  Apéndices a la vida de Fray Bartolomé de Las Casas.
  I.
Extracto del sermón predicado por el padre Montesino en Santo Domingo, según se halla en
los capítulos 3 y 4, libro 3 de la Historia general del padre Casas. (Manuscrito perteneciente a la
colección del señor don Antonio Uguina.)
Llegado ya el tiempo y la hora de predicar, subió en el púlpito el susodicho padre fray Antonio
Montesino, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escrito y firmado de los
demás: Ego vox clamantis in deserto. Hecha su introducción, y dicho algo de lo que tocaba a la
materia del tiempo del adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias
de los españoles de esta isla y la ceguedad en que vivían, con cuánto peligro andaban de su
condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban
continuamente zambullidos, y en ellos morían. Luego toma sobre su tema, diciendo así: «Paráos todos
á conocerme, he subido aquí yo, que soy voz de Cristo, en el desierto de esta isla, y por tanto
conviene que con atencion, no cualquiera, sino que con todo vuestro corazon y con todos vuestros
sentidos la oigais; la cual voz os será la mas nueva que nunca oisteis, la mas áspera y dura que jamás
no pensasteis oir.» Esta voz encareció por buen rato con palabras muy pungitivas y terribles que les
hacía estremecer las carnes, que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz pues en gran
manera en universal encarecida, declaróles cuál era lo que contenía en sí aquella voz. «Esta voz, dijo
él, es que todos estáis en pecado mortal, y en él vivis y moris por la crueldad y tiranía que usais con
estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia teneis en tan cruel y terrible
servidumbre aquestos indios? Con qué autoridad habeis hecho tan detestables guerras á estas gentes,
que estaban en sus casas y tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas con muertes y
estragos nunca oidos habeis consumido? ¿Cómo los teneis tan presos y fatigados, sin darles de comer
ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren,
y por mejor decir, los matais por sacar y adquirir oro cada dia? Y ¿qué cuidado teneis de quien los
doctrine, y conozcan á su Dios y Criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y
domingos? Estos ¿no son hombres? No tienen almas racionales? No sois obligados á amarlos como
vosotros mismos? ¿Esto no entendeis? Esto no sentis? ¿Cómo estais en tanta profundidad de sueño
tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado en que estáis no os podeis mas salvar que
los moros ó turcos, que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.» Finalmente, de tal manera explicó
la voz que antes había muy encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a
otros mas empedernidos, y algunos algo compungidos; pero a ninguno, a lo que yo después entendí,
convertido.

Vidas de los españoles célebres
Manuel José Quintana; prólogo de Antonio Ferrer del Río
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