  Una contienda de votos
6 de septiembre de 1995
Ni uno. No sacaron ni un concejal en aquella contienda de votos.
Tras unos años al frente del gobierno municipal, el Partido Conservador,
«pasó por el bochorno de ver derrotados a sus candidatos».
El canalejista diario «El demócrata» no concedió
tregua alguna: «Los conservadores con su jefe predicaron la
intransigencia, la unión de todas las derechas en apretado haz de
conservadores, carlistas, integristas y demás elementos
reaccionarios». Las elecciones municipales del doce de diciembre de 1909,
pusieron de manifiesto la profunda crisis por la que atravesaban las filas
conservadoras. La prensa de aquel entonces subrayó sus divergencias, su
falta de unidad, de organización y de jefatura. Ni los hombres de
confianza de Juan Poveda, ni aquellos otros por los que se interesó el
diputado Manuel Antón, consiguieron un acta de concejal. Fue un
verdadero desastre.
Sin embargo, los demócratas de José Canalejas se
llevaron nueve de las dieciocho vacantes que había que cubrir en la
corporación municipal. También resultó elegido Federico
Clemente quien mantenía estrechos vínculos políticos con
el antiguo liberal Rafael Beltrán. Los ocho restantes puestos fueron
siete para los republicanos y uno, para el socialista Monserrate Valero.
Razonablemente «El Correo», liberal conservador, escribía:
«Los candidatos mauristas que esperaban el acta concejil representaban
distintas tendencias y una considerable masa del partido ha permanecido
retraída (...) Hoy sólo hemos de decir que las divisiones entre
los elementos monárquicos han dado el triunfo casi completo a
republicanos y socialistas. También entre los concejales se observan
divisiones».
Ciertamente, la conjunción republicano-socialista fue la
virtual ganadora de aquellas elecciones. Elecciones en las que, por escasos
votos, no sacó acta el también socialista y profesor José
Verdes Montenegro. «El Diario de Alicante» se manifestaba
así: «Liberales y conservadores han pasado a mejor vida, y aunque
hagan pinitos en lo sucesivo, ambas colectividades políticas no
lograrán rehacerse (...) Muy especialmente debe anotarse el triunfo de
la coalición republicano-socialista, más grande que el de los
demócratas, si se tiene en cuenta que solos fueron a la lucha, contra
todos los demás partidos, que disfrutan del poder y de todas las
influencias a él inherentes».
Para el Demócrata, órgano provincial del partido de
Canalejas, la cosa estaba muy clara: el éxito había sido de
José Canalejas, del diputado Francos Rodríguez, del senador
Díez Moreu. Incluso del alcalde Pérez Bueno. En fin, primero de
los demócratas; luego, de republicanos y socialistas. Cada quien
matizaba y sopesaba de acuerdo con sus principios y conveniencias.
Por supuesto, los sucesos de la Semana Trágica no fueron
ajenos al desarrollo de la conjunción republicano-socialista, en nuestra
ciudad.
  Historia de la Explanada
7 de septiembre de 1995
El dato escueto es que el alcalde Fernando Flores Arroyo, en nombre
del Ayuntamiento y del pueblo de Alicante, recibió del Estado los
terrenos que ocupan Juan Bautista Lafora, plaza del Mar, Explanada de
España, parque de Canalejas, calle de Ramón y Caja¡,
avenida de Loring y diez mil trescientos cincuenta metros cuadrados del paseo
de Gómiz. Era el 2 de julio de 1966.
Muchos años antes, concretamente en 1910, el ingeniero
director del puerto, Próspero Lafarga, ante la evidente necesidad de
ensanchar la entrada al mismo, por el muelle de Levante, manifestó que
era aconsejable solicitar de la autoridad competente la expropiación del
Mercado instalado, por entonces, al comienzo de la Explanada y en la calle de
San Fernando. Aunque, como apuntó el referido técnico superior,
tal expropiación se contemplaba ya en una real orden de 1862, por la
cual se deslindó el puerto y se estableció como límite de
aquella zona, la línea de fachada de las casas del paseo de Los
Mártires que, cortando el mercado ya dicho, iba a parar al ángulo
del hotel Iborra (ahora, hotel Palas). Todos los relacionados terrenos
correspondían a la Junta de Obras del Puerto.
Otra real orden de veintidós de febrero de 1922,
disponía que la reparación y conservación de las
vías de comunicación, dentro de la tal zona, estuvieran a cargo
de la Junta. El tres de enero de 1911, y siendo alcalde Federico Soto
Mollá, el Ayuntamiento entregó al organismo portuario los paseos
de Los Mártires y Canalejas, así como las carreteras lindantes
con los mismos. En la correspondiente acta de entrega, el Consistorio
dejó constancia de que los servicios de policía urbana,
alumbrado, riegos, arbolado y otros continuarían a su cargo. Cosa
lógica, en opinión de Lafarga, toda vez que los arbitrios de la
zona, enclavada dentro del puerto, los percibía el municipio. El
ingeniero matizó que las carreteras del área portuaria
«comprendían las de la Explanada de España y la del paseo
de Los Mártires (aún eran dos tramos diferenciados), y si bien la
segunda no requería atención especial, por estar ya asfaltada, la
primera» exigía la rápida transformación de su
pavimento «por otro más perfeccionado». A juicio del citado
ingeniero, el trayecto que precisaba actuaciones era: el de la carretera de la
Explanada de España, hasta el paso a nivel, llamado de Alberola y el
tramo de la carretera paralelo al muelle de Costa.
  Confabulación de alfonsinos
8 de septiembre de 1995
En un trance adverso, lo dijo gallardamente Rafael Viravens Pastor,
quien un año más tarde sería titulado cronista de la
ciudad. Se lo dijo al gobernador civil, Enrique Fernández, que lo
había hecho detener, junto con Julián de Ugarte: «Si usted
nos apresa como carlistas, yo protesto de un hecho arbitrario. Si lo hace como
alfonsinos, sólo hemos de manifestar que estamos dispuestos a dar la
vida y la hacienda por la restauración de la dinastía
borbónica». No mucho después, el gobernador los puso en
libertad. La pelota estaba en el tejado.
En septiembre de 1873, y con el propósito de desbaratar el
ataque de las fragatas insurrectas, el general Arsenio Martínez Campos
se desplazó a nuestra ciudad. Sin embargo, el entonces capitán
general de Valencia advirtió en las autoridades locales ciertas
reticencias. Y es que éstas, por mediación del cuerpo consular
acreditado, habían logrado del jefe de los cantonalistas una tregua,
antes de llevar a efecto el bombardeo de Alicante. De acuerdo, con nuestros
datos, por su parte el Gobierno envió al general Sanjuán, con el
mayor secreto a Cartagena, para que mantuviera negociaciones con el cabecilla
de los insurrectos, con quien llegó a nuestras costas a bordo de la
fragata «Numancia».
Estas actividades casi subrepticias, molestaron razonablemente a
Martínez Campos quien presentó su dimisión. Según
parece, en el casino aseguró que, a partir de aquel entonces,
procuraría a toda costa restaurar en el trono de España a los
Borbones. Un año más tarde, en diciembre de 1874, el general
proclamó en Sagunto, y dicen que a la sombra de un algarrobo, al rey
Alfonso XII.
Arsenio Martínez Campos siempre tuvo el apoyo y la
complicidad del marqués de Río Florido, Adrián Viudes
Gardoqui. El marqués de Río Florido, cauteloso y previsor,
preparó un refugio seguro para el general en su finca «Los
Hoyos» de Mutxamel.
Aquella empresa podía irse al garete y convenía estar
dispuestos para cualquier contingencia.
En Alicante, además de los ya citados, hubo otros destacados
defensores de la restauración borbónica. Entre ellos, Carlos
Navarro Rodrigo que, aún en el gabinete de Sagasta, no cesó de
hacer política alfonsina, como «los Bas y los Campos que
sostenía el periódico "El Constitucional", fueron los primeros en
reconocer la dinastía borbónica, por lo que recibieron actas de
diputados, presidencias de la Diputación y alcaldías».
  Avenida para un general
9 de septiembre de 1995
Fue el edil Rafael Romeu Bonet quien lo propuso y la
corporación plenaria lo acordó: nombrar a José
Marvá Meyer hijo predilecto de nuestra ciudad. El general Marvá
nació en Alicante, en 1846, y murió en el turbulento 1936.
Además de militar fue matemático, desempeñó la
presidencia del Instituto Nacional de Previsión y estuvo al frente de la
Dirección General de Trabajo. A todas luces, un alicantino ilustre.
Tras la decisión corporativa, el alcalde se lo
notificó a Marvá: se trataba de rendirle un tributo de justicia,
por sus altos merecimientos y las preeminentes cualidades que lo
distinguían. El general respondió, de inmediato, el nueve de
julio de 1923, expresando al Ayuntamiento su gratitud y subrayando que tal
honor fortalecía los más íntimos vínculos de afecto
con su ciudad natal, «que siempre encontrará en mí
-manifestaba en su escrito de aceptación- al hijo dispuesto a servirla,
con toda devoción y cariño».
Además del referido título, también se
acordó rotular con su nombre una avenida. Recordamos la avenida con
especial interés, porque allí tuvimos nuestro domicilio durante
muchos años. Y aún la recordamos como un lugar espléndido
para los juegos infantiles, con todos los riesgos que suponían aquellos
enfrentamientos. Las «pedregás» de entonces, entre bandas de
adolescentes, y que, con más frecuencia de la deseada, se saldaban con
un chichón y con alguna que otra descalabradura. La orografía
para el juego concluyó encarrilándose por los caminos del
urbanismo.
Las obras de acondicionamiento de la avenida y su paseo central, se
terminaron a finales de septiembre de 1925. El general gobernador civil,
Cristino Bermúdez de Castro, escribió por aquellos días al
alcalde y militar Julio Suárez Llanos: «Mi querido general y
amigo: recibí su amable carta dándome cuenta de la
terminación de las obras de la avenida del general Marvá,
atención que le agradezco muy sinceramente (...)».
Con los años, la amplia avenida por donde bajaban las aguas
del monte Tossal, cuando las lluvias, sería una de las más
céntricas y transitadas vías urbanas. Durante mucho tiempo, por
allí desfilaron generaciones de estudiantes que asistían al hoy
instituto de Jorge Juan. Y muchos chiquillos, en la posguerra jugaron por entre
las piedras del refugio antiaéreo y del que arrancaba una galería
hasta los sótanos de la Diputación, según se decía.
Estampas ya para el recuerdo.
  Bando de guerra
11 de septiembre de 1995
Así entró el general Cristino Bermúdez de
Castro y Tomás en Alicante: bando de declaración del Estado de
guerra, en mano. Era el catorce de septiembre de 1914. La actitud del general
obedecía a las órdenes de Primo de Rivera que confirmó tal
proclamación en el territorio nacional. Días más tarde,
serían disueltos todos los ayuntamientos de España. De tal
medida, y con respecto al consistorio alicantino, ya hemos dejado aquí
constancia, cumplidamente. En aquel bando, se suspendían temporalmente
todas las garantías constitucionales.
El mismo día, el general Bermúdez de Castro oficiaba
al alcalde -los documentos se conservan en el Archivo Municipal- y le
advertía que, en cumplimiento de las órdenes recibidas,
había procedido a implantar el estado de guerra. También le
participaba al alcalde, Antonio Bono Luque, que asumía las funciones del
Gobierno Civil. No obstante, esperaba que las relaciones cordiales entre ambos,
no se perturbarían. Como era natural, el alcalde le contestó,
veinticuatro horas más tarde, expresándole la seguridad de que
tales relaciones serían fluidas, y de que la alcaldía
prestaría todo su concurso, con objeto de que el desempeño de su
mando resultara benéfico a los intereses de la ciudad.
Dos semanas después, lo hemos relatado, Bono Luque y todos
los miembros de la corporación municipal presentarían su
dimisión, tal y como se les había pedido. La presidencia del
Ayuntamiento, por elección de los concejales designados, recaería
en el también general Miguel de Elizaicin y España.
Según Tuñón de Lara, mediante la
intervención militar, Primo de Rivera, «obligaba a suicidarse a
más de un secretario municipal, acusado de ser el "cáncer de
España"». No, en Alicante, no se registró suicidio alguno.
Pero muy pronto, el delegado de la autoridad de Bermúdez de Castro,
comandante de Infantería José Seva solicitaba de la
alcaldía todo lo conveniente y preciso para acceder al archivo y
demás dependencias municipales. El delegado llevó a cabo una
minuciosa inspección en las cuentas y servicios de la Casa de Socorro.
Todos andaban bajo sospecha. Y el somatén, creado por Real Decreto del
dieciocho de septiembre de 1923, se extendió por todas las provincias
españolas, mientras el gobierno militar solicitaba una relación
de los alcaldes alicantinos, desde 1905. Por cierto que si fue Miguel de
Elizaicin y España quien inauguró, al frente del Ayuntamiento de
Alicante, la dictadura primorriverista, su hermano Florentino lo
presidía, el veintiséis de febrero de 1930, apenas cuatro semanas
después de la dimisión de Miguel Primo de Rivera.
  Ex combatientes
12 de septiembre de 1995
El diecinueve de septiembre de 1940, se constituyó la nueva
comisión gestora municipal. Ambrosio Luciáñez Riesco,
confirmado en su cargo al frente de la Alcaldía manifestó que
aquel mismo día finalizaba el mandato de la nombrada al liberarse la
ciudad, el treinta de marzo de 1939. Por su parte, el gobernador civil, Miguel
Revilla Azcune matizó que con los cambios en la corporación se
pretendía, no un solo cambio de nombres y de personas, sino de un
sistema por otro, «el de la Falange -dijo- que se va abriendo camino en
los destinos de España». Entre los nuevos ediles había
diversos ex combatientes. «El cambio en el Ayuntamiento significa, al
mismo tiempo la fusión, la unidad política, el término de
las intrigas, camarillas y comentarios». Era en sus propias palabras, la
llegada de la juventud que más directamente contribuyó al triunfo
del nuevo Estado.
Aparte de los aspectos políticos del relevo, se
señaló también las transformaciones urbanísticas
que ya había iniciado, meses atrás, el propio
Luciáñez. El gobernador apostó por la destrucción
de los barrios infectos de la Montañeta, proponiendo que tales lugares
que eran focos de las mayores lacras sociales, desaparecieran, por el bien
público y el ornato de la ciudad.
Al día siguiente, la nueva comisión permanente, en
sesión inaugural, abordó el tema de la instalación de la
Guardia Civil, en Alicante. Con carácter provisional, las fuerzas de la
Benemérita se encontraban emplazadas en el edificio perteneciente al
grupo escolar del barrio de las Carolinas. Pero, ante la posibilidad de
trasladar a esta capital las oficinas del mando del 15 Tercio, dispuso que
interinamente se alquilase un piso, para su ubicación. «El 15
Tercio comprende las comandancias de Alicante, Albacete y Murcia, la
superioridad ha estimado la convivencia de que quede en Alicante el mando.
Así, el reducido contingente de fuerzas que aquí había,
toma crecidas proporciones».
Para resolver el problema, se acordó, por lo pronto, hacer
obras en el señalado edificio escolar, hasta la construcción de
un nuevo cuartel, sin desvirtuar el fin docente del inmueble. Así como
también otras medidas, entre las que se contaba el abono al
Ayuntamiento, por la Dirección General del Instituto, de los alquileres
de los locales arrendados. Entre tanto, las autoridades locales
buscarían en el perímetro de la ciudad un edificio destinado a
casa-cuartel y al mando del Tercio, mientras se planeaba la construcción
de un edificio de planta para tal objeto. «El once de octubre de 1940, la
Dirección General de la Guardia Civil concedió al Ayuntamiento
27.700 pesetas anuales, para el alquiler, en esta ciudad, del grupo escolar
"Padre Manjón" que la Benemérita ocupaba, hasta que pueda
alojarse en otro o se edificara uno de planta, en que la instalación
tuviera ya carácter definitivo».
  El escudo de la ciudad
13 de septiembre de 1995
El blasón de Alicante, como el de otras muchas villas y
ciudades, ha estado sometido por siglos a diversas interpretaciones.
Repárese si no en la variedad de los que existen aún, bien
dibujados o impresos en papeles públicos, bien esculpidos en las piedras
de nobles y antiguos edificios, o bien aquellos otros, no sujetos a los
fundamentos de la heráldica y sí a la arbitrariedad, que aparecen
en numerosas publicaciones de carácter privado, con objeto de establecer
un modelo único que soslayara errores y se ciñera lo más
estrictamente posible a los orígenes históricos de Alicante, el
cronista oficial Francisco Figueras Pacheco presentó un informe
pormenorizado al Ayuntamiento, presidido entonces por Alfonso de Santaolalla
Esquerdo. En sesión plenaria del veinticinco de octubre de 1935, se
aprobó el trabajo del referido cronista, y se acordó remitirlo a
la Real Academia de la Historia, para su conocimiento y dictamen, así
como elevarlo al Ministerio de Gobernación, lo que se hizo el
dieciséis de mayo de 1936.
Lamentablemente, la guerra civil paralizó el proceso
iniciado, como tantas otras cosas.
El dieciséis de noviembre de 1940, la corporación que
presidía Ambrosio Luciáñez Riesco, volvió sobre el
tema que depuraba nuestro escudo municipal de los yerros conocidos «y que
se puntualizan en el brillante resumen del cronista. Contendría: la
barras de Aragón, que nacen del privilegio otorgado por Jaime II, el
siete de julio de 1308; el castillo, legendaria fortaleza del pasado; la
típica roca, simulando un rostro que mira a la izquierda del observador
(concedidas por Alfonso X el Sabio en 1252), campo de gules (de color rojo)
símbolo de la nobleza, la generosidad y el vencimiento con sangre; las
letras A.L.L.A., con el significado de Akra-Leuca, Lucentum, Alicante (aunque
oficialmente ahora significan Alicante, Lucentum, Lucentum, Alicante), origen,
evolución y término del nombre auténtico de la ciudad, en
lugar de C.I.I.A (Colonia Inmunis Illici Augusta, aunque hay otras posibles
interpretaciones), por estar ya fuera de dudas que corresponden a Elche, al
cual debemos esa reparación moral, no siendo justo que sigamos
detentándolas; el toisón de oro, concedido por Carlos I, en el
año 1524 (...)». El trece de marzo de 1941, se conoció el
informe de la Real Academia de la Historia, elaborado por el comprovinciano
marqués de Rafal, y que mereció la conformidad del Ayuntamiento.
Y el veinticinco de abril de aquel mismo año, la subsecretaría
del Ministerio de la Gobernación aprobó la modificación de
nuestro escudo municipal. Es interesante, la lectura de la obra de Figueras
Pacheco «El nuevo escudo de la ciudad de Alicante» (Ediciones
Saitibi, Universidad de Valencia 1944).
  Lo que cuesta el pescado
15 de septiembre de 1995
Tanto como la dimisión en pleno de la corporación
municipal. Y no porque Marruecos se anduviera con subterfugios en unas
inexistentes negociaciones, sino por un conflicto de competencias entre el
Ayuntamiento y la Junta de Obras del Puerto de Alicante. Ahora la Lonja es una
espléndida sala de exposiciones; entonces, la Lonja era una
magnífica exposición de pescado fresco.
Y todo comenzó por ahí. Empezó porque el
Ayuntamiento pretendía que el pescado llegara con aquella misma frescura
al consumidor. Y estableció el servicio adecuado para su transporte al
mercado de abastos y a las estaciones. Pero el ingeniero director de la Junta
de Obras del Puerto entendió que las disposiciones consistoriales
significaban una injerencia en su jurisdicción y se negó.
Cuánto celo.
Las autoridades locales querían que el género fuera
transportado a los puntos de venta, en un servicio de camiones, para evitar su
deterioro. Una medida de carácter sanitario e higiénico, con
carácter obligatorio, y en cumplimiento de las disposiciones
municipales. Pero el ingeniero, muy por el contrario, permitió que los
vendedores de pescado fresco lo llevaran a brazo o en cuévanos a su
lugar de destino, sin considerar los peligros que para la salubridad
pública entrañaba aquel acarreo.
Medió en el asunto el general gobernador militar Cristino
Bermúdez de Castro quien se puso del lado del ingeniero. Frente a tal
decisión, alcalde y teniente de alcalde, reunidos en permanente,
acordaron poner sus cargos a disposición de la superior autoridad y
convocar un pleno extraordinario. El pleno se celebró el siete de
diciembre de 1924. Y tras debatir largamente la cuestión suscitada, y
después de considerar que se había procedido en cumplimiento de
sus obligaciones, resolvió presentar la dimisión en su
conjunto.
No debió de inmutarse el todopoderoso Bermúdez de
Castro, quien unos días más tarde, en sesión
extraordinaria del doce de dicho mes, dio posesión de sus cargos a los
nuevos concejales, una vez destituidos los anteriores y el alcalde Miguel
Salvador Arcángel. Antes de retirarse del salón consistorial, el
general cedió la presidencia al edil de más edad: Julio
Suárez-Llanos y Sánchez, general de brigada. De inmediato se
procedió a la elección del presidente de la corporación
recién designada, y por veinticuatro votos y una papeleta en blanco el
mismo Suárez-Llanos ocupó la alcaldía. Probablemente, como
ya estaba previsto. Lo que cuesta el pescado, ¿no?
  Fuera impuestos
16 de septiembre de 1995
Fue, en verdad, como un regalo de Año Nuevo, para los
alicantinos. Y no resultó nada fácil echar por los suelos aquella
fiscalización. Pero Federico Soto Mollá lo hizo, por fin,
aún a sabiendas de que era una medida arriesgada, para la propia
hacienda local.
Había accedido a la alcaldía el veintiséis de
diciembre de 1910, y era consciente, como manifestó de forma
pública, de las áridas faenas y grandes tristezas que, tal vez,
le aguardaban. Sin embargo, apostó fuerte. Soto Mollá
decidió culminar, durante su mandato, la supresión de un sistema
tributario viejo y ominoso, de acuerdo con su calificación. Y no se
demoró, en anunciarlo. El último día de aquel año,
lo soltó en un bando, para el conocimiento y regocijo de todos sus
vecinos. De casi todos, mejor.
«La clara interpretación de vuestras ansias, unidas a
la firme voluntad del Ayuntamiento que presido, ha logrado libraros de ese
impuesto que, todavía oprime y castiga, a casi toda
España». Pero, en el texto tan prometedor, había una
precisa apelación a la responsabilidad de los ciudadanos. Porque sin tal
impuesto «las arcas municipales pierden un seguro ingreso».
¿Con qué argumentos podía, el nuevo alcalde, garantizar y
hasta conjurar una situación tan delicada? No lo dudó Soto
Mollá: con el amor y la honradez de los alicantinos a su pueblo. Con su
sentido de la responsabilidad, para superar el quebranto económico que
entrañaba la decisión.
El día antes de la publicación de tan generoso bando,
en la primera, sesión que presidía, dejó constancia de su
agradecimiento a los arrendatarios de aquel servicio, así como a los
ediles que habían contribuido a su liquidación. Casualmente, en
tan memorable ocasión, el salón de plenos ofrecía un
aspecto casi festivo, como consecuencia de las reformas que, poco antes, se
habían llevado a efecto.
En el bando, y por si acaso, se prevenía contra posibles y
nada recomendables expansiones suprimir: los tributos de portazgo y consumo,
podía arrastrar a ciertas expresiones populares absolutamente
improcedentes.
Por eso, Soto Mollá, advertía: «Entregaos todos
al natural regocijo de estas nuevas y sea vuestra notoria cultura guarda
severísima, para que gentes extrañas y mal aconsejadas no cometan
demasías, haciendo vergonzoso botín y pillaje de los restos y
casetas del suprimido impuesto». Era la Nochevieja de 1910 y como ocurre
tradicionalmente, las fiestas y sus consecuencias, propiciaban todas las
precauciones posibles.
  Arden los barcos
18 de septiembre de 1995
El «Tiflis» se incendió en nuestro puerto el
martes, dos de marzo de 1915. Fue una catástrofe, cuyas causas, poco
claras, el capitán del barco las atribuyó a una imprudencia. Tras
dos fuertes explosiones, las llamas hicieron presa en la proa. Casi toda la
tripulación y el capitán, señor Zyster lograron abandonar
la nave, aunque según manifestaron algunos marineros cuatro de ellos
quedaron atrapados, mientras otro, de nacionalidad británica,
falleció en la Casa de Socorro, donde se encontraban varios heridos
más.
Afortunadamente, cuando empezó el fuego, ya se habían
desembarcado seiscientas toneladas de gasolina, para la factoría Deusch,
ubicada en la cantera, y otras mil quinientas de mineral para la fábrica
de Fourcade. Pero aún quedaban en sus ataques otras mil doscientas de
productos altamente inflamables. La posibilidad de nuevas explosiones, hizo que
fuerzas de la Guardia Civil obligara a los curiosos a retirarse de las
proximidades del buque incendiado. Muchos alicantinos presenciaron desde el
paseo de los Mártires y el parque de Canalejas, cómo ardía
el «Tiflis», amarrado al muelle de poniente, sobre las dos de la
tarde. Los remolcadores estaban averiados y no había forma de sacarlo
del puerto. De modo que el comandante de Marina solicitó ayuda urgente a
Cartagena.
La ciudad vivió una jornada de sobresaltos, hasta que
finalmente dos vaporcitos consiguieron remolcarlo, hasta la playa de Babel, de
donde posteriormente aquel barco matriculado en Amberes, sería
trasladada a Barcelona.
Pero la tragedia del «Tiflis» tenía precedentes
inmediatos. Así, en el año 1899, se declaró un incendio en
el buque«Cabo San Martín» que fue sofocado gracias a la
intervención de la brigada de bomberos, si bien por aquel servicio las
autoridades locales pasaron factura a la casa armadora de dos mil pesetas,
cantidad que fue satisfecha por el consignatario don Gabriel Ravello. Dicha
cantidad se satisfizo a medias entre el deterioro del material empleado para la
extinción del incendio y los jornales y extras de la brigada de
bomberos. Cuando menos así lo expuso el alcalde, tras el incendio de
otro barco, el «Florencio Rodríguez», en nuestro puerto,
hecho que tuvo lugar el veintiuno de agosto de 1904, y que llevó a la
corporación a recordar los acuerdos sobre siniestros de esta naturaleza,
adoptados el veintiséis de junio de 1885. Sin embargo, el edil
señor Vila, en aquella ocasión, manifestó que según
la ley municipal los ayuntamientos de poblaciones que tuvieran puerto de mar
estaban obligados a disponer de estos servicios y cuestionó que las
empresas consignatarias tuvieran que hacerse cargo del pago de los mismos. Como
no se llegó a solución alguna, se procedió a consultar a
las autoridades municipales de Barcelona y Cádiz, con objeto de conocer
su criterio en tales circunstancias.
  Revolución en septiembre
19 de septiembre de 1995
El veintiuno de septiembre de 1868, los liberales se hicieron
fuertes en el Teatro Principal, sitiados por fuerzas del ejército y de
la guardia civil y agotadas las escasas municiones, abandonaron su improvisada
trinchera y salieron, por el foso, al campo, al otro lado de las murallas, por
donde ahora está la Caja de Ahorros Postal y el Mercado de Abastos.
Otros muchos, se refugiaron en los consulados de Bélgica, de Italia y de
Suecia y Noruega. La prensa citó a José Maltés, apodado
«El Palamonero» y decidido partidario de las libertades, que
encontró refugio, en una finca situada en Babel, «Carmen»,
aunque más conocida por el «Porquet», que administraba el
entonces alcalde Juan Bonanza Roca de Togores.
Todo comenzó cuando en la bahía de Cádiz, las
tripulaciones de la flota al mando del brigadier de la armada Juan Bautista
Topete, gritaron: «Viva España con honra». Era el
pronunciamiento contra la monarquía isabelina. Un pronunciamiento que
habría de transformarse en una revolución popular. Era el
dieciocho de septiembre de 1868.
Al día siguiente y en cumplimiento de las instrucciones del
Gobierno de Madrid, el brigadier Francisco Aparicio y Parlo, gobernador militar
de Alicante, declaró el estado de guerra, mediante un bando que fue dado
a conocer por el Pregonero del Ayuntamiento, señor Fonseca, a quien
acompañaba el notario señor Izquierdo Chaupurcino, escoltados por
una compañía del regimiento Granada número 34,
según Montero Pérez. Por su parte, el gobernador civil, Luciano
Marín dictó medidas drásticas contra cuantos se alzaran en
favor de aquel movimiento insurreccional.
De acuerdo con nuestros datos, el veintiuno de aquel mes, una orden
del comandante Giner de la Benemérita, sin el previo toque de
atención, provocó él enfrentamiento entre las fuerzas del
orden y los liberales alicantinos. El pueblo hizo frente con adoquines y con
las escasas armas que consiguieron, tras asaltar algunas armerías, entre
ellas la que se encontraba en la plaza de Isabel II (hoy, Gabriel Miró),
propiedad del señor Vergara. Posteriormente se replegarían hasta
el Teatro Principal, donde, durante cuatro horas, libraron una sangrienta
lucha, con varios muertos.
El veintinueve, tras la derrota de los isabelinos en la batalla de
Alcolea, la junta de autoridades se reunieron en el Ayuntamiento y acordaron
cesar en sus funciones y abandonar la ciudad. Dicha junta estaba formada por
los dos citados gobernadores, el alcalde y el juez de Primera Instancia Mariano
Die Pesceto. Aquel día se ganó un espacio para la libertad.
  Alicantino, en el olvido
20 de septiembre de 1995
A los pueblos flacos de memoria, los asaltan las malas pulgas del
desarraigo. Si algunos de ustedes, busca en un diccionario enciclopédico
el nombre de Francisco Javier Balmis, leerá: «(1753-1819)
Médico español que dirigió la expedición organizada
en 1803, para realizar en América la vacunación
antivariólica». En otro, le mudan el apellido Balmis por el de
Balmes, y lo titulan «cirujano y botánico español que
viajó por la América meridional, las Filipinas y la China, con
objeto de extender los beneficios de la vacuna». Escribió -nos
dicen ciertos biógrafos- «una Memoria sobre las propiedades
antisifilíticas del agave y de la begonia». Por último, en
una tercera enciclopedia se nos informa más ampliamente acerca de su
origen, de su profesión, de su agitada vida y de su considerable y
relevante actividad científica.
Francisco Javier de Balmis nació en Alicante, en 1753, y
murió en Madrid, en 1819. Fue el cronista provincial Gonzalo Vidal Tur
quien aportó su partida de bautismo, en la parroquial de Santa
María, el cinco de diciembre del citado año natalicio. En el
diccionario Salvat se ofrecen más datos acerca de la labor médica
y humanitaria del médico alicantino que «regaló al Museo de
Historia Natural una colección de dibujos iluminados que representan las
plantas más comunes de la China».
Para que la memoria no nos la jugara, la corporación
municipal decidió, en sesión del catorce de febrero de 1919, es
decir, dos días después de que se cumpliera el primer centenario
de su muerte, rotular con su nombre una plaza que, por aquel entonces, llevaba
el de Torrents, en atención al industrial y edil que fue de nuestro
Ayuntamiento, don José Torrents Maluenda. El domingo siguiente,
dieciséis del mismo mes, se descubrió una placa en honor del
doctor Balmis.
Por enfermedad del alcalde, Antonio Bono Luque, le
correspondió a Tomás Tato Ortega, teniente de alcalde, presidir
el acto al que asistieron, además de numerosos concejales (López
González, Soler, Ras), la directiva del Colegio de Médicos y
conocidos doctores y personalidades alicantinas: Cortezo, Recasens, Evaristo
Manero, Gadea Pro, Rojas, Beltrán, Lafarga, Guardiola Ortiz, y el
diputado y ex ministro Francos Rodríguez, quien se desplazó
expresamente de Madrid, para participar en el homenaje que posteriormente se
rendiría a Balmis en el Teatro Principal.
El peatón que transite por la plaza de Balmis que lo
recuerde. Que recuerde al médico de cámara de Carlos IV, que
abandonó su posición, para llevar, durante tres años, su
afecto y la vacuna contra la terrible viruela, a pueblos muy lejanos, a
países remotos. Un alicantino ejemplar.
  El alcalde de salida
21 de septiembre de 1995
Nos preguntan frecuentemente muchos lectores de esta columna, si
todas ellas se recopilarán en un libro. Pues, miren, ese es nuestro
propósito y nuestro deseo. Y no la escueta columna de cada día,
sino su complemento debidamente revisado. Como ya hace algunas semanas que
dejamos atrás el millar, resulta que para «Alicante:
crónica general del siglo XX», dispondremos para los primeros
meses de 1996 de un volumen de algo más de dos mil folios
mecanografiados. La pregunta es: ¿quién va a pechar con la
edición de tan abultado trabajo?
Uno de sus capítulos más copiosos es el de los
alcaldes y el de las correspondientes corporaciones que han estado al frente de
nuestro municipio a lo largo de esos cien años historiados, en aquellos
aspectos que hemos considerado más relevantes. Sabemos que fue Alfonso
de Sandoval y Bassecourt, barón de Petrés, quien inauguró
este siglo, que ya anda en sus postrimerías. Cerró el XIX e
inauguró este, para ser precisos. Véanlo. Léanlo.
El barón de Petrés, conservador y silvelista,
ocupó la Alcaldía en el año 1899. Y en ella se mantuvo,
con el auxilio de don Zoilo Martínez Blanquer, teniente de alcalde,
quien lo sustituía en sus repetidas ausencias, hasta el doce de julio de
1901 En una sesión ordinaria y sin estridencia alguna, el señor
de Sandoval y Bassecourt, se limitó a dar lectura a un escrito, en el
que renunciaba al alto cargo, por motivos personales. Recordaba en él,
cómo había sido elevado el honroso puesto, por su majestad la
Reina, sin otros méritos que su acendrado cariño a Alicante,
así como su permanente deseo de servicio a la ciudad y a sus gentes.
Pero «el momento ha llegado, señores concejales, de abandonar un
puesto que puse empeño en obtener y del que me alejaré, si no
completamente satisfecho, por lo menos confiado de haber ofrecido a
contribución, para su desempeño, todas mis potencias y
facultades».
Una semana después, bajo la presidencia del citado don Zoilo,
se conocieron dos comunicaciones gubernativas que transcribían otras
tantas reales órdenes, del trece de aquel mes de julio, por las que se
admitía la renuncia del barón de Petrés, y se nombraba al
concejal Gadea Pro para ocupar el puesto de alcalde-presidente del Ayuntamiento
alicantino, gracias también a las gestiones del senador Beltrán y
de los diputados Arroyo y Terol.
Sí, ahora, cuando el siglo está a un lustro de su
liquidación, echando las cuentas resulta que, como hace cien
años, quien lo cierre abrirá también el XXI, Luis
Díez Alperi concluirá su mandato precisamente en 1999. Si saliera
reelegido le cumpliría no sólo terminar y comenzar el siglo, sino
también milenio. Pero las elecciones y sólo ellas, nos
desvelarán el final de esta crónica.
  Tiempos de dictadura
22 de septiembre de 1995
No abundan las investigaciones ni los estudios sobre los efectos del
Directorio Militar y de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, en
nuestra ciudad. Sabemos, y lo hemos comentado en esta columna en diversas
ocasiones, que durante tal periodo y en lo que respecta a medidas
políticas entre otras, se mantuvo la censura previa de la Prensa, se
nombró a dedo a nuestros representantes municipales, se creó el
somatén, en 1924, y se exaltó, en la práctica, el modelo
italiano del Estado fascista. Alicante, como España, vivió, entre
septiembre de 1923 y enero de 1930, en una euforia autoritaria, que se
desinflaba, sin remedio.
En lo que respecta a nuestro Ayuntamiento, recientemente dimos
cuenta de cómo el general de brigada Miguel de Elizaicin y España
fue elevado a la Alcaldía, por el general Bermúdez de Castro,
gobernador civil y militar de la provincia, el uno de octubre de aquel ano. No
duró mucho, sin embargo. Fíjense que rosario de dimisiones. El
día dos de enero de 1924, presidía el plano de- la
corporación José Tato Ortega, tercer teniente de alcalde y
alcalde en funciones. De pronto se le vino encima: la dimisión de
Federico Leach Laussant, a la sazón, primer teniente de alcalde, a quien
después de un áspero debate, se le admitió, por doce votos
a favor y once en contra; la dimisión del edil Juan Vicente
Santafé Arellano, que alegó enfermedad, el pleno acordó
recibírsela; la dimisión del concejal Jorge Llopis, motivada por
las ausencias de la ciudad, que no se le admitió, por trece votos contra
diez; la dimisión del igualmente concejal Agustín Millet Valtre,
quien afirmó que sus ocupaciones y desplazamientos le obligaban a
desatender los asuntos municipales, y se le concedió, por trece votos
frente a diez.
Por último, el no va más: en instancia, Miguel de
Elizaicin y España, también solicitó la dimisión de
sus cargos de concejal y de alcalde, debido a su estado de salud. En fin, una
vez más, opiniones en uno y otro sentido. Y por último la
aceptación de la excusa. Además, dijeron algunos, tenía ya
más de sesenta años. El edil republicano Lorenzo Carbonell
pidió a la corporación que se recogiese en acta el sentimiento
por verse privados de quien «se ha producido en el ejercicio del cargo
como perfectísimo caballero». Interpreten esta singular fiebre
dimisionaria. Fiebre que, como verán, no acabaría en esta
sesión. Los concejales aunque designados, no parecía que estaban
por la labor.
  De Alicante al Perú
23 de septiembre de 1995
En Ayacucho se consolidó la independencia peruana. Durante
diez largos años, un alicantino anduvo por aquellas tierras andinas,
metido en empresas militares: era el mariscal de campo don José
Carratalá Martínez. A él le correspondió redactar
la capitulación, tras la batalla de Ayacucho.
Años después, ocuparía el Ministerio dé
la Guerra, según real decreto de dieciséis de enero de 1838,
firmado por la reina regente doña María Cristina de
Borbón. En el referido documento que puede leerse en la «Gaceta de
Madrid», se dice cómo a raíz de la renuncia de don
Baldomero Espartero, y una vez admitida ésta, «en nombre de mi
excelsa hija, la reina doña Isabel II», se elevaba a tal cargo a
don José Carratalá.
Sin embargo, su paso por el Gobierno de la nación fue fugaz.
Aquel militar que había combatido, en el Maestrazgo, contra los
carlistas, logró finalmente obtener el grado de teniente general. Pero
José Carratalá Martínez nunca pensó de joven en la
carrera de las armas. Lo que son las cosas y lo que las circunstancias deparan.
Había iniciado, estudios. eclesiásticos que abandonó para
iniciar Derecho, cuya licenciatura obtuvo en Valencia, en 1808. Se
instaló en Madrid, con su flamante título, dispuesto a ejercer la
abogacía. Pero los sucesos de Aranjuez, provocaron su regreso a
Alicante. Y en Alicante, se integró en la Junta de Salvación,
cuando, el dos de mayo, empezó la lucha contra los franceses. Y ya no
paró en sus hazañas bélicas.
De Alicante, se desplazó a Almansa, donde se encontraba el
cuartel general y allí, su activismo hizo que se movilizaran numerosos
jóvenes alicantinos, pertenecientes a familias distinguidas, hasta
organizar con ellos un regimiento de infantería. Se le ofreció
después el grado de comandante que, llevado por su modestia,
rehusó, para aceptar tan sólo el de alférez.
Durante la guerra de la Independencia, se movió de un lugar a
otro, recibió varias heridas y fue capturado por el enemigo, aunque
logró evadirse. Por tantos hechos de guerra, recibió las
condecoraciones de San Hermenegildo y San Fernando; y fue senador vitalicio y
benemérito de la patria, en grado heroico.
Nacido en Alicante, el catorce de diciembre de 1781, murió en
1854. Montero Pérez, el entrañable cronista popular, nos
echó un jarro de agua fría, cuando escribió («El
Luchador», dieciocho de octubre de 1933): «a pesar de reunir tan
relevantes condiciones, nunca se acordó de Alicante, a donde viera la
luz primera, ni de los pueblos de su provincia, no teniendo éstos que
agradecerle la más insignificante mejora». Cuanta ingratitud.
  Bienio negro y Gestora
25 de septiembre de 1995
Ya lo hemos consignado: a raíz de la entrada en el Gobierno
de Lerroux de ministros de la CEDA, el de octubre de 1934, se produjo una
huelga general que, en Alicante, no tuvo la proyección que se esperaba.
Se creó, un clima de tensiones y agitación en algunos centros de
trabajo. Vázquez Limón, el gobernador civil, en la tarde del
día siguiente, declaró el estado de guerra y detuvo al alcalde
popular Lorenzo Carbonell y a varios de los concejales del Ayuntamiento surgido
de las urnas, el catorce de abril de 1931. Pocos días después,
fueron puestos en libertad. Pero aquel veinte de octubre, se destituyó
la corporación republicana y se constituyó una comisión
gestora municipal, que presidía el doctor Alfonso Martín de
Santaolalla y Esquerdo.
El ocho de enero de 1936, en sesión plenaria que
presidía el gestor de más edad, Agustín Sánchez
Santana, se conoció un oficio firmado por el nuevo gobernador civil, A.
Vives, por el cual se cesaba en sus cargos a Santaolalla y otros gestores, para
nombrar una nueva y efímera comisión que, tras las votaciones
oportunas, eligió como alcalde-presidente a José Pascual de
Bonanza y Pardo, por ocho votos y una papeleta en blanco. No muchos días
después, se conoció la convocatoria de elecciones generales, para
el dieciséis de febrero siguiente.
El veintinueve de enero, en una rápida secuencia, el
gobernador Alejandro Vives, tras aceptar la dimisión de los gestores
municipales, anunciaba que en uso de sus facultades había dispuesto que
se reintegrasen a sus cargos los concejales propietarios del Ayuntamiento,
pertenecientes a la corporación municipal suspendida por providencia del
diecinueve de octubre de 1934.
Aquel mismo día, se reunió la corporación en la
sala capitular y habló Lorenzo Carbonell: «Aunque tarde -dijo
vivamente- se ha hecho justicia al pueblo de Alicante, reponiendo a su
Ayuntamiento. Ya estamos aquí, ya hemos vuelto. Y volvemos para
prestigio de Alicante, para hacer de Alicante lo que queremos que Alicante
sea». Después de evocar la memoria de los compañeros
corporativos fallecidos en aquel tiempo, Rafael Blasco, Rafael Sierra y Lorenzo
Llaneras, Carbonell propuso: la reposición de todos los empleados y
autoridades municipales que fueron suspendidos después del seis de
octubre de 1934; que se revisaran todos los acuerdos de la Comisión
Gestora, nombrada por el gobernador Vázquez Limón y la
anulación de las que procediera; y efectuar una detallada
liquidación de las actuaciones de las comisiones gestoras, para pedir
las responsabilidades que procedieran personalmente a cada gestor, y sobre todo
para que el pueblo de Alicante conociera, con todo detalle, cómo se
habían administrado sus intereses durante aquel periodo.
Concluyó gritando: «Viva Alicante, viva la
República». Luego, ya lo hemos contado, salió al
balcón para saludar a una multitud entusiasta.
  Entre la subversión y la
arqueología
26 de septiembre de 1995
Qué azacanada vida la suya, oigan. Lo persiguieron en Madrid
y lo persiguieron en Alicante. Era un republicano recalcitrante y sus
artículos irritaban a las llamadas gentes del orden. Un buen día,
le echaron encima los tribunales de imprenta, por ver si así encalmaban
sus ánimos y lo metían en cintura. Pero tenía amigos de la
mejor ley que lo sacaban de apuros. En una ocasión Pi Margall
salió en su defensa y amilanó a tantos adversarios. Pero
había de terminar, como efectivamente terminó, en la
cárcel. Fue en 1867, poco antes de la septembrina, y con un grupo de
colegas republicanos, se fue de cabeza a las mazmorras del castillo de Santa
Bárbara. Aquí, en su propia casa. Lo sometieron a Juicio y
salió absuelto, junto con Tomás de España y Sotelo, otro
subversivo como él.
Aureliano Ibarra y Manzoni nació ocasionalmente en Alicante,
el veintiuno de enero de 1834. Sus padres, de Elche, se encontraban en nuestra
ciudad cuando se produjo el parto. Aureliano Ibarra vivió en Elche,
hasta los treinta años. Estudió el bachillerato y,
posteriormente, se trasladó a Barcelona donde cursó Bellas Artes,
en aquella Escuela que dirigía Vicente Rodes, otro alicantino.
Durante su estancia en Italia, gestionó la Academia de Bellas
Artes de España en Roma, administró los lugares pío de
Santiago y Santa María de Monserrate, patrimonio de los ciudadanos
españoles; llevó a término indagaciones
arqueológicas y literarias, y elaboró «un luminoso informe
que elevó a Madrid, en el que demostraba, con documentos fehacientes,
que el célebre cuadro de la Transfiguración, del que era autor
Rafael de Urbino, había sido sustraído de la iglesia
española de Santiago, a cuyo cabildo pertenecía».
Aureliano Ibarra murió en la alicantina calle de Gerona, el
diecisiete de noviembre de 1890 ó de 1891, según otros
investigadores. Escritor y arqueólogo, desarrolló una gran
actividad en ambos campos. Investigó temas ilicitanos, y redactó
una biografía de Jorge Juan. Eleuterio Maisonnave logró que lo
nombraran director de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Alicante.
Finalmente, en 1884, se ocupó de la administración de
los bienes del Conde de Casas Rojas. Su vida ofrece aspectos interesantes, por
su apasionamiento, sus aventuras políticas, su dedicación al
estudio y aquel cierto aire de romanticismo que lo envolvía en su
juventud.
  Suspendida la corporación
27 de septiembre de 1995
En la noche del 17 de julio de 1936, llegaron a nuestra ciudad
noticias inquietantes: algunas plazas del Norte de África se
habían sublevado contra el Gobierno legítimo de la
República. En las horas siguientes, hubo ajetreos en despachos oficiales
y acuartelamientos militares, pero la mayoría de los ciudadanos
durmieron tranquilamente.
Fue precisamente aquel diecisiete de julio, día de pleno
municipal. El último que presidió Lorenzo Carbonell. El
dieciocho, la radio informó al pueblo de los últimos
acontecimientos, sin alarmismos, en un comunicado del Comité Provincial
del Frente Popular. Pero los alicantinos empezaron a sentirse nerviosos.
Durante una semana, el gobernador civil, Francisco Valdés Casas, mantuvo
un pulso con el gobernador militar, José García Aldave. Y se lo
ganó. La rebelión militar no llegó a prosperar en
Alicante. El general García Aldave y alguno de sus oficiales fueron
detenidos. El veinticuatro, la situación estaba dominada por las fuerzas
políticas, sindicales y castrenses leales a la República.
Precisamente, el día veinticuatro, el secretario del
Ayuntamiento hizo constar, en una diligencia, que, según órdenes
del alcalde Lorenzo Carbonell Santacruz, quedaban suspendidas las sesiones de
la corporación municipal, incluso la convocada, en segunda
citación, para aquel mismo día. También la radio
difundió la decisión del alcalde Llorenset.
El veintinueve de septiembre, oficialmente, se constituyó el
Consejo Municipal. Previamente, se había nombrado nuevos ediles para
sustituir a los que hasta entonces formaban la corporación, de acuerdo
con un oficio de Valdés Casas, gobernador civil. Eran miembros de la
CNT, UGT, FAI, Partido Socialista, Partido Comunista, Partido Sindicalista,
Izquierda Republicana y Unión Republicana. Prácticamente, del
Frente Popular. No hubo elecciones para la alcaldía. Por acuerdo, se
formuló una propuesta de cargos que fue aprobada por unanimidad. A
raíz de la misma, el comunista Rafael Milla, en representación de
la UGT ocupó la alcaldía-presidencia. Junto con él y como
delegados de distrito fueron designados los siguientes: Emilio Baeza (CNT),
Santiago Martí (UGT), Rafael Poveda (socialista), Pascual Orts (IR),
Pascual García (Sindicalista), José Morales (CNT), Antonio
Guardiola (comunista), Antonio Linares (CNT) y síndico Tomás Cano
Ruiz (FAI).
Rafael Milla, aludió a sus condiciones físicas de
agotamiento y dijo: «Adoptaremos un régimen de confraternidad y un
programa: primero, luchar todos para aplastar al fascismo; segundo, construir
un puesto firme en la retaguardia, para ayudar a los frentes; por
último, administrar de manera tal los intereses municipales que
represente un bienestar mayor a aquellas clases menesterosas a las que va a
servir la revolución».
  Los alicantinos juzgarán
28 de septiembre de 1995
Hace tan solo unos días, en las páginas de este
periódico se nos informaba de los muchos conciudadanos que
próximamente participarán en la Administración de Justicia
«mediante la institución del Jurado, en la forma y con respecto a
aquellos procesos penales que la ley determine (...)», según se
contempla en el artículo ciento veinticinco de la Constitución
Española, que después de muchos años, parece que ya se
pone en marcha, con todas las cautelas.
Miguel Primo de Rivera no más hacerse con el poder,
disolvió la citada institución, con la misma premura que
había disuelto las corporaciones municipales y tantas otras cosas. Pero
el Jurado ya se recogía en la llamada Carta de Bayona, artículo
ciento cinco, de 1808; y en el trescientos siete de la Constitución de
Cádiz de 1812. No hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera las
vicisitudes de esta institución popular, con casi doscientos años
a sus espaldas, aunque suspendida reiteradamente y vuelta a sus funciones,
según los reveses de la historia.
En 1822, por ley, se sustanció el ejercicio del Jurado, para
aquellos delitos relativos a la libertad de imprenta. Y para todos los delitos,
después de la revolución de septiembre de 1868. Un año
más tarde, en la correspondiente Constitución vuelve a
consagrarse, en su artículo noventa y tres. Así, funcionó
desde finales de 1872, hasta el tres de enero de 1875, en que Antonio
Cánovas del Castillo, por entonces presidente del Ministerio-Regencia,
tuvo a bien decretar de nuevo su desaparición, de acuerdo con su
ministro de Gracia y Justicia, Francisco Cárdenas.
Pero trece años más adelante, y andamos en 1888,
concretamente el veinte de abril, una ley propiciada por el jurista Manuel
Alonso Martínez, la reflotó. Aunque, por muy poco tiempo, estuvo
vigente. Tras aquella instauración, el primer juicio por jurados que se
celebró en Alicante, en el salón de sesiones del Ayuntamiento,
fue el seis de mayo de 1889: una vista de la causa del juzgado de Dolores,
seguida contra José Vázquez Cameño, al cual se le imputaba
el homicidio de Vicente Sierra. Según la Prensa, resultó
espectacular. El fiscal Pascual Ibáñez Palao solicitó para
el presunto culpable la pena de catorce años, ocho meses y un
día. El político y abogado Rafael Beltrán, defensor del
acusado, la libre absolución, por cuanto su patrocinado había
actuado en defensa propia. Los hombres justos, tras las deliberaciones de
rigor, pronunciaron un veredicto de inculpabilidad, y Vázquez
Cameño fue absuelto.
Hasta que Privo de Rivera lo suspendió, el Jurado tuvo una
actividad de treinta y cuatro años y cuatro meses. En nuestra Audiencia
Provincial, intervino en dos mil setecientos cuarenta juicios. Y, a partir de
ahora, los que vengan.
  Adhesión al dictador
29 de septiembre de 1995
Miguel Primo de Rivera, para mantenerse en el poder, tensó
todas las cuerdas: en diciembre de 1925, le propuso al rey sustituir la
dictadura militar por otra civil, no menos firme, y que, sin duda,
habría de satisfacer los intereses de la aristocracia financiera y
terrateniente; un año después, y tras la «sanjuanada»
y la disolución del cuerpo de Artillería, el marqués de
Estella consideró que su régimen se consolidaba. Para afianzar su
programa de gobierno y su condición de presidente, «mandó
celebrar un plebiscito peregrino».
En Alicante, como en toda España, dicho plebiscito se
celebró durante los días once, doce y trece de septiembre de
1926. Fue la Unión Patriótica la encargada de llevar a cabo la
consulta. En nuestra ciudad, se instalaron ocho colegios electorales y se
nombraron los correspondientes presidentes e interventores. Durante los tres
días señalados, se recogieron firmas de cuantos alicantinos de
ambos sexos quisieron sancionar la política de Primo de Rivera, quien,
por entonces, pretendía convocar una asamblea nacional en lugar del
«caduco régimen parlamentario».
Al término de las tales jornadas, se contabilizaron nada
menos que un total de veinticinco mil veintiocho firmas, de una
población aproximada de sesenta y ocho mil personas. Mientras que en
España se alcanzaba la cifra de 6.697.164, según datos que
tomamos de «La España del siglo XX», de Manuel
Tuñón de Lara.
El alcalde y general de brigada don Julio Suárez-Llanos y
Sánchez rubricó el resumen, donde se hacía constar tanto
las firmas como los trescientos treinta pliegos, donde se había
estampado. Aquel plebiscito, se realizó sin ninguna garantía, ni
siquiera se comprobó la identidad de los firmantes. Aún
así, se consideró un verdadero triunfo de la dictadura
primorriverista. Si bien tal acción fue calificada, en un escrito
anónimo, de «ilegítima y facciosa».
Con todo, Suárez-Llanos se apresuró a dirigir al
dictador un telegrama, que se conserva en nuestro Archivo Municipal, con otros
documentos relativos a este asunto, y cuyo texto es el siguiente:
«Terminado plebiscito. Éxito supera todo cálculo.
Hónrome transmitir a V.E. nombre ciudad y Ayuntamiento que presido,
entusiástica felicitación, reiterándole adhesión
fervorosa para bien de la Patria. Deseamos continúe V.E. frente Gobierno
realizando debidamente labor engrandecimiento amada España. Alcalde
Suárez-Llanos, general de brigada».
  Al marqués, la grandeza
30 de septiembre de 1995
En 1881, a don José Carlos de Aguilera y Aguilera le dieron
una serenata, en su domicilio de Madrid, con motivo de la concesión del
título de «hijo adoptivo» de nuestra ciudad, según
acuerdo de la corporación municipal. Así se manifestaba la
gratitud de los alicantinos hacia el propietario de las aguas de la Alcoraya
que, por aquel entonces, abastecían Alicante.
Pero no pararon ahí los honores. En cabildo de tres de enero
de 1883, se solicitó la grandeza de España, para el
marqués de Benalúa. En su momento, don Federico Bas a la
sazón diputado a cortes por nuestra provincia, remitió un escrito
al Ayuntamiento, notificando, de forma oficial, que el ministro de Gracia y
Justicia había recibido la confirmación del Rey a la
petición del municipio, concediéndole al señor de Aguilera
y Aguilera el aludido privilegio de primera clase.
En julio del citado año, Francisco Pérez Medina,
apoderado del marqués de Benalúa, remitió una instancia a
la corporación consistorial en la que pedía la correspondiente
autorización, para edificar un barrio nuevo, de trazado
higiénico, en nombre de la sociedad «Los diez amigos», de la
cual el propio don José Carlos de Aguilera y Aguilera era presidente de
honor. La presidencia efectiva la ostentaba el doctor y profesor don
José Soler y Sánchez. Además de ambos, integraban, entre
otros, tal sociedad: Clemente Miralles de Imperial, Juan Foglietti Piquet,
Armando Alberola Martínez y Pascual Pardo Jiménez, que
había sido el alma de aquella idea y el promotor de la futura
urbanización.
No hubo problemas de consideración. El proyecto se
aprobó en agosto del año de referencia. Y el día cuatro de
enero de 1884, se determinó que de conformidad con los dictámenes
del arquitecto municipal y de la comisión de ornato, se aprobaron los
planos para la construcción del barrio de Benalúa, cuyas obras
serían dirigidas por el mismo arquitecto municipal, don José
Guardiola Picó.
Don José Carlos de Aguilera y Aguilera nació en
Madrid, en 1848, y murió en la misma capital, en 1900. Durante algunos
años, vivió en nuestra ciudad, en el domicilio paterno de la
calle de San Nicolás. Fue concejal de nuestro Ayuntamiento y, por
último, antes de regresar a Madrid, vendió su propiedad y
derechos sobre los manantiales de La Alcoraya a una sociedad inglesa.
  Consistorio frentepopulista
2 de octubre de 1995
Como ya hemos escrito en esta columna, el 29 de septiembre de 1936,
se constituyó el Consejo Municipal que presidió, por acuerdo de
las organizaciones sindicales y partidos políticos, el dirigente
comunista Rafael Millá Santos, en su condición de representante
de la UGT.
Pero el veintisiete de mayo de 1937, Millá presentó a
los consejeros (o concejales) una moción en la que ponía a
disposición de todos su dimisión, con objeto de facilitar el
nombramiento de otra persona que pudiese expresar el deseo de la
mayoría. Había advertido, según explicaba, ciertos cambios
de actitud en algunas de las minorías que le otorgaron sus votos, y, de
acuerdo con la declaración de la UGT, en la que se recogía tal
circunstancia, abandonaba el puesto, cumpliendo con la mayor fidelidad el
acuerdo. La moción estaba fechada un día antes.
A raíz de la misma, se produjo un intenso debate. La
minoría socialista se pronunció en el sentido de que se
necesitaba un presidente capaz de conseguir que todas las minorías se
incorporaran de nuevo al Ayuntamiento, y trabajaran por el engrandecimiento de
Alicante. Eso sí: que quien ocupara el cargo fuera un hombre del Frente
Popular. Posteriormente, hicieron uso de la palabra republicanos, comunistas,
ugetistas y representantes de la CNT-FAI. Por último, se aceptó
la dimisión de Rafael Millá, y se propuso que durante una semana
estuviera al frente del Ayuntamiento el teniente de alcalde al que le
correspondiera, en tanto los distintos grupos que integraban el Consejo
Municipal acordaban la persona que «había de regir los destinos de
Alicante».
Por fin, el tres de junio de 1937, y bajo la batuta de Francisco
Pérez Doménech, cuarto delegado de distrito, en funciones de
presidente, se procedió a la elección. Fue el sindicalista
Hernández Fuster quien propuso para tal a Santiago Martí
Hernández, también de la UGT, en la confianza de que lograra
aunar a todas las minorías del Ayuntamiento. La propuesta, efectivamente
fue respaldada por unanimidad. Santiago Martí afirmó: «Me
doy cuenta de que en estos momentos es muy difícil ocupar este puesto.
Yo no lo aceptaría si no contase con la valiosa cooperación de
los hombres destacados de todas las minorías aquí presentes, y
espero que el pueblo, en su inmensa mayoría, ayude al municipio a salir
de esta nueva etapa».
El dieciocho de noviembre de aquel año, Santiago
Martí, junto con otros tres, cesó como vocal del Consejo
Municipal por la UGT, pero fue nombrado como tal por el Partido Socialista.
Quedó así vacante el cargo de presidente. En una nueva
elección, celebrada siete días más tarde, aun sin la
participación de los representantes de la CNT y de la FAI, Martí
fue elegido de nuevo alcalde.
  Villafranqueza en apuros
3 de octubre de 1995
Mal lo debieron pasar los palamoneros, al filo ya de la segunda
mitad del pasado siglo, cuando un jefe político (gobernador civil) como
José Rafael Guerra, que había sido destinado a la provincia para
organizar los servicios policiales y mantener el orden, tras el pronunciamiento
de Boné, les formulaba demandas que escapaban a sus posibilidades.
De modo que no le sentó nada bien ni al Ayuntamiento, ni al
pueblo de Villafranqueza, cuando la autoridad de referencia hizo publicar una
real orden en el Boletín Oficial de la Provincia, correspondiente al
veintidós de febrero de 1847.
Por entonces, las nubes eran esquivas, como lo son ahora, y la
sequía, una pesadilla. De ahí que el alcalde, don José
Guijarro y Sala convocara una sesión extraordinaria, con ánimo de
poner las cosas en su justo medio, y sin circunloquios.
El veinticuatro de aquel mes, se reunió la corporación
o la mayor parte de ella. Allí, en la sala consistorial, se encontraban,
además del citado presidente del Ayuntamiento constitucional, don Rafael
Alcázar, teniente de alcalde, los regidores don José Torrente,
don José Guijarro García, don Rafael López y el regidor
don José Barrachina. Con ellos, el secretario y una importante
concurrencia de vecinos. Después de un debate acerca de los contenidos
de la circular, decidieron contestar, artículo por artículo, al
jefe político.
Sustancialmente le dijeron, y así consta en el libro de
cabildos, que ni el año anterior ni otros muchos antes había
habido en el pueblo cosecha alguna de cereales y de subsistencia de primera
necesidad; que, en consecuencia, hacía mucho que se advertía
escasez en la población, y que para remediarla se habían surtido
«con más facilidad de los cereales importados de las
Andalucías al puerto de Alicante»; que si continuaba faltando,
como se observaba de unos días atrás, aquella importación,
los habitantes de Villafranqueza serían víctimas, «con
mayor razón, cuando en algunos pueblos de la montaña, se ha
prohibido la extracción de cereales; que por tantas razones manifestadas
se veía que no podían permitirse exportación
alguna», sino que antes bien, se procurase «que no faltase, como
quedaba dicho, las importaciones de las Andalucías».
Y concluían con un presagio nada consolador: los sembrados
presentaban, por entonces, un mal aspecto, por falta de lluvia, y que
podía asegurarse ya que la mayoría de los campos, en manera
alguna, la simiente invertida en ellos iba a fructificar. Villafranqueza
atravesaba una época de necesidad. Ahora que se cumplen cuatrocientos
años de su fundación, recordaremos aspectos poco conocidos, como
el comercio de nieve que los palamoneros ejercían.
  Lista negra
5 de octubre de 1995
Lo expusimos aquí, hace muy pocos días, a
petición del general Bermúdez de Castro, el también
general y alcalde de nuestra ciudad, Miguel de Elizaicin y España,
elaboró la lista de cuantos habían desempeñado el
máximo cargo municipal de 1905 a 1923. En tal lista figuraban los
siguientes nombres: Alfonso de Rojas, Manuel Cortés de Miras, Luis
Mauricio Chorro, Ricardo P. del Pobil, Luis Pérez Bueno, Federico Soto
Molla, Edmundo Ramos Prevés, Ramón Campos Puig, Eugenio
Botí, Manuel Curt Amérigo, Antonio Bono Luque, Juan Bueno Sales y
Pedro Llorca (liberales, conservadores, demócratas, en su mayor parte),
todos alcaldes de la Restauración. En llegando a este punto, y movido,
sin duda, por la disciplina militar, el propio Miguel de Elizaicin se
incluyó en tan sospechosa lista.
Sospechosa porque de acuerdo con el oficio que la substanció,
firmado por Miguel Salvador, nombrado juez para la formación de un
procedimiento previo, el objeto de la misma no era otro que depurar las
responsabilidades, en que hubiesen incurrido los ayuntamientos del ya
especificado periodo, «por el cobro de cantidades relacionadas con los
servicios de Asistencia Médica Municipal».
En el mismo oficio se solicitaba también el nombre y
domicilio de aquellos concejales delegados para la intervención directa
en la Casa de Socorro. La sanción que inspiraba la medida de Primo de
Rivera, para expedientar a quienes hubieran propiciado corruptelas, o cacicadas
al viejo uso, cuestionó, en principio, la honorabilidad de muchos
alcaldes alicantinos.
El oficio que llevaba fecha del veintiséis de diciembre de
1923, se contestó en veinticuatro horas. El propio Miguel de Elizaicin
escribió de su puño y letra: «Cumpliméntese el
servicio, con toda urgencia».
Así, se remitió al juez instructor del Gobierno
militar, la referida relación. Además se notificaba textualmente
que «no existían en las oficinas municipales antecedentes
relativos a que hubiera habido concejales especialmente delegados para la
intervención o inspección directa de la Casa de Socorro, pues los
servicios del Cuerpo de Beneficiencia y Sanidad municipal al que corresponde
dicho centro están reglamentados y sólo en algunos casos suelen
ser objeto de informe o visado, por el presidente de la comisión de
beneficiencia y sanidad».
Dos meses largos después de instaurado el directorio militar,
entendemos que el alcalde Miguel de Elizaicin debió de pasar un mal
trago. Pero ciertamente, el horno no estaba para bollos y las órdenes
eran escuetas y afiladas.
  Agua en la Calle Mayor
6 de octubre de 1995
Fue el maestro de obras Antonio Garrigós quien, en terrenos
de su propiedad construyó tres grandes aljibes o cisternas, capaces para
contener medio millón de litros de agua potable procedentes de las
lluvias. Desde el año de su anunciada construcción hasta 1898,
los llamados pozos de Garrigós prestaron un considerable servicio al
vecindario. El cronista provincial, Gonzalo Vidal Tur escribe cómo el
hábil maestro condujo aquellas aguas tan necesarias hasta la planta baja
de una casa situada en la calle Mayor, esquina a la de Maldonado, mediante una
cañería adecuadamente dotada de filtros. Allí, se
vendía, a precios asequibles, por cántaros.
No obstante y con objeto de evitar posibles filtraciones que
perjudicaran las aguas, en 1887, el farmacéutico José Soler
Sánchez, las sometió a un exhaustivo análisis y las
calificó de eminentemente potables. Así se velaba por la salud,
pública de la ciudad que tan escasos recursos ácueos presentaba.
Además de sus famosos pozos, Antonio Garrigós construyó
también, en la playa del Postiguet, uno de los singulares balnearios, ya
desaparecidos: «La Estrella».
En 1967, nuestro Ayuntamiento, en virtud del acuerdo del
veintitrés de febrero de dicho año, adquirió, por
doscientas veinticinco mil pesetas, una finca, cuya descripción es la
siguiente: «Se encuentra en las faldas del monte Benacantil, con una casa
compuesta de planta baja, y ocupa el terreno algo más de setecientos
cincuenta y cuatro metros cuadrados, y existen debajo del mismo varias cavernas
comunicadas entre sí, con entrada por la calle Remigio Sebastiá.
La planta de la referida casa mide ochenta y ocho metros cuadrados. Forma el
conjunto un solo predio que linda al norte con el monte Benacantil; al sur, con
la plaza del Puente; al este, con la calle Remigio Soler, subida al castillo de
Santa Bárbara y monte Benacantil; y al oeste con las casas de Antonio
Lon, Francisco Botella Galiana, Roque Barbar Ferrer y monte
Benacantil».
El municipio se la compró, para su patrimonio, a Esperanza
Garrigós Soler, viuda de don Francisco de Federico Martínez. A su
vez, su último propietario se la adquirió a José Luis de
Federico Garrigós. En aquel paraje emblemático, no hace muchos
años, se celebraron exposiciones de arte, y era ciertamente un
espectáculo fascinante.
De aquel alicantino que se llevó por delante la fiebre
amarilla, en 1870, ya no queda ni sus aguas, ni su balneario «La
Estrella». Queda su memoria y una página en nuestra
crónica. Una página singular, ciertamente.
  Purismo administrativo
7 de octubre de 1995
Ahora que tantas dudas asaltan al ciudadano acerca de la buena
administración de los dineros públicos, parece oportuno recordar
lo que un diario alicantino, «El Correo», escribió del que,
en tiempos de José Canalejas, fuera alcalde de nuestra ciudad: Luis
Pérez Bueno, de quien ya tantas cosas hemos contado en esta columna.
«Su actuación como corregidor de esta capital -dice en sus
páginas, del ocho de mayo de 1934- dejó recuerdos
gratísimos, imperecederos, por su puritanismo administrativo».
Según la información que nos suministra el mencionado
periódico, Pérez Bueno, contó, en todo momento, con el
apoyo de las diversas clases sociales, de la Prensa y hasta de sus propios
compañeros corporativos. Una vez concluido su mandado al frente de la
Alcaldía, se trasladó a Madrid, para desempeñar el cargo
de director del Museo Nacional de Artes Decorativas e impartir clases en la
Escuela de Artes y Oficios. Era un hombre, según la publicación
que dirigía Florentino de Elizaicin que «ni robó ni
dejó robar», por eso se le incluyó en la relación de
ciudadanos de honradez absoluta.
Aquel mismo día, y tras la espléndida glosa de Luis
Pérez Bueno, «El Correo», sustanciada a raíz de la
conferencia que pronunció en la asociación de alumnos de Bellas
Artes, se recogía en sus páginas el hecho de que, un año
antes, Elizaicin, en su condición de censor de la Asociación de
la Prensa, presentó una moción, aprobada por unanimidad en la
Asociación, con el propósito de entregársela al alcalde,
Lorenzo Carbonell, con quien la Prensa andaba a la greña.
Miren si no, lo que escribía, al respecto, el
periódico «Hoy»: «No comprendemos las razones que
motivan al señor Carbonell para hacer a la Prensa leal objeto de trato
tan despectivo. Vana pretensión la nuestra, si esperamos una
explicación. Hemos de resignarnos forzosamente a las "cosas" de nuestro
alcalde (...)». Ahora bien: le brindamos al señor Carbonell una
frase muy de su estilo: «¿Veis como estos periodistas gorrones no
necesitan ser invitados, para decirnos qué ha pasado en la acera de
enfrente. Adelante, pues, con esa conducta. Ya veremos cuando se le suba la
dignidad a la azotea a estos modestos periodiquillos de Alicante, y cataloguen,
en un librito, las "cosas" del simpático Carbonell». La amenaza
estaba en pie. La mayoría de los profesionales de la información
consideraban reprochable la actitud del alcalde con relación a su
trabajo. Un enfrentamiento que, lamentablemente, se produce con demasiada
frecuencia.
  Pasar factura
9 de octubre de 1995
Y se la pasaron a cuantos habían servido a Miguel Primo de
Rivera, bien en el Ayuntamiento, bien en el Gobierno Civil, bien en cualquier
otra institución de la dictadura. Pocos meses después de que el
marqués de Estella, dimitiese de la presidencia del Gobierno, el
periodista y concejal César Oarrichena formuló la siguiente
propuesta que reproducirnos literalmente: «Que se deroguen los acuerdos
adoptados durante la dictadura, en que concejales que no expresaban la
opinión popular acordaron declarar alcaldes honorarios, hijos adoptivos
y cuantos títulos honorarios se han concedido en la pasada etapa a
personajes políticos dictatoriales, como Bermúdez de Castro y
otros, a los cuales nada tiene que agradecer el pueblo de Alicante».
Aquel mismo cuatro de julio de 1930, el pleno municipal, en
sesión ordinaria acordó nombrar una comisión de entre sus
miembros que, al hilo de la propuesta de Oarrichena, revisara detenidamente las
decisiones corporativas tomadas a lo largo del periodo del Directorio Militar y
de la dictadura del general Primo de Rivera. La comisión quedó
formada por los ediles José Sánchez Santana, José
Guardiola Ortiz y Ricardo P. del Pobil. Así se les notificó a
cada uno de ellos, encargándole la presidencia de la misma al primero de
los citados.
En noviembre, concretamente, el veintiséis, de 1930, el
cabildo tuvo conocimiento de la dimisión del vocal de aquella
comisión, Ricardo P. del Pobil, a quien se le admitió. En su
lugar, se designó a Florentino de Elizaicin y España. Era
ciertamente una papeleta.
Así como ya hemos dejado aquí constancia de los
alcaldes alicantinos de aquel periodo histórico, también citamos
a los gobernadores civiles que estuvieron durante el mismo al frente de nuestra
provincia: el general Cristino Bermúdez de Castro, quien cesó en
su cargo en diciembre de 1927. Tras unas semanas de interinidad de Eduardo
Lastre Ramírez, secretario, del gobierno civil, fue nombrado Modesto
Jiménez de Bentrosa, quien cedería el testigo, seis meses
después, en julio de 1928, a José María Mayans, conde de
Trigona; en noviembre de aquel mismo año, tomó el relevo el
también general, Mariano de las Peñas Franchi-Alfaro, quien
ocuparía el alto empleo, hasta el doce de febrero de 1930, en que el
presidente del Consejo de Ministros, Dámaso Berenguer, la admitió
la dimisión, puso al frente de la provincia a Juan Díaz Caneja.
Ya soplaban otros vientos.
  La Explanada
10 de octubre de 1995
El recientemente desaparecido Agatángelo Soler Llorca,
alcalde de la ciudad y amigo de tantos, por su talante e integridad, fue quien
dispuso la pavimentación de mármol de diversos colores de la
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