  - III. -
Conferencia que tuvo Almagro con Pedrarias para separarle de la asociacion en la empresa del
dscubrimiento del Perú, según la cuenta Oviedo en el cap. 23, parte 2.ª de su Historia
general.
«En el cual tiempo (febrero de 1527) yo tuve ciertas cuentas con Pedrarias, y haciendo la
averiguacion de ellas en su casa, donde nos juntábamos á cuentas, entró al capitan Diego de Almagro
un dia, é le dijo: Señor, ya vuesa merced sabe que en esta armada é descubrimiento del Perú teneis
parte con el capitan Francisco Pizarro y con el maestreescuela don Fernando de Luque, mis
compañeros, y comnigo, y que no habeis puesto en ella cosa alguna, y que nosotros estamos perdidos,
é habemos gastado nuestras haciendas y las de otros nuestros amigos, y nos cuesta hasta el presente
sobre quince mil castellanos de oro, é agora el capitan Francisco Pizarro é los cristianos que con él
están tiene mucha necesidad de socorro é gente é caballos, é otras muchas cosas para proveerlos,
porque no nos acabemos de perder, ni se pierda tan buen principio como el que tenemos en esta
empresa, de que tanto bien se espera. Suplico á usía que nos socorrais con algunas vacas para hacer
carnes, y con algunos dineros para comprar caballos y otras cosas de que hay necesidad, como jarcias
y lonas é pez para los navíos, que en todo se terná buena cuenta y la hay de lo que hasta aquí se ha
gastado, para que así goce cada uno é contribuya por rata segun la parte que tuviere; é pues sois
partícipe en este descubrimiento, por la capitulacion que tenemos, no seais, señor, causa que el
tiempo se haya perdido y nosotros con él; ó si no quereis atender el fin de este negocio, pagad lo que
hasta aquí os cabe por rata, y dejémoslo todo. A lo cual Pedrarias, después que hobo dicho Almagro,
respondió muy enojado é dijo: Bien parece que dejo yo la gobernacion, pues vos decís eso; que lo
que yo pagara sino me hobieran quitado el oficio, fuera que me diérades muy estrecha cuenta de los
cristianos que son muertos por culpa de Pizarro é vuestra, é que habeis destruido la tierra al Rey, é
de todos esos desórdenes é muertos habeis de dar razon, como presto lo veréis, antes que salgais de
Panamá. A lo cual replicó el capitan Almagro, é lo dijo: Señor, dejáos deso; que pues hay justicia é
juez que nos tenga en ella, muy bien es que todos den cuenta de los vivos é de los muertos, é no
faltará á vos, señor, de que deis cuenta, ó yo la daré á Pizarro de manera que el Emperador nuestro
señor nos haga mucha,; mercedes por nuestros servicios: pagad si quereis gozar de esta empresa, pues
que no sudais ni trabajais en ella, ni habeis puesto en ello sino una ternera que nos distes al tiempo
que la partida, que podrá valer dos ó tres pesos de oro; ó alzad la mano del negocio, y soltaros hemos
la mitad de lo que nos debeis en lo que se ha gastado. A esto replicó Pedrarias, riéndose de mala
gana, é dijo: No lo perderédes todo, é me daréis cuatro mil pesos; é Almagro dijo: Todo lo que nos
debeis os soltamos, é dejadnos con Dios acabar de perder ó ganar. Como Pedrarias vido que ya le
soltaban lo que él debia en el armada, que á buena cuenta eran mas de cuatro ó cinco mil pesos, dijo:
¿Qué me dareis de mas deso? Almagro dijo: Daros he trescientos pesos, muy enojado; y juraba á Dios
que no los tenia, pero que él los buscaria por se apartar dél é no le pedir nada. Pedrarias replicó é
dijo: Y aun dos mil me daréis. Entonces Almagro dijo: Daros he quinientos. Mas de mil me daréis,
dijo Pedrarias; é continuando su enojo Almagro dijo: Mil pesos os doy y no los tengo, pero yo daré
seguridad de los pagar en el término que me obligare; é Pedrarias dijo que era contento; é así se hizo
cierta escritura de concierto, en que quedó de le pagar mil pesos de oro con que se saliese, como se
salió, de la compañía Pedrarias, é alzó la mano de todo aquello, é yo fui uno de los testigos que
firmamos el asiento é conveniencia, é Pedrarias se desistió é renunció todo su derecho en Almagro
é su compañía, y de esta forma salió del negocio, y por su poquedad dejó de atender para gozar de
tan gran tesoro como es notorio que se ha habido en aquellas partes.»

Vidas de los españoles célebres
Manuel José Quintana; prólogo de Antonio Ferrer del Río
|








|
|