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VIII.No tuvo ninguna legítima, y la principal de sus amigas o concubinas fue doña Inés de Huayllas Nusta, hija de Huayna-Capac y hermana de Atahualpa. De esta tuvo dos hijos, don Gonzalo y doña Francisca, que suenan legitimados en los testamentos de su padre. Don Gonzalo falleció de corta edad, y por su muerte la sucesión y derechos del conquistador pasaron a doña Francisca, que fue traída a España algunos años después, de orden del Rey, por Ampuero, vecino de Lima, con quien casó doña Inés de Huayllas después de la muerte del Marqués. A su venida fue tratada por la corte con algún honor en obsequio de sus padres, y casó después con su tío Hernando Pizarro, a quien fue a asistir y consolar en su prisión. De este matrimonio nacieron tres hijos y una hija, por los cuales ha pasado a la posteridad la descendencia y casa del descubridor y conquistador del Perú, y es la que hoy se conoce en Trujillo con el título de «marqueses de la Conquista». Los autores no concuerdan ni en el número de los hijos ni en el de las madres. El testimonio de Garcilaso, que los conoció cuando muchacho, debería al parecer ser preferido; pero aquí se sigue la información judicial citada arriba (pág. 346) y algunos papeles inéditos de la misma casa comunicados al autor de esta vida, que todos, por ser de oficio, deben merecer más crédito que la autoridad de Garcilaso. De doña Inés no se sabe cuándo murió: cuéntase de ella que al tiempo que los indios alzados tuvieron cercada a Lima, trató de escaparse a ellos, llevándose consigo una petaca llena de esmeraldas, patenas y collares de oro, que ella tenía del tiempo de su padre Huayna-Capac. Avisaron de ello al Marqués, que la llamó y preguntó sobre el caso. Ella respondió que jamás había tratado eso por sí; pero que una coya suya llamada Asapaesiu la importunaba para que se fuera con un hermano suyo que estaba entre los sitiadores. Pizarro perdonó a su amiga, más hizo venir a la coya y la mandó dar garrote en su mismo cuarto. (Montesinos, año de 1536.) NOTA. Todas las obras y documentos inéditos que se han tenido presentes para escribir las Vidas de Balboa, Pizarro y fray Bartotomé de las Casas, pertenecen, a excepción de uno o dos, a la copiosa y exquisita colección de mi antiguo y excelente amigo el señor don Antonio Uguina. Él me la ha franqueado y confiado con aquella generosidad sin límite que ya le ha atraído el agradecimiento y aplauso público de dos escritores bien acreditados, los señores Washington Irving y Navarrete. Yo debo añadir más, y es que esta comunicación, sin embargo de ser tan interesante para una empresa como la presente, es el menor de sus beneficios para conmigo; y que una conexión íntima de muchos años, jamás alterada ni aun con el menor desabrimiento, y cultivada por él con una serie de obsequios, de favores y de cuidados, tan dulces de agradecer como imposibles de referirse por su muchedumbre, exige de mi parte este reconocimiento, aunque sea a riesgo de descontentar a su modestia.
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