  Apéndices a la vida de Guzmán el Bueno.
  - I. -
Se han omitido de propósito en esta Vida dos sucesos, que aunque creídos comúnmente por los
cronistas de la casa de Medinasidonia y por los historiadores, parecen hijos del amor a lo maravilloso
que siempre reina en los siglos de ignorancia. Para que el lector pueda formar juicio he creído debía
hacer mención de ellos en este lugar.
El primero es el combate con la sierpe. Dícese que al tiempo en que ya reinaba Aben Jacob, una
sierpe, dejando la selva donde hasta entonces se había ocultado, se vino a las cercanías de Fez y
empezó a infestar los caminos, devorando los ganados y asaltando y despedazando a los hombres.
Su grandeza era monstruosa; su piel, cubierta de conchas durísimas, era impenetrable al acero, y las
alas que tenía la hacían mas ligera que un caballo. Nadie se atrevía a atacarla, y el envidioso Amir
aconsejaba a su primo el Rey que mandase a Guzmán ir contra ella a ver si perecía en la demanda.
No quiso Aben Jacob dar la orden; pero Guzmán, noticioso del consejo, salió una mañana con sus
armas y caballo, acompañado de solo un escudero desarmado, y se dirigió al sitio donde el monstruo
hacía sus estragos. Al acercarse encontró con algunos hombres que huían espantados, y de ellos supo
que la sierpe no lejos de allí reñía con un león. Guzmán los hizo volver, y llegando al sitio, vio la lucha
de las fieras, y que el león herido se defendía a saltos de los ataques de su enemigo. El héroe acometió
con su lanza a la sierpe, que le salió a recibir con la boca abierta, y por ella entró la lanza hasta las
entrañas. En esto el león, más atrevido, la arremetió impetuosamente y acabó de derribarla: murió,
y Guzmán hizo venir a los hombres, mandó que la cortasen la lengua, y llamó al león, que se vino para
él haciéndole mil halagos con la cola, y le acompañó hasta Fez. La presencia de este animal
agradecido, la lengua de la fiera, y la admiracion de aquellos hombres fueron allí los testimonios de
su victoria, cuya fama se extendió a lo lejos por África y por España. Los discípulos de Buffon y de
Linneo podrán decir si hay en la naturaleza individuo que se parezca a la sierpe que va pintada, y si
en la índole y costumbres conocidas del león cabe la conducta que se le asigna en este cuento, que
el historiador sensato desterrará sin reparo alguno al país de las fábulas caballerescas.
A esta misma época pertenece la historia del tizón que algunos atribuyen a la esposa de Guzmán
doña María Coronel. Cuentan que a los tres años de haberse venido de África, donde quedaba su
marido, fueron tan vivos en ella los estímulos del apetito sensual, que para libertarse de ellos sin
mengua de su virtud, se abrasó con un tizón ardiendo la parte misma en que los sentía; remedio que
no sólo los apagó por entonces, sino que la dejó inhábil por el resto de su vida para el uso del
matrimonio. La naturaleza estremecida se niega a creer semejante esfuerzo, que mas parece acto
violento de una frenética bacante, que medio acomodado a la condición de una dama virtuosa. La
variedad con que se cuenta el hecho, atribuyéndole otros a una señora del mismo nombre que vivió
después, y añadiendo que se le siguió la muerte al instante, ayuda a la incredulidad, sin embargo de
haber sido adoptado por tantos. A él alude Juan de Mena en la copla 79 de sus Trescientas.
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Poco mas abajo vi entre otras enteras |
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La muy casta dueña, de manos crueles, |
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Digna corona de los Coroneles, |
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Que quiso con fuego vencer sus hogueras. |
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¡Oh ínclita Roma, si de esta supieras |
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Cuando mandabas el gran universo! |
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¡Qué gloria, qué fama, qué prosa, qué verso, |
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Qué templo vestal a la tal hicieras! |

Vidas de los españoles célebres
Manuel José Quintana; prólogo de Antonio Ferrer del Río
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