 Desde mi celda
Gustavo Adolfo Bécquer
[Nota preliminar: edición digital a partir de la
de Obras de Gustavo Adolfo Bécquer (Madrid, Fortanet,
1871, T. II, pp. 3-132) y cotejada con las ediciones críticas
de María del Pilar Palomo (Barcelona, Planeta, 1982),
José Montero Padilla (Salamanca, Anaya, 1970) y Darío
Villanueva (Madrid, Castalia, 1985). Seguimos los criterios
de esta última en cuanto a composición de un
texto del que se han editado diferentes versiones.]
 - I -
Queridos amigos: Heme aquí transportado de la noche
a la mañana a mi escondido valle de Veruela; heme
aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón
del cual salí por un momento para tener el gusto de
estrecharos la mano una vez más, fumar un cigarro
juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque
inquietas, horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad
por otra, particularmente hoy, que todos los grandes centros
de población se parecen, apenas se percibe el aislamiento
en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la
identidad de los edificios, los trajes y las costumbres,
que al volver la primera esquina vamos a hallar la casa a
que concurríamos, las personas que estimábamos,
las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hablar
de continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica
belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada
y sobrecoge a la vez, diríase, por el contrario, que
los montes que lo cierran como un valladar inaccesible, nos
separan por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste
de cuanto se ofrece a nuestros ojos; tan vagos y perdidos
quedan al confundirse entre la multitud de nuevas ideas y
sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes!
Ayer, con vosotros, en la tribuna del Congreso, en la redacción,
en el teatro Real, en La Iberia; hoy, sonándome aún
en el oído la última frase de una discusión
ardiente, la última palabra de un artículo
de fondo, el postrer acorde de un andante, el confuso rumor
de cien conversaciones distintas, sentado a la lumbre de
un campestre hogar, donde arde un tronco de carrasca que
salta y cruje antes de consumirse, saboreo en silencio mi
taza de café, único exceso que en estas soledades
me permito, sin que turbe la honda calma que me rodea otro
ruido que el del viento que gime a lo largo de las desiertas
ruinas y el agua que lame los altos muros del monasterio
o corre subterránea atravesando sus claustros sombríos
y medrosos. Una muchacha, con su zagalejo corto y naranjado,
su corpiño oscuro, su camisa blanca y cerrada, sobre
la que brillan dos gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias
azules y sus abarcas atadas con un listón negro que
sube cruzándose caprichosamente hasta la mitad de
la pierna, va y viene cantando a media voz por la cocina,
atiza la lumbre del hogar, tapa y destapa los pucheros donde
se condimenta la futura cena, y dispone el agua hirviente,
negra y amarga, que me mira beber con asombro. A estas alturas,
y mientras dura el frío, la cocina es el estrado,
el gabinete y el estudio. Cuando sopla el cierzo, cae la
nieve, o azota la lluvia los vidrios del balcón de
mi celda, corro a buscar la claridad rojiza y alegre de la
llama, y allí, teniendo a mis pies al perro, que se
enrosca junto a la lumbre, viendo brillar en el oscuro fondo
de la cocina las mil chispas de oro con que se abrillantan
las cacerolas y los trastos de la espetera al reflejo del
fuego, ¡cuántas veces he interrumpido la lectura de
una escena de La tempestad, de Shakespeare, o del Caín,
de Byron, para oír el ruido del agua que hierve a
borbotones, coronándose de espuma y levantando con
sus penachos de vapor azul y ligero la tapadera de metal
que golpea los bordes de la vasija! Un mes hace que falto
de aquí, y todo se encuentra lo mismo que antes de
marcharme. El temeroso respeto de estos criados hacia todo
lo que me pertenece no puede menos de traerme a la imaginación
las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes arreglos
de cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla,
cubiertos de polvo, pero con las mismas señales y
colocados en el orden en que yo los tenía, están
aún mis libros y mis papeles. Más allá
cuelga de un clavo la cartera de dibujo; en un rincón
veo la escopeta, compañera inseparable de mis filosóficas
excursiones, con la cual he andado mucho, he pensado bastante
y no he matado casi nada. Después de apurar mi taza
de café, y mientras miro danzar las llamas violadas,
rojas y amarillas a través del humo del cigarro que
se extiende ante mis ojos como una gasa azul, he pensado
un poco sobre qué escribiría a ustedes para
El Contemporáneo, ya que me he comprometido a contribuir
con una gota de agua a llenar ese océano sin fondo,
ese abismo de cuartillas que se llama un periódico,
especie de tonel que, como el de las Danaidas, siempre se
le está echando original y siempre está vacío.
Las únicas ideas que me han quedado como flotando
en la memoria y sueltas de la masa general que ha oscurecido
y embotado el cansancio del viaje se refieren a los detalles
de éste, detalles que carecen en sí de interés,
que en otras mil ocasiones he podido estudiar, pero que nunca
como ahora se han ofrecido a mi imaginación en conjunto
y contrastando entre sí de un modo tan extraordinario
y patente. Los diversos medios de locomoción de que
he tenido que servirme para llegar hasta aquí me han
recordado épocas y escenas tan distintas, que algunos
ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por
pluma más avezada que la mía a esta clase de
estudios, bastarían a bosquejar un curioso cuadro
de costumbres. Como por todo equipaje no llevaba más
que un pequeño saco de noche, después de haberme
despedido de ustedes llegué a la estación del
ferrocarril a punto de montar en el tren. Previo un ligero
saludo de cabeza dirigido a las pocas personas que de antemano
se encontraban en el coche y que habían de ser mis
compañeras de viaje, me acomodé en un rincón,
esperando el momento de arrancar, que no debía tardar
mucho, a juzgar por la precipitación de los rezagados,
el ir y venir de los guardas de la vía y el incesante
golpear de las portezuelas. La locomotora arrojaba ardientes
y ruidosos resoplidos, como un caballo de raza, impaciente
hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene en el
hipódromo. De cuando en cuando, una pequeña
oscilación hacía crujir las coyunturas de acero
del monstruo; por último, sonó la campana,
el coche hizo un brusco movimiento de adelante a atrás
y de atrás a adelante, y aquella especie de culebra
negra y monstruosa partió arrastrándose por
el suelo a lo largo de los rails y arrojando silbidos estridentes
que resonaban de una manera particular en el silencio de
la noche. La primera sensación que se experimenta
al arrancar un tren es siempre insoportable. Aquel confuso
rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel
fragor de ferretería ambulante, igual, aunque en grado
máximo, al que produce un simón desvencijado
al rodar por una calle mal empedrada, crispa los nervios,
marea y aturde. Verdad que en ese mismo aturdimiento hay
algo de la embriaguez de la carrera, algo de lo vertiginoso
que tiene todo lo grande; pero, como quiera que, aunque mezclado
con algo que place, hay mucho que incomoda, también
es cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuación
de las impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir
que se pertenece uno a sí mismo por completo. Apenas
hubimos andado algunos kilómetros, y cuando pude hacerme
cargo de lo que había a mi alrededor, empecé
a pasar revista a mis compañeros de coche; ellos,
por su parte, creo que hacían algo por el estilo,
pues con más o menos disimulo todos comenzamos a mirarnos
unos a otros de los pies a la cabeza. Como dije antes, en
el coche nos encontrábamos muy pocas personas. En
el asiento que hacía frente al en que yo me había
colocado, y sentada de modo que los pliegues de su amplia
y elegante falda de seda me cubrían casi los pies,
iba una joven como de dieciséis a diecisiete años,
la cual, a juzgar por la distinción de su fisonomía
y ese no sé qué aristocrático que se
siente y no puede explicarse, debía pertenecer a una
clase elevada. Acompañábala un aya, pues tal
me pareció una señora muy atildada y fruncida
que ocupaba el asiento inmediato y que de cuando en cuando
le dirigía la palabra en francés para preguntarle
cómo se sentía, qué necesitaba o advertirla
de qué manera estaría más cómoda.
La edad de aquella señora y el interés que
se tomaba por la joven pudieran hacer creer que era su madre;
pero, a pesar de todo, yo notaba en su solicitud algo de
afectado y mercenario, que fue el dato que, desde luego,
tuve en cuenta para clasificarla. Haciendo vis-à-vis
con el aya francesa, y medio enterrado entre los almohadones
de un rincón, como viajero avezado a las noches de
ferrocarril, estaba un inglés alto y rubio, como casi
todos los ingleses, pero más que ninguno grave, afeitado
y limpio. Nada más acabado y completo que su traje
de touriste; nada más curioso que sus mil cachivaches
de viaje, todos blancos y relucientes; aquí la manta
escocesa, sujeta con sus hebillas de acero; allá el
paraguas y el bastón con su funda de vaqueta, terciada
al hombro la cómoda y elegante bolsa de piel de Rusia.
Cuando volví los ojos para mirarle, el inglés,
desde todo lo alto de su deslumbradora corbata blanca, paseaba
una mirada olímpica sobre nosotros, y luego que su
pupila verde, dilatada y redonda, se hubo empapado bien en
los objetos, entornó nuevamente los párpados,
de modo que, heridas por la luz que caía de lo alto,
sus pestañas largas y rubias se me antojaban a veces
dos hilos de oro que sujetaban por el cabo una remolacha,
pues no a otra cosa podría compararse su nariz. Formando
contraste con este seco y estirado gentleman, que, una vez
entornados los ojos y bien acomodado en su rincón,
permanecía inmóvil como una esfinge de granito
en el extremo opuesto del coche, y ya poniéndose de
pie, ya agachándose para colocar una enorme sombrerera
debajo del asiento, o recostándose alternativamente
de un lado y de otro como al que aqueja un dolor agudo y
de ningún modo se encuentra bien, bullía sin
cesar un señor como de cuarenta años, saludable,
mofletudo y rechoncho, el cual señor, a lo que pude
colegir por sus palabras, vivía en un pueblo de los
inmediatos a Zaragoza, de donde nunca había salido
sino a la capital de su provincia, hasta que, con ocasión
de ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que formaba
parte en su país, había estado últimamente
en la corte como cosa de un mes. Todo esto, y mucho más,
se lo dijo él solo, sin que nadie se lo preguntara,
porque el bueno del hombre era de lo más expansivo
con que he topado en mi vida, mostrando tal afán por
enredar conversación sobre cualquier cosa, que no
perdonaba coyuntura. Primero suplicó al inglés
le hiciese el favor de colocar un cestito con dos botellas
en la bolsa del coche que tenía más próxima;
el inglés entreabrió los ojos, alargó
una mano y lo hizo sin contestar una sola palabra a las expresivas
frases con que le agradeciera el obsequio. De seguida se
dirigió a la joven para preguntarle si la señora
que la acompañaba era su mamá. La joven le
contestó que no con una desdeñosa sobriedad
de palabras. Después se encaró conmigo, deseando
saber si seguiría hasta Pamplona; satisfice esta pregunta,
y él, tomando pie de mi contestación, dijo
que se quedaba en Tudela; y a propósito de esto habló
de mil cosas diferentes y todas a cuál de menos importancia,
sobre todo para los que le escuchábamos. Cansado de
su desesperante monólogo o agotados los recursos de
su imaginación, nuestro buen hombre, que, por lo visto,
se fastidiaba a más no poder dentro de aquella atmósfera
glacial y afectada, tan de buen tono entre personas que no
se conocen, comenzó a poco, sin duda para distraer
su aburrimiento, una serie de maniobras a cual más
inconvenientes y originales. Primero cantó un rato
a media voz alguna de las habaneras que había oído
en Madrid a la criada de la casa de pupilos, después
comenzó a atravesar el coche de un extremo a otro,
dando aquí al inglés con el codo o pisando
allí el extremo del traje de las señoras para
asomarse a las ventanillas de ambos lados; por último,
y esta fue la broma más pesada, dio en la flor de
bajar los cristales en cada una de las estaciones para leer
en alta voz el nombre del pueblo pedir agua o preguntar los
minutos que se detendría el tren. En unas y en otras,
ya nos encontrábamos cerca de Medinaceli y la noche
se había entrado fría, anubarrada y desagradable;
de modo que cada vez que se abría una de las portezuelas
se estaba en peligro inminente de coger un catarro. El inglés,
que hubo de comprenderlo así, se envolvió silenciosamente
en su magnífica manta escocesa; la joven, por consejo
del aya, que se lo dijo en alta voz, se puso un abrigo; yo,
a falta de otra cosa, me levanté el cuello del gabán
y hundí cuanto pude la cabeza entre los hombros. Nuestro
hombre, sin embargo, prosiguió impertérrito
practicando la misma peligrosa operación tantas veces
cuantas paraba el tren, hasta que, al cabo, no sé
si cansado de este ejercicio o advertido de la escena muda
de arropamiento general que se repetía tantas veces
cuantas él abría la ventanilla, cerró
con aire de visible mal humor los cristales, tornando a echarse
en su rincón, donde a los pocos minutos roncaba como
un bendito, topando al aire y amenazando aplastarme la nariz
con la coronilla en uno de aquellos bruscos vaivenes que
de cuando en cuando le hacían salir sobresaltado de
su modorra, para restregarse los ojos, mirar el reloj y volverse
a dormir de nuevo. El peso de las altas horas de la noche
comenzaba a dejarse sentir. En el wagón reinaba un
silencio profundo, interrumpido solo por el eterno y férreo
crujir del tren y algún que otro resoplido de nuestro
amodorrado compañero, que alternaba en esta tarea
con la máquina. El inglés se durmió
también, pero se durmió grave y dignamente,
sin mover pie ni mano, como si, a pesar del letargo que le
embargaba, tuviese la conciencia de su posición. El
aya comenzó a cabecear un poco, acabando por bajar
el velo de su capota oscura y dormirse en estilo semiserio.
Quedamos, pues, desvelados, como las vírgenes prudentes
de la parábola, tan solo la joven y yo. A decir verdad,
yo también me hubiera rendido al peso del aturdimiento
y a las fatigas de la vigilia si hubiese tenido la seguridad
de mantenerme en mi sueño en una actitud, si no tan
grave como la del inmóvil gentleman, al menos no tan
grotesca como la del buen regidor aragonés, que ora
dejándose caer la gorra en una cabezada, ora roncando
como un órgano o balbuceando palabras ininteligibles,
ofrecía el espectáculo más chistoso
que imaginarse puede. Para despabilarme un poco, resolví
dirigirle la palabra a la joven; pero, por una parte, temía
cometer una indiscreción, mientras por otra, y no
era esto lo menos para permanecer callado, no sabía
cómo empezar. Entonces volví los ojos, que
hasta entonces había tenido clavados en ella con alguna
insistencia, y me entretuve en ver pasar a través
de los cristales, y sobre una faja de terreno oscuro y monótono,
ya las blancas nubes de humo y de chispas que se quedaban
al paso de la locomotora rozando la tierra y como suspendidas
e inmóviles, ya los palos del telégrafo, que
parecían perseguirse y querer alcanzarse unos a otros
lanzados a una carrera fantástica. No obstante, la
aproximación de aquella mujer hermosa que yo sentía
aun sin mirarla, el roce de su falda de seda que tocaba a
mis pies y crujía a cada uno de sus movimientos, el
sopor vertiginoso del incesante ruido, la languidez del cansancio,
la misteriosa embriaguez de las altas horas de la noche,
que pesan de una manera tan particular sobre el espíritu,
comenzaron a influir en mi imaginación, ya sobreexcitada
extrañamente. Estaba despierto; pero mis ideas iban
poco a poco tomando esa forma extravagante de los ensueños
de la mañana, historias sin principio ni fin, cuyos
eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa claridad
y vuelven a soldarse apenas se corren las cortinas del lecho.
La vista se me fatigaba de ver pasar, eterna, monótona
y oscura como un mar de asfalto, la línea del horizonte,
que ya se alzaba, ya se deprimía, imitando el movimiento
de las olas. De cuando en cuando dejaba caer la cabeza sobre
el pecho, rompía el hilo de las historias extraordinarias
que iba fingiendo en la mente y entornaba los ojos; pero
apenas los volvía a abrir, encontraba siempre delante
de ellos a aquella mujer, y tornaba a mirar por los cristales,
y tornaba a soñar imposibles. Yo he oído decir
a muchos, y aun la experiencia me ha enseñado un poco,
que hay horas peligrosas, horas lentas y cargadas de extraños
pensamientos y de una voluptuosa pesadez, contra las que
es imposible defenderse; en esas horas, corno cuando nos
turban la cabeza los vapores del vino, los sonidos se debilitan
y parece que se oyen muy distantes, los objetos se ven como
velados por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espíritu,
que recobra para sí todas las fuerzas que pierde la
materia. Las horas de la madrugada, esas horas que deben
tener más minutos que las demás, esas horas
en que entre el caos de la noche comienza a forjarse el día
siguiente, en que el sueño se despide con su última
visión y la luz se anuncia con ráfagas de claridad
incierta, son, sin duda alguna, las que en más alto
grado reúnen semejantes condiciones. Yo no sé
el tiempo que transcurrió mientras a la vez dormía
y velaba, ni tampoco me sería fácil apuntar
algunas de las fantásticas ideas que cruzaron por
mi imaginación, porque ahora sólo recuerdo
cosas desasidas y sin sentido, como esas notas sueltas de
una música lejana que trae el viento a intervalos
en ráfagas sonoras; lo que sí puedo asegurar
es que gradualmente se fueron embotando mis sentidos, hasta
el punto que cuando un gran estremecimiento, una bocanada
de aire frío y la voz del guarda de la vía
me anunciaron que estaba en Tudela, no supe explicarme cómo
me encontraba tan pronto en el término de la primera
parte de mi peregrinación. Era completamente de día,
y por la ventanilla del coche, que había abierto de
par en par el señor gordo, entraban a la vez el sol
rojizo y el aire fresco de la mañana. Nuestro regidor
aragonés, que, por lo que podía colegirse,
no veía la hora de dejar tan poco agradable reunión,
apenas se convenció de que estábamos en Tudela,
tercióse la capa al hombro, cogió en una mano
su sombrerera monstruo, en la otra el cesto, y saltó
al andén con una agilidad que nadie hubiera sospechado
en sus años y en su gordura. Yo tomé asimismo
el pequeño saco, que era todo mi equipaje; dirigí
una última mirada a aquella mujer, que acaso no volvería
a ver más, y que había sido la heroína
de mi novela de una noche, y, después de saludar a
mis compañeros, salí del wagón buscando
a un chico que llevase aquel bulto y me condujese a una fonda
cualquiera. Tudela es un pueblo grande, con ínfulas
de ciudad, y el parador adonde me condujo mi guía,
una posada con ribetes de fonda. Sentéme y almorcé;
por fortuna, si el almuerzo no fue gran cosa, la mesa y el
servicio estaban limpios. Hagamos esta justicia a la navarra
que se encuentra al frente del establecimiento. Aún
no había tomado los postres, cuando el campanillazo
de las colleras, los chasquidos del látigo y las voces
del zagal que enganchaba las mulas me anunciaron que el coche
de Tarazona iba a salir muy pronto. Cuando acabé de
prisa y corriendo de tomar una taza de café bastante
malo, y clarito por más señas, ya se oían
los gritos de ¡»Al coche, al coche!», unidos a las despedidas
en alta voz, al ir y venir de los que colocaban los equipajes
en la baca y las advertencias mezcladas de interjecciones
del mayoral, que dirigía las maniobras desde el pescante
como un piloto desde la popa de su buque. La decoración
había cambiado por completo, y nuevos y característicos
personajes se encontraban en escena. En primer término,
y unos recostados contra la pared, otros sentados en los
marmolillos de las esquinas o agrupados en derredor del
coche, veíanse hasta quince o veinte desocupados del
lugar, para quienes el espectáculo de una diligencia
que entra o sale es todavía un gran acontecimiento.
Al pie del estribo, algunos muchachos, desharrapados y sucios,
abrían con gran ociosidad las portezuelas, pidiendo
indirectamente una limosna, y en el interior del ómnibus,
pues este era propiamente el nombre que debiera darse al
vehículo que iba a conducirnos a Tarazona, comenzaban
a ocupar sus asientos los viajeros. Yo fui uno de los primeros
en colocarme en mi sitio, al lado de dos mujeres, madre e
hija, naturales de un pueblo cercano y que venían
de Zaragoza, donde, según me dijeron, habían
ido a cumplir no sé qué voto a la Virgen del
Pilar: la muchacha tenía los ojos retozones, y de
la madre se conservaba todo lo que a los cuarenta y pico
de años puede conservarse de una buena moza. Tras
mí entró un estudiante del Seminario, a quien
no hubo de parecer saco de paja la muchacha, pues viendo
que no podía sentarse junto a ella, porque ya lo había
hecho yo, se compuso de modo que en aquellas estrecheces
se tocasen rodilla con rodilla. Siguieron al estudiante otros
dos individuos del sexo feo, de los cuales el primero parecía
militar en situación de reemplazo, y el segundo, uno
de esos pobres empleados de poco sueldo, a quienes a cada
instante trasiega el Ministerio de una provincia a otra.
Ya estábamos todos y cada uno en su lugar correspondiente,
y dándonos el parabién porque íbamos
a estar un poco holgados, cuando apareció en la portezuela,
y como un retrato dentro de su moldura, la cabeza de un clérigo
entrado en edad, pero guapote y de buen color, al que acompañaba
una ama o dueña, como por aquí es costumbre
llamarles, que en punto a cecina de mujer, era de lo mejor
conservado y apetitoso a la vista que yo he encontrado de
algún tiempo a esta parte. Sintieron unos y se alegraron
otros de la llegada de los nuevos compañeros, siendo
de los segundos el escolar, el cual encontró ocasión
de encajarse más estrechamente con su vecina de asiento,
mientras hacía un sitio al ama del cura, sitio pequeño
para el volumen que había de ocuparlo, aunque grande
por la buena voluntad con que se le ofrecía. Sentóse
el ama, acomodóse el clérigo, y ya nos disponíamos
a partir, cuando, como llovido del cielo o salido de los
profundos, hete aquí que se nos aparece mi famoso
hombre gordo del ferrocarril, con su imprescindible cesto
y su monstruosa sombrerera. Referir las cuchufletas, las
interjecciones, las risas y los murmullos que se oyeron a
su llegada sería asunto imposible, corno tampoco es
fácil recordar las maniobras de cada uno de los viajeros
para impedir que se acomodase a su lado. Pero aquel era el
elemento de nuestro hombre gordo: allí donde se reía,
se empujaba, y unos manoteando, otros impasibles, todos hablaban
a un tiempo, se encontraba el buen regidor como el pez en
el agua o el pájaro en el aire. A las cuchufletas
respondía con chanzas; a las interjecciones, encogiéndose
de hombros, y a los envites de codos, con codazos, y de manera
que a los pocos minutos ya estaba sentado y en conversación
con todos, como si los conociese de antigua fecha. En esto
partió el coche, comenzando ese continuo vaivén
al compás del trote de las mulas, las campanillas
del caballo delantero, el saltar de los cristales, el revolotear
de los visillos y los chasquidos del látigo del mayoral,
que constituyen el fondo de la armonía de una diligencia
en marcha. Las torres de Tudela desaparecieron detrás
de una loma bordada de viñedos y olivares. Nuestro
hombre gordo, apenas se vio engolfado camino adelante y en
compañía tan franca, alegre y de su gusto,
desenvainó del cesto una botella y la merienda correspondiente
para echar un taco. Dada la señal del combate, el
fuego se hizo general a toda la línea, y unos de la
fiambrera de hojalata, otros de un canastillo o del número
de un periódico, cada cual sacó su indispensable
tortilla de huevos con variedad de tropezones. Primero la
botella, y cuando ésta se hubo apurado, una bota de
media azumbre del seminarista, comenzaron a andar a la ronda
por el coche. Las mujeres, aunque se excusaban tenazmente,
tuvieron que humedecerse la boca con el vino; el mayoral,
dejando el cuidado de las mulas al delantero, sentóse
de medio ganchete en el pescante y formó parte del
corro, no siendo de los más parcos en el beber; yo,
aunque con nada había contribuido al festín,
también tuve que empinar el codo más de lo
que acostumbro. A todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje,
de modo que con el aturdimiento del vinillo, el continuo
vaivén, el tropezón de codos y rodillas, las
risotadas de estos, el gritar de aquellos, las palabritas
a media voz de los de más allá, un poco de
sol enfilado a los ojos por las ventanillas y un bastante
de polvo del que levantaban las mulas, las tres horas de
camino que hay desde Tarazona a Tudela pasaron entre gloria
y purgatorio, ni tan largas que me dieran lugar a desesperarme,
ni tan breves que no viera con gusto el término de
mi segunda jornada. En Tarazona nos apeamos del coche entre
una doble fila de curiosos, pobres y chiquillos. Despedímonos
cordialmente los unos de los otros, volví a encargar
a un chicuelo de la conducción de mi equipaje, y me
encaminé al azar por aquellas calles estrechas, torcidas
y oscuras, perdiendo de vista, tal vez para siempre, a mi
famoso regidor, que había empezado por cargarme, concluyendo,
al fin, por hacerme feliz con su eterno buen humor, su incansable
charla y su inquietud, increíble en una persona de
su edad y su volumen. Tarazona es una ciudad pequeña
y antigua; más lejos del movimiento que Tudela, no
se nota en ella el mismo adelanto, pero tiene un carácter
más original y artístico. Cruzando sus calles
con arquillos y retablos, con caserones de piedra llenos
de escudos y timbres heráldicos, con altas rejas de
hierro de labor exquisita y extraña, hay momentos
en que se cree uno transportado a Toledo, la ciudad histórica
por excelencia. Al fin, después de haber discurrido
un rato por aquel laberinto de calles, llegamos a la posada,
que posada era, con todos los accidentes y el carácter
de tal, el punto a que me condujo mi guía. Figúrense
ustedes un medio punto de piedra carcomida y tostada, en
cuya clave luce un escudo surmontado de un casco que en vez
de plumas tiene en la cimera una pomposa mata de jaramagos
amarillos, nacida entre las hendiduras de los sillares, junto
al blasón de los que fueron un día señores
de aquella casa solariega hay un palo, con una tabla en la
punta a guisa de banderola, en que se lee con grandes letras
de almagre el título del establecimiento; el nudoso
y retorcido tronco de una parra que comienza a retoñar
cubre de hojas verdes, transparentes e inquietas, un ventanuquillo
abierto en el fondo de una antigua ojiva rellena de argamasa
y guijarros de colores; a los lados del portal sirven de
asiento algunos trozos de columnas, sustentados por rimeros
de ladrillos o capiteles rotos y casi ocultos entre las hierbas
que crecen al pie del muro, en el cual, y entre remiendos
y parches de diferentes épocas, unos blancos y brillantes
aún, otros con oscuras manchas de ese barniz particular
de los años, se ven algunas estaquillas de madera
clavadas en las hendiduras. Tal se ofreció a mis ojos
el exterior de la posada; el interior no parecía menos
pintoresco. A la derecha, y perdiéndose en la media
luz que penetraba de la calle, veíase una multitud
de arcos chatos y macizos que se cruzaban entre sí,
dejando espacio en sus huecos a una larga fila de pesebres,
formados de tablas mal unidas al pie de los postes, y diseminados
por el suelo, tropezábase aquí con las enjalmas
de una caballería, allá con unos cuantos pellejos
de vino o gruesas sacas de lana, sobre las que merendaban,
sentados en corro y con el jarro en primer lugar, algunos
arrieros y trajinantes. En el fondo, y caracoleando, pegada
a los muros o sujeta con puntales, subía a las habitaciones
interiores una escalerilla empinada y estrecha, en cuyo hueco,
y revolviendo un haz de paja, picoteaban los granos perdidos
hasta una media docena de gallinas; la parte de la izquierda,
a la que daba paso un arco apuntado y ruinoso, dejaba ver
un rincón de la cocina iluminada por el resplandor
rojizo y alegre del hogar, en donde formaban un gracioso
grupo la posadera, mujer frescota y de buen temple, aunque
entrada en años; una muchacha vivaracha y despierta,
como de quince a dieciséis, y cuatro o cinco chicuelos
rubios y tiznados, amén de un enorme gato rucio y
dos o tres perros que se habían dormido al amor de
la lumbre. Después de dar un vistazo a la posada,
hice presente al posadero el objeto que en su busca me traía,
el cual estaba reducido a que me pusiese en contacto con
alguien que me quisiera ceder una caballería para
trasladarme a Veruela, punto al que no se puede llegar de
otro modo. Hízolo así el posadero, ajusté
el viaje con unos hombres que habían venido a vender
carbón de Purujosa y se tornaban de vacío,
y héteme aquí otra vez en marcha y camino del
Moncayo, atalajado en una mula como en los buenos tiempos
de la Inquisición y el rey absoluto. Cuando me vi
en mitad del camino, con aquellas subidas y bajadas tan escabrosas,
rodeado de los carboneros que marchaban a pie a mi lado cantando
una canción monótona y eterna; delante de mis
ojos la senda, que parecía una culebra blancuzca e
interminable que se alejaba enroscándose por entre
las rocas, desapareciendo aquí y tornándose
a aparecer más allá, y a un lado y otro los
horizontes inmóviles y siempre los mismos, figurábaseme
que hacía un año que me había despedido
de ustedes, que Madrid se había quedado en el otro
cabo del mundo; que el ferrocarril que vuela, dejando atrás
las estaciones y los pueblos, salvando los ríos y
horadando las montañas, era un sueño de la
imaginación o un presentimiento de lo futuro. Como
la verdad es que yo fácilmente me acomodo a todas
las cosas, pronto me encontré bien con mi última
manera de caminar, y dejando ir la mula a su paso lento y
uniforme, eché a volar la fantasía por los
espacios imaginarios, para que se ocupase en la calma y en
la frescura sombría de los sotos de álamos
que bordan el camino, en la luminosa serenidad del cielo,
o saltase, como salta el ligero montañés, de
peñasco en peñasco, por entre las quiebras
del terreno, ora envolviéndose como en una gasa de
plata en la nube que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa
emoción el fondo de los precipicios por donde va el
agua, unas veces ligera, espumosa y brillante, y otras sin
ruido, sombría y profunda. Como quiera que cuando
se viaja así la imaginación desasida de la
materia, tiene espacio y lugar para correr volar y juguetear
como una loca por donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado
del espíritu, que es el que se apercibe de todo, sigue
impávido su camino, hecho un bruto y atalajado, como
un pellejo de aceite, sin darse cuenta de sí mismo
ni saber si se cansa o no. En esta disposición de
ánimo anduvimos no sé cuántas horas,
porque ya no tenía ni conciencia del tiempo, cuando
un airecillo agradable, aunque un poco fuerte, me anunció
que habíamos llegado a la más alta de las cumbres
que por la parte de Tarazona rodean el valle, término
de mis peregrinaciones. Allí, después de haberme
apeado de la caballería para seguir a pie el poco
camino que me faltaba, pude exclamar, como los cruzados a
la vista de la ciudad santa: Ecco aparir Gierusalem si vede.
En efecto, en el fondo del
melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas
ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas
cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre
el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la
última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas
y las puntiagudas torres del monasterio en donde, ya instalado
en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria
y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar
la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros a soportar
la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad
y su natural propensión a la vagancia se lo permitan.
 - II -
Queridos amigos: Si me vieran ustedes en algunas ocasiones
con la pluma en la mano y el papel delante, buscando un asunto
cualquiera para emborronar catorce o quince cuartillas, tendrían
lástima de mí. Gracias a Dios que no tengo
la perniciosa cuanto fea costumbre de morderme las uñas
en casos de esterilidad, pues hasta tal puntó me encuentro
apurado e irresoluto en estos trances, que ya sería
cosa de haberme comido la primera falange de los dedos. Y
no es precisamente porque se hayan agotado de tal modo mis
ideas que, registrando en el fondo de la imaginación,
en donde andan enmarañadas e indecisas, no pudiese
topar con alguna y traerla, a ser preciso, por la oreja,
como dómine de lugar a muchacho travieso. Pero no
basta tener una idea; es necesario despojarla de su extraña
manera de ser, vestirla un poco al uso para que esté
presentable, aderezarla y condimentarla, en fin, a propósito
para el paladar de los lectores de un periódico, político
por añadidura. Y aquí está lo espinoso
del caso, aquí la gran dificultad. Entre los pensamientos
que antes ocupaban mi imaginación y los que aquí
han engendrado la soledad y el retiro, se ha trabado una
lucha titánica, hasta que, por último, vencidos
los primeros por el número y la intensidad de sus
contrarios, han ido a refugiarse no sé dónde,
porque yo los llamo y no me contestan, los busco y no parecen.
Ahora bien: lo que se siente y se piensa aquí en armonía
con la profunda calma y el melancólico recogimiento
de estos lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que
viven en ese torbellino de encontrados intereses, de pasiones
sobreexcitadas, de luchas continuas, que se llama la corte?
Yo juzgo de la impresión que pueden hacer ideas que
nacen y se desarrollan en la austera soledad de estos claustros
por la que a su vez me producen las que ahí hierven,
y de las cuales diariamente me trae El Contemporáneo como un abrasado soplo. Al periódico que todas las
mañanas encontramos en Madrid, sobre la mesa del comedor
o en el gabinete de estudio, se le recibe como a un amigo
de confianza que viene a charlar un rato, mientras se hace
hora de almorzar, con la ventaja de que, si saboreamos un
veguero mientras él nos refiere, comentándola,
la historia del día de ayer, ni siquiera hay necesidad
de ofrecerle otro. Y esa historia de ayer que nos refiere
es, hasta cierto punto, la historia de nuestros cálculos,
de nuestras simpatías o de nuestros intereses, de
modo que su lenguaje apasionado, sus frases palpitantes,
suelen hablar a un tiempo a nuestra cabeza, a nuestro corazón
y a nuestro bolsillo; en unas ocasiones repite lo que ya
hemos pensado, y nos complace hallarlo acorde con nuestro
modo de ver; otras, nos dice la última palabra de
algo que comenzábamos a adivinar, o nos da el tema
en armonía con las vibraciones de nuestra inteligencia,
para proseguir pensando: tan íntimamente está
enlazada su vida intelectual con la nuestra, tan una es la
atmósfera en que se agitan nuestras pasiones y las
suyas. Aquí, por el contrarío, todo parece
conspirar a un fin diverso. El periódico llega a los
muros de este retiro como uno de esos círculos que
se abren en el agua cuando se arroja una piedra, y que poco
a poco se van debilitando a medida que se alejan del punto
de donde partieron, hasta que vienen a morir en la orilla
con un rumor apenas perceptible. El estado de nuestra imaginación,
la soledad que nos rodea, hasta los accidentes locales parece
que contribuyen a que sus palabras suenen de otro modo en
el oído. Juzgad, si no, por lo que a mí me
sucede. Todas las tardes, y cuando el sol comienza a caer,
salgo al camino que pasa por delante de las puertas del monasterio
para aguardar al conductor de la correspondencia que me trae
los periódicos de Madrid. Frente al arco que da entrada
al primer recinto de la abadía se extiende una larga
alameda de chopos tan altos, que cuando agita sus ramas el
viento de la tarde, sus copas se unen y forman una inmensa
bóveda de verdura. Por ambos lados del camino, y saltando
y cayendo con un murmullo apacible por entre las retorcidas
raíces de los árboles, corren dos arroyos de
agua cristalina y transparente, fría como la hoja
de una espada y delgada como su filo. El terreno sobre el
cual flotan las sombras de los chopos, salpicadas a trecho
de manchas inquietas y luminosas, se halla salpicado de una
hierba alta espesa y finísima, entre la que nacen
tantas margaritas blancas, que semejan a primera vista esa
lluvia de flores con que alfombran el suelo los árboles
frutales en los templados días de abril. En los ribazos
y entre los zarzales y los juncos del arroyo crecen las violetas
silvestres, que, aunque casi ocultas entre sus rastreras
hojas, se anuncian a gran distancia con su intenso perfume;
y por último, también cerca del agua, y formando
como un segundo término, déjase ver, por entre
los huecos que quedan de tronco a tronco, una doble fila
de nogales corpulentos con sus copas redondas, compactas
y oscuras. Como a la mitad de esta alameda deliciosa, y
en un punto en que varios olmos dibujan un círculo
pequeño enlazando entre sí sus espesas ramas,
que recuerdan, al tocarse en la altura, la cúpula
de un santuario, sobre una escalinata formada de grandes
sillares de granito, por entre cuyas hendiduras nacen y se
enroscan los tallos de las flores trepadoras, se levanta
gentil, artística y alta, casi como los árboles,
una cruz de mármol que, merced a su color, es conocida
en estas cercanías por la Cruz negra de Veruela. Nada
más hermosamente sombrío que este lugar. Por
un extremo del camino limita la vista el monasterio, con
sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas y sus muros almenados
e imponentes; por el otro, las ruinas de una pequeña
ermita situada al pie de una eminencia sembrada de tomillos
y romeros en flor. Allí, sentado al pie de la cruz,
y teniendo en las manos un libro que casi nunca leo, y que
muchas veces dejo olvidado en las gradas de piedra, estoy
una y dos y a veces hasta cuatro horas aguardando el periódico.
De cuando en cuando veo atravesar a lo lejos una de esas
figuras aisladas que se colocan en un paisaje para hacer
sentir mejor la soledad del sitio. Otras veces, exaltada
la imaginación, creo distinguir confusamente, sobre
el fondo oscuro del follaje, los monjes blancos que van y
vienen silenciosos alrededor de su abadía, o una muchacha
de la aldea que pasó por ventura al pie de la cruz
con un manojo de flores en el halda, se arrodilló
un momento y dejó un lirio azul sobre los peldaños.
Luego, un suspiro que se confunde con el rumor de las hojas;
después..., ¡qué sé yo!, escenas sueltas
de no sé qué historias que yo he oído
o que inventaré algún día; personajes
fantásticos que, unos tras otros, van pasando ante
mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra o
me sugiere una idea; ideas y palabras que más tarde
germinarán en mi cerebro y acaso den fruto en el porvenir.
La aproximación del correo viene siempre a interrumpir
una de estas maravillosas historias. En el profundo silencio
que me rodea, el lejano rumor de los pasos de su caballo,
que cada vez se percibe más distinto, lo anuncia a
larga distancia; por fin, llega donde estoy, saca el periódico
de la bolsa de cuero que trae terciada al hombro, me lo entrega
y, después de cambiar algunas palabras o un saludo,
desaparece por el extremo opuesto del camino que trajo.
Como le he visto nacer, como desde que vino al mundo he vivido
con su vida febril y apasionada, El Contemporáneo
no es para mí un papel como otro cualquiera, sino
que sus columnas son ustedes todos, mis amigos, mis compañeros
de esperanzas o desengaños, de reveses o de triunfos,
de satisfacciones o de amarguras. La primera impresión
que siento, pues, al recibirle es siempre una impresión
de alegría, como la que se experimenta al romper la
cubierta de una carta en cuyo sobre hemos visto una letra
querida, o como cuando en un país extranjero se estrecha
la mano de un compatriota y se oye hablar el idioma nativo.
Hasta el olor particular del papel húmedo y la tinta
de imprenta, olor especialísimo que por un momento
viene a sustituir al perfume de las flores que aquí
se respira por todas partes, parece que hiere la memoria
del olfato, memoria extraña y viva que indudablemente
existe, y me trae un pedazo de mi antigua existencia, de
aquella inquietud, de aquella actividad, de aquella fiebre
fecunda del periodismo. Recuerdo el incesante golpear y crujir
de la máquina que multiplicaba por miles las palabras
que acabábamos de escribir y que salían aún
palpitando de la pluma; recuerdo el afán de las últimas
horas de Redacción, cuando la noche va de vencida
y el original escasea; recuerdo, en fin, las veces que nos
ha sorprendido el día corrigiendo un artículo
o escribiendo una noticia última, sin hacer más
caso de las poéticas bellezas de la alborada que de
la carabina de Ambrosio. En Madrid, y para nosotros en particular,
ni amanece ni se pone el sol; se apaga o se enciende la luz,
y es por la única cosa que lo advertimos. Al fin,
rompo la faja del periódico y comienzo a pasar la
vista por sus renglones, hasta que gradualmente me voy engolfando
en su lectura, y ya ni veo ni oigo nada de lo que se agita
a mi alrededor. El viento sigue suspirando entre las copas
de los árboles, el agua sonriendo a mis pies, y las
golondrinas, lanzando chillidos agudos, pasan sobre mi cabeza;
pero yo, cada vez más absorto y embebido con las nuevas
ideas que comienzan a despertarse a medida que me hieren
las frases del periódico, me juzgo transportado a
otros sitios y a otros días. Paréceme asistir
de nuevo a la Cámara, oír los discursos ardientes,
atravesar los pasillos del Congreso, donde entre el animado
cuchicheo de los grupos se forman las futuras crisis, y luego
veo las secretarías de los ministerios, en donde se
hace la política oficial, las redacciones, donde hierven
las ideas que han de caer al día siguiente como la
piedra en el lago, y los círculos de la opinión
pública, que comienzan en el casino, siguen en las
mesas de los cafés y acaban en los guardacantones
de las calles. Vuelvo a seguir con interés las polémicas
acaloradas, vuelvo a reanudar el roto hilo de las intrigas,
y ciertas fibras embotadas aquí, las fibras de las
pasiones violentas, la inquieta ambición, el ansia
de algo más perfecto, el afán de hallar la
verdad escondida a los ojos humanos, tornan a vibrar nuevamente
y a encontrar en mi alma un eco profundo. «El Diario Español,
El Pensamiento o La Iberia hablan de esto, afirman aquello
o niegan lo de más allá», dice El Contemporáneo;
y yo, sin saber apenas dónde estoy, tiendo las manos
para cogerlos, creyendo que están allí a mi
alcance, como si me encontrara sentado a la mesa de la Redacción.
Pero esa tromba de pensamientos tumultuosos, que pasan por
mi cabeza como una nube de tronada, se desvanecen apenas
nacidos. Aún no he acabado de leer las primeras columnas
del periódico, cuando el último reflejo del
sol, que dobla lentamente la cumbre del Moncayo, desaparece
de la más alta de las torres del monasterio, en cuya
cruz de metal llamea un momento antes de extinguirse. Las
sombras de los montes bajan a la carrera y se extienden por
la llanura; la luna comienza a dibujarse en el Oriente como
un círculo de cristal que transparenta el cielo, y
la alameda se envuelve en la indecisa luz del crepúsculo.
Ya es imposible continuar leyendo. Aún se ven por
una parte, y entre los huecos de las ramas, chispazos rojizos
del sol poniente, y por la otra, una claridad violada y fría.
Poco a poco comienzo a percibir otra vez, semejante a una
armonía confusa, el ruido de las hojas y el murmullo
del agua, fresco, sonoro y continuado, a cuyo compás,
vago y suave, vuelven a ordenarse las ideas y se van moviendo
con más lentitud en una danza cadenciosa, que languidece
al par de la música, hasta que, por último,
se aguzan unas tras otras, como esos puntos de luz apenas
perceptibles que de pequeños nos entreteníamos
en ver morir en las pavesas de un papel quemado. La imaginación
entonces, ligera y diáfana, se mece y flota al rumor
del agua, que la arrulla como una madre arrulla a un niño.
La campana del monasterio, la única que ha quedado
colgada en su ruinosa torre bizantina, comienza a tocar la
oración, y una cerca, otra lejos, estas con una vibración
metálica y aguda, aquellas con un tañido sordo
y triste, les responden las otras campanas de los lugares
del Somontano. De estos pequeños lugares, unos están
en la punta de las rocas, colgados como el nido de un águila,
y otros, medio escondidos en las ondulaciones del monte o
en lo más profundo de los valles. Parece una armonía
que a la vez baja del cielo y sube de la tierra, y se confunde
y flota en el espacio, mezclándose al último
rumor del día que muere, al primer suspiro de la noche
que nace. Ya todo pasó. Madrid, la política,
las luchas ardientes, las miserias humanas, las pasiones,
las contrariedades, los deseos; todo se ha ahogado en aquella
música divina. Mi alma está ya tan serena como
el agua inmóvil y profunda. La fe en algo más
grande, en un destino futuro y desconocido, más allá
de esto, la fe de la eternidad, en fin, aspiración
absorbente, única e inmensa, mata esa fe al pormenor
que pudiéramos llamar personal, la fe en el mañana,
especie de aguijón que espolea los espíritus
irresolutos y que tanto se necesita para luchar y vivir y
alcanzar cualquier cosa en la tierra. Absorto en estos pensamientos,
doblo el periódico y me dirijo a mi habitación.
Cruzo la sombría calle de árboles y llego a
la primera cerca del monasterio, cuya dentellada silueta
destaca por oscuro sobre el cielo, en un todo semejante a
la de un castillo feudal; atravieso el patio de armas, con
sus arcos redondos y timbrados, sus bastiones llenos de saeteras
y coronados de almenas puntiagudas, de las cuales algunas
yacen en el foso, medio ocultas entre los jaramagos y los
espinos. Entre dos cubos de muralla, altos, negros e imponentes,
se alza la torre que da paso al interior. Una cruz clavada
en la punta indica el carácter religioso de aquel
edificio, cuyas enormes puertas de hierro y muros fortísimos
más parece que deberían guardar soldados que
monjes. Pero apenas las puertas se abren rechinando sobre
sus goznes enmohecidos, la abadía aparece con todo
su carácter. Una larga fila de olmos, entre los que
se elevan algunos cipreses, deja ver en el fondo la iglesia
bizantina, con su portada semicircular llena de extrañas
esculturas. Por la derecha se extiende la remendada tapia
de un huerto, por encima de la cual asoman las copas de los
árboles, y a la izquierda se descubre el palacio abacial,
severo y majestuoso en medio de su sencillez. Desde este
primer recinto se pasa al inmediato por un arco de medio
punto, después del cual se encuentra el sitio donde
en otro tiempo estuvo el enterramiento de los monjes. Un
hilo de agua, que luego desaparece y se oye gemir por debajo
de tierra, corre al pie de tres o cuatro árboles viejos
y nudosos. A un lado se descubre el molino, medio agachapado
entre unas ruinas, y más allá, oscura como
la boca de una cueva, la portada monumental del claustro,
con sus pilastras platerescas llenas de hojarascas, bichas,
ángeles, cariátides y dragones de granito,
que sostienen emblemas de la Orden, mitras y escudos. Siempre
que atravieso este recinto, cuando la noche se aproxima y
comienza a influir en la imaginación con su alto silencio
y sus alucinaciones extrañas, voy pisando quedo y
poco a poco las sendas abiertas entre los zarzales y las
hierbas parásitas, como temeroso de que al ruido de
mis pasos despierte en sus fosas y levante la cabeza alguno
de los monjes que duermen allí el sueño de
la eternidad. Por último, entro en el claustro, donde
ya reina una oscuridad profunda. La llama del fósforo
que enciendo para atravesarlo vacila, agitada por el aire,
y los círculos de luz que despide luchan trabajosamente
con las tinieblas. Sin embargo, a su incierto resplandor
pueden distinguirse las largas series de ojivas festoneadas
de hojas de trébol, por entre las que asoman con una
mueca muda y horrible esas mil fantásticas y caprichosas
creaciones de la imaginación que el arte misterioso
de la Edad Media dejó grabadas en el granito de sus
basílicas: aquí, un endriago que se retuerce
por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca
del capitel; allí, un ángel que lucha con un
demonio y entre los dos soportan la recaída de un
arco que se apunta al muro; más lejos, y sombreadas
por el batiente oscuro del lucillo que las contiene, las
urnas de piedra, donde, bien con la mano en el montante o
revestidas de la cogulla, se ven las estatuas de los guerreros
y abades más ilustres que han patrocinado este monasterio
o lo han enriquecido con sus dones. Los diferentes y extraordinarios
objetos que, unos tras otros, van hiriendo la imaginación,
la impresionan de una manera tan particular que, cuando,
después de haber discurrido por aquellos patios sombríos,
aquellas alamedas misteriosas y aquellos claustros imponentes,
penetro al fin en mi celda y desdoblo otra vez El Contemporáneo para proseguir su lectura, paréceme que está
escrito en un idioma que no entiendo. Bailes, modas, el estreno
de una comedia, un libro nuevo, un cantante extraordinario,
una comida en la Embajada de Rusia, la compañía
de Price, la muerte de un personaje, los clowns, los banquetes
políticos, la música, todo revuelto: una obra
de caridad con un crimen, un suicidio con una boda, un entierro
con una función de toros extraordinaria. A esta distancia
y en este lugar me parece mentira que existe aún ese
mundo que yo conocía, el mundo del Congreso y las
redacciones, del casino y de los teatros, del Suizo y de
la Fuente Castellana, y que existe tal como yo lo dejé,
rabiando y divirtiéndose, hoy en una broma, mañana
en un funeral, todos de prisa, todos cosechando esperanzas
y decepciones, todos corriendo detrás de una cosa
que no alcanzan nunca, hasta que, corriendo, den en uno de
esos lazos silenciosos que nos va tendiendo la muerte y desaparezcan
como por escotillón con una gacetilla por epitafio.
Cuando me asaltan estas ideas, en vano hago esfuerzos por
templarme como ustedes y entrar a compás en la danza.
No oigo la música, que os lleva a todos envueltos
como en un torbellino, no veo en esa agitación continua,
en ese ir y venir, más que lo que ve el que mira un
baile desde lejos: una pantomima muda e inexplicable, grotesca
unas veces, terrible otras. Ustedes, sin embargo, quieren
que escriba alguna cosa, que lleve mi parte en la sinfonía
general, aun a riesgo de salir desafinando. Sea, y sirva
esto de introducción y preludio: quiere decir que
si alguno de mis lectores ha sentido otra vez algo de lo
que yo siento ahora, mis palabras le llevarán al recuerdo
de más tranquilos días, como el perfume de
un paraíso distante, y los que no, tendrán
en cuenta mi especial posición para tolerar que de
cuando en cuando rompa con una nota desacorde la armonía
de un periódico político.
 - III -
Queridos amigos: Hace dos o tres días, andando a
la casualidad por entre estos montes, y habiéndome
alejado más de lo que acostumbro en mis paseos matinales,
acerté a descubrir, casi oculto entre las quiebras
del terreno y fuera de todo camino, un pueblecillo cuya situación,
por extremo pintoresca, me agradó tanto, que no pude
por menos de aproximarme a él para examinarle a mis
anchas. Ni aun pregunté su nombre, y si mañana
o el otro quisiera buscarle por su situación en el
mapa, creo que no lo encontraría: tan pequeño
es y tan olvidado parece entre las ásperas sinuosidades
del Moncayo. Figúrense ustedes en el declive de una
montaña inmensa, y sobre una roca que parece servirle
de pedestal, un castillo del que solo quedan en pie la torre
del homenaje, algunos lienzos de muro carcomidos y musgosos.
Agrupadas alrededor de este esqueleto de fortaleza, cual
si quisiesen todavía dormir seguras a su sombra como
en la edad de hierro en que debió alzarse, se ven
algunas casas, pequeñas heredades con sus bardales
de heno, sus tejados rojizos y sus chimeneas desiguales y
puntiagudas, por cima de las que se eleva el campanario de
la parroquia con su reloj de sol, su esquiloncillo que llama
a la primera misa y su gallo de hojalata, que gira en lo
alto de la veleta a merced de los vientos. Una senda que
sigue al curso del arroyo que cruza el valle, serpenteando
por entre los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como
el paño de una mesa de billar, sube, dando vueltas
a los amontonados pedruscos sobre que se asienta el pueblo,
hasta el punto en que un pilarote de ladrillos con una cruz
en el remate señala la entrada. Sucede con estos pueblecitos
tan pintorescos, cuando se ven en lontananza tantas líneas
caprichosas, tantas chimeneas arrojando pilares de humo azul,
tantos árboles y peñas y accidentes artísticos,
lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestión
de la distancia a que se miran, y la mayor parte de las veces,
cuando se llega a ellos, la poesía se convierte en
prosa. Ya en la cruz de la entrada, lo que pude descubrir
del interior del lugar no me pareció, en efecto, que
respondía ni con mucho a su perspectiva, de modo que
no queriendo arriesgarme por sus estrechas, sucias y empinadas
callejas, comencé a costearlo y me dirigí a
una reducida llanura que se descubre a su espalda, dominada
solo por la iglesia y el castillo. Allí, en unos campos
de trigo, y junto a dos o tres nogales aislados que comenzaban
a cubrirse de hojas, está lo que, por su especial
situación y la pobre cruz de palo enclavada sobre
la puerta, colegí que sería el cementerio.
Desde muy niño concebí, y todavía conservo,
una instintiva aversión a los campos santos de las
grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas y llenas de
huecos, como la estantería de una tienda de géneros
ultramarinos; aquellas calles de árboles raquíticos,
simétricas y enarenadas, como las avenidas de un parque
inglés; aquella triste parodia de jardín con
flores sin perfume y verdura sin alegría, me oprimen
el corazón y me crispan los nervios. El afán
de embellecer grotesca y artificialmente la muerte me trae
a la memoria esos niños de los barrios bajos a quienes
después de expirar embadurnan la cara con arrebol,
y entre el cerco violado de los ojos, la intensa palidez
de las sienes y el rabioso carmín de las mejillas,
resulta una mueca horrible. Por el contrario, en más
de una aldea he visto un cementerio chico, abandonado, pobre,
cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado
una impresión siempre melancólica, es verdad,
pero mucho más suave, mucho más respetuosa
y tierna. En aquellos vastos almacenes de la muerte siempre
hay algo de esa repugnante actividad del tráfico.
La tierra, constantemente removida, deja ver fosas profundas
que parecen aguardar su presa con hambre. Aquí, nichos
vacíos a los que no falta más que un letrero:
«Esta casa se alquila»; allí, huesos que se retrasan
en el pago de su habitación y son arrojados qué
sé yo adónde, para dejar lugar a otros, y lápidas
con filetes de relumbrones y décimas, y coronas de
flores de trapo, y siemprevivas de comerciantes de objetos
fúnebres. En estos escondidos rincones, último
albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma.
Nadie turba su santo recogimiento, y después de envolverse
en su ligera capa de tierra, sin siquiera tener encima el
peso de una losa, deben dormir mejor y más sosegados.
Cuando, no sin tener que forcejear antes un poco, logré
abrir la carcomida y casi deshecha puerta del pequeño
cementerio que por casualidad había encontrado en
mi camino, y este se ofreció a mi vista, no pude menos
de confirmarme nuevamente en mis ideas. Es imposible ni aun
concebir un sitio más agreste, más solitario
y más triste, con una agradable tristeza, que aquel.
Nada habla allí de la muerte con ese lenguaje enfático
y pomposo de los epitafios, nada la recuerda de modo que
horrorice con el repugnante espectáculo de sus atavíos
y despojos. Cuatro lienzos de tapia humilde y compuestos
de arena amasada con piedrecillas de colores, ladrillos rojos
y algunos sillares cubiertos de musgo en los ángulos,
cercan un pedazo de tierra, en el cual la poderosa vegetación
de este país, abandonada a sí misma, despliega
sus silvestres galas con un lujo y una hermosura imponderables.
Al pie de las tapias, y por entre sus rendijas, crecen la
hiedra y esas campanillas color de rosa pálido que
suben sosteniéndose en las asperezas del muro hasta
trepar a los bardales de heno, por donde se cruzan y se mecen
como una flotante guirnalda de verdura. La espesa y fina
hierba que cubre el terreno y marca con suave claroscuro
todas sus ondulaciones hace el efecto de un tapiz bordado
de esas mil florecillas cuyos poéticos nombres ignora
la ciencia, y solo podrían decirlo las muchachas del
lugar que en las tardes de mayo las cogen en el halda para
engalanar el retablo de la Virgen. Allí, en medio
de algunas espigas cuya simiente acaso trajo el aire de las
eras cercanas, se columpian las amapolas con sus cuatro hojas
purpúreas y descompuestas; las margaritas blancas
y menudas, cuyos pétalos arrancan uno a uno los amantes,
semejan copos de nieve que el calor no ha podido derretir,
contrastando con los dragoncillos corales y esas estrellas
de cinco rayos, amarillas e inodoras, que llaman de los muertos,
las cuales crecen salpicadas en los campos santos o entre
las ortigas, las rosas de los espinos, los cardos silvestres
y las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa pura
y agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud,
y las altas hierbas, que se inclinan y levantan a su empuje
como las pequeñas olas de un mar verde y agitado.
El sol resbala suavemente sobre los objetos, los ilumina
o los transparenta, aumentando la intensidad y la brillantez
de sus tintas, y parece que los dibuja con un perfil de oro
para que destaquen entre sí con más limpieza.
Algunas mariposas revolotean de acá para allá,
haciendo en el aire esos giros extraños que fatigan
la vista, que inútilmente se empeña en seguir
su vuelo tortuoso, y mientras las abejas estrechan sus círculos
zumbando alrededor de los cálices llenos de perfumada
miel y los pardillos picotean los insectos que pululan por
el bardal de la tapia, una lagartija asoma su cabeza triangular
y aplastada y sus ojos pequeños y vivos por entre
sus hendiduras, y huye temerosa a guarecerse en su escondite
al menor movimiento. Después que hube abarcado con
una mirada el conjunto de aquel cuadro, imposible de reproducir
con frases siempre descoloridas y pobres, me senté
en un pedrusco, lleno de esa emoción sin ideas que
experimentamos siempre que una cosa cualquiera nos impresiona
profundamente y parece que nos sobrecoge por su novedad o
su hermosura. En esos instantes rapidísimos, en que
la sensación fecunda a la inteligencia y allá
en el fondo del cerebro tiene lugar la misteriosa concepción
de los pensamientos que han de surgir algún día
evocados por la memoria, nada se piensa, nada se razona,
los sentidos todos parecen ocupados en recibir y guardar
la impresión que analizarán más tarde.
Sintiendo aún las vibraciones de esta primera sacudida
del alma, que la sumerge en un agradable sopor, estuve, pues,
un largo espacio de tiempo, hasta que gradualmente comenzaron
a extinguirse, y poco a poco fueron levantándose las
ideas relativas. Estas ideas que ya han cruzado otras veces
por la imaginación y duermen olvidadas en alguno de
sus rincones son siempre las primeras en acudir cuando se
toca su resorte misterioso. No sé si a todos les habrá
pasado igualmente; pero a mí me ha sucedido con bastante
frecuencia preocuparme en ciertos momentos con la idea de
la muerte y pensar largo rato y concebir deseos y formular
votos acerca de la destinación futura, no sólo
de mi espíritu, sino de mis despojos mortales. En
cuanto al alma, dicho se está que siempre he deseado
que se encaminase al cielo. Con el destino que darían
a mi cuerpo es con lo que más he batallado y acerca
de lo cual he echado más a menudo a volar la fantasía.
En aquel punto en que todas aquellas viejas locuras de mi
imaginación salieron en tropel de los desvanes de
la cabeza donde tengo arrinconados, como trastos inútiles,
los pensamientos extraños, las ambiciones absurdas
y las historias imposibles de la adolescencia, ilusiones
rosadas que, como los trajes antiguos, se han ajado ya y
se han puesto de color de ala de mosca con los años,
fue cuando pude apreciar, sonriendo, al compararlas entre
sí, la candidez de mis aspiraciones juveniles. En
Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que conduce al convento
de San Jerónimo, hay, cerca del agua, una especie
de remanso que fertiliza un valle en miniatura, formado por
el corte natural de la ribera, que en aquel lugar es bien
alta, y forma un rápido declive. Dos o tres álamos
blancos, corpulentos y frondosos, entretejiendo sus copas,
defienden aquel sitio de los rayos del sol, que rara vez
logra deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen un
ruido manso y agradable cuando el viento las agita y las
hace parecer, ya plateadas, ya verdes, según del lado
que las empuja. Un sauce baña sus raíces en
la corriente del río, hacia el que se inclina como
agobiado de un peso invisible, y a su alrededor crecen multitud
de juncos y de esos lirios amarillos y grandes que nacen
espontáneos al borde de los arroyos y las fuentes.
Cuando yo tenía catorce o quince años y mi
alma estaba henchida de deseos sin nombre, de pensamientos
puros y de esa esperanza sin límite que es la más
preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta,
cuando mi imaginación estaba llena de esas risueñas
fábulas del mundo clásico, y Rioja, en sus
silvas a las flores; Herrera, en sus tiernas elegías,
y todos mis cantores sevillanos, dioses penates de mi especial
literatura, me hablaban de continuo del Betis majestuoso,
el ríode las ninfas, de las náyades y los poetas,
que corre al Océano escapándose de un ánfora
de cristal, coronado de espadañas y laureles, ¡cuántos
días, absorto en la contemplación de mis sueños
de niño, fui a sentarme en su ribera, y allí,
donde los álamos me protegían con su sombra,
daba rienda suelta a mis pensamientos y forjaba una de esas
historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la
muerte se vestía a mis ojos con galas fascinadoras
y espléndidas! Yo soñaba entonces una vida
independiente y dichosa, semejante a la del pájaro,
que nace para cantar y Dios le procura de comer; soñaba
esa vida tranquila del poeta que irradia con suave luz de
una en otra generación: soñaba que la ciudad
que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo
al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando
la muerte pusiese un término a mi existencia, me colocasen,
para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a
la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas
magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas
veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra
blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento.
Los álamos blancos, balanceándose día
y noche sobre mi sepultura, parecerían rezar por mi
alma con el susurro de sus hojas plateadas y verdes, entre
las que vendrían a refugiarse los pájaros para
cantar al amanecer un himno alegre a la resurrección
del espíritu a regiones más serenas; el sauce,
cubriendo aquel lugar de una flotante sombra, le prestaría
su vaga tristeza, inclinándose y derramando en derredor
sus ramas desmayadas y flexibles, como para proteger y acariciar
mis despojos, y hasta el río, que en las horas de
creciente casi vendría a besar el borde de la losa,
cercada de juncos, parecería arrullar mi sueño
con una música agradable. Pasado algún tiempo,
y después que la losa comenzara a cubrirse de manchas
de musgo, una mata de campanillas, de esas campanillas azules
con un disco de carmín en el fondo, que tanto me gustaban,
crecería a su lado, enredándose por entre sus
grietas y vistiéndola con sus hojas anchas y transparentes,
que no sé por qué misterio tienen la forma
de un corazón; los insectos de oro con alas de luz,
cuyo zumbido convida a dormir en la calurosa siesta, vendrían
a revolotear en torno de sus cálices; para leer mi
nombre, ya borroso por la acción de la humedad y los
años, sería preciso descorrer un cortinaje
de verdura. ¿Pero, para qué leer mi nombre? ¿Quién
no sabría que yo descansaba allí? Algún
desconocido admirador de mis versos plantaría un laurel
que, descollando altivo entre los otros árboles, hablase
a todos de mi gloria, y ya una mujer enamorada que halló
en mis cantares un rasgo de esos extraños fenómenos
del amor que sólo las mujeres saben sentir y los poetas
descifrar, ya un joven que se sintió inflamado con
el sacro fuego que hervía en mi mente, y a quien mis
palabras revelaron nuevos mundos de la inteligencia, hasta
entonces para él ignotos, o un extranjero que vino
a Sevilla llamado por la fama de su belleza y los recuerdos
que en ella dejaron sus hijos, echaría una flor sobre
mi tumba, contemplándola un instante con tierna emoción,
con noble envidia o respetuosa curiosidad; a la mañana,
las gotas del rocío resbalarían como lágrimas
sobre su superficie. Después de remontado el sol,
sus rayos la dorarían, penetrando tal vez en la tierra
y abrigando su dulce calor mis huesos. En la tarde, y a la
hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando el
horizonte de fuego, la árabe torre y los muros romanos
de mi hermosa ciudad, los que siguen la corriente del río
en un ligero bote que deja en pos una inquieta línea
de oro, dirían, al ver aquel rincón de verdura,
donde la piedra blanqueaba al pie de los árboles:
«Allí duerme el poeta.» Y cuando el Gran Betis dilatase
sus riberas hasta los montes, cuando sus alteradas ondas,
cubriendo el pequeño valle, subiesen hasta la mitad
del tronco de los álamos, las ninfas que viven ocultas
en el fondo de sus palacios, diáfanos y transparentes,
vendrían a agruparse alrededor de mi tumba, yo sentiría
la frescura y el rumor del agua agitada por sus juegos, sorprendería
el secreto de sus misteriosos amores, sentiría tal
vez la ligera huella de sus pies de nieve al resbalar sobre
el mármol en una danza cadenciosa, oyendo, en fin,
como cuando se duerme ligeramente se oyen las palabras y
los sonidos de una manera confusa, el armonioso coro de sus
voces juveniles y las notas de sus liras de cristal. Así
soñaba yo en aquella época. ¡A tanto y a tan
poco se limitaban entonces mis deseos! Pasados algunos años,
luego que hube salido de mi ciudad querida, después
que mis ideas tomaron poco a poco otro rumbo, y la imaginación,
cansada ya de idilios, de ninfas, de poesía y de flores,
comenzó a remontarse a épocas distantes, complaciéndose
en vestir con sus galas las dramáticas escenas de
la Historia, fingiendo un marco de oro para cada uno de sus
cuadros y haciendo un pedestal para cada uno de sus personajes,
volví a soñar, y como en las comedias de magia,
nuevas decoraciones de fantasía sustituyeron a las
antiguas y la vara mágica del deseo hizo posible en
la mente nuevos absurdos. ¡Cuántas veces, después
de haber discurrido por las anchurosas naves de alguna de
nuestras inmensas catedrales góticas o de haberme
sorprendido la noche en uno de esos imponentes y severos
claustros de nuestras históricas abadías, he
vuelto a sentir inflamada mi alma con la idea de la gloria,
pero una gloria más ruidosa y ardiente que la del
poeta! Yo hubiera querido ser un rayo de la guerra, haber
influido poderosamente en los destinos de mi país,
haber dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella
de mi paso; que mi nombre resonase unido, y como personificándola,
a alguna de sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha
mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un combate,
oyendo como el último rumor del mundo el agudo clamor
de la trompetería de mis valerosas huestes, para ser
conducido sobre el pavés, envuelto en los pliegues
de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias, a encontrar
la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros
santos donde vive el eterno silencio y al que los siglos
prestan su majestad y su color misterioso e indefinible.
Una airosa ojiva, erizada de hojas revueltas y puntiagudas,
por entre las cuales se enroscaran, asomando su deforme cabeza,
por aquí un grifo, por allá uno de esos monstruos
alados, engendro de la imaginación del artífice,
bañaría en oscura sombra mi sepulcro. A su
alrededor, y debajo de calados doseletes, los santos patriarcas,
los bienaventurados y los mártires, con sus miembros
de hierro y sus emblemáticos atributos, parecerían
santificarle con su presencia. Dos guerreros inmóviles
y vestidos de su fantástica y blanca armadura velarían
día y noche de hinojos a sus costados, y mientras
que mi estatua de alabastro riquísimo y transparente,
con sus arreos de batallar, su espada sobre el pecho y un
león a los pies, dormiría majestuosa sobre
el túmulo, los ángeles, que, envueltos en largas
túnicas y con un dedo en los labios, sostuviesen el
cojín sobre que descansaba mi cabeza, parecería
que llamaban con sus plegarias a las santas visiones de oro
que llenan el desconocido sueño de la muerte de los
justos, defendiéndome con sus alas de los terrores
y las angustias de una pesadilla eterna. En los huecos de
la urna, y entre un sinnúmero de arcos con caireles
y grumos de hojas de trébol, rosetas caladas, haces
de columnillas y esas largas procesiones de plañideras
que, envueltas en sus mantos de piedra, parece que andan
en torno del monumento llorando con llanto sin gemidos, se
verían mis escudos triangulares soportados por reyes
de armas con sus birretes y sus blasonadas casullas, y en
los cuarteles, realzados con vivos colores merced a un hábil
iluminador, las bandas de oro, las estrellas, los versos
y los motes heráldicos con una larga inscripción
en esa letra gótica, estrecha y puntiaguda, donde
el curioso, lleno de hondo respeto, leería con pena
y casi descifrándolos, mi nombre, mis títulos
y mi gloria. Allí, rodeado de esa atmósfera
de majestad que envuelve a todo lo grande, sin que turbara
mi reposo más que el agudo chillido de una de esas
aves nocturnas de ojos redondos y fosfóricos que acaso
viniera a anidar entre los huecos del arco, viviría
todo lo que vive un recuerdo histórico y glorioso
unido a una magnífica obra de arte, y en la noche,
cuando un furtivo rayo de luna dibujase en el pavimento del
claustro los severos perfiles de las ojivas, cuando solo
se oyesen los gemidos del aire extendiéndose de eco
en eco por sus inmensas bóvedas, después de
haberse perdido la última vibración de la campana
que toca la queda, mi estatua, en la que habría algo
de lo que yo fui, un poco de ese soplo que anima el barro
encadenado por un fenómeno incomprensible al granito,
¡quién sabe si se levantaría de su lecho de
piedra para discurrir por entre aquellas gigantes arcadas
con los otros guerreros, que tendrían su sepultura
por allí cerca; con los prelados, revestidos de sus
capas pluviales y sus mitras, y esas damas de largo brial
y plegados monjiles que, hermosas aun en la muerte, duermen
sobre las urnas de mármol, en los más oscuros
ángulos de los templos!... Desde que, impresionada
la imaginación por la vaga melancolía o la
imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba a
construir con fantásticos materiales uno de esos poéticos
recintos, último albergue de mis mortales despojos,
hasta el punto aquel en que, sentado al pie de la humilde
tapia del cementerio de una aldea oscura, parecía
como que se reposaba mi espíritu en su honda calma
y se abrían mis ojos a la luz de la realidad de las
cosas, ¡qué revolución tan radical y profunda
no se ha hecho en todas mis ideas! ¡Cuántas tempestades
silenciosas no han pasado por mi frente, cuántas ilusiones
no se han secado en mi alma, a cuántas historias de
poesía no las he hallado una repugnante vulgaridad
en el último capítulo! Mi corazón, a
semejanza de nuestro globo, era como una masa incandescente
y líquida que poco a poco se va enfriando y endureciendo.
Todavía queda algo que arde allá en lo más
profundo, pero rara vez sale a la superficie. Las palabras
amor, gloria, poesía, no me suenan ya al oído
como me sonaban antes. ¡Vivir!... Seguramente que deseo vivir,
porque la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones
ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero
vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos,
sin inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad de la
planta que tiene a la mañana su gota de rocío
y su rayo de sol; después, un poco de tierra echada
con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan
por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue
ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba
que me cubra con su manto de raíces, y, por último,
un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio ni revuelvan
los huesos. He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono:
ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y,
concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores
sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba
siquiera de mi salida. No obstante esta profunda indiferencia,
se me resiste el pensar que podrían meterme preso
en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón
de azúcar, en uno de los huecos de la estantería
de una Sacramental para esperar allí la trompeta del
Juicio, como empapelado, detrás de una lápida
con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas
e indicando precisamente el día y la hora de mi nacimiento
y de mi muerte. Esta profunda e instintiva preocupación
ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas
las que he ido abandonando en el curso de mi vida, pero,
al paso que voy, probablemente mañana no existirá
tampoco, y entonces me será tan igual que me coloquen
debajo de una pirámide egipcia como que me aten una
cuerda a los pies y me echen a un barranco como un perro.
Ello es que cada día me voy convenciendo más
que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni
un átomo aquí.
 - IV -
Queridos amigos: El tiempo, que hasta aquí se mantenía
revuelto y mudable, ha sufrido últimamente una nueva
e inesperada variación, cosa, a la verdad, poco extraña
a estas alturas, donde la proximidad del Moncayo nos tiene
de continuo, como a los espectadores de una comedia de magia,
embobados y suspensos con el rápido mudar de las decoraciones
y las escenas. A las alternativas de frío y calor,
de aires y de bochorno de una primavera que, en cuanto a
desigual y caprichosa, nada tiene que envidiar a la que disfrutan
ustedes en la coronada villa, ha sucedido un tiempo constante,
sereno y templado. Merced a estas circunstancias y a encontrarme
bastante mejor de las dolencias que, cuando no me imposibilitan
del todo, me quitan por lo menos el gusto para las largas
expediciones, he podido dar una gran vuelta por estos contornos
y visitar los pintorescos lugares del Somontano. Fuera de
camino, ya trepando de roca en roca, ya siguiendo el curso
de una huella o las profundidades de una cañada, he
vagado tres o cuatro días de un punto a otro por donde
me llamaban el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado,
una senda accidentada, una punta al parecer inaccesible.
No pueden ustedes figurarse el botín de ideas e impresiones
que para enriquecer la imaginación he recogido en
esta vuelta por un país virgen aún y refractario
a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio,
después de haberme detenido aquí para recoger
una tradición oscura de boca de una aldeana, allá
para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar
o la fundación de un castillo, trazar ligeramente
con el lápiz el contorno de una casuca medio árabe,
medio bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo
perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar
el antiguo y manoseado símil de las abejas que andan
revoloteando de flor en flor y vuelven a su colmena cargadas
de miel. Los escritores y los artistas debían hacer
con frecuencia algo de esto mismo. Solo así podríamos
recoger la última palabra de una época que
se va, de la que solo quedan hoy algunos rastros en los más
apartados rincones de nuestras provincias y de la que apenas
restará mañana un recuerdo confuso. Yo tengo
fe en el porvenir. Me complazco en asistir mentalmente a
esa inmensa e irresistible invasión de las nuevas
ideas que van transformando poco a poco la faz de la Humanidad,
que merced a sus extraordinarias invenciones fomentan el
comercio de la inteligencia, estrechan el vínculo
de los países, fortificando el espíritu de
las grandes nacionalidades, y borrando, por decirlo así,
las preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras
otras las barreras que separan a los pueblos. No obstante,
sea cuestión de poesía, sea que es inherente
a la naturaleza frágil del hombre simpatizar con lo
que perece y volver los ojos con cierta triste complacencia
hasta lo que ya no existe, ello es que en el fondo de mi
alma consagro, como una especie de culto, una veneración
profunda por todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas
tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos
de nuestra vieja España, tienen para mí todo
ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta
del sol en un día espléndido, cuyas horas,
llenas de emociones, vuelven a pasar por la memoria vestidas
de colores y de luz, antes de sepultarse en las tinieblas
en que se han de perder para siempre. Cuando no se conocen
ciertos períodos de la Historia más que por
la incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas
o algunos restos diseminados corno los huesos de un cadáver,
no pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero
fondo del cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse
de todo lo que fue con un sentimiento de desdeñosa
lástima o un espíritu de aversión intransigente;
pero si se penetra, merced a un estudio concienzudo, en algunos
de sus misterios; si se ven los resortes de aquella gran
máquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota;
si merced a un supremo esfuerzo de la fantasía, ayudada
por la erudición y el conocimiento de la época,
se consigue condensar en la mente algo de aquella atmósfera
de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el ánimo
se siente sobrecogido ante el espectáculo de su múltiple
organización, en que las partes relacionadas entre
sí correspondían perfectamente al todo, y en
que los usos, las leyes, las ideas y las aspiraciones se
encontraban en una armonía maravillosa. No es esto
decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta
de aquellos tiempos. Lo que ha sido no tiene razón
de ser nuevamente, y no será. Lo único que
yo desearía es un poco de respetuosa atención
para aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente
vinieron preparando el camino por donde hemos llegado hasta
aquí, y cuya obra colosal quedará acaso olvidada
por nuestra ingratitud e incuria. La misma certeza que tengo
de que nada de lo que desapareció ha de volver, y
que en la lucha de las ideas las nuevas han herido de muerte
a las antiguas, me hace mirar a cuanto con ellas se relaciona
con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un vencedor
generoso. En este sentimiento hay también un poco
de egoísmo. La vida de una nación, a semejanza
de la del hombre, parece como que se dilata con la memoria
de las cosas que fueron, y a medida que es más viva
y más completa su imagen, es más real esa segunda
existencia del espíritu en el pasado, existencia preferible
y más positiva tal vez que la del punto presente.
Ni de lo que está siendo ni de lo que será,
puede aprovecharse la inteligencia para sus altas especulaciones.
¿Qué nos resta, pues, de nuestro dominio absoluto,
sino la sombra de lo que ha sido? Por eso, al contemplar
los destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo o
la envidia durante nuestras últimas guerras; al ver
todo lo que en objetos dignos de estimación, en costumbres
peculiares y primitivos recuerdos de otras épocas
se ha extraviado y puesto en desuso de sesenta años
a esta parte; lo que las exigencias de la nueva manera de
ser social trastorna y desencaja; lo que las necesidades
y las aspiraciones crecientes desechan u olvidan, un sentimiento
de profundo dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos
de culpar el descuido o el desdén de los que a fines
del siglo pasado pudieron aún recoger para transmitírnoslas
íntegras las últimas palabras de la tradición
nacional, estudiando detenidamente nuestra vieja España,
cuando aún estaban de pie los monumentos testigos
de sus glorias, cuando aún en las costumbres y en
la vida interna quedaban huellas perceptibles de su carácter.
Pero de esto nada nos queda ya hoy. Y, sin embargo, ¿quién
sabe si nuestros hijos a su vez nos envidiarán a nosotros,
doliéndose de nuestra ignorancia o nuestra culpable
apatía para transmitirles siquiera un trasunto de
lo que fue un tiempo su patria? ¿Quién sabe si cuando,
con los años, todo haya desaparecido, tendrán
las futuras generaciones que contentarse y satisfacer su
ansia de conocer el pasado con las ideas más o menos
aproximadas de algún nuevo Cuvier de la arqueología,
que, partiendo de algún mutilado resto o una vaga
tradición, lo reconstruya hipotéticamente?
Porque, no hay duda, el prosaico rasero de la civilización
va igualándolo todo. Un irresistible y misterioso
impulso tiende a unificar los pueblos con los pueblos, las
provincias con las provincias, las naciones con las naciones,
y quién sabe si las razas con las razas. A medida
que la palabra vuela por los hilos telegráficos, que
el ferrocarril se extiende, la industria se acrecienta y
el espíritu cosmopolita de la civilización
invade nuestro país, van desapareciendo de él
sus rasgos característicos, sus costumbres inmemoriables
sus trajes pintorescos y sus rancias ideas. A la inflexible
línea recta, sueño dorado de todas las poblaciones
de alguna importancia, se sacrifican las caprichosas revueltas
de nuestros barrios moriscos, tan llenos de carácter,
de misterio y de fresca sombra. De un retablo al que vivía
unida una tradición no queda aquí más
que el nombre escrito en el azulejo de una bocacalle; a un
palacio histórico, con sus arcos redondos y sus muros
blasonados, sustituye más allá una manzana
de casas a la moderna; las ciudades, no cabiendo ya dentro
de su antiguo perímetro, rompen el cinturón
de fortalezas que las ciñe y, unas tras otras, vienen
al suelo las murallas fenicias, romanas, godas o árabes.
¿Dónde están los canceles y las celosías
morunas? ¿Dónde los pasillos embovedados, los aleros
salientes de maderas labradas, los balcones con su guardapolvo
triangular, las ojivas con estrellas de vidrio, los muros
de los jardines por donde rebosa la verdura, las encrucijadas
medrosas, los carasoles de las tafurerías y los espaciosos
atrios de los templos? El albañil, armado de su implacable
piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los
puntiagudos tejados o demuele los moriscos miradores, y mientras
el brochista roba a los muros el artístico color que
le han dado los siglos, embadurnándolos de calamocha
y almagra, el arquitecto los embellece a su modo con carteles
de yeso y cariátides de escayola, dejándolos
más vistosos que una caja de dulces franceses. No
busquéis ya los cosos donde justaban los galanes,
las piadosas ermitas albergue de los peregrinos o el castillo
hospitalario para el que llamaba de paz a sus puertas. Las
almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros, y van
cegando los fosos; de la picota feudal sólo queda
un trozo de granito informe, y el arado abre un profundo
surco en el patio de armas, el traje característico
del labriego comienza a parecer un disfraz fuera del rincón
de su provincia, las fiestas peculiares de cada población
comienzan a encontrarse ridículas o de mal gusto por
los más ilustrados, y los antiguos usos caen en olvido,
la tradición se rompe y todo lo que no es nuevo se
menosprecia. Estas innovaciones tienen su razón de
ser, y por tanto, no seré yo quien las anatematice.
Aunque me entristece el espectáculo de esa progresiva
destrucción de cuanto trae a la memoria tiempos que,
si en efecto no lo fueron, solo por no existir ya nos parecen
mejores, yo dejaría al tiempo seguir su curso y completar
sus inevitables revoluciones, como dejamos a nuestras mujeres
o a nuestras hijas que arrinconen en un desván los
trastos viejos de nuestros padres para sustituirlos con muebles
modernos y de más buen tono; pero ya que ha llegado
la hora de la gran transformación, ya que la sociedad,
animada de un nuevo espíritu, se apresura a revestirse
de una nueva forma, debíamos guardar, merced al esfuerzo
de nuestros escritores y nuestros artistas, la imagen de
todo eso que va a desaparecer, como se guarda después
que muere el retrato de una persona querida. Mañana,
al verlo todo constituido de una manera diversa, al saber
que nada de lo que existe existía hace algunos siglos,
se preguntarán los que vengan detrás de nosotros
de qué modo vivían sus padres, y nadie sabrá
responderles; y no conociendo ciertos pormenores de localidad,
ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el
espíritu de una generación, sus vistas que
tan perfectamente reflejan sus adelantos y sus aspiraciones,
leerán la Historia sin sabérsela explicar,
y verán moverse a nuestros héroes nacionales
con la estupefacción con que los muchachos ven moverse
una marioneta sin saber los resortes a que obedece. A mí
me hace gracia observar cómo se afanan los sabios,
qué grandes cuestiones enredan y con qué exquisita
diligencia se procuran los datos acerca de las más
insignificantes particularidades de la vida doméstica
de los egipcios o los griegos, en tanto que se ignoran los
más curiosos pormenores de nuestras costumbres propias,
cómo se remontan y se pierden de inducción
en inducción, por entre el laberinto de las lenguas
caldaicas, sajonas o sánscritas, en busca del origen
de las palabras, en tanto que se olvidan de investigar algo
más interesante: el origen de las ideas. En otros
países más adelantados que el nuestro, y donde,
por consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado
todo más profundamente, se deja ya sentir la reacción
en sentido favorable a este género de estudios; y
aunque tarde para que sus trabajos den el fruto que se debió
esperar, la Edad Media y los períodos históricos
que más de cerca se encadenan con el momento actual
comienzan a ser estudiados y comprendidos. Nosotros esperaremos
regularmente a que se haya borrado la última huella
para empezar a buscarla. Los esfuerzos aislados de algún
que otro admirador de esas cosas, poco o casi nada pueden
hacer. Nuestros viajeros son en muy corto número,
y, por lo regular, no es su país el campo de sus observaciones.
Aunque así no fuese, una excursión por las
capitales, hoy que en su gran mayoría están
ligadas con la gran red de vías férreas, escasamente
lograría llenar el objeto de los que desean hacer
un estudio de esta índole. Es preciso salir de los
caminos trillados, vagar a acaso de un lugar en otro, dormir
medianamente y no comer mejor; es preciso fe y verdadero
entusiasmo por la idea que se persigue para ir a buscar los
tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos
verdaderamente artísticos a los rincones donde su
oscuridad les sirve de salvaguardia, y de donde poco a poco
los va desalojando la invasora corriente de la novedad y
los adelantos de la civilización. Todos los días
vemos a los gobiernos emplear grandes sumas en enviar gentes
que, no sin peligros y dificultades, recogen en lejanos países
bichitos, florecitas y conchas. Porque yo no sea un sabio,
ni mucho menos, no dejo de conocer la verdadera importancia
que tienen las ciencias naturales; pero la ciencia moral,
¿por qué ha de dejarse en un inexplicable abandono?
¿Por qué, al mismo tiempo que se recogen los huesos
de un animal antediluviano, no se han de recoger las ideas
de otros siglos traducidas en objetos de arte y usos extraños
y diseminados acá y allá como los fragmentos
de un coloso hecho mil pedazos? Este inmenso botín
de impresiones, de pequeños detalles, de joyas extraviadas,
de trajes pintorescos, de costumbres características
animadas y revestidas de esa vida que presta a cuanto toca
una pluma inteligente o un lápiz diestro, ¿no creen
ustedes, como yo, que serían de grande utilidad para
los estudios particulares y verdaderamente filosóficos
de un período cualquiera de la Historia? Verdad que
nuestro fuerte no es la Historia. Si algo hemos de saber
en este punto, casi siempre se ha de tomar algún extranjero
el trabajo de decírnoslo del modo que a él
mejor le parece. Pero ¿por qué no se ha de abrir este
ancho campo a nuestros escritores, facilitándoles
el estudio y despertando y fomentando su afición?
Hartos estamos de ver en obras dramáticas, en novelas
que se llaman históricas y cuadros que llenan nuestras
exposiciones, asuntos localizados en este o el otro período
de un siglo cualquiera, y que, cuando más, tienen
de ellos un carácter muy dudoso y susceptible de severa
crítica, si los críticos, a su vez, no supieran
en este punto lo mismo o menos que los autores y artistas
a quienes han de juzgar. Las colecciones de trajes y muebles
de otros países, los detalles que acerca de costumbres
de remotos tiempos se hallan en las novelas de otras naciones,
o lo poco o mucho que nuestros pensionados aprenden relativo
a otros tipos históricos y otros pasados, nunca son
idénticos ni tienen un sello especial; son las únicas
fuentes donde bebe su erudición y forma su conciencia
artística la mayoría. Para remediar este mal,
muchos medios podrían proponerse más o menos
eficaces, pero que, al fin, darían algún resultado
ventajoso. No es mi ánimo, ni he pensado lo suficiente
sobre la materia para hacerlo, el trazar un plan detallado
y minucioso que, como la mayor parte de los que se trazan,
no llegue a realizarse nunca. No obstante, en esta o en la
otra forma, bien pensionándolos, bien adquiriendo
sus estudios o coadyuvando a que se diesen a luz, el Gobierno
debía fomentar la organización periódica
de algunas expediciones artísticas a nuestras provincias.
Estas expediciones, compuestas de grupos de un pintor, un
arquitecto y un literato, seguramente recogerían preciosos
materiales para obras de grande entidad. Unos y otros se
ayudarían en sus observaciones mutuamente, ganarían
en esa fraternidad artística, en ese comercio de ideas
tan continuamente relacionadas entre sí, y sus trabajos
reunidos serían un verdadero arsenal de datos, ideas
y descripciones útiles para todo género de
estudios. Además de la ventaja inmediata que reportaría
esta especie de inventario artístico e histórico
de todos los restos de nuestra pasada grandeza, ¿qué
inmensos frutos no daría más tarde esa semilla
de impresiones, de enseñanza y de poesía, arrojada
en el alma de la generación. en donde iría
germinando para desarrollarse tal vez en el porvenir? Ya
que el impulso de nuestra civilización, de nuestras
costumbres, de nuestras artes y de nuestra literatura viene
del extranjero, ¿por qué no se ha de procurar modificarlo
poco a poco, haciéndolo más propio y más
característico con esa levadura nacional? Corno introducción
al rápido bosquejo de uno de esos tipos originales
de nuestro país que he podido estudiar en mis últimas
correrías, comencé a apuntar de pasada, y a
manera de introducción, algunas reflexiones acerca
de la utilidad de este género de estudios. Sin saber
cómo ni por dónde, la pluma ha ido corriendo,
y me hallo ahora con que para introducción es esto
muy largo, si bien ni por sus dimensiones y su interés
parece bastante para formar artículo de por sí.
De todos modos, allá van esas cuartillas, valgan por
lo que valieren; que si alguien de más conocimientos
e importancia, una vez apuntada la idea, la desarrolla y
prepara la opinión para que fructifique, no serán
perdidas del todo. Yo, entre tanto, voy a trazar un tipo
bastante original y que desconfío de poder reproducir.
Ya que no de otro modo, y aunque poco valga, contribuiré
al éxito de la predicación con el ejemplo.
 - V -
Queridos amigos: Entre los muchos sitios pintorescos y
llenos de carácter que se encuentran en la antigua
ciudad de Tarazona, la plaza del Mercado es, sin duda alguna,
el más original y digno de estudio. Parece que no
ha pasado para ella el tiempo, que todo lo destruye o altera.
Al encontrarse en mitad de aquel espacio de forma irregular
y cerrado por lienzos de edificios a cuál más
caprichosos y vetustos, nadie diría que nos hallamos
en pleno siglo XIX, siglo amante de la novedad por excelencia,
siglo aficionado hasta la exageración a lo flamante,
lo limpio y lo uniforme. Hay cosas que son más para
vistas que para trasladadas al lienzo, siquiera el que lo
intente sea un artista consumado, y esta plaza es una de
ellas. A donde no alcanza, pues, ni la paleta del pintor
con sus infinitos recursos, ¿cómo podrá llegar
mi pluma sin más medios que la palabra, tan pobre,
tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto
de líneas, de claroscuro, de combinación de
colores, de detalles que se ofrecen juntos a la vista, de
rumores y sonidos que se perciben a la vez, de grupos que
se forman y se deshacen, de movimiento que no cesa, de luz
que hiere, de ruido que aturde, de vida, en fin, con sus
múltiples manifestaciones, imposibles de sorprender
con sus infinitos accidentes ni merced a la cámara
fotográfica? Cuando se acomete la difícil empresa
de descomponer esa extraña armonía de la forma,
el color y el sonido; cuando se intenta dar a conocer sus
pormenores, enumerando unas tras otras las partes del todo,
la atención se fatiga, el discurso se embrolla, y
se pierde por completo la idea de la íntima relación
que estas cosas tienen entre sí, el valor que mutuamente
se prestan al ofrecerse reunidas a la mirada del espectador,
para hacer el efecto del conjunto, que es, a no dudarlo,
su mayor atractivo. Renuncio, pues, a describir el panorama
del mercado con sus extensos soportales, formados de arcos
macizos y redondos, sobre los que gravitan esas construcciones
voladas tan propias del siglo XVI, llenas de tragaluces circulares,
de rejas de hierro labradas a martillo, de balcones imposibles
de todas formas y tamaños, de aleros puntiagudos y
de canes de madera, ya medio podrida y cubierta de polvo,
que deja ver a trechos el costoso entalle, muestra de su
primitivo esplendor. Los mil y mil accidentes pintorescos
que a la vez cautivan al ánimo y llaman la vista como
reclamando la prioridad de la descripción; las dobles
hileras de casuquillas de extraño contorno y extravagantes
proporciones, estas altas y estrechas como un castillo, aquellas
chatas y agachapadas entre el ángulo de un templo
y los muros de un palacio, como una verruga de argamasa y
escombros; los recortados lienzos de edificios con un remiendo
moderno, un trozo de piedra que acusa su antigüedad,
un escudo de pizarra que oculta casi el rótulo de
una mercería, un retablillo con una imagen de la Purísima
y su farol ahumado y diminuto, o el retorcido tronco de una
vid que sale del interior por un agujero practicado en la
pared y sube hasta sombrear con un toldo de verdura el alféizar
de un ajimez árabe, confundidos y entremezclados en
mi memoria con el recuerdo de la monumental fachada de la
Casa-Ayuntamiento, con sus figuras colosales de granito,
sus molduras de hojarasca, sus frisos por donde se extiende
una larga y muda procesión de guerreros de piedra,
precedidos de timbales y clarines, sus torres cónicas,
sus arcos chatos y fuertes y sus blasones soportados por
ángeles y grifos rampantes, forman en mi cabeza un
caos tan difícil de desembrollar en este momento,
que si ustedes con su imaginación no hacen en él
la luz y lo ordenan y colocan a su gusto todas estas cosas
que yo arrojo a granel sobre las cuartillas, las figuras
de mi cuadro se quedarán sin fondo, los actores de
mi comedia se agitarán en un escenario sin decoración
ni acompañamiento. Figúrense ustedes, pues,
partiendo de estos datos y como mejor les plazca, el mercado
de Tarazona: figúrense ustedes que ven por aquí
cajones formados de tablas y esteras, tenduchos levantados
de improviso, con estacas y lienzos, mesillas cojas y contrahechas,
bancos largos y oscuros, y por allá cestos de fruta
que ruedan hasta el arroyo, montones de hortalizas frescas
y verdes, rimeros de panes blancos y rubios, trozos de carne
que cuelgan de garfios de hierro, tenderetes de ollas, pucheros
y platos, guirnaldas de telas de colorines, pañuelos
de tintas rabiosas, zapatos de cordobán y alpargatas
de cáñamo que engalanan los soportales sujetos
con cordeles de columna a columna, y figúrense ustedes
circulando por medio de ese pintoresco cúmulo de objetos,
producto de la atrasada agricultura y la pobre industria
de este rincón de España, una multitud abigarrada
de gentes que van y vienen en todas direcciones, paisanos
con sus mantas de rayas, sus pañuelos rojos unidos
a las sienes, su faja morada y su calzón estrecho,
mujeres de los lugares circunvecinos con sayas azules, verdes,
encarnadas y amarillas; por este lado, un señor antiguo,
de los que ya solo aquí se encuentran, con su calzón
corto, su media de lana oscura y su sombrero de copa; por
aquel, un estudiante con sus manteos y su tricornio, que
recuerdan los buenos tiempos de Salamanca, y chiquillos que
corren y vocean, caballerías que cruzan, vendedores
que pregonan, una interjección característica
por acá, los desaforados gritos de los que disputan
y riñen, todo envuelto y confundido con ese rumor
sin nombre que se escapa de las reuniones populares, donde
todos hablan, se mueven y hacen ruido a la vez, mientras
se codean, avanzan, retroceden, empujan o resisten, llevados
por el oleaje de la multitud. La primera vez que tuve ocasión
de presenciar este espectáculo, lleno de animación
y de vida, perdido entre los numerosos grupos que llenaban
la plaza de un extremo a otro, apenas pude darme cuenta exacta
de lo que sucedía a mi alrededor. La novedad de los
tipos, los trajes y las costumbres; el extraño aspecto
de los edificios y las tiendecillas, encajonadas unas entre
dos pilares de mármol, otras bajo un arco severo e
imponente o levantadas al aire libre sobre tres o cuatro
palitroques, hasta el pronunciado y especial acento de los
que voceaban pregonando sus mercancías, nuevo completamente
para mí, eran causa más que bastante a producirme
ese aturdimiento que hace imposible la percepción
detallada de un objeto cualquiera. Mis miradas, vagando de
un punto a otro, sin cesar un momento, no tenían ni
voluntad propia para fijarse en un sitio. Así estuve
cerca de una hora, cruzando en todos sentidos la plaza, a
la que, por ser día de fiesta y uno de los más
clásicos de mercado, había acudido más
gente que de costumbre, cuando en uno de sus extremos, y
cerca de una fuente donde unos lavaban las verduras, otros
recogían agua en un cacharro o daban de beber a sus
caballerías, distinguí un grupo de muchachas
que, en su original y airoso atavío, en sus maneras
y hasta en su particular modo de expresarse, conocí
que serían de alguno de los pueblos de las inmediaciones
de Tarazona, donde más puras y primitivas se conservan
las antiguas costumbres y ciertos tipos del Alto Aragón.
En efecto, aquellas muchachas, cuya fisonomía especial,
cuya desenvoltura varonil, cuyo lenguaje, mezclado de las
más enérgicas interjecciones, contrasta de
un modo notable con la expresión de ingenua sencillez
de sus rostros, con su extremada juventud y la inocencia
que descubren a través del somero barniz de malicia
de su alegre dicharacheo, se distinguían tanto de
las otras mujeres de las aldeas y lugares de los contornos
que, como ellas, vienen al mercado de la ciudad, que, desde
luego, se despertó en mí la idea de hacer un
estudio más detenido de sus costumbres, enterándome
del punto de que procedían y el género de tráfico
en que se ocupaban. So pretexto de ajustar una carga de
leña de las varias que tenían sobre algunos
borriquillos pequeños, huesosos y lanudos, trabé
conversación con una de las que me parecieron más
juiciosas y formales, mientras las otras nos aturdían
con sus voces, sus risotadas o sus chistes, pues es tal la
fama de alegres y decidoras que tienen entre las gentes de
la ciudad, que no hay seminarista desocupado o zumbón
que al pasar no las diga alguna cosa, seguro de que no ha
de faltarles una ocurrencia oportuna y picante para responderles.
Mi conversación, en la que por incidencia toqué
dos o tres puntos de los que deseaba aclarar, fue, por lo
tanto, todo lo insuficiente que, dadas las condiciones del
sitio y de mis interlocutoras, se podía presumir.
Supe, no obstante, que eran de Añón, pueblecito
que dista unas tres horas de camino de Tarazona, y que, en
mis paseos alrededor de esta abadía, he tenido ocasión
de ver varia |