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    Vidas de los españoles célebres
     Manuel José Quintana; prólogo de Antonio Ferrer del Río
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- IV: -

Sobre el astrólogo micer Codro.



     «E dentro del dicho ancon é de las dichas puntas (el golfo llamado de Paris, y las puntas de Quera y de Santa María) están las islas del Cebaco á tiro de escopeta, ó poco mas la una de la otra, que son dos, é de buenas fuentes é torrentes ó arroyos; é en la que está mas á el este está enterrado aquel docto filósofo veneciano llamado Codro, que con deseo de saber los secretos de estas partes pasó acá é murió allí, é el piloto Juan Cabezas lo enterró en aquella isla, donde á su ruego le sacó á morir, é acabó encomendándose á Dios como católico, non obstante que un dia ó dos antes emplazó al capitan Jerónimo de Valenzuela, que le habia maltratado, é le dijo estas palabras el Codro: «Capitan, tú eres la causa de mi muerte por los malos tratamientos que me has hecho; yo le emplazo para que vayas á estar á juicio de Dios conmigo, dentro de un año, pues yo pierdo la vida por tu mal portamento.» E el Capitan le respondió «que no cuidase de hablar aquellos desvaríos, ó que si se queria morir, á él se le daria poco de su emplazamiento; que él enviaria un poder á su padre ó abuelos é otros deudos suyos, que estaban en el otro mundo, que le responderian como él merecia». El caso es que el capitan le pudiera hacer placer en contestarle sin poner nada de su casa, si quisiera. Finalmente, el Valenzuela murió dentro del término que el otro le señaló é dijo en su emplazamiento. Yo estuve con el mismo piloto en la misma isla, é me enseñó un árbol, en la corteza del tronco del cual estaba hecha una cruz cortada, é me dijo que al pié de aquel árbol habia enterrado al dicho Codro, de forma que este murió en su oficio, como Plinio en el suyo, escudriñando é andando á ver secretos de natura por el mundo. A este piloto le pesaba mucho de la muerte de Codro, é le loaba de buena persona, é á otros que le trataron he oido decir lo mismo, y me dijo que estando apartados de tierra en la mar, le rogó que por amor de Dios le sacase á morir fuera de la carabela en una de aquellas islas. E el piloto le dijo: «Micer Codro aquellas que decís que son islas no lo son, sino tierra doblada, é no hay islas allí.» E él le replicó: Llévame; que si hay dos buenas islas junto á la costa, é de muy buena agua, é mas adentro está una gran bahía ó ancon con un buen puerto en la tierra firme; é ansi era la verdad.» (Oviedo, Historia general, lib. 31, cap. 2.)

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