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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 1, Año 1877
    
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Cuaderno III

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Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)

     Próximo á terminarse el tomo VI de la Colección de las Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, la Academia se propone dar principio á las de Aragón, á cuyo efecto ha impetrado protección del Gobierno y tenido la satisfacción de que su idea haya merecido la más lisonjera aquiescencia por parte del Excelentísimo Sr. Ministro de Fomento.

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     Don Lorenzo Aguirre, Correspondiente de la Academia en Soria, ha remitido un ejemplar impreso del informe dado por el mismo y los Sres. D. Domingo Hevia y D. Dionisio López de Ceraín á la Comisión de Monumentos de aquella provincia, acerca de los medios más convenientes para atender á la conservación de San Juan de Duero.

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     Don Elías García Talión y Quirós, Correspondiente de la Academia en Bailén, ha remitido los calcos que se le pidieron de dos inscripciones romanas descubiertas en el cortijo llamado La Toscana, término de aquella ciudad. [202]

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     El Sr. Coello, individuo de número, presentó á nombre del Sr. D. Miguel Antonio Caro, Correspondiente en Bogotá, unos apuntamientos biográficos del Adelantado Sebastián de Belalcázar, escritos por dicho Correspondiente, los cuales remitió con una copia de la certificación dada por el escribano público de Popayán, D. Ramón Murgueitio, en 12 de Agosto de 1785, á pedimento de D. Francisco de Mosquera y Bonilla, sobre los servicios, méritos y proezas del Adelantado y de su hijo el capitán D. Francisco, ascendientes del solicitante.

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     El Académico correspondiente D. Pedro de la Garza ha dirigido una comunicación á la Academia con la que acompaña un dibujo á la acuarela que representa los tres llamados «Toros de Guisando» á una legua de San Martín de Valdeiglesias, con las notas de su altura respectiva, comunicadas al Sr. La Gasca por el Alcalde de dicha villa. Se acordó dar las gracias á este señor Correspondiente.

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     El Sr. D. Javier Fuentes y Ponte, Correspondiente en Murcia, ha participado que al escombrar tierra para abonos, procedente de la obra del teatro Molina, en construcción, propio de D. Antonio Molina, situado en la hoy calle de Saavedra Fajardo, y la administración de dicha ciudad, se ha encontrado una vasija con veinte y una monedas árabes, de las cuales ha enviado diez y seis improntas.

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     El Sr. Gobernador de la provincia de Ávila, como presidente de aquella Comisión de Monumentos históricos y artísticos, ha participado á la Academia que según comunicación del Alcalde del pueblo de Cardeñosa, el Sr. Conde de Oñate desea adquirir el trozo de piedra que figura un jabalí, descubierto con otros objetos en el sitio conocido con el nombre de las Cogotas; de cuyo hallazgo se dio cuenta en el cuaderno I de nuestro BOLETÍN, página IX.

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     Está imprimiéndose la Memoria titulada: Noticia histórica arqueológica de la antigua ciudad de Emporion (Ampurias), su [203] autor D. Joaquín Botet y Sisó, premiada en el concurso de 1875 han tirado también las láminas que deben ilustrarla.

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     Ha acordado la Academia celebrar en el próximo mes de Abril Junta pública, en la cual leerá el Sr. Rada y Delgado una Memoria necrológica relativa al Sr. D. José Amador de los Ríos.

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     El Sr. D. Roque Chabás, Correspondiente de Denia, ha remitido dos fotografías de una estatuita de Neptuno, de bronce, de 22 centímetros de altura, que poseía D. José Antonio Morana, y fué hallada el año 1872 en Denia, donde se cree haber estado el templo de Diana. Se acordó unir las fotografías á la Historia de Denia, escrita por el mismo autor Correspondiente.

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     Se ha terminado la reimpresión del tomo XXXII de la España Sagrada, que trata de la Vasconia, y que se ha efectuado bajo la dirección del Sr. D. Vicente La Fuente.

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     En sesión extraordinaria celebrada la noche del 14 de Octubre del año próximo pasado, oyó la Academia un erudito informe escrito y leído por el señor Censor D. Manuel Colmeiro, acerca del supuesto descubrimiento de los restos de Cristóbal Colón en la iglesia Catedral de Santo Domingo; nuevo trabajo que fué preciso redactar en vista de las publicaciones, documentos oficiales, periódicos, etc., que sobre este asunto se habían recibido posteriormente. Oyóse con satisfacción, fué aprobado, y se acordó remitirlo al Gobierno para los efectos que estimase oportunos.

     Se ha impreso ya y publicado.

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     El Sr. D. Lorenzo Aguirre, Correspondiente en Soria, ha remitido á la Academia varias comunicaciones dando cuenta del estado en que se hallan los trabajos de exploración en las ruinas de Numancia; participando que en el término de Villabuena, próximo á Soria, se habían descubierto restos de población; y ofreciendo enviar un plano que D. Enrique Llauria, Correspondiente [204] de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, había hecho por encargo de la Comisión provincial de Monumentos, de las ruinas de población antigua descubiertas en el término jurisdiccional del pueblo de Lubia.

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     También en la playa denominada de Llafranc, provincia de Gerona, se han descubierto algunas antigüedades, según comunicación de aquella Comisión provincial de Monumentos, acompañando copia de la relación escrita sobre el particular, por don Francisco Javier Rosés, individuo de la misma.

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     La Comisión nombrada para activar los trabajos de la Academia, ha propuesto, y así se ha acordado:

     1.º Terminar la impresión de la crónica arábiga de Ebn-al-Kotiya, que corre á cargo del Sr. Gayangos;

     2.º Imprimir y publicar las Décadas de Alonso de Palencia y la colección de documentos coetáneos que contribuyan á su esclarecimiento; trabajo confiado al Sr. D. Antonio María Fabié;

     3.º Reimprimir en un tomo, que será segundo de la colección empezada, los Discursos de Recepción de los señores Académicos; de cuya ejecución quedó encargado el Sr. D. Víctor Balaguer;

     4.º Proceder á la formación de un Diccionario de fechas y otro de autoridades; y para preparar los trabajos que al efecto debieran emprenderse, quedaron nombrados los Sres. Saavedra, Barrantes y Gomez de Arteche;

     Y 5.º Que para la más pronta y fácil formación de los Manuales que la Academia acordó ha tiempo dar á luz, se encargue cada uno de ellos á un señor Académico; y en su virtud, fué elegido el Sr. D. Pedro de Madrazo para redactar el de Arqueología.

     También se ha autorizado á la Comisión de la España Sagrada para reimprimir el tomo I de esta obra, ya agotado, y proceder á la formación del LI, que ha de tratar de Obispos auxiliares, utilizando los trabajos y noticias que sobre este asunto dejó el señor bibliotecario difunto D. Carlos Ramón Fort.

     Se ha acordado asimismo que el Sr. D. Vicente La Fuente se [205] encargue de llevar á cabo la preparación y publicación de las Batallas y Quincuagenas del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, interrumpidas por la muerte del Sr. D. José Amador de los Ríos.

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     A solicitud de la Academia, el Ministerio de Fomento ha recurrido al de Hacienda para que se suspenda la venta del castillo de Torre de Mormojón en la provincia de Palencia, declarándole monumento nacional, y para que en este concepto se conserve también la iglesia del monasterio de San Jerónimo del Prado, de esta corte.

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     El Ayuntamiento de Barcelona ha hecho á la Academia el obsequio de un ejemplar de la medalla de cobre acuñada para conmemorar la entusiasta acogida con que recibió aquella ciudad á S. M. el rey D. Alfonso, el día 9 de Enero de 1875. Se ha recibido con agradecimiento y mandádose que se conserve en el monetario.

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     En el célebre monasterio de Poblet, se están efectuando obras de reparación dirigidas por el Sr. Barta y el académico correspondiente Sr. Hernández de Sanahuja, á las cuales se han destinado cuatro mil pesetas de las ocho mil consignadas por el Gobierno en los Presupuestos.

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     La Academia ha acordado formar parte de la Sociedad de Bibliófilos valencianos, suscribiéndose á la Relación de la expulsión de los moriscos del reino de Valencia, del maestro fray Damián, de Fonseca, publicada por la misma.

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     En la sesión del 13 de Diciembre próximo pasado, eligió la Academia para los cargos que debían renovarse: como bibliotecario, en la vacante del Sr. Font, á D. Cayetano Rosell; como tesorero, á D. Eduardo Saavedra, y para vocal de la comisión de Hacienda, á D. Pascual de Gayangos.

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PROGRAMA DE UN PREMIO

     La Real Academia de la Historia publicó en 31 de Agosto de 1873 el Programa de premios para los concursos de los años siguientes, anunciando para el concurso de 31 de Diciembre de 1878 este punto:

              «Mapa de España á fines del siglo XVI, en que se fijen las divisiones territoriales de todo género, la categoría de las poblaciones, las vías de comunicación, los despoblados, fortalezas y villares ó sitios notables, y aquéllos en que se veían ruinas romanas ó árabes, con una Memoria crítica y descriptiva, en que se analicen y aprecien con la mayor exactitud los documentos que se hayan tenido á la vista en especial los oficiales, y muy particularmente las respuestas dadas por los pueblos al interrogatorio que se les dirigió de orden del rey».           

     Ninguna Memoria se ha presentado dentro del plazo señalado al efecto; por lo cual, atendida su importancia, ha acordado la Academia anunciarle de nuevo, sin fijar tiempo para la presentación de Memorias.

     El premio al autor de la obra que lo merezca á juicio de la Academia, consistirá en tres mil pesetas y trescientos ejemplares de la obra premiada.

     Se reserva la Academia declarar accésit, si considerase haber lugar á ello. Este consistirá en un diploma y en la impresión de la obra, de la cual se entregarán al autor doscientos ejemplares.

     Se reserva también la Academia el derecho de publicar la obra premiada, á medida que disponga de recursos; y el de adquirir, de acuerdo con el autor, el manuscrito, cuando no reuniendo la obra las condiciones necesarias para obtener el premio ó el accésit, contenga, sin embargo, noticias y datos merecedores de figurar en la Biblioteca y Archivo de la Corporación.

     Las obras para optar á los premios han de estar escritas correctamente y con letra clara, y deberán remitirse al Secretario de la Academia, acompañando á cada una un pliego cerrado en que conste el nombre y el lugar de la residencia del autor, y que esté señalado en la cubierta con el lema que cada uno adopte, y escriba [207] también al principio de su obra, para distinguirla de las demás. Declarado el premio, se abrirá solamente el pliego cerrado, correspondiente á la obra premiada, inutilizándose, sin abrir, los de las que no se hallen en este caso, ó sean adquiridas por la Academia, de acuerdo con el autor, en la junta pública en que se haga la adjudicación solemne de los premios.

     Los Académicos de número no pueden tomar parte en el concurso.

     Madrid 13 de Febrero de 1879. -Por acuerdo de la Academia, PEDRO SABAU, Secretario.

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     Han sido nombrados:

Académicos de número
     El Sr. D. Jacobo Zobel de Zangroniz, en 10 de Mayo de 1878, para la plaza de número vacante por fallecimiento del Sr. D. José Amador de los Ríos.
     D. Francisco Codera y Zaidin, en 11 de Octubre de 1878, para la plaza de número vacante por fallecimiento del Sr. D. Carlos Ramón Fort y Pazos.
Correspondientes
     Sr. D. Pedro Aguado del Castillo, en Avila.
     Sr. D. Luis Cutchet, en Barcelona.
     Sr. D. Francisco Ubach y Vinyeta, en Barcelona.
     Sr. D. Francisco de Asís de Vera, en Cádiz.
     Sr. D. Rafael Romero y Barros, en Córdoba.
     Sr. D. Fermín Lacaci y Díaz, en La Coruña.
     R. P. Fr. Manuel Pablo Castellanos, en Santiago.
     Sr. D. Francisco de Borja Palomo, en Sevilla.
     Sr. D. Antonio Calvo y Cassini, en Carmona.
     Sr. D. Ignacio Alonso Martínez, en Santo Domingo de la Calzada.
     Sr. D. Félix Martínez de Espinosa, en Murcia.
     Sr. D. Gervasio González de Linares, en Santander.
     Sr. D. Eustaquio Gante, en Valladolid.
     Sr. D. Antonio López Prieto, en la Habana. [208]
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     Han fallecido:
Correspondientes nacionales
     Sr. D. Rafael Oleo, Correspondiente en Ciudadela de Menorca, en 8 de Mayo de 1878.
     Sr. D. Francisco de Maranjes, Correspondiente en Escala (Gerona), en 3 de Octubre de 1878.
     Sr. D. Anastasio Sáez Muñoz, Correspondiente en Burgos, en Octubre de 1878.
     Sr. D. Domingo Deniz y Grech, en Las Palmas (Canarias).
     Sr. D. Enrique del Castillo y Alba, en Madrid en 21 de Enero de 1879.
     Sr. D. Manuel Rafael Vargas, Correspondiente en Málaga, en 7 de Diciembre de 1878.
     Dr. Sr. D. Eugenio Martín Martín, Correspondiente en Palencia, en 3 de Enero de 1879.
     Excmo. Sr. D. Constantino Bonet, Arzobispo de Tarragona, y Correspondiente, en Octubre de 1878.
     Sr. D. Venancio de Aulestiarte, Correspondiente en Valladolid, en 8 de Diciembre de 1878.
     Sr. D. Atanasio Alvarez, Correspondiente en Valladolid.
     Excmo. Sr. D. Jerónimo Borao, Correspondiente en Zaragoza, en 22 de Noviembre de 1878.
Correspondientes extranjeros
     Excmo. Sr. Francisco Adolfo Varnhagen, Correspondiente en Viena.
     Sr. Garcín de Tassy, Correspondiente en París, en 2 de Septiembre de 1878.
     Sr. Antonio Augusto Teixeira de Vasconcellos, Correspondiente en Lisboa, en Julio de 1878.
     Sr. José Manuel Goot, Académico honorario en Bogotá, en 3 de Mayo de 1878.

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Trabajos de la Academia sobre la publicación de las Batallas y Quinquagenas del Capitán Gonzalo Fernández de Oviedo

     Señores Académicos:

     Cuando en 1855 fué terminada la edición de la Historia general de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, debida al capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, sirvióse acordar esta Real Academia la publicación de otra obra no menos importante del mismo autor, la cual gozaba entre los eruditos de singular estimación, aunque sin ser debidamente conocida y sí confundida, con frecuencia, con otra producción, un tanto semejante en el título, fruto asimismo de la fecunda pluma de Fernández de Oviedo. Eran estas obras las Batallas y Quinquagenas, y las Quinquajenas, cuyas analogías y desemejanzas tuve la fortuna de señalar en el estudio de todas las producciones, hijas de la actividad y del ingenio del primer alcaide de Santo Domingo, verificado en la Introducción á la indicada Historia de Indias, sobre que recayó la aprobación de nuestra Real Academia. Convencida ésta, en vista de aquel trabajo, de la importancia de las Batallas y Quinquagenos, obra de mayor actualidad histórica é interés que las Quinquagenas y de aplicación más útil y directa á los estudios de nuestra nacionalidad, acordó á principios de Febrero del mencionado año de 1855 comisionarme para la investigación, compilación y copia de la precitada obra de las Batallas y Quinquagenas, trabajo á que se dio comienzo, desde luego, con el examen de los códices originales, ó que por tales se reputaban hasta entonces, guardados felizmente en varias bibliotecas.

     Por la mediación de esta Real Academia fuéme posible reconocer, en efecto, los existentes en la Patrimonial de S. M., designados [210] allí con las signaturas VII-Y-3 y VII-J-3, y remitidos en su día á este Cuerpo con generoso anhelo por la Intendencia de Palacio, para aquel intento; lo mismo sucedió al propio tiempo respecto de los MSS. de la Biblioteca Nacional, marcados en sus índices con las letras y números Y-55, K-81 y K-130; y verificados los trabajos oportunos con el detenimiento que por su naturaleza pedían, fué al postre hacedero el proponer á la Real Academia la devolución respectiva de los referidos códices á las Bibliotecas de que procedían, lo cual llevó á efecto esta Corporación en 3 de Mayo de 1869 y 22 de Julio de 1876.

     Resultaba, entre tanto, de esta primera compilación de las Batallas y Quinquagenas, un inmenso vacío en el gran caudal de Diálogos que las debían constituir, dado el pensamiento que el mismo Gonzalo Fernández de Oviedo anunciaba en varios pasajes de ellos; vacío que infundía serios temores sobre la posibilidad de llenarlo, si no colmadamente, de una manera que hiciese verdaderamente aceptables los sacrificios ya realizados y los que exigía de nuevo tan ardua como laboriosa empresa. La Academia no ignora que se repitieron al propósito esfuerzos más generosos que afortunados; cónstale también que por mi parte no hube de darme por vencido sin nuevas investigaciones y tentativas para triunfar de las dificultades conocidas. No fueron, á dicha, perdidas estas diligencias, merced á la feliz circunstancia de haber tomado parte en las tareas académicas un nuevo elegido. Enterado, en efecto, nuestro digno compañero el Sr. D. Vicente de la Fuente del estado de mis últimas investigaciones, hubo de traer á la memoria el recuerdo de ciertos MSS. que se relacionaban en su sentir con las Batallas y Quinquagenas, existentes el uno en la ciudad de Calatayud, y conservado el otro en la Biblioteca de la Universidad Salmantina. Prestándose tan benévola como activamente á cooperar á la empresa de ampliar y rectificar en su caso las noticias que sobre el particular me había comunicado, lográbamos ambos la satisfacción de que nos fuera en breve permitido anunciar á la Academia con toda seguridad la existencia positiva de aquellos dos códices que podían acaudalar, si ya no completar del todo, el desconocido tesoro de las Batallas y Quinquagenas; y poco tiempo después nos era dado examinarlos en este mismo local, [211] no sin que se alcanzara, por la mediación de nuestro compañero, la posesión del Códice, felizmente guardado en poder de una persona ilustrada de Calatayud, dócil á los deseos de la Academia. El Códice de Salamanca, si bien enmarañado y desdichadamente encuadernado, ofrecía las estimables ventajas de ser más numeroso, de aparecer enriquecido con los escudos de armas de los personajes de quienes trataba, y sobre todo, la inapreciable circunstancia de poder ser considerado como original, pues que indubitadamente está escrito de puño y letra del mismo capitán Gonzalo Fernández de Oviedo.

     Con tales adquisiciones, y facilitados por esta Corporación los oportunos medios, dióse nuevamente principio á la tarea de la compilación y copia de los Diálogos, que realmente venían á acrecentar el número de los ya anteriormente recogidos y, confrontados en los códices de las Bibliotecas del Patrimonio y Nacional, no olvida por cierto la antigua copia de algunos Diálogos, conservada entre los MSS. de esta Real Academia. El trabajo ha tenido por desdicha ciertas interrupciones é intermitencias, nacidas las primeras de las frecuentes penurias del Erario público, y provenidas las segundas del equivocado sistema empleado de antiguo en la manera de hacer las copias. Obviado el último inconveniente por esta Real Academia, al enterarse de la utilidad que reportaba el nuevo sistema que yo tenía la honra de proponerle, cábeme ahora la de poner en su ilustrado conocimiento que la indicada tarea de compilación y copia se halla de todo punto terminada, con muy notables beneficios pecuniarios para este Cuerpo. Ha llegado, pues, con verdadera satisfacción mía, el momento de informarla con entera claridad y exactitud del estado á que los repetidos esfuerzos han traído el pensamiento de la publicación de las Batallas y Quinquagenas del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, adoptado por esta Real Academia en 1855.

     A diferencia de las Quinquagenas, que según demostré en las observaciones preliminares á la Historia General y Natural de Indias, forman un catálogo general de hombres ilustres de todos los, pueblos y edades históricas, de universal interés, aunque de escaso mérito, tienen las Batallas y Quinquagenas por objeto especial el constituir cierta especie de panorama, en que van sucesivamente [212] apareciendo los más notables varones, que durante la segunda mitad del siglo XV y la primera del XVI ilustraron en vario concepto el nombre español, con engrandecimiento y gloria del reinado de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, y aun del emperador Carlos V. Son en consecuencia las Batallas y Quincuagenas una obra de actualidad, coetánea de aquellas grandes épocas históricas, inspirada por el noble anhelo de la verdad, y animada por el vivo espíritu del conocimiento personal de los próceres, caudillos, magistrados, prelados, capitanes y demás nobles varones que á tan alto grado las sublimaron. Mientras las Quincuagenas constituyen simplemente una serie de artículos, sin más nexo que el interés histórico, ni otra exposición que la narrativa, tienen las Batallas y Quincuagenas un lazo de invariable unidad en las personas del autor y de otro personaje, su amigo, quienes, bajo los nombres de Alcaide y de Sereno, ven pasar delante de sí todos los magnates, obispos, caballeros y letrados, cuyas historias investigan é ilustran, valiéndose al propósito de la pintoresca y dramática forma del Diálogo. Naciendo de esta fundamental ficción literaria, como natural consecuencia, la forma de expresión, no era de recelar que Gonzalo Fernández de Oviedo renunciara á justificar el título de Batallas y Quincuagenas que había adoptado para la nueva obra; y la buscó, efectivamente, y la halló de la manera que sigue.

     La obra, por él proyectada, debía constar de tres partes principales, á que daba desde luego el nombre de Batallas. Era la primera destinada á la exhibición, hecha por el Alcaide á vista de Sereno, de todos los próceres, caudillos, capitanes y caballeros, que en virtud de sus grandes proezas y merecimientos, ó habían aumentado el lustre y poderío de sus antiguas casas, ó habían echado los fundamentos á nuevos mayorazgos y señoríos, logrando feliz mención en los mismos. Tenía la segunda por asunto el agrupar ingeniosa y gallardamente ante Sereno cuantos guerreros hubieran dado su vida á la madre patria, muriendo con las armas en la mano en defensa de la Cruz, y cuantos hubieran pasado de esta vida sin hijos. Comprendíanse, finalmente, en la tercera, bajo el mismo artificio, los arzobispos, obispos, prelados y demás hombres insignes, producidos por la Iglesia española. Dispuestas [213] así las Batallas, dividíanse éstas, cada cual, en cuatro Quincuagenas, las cuales se componían de hasta cincuenta Diálogos, dando por consecuencia el total resultado de seiscientos, cúmulo inmenso de materia histórica, grandemente enriquecida con peregrinas noticias, no ya sólo relativas á los personajes cuyos nombres servían de epígrafes á cada Diálogo, sino también á otros muchos, sus deudos, amigos ó allegados, quienes por las relaciones que con los primeros guardaban, eran en algún modo merecedores de especial mención en las respectivas Batallas y Quincuagenas.

     Conocidos en tal forma, y con la exactitud que ofrecían estos preciosos datos, no sólo el pensamiento y general estructura de obra tan importante, más también el especial organismo de sus partes componentes; recogidos al propio tiempo cuantos antecedentes podían coadyuvar con la claridad debida á establecer la relación entre el proyecto, realizado al parecer por Fernández de Oviedo, y el número total de los Diálogos, cuyo conocimiento se había logrado felizmente arrebatar á la obscuridad y abandono de los olvidados Códices de las Batallas y Quincuagenas, conveniente parecía reconocer prácticamente las diferencias que podían existir entre lo realmente acopiado, merced á las investigaciones ya efectuadas, y lo que hubo de escribir, para dar cabo á su pensamiento, el mismo Fernández de Oviedo; porque de esta útil investigación debía surgir naturalmente el conocimiento exacto de la verdadera situación á que habíamos traído nuestras difíciles, aunque no estériles tareas. Dado el presupuesto de los doscientos Diálogos que componían las cuatro Quincuagenas de cada Batalla, con el resultado total de seiscientos, parecióme de absoluta necesidad para llegar al fin deseado formar, como lo hice, los cuadros respectivos de las Batallas y Quincuagenas, cuyos Diálogos no ofrecían duda alguna de su legítima colocación en el orden numérico, conservado fortuitamente en las inscripciones de los códices, examinados en la forma ya consignada; y el fruto obtenido de esta operación aritmética produce el convencimiento de que ascienden hasta doscientos cincuenta y siete los Diálogos que en las dos primeras Batallas, compuestas de cuatrocientos, se hallan en aquel indubitable caso; y como existen además otros cincuenta [214] y seis Diálogos, cuya colocación es todavía un tanto dudosa, si bien parece probable que corresponden todos á las dos primeras Batallas, resulta en todo caso que de estas dos primeras partes sólo faltan ochenta y siete Diálogos, lo cual es en realidad no poco satisfactorio. Esto por ahora, en orden á las dos primeras Batallas y á sus ocho correspondientes Quincuagenas.

     Respecto de la tercera Batalla y de sus cuatro Quincuagenas, lícito juzgo consignar que, empeñado en la investigación mencionada, llamóme extraordinariamente la atención, como llamará sin duda la de esta ilustre Academia, no ya sólo el corto número de Diálogos que en los MSS. se le adjudicaban, sino también la circunstancia de figurar éstos más principalmente en el códice original de Salamanca. A estas observaciones se asociaba la más significativa aún de estar los referidos Diálogos exclusivamente dedicados á personajes seglares de la primera nobleza, hecho que venía á contradecir abiertamente el plan general de las Batallas y Quincuagenas, destruyendo los fundamentos de su división y desnaturalizando esencial y formalmente el pensamiento que les había dado vida. Oviedo había declarado repetidamente, y no sin cierta solemnidad, que consagradas las dos primeras Batallas á las clases militares y civiles, del modo y con las particulares limitaciones que en su lugar dejo anotadas, destinaba exclusivamente para el alto y para el virtuoso clero la tercera, acudiendo así á reconocer y á pagar con cierta amplitud el tributo de admiración y de respeto que realmente exigía de sus contemporáneos, como lo exige de la posteridad, una clase tan privilegiada á la sazón, tan poderosa é influyente en el Estado, cual nos dicen los preclaros nombres de un D. Pedro González de Mendoza, un Francisco Ximénez de Cisneros, un D. Hernando de Talavera, un Fray Diego de Deza, un Beato Pascasio, etc., etc. Esta terminante declaración, tan importante y capital, tratándose de una obra de la naturaleza y carácter de las Batallas y Quincuagenas, aparecía, pues, de hecho desmentida al colocar en el correspondiente cuadro los Diálogos que se mostraban con las asignaturas propias de la tercera Batalla; los personajes, cuyos nombres figuraban en ella ocupando sólo una parte de la primera Quincuagena, no excedían de quince, y pertenecían todos á la más alta nobleza de Castilla, [215] con la sola excepción de los duques de Gandía que formaban parte de la aragonesa, tan aplaudida en las dos primeras Batallas; de todos los arzobispos, obispos y demás varones ilustres del clero, sólo se conservaban en cambio diez Diálogos, y estos desprovistos de toda indicación ó signatura que pudiera determinar sus respectivos lugares en las cuatro Quincuagenas de esta tercera Batalla. Entre las demás circunstancias, dignas de tener en cuenta, eran sin duda harto notables las de pertenecer el mayor número de los primeros Diálogos al Códice de Salamanca, estar escritos por el mismo Oviedo, y no dejar dada de ningún género en la determinación de sus respectivas signaturas.

     Ahora, bien: ¿qué juicio deberá formarse de estas contradicciones y anomalías respecto del estado en que dejó al morir Gonzalo Fernández de Oviedo esta grande obra de las Batallas y Quincuagenas?... ¿Podrá en vista de todos estos datos asegurarse que le dió cumplida cima, tal como la había concebido, ó que alteró por el contrario los términos propuestos de su primitiva división, aspirando tal vez á darle una cuarta parte ó Batalla, reservada exclusivamente al clero?... Difícil es en verdad una solución satisfactoria: el autor de la Historia General de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, dotado en toda su vida de una actividad tan impresionable como prodigiosa, acostumbró, no obstante, á ensanchar diariamente los límites de sus producciones históricas, constando por sus personales declaraciones que invirtió en esta de las Batallas y Quincuagenas largos años, sorprendiéndole muy avanzada vejez con las manos en la masa. El averiguado hecho de que, cuando él mismo puso en limpio las copias de los Diálogos, que tan desordenadamente se incluyeron en el códice de Salamanca, había ya sustituído al pensamiento de consagrar exclusivamente la Batalla tercera al clero español, el proyecto de ampliar la doble galería de la nobleza aragonesa y castellana, no parece consentir duda de que hubo de modificar efectivamente Gonzalo Fernández de Oviedo, en sus postreros días el plan de esta interesante obra. ¿Llegó por ventura á realizar esta su nueva idea, ó fué ella causa de que no pudiera desdichadamente dar cumplida cima al pensamiento tantas veces recordado por él mimo en los Diálogos existentes, y cuya unidad y conveniencia parecían realmente loables? [216] He aquí lo que no me es dado discernir con la seguridad apetecida para este linaje de investigaciones.

     Como quiera, y ya que no alcanzara en realidad el infatigable alcaide de Santo Domingo la suspirada dicha de ver terminada, tal como primero la concibe, la útil cuanto interesante obra de las Batallas y Quincuagenas, ya le moviese el mismo anhelo de acaudalarla á modificar su estructura, lo cual se refirió únicamente á la tercera Batalla, es lo cierto que las dos primeras, llevadas felizmente á cabo bajo el plan primitivo, se han salvado á dicha casi en su totalidad, con el rico tesoro de trescientos trece Diálogos, perfectamente definidos y ordenados, al cual tesoro pueden añadirse, como apéndice, no exiguo por cierto, los quince, asignados por el mismo Oviedo en el códice de Salamanca á la tercera Batalla (que podrían también figurar, según sus peculiares condiciones, en la primera ó la segunda), y los diez ya arriba mencionados, que contienen noticias biográficas de los más célebres prelados coetáneos del autor, dándonos no insignificante muestra del monumento histórico que intentó éste levantar al clero español en los doscientos Diálogos que debieron componer la última Batalla. En todo caso, la Real Academia de la Historia posee el total de trescientos treinta y ocho Diálogos de la tan celebrada, cual poco conocida obra de las Batallas y Quincuagenas, galería riquísima de hombres ilustres de los más gloriosos reinados de Aragón y Castilla, siendo ésta, en verdad, la primera compilación histórica que aspira á reflejar en múltiple panorama la grande unidad nacional representada por los Reyes Católicos.

     Obtenido tan satisfactorio resultado de las investigaciones practicadas en los veintidós años, ¿será posible dudar de que es ya dado á la Real Academia de la Historia el desempeñarse, con propia honra y no sin cierta gallardía, del compromiso contraído al acordar una investigación de éxito tan dudoso como inciertos eran sus fundamentos?... A la verdad, no ha sido este éxito tan cabal y absoluto como lo demandaban sin duda la integridad de la obra y el más perfecto interés histórico. Pero cualesquiera que sean las causas que alteraron ó impidieron dar cima al primer pensamiento de Fernández de Oviedo respecto del organismo y distribución de las Batallas y Quincuagenas, transmitiéndolas á [217] nuestros días de un modo incompleto, no se ocultará en modo alguno á la alta penetración de la Academia, que la parte felizmente conservada, sobre ser principal en el número de los Diálogos, lo es asímismo en el interés histórico, no sólo por su extraordinaria riqueza, sino también por la rareza de los hechos y de las noticias que la constituyen. A nadie será, en efecto, posible desconocer en el segundo concepto, que debiendo comprender la tercer Batalla, si llegó ésta en realidad á escribirse bajo el plan primeramente concebido por Oviedo, los estados del clero, habrían éstos de ofrecer necesariamente en nuestros días menos novedad y aliciente en la lectura que los estados militar y civil, por la simple consideración de que las vidas de los obispos y prelados de la Iglesia española, que florecieron en la edad á que las Batallas se refieren, han sido en general repetidamente escritas, ilustradas y aumentadas, mientras las noticias biográficas referentes á la mayor parte de los magnates, letrados y caballeros de Castilla y Aragón, prosiguen en la república de las letras casi del todo ignoradas ó son por extremo peregrinas. Yo abrigo, pues, el convencimiento, dadas estas circunstancias y consideraciones, cuyo peso sabrá quilatar dignamente la Real Academia, de que en vista de todo se servirá esta ilustre Corporación reconocer que ha llegado el momento en que, afirmándose en su acuerdo de la publicación de las Batallas y Quincuagenas de Gonzalo Fernández de Oviedo, se conceda á los trabajos de la misma nueva atención y asiduidad, entrando éstos en el segundo período, que realmente solicitan para llegar al ambicionado instante de ver la luz pública.

     Madrid 14 de Diciembre de 1871. -JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS. (26)

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Informes

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I. De la comisión de antigüedades

     La Comisión de Monumentos históricos y artísticos de la provincia de Valladolid expone la necesidad de obtener del Gobierno la conservación del que fué Monasterio de Nuestra Señora del Prado, extramuros de la ciudad, monumento anterior al siglo XV, ampliado y engrandecido por los reyes católicos, D. Fernando y doña Isabel, y acrecentado á fines del siglo XVI. Obra de arte excelente y digna de estudio, albergue del inmortal descubridor del Nuevo Mundo, y enterramiento de los infantes D. Fernando y D. Juan de Granada, hijos del último y desventurado rey moro, bien merece que este siglo, que con más presunción que verdad se llama ilustrado, perdone siquiera este resto de nuestras glorias históricas y artísticas, enlazado al hecho más grande que vieron las pasadas edades y esperan ver las venideras.

     Madrid 2 de Junio de 1877. -AURELIANO FZ.-GUERRA.

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     La Comisión de Monumentos de Oviedo desea que la Academia la ilustre diciéndole su opinión sobre cierta medalla encontrada en los muros de aquella ciudad, objeto conservado en aquel Museo arqueológico y de que remite ejemplar en yeso.

     La medalla es uno de tantos distintivos nobiliarios que ostentaban al pecho pendiente de un cordón los caballeros durante la [219] Edad Media. Hállanse frecuentemente, y ostentan á veces símbolos familiares ó de invención del mismo caballero, con motes en letras góticas y aun en caracteres árabes. Los he visto, sin ningún adorno y mostrando sólo una descripción arábiga; ostentaba otro el escudo de los Guzmanes con bravo león por soporte, y al pie un letrero en arábigo decía: Fidelidad, honra, provecho; en otros campeaba una m gótica ó monacal, ya rodeada por el epígrafe en Dios es el poder, ya inscrita dentro del sello de Salomón, ó sean los dos triángulos equiláteros enlazados; finalmente en cuál parecía un león coronado y la leyenda anfibológica AMO · AMAR, y en cuál la Fortuna apoyando su diestra sobre un timón, y sosteniendo pequeña rueda con la opuesta mano. En yacijas y en sepulturas dentro de las iglesias, vinieron á encontrarse las más de tales condecoraciones. Yo tengo medallas de esta clase, y alguna del siglo XV, donde aparece el ángel Gabriel y la salutación angélica. Por lo común, eran de cobre, y estaban doradas á fuego. Cada caballero discurría ó aceptaba una empresa militar ó amorosa, que grabada en la planchita oval de cobre, y pendiente de cordón ó de listón de seda al cuello, publicaba el móvil de la conducta y los pensamientos del militar ó del enamorado, que hacía de ella galana ostentación. Ludovico Domeniqui y Jovio, el obispo de Nócera nos ha conservado memoria de muchas de las empresas adoptadas por emperadores, reyes, príncipes, magnates y esforzados caballeros de fines del siglo XV y principios del XVI. Paulo Jovio fué el gran proveedor de empresas para los personajes afamados y poderosos de su tiempo.

     ¿Qué hidalgo, caballero ó prócer español, llevó por empresa una planta humilde coronada con diadema de marqués, pues eso representa el vaciado remitido á la Academia? La contestación es de todo punto imposible, mientras no dé la casualidad de haberse grabado esta empresa en algún libro ó estatua, y de que algún ovetense dedicado á los estudios heráldicos acierte á fijar en ella los ojos.

     La medalla, en fin, ni se remonta más allá del siglo XIV, ni se acerca á los días del Renacimiento.

     Madrid 2 de Junio de 1877. -AURELIANO FZ.-GUERRA.

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     D. José María de la Puerta ha preguntado desde Córdoba el valor que tenía el real de agua usado en dicha ciudad en 1572; y como á pesar del tiempo transcurrido desde que se pidió el informe, no he podido averiguar cosa que pueda servir para satisfacer la pregunta de dicho señor, antes bien dudo que tal género de medida se haya usado en Andalucía, tengo que declarar que mi parte nada sé del asunto, y que quizá sea otro más feliz.

     Madrid 15 de Junio de 1877. -EDUARDO SAAVEDRA.

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     La Dirección general de Instrucción pública ha pedido informe á la Academia acerca del nuevo método de clasificación de las medallas autónomas de España, cuyos editores solicitan protección del Gobierno de S.M. Consta la obra de dos gruesos tomos con ochenta y nueve láminas excelentes. Pocas satisfacciones pueden igualarse á la que experimenta la Academia al dar público testimonio de la estimación grande que le merece uno de sus más beneméritos individuos de número, y una de las verdaderas glorias de la numismática española. Fruto de medio siglo de bien encaminado estudio y tino prodigioso, esta obra del Sr. D. Antonio Delgado, que con tanta ansiedad se esperaba, es de aquellas que una nación digna debe proteger eficacísimamente. Con obras y no con palabras se han de contestar las diatribas de propios y extraños que se deleitan en rebajar el buen nombre español. Temerarias é injustas por demás han sido las que no hace mucho se nos dirigían por lo que toca á nuestra numismática ibérica, tratándose de una nación generosa que presenta nombres de escritores tan insignes como Antonio Agustín, Lastanosa, Velázquez, el clarísimo Flórez, el gran Pérez Bayer, Erro y D. Antonio Delgado, en cuyas obras se formaron los Eckhel, Sestini, Lindberg, Saulcy, Boudart y Heiss. Vengan enhorabuena los extranjeros á compartir con nosotros el afán y el ahínco de la observación y del estudio, y también el honroso laurel del triunfo; pero no se nos arrebate lo que es nuestro, ni se nos ultraje y calumnie. Nadie puede negar al Sr. Delgado la gloria envidiable de haber resuelto el problema y desatado el arcano del alfabeto celtibérico, vulgarizando [221] de obra y de palabra su venturoso hallazgo sin reserva ni cautela mezquinas. Nuestro digno compañero se ha de contar siempre entre aquellos que aman la ciencia por la ciencia misma, y no por ruin medro é interesable y ridícula vanidad.

     Su libro tan deseado tiene la mayor importancia para las bibliotecas populares, contribuyendo á extender el conocimiento de la numismática, hacer fecunda y provechosa esta afición, y evitar que se pierdan, y procurar que se conserven los monumentos en que con mayor autoridad se afianza nuestra geografía y nuestra historia.

     La Academia, pues, debe informar á la Dirección de Instrucción pública en el sentido más favorable para que el Gobierno dispense á esta obra su más eficaz y debida protección.

     Madrid 15 de Junio de 1877. -AURELIANO FZ.-GUERRA.

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     El Sr. D. Javier de Fuentes y Ponte, nuestro muy celoso correspondiente, nos remite el calco de una inscripción sepulcral descubierta como á medio kilómetro de Cartagena, sitio del Almajar, cerca de la estación del ferrocarril. Aparece puesta á una joven de la familia Antonia, que murió de quince años y llevó por sobrenombre el de Sambarula, desconocido hasta ahora. La lápida es circular, mide 27 centímetros de diámetro, debió hallarse incrustada en la mole de un gran monumento, del cual pudieran ser reliquias la Torre-Ciega, que no está muy lejos del lugar en que ha parecido la piedra; y dice así:

           D · M           
ANTONIA
SAMBARVL
LA · ANN · XV
HIC·SITA·EST
S,T,T,L·

     El Sr. Fuentes puntualiza en su comunicación todos los pormenores apetecibles para que se comprenda con exactitud el punto del hallazgo. Da demasiada importancia á la forma circular de la [222] piedra; cuyo epígrafe, por el carácter de la letra, pertenece al primer cuarto del siglo anterior á la Era cristiana. Esto último convendría que se advirtiera á nuestro Correspondiente, pues atribuyendo el epígrafe á la época consular, deja para la conjetura demasiado espacio que recorrer, lo cual equivale á no fijar época ninguna. La Academia debe dar muy expresivas gracias á quien cumple tan dignamente el encargo que tomó sobre sí.

     Madrid 20 de Junio de 1877. -AURELIANO FZ.-GUERRA.

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II. Las siete centurias de la ciudad de Plasencia

     Honrado por esta ilustre Academia para emitir el informe que nos pide el señor Ministro de Fomento respecto á la obra Las siete centurias de la ciudad de Alfonso VIII, que publica en Plasencia el Sr. D. Alejandro Matías Gil, he examinado las entregas que han visto ya la luz pública y que bastan indudablemente para dar idea del plan del autor y de su mérito literario. Dedúcese además el primero y con harta claridad de su propio título, pues agrupados por centurias los sucesos de que ha sido teatro aquella ciudad extremeña, claro es que el libro ha de revestir la forma de crónica, y aun de afectar la sencillez de los de este linaje. Así, con efecto, se lo propone el Sr. Matías Gil, y más de una vez sus páginas revelan el candor, la verdad y la sencillez, de los antiguos padres de nuestra historia nacional. En la agrupación de los sucesos, en su encadenamiento lógico y en la trabazón y contextura de las narraciones, no es tan hábil ciertamente, pues no forma capítulos, ni libros, ni divide las centurias en décadas, ni adopta, en fin, forma literaria constante, sino que encabezando á veces los párrafos con el año á que pertenecen ó con el suceso culminante que describe, antes da el carácter de apuntes que de libro formal á su obra. Verdad es que la escasez de noticias y la falta de sucesos dignos de la historia en algunas [223] centurias, habrán sido parte en que el autor vacile mucho respecto á la forma literaria que había de adoptar, pues no ha de olvidarse que se trata de una ciudad obscura, excéntrica, y que sólo en ocasiones muy contadas, y casi siempre en relación con nuestras guerras civiles, ó con las de Portugal ha podido tener grande importancia. Sus linajes mismos, con ser de los primeros de España, y haber podido fácilmente elevarla á la altura que los Mendozas, por ejemplo, elevaron á Guadalajara, tuvieron que abandonar la ciudad por su posición excéntrica en el siglo XVI, cuando terminadas las luchas feudales buscaron los nobles en la administración y en la política campo á sus medros, empleo á su actividad. Así las centurias más interesantes de esta obra, más llenas de sucesos, más enlazadas con la historia general de nuestro país, son las cuatro primeras, en que se ve circular ardiente por aquel cuerpo municipal, hoy exánime, la noble sangre de los Monroyes, de los Almaraces, de los Carvajales, de los Villalvas, de los Vargas y de tantos próceres como hasta el reinado de los Reyes Católicos consumieron su esfuerzo dentro de los muros de Plasencia ó en empresas en que era su ciudad la mayor parte.

     Con esto ya se ha dicho que la obra empieza en el siglo XII, prescindiendo de todas las fábulas con que los escritores corruptos del siglo XVII engalanaron los orígenes de la ciudad. Unicamente discute el autor á manera de prólogo su antigüedad romana, y no por sí propio, sino insertando á la letra una erudita disertación, que ya nos era conocida, en que D. Celso Monje, médico distinguido de Plasencia, pretende probar que andan errados los que la apellidan Ambracia, y Amba y Deóbriga, pues del mismo fuero de D. Alfonso y de otros datos históricos y geográficos, deduce que lo que allí había al fundarse la población cristiana, era un viso ó fortaleza, cuyo nombre de Ambroz perseveró en una torre de la nuevamente construída, y en otros sitios cercanos.

     Aquel fuero de población juntamente con el municipal, ocupan las primeras páginas de la obra del Sr. Gil, aunque no con tanto detenimiento como el último en particular merece, juzgando por las escasas muestras que el mismo autor nos facilita, no mayores que las que dió Fr. Alonso Fernández en sus Anales de Plasencia, [224] siendo así que el historiador moderno posee copia completa de él, é inserta el índice de sus materias más adelante al hablar de la confirmación que le otorgó D. Fernando el Emplazado. Reconoce, sin embargo, el Sr. Gil su importancia, encareciéndonos el espíritu democrático que presidió á la fundación y las novedades que introducía en el derecho de Castilla, al dar á las madres la patria potestad, ni más ni menos que hoy, al cabo de siete siglos, una legislación novísima lo establece, y nivelando á las clases sociales en tal manera, que los condes é infanzones que se avecindaran en la ciudad, habían de tener tales fueros y penas como los demás vecinos. También limitaba á dos solamente el número de los palacios que podían edificarse, uno para el Rey y otro para el Obispo, singularidad por cierto muy digna de reparo.

     En cambio inserta íntegros el Sr. Gil documentos harto conocidos, como el de la fundación de la Diócesis. Verdad que de estas omisiones, ó por ligereza, ó por deseo de abreviar, se advierten algunas en su libro, que causan sentimiento, porque indudablemente está escrito con grande amor á la verdad y á la patria, y es resultado de prolijas y concienzudas investigaciones. A la página 47, por ejemplo, apunta la especie de que á los nobles placentinos y al Consejo de la ciudad, cuando asistieron á la conquista de la ciudad de Sevilla, les hizo en ella repartimientos don Fernando el Santo, y habiendo examinado este documento en el archivo de una casa ilustre, según dice, sólo breves renglones consagra á una noticia cuya importancia exigía mayor detención y detalle. No tardará en comprender el Sr. Gil, si continúa como debe y le aconsejamos, dedicando su talento á la historia de su provincia, de que es este libro tan plausible ensayo, no tardará en conocer que se halla casi entera esa historia en la genealogía y en la vida de los hombres célebres, por haber sido la raza extremeña eminentemente individualista, y por otras razones que holgarían en este lugar. Análogo sentimiento produce la ligereza de otras indicaciones que quizás pueden encerrar tesoros desconocidos de noticias literarias, como las de las cortes de amor en el siglo XV, y la del Fulano de Almaraz, abuelo de la famosa heroína de Salamanca Doña María la Brava, que llamaron en [225] Plasencia por el mismo siglo El Convidado de Piedra. Desde que D. Manuel Cañete publicó su notable estudio sobre la tragedia Josefina de Micael de Carvajal, es notorio que Plasencia fué centro de un gran movimiento literario al salir de la Edad Media; pero todavía las indicaciones que el Sr. Gil hace en esta obra nos inspiran el deseo de más profunda investigación que las que han facilitado al Sr. Cañete los manuscritos de Gil González Dávila en esta Academia conservados. Un Convidado de Piedra en el siglo XV y tan cerca de Trujillo, donde se cree que pasó su juventud el maestro Tirso de Molina, quizás es fuente de peregrinos descubrimientos para los historiadores de nuestro teatro nacional.

     Echase de ver por estas breves indicaciones que las Siete centurias de la historia de Plasencia que publica en aquella ciudad de Extremadura D. Alejandro Matías Gil, ofrecen verdadero interés histórico y literario, á pesar de algunos lunares de estilo y de plan, hijos probablemente de la inexperiencia del autor que parece nuevo en estos altos estudios.

     Madrid 14 de Diciembre de 1877. -V. BARRANTES.

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III Trajes y armas de los españoles desde los tiempos prehistóricos hasta los primeros años del siglo XIX

     Sabido es que la historia de un país no se reduce sólo á su parte política, y que á más del encadenamiento de hechos que preceden y acompañan á su organización civil, existe el trabajo lento y continuado de la idea progresiva, que denuncia la incesante mejora de las artes. La crónica de ese trabajo encierra la historia intelectual de un pueblo, y sin ella, es imposible determinar sus condiciones morales y medir su aptitud creadora y su genio artístico. [226]

     La discreta protección del Gobierno y de las Corporaciones científicas, y la creciente afición á los estudios especulativos favorecen hoy en España la publicación de obras especiales, que atesoran preciosos elementos para formar aquellos anales de la inteligencia. Existe también en nuestra patria un riquísimo arsenal de noticias y monumentos esparcidos en archivos, museos, templos, y en poder de particulares, que reunidos y ordenados, podrían en las dichas publicaciones formar la base de tan patriótica empresa. Sin embargo, el propósito sería casi irrealizable por el momento, si se tratara de historiar el desarrollo y marcha entre nosotros de todas las artes; y no desconociendo lo arduo del empeño, parece más factible circunscribirlo á las artes que pudiéramos llamar domésticas, y aun de éstas, á los extremos menos tratados y cuyo conocimiento es más perentorio.

     Logra entre ellas merecida consideración la indumentaria. Conocer el trabajo de las generaciones que nos han precedido, no sólo es indispensable para el escritor y el artista, sino también para el hombre de imaginación que apetece formar completa idea de las escenas históricas, y para el pensador que busca en el enlace y armonía de los detalles la razón de los acontecimientos. Y esto sin olvidar que el arte necesita conocer sus orígenes, y refrescar de nuevo en la fuente de sus gloriosas tradiciones, la novedad casi agotada por la fiebre del capricho moderno.

     Utilísima sería, pues, la publicación de un tratado de indumentaria española, tal cual lo poseen otras naciones más amantes que la nuestra de sus verdaderas glorias, si esta aspiración pudiera realizarse. Materiales y no escasos existen para ello; más por desgracia, semejante empresa ni puede ser obra de una sola inteligencia ni de reducido espacio de tiempo, y es fuerza contentarnos con agradecer los desvelos de los estudiosos consagrados á producir trabajos que preparan el camino y son como los precursores de otros más acabados y perfectos.

     Es, á no dudar, uno de ellos la obra titulada: Trajes y armas de los españoles desde los tiempos prehistóricos hasta los primeros años del siglo XIX, escrita por D. Francisco Danvila y Collado, cuyo primer cuaderno, ó medio tomo, se ha dado ya á la estampa.

     El Ministro de Fomento, deseando saber hasta qué punto merece [227] la protección oficial, remite dicho cuaderno á informe de esta Academia de la Historia, que ha sometido su examen á la Comisión que suscribe y que pasa á cumplir tal encargo con el celo que merecen la bondad del pensamiento y la confianza en ella depositada.

     Ante todo fuerza será notar, que la publicación del Sr. Danvila es la primera y única que de esta índole se conoce en España. Existen estudios parciales que ha dado á conocer la prensa periódica ó literaria, y algunos grabados de fines del último siglo y principios del actual, pero no ha llegado hasta nosotros trabajo alguno de este género, que tomando su punto de partida en los tiempos anteriores á la llegada de los fenicios, venga sin interrupción describiendo el traje de los españoles hasta la célebre invasión de la Península por los ejércitos franceses en 1808.

     Esta circunstancia debe haber ocasionado al autor de la obra que nos ocupa no escasas dificultades, para reunir los datos bibliográficos y artísticos que se hallan en sus páginas. Por su lectura se conocen las fuentes á donde ha acudido en su busca, y aunque algunas no son desconocidas para los eruditos, sorprende la minuciosa constancia con que se han registrado. Verdaderamente, á no acaecer nuevos descubrimientos, poco ha de poder añadir el estudio al trabajo de erudición realizado por el Sr. Danvila.

     Con efecto, apoyándose en ella, describe hasta en sus menores detalles el traje y armas de los españoles durante la Edad Antigua y los primeros tiempos de la Edad Media. Trata en los tres capítulos de la primera, de los aborígenes españoles primitivos, y de los fenicios, cartagineses, griegos, romanos y visigodos; y en los dos de la segunda, de los árabes del Califato cordobés, mozárabes y cristianos del comienzo de la Reconquista.

     Algunas de estas descripciones eran ya en parte conocidas, pero aquí se hallan completadas con nuevas noticias. Otras son enteramente nuevas. En este caso se hallan las referentes á la indumentaria fenicia y á la hispano-árabe, que el Sr. Danvila trata con la amplitud y certeza que le prestan los recientes descubrimientos realizados en arqueología oriental, y la traducción de preciosos manuscritos árabes. Sobre todo en el notable capítulo, consagrado al brillante período del Califato cordobés, las citas se [228] enlazan con tan ingeniosa lógica, que el ánimo queda convencido y la imaginación concibe sin esfuerzo la estructura de la indumentaria muslímica, á pesar de la falta de representaciones plásticas de la figura humana. Así acontece también en el estudio de la época visigoda ó Isidoriana, en la cual, y con ayuda de los monumentos bizantinos, franco-germanos y godos últimamente descubiertos, se desentraña el verdadero sentido de las Etimologías del obispo de Sevilla, y se reconstruye la indumentaria de una raza cuya civilización no ha sido aún bastante comprendida.

     Estos lisonjeros resultados sólo se alcanzan con el absoluto dominio de la materia que se trata, y el análisis de la obra patentiza que lejos de ser producto de una superficial erudición, es el sazonado fruto de laboriosos estudios. Por esta razón el autor, dueño por completo del asunto, no teme aventurarse en la discusión de controvertidas opiniones, seguro de poseer la clave para llegar al esclarecimiento de la verdad. Por el contrario, cuando un punto no ofrece resquicio alguno para la investigación, renuncia á tratarlo, prefiriendo el silencio al deplorable empleo de la fantasía en tales materias.

     No por esto se halla en el discurso del trabajo solución alguna de continuidad. El enlace es cabal, y para no quebrantarlo, el capítulo II, ocupándose con meditada brevedad de la indumentaria romana, naturalizada en España durante los primeros siglos de nuestra Era, prepara admirablemente para el conocimiento de la visigoda, que bien pudiéramos llamar bizantina. Por semejante consideración se apuntan algunas nociones del traje griego que imitaron los romanos y se generalizó entre los habitantes de la España antigua, gracias á su contacto con las colonias helénicas, y se describe el fenicio, que debió extenderse por toda la Bética y aun llegar á otras regiones, como lo prueban recientes descubrimientos arqueológicos.

     El método de esta obra es analizar en cada capítulo los hechos históricos que modificaron las artes suntuarias en nuestro país, y establecido así el fondo de los cuadros, describir con delicado esmero y pieza por pieza el traje y armas de cada gente. A esta descripción acompaña casi siempre la cita de las fuentes donde se han recogido las noticias y no se aventura especie sin su [229] inmediato comprobante. La forma es por su índole ocasionada á la repetición y la monotonía, y para evitarla, sin duda, el señor Danvila esmalta su trabajo con citas y recuerdos siempre pertinentes y curiosos. Lástima que el carácter y brevedad del trabajo no permita mayor empleo de tan agradables digresiones.

     Gracias á ellas desaparece la aridez del asunto, y el libro debe leerse con gusto por los aficionados y con provecho por los artistas. Verdad es que la propiedad del lenguaje y el vigor del estilo prestan nuevos atractivos á su lectura.

     Natural es que en ésta, como en todas las obras humanas, se noten algunos lunares, pero ni son de tal magnitud que obscurezcan su mérito, ni debemos ser muy solícitos en buscarlos, atendiendo á la benevolencia que merece quien como el autor, sacrifica su tiempo é intereses en aras del progreso artístico y de la instrucción de la juventud. La Comisión entiende que no tratándose de un certamen científico en donde fuera necesario aquilatar el mérito absoluto de las obras, tampoco es su misión rebuscar algún defecto entre tantos merecimientos, y cree que cuando tan escasa es la recompensa, no está de más el estímulo.

     Por otra parte, y en distinto orden de ideas, la forma material de la publicación demuestra que el Sr. Danvila, no satisfecho con haber consagrado su inteligencia y su tiempo al servicio de la ilustración patria, ha querido facilitar la difusión de ciertos conocimientos entre todas las clases del mundo artístico. Este desprendimiento nada aumenta, es verdad, el mérito de la obra, pero es una nueva razón que justifica el parecer de los informantes.

     En resumen, la obra que nos ocupa, sin ser una historia completa de la indumentaria española, es mucho más que un ensayo, como con excesiva modestia la titula su autor; se ha redactado con verdadero conocimiento del asunto; promete ser de inmensa utilidad para escritores y artistas, á quienes ha de evitar fatigas y difíciles investigaciones; y escrita en correcto estilo es la primera obra que inicia á la juventud en el estudio de las artes llamadas domésticas; estudio, que es en gran parte el de la vida íntima de los pueblos.

     Así lo cree esta Comisión, y en su consecuencia no duda proponer [230] á la Academia que al manifestar al Excmo. Sr. Ministro de Fomento el favorable concepto que ha formado de la obra Trajes y armas de los españoles, le exponga la conveniencia de proteger su publicación.

     Madrid, 12 de Abril de 1878. -AURELIANO F. GUERRA. -JAVIER DE SALAS. -JUAN F. RIAÑO. -J. DE DIOS DE LA RADA Y DELGADO.

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IV. La ciudad de Compiègne en tiempo de la batalla de San Quintín

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     Aun cuando algo tarde por mis varias é ineludibles ocupaciones, y la escasa importancia del asunto, objeto del presente informe, el que suscribe, honrado con la confianza de nuestro Director accidental, viene á cumplir con el mandato que de él recibiera en Mayo del año último, dando su parecer acerca de la Memoria que, con el título de La ville de Compiègne à l'époque de la bataille de Saint Quentin, ha sido remitida á esta Real Academia por su autor, el Sr. Conde de Marsy.

     Cuanto se refiera á aquella acción militar, cuyo resultado culminante es el tratado de Cateau Cambresis, que es como el hito más elevado de nuestras glorias y de nuestra grandeza política en la historia nacional, tiene por fuerza que ser visto y estudiado en esta Corporación con la mayor simpatía y con la atención más escrupulosa. Y aunque sea difícil hallar novedad en asunto que, por lo sobresaliente, ha sido, aunque bajo distintos puntos de vista, amplia y detalladamente examinado, es imposible también que en España como en Francia, no atraiga á sí la mayor suma de interés histórico, y, por consiguiente, de observación y de estudio [231] y ni otras vicisitudes como las muchas é importantes por que ha pasado la patria, ni el espacio, harto largo, de tres siglos transcurridos desde la época de aquel suceso, han logrado enfriar el entusiasmo que produjo, pues en los últimos tiempos, hasta en el año próximo pasado de 1877, han salido á luz producciones sumamente apreciables, fruto de la aplicación y del talento de oficiales distinguidísimos de nuestro ejército.

     No habrá, pues, dejado quien emite este informe de ver con vivo interés y hasta con amor el folleto de nuestro Correspondiente, y lo ha examinado ávido de hallar en él datos que esclarecieran aún más un hecho de armas cuyo nombre está constantemente en la memoria y en los labios del pueblo español con mayor jactancia, quizás, de la que nos conviene y de la que se acuerda con nuestro carácter antes tan severo y modesto. Pero si así como encuentra que serán de la mayor importancia los datos que el señor Conde de Marsy promete publicar, sacados de las correspondencias de los embajadores venecianos, referentes á aquella memorable lucha, cree que la ofrecen muy escasa los aducidos en el folleto objeto de este examen. Todos ellos se refieren á pagos hechos por el municipio de Compiègne á vecinos de la localidad, en remuneración de suministros de víveres y de armas ó municiones, de todas clases, en fin, de servicios prestados por ellos en aquella guerra tan infausta para su nación. Esos servicios, sin embargo, son, en general, posteriores á la batalla reñida, según todos los señores Académicos saben, el 10 de Agosto de 1557 y á la inmediata conquista de San Quintín, y representan, por lo tanto, los esfuerzos que la Francia hizo para impedir los resultados que eran de temer de acción tan aterradora como ejecutiva.

     Porque suponiéndose, y con razón, que uno de esos resultados, el inmediato también, sería la marcha de los españoles sobre París antes de que pudiera llegar á Francia el duque de Guisa, tan hábilmente entretenido en Italia por el de Alba, la nación entera, pero sobre todo los pueblos del tránsito, se apresuraron á apercibirse para resistirlos. Compiègne era la primera de las poblaciones de alguna importancia que los invasores habían de encontrar en su camino á la capital, y sería, por lo mismo, de las primeras también en prepararse á la defensa; mejor aún en este [232] caso, en procurar recursos á las tropas que muy pronto llegaron para oponerse á la irrupción presumible de los españoles.

     No la acometieron éstos en la dirección aconsejada por el arte militar y por lo decisivo de la jornada del 10 de Agosto; y la Francia respiró, pudiendo desechar en gran parte los temores que la asaltarían al ver enemigos tan formidables en el corazón de la monarquía. Y aun cuando los españoles prosiguieron sus triunfos hasta acabarlos gloriosamente en Gravelines, ya no era París la amenazada, y Guisa, con sus diversiones por Luxemburgo, había conseguido apartarlos del que debió ser objetivo único de su empresa, como lo esperaba el egregio Emperador al tener conocimiento de ella en su retiro de Puste.

     Pues bien, á esa época de zozobra en Francia corresponden los servicios de la ciudad de Compiègne enumerados en el folleto del Conde de Marsy, exceptuando el pago de algunas sumas verdaderamente insignificantes por el oficio de vigías ó el apresto de pequeñas cantidades de vino facilitado al condestable Montmorency meses antes de la batalla. Hay entre los sumandos que componen la cuenta general á que el folleto se reduce, escueta, sin preámbulos ni observaciones, de los que señalan pagos al relojero del municipio, á los porteros de las entradas de la ciudad, á cuantos industriales pudieron tomar parte en los servicios, así civiles como militares, en los años de 1557, 1558 y hasta de 1559; y con decir que el total de esa cuenta asciende á poco más de 446 libras de París (535 francos), dicho se está á cuán poco montaron los sacrificios de Compiègne en época tan calamitosa para Francia.

     Ni era fácil que fuesen anteriores al 10 de Agosto del primero de los años citados servicios militares importantes en aquella localidad, porque precisamente en lo imprevisto, reservado y rápido de sus operaciones está el mérito principal del duque Manuel Filiberto en aquella campaña, pues fué á caer sobre San Quintín cuando menos lo esperaban su escasa guarnición y el famoso almirante Coligni, encargado de la defensa de aquella frontera.

     El folleto, con todo eso, es curioso, y su autor merece una muestra de gratitud por parte de la Academia, aun cuando no fuera más que por haber tenido la galantería de dirigirla un estudio que pudiera mortificar el amor propio de su autor y el de [233] sus compañeros. Podría, pues, dársele las gracias, suplicándole, al mismo tiempo, no olvidara el remitirnos las noticias que en su opúsculo anuncia, contenidas en las correspondencias de los embajadores venecianos y que se refieran á aquella ocasión memorable.

     La Academia, sin embargo, resolverá lo que crea conveniente, que, de seguro, será lo mejor.

JOSÉ GÓMEZ DE ARTECHE.

     Madrid, 4 de Octubre de 1878.

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V. Crónicas de Pavía

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     Pocos días hace que el que suscribe hubo de informar acerca de un folleto que recuerda los servicios prestados por la ciudad francesa de Compiègne en la época de la batalla de San Quintín. Hoy le toca presentar dictamen, no ya sobre un opúsculo, sino sobre un libro de 261 páginas en 4.º, que, además de la descripción de uno como arrabal de Pavía, encierra dos interesantes crónicas que se refieren á la historia de aquella ciudad insigne, teatro, desde los tiempos más remotos, de sucesos importantísimos, decisivamente influyentes en la suerte de Italia y aun en la de Europa á veces.

     ¡Pavía y San Quintín! He aquí dos nombres que con cien otros, que es inútil pronunciar en esta docta Asamblea, traen á la memoria [234] todo un siglo de gloria para las armas españolas. Son dos nombres que forzosamente han de producir en oídos españoles un sonido grato, y mucho más ahora que procede de labios extranjeros; y es fortuna para el que emite este informe el hacerse eco suyo, el repetirlos donde, sin menoscabo del sentimiento patrio, imperan sobre todo la fría razón y el amor á la verdad.

     El libro se titula Il comune dei Corpi Santi di Pavia e Ca' de' Tedioli, y es su autor el doctor Carlo Dell'Acqua, bibliotecario de la Universidad de Pavía, socio correspondiente de la Diputación de historia patria de Turín y de la Academia físico-médico-estadística de Milán.

     Después de disculparse por traer á la memoria lugar tan pequeño de la vasta y pintoresca llanura de Lombardía, rebatiendo la idea de que, por pertenecer á lo que allí se llama Paese della bassa, lo sea de la melancolía y de la niebla, como alguno pudiera creerlo, describe minuciosamente su situación respecto á la ciudad del Tesino, su topografía y producciones agrícolas, su población, industria y comercio, los monumentos, en fin, que la adornan, iglesias, monasterios, casas de campo y granjas, cuanto hace rica, amena y agradable una comarca, siquier sea diminuta, y esté destinada á servir de ornato y de solaz á una gran población que la eclipsa con su numeroso vecindario, sus magnificencias y su historia.

     «Se trata, dice el autor, de dar á conocer un rico territorio situado en una hermosa y amena parte del agro de Pavía, notable por su deslumbrador tapiz de verdura y de flores; un territorio en que se alzan casas y casas de campo esparcidas por todos lados sobre risueñas colinas y se extienden vallecillos bañados por el agua de la Vernavola, que serpentea por ellos con graciosos giros, por las del Naviglio, el Navigliacio y otros pequeños canales, que se esparcen por todas partes con ventaja inmensa para la agricultura. Los propietarios aprovechan el relieve natural del terreno para la formación de elegantes jardines; y donde faltaba el beneficio de la naturaleza, lo ha suplido admirablemente la mano del hombre; de manera que no hay punto que no cuente más ó menos con alguna belleza que le sea peculiar.»

     Por esto, y la descripción detallada que después se detiene el [235] autor en hacer de aquella localidad por hábil y bella que sea, como lo es indudablemente bajo el punto de vista literario, y aun por interesante que se haga para los naturales del país, deben importar muy poco en el objeto de este estudio ó informe desde que el tiempo, los trabajos agrícolas y el capricho de los terratenientes han introducido, como no podía menos, en los accidentes topográficos de los alrededores de Pavía tales variaciones, que apenas consentirán un examen útil de los asedios que ha sufrido aquella ciudad, todos interesantísimos y casi todos gloriosos para sus moradores. Exceptuando, pues, alguna localidad citada en las crónicas que contiene el libro del Sr. Dell'Acqua y en otras, así españolas como francesas, de las muchas que en los archivos ó en manos de los particulares existen sobre aquellos sucesos, no se encontrarán ya muchos accidentes en aquel terreno cuya inspección sirva á explicar satisfactoriamente las distintas peripecias de los dos sitios de 1525 y 1655, tan gloriosos para los españoles como para los ciudadanos de una fortaleza que, al decir de un elegante escritor militar, atrae por su situación los huracanes de la guerra.

     La Academia no extrañará, por tanto, que después de hacer notar el que suscribe la belleza de las descripciones que constituyen la parte más esencial del libro, como que ocupan en él 144 páginas, y la verosímil exactitud de los dibujos que las acompañan, hábilmente grabados, pase al examen de las dos crónicas que son las que, para nosotros, le dan su verdadera importancia.

     La primera, publicada ya hacia 1857 en la Raccolta di Cronisti e docamenti storici lombardi inedita, de Müller, colección, al decir del Doctor Dell'Acqua, de muy pocos poseída, pertenece á Martino Verri, uno de los defensores de Pavía en el sitio de 1524 á 1525.

     En tal concepto, más que las operaciones anteriores y los trances de la batalla del día venturoso de San Matías, trata el cronista de recordar los trabajos ejecutados y las fatigas sufridas por sus conciudadanos en los varios meses que duró el asedio. Y, por cierto, que no lo culparíamos por los elogios, no poco exagerados, que les prodiga, si con esas alabanzas no mezclara, ya que no censuras, frases algo depresivas para la fama de aquel varón heroico, [236] el Sr. D. Antonio Leiva, de alma impenetrable á impresión alguna de desaliento ni tibieza en el cumplimiento de la honrosa misión que allí se le confiara.

     Por ejemplo; al describir el entusiasmo de los habitantes de Pavía cuando supieron la aproximación de los franceses, dice el autor: «Entonces todos los ciudadanos aptos y de armas llevar se presentaron con el Sr. Juan Mateo de Beccaria, su capitán, al Sr. D. Antonio de Leiva diciéndole que no abrigara duda alguna ni perdiese ánimo, porque ellos no faltarían con todas sus fuerzas á servirle, estando dispuestos hasta á morir, si era necesario, á su lado», palabras con que cobró muchos alientos (prese grande conforto) el Sr. D. Antonio.

     Sin meternos á recordar el carácter, sobradamente conocido, de Leiva, vamos, sin embargo, á reproducir la pintura que de él ha hecho un ilustre individuo de esta Academia, á cuyos escritos ha de darse, estoy bien seguro, la autoridad de que carece el que hoy se la presenta. «Prudente, dice el Conde de Clonard, reservado, infatigable, creía, como Metelo, que el secreto era el mejor resorte para la realización de los designios difíciles; dotado de un genio vasto y profundo, descubría recursos en el fondo de las situaciones más desesperadas; asistido de un carácter estoico, permanecía igualmente impasible en medio de los horrores del combate, de las sediciones de sus tropas y de los sufrimientos producidos por la miseria. =Era uno de esos hombres extraordinarios que juzgan que nada resiste al doble esfuerzo del ingenio y de la perseverancia humana, y como todos los seres superiores, tenía el privilegio de transmitir el ardor de su alma y la firmeza de sus convicciones á los que dependían de él inmediatamente.»

     ¿Necesitaría el Sr. D. Antonio, que es como se le llamaba en el ejército, se le comunicase el valor de otros en ocasión tan solemne, y cuando, elegido para ella, se encontraba á la cabeza de una guarnición que debía ser suficiente, si ha de creerse á esa misma crónica que ahora se examina y que la eleva hasta 4.000 alemanes y varios caballos y hombres de armas? Otros la hacen subir aún á más, y de ellos son, Guicciardini, que dice era de 5.000 alemanes con muchos hombres de armas castellanos, y [237] Sandoval, que la calcula en 5.000 alemanes, 1.000 españoles y 200 hombres de armas. Pero precisamente en el manejo de los mercenarios y en la conducta con su coronel, por traidor ó flojo, misteriosamente muerto en las estancias del inflexible vascongado, está la demostración de que éste no era hombre á quien las circunstancias más difíciles hiciesen desistir de sus propósitos leales, ni de sus procederes siempre y hasta la violencia enérgicos. Llamábanle los tudescos el Bueno en el sentido de su valor, y le temían los que con el enemigo militaban, á punto que decía el abad de Nájera en sus cartas al Emperador, que, en la jornada final del sitio, apenas oyeron los alemanes y suizos de Francisco I que eran acometidos en su retaguardia por el Gut, se entregaron á la fuga más vergonzosa.

     Lo que hay es que Leiva, conociendo la adhesión de los de Pavía, «la ciudad, según Sandoval, que con más fidelidad y muestras de amor siguió la parte de Carlos V entre todos los lugares de Lombardía,» la aprovechó hábilmente repartiendo entre los moradores á los alemanes, tan difíciles de mantener, convirtiendo en moneda la plata que pudo haber á las manos, y utilizándolos para los servicios propios de su condición y aptitud. Claro es que esa adhesión y el valor, en aquella ocasión antiguo, de los papienses, contribuyeron á que el sitio se prolongase nada menos que cuatro meses, el tiempo que Pescara necesitó para reorganizar el ejército y reforzarlo con los auxiliares que Borbón llevó de Alemania; nuestra lealtad no puede negarlo ni la gratitud española olvidarlo. Pero de eso á suponer, como lo hace Verri, que la actitud de los habitantes de Pavía fué la que dió valor y devolvió la confianza á Leiva, hay una distancia que no puede salvar sin protesta el amor propio de los españoles, tan acostumbrado á la memoria de defensas más difíciles y aún más trabajosas y cruentas que la de Pavía.

     Lo que allí brilló sobre todo fué la habilidad; esa no podía achacarse más que á Leiva, y la relación misma que vamos examinando la revela á cada hecho de los que conmemora. El ataque del puente del Tesino acometido por los franceses el 7 de Noviembre de 1524, tan ejecutivamente rechazado; la rotura de aquel mismo puente y las obras de fortificación ejecutadas en los fosos [238] por si el enemigo lograba retirar las aguas del río que los inundaba; las salidas de los días 22 de Diciembre y 17 de Febrero siguiente, en que tan rudamente fueron escarmentados los grisones y los italianos de la banda negra á las órdenes del célebre Juan de Médicis, que fué allí gravemente herido; la quema de San Lanfranco, convento y posición de tanto nombre en estas crónicas; el rompimiento del muro para la ocasión de la batalla, y, más que todo, la disciplina que impuso y la sagacidad que desplegó con las tropas de la guarnición y el vecindario de la ciudad, colocan, en efecto, á D. Antonio Leiva en primera línea entre los defensores de plazas que recuerda la historia. La crónica objeto de este informe trata de anublar algunas de estas circunstancias, para que así resplandezca más la conducta de los compatriotas del autor, tarea no fácil, sin embargo, con las noticias que ya existen sobre aquel glorioso suceso, de tantas y tan diversas procedencias.

     Las que la crónica da, son, á no dudarlo, muy curiosas y útiles para el estudio del sitio. No así las que se refieren á la batalla del 24 de Febrero, muy sucintas é inexactas, sobre todo en lo relativo á la prisión del monarca francés, que deja muy obscura, dando lugar al Sr. Dell'Acqua para con la trascripción de otros documentos á propósito escogidos, atribuirla á soldados italianos, y principalmente al forlivense Cesare Hercolano, criado de Alarcón. Es afán muy general y hasta cierto punto disculpable en los pueblos, el de acaparar para los suyos la mayor suma de glorias, aun arrebatando á los otros las más legítimas, como lo es y no pocas veces fundado, el de revolverse contra los mismos amigos ó aliados, por las violencias que las necesidades de la guerra imponen á veces, ó se permite una soldadesca difícil de refrenar en ocasiones extraordinarias. El papiense Verri tenía que lamentar las desgracias de su ciudad natal como envanecerse de sus sacrificios, y no olvida, al parecer, ni una sola de las vejaciones cometidas por la guarnición. La española, que no pocas veces hubo de apelar á sus propios fondos para no desprenderse de la cooperación de sus auxiliares mercenarios, esguizaros ó tudescos, dejándose llevar de su carácter y casi siempre de la necesidad, cometería, y ¿para qué negarlo? cometió exacciones hasta ultrajantes allí y en [239] todos los teatros de la guerra. Y como nosotros los españoles nos quejamos de la conducta de los franceses, ingleses, alemanes y portugueses que han peleado en la Península, aun en son de amigos, los italianos del siglo XVI se lamentan de nuestros procederes, recordándolos entonces Maquiavelo y Guicciardini, y recientemente Manzoni, para protestar de las intervenciones extranjeras. El saco de Roma, aun siendo de naciones que los extremaron con sus atropellos heréticos, ha dejado en Italia un recuerdo que costó mucho borrar á los españoles en 1849 con su admirable conducta y á fuerza de una generosidad sin ejemplo en los demás ejércitos.

     Verdaderamente, quien lea la crónica de Martino Verri oscilará entre la conveniencia de la victoria y la del vencimiento para los de Pavía, en los varios sitios que hubo de sufrir en el tiempo que medió desde la invasión de Francisco I, vencido y prisionero al pie de sus murallas, y la de Lautrech, vencido también, y muerto en 1528 á la vista del Vesubio. Unas veces los franceses, otras los lombardos mismos de Francesco Sforza, su duque, y otras los venecianos, alemanes y españoles, no dieron á los de Pavía punto de reposo, ni aun les dejaron qué comer en ocasiones; y no son, de consiguiente, sino muy naturales y disculpables sus lamentosos desahogos.

     Uno hemos encontrado, sin embargo, en la crónica del Verri que nos ha llenado de asombro. Fúndalo en una, que supone, orden emanada de la autoridad de Leiva, cuando ya mandaba en Milán durante la última de las irrupciones francesas citadas, para que Ludovico Balbiano, gobernador de Pavía y victorioso hasta entonces en cuantos ataques había Lautrech emprendido contra la plaza, la abandonase con el fin, dice, «de que, saqueando los enemigos la ciudad, se dispersarían en su mayor parte con el botín, yéndose ricos á su patria para no seguir á sueldo de los franceses, con lo que Lautrech, hallándose así sin ejército, ó con uno muy corto, se vería obligado á abandonar la empresa de Nápoles, que era de más importancia y causaría mucho más daño, que la pérdida de Pavía».

     Esa queja, que de tener verdadero y sólido fundamento acusaría en Leiva un maquiavelismo feroz, como apoyado en el frío y [240] horrible sacrificio de toda una ciudad que ya podía considerarse española, inocente y leal, encierra una calumnia tan torpe como gratuita que el Sr. Dell'Acqua no ha debido dejar sin correctivo.

     Sandoval dice: «Los naturales de Pavía, viéndose tan fatigados, rogaron humildemente á Barbiano que si no tenía piedad de sí ni de sus soldados, que se apiadase de aquel pueblo y de los males que había de padecer entrándoles por fuerza los franceses. Y aunque estuvo duro este capitán en quererlo hacer, viéndose ya forzado, envió un trompeta á Lautrech que tratase de medios para entregarle la ciudad.»

     Cereceda, á su vez, asegura que Leiva acudió á hacer diversión á los sitiadores de Pavía con 2.000 españoles, 2.000 italianos, 100 hombres de armas y caballos ligeros y cuatro piezas de artillería, fuerza con la que después de una fuerte escaramuza, y aun saliendo victorioso en ella, comprendió le sería imposible romper á los de Lautrech, que al fin, entraron en Pavía y la saquearon por espacio de ocho días.

     Pero ahí está el mismo Guicciardini, que no iría á disculpar á Leiva en suceso tan grave para una ciudad italiana, y que dice lo siguiente: «Y no menos lo rechazó Belgioioso (Belbiano) al suplicarle el vecindario de la ciudad que le permitiese, para evitar el saqueo y la destrucción de ella, el que se arreglara con los sitiadores; pero habiendo Lautrech continuado el ataque cuatro días y echado por tierra una extensión tal de muro que los defensores no bastaban á reparar, mandó, al fin, un trompeta á Lautrech, etc.»

     Bien patente queda, pues, la falsedad del aserto del cronista Verri, el cual, de ser cierto, no sólo entrañaría, como se ha dicho, una crueldad injustificable de Leiva, sino una torpeza, además, que muy luego pondrían de manifiesto la presencia de Lautrech en las inmediaciones de Nápoles y la destrucción de su ejército por los españoles y la peste.

     Pero todos estos datos y otros muchos que ofrece la crónica de Verri, eco de los sucesos de la época que conmemora y expresión de los sentimientos en que abundaría un pueblo tan impresionable y vehemente como el italiano, hacen el libro sumamente curioso y hasta importante para la historia de aquel tiempo. La [241] cita, además, de trabajos, si impresos antes, ya raros, con que lo anota el Sr. Dell'Acqua, lo hace doblemente interesante para todo el que desee conocer hasta los más minuciosos pormenores. Entre ellos aparecen los dos cantos italianos con que el editor termina esta parte del libro; el primero, de autor anónimo, en octavas reales, y relatando «L'assedio di Pavia con la rotta e presa del Re christianissimo,» y el segundo, escrito por Giovan Andrea Vavassori, y que es una sextina de once estrofas con estribillo asaz picante para el Rey Caballero. Los dos son curiosos, ya que no de importancia.

     La Academia ha de dispensarme si me he detenido tanto en el examen de un escrito que, al cabo, no ocupa más de 63 páginas en el libro del Sr. Dell'Acqua; la satisfacción del orgullo nacional con recuerdo tan glorioso como el de Pavía, me ha arrastrado contra mi voluntad á extenderme en él con calor y entusiasmo quizás excesivos.

     Y lo mismo me acontecería con el «Diario storico dell' assedio di Pavia dell' anno 1655,» que forma la segunda de las crónicas trasladadas al libro, si el Doctor Dell'Acqua hubiera unido á ella los elementos indispensables para su perfecta inteligencia. Considerado militarmente, esto es, bajo el punto de vista técnico, el sitio de 1655 es más instructivo, apartando del anterior de 1525 el estudio de la admirable batalla en que el marqués de Pescara, con la mezcla de los arcabuceros y los hombres de armas, hizo una revolución sumamente transcendental en el arte de los combates. El sitio de que se va á tratar encierra el examen de los medios, ya muy perfeccionados, con que por entonces contaba la poliorcética; y de haberse unido al libro un plano detallado de las fortificaciones de Pavía, se haría mucho más instructiva su lectura.

     El Sr. Dell'Acqua no ha debido satisfacerse con la perspectiva caballeresca que ha trasladado á su obra desde los frescos de la iglesia de San Teodoro. Como documento arqueológico es curiosa; pero sirve, á lo más, para indicar el carácter de la ciudad en el siglo XVI. Así para la explicación de su trabajo original, como para la mejor inteligencia de las crónicas, que en él incluye, ha debido ofrecer á sus lectores un plano rigorosamente topográfico, con lo que además de las formas del terreno y la situación de los edificios [242] que describe, hubiera conseguido representar la marcha de las operaciones del sitio, guiando á los historiadores en sus investigaciones sin tropiezo alguno. En la crónica, con cuyo estudio distraigo en estos momentos la atención de la Academia, aparecen formando el recinto de Pavía baluartes y otras obras de fortificación no usadas en los sitios anteriores, permanentes unas é improvisadas las demás á la vista del enemigo, y cuya situación y figura es imposible calcular, haciendo esto imposible también la aquilatación del mérito en los contendientes.

     Una cosa resalta, sin embargo, para gloria de nuestra nación que el baluarte de San Epifanio y la luneta que sin duda cubría uno de los frentes inmediatos, obras las dos que guarnecían los españoles, fueron objetivo de los ataques enemigos, siempre y ejecutivamente rechazados por nuestros compatriotas. El sitio duró cincuenta y dos días; el príncipe Tomás de Saboya, con un ejército de unos 16 á 20.000 hombres, compuesto de franceses, modeneses y piamonteses, y provisto de inmenso material, se vió obligado después de haber sufrido pérdidas que algunos calculan en 8.000 de sus soldados, á abandonar la empresa cuando no podía estorbársela el marqués de Caracena, gobernador de Milán, que carecía de toda clase de recursos militares; y Pavía y su guarnición alcanzaron una gloria que no puede ni debe atribuirse sino á su valor y á su constancia.

     En oposición á la crónica de Verri, presenta la anónima del sitio de 1655 la circunstancia de que, sin abandonar la causa de ciudadanos de Pavía, á quienes prodiga elogios verdaderamente merecidos, nuestra admiración marcada por las hazañas de los españoles y afición á nuestra patria. Hay frases en el escrito que lo revelan bien elocuentemente, y lo demuestra también el cuidado que pone el autor en estampar el rescripto real en que Felipe IV dió las gracias á los de Pavía por su lealtad y ardimiento.

     A esta crónica siguen escritos, breves todos, sobre ceremonias, donaciones é investiduras que se han celebrado ó hecho en algunas de las iglesias de Pavía, documentos ni muy curiosos ni tampoco importantes más que para las localidades á que se refieren.

     Tal es, en resumen, el libro del Doctor Dell'Acqua, á quien, el [243] que suscribe, cree que debieran darse las gracias en nombre de la Academia por su atención al enviarlo; manifestándole la importancia que da la misma á un trabajo de interés histórico tan grande para España y tan hábil como concienzudamente desempeñado.

     La Academia, sin embargo, resolverá lo que conceptúe mejor.

JOSÉ G. DE ARTECHE.

     Madrid, 18 de Octubre de 1878.

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Comunicaciones

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I. El retrato y traje más auténticos de Cristóbal Colón

     En el tomo VIII de Memorias de la Real Academia de la Historia, se publicó un informe pedido á la misma, por el Ministerio de Estado, á instancia de la ciudad de Génova, que trataba de levantar una estatua á Cristóbal Colón, sobre su verdadero retrato y el traje que usaba. La Comisión, que reunió los datos para contestar dignamente, compuesta de los académicos de número D. Pedro Sáinz de Baranda, el Conde de Clonard, autor de una historia del traje español, y el pintor D. Valentín Carderera, ya conocido por anteriores trabajos sobre el mismo objeto que se consultaba, confió á éste la redacción del informe, que la Academia acordó después publicar para la ilustración de cuantos pintores y estatuarios se propusieran reproducir la imagen del navegante más digno de memoria (29).

     Con este mismo fin, y habiendo sabido después que por el Ministro de Ultramar se ha encargado otra estatua del que elevó al colmo nuestras glorias, creo poder aducir algún dato más en corroboración y aclaración de las conclusiones del Informe. [245]

           C. COLÓN           
Copia de la estampa en madera del libro de los ELOGIOS de P. Jovio

     Muy fundadamente toma por base de ellas nuestro Académico las descripciones de los contemporáneos, como que en éstas no cabe la equivocación y adulteración que en las pinturas para juzgar que el retrato más antiguo y auténtico es el que se halla grabado, también más antiguamente, en los Elogia virorum bellica virtute illustrium de Paulo Jovio (Basilea, 1578) (30). El semblante está conforme á las descripciones del mismo hijo de Colón y compañero en su último viaje á Ultramar, y de los historiadores Ovidio y Herrera, que le conocieron, y trataron principalmente de sus hechos inmortales. El editor asegura en la dedicatoria «que ha mandado dibujar con mucho dispendio á un sobresaliente artista los retratos al vivo» que publica, tomándolos del Museo de capitanes ilustres formado por el mismo Jovio, obispo de Nócera; y de éste consta, en sus cartas publicadas por Ticozzi y Botari, el gran cuidado que tuvo de recoger retratos auténticos, dirigiéndose al duque de Florencia, al famoso pintor Ticiano y otros personajes, sin darse por satisfecho alguna vez de los lienzos que se le dirigían, temeroso de que fueren poco exactos. «Si se considera por otra parte, dice el Sr. Carderera, el gran número de artistas italianos que desde principios del siglo XVI vinieron á España, el favor de que gozaba el obispo de Nócera con el mismo emperador Carlos V y con los principales personajes de su corte, y el entusiasmo y afán con que aquel prelado pedía á todas partes retratos para su Museo, como hemos dicho, no quedará la menor duda de que si Colón fué retratado, Paulo Jovio pudo adquirir traslados exactos de los de su insigne compatriota, para ennoblecer tan magnífica galería.»

     Sin tanta mesura crítica, el grabador alemán Teodoro Bry dijo que el retrato publicado en el tomo V de la obra titulada Grands et petits voyages (Francfort, 1595), «fué mandado pintar por los Reyes Católicos al emprender el ilustre marino su primera expedición». Pero esto no lo dice quien viviera entonces, sino un interesado en despachar su mercancía; y la imagen que ofrece dista mucho de la que describen el hijo y contemporáneo de Colón. Ni es de creer que en el Real de Granada, ó en el puerto [246] de Palos abundasen los pintores, ni que hubiese voluntad de retratar á Colón, cuando no se retrató á Boabdil, y el pobre genovés pasaba por un visionario más que otra cosa.

     En 1596, tal vez á competencia de la obra ilustrada por Bry, se reprodujo en Basilea la de Jovio ya