  La metamorfosis o El asno de oro
Novela
Lucio Apuleyo

  Advertencia
La traducción que publicamos de EL ASNO
DE ORO,
de Apuleyo, es la atribuida a Diego López de
Cortegana, que fue arcediano de Sevilla por los años de 1500. Deseando
facilitar su lectura, hemos modernizado la ortografía y, a veces,
levemente, la sintaxis de la vieja versión castellana. La hemos cotejado
además minuciosamente con el original latino, y apenas ha sido preciso
modificar algún nombre propio y algún pasaje mal interpretado.
Hemos conservado la división en capítulos y los epígrafes
de Cortegana. El texto latino se divide sólo en libros.
En este libro, compuesto al estilo de
Mileto, podrás conocer y saber diversas historias y fábulas, con
las cuales deleitarás tus oídos y sentidos, si quisieres leer y
no menospreciares ver esta escritura egipciaca, compuesta con ingenio de las
riberas del Nilo; porque aquí verás las fortunas y figuras de
hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez en su misma
forma. De manera que te maravillarás de lo que digo. Y si quieres saber
quién soy, en pocas palabras te lo diré: Mi antiguo linaje tuvo
su origen y nacimiento en las colinas del Himeto ateniense, en el istmo de
Efirea y en el Tenaro de Esparta, que son ciudades muy fértiles y
nobles, celebradas por muchos escritores. En esta ciudad de Atenas
comencé a aprender siendo mozo; después vine a Roma, donde con
mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, aprendí la
lengua natural de los Romanos. Así que pido perdón si en algo
ofendiere, siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la misma
mudanza de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que comienzo a
escribir. La historia es griega, entiéndela bien y habrás
placer.
  Primer libro
Argumento
Lucio Apuleyo, deseando saber arte
mágica, se fue a la provincia de Tesalia, donde estas artes se
sabían; en el camino se juntó tercero compañero a dos
caminantes, y andando en aquel camino iban contando ciertas cosas maravillosas
e increíbles de un embaidor y de dos brujas hechiceras que se llamaban
Meroe y Panthia, y luego dice de cómo llegó a la ciudad Hipata y
de su huésped Milón, y lo que la primera noche le
aconteció en su casa. Lee y verás cosas maravillosas.
  Capítulo I
Cómo Lucio Apuleyo,
deseando saber el arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, donde
al presente más se usaba que en otra parte alguna, y llegando cerca de
la ciudad de Hipata, se juntó con dos compañeros, los cuales,
hasta llegar a la ciudad, fueron contando admirables acontecimientos de magas
hechiceras.
Y yendo a Tesalia sobre cierto negocio,
porque también de allí era mi linaje, de parte de mi madre, de
aquel noble Plutarco y Sesto, su sobrino, filósofos, de los cuales viene
nuestra honra y gloria, después de haber pasado sierras y valles, prados
herbosos y campos arados, ya el caballo que me llevaba iba cansado. Y
así por esto como por ejercitar las piernas, que llevaba cansadas de
venir cabalgando, salté en tierra y comencé a estregar el sudor y
frente de mi caballo. Quitele el freno y tirele las orejas, y llevelo delante
de mí, poco a poco, hasta que fuese bien descansado, haciendo lo que
natura suele. Caminando de tal manera, él iba mordiendo por esos prados
a una parte y a otra, torciendo la cabeza, y comía lo que podía,
en tanto que a dos compañeros que iban un poco delante de mí yo
me llegué y me hice tercero, escuchando qué era lo que hablaban.
Uno de ellos, con una gran risa, dijo:
-Calla ya; no digas esas palabras tan
absurdas y mentirosas.
Como oí esto, deseando saber
cosas nuevas, dije:
-Antes, señores, repartid conmigo
de lo que vais hablando, no porque yo sea curioso de vuestra habla, mas porque
deseo saber todas las cosas, o al menos muchas, y también, como subimos
la aspereza de esta cuesta, el hablar nos aliviará del trabajo.
Entonces, aquel que había
comenzado a hablar dijo:
-Por cierto, no es más verdad
esta mentira que si alguno dijese que con arte mágica los ríos
caudalosos tornan para atrás, y que el mar se cuaja, y los aires se
mueren, y el Sol está fijo en el cielo, y la Luna dispuma en las
hierbas, y que las estrellas se arrancan del cielo, y el día se quita, y
la noche se detiene.
Entonces yo, con un poco de más
osadía, dije:
-Oye tú, que comenzaste la
primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proceder
adelante.
Así mismo, dije al otro:
-Tú paréceme que con
grueso entendimiento y rudo corazón menosprecias lo que por ventura es
verdad. ¿No sabes que muchas cosas piensan los hombres, con sus malas
opiniones, ser mentira, porque son nuevamente oídas, o porque nunca
fueron vistas, o porque parecen más grandes de lo que se puede pensar,
las cuales, si con astucia las mirases y contemplases, no solamente
serían claras de hallar, pero muy ligeras de hacer? Pues a mí me
aconteció que yendo a Atenas un día, ya tarde, y comiendo con
otros, yo, por hacer como ellos, mordí un gran bocado en una quesadilla,
a causa de que los convidados se daban prisa en comer. Y como aquél es
manjar blanco y pegajoso, atravesóseme en el gallillo, no
dejándome resollar, hasta que poco menos quedé muerto; pero con
todo mi trabajo llegué a la ciudad, y en el portal grande que llaman
Pecile vi con estos ambos ojos a un caballero de estos que hacen juegos de
manos que se tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un
poco de dinero que le daban, tomó una lanza por el hierro y
lanzósela por la barriga, de manera que el hierro de la lanza, que
entró por la ingle, le salió por la parte del colodrillo a la
cabeza, y apareció un niño lindo en el hierro de la lanza,
trepando y volteando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí
estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios
Esculapio, medio cortados los remos, y así ñudoso, con una
serpiente volteando encima. Así que tú, que comenzaste a hablar,
vuélvemela a contar, que yo sólo te creeré, en lugar de
este otro, y además de esto te prometo que en el primer mesón que
entremos te convidaré a comer conmigo. Ésta será la paga
de tu trabajo.
Él respondió:
-Pláceme aceptar lo que me dices,
y luego proseguiré lo que antes había comenzado; mas primeramente
juro por este Sol que ve a Dios que he de contarte cosas que se han hallado y
son verdaderas, porque vosotros, de adelante, no dudéis, si
llegáis a Tesalia, esta ciudad que está aquí cerca, lo que
en cada parte de ella se dice por todo el pueblo. Y para que sepáis
quién soy y de qué tierra y qué es mi oficio,
habéis de saber que yo soy de Egina, y ando por estas provincias de
Tesalia, Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando
mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros; y como
oyese decir que en la ciudad de Hipata, la cual es la más principal de
Tesalia, hubiese muy buen queso y de buen sabor y provechoso para comprar,
corrí luego allá, por comprar todo lo que pudiese; pero con el
pie izquierdo entré en la negociación, que no me vino como yo
esperaba, porque otro día antes había venido allí un
negociador que se llamaba Lobo y lo había comprado todo. Así que
yo, fatigado del camino y de la pereza que llevaba, si os place, hacia la tarde
fuime al baño, y de improviso hallé en la calle a
Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra,
medio vestido con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que
parecía otro: así como uno de aquellos que la triste fortuna trae
a pedir por las calles y encrucijadas. Como yo lo vi, aunque era muy familiar
mío y bien conocido, pero dudé si lo conocía, y llegueme
cerca de él, diciendo: «¡Oh mi Sócrates!
¿Qué es esto, qué gesto es ése? ¿Qué
desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado y plañido, y a tus
hijos han dado tutores los alcaldes; tu mujer, después de hechas tus
exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, casi ha perdido los
ojos; es compelida e importunada por sus parientes a que se case y con nuevo
marido alegre la tristeza y daño de su casa, y tú estás
aquí, como estatua del diablo, con nuestra injuria y deshonra.»
Él entonces me respondió: «¡Oh Aristómenes! No
sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos
y alternas variaciones.» Y diciendo esto, con su falda rota cubriose la
cara, que, de vergüenza, estaba bermeja, de manera que se descubrió
desde el ombligo arriba. Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste
espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él por que
se levantase, y él así, como tenía la cara cubierta, dijo:
«Déjame; use la fortuna de su triunfo; siga lo que comenzó
y tiene fijo.» Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente lo
vestí, aunque mejor diría que lo cubrí; hícele ir a
lavar al baño, y le di todo lo que fue menester para untarse y limpiar
su mucha y enorme suciedad que tenía. Después de bien curado,
aunque yo estaba cansado, como mejor pude llevelo al mesón e
hícelo sentar a la mesa y comer a su placer; amanselo con el beber,
alegrelo con el hablar, de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de
juegos y placer para burlar y jugar, como hombre decidor, cuando de lo
íntimo de su corazón dio un mortal suspiro y con la mano derecha
diose un gran golpe en su cara, diciendo:
-¡Oh mezquino de mí, que en
tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me placía,
caí en estas miserias; porque, como tú muy bien sabes,
después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome
de allí, que había diez meses que ganaba dineros, torné
rico y con mucho dinero; y un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa,
pensando hacer allí alguna cosa de mi oficio, pasé por un valle
muy grande, sin camino, lleno de montes y descendidas y subidas. En este valle
caí en ladrones, que me cercaron y robaron cuanto traía; yo
escapé robado, y así, medio muerto, víneme a posar en casa
de una tabernera vieja, llamada Meroe, algo sabida y parlera, a la cual
conté las causas de mi camino y robo y la gana y ansia que tenía
de tornar a mi casa; contándole yo mis penas con mucha fatiga y miseria,
ella comenzome a tratar humanamente y diome de cenar muy bien y de balde.
Así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama;
yo, mezquino, luego como llegué a ella una vez contraje tanta enfermedad
y vejez, que por huir de allí todo cuanto tenía le di, hasta las
vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun
algunas cosillas que había ganado cargando sacos cuando estaba bueno.
Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajo a este gesto que
poco antes me viste.
Yo respondí:
-Por cierto, tú eres merecedor de
cualquier extremo, mal que te viniese, aunque hubiese algo que pudiese decir
último de los extremos, pues que una mala mujer y un vicio carnal tan
sucio antepusiste a tu casa, mujer e hijos.
Sócrates, entonces, poniendo el
dedo en la boca y como atónito mirando en derredor, a ver si era lugar
seguro para hablar, dijo:
-Calla, calla; no digas mal contra esta
mujer, que es maga; por ventura, no recibas algún daño por tu
lengua.
A lo cual yo respondí:
-¿Cómo dices tú que
esta tabernera es tan poderosa y reina? ¿Qué mujer es?
Él dijo:
-Es muy astuta hechicera, que puede
bajar los cielos, hacer temblar la tierra, cuajar las aguas, deshacer los
montes, invocar diablos, conjurar muertos, resistir a los dioses, obscurecer
las estrellas, alumbrar los infiernos.
Cuando yo le oí decir estas
cosas, dije:
-Ruégote, por Dios, que no
hablemos más en materia tan alta; bajémonos en cosas comunes.
Sócrates dijo:
-¿Quieres oír alguna cosa
o muchas de las suyas? Ella sabe tanto, que hacer que dos enamorados se quieran
bien y se amen muy fuertemente, no solamente de aquí, de los naturales,
pero aun de los de las Indias, etíopes y antípodas, es, en
comparación de su saber, cosa muy liviana y de poca importancia. Oye
ahora lo que en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque
tuvo que hacer con otra mujer: con una sola palabra suya lo convirtió en
un animal que se llama castor, el cual tiene esta propiedad: que temiendo de
ser tomado por los cazadores, cortase su natura por que lo dejen; y porque otro
tanto le aconteciese a aquel su amigo, le tornó en aquella bestia.
Así mismo, a otro su vecino tabernero, y por ello enemigo,
convirtió en rana; y ahora el viejo mezquino andaba nadando en la tinaja
del vino, y, lanzándose debajo las heces, canta cuando vienen a su casa
los que continuaban a comprarlo. También a otro procurador de sus casas,
porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero, y
así, hecho carnero, procura ahora las causas y pleitos; esta misma,
porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria por donaire, la
cerró de tal manera que quedó preñada, y así con la
carga de su preñez anda, que nunca más pudo parir; y todos
cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la
mezquina crece el vientre como preñez de elefante. La cual, como a
muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella,
que acordaron de apedrearla otro día y vengarse de ella; pero con sus
encantamientos ella supo lo que estaba acordado. Y como aquella Medea que con
la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su
casa y su hija con el mismo rey quemó en vivas llamas, así
ésta, con sus imprecaciones infernales, que dentro en un sepulcro hizo y
procuró, según que la beoda me contó, todos los vecinos de
la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamientos, que
en dos días no pudieron romper las cerraduras, ni abrir las puertas, ni
horadar las paredes, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no
tocarla ni hacerle mal alguno, antes, de darle toda ayuda y favor saludable
contra quien algo de mal le pensase hacer. De esta manera ella amansada,
absolvió y desligó toda la ciudad; pero al autor de este
escándalo, con su casa como estaba cerrada y con las paredes y el suelo
y sus cimientos, a media noche lo traspasó y llevó a otra ciudad,
cien millas de allí, que estaba asentada en una sierra muy áspera
donde no había agua; y porque en la ciudad no había lugar donde
pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad de ella, asentola ante la puerta
de la ciudad y partiose luego.
Cuando yo le oí esto,
díjele:
-Por cierto, mi Sócrates,
tú me dices cosas muy maravillosas y no menos crueles; sin duda no me
has dado pequeño cuidado y miedo; lanzado me has, no solamente
escrúpulo, más una lanza. Por ventura, esta vieja, usando de su
encantamiento, no haya conocido nuestras palabras y pláticas; por tanto,
vámonos pronto a dormir; pues aunque hayamos quebrantado un poco el
sueño de la noche, ante el día, huyamos de aquí cuanto
más lejos podremos.
  Capítulo II
Cómo Aristómenes,
que así se llamaba el segundo compañero, prosiguiendo en su
historia, contó a Lucio Apuleyo cómo las dos magas hechiceras
Meroe y Panthia degollaron aquella noche a Sócrates, indignadas de
él.
Aún no había acabado de
decir esto, cuando Sócrates, así por el beber, del que no
había acostumbrado, como por la luenga fatiga que había padecido,
ya dormía altamente y roncaba. Yo entonces cerré la puerta de la
cámara y echele la aldaba, y echeme sobre una camilla que estaba cerca
de los quicios de la puerta. Así que, primeramente, del miedo que
tenía, velé un poco; después, casi a media noche,
comenzáronseme a cerrar los ojos: mi fe, si os place, ya dormía;
y súbitamente, con mayor ímpetu y ruido que ladrones vienen, las
puertas se abrieron, y para decir verdad, quebradas y arrancadas de los quicios
cayeron por tierra. Mi camilla en que estaba, como era pequeña y cojo el
banco de un pie y podrido de los otros, con la violencia y fuerza del
ímpetu cayó en tierra; yo caí debajo en el suelo, y como
la cama se volvió, tomome debajo y cubriome. Entonces yo sentí
algunos afectos, que, naturalmente, me venían en contrario de lo que
quería. Que, como acontece muchas veces que, con placer, salen
lágrimas, así en aquel gran miedo que tenía no
podía sufrir la risa, porque estaba de hombre hecho tortuga. Estando
así echado en tierra, así cubierto con la cama, volví los
ojos por ver qué cosa era aquélla, y vi dos mujeres viejas: la
una traía un candil ardiendo; la otra, un puñal y una esponja, y
con esto paráronse en derredor de Sócrates, que dormía muy
bien. La que traía el puñal dijo a la otra:
-Hermana Panthia, éste es el gran
enamorado Endimión; éste es mi Ganimedes, que días y
noches burló de mi juventud. Éste es, que no solamente,
pospuestos mis amores, me difama y deshonra, sino que ahora quería huir
y que yo quede desamparada y llorando perpetuamente mi soledad, como hizo
Calipso, cuando Ulises la dejó y se fue.
Diciendo esto, señalome con la
mano y dijo a la Panthia:
-Y también este buen consejero
Aristómenes, que era el autor de esta huida, aun él cercano
está de la muerte; echado en tierra yace debajo de la cama; todo esto
bien lo ha mirado, pues no crea que ha de pasar sin pena por las injurias que
me dijo: yo le haré que tarde, y aun luego y ahora, que se arrepienta de
lo que dijo contra mí poco antes, y de la curiosidad de ahora.
Yo, mezquino, como entendí estas
palabras, cubrime de un sudor frío, y comenzome a temblar todo el cuerpo
y sacudir en tanta manera, que la camilla saltaba temblando encima de mis
espaldas.
La buena de la Panthia dijo
entonces:
-Pues, hermana, ¿por qué a
éste no despedazamos primero, o ligado pies y manos le cortamos su
natura?
A esto respondió Meroe, que
así se llamaba la tabernera, lo cual yo conocí de ella más
por su gesto de vino que por la conseja que me había dicho
Sócrates:
-Antes me parece que debe vivir
éste, porque siquiera entierre el cuerpo de este cuitado.
Y tomó la cabeza de
Sócrates, y volviéndola a la otra parte, por la parte siniestra
de la garganta, le lanzó el puñal hasta los cabos, y como la
sangre comenzó a salir, llegó allí un barquino, en la que
recibió toda, de manera que una gota nunca pareció. Todo vi yo
con estos mis ojos, y aun creo que porque no hubiese diferencia del espiritual
sacrificio que hacen a los dioses, lanzó la mano derecha por aquella
degolladura hasta las entrañas la buena Meroe, y sacó el
corazón de mi triste compañero. El cual, como tenía
cortado el gaznate, no pudo dar voz ni solamente un gemido. Panthia tomó
la esponja que traía y metiola en la boca de la llaga, diciendo:
-Tú, esponja, nacida en la mar,
guarda que no pases por ningún río.
Esto dicho, ambas juntamente vinieron a
mí y quitáronme la cama de encima, y puestas en cuclillas
meáronme la cara, tanto que me remojaron bien con su orina sucia. Y
entonces saliéronse por la puerta fuera, y luego las puertas se tornaron
a su primer estado, cerradas como estaban; los quicios tornaron a su lugar, los
postes se enderezaron, la aldaba se atravesó y cerró como antes.
Yo, como estaba echado en tierra, sin ánimo, desnudo y frío y
remojado de orines, como si entonces hubiera nacido del vientre de mi madre, o
casi medio muerto, que yo mismo resucitaba a mí, o como si hubiera huido
de la horca, dije:
-¿Qué será de
mí cuando éste se hallare a la mañana degollado?
¿Quién podrá creer que yo digo cosas verosímiles,
pareciendo, en efecto, las verdaderas? Porque luego me dirán: «Si
tú, hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos
dieras voces, llamaras socorro. ¿Cómo en presencia de tus ojos
degollaban un hombre y tú callabas? ¿Por qué, si eran
ladrones, no mataban a ti también, como a él? A lo menos, su
crueldad no te debiera de perdonar ni dejar para que pudieses descubrir el
homicidio; así que, pues escapaste de la muerte, torna a ella.»
Considerando yo estas cosas muchas veces, y replicándolas entre
mí, íbase la noche y venía el día. Así que
me pareció buen consejo irme antes del alba furtivamente y tomar mi
camino, aunque temblando. Así que tomé mis alforjas y mi capa y
comencé de abrir la puerta de la cámara con la llave; y aquellas
puertas buenas y muy fieles que esa noche de su propia gana se abrieron, a mala
vez y con mucho trabajo pude abrir, teniendo la llave y dándole treinta
vueltas. Después que salí de la cámara fuime a la puerta
del mesón, y dije al portero:
-Oye tú, ¿dónde
estás? Ábreme la puerta del mesón, que quiero caminar de
mañana.
El portero, que estaba acostado en
tierra cerca de la puerta, díjome casi soñoliento:
-¿Cómo te quieres partir a
esta hora, que aún es de noche? ¿No sabes que andan ladrones por
los caminos? Por ventura, si tú, culpado de algún crimen que
tú mismo sabes, deseas morir, nosotros no tenemos cabezas de calabazas
que queramos morir por ti.
Yo dije:
-No hay mucho de aquí al
día, cuanto más que a hombre pobre ¿qué pueden
robar los ladrones? ¿No sabes tú, necio, que a hombre desnudo
diez valientes hombres no le pueden despojar?
A esto él, embeleñado y
medio dormido, dio una vuelta sobre el otro lado, diciendo:
-¿Y qué sé yo ahora
si dejas degollado aquel tu compañero con quien dormiste anoche y te vas
huyendo?
En aquella hora que le oí
aquello, me pareció abrirse la tierra y que vi el profundo del infierno
y el cancerbero hambriento por tragarme. Recordábaseme que aquella buena
de Meroe no me había perdonado y dejado de degollar por misericordia,
sino por crueldad, por guardarme para la horca. Así que torneme a la
cámara y deliberaba entre mí del linaje de la muerte, con ruido y
alboroto, que me habían de dar. Y como en la cámara no me daba la
fortuna otra arma ni cuchillo, salvo solamente mi camilla, díjele:
-¡Oh mi lecho muy amado, que has
conmigo padecido tantas penas y fatigas, tú eres sabedor y juez de lo
que esta noche se hizo! Tú solo eres el que yo podría citar en
este homicidio por testigo de mi inocencia. Ruégote que si tengo de
morir me des algún socorro. Y diciendo esto, desaté una soguilla
con que estaba tejido y echela de un madero que estaba sobre una ventana de la
parte de dentro, y di un nudo en el otro cabo de la cuerda, y subido encima de
la cama, ensalzado para la muerte, ateme el lazo al pescuezo; y como di con
él un pie para derribar la cama, porque con el peso del cuerpo la soga
apretase la garganta y me ahogase súbitamente, la cuerda, que era vieja
y podrida, se rompió, y yo, como caí de lo alto, di sobre
Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí. Y luego, en
ese momento, entró el portero dando voces:
-¿Dónde estás
tú, que a media noche con gran prisa te querías partir y ahora te
estás en la cama?
A esto no sé si o con la
caída que yo di, o por las voces y baraúnda del portero,
Sócrates se levantó primero que yo diciendo:
-No sin causa los huéspedes
aborrecen y dicen mal de estos mesoneros; ved ahora a este necio importuno,
cómo entró de rondón en la cámara: creo que por
hurtar alguna cosa; con sus voces y clamores el borracho me despertó de
mi buen sueño. Entonces, cuando yo vi esto, salgo muy alegre, lleno de
gozo no esperado, diciendo:
-¡Oh!, fiel portero, ves
aquí mi compañero, mi padre y mi hermano, el cual tú
anoche, estando borracho, decías y me acusabas que yo había
muerto.
Y diciendo yo esto, abrazaba y besaba a
Sócrates. Él, como olió los orines sucios con que aquellas
brujas o diablos me habían remojado, comenzó a rufar
diciendo:
-Quítate allá, que hiedes
como una letrina.
Y preguntome blandamente qué era
la causa de este hedor tan grande. Yo comencé a fingir otras palabras de
burlas, como al tiempo convenía por mudarle su intención y echele
la mano diciendo:
-¿Por qué no nos vamos y
no tomamos nuestro camino de mañana?
Y luego tomó mis alforjas, y
pagada la posada, comenzamos nuestra vía. Habíamos andado
algún tanto, cuando ya el Sol alumbraba toda la tierra; y todavía
yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta, por aquella
parte que le había visto meter el puñal, y decía entre
mí:
«Cierto; anoche yo estaba tan
lleno de vino, que soñé cosas maravillosas. He aquí
Sócrates, vivo, sano y entero: ¿Dónde está la
herida? ¿Dónde está la esponja? Cuanto más una
herida tan honda y tan fresca.» Y díjele:
-No sin causa los buenos médicos
dicen que los que mucho cenan y beben sueñan crueles y graves cosas:
así me ha a mí acontecido, que anoche, como me desordené
en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me
parecía que estaba rociado y ensuciado, con sangre de hombre.
A esto él, viéndome,
dijo:
-Antes me parece que estás
rociado, no con sangre, mas con meados.
Pero también soñaba yo que
me degollaban, y aun que me dolió esta garganta, y que me arrancaban el
corazón, y aun ahora no puedo resollar; y las piernas me tiemblan, y los
pies andan titubeando; querría comer alguna cosa para esforzarme.
Yo entonces díjele:
-Pues he aquí el almuerzo.
Y luego quité mis alforjas del
hombro y saqué pan y queso y díselo diciendo:
-Sentémonos aquí, cerca de
este plátano.
Y sentados, yo también
comencé a comer alguna cosa. Así que yo le miraba de cómo
comía, tragando y con una flaqueza intrínseca y amarillo que
parecía muerto. En tal manera se le había turbado el color de la
vida, que pensando en aquellas furias o brujas de la noche pasada, el bocado de
pan que había mordido, aunque harto pequeño, se me
atravesó en el gallillo, que no podía ir abajo ni tornar arriba,
y también me crecía el miedo, porque ninguno pasaba por el
camino. ¿Quién podría creer que de dos compañeros
fuese muerto el uno sin daño del otro? Pero Sócrates, de que
mucho había tragado, comenzó a tener gran sed, porque se
había comido buena parte de queso. Cerca de las raíces del
plátano corría un río mansamente, que parecía lago
muy llano y el agua clara como un plato o vidrio. Yo le dije:
-Anda, hártate de aquella agua
tan hermosa.
Él se levantó y fue por la
ribera del río a lo más llano. Y allí hincó las
rodillas y echose de bruces sobre el agua, con aquel deseo que tenía de
beber, y casi no había llegado los labios al agua, cuando se le
abrió la degolladura, que le pareció una gran abertura, y
súbitamente cayó la esponja en el agua con una poquilla de
sangre. Así que el cuerpo sin ánima poco menos hubiera
caído en el río, sino porque yo le trabé de un pie y con
mucho trabajo le tiré arriba. Después que, según el tiempo
y lugar, lloré al triste de mi compañero, yo lo cubrí en
la arena del río para siempre, y con grande miedo por esas sierras fuera
de camino fui cuanto pude. Y casi como yo mismo me culpase de la muerte de
aquel mi compañero, dejada mi tierra y mi casa, tomando voluntario
destierro, me casé de nuevo en Etiopía, donde ahora moro y soy
vecino.
De esta manera nos contó
Aristómenes su historia; y el otro su compañero, que luego al
principio muy incrédulo menospreciaba oírlo, dijo:
-No hay fábula tan fabulosa como
ésta. No hay cosa tan absurda como esta mentira.
Y volviose hacia mí,
diciendo:
-Tú, hombre de bien, según
tu presencia y hábito lo muestran, ¿crees esta conseja?
Yo le respondí:
-Cierto no pienso que hay cosa imposible
en cualquier manera que los hados lo determinaren: así pueden venir a
los hombres todas las cosas. Porque muchas veces acaece a mí y a ti y a
todos los hombres venir cosas maravillosas y que nunca acontecieron, que si las
contáis a personas rústicas no son creídas. Mas por Dios,
a éste yo le creo y le doy muchas gracias que, con la suavidad de su
graciosa conseja, nos hizo olvidar el trabajo, y sin fatiga y enojo anduvimos
nuestro áspero camino. Del cual beneficio también creo que se
alegra mi caballo, porque sin trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta
ciudad, cabalgando no encima de él, mas de mis orejas.
Aquí fue el fin de nuestro
común hablar y de nuestro camino, porque ambos mis compañeros
tomaron a la mano izquierda hacia unas aldeas.
  Capítulo III
En el cual cuenta Lucio Apuleyo
cómo llegó a la ciudad de Hipata, fue bien recibido de su
huésped Milón y de lo que le aconteció con un antiguo
amigo suyo llamado Pithias, que al presente era almotacén en la
ciudad.
Yo entreme en el primer mesón que
hallé y pregunté a una vieja tabernera:
-¿Es ésta la ciudad de
Hipata?
Dijo que sí. Preguntele:
-¿Conoces a uno de los
principales de esta ciudad, que se llama Milón?
La vieja se rió, diciendo:
-Por cierto, así se dice
aquí, que este Milón sea de los principales que viven fuera de
los muros y de toda la ciudad.
Yo dije:
-¡Madre buena, dejemos ahora la
burla y dime dónde está y en qué casa mora!
Ella respondió:
-¿Ves aquellas ventanas del cabo
que están fuera de la ciudad y a la parte de dentro están frente
de una calleja sin salida? Allí mora este Milón, bien harto de
dineros y muy gran rico, pero muy mayor avariento y de baja condición;
hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino continuo dar a usura sobre
buenas prendas de oro, de plata, metido en una casilla pequeña, y
siempre atento al polvo del dinero: allí mora con su mujer,
compañera de su tristeza y avaricia, que no tiene en su casa persona,
salvo una mozuela, que aun tan avariento es que anda vestido como un pobre, que
pide por Dios.
Cuando yo oí estas cosas,
reíme entre mí, diciendo:
«Por cierto, liberalmente lo hizo
conmigo, y me aconsejó mi amigo Demeas, que me enderezó a tal
hombre como éste, en cuya casa no tendré miedo de humo ni de olor
de la cocina.»
Como esto dije, yendo un poco adelante,
llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy bien
cerrada, comencé a llamar y tocar. En esto salió una moza, que me
dijo:
-Oye tú, que tan reciamente
llamas a nuestra puerta, ¿qué prenda traes para que te presten
sobre ella dineros? ¿No sabes tú que no hemos de recibir prenda
sino de oro o de plata?
Yo dije:
-Mejor lo haga Dios. Respóndeme
si está en casa tu señor.
Ella dijo:
-Sí está; mas dime
qué es lo que quieres.
Yo respondí:
-Tráigole cartas de Corinto de su
amigo Demeas.
Ella díjome:
-Pues en tanto que se lo digo
espérame aquí.
Y diciendo esto, cerró muy bien
su puerta y entrose dentro. Dende a poco tornó a salir, y abierta la
puerta, díjome que entrase. Yo entré, y hallé a
Milón sentado a una mesilla pequeña, que aquel tiempo comenzaba a
cenar. La mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o
casi nada que comer.
Él me dijo:
-Ésta es tu posada.
Yo le di muchas gracias y luego le di
las cartas de Demeas, las cuales por él leídas, dijo:
-Yo quiero bien y tengo en merced a mi
amigo Demeas, que tan honrado huésped envió a mi casa.
Y diciendo esto, mandó levantar a
su mujer y que yo me posase en su lugar. Yo, con alguna vergüenza,
deteníame, y él tomome por la falda, diciendo:
-Siéntate aquí, que, por
miedo de ladrones, no tenemos otra silla, ni alhajas, las que nos conviene.
Yo senteme. Él me dijo:
-Según muestras en tu presencia y
cortesía, bien pareces ser de noble linaje, y así lo
conocerá luego quien te viere; pero, además de esto, mi amigo
Demeas así lo dice por sus cartas; por tanto, te ruego que no
menosprecies la brevedad o angostura de mi casa, que está aparejada por
lo que mandares, y ves allí aquella cámara, que es razonable, en
que puedes estar a tu placer. Porque, cierto, tu presencia hará mayor la
casa y tú serás alabado de no menospreciar mi pequeña
posada. Además de esto, imitarás a las virtudes de tu padre
Teseo, que nunca se menospreció de posar en una casilla de aquella buena
vieja Hecales.
Entonces llamó a la moza y
díjole:
-Fotis, toma esta ropa del
huésped y ponla a buen recaudo en aquella cámara; y saca presto
de la despensa aceite para untarse y un paño para limpiarlo, y lleva a
mi huésped a este baño más cercano, porque él viene
harto fatigado del malo y largo camino.
Cuando yo oí estas cosas,
conociendo las costumbres y miseria de Milón, y queriendo tomar amistad
con él, díjele:
-No es menester nada de estas cosas, que
dondequiera las hallamos en el camino; pero yo preguntaré por el
baño. Lo que más principalmente ahora he menester es que, para mi
caballo, que me ha traído muy bien hasta aquí, me compres
tú, señora Fotis, heno y cebada; ves aquí los dineros.
Esto hecho y puesta toda mi ropa en
aquella cámara, yendo yo al baño, acordé primero de
proveer de alguna cosa para comer; y fuime a la plaza de Cupido, adonde vi
abundancia de pescados, y preguntando el precio, no quise tomar de lo caro, que
valía cien maravedís, y compré otro por veinte
maravedís. Al tiempo que yo salía con mi pescado, viene tras de
mí Pithias, que fue mi compañero cuando estudiábamos en
Atenas. El cual había días que no me había visto, y como
me conoció, vínose a mí con mucho amor y abrazome,
dándome paz amorosamente, y dijo:
-¡Oh mi Lucio!, mucho tiempo ha
que no te he visto: por Dios que después que nos partimos de nuestro
maestro Clytias, nunca más nos vimos; mas ¿qué es ahora la
causa de tu venida?
Yo dije:
-Mañana lo sabrás; pero,
¿qué es esto? Yo he mucho placer en verte con vara de justicia y
acompañado de gente de pie. Según tu hábito, oficio debes
de tener en la ciudad.
Él me dijo:
-Tengo cargo del pan y soy
almotacén; por eso, si quieres comprar algo de comer, yo te podré
aprovechar.
Yo no quise, porque ya tenía
comprado el pescado necesario para mi comer; pero él, como vio la
espuerta del pescado, tomola y en un llano sacudiola, y vistos los peces,
dijo:
-¿Y cuánto te costó
esta basura?
Yo respondí:
-Apenas lo pude sacar del que lo
vendió por veinte maravedís.
Lo cual, como él oyó,
tomome por la falda y tornome otra vez a la plaza de Cupido y preguntome:
-¿De cuál de éstos
compraste esta nada?
Yo mostré un vejezuelo que estaba
sentado en un rincón; el cual, con voces ásperas como a su oficio
convenía, comenzó a maltratar al viejo, diciendo:
-Ya, ya, vosotros ni perdonáis a
nuestros amigos ni a los huéspedes que aquí vienen, porque
vendéis el pescado podrido por tan grandes precios y hacéis con
vuestra carestía que una ciudad como ésta, que es la flor de
Tesalia, se torne en un desierto y soledad; pero no lo haréis sin pena,
a lo menos en tanto que yo tuviere este cargo: yo mostraré en qué
manera se deben castigar los malos.
Y arrebató la espuerta, y
derramada por tierra, hizo a un su oficial que saltase encima y lo rehollase
bien con los pies. Así que mi amigo Pithias, contento con este castigo,
dijo que me fuese, diciendo:
-Lucio, bien me basta la injuria que
hice a este vejezuelo.
Esto hecho y enfadado y malcontento
voyme al baño, sin cena y sin dineros, por el buen consejo de aquel
discreto de Pithias mi compañero; así que después de
lavado torneme a la posada de Milón y entreme en mi cámara; y
luego vino Fotis y díjome:
-Ruégote, señor, que vayas
allá.
Yo, conociendo la miseria de
Milón, excuseme blandamente, diciendo que la fatiga del camino
más necesidad tenía de sueño que no de comer.
Como él oyó esto, vino a
mí y tomome por la mano, para llevarme, y porque me tardaba y
honestamente me excusaba, díjome:
-Cierto no iré de aquí si
no vas conmigo, lo cual juro.
Yo, viendo su porfía, aunque
contra mi voluntad, me hubo de llevar a aquella su mesilla, donde me hizo
sentar y luego me preguntó:
-¿Cómo está mi
amigo Demeas? ¿Cómo están su mujer y hijos y criados?
Yo contele de todo lo que me preguntaba.
Asimismo me preguntó ahincadamente la causa de mi camino, la cual,
después que muy bien le relaté, empezome a preguntar de la tierra
y del estado de la ciudad, y de los principales de ella, y quién era el
gobernador; así que, después que me sintió estar fatigado
de tan luengo camino y de tanto hablar y que me dormía, que no acertaba
en lo que decía, tartamudeando en las palabras, medio dichas, finalmente
concedió que me fuese a dormir. Plugo a Dios que ya escapé del
convite hambriento y de la plática del viejo rancioso y parlero,
más hambriento de sueño que harto del manjar. Habiendo cenado con
solas sus parlas, entreme en la cámara y echeme a dormir.
  Segundo libro
Argumento
En tanto que Lucio Apuleyo andaba
muy curioso en la ciudad de Hipata, mirando todos los lugares y cosas de
allí, conoció a su tía Birrena, que era una dueña
rica y honrada; y declara el edificio y estatuas de su casa, y cómo fue
con mucha diligencia él avisado que se guardase de la mujer de
Milón, porque era gran hechicera; y cómo se enamoró de la
moza de casa, con la cual tuvo sus amores; y del gran aparato del convite de
Birrena, donde ingiere algunas fábulas graciosas y de placer; y de
cómo guardó uno a un muerto, por lo cual le cortaron las narices
y orejas, y después cómo Apuleyo tornó de noche a su
posada, cansado de haber muerto no a tres hombres, más a tres odres.
  Capítulo I
Cómo andando Lucio
Apuleyo por las calles de la ciudad de Hipata, considerando todas las cosas,
por hallar mejor el fin deseado de su intención, se topó con una
su tía llamada Birrena, la cual le dio muchos avisos en muchas cosas de
que se debía guardar.
Cuando otro día amaneció y
el Sol fue salido, yo me levanté con ansia y deseo de saber y conocer
las cosas que son raras y maravillosas, pensando cómo estaba en aquella
ciudad, que es en medio de Tesalia, adonde por todo el mundo es fama que hay
muchos encantamientos de arte mágica; también consideraba aquella
fábula de Aristómenes mi compañero, la cual había
acontecido en esta ciudad. Y con esto andaba curioso, atónito,
escudriñando todas las cosas que oía. Y no había otra cosa
en aquella ciudad que, mirándola, yo creyese que era aquello que era;
mas parecíame que todas las cosas con encantamientos estaban tornadas en
otra figura: las piedras, hallaba que eran endurecidas de hombres; las aves que
cantaban, asimismo de hombres convertidas; los árboles, que eran los
muros de la ciudad, por semejante eran tornados; las aguas de las fuentes, que
eran sangre de cuerpos de hombres: pues ya las estatuas e imágenes
parecían que andaban por las paredes, y que los bueyes y animales
hablaban y decían cosas de presagios o adivinanzas. También me
parecía que del cielo y del Sol había de ver alguna señal.
Andando así atónito, con un deseo que me atormentaba, no hallando
comienzo ni rastro de lo que yo codiciaba, andaba cercando y rodeando todas las
cosas que veía; así que andando con este deseo, mirando de puerta
en puerta, súbitamente, sin saber por dónde andaba, me
hallé en la plaza de Cupido; y he aquí dónde veo venir una
dueña bien acompañada de servidores y vestida de oro y piedras
preciosas, lo cual mostraba bien que era una mujer honrada; venía a su
lado un viejo ya grave en edad, el cual, luego que me miró, dijo:
-Por Dios, éste es Lucio.
Y diome paz, y llegose a la oreja de la
dueña y no sé qué le dijo muy pasico. Y tornose a
mí, diciendo:
-¿Por qué no llegas a tu
madre y le hablas?
Yo dije:
-He vergüenza, porque no la
conozco.
Y en esto, la cara colorada y la cabeza
abajada, detúveme; ella puso los ojos en mí, diciendo:
-¡Oh bondad generosa de aquella
muy honrada Salvia, tu madre, que en todo le pareces igualmente como si con un
compás te midieran! De buena estatura, ni flaco ni gordo, la color
templada, los cabellos rojos como ella, los ojos verdes y claros, que
resplandecen en el mirar como ojos de águila; a cualquier parte que lo
miréis es hermoso y tiene decencia, así en el andar como en todo
lo otro.
Y añadió más,
diciendo:
-¡Oh Lucio!, en estas mis manos te
crié, y ¿por qué no?, pues que tu madre no solamente era
mi amiga y compañera por ser mi prima, pero porque nos criamos juntas,
que ambas somos nacidas de aquella generación de Plutarco, y una ama nos
crió, y así crecimos juntamente como dos hermanas, y nunca otra
cosa nos apartó, salvo el estado, porque ella casó con un
caballero, yo con un ciudadano. Yo soy aquella Birrena cuyo nombre muchas veces
quizás tú oíste a tus padres. Así que te ruego
vengas a mi posada.
A esto yo, que ya con la tardanza de su
hablar tenía perdida la vergüenza, respondí:
-Nunca plega a Dios, señora, que
sin causa o queja deje la posada de Milón. Pero lo que con entera
cortesía se podrá hacer será que cada vez que hubiere de
venir a esta ciudad, me vendré a tu casa.
En tanto que hablamos estas cosas,
andando un poco adelante, llegamos a casa de Birrena. La cual era muy hermosa:
había en ella cuatro órdenes de columnas de mármol, y
sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la diosa Victoria, tan
artificiosamente labrada con sus rostros, alas y plumas, que, aunque las
columnas estaban quedas, parecía que se movían y que ellas
querían volar. De la otra parte estaba otra estatua de la diosa Diana,
hecha de mármol muy blanco, frente de como entran. Sobre la cual estaba
cargada la mitad de aquel edificio. Era esta diosa muy pulidamente obrada: la
vestidura parecía que el aire se la llevaba y que ella se movía y
andaba y mostraba majestad honrada en su forma. Alrededor de ella estaban sus
lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban con
los ojos: las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas; y si cerca de
allí ladraban algunos perros, pensaras que salen de las bocas de
piedra.
En lo que más el maestro de
aquella obra quiso mostrar su gran saber, es que puso los lebreles con las
manos alzadas y los pies bajos, que parece que van corriendo con gran
ímpetu. A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande,
cavada en manera de cueva: en la cual había esculpidas hierbas de muchas
maneras, con sus ástiles y hojas; pámpanos y parras y otras
flores, que resplandecían dentro, en la cueva, con la claridad de la
estatua Diana, que era de mármol muy claro y resplandeciente. En el
margen debajo de la piedra había manzanas y uvas, que colgaban labradas
muy artificiosamente: las cuales el arte, imitadora de la natura,
explicó y compuso semejantes a la verdad; pensaras que viniendo el
tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas para
comer. Y si mirares las fuentes que a los pies de la diosa corren como un
arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras son verdaderos, que
aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos
árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón, cómo
estaba mirando a Diana por las espaldas cuando ella se lavaba en la fuente y
cómo él se tornaba en un ciervo montés. Andando yo mirando
esto con mucho placer, dijo aquella Birrena:
-Tuyo es todo esto que ves.
Y diciendo esto, mandó a todos
los que allí estaban que se apartasen, que me quería hablar un
poco secreto; los cuales apartados, dijo:
-¡Oh Lucio!, hijo mío
amado, por esta diosa que tengo mucha ansia y miedo por ti y como a cosa
mía deseo proveerte y remediarte. Guárdate y guárdate
fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Panfilia mujer de
ese tu huésped Milón: cuanto a lo primero, ella es gran
mágica y maestra de cuantas hechiceras se pueden creer, que con cogollos
de árboles y pedrezuelas y otras semejantes cosillas, con ciertas
palabras hace que esta luz del día se torne en tinieblas muy obscuras y
del todo se confunda la mar con la tierra. Y si ve algún gentilhombre
que tenga buena disposición, luego se enamora de su gentileza y pone
sobre él los ojos y el corazón: comiénzale a hacer
regalos, de manera que le enlaza el ánima y el cuerpo que no puede
desasirse. Y después que está harta de ellos, si no hacen lo que
ella quiere, tórnalos en un punto piedras y bestias o cualquier otro
animal que ella quiere; otros, mata del todo; y esto te digo temblando, porque
te guardes que ella ame fuertemente, y tú como eres mozo y gentil
hombre, agradarle has.
Esto me decía Birrena, con harta
congoja y pena. Yo, cuando oí el nombre de la Magia, como estaba deseoso
de la saber, tanto me escondí de la cautela o arte de Panfilia, que
antes yo mismo me ofrecí de mi propia gana a su disciplina y magisterio,
queriendo en un salto lanzarme en el profundo de aquella ciencia. Así
que con la más priesa que pude, alterado de lo que me había
dicho, despedime de mi tía, soltándome de su mano como de una
cadena y diciendo:
-Señora, con vuestra merced, yo
me voy corriendo a la posada de Milón.
  Capítulo II
Cómo despedido Lucio
Apuleyo de Birrena, su tía, se vino para la posada de su huésped
Milón, donde, llegado, halló a Fotis la moza de casa, que guisaba
de comer. Y enamorándose el uno del otro, concertaron de juntarse a
dormir.
Yendo por la calle como un hombre sin
seso, digo entre mí: «Ea, Lucio, vela bien y está contigo;
ahora tienes en la mano lo que hasta aquí deseabas; ahora
satisfarás a tu luengo deseo de cosas maravillosas. Aparta de ti todo
miedo: júntate cerca, porque puedas prestamente alcanzar lo que buscas;
pero mira bien que te apartes y excuses de no hacer vileza con la mujer de tu
huésped Milón, ni de ensuciar su cama y honra. Con todo eso, bien
puedes requerir de amores a Fotis, su criada, que parece ser bonica, agudilla y
alegre. Aun bien te debes recordar, cuando anoche, te ibas a dormir,
cómo ella te acompañó, mostrándote la cama y
cubriéndote la ropa, después de acostado, y te besó en la
cabeza, partiéndose de allí, contra su voluntad, según se
le mostró en su gesto; finalmente, que cuando se iba ella volvía
la cara atrás y se detenía, lo cual es buena señal, y
así sea adelante. De manera que no será malo que esta Fotis sea
requerida de amores.» Yendo yo disputando entre mí estas cosas,
llegué a la casa de Milón, y como dicen, yo por mis pies
confirmé la sentencia de lo que había pensado. Entrando en casa,
ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran entrambos idos
fuera, sino a mi muy amada Fotis, que aparejaba de comer para sus
señores pasteles y cazuelas: lo cual olía tan bien, que ya me
parecía que lo estaba comiendo, tan sabroso era. Ella estaba vestida de
blanco, su camisa limpia, y una facha blanca linda ceñida por debajo del
pecho; y con sus manos blancas y muy lindas estaba haciendo las cajas de los
pasteles redondas; y como traía la masa alrededor, también ella
se movía, sacudiéndose toda, tan apaciblemente, que yo, con lo
que veía, estaba maravillado, mirando en hito, y como maravillado de su
lindeza, lo mejor y más cortésmente que yo pude, le dije:
-Señora Fotis, con tanta gracia
aparejas este manjar, que yo creo que es el más dulce y sabroso que
puede ser. Cierto será dichoso y muy bienaventurado aquel que tú
dejaras tocarte a lo menos con el dedo.
Ella, como era discreta moza y decidora,
díjome:
-Anda, mezquino, apártate de
aquí; vete de la cocina, no te llegues al fuego; porque si un poco de
fuego te toca, arderás de dentro, que nadie podrá apagarlo sino
yo, que sé muy bien mecer la olla y la cama.
Diciendo esto, mirome y riose. Pero yo
no me partí de allí hasta que tenté y conocí toda
la lindeza de su persona; y dejadas aparte todas las otras particularidades, yo
me enamoré tanto de sus cabellos, que en público nunca
partía los ojos de ellos por más los gozar después en
secreto. Así que conocí y tuve por cierto juicio y razón
que la cabeza y cabellos es la principal parte de la hermosura de las mujeres,
por dos razones: o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos y se nos
demuestra, o porque lo que la vestidura y ropas de colores adorna en los otros
miembros y los alegra, esto hace en la cabeza el resplandor natural de los
cabellos. Y muchas veces acontece que algunas por mostrar su gracia y hermosura
a quien bien quieren, se quitan todas las vestiduras y la camisa,
preciándose muy mucho más de la lindeza de sus personas que no
del color de los brocados y sedas. Y aunque sea cosa de no decir, ni nunca
hubiese tan mal ejemplo, si trasquilasen a una mujer que fuese la más
hermosa y acabada en perfección del mundo, aunque fuese venida del cielo
y criada en el mar, y aunque fuese la diosa Venus acompañada de sus
ninfas y graciosas con su Cupido y toda la compaña que le sigue, con su
arreo de cinta de cadenas y olores de cinamomo y bálsamo, si viniere
calva y sin cabellos, no podrá placer a nadie, ni tampoco a su marido
Vulcano. ¿Qué color se puede igualar ni agradar tanto como el
lustre natural de los cabellos, que contra el resplandor del Sol relumbra y
varía el color en diversas gracias? Ahora, de una parte, resplandece
como oro, de la otra de color mellada; ahora parece verde obscuro imitando a
las plumas y fleco del cuello de las palomas o al cuervo que le luce el color
negro. Mayormente, cuando ellas se peinan y hacen la partidura con
ungüento arábigo, después que juntan sus cabellos y los
trenzan en las espaldas, si las ven sus amadores, míranse en ellas como
en un espejo; especialmente si los cabellos, siendo muchos y espesos,
están sueltos y tendidos por las espaldas. Finalmente, tanta es la
gracia de los cabellos, que aunque una mujer esté vestida de seda y de
oro y piedras preciosas, y tenga todo el atavío y joyas que quisiere, si
no mostrare sus cabellos, no puede estar bien adornada ni ataviada; pero en mi
señora Fotis, no el atavío de su persona, mas estando revuelta
como estaba, le daba muy mucha gracia. Ella tenía muchos cabellos
espesos que le llegaban bajo la cintura con una redecilla de oro, ligados con
un nudo cerca del principio. De manera que yo no me pude sufrir más;
inclineme y tomela por cerca del nudo de los cabellos y suavemente la
comencé a besar. Ella volvió la cabeza, y mirándome astuta
con el rabillo del ojo, me dijo:
-Oye tú, escolar, dulce y amargo
gusto tomas: pues guárdate, que con mucho sabor de la miel, no ganes
continua amargura de hiel.
Yo le dije:
-¿Qué es esto, mi bien y
mi señora? Aparejado estoy, que por ser recreado solamente con un beso,
sufriré que me ases en ese fuego. Y diciendo esto, abracela reciamente y
comencela a besar; ya que ella estaba encendida en la igualdad del amor
conmigo, ya que yo le conocía que con su boca y lengua olorosa
ocurría a mi deseo y que también quería ella como yo,
díjele:
-¡Oh señora mía!, yo
muero, y más cierto puedo decir que soy muerto, si no has merced de
mí.
A esto ella, besándome,
respondió:
-Está de buen ánimo, que
yo te amo tanto como tú a mí; y no se dilatará mucho
nuestro placer, que a prima noche yo seré contigo en tu cámara:
anda, vete de aquí y apareja, que toda esta noche entiendo pelear
contigo.
Así que con estas palabras y
burletas nos partimos por entonces. Después, ya casi era
mediodía, Birrena me envió un presente de media docena de
gallinas y un lechón y un barril de vino añejo fino. Yo
llamé a mi Fotis y díjele:
-Ves aquí, señora, el dios
del amor e instrumento de nuestro placer, que viene sin llamarlo, de su propia
gana; bebámoslo, sin que gota quede, porque nos quite la vergüenza
y nos incite la fuerza de nuestra alegría, que ésta es la
vitualla o provisión que ha menester el navío de Venus: conviene
a saber, que, en la noche sin sueño, abunde en el candil aceite y vino
en la copa.
Todo lo otro del día que restaba,
gastamos en el baño, y después en la cena; porque a ruego del
bueno de Milón, mi huésped, yo me senté a cenar a su
pequeña y muy breve mesilla, guardándome cuanto podía de
la vista de Pánfila, su mujer; porque recordándome del aviso de
Birrena, con temor me parecía que, mirando en su cara miraba en la boca
del infierno; pero miraba muchas veces a mi amada Fotis, que andaba sirviendo a
la mesa, y en ésta recreaba mi ánimo. En esto, como vino la noche
y encendieron candelas, la mujer de Milón dijo:
-¡Cuán grande agua
hará mañana!
El marido le preguntó que
cómo sabía ella aquello. Respondió que la lumbre se lo
decía. Entonces Milón riose de lo que ella decía, y
burlando de ella, dijo:
-Por cierto, la gran sibila profeta
mantenemos en este candil, que todos los negocios del cielo y lo que el Sol ha
de hacer se ven en el candelero.
Yo entremetime a hablar en sus razones,
diciendo:
-Pues sabed que éste es el
principal experimento de esta adivinación, y no os maravilléis,
porque como quiera que éste es un poquito de fuego encendido por manos
de hombres, pero recordándose de aquel fuego mayor que está en el
cielo, como de su principio y padre, sabe lo que ha de hacer en el cielo, y
así nos lo dice acá y anuncia por este presagio o adivinanza. Yo
vi en Corinto, antes que de allá partiese, un sabio, que allí es
venido, que toda la ciudad se espanta de sus respuestas maravillosas que da a
lo que le preguntan, y por un cuarto que le dan dice el secreto de la ventura y
el hado que ha de venir a quienquiera; qué día es bueno para
hacer casamientos o cuál será bueno para fundar una fortaleza,
que sea muy perpetua, o cuál será más provechoso para
mercaderes, o cuál más afamado para mejor poder caminar, o
cuál más oportuno para el navegar. Finalmente, a mí me
dijo cuándo quería partirme para esta tierra,
preguntándole cómo me sucedería en este viaje, muy muchas
y varias cosas: ora que tendría prosperidad asaz grande, ora que
sería de mí una muy grande historia y fábula
increíble, y que había de escribir libros.
A esto Milón, riéndose,
dijo:
-¿Qué señas tiene
ese hombre o cómo se llama?
Yo díjele que era hombre de buena
estatura y entre rojo y negrillo, que se llamaba Diófanes. Entonces
Milón dijo:
-Ése es y no otro, porque
aquí en esta ciudad hablaba muchas cosas semejantes a esas que dices,
por donde él ganó no poco, sino muy muchos dineros, y
alcanzó muy grandes mercedes y dádivas; después él,
mezquino, cayó en manos de la fortuna severa y cruel, que estando un
día cercado de gente, diciéndoles a cada uno su ventura, un
negociante que se llamaba Cerdón llegose a él por preguntarle si
era aquel día provechoso para caminar, porque él quería ir
a cierto negocio; él, como le dijo que era muy bueno, ya que el zapatero
abría la bolsa y sacaba los dineros, y aun tenía contados cien
maravedís para darle un galardón de la adivinación que le
había hecho, he aquí súbitamente un mancebo de los
principales de la ciudad le tomó de la falda por detrás, y como
aquel sabio volvió la cabeza, abrazolo y besolo. El sabio, como lo vio,
hízolo sentar cerca de sí, y atónito de la repentina vista
de aquel su amigo, no recordándose del negocio que tenía entre
manos, dijo al mancebo:
-¡Oh deseado de muchos tiempos!
¿Cuándo eres venido?
Respondió él:
-Si os place, ayer tarde; pero
tú, hermano, dime también cómo te aconteció cuando
navegaste de la isla de Eubea. ¿Cómo te fue por mar y por
tierra?
A esto respondió aquel
Diófanes, sabio muy señalado, que estaba privado de su memoria y
fuera de sí:
-Nuestros enemigos y adversarios
caían en tanta ira de los dioses y tan gran destierro, que fue
más que el de Ulises. Porque la nave en que veníamos fue quebrada
con las ondas y tempestades de la mar y perdido el gobernalle, y el piloto
apenas llegó con nosotros a la ribera de la mar, y allí se
hundió, donde perdido cuanto traíamos, nadando escapamos.
Después, salidos de este peligro, todo lo que de allí sacamos y
lo que nos habían dado, así los que no nos conocían, por
mancilla que habían de nosotros, como lo que los amigos por su
liberalidad, todo nos lo robaron los ladrones, a los cuales, resistiendo por
defender lo nuestro, delante de estos ojos, mataron a un hermano mío que
había nombre Arignoto.
Estando hablando estas cosas, aquel
sabio enojado y triste, Cerdón, el negociante, tomó sus dineros,
que había sacado para pagarle su adivinanza y huyó entre la
gente; finalmente, Diófanes, tornado en sí, sintió la
culpa de su necedad, mayormente que vio que todos los que estábamos
alrededor nos reíamos de él, pues que conocía el hado de
los otros y no el de su hacienda.
-Pero tú, señor Lucio,
¿crees que aquel sabio dijo verdad a ti sólo más que a
otro? Dios te dé buenaventura y que hagas buen viaje.
Milón tardaba tanto en contar
estas patrañas, que yo entre mí me deshacía todo y me
enojaba conmigo mismo, que de mi gana había dado causa de poner a
Milón en oportunidad de contar fábulas: por lo cual yo
había perdido de gozar buena parte de la noche de placer que esperaba.
Finalmente, tragada la vergüenza, dije a Milón:
-Allá se lo haya Diófanes,
pase su fortuna, y si quiere torne otra vez a dar a la mar y a la tierra lo que
despojare y robare a los pueblos; pero como aún estoy fatigado del
camino de ayer, dame licencia que me vaya temprano a dormir.
Y diciendo esto, fuime de allí y
entreme en mi cámara, adonde yo hallé bien aparejado de
cenar.
  Capítulo III
Que trata cómo levantado
Lucio Apuleyo de la mísera mesa de Milón, apesarado con los
cuentos y pronósticos del candil, se fue a su cámara, adonde
halló aparejado muy cumplidamente de cenar, y después de haber
cenado se gozaron en uno, por toda la noche, su amada Fotis y
él.
Fuera de la puerta de la cámara
estaba en el suelo hecha una cama para los mozos, creo por que no oyesen lo que
entre nosotros pasaba. Cerca de mi cama estaba una mesa pequeña con muy
muchas cosas de comer y sus copas llenas de vino templado, con su agua;
demás de esto había allí un vaso lleno de vino, que
tenía la boca muy ancha, aparejado para beber. Lo cual todo era buena
antecena para la batalla de amores. Luego, como yo fui acostado, he aquí
dónde viene mi Fotis, que ya dejaba acostada a su señora, con una
guirnalda de rosas y otras deshojadas en el seno, y como llegó, fueme a
besar, y después de echar aquellas rosas encima, tomó una taza y
templó el vino con agua caliente y diome que bebiese, y antes que lo
acabase de beber, arrebató la taza y aquello que quedaba comenzolo a
beber, mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra
vez hasta la tercera. Después que ya estaba harto de beber, y no
solamente con el deseo, pero también con el cuerpo aparejado a la
batalla, dije, enardecido, a Fotis enseñándole las muestras de mi
impaciencia:
-Ten compasión de mí, y
acuéstate pronto, ya tú ves cuánta pena me has dado;
porque estando yo con esperanza de lo que tú me habías prometido,
después que la primera saeta de tu cruel amor me dio en el
corazón, fue causa que mi arco se extendiese tanto, que si no lo aflojas
tengo miedo que con el mucho tesón la cuerda se rompa, y si del todo
quieres satisfacer mi voluntad, suelta tus cabellos y así me
abrazarás.
No tardó ella, que, nadando
había alzado la mesa prestamente, con todas aquellas cosas que en ella
estaban, y, desnudada de todas sus vestiduras, hasta la camisa, y los cabellos
sueltos, que parecía la diosa Venus cuando sale del mar, blanca y
hermosa, sin vello ni otra fealdad, poniéndose la mano delante de sus
vergüenzas, antes haciendo sombra que cubriéndose, dijo:
-Ahora haz lo que quisieres, que yo no
entiendo ser vencida, ni te volveré las espaldas. Si eres hombre,
acomete resuelto y mata muriendo, que hoy la lucha es sin cuartel.
Y diciendo esto, acostose, donde
cansamos, velando hasta la mañana, recreando nuestra fatiga con el beber
de rato en rato, y de esta manera pasamos algunas otras noches.
  Capítulo IV
Cómo Birrena
convidó a cenar a su sobrino Lucio Apuleyo y él lo aceptó;
descríbese el aparato de la cena y cuéntanse donosos
acontecimientos entre los convidados.
Después aconteció que un
día Birrena me rogó muy ahincadamente que fuese una noche a cenar
con ella. Yo me excusé cuanto pude y al cabo hube de hacer lo que
mandaba; pero cumplíame tomar licencia de mi amiga Fotis, y de su
acuerdo tomar consejo como de un oráculo: la cual, como quiera que no
quisiera me apartara de ella tanto como una uña; pero, en fin, hubo de
dar licencia breve a la milicia de amores, alegremente, diciendo:
-Oye tú, señor, cata que
tornes del convite temprano, porque hay bandos aquí de los principales,
que en cada parte hallarás hombres muertos; y el gobernador no puede
remediar esta ciudad de tanto mal, y a ti, así por ser rico, como
también ser tenido en poco, por ser extraño, te puede venir
algún peligro.
Yo le respondí:
-No tengas tú, señora,
cuidado ni pena de esto; porque demás de yo no preferir a mis placeres
el convite de casa ajena, con mi presta vuelta te quitaré de este miedo,
y aun también no voy sin compañía, que mi espada llevo
debajo de mí, que es ayuda de mi salud.
Con esto me despedí y fui a la
cena, donde hallamos otros convidados, que, como aquélla era
dueña principal y flor de la ciudad, el convite era bien
acompañado y suntuoso. Allí había las mesas ricas de cedro
y de marfil cubiertas con paños de brocado; muchas copas y tazas de
diversas formas, pero todas de muy gran precio; las unas eran de vidrio,
artificiosamente labrado, otras de cristal pintado, otras de plata y de oro
resplandeciente, otras de ámbar, maravillosamente cavado, y todas
adornadas de piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente,
que todo lo que parece que no puede haber allí lo había; los
pajes y servidores de la mesa eran muchos y muy bien ataviados; los manjares
eran en abundancia y muy discretamente administrados; los pajes, en cabello y
vestidos hermosamente, traían aquellas copas hechas de piedras preciosas
con vino añejo, muy fino y mucho.
Ya traídas a la mesa velas
encendidas, comenzó a crecer el hablar entre los convidados y el burlar
y reír y motejar unos de otros. Entonces Birrena me preguntó,
diciendo:
-¿Cómo te va en esta
nuestra tierra? Que cierto, a cuanto yo puedo saber, en templos y baños
y otros edificios precedemos a todas las otras ciudades. Además de esto,
somos ricos de alhajas de casa. Aquí hay mucha libertad y seguridad; hay
grandes negociaciones y mercaderías, cuando vienen mercaderes romanos;
tanta seguridad y reposo para los extranjeros como tendrían en su casa.
Basta decir que somos el retiro y reposo de placeres para todos los de otras
provincias que aquí vienen.
A esto yo respondí:
-Por cierto, señora, dices
verdad, que yo nunca me hallé más libre en parte ninguna como
aquí. Pero cierto, tengo miedo de las inevitables y ciegas obscuridades
del arte mágica, que he oído decir que aquí aun los
muertos no están seguros en sus sepulcros; porque de allí sacan y
buscan ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras de uñas para hacer mal
a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el momento que alguno muere, en
tanto que le aparejan las exequias, con gran celeridad previenen su sepultura
para tomar alguna cosa de su cuerpo.
Diciendo yo esto, respondió otro
que allí estaba:
-Antes digo que aquí tampoco
perdonan a los vivos, y aun no sé quién padeció lo
semejante, que tiene la cara cortada, disforme y fea por todas partes.
Como aquel dijo estas palabras,
comenzaron todos a dar grandes risas, volviendo las caras y mirando a uno que
estaba sentado al canto de la mesa; el cual, confuso y turbado de la burla que
los otros hacían de él, comenzó a reñir entre
sí, y como se quiso levantar para irse, díjole Birrena:
-Antes te ruego, mi Theleforon, que no
te vayas; siéntate un poco y por cortesía, que nos cuentes
aquella historia que te aconteció, porque este mi hijo Lucio goce de
oír tu graciosa fábula.
Él respondió:
-Señora, tú me ruegas,
como noble y virtuosa; pero no es de sufrir la soberbia y necedad de algunos
hombres.
De esta manera Theleforon enojado,
Birrena con mucha instancia le rogaba y juraba por su vida que, aunque fuese
contra su voluntad, se lo contase y dijese. Así que él hizo lo
que ella mandaba, y cogidos los manteles sobre la mesa, puso el codo encima, y
con la mano derecha, a manera de los que predican, señalando con los dos
dedos, los otros dos cerrados y el pulgar un poco alzado, comenzó y
dijo:
-Siendo yo huérfano de padre y
madre partí de Mileto para ir a ver una fiesta olimpia, y como oí
decir la gran fama de esta provincia, deseaba verla. Así que, andada y
vista por mí toda Tesalia, llegué a la ciudad de Larisa, con mal
agüero de aves negras, y andando, mirando todas las cosas de allí,
ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a buscar remedio de mi
pobreza, y andando así veo en medio de la plaza un viejo alto de cuerpo
encima de una piedra, que, a altas voces, decía:
-Si alguno quisiere guardar un muerto,
véngase conmigo en el precio.
Yo pregunté a uno de los que
pasaban:
-¿Qué cosa es ésta?
¿Suelen aquí huir los muertos?
Respondiome aquél:
-Calla, que bien parece que eres mozo y
extranjero, y por eso no sabes que estás en medio de Tesalia, donde las
mujeres hechiceras cortan con los dientes las narices y orejas de los muertos,
en cada parte, porque con esto hacen sus artes y encantamientos.
Yo le dije entonces:
-Dime, por tu vida, ¿y qué
guarda es ésta de los difuntos?
Él me respondió:
-Primeramente, toda la noche ha de velar
muy bien, abiertos los ojos y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin
jamás mirar a otra parte, ni solamente volver los ojos, porque estas
malas mujeres, convertidas en cualquier animal que ellas quieren, en volviendo
la cara, luego se meten y esconden, que, aunque fuesen los ojos del Sol y de la
justicia, los engañarían; que una vez se tornan aves y otra vez
perros y ratones, y luego se hacen moscas, y cuando están dentro, con
sus malditos encantamientos oprimen y echan sueños a los que guardan; de
manera que no hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas
mujeres, por su vicio y placer, inventan y hallan, y por este tan mortal
trabajo, no dan de salario más de cuatro o seis ducados de oro, poco
más o menos. ¡Oh, oh!, y lo que principalmente se me olvidaba: si
alguno de estos que guardan no restituye el cuerpo entero, a la mañana,
todo lo que le fue cortado o disminuido es obligado y apremiado a reponerlo,
cortándole otro tanto de su misma cara.
Oído esto, esforceme lo mejor que
pude, y luego llegueme al que pregonaba, diciendo:
-Deja ya de pregonar, que he aquí
aparejada guarda para eso que dices. Dime qué salario me has de dar.
Él dijo:
-Te darán mil maravedís;
pero mira bien, mancebo, con diligencia; cata que este cuerpo es de un hijo de
los principales de esta ciudad; guárdalo bien de estas malas
arpías.
Yo dije entonces:
-¿Qué me estáis
ahí contando, necedades y mentiras? ¿No ves que soy hombre de
hierro, que nunca entra sueño en mí? Más veo que un lince
y más lleno de ojos estoy que Argos.
Casi yo no había acabado de
hablar cuando me llevó a una casa, la cual tenía cerradas las
puertas, y entramos por un postigo, por donde entrome en un palacio obscuro y
mostrome una cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de
luto, cerca de la cual él se sentó diciendo:
-Éste viene obligado para guardar
fielmente a tu marido.
Ella, como estaba con sus cabellos
echados ante la cara, aunque tenía luto, estaba hermosa, y
mirándome dijo:
-Mira bien; cata que te ruego que con
gran diligencia hagas lo que has tomado a cargo.
Yo le dije:
-No cures, señora: mándame
aparejar la colación.
Lo cual le plugo, y luego se
levantó y metiome en una camarilla, donde estaba el difunto cubierto con
sábanas muy blancas, y metidos dentro unos siete testigos; alzada la
sábana y descubierto el muerto, llorando y demostrando todas las cosas
de su cuerpo, pidiendo que fuesen testigos los que estaban presentes, lo cual
un escribano asentaba en su registro, ella decía de esta manera:
-Veis aquí la nariz entera, los
ojos sin lesión, las orejas sanas, los labios sin faltarles cosa, la
barba maciza. Vosotros, buenos hombres, dadme por testimonio lo que digo.
|