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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 1, Año 1877
    
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Cuaderno II

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Defunciones de los Sres. D. José Amador de los Ríos y D. C. R. Fort

     No sorprenderá á nuestros lectores la triste noticia con que encabezamos este número: los periódicos políticos y literarios, la fama pública y hasta las comunicaciones privadas la divulgaron oportunamente. A nuestro BOLETÍN cumple el empeño de consignarla también en sus columnas, no sólo como acontecimiento en que tanta parte cabe á la Academia, sino como testimonio del sincero pesar que ha causado en todos sus individuos.

     Uno de los más antiguos, celosos y beneméritos era don José Amador de los Ríos, natural de Baena, que tras larga y dolorosa enfermedad falleció en Sevilla el 17 de Febrero último, aún no cumplida la edad de sesenta años. No es éste por lo general en la vida humana el período de la decrepitud; pero nuestro compañero abrevió la suya en incesantes estudios, continuos trabajos, fatigas y desvelos que aniquilaron sus fuerzas físicas antes que las del espíritu. La laboriosidad era en él, más que una costumbre, una preocupación; y su talento, naturalmente profundo y analizador, adquirió en cuantos asuntos se brindaban á su pluma un repertorio tal de datos y de doctrina, que no es mucho se distinguiese [106] por su fecundidad, al propio tiempo que por su erudición, debiéndolo todo á sus esfuerzos propios, más bien que á la dirección y auxilios de los extraños. Prestó sus primeros servicios en la carrera administrativa como Secretario de la Comisión de Monumentos históricos y artísticos al crearse ésta, y posteriormente como oficial del Ministerio de la Gobernación, desempeñando, por último, una plaza de oficial primero en la Dirección general de Instrucción pública. Otras, sin embargo, más modestas quizá, pero no menos honrosas, eran sus aspiraciones, que quedarán justificadas con sólo recordar las circunstancias cronológicas de su vida. Habíase dedicado desde su mocedad al ejercicio de las Bellas artes; recibió después las lecciones de célebres humanistas; cultivó con juvenil ardor el vasto campo de la Historia, y provisto de extensos conocimientos en estos ramos, pudo entrar desahogadamente en el estadio de la crítica, no para probar sus fuerzas en estrechas y vanas polémicas de actualidad, sino para profesar la ciencia en más alto concepto, aplicándola al examen de antiguos monumentos, mal apreciados ó enteramente desconocidos en nuestros días.

     Sus primeras aficiones se descubren en las páginas con que ilustró los periódicos de Sevilla, titulados El Cisne y La Floresta; las poesías más ricas que dio á luz con su amigo D. Juan José Bueno, el año 1839; algún ensayo dramático, que ignoramos si sufrió la prueba de la escena; la traducción de la Historia della literatura, de Sismondi, escrita á medias con D. José Lorenzo Figueroa; los Estudios sobre las constituciones de los pueblos libres, del mismo autor, y la Influencia de la filosofía del siglo XVIII en el XIX. [107]

     En la serie de obras pertenecientes á la historia crítica del arte pueden incluirse: la Sevilla y Toledo pintorescas; la Memoria sobre los Monumentos de Segovia; el Ensayo sobre el arte latino-bizantino en España, y las coronas visigodas de Guarrazar; las monografías que escribió para los Monumentos arquitectónicos de España, publicados de Real orden y por disposición del ministerio de Fomento, y para el Museo Arqueológico Español; aparte de otros muchos trabajos dados á luz en diferentes publicaciones y periódicos y en diversas épocas, debiéndose á sus prolijas investigaciones el descubrimiento de varios monumentos del estilo mudéjar, cuyos caracteres determinó con gráfica exactitud.

     En virtud del nuevo plan de estudios de 1845, que, al abrir nuevas esferas á la enseñanza, realzó la dignidad y mejoró la suerte del profesorado oficial de España, se creó la llamada después Facultad de Filosofía y Letras en varias Universidades. Confióse en la de Madrid al señor Ríos la cátedra de Literatura española, que posteriormente cambió por la dirección del Museo Arqueológico. De ella le privó la revolución de 1868; pero nuevamente restituido á su cátedra, fué nombrado después consejero, é Inspector de Instrucción pública, cargo que desempeñaba á su fallecimiento. Nuestra Academia, la de Bellas Artes de San Fernando y otras Corporaciones científicas y literarias le abrieron sus puertas en épocas anteriores; como diputado á Cortes ocupó los escaños del Congreso una de sus legislaturas; y á más de otros distintivos con los que se recompensó sus méritos, obtuvo recientemente la Gran cruz de Isabel la Católica, que sólo llegó á decorar la losa de su sepulcro.

     A este último tercio de su vida corresponden las obras [108] que mayor reputación lo han granjeado, fruto de sus graves estudios en la historia de nuestras letras y civilización. Ya en 1852, al sacar á luz los escritos del célebre marqués de Santillana, D. Ínigo López de Mendoza, acertó á juzgar con doctísimo criterio, esclareciendo sus orígenes, uno de los períodos más brillantes de nuestros anales literarios. De qué suerte correspondió á la confianza de la Academia, que con anterioridad á aquella fecha le había encargado preparar, para que fuese reproducida é ilustrada convenientemente, la publicación de la Historia general y natural de las Indias, del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, lo demuestran los cuatro abultados volúmenes que se imprimieron desde 1851 á 1855. Las singularísimas vicisitudes de la raza, judaica, vilipendiada por unos y por otros compadecida, sugirieron al Sr. Ríos en 1848 la idea de un libro dedicado á tan interesante asunto, el cual, vaciado en nuevos y más anchurosos moldes, reapareció en los pasados años de 1875 y 76, y en tres tomos, con el título de Historia, social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal.

     Pero la obra que más ha contribuido á la insigne reputación literaria de nuestro inolvidable amigo y compañero, la Historia crítica de la Literatura Española, vivirá, como monumento perpetuo erigido al antiguo saber y á las glorias intelectuales de nuestra patria. Siete tomos de no escasas proporciones, impresos desde 1861 á 65, empleó el autor en llenar el vasto cuadro que comienza en el año 700 de la fundación de Roma y termina con la Edad Media, finalizado el reinado de los Reyes Católicos; y si la minuciosa y lenta puntualidad conque expone la sucesión de tan diversas edades, y el carácter de [109] cada una, y la multitud de ingenios que en ellas florecieron y el infinito número de obras que legaron á la posteridad, le impidió avanzar más en su camino, en cambio lo allanó para lo futuro, dejándonos por guía sus eruditas investigaciones y por herencia el copioso caudal de documentos que antes existían desdeñados ó inadvertidos.

     La Universidad de Sevilla ha honrado al sabio profesor de la de Madrid, depositando su cadáver bajo las bóvedas que guardan los restos de Arias Montano, de Rodrigo Caro, de Reinoso, Lista, Fernández Espino, Bedmar y otros ínclitos varones, honor de la ciencia y de la literatura patria. La Academia de la Historia ha recibido con gratitud tan señalada muestra de distinción y conservará imperecedero el recuerdo del que fué en vida tan digno del título de que se gloriaba, cooperando como el que más á los útiles fines y á los trabajos y lustre de su instituto.

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     Muy ajenos estábamos de presumir cuando escribíamos las precedentes líneas, que se preparaba la muerte á arrebatarnos otro de nuestros compañeros. Éralo, y sumamente estimable, por su carácter bondadoso, su natural amabilidad y su modesto saber, el Sr. D. Carlos Ramón Fort y Pazos, nuestro individuo, de número desde principios de 1857 y bibliotecario de nuestra Corporación desde fines del 58. Formaba también parte de la comisión perpetua de la España Sagrada, cargo que desde luego se le confió como entendido canonista y muy versado en la historia eclesiástica de nuestra patria. [110] La suya fué la Coruña, donde nació el 4 de Noviembre de 1807; su muerte acaeció la noche del 9 de Abril del presente año; una enfermedad que fué agravándose lentamente le llevó al sepulcro.

     Distinguiose desde su juventud el Sr. Fort en el estudio del Derecho, especialmente canónico. Obtuvo una beca de colegial mayor de Fonseca en Santiago, y el grado de doctor in utroque, como entonces se denominaba el correspondiente á ambos derechos. Nombrado Director del Instituto de segunda enseñanza de Pamplona, en que explicó Filosofía y Literatura, pasó después á desempeñar sucesivamente una cátedra de Disciplina Eclesiástica general y particular de España en la Universidad de Barcelona; de Historia de las Ciencias Eclesiásticas en la de Madrid; del Derecho canónico en la de Salamanca, y de Historia y Disciplina Eclesiástica en la de Sevilla. Como académico profesor de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación regentó asímismo la cátedra de Derecho civil y penal de España. En la Coruña y San Sebastián ejerció con lucimiento la abogacía y diferentes veces fué nombrado juez de tribunales de oposiciones.

     Jefe de Administración de primera clase en la carrera civil, sirvió como Asesor subdelegado de la Guardia de S. M. y del Cuerpo de Carabineros, como vocal letrado de la Junta de Clases pasivas, de agregado posteriormente á la Asesoría general de Hacienda y, por último, dos veces de Superintendiente, en comisión, de las minas de Almadén.

     Entre sus títulos literarios llevó el de socio de número de las de Amigos del País de Santiago y Pamplona; de honor de la Real Academia Greco-Latina, y numerario [111] de la Española de Ciencias Eclesiásticas; y como distinción nobiliaria, la cruz de Caballero de la Orden del Santo Sepulcro, poco ha vuelta, si no á su antiguo esplendor, á salir de la postración en que yacía.

     Las obras de nuestro difunto académico, adoptadas como texto en los Seminarios Conciliares y en algunas, Universidades, ó aprobadas para la enseñanza por el Real Consejo de Instrucción pública, son: Elementos de oratoria sagrada; Colección de los Concordatos y demás convenios celebrados después del Concilio Tridentino entre los reyes de España y la Santa Sede; El Concordato de 1851, comentado; Instituciones canónicas de Devoti, aumentadas, especialmente en lo relativo á la legislación patria y á la disciplina de la Iglesia de España, y varios discursos é informes académicos, notables por su erudición y discreta naturalidad.

     Condolámonos, no de la muerte, que quizá sea la aurora suspirada de mejor vida, sino de la pérdida de compañeros que han sido por tantos años partícipes de nuestra actividad y de nuestro afecto, y hagámonos, imitándolos, dignos también de las alabanzas de nuestros sucesores. [112]



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Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)

     Han sido nombrados los Académicos de número señores don Eduardo Saavedra y D. Juan Facundo Riaño, para que, con el carácter de agregados á la Comisión general española de la Exposición universal de París, contribuyan á promover la concurrencia á dicha Exposición.

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     Los señores Vicepresidente y Secretario de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia de Oviedo han enviado el vaciado en yeso de una medalla ó adorno hallado en las antiguas murallas de aquella capital. Ha sido examinado por el señor Anticuario de la Academia, quien ha informado que dicha medalla es uno de los muchos distintivos nobiliarios que ostentaban al pecho pendiente de un cordón los caballeros durante la Edad Media, y que no se puede decir quién llevaría por empresa una planta humilde, coronada con diadema de marqués, que es lo que representa el vaciado, mientras no se vea representada en algún libro ó estatua.

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     El Sr. F. de Barghon For-rion, Secretario general adjunto del Congreso científico de Francia, ha dado gracias á la Academia por la adhesión y simpatía que ésta ha manifestado en favor del mismo Congreso.

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     Se ha hecho una nueva impresión de los Estatutos y Reglamento de la Academia. [113]

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     El Señor ministro de Fomento ha declarado monumento nacional histórico y artístico la Basílica de San Jerónimo de Granada, solicitando del Ministerio de Hacienda la excepción de la venta de aquel edificio.

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     El Secretario general de la Sociedad de Geografía Comercial de Burdeos ha solicitado en nombre de ésta cambiar sus publicaciones con las de la Academia.

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     El señor Académico de número D. Antonio María Fabié ha propuesto que se haga presente al Ayuntamiento de Sevilla la necesidad de que la Comisión nombrada para vigilar y dirigir las obras de restauración de aquellas Casas Consistoriales, redacte la inscripción conmemorativa que ha de colocarse en el ático del edificio y la someta á la aprobación del Ayuntamiento, la cual, una vez obtenida, se remita á la Academia para que cumpla con el encargo de revisarla, único que se le ha encomendado.

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     La Academia ha autorizado á su individuo de número D. Francisco Coello para que, puesto de acuerdo con el honorario señor D. Augusto Pècoul, procure el cambio de las obras de la Academia con las publicaciones del Ministerio de Instrucción pública de Francia.

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     El Ayuntamiento de la ciudad de Valladolid ha hecho un importante donativo de objetos de antigüedad á la galería arqueológica; y la Academia ha acordado rogar al Gobierno dé las gracias á la municipalidad por su celo y desprendimiento, como se han dado de Real orden.

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     La Academia ha remitido á la Biblioteca colombina de Sevilla algunas obras de su propiedad.

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     La Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Gerona ha participado que, hechas por el Sr. Conde de Bell-lloch nuevas [114] excavaciones en el sitio en que se halló en Mayo de 1876 un gran mosaico romano, se habían encontrado otros restos de construcción, nuevos fragmentos de mosaico, pertenecientes algunos á varias piezas del edificio, y otros, que eran los más notables, á continuación del descubierto anteriormente; ofreciendo dar en ocasión oportuna noticias más completas y remitir dibujos exactos de los nuevos mosaicos encontrados. La Academia ha acordado que se den expresivas gracias á la Comisión y se la estimule á que adquiera y comunique nuevas noticias.

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     La Academia ha acordado acceder al cambio propuesto por el Sr. Pècoul á nombre del señor Bibliotecario del Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia, de una colección completa da las obras de la Academia, por un ejemplar de las dos tituladas Description de l'Egypte é Iconographie grecque et romaine.

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     En el Memorial Diplomatique se ha insertado un pequeño trabajo en defensa de la Literatura Española.

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     El señor Gobernador de Avila, Presidente de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia, ha remitido el dibujo que se había pedido á dicha Comisión del trozo de piedra hallado en Cardeñosa con la figura de un animal.

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     El señor Director general de Instrucción pública ha dispuesto que en lo sucesivo todas las declaraciones que se hagan de monumentos nacionales históricos y artísticos en los edificios del Estado, y en los que se adquieran de particulares por reunir tales condiciones, se publiquen en la Gaceta oficial y en los Boletines de las respectivas provincias.

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     El señor Ministro de Fomento ha declarado monumento nacional histórico y artístico el exmonasterio de Nuestra Señora del Prado, extramuros de Valladolid, y solicitado del Ministerio de [115] Hacienda la excepción de la venta de dicho edificio y su cesión á la Comisión de Monumentos de aquella ciudad.

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     La Junta encargada de erigir una estatua en la plaza de la Dársena de Santander al capitán de artillería D. Pedro Velarde, ha remitido á la Academia un dibujo del pedestal construído para colocar dicha estatua, rogando que por la misma Academia se redacten las inscripciones que se han de poner en dos de los cuatro frentes. La Corporación contestó que las redactaría; pero que la Junta mencionada debía remitir antes al Gobierno un proyecto de ellas y pedir que pasase éste á la Academia para que se redactase en la forma epigráfica propia de tales monumentos. Cumplida esta formalidad, y nombrada una Comisión al efecto, han quedado definitivamente acordadas las inscripciones.

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     Una nueva Academia va á establecerse en Atenas, que indudablemente corresponderá al gran movimiento de restauración literaria que de algunos años á esta parte se efectúa en aquel país. No conocemos aún su objeto ni su carácter; pero la presencia de tantos insignes monumentos de la antigüedad y el recuerdo de sus gloriosas tradiciones, hacen suponer que se organizará en varias secciones, á modo del Instituto de Francia, donde se cultiven á la vez las Ciencias, las Letras y las Artes. Por de pronto, la institución cuenta con un Mecenas, Mr. Sina, griego opulento de Viena, que ha empleado en la construcción del edificio destinado á este fin, todo de mármoles pentélicos, muchos millones de francos. Este suntuoso palacio estará terminado en breve: sólo falta una parte de su decoración exterior, que muy acertadamente se ha dejado para lo último, como se hizo en el Museo Kensington de Londres, y se practica ya en los edificios de este género cuando se refiere la utilidad á la ostentación.

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     En Berlín se da á luz una importante publicación titulada Jahresbericht über die Foreschritte der classischen Alterthumswistenschaft (El Año Arqueológico y Filológico. Revista de los Estudios [116] clásicos), cuya dirección está á cargo de Mr. Bursian, profesor de la Universidad de Munich. Comprende una biblioteca de poetas, filósofos ó historiadores griegos y latinos, y de obras especiales de Geografía, Topografía, Arqueología y demás ciencias históricas.

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Han sido nombrados:

Académico honorario
     Excmo. é Ilmo. Sr. Marqués de Sousa Holstein, Lisboa.
Correspondientes nacionales
     Sr. D. Salvador Fábregues, Valencia.
     Sr. D. Martín González del Valle, Habana.
Correspondiente extranjero
     Reverendo Padre Fidel de Fanna, Florencia.
 
     Han fallecido:
Académicos de número
     Excmo. Sr. D. José Amador de los Ríos, en Sevilla, á 17 de Febrero de 1878.
     Sr. D. Carlos Ramón Fort, en Madrid, el 9 de Abril próximo pasado.
Académico honorario
     Sr. Guillermo Stirling-Maxwell, en Venecia, Enero de 1878.
Correspondientes nacionales
     Sr. D. Mateo Benigno de Moraza, en Bilbao, Enero de 1878.
     Sr. D. Félix Hernández, en Ávila, Diciembre de 1877.
     Sr. D. Remigio Salomón, en Barcelona, Febrero de 1878. [117]
     Sr. D. Felipe Calzado Pedrilla, en Cáceres.
     Sr. D. Manuel Sandianes, en Idem.
     Sr. D. Miguel Parraverde y Rodríguez, en Puerto de Santa María á 12 de Enero de 1878.
     Sr. D. Recadero Garay y Anduaga, en Madrid, á 21 de Noviembre de 1877.
     Sr. D. Carlos Ramírez de Arellano, en Córdoba.
     Sr. D. Domingo de Silvos y Estrada, en Osuna.
     Ilmo. Sr. D. Manuel García González, en Simancas, á 21 de Febrero de 1878.
     Sr. D. Manuel Gago Roperuelos, en Zamora.

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Informes

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I. Sobre si la Torre de los Lujanes sirvió de prisión á Francisco I

     La Comisión nombrada por la Academia para informar al Gobierno si convendría ó no demoler la llamada Torre de los Lujanes de esta Corte, no ha perdonado medio ni omitido diligencia alguna, á fin de apurar la verdad respecto al lugar donde estuvo preso en Madrid el Rey de Francia Francisco I.

     Parecía natural que un suceso de tanto bulto, y por otra parte, no muy remoto, fuese conocido, no solamente de los eruditos, sino de todo el mundo, con cuantas circunstancias lo acompañaron. Y, sin embargo, por la poca importancia que en otros tiempos se daba á cosas que hoy excitan grandemente la curiosidad general, es lo cierto que nos vemos en la necesidad de acudir al testimonio de los historiadores de Carlos V, á los cronistas de Madrid, á los autores de relaciones ó memorias, á las colecciones diplomáticas, y hasta á los archivos públicos y particulares, para poner en claro un hecho tan principal y famoso, que no debía estar obscurecido con la más leve sombra de duda.

     La primera autoridad que la Comisión invoca es la del capitán Gonzalo Hernández de Oviedo, historiador veraz y diligente, que como testigo de vista, escribió una muy puntual Relación de lo sucedido en la prisión del Rey Francisco de Francia desde que [119] fué traído á España, y por todo el tiempo que estuvo en ella, hasta que el Emperador le dio libertad; precioso manuscrito que posee la Biblioteca Nacional. En esta Relación no cuenta el autor, que de ordinario peca de prolijo y minucioso, la entrada en Madrid del regio prisionero; mas lo supone siempre alojado en el Alcázar y bajo el mismo techo que el Emperador. Allí le visita cuando enfermo; allí celebra sus conferencias con el Rey; y allí, al fin de la escalera principal, recibe á Madama de Alençon, que acude á ver y consolar á su hermano.

     Pero Mejía en la Vida del invictísimo Emperador D. Carlos V, también nos dice: «Llegado, pues, á Madrid (Francisco I), fué aposentado en el Alcázar y Casa Real della, teniendo la guardia de su persona el dicho Alarcon con las compañías de España que con él habían venido de Italia; pero la prisión era con toda la soltura y libertad que él quería, y dejábasele salir al campo y á caza cada vez que le placía, y en todo le era hecho el placer y buen tratamiento posible (lib. III, cap. XVI)».

     Fray Prudencio de Sandoval, cuya autoridad merece respeto, en su Historia de Carlos V escribe «que Francisco I, de Guadalajara pasó á Madrid, y aposentáronle en el Alcázar, donde estuvo hasta que se le dio libertad (lib. XIII, § 10)».

     Don Pedro Salazar de Mendoza, que vivió en la última mitad del siglo XVI, en su tratado Del origen de las dignidades seglares de Castilla y León, impreso por la primera vez en 1618, se expresa así: «Fué traído el Rey Francisco I á España. Tomó el puerto de Palamós á Barcelona, Valencia y la Mancha, hasta la villa de Madrid, donde tuvo por prisión el Palacio Real, con toda la libertad que él quiso, de caza y pasatiempos hasta que volvió á sus Reinos (lib. IV, cap. III)».

     Hasta aquí observará la Academia que corre uniforme el testimonio de los historiadores contemporáneos; y la gravedad de los escritores, la conformidad de sus relatos, la seguridad con que presentan los hechos y el crédito que se los debe como bien informados, son argumentos de gran peso en favor de que Francisco I estuvo alojado, durante su cautiverio, en Madrid, en el Alcázar mismo de nuestros Reyes.

     A estos testimonios de los historiadores, puede añadir la Comisión [120] el de un poeta contemporáneo, D. Luis Zapata, quien en su Carlo famoso, obra impresa en Valencia en 1566, dice:

                        De allí en Madrid el Rey fué aposentado
En el Alcázar Real con su corona,
A donde fué servido y fué tratado
Como en París lo fuera él, ó en Narvona.
Saliose á pasear acompañado
De Alarcón, que guardaba su persona,
Y no tenía de preso otros nublados
Sino ver par de sí muchos soldados.
                                 (Canto XXVI, octava 7.ª)

     Concuerdan con lo que dicen los escritores que acabamos de citar, los documentos de que tiene conocimiento la Comisión. La Collection de documents inédits sur l'histoire de France contiene una información del trato recibido en España por el prisionero de Pavía, desde la firma de la concordia de Madrid hasta la llegada á su reino, y es como un apéndice á la protesta secreta de 13 de Enero de 1526. En este documento, extendido de orden del Rey y autorizado por su secretario, se leen las palabras siguientes: «Al otro día, lunes 19 de Febrero, el Emperador y el Rey se despidieron, y el Rey se vino bajo la guardia del capitán, Alarcón y otras gentes de á pie y á caballo, y fué conducido y restituido al dicho Alcázar (château), en donde había estado siempre preso, tanto enfermo como sano (Captivité du Roi François Ier, pág. 509). La Academia no dejará de apreciar este documento como merece, por su grandísima importancia, atendido el origen de que procede, y considerando que sus palabras confirman en un todo la relación de Hernández de Oviedo, de Mejía, de Sandoval y de Salazar de Mendoza. A la Comisión le ha parecido de gran peso en la cuestión que se ha sometido á examen. Pero hay más. Nuestro digno Correspondiente, el Sr. García González, archivero de Simancas, á quien la Academia significó su deseo de adquirir noticias particulares relativas al suceso que ahora nos preocupa, con el celo y diligencia que acostumbra poner en semejantes casos, remitió copias autorizadas de varios [121] documentos importantes relativos á pormenores de la batalla de Pavía, mercedes de soldados, y cartas y enhorabuenas por el señalado triunfo de las armas imperiales.

     Descartando de este informe todos los documentos, que si bien son preciosos para la historia, no conducen á ilustrar el punto concreto, cuyo examen ha encomendado la Academia á la Comisión, quedan dos que vienen en apoyo de que Francisco I debió estar alojado desde el principio en el Alcázar Real de Madrid.

     Es el primero el traslado de una cédula Real dirigida al Marqués de Helche, para que recibiera en el Alcázar de Madrid al Virrey de Nápoles y al Rey de Francia, «porque yo he acordado, dice el Emperador, que el cristianísimo Rey de Francia sea trasladado y aposentado en esa fortaleza, y mi Visorey del reino de Nápoles va por mí mandato á mandar hacer y proveer lo que fuere necesario». La fecha en Toledo á 26 de Julio de 1525.

     De presumir es que el Alcázar Real estuviera, al menos en parte, habilitado para recibir al augusto prisionero, porque Madrid era el lugar en donde moraba el Emperador, cuando el 10 de Marzo recibió la fausta nueva de la batalla de Pavía, y en donde sanó de las cuartanas que tiempo hacía le aquejaban, como aparece del acta del Ayuntamiento celebrado en 11 del mismo mes, de que tiene copia la Comisión. Era, pues, natural que tuviese por alojamiento ó prisión el Rey de Francia el edificio-fortaleza señalado por el Emperador, y que probablemente por sus circunstancias de seguridad, disposición, capacidad y decoro, sería el más á propósito tal vez el único adecuado para recibir á huésped tan ilustre; y suponiendo necesidad de hacer en el Real Alcázar preparativos para la recepción, sobre ser más fáciles que en otra casa ó edificio alguno, tiempo había para ello, pues que hasta mediado el mes de Agosto no entró el Rey en Madrid.

     No dará, sin embargo, la Comisión á esta última conjetura gran valor, porque según Jerónimo Quintana, el mismo Emperador Carlos V se aposentó en las casas de Juan de Bozmediano en 1535, cuando partió á la empresa de África; de lo que puede inferirse que no siempre se alojaba en el Alcázar Real (De los edificios antiguos de Madrid, cap. XX, lib. VII).

     El segundo documento es el traslado de una carta que el Emperador [122] envió á la villa de Madrid para que proveyese de ropas á la comitiva del Rey de Francia, que venía prisionero á su Alcázar y fortaleza, fechada también en Toledo á 28 de Julio del año 1525.

     Con esta carta coincide el otorgamiento de otra que dirigió el Ayuntamiento de Madrid al Emperador, en 2 de Agosto siguiente, suplicando que los repartimientos que se habían de hacer de ropa, bastimentos e otras cosas, se extendiesen á la tierra de Madrid y á los lugares de señoríos y comarcanos hasta seis ó siete leguas, como se hacía cuando estaba la corte en Madrid, y para que S. M. se sirviera decir si se correrían toros para la venida del Rey de Francia; siendo de notar que ni en el acuerdo de este día, ni en ningún otro, consta que se hubiese preparado alojamiento al Rey Francisco; lo que no deja de tener importancia, cuando en las actas de la Corporación municipal correspondientes á aquella época, que se conservan íntegras, se hace mención de puntos de escasísimo interés, que tienen relación con este repartimiento. Entre ellos hay un acuerdo en que consta el nombramiento de posentador para andar con los posentadores que aposentan al Rey de Francia.

     La autoridad de los escritores extranjeros más antiguos que tratan de la prisión de Francisco I, viene á fortalecer la opinión de que el Alcázar Real fué el lugar que se le señaló para habitar en Madrid. Francisco Guicciardino, Pedro Bizaro, Ponto Hentero Delfio, Francisco Hareo, Francisco Baleario, Jerónimo Bardo, Esapion Dupleix y Andrés de Chesnales sólo hablan del Alcázar de Madrid como lugar destinado á la habitación del vencido de Pavía. Lo mismo refiere Guillermo Robestion entre los modernos.

     Tal es la suma de documentos y testimonios que la Comisión ha logrado recoger en demostración de que Francisco I estuvo preso en el Alcázar Real de Madrid, sin que se vislumbre en el siglo XVI la menor sospecha de que hubiese sido alojado por mucho ó poco tiempo en otro lugar alguno.

     Existe, sin embargo, una tradición muy generalizada y hasta popular, que supone la prisión del Rey de Francia en la Torre de los Lujanes; y como toda tradición por sí sola es respetable, mucho [123] más cuando está apoyada por graves escritores, la Comisión juzga necesario hacer mención de los principales historiadores que la admiten.

     Según todas las probabilidades, el primer escritor de nota que ennoblece la Torre de los Lujanes y la ensalza como un monumento de las glorias de España, es el Maestro Gil González Dávila en su Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid, quien dice: «Llegó el Rey Francisco preso á Madrid, y las casas donde estuvo aposentado están en la parroquia de San Salvador, y eran de Fernando Luján, mientras no le pasaron á Palacio (página 168)».

     Aunque el Maestro González Dávila escribió su libro hacia el año 1622, esto es, casi un siglo después del suceso en cuestión, debe tenerse en cuenta que se aproximaría ya á la edad de cincuenta años; que veinticinco años antes, en 1597, había dado á luz en Salamanca su primer libro histórico, y que desde 1612 era cronista del Rey, y, por lo tanto, pudo muy bien en edad competente y con todo el discernimiento necesario oír á personas dignas de todo crédito, que hubiesen alcanzado y aun visto la entrada del Rey de Francia en Madrid, la narración que nos transmite, la cual sería probablemente una creencia general en su época. Esto basta, á nuestro juicio, en un autor del nombre, importancia y carácter oficial del Maestro González Dávila, para considerar que el hecho que nos refiere tiene ese principio legítimo, esa cabeza de sucesión, ese primer eslabón de la cadena de testigos que refleje la tradición para merecer crédito. Es verdad que ni cita autoridad, ni alega documento en favor de un hecho no referido por ningún autor contemporáneo; pero es de presumir que omitiera hacerlo por la notoriedad de los hechos, y por existir entonces muchos que se lo habrían oído decir á sus abuelos, y aun algunos á sus padres, testigos presenciales de lo que refería. No existe contradicción entre esta tradición y lo que dicen los escritores del siglo XVI y se infiere de los documentos antes mencionados, porque muy bien pudo estar el Rey de Francia aposentado en el Alcázar Real y haber parado á su llegada, y aun estar por algunos días en las casas de Luján, mientras tal vez se concluían en aquél los preparativos para alojarlo debidamente. [124]

     No es de extrañar, por otra parte, que el historiador de Madrid descendiera en este punto ó pormenores que tan bien se avenían con la índole de su obra, y que no fijarían naturalmente tanto la atención de los que no tenían por objeto tratar de las grandezas de Madrid.

     Desde Gil González la tradición nunca se interrumpe. El Licenciado Jerónimo de Quintana en el libro intitulado Historia de la antigüedad, grandeza y nobleza de la Villa de Madrid, publicada en 1629, refiere que Francisco I «desembarcó en Barcelona, pasó por Valencia, y por sus jornadas llegó á Madrid, aposentándole de primera instancia en la Torre de la casa de los Lujanes», así lo dice Gil González en su Teatro, y es tradición recibida (lib. III, cap. XXIX).

     Observará la Academia que el Licenciado Quintana se remite al testimonio de Gil González Dávila, bien que señala el lugar de la prisión en la Torre misma de los Lujanes, y no en las casas, que es la expresión usada en el Teatro, y añade la noticia de que en su tiempo era ya tradición la que hoy corre generalmente.

     En las Tablas cronológicas que escribió el P. Claudio Clemente, Jesuita, Catedrático, de Erudición en los Estudios Reales de Madrid, que alcanzan hasta 1612, y se publicaron en Valencia en 1689, añadidas hasta dicho año por el Licenciado Vicente F. Miguel, se lee lo siguiente (pág. 145): «Francisco I, Rey de Francia, pasó en el cerco de Pavía 1525; 25 de Febrero, el Emperador Rey Carlos fué á dar gracias á Nuestra Señora de Atocha, si bien no consintió que hubiese demostración de alegría pública, diciendo no era victoria ganada de los enemigos de la fe; y traído á Madrid y puesto en las casas de D. Francisco Luján en la parroquia de San Salvador, mientras no le pasaron á Palacio». Como tampoco cita autoridad alguna en apoyo de lo que asegura, es de presumir que siguiera respecto á la estancia del Rey en la casa de Luján, lo que González Dávila y Quintana habían escrito, y lo que ya entonces sería sin duda opinión general.

     En los Comentarios de los hechos del Sr. Alarcón, escritos por D. Alonso de Alarcón é impresos en 1655, se lee: «A esta villa (Alcalá) llegó el Virrey Carlos de Lanoy con orden del Emperador de lo que se había de hacer, y junto con el señor de Alarcón [125] partieron para Madrid con el Rey, que fué á parar á la plazuela la Villa y le pusieron en la Torre de los Lujanes, vizcondes hoy de Santa Marta, y de allí le mandaron para el Alcázar (lib. X, pág. 303)».

     Confiesa la Comisión que esta autoridad le hace aún más fuerza que las anteriores. Al parecer debía estar el autor de los Comentarios bien informado de los sucesos del capitán Hernando de Alarcón, cuya vigilancia lo obligaba á seguir los pasos de Francisco I; y aunque escribe un siglo después del suceso, halla recibida una tradición, no aduce ninguna prueba particular, y no explica tampoco la causa por qué no se cumplieron desde el primer día las órdenes comunicadas por el Emperador, de las cuales poseemos copias fidedignas, sacadas de los originales existentes en el Archivo de Simancas.

     En el año de 1665 vieron la luz pública en Zaragoza los Anales de Aragón, escritos por el cronista Andrés de Uztaroz, publicados y aumentados por el P. Zapater. En esta obra se dice: «Llegado el Rey de Francia á Madrid, le hospedaron en la casa de D. Fernando Luján, de la parroquia de San Salvador, y después le señalaron por prisión el Alcázar (fol. III)».

     En los Anales de Aragón desde 1520 hasta 1525, escritos por el cronista del Rey y el mayor del Reino de Aragón D. Francisco Diego de Sayas Rabanen y Ortubia, impresos en 1666, se lee, con relación al punto que se examina: «El Rey finalmente llegó á Madrid, y diósele por aposento (después de haberse detenido algunos días en las casas de D. Fernando Luján) el Alcázar».

     El cronista Dormer en su obra titulada Progreso de la Historia de Aragón, publicada en Zaragoza en 1680, dice: «Luego que trajeron preso á Madrid al Rey Francisco I de Francia, le aposentaron en la casa de los Lujanes, que está en la plazuela del Salvador, y la posee hoy D. Fernando de Luján, Conde de Castro, sucesor de ella; después lo pasaron al Alcázar, donde enfermó (pág. 569)».

     León Pinelo en sus Anales de Madrid cuenta que «el Rey Francisco de Francia fué traido preso, desembarcó en Palamós, y por Barcelona, Valencia y la Mancha vino á Madrid, donde entró por Julio, y fué aposentado en las casas de Don Fernando [126] Luxan, que están frontero de San Salvador, en que hay una torre baja y antigua, y en ella es tradición que estuvo y que entró por una puerta pequeña que después acá no se ha abierto. Dentro de pocos días fué llevado al Alcázar en que estuvo en prisión, á cargo de Hernando de Alarcón que le trajo de Italia (Año de 1525)».

     Aquí ya empieza la tradición á tomar aires de romance. Torre antigua, puerta pequeña cerrada desde entonces acá, halagan y cautivan la imaginación del lector, pero no llevan á su ánimo el convencimiento. Ya no son las casas espaciosas de Ocaña la morada del ilustre cautivo, sino un recinto angosto con su entrada humilde y misteriosa. Esta observación es de mayor importancia cuando se considera la poca diligencia con que examinó el punto León Pinelo, como se demuestra por el hecho de decir que entró el Rey de Francia en el mes de Julio en Madrid, cuando, según queda dicho, consultaba en 2 de Agosto el Ayuntamiento de esta villa al Emperador si se correrían toros para la venida del Rey de Francia. Con este documento, que no puede contradecirse, concuerda Alonso Núñez de Castro en la Historia eclesiástica y seglar de la muy noble y muy leal ciudad de Guadalajara, impresa en Madrid en 1653, en donde dice que el Rey de Francia entró en la expresada ciudad en el día 10 de Agosto, y refiere las fiestas que le hicieron en los días siguientes, debiendo inferirse de su relación que allí permaneció cuatro días, y deteniéndose después en Alcalá sólo para comer y visitar la Universidad y el colegio mayor de San Ildefonso, según se deduce de lo que Alvar Gómez dice (De rebus gestis Cardinalis Ximenii, lib. III, folio 79) debió entrar en Madrid el día 15 de Agosto ó en uno de los inmediatos. Por esto la Comisión da á la narración de Pinelo menos importancia que á las anteriores.

     En la obra que con el título de Sucesión Real de España escribió Fray José Alvarez de la Fuente, publicada en Madrid en 1775, se lee: «Trajeron á Madrid al Rey Francisco I y le pusieron en las casas de D. Fernando Luján (Tomo III, pág. 295)».

     Don José Antonio Alvarez y Baena, autor del libro intitulado Hijos de Madrid, impreso en 1790, dice que el famoso Capitán Alarcón trajo preso al Rey Francisco I de Francia, y le hospedó en la [127] casa de D. Gonzalo de Ocaña, que está en la plazuela de la Villa, y hoy llaman de los Luxanes, por haber sido después de esta familia (tomo II, pág. 386). Sigue Baena la tradición recibida; pero se equivoca al suponer que aquellas casas eran entonces de Gonzalo de Ocaña, pues aunque llevaran su nombre, Gil González, Quintana, Alarcón, Pinelo y los apuntes comunicados á la Comisión por el señor Conde de Oñate, muestran que ya estaban incorporados á la familia y mayorazgo de los Lujanes.

     Como si no bastara con la contienda entre el Alcázar Real y la casa ó Torre de los Lujanes, se levanta otra pretensión distinta, aunque mucho menos autorizada.

     Reinando D. Felipe V, vino el Duque de San Simón á Madrid, y, movido de su natural curiosidad, quiso aprovechar la ocasión de hallarse la Corte en el Buen Retiro para visitar la prisión de Francisco I. Acompañado de D. Gaspar Girón, pasó al Palacio de los Reyes, no lejos del Manzanares. El Duque de San Simón describe la Torre del Alcázar con minuciosidad, y refiere bajo la fe de D. Gaspar de Girón que Francisco I, antes de ser encerrado en aquel sitio, fué alojado en la casa donde entonces moraba el Duque de Arcos, en el centro de Madrid. (Memoires du Duc de Saint Simon, chap. 593).

     Con tan leves fundamentos, Mr. Rey, autor de un libro sobre el cautiverio de Francisco I en España, afirma que estuvo preso en tres lugares diferentes, á saber: 1.º en la Torre cuadrada de los Lujanes, mientras no se le dispuso alojamiento en el Palacio del Duque de Arcos; 2.º, en este palacio; 3.º, en una Torre del Real Alcázar.

     Parece á la Comisión que agraviará á la Academia pidiendo al Duque de San Simón ó al erudito Mr. Rey estrecha cuenta de sus opiniones, tanto más, cuanto que este último se remite á la autoridad de un tal M. Lussy, arquitecto que había residido en Madrid mucho tiempo.

     Desechado, pues, lo que sin bastante fundamento se dice de la casa del Duque de Arcos, resta sólo examinar lo que se dice del Alcázar Real y de la Torre de los Lujanes.

     Que el lugar en que ordinariamente residió Francisco I fué el Real Alcázar, es un hecho histórico según el testimonio uniforme [128] de los documentos y relaciones que antes ha expuesto la Comisión. La autoridad misma de los historiadores principales que también señalaron la casa de los Lujanes como punto de su residencia, á saber, González Dávila, Quintana, Clemente, Alarcón, Uztaroz, Sayas y Dormer lo confirman al decir que permaneció allí hasta que lo trasladaron al Palacio ó Alcázar. No conoce la Comisión un solo documento, relación ó escritor que contradiga lo que deja manifestado, y cree, por lo tanto, que debe considerarse como un hecho histórico, cierto y depurado que la residencia ordinaria del Rey de Francia en Madrid fué el antiguo Alcázar de nuestros Reyes.

     Pero al lado de este hecho existe una tradición cuyo origen alcanza á los que pudieron conocer á los contemporáneos á la batalla de Pavía, transmitida sin interrupción de unas á otras generaciones, acogida por historiadores respetables, no contradicha hasta ahora, y que la crítica más descontentadiza no puede desechar. Tal vez no esté lejano el tiempo en que una feliz casualidad ó la diligencia de los eruditos descubra testimonios y documentos que vengan á confirmar con otros datos irrecusables la tradición. La Academia, pues, debe darle toda la importancia que merece, porque cuando su origen arranca de los tiempos próximos al hecho á que se refieren, y es tan generalmente acogida por los doctos y por el pueblo, digna es de respeto y no puede irse contra ella sin temeridad.

     No necesita la Comisión añadir más para que se comprenda que en su dictamen la casa ó Torre de los Lujanes debe considerarse y restaurarse como monumento nacional que atestigua una de nuestras grandes glorias en el siglo XVI. Convertirla en escombros para edificar en su lugar una casa de vecindad ó un edificio sin carácter y sin recuerdos, sería una mengua, y produciría una sensación dolorosa, no sólo en las personas ilustradas, sino en todas las clases de la sociedad acostumbradas á señalar con noble orgullo el antiguo torreón al extranjero. No abunda Madrid de monumentos antiguos, para que se eche al suelo lo poco monumental que en él existe. No acabemos de empobrecer la capital de España destruyendo lo que posee de histórico, de tradicional, ya que en esta línea, es una de las capitales más pobres de Europa. [129]

     Por último, la Comisión propone á la Academia que puede resumir su dictamen al Gobierno en las conclusiones siguientes:

     1.º Consta históricamente que Francisco I estuvo preso en el Alcázar de Madrid.

     2.º Merece respeto la tradición que dice que algún tiempo estuvo en la Torre de los Lujanes.

     3.º Juzga la Academia que debe de conservarse la Torre de los Lujanes.

     Tal es el dictamen de la Comisión: la Academia resolverá, sin embargo, lo más acertado.

     PEDRO GÓMEZ DE LA SERNA. -JUAN MANUEL MONTALBÁN. -MANUEL COLMEIRO.

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II. Una Tésera celtíbera. -Datos sobre las ciudades celtibéricas de Ergávica, Munda, Cértima y Contrebia.

     Excmo. Señor:

     El Sr. D. Braulio Guijarro, nuestro individuo correspondiente en Huete, provincia de Cuenca, nos ha señalado en 22 de Enero último tres medallas celtibéricas, una de ellas de plata, y dos pequeños objetos de bronce, que vivamente han de excitar la curiosidad de los doctos.

     He aquí las medallas:

     1.ª Anverso. Cabeza varonil, con collar; el pelo y la barba, muy ensortijados. Mira á la derecha, y tiene detrás los dos caracteres celtibéricos equivalentes á los nuestros HN, primera y última letra del nombre tallado en el reverso.

     Reverso. Jinete, lanza en ristre, corriendo hacia mano derecha; debajo acerca de cuya interpretación los numismáticos andan muy discordes. En 1772 pareció á D. Luis José Velázquez no decir esas letras sitio ELMANtica, Salamanca; nuestro sabio compañero D. Antonio Delgado leyó primero con [130] ellas VCSamNA, en Úxama, Osma; y últimamente CHeLSitAN, en la Ceisitania. Pero á mi ver ha resuelto el problema felicísimamente mi amigo el infatigable Mr. Aloïss Heiss (cuyo nombre tiene que ser muy grato para la numismática española), descifrando así aquel letrero: HiLeoSCaN, en la ciudad de Osca, Huesca. Estrabón la llama ; y he aquí la plata oscense tan renombrada en los historiadores latinos.

     2.ª Reverso. Cabeza ibérica sin barba, ostentando collar al cuello, vuelta hacia la derecha.

     En este lado aparece un delfín; al opuesto cuatro caracteres celtibéricos descubren el nombre de CaRáBaKa.

     El de QoNTIQuM, de los de Contrebia, léese por bajo del jinete, en el reverso. A nuestro insigne D. Antonio Delgado se debe la segura atribución de esta moneda á Contrebia y Carábaca, mostrando alianza ambas ciudades.

     Y ¿dónde estuvieron una y otra? Casi en el centro de España.

     Contrebias se contaron dos por lo menos: la edetana y la celtíbera. Aquélla entre Híjar, Daroca y Zaragoza (quizá en Fuentes), en un punto de donde, según el Ravenate, partían caminos diversos: cuál, á la no lejana Caesaraugusta; cuál, para Arsi, Leónica y Biscargis (Híjar, Mazaleón y próximo al Forcall), y cuál para Iológum é Intíbili (Aliaga y ruinas al Oriente de San Mateo).

     Contrebia celtíbera se apellidó Léucada, «La Blanca», por diferenciarse de otras. Alzábase en el principio de la región (caput: lo afirma Valerio Máximo, VII, 5), ó sea confín occidental de la Celtiberia, á la margen izquierda del Tajo, como unas dos leguas más allá de donde se le incorpora el Guadiela. Corresponde á la actual Zurita de los Canes; siendo de notar que el nombre éuscaro zurita significa «La Blanca».

     Distante cuatro leguas de allí, al SW., ya en territorio carpetano, fué Carábaca subyugada por Sertorio. Los escritores griegos y latinos la llaman Caracca, y afirman estar puesta sobre el río Tagonio. Efectivamente, sobre la orilla derecha del Tajuña conserva rastros así de sus edificios antiguos, como de su nombre, en el pueblo de Carabaña, provincia de Madrid.

     Extremos ambos de dos regiones, en lugar estratégico, donde ocurrían frecuentes batallas durante la tenaz lucha que sostuvo [131] nuestra Península con cartagineses y romanos, ambas á dos hubieron de unirse en apretados vínculos de alianza, teniendo una moneda común y un mismo interés en todo.

     Veíase además Contrebia Léucada situada á la vera del camino que, arrancando del puerto de Castro-Urdiales (Portus Amanum), y dividiendo casi por mitad á España, bajaba desde los Berones hasta los Oretanos, para entroncar en Sierra-Morena con la Via Heraclea de Cádiz á Italia, á que después de servil adulación puso nombre de Via Augusta. Aquel primer camino es el famoso Transitus ex Berónibus, cuya noticia debemos al interesantísimo fragmento el libro XCI, I, de Tito Livio, que descubrió Giovenazzi.

     Y el célebre historiador latino escribe hallarse Contrebia en el punto de la carrera más oportuno imaginable, por ser el centro, para llevar con prontitud el ejército romano á cualquier región que urgiera reprimir. Aún de vez en cuando vemos trozos de la antiquísima vía hacia el Puerto de Piqueras, Soria y Almazán, Barahona y Sigüenza, Villaviciosa y Brihuega, Romancos, Retuerta, y Romanones, Pastrana y Zurita de los Canes, Albalate, Huete y Cabeza del Griego, Trejuncos, Ruidera, Fuenllana y Villanueva con la Vía de los Infantes. Por último, el sitio donde se incorporaba con la Via Heraclea ó Augusta, fué Aldea Hermosa, una de las de Montizón, en el paraje del Portichuelo, al pie del cerro de Cabeza-Chica. Existe aún la piedra miliaria erigida en el año 32 ó en el siguiente de la Era cristiana, que expresaba la distancia desde allí á Contrebia: hallazgo feliz de nuestro correspondiente el doctor Góngora.

     Sabiamente dispuso la Academia, hace nueve años, que se colocase tan curioso monumento en las salas capitulares de Montizón; y dice así:

                     TI · CAESAR · DIVI · AVGVSTI · F
DIVI ·       NEPOS ·      AVGUSTUS
PONTIFEX     ·     MAXVM     u     s
COS    · V    · IMP · VIII · TRIB · pot
x   XX   iiii       A         CON      m. p.
                        c  l  v   ?

[132]

     Corresponde á Contrebia celtibérica la medalla de cobre que nos cede el Sr. D. Braulio Guijarro.

     3.º Cabeza ibérica, imberbe, con collar, mirando también á la derecha y con delfín delante. Al lado opuesto , SE, principio del nombre de Ségisa.

     Jinete con palma, cubierto de un capacete y mostrando en el pecho dos como fáleras. Debajo descifra el Sr. Delgado la leyenda , SEThISA, y reduce este cobre á la población de Sax, provincia de Alicante.

     Séame lícito, con perdón de tan gran maestro, leer , Sékisa (la bastetana de Tolomeo), é identificarla con Cieza, sobre la orilla izquierda del Segura, allí donde partían lindes Bastetanos y Contestanos. La villa de Sax cae muy adentro de la Contestania, y para el caso no hay que pensar en ella. Aún está por estudiar con atención, claridad é independencia de juicio el territorio que se dilata desde el Júcar hasta Guadix, Almería y Cartagena; y me propongo ofrecer á la Academia, en sazón oportuna, cuanto acerca de ello se me alcanza.

     Los objetos de bronce son éstos (16):

     1.º Pasador figurando con elegancia una sierpe, como representa en su propio tamaño la lámina adjunta.

     2.º Toro, marcado en la paletilla con el digamma ; tiene enroscada la cola, y aparece también de su tamaño natural en la misma lámina.

     Se dividió artificialmente por la mitad el simulacro, de modo que resultasen dos partes iguales, y juntándolas sirvieran de comprobación en caso ya previsto. La cara lisa interior muestra los dos renglones siguientes, con once caracteres, cuyo valor respectivo, en letras latinas, evidencian medallas íberas de Bílbilis, Calagurri, Carábaca, Celsa, Contrebia y Turíaso:



                NIBAK                
QueR ZáKKaRa     

     ¿Cuál es su sentido? Ya lo ha investigado nuestro Correspondiente [133]

           SERPIENTE Y TÉSERA DE BRONCE HALLADAS EN LOS FOSOS DE BAYONA           
(MUNDA CELTIBÉRICA)

el muy docto P. Fidel Fita, que no deja de la mano los epígrafes celtibéricos y que de ellos ha juntado rica y preciosa colección. Traduce así los dos renglones, por medio de las lenguas célticas; el último, con entera seguridad; el primero, con alguna duda:

           Genio de Querzákkara (de la ciudad del Záncara).           

     Pero debo copiar sus palabras mismas: «Nibak ó Nipak (dice), en irlandés neamhach, y que se pronuncia nivaj ó nibaj, significa «ser celestial, dios, genio». Su raíz naf, nef, naomh, se extiende en las lenguas célticas á las ideas análogas «cielo, divinidad, ídolo, sagrario, consagración», etc. Pudo el genio tutelar de esta ciudad ser el rio que fecundizaba sus tierras; y obsérvese que en la antigüedad personificó los ríos en figura de toros ó bueyes, como del Ebro nos lo patentiza Silio Itálico:

           Corniger Resperidum fluvius regnator aquarum.           

     La voz «ciudad» ó «pueblo,» en irlandés y en erse, es cathair, que se pronuncia cázar, cácer, cácir, en welsh, cáer; y en bajo bretón, ker ó kéar. Varias inscripciones celtibéricas de mi colección epigráfica, dan por ciudad ; de manera que el vocablo , Querzákkara, está formado y contraido de , Querz-zákkara». Hasta aquí el sabio jesuita.

     No leemos esta voz geográfica en antiguos escritores latinos y griegos, ni en monumento alguno. Como de eso tocamos á cada hora: ciudades mencionadas en lápidas, que no están en los escritores; otras, citadas por ellos, y de que aún no se ha descubierto piedra conmemorativa. Pero el sitio en que pareció aquella tésera, hospitalaria seguramente, recuerda el nombre de un río, el Záncara (que nace tres leguas de allí, poco más ó menos, hacia la parte por donde, en verano sale el sol), y cerca de cuyo nacimiento, entre Torrebuceite y Huerta de la Obispalía, dicen haber antiguas ruinas, que bien merecieran explorarse. ¿Quién sabe si á deshora resultará ser Zákkara, , el vocablo originario de Záncara? Nada puede haber indiferente para la buena crítica; de todo sabe sacar provechoso fruto; y rápido vuelo tomarían [134] los conocimientos geográficos é históricos, si la soberbia del semisabio no se complaciera en negar cuanto no entiende ó no sabe, en lugar de volverlo al yunque de bien encaminado estudio; siendo así rémora funesta que malogra las investigaciones científicas, ó las hace andar á paso de tortuga. Un refrán español dice que «en tanto que piensa el cuerdo, obra el loco;» mientras en un escepticismo ciego se pierde el erudito, la imaginación afortunada suele dar con envidiables aciertos; y luego aquél no escrupuliza apropiárselos. Haya muchos datos, clasifíquelos y ordénelos con excelente método el advertido, y sea del sagaz y recto juicio iluminar con ellos el revuelo y caos por donde suele caminar sin norte fijo la Historia.

     El Sr. D. Braulio Guijarro manifiesta haber sido encontrados estos objetos y medallas en el sitio de Munda celtibérica, pero no dice el nombre moderno del paraje. Dispútanselo dos famosos despoblados: el de Cabeza del Griego, que tuvo por mantenedor al docto agustiniano Risco; y el de Los Fosos de Bayona, opinión que acertadamente sustentó en los primeros días de este siglo D. Juan Francisco Martínez Falero. Sin ningún fundamento, Cortés y López redujo esta ciudad celtíbera á Montiel.

     Las ruinas de Cabeza del Griego pertenecen á Ergávica, insigne capital de valeroso distrito en el extremo de la Celtiberia, y silla episcopal en tiempo de los godos con el nombre de Arcávica. Dilatábase por el Norte su territorio, desde Aranjuez (¿Ad aram Iovis?) hasta Alcont, dos despoblados hoy, que se llaman Alconte y Alcontote, en el valle por donde se desliza el riachuelo Hungría, al Nordeste de Orche. Hacia el Ocaso terminaba en Mora de Toledo, que conserva su denominación primitiva; y al Sur, en Bastra y Lila, Villaharta de San Juan y Casa de Lipa, cerca de Villarrobledo. La línea oriental, divisoria de Arcávica y Valeria, se aproximaba hasta tocar en Obvia, Avia de la Obispalia, y en Ninar, Minaya, pila bautismal del obispado de Mentesa. Mi estudio sobre el libro de Ithacio, mal apodado Hitación de Wamba, y de que ya repetidas veces ha oído algunos trechos con benevolencia la Academia, ha puesto en claro estas reducciones geográficas, por virtud de datos eficacísimos.

     Munda celtíbera fué, á no dudar, un despoblado que se halla [135] en el antiguo camino de Valencia á Madrid, entre Montalbo y Sahelices, el Hito y Rozalén, sobre la margen izquierda del río Jigüela y ceñido por él, término del distrito judicial de Huete. Hace tres siglos que se decía Villavieja; en el pasado, la Redonda, y también Los Fosos de Bayona; y conserva gran parte de su muralla antiquísima, señales de sus seis puertas, no pequeñas ruinas de edificios, y cuantos rastros de antigüedad pueden apetecerse para evidenciar el sitio de floreciente y brava ciudad ibérica. Más todavía: aún subsisten claros, indisputables los vestigios de calzada romana que unía Los Fosos de Bayona (Munda) con Sahelices y con Cabeza del Griego (Ergávica) hacia el Poniente; y al Sudeste, con Alconchel y Nuestra Señora de la Cuesta, donde fué Cértima. Esos vestigios se llaman y llamaron desde tiempo inmemorial El camino de Trajano, como hace más de setenta años que afirmó y vulgarizó la Academia, en el tomo cuarto de sus Memorias, disertación V, pág. 38.

     Pues de esos caminos, y de esa Munda y Cértima, y del río Sigila (nombre natural y evidentemente corrompido en el moderno Jigüela) hablaban dos inscripciones descubiertas allí hacia el segundo tercio del siglo XVII, y erigidas siendo emperador en Roma el hijo adoptivo de Trajano. Hízolas copiar el noble y sincero D. Juan Bautista Valenzuela Velázquez, presidente de la Real Chancillería de Granada, consejero de Castilla y obispo de Salamanca; dió traslado de ellas al cardenal Barberini, legado en España de la Santidad de Urbano VIII; y Gorio las publicó en 1731 con interpolaciones propias ó ajenas, hijas de no haber podido ó sabido leer algunos renglones del epígrafe; ó perdidos ó maltratados. Bien aprovechará la Academia oportuna ocasión de que se registren aquellos contornos en busca de piedras tan interesantes; y si no las ha picado mano bárbara, han de parecer cuando menos se piense, y desmentir las interpolaciones que hoy las afean, y sustentar la verdad.

     Tito Livio (XL, 40, 47 á 50) nos ha conservado noticia preciosa de las celtíberas Munda y Cértima; y es menester estar ciegos ó dormidos para no entender la relación del historiador latino, y para llevar á lo último de la España Ulterior, nada menos que á las costas de Málaga, el teatro de sucesos que, en buena crítica y [136] de buena fe, se han de reconocer en la Citerior, sin que de ella, puedan alejarse en modo alguno.

     He aquí lo que el famoso escritor nos refiere:

     «En el año 573 de Roma, 181 antes de la era cristiana, el propretor Tito Sempronio Graco desembarcó en Tarragona para gobernar la España Citerior. Dos días después, su antecesor Fulvio, de vuelta de una expedición contra los celtíberos, regresó á la ciudad é hizo entrega del mando y del ejército. No hubo de trascurrir mucho, y los celtíberos rebeláronse nuevamente; por lo cual Sempronio tuvo que salir con las legiones, resuelto á penetrar hasta los confines últimos de Celtiberia. Tocaban éstos en la Carpetania y Oretania; y á la otra parte de ambas regiones Sempronio Graco no tenía ya jurisdicción, sino el otro propretor compañero suyo, Lucio Postumio Albino. Con efecto, Sempronio atraviesa la Celtiberia en busca de la hueste rebelde fortalecida en Alces, entre Miguel Esteban, la Puebla de Almoradiel y Alcázar de San Juan, como se evidencia por el Itinerario de Antonino. Asalta de noche y por sorpresa á Munda, la toma, exige rehenes, deja buen presidio en ella, sale á combatirlas fortalezas inmediatas, pone fuego á los manchegos campos, y asedia á la cercana y bien pertrechada ciudad á que los celtíberos llaman Cértima (Certimam appellant Celtiberi). Los cuales no quieren ir en su auxilio, confiados en los muros de Alces, y la abandonan al romano, que la rinde. Ergávica, aterrada por el infortunio de aquellas dos ricas poblaciones, abre sus puertas al invasor extranjero. Sempronio entonces cae sobre Alces; encuentra allí resistencia tenaz, pero no ceja; envía legiones que se vayan apoderando de todos los castillos de la comarca, hasta en número de ciento tres; y al fin se hace dueño de Alces, á pesar de su constancia y bravura, y juntamente de dos hijos y una hija del soberano y señor de los celtíberos, el más poderoso de todos los príncipes españoles. Sin embargo, todavía tienen que pelear dos veces en el Moncayo los romanos, para domar y subyugar por completo la Celtiberia».

     Hasta aquí lo que aparece de Livio. Para embrollar este punto clarísimo de Historia y Geografía, en el siglo pasado y al comenzar el presente, fué necesario que se conjurasen el amor propio [137] y el empeño de sublimar la casa de los santiaguistas de Uclés, usurpando las glorias de Segobriga. Ofuscáronse muy estimables escritores, anticipando su juicio y torciéndolo del camino de la verdad, al de mostrarse, con vanidad ambiciosa y estéril, públicamente sabios. Tacharon de falsas las manchegas piedras sacadas á la luz por Gorio; y sin embargo, pensando destruirlas, esforzaban sin querer cuantas razones muestran su sinceridad, en medio de haber sido con torpeza estragadas. Se afanaron por dificultar en todo; todo lo confundieron, todo lo negaron, menos sus imaginaciones y sueños; y únicamente los brazos de Alcides pudieran limpiar aquellos establos de Augias.

     Inconcebible es para mí que un extranjero estudioso y diligentísimo, perdido, de seguro, en el laberinto de la disertación forense de Martínez Falero, inserta en el volumen IV de nuestras Memorias, haga suyas las más voluntarias especies de aquel fogoso abogado, y no aproveche lo muy bueno y sólido que de ella puede sacarse. Espero que reformará su juicio en ocasión ya no lejana, pues lo separo de aquellos hombres que se engañan á sí propios únicamente, desviviéndose por sostener el error que una vez imprimieron, y forcejando porque no deje de estar en pie hasta que ellos caigan en el sepulcro. Toman por lema la verdad y la sinceridad, y son sus irreconciliables y ocultos enemigos.

     Luego que por los romanos quedó España definitivamente organizada en provincias, regiones, pueblos y ciudades, el distrito de que hablo perteneció primero á la Citerior, después á la provincia Tarraconense; y, desde Constantino, á la metrópoli de Cartagena. La región se decía Celtiberia; el pueblo, Ergavicense, por su capital Ergávica. Y de ella dependían tan florecientes ciudades, como Centobriga, junto á Cañaveruelas y Alcohujate, sobre la orilla izquierda del Guadiela, en el cerro de Santaber; Recópolis, fundada por Leovigildo, allí donde aquel río mezcla sus aguas con las del Tajo; Opta, Huete; Contrebia, Zurita de los Canes; Aurelia, Oreja; Úrcesa, Uclés; Munda, Los Fosos de Bayona; Cértima, Alconchel; Vico Cuminario, Dancos, entre Lillo y La Guardia; Alces, al Occidente de Miguel Esteban; Consáburum, Consuegra; y Álaba, á vista de Argamasilla de Alba.

     Cuando el clarísimo P. M. Fr. Enrique Flórez hizo catálogo de [138] los obispos arcavicenses, no se sabía de ninguno anterior á Pedro, el cual hubo de concurrir al tercer concilio toledano, año de 589. Bien puede ya enriquecerse aquella lista, desde el feliz descubrimiento de una basílica suburbana, del siglo V, á 470 varas NW. del cerro de Cabeza del Griego, en cuya cripta yacían varios santos obispos arcavicenses, completamente ignorados. Cuéntase entre ellos Sefronio, que murió á 16 de Junio de 550. Nueve pedazos había sido hecha su lápida sepulcral: uno pareció en 1760 y vino á parar á cierta cuadra de labor de Montalbo; dos, en 1768, que con el anterior se trajeron á Sahelices; y tres, cuando las valientes excavaciones llevadas á cabo desde Octubre de 1789 á Junio de 1790. Otros dos, muy importantes por contener la fecha y completar algunos versos difíciles, se trasladaron á Montalbo en 1771. Es singular que de ellos no se acordase la Academia, al publicar lindamente grabados los seis primeros, en el tercer tomo de sus Memorias, año de 1799; y eso que en 1792 y en 1795, había salido á luz íntegra la inscripción funeraria: en papeles sueltos, por D. Vicente y D. Juan Francisco Falero; y en folletos, por D. Jácome Capistrano de Moya. Y como hasta hoy mismo siga reproduciéndose incompleta fuera de España; y como en su interpretación muchos, á mi ver, vayan fuera de camino, urge que la Academia, en cualquiera de sus obras, vulgarice entero el epígrafe, y decida sobre su inteligencia. Permítame en esta noche, que adelante yo mi parecer. He aquí la lápida:

           F. Sefronius tegetur tomolo antestis in isto,           
Quem rapuit populis mors inimica suis.
Qui merit(o?) sanctam perag(ens i)n corp(ore vit)am,
Credetur etheriae lucis habere diem.
Hunc cause meserum, hunc querunt vota dolentum,
Quos aluit (se)mper voce, manu, lacrimis.
¿Quem sibi non sobitus privabit transitus iste?
¿Seu quorum, quaeritur nunc abiisse malum?
Rec(essit) sub die XVI kal(endas) Iul(ias),
era d lxxxviii,
in pace.

[139]

     «Aquí, en elevada urna, se guardan los restos mortales del obispo Sefronio, arrebatado á sus pueblos por la muerte enemiga. El cual, habiendo hecho vida austera y santa, créese que ya goza de la luz celestial. A éste lloran desconsoladamente en sus angustias y dolores los pobres infelices; á éste, en sus plegarias los enfermos, á quienes siempre alentó con su voz cariñosa, con su pródiga mano, con sus lágrimas compasivas. ¿A quién no privará de esta voz, de esta mano, de estas lágrimas la falta de semejante varón, súbita para los desgraciados? O ¿qué males se dirá que con él han desaparecido ahora? Murió en paz el día 16 de Junio de 550».

     Concluyo volviendo á fijar la vista sobre las medallas y los dos objetos de bronce que tenemos sobre el bufete. Apréciolos como del siglo segundo anterior á nuestra Era; y de valor sumo la tésera hospitalaria, con leyenda ibérica abierta á cincel, por ser monumento á toda luz genuino.

     La Academia pudiera significar al Sr. D. Braulio Guijarro la gratitud con que admite su precioso regalo, estimularle á que individualice con el nombre moderno el sitio en que tales antigüedades se han hallado, colocarlas dignamente en nuestro Museo, y publicar en el BOLETÍN del Cuerpo, así la generosidad de nuestro docto Correspondiente, como los dibujos del pasador y la tésera, á fin de brindar con grata y útil materia á la observación docta y á la investigación bien encaminada.

           El Anticuario,           
AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA Y ORBE.

     Madrid, 27 de Mayo de 1868.

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[140]

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III. Corrección á una noticia de El diario asiático de París, acerca de una lápida sepulcral, hallada en Tremecén y atribuida á Boabdil, último rey de Granada.

(Lectura verificada ante la Real Academia de la Historia)

     En la antigua ciudad de Tremecén, señoreada un tiempo por la influencia política de nuestros reyes, hoy posesión de la República francesa, no hará todavía veintisiete años que se descubrió casualmente una lápida sepulcral musulmana, cuya inscripción en caracteres arábigos, perteneciente á los tiempos en que mantenían los españoles más frecuente comunicación con las gentes del litoral africano, ha brindado con tal motivo asunto de no despreciable interés á la serie de doctas investigaciones, que forman la base de los estudios históricos en los tiempos modernos. La existencia de aquella piedra funeraria, aunque conocida del vulgo de los vecinos de la ciudad, había permanecido ignorada de los europeos, aficionados á la lengua de Hariri y Averroes, hasta que una circunstancia fortuita facilitó su examen á los estudiosos.

     Hacia el año 1860 verificábase el derribo de unas casas árabes, obstáculo ofrecido á la alineación de una calle nueva, no lejos de la mezquita de Cidi-Ibrahim, cuando llamó la atención de los delegados del Gobierno francés el advertir que el pavimento del vestíbulo correspondiente á una de las referidas casas se hallaba formado, en parte, por una losa de mármol ónice, cubierta con inscripción de muchos y muy agrupados renglones. Señalábase en la superficie de aquella piedra labrada, huella profunda, causada [141] por el girar de la puerta; los caracteres arábigos de que se formaba la inscripción parecían ilegibles en muchos lugares, y en todos muy gastados por el frotamiento. Movidos los descubridores por el incentivo de la curiosidad, nada pudieron rastrear acerca de su origen, ni de la fecha en que fuera colocada en un sitio que desdice de las prácticas piadosas de los musulmanes para con las memorias de sus difuntos, puesto que se confirmaba por tradición recibida entre los moradores de Tremecén, que estaba allí desde época harto remota.

     Entregose á la autoridad militar, representada á la sazón por persona muy ilustrada, particularmente celosa por la conservación de este linaje de memorias, la cual dispuso que se colocase en el círculo ó salón de recreo destinado á los oficiales de la guarnición, en donde ha permanecido algún tiempo obscurecida entre otras varias reliquias y monumentos árabes.

     Ni era, por cierto, empresa de poco momento el puntualizar su interés, para que pudiera servir convenientemente á los fines históricos y eruditos. Examinada la losa, que mide 0,91 metros de largo por 0,44 de ancho, con espesor de 0,06, se echaba de ver á primera vista, que las letras, de un carácter andaluz no excesivamente delicado, habían perdido todo su relieve, agregándose á su conjunto borroso y un tanto intrincado la mezcla de los pocos rasgos que se distinguían con las venas y manchas de mármol, al efecto de que pareciesen menos legibles. Menester era una minuciosa atención otorgada á todos los pormenores de la lápida que reseñarnos, y conocimiento nada vulgar del idioma arábigo, de las fórmulas lapidarias, retóricas y poéticas, de las costumbres y de la historia de los muslimes, unido á una constancia y asiduidad á toda prueba, para allanar las dificultades que se ofrecían á su interpretación y desciframiento; y en verdad que de todas estas condiciones nos suministra cumplida aplicación la noticia impresa en el número del Journal Asiatique, correspondiente á los meses de Enero y Febrero del presente año, debida á la pluma del antiguo prefecto de Orán, M. Brosselard, quien en unión con el entendido letrado musulmán Cidi Hammuben-Rostan, muftí que ha sido en la misma ciudad de Tremecén, ha logrado leer la inscripción en su mayor parte. [142]

     El texto debido á las pacientes investigaciones de estos doctos, es como sigue:



[143]



           TRADUCCIÓN           
En el nombre de Dios piadoso y clemente. Bendiga Dios á
nuestro Señor Muhammad y á su familia.
Este es el sepulcro de un rey que murió en el
destierro, [144]
en Tremecén, como proscripto, entregado al ocio entre
sus mujeres,
quien había combatido
por la religión, aunque el algihed le negara
sus felicidades.
Hirióle el destino implacable con sus decretos,
pero Dios le dió la resignación,
á la sazón que la desgracia caía sobre él.
¡Derrame el Señor para siempre sobre esta sepultura
el rocío de su cielo!

     Esta tumba es del rey justo, magnánimo, generoso, del defensor de la religión, del cumplido, del amir de los muslimes, del vicario del Señor de los mundos, nuestro señor Abo-Abdi-l-lah, el victorioso con el auxilio de Dios, hijo de nuestro señor el amir de los muslimes ................................................................... el santo Abol-Hacen, hijo del amir de los muslimes Abol-hexix (Yusuf II), hijo del amir de los muslimes Abo-Abdi-l-lah, hijo del amir de los muslimes Abol hexix (Yusuf I), hijo del amir de los muslimes Abol-gualid ben Nasr, Al-Ansari, Al-Jazrachi, As-saadi, el andaluz. ¡Santifique Dios su túmulo y le señale un lugar elevado en el Paraíso! Combatió en su país de Andalucía por el triunfo de la fe, no inspirándose sino en su celo por la gloria divina, y prodigando su vida generosa á cada instante, sobre el campo de batalla, en las terribles lides en que numerosos ejércitos de los adoradores de la Cruz caían sobre un puñado de caballeros (muslimes). No se dió reposo durante la época de su poderío y califato en la empresa de combatir por la gloria de Dios, concediendo á la guerra santa cuanto ella exige, y fortificando el valor de sus guerreros en los momentos en que parecía próximo á vacilar..................................................................................... Llegó á la ciudad de Tremecén, donde halló siempre buena acogida y compasión hacia sus desgracias. Entonces se verificó lo que había prometido Aquél, cuyos decretos son irrevocables............................................................................................................................. y del cual todos los mortales sufren la ley según lo que él ha dicho: toda alma gustará la muerte. Sorprendióle por cierto la suya en tierra extraña, [145] lejos de la patria, de la tierra de sus abuelos, los grandes reyes de la estirpe de Ansar, los sostenes de la religión del Elegido, del Predilecto .............................. Dios le ha elevado á las regiones de felicidad .................................................. y le ha envuelto con su gracia (al morir) entre las dos oraciones de la tarde, el miércoles de la luna nueva de Xáabán del año ochocientos noventa y nueve (Mayo de 1494), á la sazón que su edad se acercaba á los cuarenta años.

           ¡Oh Dios mío! ¡Que hallen gracia en ti las peleas que he           
peleado por la fe!
 
Mi temor es que no alcancen gracia á tus ojos...
sino aquellas que son mis acciones dignas de alabanza.
Muévenme á esperar tu perdón y á confiar en el logro de mi deseo.
¡Por los méritos de Muhammad, no engañes, Señor,
mi esperanza!

     Reconocido el mérito indisputable de la empresa llevada á cabo por los eruditos argelinos, lícito nos será quilatar á la luz de seria y detenida crítica, las deducciones históricas aventuradas por tan beneméritos investigadores con ocasión del texto de que damos cuenta: que á tanto empeña y compromete la alteza del cometido que hemos tomado sobre nuestros hombros, aun los que con menos títulos compartimos las glorias y las tareas de un instituto científico respetable.

     Sin pretender, por lo tanto, escatimar en lo más mínimo el galardón que se debe á los mencionados orientalistas, por sus fructuosos estudios, ello es que del texto no se deduce con verdadera legitimidad la interpretación histórica que se atribuye al epitafio en cuestión por la Memoria publicada en El Diario Asiático de París, en el título de dicho impreso, en lo de haber pertenecido al sepulcro de Abo-Abdil-lah el Zogoibi, último rey de Granada. No se oculta, por cierto, á M. de Brosselard, autor de la expresada Memoria, que en los últimos tiempos del reino de Granada existieron dos sultanes con el nombre común de Abo-Abdil-lah, Abo-Abdil-l-lah Muhammad el Zagal, hermano de Abol-Hacen [146] Aly, el que negó el tributo á los Reyes Católicos, y Abo-Abdi-l-lah Muhammad, hijo del expresado Abol-Hacen Aly; antes bien, menciona esta circunstancia, no sin confesar al propio tiempo que los elogios prodigados al Sultán que motivó la alabanza, en cuanto á virtudes guerreras, pudieron aplicarse con más justicia á Muhammad el Zagal que á su sobrino. Ni ignora tampoco, aunque lo estima cual testimonio singular y único, que Almaccarí refiere menudamente cómo Boabdil, nombrado por los nuestros el Rey Chico, emigró á Fez, donde labró palacios faustosísimos al estilo de su patria, viviendo en aquella ciudad hasta que murió en 940 (año 1535 de la Era cristiana); pero entiende que ha sido error del historiador mogrebino, como quiera que, á su modo de pensar, no existiendo duda en la fecha trascrita de 888 (1494), ni en la edad del Príncipe que ocupó la sepultura, no le parece posible que un hermano de Abol-Hacen tuviese edad tan poco avanzada en aquel año, habiendo muerto Yusuf III, á quien supone padre de ambos monarcas, en el de 1423. Sobre estas razones le parece particularmente decisiva la de aparecer el nombre de Abol-Hacen corno antecesor inmediato del difunto, genealogía que, á su juicio, sólo pertenece á Boabdil el Chico, y no en ninguna manera á Muhammad Boabdil el Zagal, como hijo de Yusuf III.

     A tan infundadas afirmaciones, cumple al decoro de eruditos españoles oponer las más exactas y fidedignas, que autorizan los nuevos documentos, con que se enriquece cotidianamente la historia de la dominación de los árabes en nuestra península Ibérica. De advertir es, en primer término, que la genealogía atribuída al Rey Zagal por el escritor de El Diario Asiático, es insostenible ante el estudio de los testimonios fehacientes, cuyo texto original se encuentra entre los materiales históricos que posee la Real Academia de la Historia. En dos cartas del Rey Abol-Hacen de Granada, guardadas cuidadosamente en nuestra preciada Biblioteca, no aparece el hermano del Zagal como inmediato hijo y sucesor de Yusuf III, sino de Sad Abo-Nasr, el Rey Cieda ó Ciriza (Cidi-zad) de nuestras crónicas, que murió en 1466, y era hijo y heredero de un príncipe Abol-Hacen, llamado el Santo, que fué sacrificado á la ambición de Muhammad el Izquierdo. [147] Aparece corroborar, á no dudarlo, esta genealogía el espacio considerable que se muestra ilegible en la inscripción, desde donde se nombra al Sultán Abo-Abdil-lah, hijo del amir de los muslimes......, hasta donde se dice....... el Santo Abol-Hacen, hijo del amir de los muslimes, en cuyo espacio cabe colocar sobrado cómodamente: «Sad Abo-Nasr, hijo del amir,» es, á saber, del Santo Abol-Hacen, llamado también Aly, pues en los usos de los príncipes granadinos, el nombre Aly acompañaba á la alcurnia ó sobrenombre de paternidad que expresa Abol-Hacen. Tal es también la ascendencia, que señala Almaccari para el Zagal, en el texto arábigo de la edición de Leiden, donde, hablando de aquel Príncipe, dice (pág. 800): «Y cuando fué el tiempo del Sultán Abol-Hacen, hijo de Sad Annasrí, Algalibi, Alhamrí, se juntó parcialidad contra él, después que fué proclamado en Málaga su hermano Abo-Abdil-lah Mahammad, hijo de Sad, apellidado el Zagal,» explicándose más todavía la mencionada ascendencia, cuando, exponiendo la de su sobrino Bo-Abdil, el verdadero último rey de Granada, con ocasión de narrar el fin de su reinado, escribe (pág. 814): «Y aquel Rey, con cuyo poderío terminó el Islam en Andalucía, fué Abo-Abdi-l-lah Mohammad, hijo del Sultán Abol-Hacen, hijo del Sultán Sad, hijo del Amir Aly (esto es, Abol-Hacen el Santo), hijo del Sultán Yusuf, hijo del Sultán Muhammad Alganí bil-l-ah.» Muerto, á lo que se cree, el Rey Sad en el año de 1466, y habiendo subido al trono hacia el año 1446, no se ofrece dificultad alguna en que un hijo de dicho Príncipe contase en el año de 1494, cuarenta años de edad. Por el contrario, todos los indicios señalan edad menos avanzada en su sobrino del mismo nombre, el último Sultán de la dinastía Nasrita, que hizo la entrega de Granada á los Reyes Católicos. Francisco de Medina, en la vida del gran Cardenal (Memorial histórico, tomo VI, pág. 290), expresa que Boabdil era de edad de poco más de treinta años, y no faltan narradores que adelantan que en su exterior parecía muy joven. Lo cierto es, que, si partió de España en el mes de Octubre de 1493, según indica la carta del Rey Católico á Hernando de Zafra, apenas hubiera podido disfrutar durante medio año de la hospitalidad, que tanto se enaltece como prestada sin interrupción en el epitafio. [148]

     Por el contrario, no sólo Almaccarri, consultado aunque insuficientemente, por M. Brosselard, señala (tomo II, página 816 de la edición citada) que después de la destrucción de Andarax, el Zagal, es, á saber, Abo-Abdil-lab Muhammad-ben-Sad se apresuró á pasar á la otra parte del Estrecho y se fué á Orán, desde donde pasó á Tremecén, y allí se estableció, siendo su descendencia conocida hasta su tiempo (siglo XVII), con el nombre de Beni-s-Soldan de Andalucía, sino que comprueba y robustece su aserto la Relación de la caída de la dinastía de los Beni-Nasr, conservada en el Escorial en un manuscrito, no catalogado por Casiri y hoy señalado con el número de colocación 1777, donde al folio 34, hablando de la dispersión, de los vecinos de Andarax, partidarios del Zagal, hermano de Abol-Hacen, después de desmantelada esta villa, se lee: «De ellos algunos pasaron con el Amir Muhammad-ben-Sad á la otra parte del Estrecho hacia Orán,» autorizándose por el mismo manuscrito, obra según parece de alguno de los que acompañaron al destierro á Boabdil, el llamado Rey Chico (folio último del códice), que este Príncipe, «cuando se vio precisado á salir de España, desembarcó en el puerto de Melilla, de donde se dirigió á Fez».

     En tres errores descansan, por tanto, las suposiciones de Monsieur Brosselard, que estimamos de todo punto insostenibles. Es el primero fruto de inconcebible equivocación, que interpreta no haberse contenido ningún nombre propio en las palabras no leídas del epitafio y señaladas por puntos suspensivos, y pretendiendo contra lo ya conocido y averiguado, no haber existido en la ascendencia directa del último rey de Granada, sino un príncipe con el sobrenombre de Abol-Hacen; es á saber, el padre del Monarca llamado el Chico, cuando se puntualiza por las mencionadas cartas y por el epitafio del Príncipe Yusuf, hermano del Zagal y del padre de Boabdil, dado á conocer por De Sacy, Gayangos y Lafuente Alcántara, que además de éste, hubo el llamado Amir á secas, el Infante Aly-Abol-Hacen, apellidado el Santo, padre de Sad y abuelo del Zagal y de Abol-Hacen.

     El segundo consiste en suponer que estos dos últimos príncipes fueron hijos de Yusuf III, constando, por multitud de escrituras acopiadas en los Apéndices para la Crónica de Enrique IV, [149] y en el tomo X del Memorial histórico de la Real Academia de la Historia, enriquecido con preciados frutos de la selecta erudición de D. Pascual de Gayangos, como igualmente por el texto de Almaccari, por la relación anónima escurialense, por la de Baeza, y aun por monedas muy comunes, que los reyes de Granada Muley Abol-Hacen y su hermano el Zagal eran hijos de Sad Abo-Nasr, monarca de nombre desconocido para D. Antonio Conde, quien le designa, meramente por su ascendencia remota con el nombre de Aben-Ismael.

     El tercero, en fin, en afirmar ligeramente que sólo aparece de la lectura de Almaccari que Boabdil fuera á establecerse á Fez, comprobándose asimismo dicho aserto del gran historiador mauritano, como también el de haberse ido el Zagal «á vivir á Orán y Tremecén,» por el relato del manuscrito escurialense, dado á conocer en Europa por el orientalista bávaro D. José Müller, desde 1863.

     Reparos son estos de que no puede hacer caso omiso la crítica histórica, y de las cuales no fuera decoroso guardar silencio á la altura que logran estos estudios en la Península Ibérica, sin que la equivocación experimentada por M. Brosselard rebaje, á nuestro entender, en lo más mínimo, el legítimo merecimiento contraído por sus investigaciones laboriosas, ni amengüe la gratitud que debemos todos los españoles á tan docto orientalista por sus esfuerzos en puntualizar un pormenor interesante, en el estudio de la historia de nuestra patria.

     Con igual cortesía debemos estimar la relación encomiástica que el distinguido redactor del Diario Oficial de la República francesa, M. Ferdinand Delaunay, daba cuenta de la presentación hecha por M. Defremery del trabajo de M. Brosselard ante la Academia de Inscripciones y Bellas Letras (17), dando por sentada la averiguación de que el epitafio pertenece realmente á Boabdil, y que este soberano no sobrevivió más de dos años á la pérdida de su reino. Únicamente, en son de corrección indispensable á verdadera errata histórica, producida por órgano autorizadísimo, debemos lamentarnos de que el Presidente de la Sociedad Asiática [150] de París, en la Relación anual de dicha Sociedad, impresa en el número de El Diario Asiático, correspondiente al último pasado mes de Julio, ponga el peso de su autoridad erudita que es muy grande, al objeto de patrocinar como legítimo el supuesto descubrimiento de la tumba de Boabdil, muerto, según expresa el epitafio, á principio del mes de Mayo de 1494. «Monsieur Brosselard, dice textualmente la Relación mencionada (18), explica confusiones que habían originado opiniones falsas. Todas caen por tierra ante la autoridad irrefragable de la piedra sepulcral. Esta piedra preciosa, colocada actualmente en el Museo de Tremecén, fija la sucesión cronológica de la dinastía granadina (19), con una exactitud que no se había logrado anteriormente.

     En verdad, semejante exactitud cronológica difícilmente podría conseguirse, sin suplir el nombre que falta en la parte borrada del epitafio, puesto que sólo servirla á intrincar una genealogía digna en verdad de particular estudio, el considerar á Abol-Hacen y á su hermano el Zagal, hijos de Sad Abo-Nasr, como hijos de Yusuf III, quien no murió en 1423, sino en 1417, y era precisamente hijo de Yusuf II y hermano de Aly Abol-Hacen, el infante llamado el Santo, quien fué padre del Rey Sad, y al cual hay que reconocer, en este concepto, por abuelo del Zagal y del último Abol-Hacen, y bisabuelo de Boabdil, último rey de Granada.

FRANCISCO FERNÁNDEZ GONZÁLEZ.

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IV. Discursos medicinales compuestos por el licenciado Juan Méndez nieto y Viajes de Mendaña y Quirós por el Mar del Sur

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