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[409] Cuaderno V_____ Necrología del Sr. D. Antonio Delgado y HernándezPocas cosas hay más gratas á un pecho generoso que honrar la memoria de los muertos, especialmente para quien apreció en vida sus virtudes y méritos y les profesó el afecto que inspiran los mayores, semejante al que nos liga á nuestros padres. En este caso particular me encuentro, y por estos motivos, aunque el menos digno y competente de sus compañeros en nuestra Academia, he tomado sobre mí el honroso cargo de recordaros los grandes merecimientos del Sr. D. Antonio Delgado y Hernández, cuya familia vive unida á la mía desde hace tres generaciones por los vínculos de una amistad estrechísima, corroborada en la presente por los de la afinidad, aunque en grado remoto (116). [410] Nació el Sr. Delgado en la ciudad de Sevilla, el 9 de Enero de 1805, donde su señor padre, oriundo del antiguo condado de Niebla, ejercía la profesión de abogado con excelente reputación, consagrándose, además, al estudio de la Arqueología, y especialmente de la Numismática, y perteneciendo á la ilustre pléyade de los Listas, Reinosos, Sotelos, Arjonas y otros, que dieron tan notable impulso al renacimiento literario producido en España durante el glorioso reinado del señor D. Carlos III. Bajo estas saludables influencias, comenzó la educación del Sr. Delgado, que siguió la carrera de Derecho, aunque no tomó los grados académicos, porque se consagró á los estudios predilectos de su padre, heredando su afición á la Numismática, verdadera pasión y objeto constante de su laboriosa perseverancia. Las ideas reinantes en su niñez influyeron, por otra parte, en su ánimo de un modo decisivo; porque era punto menos que imposible sustraerse á la generosa fermentación que de los años de 1808 á 1814 produjo á la par la lucha titánica para defender nuestra independencia y para conquistar las libertades políticas que tan largo é ilustre abolengo tienen en nuestra patria, y que no podía destruir el largo eclipse que sufrieron, cuando por el influjo de los legistas, admiradores de la civilización pagana, se alteró el organismo social y político, obra majestuosa de la Iglesia. El período de silencio que duró de mil ochocientos catorce á mil ochocientos veinte, favoreció los estudios del Sr. Delgado, quien durante ese tiempo se consagró al de las Humanidades, y en especial al de la lengua latina, que profesaba en el insigne Colegio de Santo Tomás de Sevilla el ilustre padre maestro Sotelo, consumado en el conocimiento de los clásicos, y sin par en el difícil arte de comunicar su saber á sus alumnos, que lo fueron todos los sevillanos dedicados á las letras por espacio de más de medio siglo. La revolución de 1820, manchada por su origen sedicioso, [411] interrumpió las pacíficas tareas del Sr. Delgado, cuyo padre, como casi todos los hombres ilustrados de aquella época, aspiraba á ver establecido en nuestra patria el régimen constitucional; y, aunque desaprobando los medios que para ello se empleaban, trataron de encauzar aquel movimiento, que desde luego se presentaba con caracteres tan tempestuosos, porque dividía á la nación en los opuestos bandos que se distinguían entonces con los apodos de serviles y liberales. De estos últimos, pero no de los que luego se llamaron exaltados, era con mi padre el del Sr. Delgado, y ambos en el año de 22, cuando se restableció en la política cierta calma relativa, entraron en el Ayuntamiento constitucional de Sevilla como alcaldes elegidos por el pueblo. La intervención francesa del año siguiente, que no bastaban á justificar los excesos revolucionarios, soliviantó el ánimo aun de los liberales más prudentes; y, no obstante el carácter siempre pacífico y poco marcial del Sr. Delgado, produjo en su espíritu los efectos que son tan naturales en pechos juveniles; y, cuando apenas había cumplido 18 años, se alistó en las filas de la milicia y fué con los voluntarios de Madrid y de Sevilla al Trocadero, donde se intentó la última é ineficaz resistencia contra las tropas del Duque de Angulema, que llegaron rápidamente desde el Pirineo hasta Cádiz favorecidas por la mayoría de la nación, la cual, justo es reconocerlo, recibía como libertadores á los que venían á derribar la Constitución y, contra su propósito, á restablecer el antiguo régimen. Sus pocos años, la templanza de las opiniones de su padre, y luego la fortuna de que recayera el supremo mando militar de Andalucía en el general Quesada, libraron á Delgado -que, sin embargo, estuvo preso algunos días al volver á Sevilla después de la defensa del Trocadero- y á su familia, de las persecuciones de que en otras partes fueron víctimas los liberales; pero tuvo que retirarse á la villa de Trigueros, [412] donde poseía algunos bienes, y allí el padre y el hijo se consagraron á sus estudios favoritos, hasta que la muerte del Rey D. Fernando VII y los sucesos que sobrevinieron, sacaron de su retiro á nuestro compañero; y, hecha la nueva división territorial por el Sr. Burgos, se creó la provincia de Huelva, obteniendo en 10 de Diciembre de 1835 el Sr. Delgado el cargo de Jefe de sección de la secretaría de aquella Diputación provincial, ascendiendo en 4 de Marzo del año siguiente al de Secretario, que desempeñó hasta el 27 de Octubre de 1840, en que fué separado por la Junta revolucionaria creada por consecuencia del famoso pronunciamiento, que elevó al poder á los progresistas y dió la Regencia del Reino, ejercida hasta entonces por la reina Cristina, al general Espartero. Durante la época en que desempeñó el cargo de Secretario de la Diputación de Huelva, intimó sus relaciones con la familia del Sr. Moniz, unida estrechamente con la mía, convirtiéndose luego la amistad en parentesco mediante el casamiento del Sr. Delgado con doña Rosario Moniz, habiendo acudido desde Sevilla para bendecir esta unión mi tío el Sr. D. Juan N. Escudero, que ya era fiscal eclesiástico del Arzobispado, y que falleció hace pocos años siendo dignidad de capellán mayor de San Fernando, en su iglesia metropolitana. Los sucesos de 1843 volvieron á la vida política al Sr. Delgado, que fué repuesto en el cargo de Secretario de la Diputación provincial de Huelva en 17 de Febrero de 1844, continuando en su desempeño hasta el 1.º de Agosto del año siguiente, en que cesó á consecuencia de las reformas hechas en el régimen municipal y provincial por las leyes de 1845, que inmortalizaron el nombre del Sr. Marqués de Pidal. Antiguos vínculos de amistad unían á la familia del Sr. Delgado y á la mía con el Sr. Santaella, que ya tenía gran influencia política, y con el Sr. Olavarrieta, ministro del Tribunal Supremo de Justicia; y, conocedores ambos del mérito del [413] Sr. Delgado, alcanzaron que fuese nombrado por Real orden de 24 de Diciembre de 1845, auxiliar segundo del Consejo Real que acababa de crearse, ascendiendo á primero el 10 de Febrero de 1846. En Septiembre del siguiente año salí por vez primera de mi casa para seguir los estudios en esta corte, donde se hallaba mi tío el presbítero D. Juan N. Escudero, quien se había en cargado de las diligencias de mi matrícula y de mi alojamiento, teniendo la fortuna de encontrarlo en la misma casa en que vivió el Sr. Delgado, mientras no vino á la corte su familia. Desde entonces mis relaciones con él fueron tan íntimas como puede suponerse, y desde luego sentí por él efecto de hijo, como era natural, dadas nuestras respectivas edades y el carácter afable y por todo extremo bondadoso de aquel hombre, á quien creo que nadie vió jamás enojado. Nuestra Academia le había nombrado su individuo supernumerario, en 20 de Noviembre de 1846, para premiar el escrito que le había presentado con el título de Bosquejo histórico de Niebla leyendo, al tomar posesión el 4 de Diciembre siguiente, un erudito discurso encaminado á demostrar que las monedas que llevan el nombre de Ostur, mal leído Costur, no pertenecían á esta su puesta población ni á Estepa, sino á una que debió llamarse Ostium Urii, hoy Río-Tinto. Por virtud del Real decreto de 25 de Febrero de 1847, fué declarado Académico de número el 5 de Marzo del mismo año, y á poco se dedicó á estudiar el gran disco de Teodosio, que posee como una de sus más preciadas alhajas la Academia, sobre el cual escribió por su encargo la erudita Memoria que todos conocemos; pero este trabajo no empecia al que fué ocupación constante de nuestro Anticuario, á quien me parece que estoy viendo en su bufete, donde yo le acompañaba estudiando mis lecciones, desde que empezaba á clarear el día con la lente ó las gafas en la mano descifrando medallas, para lo que tenía tal y tan grande habilidad, que puede [414] decirse que estaba dotado para esta materia del don de la adivinación ó que aquellos ojos que salían de sus órbitas tenían tal fuerza de penetración, que atravesaban la pátina que suele cubrir la superficie de las monedas antiguas. Los libros de Flores, de Gússeme y de otros, que en el pasado, siglo enlazaron las tradiciones gloriosas de nuestros estudios que elevaron, por lo que hace á las antigüedades, á tan gran altura Ambrosio de Morales y D. Antonio Agustín, habían dado á conocer con bastante extensión lo relativo á la Numismática de la época romana; pero el Sr. Delgado, con su poderosa intuición, comprendió que había un período en que esta ciencia auxiliar de la Historia podría dar grandísima luz á la de nuestra patria: aludo á la dominación árabe; y en efecto, disuelto á poco de crearse el califato de Córdoba y fundados los diferentes reinos en que aquél se dividió y que fueron tantos y tan varios, pocos medios había más á propósito para determinar las dinastías, las sucesiones y otros accidentes de aquella época anárquica y confusa, como el estudio de las monedas que en ella se batieron, sin contar con el auxilio que podría prestar á la geografía hispano-árabe, de lo que ya habían dado alguna muestra Conde y Casiri; pero el Sr. Delgado ignoraba completamente la lengua de los sectarios del Profeta, y á su edad no era empresa fácil vencer dificultad tan grave: su amor á la Numismática, auxiliado de su prodigiosa memoria, se sobrepuso en poco tiempo á tamaño obstáculo, y en el que yo viví con él aprendió, guiado por los consejos de nuestro compañero y paisano el Sr. Gayangos, á quien conocí entonces, lo necesario para leer los epígrafes de las monedas arábigas con una facilidad y exactitud que maravillaban al mismo Sr. Gayangos, tan consumado en esta lengua, quien no sé si recordará que, para consultar sus dudas, iba algunas veces el Sr. Delgado, y yo con él, á la casa en que todavía vive, y por cierto que por entonces volvió de un viaje que hizo á Marruecos, de donde trajo algunos [415] de los manuscritos que forman parte de su peregrina y riquísima colección de libros y papeles referentes á todas las épocas de la civilización española. El Sr. Delgado se dedicó desde entonces con afán incansable al estudio de las monedas árabes, y es doloroso que sus trabajos permanezcan inéditos; pero ya son prueba de su grande importancia las láminas que existen en nuestro archivo, grabadas bajo su dirección y que habían de ilustrar la obra que escribía sobre esta materia, que por lo que yo sabía de ella debía de estar hace años terminada, hasta donde pueden estarlo trabajos de esta índole, en los que siempre queda mucho nuevo que saber y no poco de lo sabido que rectificar. Confirma esta creencia la noticia que me comunica la familia del Sr. Delgado, de haberse hallado entre sus papeles tres volúmenes y un legajo que contienen los escritos relativos á esta materia, que tanto interesa conocer aun después de la importante obra que sobre el mismo asunto acaba de publicar nuestro compañero el Sr. Codera. Enlazando la narración de los sucesos de la vida del señor Delgado, principalmente de los que se refieren á sus estudios, diré, que apenas posesionado de su cargo de Académico de número, esta Corporación, apreciando su mérito, le confirió el de Anticuario, en 14 de Julio de 1848, que desempeñó durante veinte años, además de varias comisiones y de diversos é importantes trabajos. En 1849 formó parte de la que entendió en todo lo relativo á la publicación del tomo VIII de nuestras Memorias; y, aunque también fué nombrado de la que había de continuar la publicación de la España Sagrada, renunció este honor, que le hubiera distraído de los trabajos á que entonces estaba dedicado, entre los que merece especial mención la Memoria histórico-crítica sobre el gran disco de Teodosio, de que antes he hablado, que le encomendó la Academia en 1848 y que se imprimió y publicó al año siguiente. En 1850 formó parte de la Comisión nombrada para revisar [416] las publicaciones periódicas; para la que entendió en el arreglo y colocación de la biblioteca de Salazar; para la que determinó la antigüedad de los Sres. Académicos, y para la que debía formar los índices de nuestra biblioteca, que ha llegado á ser tan rica é importante. Dividida entonces la Academia en secciones, fué asignado á la primera, que había de entender en las materias de Antigüedades, Geografía, Cronología y Paleografía; y en este mismo año, se le nombró Secretario interino, no pudiendo ser propietario por desempeñar ya otro cargo académico. No era sólo el Sr. Delgado notable por sus conocimientos históricos, sino que, como había demostrado durante la época en que desempeñó las plazas de Oficial mayor y de Secretario de la Diputación provincial de Huelva, fué una de las personas que iniciaron en España las reformas administrativas, escribiendo y publicando en aquel tiempo varios papeles sobre estas materias. Por eso se distinguió también en el Consejo Real, y en premio de su mérito le propuso para Mayor de una de las secciones, en 17 de Septiembre de 1851, siendo nombrado para dicho cargo el 7 de Noviembre del mismo año, cesando en él por supresión del Consejo en 31 de Agosto de 1854, y volviendo á desempeñarlo después de restablecido, en 9 de Noviembre de 1856. Teniendo noticia la Academia de los descubrimientos que se hacían en Tarragona, se dirigió al Gobierno para que otorgase licencia al Sr. Delgado, que la obtuvo con fecha 23 de Enero de 1853, y pasó á aquella ciudad para inspeccionar los trabajos y descubrimientos que allí se hacían, sobre los cuales leyó en la Academia diferentes informes en los años sucesivos. Sus antecedentes y servicios políticos y administrativos le daban gran prestigio y verdadera popularidad en la provincia de Huelva, y por esto fué elegido diputado por el distrito de Aracena, jurando el cargo el día 9 de Mayo, en la legislatura [417] de 1857; y, disueltas aquellas Cortes, fué reelegido por el mismo distrito, volviendo á jurar y tomar asiento como diputado el 13 de Diciembre de 1858. Aunque no hay noticias de trabajos especiales del Sr. Delgado en la Academia, de 1853 á 57, lo que pudiera explicarse por las perturbaciones políticas de aquella época, de que como se ha visto, fué víctima, no desatendió por ello sus estudios, y consta que en el mismo año de 53 se le concedió licencia para terminar el catálogo de las monedas del gabinete particular de S. M., que tenía comisión de hacer desde el año de 49. Los años siguientes, á partir desde el de 57, fueron los más fecundos de la vida académica del Sr. Delgado: en el primero, fué nombrado para informar sobre la tabla de Salpensa, que después ha sido origen de una obra importante de nuestro Correspondiente el Sr. Rodríguez de Berlanga, que con ocasión de esta tabla y de la de Malaca, existente con otras importantes antigüedades en el gabinete del Sr. Marqués de Casa-Loring, ha hecho un profundo estudio de la organización municipal y colonial de la España Romana, completado luego con la obra sobre los notabilísimos bronces de Osuna. En el mismo año, en 9 de Enero, había dado cuenta á la Academia del hallazgo en Lorca de una bandera con leyenda árabe, y en 16 del mismo mes recibió el encargo de informar sobre la petición de D. Julián Díaz Roldán para hacer excavaciones; en 27 de Febrero informó sobre la Memoria de D. Miguel Apolinario Fernández de Sousa, relativa al sitio de la antigua Munda, objeto, más tarde, de los importantes trabajos de nuestros compañeros los Sres. Oliver; en 13 de Marzo, sobre la calderilla vieja existente en Alicante y Segovia; en 16 de Mayo dió noticia de haber adquirido para la Academia una empuñadura de bronce de un cuchillo romano, encontrado en el término de La Nava, partido judicial de Puente del Arzobispo; en 11 de Septiembre presentó una lámpara romana, regalada por el Sr. [418] Escudero, y propuso la adquisición de la abundante colección de monedas que poseía en Cádiz el Sr. Rubio; y el 2 de Octubre presentó unos granos de trigo hallados en Cástulo y que sin duda procedían de los almacenes militares de aquel famoso Castrum romanum. El año siguiente de 1858 fué nombrado para preparar y dirigir la publicación del Anuario de la Academia; para informar sobre el monetario del Sr. Rubio, cuya adquisición había propuesto; para entender cerca del Gobierno en lo necesario á la conservación de las murallas de Murviedro, y para dar noticias sobre las excavaciones que hacía en Málaga el Sr. Loring, y sobre el carácter y atribuciones de una Academia arqueológica, que por entonces se creó en Madrid. De resultas de las gestiones cerca del Gobierno, relativas á las antigüedades saguntinas, fué nombrado para ir á inspeccionarlas en el siguiente año de 59, y también para formular las instrucciones que habían de darse á los diplomáticos y cónsules españoles en el extranjero para la adquisición de libros y objetos antiguos, y por último, para informar sobre el sello que usaba el Cardenal Cisneros; en 20 de Mayo de este mismo año leyó su primera Memoria ó informe sobre las antigüedades de Murviedro (117), como resultado de su visita de inspección, y en 2 de Septiembre fué nombrado para informar sobre unos dibujos enviados de Mondoñedo que representaban un báculo y calzado episcopal. Felizmente para la arqueología española y para sus aficiones, en el año de 1860 el Sr. Delgado, que tomó muy poca parte en la política, á pesar de su cargo de diputado, dejó también de tomarla en la Administración pública, pues, de su destino de Mayor de la sección de Gobernación y Fomento del Consejo de Estado, pasó á la Dirección de la Escuela de Diplomática [419] por entonces creada, en la que explicó, además, la cátedra de epigrafía antigua, dejando bastantes discípulos que recuerdan y recordarán eternamente, no sólo su admirable erudición y su competencia y habilidad para descifrar las antiguas inscripciones, sino su dulzura, su modestia y aquella naturalidad que hacía de la clase una reunión, más que de amigos, de hijos que se agrupaban alrededor de un padre cariñoso. En ese mismo año y en 4 del mes de Mayo, leyó un informe sobre trabajos de D. Luis Jiménez de la Llave, y el 18 otro sobre la importante obra de nuestro Académico Sr. Vázquez Queipo, titulada: Essai sur les systèmes métriques, etc.; el 19 de Octubre, sobre las monedas ofrecidas por el Sr. Rosales, é informó en 13 de Marzo de 1863 sobre el Tratado del blasón por D. Modesto Costa y Turell; en 7 de Diciembre de 1860 le comisionó la Academia para dirigir la impresión de la Memoria de los Sres. Oliver y Hurtado, sobre Munda, y en 14 del mismo para informar acerca del opúsculo remitido por el Sr. Valentinelli, Sulle antichitá spagnoli. El año siguiente de 61 leyó informes sobre comunicaciones del Sr. Pardo de Figueroa; sobre las monedas regaladas por el Sr. Lombillo; sobre los calcos sacados por D. Aquilino Rueda; sobre un manuscrito de Fray Vicente Justiniano; sobre la Memoria autógrafa del P. Fr. Alejandro del Barco; sobre las monedas enviadas por el Sr. Barros Sivelo; sobre los calcos del Sr. García González, procedentes de Ayo (provincia de Santander); sobre el pondus del Sr. Almonte y el semundo del Sr. Codina, y sobre los códices arábigos regalados por el Sr. Tubino, proponiendo además la adquisición de varias antigüedades. El 31 de Enero del siguiente año propuso á la Academia la adquisición de varias monedas que se ofrecieron para el monetario de la Corporación, y en 21 de Febrero, de resultas de su visita de inspección, leyó un curioso informe sobre el mosaico descubierto en el partido de Algoroz, término de la villa de Elche; y en el mismo día del [420] siguiente Marzo fué nombrado para informar sobre los restos de bóvedas subterráneas, descubiertos en Tarragona. En Marzo y Abril leyó su estudio sobre un medallón procedente de Sagunto; otro sobre monedas consulares y sobre unas que se encontraron en la dehesa de Oliva, y otro sobre un curioso crucifijo del siglo X ó XI. Nombrado para examinar los discursos que se habían de leer en la recepción del Sr. Saavedra por este Académico, á quien contestó el Sr. Fernández-Guerra, evacuó su cometido, y á fines de aquel año leyó otro informe sobre una importante moneda que donó el Sr. Uña; el 27 de Marzo de 1863 informó sobre la inscripción existente en el zócalo de piedra, descubierto en el Camp d'en Fransa (Alcudia), cerca de la antigua Pollencia. En 30 de Octubre presentó la Memoria titulada: Consideraciones sobre una ara dedicada á Diana, descubierta en León por el P. José Romano, y fué nombrado para informar sobre los calcos de inscripciones, descubiertas en León y Palencia y presentados por el Sr. Saavedra; en 18 de Diciembre dió cuenta de haberse descubierto en el término de Castellón de la Plana, seis túmulos de tierra que llaman en el país Puchs, y que son dólmenes ó menires célticos, proponiendo que se gestionase con el Gobierno para practicar las excavaciones convenientes. El 26 de Febrero del siguiente año de 1861 informó de nuevo sobre el estado del monetario, y el 18 de Marzo sobre la Memoria: Estado moral y político de los mudéjares de Castilla. Nombrado en 26 de Mayo de 1865 para informar sobre la obra de los Sres. Heiss y Milagro titulada: Descripción general de las monedas hispano-cristianas desde la invasión de los árabes, leyó su informe en 16 de Junio de aquel año; y en el siguiente evacuó otros varios sobre monedas, presentadas unas por el señor Lafuente y enviadas otras por el Sr. Barros Sivelo. En este año, deseoso de volver á su patria, como lo estamos siempre los que hemos visto la primera luz bajo el cielo de Andalucía, que al sentirse los rigores del invierno, no se nos [421] caen de la memoria aquellos versos de nuestro Rioja, que dicen:
alcanzó su jubilación, y se retiró, en efecto, á la antigua Romulea, donde continuó sus estudios, teniendo la fortuna de encontrar allí varios ilustrados amantes de las antigüedades, entre los que deben contarse los Sres. Mateos Gago, Caballero, Infante, Almonte, Collantes y Ariza. De propósito he omitido en la enumeración de los trabajos académicos del Sr. Delgado, el que se le encomendó sobre la lámina de plomo hallada en la Sierra de Gador y donada por el Sr. Garvin, porque se relaciona con los estudios ibéricos del Sr. Delgado, que si no tuviera tres títulos, bastarían para que su nombre pasara á la posteridad. El Sr. Delgado, por procedimientos ingeniosísimos, determinó antes que nadie el valor de los caracteres de las monedas vulgarmente llamadas celtibéricas; y en la obra que empezó a publicar en Sevilla, bajo el epígrafe Nuevo método de clasificación de las monedas autónomas, se contienen sus curiosas investigaciones sobre una materia tan importante, como que ella es la clave que nos ha de relevar mejor que otros datos lo que era la civilización de nuestra Península antes de las primeras invasiones fenicias, griegas, cartaginesas y romanas, y durante ellas; el Sr. Zobel, discípulo predilecto del Sr. Delgado y conocedor en esta parte de sus descubrimientos, los revelará al público en la obra que en breve verá la luz, afirmando la gloria de su ilustre maestro, que por su edad y achaques no pudo atender con el esmero que acostumbraba á la publicada en su nombre. Esa situación y el cuidado de sus bienes obligaron al Sr. Delgado á trasladar su [422] residencia desde Sevilla á Bollullos, donde falleció el 13 de Noviembre del pasado año de 1879, rodeado de sus hijos y de su esposa y en medio del dolor de sus convecinos, que te consideraban como un verdadero patriarca, no pudiendo olvidar que á pesar de sus años y de las elevadas posiciones y cargos que había ocupado, no vaciló en desempeñarla Alcaldía del pueblo en los primeros días de 1875, logrando que el cambio político producido por la Restauración se verificase sin producir las dificultades que suelen otros análogos, y conservando la unión y armonía entre todos los habitantes de aquella villa. Al amor de los suyos, á la gratitud de sus convecinos, se unirá, sin duda, el testimonio de respetuosa admiración de la Academia y de todos los amantes del estudio de la Arqueología y de la Historia. A. M. FABIÉ. [423] Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)Han sido nombrados:
[426] InformesI. Antigüedades de MurviedroPor Real orden de 15 de Septiembre de 1858, expedida por el Ministerio de la Guerra, se dignó S. M. resolver, de conformidad con lo informado por el Excmo. Sr. Ingeniero general, que no sólo se entregase á la Academia el teatro romano de Murviedro, sino que pudiese sacar de las fortalezas de sus zonas todos los monumentos, lápidas, medallas y demás objetos históricos que allí se encontrasen, siempre que la Academia costease los gastos que se ocasionaran y las reparaciones á que diera lugar la referida extracción, debiendo dirigirse todo por el Comandante de Ingenieros de la plaza, y hacerse constar los objetos que se extraigan en un acta que se extenderá con intervención del Gobernador, Comandante de Ingenieros, Comisario de guerra y de la persona delegada por la Academia para que de ellos se haga cargo. A consecuencia de esta Real orden, conforme la Academia con el dictamen de una Comisión nombrada al efecto, acordó, en sesión celebrada el 25 de Febrero del año de 1859, pasase el que suscribe en viaje literario de inspección á Murviedro para examinar el estado de aquellas antigüedades y proponer lo que considerase más conveniente á fin de dar cumplimiento á la Real orden ya citada, transcrita á la Academia por la Dirección de Instrucción pública en 10 de Noviembre de 1858. Cumpliendo el que suscribe con este acuerdo, procuró conciliar sus atenciones y sus deberes con el encargo que se le había [427] confiado, y por esto retardó hacer su viaje hasta la Semana Santa, época en que no le estorbaba el viaje de inspección que se le confiara, y así llegó á Valencia en 18 de Abril anterior, acompañado del Ilmo. Sr. Barón de Tecco, Ministro de Cerdeña en esta Corte, eminente orientalista y peritísimo en todo género de antigüedades, que por su afición á estos estudios se había ofrecido á acompañarle. El Excmo. Sr. Capitán general de aquel distrito y el Gobernador de la provincia, á quienes visitó, se sirvieron facilitarle órdenes terminantes dirigidas al Gobernador del castillo y al Alcalde de la población, no sólo para que le prestasen cuantos auxilios necesitara, sino para que le diesen posesión del teatro é hiciesen entrega de cuanto creyera convenir á la Academia. Autorizado así, marchó á Murviedro el sábado 23, acompañado de don Vicente Boix, nuestro celoso Correspondiente en Valencia, del citado Barón Sr. Tecco y del dignísimo Brigadier de Artillería, excelentísimo S. D. Santiago Piñeiro de las Casas, Jefe de Escuela de aquel departamento y muy entendido en este género de estudios. La actual ciudad de Murviedro está situada á la falda del cerro que ocupó la antigua y memorable Sagunto; así es que por todas partes se encuentran esparcidos trozos de columnas, capiteles, monumentos epigráficos y otros objetos extraídos de las ruinas de aquella ciudad. En el alto del monte, que es una derivación de la sierra de Espadan avanzada sobre la costa, se encuentra el castillo con su ciudadela, cuyas murallas son en parte por su base antiguas, y después, de construcciones de diferentes épocas muy marcadas, debiendo advertir que hacia la parte occidental de la vertiente del monte se conocen vestigios de la primitiva muralla, que por aquella parte avanzaba más de lo que en el día es fortaleza. Estos vestigios demuestran que su construcción primitiva es de la segunda época ibérica, porque los sillares desiguales en longitud y latitud, generalmente de gran tamaño, están bien cortados, trabados y ajustados con tal precisión, que, sin mezcla para unirlos, se conservan y conservarán por muchos siglos en la misma posición en que fueron colocados. Por cima de este trozo de muralla, que sirve en el día de muro á una casa de la población y de pared interior de una bodega, principia el ascenso al castillo por medio de rampas formando [428] ángulos, dejando en el centro el antiguo teatro de la ciudad, de grandes dimensiones y mucho mejor conservado de lo que creíamos. La base de este edificio está labrada sobre la roca que le sirve de asiento, conserva casi todas las graderías y parte de las oficinas laterales y manifiesta claramente la escena, el proscenio y el postscenio, algo del púlpito y todo el espacio semicircular que ocupaba la orquesta. Las altas paredes que subsisten son de durísimo mortero, revestido á veces de sillería, no de piedras grandes, sino medianas, pero de notable igualdad y simetría, como construcción de los mejores tiempos del Imperio, cuando no de los últimos años de la República, pues es muy semejante al teatro llamado de Pompeyo, cuyas ruinas se conservan en Roma. En general, el conjunto de este vetusto edificio de la antigua Sagunto ofrece admiración y aún respeto. De este antiguo teatro se han ocupado largamente varios escritores eruditos de Valencia. Fué el primero el señor deán Martí en una carta latina que, describiéndolo, dirigió, á principios del siglo pasado, al Sr. Zondodari, Arzobispo de Damasco y Nuncio, de S. S. en esta Corte, la cual publicó traducida el Sr. Ponz en su Viaje de España, tomo IV, impreso en 1774. Después, en el año de 1793, el abogado D. Enrique Palos y Navarro, vecino de la misma villa de Murviedro, y conservador nombrado por S. M. de todas las antigüedades que en ella había, escribió una disertación sobre este teatro, que dedicó al Príncipe de la Paz, entonces duque de la Alcudia; y últimamente el Sr. D. José Ortiz, deán de San Felipe, describió minuciosamente el mismo teatro de Sagunto en el primer tomo, único que publicó, de un Viaje arquitectónico anticuario de España en el año de 1807: además de esto, se remitieron en aquel tiempo dos modelos de corcho de este mismo edificio, el uno á la Academia de San Carlos, de Valencia, y el otro á la de San Fernando, de Madrid, los cuales se conservan en los gabinetes de ambas Corporaciones, razón por la que el que suscribe excusa detenerse en hacer una minuciosa descripción del mismo edificio, por cuanto ya de antemano debe ser conocido de los ilustrados individuos de esta Academia. Sólo, pues, le resta decir que el teatro se conserva casi en el mismo estado en que se hallaba á principios de este siglo, sin más falta que la de [429] algunas piedras sillares extraídas para edificios de la población, ó para las obras del castillo, y la de haber rebajado los directores de la fortificación, durante la guerra de la Independencia, alguna de las altas paredes que lo circundaban, porque impedían que los fuegos de la plaza dominasen completamente la población. Antes de dejar este recinto, quisimos conocer las disposiciones acústicas de esta localidad, y, al efecto, esparcidos por lo más alto de las graderias, oímos claramente al Sr. Boix, que, colocado sobre el lugar del púlpito, recitaba en voz natural algunas poesías latinas, de las cuales no perdíamos ni una sola sílaba, y eso que nos encontrábamos á distancia de más de cuarenta metros. Siguiendo nuestra exploración subimos al castillo y ciudadela, la cual se compone de dos fortificaciones principales, situadas, una al NO. y otra al SE., enlazadas por cortinas, y entre éstas se ven establecidos los modernos cuarteles y pabellones. El señor coronel D. Juan Fernández de Castro, gobernador de la fortaleza, tuvo la bondad de acompañarnos, así como el teniente coronel D. Juan Fernández, mayor del mismo castillo, y D. Joaquín Fernández del Corral, capitán del provincial de Segorbe. La fortificación está desartillada, pero no abandonada, pues tiene para su custodia ocho ó diez soldados á las órdenes de los dignos jefes que allí moran. Se temía que el Gobierno dispusiera volarla para excusar los gastos de la demolición; pero el que suscribe puede manifestar á la Academia que este peligro no es tan inminente, por cuanto se le ha manifestado que por ahora no se piensa en eso, antes bien, acaba de devolverse la bandera para que ondée sobre aquellos antiguos muros en los días de gala y de fiesta nacional. La fortificación del SE. se conoce bajo la denominación de Almenara; conserva, á nuestro juicio, restos de un templo, y allí empotrada en una altísima pared de la moderna fortificación, vimos una piedra de grandes dimensiones, con tres grandes letras de á tercia de alto, que debieron ser parte de la inscripción del frontispicio. Estas letras estuvieron revestidas de otras de bronce, pues se conocen los huecos por donde entraban los clavos que las sujetaban, y creemos sea probable encontrar en aquellas inmediaciones las restantes para completar la inscripción. [430] La fortificación del NO. es la ciudadela, en buen estado de conservación, la cual domina otras alturas inmediatas y tiene magníficas vistas á todas aquellas deliciosas llanuras que se extienden hacia el mar. Allí también reconocimos vestigios de antiguas fábricas de mortero romano, cisternas y pavimentos antiguos, abiertos en la roca. Entre las cortinas que unen entre sí ambas fortificaciones, donde hemos dicho se encuentran los pabellones y cuarteles, y donde está la única entrada, hay también varias baterías para defenderlas, y tanto éstas como otras fortificaciones se conoce fueron levantadas durante la guerra de la Independencia, y considerablemente mejoradas por el ejército francés, al mando del general Suchet, por cuanto en los dibujos que he visto de aquel castillo, publicados por Ortiz en 1807, no se reconocen sino murallas derribadas ó en mal estado, y nada ó poco sino ruinas en lo que hoy es ciudadela. En los edificios del centro y pabellones, así como en la ciudadela, reconocimos varias inscripciones, medios relieves y una estatua togada de la época romana. Aquéllas son en su mayor parte basas de otras estatuas que se han perdido. El que suscribe llevó bajo del brazo la Memoria del Príncipe Pío, que tuvo la honra de publicar, reformada por acuerdo de esta Academia, en su último tomo de Memorias, que contiene todas las inscripciones que vió y copió dicho señor en el reino de Valencia hacia fines del siglo pasado: de su examen deduce que casi todas las inscripciones reunidas en el castillo son inéditas, y como parece imposible hubieran podido escapar á la exquisita investigación de aquel sabio, creemos que fueron descubiertas después, y probablemente por los ingenieros directores de las obras durante la guerra de la Independencia, cuando, como hemos dicho, extendieron y mejoraron la fortificación; pues observamos que todas ellas estaban empotradas en los bastiones y pabellones que los mismos construyeron. He aquí las leyendas de estos interesantes monumentos epigráficos y la interpretación que de ellos se hace. [431] NÚMERO I En la ciudadela empotrada entre dos troneras de cañón:
Marco Baebio, Marci filio, Galeria, Crispo, aedili, pontifici salio Conlusores; cuya traducción es: «Los atletas, gladiadores ú otros que se ejercitaban en los juegos públicos, dedicaron este monumento á Marco Bebio Crispo, hijo de Marco, y de la tribu Galeria, que había sido edil, y era pontifice salio, ó del dios Marte.» Nada conocidos son los Conlusores en los antiguos clásicos: Facciolati dice, suprimida la n. COLLUSOR, ORIS: qui cum altero ludit. Cicerón en una de sus filípicas: Hunc tu compransoribus tuis et collusoribus dividebas. Plinio, Historia natural, libro IX, capítulo XXXIII, dice: Delfinus collusor puerorum. En el Diccionario mediæ et infimæ latinitatis de Ducange: Conllusiun est jurgiun rixæ. Por esto le damos la interpretación sentada. La inscripción es del primer siglo de nuestra era, según se deduce de la forma de los caracteres, y es basa de estatua, de mármol del país. NÚMERO II Sobre la puerta de la cuadra de la bóveda, en el castillo, en la llamada calle Ancha de los Césares:
[432] Fulvio (falta el prenomen), Lucii filio, Cessoni, tribuno militari, divi Augusti, Quintus Fabius Niger, Quinti et Lucii pater, avo materno. La traduzco así: «Quinto Fabio Niger, padre de Quinto y de Lucio, dedicó este monumento á la memoria de su abuelo materno Fulvio Cesso, hijo de Lucio, que había sido tribuno militar en el ejército de Divo Augusto.» No he tenido tiempo de consultar si este Fulvio Cesso, que ejerció tan alto puesto militar en los ejércitos de Octaviano, está mencionado por los historiadores. La inscripción es también del primer siglo de nuestra Era por su forma de letra, ya que desde luego no lo indicase su contexto, pues fué dedicada cuando vivía la segunda generación, después que aquel célebre emperador venció con sus ejércitos á todas las fracciones que le disputaban el poder, y últimamente á los cántabros en España. NÚMERO III Empotrada en la batería de Daoiz:
Quinto Varvio, Quinti filio, Galeria, Cellere, aedili, duunviro, flamini bis, saliorum magistro, questori, præfecto juris Cajus Venustus amico. Su traducción es la siguiente: «Gayo Venusto dedicó este monumento á su amigo Quinto Varvio Celer, hijo de otro Quinto y de la tribu Galeria, que había sido edil, duunviro de la ciudad, dos veces flamen, después maestro de los salios ó sacerdotes de Marte [433], cuestor del municipio y últimamente juez delegado para ejercer justicia.» No nos detenemos en explicar la importancia de estos cargos sacerdotales y civiles, porque son comunes á otras muchas inscripciones que se encuentran en España, y conocidos de los señores Académicos. Sólo diré que esta inscripción, si bien antigua y también del primer siglo, contiene el nombre de Varvio, gente poco conocida entre los ciudadanos romanos. NÚMERO IV Empotrada entre las troneras de cañón, en la batería ó baluarte de San Jorge, dentro del castillo:
Druso Cæsari, Tiberii Augusti filio, Deivi (pro Divi) Augusti nepoti, Deivi Julii pronepoti, consuli. Traducción: «A Druso César, cónsul, hijo de Tiberio Augusto, nieto de divo Augusto y biznieto de divo Julio.» Druso, llamado el menor ó el joven, era hijo del emperador Tiberio y de Vipsania Agrippina: nació hacia el año de Roma 741 (13 antes de la Era vulgar). Fué cónsul en el año 768 de Roma (15 de la Era vulgar): decorado con el poder tribunicio en el 775 (22). Muerto emponzoñado por su mujer Livia ó Livila en el año 776 (23). Faltando entre los títulos dados á Druso en esta inscripción el de tribuno, es evidente que fué dedicada años antes: y como lleva el título de cónsul, se deduce que lo fué en los que transcurrieron desde el 768 al 775 de Roma. De este César no creemos se encuentre otra inscripción dedicatoria en España. Tiene de notable la extraña ortografía, evidente arcaismo, de escribir deivi por divi. En monedas de la familia Didia se ve escrito también el nombre de T. DEIDI por T. DIDI, y pudiéramos citar algún otro ejemplo. [434] NÚMERO V Pedestal para estatua, de mármol negro, colocado á la entrada del pabellón del gobernador del castillo, con la inscripción siguiente:
Cajo Cæsari, Augusti filio, pontifici, consuli designato, principi juventutis. Traducción: «Cayo César, hijo de Augusto, pontífice, cónsul designado y príncipe de la juventud.» Cayo, hermano de Lucio, fué hijo de M. Agripa y de Julia, hija de Augusto, por lo que eran estos príncipes nietos de dicho emperador. Nació Cayo en el año 734 de Roma (20 antes de Cristo). Fué adoptado por Augusto como hijo, y nombrado César en el año 737 (17 antes de Cristo). Decorado con el título de Príncipe de la juventud en el año 149 (5 antes de Cristo). Cónsul en 753, y por lo mismo designado en 752, un año antes de nuestra Era, ó sea del nacimiento del Redentor. Muerto en Lycia en 757 (4 de la Era vulgar). Es muy bello pedestal y bien conservado; se cree fué encontrado cerca del pabellón del Gobernador, en el sitio que llaman calle de los Césares. NÚMERO VI Pedestal de estatua, también colocado á la entrada del pabellón del Gobernador, junto al anterior y de igual forma:
[435] Augusto, Pontifici maximo, imperatori decimoquarto, consuli duodecimo, tribunicia potestate decima quinta, Municipes saguntini. Traducción: «Los ciudadanos del Municipio saguntino dedicaron esta estatua á Augusto, pontífice máximo, nombrado catorce veces emperador, doce veces cónsul, y que había ejercido la potestad tribunicia quince veces.» El emperador Augusto, á quien aparece dedicada esta inscripción, basa de estatua, había ya ejercido los cargos que se expresan en el año 751 de Roma, que es el mismo en que se dedicó la estatua de su nieto Cayo; y, como ambos son de la misma forma, parece demostrado que se erigieron á un tiempo. Comprueba este monumento epigráfico, que allí estuvo, como todos hemos supuesto, la célebre ciudad de Sagunto, siendo la única inscripción de las existentes en Murviedro que así lo dice: y además, que llevaba Sagunto la honrosa denominación de municipio, envolviendo esto la idea de que se gobernaba por leyes propias. Tanto esta inscripción de Augusto, como la anterior, Núm. V, dedicada á Cayo César, están bien conservadas, y los pedestales donde están grabadas conservan en la parte superior los huecos para sujetar las estatuas que tuvieron sobrepuestas. NÚMERO VII Inscripción notabilísima colocada en el baluarte de San Jorge, ya citado, también empotrada entre las troneras, formando juego con la de Druso César.
Publio Scipioni, Consuli, Imperatori, ob restitutam Saguntum, ex senatu consulto, bello punico secundo. [436] Traducción: «A Publio Scipión, cónsul y emperador, se dedicó este monumento por haber restaurado á Sagunto de orden del Senado romano durante la segunda guerra púnica.» El hecho histórico á que esta piedra se refiere, es bien notorio para que trate el que suscribe de referirlo. Sagunto fué víctima de la confederación y de su amistad con Roma. El Senado y pueblo romano no pudieron ser indiferentes á esta lealtad ni á su sacrificio heroico, y así por deber, cuando no por el interés de demostrar á los españoles que les eran adictos la debida protección, decretaron que el cónsul Publio Scipión viniese á España, no sólo para vengar en los cartagineses el desastre de aquella ciudad invicta, sino para restaurarla á costa del tesoro de la República. Después los ciudadanos de Sagunto, reconocidos á aquel beneficio, quisieron perpetuar la memoria de este cónsul y general, erigiéndole una estatua, en cuya base se grabó dicho epígrafe. No creemos se erigiese en aquella remota época, porque al expresar la segunda guerra púnica, más parece usaron esta frase como historiadores que como contemporáneos; tampoco en la decadencia del Imperio, porque su sencillo estilo, acostumbrado en la epigrafía del siglo de oro de la literatura, y la bella forma cuadrada de los caracteres no lo permiten. Así, pues, creemos fué grabada en los primeros años del imperio de Tiberio César, es decir, el 14 ó 15 después de Cristo ó sea de la Era vulgar, fundados en que la forma del monumento y los caracteres son iguales á la inscripción antes descrita de Druso César. No tememos afirmar que es uno de los monumentos epigráficos históricos más importantes que en España se encuentran. Además de estas inscripciones dedicatorias, copió el comisionado que suscribe otra sepulcral, colocada al pie de una cruz dentro de la ciudadela, escrita en mármol negro del país, en los términos que aquí aparecen bajo el Núm. VIII, debiendo advertir que, á pesar de estar muy bien conservada, no puede afirmar esté exacta la copia del cognombre del sujeto; porque, dando entonces de frente á los caracteres los rayos del sol, no había la sombra necesaria para distinguir los huecos cincelados del resto del mármol. Con dificultad, pues, leyó lo siguiente: [437]
Diis manibus, Lucio Ælio Cæriæ, magistro artis grammaticæ Lucius Ælius Ælianus, libertus, patrono benemerito, vixit annos octuaginta et quinque. Traducción: «A los dioses manes, Lucio Elio Eliano, liberto, dedicó este monumento á su benemérito patrono Lulio Elio Ceria, maestro del arte gramática, que vivió ochenta y cinco años.» Comprueba esta lápida que la civilización en Sagunto estaba adelantada, cuando en ella se ejercía el magisterio de la gramática, tanto más necesario en aquellos pueblos, cuanto que probablemente se hablaría el latín corruptamente. Otros restos de inscripciones vió el que suscribe, ó le hicieron notar sus compañeros de viaje que allí existían; pero, ya porque no se podía formar concepto de su lectura por hallarse fracturados, ó ya porque, empotrados en las paredes á grande altura, no era factible por entonces leerlos, los abandonó; y sólo le resta decir, al terminar el relato de su visita al castillo, que vió empotrado también junto á una tronera de cañón, en la batería de Daoiz, un bajorrelieve en piedra del país, con dos figuras militares dándose las manos, y la una de ellas alzaba la mano siniestra con un puñal para clavarlo al amigo. ¿Sería ésta una representación de los antiguos moradores de Sagunto, que, antes de entregarse á los cartagineses, unos á otros se sacrificaban, prefiriendo la muerte á verse humillados con la esclavitud; ó más bien una representación humana de la fe púnica? Dejamos el castillo y el teatro para disponer nuestro regreso á [438] Valencia, pasando antes por el lado del que se supone fué el antiguo circo, hoy ocupado por lindísimos huertos de naranjos y otros frutales. El Príncipe Pío y D. Enrique Palos, en sus Memorias respectivas, describen estos restos detalladamente; por mi parte sólo pude observar una dilatada pared de mortero romano, al lado de la cual corría una abundante acequia de riego, y en el centro próximamente de ella una portada de sillería perfectamente cortada y de la misma época. Como está muy rebajada, no puede clasificarse el orden á que correspondió. Antes de partir de Murviedro nos condujo el Sr. D. José Galmes y Cubertoret, persona distinguida de dicha ciudad y diputado provincial por el mismo distrito, á una vereda entre los huertos situados á la izquierda del camino, para mostrarnos otra inscripción sepulcral, descubierta no hace muchos años; decía así:
Traducción: «Marco Varvio Valente, Marco Varvio Hermeros, Marco Varvio Calático, Marco Varvio Sintropho, Marco Varvio Chresimo, y Emilia Sintrophe, hicieron el monumento sepulcral de los libertos de Marco Varvio.» Es notable en esta inscripción que todos los dedicantes llevaban cognombres griegos, lo cual era muy común entre los romanos que habitaron en España, especialmente en el litoral de Valencia, como se prueba en muchas inscripciones copiadas por el Príncipe Pío. Haciendo gala de cultura por la lengua helénica, daban á sus esclavos y libertos nombres significativos en aquel hermoso idioma. Aquí Hermeros parece significa cosa de Mercurio (Hermes); Calálicus, natural de Calatium en Mysia; Sintrophus, familiar ó educado en la familia; y Chresimos, útil, conveniente, ventajoso. [439] Otras muchas inscripciones examinamos en Murviedro, empotradas en las paredes; pero, como íbamos provistos de la citada Memoria del Príncipe Pío, vimos que estaban copiadas; contentándonos con cotejarlas, quedando muy satisfechos de la exactitud y precisión con que dicho señor se había ocupado de aquel importante trabajo. Debemos repetir que las inscripciones de que ahora se da noticia á la Academia no están, á nuestro juicio, publicadas, y son por lo tanto inéditas, puesto que no aparecen ni en Grutero, Muratori, Masdeu, Ponz, Cean Bermúdez, ni Cortés, ni en las ediciones de Miriana, de Valencia y de Sabau, ni en ninguno de los opúsculos que sobre inscripciones han visto la luz pública á fines del pasado y principios del presente siglo. Repetimos que las más interesantes, que son las dedicatorias empotradas en las fortificaciones del castillo, han sido casi de seguro descubiertas en época posterior á la fecha en que escribieron la mayor parte de aquellos escritores, y muy probablemente por los directores de la fortificación durante la guerra de la Independencia. De acuerdo con nuestro Correspondiente el Sr. Boix, creímos inconveniente se extendiese un acta de entrega del teatro á la Academia y de la toma de posesión. Como ya no había en Murviedro jefe de Ingenieros, y estando abandonada la zona del castillo, el Ayuntamiento era el que debiera hacerse cargo de aquel edificio, creímos conveniente se nos hiciese entrega por el Alcalde de la población, y al efecto dispusimos volver el martes 26 de Abril al mismo Murviedro. Nos acompañaron el citado Sr. Piñeiro, los diputados á Cortes Sres. Vizconde del Ponton y D. Fermín Lasala, el Sr. Conde de Campomanes, biznieto del antiguo Director de nuestra Academia, y el Sr. Muro, oficial primero de aquel Gobierno de provincia. El Sr. Cubertoret tuvo la bondad de asistir al acto, y el Alcalde nos dió posesión en la forma que aparece del acta que tenemos el honor de presentar. Entretanto que la Academia resuelve lo más conveniente, el Sr. Boix quedó encargado de la conservación del teatro, y preventivamente en Murviedro el Sr. Galmes y Cubertoret, persona instruída y de las condiciones sociales que se dejan mencionadas. En vista de estos antecedentes, el que suscribe se atreve á [440] proponer se cerque el teatro de Sagunto con tapia y piedra, y que se recojan tanto las inscripciones que se encuentren así en el castillo de Murviedro, como aquellas que se hallen sueltas ó en peligro de destruirse dentro de la población ó en su término, conduciéndolas todas al teatro después de cercado, y empotrando en el nuevo muro las que por su forma den lugar á ello. La Academia, sin embargo, resolverá siempre lo más acertado. ANTONIO DELGADO. Madrid, 20 de Mayo de 1819. _____ II. Noticia acerca de un edificio romano que se conserva á las inmediaciones de la villa de Fabara, partido de Alcañiz, en Aragón, extractada de la memoria que en 1807 dirigió al P. Fr. José de la Huerta, de la Academia de la Historia, su discípulo D. E. C.En la parte oriental de Aragón, que llaman allí la tierra baja, está situada la villa de Fabara, sobre la raya de Cataluña, á orillas del río Matarraña, que no lejos de allí desemboca en el Ebro. Fué en otro tiempo del partido de Alcañiz; ahora es del juzgado de Caspe en la provincia de Zaragoza. En aquel pueblo, poco favorecido por los geógrafos, ni frecuentado por viajeros con motivo de su posición excéntrica, existe un edificio romano mal conservado, al cual el vulgo designa con el nombre de Casa de Moros, según la costumbre tradicional de mirar como cosa de ellos todo lo que en España tiene ciertos visos de antigüedad. ![]()
Unida á esta denominación va la tradicional conseja de la consabida mora que está allí encantada, y guardando un riquísimo tesoro. Otra, más popular todavía, ha servido quizá para salvarlo de completa demolición y ruina, pues cuentan las comadres de Fabara que, en ocasión en que se principió á demoler el [441] edificio, se levantó una tormenta tan horrible, que se perdió gran parte de la cosecha, y el temor de que vuelva á suceder esto ha contenido á los aficionados á destruir. Eso no quita para que algunas veces los mozos mal entretenidos del pueblo hayan hecho todo lo posible para santificar los días de fiesta por la tarde, haciendo grandes esfuerzos por arrancar alguna piedra ya movida por las injurias del tiempo. Está el edificio situado á cosa de un cuarto de hora de Fabara, á la parte del NO., y á la izquierda del referido río Matarraña. Rodéanlo seculares olivos, de tal duración y corpulencia, que parecen disputar al edificio romano su venerable antigüedad; siendo extraño que ni los dueños del predio lo hayan utilizado para depósito de instrumentos agricolas, u otros á que se pudiera destinar, como predio rústico, ni la piedad cristiana lo consagrase al culto de la Virgen ó de algún Santo, que fuera un gran medio para haber salvado al edificio. Con todo, ningún altar decora al edificio, ni hay en él vestigios de que lo hubiera en tiempo del gentilismo. Cuatro columnas sencillas de orden toscano decoran su fachada; las paredes laterales están adornadas exteriormente de pilastras istriadas del mismo estilo, y sobre todas ellas corre una cornisa que corona el edificio. En el tímpano del frontón que domina el pórtico, se lee una inscripción que dice:
A primera vista parece que es una inscripción mal leída que dijera Familia Lupi, la familia de Lupo ó de Lope. Pero el apóstrofo, comilla, que separa la L de la A, indica que no pudo ser una F y que debe la letra inicial ser Lucius ó Libertus. Unos hoyitos que hay en la fachada parecen indicar que el edificio estuvo decorado en igual paraje con adornos de bronce, como solían tener los edificios romanos. En las paredes laterales hay algunas ondas y toscos relieves que apenas se advierten ya, pero que indican que estaban adornados de relieves, los cuales han hecho desaparecer, ó las injurias de los tiempos, ó las de la barbarie y la ignorancia. [442] Contrasta la riqueza de la ornamentación exterior con la pobreza del interior. Las piedras que cubren el pórtico son enormes, y, después de formar la cornisa que descansa sobre las cuatro columnas, vienen á apoyarse en el muro donde está la puerta de entrada. La techumbre ha desaparecido por completo; sus escombros obstruyen el edificio en su interior; pero lo notable es que al entrar en él se hallan escalones para bajar á una gran bóveda subterránea, cuya profundidad se ignora, y para cuyo descenso hay un arco que sirve de entrada ó boquete. Un clérigo anciano, que debió alcanzar los comienzos del siglo pasado, contaba, según dice el autor de la Memoria, que, siendo él niño, solían él y otros ir allí á tirar piedras con cierta curiosidad mezclada de terror, pues el ruido que producía el eco al caer, les hacía echar á correr con infantil algazara. Ahora está el subterráneo casi completamente cegado. Resta decir que el edificio en su interior era cuadrado, pero en su exterior cuadrilongo por razón del pórtico que avanza fuera de él. Acompáñanse dos calcos de los toscos dibujos que, con gran paciencia, hizo el Sr. D. E. C., vecino de Fabara, el año 1807, para remitir á su maestro el P. José de la Huerta la Memoria escrita con alguna prolijidad y no escasa inteligencia; la cual venida á poder del Sr. Buil (118), vecino de Zaragoza, que ha tenido la amabilidad de prestarla al autor de estas líneas para formar este pequeño extracto, dará cuenta á la Academia de la existencia de este monumento digno de ser conservado y conocido. Ahora bien, ocurren acerca de él, y con el indicado objeto, las siguientes preguntas: 1.ª ¿Es conocido este monumento en nuestra arqueología? 2.ª ¿Cuál era el objeto de su construcción, y qué significan las letras que aún se leen en el tímpano de su fachada? 3.ª En el caso de que merezca ser conocido y atendido, ¿qué podrá hacer la Academia en obsequio de ese vetusto y abandonado edificio? [443] Manifestaré francamente mi opinión sobre cada uno de los puntos, sometiéndola al mejor juicio y criterio siempre elevado de los señores Académicos. Acerca de la que podemos llamar notoriedad de este edificio, no es fácil resolver. Ninguna persona prudente se aventura nunca á decir que tal monumento es completamente desconocido, ó que un documento no ha sido publicado antes. ¿Quién puede blasonar de haber leído cuanto se ha escrito? Por mi parte, puedo asegurar que nada he leído ni visto acerca de este monumento de Fabara. El autor de la Memoria y dibujos, D. E. C., dice que lo habían visitado varios Padres Escolapios de Alcañiz, los cuales, acostumbrados á manejar los clásicos latinos, suelen tener cierta afición al estudio de las antigüedades. Al visitar aquel edificio algunos de aquellos Padres, no se contentaron con alabarlo, sino que encargaban á los del pueblo que no lo destrozaran más. También lo visitó el año 1804 el P. Jaime Pascual, abad de Belpuig de las Avellanas, uno de nuestros mejores diplomáticos y anticuarios, á principios de este siglo, á quien citan con frecuencia Villanueva en su Viaje literario, La Canal y otros, y siempre con elogio. También el P. Pascual encomió el mérito del edificio, manifestó admiración de que permaneciese ignorado y de que existiese todavía á pesar de la incuria de los hombres y las injurias del tiempo, y exhortó al administrador del dueño del edificio para que mirase por su conservación, lo cual procuró también en vano el autor de la Memoria. No es tampoco enteramente fácil responder á lo segundo. Nuestro dignísimo anticuario el Sr. D. Aureliano Fernández Guerra, á quien enseñé el manuscrito, conjetura, y en mi juicio con muchísimo fundamento, que ese edificio es un panteón de familia, según lo demuestran los dos escalones de bajada al subterráneo, como se encuentran en otros panteones de esta especie. La notoria erudición del señor Anticuario ilustrará indudablemente este punto, si la Academia lo tiene por conveniente, pues yo no debo hacer alarde inoportuno de ajenos conocimientos. Por lo que hace á las escasas letras de la inscripción sobre el pórtico, parecen indicar que el panteón fué construido por un tal Lucio Emilio Lupo. [444] En el hueco que media entre las letras L A y la M debió haber indudablemente una E, pues las palabras Emilius, Emilianus se escriben ÆMILIUS, ÆMILIANVS. La inscripción misma está diciendo que allí falta una letra y la epigrafía dice claramente cuál es la que falta. Pero el genitivo de Emilius no es Emili, sino Emilii, y la inscripción sólo dice Emili. En el escaso trecho que queda bien pudo haber una I, letra sencillísima, la menos voluminosa de todo el alfabeto, destinada por eso hasta entre los números y los signos naturales á representar la unidad, la mayor sencillez. Por ese motivo es la más fácil á desprenderse. Hay letras que pueden sujetarse en la piedra por el fundidor con dos soldaduras, como la A, D y otras varias, y hasta con tres y cuatro, como la N y la M, pero la I queda sujeta generalmente por una sola, y con facilidad para desprenderse. Además, de no suplir otra I, ó tendríamos que acusar la inscripción de mala ortografía, ó suponer que dijera ÆMILIVS, lo cual no puede ser, pues ni concertaría con LUPI, ni cabe suponer dos letras bifusteas, ó de dos palos, como son VS, cuando tenemos dificultad para una, la más sencilla. Resta la dificultad de dar sentido á tres genitivos que sin un nominativo son un absurdo y nada significan. ¿Qué significaría un papel que dijera De Juan Fernández García? Absolutamente nada, y con todo, ¿cuántas veces hemos visto esa inscripción en la primera página de un libro? Claro está que se entiende que aquel libro es de Juan Fernández García. Si la inscripción Lucii Emilii Lupi estuviera sobre la puerta de una casa, sobreentenderíamos ædes, domus: colocada sobre la puerta de un jardín de una casa de campo entenderíamos rus, hortus; si el edificio romano de Fabara era un panteón, como parece debió serlo, ó por lo menos desear el constructor que lo fuese, la inscripción querrá decir que aquel sarcófago ó sepulcro era propiedad de Lucio Emilio Lupo, ó estaba destinado para su sepultura. Por cierto que abundaban en España los Lucios Emilios, y precisamente por aquella tierra. Sin molestarse mucho en registrar grandes colecciones epigráficas, en el tomo VI de la España crítica de Masdeu se encuentra en Sagunto un Lucio Emilio Máximo (Maxumo). En Tarragona hay un Flamen llamado Lucio Emilio, [445] hijo de Paulo; en la misma ciudad un Lucio Emilio Saturnino, que dedica otra inscripción sepulcral á otro Flamen (números 720, 763 y 764). En Segorbe hay noticia de otro Flamen llamado Lucio Emilio, hijo de Lucio. Este era Flamen en Roma: quizá por algunos favores que le debieran los segobricenses le dedicaron una estatua de bronce. En Roma había también inscripción dedicada á Lucio Emilio, hijo de Lucio, Tribuno de la legión VIII de España (números 910 y 1.123). Por de contado que en todas ellas se escribe constantemente L. ÆMIL., L. ÆM., y sólo en la de Roma y las de Tarragona L. ÆMILIO con todas sus letras. Es curiosa una medalla de Obulco con los nombres de los Ediles Lucio Emilio y Marco Junio, en donde el Emilio se escribe AIMILIO = OBVLCOL. AIMIL (núm. 713). El sobrenombre Lupo no era tampoco extraño en la Edetánea. En medalla de Zaragoza se encuentra un duunviro llamado Lupo (núm. 601 ibidem). Los leccionarios antiguos que dan cuenta de la predicación de los siete varones apostólicos citan á la piadosa matrona Lupa ó Luparia que en su casa les dió caritativa hospitalidad. Aunque á riesgo de pecar de prolijidad y aun de pesadez, no dejaré de citar dos inscripciones sepulcrales en genitivo, regidas por el nominativo plural ossa, por ser muy raras, pues casi todas están en nominativo y en dativo.
La primera en Valencia, la segunda en Portugal (números 1.178 y 1.179). Entre las cuarenta inscripciones sepulcrales que coleccionó Masdeu, estas dos solas están en genitivo. A lo tercero es más fácil responder. Sea ó no sea conocido ese pobre vestigio de la antigüedad romana, tal cual exista, es indudable que merece ser conservado. Los medios son difíciles en [446] el estado de penuria en que se hallan el país y la Academia, y en atención á lo extraviado del sitio en que está. Con todo, una buena voluntad siempre halla medios de hacer algo. Pudiera en efecto darse noticia de su existencia á la Comisión provincial de Zaragoza, para ver si ella arbitraba algún medio de conservación. Pudiera indicarse también la conveniencia de que algún fotógrafo, si por fortuna lo hubiese en Alcañiz ó Caspe, sacara algunas vistas del edificio, en la esperanza de que se le compraran algunas pruebas en Madrid y Zaragoza. Finalmente, pudiera algún señor Académico tomarse la molestia de hacer un artículo para insertarlo en algún periódico ilustrado, con sus grabados correspondientes, á fin de que si no subsiste el edificio tal cual estaba hace medio siglo, por lo menos los arqueólogos españoles tengan noticia de lo que restaba de él á principios de éste. ¡Ojalá que de otros monumentos de que no resta ya vestigio alguno, quedasen síquiera dibujos, como los que hizo el autor de la Memoria sobre el sacelo sepulcral de Lucio Emilio Lupo, ó sea la Casa de los Moros en Fabara! La Academia, sin embargo, con superiores luces y su recto criterio, dispondrá como siempre lo que fuere más acertado. VICENTE DE LA FUENTE. Madrid, 27 de Marzo de 1874. _____ III. Los nuevos bronces de OsunaCumpliendo el Académico que suscribe el encargo que se sirvió conferirle nuestro Director accidental, para dar dictamen acerca de la obra titulada Los nuevos bronces de Osuna, remitida por el Excelentísimo Sr. Ministro de Fomento para cumplir lo que se [447] dispone en el Real decreto de 12 de Marzo de 1875, somete á la Academia el siguiente informe: Conocido es de cuantos en España y fuera de ella se dedican á los estudios históricos, el importante descubrimiento que tuvo lugar hace pocos años cerca de la ciudad de Osuna, de unas tablas de bronce que contenían parte de la ley dada á la colonia establecida por César, después de su victoria de Munda, en la antigua Ursao que había seguido el bando de los Pompeyanos. Sobre estas tablas escribió nuestro Correspondiente D. Manuel R. de Berlanga un libro de extraordinario mérito, no sólo descifrando y traduciendo aquellos interesantes epígrafes, sino comentándolos cumplidamente, ya considerándolos como monumento de nuestra historia, ya como dato de gran precio para la del derecho romano. Los más famosos epigrafistas del extranjero, entre ellos el ilustre Mommsen, se ocuparon después que el Sr. Berlanga en el estudio de estos bronces, aceptando con escasas variantes la interpretación del sabio español, que obtuvo de este modo la aprobación de una de las mayores autoridades que en esta materia existen hoy en Europa. Apenas publicada su obra supo el Sr. Berlanga que, el que había encontrado las tres tablas, que habían sido objeto de su estudio, poseía otras dos, y es posible que aún posea otras, porque con las cinco conocidas no se completa la Ley de la colonia Julia Genitiva; y la persona que hizo este feliz hallazgo, ajena al amor de las ciencias, se mueve sólo por el deseo del lucro, y para obtenerlo cree sin duda más eficaz ir despertando gradualmente el interés y el deseo de los particulares y del Gobierno, para sacar en varias veces mayor suma de la que obtendría enajenando en junto su Tesoro. Por esta causa fueron inútiles las diligencias que hizo el Sr. Berlanga para estudiar detenidamente las nuevas tablas, que apenas le dejó ver su poseedor, cuando emprendió con este objeto un viaje á Osuna; pero felizmente fueron el pasado año adquiridas por el Gobierno, y ya pudo el Sr. Rodríguez de Berlanga continuar la obra que sobre las tres primeras tablas conocidas había escrito, y esta continuación es la que se ha remitido á la Academia con el expresado objeto. Ya manifestó el que suscribe al dar dictamen sobre otra obra [448] del Sr. R. de Berlanga, que tiene por objeto el estudio de los bronces de Málaga y Salpensa, la gran importancia que tiene para el conocimiento de nuestra historia esta clase de trabajos; y para que se forme una idea del libro que ahora se examina bastará indicar las materias á que se refieren las rúbricas ó capítulos de los dos bronces que en él se descifran y comentan. Helas aquí: 61. De las sentencias en derecho civil y su ejecución. 62. De los dependientes de los duunviros y ediles, de sus exenciones y emolumentos. 63. De los dependientes de los primeros duunviros y de sus emolumentos. 64. Que los decuriones determinen las fiestas de la colonia. 65. Que se destine á los sacrificios el producto de las penas impuestas con ocasión de los vectigales. 66. De los primeros pontífices y augures; de sus corporaciones y privilegios. 67. De la elección de los pontífices y augures. 68. De los comicios para crear pontífices y augures. 69. De la entrega de los fondos correspondientes á los contratistas de las festividades religiosas. 70. De las fiestas y representaciones teatrales que deben dar los duunviros. 71. De las fiestas y juegos que deben dar los ediles. 72. Cómo ha de invertirse el dinero de las ofrendas hechas en los templos. 73. Que no se sepulte en tierras de labor. 74. Que no se quemen los cadáveres á menos de quinientos pasos de la colonia. 75. Que no se derriben edificios sin orden de los decuriones ó afianzando levantarlos de nuevo. 76. Que no haya dentro de la ciudad alfarerías. 77. De la construcción de los caminos y cloacas. 78. De los caminos, de los términos y vías públicas. 79. De las servidumbres rústicas. 80. Que se dé cuenta á los decuriones de los negocios encomendados á cualquier colono. [449] 81. Del juramento de los escribas. 82. Que no puedan venderse las propiedades públicas, ni arrendarse por más de cinco años. Véase cuántos y cuán interesantes pormenores de la vida pública y privada de la colonia Julia se dan á conocer en estas tablas, cómo al cabo la civilización del pueblo colonizador se extendió á la totalidad de la Península; de aquí el valor que este monumento tiene para nuestra historia nacional. El Sr. Berlanga lo estudia concienzudamente, y de sus comentarios resulta claramente perceptible la organización, que, copiada de la ciudad de los siete montes, vino á ser la forma social y política generalmente adoptada en todos los pueblos latinos. De lo que se conoce de la lex Julia resulta una nueva comprobación de aquel régimen admirable, pues vemos en ella la existencia de los comicios, reunión de todos los colonos que gozaban del derecho colonial y fuente inmediata de toda autoridad así civil como religiosa; la curia, representación del Senado romano; los duunviros que hacían las veces de los Cónsules cuando éstos tenían las facultades que después compartieron los pretores, es decir, el poder gubernativo y judicial, y, por último, los ediles encargados de la policía municipal. Al lado de estos funcionarios civiles existían los pontífices y los augures elegidos también por los comicios. Sólo el capítulo 61, que es el primero de estas dos tablas, se refiere al derecho privado, y aunque incompleto es de sumo interés porque contiene prescripciones y reglas para la manus injectio, modo primitivo de ejecución de las sentencias dictadas por virtud de la actio sacramenti, que, como se sabe, era en los antiguos tiempos la forma quiritaria por excelencia de hacer efectivos los derechos de los particulares. Basta con lo dicho para demostrar que la obra de que se trata está comprendida en el artículo 3.º del Real decreto de 12 de Marzo de 1875, pues no sólo es original, sino de relevante mérito; y como trata de materias á cuyo estudio por desgracia son pocos los que se dedican entre nosotros, su autor no ha de encontrar en el público medios de sufragar siquiera los gastos de la edición: por tanto, la protección que el Gobierno le dispense es menester que llegue hasta el límite que se marca en el artículo 5.º del [450] referido Real decreto; esto es, que debe adquirir quinientos ejemplares de la obra ya impresa, con cuyo producto, ya que no sea pago de su trabajo, podrá indemnizarse el autor de parte de sus gastos. Tal es mi parecer que someto al más ilustrado y competente de la Academia. ANTONIO MARÍA FABIÉ. Madrid, 11 de Febrero de 1878. _____ IV. El libro sobre el Marqués de la Ensenada, de don Antonio Rodríguez Villa.Excmo. Señor: Los aficionados á estudios históricos tienen motivo para celebrar la aparición del Ensayo biográfico sobre el Marqués de la Ensenada, que en un volumen de 540 páginas bien impresas saca á luz D. Antonio Rodríguez Villa, y remite el Ministerio de Fomento para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875. Y así lo cree la Comisión honrada con la ponencia del informe, al notar que el autor, penetrado de las exigencias actuales de la Historia, parco en palabras, cuanto pródigo en documentos, los presenta hábilmente para que el lector reflexivo vea en ellos la fisonomía moral del personaje objeto de su obra, con detalles á que no llegan ni la narración, ni la paráfrasis, ni el comentario de la dicción más ingeniosa. Aunque dice poco de la vida privada, retratan los documentos con tal fidelidad como hombre de Estado al famoso ministro de Fernando VI, y de tal modo fijan sus condiciones personales, que fácilmente se infiere el resultado de cada una, puesta en juego en los múltiples casos de la vida íntima. Disipando dudas, desvaneciendo errores, fijando fechas, aclarando ó descubriendo noticias sobre linaje, lugar de nacimiento, carácter, educación y [451] virtudes cívicas del ilustre Marqués, demuestran unos sus altas miras, otros sus eminentes dotes, muchos sus nobles tendencias, hasta presentar la suma de ellos la gran figura realzada sobre la ya grande con la que la Historia lo ha bosquejado. Así debía suceder. A los hombres hay que mirarlos desde lejos para que el tiempo vaya disipando la niebla que levantan las pasiones de los de su siglo; y una centuria no es mucho para despejar la figura prominente de uno de los reinados más interesantes de nuestra historia. A ella presta útil servicio el Sr. Rodríguez Villa con la luz que documentos en gran parte inéditos arrojan sobre un periodo digno del detenido estudio de historiadores y de la mayor atención de gobernantes; préstalo á las letras por su dicción castiza y adecuada al asunto; y aunque no se haya propuesto escribir una biografía completa y el plan de su libro no sea enteramente á propósito para el público que prefiera la amenidad y el movimiento á la aridez de escritos fehacientes, calma por lo mismo los deseos de los estudios ávidos de pruebas en materia de historia. En tal concepto, no vacila la Comisión en considerarlo comprendido en el artículo 3.º de la Real disposición mencionada, no ya para la concesión de la modesta cifra á que limita su instancia, sino para la mayor que pueda otorgarle el Ministerio que ha de resolverla. La Academia, no obstante, acordará lo más acertado. JAVIER DE SALAS. JOSÉ GÓMEZ DE ARTECHE. Madrid, 15 de Febrero de 1878. _____ V. Historia contemporánea de Weber, traducida por A. García Moreno.Designado el Académico que suscribe por nuestro Director accidental para dar dictamen sobre la obra titulada Historia contemporánea [452] (1830 á 1872), escrita por Weber y traducida por A. García Moreno, lo evacuará con la posible concisión. La obra de que se trata es muy conocida, no sólo por los que se dedican al estudio de la Historia, sino por cuantas personas alcanzan mediano grado de ilustración así en nuestra patria como en el extranjero, porque, si bien escrita en idioma alemán, ha sido vertida más de una vez á casi todas las lenguas vulgares, especialmente al francés, de donde parece hecha la traducción castellana, sobre que se ha servido pedir informe á esta Real Academia el Excmo. Sr. Ministro de Fomento. Nada dirá el que escribe acerca de las cualidades literarias de su versión, porque según la Real orden de 23 de Junio de 1876, la Academia Española es la llamada á dar su parecer sobre este punto. En cuanto al fondo de la obra poco cabe decir por haber sido ya juzgada, y juzgada favorablemente por la opinión de todos los pueblos de Europa: sólo convendrá advertir que su autor es un hombre de escuela, que profesa opiniones determinadas de las varias que en los actuales momentos se disputan el triunfo en el terreno de la ciencia y de la política, por lo cual, sin que se eche de ver en su escrito el fanatismo del sectario, carece de aquella imparcialidad que debe resplandecer en las obras históricas; así es que su juicio sobre las doctrinas, sobre los sucesos y sobre los hombres serán en gran parte rectificados por la posteridad, que es quien está llamada á pronunciarlos con mayor acierto acerca de los sucesos contemporáneos. El traductor ha puesto algunas notas de su cosecha ó tomadas de varios autores para corregir algunas aseveraciones del texto, y especialmente los juicios, casi siempre injustos y aun acerbos, que en él se hacen respecto á las cosas de nuestra patria; y si bien esto es laudable, todavía sería de desear que en los sucesivos tomos fueran estas notas más frecuentes, pues en el que se examina se han dejado pasar sin reparo varias inexactitudes relativas á nuestras cosas y no pocos fallos injustísimos sobre los personajes más ilustres de nuestra historia contemporánea. El apéndice relativo á la historia de los Estados americanos, aunque brevísimo, es apreciable, porque son muy poco conocidos los hechos ocurridos, singularmente en las Repúblicas [453] hispanoamericanas, desde que alcanzaron su prematura independencia. Por las consideraciones expuestas entiende el que suscribe que la versión castellana de la Historia contemporánea de Weber, encontrará buena acogida en el público, no siendo de aquellas que exigen, por lo tanto, especial protección del Gobierno; sin embargo, como conviene que figure en las bibliotecas públicas, deberá adquirirse el corto número de ejemplares que sea necesario para este fin, conforme lo consienta el crédito señalado para ayuda y subvención de obras en el presupuesto vigente. Tal es mi parecer que someto al más ilustrado y competente de la Academia. ANTONIO MARÍA FABIÉ. Madrid, 15 de Febrero de 1878. _____ VI. Sobre el sepulcro y restos mortales de Fray Diego de Velázquez, existentes en San Gumiel de Izan.Excmo. Señor: Evacuando el informe que se me previene acerca del sepulcro y restos mortales del incomparable español Fr. Diego de Velázquez que existieron en Gumiel de Izan, provincia de Burgos, me permitirá la Academia que copie las palabras con que puse fin á mi Historia de la Orden de Calatrava, publicada hace catorce años. «¿Cómo ha de conservar las reliquias de nuestra antigua y portentosa grandeza la Edad presente, en que el prócer enajena los retratos de sus abuelos por un poco de plata; en que las puertas y los vasos del Santuario se profanan, haciendo que adornen la cámara del Sibarita; en que, sin curarse de ello nadie, está rodando por una casa particular, remendado con papel y engrudo, el cráneo de Fr. Diego de Velázquez? De la Orden de Calatrava no resta ya sino el nombre tan sólo. ¡Ay de esta generación [454] ingrata, envidiosa, avara, descreída, llena de vanidad y soberbia! ¡Qué severamente la juzgarán las por venir! Usar los nombres de Hércules, Octavios y Alejandros, bien puede permitirse á los Colomas y Farneses; pero, quien ambicione honrarse con nombres ilustres, comience por hacerse digno de ostentarlos.» A mi Historia estaban suscritos muchos caballeros de la Orden; pero no deben haberla leído, ó debieron cansarse antes de llegar á las últimas páginas. Creo que se está en el caso de trasladar á la persona más autorizada de la Orden el oficio del Inspector de Antigüedades de las provincias de León y Palencia, que original se ha servido remitirnos la Real Academia de San Fernando; y encarecerle lo bien que parecerá que la Orden tome eficazmente mano en un asunto que tan de cerca le atañe, y haga que se depositen en la Catedral de Burgos así el sarcófago como los restos del peregrino organizador de aquella milicia de frontera, tan benéfica á la libertad de España. La Iglesia de Burgos no podrá menos de recibir con gratitud tan precioso depósito; y los caballeros de Calatrava darán una prueba insigne de piedad y de cordura ocupándose, ya que no en debelar á los enemigos de España, pues por lo visto no los tiene, en mirar por su buen nombre y por la conservación de sus glorias envidiables. La Academia resolverá. AURELIANO FERNÁNDEZ-GUERRA. Madrid, 12 de Abril de 1878. _____ VII. Crónica de los reyes Francos, por Gotmaro II, obispo de GeronaDe parcial se inculpa, y no sin algún fundamento, la historia escrita por los interesados, que es raro inquirir y acertar verdaderamente con la puntual expresión de los hechos, cuando el [454] escritor se siente movido por el estímulo de la pasión, cuyo efecto natural es colocarle una manera de velo delante de los ojos. Ni los amigos ni los adversarios fueron jamás á propósito para juzgar los acontecimientos históricos, pudiéndose colegir en lo común que, aun alentados á la continua por propósitos laudables, han de preferir ó inclinarse con suma facilidad á recibir por buenas especies y explicaciones, no desconformes con sus afectos. Achaque de escasa trascendencia, si toda narración historial fuese espejo de la rectitud de un ánimo guiado por incontrastable amor á la averiguación de la verdad, al bien y progreso del humano linaje, á vueltas de generoso y sincero patriotismo; pero enfermedad gravísima y perniciosa, desde qu |