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Vidas de los españoles célebres.Prólogo.Las vidas de los hombres célebres son, de todos los géneros de historia, el más agradable de leerse. La curiosidad, excitada por el ruido que aquellos personajes han hecho, quiere ver más de cerca y contemplar más despacio a los que con sus talentos, virtudes o vicios extraordinarios han contribuido a la formación, progresos y atraso de las naciones. Las particularidades y pormenores en que a veces es preciso entrar para pintar fielmente los caracteres y las costumbres, llaman tanto más la atención, cuanto en ellas se mira a los héroes más desnudos del aparato teatral con que se presentan en la escena del mundo, y convertirse en hombres semejantes a los otros por sus flaquezas y sus errores, como para consolarlos de su superioridad. Así es que nada iguala al placer que se experimenta leyendo cuando niño las vidas de Cornelio Nepote, y las de Plutarco cuando joven: lectura propia de los primeros años de la vida, en que el corazón más propenso a la virtud cree con facilidad en la virtud de los otros, y en que, apasionándose naturalmente por todo lo que es grande y heroico, se anima y exalta para imitarlo. Entonces es cuando elegimos por amigos o por testigos de nuestras acciones a Arístides, Cimón, Dión, Epaminondas; y estos amigos son tal vez, de los que se escogen en aquella edad, los únicos que al fin no hacen traición a los sentimientos que nos han inspirado. Modélase uno entonces a su ejemplo, y quisiera ansiosamente sembrar como ellos la carrera de la vida con las mismas flores de gloria y de virtud; y aunque después el curso de los años, el choque de los intereses, la experiencia fatal que se hace de los hombres, resfríen este ardor generoso, no se borran enteramente sus huellas, y siempre queda algo de su fuerza para recurso en las situaciones arduas, y para consuelo en las adversidades. Se puede ciertamente dar la preferencia a los otros modos de escribir historia en su parte económica y política; pero en la moral las vidas les llevan una ventaja conocida, y su efecto es infinitamente más seguro. El mayor escollo que tal vez tiene este género es la perfección que Plutarco ha dado a las suyas. Este gran modelo está siempre presente para acusar de temeridad a todos los que se atrevan a seguir el mismo camino. En vano se le tacha de difuso e importuno en sus digresiones; de creer como una vieja en sueños, oráculos y prodigios; de dar a genealogías las más veces inciertas o fabulosas, un valor impropio en la pluma de un filósofo. ¿Qué importa todo esto, comparado con la animación que tienen sus pinturas y la importancia de los sucesos que refiere? Es preciso desengañarse: Plutarco no ha sido igualado hasta ahora, y es de creer que no lo será jamás. Su libro manifiesta ser de un sabio acostumbrado al espectáculo de las cosas humanas, que no se admira de nada, y por lo mismo aplaude y condena sin exaltación; que cuenta y dice de buena fe todo lo que su memoria le sugiere, y va esparciendo en su camino máximas profundas y consejos excelentes. Se le compara a un caudaloso río, que se lleva sin ruido y sin esfuerzo por una dilatada campiña, y la riega y fertiliza toda con sus aguas. Pero esto no bastaría a dar a su obra el grande interés que presenta, sin la naturaleza de su argumento, único por ventura en su especie. Vense desde luego luchar en talentos, en virtudes y en gloria las dos naciones más célebres de la antigüedad, una por las artes y el ingenio, otra por su fuerza y grandeza. Se fija después la vista en los retratos que ofrece aquella vasta galería, y cada uno sorprende por el movimiento que imprime en su nación. Éste la da leyes, el otro costumbres; el uno la defiende de la invasión, el otro la arrebata a las conquistas; éste quiere salvarla de la corrupción que la contagia, y aquél enciende la antorcha que ha de ponerla en combustión: todos ostentando caracteres eminentemente dispuestos, ya a la virtud, ya a los talentos, ya a los vicios, ya a los crímenes; y casi todos en esta continua agitación pereciendo violentamente, porque el movimiento y la reacción de que son causa producen al fin el vértigo que los devora a ellos mismos. No, la historia moderna no puede presentar un espectáculo tan enérgico y tan sublime; ninguno de nuestros personajes, por grandes que se les suponga, se ha encontrado en la situación de Solón, terminando la anarquía de Atenas por unas leyes sabias y moderadas, pedidas por todo un pueblo y obedecidas por él; de Licurgo, arrancando de un golpe a la molicie los ciudadanos de Esparta, y sujetándolos a un régimen de hierro para que no fuesen sujetados de nadie; de Temístocles, burlando en el estrecho de Salamina la arrogante ambición de Jérjes; de Mario, en fin, vencedor de los cimbros, que iban a tragarse la Italia. Pero aunque el talento no sea igual ni la materia tan rica, no por eso deben desmayar los escritores y abandonar un género tan agradable y tan útil. Es oprobio a cualquiera que pretende tener alguna ilustración ignorar la historia de su país; y si la pintura de los personajes más ilustres es una parte tan principal de ella, fuerza es intentarla para utilidad común, aunque se está muy lejos del talento de Plutarco, y aun cuando los sugetos que hay que retratar no presente» la fisonomía fiera y proporciones colosales que los antiguos. Y ¿cuál es la nación que no tiene sus héroes propios a quienes admirar y seguir? Cuál la que no ha sufrido vicisitudes del bien al mal y del mal al bien, que es cuando se crían estos hombres extraordinarios? No lo será ciertamente aquel pueblo que alzó en las montañas septentrionales de España el estandarte de la independencia contra el ímpetu fanático de los árabes. Allí no sólo se mantiene libre de la opresión en que gime el resto de la Península, sino que, adquiriendo fuerzas y osadía, baja a derrocar a sus enemigos de la larga posesión en que estaban. Ningún auxilio, ningún apoyo en príncipe o gente alguna; dividido entre sí, ya por las particiones de los estados, imprudentemente establecidas por sus reyes, ya por las guerras que estos estados se hacían, verdaderamente civiles; al mismo tiempo nuevos diluvios de bárbaros que el África de cuando en cuando envía para reforzar a los antiguos; y todo esto junto mantiene la lucha por siete siglos enteros y forma una serie terrible de combates, de peligros y de victorias. Salen, en fin, los musulmanes de España, y entonces, a manera de fuego que comprimido violentamente rompe y se dilata a lo lejos en luz y en estallidos, se ve el español enseñorearse de la mitad de Europa, agitarla toda con su actividad ambiciosa, arrojarse a mares desconocidos e inmensos, y dar un nuevo inundo a los hombres Para hacer correr a una nación por un teatro tan vasto y desigual son necesarios sin duda caracteres enérgicos y osados, constancia a toda prueba, talentos extraordinarios, pechos capaces de la virtud y el vicio, pero en un grado heroico y sublime. La pintura de estos caracteres sobresalientes es la materia y objeto del libro que ahora se publica, excluyéndose de él las vidas de los reyes, que, como parte principal de nuestras historias generales, son por lo mismo más conocidas. Se engañaría cualquiera que buscase aquí la solución de las cuestiones oscuras que a cada paso ofrece, nuestra historia por falta de documentos auténticos. en tal caso en vez de ser una obra de agradable lectura y de utilidad moral, que es lo que el autor se ha propuesto, se convertiría en un libro de indagaciones y controversias, propias solamente de un erudito o de un anticuario. Para sentar la probabilidad histórica de los hechos se han consultado los autores más acreditados; y estando indicados al frente de cada vida los que se han tenido presentes para su formación, los lectores que quieran asegurarse de la exactitud y elección de las noticias podrán buscarlas en las mismas fuentes donde se han bebido. Cuando salgan a luz las infinitas preciosidades que, o por nuestra incuria o por una mala estrella, se encierran todavía en los archivos públicos y particulares, se corregirán muchos errores, y se sabrán mil datos que ahora se ignoran, y son necesarios para escribir nuestra historia económica y política, que en concepto de muchos está aún por hacer. También entonces nuestros héroes, conocidos quizá mejor, podrán ser retratados por un pincel más diestro y más bien guiado; pero entre tanto la juventud, a quien se destina este ensayo, tendrá lo que hasta ahora nadie ha ejecutado bajo este mismo plan, a lo menos que yo sepa. Los retratos de nuestros varones ilustres, publicados con tanta magnificencia por la imprenta Real, han sido dirigidos a diferente fin. En aquella obra la estampa es lo principal, y el breve sumario que la acompaña es lo accesorio; y si se indican por mayor allí los hechos principales en que está afianzada la fama de los sugetos, no están igualmente determinados la educación, los progresos, las dificultades y los medios de superarlas: circunstancias que son las que constituyen grande un personaje y le hacen sobresalir entre los demás. El celo mismo que emprendió la obra fue causa de dos inconvenientes que hay en ella. Uno es la multiplicación excesiva de hombres retratados, y que se dan por ilustres: efecto necesario de no haberse antes de todo fijado los verdaderos límites de la empresa. No se dan la inmortalidad y la gloria con tanta facilidad como se piensa, y hay hombre realmente grande que se avergonzaría de los compañeros que le han puesto en aquella colección. El otro inconveniente es el tono de elogio que reina generalmente en los sumarios. Nada más contrario a la dignidad y objeto de un historiador: cuando se exagera el bien y se disculpa o se omite el mal, o no se consigue crédito o se inspiran ideas equivocadas y falsas El autor de la presente obra ha procurado evitar estos escollos. Los héroes en quienes ha empleado su trabajo son aquéllos cuya celebridad está atestiguada por la voz de la historia y de la tradición; y no cree que ninguna de las vidas que ofrece ahora al público pueda ser tachada de contradecir al título del libro. El Cid Campeador, nombre que entre nosotros es sinónimo del esfuerzo incansable del heroísmo y la fortuna; Guzmán el Bueno, igual a cualquiera de los personajes antiguos en magnanimidad y en patriotismo; Roger de Lauria, el marino más grande que ha tenido la Europa desde Cartago hasta Colón; El príncipe de Viana, tan interesante por su carácter, su instrucción y sus talentos, tan digno de compasión por sus desgracias, y que reúne en su destino, a la majestad y esperanzas de un nacimiento real, el ejemplo y la lástima de un particular injustamente perseguido y bárbaramente sacrificado; Gonzalo de Córdoba, en fin, el más ilustre general del siglo XV, aquél que con sus hazañas y disciplina dio a nuestra milicia la superioridad que tuvo en Europa por cerca de dos siglos, y que en su carácter y sus costumbres presenta un espejo donde deben mirarse los militares que no confundan la ferocidad con el heroísmo. Tales son los hombres cuyas vidas comprende este tomo(1) , escritas sin odio y sin favor, según que los historiadores más fidedignos las han presentado a mis ojos. Si por acaso se extrañase la severidad con que se condenan ciertas acciones y ciertas personas, se debe considerar primeramente que sin esta severidad no puede ser útil la historia, la cual quedaría en tal caso reducida a una mera y fría relación de gaceta. A las personas vivas se les deben en ausencia y presencia aquella contemplación y atenciones que el mundo y las relaciones sociales prescriben; pero a los muertos no se les debe otra cosa que verdad y justicia. Por otra parte, si se leen con atención nuestros buenos libros, se verán en ellos las mismas censuras, aunque ahogadas en el cúmulo de noticias que contienen. Cada siglo que se añade a un hecho aumenta la acción y la autoridad para juzgarle imparcialmente; y no sé yo por qué hemos de carecer en el siglo XIX de la facultad y derecho que Zurita, Mariana y Mendoza tuvieron ya en el XVI. No creo que debo añadir nada sobre el sistema particular de composición que he seguido, formas de narración, estilo y lenguaje de que he usado. Toda recomendación o disculpa en esta parte sería absolutamente superflua. El público, como juez único y supremo, aprobará, condenará sin apelación, o tal vez disimulará los yerros y descuidos del autor, en gracia del deseo de ser útil, que es lo que le ha puesto la pluma en la mano para escribir estas Vidas. Junio de 1807.
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