamientos de la civilización, se extendió hasta los campos, bastaba para hacer que los productos de la industria fuesen una propiedad de las manos productivas; la seguridad de las personas iba ya teniendo generalmente en Europa una garantía suficiente, si no por la buena organización de las sociedades, a lo menos por las costumbres públicas; y perdían su fuerza ciertas preocupaciones, como la idea de usura que acompañaba a todo préstamo con interés, y la de nobleza a la ociosidad. Además de esto, algunos hombres de sano juicio han observado no solamente los hechos de que se acaba de hablar, sino también la acción de otros muchos que les son análogos; han conocido que la decadencia de las preocupaciones era favorable al progreso de las ciencias, a un conocimiento más exacto de las leyes de la naturaleza; que los progresos de las ciencias habían sido favorables a los de la industria, y los de la industria a la opulencia de las naciones. Por medio de esta combinación han podido inferir con más seguridad que el vulgo, que si varios Estados modernos han prosperado en medio de las trabas y de los impuestos no ha sido consecuencia de los impuestos y de las trabas, sino a pesar de estas causas de desaliento; y que habría sido mucho mayor su prosperidad, si hubiesen estado sujetos a un régimen más ilustrado6.

Para descubrir pues la verdad, es necesario conocer no muchos hechos, sino los hechos esenciales y de verdadero influjo; mirarlos por todos sus aspectos, deducir de ellos consecuencias exactas, y estar seguro de que el efecto que se les atribuye procede realmente de ellos y no de otra parte. Cualquiera otra noticia de hechos es un hacinamiento del cual no resulta nada, es una erudición de almanaca, siendo de notar que los que gozan de esta corta ventaja, los que tienen buena memoria y escaso entendimiento, los que declaman contra las doctrinas mas sólidas, frutos de una vasta experiencia y de un raciocinio seguro, los que apelan a la acusación de sistema, siempre que se abandona su rutina, son cabalmente los que tienen más sistemas, y los que los defienden con la obstinación que es propia de los necios, esto es, con el temor de ser convencidos más bien que con el deseo de descubrir la verdad.

Así, por ejemplo, si establecemos en vista de los fenómenos reunidos de la producción, y fundándonos en la experiencia, del comercio más distinguido; que las comunicaciones libres entre las naciones son mutuamente ventajosas, y que el modo de cumplir con los extranjeros, que conviene más a los particulares, es también el más conveniente a las naciones, las personas de cortos alcances y de mucha presunción nos acusarán de que somos sistemáticos y si les preguntamos cuáles son los motivos que tienen para pensar así, nos hablarán de balanza del comercio, nos dirán que es claro que nos arruinamos dando nuestro dinero en cambio de mercancías... lo cual es un verdadero sistema. Otros nos dirán que los Estados se enriquecen con la circulación, y que una suma de dinero que pasa por veinte manos diferentes, equivale a veinte veces su valor... lo cual es también un sistema. No faltará quien nos diga que el lujo es favorable a la industria; que la economía arruina todo comercio... nuevo sistema: y todos dirán que se fundan en hechos. Tales gentes se pueden comparar con el pastor, que fiándose del testimonio de sus ojos, afirma que el sol, cuyo nacimiento ve por la mañana y por la tarde su ocaso, corre en el espacio del día toda la extensión de los cielos; y en consecuencia trata de delirios cuantas leyes rigen al mundo planetario.

Otras personas, hábiles en otras ciencias pero muy forasteras en ésta, imaginan que no hay más ideas positivas que las verdades matemáticas, y las observaciones hechas con esmero en las ciencias naturales; se figuran que no hay hechos constantes y verdades incontestables en las ciencias morales y políticas, y que por consiguiente no son estas verdaderas ciencias, sino unos meros cuerpos de opiniones hipotéticas, más o menos ingeniosos, pero puramente individuales. Fúndanse estos sabios en que los escritores que tratan de ellas no están de acuerdo entre sí, y en que algunos profesan verdaderas extravagancias. En cuanto a las extravagancias e hipótesis ¿cuál es la ciencia que no las ha tenido? ¿Hace muchos años que se desprendieron de todo sistema las que en el día están más adelantadas? ¿No estamos viendo que el desorden de algunas cabezas llega al extremo de impugnar sus bases más sólidas? No han pasado cuarenta años desde que se consiguió analizar el agua que sostiene la vida del hombre, y el aire en que está perpetuamente sumergido; y sin embargo se impugnan aun todos los días las experiencias y demostraciones en que se funda esta doctrina, aunque se han repetido mil veces en diversos países por los hombres mas instruidos y juiciosos. Esta falta de armonía o de conformidad, existe en hechos mucho más sencillos y evidentes, que la mayor parte de los hechos morales. La química, la física, la botánica, la mineralogía, la fisiología, ¿no son por ventura una especie de estacada donde luchan las opiniones, del mismo modo que en la Economía política? Es verdad que cada partido ve unos mismos hechos; pero los clasifica diversamente, y los explica a su modo: donde debe notarse que en estos debates no sucede que los verdaderos sabios se declaren exclusivamente por una opinión, y los ignorantes por otra, porque Leibnitz y Newton, Lineo y Jussieu, Priestley y Lavoisier, Desaussure y Dolomieu eran sin duda hombres de mérito, y sin embargo no pudieron ponerse de acuerdo. ¿Diremos que no existían las ciencias que profesaban, porque se impugnaron unos a otros?

Del mismo modo existen, a pesar de las disputas, los hechos generales de que se componen las ciencias morales y políticas. Mucho se distinguirá en esta carrera el que sepa establecer estos hechos generales por medio de observaciones particulares, mostrar su conexión, y deducir sus consecuencias. Se derivan estos hechos de la naturaleza de las cosas con la misma seguridad que las leyes del mundo físico: se encuentran, y no se imaginan: se descubren con la análisis y con tina observación juiciosa: gobiernan a los que gobiernan a los demás hombres, y jamás son violados impunemente.

Los hechos generales, o sean las leyes generales que siguen los hechos, se llaman principios, cuando se trata de su aplicación, esto es, cuando nos valemos de ellos para juzgar de las circunstancias que se presentan, y para que sirvan de regla a nuestras acciones. Sólo el conocimiento de los principios puede guiarnos con seguridad y acierto a un fin laudable.

La Economía política se compone, del mismo modo que las ciencias exactas, de un corto número de principios fundamentales, y de un número considerable de corolarios o consecuencias de estos principios. Lo que importa para los progresos de la ciencia es que los principios estén sólidamente deducidos de la observación. Cada autor, multiplica después o reduce a su arbitrio el número de las consecuencias, según el objeto que se propone. El que quisiese mostrar todas las consecuencias y dar todas las explicaciones, haría una obra colosal y necesariamente incompleta: y aun diré que cuanto más se perfeccione y difunda esta ciencia, menos consecuencias habrá que deducir de los principios, porque serán sumamente claras y visibles, y cualquiera podrá sacarlas y aplicarlas por sí mismo. Un tratado de Economía política se reducirá entonces a un corto número de principios, que ni aun será necesario apoyar con pruebas, porque no serán más que una exposición de verdades que nadie ignore, pero dispuesta en un orden conveniente para que se pueda comprehender su totalidad y sus relaciones.

Pero en vano se creería dar mas precisión y un método más seguro a esta ciencia, aplicando las matemáticas a la solución de sus problemas. Es verdad que siendo susceptibles de más y de menos los valores de que trata, son de la inspección de las matemáticas; pero como al mismo tiempo están sujetos a la acción de las facultades, de las necesidades y de la voluntad de los hombres, no son susceptibles de ninguna apreciación o valuación rigurosa, ni pueden suministrar ningún dato para un cálculo positivo. Lo esencial en la Economía política, como en la física animal, es conocer el encadenamiento, que une las causas y los efectos. Por lo demás, nada hay que no esté expuesto a variaciones en la naturaleza viviente, y mucho menos en la naturaleza moral7.

Estas consideraciones sobre la naturaleza y los medios de Economía política, y sobre el mejor método para adquirir un conocimiento sólido de sus principios, nos presentarán los medios de apreciar los esfuerzos que se han hecho hasta ahora para adelantar esta ciencia.

Los escritos de los antiguos, su legislación, sus tratados de paz, y el modo con que administraban las provincias conquistadas, nos dan a entender que no tenían ninguna idea exacta de la naturaleza y fundamentos de la riqueza, de la manera con que se distribuye, ni de los resultados de su consumo. Sabían lo que se ha sabido en todos tiempos, y donde quiera, que las leyes han reconocido la propiedad, esto es, que los bienes se aumentan, con la Economía, y se disminuyen con los gastos. Jenofonte preconiza el buen orden, la actividad y la inteligencia como medios para obtener la prosperidad, pero sin deducir sus preceptos de ninguna ley general, y sin poder mostrar el enlace con que están unidos los efectos a las causas. Aconseja a los Atenienses que protejan el comercio, y den buena acogida a los extranjeros; y está tan distante de saber por qué y hasta qué punto tiene razón, que en otra parte duda si el comercio es verdaderamente útil a la república.

A la verdad, Platón y Aristóteles descubren algunas relaciones constantes entre los diversos modos de producir y los resultados a que dan motivo. Platón bosqueja con bastante fidelidad8 los efectos de la separación de las ocupaciones sociales; pero en esto no se propone otro objeto que el de explicar la sociabilidad, del hombre, y la necesidad en que se halla, atendidas sus muchas y complicadas urgencias, de reunirse en sociedades numerosas, donde cada uno pueda emplearse exclusivamente en un solo género de producción. Esta idea es muy política; pero Platón no deduce de ella ninguna otra consecuencia.

Aristóteles pasa más adelante en su política, pues distingue una producción natural y otra artificial. Llama natural a la que crea los objetos de consumo que son necesarios a la familia, y cuando más a la que obtiene estos objetos por medio de cambios en especie. Según él, ninguna otra ganancia tiene su origen en una producción verdadera; y así será una ganancia artificial, reprobada por el filósofo griego, Por lo demás, no trae éste en apoyo de sus opiniones ningún raciocinio fundado, en observaciones exactas: y por el modo con que se explica acerca de los ahorros y de los préstamos a interés, se ve que ignora totalmente la naturaleza y uso de los capitales.

¿Y qué se podía esperar de naciones aun menos adelantadas que los griegos? Sabemos que una ley de Egipto mandaba a los hijos abrazar la profesión de sus padres: lo que en ciertos casos era prescribir que se creasen más productos que los que exigía el estado de la sociedad: que se arruinasen los individuos por obedecer a la ley, y que continuasen sus tareas productivas, ya sea que hubiese o que dejase de haber capitales para ello: todo lo cual es un absurdo9. La misma ignorancia mostraban, los romanos, cuando trataban con desprecio las artes industriales, exceptuando la agricultura, sin que se sepa la razón de esta preferencia. Sus operaciones sobre las monedas son de las peores que se han ejecutado.

Tampoco han hecho mayores progresos los modernos en un dilatado espacio de tiempo, aun después de haber salido de la barbarie de la edad media. Ocasión tendremos de observar la estupidez de una multitud de leyes relativas a los judíos, al interés del dinero, y a las monedas. Henrique IV concedía a sus favoritos y a sus queridas, como gracias que nada le costaban, el permiso de ejercer mil exacciones y de percibir mil derechos, que se llamaban poco importantes, sobre diversos ramos de comercio. Este Rey autorizó al conde de Soissons para que cobrase un derecho de 15 sueldos, o tres reales de vellón por cada fardo de mercancías que saliese del reino10.

En todo género de cosas han precedido los ejemplos a los preceptos. Así, las felices empresas de portugueses y españoles en el siglo XV, la industria activa de Venecia, Génova, Florencia, Pisa, Provincias de Flandes, y ciudades libres de Alemania en la misma época, dirigieron poco a poco las ideas de algunos filósofos hacia la teoría de las riquezas.

En esta parte tuvo Italia la iniciativa, así como la tuvo desde la restauración de las letras en casi todo género de conocimientos y en las bellas artes. Ya en el siglo XVI se había ocupado Botero en buscar los verdaderos manantiales de la prosperidad pública. En 1613 escribió Antonio Serra un tratado en que señala el poder productivo de la industria; pero su solo título está indicando sus errores; porque para este autor no hay mas riquezas que las materias de oro y plata11. Devanzati escribió de monedas y cambios; y a principios del siglo XVIII, cincuenta años antes de Quesnay había ya demostrado Bandini de Sena con raciocinios y experiencias que jamás hubo escasez sino en los países en que el gobierno había intervenido en el abastecimiento de los pueblos. Belloni banquero de Roma, escribió en 1750 una disertación sobre el Comercio, en la cual se ve que su autor está versado en los cambios y monedas, pero encaprichado con la balanza del comercio. Por esta obrita le dio el Papa el título de marqués, Carli, antes de Smith, demostró que la balanza del comercio ni enseñaba ni probaba nada. Algarotti, a quien Voltaire dio a conocer por otros títulos, escribió también sobre la Economía política; y lo poco que ha dejado denota muchos conocimientos positivos y grande ingenio. Sigue tan de cerca los hechos, y se apoya tan constantemente en la naturaleza de las cosas, que si bien no llegó a percibir la prueba y el enlace de sus principios se libró sin embargo de toda idea falsa y sistemática. En 1764 dio principio, Genovesi a un curso público de Economía política en la cátedra fundada en Nápoles a solicitud del respetable y sabio Intieri. A este ejemplo se crearon después otras cátedras de Economía política en Milán, y más recientemente en varias Universidades de Alemania y en Rusia.

En 1750, el abate Galiani, tan conocido después por sus relaciones con muchos filósofos franceses, y por sus diálogos sobre el comercio de granos, publicó, siendo todavía muy joven, un tratado de monedas, en que se advierte un saber y un talento de ejecución consumados, y en cuya obra se sospecha que contó con las luces del abate Intieri y del marqués Rinuccini. No se encuentran en ella sin embargo más que los diferentes géneros de mérito que desde entonces ha mostrado siempre este autor: ingenio y conocimientos, el esmero en subir siempre a la naturaleza de las cosas, un estilo brioso y elegante.

Lo singular de esta obra es que se encuentran en ella algunos fundamentos de la doctrina de Smith, y entre otros que el trabajo es el único creador del valor de las cosas, esto es, de las riquezas12: principio que no es rigurosamente verdadero como se verá en este tratado; pero que habiendo deducido de él todas las consecuencias que encierra, habría podido poner a Gallani en el camino que guía al descubrimiento y explicación completa del fenómeno de la producción. Smith que era por aquel mismo tiempo profesor en Glascow, y enseñaba la doctrina que le ha dado después tanta celebridad, no tenía probablemente noticia de un libro italiano publicado en Nápoles por un joven desconocido, a quien no citó aquel autor. Mas aun cuando la hubiese tenido, la verdad no pertenece al que la halla, sino al que la prueba y tiene el talento de ver sus consecuencias. Kleper y Pascal habían adivinado la gravitación universal, y sin embargo es ésta un descubrimiento de Newton13.

En España Álvarez Osorio y Martínez de la Mata escribieron discursos económicos, cuya publicación fue obra del patriotismo ilustrado de Campomanes; Moncada, Navarrete, Uztariz, Ward, y Ulloa trabajaron sobre el mismo asunto. Estos escritores estimables tuvieron como los de Italia, pensamientos sólidos, comprobaron hechos importantes, presentaron cálculos hechos con delicadeza; pero no habiendo podido apoyarse en los principios fundamentales de la ciencia, que no eran todavía conocidos, se equivocaron muchas veces en el fin y en los medios, y entre muchas inutilidades dieron una luz incierta y engañosa14.

En Francia no se consideró al principio la Economía política sino con relación a las rentas públicas. Es verdad que Sully dijo que la agricultura y el comercio son los dos pechos del estado, pero de un modo vago, y por un sentimiento confuso. La misma observación se puede hacer con respecto a Vauban, hombre de juicio recto y atinado filósofo en el ejército, y militar amante de la paz, el cual, sintiendo vivamente los males en que la vana grandeza de Luis XIV había sumergido a la Francia, propuso medios para aliviar los males de los pueblos con un repartimiento más equitativo de las cargas públicas.

Mientras duró el influjo del regente se embrollaron todas las ideas. Las cédulas del banco, en que se creía ver un manantial inagotable de riquezas, no fueron mas que un medio de devorar capitales, de gastar lo que no se tenía, y de hacer bancarrota de lo que se debía. Ridiculizose la moderación y la economía. Los cortesanos del Príncipe, unos por persuasión, y otros por perversidad, le excitaban a la profusión. Allí fue donde se redujo a sistema la máxima de que el lujo enriquece los estados: se empleó el saber y la agudeza en sostener esta paradoja en prosa: se la engalanó con bellos versos; y se creyó de buena fe que se merecía el agradecimiento de la nación disipando sus tesoros. La ignorancia de los verdaderos principios y la disolución del duque de Orleans conspiraron para arruinar el Estado. La Francia se recobró algún tanto con la larga paz conservada por el cardenal de Fleuri, ministro débil para lo bueno y para lo malo, y cuyo gobierno nulo probó a lo menos que en la dirección de los negocios de Estado se hace mucho bien cuando no se hace ningún mal.

Los progresos constantes de los diversos géneros de industria, los de las ciencias, cuyo influjo sobre las riquezas veremos más adelante, la tendencia de la opinión decidida en fin a mirar como cosa de algún interés la felicidad de las naciones, hicieron que se extendiesen a la Economía política las especulaciones de un gran número de escritores. Todavía no se conocieron los verdaderos principios; pero supuesto que, según la observación de Fontenelle, es tal nuestra condición que no nos es permitido llegar de repente a ninguna cosa razonable, y que es necesario que pasemos antes por diversos géneros de errores y por diversos grados de extravagancias, ¿deberán mirarse como absolutamente inútiles los deslices que nos han enseñado a andar con más seguridad?

Montesquieu, que quería considerar las leyes en todas sus relaciones, investigó el influjo que tienen en las riquezas de las naciones. Pero era necesario empezar por conocer la naturaleza y los manantiales de estas riquezas, de lo cual no tenía Montesquieu la menor idea. Sin embargo, no podernos negar a este grande escritor el mérito de haber ilustrado la legislación con la antorcha de la filosofía; y bajo este concepto es quizá el maestro de los escritores ingleses que se supone serlo de nosotros, así como Voltaire fue el maestro de sus buenos historiadores, los cuales son ahora dignos de servir de modelos.

Habiendo establecido el médico Quesnay a mediados del siglo XVIII, algunos principios sobre el manantial de las riquezas, hizo gran número de prosélitos. El entusiasmo de éstos para con su fundador, la escrupulosidad con que desde entonces han seguido siempre los mismos dogmas, su tesón en defenderlos, y el énfasis de sus escritos, fueron causa de que se les considerase como una secta, y se les dio el nombre de Economistas. En vez de observar desde luego la naturaleza de las cosas, esto es, el modo con que estas suceden; de clasificar sus observaciones, y deducir de ellas generalidades, empezaron por sentar generalidades abstractas que calificaban con el nombre de axiomas, y creían ver brillar en ellos la evidencia. Después trataron de reducir a estos axiomas los hechos particulares, de donde deducían reglas; con lo que se hallaron empeñados en la defensa de unas máximas evidentemente contrarias a la sana razón y a la experiencia de los siglos15, como se verá en varios lugares de esta obra. No habían formado sus antagonistas ideas más claras de las cosas sobre que disputaban. Habiendo en ambos partidos muchos conocimientos y talentos insignes, se erraba y se acertaba por casualidad; se contestaban los puntos que se debían conceder; se convenía en lo que era falso, y se peleaba a ciegas. Voltaire, que poseía tan perfectamente el arte de exponer a la risa del público las ridiculeces de los hombres, se burló del sistema de los Economistas en el Poseedor de cuarenta escudos; pero al mismo tiempo que mostraba las extravagancias que se encuentran en el indigesto fárrago de Mercier de la Riviere, y en el Amigo de los hombres de Mirabeau, no podía decir en qué cosas erraban sus autores.

Es indudable que los Economistas contribuyeron al bien del Estado proclamando algunas verdades importantes, dirigiendo la atención a objetos de utilidad pública, y promoviendo discusiones que, aunque vanas todavía, eran una preparación para llegar a adquirir ideas más exactas16. Cuando representaban la industria agrícola como productiva de riquezas, estaban muy lejos de engañarse; y quizá la necesidad en que se constituyeron de desentrañar la naturaleza de la producción, fue causa de que se penetrase más en este importante fenómeno, y condujo a los que le sucedieron a explicarle completamente. Mas por otra parte, hicieron un daño los Economistas, desacreditando muchas máximas útiles, y dando motivo con su espíritu de secta, con el lenguaje dogmático y abstracto de casi todos sus escritos, y con su tono de oráculo, a que se creyese que cuantos se dedicaban a semejantes investigaciones, eran unos ilusos, cuyas teorías, buenas cuando más en los libros, eran inaplicables en la práctica17. Lo que nadie ha negado a los Economistas, y hasta para hacerlos acreedores al agradecimiento y estimación universal, es que todos sus escritos han sido favorables a la moral mas severa, y a la libertad que debe tener el hombre para disponer a su arbitrio de su persona, talentos y bienes: libertad sin la cual la felicidad individual y la prosperidad pública son palabras que nada significan. No creo que se pueda señalar entre ellos un hombre de mala fe, ni un mal ciudadano.

Por esto sin duda casi todos los escritores franceses de alguna reputación, que han tratado de materias análogas a la Economía política desde el año de 1760, sin alistarse positivamente en las banderas de los Economistas, han adoptado sus opiniones. Tales son Rainal, Condocet y otros varios, entre los cuales se pudiera contar a Condillac, bien que éste se empeñó en formar un sistema particular sobre una materia que no entendía. Hay sin embargo algunas ideas buenas entre la ingeniosa charla de su libro18; pero, a ejemplo de los Economistas, funda casi siempre un principio en una suposición gratuita: y aun cuando una suposición pueda muy bien servir de ejemplo para explicar lo que se demuestra con el raciocinio, no basta para establecer una verdad fundamental. La Economía política no ha llegado a ser ciencia hasta que ha sido una ciencia de observación.

Turgot era demasiado buen patricio para no estimar sinceramente a tan buenos ciudadanos como son los Economistas, y estos por su parte tenían interés en que fuese considerado como su adepto un hombre tan sabio y un ministro de Estado; pero Turgot no dirigía sus juicios por los códigos de aquellos escritores, sino que juzgaba por las cosas mismas; y aunque se equivocó en muchos puntos importantes de doctrina, sus operaciones administrativas, hechas o solamente proyectadas, son las más felices que concibió jamás ningún Estadista. Por tanto, la mayor acusación contra la falta de capacidad de su Príncipe es la de no haber sabido apreciarlas, o si pudo conocer su mérito, la de no haber sabido sostenerlas.

No solamente ejercieron los Economistas algún influjo sobre los escritores franceses, sino también, y muy señalado sobre los Italianos, los cuales llegaron a aventajarlos. Beccaria fue el primero que analizó, en Milán19 en un curso público, las verdaderas funciones de los capitales productivos. El conde de Verri, paisano y digno amigo de Beccaria, grande administrador y escritor excelente, se acercó más que ninguno antes de Smith, en su obra intitulada Meditazioni sull' Economia politica, que se publicó en 1771, a las verdaderas leyes que dirigen la producción y el consumo de las riquezas. Aunque Filangieri no publicó su Tratado de las Leyes políticas y económicas hasta el año 1780, parece que no tuvo noticia de la obra de Smith, impresa cuatro años antes. Sigue los principios de Verri, y aun los explica más que este autor; pero no va guiado de la antorcha de la análisis y de la deducción para pasar de las premisas más acertadas a las consecuencias inmediatas que las confirman, al mismo tiempo que muestran su aplicación y utilidad.

No podían estos escritos producir un gran resultado. En efecto ¿cómo es posible conocer las causas que proporcionan la opulencia a las naciones, cuando no se tienen ideas claras acerca de la naturaleza de las riquezas mismas? Es necesario conocer el fin antes de buscar los medios. En 1776, Adan Smith, discípulo de aquella escocesa que ha dado tantos literatos, historiadores, filósofos y sabios de primer orden, publicó su libro intitulado: Examen sobre la naturaleza y causas de la Riqueza de las naciones. Demostró que la riqueza es el valor permutable de las cosas; que somos tanto más ricos cuantas más cosas poseemos que tengan valor; y que pudiéndose dar o añadir valor a una materia, puede crearse la riqueza, fijarse en cosas que antes carecían de valor, conservarse en ellas, acumularse y destruirse20.

Tratando de averiguar qué es lo que da este valor a las cosas, encuentra Smith que es el trabajo del hombre, al cual hubiera debido llamar industria, porque esta palabra abraza partes que no están comprehendidas en la voz trabajo. De esta demostración fecunda deduce muchas e importantes consecuencias sobre las causas que oponiéndose al desarrollo de las facultades productivas del trabajo, se oponen a la multiplicación de las riquezas; y como estas consecuencias están rigurosamente deducidas de un principio incontestable, solo han sido impugnadas por personas superficiales que no han podido entender bien el principio, o por cabezas mal organizadas, y de consiguiente incapaces de comprehender el enlace y relación de dos ideas. Cuando se lee a Smith como merece ser leído, se echa de ver que antes de él no había Economía política.

Desde entonces el oro, y la plata amonedados no han venido a ser mas que una porción, y aun una porción pequeña de nuestras riquezas, poco importante porque es poco susceptible de aumento, y porque sus usos pueden reemplazarse con más facilidad que los de otras muchas cosas igualmente preciosas: de donde resulta que ni la sociedad ni los particulares tienen interés en proporcionarse mayor cantidad de aquellos metales que la que exigen las necesidades limitadas que experimentan.

Bien se deja conocer que este modo de considerar las cosas puso a Smith en estado de determinar con toda extensión, antes que otro alguno, las verdaderas funciones de la moneda en la sociedad; y las aplicaciones que hace de ellas a las cédulas de banco y a las diferentes especies de papel moneda, son de la mayor importancia en la práctica. Estas aplicaciones le suministraron los medios de probar que un capital productivo no consiste en una suma de dinero, sino en el valor de las cosas que sirven para la producción. Clasifica, analiza aquellas cosas que componen los capitales productivos de la sociedad, y muestra sus verdaderas funciones21.

Antes de Smith se habían establecido en varias ocasiones principios muy verdaderos22; pero él fue el primero que mostró por qué lo eran: y pasando más adelante, presentó el verdadero método de notar los errores, y aplicó a la Economía política el nuevo modo de tratar las ciencias, no por medio de una investigación abstracta de sus principios, sino subiendo desde los hechos más constantemente observados hasta las leyes generales que los dirigen. Basta que un hecho pueda tener tal o tal causa, para que el espíritu de sistema infiera que es efecto de ella; pero el espíritu de análisis quiere saber por qué tal causa produjo este efecto, y asegurarse de que no pudo ser producido por ninguna otra causa. La obra de Smith es una serie de demostraciones que han elevado muchas proposiciones a la clase de principios incontestables, y han sumergido un número mucho mayor en aquel abismo en que las ideas vagas e hipotéticas y las imaginaciones extravagantes luchan algún tiempo antes de quedar sepultadas para siempre.

Se ha dicho que Smith se había aprovechado mucho de los trabajos de Steuart23, a quien no cita una sola vez ni aun para impugnarle. Yo no entiendo qué plagio sea éste. El plan de Smith es enteramente distinto del de Steuart. Aquel sostiene su vuelo sobre un terreno en que éste no se levanta del polvo. Steuart defendió un sistema abrazado ya por Colbert, adoptado después por todos los autores franceses que escribieron acerca del comercio, seguido constantemente por la mayor parte de los gobiernos europeos, y según el cual no dependen las riquezas de un país del total de sus producciones, sino del de sus ventas al extranjero. Smith dedicó una parte importante de su obra a confundir este sistema; y si no citó a Steuart en particular, fue porque este no había dado nombre a ninguna escuela, y porque se trataba de refutar la opinión general de aquel tiempo, más bien que la de un escritor que no sabia pensar por sí solo.

También han pretendido los Economistas que habían sido muy útiles a Smith. Pero ¿qué significan estas pretensiones? Al hombre de ingenio le sirven todos los objetos que le rodean: se aprovecha de las nociones sueltas que ha podido recoger, de los errores que ha destruido, y aun de los enemigos que le han atacado, porque todo contribuye a formar sus ideas; pero cuando después llega a hacerse dueño de ellas, cuando estas son vastas y útiles a sus contemporáneos y a la posteridad, entonces es necesario conocer y confesar el mérito que ha contraído, y no echarle en cara las ventajas que pueden haberle proporcionado los que le precedieron en la misma carrera. Por lo demás, Smith confesaba francamente que había aprendido mucho en sus conversaciones con los hombres más ilustrados de Francia, y que no le había sido menos útil la amistad de su paisano Hume, cuyos ensayos contienen gran número de ideas sanas sobre la Economía política y sobre otros muchos asuntos.

Después de haber mostrado, en cuanto lo permite un bosquejo tan rápido, los progresos que hizo la Economía política con la obra de Smith, quizá no será inútil indicar también sumariamente algunos de los puntos en que erró, y otros que dejó por ilustrar.

Atribuye al solo trabajo del hombre la facultad de producir valores: lo cual es un error; porque analizada exactamente la materia, resulta, como se verá en el discurso de esta obra, que estos valores son producidos por la acción del trabajo, u más bien, de la industria del hombre, combinada con la acción de los agentes que le ofrece la naturaleza, y con la de los capitales. Por tanto, no formaba Smith una idea cabal del gran fenómeno de la producción: y esto le hizo adoptar algunas consecuencias falsas, como cuando atribuye un influjo gigantesco a la división del trabajo, u por mejor decir, a la separación de ocupaciones; no porque este influjo sea nulo ni aun de poco momento, sino porque las mayores maravillas en este género no son efecto, de la naturaleza del trabajo, sino del uso que se hace de las fuerzas de la naturaleza La falta de un conocimiento exacto de este principio no le permitió establecer la verdadera teoría de las máquinas con respecto a la producción de las riquezas.

Conocido después mucho mejor el principio de la producción, se pudo distinguir y asignar la diferencia que se encuentra entre la carestía real y la relativa24: diferencia que sirve para resolver una multitud de problemas, que de otro modo son absolutamente inexplicables; por ejemplo: Un impuesto, u cualquiera otro azote que encarezca los géneros ¿aumenta la suma de las riquezas?25 -Componiéndose de los gastos de producción la renta de los productores ¿cómo no se disminuyen las rentas con la diminución en los gastos de producción?- Pues entiéndase que la facultad de poder resolver estas cuestiones espinosas es la que constituye la ciencia de la Economía política26.

Smith limitó la esfera de esta ciencia reservando exclusivamente el nombre de riquezas a los valores que consisten en substancias materiales, debiendo haber comprendido también en ellas los valores que por ser materiales no dejan de ser igualmente reales, como son todos los talentos naturales o adquiridos. De dos personas que están sujetas a la misma privación de bienes, la que tiene algún talento es menos pobre que la otra. La que ha adquirido un talento a costa de un sacrificio anual goza de un capital acumulado, y esta riqueza, aunque inmaterial, está tan lejos de ser ficticia, que diariamente se cambia por plata u oro el ejercicio de un arte.

Smith, que explica con tanta sagacidad el modo con que se realiza la producción, y las circunstancias en que se verifica en la agricultura y artes, solo presenta ideas confusas cuando trata del modo con que es productivo el comercio: lo que no le permite explicar, con precisión porqué causa y hasta qué punto contribuye a la producción la facilidad de las comunicaciones.

No sujeta a la análisis las diferentes operaciones comprehendidas bajo el nombre general de industria, o de trabajo, como él la llama, y por consiguiente no puede apreciar la importancia de cada una de estas operaciones en la obra de la producción.

Es incompleto e inconexo todo lo que dice acerca del modo con que se distribuyen las riquezas en la sociedad, si bien es constante que esta parte de la Economía política era un campo casi enteramente inculto, porque teniendo los escritores economistas ideas muy poco exactas de la producción de las riquezas, no podían tenerlas mejores acerca de su distribución27.

En fin, aunque el fenómeno del consumo de las riquezas no sea más que el reverso de la producción, y aunque la doctrina de Smith conduzca a considerarle en su verdadero aspecto, éste autor no le explica suficientemente: lo cual no le permite establecer muchas verdades de grande importancia. Así es que no caracterizando las dos especies de consumo, la improductiva y la reproductiva, no prueba de un modo satisfactorio que el consumo de los valores ahorrados y acumulados para formar capitales es tan real como el de los valores que se disipan.

Cuanto más se adelante en el conocimiento de la Economía política, tanto más se apreciarán los progresos que hizo esta ciencia con los trabajos de Smith, y los que fueron efecto de las tareas de sus sucesores28.

Estos son los principales defectos que se notan en la obra de Smith por lo tocante a la doctrina. La forma de su libro, esto es, el modo con que se presenta en él la doctrina, merece una censura no menos severa.

En muchas partes no tiene Smith la debida claridad, en casi todas se echa de ver la falta de método. Para entenderle bien es necesario haberse acostumbrado a coordinar las ideas y a dar razón de ellas, examinándolas muy menudamente: y este trabajo le hace inaccesible a la mayor parte de los lectores, a lo menos en algunos puntos; de suerte que ciertas personas ilustradas que se preciaban de entenderle y admirarle han escrito sobre materias que él trató, por ejemplo sobre el impuesto, sobre las cédulas de banco, como suplemento de la moneda sin haber entendido ni una sola palabra de su teoría acerca de estas materias, la cual forma sin embargo una de las partes más hermosas de su obra.

Sus principios fundamentales no tienen un lugar determinado para su explicación, y así es que muchos de ellos se encuentran esparcidos en las dos excelentes refutaciones que hizo del sistema exclusivo u mercantil, y del sistema de los Economistas, sin que se hallen en ninguna otra parte. Los principios que tienen relación con el precio real y el precio nominal de las cosas, es necesario buscarlos en una disertación sobre el valor de los metales preciosos en los cuatro últimos siglos; y las nociones sobre las monedas se encuentran en el capítulo de los tratados de comercio.

Las largas digresiones son también otro defecto en que concurrió este autor. No hay duda en que la historia de una ley o de una institución es instructiva en sí misma, como un depósito de hechos, pero en un libro consagrado a la exposición de los principios generales, es innegable que los hechos particulares, cuando nos sirven únicamente de ejemplos y de medios de ilustrar la materia, no hacen más que recargar inútilmente la atención. La pintura que hace de los progresos de las naciones de Europa después de la caída del imperio romano es una digresión magnifica. Lo mismo se puede decir de la discusión llena de verdadero saber, de filosofía y aun de delicadeza, y tan prodigiosamente instructiva sobre la instrucción pública.

Algunas veces están traídas por los cabellos estas disertaciones. Con motivo de tratar de los gastos públicos, presenta una historia muy curiosa de los diferentes modos de pelear, usados en diferentes pueblos y en diversas épocas, y explica por este medio los triunfos militares que lograron, los cuales vinieron a decidir de la civilización de muchos países del globo.

Otras veces sucede que estas largas digresiones interesan únicamente a los ingleses. Tal es el prolijo examen de las ventajas que resultarían a la Gran Bretaña si admitiese en el parlamento representantes de todas sus posesiones.

La excelencia de una obra literaria está igualmente cifrada en lo que contiene y en lo que deja de contener. Un número tan considerable de pormenores sólo sirve de aumentar el libro, no diré que inútilmente, pero sí de un modo inútil para su objeto principal, que es la explicación de los principios de la Economía política. Así como Bacon dio a conocer la insuficiencia de la filosofía de Aristóteles, así también Smith descubrió la falsedad de todos los sistemas de Economía; pero ni el último levantó el edificio de esta ciencia, ni el primero fue el creador de la lógica: y sin embargo debemos estar muy agradecidos a uno y a otro por haber puesto a sus sucesores en el camino que guía seguramente al conocimiento de la verdad29.

Entretanto no se conocía aun ningún verdadero tratado de Economía política: no había obras en que se hallasen buenas observaciones reducidas a principios generales que pudiesen ser aprobados por todos los hombres juiciosos, y en que estas observaciones y principios estuviesen tan coordinados y fuesen tan completos que se corroborasen unos a otros, y pudiesen estudiarse con fruto en todos tiempos y lugares. Para ponerme en estado de tentar esta obra útil, me ha sido preciso estudiar lo que se había escrito hasta el día de hoy, y olvidarlo después: estudiarlo, para aprovecharme de las observaciones de muchos hombres capaces que me han precedido; olvidarlo, para no dejarme extraviar por ningún sistema, y poder consultar siempre la naturaleza y el orden que siguen las cosas, según nos las presenta la sociedad. Nada me proponía probar. Mi objeto era exponer cómo se forman, se difunden y se destruyen las riquezas. ¿De qué modo podía yo adquirir el conocimiento de estos hechos? Observándolos. Presento pues el resultado de estas observaciones que cualquiera podrá volver a hacer por sí mismo. En cuanto a las conclusiones generales que de ellas deduzco, tendré por jueces a cuantos lean mi obra.

Lo que sí debía exigirse de las luces del siglo, y de aquel método que tanto ha contribuido a los progresos de las otras ciencias, era que subiese yo constantemente hasta la naturaleza de las cosas, y no estableciese jamás ningún principio metafísico que no fuese inmediatamente aplicable en la práctica; de modo que comparado siempre con hechos conocidos, fuese fácil hallar su confirmación en aquello mismo que descubre su utilidad.

Era necesario, además de esto, exponer y probar breve y claramente los sólidos principios fijados hasta ahora, establecer los que no lo habían sido, y enlazarlo todo de manera que se pudiese tener seguridad de que no se encuentra ya en este punto ninguna laguna importante, ni queda por descubrir ningún principio fundamental. Era necesario desterrar de la ciencia muchas preocupaciones; pero sin detenerse más que en los errores acreditados y en los autores que han adquirido gran reputación; porque en realidad ¿qué daño puede causar un escritor desconocido o una necedad desacreditada? Era indispensable dar precisión a las expresiones a fin de que ninguna palabra pudiese entenderse jamás de dos modos diferentes; y reducir las cuestiones a sus términos más sencillos para que fuese fácil descubrir todos los errores, y especialmente los míos. En fin, se debía popularizar tanto la doctrina30 que cualquier persona de sana razón pudiese comprehenderla en su conjunto y en sus pormenores, y aplicar sus principios a todas las circunstancias de la vida.

Se me ha impugnado, principalmente en lo que he dicho acerca del valor de las cosas como medida de las riquezas. No tengo disculpa, pues debí explicarme de modo que nadie pudiese equivocarse. La única respuesta útil era usar de más claridad, y he procurado hacerlo. Pido perdón a los compradores de las primeras ediciones de esta obra, de las numerosas correcciones que he hecho en ésta. Mi primera obligación en un asunto tan importante para la felicidad de los hombres, era procurar que mi libro saliese con el menor número de defectos que fuese posible.

Después de las primeras ediciones que de él se hicieron, han publicado nuevos tratados de Economía política varios escritores, entre los cuales hay algunos que gozan de una celebridad justamente adquirida31. No me corresponde, juzgarlos en el todo de sus obras, y decidir si contienen o no, una exposición clara, completa y bien enlazada de los principios en que estriba esta ciencia. Lo que puedo decir con sinceridad es que en muchas de estas obras se hallan verdades y explicaciones a propósito para adelantar mucho la ciencia, y que me he perfeccionado con su lectura; pero usando del derecho que tiene todo escritor, he podido observar en qué cosas son desmentidos por un estudio mas escrupuloso de los hechos algunos de los principios que se establecen en ellas.

Quizá no falta fundamento para echar en cara al Señor Ricardo que sus raciocinios estriban algunas veces en principios abstractos a los cuales da demasiada generalidad. Manejando una hipótesis que no se puede impugnar, porque está fundado en observaciones constantes, sigue sus raciocinios hasta las últimas consecuencias, sin comparar sus resultados con los de la experiencia; semejante a un sabio mecánico que en virtud de pruebas irrecusables deducidas de la naturaleza de la palanca demostrase la imposibilidad de los saltos que ejecutan diariamente los bailarines en nuestros teatros. ¿Pues cómo sucede esto? El raciocinio va, por así decirlo, en línea recta; pero una fuerza vital, que muchas veces no se percibe, y es siempre incalculable, hace que los hechos se desvíen notablemente de nuestros cálculos. No hasta proceder en virtud de hechos, sino que es necesario colocarse dentro de ellos, seguirlos escrupulosamente, y comparar de continuo las consecuencias que se deducen con los efectos que se observan. La Economía política, para ser verdaderamente útil, no debe enseñar, aun cuando fuese por raciocinios exactos, y procediendo de premisas ciertas lo que necesariamente ha de suceder; sino que debe mostrar cómo lo qué sucede realmente es consecuencia de otro hecho real, descubrir la cadena que los une, y acreditar siempre por medio de la observación la existencia de los dos puntos donde vuelve a unirse la cadena.

Por lo que toca a las opiniones extravagantes o anticuadas, producidas o reproducidas con tanta frecuencia, y que son incapaces de acreditar a sus autores, aunque por otra parte tengan estos bastantes conocimientos; el mejor modo de impugnarlas es explicar las sanas doctrinas con cuanta claridad sea posible, y dejar al tiempo el cuidado de difundirlas. De lo contrario, habría que entrar en controversias interminables que nada enseñarían al público ilustrado, y harían creer al público ignorante que nada está demostrado, porque se disputa de todo.

Algunos campeones natos de toda especie de ignorancia han observado con una confianza doctoral que las naciones y los particulares saben muy bien aumentar sus haciendas sin conocer la naturaleza de las riquezas, y que este es un conocimiento puramente especulativo e inútil. Esto es lo mismo que si se dijese que se sabe muy bien vivir y respirar sin la anatomía y medicina, y que por lo mismo, son superfluos estos conocimientos. Imposible sería sostener semejante proposición. ¿Pero qué diríamos si fuese sostenida por unos doctores que al mismo tiempo que desacreditasen la medicina, nos sujetasen a un método curativo fundado en un rancio empirismo, u en las más necias preocupaciones?, ¿si proscribiesen toda enseñanza metódica y regular?, ¿si a pesar nuestro hiciesen en nosotros experiencias crueles? ¿si sus recetas estuviesen acompañadas del aparato y autoridad de las leyes? y en fin ¿si las hiciesen ejecutar por ejércitos de dependientes y soldados?

Se ha dicho también en apoyo de los antiguos errores que algún fundamento deben tener unas ideas tan generalmente adoptadas por todas las naciones, y que es justo desconfiar de observaciones y raciocinios que trastornan lo que hasta el día de hoy se ha tenido por constante, y lo que han admitido tantos personajes recomendables por sus luces e intenciones. Confieso que este argumento es capaz de hacer una impresión profunda, y podría constituir en la clase de dudosos los puntos más incontestables, sino hubiésemos visto que las opiniones más falsas y reconocidas ya generalmente como tales, han sido recibidas y profesadas por toda clase de personas durante una larga serie de siglos. No ha mucho tiempo que todas las naciones, desde la más grosera hasta la más ilustrada, y todos los hombres, desde el ganapán hasta el más sabio filósofo, admitían cuatro elementos. Nadie hubiera pensado ni aun en poner en duda esta doctrina, la cual es sin embargo tan falsa que no hay en el día ayudante de naturalista que no se desacreditase, si mirase como elementos la tierra, el agua, el aire y el fuego32. ¿Cuántas otras opiniones que reinan en la actualidad, y son muy respetadas, tendrán la misma suerte? Hay cierta epidemia en las opiniones de los hombres, los cuales están expuestos a ser acometidos de enfermedades morales que inficionan toda la especie. Hay épocas en que del mismo modo que la peste, la enfermedad se consume y pierde su malignidad sin que para ello sea necesario ningún auxilio externo; pero es indispensable que pase tiempo. En Roma se consultaban todavía las entrañas de las víctimas trescientos años después de haber dicho Cicerón que no podía ya un augur encontrar a otro sin reírse.

Al ver esta sucesiva fluctuación de opiniones, parece que no se debe admitir ninguna cosa como segura, sino declararse por la duda universal. Pero está muy lejos de ser así: porque los hechos observados diferentes veces por hombres capaces de verlos en todos sus aspectos, salen del dominio de la opinión, cuando están bien comprobados y descritos, y entran en el de la verdad. Cualquiera que sea la época en que se mostró que el calor dilata los cuerpos, no ha sido posible destruir esta verdad. Las ciencias morales y políticas ofrecen verdades igualmente incontestables, aunque más difíciles de demostrar: y aunque no hay quien no se crea autorizado para hacer descubrimientos en ellas y juzgar sin apelación los de los demás, son sin embargo muy pocos los hombres dotados de bastantes conocimientos adquiridos y de miras suficientemente vastas para estar seguros de que comprehenden todas las relaciones del objeto sobre que se atreven a juzgar. Causa admiración ver con qué desembarazo se deciden en nuestras tertulias las cuestiones mas espinosas, no de otro modo que si se penetrase a fondo todo lo que puede y debe influir en el juicio que de ellas se forma, lo que viene a ser lo mismo que si una porción de gentes que pasasen con precipitación por delante de la fachada de un soberbio palacio, se creyesen fundadas para decirnos todo lo que pasa en su interior.

Ciertas personas, cuyo talento no ha llegado jamás a vislumbrar un estado social mejor que el presente, afirman con arrogancia que no puede existir; y confesando los males del orden establecido, se consuelan con decir que no es posible que las cosas vayan de otro modo. Esto trae a la memoria lo que cuentan de un Emperador del Japón que estuvo para reventar de risa cuando le dijeron que los Holandeses no tenían Reyes. Los Iroqueses no conciben cómo sea posible vencer, sin asar los prisioneros que se han hecho.

Aunque muchas naciones de Europa se hallan en una situación bastante floreciente al parecer, y aunque haya algunas que gastan de 1.400 a 1.500 millones de francos, sólo para el pago de su gobierno, no conviene sin embargo persuadirse que su situación no deja nada que desear. El rico Sibarita que vive en el palacio que tiene en la ciudad, o que habita en su magnifica casa de campo, según más le agrada, gozando en esta y en aquel, a costa de grandes sumas, de los placeres más refinados que puede inventar la sensualidad, trasladándose cómodamente y con rapidez a donde quiera que le convidan nuevos deleites, disponiendo de los brazos y talentos de un número considerable de criados y de gentes destinadas a complacerle, y reventando diez caballos por satisfacer un capricho, puede creer que las cosas van bastante bien, y que la Economía política ha llegado a su mayor perfección. Pero en los países que llamamos florecientes ¿Cuántas personas hallaremos en estado de gozar de estas comodidades? Una a lo sumo entre cien mil; y quizá no habrá una entre mil que tenga lo que se llama un decente pasar. Por todas partes se ve la extenuación de la miseria al lado de la lozana robustez de la opulencia, el trabajo forzado de los unos compensando la ociosidad de los otros, casas arruinadas y columnatas, los andrajos de la indigencia mezclados con la ostentación del lujo; en una palabra, las más inútiles profusiones en medio de las necesidades más urgentes.

Los que han hecho su fortuna en este estado de desorden, no dejan de hallar argumentos para justificarle a los ojos de la razón; porque en efecto ¿qué es lo que no se podrá defender, cuando se presentan las cosas por un solo lado? Si mañana hubiesen de extraerse de nuevo los lotes para asignarles el puesto que debían ocupar en la sociedad, no les faltaría mucho que reprender en ello.

De este modo las opiniones en materia de Economía política no solamente son defendidas por la vanidad, que es la dolencia más universal de los hombres, si no también por el interés personal, que no lo es menos, y que sin saberlo nosotros, y a pesar nuestro, tiene tanto imperio sobre nuestro modo de pensar. De aquí aquella intolerancia decisiva con que se intimida la verdad, y se ve obligada a retroceder, o si se arma de valor, cae en desgracia, y aun suele ser objeto de persecuciones. Están ya tan difundidas las luces que un físico puede asegurar sin riesgo que las leyes de la naturaleza son las mismas en un mundo que en un átomo; pero el publicista que se atreve a decir que hay una analogía perfecta entre las rentas de un Estado y las de un particular, y que la administración de las familias debe dirigirse por los mismos principios de Economía que la del tesoro público, puede prepararse a oír los gritos de mil clases de gentes y a refutar diez o doce sistemas.

Fuera de esto, se encuentran escritores que tienen la deplorable facilidad de hacer artículos de diarios, folletos y tomos sobre lo que el los mismos confiesan que no entienden, de lo que resulta que esparcen sobre la ciencia las nubes de su entendimiento, y obscurecen lo que empezaba a ilustrarse. El público indolente encuentra mas cómodo creerlas sobre su palabra que instruir un proceso. Otras veces se le presenta un aparato de guarismos que le seduce, como si los números por sí solos probasen algo, y no se necesitase un raciocinio seguro para establecer bien una regla y deducir consecuencias de ella.

Tales son las causas que se oponen a los progresos de la Economía política.

Sin embargo, vemos por todas partes señales ciertas de que esta hermosa y útil ciencia va a propagarse con rapidez. Desde que se advirtió que no era ya hipotética, sino experimental, se conoció su importancia. Se ha adoptado su enseñanza en todos los países donde se aprecia la ilustración. Ya tenía profesores en las universidades de Alemania, Escocia, España, Italia y el Norte; pero será cultivada en adelante con muchas más ventajas, y con todos los caracteres de los estudios mas ciertos. Mientras que la universidad de Oxford sigue todavía servilmente su antigua rutina, la de Cambridge estableció, no hace muchos años, una cátedra para la enseñanza de esta ciencia nueva. Hay clases particulares de ella en muchos países, y entre otros en Ginebra. El comercio de Barcelona ha fundado a sus expensas una escuela de Economía política33. Este estudio forma una parte de la educación de los Príncipes: y los que merecen serlo, se avergüenzan de ignorar sus principios. El Emperador de Rusia ha querido que sus hermanos los grandes duques Nicolás y Miguel estudiasen la Economía política bajo la dirección del señor Storch. En fin el gobierno francés acaba de honrarse para siempre la primera cátedra de Economía política que se ha erigido en Francia con la sanción de la ley.

Cuando los jóvenes que ahora estudian, se hallen esparcidos en todas las clases de la sociedad, y elevados a los principales puestos de la administración, serán las operaciones públicas mucho mejores que en los tiempos pasados. Teniendo más conocimiento de sus verdaderos intereses los gobernantes y los gobernados, advertirán que estos conocimientos no son contrarios entre sí: lo que producirá naturalmente menos opresión por una parte y más confianza por otra.

Los autores que desde ahora se atrevan a escribir de política, de historia, y principalmente de rentas, comercio y artes, sin haberse instruido de antemano en los principios de la Economía política, estén seguros de que sólo darán a luz folletos, o libros que no lograrán fijar la atención del público.

Pero lo que ha contribuido sobre todo a los progresos de la Economía política son las graves circunstancias en que el mundo civilizado se ha visto comprometido de treinta años a esta parte. Los gastos de los gobiernos han subido a un punto escandaloso: la necesidad que, para salir de sus apuros, han tenido de contar con sus súbditos, ha sido para éstos una lección que les ha mostrado si son o no importantes: el concurso de la voluntad general, o a lo menos de lo que parece serlo, ha sido reclamado si no establecido, casi en todas partes. No habiendo sido suficientes las enormes contribuciones exigidas a los pueblos con pretextos más o menos especiosos, fue necesario recurrir al crédito: para obtenerle hubieron de mostrarse las urgencias a que era preciso atender y los recursos con que para ello se contaba; y la publicidad de las cuentas del Estado, junta con la necesidad de justificar a los ojos del público los actos de la administración, produjeron en la política una revolución moral, cuyo curso no es ya posible detener.

Al mismo tiempo hubo grandes trastornos y desgracias que dieron lugar a grandes experiencias. El abuso del papel-moneda, de las interrupciones comerciales, y otros de diferentes especies pusieron a la vista las últimas consecuencias de casi todos los excesos. La destrucción de unas barreras formidables; invasiones colosales; ruina de unos gobiernos; creación de otros; nuevos imperios formados en otro hemisferio; colonias elevadas a la clase de independientes; cierta efervescencia general en los ánimos, tan favorable al desarrollo de las facultades humanas; bellas esperanzas y grandes yerros han extendido ciertamente de un modo muy considerable el círculo de nuestras ideas, al principio entre los hombres que saben observar y pensar, y después entre todas las gentes.

La facilidad poder seguir el encadenamiento de las causas y de los efectos es la que constituye el estado de perfección progresiva de las ciencias morales y políticas; y cuando se sabe bien cómo resultan unos de otros los hechos concernientes a ellas, no cabe duda en que se puede observar la conducta, más ventajosa en todas las situaciones que se presenten. Para destruir la mendicidad, por ejemplo, no se hace entonces lo que sólo conduce a multiplicar los pobres; ni para proporcionar la abundancia se toman las providencias que producen sin duda alguna el efecto de desterrarla. Se conocen los caminos por donde llegan las naciones a un estado próspero y feliz. Y se pueden elegir los mejores.

Se ha creído mucho tiempo que la Economía política estaba reservada únicamente al corto número de hombres que dirigen los negocios del Estado. No ignoro cuánto importa que los hombres encargados del poder tengan más ilustración que los otros: y sé también que las faltas de los particulares no pueden arruinar más que a un corto número de familias, al paso que las de los Príncipes y ministros derraman la desolación en todo un país. ¿Pero pueden ser ilustrados los Príncipes y los ministros, cuando no lo son los simples particulares? Veámoslo. En la clase media tan distante de la embriaguez de la grandeza como de los trabajos forzados de la indigencia; en la clase en que se encuentra la honrad