  Libro de la caza de las aves
Pedro López de Ayala
[Nota preliminar: edición digital a
partir de la de José Gutiérrez de la Vega (Madrid, M. Tello,
1879. Biblioteca Venatoria, T. III) y cotejada con la versión de
José Fradejas Lebrero (Madrid, Castalia, Col. Odres Nuevos, 1969), cuyos
criterios seguimos en la mayoría de los casos. Recomendamos el estudio
preliminar de dicha edición para la correcta valoración
crítica de la obra.]
CRISTUS ADSIT NOBIS
GRATIA.
En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Dice y amonéstanos el
Apóstol que todas las cosas que hemos de hacer hagámoslas en el
nombre del Señor, porque todo don bueno y acabado de Él viene, y
sin Él no puede ser hecha cosa alguna.
Y por consiguiente, llamando su ayuda y
gracia, comenzaré una pequeña obra para ejercicio de los hombres,
por apartarlos del ocio y malos pensamientos y para que puedan tener, entre sus
enojos y cuidados, algún placer y recreo sin pecado; la cual obra
será un pequeño escrito, que tratará de la CAZA DE LAS
AVES Y DE SUS PLUMAJES, DOLENCIAS Y CURACIÓN.
  Prólogo
Al muy honrado Padre y Señor Don Gonzalo de
Mena, por la gracia de Dios Obispo de la muy noble ciudad de Burgos. Pero
López de Ayala, vuestro humilde pariente y servidor se encomienda a la
vuestra merced.
Señor, dice el filósofo
Aristóteles en el octavo libro de las Éticas,
en la Filosofía Moral, que a los verdaderos
amigos, de buena y honesta amistad, no los separa la distancia de lugares; que
quiere decir que por estar los amigos verdaderos alejados uno de otro y
separados por luenga tierra, la verdadera y honesta amistad no se destruye
entre ellos, antes está dura y firme en su valor.
Y Señor, hace gran tiempo que fui y estoy
alejado de vuestra presencia y vista por largo espacio de tierra, empero
siempre la vuestra buena y verdadera y honesta amistad tuvo siempre en
mí todo su valor.
Y señor, como en las quejas y cuidados sea
gran consuelo al paciente tener memoria de sus amigos, en
consecuencia,
Señor, en la mi gran aflicción o
queja que tomé desde algún tiempo acá en la prisión
do estoy, tuvo por consuelo acordarme de vuestra verdadera amistad. Porque,
según dice San Isidoro, cuando el hombre está en buen estado y
seguro, la verdadera amistad hace las cosas más dulces que son. Y si el
amigo está en tribulación, la buena y verdadera amistad pone en
las cosas adversas y tristes, consuelo y gran alivio. Porque con el consuelo
del amigo sostiénese el corazón del atribulado, y no puede
caer.
Y como por muchas veces recibí
alegría y consuelo de vos en la caza de las aves, en la que os tuve
siempre por maestro y Señor; y por cuanto,
Señor, en esta arte y ciencia de la caza de
las aves oí y vi muchas dudas, así en el razonar sobre los
plumajes y condiciones y naturalezas de las aves; como en domesticarlas y
ordenarlas para tomar las presas que deben y también, para curarlas
cuando adolecen y son heridas. De esto vi algunos escritos que razonaban sobre
ello, pero no concordaban unos con otros; también vi a muchos cazadores
conversar sobre esto, y cada uno tenía su opinión, y por esto
acordé trabajar, por no estar ocioso, en poner en este pequeño
libro todo aquello que hallé más cierto, así por los
libros como por las opiniones de los cazadores, según la experiencia
que, de este hecho de caza, probé y vi.
Hecho este pequeño libro, acordé
enviároslo, porque sois mi Señor y maestro, para que vos lo
veáis y enmendéis y añadáis y mengüéis
lo que a vuestra merced pluguiere. Porque aquella opinión que vos
queráis y determinéis, aquella acepto.
Y en este libro tomaré este orden:
primeramente
mostraré cuál fue la razón que movió a los hombres
a la caza de las aves;
y después
pondré capítulos ciertos de todo lo que aprendí y vi y
oí en esta arte, así de los plumajes, como naturalezas y
condiciones de las aves;
y después
la práctica del halcón neblí, porque es el más
noble y más gentil de todos;
igualmente,
después, pondré las enfermedades y sus señales; y curas y
remedios para ellas.
Nuestro Señor Dios, cuando crió el
mundo e hizo el hombre, todos los animales, por Él criados, hizo y puso
para estar al servicio del hombre, y por tanto dijo el Profeta David en los
Psalmos, alabando a Dios por las gracias y mercedes señaladas que hizo
al hombre:
|
«todas las obras, Señor, por ti
hechas sojuzgaste al servicio del hombre, aves del cielo»,
etc.
|
Y porque los servicios que el hombre ha de tomar
de las cosas, deben ser honestos y con razón, acordaron, siempre, todos
los sabios, que los hombres deben excusarse mucho de estar ociosos, porque es
causa y achaque de pecar; porque no ocupándose el hombre en algunas
cosas buenas y honestas, nácenle, en consecuencia, pensamientos en el
corazón, de los cuales nace tristeza y mortificación; de tal
tristeza viene escándalo y desesperanza que es raíz de toda
perdición. Y también así como el ocio, según dicho
habemos, traía estos daños y males al alma, así trae gran
daño al cuerpo; que cuando el hombre está ocioso, sin hacer
ejercicio y sin trabajar con el cuerpo y mudar de aires, fatíganse los
humores y al cuerpo, consiguientemente, le recrecen dolencias y
enfermedades.
Y por excusar estos daños, que vienen al
alma y al cuerpo estando los hombres ociosos, procuraron aquellos que hubieron
de criar hijos de los reyes y de los príncipes y grandes señores,
tenerlos, con todo su poder, guardados de estar ociosos, y que trabajasen e
hiciesen ejercicio por sus personas y cuerpos en algunas cosas buenas y
honestas, con que tomasen placer sin pecado, sirviéndose y
aprovechándose de las cosas que Dios crió e hizo para servicio
del hombre, según dicho es. Y entre los muchos modos que buscaron y
hallaron para esto, vieron, también, que estaba bien que los
señores y príncipes anduviesen, algunas horas del día, en
la mañana y en las tardes, por los campos, y mudasen de aire e hiciesen
con sus cuerpos ejercicio.
Y, pues que así andaban por los campos, era
necesario que hubiese conocedores en tal arte, que supiesen capturar aves
bravas, y las domesticasen y amansasen, y las hiciesen ami gas y familiares del
hombre; y después, con las tales aves tomasen las otras aves que andaban
bravas y esquivas en el aire. Y que los tales maestros, para hacer esto, fuesen
muy sutiles y muy conocedores de su arte, ya que es bastante sutileza y
maravilla que por arte y sabiduría del hombre, un ave tome a otras a las
que por su naturaleza nunca cazara, ni en la manera que se la hacen
prender.
Así vemos que por arte y sabiduría
del hombre, un halcón tagarote, toma una grulla que es ave muy grande y
fea; también derriba el cisne y la avutarda y la cigüeña y
el ánsar brava, y las embaraza en tal manera que un galgo traba de ellas
y las contiene hasta que el cazador llega y las recoge.
Hay, también, otros bienes en la caza de
las aves; una virtud que llama el filósofo en el cuarto libro de
las Éticas,
magnificencia que quiere decir grandeza o hechos de
grandes señores; porque noble cosa es, y grandeza a un señor,
tener halcones y azores y aves de caza en su casa; porque teniéndolas
como se debe, parecen muy bien en las casas de los grandes señores y lo
mismo en el campo delante de ellos, cuando cabalgan y van a ver tal caza. Por
ello procuraron tener la tal caza de aves.
Y, pues que de ella es la materia del presente
libro, pondré aquí el índice de los capítulos por
los cuales podrán saber quienes de este arte tomaren placer, algunas
cosas provechosas para su ayuda.
Capítulo I.- De las aves que
son llamadas de rapiña, así como azores, halcones y gavilanes,
esmerejones y alcotanes.
Capítulo II.- De los plumajes
de los halcones, y primeramente del halcón neblí.
Capítulo III.- Del
halcón baharí y tagarote.
Capítulo IV.- Del
halcón gerifalte.
Capítulo V.- Del
halcón sacre.
Capítulo VI.- Del
halcón borní.
Capítulo VII.- Del
halcón alfaneque.
Capítulo VIII.- Cómo
se debe regir y gobernar el halcón neblí y ciertas reglas de
prácticas para ello.
Capítulo IX.- Cómo se
debe limpiar el halcón del piojo.
Capítulo X.- Cómo se
debe purgar el halcón del agua común que no es vidriada.
Capítulo XI.- Cómo se
debe purgar el halcón del agua vidriada.
Capítulo XII.- De la purga
común para purgar del cuerpo al halcón.
Capítulo XIII.- Del
halcón tuberculoso.
Capítulo XIV.- Del
halcón que está atemorizado.
Capítulo XV.- Del
halcón que tiene güérmeces.
Capítulo XVI.- Del
halcón al que le remanece el papo.
Capítulo XVII.- Del
halcón que tiene el papo y tripas llenas de viento.
Capítulo XVIII.- Del
halcón que tiene plumadas viejas.
Capítulo XIX.- Del
halcón que tiene inflamación en el buche.
Capítulo XX.- Del
halcón que tiene lombrices.
Capítulo XXI.- Del
halcón que tiene filandras o filomeras.
Capítulo XXII.- Del
halcón que tiene piedra.
Capítulo XXIII.- De la
úlcera que se hace en la llaga del halcón.
Capítulo XXIV.- De la
comezón que tiene el halcón en las plumas, por lo cual se las
come y se las arranca.
Capítulo XXV.- Del
halcón al que se le cae la uña.
Capítulo XXVI.- Del
halcón que tiene reuma en los pies.
Capítulo XXVII.- Del
halcón que tiene hinchados los pies o le arden.
Capítulo XXVIII.- Del
halcón que se le quiebra la pierna.
Capítulo XXIX.- Del
halcón que se le quiebra el ala.
Capítulo XXX.- Del
halcón que se le quiebra el ojo.
Capítulo XXXI.- Del
halcón que tiene hinchazón entre el cuero y la carne.
Capítulo XXXII.- Del
halcón que devuelve y tiene papo y tripas frías.
Capítulo XXXIII.- De los
halcones que son heridos de aves.
Capítulo XXXIV.- De la herida
del halcón, así abierta como cerrada.
Capítulo XXXV.- De la
caída o abatidura del halcón en que él se hiere.
Capítulo XXXVI.- Del
halcón que tiene las tripas fuera.
Capítulo XXXVII.- Del
halcón que tiene las quijadas torcidas.
Capítulo XXXVIII.-
Cómo debes hacer la muda a tu halcón.
Capítulo XXXIX.- De algunos
halcones que no quieren mudar y cómo harás para que tu
halcón mude muy deprisa.
Capítulo XL.- Cómo
harás después que tu halcón hubiere mudado.
Capítulo XLI.- De los
azores.
Capítulo XLII.- De los
gavilanes.
CapítuloXLIII.- De los
esmerejones.
Capítulo XLIV.- De los
alcotanes.
Capítulo XLV.- Del paso de
las aves.
Capítulo XLVI.- De
cómo se deben injerir las plumas quebradas.
Capítulo XLVII.- De
cuáles cosas y medicinas debe andar apercibido el cazador y traer
consigo para sus aves.
  Capítulo I
De las aves que son llamadas de rapiña,
así como azores, halcones y gavilanes, esmerejones y alcotanes
De cada día vieron los hombres
cómo, naturalmente, unas aves toman a otras y se ceban y alimentan de
ellas, y las tales aves son llamadas de rapiña: así como son
águilas, azores, halcones, gavilanes, esmerejones, alcotanes y
otras.
Y estas dichas aves, salvo el
águila, nunca comen otra carne si no fuere de aves que ellas por
sí toman y cazan; pero el águila cuando no puede tomar o cazar
algún ave de las que acostumbra tomar o cazar, torna a tomar liebre, o
conejo, o cordero pequeño, y aun viene al perro muerto, por la gran
glotonería que en ella hay.
Y hay, también, otras aves que
algunas veces se ceban de las aves que toman, pero comúnmente sus
viandas son carnizas de bestias muertas, así como son los cuervos
carniceros, que muchas veces toman aves vivas, pero su caza natural es carniza
de bestias muertas y de aquello tienen su mantenimiento.
También hay otras aves que se
cuentan entre las rapaces y toman y cazan aves vivas, e igualmente toman y se
ceban de ratones y de tales cosas que se crían en la tierra; y entre
ellas están las atahormas y budalones y aguiluchos.
En todas las aves de rapiña son
mayores las hembras que los machos.
Y hay otras aves que su mantenimiento
sólo es de carnizas, y no toman aves vivas, así como buitres,
abantos, quebrantahuesos.
Hay otras aves que su mantenimiento es de
carnizas, gusanos de la tierra y frutas, así como son cornejas, picazas,
y otras.
También hay otras aves que su
mantenimiento es de simientes, así como avutardas, grullas, perdices,
palomas, tórtolas, pájaros.
Y también hay otras aves que su
mantenimiento es de pescados, así como águila pescadora y
alcatraces y otras aves de mar. Y hay otras aves que andan ribera de las aguas
y su mantenimiento es peces menudos y gusanos de los que se crían en el
agua y fuera, en las hierbas; son ánades, cisnes, ánsares bravas
y otras.
Así pues, las hay de muchas maneras
y diversidades y de diferentes alimentaciones, pero de todas las aves las
más limpias son aquéllas que solamente se alimentan y mantienen
de aves vivas, y cada vez que se quieren cebar toman ave viva, y desde que se
han cebado de ella no cuidan de lo que queda y aunque al otro día lo
hallen, no se preocupan sino de buscar y cazar otra ave viva para su comer. Y
estos son azores y halcones, gavilanes, esmerejones, alcotanes.
Tales aves como éstas decidieron a
aquéllos que esta arte hallaron, a tomarlas, amansarlas y hacerlas
conocidas al hombre, y tomar con ellas las otras aves bravas, y no solamente
tomar con ellas a aquellas aves y presas en aquella manera que la naturaleza
les otorga; mas con el trabajo y sutileza del cazador, tómanse otras
aves y presas, y por más extrañas formas que solían
tomarlas. Así como el balcón toma la garza alta en las nubes,
perdida de vista o toma la grulla yendo alta por el aire, y así otras
aves, en muy extraña manera; lo que nunca tomaran si no fuese por la
maestría y sutileza del cazador.
Por esta razón los señores y
los que tomaron placer en tal caza buscaron hombres maestros y sabios y de buen
tiento, y de gran paciencia para ordenar, y guardar, y cazar con las tales
aves. Pues aunque los señores y aquéllos a quienes esta tal caza
pluguiese, tuvieren gran placer en poseer tales aves, y cobrarlas, y poderlas
tener, faltábales saberlas regir. Y supuesto que las tuviesen, como
dicho habemos, y las supiesen regir y alimentar, faltábales saberlas
curar y medicinar cuando adolecen y están heridas. Por esto decía
Don Juan, hijo del Infante Don Manuel y Señor de Villena, que fue muy
gran señor, y era muy cazador y muy ingenioso en esta ciencia de las
aves, que gran diferencia había de querer cazar y ser maestro de caza,
al saber regir y hacer las aves; y también que había gran
diferencia de saber educar un ave, a saber curarla y ser buen cetrero, que
quiere decir buen médico para ellas, y buen cirujano.
Consideremos estas tres cosas:
primeramente querer cazar y tener gran voluntad de ello; lo segundo, saber
hacer y ordenar que tomen tan extrañas aves y por tan desusada manera
como hemos dicho; lo tercero, cuando su ave adoleciese o fuese herida, saberla
curar. Y porque todas estas tres cosas son menester al buen cazador, hablaron
de ello, de diferentes maneras, los que se complacían en esta caza, e
hicieron algunos libros, cada uno según entendió y alcanzó
su experiencia.
Y como dije en el comienzo, porque
había diversas opiniones entre los cazadores, determiné reunir en
este libro todo aquello que vi a grandes señores y muy cazadores que
más cierto habían hallado, y púselo, sometiendo a la
enmienda de los que más entendieron lo que yo oí a grandes
señores y cazadores en muchas partes. Y también lo que dijeron
algunos de ellos que no vi yo.
Primeramente en
Francia: al Duque de Borgoña y al
Conde de Flandes y de Artois y al Conde de Tancarville, y en
Aragón: al Vizconde de Illa, y a
don Pedro Jordán de Urríes, mayordomo mayor del Rey de
Aragón; y a Don Pedro Fernández de Híjar, rico-hombre. Y
en
Castilla: lo que dijo Don Juan, hijo del
Infante Don Manuel, Señor de Villena; y Don Gonzalo de Mena, obispo de
Burgos; y Don Enrique Enríquez, y Don Juan Alfonso de Guzmán, y
Remir Lorenzo, comendador de Calatrava; y Garci Alfonso de la Vega, Caballero
de Toledo; y Juan Martínez de Villazan, alguacil mayor del Rey, y don
Ferrán Gómez de Albornoz, comendador de Montalbán, y lo
que dijeron dos halconeros, el uno del Rey Don Fernando de Portugal, que se
llama Pero Menino, y el otro Juan Fernández Burriello, halconero del Rey
Don Pedro; porque todos éstos supieron y saben mucho en este arte, e
hicieron muchas curas de aves que son muy ciertas y muy probadas.
Luego, primeramente diré de los
plumajes de los halcones y cuántas clases de plumajes hay en ellos;
también dónde crían y nacen, y qué aspecto y plumas
deben tener; y después diré cómo se deben curar cuando
adolecen o son heridos de grullas, o de garzas o en cualquiera otra manera.
Me extenderé más en la
práctica del halcón neblí y en su gobierno, porque,
verdaderamente, ésta es la más noble y mejor de todas las aves de
caza, y quien buen cuidado tuviese con el neblí, en todas las otras aves
podrá tener buen cuidado.
  Capítulo II
De los plumajes de los halcones y primeramente del
halcón neblí
Halcones, entre cazadores,
comúnmente, son llamados seis plumajes, o seis linajes de ellos, que es
a saber: neblís, baharís, gerifaltes, sacres, bornís,
alfaneques. De los tagarotes no hacen mención aparte porque se les
considera como baharís, aunque en el plumaje haya diferencia entre el
baharí sardo, o mallorquín, o de Romaña, con el
baharí tagarote; sin embargo, en todas las condiciones son de una
naturaleza, según más cumplidamente diré adelante en el
capítulo que habla del halcón baharí.
Y debéis saber que en todas las
tierras de cristianos, salvo en España, son llamados estos seis plumajes
por sus nombres, porque al gerifalte llaman así por su nombre,
gerifalte, pero no halcón, y al sacre dicen sacre; y al borní y
al alfaneque llámanlos laneros. Y a todos éstos no los llaman
halcones, antes dicen que son villanos, así como quien dice halcones
bastardos o fornecinos.
Solamente al neblí y al
baharí llaman halcones gentiles, porque tienen las manos grandes y los
dedos delgados, y en sus talles son más gentiles, ya que tienen las
cabezas más firmes y más pequeñas, y las alas en las
puntas mejor sacadas, y las colas más cortas, y más esbeltos en
las espaldas y más apercibidos y más bravos, y de mayor esfuerzo;
y en sus alimentos son más delicados que los otros que dicho habemos. Y
quieren ser alimentados de mejores viandas, y ser traídos siempre muy
bien en la mano, por el gran orgullo que tienen, y no sosiegan mucho en la
alcándara y son de muy gran corazón.
Los gerifaltes, y sacres, y bornís,
y alfaneques son de otros talles y complexión en los cuerpos, y las
colas más largas, y las cabezas grandes, y las manos más gruesas,
y los dedos más cortos y más gruesos, y sufren mejor aunque les
den más toscas viandas.
Cualquiera que sea el plumaje del ave, si
le dieren buenas viandas y fuere bien traído siempre, lo hallarás
en el su volar y cazar, y en estar más sano; pero unos halcones hay que
soportan en su alimentación más toscas viandas que otros, porque
si tú dieres la vianda con que el borní y el sacre se sustentan,
al neblí, poco tiempo te servirías de él, ya que por su
naturaleza es tan delicado, que luego se cargaría de dolencias y se
perdería.
Y los halcones neblís en todas las
tierras son llamados gentiles, que quiere decir hijosdalgo, y en Castilla y en
Portugal son llamados neblís, pero al comienzo fueron llamados
nebis y con el tiempo corrompióse este
vocablo y llámanlos neblís.
Y en Aragón y en Cataluña
llámanlos peregrinos, por comparación de los peregrinos y romeros
que andan por todas las tierras y por todo el mundo, que así son los
halcones gentiles, o neblís o peregrinos, que todo el mundo andan y
atraviesan con su volar, partiendo de la tierra donde nacieron.
Pero en Francia, y en Alemania, e Italia
llaman halcones peregrinos a unos halcones neblís que algunas veces se
hallan y capturan; tienen ya las tijeras tan largas como los cuchillos mayores,
y sobrepasándolos, lo que comúnmente no tienen los halcones; y
cuando tales halcones peregrinos son capturados, précianlos mucho porque
salen muy buenos.
Debéis saber que los halcones
neblís se crían y nacen en Alemania del Norte, en una comarca que
es llamada Suecia; también en Noruega y en Prusia. Allí los
compran los mercaderes y los traen a las comarcas de Alemania, cuando vienen a
Flandes, y traénlos a Brujas, y de aquí los llevan a todas las
tierras: a París, a Bretaña, y a Hainaut e Inglaterra; y traen
algunos a España, para los reyes y señores que se lo encomiendan
a los mercaderes cuando van allá a Brujas.
Y estos halcones así traídos
por los mercaderes son muy peligrosos de adquirir, porque vienen cargados de
agua, y de malos humores, a causa del alimento de malas viandas que les dieron.
Por no hacer gran dispendio y gastos con ellos, suelen darles carne de vaca y
de oveja; pero generalmente, los más les dan perros, y aun dicen que la
carne más liviana que hallan para ellos es la de perro; mas estos
halcones así alimentados están en gran peligro, porque cuando los
toman los señores y cazadores que los compran, y los tornan a las buenas
viandas, mueren muchos; unos, de lombrices o gusanos y agua vidriada, y otros,
tuberculosos.
Esto sucede porque con la buena vianda que
después comen, muévenseles los humores malos que habían
adquirido con las malas viandas y vienen a resolvérseles en dolencias
mortales.
Los tales halcones, de que dicho habemos,
son duros de educar, por cuanto son capturados muy cerca de donde se criaron y
nacieron, y aun algunos de ellos en los nidos, y no saben mucho de cazar,
porque muy poco tiempo se cebaron por sí; pero los que se salvan y se
domestican, salen muy buenos y muy seguros.
También hay halcones neblís
que se crían en el Condado de Saboya, en las montañas que limitan
el dicho Condado de Saboya con la tierra del Señor de Milán;
suelen tomarlos en los nidos, por esto no salen tan buenos, y cuando los
mercaderes los tienen en venta, entre los otros halcones, luego se
conocerán porque, tan pronto como se ilumine el lugar para que el
comprador vea los halcones en sus alcándaras, luego, los halcones
tomados de los nidos, gritan y chillan, espelúzanse y alzan las alas y
exhiben y muestran su pequeño esfuerzo.
Tómanse muchos halcones
neblís bravos en muchas partes del mundo, y en muchos reinos, y vienen
de la tierra y comarca donde se crían y nacen, con el paso de las aves:
sisones, palomas y otras aves de paso. Estos halcones, así venidos, unos
suelen capturarse muy jóvenes, en los meses de septiembre, octubre,
noviembre y diciembre; los que se capturan en adelante hasta comienzo de
febrero, son más adultos para domesticarlos, y llaman en Francia a estos
halcones tardíos, halcones de rapela, y salen muy buenos, porque saben
ya cazar muy bien, y traen todo el plumaje deslanado por las aguas, ya que han
dormido mucho tiempo fuera del nido. Traen la cola toda rozada en la punta de
las plumas, del estribar que hacen sobre ella cuando toman las presas y se
ceban en el campo; estímanlos mucho los cazadores, porque en tales
halcones como éstos no hay otro trabajo sino tranquilizarlos y hacerlos
señoleros, que cuanto al cazar, ellos lo saben ya.
A los halcones primeros que dijimos,
tomados tan jóvenes, llámanlos en Francia halcones presos sobre
el país, y en Castilla, a todos los halcones tomados así -de
cualquier plumaje que sean- llámanlos halcones zahareños o
arábigos.
En cuanto a Castilla, los mejores
neblís que se capturan son los de las rocinas, y en tierra de Sevilla; y
también son muy buenos en Portugal los que se toman en el campo de
Santarem. Todos estos halcones salen muy buenos, porque se apresan muy lejos de
la tierra donde nacen, ya que, según todos piensan, vienen de Noruega y
Prusia y Suecia y del confín de Alemania del Norte, donde se criaron y
nacieron, y vinieron con el paso de las aves, porque en España no existe
nadie que haya hallado nido de halcón neblí. Son muy buenos,
también, estos halcones capturados en las rocinas y cerca de las
marismas, por cuanto se ceban, a diario, de aves de ribera como abocastas y
ánades y garzotas y otras ralcas que son buenas, pero que
-además- el halcón neblí, por su naturaleza, tiene que
cazarlas.
En Castilla se aprehenden otros halcones
neblís, en los pinares de Olmedo y lugares comarcanos, pero éstos
no salen tan ciertos ni tan seguros como los que decimos que se toman en las
rocinas, porque estos halcones tomados en los pinares son más
bulliciosos, ya que siempre se ceban en palomas y cornejas y sisones, que son
raleas peligrosas: lo uno, porque hay muchas, y lo otro, porque el
halcón se va muy lejos, perdiéndose con la presa, y si la
alcanza, cébase, y lo pierde muy pronto el cazador.
En muchos reinos y comarcas se apresan
halcones neblís bravos y los de una comarca salen mejores que los de las
otras. Pero tan noble es el halcón neblí, y de tan buen esfuerzo,
que si con él trabajares, siempre lo hará bien, teniendo en
cuenta que el plumaje bueno, el ser capturado en buena comarca y en buen
tiempo, el tener buen cazador, de gran paciencia, y buenas viandas, mucho
favorece al neblí, y lo contrario no hay duda que lo daña.
Debéis saber que el halcón
pocas veces acaece al hombre que pueda escogerlo, porque no hay en esta tierra
tantos, y cuando uno lo encuentra toma lo que halla; pero si sucediere que lo
hayáis de escoger, cuando vayáis a los lugares en que los
mercaderes los tienen para vender, o si los rederos que los apresan tuviesen
dos o tres de ellos, es preciso conocer sus plumajes por que escojáis lo
mejor.
Hay halcones neblís que tienen lo
blanco albísimo y abundante, y lo demás como gris; son llamados
en Francia halcones de
dames, que quiere decir, halcones de
dueñas; y son muy hermosos, muy mansos de educar y de muy buen talante.
Tienen el plumaje muy bueno y no tan brozno como los otros plumajes y aun
tienen las colas más largas y salen buenos garceros. A estos halcones,
en Castilla, llaman los halconeros y cazadores, doncellas; y en Francia
blanchantes.
Hay otros halcones neblís, cuyo
plumaje es rubio y el pico grueso; son de grandes cuerpos y salen muy buenos
altaneros y garceros.
Otros halcones tienen su plumaje pardo y
la cabeza pintada y el pico orlado de amarillo y son halcones corpulentos, de
buena complexión y muy emplumados; llámanlos en Castilla
coronados, y si lo hallares, trabaja con él, no te duela el tiempo que
con él afanares.
Otros halcones neblís hay, que en
su plumaje tienen una pinta menuda, delgada, ancha y amarillenta. A
éstos llaman en Castilla zorzaleños, que quieren decir halcones
pintados como zorzales, y generalmente son halcones menudos, muy bulliciosos y
van mucho a las presas y a las palomas; son de poco sosiego. A los tales,
cárgalos de cascabeles hasta que vayan sosegándose, pues de
éstos suelen salir buenos altaneros.
Otros halcones hay con el plumaje
negruzco; son llamados roqueces y son duros de educar, pero acaban por
someterse y salen muy buenos altaneros y garceros y grueros: guárdate de
irritarlos, porque fácilmente se enojan.
Después que por el plumaje,
según he dicho, hubieres observado tu halcón, le mirarás
las proporciones de esta manera: que tenga las espaldas descargadas y buen
pecho, y de mucha carne en el cuerpo y en las cujas; el zanco grueso y corto,
las manos grandes y los dedos delgados y largos, las ventanas bien abiertas,
que tenga unas pocas plumas que le salgan por encima de los hombrillos de cada
parte, porque pocos halcones las tienen; que sea bien emplumado en la cola; que
tenga gran estropajo de pluma y la pluma dura y cuanto más bravo y
más esquivo fuese al comienzo, tanta más confianza ten en
él.
También el torzuelo neblí,
si lo hallares de buen plumaje, trabaja con él, pues salen muy buenos
altaneros.
Son muy buena compañía el
torzuelo neblí y el torzuelo borni, porque el neblí torzuelo es
muy ligero, y sube muy alto, y el borní síguelo y sube con
él, y se sosiega el neblí con el borní, porque el
borní no sabe ir a la ralea. Sed ciertos que hacen muy hermosa
volería los dos, y yo vi un neblí torzuelo muy buen garcero al
Señor de la Ribera, camarero mayor del Rey de Francia.
  Capítulo III
Del halcón baharí y tagarote
Algunos creerán que no es razonable
hablar antes del halcón baharí que del halcón gerifalte,
por cuanto los gerifaltes son muy grandes halcones, de muy gran parecer y
estímanlos mucho los señores: los que salen buenos son muy
maravillosos garceros y grueros; pero no es de maravillar, porque según
dije en el comienzo de este libro, hablando de los plumajes de los halcones, el
halcón baharí es llamado gentil en todas las tierras, salvo en
España, según sus condiciones y complexión y manos y dedos
y valentía, en todo lo cual se parece al halcón neblí;
cosa que no tienen los halcones gerifaltes, porque quien bien mire y considere
el halcón gerifalte, hallará que se parece a un gran
borní.
Además, según arriba
dijimos, es villano por tener las manos gruesas y los dedos cortos; no hay duda
de que los gerifaltes, después de educados, son muy buenos halcones,
pero al comienzo son difíciles de amaestrar, porque de su naturaleza son
cobardes, lo que no ocurre a los baharís, que son valientes y dispuestos
por naturaleza; por ello hablaré aquí del halcón
baharí.
Habéis de saber que los halcones
baharís se crían, los más de ellos, en la Isla de
Cerdeña, y son llamados sardos; otros baharís se crían en
la Isla de Mallorca, y son mejores; y otros se crían en Romaña, y
son halcones granados y muy buenos. Todos éstos son muy buenos halcones
para grueros, por cuanto son muy rabiosos y caninos y trabadores.
Los halcones tagarotes, que son contados
por baharís, se crían allende la mar, en África.
De todos los halcones baharís,
pocos son altaneros, porque por la gran hambre que muestran no se mantienen en
lo alto, sino que en cuanto ven las ánades aguadas, luego se posan, y
quieren pescar y toda su ligereza es a ras de tierra; sin embargo, algunos
salen muy buenos altaneros.
Yo vi al Rey Don Pedro un halcón
baharí mallorquín, al que llamaba
Doncella, y traíalo un su halconero que
decían Alfonso Méndez; era muy buen garcero y en la ribera
subía más alto que cualquier neblí de cuantos el rey
tenía que eran, cuando yo vi esto, bien cuarenta neblís
altaneros, sin contar los garceros, grueros (pues tenía seis lances de
neblís y baharís para grullas), y sin contar gerifaltes y
sacres.
Los baharís son muy buenos grueros
de aventaja.
Vi también un baharí sardo
al Rey Don Pedro -traíalo su halconero Ruy González de Illescas,
comendador de Santiago- que sin ayuda de otro halcón derribaba grulla,
cigüeña negra, ánsar brava y cisne y los retenía
hasta que llegaba el galgo.
Los halcones baharís y tagarotes
son buenos grueros y ayudantes; yo vi al Rey Don Pedro un tagarote que
traía un su halconero que decían Juan Criado, y llamaban al
halcón
Botafuego y sin ayuda de otro mataba la grulla
y no era muy grande.
Además, todos los baharís,
así sardos como mallorquines, y de Romaña y tagarotes, son muy
buenos perdigueros porque su ligereza se muestra más a poca altura
aproximando el pecho al suelo, con estilo muy hermoso, y vuelan, por tanto,
bien el alcaraván.
Son los baharís halcones muy
seguros, y no van a las raleas como los neblís, y sus plumajes son de
esta manera: los baharís sardos son oscuros comúnmente y los
mallorquines y de Romaña son más rubios y más granados, de
mayores espaldas y más valientes; los tagarotes son muy diferentes en el
color y en el talle porque son halcones pequeñísimos, tanto, que
no hay otro plumaje que lo tenga semejante, y son amarillentos como dije en el
capítulo del neblí.
A todos estos baharís,
llámanlos en Francia halcones gentiles: y dicen halcón gentil de
Cerdeña, o halcón gentil de Romaña y, por el tagarote,
halcón gentil tagarote; y en Aragón llaman a todos halcones
baharís, monterís.
Observarás que su factura sea como
la del halcón neblí: que tenga derribadas las espaldas, mucha
carne, gran cuja, buen zanco y gran mano y los dedos largos y delgados y
grandes ventanas nasales.
  Capítulo IV
Del halcón gerifalte
Los gerifaltes son halcones que tienen el
cuerpo más grande que ningún otro halcón, y se
crían en Noruega y en aquellas partes donde dijimos se crían los
halcones neblís y no se hallan en ninguna otra tierra.
Los traen a Flandes cuando traen los
neblís. Los gerifaltes son muy duros de educar; además, pocos de
ellos escapan de ser gotosos, o ciegos, o de poca vista, o cobardes y de flaco
corazón. Se debe tener cuidado con los gerifaltes al comienzo de
ponerles el capirote porque son, de todos los halcones, los que peor lo toman y
si no se tiene buen tiento en ello al principio, toman tan gran enojo con el
capirote, que no lo quieren consentir, y con la porfía del que se lo
quiere poner, vienen a asustarse.
Los plumajes de los gerifaltes son
éstos:
Unos hay que son llamados blancos, en
manera que tienen muy poco de lo gris, y éstos son finos de Noruega; son
muy preciados de los grandes señores por su hermosura, y salen muy
buenos garceros.
Yo vi un gerifalte que fue regalado al Rey
Don Carlos, padre de este Rey Don Carlos que ahora reina en Francia; capturado
en la isla de Layron, que está cerca de la Rochela, fue cogido salvaje,
que es maravilla, porque yo nunca oí decir que se capture gerifalte
zahareño en estas tierras; era este gerifalte tan blanco como una paloma
blanca, salvo que tenía unas plumas oscuras al través, en las
cujas. Por su grandeza, y cabeza, y manos, y talle se reconoció por
gerifalte; y no se preocuparon de que fuese garcero, ni volase presa, salvo
tenerlo así, por maravilla, porque el rey lo preciaba mucho.
También hay gerifaltes que son
llamados letrados, porque tienen lo blanco muy blanco y el resto muy oscuro, y
bien comparado todo; parece como libro escrito de letras gruesas, y por esta
comparación los llaman letrados, y salen de ellos muy buenos.
También hay gerifaltes llamados
grises, porque lo que tienen negro es como una pequeña grisa; tienen
hermoso plumaje, y salen buenos y muy ligeros.
Además hay halcones gerifaltes que
son oscuros y son llamados roqueces; son de gran esfuerzo, pero son feos.
De estos así, prietos, vi uno a
mosén Bureau, Señor de la Ribera, camarero mayor del rey de
Francia; habíaselo enviado como presente el gran maestro de Pruza, que
era tan roqués y prieto, que apenas se divisaba lo blanco y era el mejor
garcero del mundo.
Debéis saber que el gerifalte que
se da bien, mata mucho más ligero y mejor la garza, o grulla, o la presa
a que fuere lanzado, que ningún otro halcón: mata la garza muy
alta; al subir no hace tantos giros como el neblí, y va más
derecho en sus vuelos y, aunque por su corpulencia, arranque pesado, desde que
comienza a cabalgar en el aire siempre cobra mejor ligereza.
Debéis hacer que el gerifalte, en
el comienzo, mate liebre, porque, por un lado, pierde las cosquillas que tiene
en las manos, ya que de su naturaleza son cosquillosos, y, por otro, cobra
ligereza y sabe contener el resuello en el trabajar que hace con la liebre, y
en el alzar y venir a ella.
Es, también, muy bueno al gerifalte
hacerle volar la perdiz, por cuanto ésta vuela largo trecho y saca mucho
espacio al halcón y a cualquier ave que la siga.
También es bueno al gerifalte volar
la lechuza, porque sube mucho y porfía, y le sirve como traína de
garza para en adelante.
Y una vez que a estas cosas hubiere volado
el gerifalte algún tiempo y adquirido ligereza, podrás hacerlo
garcero dándole sus traínas, o echándolo con otro maestro,
cuando la garza se le rinda; algunos hay que son de buen esfuerzo y de buen
talante y la matan por su voluntad.
Es bien traer a los gerifaltes siempre en
la mano, porque como son pesados, si se caen de la alcándara
podrían peligrar; y cada vez que le quitas el capirote quiere ser
halagado con el roedero y que se le haga placer.
Cuando quisieres escoger el gerifalte, lo
primero que harás será mirarlo por los pies; y si tiene clavos en
ellos o los tiene hinchados, que es comienzo de ello; y también
obsérvalo por la vista, aunque es difícil de mirar, porque
tendrán los ojos claros y son escasos de vista; pero míralo
mostrándole el roedero, u otra cosa, por ver si es apercibido de vista;
y por las proporciones, cata que sea bien derribado de espaldas, y no sea
corcovado, y que sea de buena carne y de buena cuja, y buen zanco, y buenas
ventanas, y buenas manos, y los dedos cortos y gruesos, al contrario del
neblí, y que no sea cabezuelo. El torzuelo gerifalte es muy bueno, sale
buen gracero, y es muy ligero, mas es sañudo, y muy delicado y
melancólico, y necesita hombre pacienzudo.
  Capítulo V
Del halcón sacre
Los sacres son halcones grandes de cuerpo;
tienen las colas largas, y se crían en Noruega y en aquellos lugares
donde dijimos que se crían los neblís y gerifaltes, y con ellos
los traen los mercaderes. Hay también halcones sacres que se
crían en Romana y son muy buenos.
De los sacres hay los mismos plumajes que
en los otros halcones, porque unos son rubios, otros más oscuros y
más aún blancos, y de todos salen buenos. Tienen los sacres en su
plumaje lo que no tienen otros halcones; que por muchas veces que el
halcón sacre mude, se queda tal como era antes y no muda el color de las
plumas, como hacen todos los otros halcones; salvo que no queda el plumaje tan
brozno como cuando era pollo y hácenseles unas orladuras en derredor de
las plumas que bastante poco se divisan.
Pero yo vi un halcón sacre, que era
de los de Romaña; fue mío y se lo di a Don Álvar
Pérez de Guzmán, y a las cuatro mudas hizo los cuchillos mayores
de cada ala, tan blancos todos como una paloma blanca, y todas las plumas en
derredor del cuello grandes y pequeñas, y una péñola de la
cola; perdióse y creo que, si no se perdiera, y hubiera podido mudar
otra vez, habría tenido más plumas blancas, hasta que por el
tiempo fuera todo blanco, porque muchas plumas, grandes y pequeñas,
tenía ya pintadas de blanco.
Con los sacres ocurre lo que con los
neblís; que los que toman bravos por las tierras, que son llamados
zahareños, son los mejores, aunque hay en ellos alguna dificultad en
educarlos, y salen de ellos muy buenos garceros y grueros y para toda cosa
buenos; son, también, buenos perdigueros, y buenos lebreros, pero no
entran en la liebre, salvo los que son tomados zahareños, como dicho
habemos, y matan bien lechuza y alcaraván; vuelan mejor con viento y
prepáranse mejor a él que otros halcones ningunos.
Los torzuelos sacres son también
muy buenos y yo vi al Rey Don Pedro uno que fue del Rey Don Alfonso, su padre;
traíalo Ruy González de Illescas, comendador, y era muy orgulloso
garcero.
Han menester los halcones sacres buen
tiento y quieren siempre andar bien alimentados, porque muy de ligero se
conturban; y a los halcones sacres no les ponen en la ribera, porque son
halcones pesados para remontar; en Brabante y en Francia vuelan con ellos en la
ribera, mas no son de altanería, aunque los torzuelos son mejores para
ello.
Cuando lo examinares, fíjate en que
sea descargado de las espaldas, y de buena carne, y buena cuja, y buen zanco, y
los dedos cortos y gruesos, y la cola la más corta que pudiere ser, y
las puntas de las alas, largas, y buenas ventanas nasales bien abiertas, y no
lo olvides en la alcándara, porque se hacen truhanes y algunos
embravecen; la buena mano del cazador es la mejor alcándara que
cualquier halcón puede tener.
  Capítulo VI
Del halcón borní
Halcones bornís se crían en
muchos lugares: críanse en la alta Alemania y en Noruega, y en aquellos
lugares donde se crían los neblís, gerifaltes y sacres; y en
todas las tierras, salvo en España, son llamados laneros. Los que traen
de Alemania son buenos y seguros y grandes de cuerpos. Otros bornís se
crían en tierra de Saboya y de Lyon del Ródano, que está
entre el Imperio y Francia, y son muy buenos; otros se crían en
Castilla, en Álava, en Guipúzcoa y en Vizcaya; en Losa de
Asturias de Santillana y Asturias de Oviedo; en Galicia y en Santiago de
Montizón; y de éstos, son muy buenos los de Galicia, que son
roqueces.
En Asturias de Santillana hay una muda que
llaman tagre, y tienen plumas entre los dedos; de estos tagres vi al Rey Don
Pedro un torzuelo que fuera de Garcilaso de la Vega, que llamaban
Pristalejo, y era buen altanero, de manera que,
sin compañía, mataba dos pares de ánades mayores tan bien
como un neblí. Vi también en las Asturias de Oviedo, un
halcón borní torzuelo al Obispo de León, Don Diego
Ramírez de Guzmán, y diolo al Rey Don Pedro y era buen
garcero.
Pero de todos los bornís, los que
llaman provinciales en Castilla y en Francia son llamados laneros de Crau, son
los mejores; tómanlos de paso, después de San Juan hasta San
Miguel, en el Crau de Arlés que está en Provenza; tómanlos
también en la playa de Lunel, y en Florencia y en derredor de aquella
comarca que está en Languedoc, que es señorío del Rey de
Francia, y todos son llamados de Crau; son muy buenos y ligeros y cada
año prueban mejor. Son buenos para perdiz, liebre, lechuza,
alcaraván, doral, garza.
Los torzuelos que son llamados laneros,
précianlos mucho en toda Francia para la ribera, y no se cuidan de
otros, salvo que sean de Crau; salen muy buenos altaneros, y hacen muy buena
compañía a los neblís, y éstos sosiegan mucho con
ellos, porque todo el día andan sobre el agua y no se parten de
allí ni van a raleas. Echados primero que los neblís, porque si
hay algunas raleas, huyen y ellos no las siguen. También sosiegan a los
ánades y cuando el neblí es echado, hallará la ribera
limpia y vuela más seguro, porque no hay raleas a las que vaya. Al
comienzo son graves y duros de hacer altaneros, porque no es su naturaleza y
pronto se posan, pero acostumbrándose cada día con los
neblís, edúcanse y quieren andar en buena carne.
Lo primero, debéis obligarlos a que
vuelen picazas, porque de allí se acostumbran a andar alto y a
sostenerse y atender a su maestro y a la presa; después que algunos
días volaren así por las picazas, los echarás con el
neblí en la ribera, y aunque se pose, no te enojes, porque usando de
cada día a volar con el neblí, él tornará a
guardarlo. Cuando fuere hecho altanero, dale siempre a roer ánade,
porque se debe alimentar de otra manera que el neblí, ya que el
borní es altanero contra su naturaleza y no sabe remontar sin darle a
roer como hace el neblí. Has de levantarle a su mejoría y que
esté cerca cuando le levantares, porque no puede de lejos alcanzar
así como el neblí; quieren traerse en la mano, y cuando son dos
hacen buena compañía. En Francia, cualquier señor, aunque
tenga muchos, siempre tendrá una copla de estos bornís, que son
dos, y toman siempre los más granados. Yo vi en París una copla
de ellos, que son dos torzuelos volantes, valer cien francos de oro, y volaban
por todas las marismas que hallaban y son muy placenteros.
Los bornís, los hay blancos, rubios
y roqueces, y de todos salen buenos; procurarás que sus proporciones
sean así:
Bien descargados en las espaldas -y no
sean corcovados, ni estrechos de hombros-,y sean de buena carne, y no
piernilargos, y tengan buen zanco, buena cuja, gran mano, y los dedos cortos y
gruesos; la cabeza llana y el ojo enconado; buen pico, la cola corta, buenas
fosas nasales, y buen estropajo de cola. Y aunque dicen que el borní con
cualquier vianda pasa, si tú le dieres buena gallina, o buena vianda, se
lo verás en el volar. Si son zahareños, valen más y
quieren ser traídos en la mano.
  Capítulo VII
Del halcón alfaneque
Los halcones alfaneques comúnmente
son blancos y las cabezas rubias; hay algunos más roqueces, otros
más como negros. Se crían allende la mar, en África, en el
reino de Tremecén y en la isla de Alhabiba y nadie sabe que por
acá se críen alfaneques ni tagarotes.
Otros halcones se crían en el reino
de Túnez, que son más roqueces, y tienen las colas largas, son
llamados tunizos, y son como entre alfaneques y bornís.
Hay otros halcones que son llamados
entrecelís, y dicen que son mezcla de tagarote y alfaneque, y aunque son
muy buenos, pocas veces aparecen.
Estando yo en Alicante, que es en
Aragón, ribera de la mar, llegó allí una nao que
venía de la Berbería; traía muchos alfaneques y
compré algunos; y el señor maestre de la nao diome uno que
decía él que era entrecelí, y, en verdad, el talle, manos,
y rostro, eran de tagarote, más las plumas y su color era de alfaneque y
túvelo mucho tiempo; no me preocupé de hacer de él otra
cosa sino perdiguero y esto se lo hice hacer muy bien, pues era muy ligero.
Los halcones alfaneques son muy
placenteros y matan bien y hermosamente la liebre -señaladamente cuando
son dos-, y no entran en ella; y la perdiz vuélanla bien, mas pocos la
asientan y matan bien; y doral, garzota y cuerva, si son puestos en la ribera,
hácenlo bien.
Yo vi en casa del Rey Don Pedro un
alfaneque, torzuelo muy pequeño, que llamaban
Pica-higo y fuera de Don Enrique
Enríquez, que mataba un par de ánades sin compañía,
tan bien como un neblí; y mataba cuerva negra, las encapuchadas, un
doral viniendo por el cielo y garzota. Todas estas cosas consigue el bueno,
porfiado y paciente cazador.
Los alfaneques deben andar delgados y bien
señoleros, porque luego que les da un poco de sol se pierden, y dicen
que se tornan a Tremecén, de donde vinieron, y creo que pasan
allá, ya que nunca oí decir que fuese aquí tomado
zahareño, salvo si tomasen a pocos días alguno de los que se
perdían así; y son mejores los alfaneques en la tierra
fría que en la tierra caliente. Enseguida crían clavos en las
manos; cátalos, por su complexión y rostro, lo mismo que al
borní.
  Capítulo VIII
Cómo se debe regir y alimentar el halcón
neblí y ciertas reglas prácticas para ello
A los cazadores parecerá que estas
reglas que yo aquí pondré para gobernar un halcón
neblí están de más; porque dirán que no es cazador
el que esto no sabe; yo no las pongo para los que así son maestros, pero
los hombres, cuando comienzan a cazar, no lo saben todo y tiene necesidad de
ver y oír a algunos de los que más vieron y más probaron
en este arte de cazar.
Cuando yo comencé a trabajar con el
neblí, mucho me pluguiera haber hallado un pequeño escrito tal
como éste, por donde me pudiera regir y gobernar, y guardar de hacer
algunos yerros que hice en la caza, con lo que dañé muchos
halcones, aunque yo era sin culpa, que no sabía más; y cuando me
acompañaba con halconeros que sabían el arte, paraba mientes, y
por ventura, en un mes aprendía un capítulo, de lo que
veía.
Si quisieres todos los capítulos
que principalmente cumplen para el regimiento de un neblí, en
pequeño espacio, lo verás aquí y cada día te
podrás apercibir. En consecuencia, los nuevos cazadores se
aprovecharán de ello, y por tanto pondré reglas ciertas para el
gobierno del neblí, porque, en verdad, éste es el señor y
príncipe de las aves de la caza, y quien bien supiere gobernar y regir
el neblí, todo el regimiento de las otras aves puede más
ligeramente saber.
Debéis saber que los halcones
neblís, según arriba hemos dicho, los traen de Suecia, Noruega y
la alta Alemania, donde se crían; tráenlos en las cocas que
vienen a Flandes y a Brujas: llegan muy entecados y dolientes de cuerpo, aunque
no lo muestran. Esto es así, lo uno, por las malas viandas de que los
mercaderes, o los que los traen, los han alimentado; también, porque
vienen en el navío mal traídos y quebrantados de la mar y han
estado gran tiempo presos sin volar, y sin tener sus plumadas, y sus cuidados;
y si aun cuando el dueño los tiene, los piensa y cuida de ellos y
vuelan, tiene bastante que hacer para tenerlos sanos, cuanto más con
todas estas ocasiones. Por lo cual, si de tales halcones hubieres de comprar a
mercaderes que así los tengan, es menester apercibirte, mirar e
asegurarte bien de lo que tomas, en lo que de fuera puede parecer, y
harás así:
Cuando mirares el halcón,
mírale primero las proporciones y el plumaje, según dicho es
más arriba, y si todo no lo hallares junto en un halcón, toma lo
mejor que pudieres, y si otra cosa no pudieres, a lo menos, lo primero y
principal escógelo de buen plumaje, porque tal halcón nunca se
puede cambiar si no es a bien; además, mira que el halcón
neblí con que hubieres de trabajar, tenga buen cuerpo, porque si es
feble y de poca complexión, no es duradero, aunque al comienzo muestre
hacer todo bien.
Cuando le hubieres escogido por el plumaje
y por el cuerpo, mira la boca si la tiene sana, o si tiene
güérmeces o comienzo de ellos, y mírale los ojos si los
tiene sanos de nube.
Mírale también si tiene
todas sus plumas en las alas y en la cola; que no le falten del todo, pues
aunque estén quebradas, puédense injerir, aunque más
valdría que estuviesen sanas.
Mira además si tiene alguna pluma
como tijera o cuchillo mayor, quebrada por el cañón bajo, de
manera que no se pueda injerir, pues más valdría que le faltase
del todo, porque nacería, y la péñola quebrada por el
cañón bajo, que no se puede injerir, está en peligro; que
yo vi algunas veces que el halcón no la mudaba por no poder ayudarse del
pico en trabar de ella, pero acaece pocas veces. Asimismo, mírale si
tiene clavos en los pies, o comienzo de ellos, y si tiene todas sus
uñas.
Después que hubieres escogido y
tomado tu halcón, lo primero que harás luego este día es
bañarlo con oropimente; que sea una onza, bien molido y muy cernido, y
dárselo seco en polvo, echándoselo por todo el flojel,
poniéndole en todas sus plumas y guárdale los ojos y las orejas
cuanto pudieres. Procura derribarlo dulcemente, cuando este baño
hicieres, y sujétalo dulcemente, y ten quien te ayude a ello.
Este tal baño es bueno para el
halcón pollo, porque él no tiene tan hermoso plumaje que hayas de
tener cuidado de no mancharle las plumas, y el oropimente de cada día
hace su obra por el calor y por el olor que en él hay; limpia mucho al
halcón del piojo, y es menester este baño largo, porque
jamás podrá hacer bien el halcón en cuanto tenga piojo,
porque con el piojo que tuviese tendría bastante que contender.
Es bueno que este baño le sea hecho
enseguida, antes que se comience a hacer ninguna cosa con él, porque si
lo comenzasen a amansar, y hacer conocer la mano, y el señuelo y el
rostro del hombre, todo lo perdería y de esto nacería, cuando lo
cogieres para bañarlo y lo hicieres, algún sinsabor. Y por tanto,
que pase lo primero aquella melancolía y trabajo, y en adelante tratarlo
bien y no enojarle. Pero dijimos aquí del baño del oropimente
para los halcones pollos; mas después que son mudados, y tienen sus
plumas hermosas, si tuviesen piojo es mejor el baño de agua y pimienta,
según que adelante diremos.
Después que tu halcón fuese
bañado del piojo, guarnécelo de buenas pihuelas, cascabeles y
capirote. Las pihuelas que sean de buen cuero delgado y bien adobado, y que no
aprieten el zanco; los cascabeles que sean regularmente grandes, según
el cuerpo del halcón; y el capirote sea de buen cuero delgado, tieso y
bien hecho en guisa que no le toque los ojos; y que sea tal que no lo derribe
de la cabeza cuando se sacudiere.
La primera vez que le hubieres de quitar
el capirote con que vino de Flandes, y le hubieres de descoser los ojos, si es
capturado de Zahara, o los trae cosidos, haz que sea de noche, a la candela, y
entonces se tranquilizará más; y ponle el capirote que ha de
traer en adelante, y hazlo velar la noche toda. Durante el día siguiente
que no caiga de la mano, ni en otros veinte días ni noches, o
más, según vieres que se calma, y no lo hagas menos, aunque el
velar no tienes por qué hacerlo tan ahincadamente como los primeros diez
días. Pero todo esto va cual fuere la voluntad del halcón, y
cúidate bien que no lo escarmientes en el poner del capirote y que se lo
pongas dulcemente.
Cuando se vaya calmando, trae siempre
contigo roedero que le muestres, y sea de buena vianda; y tenga carne de que el
halcón tome algunas picaduras y vaya perdiendo esquivez con el comer. Y
cuando lo tuvieres de noche a la candela, quítale el capirote y
muéstrale el roedero, porque vaya tomando placer, y siempre torna a
ponerle el capirote con la mano liviana, y no le hieras ni le des en el rostro,
que lo enojarás. Si al comienzo no quisiere comer, no te quejes por
ello, porque no lo hace sino por bravura.
El que lo velase toda la noche, tenga la
candela en la mano o delante... y no se olvide el vino para el halconero y los
que le ayudaren.
Tan pronto vieres que tu halcón
comienza a tener hambre y abre la garganta como tragón, dale algunos
días vaca, lavada en agua tibia, hecha pedazos pequeños y limpia
de grosura y nervios; y después torna a darle una polla o gallina, que
no sea muy grande, también hecha pedazos y lavada en el agua tibia; y a
la noche dale las plumadas y junturas de huesos del pescuezo de la gallina, o
de los nudos de la cuja, y un poco de carne con ellos, y mírale bien por
las mañanas, que veas si ha hecho su plumada.
Cuando vieres que tu halcón mira
hacia la mano cuando le quitares el capirote, por ver si tienes algo que darle
de comer, procura entonces traer contigo, en una pequeña liniavera de
lienzo limpio, una pierna de gallina o un ala, y dale de ella algunas
picaduras, y dale a desplumar, y cuando él estuviere en mejor sabor de
comer, tórnale su capirote dulcemente.
Una vez que vieres que tiene ya hambre
verdadera, apártate de él y prueba si querrá subir en la
mano, a la lúa, con toda la lonja suelta; y cuando subiere en la mano,
dale buena vianda y hazle todo placer. Después que tu halcón, sin
duda alguna, salta a la mano, y cada vez que le muestras el roedero no mira por
otra cosa sino por comer, entonces encarna bien tu señuelo con un
corpanzo de gallina con su cuello, cabeza y cola, en manera que de cada parte
esté bien encarnado; toma un cordel bien recio y delgado y ata tu
halcón fuera, en el campo, en lugar que sea llano, sin matas y sin
piedras, para que no se enrede el cordel, y dale allí de comer en el
señuelo, hasta que lo conozca, de la mejor vianda que tuvieres, esto es,
el corazón de la gallina, los sainetes y la pierna; dale, entonces
grandes voces, andando en derredor de él, dando con la lúa en
tierra, para que vaya perdiendo el miedo y aprenda a lo que ha de tornar. Todo
esto lo harás con tiento, para que no lo atemorices; y siempre, en la
noche, dale un poco de vianda en agua tibia y sus plumas y juntas.
Después que tu halcón
conociere bien el señuelo y lo sigue y no lo puedes apartar de
él, hazle venir volando al señuelo, aún con el cordel, y
procure el que tiene el halcón, tenerlo bien derecho en la mano, de
manera que vea bien el señuelo cuando se lo mostrares, y no lo echen de
la mano hasta que él de su voluntad salga. No lo señoleen de ojo
al sol, porque no verá bien el roedero del señuelo, y
podría perderse. Vaya el pico hacia el viento y échalo en lugar
limpio, sin matas; el señuelo, que lo vea y se pose luego en él y
no lo eches de rostro, sino al través, o a espaldas del que
señolea; y cuando el halcón se posare en el señuelo, ve a
él muy quedo, hablándole mansamente, y dale allí toda la
mejor vianda que tuvieres; luego que hubiere comido, sácalo con un
roedero y déjale limpiar su pico, y que se sacuda, y, entonces, ponle su
capirote y tráelo muy sosegado en la mano.
En cuanto veas que ya viene muy bien al
señuelo, llámalo a la tira sin cordel, alejado de villa y de
monte, y dale algunas gallinas a degollar en el señuelo, encubierta la
gallina, que no la vea y beba la sangre de ella; todo este afán es para
concertar y amansar un neblí en treinta días, para que en
adelante vuele en la ribera. Pero todo esto es según la pericia del
cazador y plumaje y corazón del halcón.
Cuando hiciere buen día claro y con
sol, pruébale el agua en lugar apartado, al sol y en buena gamella, o
buena vasija, y estáte cerca de él siempre, apercibido con el
roedero en la mano, para que, si vieres que no quiere sosegar, lo tomes, y
advierte no lo hagas por fuerza entrar en el agua, que se escarmentaría;
antes bien, ten algunos sainetes y muéstraselos en el agua, para que con
codicia de ellos salte al agua, y dáselos allí que los coma. Y
cuando así le hubieres de hacer probar el agua, haz que tu halcón
haya comido primero media pierna de gallina, porque si mucho comiese
tendría dos trabajos: de enjugarse y de gastar lo comido, y siempre, en
adelante, pruébale el agua a más tardar a los cuatro días,
y después que fuese bañado ponlo a la sombra un poco, porque con
el sol, si fuese recio, se torcería las plumas, y luego, a poco espacio
de tiempo, tórnalo al sol, porque se enjugue y piense de sí, y
déjalo bien pensar de sí a toda su voluntad antes que le hagas
volar. Si fuese tarde y no tuvo tiempo de enjugarse, ponle delante dos candelas
por la noche en una cámara, y pensará de sí; y dale buena
alcándara segura, porque toda esa noche pensará de sí y se
sacudirá muy recio.
Para vianda de tu halcón es
bastante a la mañana un miembro de gallina, pero si fuese gerifalte, o
tagarote, a éstos darás a cada uno según el cuerpo que
tiene. En la noche dale sus plumadas, juntas y algunas picaduras de buena
vianda, y con ello siempre las plumas bañadas en el agua tibia; y
guárdate siempre de darle nervios ni carne dura, porque no lo puede
moler, y dura siempre mucho en el buche. Tampoco le des grosura, porque le
empalaga y le engruesa la tripa que va al buche, y hácele no tener
hambre.
Aunque en España no lo usan, en
todas las tierras donde cazan con el neblí, o con cualquier otros
halcones, señaladamente en Brabante, que está en Alemania, y lo
mismo en Francia, Inglaterra e Italia, tienen esta regla: cuando dan de comer a
su halcón, si le dan de ave viva, siempre pasan la vianda que le dan por
el agua fría, y si la carne que le dan es fría, pásenla
por el agua tibia, y es provechoso para tener el halcón sano y sin
orgullo, porque la vianda muy caliente enciende el halcón, y la muy
fría enfríalo, y, por tanto, es bueno templarlo así
todo.
Así lo hacen los brabanzones, que
son gentes de Brabante, hoy los mejores halconeros del mundo, y que más
saben en esta arte, y tiene razón, porque lo usan más que
ningunas otras gentes, pues la tierra de Brabante es una tierra muy llana, y de
muchas lagunas, que llaman ellos
fluches por lagunas, y hay muchas aves. Cuando
vienen las cocas a Flandes, que traen los halcones de Alemania y de Noruega,
luego van allí los halconeros de Brabante, porque está muy cerca
de allí y compran muchos halcones para educarlos en su tierra, y cuando
llega la cuaresma, que los halcones son ya volantes y concertados, van con
ellos a París, otros a Inglaterra, otros a Colonia, y al Imperio, a
venderlos a los señores; quien quisiere altaneros, quien quisiere
garceros, de todo hallará.
Vale un neblí pollo altanero
cuarenta francos de oro, y si fuese garcero, sesenta, y si han mudado valen
más; porque todo el peligro mayor de los halcones que vienen de aquellas
tierras de donde los traen, está en la muda, señaladamente al
derribar las tijeras, porque mueren de filandras. Y por esta razón son
los brabanzones buenos halconeros, porque lo tienen por oficio, y a mí
me acaeció comprarles los halcones en París, y los halconeros de
Brabante que me los vendieron venirse conmigo a Castilla, por sus soldadas.
Si tu halcón tuviese
pequeñas ventanas nasales, que es gran tacha, señaladamente para
el halcón altanero, que necesita venir abajo, y alzarse, y traer el
huelgo suelto; si el tal tuviere las ventanas nasales pequeñas, se las
labrarás con un cañivete, quitándole un poco de cera, y en
cuanto salga sangre ponle allí un poco de algodón y ceraza, y
queda el halcón con buena ventana abierta. Guárdate de labrarlo a
fuego, aunque algunos lo usan, porque es muy mal modo de labrar, ya que el
fuego cada día obra más y muchos halcones pierden los picos por
ello.
Procura siempre de dar a tu halcón
buena alcándara, gruesa y firme, y que no hayan estado en ella gallinas,
y aun, si pudieres excusarlo, no pondrás tu neblí en la
alcándara en que sacre ni borní hayan estado, porque el sacre y
el borní tienen mucho piojo. La casa esté sin humo, sin sereno y
sin polvo, y que no haya en ella cal, porque ciega; debajo de la
alcándara esté el suelo limpio, para que veas la plumada cuando
la hiciere, o las tulliduras. Procura siempre que nunca des de comer a tu
halcón hasta que haga su plumada, y si no la hiciere, harás como
se manda en el capítulo de las plumadas viejas, y ponle siempre la
lúa debajo de los pies, y un paño de color atado a la vara,
porque le es muy sano a los pies.
Cuando tu halcón fuere ya buen
señolero, hazle volar picaza en lugar que no haya árboles, porque
es muy buena volería: lo uno, enséñale a alzar y bajar y
retener el huelgo y atender a su maestro, y cobra gran ligereza; cuando hubiere
así un gran rato volado, dale señuelo y de comer, y
después que en algunos días hubiere así volado, necesitas
buscar otro halcón maestro, y échale con él sobre el agua
y ande con él sus giros, y antes que él se quiera bajar, dale
señuelo y de comer.
Y después que tu halcón sepa
andar ya sus giros, y estuvieres en ribera, deja volar primero el halcón
maestro, para que agüe los ánades, y entonces echa tu
halcón, y déjalo andar con el maestro. Y así, tan pronto
levantares los ánades y siguiere tu halcón al maestro y aguare
con él y cobrareis el ánade, dale señuelo y el
ánade en el señuelo, y cébalo allí, para que la
conozca; y dale la lengua del ánade mascada entre los dientes, el
corazón y una pierna, y en esta guisa aliméntalo hasta que
derramadamente mate por sí.
Gobernarás en adelante tu
halcón en esta guisa: una vez que algunos días haya andado con el
maestro, cuando supieres que tienes aves sobre las que tu halcón vuele,
y sea en lugar donde lo puedas socorrer y puedas entrar por seco, no sean
marismas, ni muy altos juncales entre tremedales, ni haya muchos
árboles, así como salcedas, que se lisiaría el
halcón; ni haya arroyo muy hondo que no se pueda pasar y socorrer al
halcón, mas sean arroyos llanos y lagunas convenientes; y cuando
así hallares, ve viento abajo y aléjate de la ribera y haz volar
tu halcón y déjalo andar y tomar su altura, porque si de otra
guisa lo hicieres y no tomases el viento, los ánades no
esperarían tan bien y el halcón tiraría por ellas y
podría perderse. Y haciendo esto que te digo, el halcón toma su
altura y pasa por encima de los ánades y ellos están tranquilos;
los ve el halcón y entonces conoce sobre qué vuela y
todavía se pone más alto. No seas codicioso ni deseoso de
levantar las ánades hasta que tu halcón tenga su altura, porque
si de otra manera lo hicieres, tu halcón tomaría mala costumbre,
no se alzaría mucho y tendrías luego que hacerlo levantar.
Además, si levantares andando el halcón bajo y los ánades
se elevasen, el halcón no tendría altura para alcanzar y golpar;
tiraría por el ánade a la tira y sería gran enojo y
peligro de perder el halcón. Además, sería un feo volar,
pues toda la naturaleza, nobleza y bien del halcón altanero es que sea
lo más alto que pudiere.
Cuando vieres que tu halcón
está en su altura, levanta, siempre viento arriba y al través, en
manera que eches los ánades por seco, pues entonces vendrá mejor
tu halcón, porque entiende que puede cobrar. Y si aguare y saliere fuera
de la ribera, deja tomar altura a tu halcón y torna a levantarle los
ánades; si matare, acude luego, y si cobró, llega quedo a
él y quítasela de las manos muy dulcemente y cabalga y corre la
ribera hasta que tu halcón se levante; si otros ánades hubiere
allí, haz como primero hiciste, y si no los hay, o no quieres más
volar, da señuelo a tu halcón y de comer; dale siempre lengua y
corazón del ánade y una pierna de gallina, y está quedo
con él hasta que se limpie y se sacuda.
Si tu halcón, andando en la ribera
sale y sigue alguna ralea, y si el halcón es pollo y está en el
comienzo de su volar y está quedo, tú dale voces porque torne, y
si no quisiere tornar, muéstrale el señuelo, y si tornare dale
señuelo y de comer; no procures hacerle volar más entonces, y
sábete que ha hecho bastante, pues tornó a tu mandado. Pero si el
halcón es ya volante y sabe lo que ha de hacer, y sale como he dicho y
torna, déjalo andar, y si ánades ahí se levantaren, haz
como debes.
Procura no hacer volar tu halcón
sobre aves menudas y sobre poca agua, porque si cuando el halcón viene a
golpar no halla una cerceta suficiente grande, da en tierra y lisiase. Pero si
el agua fuere mucha, así como gran laguna, y hubiere allí
trullos, cercetas, alzaderas y de tales aves menudas, haz volar tu
halcón y levántaselas, porque siempre tornan al agua, y en esto
se afeitan mucho los halcones nuevos, en venir abajo y alzar y
engolosínanse mucho; cuando un largo tiempo hubieren así volado y
acuchillado en ellas, dale señuelo cerca del agua y dale de comer, y no
pases cuidado aunque no recobre ninguna de ellas.
Si los ánades estuvieren en seco,
no hagas volar tu halcón hasta que entren los ánades en el agua,
porque de otra manera se levantarían y el halcón tiraría y
perderla su vuelo. Pero si vieres que están orilla del agua,
espéralas que entren en el agua; si vieres que no quieren y no hallas
otra cosa y tienes borní torzuelo altanero, hazlo volar, y por ventura
entrarán entonces en el agua los ánades, y si se fueren, el
borní no las seguirá, y así excusarás de no
aventurar el neblí; comunalmente esto hacen los ánades en el
tiempo de las grandes heladas, porque no pueden romper el agua.
Están los ánades fuera de
los arroyos y lagunas cuando ha llovido mucho y hay muchas aguas sobradas, de
modo que en los prados están todas las hierbas cubiertas de agua, y los
ánades posan y piensan de si; no tienen sino los pies cubiertos de agua,
y no entran en los arroyos, por cuanto el agua corre recio por la mucha que
traen, y hay peligro; vela entonces al halcón, porque están los
ánades tanto como en deseo, y te guardarás de hacer volar a tu
halcón en tal lugar.
Pon todo tu saber y toda tu diligencia en
que tu halcón revuele y remonte, y en esto afánate cuanto
pudieres, porque éste es el caudal del neblí. Procura
también, mate o no, llevar señuelo si no está tu
halcón volando un poco alto, aunque cuanto más alto estuviere,
cuando le dieres el señuelo, será mejor. Y si estuviere posado en
tierra, o en árbol, o en casa, espérale hasta que se levante, y
cabalga la ribera y dale voces, y cuando se levantare y anduviere un poco sobre
el agua, si no hay ánades que le levantes, entonces dale señuelo,
de comer y de roer, si quieres ir a cazar otros ánades.
Acaece que los ánades, desde que
son golpadas o aguadas, se encierran así en el agua y con el gran miedo
del halcón no quieren salir, y hay halcones tan rabiosos y caninos que,
cuando las ven así vencidas y rendidas en el agua, se posan en la ribera
cerca de ellas, y cuando las ven lánzanse en el agua procurando
tomarlas; llaman los cazadores a esto pescar; evítalo con el remedio que
se pudiere poner, y no hay otra forma de cobro sino lo más rápido
que pudieres, con vara, o con arrejaque o ballesta, cobres el ánade,
pues anda muerta. Cabalga y corre la ribera, para que tu halcón se alce,
y cuando lo vieres elevado, da señuelo; si se hubiere mojado y estuviere
en tierra porque no se pueda levantar a volar, tómalo y no le des
entonces de comer, mate o no, y en adelante, si vieres que el halcón a
menudo hace esto, antes sufre que se pierda el ánade y da señuelo
a tu halcón, antes que venga aquello, que es una cosa que los halcones
hacen a menudo desde que a ello se acostumbran, y observa además si lo
hace con gran hambre, porque anda flaco; y si esto fuere, súbelo en la
carne.
Véngate siempre a las mientes que
el día en que nació el neblí para ser tomado por el
hombre, y cazar con él, en ese día nació la gallina, y
siempre tráela contigo, viva; y aunque tu halcón mate otras
presas y les de algunas picaduras de ellas, o el corazón, sin embargo,
la gorja házsela siempre de gallina, porque lo conserva siempre templado
y sin orgullo, ya que la carne de ánades y aves de ribera, y de otras
cualquier presas es mochina y salvaje, enorgullece al halcón y lo hincha
de horrura y no obedece al señuelo ni cuida de las raleas.
La gallina que hubieres de dar a tu
halcón, no sea muy vieja, y procura que sea sana, pues si fuese
doliente, o pepitosa, sería gran daño para tu halcón.
El día que tu halcón no
volare en ribera, o a buscar otra presa, no olvides señolearle a la
tira, si hiciere buen tiempo, que no llueva o haga gran viento, o niebla, o
estuvieres en monte; porque entonces sería peligroso y lo podrías
perder; dale entonces señuelo junto a ti, y de comer.
Pero si le señoleares a la tira y
tuvieres gallina encubiertamente, dásela a degollar por la boca, y beba
la sangre, que es muy sana, y así se lo oí al Vizcon |