  La cuestión palpitante
Emilia Pardo Bazán
[Nota preliminar: Edición digital a partir de la
de Obras completas, I, Madrid, Imprenta de A. Pérez
Dubrull, 1891 y cotejada con la edición crítica
de José Manuel González Herrán (Barcelona,
Anthropos, 1989). Asumimos las variantes de las ediciones
de 1882 y 1883 incorporadas al texto por el citado especialista.
Actualizamos la ortografía y la puntuación.
Recomendamos la consulta de la excelente edición del
profesor José Manuel González Herrán
para la correcta apreciación crítica del texto
de Emilia Pardo Bazán.]
  Prólogo de la cuarta edición
Debe de ser muy parecida la impresión que produce
el reeditar un libro hace tiempo agotado -sobre todo un libro
como éste, de tan viva polémica- al sentimiento
que se despierta en el alma cuando abrimos un cajón
atestado de correspondencia antigua, donde yacen apagados
y mudos los viejos afectos, los viejos intereses y las viejas
tribulaciones. Con melancólica sorpresa escarbamos
en las cenizas, releemos carillas y más carillas,
y el pasado renace una hora. ¡Cuán bien discernimos
entonces los yerros ajenos y propios! ¡Cuán disculpable
engreimiento nos domina al advertir quizás que no
en todo errábamos, que por ventura la experiencia
de hoy corrobora las previsiones de ayer!
Al repasar las
hojas de La Cuestión Palpitante, antes de resolverme
a reimprimirla al frente de mis Obras completas, noto más
deficiencias en la composición del libro que diferencia
entre mis ideas estéticas de entonces y las de ahora.
Si intentase corregir o refundir, tendría que añadir
mucho, sin variar esencialmente nada. Como que en realidad,
la discutida, combatida, asendereada y -perdóneseme
la afirmación- leidísima Cuestión Palpitante,
no fue catecismo de una escuela, según erradamente
creyeron los que la vieron con ojos maliciosos o descuidados,
sino exposición de teorías que aquí
se habían entendido al revés, con saña
y reprobación tan antiliterarias como ciegas, y ensayo
de crítica de esas mismas teorías, sin pasión
ni dogmatismo. Hoy, que se ha serenado el cielo, cualquiera
que se tome el trabajo de repasar las hojas de mi libro verá
que no es tal Biblia del naturalismo (así le llamaba,
en chanza probablemente, cierto sapientísimo historiador),
sino una tentativa de sincretismo, tan batalladora en la
forma como serena y tolerante en el fondo.
No diré
que no se hayan modificado poco ni mucho mis ideas estéticas
desde 1882, fecha en que insertaba La Época mis artículos
titulados La Cuestión Palpitante. Se han modificado,
o, mejor dicho, han devenido, de un modo tan orgánico
y natural como el fruto sobre el árbol. La raíz
y tronco no podían mudar ni mejorar: lo afirmo, precisamente
porque estos principios inmutables e inmejorables en que
se basa mi estética, ni me pertenecen ni pertenecen
a nadie en propiedad exclusiva: son a la crítica lo
que el método experimental a la ciencia: el fundamento,
la base, el báculo para caminar y no caerse: desde
ellos se puede lanzar el juicio a otras regiones; sin ellos
no se va a ninguna parte. Y por su misma fecundísima
amplitud es por lo que, sin renegar de ellos, puede el espíritu
ir cambiando suavemente su primitiva orientación,
en busca de horizontes cada vez más anchos, de mayor
armonía y totalidad artística y humana. Completarse
sin desmentirse, es tal vez el ideal del pensamiento.
Sobre
todo lo que aquí indico en cifra, y sobre otros diversos
puntos de vista que me sugiere La Cuestión Palpitante releída hoy, podría yo, claro está,
intercalar disertaciones que cuadruplicasen el texto primitivo,
y refundir y variar éste, hasta dejarlo como nuevo.
Podría también llenar vacíos, que reconozco
y lamento, y extenderme en completar el boceto ligerísimo
que tracé de la novela europea. La omisión
más evidente en La Cuestión Palpitante es la
de la novela rusa: omisión doblemente perjudicial,
porque no es sólo laguna en la erudición, sino
algo peor, supresión de un lado entero de la cuestión misma, que completa, repara, ensancha, rectifica, explica
el otro, representado por la novela francesa, y único
a que en el presente libro atendí. Verdad es que,
si mío fue el agravio, el desagravio mío fue
también. Era en España la moderna novela rusa,
de tan profundo sentido y capital importancia, mucho más
desconocida en 1887 que la francesa en 1882, cuando me arrojé
a exponer en el Ateneo su desarrollo, carácter y significación,
logrando por primera vez allí y en la prensa alguna
resonancia los nombres exóticos de Gogol, Tolstoy,
Dostoyeuski, Turguenef, Chedrine, y demás astros del
realismo ruso. Hoy el público español está
casi familiarizado con esos nombres ilustres, especialmente
con el del gran Tolstoy; y como mis tres lecturas en el Ateneo
sobre La Revolución y la Novela en Rusia forman un
grueso tomo, me sería fácil... hasta la ignominia,
rellenar La Cuestión Palpitante con noticias de un
asunto que tan conocido tengo. Ni tampoco me parece arco
de iglesia añadir a las páginas dedicadas a
la novela rusa otras suplementarias, donde más o menos
analíticamente se estudiase el realismo italiano,
el belga, el inglés, el sueco, noruego y dinamarqués,
el yankee, y unas miajillas el alemán -que apenas
existe-. Revistas, periódicos, cartas y libros he
recogido en los ocho años que transcurrieron desde
la publicación en tomo de mis cartas a La Época, donde tengo almacén más que suficiente para
extraer materiales y tapar esos huecos, que soy la primera
en notar y reconocer. Y en cuanto a nuestra novela nacional,
¡qué de páginas podría suplir quien
se propone historiarla en plazo no muy remoto, y quien ya
tiene escritas sobre un solo novelista de los de primera
línea, Pedro Antonio de Alarcón, más
de doscientas páginas!.
A dos razones he mirado para
no añadir párrafo ni línea ni quitar
coma ni punto de La Cuestión Palpitante. La primera
y principal, que este libro posee cierto carácter
histórico; que señala y encarna, por decirlo
así, un momento, una fase de las ideas estéticas
en España, y que valga poco o nada, sea intrínsecamente
bueno, mediano o malo de remate, es lo que es, y perdería
todo su ser con la menor alteración, reforma o embellecimiento
que en él introdujese su propia autora. La segunda
razón, de orden menos elevado y más práctico,
es que, desde hace un año que se agotó enteramente
el libro, no han cesado de pedirlo en librería, y
como supongo que mis amables y constantes lectores de América
y de España lo que solicitan es aquella misma Cuestión
Palpitante de antaño, juvenil y belicosa, la que ocasionó
el gasto de tantos frascos de tinta, no veo con qué
derecho les he de dar, en vez de la que piden, otra obra,
que, víctima de la transformación tan funesta
a la beldad femenil, hubiese perdido la esbeltez y viveza
de los pocos años, engruesando y presentándose
repleta y madura.
Quédese, pues, para su lugar el
estudio completo sobre la novela española; aguarden
a que yo publique un tomo de Polémicas literarias
los varios artículos, que escribí en apología
o defensa de las ideas vertidas en La Cuestión Palpitante -con algo más que no quisiera se me pudriese dentro-,
y salga el libro sin más aditamentos ni comentarios
que las sucintas indicaciones siguientes, que son en cierto
modo su hoja de servicios.
La edición que hoy ofrezco
al público, es la cuarta. Apareció la primera
en La Época, en el invierno de 1882 a 1883, la segunda,
a mediados de 1883, en un tomo delgadillo, de apretada letra
y ningún garbo bibliográfico; la tercera, en
1886, en lengua francesa, versión de Alberto Savine
y edición de la casa Giraud. La cuarta es la que tienes
en tus manos, lector benévolo.
Cuando, después
de haberse publicado en La Época, se reimprimían
para formar tomo mis artículos de La Cuestión
Palpitante, el Sr. D. Daniel López, paisano mío
y por mí encargado de la edición -pues yo me
hallaba en la Coruña-, me manifestó en carta
particular que nuestro común amigo el señor
D. José Rodríguez Mourelo le participaba que
el Sr. D. Leopoldo Alas (Clarín), se brindaba espontáneamente
a encabezar con un prólogo el libro. Aceptada la oferta,
añadióse el prólogo con distinta numeración
(por estar la tirada bastante adelantada ya). Este prólogo
no figura en la traducción francesa, la cual lleva
en cambio uno del traductor Alberto Savine, que también
he incluido ahora.
No es factible que yo recuerde todos
los artículos de controversia de que fueron causa
ocasional (no me atrevo a decir ni a pensar que eficiente)
los míos de La Cuestión Palpitante. En la conciencia
de todos los que leen y siguen con atención el movimiento
literario está el que pocos libros de crítica
habrán movido aquí tal oleaje de discusión;
y en la mía está el no envanecerme de un resultado
que tuvo gran parte de circunstancial y con más ciencia
y reflexión, y fruto de más laboriosas vigilias.
En la imposibilidad de catalogar adhesiones, impugnaciones,
elogios, ataques, injurias, todo cuanto en la prensa diaria
puede servir como de termómetro para apreciar si una
obra se lee con interés, nombraré tan sólo
los libros o trabajos un poco extensos que llegaron adventicio,
puesto que no lo consiguen libros escritos a mi noticia,
y cuya publicación fue consecuencia de la de mi Cuestión
Palpitante. Tres volúmenes tengo a la vista. Titúlase
el primero en fecha lo mismo que el mío: La Cuestión
Palpitante, y lleva de subtítulo: Cartas a la Sra.
Doña Emilia Pardo Bazán, por J. Barcia Caballero;
1884. El segundo: La novela moderna, cartas críticas,
por Juan B. Pastor Aicart, 1886. El tercero: Apuntes sobre
el nuevo arte de escribir novelas, por Juan Valera, 1887. Y sin formar tomo, pero con extensión bastante para
dar de sí un más que mediano folleto, hago
memoria de otros tres trabajos o series de artículos:
El naturalismo en la novela, monografía por D. Manuel
Polo y Peyrolón; los Estudios del presbítero
señor Díaz Carmona, publicados, si no me equivoco,
en la Revista La Ciencia Cristiana; y los varios artículos
de Luis Alfonso, que La Época dio a luz como triaca
del veneno destilado en los míos... Ya sé yo
que ni el muy discreto director de La Época, ni el
muy entendido crítico, se formalizarán por
esto de la triaca; máxime cuando les consta que yo
tengo del diario conservador la idea que merece en cuanto
a amplitud y finura de gusto literario, cuestión en
que podría dar lecciones a diarios más avanzados
en ideas políticas.
A los artículos del Sr.
Alfonso, que se publicaron casi pisando la cola del traje
a los míos, respondí en tiempo y sazón
convenientes. El libro de D. Juan Valera comienza en estos
renglones, que forman parte de la dedicatoria a D. Pedro
Antonio de Alarcón: «Mi querido amigo y compañero:
Años ha que me dedicó V. un tomo de sus obras.
Desde entonces deseo darle muestras de mi gratitud y pagar
el obsequio, hasta donde esté a mi alcance, dedicándole
algún escrito mío. Por desgracia, la esterilidad
de mi ingenio y mi pereza, que siempre fueron grandes, han
ido en aumento con la vejez. Nada he escrito en mucho tiempo.
Ha sido menester para que yo escriba, como quien despierta
de prolongado sueño, que nuestra entusiasta amiga
Doña Emilia Pardo Bazán se declare naturalista,
y que yo lo sepa con sorpresa dolorosa». Las 286 páginas
de graciosa, intencionada y erudita impugnación que
siguen a este aserto, me hubiesen dado a mí, si se
publican el año de 1884, tela para otro volumen. Mas
del 86 al 87, corridos casi cinco años desde los artículos
de La Cuestión Palpitante, el instinto me decía
que era pasada la hora de la escaramuza de vanguardia, y
que ya no podía yo, ni desde afuera ni desde adentro,
situarme en la misma posición de los primeros días
del combate. Responder a Valera era tentador y honroso, y
lucido y hasta divertido para mí; entre otras razones,
por ser el autor de Pepita Jiménez, además
de persona tan sabia y exquisita, hombre de educación
social selecta, con quien se puede cruzar el acero en honrosa
lid, sin temer que suelte el florete y esgrima el garrote
del villano o el cuchillo cachicuerno del rufián;
y si no respondí, a pesar de la bondad con que el
mismo Valera me incitaba a ello, fue sólo por creer
que no había pájaros en los nidos de antaño;
que para rehacer La Cuestión Palpitante era tarde
ya. No renuncio, sin embargo, a decir algo del libro de Valera
en el tomo de Polémicas literarias; mas no en tono
de quien responde a una impugnación, sino de quien
examina un libro digno de examen, y mira dentro de sí
para averiguar, a la vuelta de ocho años, en qué
sigue disintiendo de su impugnador, y en qué puntos
vino a coincidir con él. Dos veces tuvo ocasión
el gran novelista y original y poderoso crítico francés
Emilio Zola de manifestar opiniones muy lisonjeras para La
Cuestión Palpitante, que leyó traducida; opiniones
que, por proceder de persona sincera y franca hasta la rudeza,
adquieren doble valor. No obstante, yo titubearía,
recelando colocar al frente de esta reimpresión de
mi libro palabras del pontífice naturalista, si algunas
de estas palabras no fuesen cabalmente, en vez de banderín
y enseña que me afilie a escuela determinada, explícita
declaración de que Zola -más perspicaz que
la inmensa mayoría de mis compatriotas, que no se
hartan de llamarme sectaria naturalista- ve en mí
a un disidente o heterodoxo, y se da cuenta exacta del abismo
que media entre mis ideas filosóficas y religiosas
y las suyas, aunque no se detenga (ni era cosa de que se
detuviese) a explicarse mi fórmula, que considero
más ancha y larga, y por lo tanto más humana,
que la suya..., dicho sea con todo el respeto que merece
al insigne poeta épico de Germinal, y todo el convencimiento
de mi insignificancia absoluta y relativa, porque uno son
las ideas y otro el que las sostiene y propugna, y aquí
Dios ha dispuesto que la mejor causa tenga el peor paladín...
Ni paladín siquiera... ¡Una Clorinda, armada de punta
en blanco!...
EMILIA PARDO BAZÁN
  Prólogo de la segunda edición
Mano sucia de la literatura llamaba al naturalismo un ilustre
académico, pocos días hace; y ahora tenemos
que una mano blanca y pulquérrima, de esas que no
ofenden aunque peguen, por ser de quien son, y que se cubren
de guante oloroso de ocho botones, viene a defender con pluma
de oro lo que el autor de El Sombrero de Tres Picos tan duramente
califica.
Aunque en rigor, tal vez lo que en este libro
se defiende no es lo mismo que el señor Alarcón
ataca, como los molinos que atacaba Don Quijote no eran los
gigantes que él veía.
No es lo peor que el
naturalismo no sea como sus enemigos se lo figuran, sino
que se parezca muy poco a la idea que de él tienen
muchos de sus partidarios, llenos de una fe tan imprudente
como todas las que son ciegas.
En España, y puede
ser que fuera suceda lo mismo, las ideas nuevas suelen comenzar
a pudrirse antes de que maduren: cuando los españoles
capaces de pensar por cuenta propia todavía no se
han convencido de algo, ya el vulgo está al cabo de
la calle, y ha entendido mal lo que los otros no acababan
de entender bien. Lo malo de lo vulgar no es el ser cosa
de muchos, sino de los peores, que son los más. Las
ideas que se vulgarizan pierden su majestad, como los reyes
populacheros. Porque una cosa es propagar y otra vulgarizar.
Los adelantos de las ciencias naturales vulgarizados han
dado por fruto las novelas absurdas de Verne y los libros
de Figuier. El positivismo que ha llegado a los cafés,
y acaso a las tabernas, no es más que la blasfemia
vulgar con algunos términos técnicos.
El naturalismo
literario, que en España han admitido muy pocas personas
formales, hasta ahora, cunde fácilmente, como un incendio
en un almacén de petróleo, entre la gente menuda
aficionada a lecturas arriesgadas. Es claro que el naturalismo
no es como esos entusiastas, más simpáticos
que juiciosos, lo comprenden y predican. El naturalismo,
según ellos, lo puede derrotar el idealismo cinco
veces en una hora: el naturalismo, según él,
no lo ha entendido el Sr. Alarcón todavía,
y lo que es más doloroso, el Sr. Campoamor tampoco.
Para éste es la imitación de lo que repugna
a los sentidos; para Alarcón es... la parte contraria.
El libro a que estos renglones sirven de prólogo
es uno de los que mejor exponen la doctrina de esa nueva
tendencia literaria tan calumniada por amigos y enemigos.
¿Qué es el naturalismo? El que lea de buena fe, y
con algún entendimiento por supuesto, los capítulos
que siguen, preparado con el conocimiento de las obras principales,
entre las muchas a que ésta se refiere, podrá
contestar a esa pregunta exactamente o poco menos.
Yo aquí
voy a limitarme, en tal respecto, a decir algo de lo que
el naturalismo no es, reservando la mayor parte del calor
natural para elogiar, como lo merece, a la señora
que ha escrito el presente libro. Porque, a decir verdad,
si para mí es cosa clara el naturalismo, lo es mucho
más el ingenio de tan discreto abogado, que me recuerda
a aquel otro, del mismo sexo, que Shakespeare nos pinta en
El Mercader de Venecia.
El
naturalismo no es la imitación de lo que repugna a
los sentidos, Sr. Campoamor, queridísimo poeta; porque
el naturalismo no copia ni puede copiar la sensación,
que es donde está la repugnancia. Si el naturalismo
literario regalase al Sr. Campoamor los olores, colores,
formas, ruidos, sabores y contactos que le disgustan, podría
quejarse, aunque fuera a costa de los gustos ajenos (pues
bien pudieran ser agradables para otros los olores, sabores
formas, colores y contactos que disgustasen al poeta insigne).
Pero es el caso que la literatura no puede consistir en tales
sensaciones ni en su imitación siquiera. Las sensaciones
no se pueden imitar sino por medio de sensaciones del mismo
orden. Por eso la literatura ha podido describir la peste
de Milán y los apuros de Sancho en la escena de los
batanes, sin temor al contagio ni a los malos olores. El
argumento del asco empleado contra el naturalismo no es de
buena fe siquiera.
El naturalismo
no es tampoco la constante repetición de descripciones
que tienen por objeto representar ante la fantasía
imágenes de cosas feas, viles y miserables. Puede
todo lo que hay en el mundo entrar en el trabajo literario,
pero no entra nada por el mérito de la fealdad, sino
por el valor real de su existencia. Si alguna vez un autor
naturalista ha exagerado, falto de tino, la libertad de escoger
materia, perdiéndose en la descripción de lo
insignificante, esta culpa no es de la nueva tendencia literaria.
El naturalismo no es solidario
del positivismo, ni se limita en sus procedimientos a la
observación y experimentación en el sentido
abstracto, estrecho y lógicamente falso, por exclusivo,
en que entiende tales formas del método el ilustre
Claudio Bernard. Es verdad que Zola en el peor de sus trabajos
críticos ha dicho algo de eso; pero él mismo
escribió más tarde cosa parecida a una rectificación;
y de todas maneras, el naturalismo no es responsable de esta
exageración sistemática de Zola.
El
naturalismo no es el pesimismo, diga lo que quiera el notable
filósofo y crítico González Serrano,
y por más que en esta opinión le acompañe
acaso la poderosa inteligencia de Doña Emilia Pardo
Bazán, autora de este libro. Verdad es que Zola habla
algunas veces -por ejemplo, al criticar Las Tentaciones de
San Antonio- de lo que llamaba Leopardi «l'infinita vanità
del tutto»; pero esto no lo hace en una novela; es una opinión
del crítico. Y aunque se pudiera demostrar, que lo
dudo, que de las novelas de Zola y de Flaubert se puede sacar
en consecuencia que estos autores son pesimistas, no se prueba
así que el naturalismo, escuela, o mejor, tendencia
pura y exclusivamente literaria, tenga que ver ni más
ni menos con determinadas ideas filosóficas acerca
de las causas y finalidad del mundo. Ninguna teoría
literaria seria se mete en tales libros de metafísica;
y menos que ninguna el naturalismo, que, en su perfecta imitación
de la realidad, se abstiene de dar lecciones, de pintar los
hechos como los pintan los inventores de filosofías
de la historia, para hacerles decir lo que quiere que digan
el que los pinta: el naturalismo encierra enseñanzas,
como la vida, pero no pone cátedra: quien de un buen
libro naturalista deduzca el pesimismo, lleva el pesimismo
en sí; la misma conclusión sacará de
la experiencia de la vida. Si es el libro mismo el que forzosamente
nos impone esa conclusión, entonces el libro podrá
ser bueno o malo, pero no es, en este respecto, naturalista.
Pintar las miserias de la vida no es ser pesimistas. Que
hay mucha tristeza en el mundo, es tal vez el resultado de
la observación exacta.
El naturalismo no es una doctrina
exclusivista, cerrada, como dicen muchos: no niega las demás
tendencias. Es más bien un oportunismo literario;
cree modestamente que la literatura más adecuada a
la vida moderna es la que él defiende. El naturalismo
no condena en absoluto las obras buenas que pueden llamarse
idealistas; condena, sí, el idealismo, como doctrina
literaria, porque éste le niega a él el derecho
a la existencia.
El naturalismo no es un conjunto de recetas
para escribir novelas, como han creído muchos incautos.
Aunque niega las abstracciones quiméricas de cierta
psicología estética que nos habla de los mitos
de la inspiración, el estro, el genio, los arrebatos,
el desorden artístico y otras invenciones a veces
inmorales; aunque concede mucho a los esfuerzos del trabajo,
del buen sentido, de la reflexión y del estudio, está
muy lejos de otorgar a los necios el derecho de convertirse
en artistas, sin más que penetrar en su iglesia. Entren
en buena hora en el naturalismo cuantos lo deseen..., pero
en este rito no canta misa el que quiere: los fieles oyen
y callan. Esto lo olvidan, o no lo saben, muchos caballeros
que, por haberse enterado de prisa y mal de lo que quiere
la nueva tendencia literaria, cogen y se ponen a escribir
novelas, llenos de buena intención, dispuestos a seguir
en todo el dogma y la disciplina del naturalismo... Pero,
fides sine operibus nulla est. Autor de estos hay que tiene
en proyecto contar las estrellas y todas las arenitas del
mar, para escribir la obra más perfecta del naturalismo.
Ya se han escrito por acá novelas naturalistas con
planos; y no falta quien tenga entre ceja y ceja una novela
política, naturalista también, en la que, con
motivo de hacer diputado al protagonista, piensa publicar
la ley electoral y el censo. Lástima que tales extravíos
no sean siquiera excesos del ingenio, sino producto de medianías
aduladas, que, merced a la facilidad del trato social, piensan
que por codearse en todas partes con el talento, y hasta
discutir con él, pueden atreverse a las mismas empresas...
Y ya es hora de dejar el naturalismo, y hablar de la escritora
ilustre que con maestría lo defiende, no sin muchas
salvedades, necesarias por culpa de las confusiones a que
ya me he referido.
No necesita Emilia Pardo Bazán
que yo ensalce sus méritos, que son bien notorios.
Los recordaré únicamente para hacer notar el
gran valor de su voto en la cuestión palpitante. Hay
todavía quien niega a la mujer el derecho de ser literata.
En efecto, las mujeres que escriben mal son poco agradables;
pero lo mismo les sucede a los hombres. En España,
es preciso confesarlo, las señoras que publican versos
y prosa suelen hacerlo bastante mal. Hoy mismo escriben para
el público muchas damas, que son otras tantas calamidades
de las letras, a pesar de lo cual yo beso sus pies. Aun de
las que alaba cierta parte del público, yo no diría
sino pestes una vez puesto a ello. Hay, en mi opinión,
dos escritoras españolas que son la excepción
gloriosa de esa deplorable regla general; me refiero a la
ilustre y nunca bastante alabada doña Concepción
Arenal y a la señora que escribe La Cuestión
Palpitante.
La literata española no suele ser más
instruida que la mujer española que se deja de letras:
todo lo fía a la imaginación y al sentimiento,
y quiere suplir con ternura el ingenio. Lo más triste
es que la moralidad que esas literatas predican, no siempre
la siguen en su conducta mejor que las mujeres ordinarias.
Emilia Pardo Bazán, que tiene una poderosa fantasía,
ha cultivado las ciencias y las artes, es un sabio en muchas
materias y habla cinco o seis lenguas vivas. Prueba de que
estudia mucho y piensa bien, son sus libros histórico-filosóficos,
como, por ejemplo, la Memoria acerca de Feijoo, el Examen
de los poemas épicos cristianos, el libro San Francisco
y otros muchos. De la fuerza de su ingenio hablan principalmente
sus novelas Pascual López y Un viaje de novios. Esta
última obra ha puesto a su autora en el número
de los primeros novelistas del presente renacimiento. Pero
la Sra. Pardo Bazán emprende en La Cuestión
Palpitante un camino por el que no han andado jamás
nuestras literatas: el de la crítica contemporánea.
¡Y de qué manera! ¡con qué valentía!
Espíritu profundo, sincero, imparcial, sin preocupaciones,
sin un papel que representar necesariamente en la comedia
de la literatura que se tiene por clásica, al estudiar
Emilia Pardo lo que hoy se llama el naturalismo literario,
así en las novelas que ha producido como en los trabajos
de crítica que exponen sus doctrinas, no pudo menos
de reconocer que algo nuevo se pedía con justicia;
algo valía lo que, sin examen y con un desdén
fingido, condenan tantos literatos empalagosos y holgazanes,
que no piensan más que en saborear las migajas de
gloria o de vanagloria que el público les concede,
sobrado benévolo.
Es triste considerar que en España
la buena fe, la sinceridad, apenas han llegado a las letras.
La misma afectación que suele haber en el estilo y
en la composición de las obras de fantasía,
la hay en el pensar y en el sentir: como se habla con frases
hechas, se piensa con pensamientos hechos. Y no hay nadie
que a los académicos hueros, que no se avergüenzan
de vestir un uniforme a fuer de literatos, los silbe sin
piedad y ridiculice con sátira que quebrante huesos.
La literatura así es juego de niños o chochez
de viejos. Se ha recibido aquí el naturalismo con
alardes de ignorancia y groserías de magnate mal educado,
con ese desdén del linajudo idiota hacia el talento
sin pergaminos. Crítico ha habido que ha llegado a
decirnos que nos entusiasmamos con el naturalismo, porque...
¡hemos leído poco! Que nada de eso es nuevo; que ya
en Grecia, y si se le apura, en China, había naturalistas;
que todo es natural sin dejar de ser ideal, y viceversa,
y que en letras lo mejor es no admirarse de nada.
La
Cuestión Palpitante demuestra que hay en España
quien ha leído bastante Y pensado mucho, y sin embargo
reconoce que el naturalismo tiene razón en muchas
cosas y pide reformas necesarias en la literatura, en atención
al espíritu de la época.
Emilia Pardo es católica,
sinceramente religiosa; ama las letras clásicas, estudia
con fervor las épocas del hermoso romanticismo patrio,
y con todo reconoce, porque ve claro, que el naturalismo
viene en buena hora porque ha sabido llegar a tiempo. Se
puede combatir aisladamente tal o cual teoría de autor
determinado; se puede censurar algún procedimiento
de algún novelista, las exageraciones, el espíritu
sistemático; pero negar que el naturalismo es un fermento
que obra en bien de las letras, es absurdo, es negar la evidencia.
Sabe la autora simpática, valiente y discretísima
de este libro a lo que se expone publicándolo. Yo
sé más; sé que hay quien la aborrece,
a pesar de que es una señora, con toda la brutalidad
de las malas pasiones irritadas; sé que no la perdonarán
que trabaje con tal eficacia en la propaganda de un criterio,
que ha de quitar muchos admiradores a ciertas flores de trapo
que pasan por joyas de nuestra literatura contemporánea.
Nada de eso importa nada. La literatura vieja, que todavía
viste calzón corto en las solemnidades, y baila una
especie de minué al recibir y apadrinar a los que
admite en sus academias, tiene el derecho a las manías
de la decrepitud. Nuestros escritores pseudo-clásicos,
que se pasan la vida limpiando y dando esplendor a la herrumbre
del idioma, me recuerdan a cierta pobre anciana de una célebre
novela contemporánea. Ya perdido el juicio, vive con
la manía de la limpieza, y no hace más que
frotar cadenas y dijes para que brillen sin una mancha, como
soles. Nuestros literatos clásicos, que son los románticos
de ayer, suspiran con el hipo del idealismo mal comprendido,
y faltos ya de ingenio para decir cosa nueva, se entretienen
en lucir sus alhajas de antaño y limpiarlas una y
otra vez, como la pobre vieja. En paz descansen.
¡Lo más
triste es que cierta parte de la juventud, codiciando heredar
los nichos académicos, adula a esos maníacos,
y hace ascos también a lo nuevo, y revuelve papeles
viejos, y lee a Zola traducido!
Al ver tanta miseria, ¿cómo
no admirar y elogiar con entusiasmo a quien desdeña
halagos que a otros seducen, y se atreve a provocar tantos
rencores, a contrarrestar tantas preocupaciones, a sufrir
tantos desaires, sacrificándolo todo a la verdad,
a la sinceridad del gusto, esa virtud aquí confundida
con el mal tono, y casi casi, con la mala crianza?
Estéticos
trasnochados que dividís las cosas en tres partes,
y no leéis novelas, y después habláis
de literatura objetiva y subjetiva, como si dijérais
algo: pseudoclásicos insípidos, que aún
no os explicáis por qué el mundo no admira
vuestros versos a Filis y Amarilis, y despreciáis
los autores franceses modernos porque están llenos
de galicismos: revisteros mal pagados, que traducís
a los Sarcey, a los Veron, a los Brunetière, para
mandarlos a España en vuestras Correspondencias de
París, traduciendo sin pensarlo hasta los rencores,
las venganzas y la envidia de los críticos idealistas,
pero no ideales: gacetilleros metafísicos, eruditos
improvisados, imitadores cursis, apóstoles temerarios,
novelistas desorientados, dramaturgos enmohecidos... leed,
leed todos La Cuestión Palpitante, que aprenderéis
no poco, y olvidaréis acaso (que es lo que más
importa) vuestras preocupaciones, vuestras pedanterías,
vuestra ciega cólera, vuestros errores tenaces, vuestras
injusticias, vuestra impudencia y vuestros cálculos
sórdidos respectivamente.
De este libro dirá
algún periódico, idealista por lo visionario,
«que está llamado a suscitar grandes polémicas
literarias».
¡Ojalá! Pero no. En España no
suscitan polémicas más libros que los libelos.
Lo que suscitará este libro será muchos rencores
taciturnos.
Aquí los literatos de alguna importancia
no suelen discutir. Prefieren vengarse despellejando al enemigo
de viva voz.
Debo añadir, que lo que más irritará
a muchos no será la defensa de ciertas doctrinas,
sino el elogio de ciertas personas.
¡Ojalá el que
yo hago de Emilia Pardo Bazán pudiera poner amarillos
hasta la muerte a varios escritores y escritoras... todos
del sexo débil, porque en el literato envidioso hay
algo del eterno femenino!
CLARÍN Madrid, 14 de junio.
  - I -
Hablemos del escándalo
Es cosa de todos sabida
que, en el año de 1882, naturalismo y realismo son
a la literatura lo que a la política el partido formado
por el Duque de la Torre: se ofrecen como última novedad,
y, por añadidura, novedad escandalosa. Hasta los oídos
del más profano en letras comienzan a familiarizarse
con los dos ismos.
Dada la olímpica indiferencia
con que suele el público mirar las cuestiones literarias,
algo desusado y anormal habrá en ésta cuando
así logra irritar la curiosidad de unos, vencer la
apatía de otros, y que todo el mundo se imagine llamado
a opinar de ella y resolverla.
Este movimiento no sería
malo, al contrario, si naciese de aquel ardiente amor al
arte que dicen inflamaba a los ciudadanos de las repúblicas
griegas; pero aquí reconoce distinto origen, y desatiende
la cuestión literaria para atender a otras diferentes
aunque afines. Muy análogo es lo que ocurre ahora
con el naturalismo y el realismo a lo que sucedió
con los dramas del Sr. Echegaray. Si teníamos o no
un grande y verdadero poeta dramático; si sus ficciones
eran bellas; si procedía de nuestra escuela romántica
o había que considerar en él un atrevido novador,
de todo esto se le importó algo a media docena de
literatos y críticos; lo que es al público
le tuvo sin cuidado; discutió, principalmente, si
Echegaray era moral o inmoral, si las señoritas podían
o no asistir a la representación de Mar sin orillas,
y si el autor figuraba en las filas democráticas y
había hablado in illo tempore de cierta trenza...
El resultado fue el que tenía que ser: extraviarse
lastimosamente la opinión, por tal manera, que harán
falta bastantes años y la lenta acción de juiciosa
crítica para que se descubra el verdadero rostro literario
de Echegaray, y en vez del dramaturgo subversivo y demoledor,
se vea al reaccionario que retrocede, no sólo al romanticismo,
sino al teatro antiguo de Calderón y Lope.
Otro tanto
acaecerá con el naturalismo y el realismo: a fuerza
de encarecer su grosería, de asustarse de su licencia,
de juzgarlo por dos o tres páginas, o si se quiere
por dos o tres libros, el público se quedará
en ayunas, sin conocer el carácter de estas manifestaciones
literarias, después de tanto como se habla de ellas
a troche y moche.
Fácil es probar la verdad de cuanto
indico. ¿Qué lector de periódicos habrá
que no tropiece con artículos rebosando indignación,
donde se pone a naturalistas y realistas como hoja de perejil,
anatematizándolos en nombre de las potestades del
cielo y de la tierra? Y esto no sólo en los diarios
conservadores y graves, sino en el papel más radical
y ensalzao, que diría un personaje de Pereda. Publicaciones
hay que después de burlarse, tal vez, de los dogmas
de la Iglesia, y de atacar sañudamente a clases e
instituciones, se revuelven muy enojadas contra el naturalismo,
que en su entender tiene la culpa de todos los males que
afligen a la sociedad. Aquí que no peco, dicen para
su sayo. Hubo un tiempo en que la acusación de desmoralizarnos
pesó sobre la lotería y los toros: el naturalismo
va a heredar los crímenes de estas dos diversiones
genuinamente nacionales.
En confirmación de mi aserto
aduciré un hecho. El Sr. Moret y Prendergast asistió
este verano a los Juegos florales de Pontevedra, haciendo
gran propaganda democrático-monárquica: pero
también lució su elocuencia en la velada literaria,
donde, dejando a un lado las lides del Parlamento y las tempestades
de la política, lanzó un indignado apóstrofe
a Zola y felicitó a los poetas y literatos gallegos
que concurrieron al certamen, por no haber seguido las huellas
del autor de los Rougon Macquart.
Francamente,
confieso que si me hubiese pasado toda la mañana en
querer adivinar lo que diría por la noche el Sr. Moret,
así se me pudo ocurrir que la tomase con Zola, como
con Juliano el Apóstata o el moro Muza. Cualquiera
de estos dos personajes hace en nuestra poesía tantos
estragos como el pontífice del naturalismo francés:
a poeta alguno, que yo sepa, se le pasa por las mientes imitarlo,
ni en Pontevedra, ni en otra ciudad de España. Si
el Sr. Moret recomendase a los poetas originalidad e independencia
respecto de Bécquer, de Espronceda, de Campoamor o
Núñez de Arce..., entonces no digo... Lo que
es Zola bien inocente está de los delitos poéticos
que se cometen en nuestra patria. Y en la prosa misma nos
dañan bastante más, hoy por hoy, otros modelos.
El proceder del Sr. Moret me recuerda el caso de aquel padre
predicador que en un pueblo se desataba condenando las peinetas,
los descotes bajos y otras modas nuevas y peregrinas de Francia,
que nadie conocía ni usaba entre las mujeres que componían
su auditorio. Oíanle éstas y se daban al codo
murmurando bajito: «¡Hola, se usan descotes! ¡Hola, conque
se llevan peinetas!».
El lado cómico que para mí
presenta el apóstrofe del Sr. Moret, es dar señal
indudable de la confusión de géneros que hoy
reina en la oratoria. Poca gente asiste a los sermones en
la iglesia; pero, en cambio, casi no hay apertura de Sociedad,
discurso de Academia, ni arenga política que no tienda
a moralizar a los oyentes. Al Sr. Moret le sirvió
Zola para mezclar en su discurso lo grave con lo ameno, lo
útil con lo dulce; sólo que erró en
el ejemplo.
Si entre los hombres políticos no está
en olor de santidad el naturalismo, tampoco entre los literatos
de España goza de la mejor reputación. Pueden
atestiguarlo las frases pronunciadas por mi inspirado amigo
el señor Balaguer al resumir los debates de la sección
de literatura del Ateneo. Un insigne novelista, de los que
más prefiere y ama el público español,
me declaraba últimamente no haber leído a Zola,
Daudet ni ninguno de los escritores naturalistas franceses,
si bien le llegaba su mal olor. Pues bien: con todo el respeto
que se merece el elegante narrador y cuantos piensen como
él reuniendo iguales méritos, protesto y digo
que no es lícito juzgar y condenar de oídas
y de prisa, y sentenciar a la hoguera encendida por el ama
de Don Quijote a una época literaria, a una generación
entera de escritores dotados de cualidades muy diversas,
y que si pueden convenir en dos o tres principios fundamentales,
y ser, digámoslo así, frutos de un mismo otoño,
se diferencian entre sí como la uva de la manzana
y ésta de la granada y del níspero. ¿No fuera
mejor, antes de quemar el ya ingente montón de libros
naturalistas, proceder a un donoso escrutinio como aquel
de marras?
Ni es sólo en España donde la literatura
naturalista y realista está fuera de la ley. Citaré
para demostrarlo un detalle que me concierne; y perdone el
lector si saco a colación mi nombre, di necessitá,
como dijo el divino poeta. En la Revue Britannique del 8
de Agosto de 1882 vio la luz un artículo titulado
Littérature Espagnole Critique. Un diplomate romancier:
Juan Valera. (Largo es el título; pero responda de
ello su autor, que firma Desconocid). Ahora pues, este Mr.
Desconocid, tras de hablar un buen rato de las novelas del
Sr. Valera, va y se enfada y dice: «J'apprends qu'une femme,
dans Un voyage de fiancés (Viaje de novios), essaye
d'acclimater en Espagne le roman naturaliste. Le naturalisme
consiste probablement en ce que [...]». No reproduzco el
resto del párrafo, porque el censor idealista añade
a renglón seguido cosas nada ideales; paso por alto
lo de traducir viaje de novios «Voyage de fiancés»,
como si fuesen los futuros y no los esposos quienes viajan
juntos mano a mano -cosa no vista hasta la fecha- porque
también traduce «Pasarse de listo» por «Trop d'imagination»);
y voy solamente a la ira y desdén que el crítico
traspirenaico manifiesta cuando averigua que existe en España
une femme que osa tratar de aclimatar la novela naturalista!
Parece al pronto que todo crítico formal, al tener
noticia del atentado, desearía procurarse el cuerpo
del delito para ver con sus propios ojos hasta dónde
llega la iniquidad del autor; y si esto hiciese Mr. Desconocid,
lograría dos ventajas: primera, convencerse de que
casi estoy tan inocente de la tentativa de aclimatación
consabida, como Zola de la perversión de nuestros
poetas; segunda, evitar la garrafalada de traducir viaje
de novios por «Voyage de fiancés», y todas las ingeniosas
frases que le inspiró esta versión libérrima.
Pero Mr. Desconocid echó por el atajo, diciendo lo
que quiso sin molestarse en leer la obra, sistema cómodo
y por muchos empleado.
He de confesar que, viéndome
acusada nada menos que en dos lenguas (la Revue Britannique se publica, si no me engaño, en París y Londres
simultáneamente) de los susodichos ensayos de aclimatación,
creció mi deseo de escribir algo acerca de la palpitante
cuestión literaria: naturalismo y realismo. Cualquiera
que sea el fallo que las generaciones presentes y futuras
pronuncien acerca de las nuevas formas del arte, su estudio
solicita la mente con el poderoso atractivo de lo que vive,
de lo que alienta; de lo actual, en suma. Podrá la
hora que corre ser o no ser la más bella del día;
podrá no brindarnos calor solar ni amorosa luz de
luna; pero al fin es la hora en que vivimos.
Aún
suponiendo que naturalismo y realismo fuesen un error literario,
un síntoma de decadencia, como el culteranismo, v.
gr., todavía su conocimiento, su análisis,
importaría grandemente a la literatura. ¿No investiga
con afán el teólogo la historia de las herejías?
¿No se complace el médico en diagnosticar una enfermedad
extraña? Para el botánico hay sin duda algunas
plantas lindas y útiles y otras feas y nocivas, pero
todas forman parte del plan divino y tienen su belleza peculiar
en cuanto dan elocuente testimonio de la fuerza creadora.
Al literato no le es lícito escandalizarse nimiamente
de un género nuevo, porque los períodos literarios
nacen unos de otros, se suceden con orden, y se encadenan
con precisión en cierto modo matemática: no
basta el capricho de un escritor, ni de muchos, para innovar
formas artísticas; han de venir preparadas, han de
deducirse de las anteriores. Razón por la cual es
pueril imputar al arte la perversión de las costumbres,
cuando con mayor motivo pueden achacarse a la sociedad los
extravíos del arte.
Todas estas consideraciones,
y la convicción de que el asunto es nuevo en España,
me inducen a emborronar una serie de artículos donde
procure tratarlo y esclarecerlo lo mejor que sepa, en estilo
mondo y llano, sin enfadosas citas de autoridades ni filosofías
hondas. Quizás esta misma ligereza de mi trabajo lo
haga soportable al público: el corcho sobrenada, mientras
se sumerge el bronce. Si no salgo airosa de mi empresa, otro
lo cantará con mejor plectro.
Obedece al mismo propósito
de vulgarización literaria la inserción de
estos someros estudios en un periódico diario. Si
a tanto honor los hiciese acreedores la aprobación
del lector discreto, no faltará un in 8.º donde empapelarlos;
entretanto, corran y dilátense llevados por las alas
potentes y veloces de la prensa, de la cual todo el mundo
murmura, y a la cual todo el mundo se acoge cuando le importa...
Y aquí me ocurre una aclaración. El pasado
año se discutió en el Ateneo el tema de estos
artículos, a saber: el naturalismo. La costumbre -con
otra causa más poderosa no atino ahora, tal vez por
la premura con que escribo- veda a las damas la asistencia
a aquel centro intelectual; de suerte que, aun cuando me
hallase en la corte de las Españas, no podría
apreciar si se ventiló en él con equidad y
profundidad la cuestión. Así es que al asegurar
que el asunto es nuevo, aludo en particular a los dominios
de la palabra escrita, donde definitivamente se resuelven
los problemas literarios.
Sentado todo lo anterior, hablemos
del escándalo. Cada profesión tiene su heroísmo
propio: el anatómico es valiente cuando diseca un
cadáver y se expone a picarse con el bisturí
y quedar inficionado del carbunclo, o cosa parecida; el aeronauta,
cuando corta las cuerdas del globo; el escritor ha menester
resolución para contrarrestar poco o mucho la opinión
general; así es que probablemente, al emprender este
trabajo, añado algunos renglones honrosos a mi modesta
hoja de servicios.
Tal vez alguien vuelva a hablar de aclimataciones
y otras niñerías, afirmando que quise abogar
por una literatura inmunda, vitanda y reprobable. A bien
que la verdad se hace lugar tarde o temprano, y el que desapasionada
y pacientemente lea lo que sigue, no verá panegíricos
ni alegatos, sino la apreciación imparcial de la fase
literaria más reciente y característica. Y,
por otra parte, como las ideas se difunden hoy con tal rapidez,
es posible que en breve lo que ahora parece novedad sea conocido
hasta de los estudiantes de primer año de retórica.
Para entonces tendrá el naturalismo en España
panegiristas y sectarios verdaderos, y a los meros expositores
nos reintegrarán en nuestro puesto neutral.
  - II -
Entramos en materia
Empezaré diciendo lo que en
mi opinión debe entenderse por naturalismo y realismo,
y si son una misma cosa o cosas distintas.
Por supuesto
que el Diccionario de la Lengua castellana (que tiene el
don de omitir las palabras más usuales y corrientes
del lenguaje intelectual, y traer en cambio otras como of,
chincate, songuita, etc., que sólo habiendo nacido
hace seis siglos, o en Filipinas, o en Cuba, tendríamos
ocasión de emplear), carece de los vocablos naturalismo y realismo. Lo cual no me sorprendería si éstos
fuesen nuevos; pero no lo son, aunque lo es, en cierto modo,
su acepción literaria presente. En filosofía,
ambos términos se emplean desde tiempo inmemorial:
¿quién no ha oído decir el naturalismo de Lucrecio,
el realismo de Aristóteles? En cuanto al sentido más
reciente de la palabra naturalismo, Zola declara que ya se
lo da Montaigne, escritor moralista que murió a fines
del siglo XVI.
Entre las cien mil voces añadidas
al Diccionario por una Sociedad de Literatos (París,
Garnier, 1882), encuéntrase la palabra naturalismo, pero únicamente en su acepción filosófica:
ni por asociarse se acuerdan más de la literatura
los literatos susodichos. Así es que para fijar el
sentido de las voces naturalismo y realismo, acudiremos al
de natural y real. Según el Diccionario, natural es
«lo que pertenece a la naturaleza»; real «lo que tiene existencia
verdadera y efectiva».
Y es muy cierto que el naturalismo riguroso, en literatura y en filosofía, lo refiere
todo a la naturaleza: para él no hay más causa
de los actos humanos que la acción de las fuerzas
naturales del organismo y el medio ambiente. Su fondo es
determinista, como veremos.
Por determinismo entendían
los escolásticos el sistema de los que aseguraban
que Dios movía o inclinaba irresistiblemente la voluntad
del hombre a aquella parte que convenía a sus designios.
Hoy determinismo significa la misma dependencia de la voluntad,
sólo que quien la inclina y subyuga no es Dios, sino
la materia y sus fuerzas y energías. De un fatalismo
providencialista, hemos pasado a otro materialista. Y pido
perdón al lector si voy a detenerme algo en el asunto;
poquísimas veces ocurrirá que aquí se
hable de filosofía, y nunca profundizaremos tanto
que se nos levante jaqueca; pero dos o tres nocioncillas
son indispensables para entender en qué consiste la
diferencia del naturalismo y el realismo.
Filósofos
y teólogos discurrieron, en todo tiempo, sobre la
difícil cuestión de la libertad humana. ¿Nuestra
voluntad es libre? ¿Podemos obrar como debemos? Es más:
¿podemos querer obrar como debemos? La antigüedad pagana
se inclinó generalmente a la solución fatalista.
Sus dramas nos ofrecen el reflejo de esta creencia: los Atridas,
al cometer crímenes espantosos, obedecen a los dioses;
penetrado de una idea fatalista, el filósofo estoico
Epicteto decía a Dios: «llévame adonde te plazca»;
y el historiador Veleyo Patérculo escribía
que Catón «no hizo el bien por dar ejemplo, sino porque
le era imposible, dentro de su condición, obrar de
otro modo». Más adelante, la teología cristiana,
a su vez, discutió el tema del albedrío, en
el cual se encerraba el gravísimo problema del destino
final del hombre; porque, según acertadamente observaba
San Clemente de Alejandría ni elogios, ni honores,
ni suplicios tendrían justo fundamento, si el alma
no gozase de libertad al desear y al abstenerse, y si el
vicio fuese involuntario. El mérito singular de la
teología católica consiste en romper las cadenas
del antiguo fatalismo, sin negar la parte importantísima
que toma en nuestros actos la necesidad. En efecto, reconociendo
el libre arbitrio absoluto, como lo hacía el hereje
Pelagio resultaba que el hombre podría, entregado
a sus fuerzas solas y sin ayuda de la gracia, salvarse y
ser perfecto, mientras que, anulando la libertad, como el
otro heresiarca Lutero, el ente más malvado e inicuo
sería también perfecto e impecable, puesto
que no estaba en su mano proceder de distinto modo.
Supo
la teología mantenerse a igual distancia de ambos
extremos; y San Agustín acertó a realizar la
conciliación del albedrío y la gracia, con
aquella profundidad y tino propios de su entendimiento de
águila. Para esta conciliación hay un dogma
católico que alumbra el problema con clara luz: el
del pecado original. Sólo la caída de una naturaleza
originariamente pura y libre puede dar la clave de esta mezcla
de nobles aspiraciones y bajos instintos, de necesidades
intelectuales y apetitos sensuales, de este combate que todos
los moralistas, todos los psicólogos, todos los artistas
se han complacido en sorprender, analizar y retratar.
Tiene
la explicación agustiniana la ventaja inapreciable
de estar de acuerdo con lo que nos enseñan la experiencia
y sentido íntimo. Todos sabemos que cuando en el pleno
goce de nuestras facultades nos resolvemos a una acción,
aceptamos su responsabilidad: es más: aun bajo el
influjo de pasiones fuertes, ira, celos, amor, la voluntad
puede acudir en nuestro auxilio; ¡quién habrá
que, haciéndose violencia, no la haya llamado a veces,
y -si merece el nombre de racional- no la haya visto obedecer
al llamamiento! Pero tampoco ignora nadie que no siempre
sucede así, y que hay ocasiones en que, como dice
San Agustín, «por la resistencia habitual de la carne...
el hombre ve lo que debe hacer, y lo desea sin poder cumplirlo».
Si en principio se admite la libertad, hay que suponerla
relativa, e incesantemente contrastada y limitada por todos
los obstáculos que en el mundo encuentra. Jamás
negó la sabia teología católica semejantes
obstáculos, ni desconoció la mutua influencia
del cuerpo y del alma, ni consideró al hombre espíritu
puro, ajeno y superior a su carne mortal; y los psicólogos
y los artistas aprendieron de la teología aquella
sutil y honda distinción entre el sentir y el consentir, que da asunto a tanto dramático conflicto inmortalizado
por el arte.
¡Qué horizontes tan vastos abre a la
literatura esta concepción mixta de la voluntad humana!
Cualquiera pensará que nos hemos ido a mil leguas
de Zola y del naturalismo; pues no es así; ya estamos
de vuelta. El fatalismo vulgar, el determinismo providencialista
de Epicteto y Lutero, los trasladó Zola a la región
literaria, vistiéndoles ropaje científico moderno.
Mostraremos cómo. Si al hablar de la teoría
naturalista la personifico en Zola, no es porque sea el único
a practicarla, sino porque la ha formulado clara y explícitamente
en siete tomos de estudios crítico-literarios, sobre
todo en el que lleva por título La Novela Experimental. Declara allí que el método del novelista moderno
ha de ser el mismo que prescribe Claudio Bernard al médico
en su Introducción al Estudio de la Medicina Experimental;
y afirma que en todo y por todo se refiere a las doctrinas
del gran fisiólogo, limitándose a escribir
novelista donde él puso médico. Fundado en
estos cimientos, dice que así en los seres orgánicos
como en los inorgánicos hay un determinismo absoluto
en las condiciones de existencia de los fenómenos.
«La ciencia, añade, prueba que las condiciones de
existencia de todo fenómeno son las mismas en los
cuerpos vivos que en los inertes, por donde la fisiología
adquiere igual certidumbre que la química y la física.
Pero hay más todavía: cuando se demuestre que
el cuerpo del hombre es una máquina, cuyas piezas,
andando el tiempo, monte y desmonte el experimentador a su
arbitrio, será forzoso pasar a sus actos pasionales
e intelectuales, y entonces penetraremos en los dominios
que hasta hoy señorearon la poesía y las letras.
Tenemos química y física experimentales; en
pos viene la fisiología, y después la novela
experimental también. Todo se enlaza: hubo que partir
del determinismo de los cuerpos inorgánicos para llegar
al de los vivos; y puesto que sabios como Claudio Bernard
demuestran ahora que al cuerpo humano lo rigen leyes fijas,
podemos vaticinar, sin que quepa error, la hora en que serán
formuladas a su vez las leyes del pensamiento y de las pasiones.
Igual determinismo debe regir la piedra del camino que el
cerebro humano. Hasta aquí el texto, que no peca de
obscuro, y ahorra el trabajo de citar otros.
Tocamos con
la mano el vicio capital de la estética naturalista.
Someter el pensamiento y la pasión a las mismas leyes
que determinan la caída de la piedra; considerar exclusivamente
las influencias físico-químicas, prescindiendo
hasta de la espontaneidad individual, es lo que se propone
el naturalismo y lo que Zola llama en otro pasaje de sus
obras «mostrar y poner de realce la bestia humana». Por lógica
consecuencia, el naturalismo se obliga a no respirar sino
del lado de la materia, a explicar el drama de la vida humana
por medio del instinto ciego y la concupiscencia desenfrenada.
Se ve forzado el escritor rigurosamente partidario del método
proclamado por Zola, a verificar una especie de selección entre los motivos que pueden determinar la voluntad humana,
eligiendo siempre los externos y tangibles y desatendiendo
los morales, íntimos y delicados: lo cual, sobre mutilar
la realidad, es artificioso y a veces raya en afectación,
cuando, por ejemplo, la heroína de Una Página
de Amor manifiesta los grados de su enamoramiento por los
de temperatura que alcanza la planta de sus pies.
Y no obstante,
¿cómo dudar que si la psicología, lo mismo
que toda ciencia, tiene sus leyes ineludibles y su proceso
causal y lógico no posee la exactitud demostrable
que encontramos, por ejemplo, en la física? En física
el efecto corresponde estrictamente a la causa: poseyendo
el dato anterior tenemos el posterior; mientras en los dominios
del espíritu no existe ecuación entre la intensidad
de la causa y del efecto, y el observador y el científico
tienen que confesar, como lo confiesa Delboeuf (testigo de
cuenta, autor de La Psicología Considerada como Ciencia
Natural) «que lo psíquico es irreductible a lo físico».
En esta materia le ha sucedido a Zola una cosa que suele
ocurrir a los científicos de afición: tomó
las hipótesis por leyes, y sobre el frágil
cimiento de dos o tres hechos aislados erigió un enorme
edificio. Tal vez imaginó que hasta Claudio Bernard
nadie había formulado las admirables reglas del método
experimental, tan fecundas en resultados para las ciencias
de la naturaleza. Hace rato que nuestro siglo aplica esas
reglas, madres de sus adelantos. Zola quiere sujetar a ellas
el arte, y el arte se resiste, como se resistiría
el alado corcel Pegaso a tirar de una carreta; y bien sabe
Dios que esta comparación no es en mi ánimo
irrespetuosa para los hombres de ciencia; sólo quiero
decir que su objeto y caminos son distintos de los del artista.
Y aquí conviene notar el segundo error de la estética
naturalista, error curioso que en mi concepto debe atribuirse
también a la ciencia mal digerida de Zola. Después
de predecir el día en que, habiendo realizado los
novelistas presentes y futuros gran cantidad de experiencias,
ayuden a descubrir las leyes del pensamiento y la pasión,
anuncia los brillantes destinos de la novela experimental,
llamada a regular la marcha de la sociedad, a ilustrar al
criminalista, al sociólogo, al moralista, al gobernante...
Dice Aristófanes en sus Ranas: «He aquí los
servicios que en todo tiempo prestaron los poetas ilustres:
Orfeo enseñó los sacros misterios y el horror
al homicidio; Museo, los remedios contra enfermedades y los
oráculos; Hesíodo, la agricultura, el tiempo
de la siembra y recolección; y al divino Homero ¿de
dónde le vino tanto honor y gloria, sino de haber
enseñado cosas útiles, como el arte de las
batallas, el valor militar, la profesión de las armas?...».
Ha llovido desde Aristófanes acá. Hoy pensamos
que la gloria y el honor del divino Homero consisten en haber
sido un excelso poeta: el arte de las batallas es bien diferente
ahora de lo que era en los días de Agamenón
y Aquiles, y la belleza de la poesía homérica
permanece siempre nueva e inmutable.
El artista de raza
(y no quiero negar que lo sea Zola, sino observar que sus
pruritos científicos le extravían en este caso)
nota en sí algo que se subleva ante la idea utilitaria
que constituye el segundo error estético de la escuela
naturalista. Este error lo ha combatido más que nadie
el mismo Zola, en un libro titulado Mis Odios (anterior a
La Novela Experimental), refutando la obra póstuma
de Proudhon, Del Principio del Arte y de su Función
Social. Es de ver a Zola indignado porque Proudhon intenta
convertir a los artistas en una especie de cofradía
de menestrales que se consagra al perfeccionamiento de la
humanidad, y leer cómo protesta en nombre de la independencia
sublime del arte, diciendo con donaire que el objeto del
escritor socialista es sin duda comerse las rosas en ensalada.
No hay artista que se avenga a confundir así los dominios
del arte y de la ciencia: si el arte moderno exige reflexión,
madurez y cultura, el arte de todas las edades reclama principalmente
la personalidad artística, lo que Zola, con frase
vaga en demasía, llama el temperamento. Quien careciere
de esa quisicosa, no pise los umbrales del templo de la belleza,
porque será expulsado.
Puede y debe el arte apoyarse
en las ciencias auxiliares; un escultor tiene que saber muy
bien anatomía, para aspirar a hacer algo más
que modelos anatómicos. Aquel sentimiento inefable
que en nosotros produce la belleza, sea él lo que
fuere y consista en lo que consista, es patrimonio exclusivo
del arte. Yerra el naturalismo en este fin útil y
secundario a que trata de enderezar las fuerzas artísticas
de nuestro siglo, y este error y el sentido determinista
y fatalista de su programa, son los límites que él
mismo se impone, son las ligaduras que una fórmula
más amplia ha de romper.
  - III -
Seguimos filosofando
Tal cual la expone Zola, adolece
la estética naturalista de los defectos que ya conocemos.
Algunos de sus principios son de grandes resultados para
el arte; pero existe en el naturalismo, considerado como
cuerpo de doctrina, una limitación, un carácter
cerrado y exclusivo que no acierto a explicar sino diciendo
que se parece a las habitaciones bajas de techo y muy chicas,
en las cuales la respiración se dificulta. Para no
ahogarse hay que abrir la ventana: dejemos circular el aire
y entrar la luz del cielo.
Si es real cuanto tiene existencia
verdadera y efectiva, el realismo en el arte nos ofrece una
teoría más ancha, completa y perfecta que el
naturalismo. Comprende y abarca lo natural y lo espiritual,
el cuerpo y el alma, y concilia y reduce a unidad la oposición
del naturalismo y del idealismo racional. En el realismo
cabe todo, menos las exageraciones y desvaríos de
dos escuelas extremas, y por precisa consecuencia, exclusivistas.
Un hecho solo basta a probar la verdad de esto que afirmo.
Por culpa de su estrecha tesis naturalista, Zola se ve obligado
a desdeñar y negar el valor de la poesía lírica.
Pues bien; para la estética realista vale tanto el
poeta lírico más subjetivo e interior como
el novelista más objetivo. Uno y otro dan forma artística
a elementos reales. ¿Qué importa que esos elementos
los tomen de dentro o de fuera, de la contemplación
de su propia alma o de la del mundo? Siempre que una realidad
-sea del orden espiritual o del material- sirva de base al
arte, basta para legitimarlo.
Citemos cualquier poeta lírico,
el menos exterior, lord Byron o Enrique Heine. Sus poesías
son una parte de ellos mismos: esas quejas y tristezas y
amarguras, ese escepticismo desconsolador, lo tuvieron en
el alma antes de convertirlo en lindos versos: no hay duda
que es un elemento real, tan real, o más, si se quiere,
que lo que un novelista pueda averiguar y describir de las
acciones y pensamientos del prójimo: ¿quién
refiere bien una enfermedad sino el enfermo? Y aun por eso
resultan insoportables los imitadores en frío de estos
poetas tristes; son como el que remedase quejidos de dolor,
no doliéndole nada.
El gran poeta Leopardi es un
caso de los más característicos de lo que puede
llamarse realidad poética interior. Las penas de su
edad viril, la condición de su familia, la dureza
de la suerte, sus estudios de humanidades y hasta los miedos
que pasó de niño en una habitación obscura,
todo está en sus poesías, como indeleble sello
personal, de tal modo que, si suponemos a Leopardi viviendo
en diferentes condiciones de las que vivió, ya no
se concibe la mayor parte de sus versos. Y digo yo: ¿no es
justísimo que quepa en la ancha esfera de la realidad
una obra de arte donde el autor pone la médula de
sus huesos y la sangre de su corazón, por decirlo
así? Aun suponiendo, y es mucho suponer, que el poeta
lírico no expresase sino sus propios e individuales
sentimientos, y que éstos pareciesen extraños,
¿no es la excepción, el caso nuevo y la enfermedad
desconocida lo que más importa a la curiosidad científica
del médico observador?
Pero si todas las obras de
arte que se fundan en la realidad caben dentro de la estética
realista, algunas hay que cumplen por completo su programa,
y son aquellas donde tan perfectamente se equilibran la razón
y la imaginación, que atraviesan las edades viviendo
vida inmortal. Las obras maestras universalmente reconocidas
como tales, tienen todas carácter anchamente realista:
así los poemas de Homero y Dante, los dramas de Shakespeare,
el Quijote y el Fausto. La Biblia, considerada literariamente,
dejando aparte su autoridad sagrada, es la epopeya más
realista que se conoce.
A fin de esclarecer esta teoría,
diré algo del idealismo, para que no pesen sobre el
naturalismo todas las censuras y se vea que tan malo es caerse
hacia el Norte como hacia el Sur. Y ante todo conviene saber
que el idealismo está muy en olor de santidad, goza
de excelente reputación y se cometen infinitos crímenes
literarios al amparo de su nombre: es la teoría simpática
por excelencia, la que invocan poetas de caramelo y escritores
amerengados; el que se ajusta a sus cánones pasa por
persona de delicado gusto y alta moralidad; por todo lo cual
debe tratársele con respeto y no tomar la exposición
de sus doctrinas de ningún zascandil. Busquémosla,
pues, en Hegel y sus discípulos, donde larga y hondamente
se contiene.
Entre naturalistas e idealistas hay el mismo
antagonismo que entre Lutero y Pelagio. Si Zola niega en
redondo el libre arbitrio, Hegel lo extiende tanto, que todo
está en él y sale de él. Para Zola,
el universo físico hace, condiciona, dirige y señorea
el pensamiento y voluntad del hombre; para Hegel y sus discípulos
ese universo no existe sino mediante la idea. ¿Qué
digo ese universo? Dios mismo sólo es en cuanto es
idea; y el que se asuste de este concepto será, según
el hegeliano Vera, un impío o un insensato (a escoger).
¿Y qué se entiende por idea? La idea, en las doctrinas
de Hegel, es principio de la naturaleza y de todos los seres
en general, y la palabra Dios no significa sino la idea absoluta
o el absoluto pensamiento. Consecuencias estéticas
del sistema hegeliano. En opinión de Hegel, la esfera
del arte es «una región superior, más pura
y verdadera que lo real, donde todas las oposiciones de lo
finito y de lo infinito desaparecen; donde la libertad, desplegándose
sin límites ni obstáculos, alcanza su objeto
supremo» Con este aleteo vertiginoso ya parece que nos hemos
apartado de la tierra y que nos hallamos en las nubes, dentro
de un globo aerostático. Espacios a la derecha, espacios
a la izquierda, y en parte alguna suelo donde sentar los
pies. Y es lo peor del caso que semejante concepción
trascendental del arte la presenta Hegel con tal profundidad
dialéctica, que seduce. Lo cierto es que con esa libertad
pelagiana que se despliega sin límites ni obstáculos,
y con ese universo construido de dentro a fuera, cada artista
puede dar por ley del arte su ideal propio, y decir, parodiando
a Luis XIV: «La estética soy yo». «El arte -enseña
Hegel- restituye a aquello que en realidad está manchado
por la mezcla de lo accidental y exterior, la armonía
del objeto con su verdadera idea, rechazando todo cuanto
no corresponda con ella en la representación; y mediante
esta purificación produce lo ideal, mejorando la naturaleza,
como suele decirse del pintor retratista». Ya tiene el arte
carta blanca para enmendarle la plana a la naturaleza y forjar
«el objeto», según le venga en talante a «la verdadera
idea».
Pongamos ejemplos de estas correcciones a la naturaleza,
tomándolos de algún escritor idealista. Gilliatt,
el héroe de Los Trabajadores del Mar de Víctor
Hugo, es en realidad un hombre rudo, que casualmente se prenda
de una muchacha y se ofrece a desempeñar un trabajo
hercúleo para obtener su mano. Nada más natural
y humano, en cierto modo, que este asunto. Pero, por medio
del procedimiento de Hegel, el hombre se va agigantando,
convirtiéndose en un titán; sostiene lucha
colosal con los elementos desencadenados, con los monstruos
marinos, venciéndolos, por supuesto; por si no basta,
concluye siendo mártir sublime, y el autor decreta
su apoteosis.
Sin salir de esta misma novela, Los Trabajadores
del Mar, aún encontramos otro personaje más
conforme que Gilliatt con las leyes de la estética
idealista: el pulpo. Pulpos sin enmienda los vemos a cada
paso en nuestra costa cantábrica; cuando aplican sus
ventosas a la pierna de un bañista o de un marinero,
basta por lo regular una sacudida ligera para soltarse; por
acá, el inofensivo cefalópodo se come cocido,
y es manjar sabroso, aunque algo coriáceo. Pero éstos
son los pulpos tal cual Dios los crió, la apariencia
sensible del pulpo, que diría un hegeliano; lo real
del pulpo, o sea su idea, es lo que Víctor Hugo aprovechó
para dramatizar la acción de Los Trabajadores. Allí
el pulpo ideal, o la idea que se oculta bajo la forma del
pulpo, crece, no sólo física, sino moralmente,
hasta medir tamaño desmesurado: el pulpo es la sombra,
el pulpo es el abismo, el pulpo es Lucifer. Así se
corrige a la naturaleza.
Un héroe idealista de muy
diversa condición que Gilliatt es el Rafael de Lamartine.
Éste no representa la fuerza y la abnegación,
no es el león-cordero, sino la poesía, la melancolía,
el amor insondable e infinito, el estado de ensueño
perpetuo. Complácese el autor en describir la lindeza
de Rafael, muy semejante a la del de Urbino, y además
le atribuye las cualidades siguientes: «Si Rafael fuese pintor
-dice- pintaría la Virgen de Foligno; si manejase
el cincel, esculpiría la Psiquis de Canova; si fuese
poeta hubiera escrito los apóstrofes de Job a Jehová,
las estancias de la Herminia del Tasso, la conversación
de Romeo y Julieta a la luz de la luna, de Shakespeare, el
retrato de Hydea, de lord Byron...». Ustedes creerán
que Rafael se conforma con pintar lo mismo que su homónimo,
esculpir como Canova y poetizar como Job, el Tasso, Shakespeare
y Byron en una pieza. ¡Quiá! El autor añade
que, puesto en tales y cuáles circunstancias, Rafael
hubiese tendido a todas las cimas, como César, hablado
como Demóstenes y muerto como Catón. Así
se compone un héroe idealista de la especie sentimental.
¡Cuán preferible es retratar un ser humano, de carne
y hueso, a fantasear maniquíes!
Los hombres de extraordinario
talento suelen poseer la virtud de la lanza de Aquiles para
curar las heridas que abren. En la Poética de Hegel
doy con un párrafo que es el mejor programa de la
novela realista. «Por lo que hace a la representación,
la novela propiamente dicha exige también, como la
epopeya, la pintura de un mundo entero y el cuadro de la
vida, cuyos numerosos materiales y variado fondo se encierren
en el círculo de la acción particular que es
centro del conjunto. En cuanto a las condiciones especiales
de concepción y ejecución, hay que otorgar
al poeta ancho campo, tanto más libre, cuanto menos
puede, en este caso, eliminar de sus descripciones la prosa
de la vida real, sin que por eso él haya de mostrarse
vulgar ni prosaico». Si se tiene en cuenta la época
en que Hegel escribió esto, cuando la novela analítica
era la excepción, es más de admirar la exactitud
de la apreciación independiente del sistema general
hegeliano, como lo es también en cierto modo lo que
dice acerca del fin y propósito del arte. En este
terreno lleva inmensa ventaja a Zola: para Hegel, el arte
es objeto propio de sí mismo, y referirlo a otra cosa,
a la moral, por ejemplo, es desviarlo de su camino verdadero.
«El objeto del arte -declara el filósofo de Stuttgart-
es manifestar la verdad bajo formas sensibles, y cualquiera
otro que se proponga, como la instrucción, la purificación,
el perfeccionamiento moral, la fortuna, la gloria, no conviene
al arte considerado en sí». El error que aquí
nos sale al paso es que Hegel, al decir verdad, sobreentiende
idea, pero al menos no saca a la belleza de su terreno propio;
no confunde, como Zola, los fines del arte y de las ciencias
morales y políticas.
El idealismo está representado
en literatura por la escuela romántica, que Hegel
consideraba la más perfecta, y en la cual cifraba
el progreso artístico. Esta escuela, que tanto brilló
en nuestro siglo, fue al principio piedra de escándalo,
como lo es el naturalismo ahora. Sus instructivas vicisitudes
merecen capítulo aparte.
  - IV -
Historia de un motín
Allá por los años
de 1829, el conde Alfredo de Vigny, escritor delicado cuya
aspiración era encerrarse en una torre de marfil para
evitar el contacto del vulgo, dio al Teatro Francés
la traducción y arreglo del Otelo de Shakespeare.
Esta tragedia y las mejores del gran dramático inglés
se conocían en Francia ya, merced a las adaptaciones
de Ducis, que en 1792 había aderezado el Otelo al
gusto de la época, con dos desenlaces distintos, uno
el de Shakespeare, y otro «para uso de las almas sensibles».
No juzgó el conde de Vigny necesarias tales precauciones,
aunque sí atenuó en muchos pasajes la crudeza
shakesperiana; gracias a lo cual el público se mostró
resignado durante los primeros actos, y hasta aplaudió
de tiempo en tiempo. Pero al llegar a la escena en que el
moro, frenético de celos, pide a Desdémona
el pañuelo bordado que le entregara en prenda de amor,
la palabra pañuelo (mouchoir), traducción literal
de la inglesa handkerchief produjo en el auditorio una explosión
de risas, silbidos, pateos y chicheos. Esperaban los espectadores
algún circunloquio, alguna perífrasis alambicada,
como cándido cendal o cosa por el estilo, que no ofendiese
sus cultas orejas; y al ver que el autor se tomaba la libertad
de decir pañuelo a secas, armaron tal escándalo,
que el teatro se caía.
Formaba parte Alfredo de Vigny
de una escuela literaria entonces naciente, que venía
a innovar y a transformar por completo la literatura. Dominaba
el clasicismo a la sazón, no sólo en las esferas
oficiales, sino en el gusto y opinión general, como
lo demuestra la anécdota del pañuelo. ¡Tan
mínima licencia causar tan terrible espanto! Es que
lo que hoy nos parece leve, a la sazón era gravísimo.
Las letras, a fuerza de inspirarse en los modelos clásicos,
de sujetarse servilmente a las reglas de los preceptistas,
y de pretender majestad, prosopopeya y elegancia, habían
llegado a tal extremo de decadencia, que se juzgaba delito
la naturalidad, y sacrilegio llamar a las cosas por su nombre,
y las nueve décimas partes de las palabras francesas
se hallaban proscritas a pretexto de no profanar la nobleza
del estilo. Por eso el gran poeta que capitaneó la
renovación literaria, Víctor Hugo, dijo en
las Contemplaciones. «¡No haya desde hoy más vocablos
patricios ni plebeyos! Suscitando una tempestad en el fondo
de mi tintero, mezclé la negra multitud de las palabras
con el blanco enjambre de las ideas, y exclamé: ¡De
hoy más no existirá palabra en que no pueda
posarse la idea bañada de éter!».
Una literatura
que, como el clasicismo de principios del siglo, mermaba
el lenguaje, apagaba la inspiración y se condenaba
a imitar por sistema, había de ser forzosamente incolora,
artificiosa y pobre; y los románticos, que venían
a abrir nuevas fuentes, a poner en cultura terrenos vírgenes,
llegaban tan a tiempo como apetecida lluvia sobre la tierra
desecada. Aunque al pronto el público se alborotase
y protestase, tenía que acabar por abrirle los brazos.
Es curioso que las acusaciones dirigidas al romanticismo
incipiente se parezcan como un huevo a otro a las que hoy
se lanzan contra el realismo. Leer la crítica del
romanticismo hecha por un clásico, es leer la del
realismo por un idealista. Según los clásicos,
la escuela romántica buscaba adrede lo feo, sustituía
lo patético con lo repugnante, la pasión con
el instinto; registraba los pudrideros, sacaba a luz las
llagas y úlceras más asquerosas, corrompía
el idioma y empleaba términos bajos y viles. ¿No diría
cualquiera que el objeto de esta censura es L'Assommoir?
Sin arredrarse, proseguían los románticos
su formidable motín. En Inglaterra, Coleridge, Carlos
Lamb, Southey, Wordsworth, Walter Scott, rompían con
la tradición, desdeñaban la cultura clásica
y preferían a La Eneida una balada antigua, y a Roma
la Edad Media. En Italia, la renovación dramática
procedía del romanticismo, por medio de Manzoni. Alemania,
verdadera cuna de la literatura romántica, la poseía
ya riquísima y triunfante. España, harta de
poetas sutiles y académicos, también se abrió
gustosísima al cartaginés, que traía
las manos llenas de tesoros. Pero en ninguna parte fue el
romanticismo tan fértil, militante y brioso como en
Francia. Sólo por aquel brillante y deslumbrador período
literario merecen nuestros vecinos la legítima influencia,
que no es posible disputarles, y que ejercen en la literatura
de Europa».
¡Magnífica expansión, rico florecimiento
del ingenio humano! Sólo puede compararse a otra gran
época intelectual: la de esplendor de la filosofía
escolástica. Y tiene de notable haber sido mucho más
corta: nacido el romanticismo después que el siglo
XIX, un gran crítico, Sainte-Beuve, habló de
él en 1848 como de cosa cerrada y concluida, declarando
que el mundo pertenecía ya a otras ideas, otros sentimientos,
otras generaciones. Fue un relámpago de poesía,
de belleza y de encendida claridad, al cual se le puede aplicar
la estrofa de Núñez de Arce:
|
¡Qué espontáneo
y feliz renacimiento! |
|
|
|
¡Qué pléyade de artistas
y escritores! |
|
|
|
En la luz, en las ondas, en el viento |
|
|
|
Hallaba
inspiración el pensamiento, |
|
|
|
Gloria el soldado y el
pintor colores. |
|
|
|
Un individuo
de la falange francesa, Dovalle, muerto en desafío
a la edad de veintidós años, aconsejaba así
al poeta romántico: «Ardiendo en amor y penetrado
de armonías, deja brotar tus inflamados versos, y
fogoso y libre pide a tu genio cantos nuevos e independientes.
Si el cielo te disputa la sagrada chispa, vuela atrevido
a robársela. ¡Vuela, mancebo! Sí, acuérdate
de Ícaro: ¡él cayó, pero logró
ver el cielo!».
Aunque del movimiento romántico francés
descartemos a algunos de sus representantes que, como Alfredo
de Musset y Balzac, no le pertenecen del todo y corresponden
en rigor a distinta escuela, le queda una cantidad tal de
nombres célebres, que bastan a enriquecer, no algunos
lustros, sino un par de siglos. Chateaubriand -hoy desdeñado
más de lo justo-; el suave y melodioso Lamartine;
Jorge Sand; Teófilo Gautier, tan perfecto en la forma;
Víctor Hugo, coloso que aún se mantiene de
pie; Agustín Thierry, primer historiador artista,
son suficientes para ello, sin contar los muchos autores,
quizá secundarios, pero de indisputable valía,
que dan señal evidente de la fecundidad de una época
y pulularon en el romanticismo francés; Vigny, Mérimée,
Gerardo de Nerval, Nodier, Dumas, y, en fin, una bandada
de dulces y valientes poetisas, de poetas y narradores originales
que fuera prolijo citar. Teatro, poesía, novela, historia,
todo se vio instaurado, regenerado y engrandecido por la
escuela romántica.
Nosotros, los del lado acá
del Pirineo, satélites -mal que nos pese- de Francia,
recordamos también la época romántica
como fecha gloriosa, experimentamos todavía su influencia
y tardaremos bastante en eximirnos de ella. Diónos
el romanticismo a Zorrilla, que fue como el ruiseñor
de nuestra aurora al par que el lucero melancólico
de nuestro ocaso: místicos arpegios, notas de guzla,
serenatas árabes, medrosas leyendas cristianas, la
poesía del pasado, la riqueza de las formas nuevas,
todo lo expresó el poeta castellano con tan inagotable
vena, con tan sonora versificación, con tan deleitable
y nunca escuchada música, que aun hoy... ¡que lo tenemos
tan lejos ya!, parece que su dulzura nos suena dentro, en
el alma. A su lado, Espronceda alza la byroniana frente;
y el soldado poeta, García Gutiérrez, coge
tempranos laureles que sólo le disputa Hartzenbusch,
el Duque de Rivas satisface la exigencia histórico-pintoresca
en sus romances, y Larra, más romántico en
su vida que en sus obras, con agudo humorismo, con zumbona
ironía, indica la transición del período
romántico al realista. Mucho antes de que empezase
a verificarse, aunque determinada por la francesa, nuestra
revolución literaria tuvo carácter propio:
nada nos faltó: andando el tiempo, si no poseímos
un Heine y un Alfredo de Musset, nos nacieron Campoamor y
Bécquer.
Mas el teatro del combate decisivo, importa
repetirlo, fue Francia. Allí hubo ataque impetuoso
por parte de los disidentes, y tenaz resistencia por la de
los conservadores. Baour-Lormian, en una comedia titulada
El Clásico y el Romántico, establecía
la sinonimia de clásico y hombre de bien, de romántico
y pillo: y siguiendo sus huellas, siete literatos clásicos
netos elevaron a Carlos X una exposición donde le
rogaban que toda pieza contaminada de romanticismo fuese
excluida del Teatro Francés, a lo cual el Rey contestó,
con muy buen acuerdo, que en materia de poesía dramática
él no tenía más autoridad que la de
espectador, ni más puesto que el asiento que ocupaba.
A su vez los románticos provocaban la lucha, retaban
al enemigo, y se mostraban díscolos y sediciosos hasta
lo sumo. Reíanse a mandíbula batiente de las
tres unidades de Aristóteles; mandaban a paseo los
preceptos de Horacio y Boileau (sin ver que muchos de ellos
son verdades evidentes dictadas por inflexible lógica,
y que el preceptista no pudo inventar, como ningún
matemático inventa los axiomas fundamentales, primeros
principios de la ciencia), y se divertían en chasquear
a los críticos que les eran adversos, como ingeniosamente
lo hizo Carlos Nodier. Este docto filólogo y elegante
narrador publicó una obra titulada Smarra, y los críticos,
tomándola por engendro romántico, la censuraron
acerbamente. ¡Cuál no sería su sorpresa al
enterarse de que Smarra se componía de pasajes traducidos
de Homero, Virgilio, Estacio, Teócrito, Catulo, Luciano,
Dante, Shakespeare y Milton!
Hasta en los pormenores de
indumentaria querían los románticos manifestar
independencia y originalidad, sin cuidarse de evitar la extravagancia.
Son proverbiales y características las melenas de
entonces, y famoso el traje con que Teófilo Gautier
asistió al memorable estreno del Hernani de Víctor
Hugo. Componíase el traje en cuestión de chaleco
de raso cereza, muy ajustado, a manera de coleto, pantalón
verde pálido con franja negra, frac negro con solapas
de terciopelo, sobretodo gris forrado de raso verde, y a
la garganta una cinta de moiré, sin asomos de tirilla
ni cuello blanco. Semejante atavío, escogido adrede
para escandalizar a los pacíficos ciudadanos y a los
clásicos asombradizos, produjo casi tanto efecto como
el drama.
No se limitaba el romanticismo a la literatura:
trascendía a las costumbres. Es una de sus señas
particulares haber puesto en moda ciertos detalles, ciertas
fisonomías, las damiselas pálidas y con tirabuzones,
los héroes desesperados y en último grado de
tisis, la orgía y el cementerio. Varió totalmente
el concepto que se tenía de literato: éste
era por lo general, en otros tiempos, persona inofensiva,
apacible, de retirado y estudioso vivir: desde el advenimiento
del romanticismo se convirtió en calavera misántropo,
al cual las musas atormentaban en vez de consolarle, y que
ni andaba, ni comía, ni se conducía en nada
como el resto del género humano, encontrándose
siempre cercado de aventuras, pasiones y disgustos profundísimos
y misteriosos. Y que no todo era ficticio en el tipo romántico,
lo prueba la azarosa vida de Byron, el precoz hastío
de Alfredo Musset, la demencia y el suicidio de Gerardo de
Nerval, las singulares vicisitudes de Jorge Sand, las volcánicas
pasiones y trágico fin de Larra, los desahogos y vehemencias
de Espronceda. No hay vino que no se suba a la cabeza si
se bebe con exceso, y la ambrosía romántica
fue sobrado embriagadora para que no se trastornasen los |