publicidad

 

Página principal
    El Príncipe
     Nicolás Maquiavelo
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Abajo Siguiente
Abajo

El príncipe

Niccolò Machiavelli



Portada



Los que quieren lograr la gracia de un príncipe tienen la costumbre de presentarle las cosas que se reputan como que le son más agradables, o en cuya posesión se sabe que él se complace más. Le ofrecen en su consecuencia: los unos, caballos; los otros, armas; cuáles, telas de oro; varios, piedras preciosas u otros objetos igualmente dignos de su grandeza.

Queriendo presentar yo mismo a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda que pudiera probarle todo mi rendimiento para con ella, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea más querida, y de que haga yo más caso, que mi conocimiento de la conducta de los mayores estadistas que han existido. No he podido adquirir este conocimiento más que con una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y por medio de una continuada lectura de las antiguas historias. Después de haber examinado por mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y meditándolas con la más seria atención, he encerrado el resultado de esta penosa y profunda tarea en un reducido volumen; y el cual remito a Vuestra Magnificencia.

Aunque esta obra me parece indigna de Vuestra Grandeza, tengo, sin embargo, la confianza de que vuestra bondad le proporcionará la honra de una favorable acogida, si os dignáis considerar que no me era posible haceros un presente más precioso que el de un libro, con el que podréis comprender en pocas horas lo que yo no he conocido ni comprendido más que en muchos años, con suma fatiga y grandísimos peligros.

No he llenado esta obra de aquellas prolijas glosas con que se hace ostentación de ciencia, ni adornándola con frases pomposas, hinchadas expresiones y todos los demás atractivos ajenos de la materia, con que muchos autores tienen la costumbre de engalanar lo que tienen que decir1. He querido que mi libro no tenga otro adorno ni gracia más que la verdad de las cosas y la importancia de la materia.

Desearía yo, sin embargo, que no se mirara como una reprensible presunción en un hombre de condición inferior, y aun baja si se quiere, el atrevimiento que él tiene de discurrir sobre los gobiernos de los príncipes, y de aspirar a darles reglas. Los pintores encargados de dibujar un paisaje, deben estar, a la verdad, en las montañas, cuando tienen necesidad de que los valles se descubran bien a sus miradas; pero también únicamente desde el fondo de los valles pueden ver bien en toda su extensión las montañas y elevados sitios2. Sucede lo propio en la política: si para conocer la naturaleza de los pueblos es preciso ser príncipe, para conocer la de los principados, conviene estar entre el pueblo. Reciba Vuestra Magnificencia este escaso presente con la misma intención que yo tengo al ofrecérselo. Cuando os dignéis leer esta obra y meditarla con cuidado, reconoceréis en ella el extremo deseo que tengo de veros llegar a aquella elevación que vuestra suerte y eminentes prendas os permiten. Y si os dignáis después, desde lo alto de vuestra majestad, bajar a veces vuestras miradas hacia la humillación en que me hallo, comprenderéis toda la injusticia de los extremados rigores que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción.






ArribaAbajoCapítulo I

Cuántas clases de principados hay, y de qué modo ellos se adquieren


Cuántos Estados, cuántas dominaciones ejercieron y ejercen todavía una autoridad soberana sobre los hombres, fueron y son Repúblicas o principados. Los principados son, o hereditarios cuando la familia del que los sostiene los poseyó por mucho tiempo, o son nuevos.

Los nuevos son, o nuevos en un todo3, como lo fue el de Milán para Francisco Sforza; o como miembros añadidos al Estado ya hereditario del príncipe que los adquiere. Y tal es el reino de Nápoles con respecto al Rey de España.

O los Estados nuevos, adquiridos de estos dos modos, están habituados a vivir bajo un príncipe, o están habituados a ser libres.

O el príncipe que los adquirió, lo hizo con las armas ajenas, o los adquirió con las suyas propias.

O la fortuna se los proporcionó, o es deudor de ellos a su valor.




ArribaAbajo Capítulo II

De los príncipes hereditarios


Pasaré aquí en silencio las repúblicas, a causa de que he discurrido ya largamente sobre ellas en otra obra; y no dirigiré mis miradas más que hacia el principado4. Volviendo en mis discursos a las distinciones que acabo de establecer, examinaré el modo con que es posible gobernar y conservar los principados.

Digo, pues, que en los Estados hereditarios que están acostumbrados a ver reinar la familia de su príncipe, hay menos dificultad para conservarlos, que cuando ellos son nuevos5. El príncipe entonces no tiene necesidad más que de no traspasar el orden seguido por sus mayores, y de contemporizar con los acaecimientos, después de lo cual le basta una ordinaria industria para conservarse siempre, a no ser que haya una fuerza extraordinaria, y llevada al exceso, que venga a privarle de su Estado. Si él le pierde, le recuperará, si lo quiere, por más poderoso y hábil que sea el usurpador que se ha apoderado de él6.

Tenemos para ejemplo, en Italia, al Duque de Ferrara, a quien no pudieron arruinar los ataques de los venecianos, en el año de 1484; ni los del Papa Julio, en el de 1510, por el único motivo de que su familia se hallaba establecida de padres en hijos, mucho tiempo hacía, en aquella soberanía.

Teniendo el príncipe natural menos motivos y necesidad de ofender a sus gobernados, está más amado por esto mismo; y si no tiene vicios muy irritantes que le hagan aborrecible, le amarán sus gobernados naturalmente y con razón. La antigüedad y continuación del reinado de su dinastía, hicieron olvidar los vestigios y causas de las mudanzas que le instalaron: lo cual es tanto más útil cuanto una mudanza deja siempre una piedra angular para hacer otra7.




ArribaAbajoCapítulo III

De los principados mixtos


Se hallan las dificultades en el principado mixto; y primeramente, si él no es enteramente nuevo, y que no es más que un miembro añadido a un principado antiguo que ya se posee, y que por su reunión puede llamarse, en algún modo, un principado mixto8, sus incertidumbres dimanan de una dificultad que es conforme con la naturaleza de todos los principados nuevos. Consiste ella en que los hombres que mudan gustosos de señor con la esperanza de mejorar su suerte (en lo que van errados), y que, con esta loca esperanza, se han armado contra el que los gobernaba, para tomar otro, no tardan en convencerse por la experiencia, de que su condición se ha empeorado. Esto proviene de la necesidad en que aquel que es un nuevo príncipe, se halla natural y comúnmente de ofender a sus nuevos súbditos, ya con tropas, ya con una infinidad de otros procedimientos molestos que el acto de su nueva adquisición llevaba consigo9.

Con ello te hallas tener por enemigos todos aquellos a quienes has ofendido al ocupar este principado, y no puedes conservarte por amigos a los que te colocaron en él, a causa de que no te es posible satisfacer su ambición hasta el grado que ellos se habían lisonjeado; ni hacer uso de medios rigurosos para reprimirlos, en atención a las obligaciones que ellos te hicieron contraer con respecto a sí mismos10. Por más fuerte que un príncipe fuera con sus ejércitos, tuvo siempre necesidad del favor de una parte a lo menos de los habitantes de la provincia, para entrar en ella. He aquí por qué Luis XII, después de haber ocupado Milán con facilidad, le perdió inmediatamente11; y no hubo necesidad para quitárselo, esta primera vez, más que de las fuerzas de Ludovico; porque los milaneses, que habían abierto sus puertas al rey, se vieron desengañados de su confianza en los favores de su gobierno, y de la esperanza que habían concebido para lo venidero12, y no podían ya soportar el disgusto de tener un nuevo príncipe.

Es mucha verdad que al recuperar Luis XII por segunda vez los países que se habían rebelado, no se los dejó quitar tan fácilmente, porque prevaleciéndose de la sublevación anterior, fue menos reservado en los medios de consolidarse. Castigó a los culpables, quitó el velo a los sospechosos y fortificó las partes más débiles de su anterior gobierno13.

Si, para hacer perder Milán al rey de Francia la primera vez, no hubiera sido menester más que la terrible llegada del Duque Ludovico hacia los confines del Milanesado, fue necesario para hacérsele perder la segunda que se armasen todos contra él, y que sus ejércitos fuesen arrojados de Italia, o destruidos14.

Sin embargo, tanto la segunda como la primera vez, se le quitó el Estado de Milán. Se han visto los motivos de la primera pérdida suya que él hizo, y nos resta conocer los de la segunda, y decir los medios que él tenía, y que podía tener cualquiera que se hallara en el mismo caso, para mantenerse en su conquista mejor que lo hizo15.

Comenzaré estableciendo una distinción: o estos Estados que, nuevamente adquiridos, se reúnen con un Estado ocupado mucho tiempo hace por el que los ha conseguido se hallan ser de la misma provincia, tener la misma lengua, o esto no sucede así.

Cuando ellos son de la primera especie, hay suma facilidad en conservarlos, especialmente cuando no están habituados a vivir libres en república16. Para poseerlos seguramente, basta haber extinguido la descendencia del príncipe que reinaba en ellos17; porque en lo restante, conservándoles sus antiguos estatutos, y no siendo allí las costumbres diferentes de las del pueblo a que los reúnen, permanecen sosegados, como lo estuvieron la Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que fueron reunidas a la Francia, mucho tiempo hace18. Aunque hay, entre ellas, alguna diferencia de lenguaje, las costumbres, sin embargo, se asemejan allí, y estas diferentes provincias pueden vivir, no obstante, en buena armonía.

En cuanto al que hace semejantes adquisiciones, si él quiere conservarlas, le son necesarias dos cosas: la una, que se extinga el linaje del príncipe que poseía estos Estados19; la otra, que el príncipe que es nuevo no altere sus leyes, ni aumente los impuestos20. Con ello, en brevísimo tiempo, estos nuevos Estados pasarán a formar un solo cuerpo con el antiguo suyo21.

Pero cuando se adquieren algunos Estados en un país que se diferencia en las lenguas, costumbres y constitución, se hallan entonces las dificultades22; y es menester tener bien propicia la fortuna, y una suma industria, para conservarlos. Uno de los mejores y más eficaces medios a este efecto, sería que el que la adquiere fuera a residir en ellos; los poseería entonces del modo más seguro y durable, como lo hizo el Turco con respecto a la Grecia. A pesar de todos los demás medios de que se valía para conservarla, no lo hubiera logrado, si no hubiera ido a establecer allí su residencia23.

Cuando el príncipe reside en este nuevo Estado, si se manifiestan allí desórdenes, puede reprimirlos muy prontamente; en vez de que si reside en otra parte, y que los desórdenes no son de gravedad, no hay remedio ya.

Cuando permaneces allí, no es despojada la provincia por la codicia de los empleados24; y los súbditos se alegran más de poder recurrir a un príncipe que está cerca de ellos, que no a un príncipe distante que le verían como extraño: tienen ellos más ocasiones de cogerle amor25, si quieren ser buenos; y temor, si quieren ser malos. Por otra parte, el extranjero que hubiera apetecido atacar este Estado, tendrá más dificultad para determinarse a ello. Así, pues, residiendo el príncipe en él, no podrá perderle, sin que se experimente una suma dificultad para quitársele26.

El mejor medio, después del precedente, consiste en enviar algunas colonias a uno o dos parajes que sean como la llave de este nuevo Estado; a falta de lo cual sería preciso tener allí mucha caballería e infantería27. Formando el príncipe semejantes colonias, no se empeña en sumos dispendios; porque aun sin hacerlos, o haciéndolos escasos, las envía y mantiene allí. En ello no ofende más que a aquellos de cuyos campos y casas se apodera para darlos a los nuevos moradores, que no componen, todo bien considerado, más que una cortísima parte de este Estado; y quedando dispersos y pobres aquellos a quienes ha ofendido, no pueden perjudicarle nunca28. Todos los demás que no han recibido ninguna ofensa en sus personas y bienes, se apaciguan fácilmente, y son temerosamente atentos a no hacer faltas, a fin de que no les acaezca el ser despojados como los otros29. De lo cual es menester concluir que estas colonias que no cuestan nada o casi nada, son más fieles y perjudican menos; y que hallándose pobres y dispersos los ofendidos, no pueden perjudicar, como ya he dicho30.

Debe notarse que los hombres quieren ser acariciados o reprimidos, y que se vengan de las ofensas cuando son ligeras31. No pueden hacerlo cuando ellas son graves; así, pues, la ofensa que se hace a un hombre debe ser tal que le inhabilite para hacerlos temer su venganza32.

Si, en vez de colonias, se tienen tropas en estos nuevos Estados, se expende mucho, porque es menester consumir, para mantenerlas, cuantas rentas se sacan de semejantes Estados33. La adquisición suya que se ha hecho, se convierte entonces en pérdida, y ofende mucho más, porque ella perjudica a todo el país con los ejércitos que es menester alojar allí en las casas particulares. Cada habitante experimenta la incomodidad suya; y son unos enemigos que pueden perjudicarle, aun permaneciendo sojuzgados dentro de su casa34. Este medio para guardar un Estado es, pues, bajo todos los aspectos, tan inútil como el de las colonias es útil.

El príncipe que adquiere una provincia cuyas costumbres y lenguaje no son los mismos que los de su Estado principal, debe hacerse también allí el jefe y protector de los príncipes vecinos que son menos poderosos que él, e ingeniarse para debilitar a los más poderosos de ellos35. Debe, además, hacer de modo que un extranjero tan poderoso como él no entre en su nueva provincia; porque acaecerá entonces que llamarán allí a este extranjero los que se hallen descontentos con motivo de su mucha ambición o de sus temores36. Así fue como los etolios introdujeron a los romanos en la Grecia y demás provincias en que éstos entraron; los llamaban allí siempre los habitantes37.

El orden común de las causas es que luego que un poderoso extranjero entra en un país, todos los demás príncipes que son allí menos poderosos, se le unan por un efecto de la envidia que habían concebido contra el que los sobrepujaba en poder, y a los que él ha despojado38. En cuanto a estos príncipes menos poderosos, no hay mucho trabajo en ganarlos; porque todos juntos formarán gustosos cuerpo con el Estado que él ha conquistado39. El único cuidado que ha de tenerse, es el de impedir que ellos adquieran mucha fuerza y autoridad. El nuevo príncipe, con el favor de ellos y sus propias armas, podrá abatir fácilmente a los que son poderosos, a fin de permanecer en todo el árbitro de aquel país40.

El que no gobierne hábilmente esta parte, perderá bien pronto lo que él adquirió; y mientras que lo tenga, hallará en ello una infinidad de dificultades y sentimientos41.

Los romanos guardaron bien estas precauciones en las provincias que ellos habían conquistado. Enviaron allá colonias, mantuvieron a los príncipes de las inmediaciones menos poderosas que ellos, sin aumentar su fuerza; debilitaron a los que tenían tanta como ellos mismos, y no permitieron que las potencias extranjeras adquiriesen allí consideración ninguna42. Me basta citar para ejemplo de esto la Grecia en que ellos conservaron a los acayos y etolios, humillaron el reino de Macedonia y echaron a Antioco43. El mérito que los acayos y etolios contrajeron en el concepto de los romanos, no fue suficiente nunca para que éstos les permitiesen engrandecer ninguno de sus Estados44. Nunca los redujeron los discursos de Filipo hasta el grado de tratarle como amigo sin abatirle; ni nunca el poder de Antíoco pudo reducirlos a permitir que él tuviera ningún Estado en aquel país45.

Los romanos hicieron en aquellas circunstancias lo que todos los príncipes cuerdos deben hacer cuando tienen miramiento, no solamente con los actuales perjuicios, sino también con los venideros, y que quieren remediarlos con destreza. Es posible hacerlo precaviéndolos de antemano; pero si se aguarda a que sobrevengan, no es ya tiempo de remediarlos, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede, en este particular, lo que los médicos dicen de la tisis, que, en los principios es fácil de curar y difícil de conocer; pero que, en lo sucesivo, si no la conocieron en su principio, ni le aplicaron remedio ninguno, se hace, en verdad, fácil de conocer, pero difícil de curar46. Sucede lo mismo con las cosas del Estado: si se conocen anticipadamente los males que pueden manifestarse, lo que no es acordado más que a un hombre sabio y bien prevenido, quedan curados bien pronto; pero cuando, por no haberlos conocido, les dejan tomar incremento de modo que llegan al conocimiento de todas las gentes, no hay ya arbitrio ninguno para remediarlos. Por esto, previendo los romanos de lejos los inconvenientes, les aplicaron el remedio siempre en su principio, y no les dejaron seguir nunca su curso por el temor de una guerra. Sabían que ésta no se evita; y que si la diferimos, es siempre con provecho ajeno47. Cuando ellos quisieron hacerla contra Filipo y Antíoco en Grecia, era para no tener que hacérsela en Italia. Podían evitar ellos entonces a uno y otro; pero no quisieron, ni les agradó aquel consejo de gozar de los beneficios del tiempo, que no se les cae nunca de la boca a los sabios de nuestra era48. Les acomodó más el consejo de su valor y prudencia, el tiempo que echa abajo cuanto subsiste, puede acarrear consigo tanto el bien como el mal, pero igualmente tanto el mal como el bien49.

Volvamos a la Francia, y examinaremos si ella hizo ninguna de estas cosas. Hablaré, no de Carlos VIII, sino de Luis XII, como de aquel cuyas operaciones se conocieron mejor, visto que él conservó por más tiempo sus posesiones en Italia; y se verá que hizo lo contrario para retener un Estado de diferentes costumbres y lenguas50.

El rey Luis fue atraído a Italia por la ambición de los venecianos, que querían, por medio de su llegada, ganar la mitad del Estado de Lombardía. No intento afear este paso del rey, ni su resolución sobre este particular; porque queriendo empezar a poner el pie en Italia, no teniendo en ella amigos, y aun viendo cerradas todas las puertas a causa de los estragos que allí había hecho el rey Carlos VIII, se veía forzado a respetar los únicos aliados que pudiera haber allí51; y su plan hubiera tenido un completo acierto si él no hubiera cometido falta ninguna en las demás operaciones. Luego que hubo conquistado, pues, la Lombardía, volvió a ganar repentinamente en Italia la consideración que Carlos había hecho perder en ella a las armas francesas. Génova cedió; se hicieron amigos suyos los florentinos; el Marqués de Mantua, el Duque de Ferrara, Bentivoglio (príncipe de Bolonia), el señor de Forli, los de Pésaro, Rímini, Camerino, Piombino, los luqueses, pisanos, sieneses, todos, en una palabra, salieron a recibirle para solicitar su amistad52. Los venecianos debieron reconocer entonces la imprudencia de la resolución que ellos habían tomado, únicamente para adquirir dos territorios de la provincia lombarda; e hicieron al rey dueño de los dos tercios de la Italia53.

Que cada uno ahora comprenda con cuán poca dificultad podía Luis XII, si hubiera seguido las reglas de que acabamos de hablar, conservar su reputación en Italia, y tener seguros y bien defendidos a cuantos amigos se había hecho él allí. Siendo numerosos éstos, débiles, por otra parte, y temiendo el uno al Papa y el otro a los venecianos, se veían siempre en la precisión de permanecer con él; y por medio de ellos le era posible contener fácilmente lo que había de más poderoso en toda la península54.

Pero apenas llegó el rey a Milán, cuando obró de un modo contrario, supuesto que ayudó al papa Alejandro VI a apoderarse de la Romaña. No echó de ver que con esta determinación se hacía débil, por una parte, desviando de sí a sus amigos y a los que habían ido a ponerse bajo su protección; y que, por otra, extendía el poder de Roma55, agregando una tan vasta dominación temporal a la potestad espiritual que le daba ya tanta autoridad56.

Esta primera falta le puso en la precisión de cometer otras; de modo que para poner un término a la ambición de Alejandro, e impedirle hacerse dueño de la Toscana, se vio obligado a volver a Italia.

No le bastó el haber dilatado los dominios del Papa y desviado a sus propios amigos, sino que el deseo de poseer el reino de Nápoles, se le hizo repartir con el rey de España57. Así, cuando él era el primer árbitro de la Italia, tomó en ella a un asociado, al que cuantos se hallaban descontentos con él debían recurrir naturalmente; y cuando le era posible dejar en aquel reino a un rey que no era ya más que pensionado suyo58, le echó a un lado para poner a otro capaz de arrojarle a él mismo59.

El deseo de adquirir es, a la verdad, una cosa ordinaria y muy natural; y los hombres que adquieren, cuando pueden hacerlo, serán alabados y nunca vituperados por ello; pero cuando no pueden ni quieren hacer su adquisición como conviene, en esto consiste el error y motivo de vituperio60.

Si la Francia, pues, podía atacar con sus fuerzas Nápoles, debía hacerlo; si no lo podía, no debía dividir aquel reino; y si la repartición que ella hizo de la Lombardía con los venecianos es digna de disculpa a causa de que halló el rey en ello un medio de poner el pie en Italia, la empresa sobre Napoleón merece condenarse a causa de que no había motivo ninguno de necesidad que pudiera disculparla61.

Luis había cometido, pues, cinco faltas, en cuanto había destruido las reducidas potencias de Italia62, aumentado la dominación de un príncipe ya poderoso, introducido a un extranjero que lo era mucho, no residido allí él mismo, ni establecido colonias.

Estas faltas, sin embargo, no podían perjudicarle en vida suya, si él no hubiera cometido una sexta: la de ir a despojar a los venecianos63. Era cosa muy razonable y aun necesaria el abatirlos, aun cuando él no hubiera dilatado los dominios de la Iglesia, ni introducido a la España en Italia; pero no debía consentir en la ruina de ellos, porque siendo poderosos de sí mismos, hubieran tenido distantes siempre de toda empresa sobre Lombardía a los otros, ya porque los venecianos no hubieran consentido en ello sin ser ellos mismos los dueños, ya porque los otros no hubieran querido quitarla a la Francia para dársela a ellos, o no tenido la audacia de ir a atacar a estas dos potencias64.

Si alguno dijera que el rey Luis no cedió la Romaña a Alejandro y el reino de Nápoles a la España, más que para evitar una guerra, respondería con las razones ya expuestas, que no debemos dejar nacer un desorden para evitar una guerra, porque acabamos no evitándola; la diferimos únicamente: y no es nunca más que con sumo perjuicio nuestro65.

Y si algunos otros alegaran la promesa que el rey había hecho al Papa de ejecutar en favor suyo esta empresa para obtener la disolución de su matrimonio con Juana de Francia y el capelo de Cardenal para el Arzobispado de Ruán, responderé a esta objeción con las explicaciones que daré ahora mismo sobre la fe de los príncipes y modo con que deben guardarla66.

El rey Luis perdió, pues, la Lombardía por no haber hecho nada de lo que hicieron cuantos tomaron provincias y quisieron conservarlas. No hay en ello milagro, sino una cosa razonable y ordinaria. Hablé en Nantes de esto con el Cardenal de Ruán, cuando el duque de Valentinois, al que llamaban vulgarmente César Borgia, hijo de Alejandro, ocupaba la Romaña; y habiéndome dicho el cardenal que los italianos no entendían nada de la guerra, le respondí que los franceses no entendían nada de las cosas de Estado, porque si ellos hubieran tenido inteligencia en ellas, no hubieran dejado tomar al Papa un tan grande incremento de dominación temporal67. Se vio por experiencia que la que el Papa y la España adquirieron en Italia, les había venido de la Francia, y que la ruina de esta última en Italia dimanó del Papa y de la España68. De lo cual podemos deducir una regla general que no engaña nunca, o que a lo menos no extravía más que raras veces: es que el que es causa de que otro se vuelva poderoso obra su propia ruina69. No le hace volverse tal más que con su propia fuerza o industria; y estos dos medios de que él se ha manifestado provisto, permanecen muy sospechosos al príncipe que, por medio de ellos, se volvió más poderoso70.




ArribaAbajo Capítulo IV

Por qué ocupado el reino de Darío por Alejandro, no se rebeló contra los sucesores de éste después de su muerte71


Considerando las dificultades que se experimentan en conservar un Estado adquirido recientemente, podría preguntarse con asombro, cómo sucedió que hecho dueño Alejandro Magno del Asia en un corto número de años, y habiendo muerto a poco tiempo de haberla conquistado, sus sucesores, en una circunstancia en que parecía natural que todo este Estado se pusiese en rebelión, le conservaron, sin embargo72, y no hallaron para ello más dificultad que la que su ambición individual ocasionó entre ellos73. He aquí mi respuesta: los principados conocidos son gobernados de uno u otro de estos dos modos: el primero consiste en serlo por un príncipe, asistido de otros individuos que, permaneciendo siempre súbditos bien humildes al lado suyo, son admitidos por gracia o concesión en clase de servidores solamente, para ayudarle a gobernar. El segundo modo con que se gobierna, se compone de un príncipe, asistido de barones, que tienen su puesto en el Estado, no de la gracia del príncipe, sino de la antigüedad de su familia. Estos barones mismos tienen Estados y gobernados que los reconocen por señores suyos, y les dedican su afecto naturalmente74.

El príncipe, en los primeros de estos Estados en que gobierna él con algunos ministros esclavos, tiene más autoridad, porque en su provincia no hay ninguno que reconozca a otro más que a él por superior: y si se obedece a otro no es por un particular afecto a su persona, sino solamente porque él es Ministro y empleado del príncipe75.

Los ejemplos de estas dos especies de gobiernos son, en nuestros días, el del Turco y el del rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor único; sus adjuntos no son más que criados suyos; y dividiendo en provincias su reino, envía a ellas diversos administradores, a los cuales muda y coloca en nuevo puesto a su antojo76. Pero el rey de Francia se halla en medio de un sinnúmero de personajes, ilustres por la antigüedad de su familia, señores ellos mismos en el Estado, y reconocidos como tales por sus particulares gobernados, quienes, por otra parte, les profesan afecto. Estos personajes tienen preeminencias personales, que el rey no puede quitarles sin peligrar él mismo77.

Así, cualquiera que se ponga a considerar atentamente uno y otro de estos dos Estados, hallará que habría suma dificultad en conquistar el del Turco; pero que si uno le hubiera conquistado, tendría una grandísima facilidad en conservarle. Las razones de las dificultades para ocuparle son que el conquistador no puede ser llamado allí de las provincias de este imperio, ni esperar ser ayudado en esta empresa con la rebelión de los que el soberano tiene al lado suyo: lo cual dimana de las razones expuestas más arriba78. Siendo todos esclavos suyos, y estándole reconocidos por sus favores, no es posible corromperlos tan fácilmente; y aun cuando se lograra esto, no podría esperarse mucha utilidad, porque no les sería posible atraer hacia sí a los pueblos, por las razones que hemos expuesto79. Conviene, pues, ciertamente, que el que ataca al Turco, reflexione que va a hallarle unido con su pueblo, y que pueda contar más con sus propias fuerzas que con los desórdenes que se manifestarán a favor suyo en el imperio80. Pero después de haberle vencido y derrotado en una campaña sus ejércitos, de modo que él no pueda ya rehacerlos, no quedará ya cosa ninguna temible más que la familia del príncipe. Si uno la destruye, no habrá allí ya ninguno a quien deba temerse; porque los otros no gozan del mismo valimiento al lado del pueblo. Así como el vencedor, antes de la victoria, no podía contar con ninguno de ellos, así también no debe cogerles miedo ninguno después de haber vencido81.

Sucederá lo contrario en los reinos gobernados como el de Francia. Se puede entrar allí con facilidad, ganando a algún barón, porque se hallan siempre algunos malcontentos del genio de aquellos que apetecen mudanzas82. Estas gentes, por las razones mencionadas, pueden abrirte el camino para la posesión de este Estado, y facilitarte el triunfo; pero cuando se trate de conservarte en él, este triunfo mismo te dará a conocer infinitas dificultades, tanto por la parte de los que te auxiliaron como por la de aquellos a quienes has oprimido83. No te bastará el haber extinguido la familia del príncipe, porque quedarán siempre allí varios señores que se harán cabezas de partido para nuevas mudanzas; y como no podrás contentarlos ni destruirlos enteramente84, perderás este reino luego que se presente la ocasión de ello85.

Si consideramos ahora de qué naturaleza de gobierno era el de Darío, le hallaremos semejante al del Turco86. Le fue necesario primeramente a Alejandro el asaltarle por entero, y hacerse dueño de la campaña. Después de esta victoria, y la muerte de Darío, quedó el Estado en poder del conquistador de un modo seguro por las razones que llevamos expuestas: y si hubieran estado unidos los sucesores de éste, podían gozar de él sin la menor dificultad; porque no sobrevino ninguna otra disensión más que la que ellos mismos suscitaron.

En cuanto a los Estados constituidos como el de Francia, es imposible poseerlos tan sosegadamente87. Por esto hubo, tanto en España como en Francia, frecuentes rebeliones, semejantes a las que los romanos experimentaron en la Grecia, a causa de los numerosos principados que se hallaban allí. Mientras que la memoria suya subsistió en aquel país, no tuvieron los romanos más que una posesión incierta; pero luego que no se hubo pensado ya en ello, se hicieron seguros poseedores por medio de la dominación y estabilidad de su imperio88.

Cuando los romanos pelearon allí unos contra otros, cada uno de ambos partidos pudo atraerse una posesión de aquellas provincias según la autoridad que él había tomado allí: porque habiéndose extinguido la familia de sus antiguos dominadores, aquellas provincias reconocían ya por únicos a los romanos. Haciendo atención a todas estas particularidades, no causarán ya extrañeza la facilidad que Alejandro tuvo para conservar el Estado de Asia, y las dificultades que sus sucesores experimentaron para mantenerse en la posesión de lo que habían adquirido, como Pirro y otros muchos. No provinieron ellas del muchísimo o poquísimo talento por parte del vencedor, sino de la diversidad de los Estados que ellos habían conquistado.




ArribaAbajo Capítulo V

De qué modo deben gobernarse las ciudades o principados que, antes de ocuparse por un nuevo príncipe, se gobernaban con sus leyes particulares


Cuando uno quiere conservar aquellos Estados que estaban acostumbrados a vivir con sus leyes y en República, es preciso abrazar una de estas tres resoluciones: debes o arruinarlos89, o ir a vivir en ellos, o, finalmente, dejar a estos pueblos sus leyes90, obligándolos a pagarte una contribución anual, y creando en su país un tribunal de un corto número que cuide de conservártelos fieles. Creándose este Consejo por el príncipe, y sabiendo que él no puede subsistir sin su amistad y dominación, tiene el mayor interés en conservarle en su autoridad. Una ciudad habituada a vivir libre, y que uno quiere conservar, se contiene mucho más fácilmente por medio del inmediato influjo de sus propios ciudadanos que de cualquier otro modo91. Los espartanos y romanos nos lo probaron con sus ejemplos.

Sin embargo, los espartanos, que habían tenido Atenas y Tebas por medio de un Consejo de un corto número de ciudadanos, acabaron perdiéndolas; y los romanos, que para poseer Capua, Cartago y Numancia, las habían desorganizado, no las perdieron. Cuando éstos quisieron tener la Grecia con corta diferencia, como la habían tenido los espartanos, dejándola libre con sus leyes, no les salió acertada esta operación, y se vieron obligados a desorganizar muchas ciudades de esta provincia par aguardarla. Hablando con verdad, no hay medio ninguno más seguro para conservar semejantes Estados que el de arruinarlos92. El que se hace señor de una ciudad acostumbrada a vivir libre, y no descompone su régimen, debe contar con ser derrocado él mismo por ella. Para justificar semejante ciudad su rebelión, tendrá el nombre de libertad, y sus antiguas leyes, cuyo hábito no podrán hacerle perder nunca el tiempo ni los beneficios del conquistador. Por más que se haga, y aunque se practique algún expediente de previsión, si no se desunen y dispersan sus habitantes, no olvidará ella nunca aquel nombre de libertad, ni sus particulares estatutos; y aun recurrirá a ellos, en la primera ocasión, como lo hizo Pisa, aunque ella había estado numerosos años, y aun hacía ya un siglo, bajo la dominación de los florentinos93.

Pero cuando las ciudades o provincias están habituadas a vivir bajo la obediencia de un príncipe, como están habituadas por una parte a obedecer y que por otra carecen de su antiguo señor, no concuerdan los ciudadanos entre sí para elegir a otro nuevo; y no sabiendo vivir libres, son más tardos en tomar las armas. Se puede conquistarlos94 con más facilidad, y asegurar la posesión suya.

En las repúblicas, por el contrario, hay más valor, una mayor disposición de odio contra el conquistador que allí se hace príncipe, y más deseo de venganza contra él. Como no se pierde en ellas la memoria de la antigua libertad, y que ella le sobrevive con toda su actividad, el más seguro partido consiste en disolverlas95 o habitar en ellas96.




ArribaAbajo Capítulo VI

De las soberanías nuevas que uno adquiere con sus propias armas y valor


Que no cause extrañeza, si al hablar, ya de los Estados que son nuevos bajo todos los aspectos, ya de los que no lo son más que bajo el del príncipe, o el del Estado mismo, presento grandes ejemplos de la antigüedad. Los hombres caminan casi siempre por caminos trillados ya por otros, y no hacen casi más que imitar a sus predecesores, en las acciones que se les ve hacer97; pero como no pueden seguir en todo el camino abierto por los antiguos, ni se elevan a la perfección de los modelos que ellos se proponen, el hombre prudente debe elegir únicamente los caminos trillados por algunos varones insignes, e imitar a los de ellos que sobrepujaron a los demás, a fin de que si no consigue igualarlos, tengan sus acciones a lo menos alguna semejanza con las suyas98. Debe hacer como los ballesteros bien advertidos que, viendo su blanco muy distante para la fuerza de su arco, apuntan mucho más alto que el objeto que tienen en mira, no para que su vigor y flechas alcancen a un punto de mira en esta altura, sino a fin de poder, asestando así, llegar en línea parabólica a su verdadero blanco99.

Digo, pues, que en los principados que son nuevos en un todo, y cuyo príncipe, por consiguiente, es nuevo, hay más o menos dificultad en conservarlos, según que el que los adquirió es más o menos valeroso. Como el suceso por el que un hombre se hace príncipe, de particular que él era, supone algún valor o dicha100, parece que la una o la otra de estas dos cosas allanan en parte muchas dificultades; sin embargo, se vio que el que no había sido auxiliado de la fortuna, se mantuvo por más tiempo. Lo que proporciona también algunas facilidades, es que no teniendo un semejante príncipe otros Estados, va a residir en aquel de que se ha hecho soberano.

Pero volviendo a los hombres que, con su propio valor y no con la fortuna, llegaron a ser príncipes101, digo que los más dignos de imitarse son: Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros semejantes. Y, en primer lugar, aunque no debemos discurrir sobre Moisés, porque él no fue más que un mero ejecutor de las cosas que Dios le había ordenado hacer, diré, sin embargo, que merece ser admirado, aunque no fuera más que por aquella gracia que le hacía digno de conversar con Dios102. Pero considerando a Ciro y a los otros que adquirieron o fundaron reinos, los hallaremos dignos de admiración103. Y si se examinaran sus acciones e instituciones en particular, no parecieran ellas diferentes de las de Moisés, aunque él había tenido a Dios por señor. Examinando sus acciones y conducta, no se verá que ellos tuviesen cosa ninguna de la fortuna más que una ocasión propicia, que les facilitó el medio de introducir en sus nuevos Estados la forma que les convenía104. Sin esta ocasión, el valor de su ánimo se hubiera extinguido, pero también, sin este valor, se hubiera presentado en balde la ocasión105. Le era, pues, necesario a Moisés el hallar al pueblo de Israel esclavo en Egipto y oprimido por los egipcios, a fin de que este pueblo estuviera dispuesto a seguirle, para salir de esclavitud106. Convenía que Rómulo, a su nacimiento, no quedara en Alba, y fuera expuesto, para que él se hiciera rey de Roma y fundador de un Estado de que formó la patria suya107. Era menester que Ciro hallase a los persas descontentos del imperio de los Medos, y a éstos afeminados con una larga paz, para hacerse Soberano suyo108. Teseo no hubiera podido desplegar su valor, si no hubiera hallado dispersados a los atenienses109.

Estas ocasiones, sin embargo, constituyen la fortuna de semejantes héroes; pero su excelente sabiduría les dio a conocer el valor de estas ocasiones; y de ello provinieron la ilustración y prosperidad de sus Estados110.

Los que por medios semejantes llegan a ser príncipes no adquieren su principado sin trabajo, pero le conservan fácilmente; y las dificultades que ellos experimentan al adquirirle dimanan en parte de las nuevas leyes y modos que les es indispensable introducir para fundar su Estado y su seguridad111. Debe notarse bien que no hay cosa más difícil de manejar, ni cuyo acierto sea más dudoso, ni se haga con más peligro, que el obrar como jefe para introducir nuevos estatutos112. Tiene el introductor por enemigos activísimos a cuantos sacaron provecho de los antiguos estatutos113, mientras que los que pudieran sacar el suyo de los nuevos no los defienden más que con tibieza114. Semejante tibieza proviene en parte de que ellos temen a sus adversarios que se aprovecharon de las antiguas leyes, y en parte de la poca confianza que los hombres tienen en la bondad de las cosas nuevas, hasta que se haya hecho una sólida experiencia de ellas115. Resulta de esto que siempre que los que son enemigos suyos hallan una ocasión de rebelarse contra ellas, lo hacen por espíritu de partido; no las defienden los otros entonces más que tibiamente, de modo que peligra el príncipe con ellas116.

Cuando uno quiere discurrir adecuadamente sobre este particular, tiene precisión de examinar si estos innovadores tienen por sí mismos la necesaria consistencia, o si dependen de los otros; es decir, si para dirigir su operación, tienen necesidad de rogar o si pueden precisar. En el primer caso, no salen acertadamente nunca, ni conducen cosa ninguna a lo bueno117; pero cuando no dependen sino de sí mismos, y que pueden forzar, dejan rara vez de conseguir su fin. Por esto, todos los profetas armados tuvieron acierto118, y se desgraciaron cuantos estaban desarmados119.

Además de las cosas que hemos dicho, conviene notar que el natural de los pueblos es variable. Se podrá hacerles creer fácilmente una cosa; pero habrá dificultad para hacerlos persistir en esta creencia120. En consecuencia de lo cual es menester componerse de modo que, cuando hayan cesado de creer, sea posible precisarlos a creer todavía121. Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no hubieran podido hacer observar por mucho tiempo sus constituciones, si hubieran estado desarmados, como le sucedió al fraile Jerónimo Savonarola, que se desgració en sus nuevas instituciones. Cuando la multitud comenzó a no creerle ya inspirado, no tenía él medio ninguno para mantener forzadamente en su creencia a los que la perdían, ni para precisar a creer a los que ya no creían.

Los príncipes de esta especie experimentan, sin embargo, sumas dificultades en su conducta; todos sus pasos van acompañados de peligros y les es necesario el valor para superarlos122. Pero cuando han triunfado de ellos, y que empiezan a ser respetados, como han subyugado entonces a los hombres que tenían envidia a su calidad de príncipe, se quedan poderosos, seguros, reverenciados y dichosos123.

A estos tan relevantes ejemplos, quiero añadirles otro de una clase inferior, que, sin embargo, no estará en desproporción con ellos; y me bastará escoger, entre todos los otros el de Hierón el Siracusano124. De particular que él era, llegó a ser príncipe de Siracusa, sin tener cosa ninguna de la fortuna más que una favorable ocasión. Hallándose oprimidos los siracusanos, le nombraron por caudillo suyo; en cuyo cargo mereció ser elegido después para príncipe suyo125. Había sido tan virtuoso en su condición privada que, en sentir de los historiadores, no le faltaba entonces para reinar más que poseer un reino126. Luego que hubo empuñado el cetro, licenció las antiguas tropas, formó otras nuevas, dejó a un lado a sus antiguos amigos, haciéndose otros nuevos; y como tuvo entonces amigos y soldados que eran realmente suyos, pudo establecer, sobre tales fundamentos, cuanto quiso; de modo que conservó sin trabajo lo que no había adquirido más que con largos y penosos afanes127.




ArribaAbajoCapítulo VII

De los principados nuevos que se adquieren con las fuerzas ajenas y la fortuna


Los que de particulares que ellos eran, fueron elevados al principado por la sola fortuna, llegan a él sin mucho trabajo128; pero tienen uno sumo para la conservación suya129. No hallan dificultades en el camino para llegar a él, porque son elevados como en alas; pero cuando le han conseguido se les presentan entonces todas las especies de obstáculos130.

Estos príncipes no pudieron adquirir su Estado más que de uno u otro de estos dos modos: o comprándolo o haciéndolo dar por favor; como sucedió, por una parte, a muchos en la Grecia para las ciudades de la lona y Helesponto, en que Darío hizo varios príncipes que debían tenerlas por su propia gloria, como también por su propia seguridad131; y por otra, entre los romanos, a aquellos particulares que se hacían elevar al imperio por medio de la corrupción de los soldados. Semejantes príncipes no tienen más fundamentos que la voluntad o fortuna de los hombres que los exaltaron; pues bien, ambas cosas son muy variables, y totalmente destituidas de estabilidad. Fuera de esto, ellos no saben ni pueden saber mantenerse en esta elevación132. No lo saben, porque a no ser un hombre de ingenio y superior talento, no es verosímil que después de haber vivido en una condición privada133 se sepa reinar. No lo pueden, a causa de que no tienen tropa ninguna con cuyo apego y fidelidad puedan contar134.

Por otra parte, los Estados que se forman repentinamente son como todas aquellas producciones de la naturaleza que nacen con prontitud; no pueden ellos tener raíces ni las adherencias que les son necesarias para consolidarse135. Los arruinará el primer choque de la adversidad136, si, como lo he dicho, los que se han hecho príncipes de repente, no son de un vigor bastante grande para estar dispuestos inmediatamente a conservar lo que la fortuna acaba de entregar en sus manos, ni se han proporcionado los mismos fundamentos que los demás príncipes se habían formado antes de serlo137.

Para uno y otro de estos dos modos de llegar al principado, es, a saber, con el valor o fortuna138, quiero exponer dos ejemplos que la historia de nuestros tiempos nos presenta: son los de Francisco Sforza y de César Borgia.

Francisco, de simple particular que él era, llegó a ser duque de Milán por medio de un gran valor y de los recursos que su ingenio podía suministrarle139:

por lo mismo conservó sin mucho trabajo lo que él no había adquirido más que con sumos afanes. Por otra parte, César Borgia, llamado vulgarmente el duque de Valentinois, que no adquirió sus Estados más que por la fortuna de su padre, los perdió luego que ella le hubo faltado, aunque hizo uso, entonces, de todos los medios imaginables para retenerlos, y practicó, para consolidarse en los principados que las armas y fortuna ajenas le habían adquirido, cuanto podía practicar un hombre prudente y valeroso140.

He dicho que el que no preparó los fundamentos de su soberanía antes de ser príncipe, podría hacerlo después si él tenía un talento superior141, aunque estos fundamentos no pueden formarse entonces más que con muchos disgustos para el arquitecto y con muchos peligros para el edificio142. Si se consideran, pues, los progresos del duque de Valentinois, se verá que él había preparado poderosos fundamentos para su futura dominación143; y no tengo por inútil el darlos a conocer144, porque no me es posible dar lecciones más útiles a un príncipe nuevo, que las acciones de éste. Si sus instituciones no le sirvieron de nada, no fue falta suya, sino la de una extremada y muy extraordinaria malignidad de la fortuna145.

Alejandro VI quería elevar a su hijo el duque a una grande dominación, y veía para ello fuertes dificultades en lo presente y futuro. Primeramente, no sabía cómo hacerle señor de un Estado que no perteneciera a la Iglesia; y cuando volvía sus miras hacia un Estado de la Iglesia para quitársele en favor de su hijo, preveía que el duque de Milán y los venecianos no consentirían en ello146. Faenza y Rímini, que él quería cederle desde luego, estaban ya bajo la protección de los venecianos. Veía, además, que los ejércitos de la Italia, y sobre todo aquellos de los que él hubiera podido valerse, estaban en poder de los que debían temer el engrandecimiento del Papa; y no podía fiarse de estos ejércitos, porque todos ellos estaban mandados por los Ursinos, Colonnas, o allegados suyos. Era menester, pues, que se turbara este orden de cosas, que se introdujera el desorden en los Estados de Italia147, a fin de que le fuera posible apoderarse, seguramente, de una parte de ellos148. Esto le fue posible a causa de que él se hallaba en aquella coyuntura149 en que, movidos de razones particulares, los venecianos se habían resuelto a hacer que los franceses volvieran otra vez a Italia. No solamente no se opuso a ello, sino que aun facilitó esta maniobra, mostrándose favorable a Luis XII con la sentencia de la disolución de su matrimonio con Juana de Francia150. Este monarca vino, pues, a Italia con la ayuda de los venecianos151 y el consentimiento de Alejandro. No bien hubo estado en Milán, cuando el Papa obtuvo algunas tropas para la empresa que había meditado sobre la Romaña; y le fue cedida ésta a causa de la reputación del rey.

Habiendo adquirido finalmente el duque con ello aquella provincia, y aun derrotado también a los Colonnas, quería conservarla e ir más adelante; pero le embarazaban dos obstáculos. El uno se hallaba en el ejército de los Ursinos de que él se había servido, pero de cuya fidelidad se desconfiaba, y el otro consistía en la oposición que la Francia podía hacer a ello. Temía, por una parte, que le faltasen las armas de los Ursinos, y que ellas no solamente le impidiesen conquistar, sino que también le quitasen lo que él había adquirido, mientras que, por otra parte, se recelaba de que el rey de Francia obrara con respecto a él como los Ursinos152. Su desconfianza, relativa a estos últimos, estaba fundada en que cuando, después de haber tomado Faenza, asaltó Bolonia, los había visto obrar con tibieza. En cuanto al rey, comprendió lo que podía temer de él, cuando, después de haber tomado el ducado de Urbino, atacó la Toscana, pues el rey le hizo desistir de esta empresa. En semejante situación, resolvió el duque no depender ya de la fortuna y ajenas armas153. A cuyo efecto comenzó debilitando, hasta en Roma, las facciones de los Ursinos y Colonnas, ganando a cuantos nobles le eran adictos154. Hízolos gentileshombres suyos, los honró con elevados empleos y les confió, según sus prendas personales, varios gobiernos o mandos; de modo que se extinguió en ellos a pocos meses el espíritu de la facción a que se adherían; y su afecto se volvió todo entero hacia el duque155. Después de lo cual aceleró la ocasión de arruinar a los Ursinos156. Había dispersado ya a los partidarios de la casa Colonna, que se le volvió favorable; y la trató mejor157. Habiendo advertido muy tarde los Ursinos que el poder del duque y el del Papa como soberano acarreaban su ruina, convocaron una Dieta en Magione, país de Perusa. Resultó de ello contra el duque la rebelión de Ursino, como también los tumultos de la Romaña, e infinitos peligros para él158; pero superó todas estas dificultades con el auxilio de los franceses159. Luego que hubo recuperado alguna consideración, no fiándose ya en ellos ni en las demás fuerzas que le eran ajenas, y queriendo no estar en la necesidad de probarlos de nuevo, recurrió a la astucia, y supo encubrir en tanto grado su genio160, que los Ursinos, por la mediación del señor Paulo, se reconciliaron con él. No careció de medios serviciales para asegurárselos, dándoles vistosos trajes, dinero, caballos; tan bien que, aprovechándose de la simplicidad de su confianza, acabó reduciéndolos a caer en su poder, en Sinigaglia161. Habiendo destruido en esta ocasión a sus jefes, y formándose de sus partidarios otros tantos amigos de su persona162, proporcionó con ello harto buenos fundamentos a su dominación, supuesto que toda la Romaña con el ducado de Urbino, y que se había ganado ya todos sus pueblos, en atención a que bajo su gobierno habían comenzado a gustar de un bienestar desconocido entre ellos hasta entonces163.

Como esta parte de la vida de este duque merece estudiarse, y aun imitarse por otros, no quiero dejar de exponerla con alguna especificación164.

Después que él hubo ocupado la Romaña, hallándola mandada por señores inhábiles que más bien habían despojado que corregido a sus gobernados165, y que habían dado motivo a más desuniones que uniones166, en tanto grado que esta provincia estaba llena de latrocinios, contiendas, y de todas las demás especies de desórdenes167; tuvo por necesario para establecer en ella la paz, y hacerla obediente a su príncipe, el darle un vigoroso gobierno168.

En su consecuencia, envió allí por presidente a messer Ramiro d'Orco, hombre severo y expedito, al que delegó una autoridad casi ilimitada169. Éste, en poco tiempo, restableció el sosiego en aquella provincia, reunió con ella a los ciudadanos divididos, y aun le proporcionó una grande consideración170. Habiendo juzgado después el duque que la desmesurada autoridad de Ramiro no convenía allí171, y temiendo que ella se volviera muy odiosa, erigió en el centro de la provincia un tribunal civil, presidido por un sujeto excelente, en el que cada ciudad tenía su defensor172. Como le constaba que los rigores ejercidos por Ramiro d'Orco habían dado origen a algún odio contra su propia persona, y queriendo tanto desterrarle de los corazones de sus pueblos como ganárselos en un todo, trató de persuadirles que no debían imputársele a él aquellos rigores173, sino al duro genio de su ministro. Para convencerlos de esto, resolvió castigar por ellos a su ministro174, y una cierta mañana mandó dividirle en dos pedazos y mostrarle así hendido en la plaza pública de Cesena, con un cuchillo ensangrentado y un tajo de madera al lado175. La ferocidad de semejante espectáculo hizo que sus pueblos, por algún tiempo, quedaran tan satisfechos como atónitos.

Pero volviendo al punto de que he partido, digo que hallándose muy poderoso el duque, y asegurado en parte contra los peligros de entonces, porque se había armado a su modo, y que tenía destruidas en gran parte las armas de los vecinos que podían perjudicarle, le quedaba el temor de la Francia, supuesto que él quería continuar haciendo conquistas. Sabiendo que el rey, que había echado de ver algo tarde su propia falta, no sufriría que el duque se engrandeciera más, echose a buscar nuevos amigos; desde luego tergiversó176 con respecto a la Francia cuando marcharon los franceses hacia el reino de Nápoles contra las tropas españolas que sitiaban Gaeta. Su intención era asegurarse de ellos; y hubiera tenido un pronto acierto si hubiera continuado viviendo Alejandro177.

Éstas fueron sus precauciones en las circunstancias de entonces; pero en cuanto a las futuras, tenía que temer primeramente que el sucesor de Alejandro VI no le fuera favorable y tratara de quitarle lo que le había dado Alejandro.

Para precaver estos inconvenientes178 imaginó cuatro medios179. Fueron: primero, extinguir las familias de los señores a quienes él había despojado, a fin de quitar al Papa los socorros que ellos hubieran podido suministrarle180; segundo,